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  • La segunda oportunidad de los monos: la vida en el santuario de los primates

    En las afueras de Santiago, lejos del ruido de la ciudad, un santuario reúne a decenas de primates que no deberían estar ahí. Ninguno nació en Chile. Ninguno llegó por voluntad propia. Son sobrevivientes del tráfico ilegal, del cautiverio doméstico o del uso en espectáculos. Este es el lugar donde terminan, o intentan recomponerse, las historias que comienzan con una captura. En la comuna de Peñaflor, a solo 35 kilómetros del centro de la capital chilena, un conjunto de recintos de madera, mallas y vegetación llama la atención antes de que uno pueda ver lo que hay adentro. No es un zoológico ni una reserva abierta: es un espacio intermedio, construido para albergar a quienes no pueden volver a la selva, pero tampoco sobrevivir en cautiverio convencional. Entre rampas, cuerdas y paneles adaptados, decenas de monos se mueven, juegan y, en algunos casos, simplemente observan. El lugar funciona como un centro de rescate y rehabilitación de primates que han sido víctimas del tráfico ilegal, el mascotismo o la explotación en espectáculos. La mayoría llega con daños físicos irreversibles o secuelas conductuales profundas: desnutrición, fracturas mal soldadas, estrés crónico, años de aislamiento. Aquí no se busca domesticarlos ni exhibirlos, sino estabilizarlos, devolverles ciertas capacidades y, cuando es posible, reinsertarlos en dinámicas sociales con otros de su especie. Más que un refugio, el santuario es el punto de llegada de una cadena de violencia que ocurre lejos de la vista. Cada animal que habita este espacio arrastra una historia de captura, traslado y encierro. Lo que sucede aquí —la rehabilitación, el cuidado, los intentos de recomposición— no borra ese origen, pero permite entender sus consecuencias. Una idea para salvar vidas La idea de crear este refugio nació casi por azar. Elba Muñoz es matrona y su marido pediatra. Ambos habían escuchado en la universidad que los animales eran un gran estímulo para los niños, así que al nacer sus hijos decidieron adoptar de todo: perros, gatos, pájaros, patos, conejos, gallinas. Hasta que un día les trajeron un mono. Se llamaba Cristóbal. Sin mucha información al respecto, lo compraron. Rápidamente se volvió parte de la familia. La casa fue adaptada para él: cuerdas colgantes, palmeras para trepar, espacios que antes eran de los humanos y ahora eran también de él. Pero entonces se enteraron de cómo había llegado Cristóbal hasta ahí. Y las cosas cambiaron. Imagen del archivo de Muñoz. En la foto, ella posa junto a uno de los monitos rescatados. "Nos fuimos enfrentando a la realidad que tenía el mono. Habían asesinado a su madre para quitarle la cría. Que existía el tráfico ilegal. Nos fuimos dando cuenta de que era una realidad horrible, que nadie hacía nada para protegerlos. Y en vez de ayudar a la música, al arte o a niños, nosotros decidimos ayudar a los monos. Y así fue como empezamos", explica Muñoz. Con el fin de regularizar la situación de Cristóbal, Muñoz contactó al SAG. La respuesta fue una amenaza: si no podían acreditar las condiciones adecuadas, el primate sería llevado al Zoológico Nacional. El miedo a perderlo, y la conciencia de que ellos solos no podían sustituir a una familia biológica, los empujó a buscar algo más. Empezaron a viajar al Amazonas, a entrevistarse por internet con investigadores en otros países, a construir una red. Y de esa red, con el tiempo, nació el santuario. “ Eso nos motivó a crear algo para que no nos quitaran nuestro mono. Y para juntarlo con otros, porque yo me di cuenta que nosotros no podíamos sustituir su familia biológica”. La promesa de Esperanzo Alejado de la selva, su familia y sin luz natural, Esperanzo, un mono Carayá, vivió los primeros meses de su vida como rehén de una red de tráfico de primates. A pesar de que fue rescatado a los seis meses de nacido, las consecuencias del maltrato fueron de por vida. Diagnosticado con raquitismo: nunca pudo caminar ni trepar como el resto de su especie.  Cuando Carabineros lo encontró en 1999, abandonado en un antejardín de La Reina, Esperanzo no era más que un ovillo de pelo café que se arrastraba contra el cemento. No saltaba ni caminaba porque sus huesos se habían tornado curvos. Antes de cumplir un año, el tráfico ilegal ya le había dictado una sentencia de por vida. Al contactar al Servicio Agrícola Ganadero (SAG) pudieron constatar que se trataba de un mono Carayá proveniente de Argentina. Esperanzo fue llevado al Zoológico Nacional para poder ser revisado. Le diagnosticaron ceguera total y raquitismo severo por la falta de vitamina D y calcio, enfermedad en la que los huesos dejan de ser funcionales por la curvatura que toman. Ambas patologías fueron provocadas por las condiciones de vida al que fue sometido desde temprana edad.  En las afueras de Santiago, un santuario reúne a monos rescatados del tráfico ilegal. Esta es la historia de lo que ocurre después. Con los ojos perdidos, huesos curvos y no más grande que una mochila universitaria, llegó Esperanzo al santuario, un 27 de marzo del mismo año de su rescate. Ahí comenzó a ser rehabilitado junto a otros monos que a pesar de no ser de la misma especie le brindaban el apoyo psicológico y familiar que él necesitaba  “los otros monos lo acicalaron, lo consolaron. Es como que el mono rehabilita al mono. Nosotros ayudamos escogiendo un buen grupo, ubicándolo bien, comiendo bien”, afirma Elba Muñoz, fundadora y directora del Centro de Rehabilitación y Rescate de Primates, quien ha rehabilitado a más de 300 monos de todo tipo que fueron víctimas del tráfico ilegal, estuvieron en circos, en cautiverio, entre otras situaciones. Al igual que los seres humanos, las crías primates necesitan a su mamá para lactar a libre demanda y si esto se ve interrumpido genera distintos efectos negativos en la cría como una temprana desnutrición o un shock traumático. Sumando el resto de efectos provocados por las precarias condiciones del tráfico, según explica Carola Farias, veterinaria del Santuario de Primates. Por ello, es fundamental la rehabilitación “del minuto que llegue va a ser siempre vital que se empiece con la rehabilitación. Esta va a constar primero viendo en qué condiciones llega, tanto física, que me refiero de salud, como emocionales, que uno observa la conducta en ello”, menciona Farias. *** Según estimaciones de Interpol y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el tráfico de fauna silvestre se ha consolidado como el cuarto negocio ilícito más lucrativo del planeta, moviendo entre 7 y 23 mil millones de dólares al año, después de las drogas, las armas y la trata de personas. En el Chile de los 90, la porosidad de la frontera permitía que un ejemplar de Alouatta Caraya cruzara la cordillera oculto en una guantera, sobreviviendo con apenas una fracción del oxígeno y la luz que su biología demanda. Pese a que la fiscalización se endureció tras la ratificación del convenio CITES y el fortalecimiento de la Ley de Caza (19.473), el fenómeno del "mascotismo" exótico en sectores de altos ingresos en Santiago mantuvo viva la demanda. En Chile, se estima que por cada ejemplar que sobrevive al cautiverio doméstico, otros nueve mueren en el trayecto debido al estrés o las sobredosis de sedantes, según el SAG. Hoy, el repunte del comercio ilícito de fauna en pasos no habilitados del norte vuelve a poner en alerta a las autoridades, recordando que detrás de cada animal "exótico" en una casa, hay una cadena de maltrato.  *** Entre altos vidrios transparentes y rampas de madera para poder arrastrarse en la jaula, Esperanzo vivió el resto de su vida. A pesar de que no era lo ideal, era lo mejor que le podían ofrecer. Para Esperanzo, el santuario diseñó un mundo a su nueva medida. Su día a día estuvo rodeado de una estructura principal de paneles de vidrio, una medida técnica para que el mono Carayá pudiera mantener el contacto visual con el exterior sin quedar expuesto a las corrientes de aire.  —¿Cómo adaptar la jaula a su poca movilidad?—, se preguntaron antes de empezar a intervenir el espacio. En el interior, la altura dejó de ser una opción: en su lugar aparecieron rampas suaves, ensambladas como un pequeño sistema de caminos que recorría toda la superficie. Por ellas, Esperanzo podía desplazarse arrastrando el cuerpo, sin la necesidad de saltar.  Cuando la cuidadora se acerca a alimentarlo él se desliza por una de las rampas de su casa que  desembocaba en una bandeja de plástico. Ahí, cada día, encontraba su ración: trozos de fruta fresca y todo tipo de plantas. El recorrido hasta la comida ya no era un obstáculo, sino parte de una rutina que había sido meticulosamente pensada.  En un costado de la jaula, separado del tránsito principal, se acondicionó una especie de  dormitorio. La luz infrarroja caía constante, generando un calor artificial que suplía las variaciones del ambiente. Sobre el suelo, mantas gruesas amortiguaban el frío de los meses de invierno, creando un refugio contenido, casi doméstico. Un conducto conectaba la habitación principal con una segunda jaula externa. A través de él, Esperanzo podía avanzar por su cuenta hasta el sector descubierto. Allí, sin intervención humana, tenía la posibilidad de exponerse al sol, como si ese tramo final del recorrido fuese también una forma de autonomía cuidadosamente construida. Así como el caso de Esperanzo hay otros más. Charlotte, una mona Cai Cariblanca, llegó al Santuario el 28 de noviembre de 2018 desde la Municipalidad de La Pintana, ella formaba parte de una exhibición junto con otros diez monos de su misma especie. Mientras estaba en una revisión médica rutinaria, al palparle el pecho le detectaron cáncer de mama. Por lo que fue sometida a cirugía. Muñoz, en conjunto a la veterinaria Farias, lograron salvarla.  Coco es un mono Capuchino Común. Llegó el 11 de febrero de 2003 cuando tenía 9 meses desde el Bioterio de la Universidad Católica. A pesar de ser una cría de temprana edad, de igual manera realizaron experimentos con él. Isaura, una mona araña, era obligada a pararse sobre una cuerda floja con dos baldes con arena para que se equilibrara como parte del show del circo de los Mazzini. Tras un decomiso a los circenses, el 29 de octubre de 2012, Isaura llega al Santuario con un daño en su columna que es irreversible. Hace un par de años le descubrieron un tumor en el útero, por lo que le extirparon el órgano.  A pesar del gran amor que tiene Muñoz por los primates que llegan a sus manos, ella es crítica con la situación que viven los animales  “Esta sigue siendo una cárcel, la mejor de todas, pero una cárcel al fin y al cabo”, concluye. *** Con el tiempo, Esperanzo cambió su pelaje. Dejó el café de su infancia para volverse negro azabache, revelando su naturaleza de macho adulto. Aunque nunca pudo saltar entre los árboles, encontró en sus pares y cuidadores la familia que el hombre le robó. Catorce años después de su llegada, el mono falleció. En memoria de Esperanzo y todos aquellos animales que les ha tocado vivir las consecuencias de la ambición y crueldad del ser humano.

  • Valentina, eres bipolar: ¿no lo sabías?

    A los 28 años, la fotógrafa Valentina Bird recibió un diagnóstico que reordenó toda su historia: trastorno bipolar. Durante años, transitó tratamientos, crisis y momentos de aparente estabilidad sin entender del todo lo que le ocurría. En esta columna, reconstruye ese recorrido, desde la confusión hasta el duelo, y reflexiona sobre lo que implica aprender a vivir, y a leerse, a partir de un nuevo diagnóstico. “Pero vale… Tú eres bipolar: ¿acaso no lo sabías?”. Yo estaba en mi casa, mirando la pantalla, y veía a mi doctora con una cara de asombro. Era una cita de telemedicina con mi psiquiatra, la misma especialista que visité durante dos años y que nunca antes había mencionado ese diagnóstico. Dejé de escuchar lo que decía; solo asentía y pensaba: “Mierda, ahora tengo una respuesta”. Repetía esas palabras como un mantra. No podía pensar en nada más. Solo recuerdo algo que me comentó en ese momento de conmoción: “Cuando me contaste que te acostabas con muchas personas en poco tiempo, ahí lo supe. Eso es un episodio hipomaniaco. Tus ciclos oscilan entre cortos períodos de hipomanía y grandes periodos depresivos”, sentenció. Sentí que acumulé todas esas palabras en una caja que intenté guardar en un lugar de mi mente al que no quise mirar. Comprimí esa visita al médico y la dejé en un lugar al que no llegaba la luz. Empecé a ir a terapia a los 16 años con el propósito de dejar de ir algún día. Era una adolescente que sentía mucha ansiedad, ira y no tenía ganas de vivir. En ese tiempo se diagnosticaron varios trastornos: ansiedad generalizada, depresión mayor. Todo oscilaba entre eso. Estuve internada y tomé un millón de remedios que funcionaban un poco, pero nunca del todo. Sin embargo, no abandoné la idea de que iba a estar “sana”. Esa era mi motivación más grande. En terapia, mientras avanzaba el tiempo, se removían más cosas. Se sentía como ser la dueña de un cajón lleno de emociones que nunca terminaba de limpiar; por el contrario, el fondo parecía crecer y llenarse de cosas nuevas: miedo, trauma, ansiedades, desprecio hacia mí misma. Pero, a pesar de eso, nueve años después de trabajar en mí, fui dada de alta.  Ya era adulta, me había ido de la casa de mis papás, vivía de lo que había estudiado y todo estaba bien. Aun así, me invadía una sensación permanente de angustia. No me sentía curada, sino más bien contenida: era como si alguien, a la vuelta de la esquina, me acechara para derrumbar la precaria estabilidad que había construido. A los 26, después de pasar por siete psiquiatras, llegué a una consulta en la que me evaluaron cuatro médicos. Llegué ahí tras un periodo depresivo en el que las crisis de ira me golpeaban como una ola, de forma repentina, sin poder anticiparlo. Hicieron una breve serie de preguntas y salí con un nuevo esquema de medicación: antipsicóticos. Y yo, que durante años probé distintos antidepresivos y ansiolíticos sin lograr una mejoría real, le di una oportunidad a esa alternativa. Y sí: esta vez fue distinto. Algo se ordenó. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, una persona funcional. Mis emociones no eran tan avasalladoras; fue como si las olas, de repente, se transformaran en un lago tranquilo. Logré llevar una “vida normal” durante esos meses, pero al año estas corrientes me botaron al suelo: fui sumergida en un estanque de depresión. Era una sensación que me repetía que existir era pesado, difícil; todo era difícil, desde lo cotidiano , como tomar una ducha, hasta hablar con un amigo. Por eso, porque todo era difícil, dejé la medicación. Fue una renuncia. Un agotamiento. Siete meses después, dos semanas antes de mi cumpleaños número 28, seguía en ese mismo lugar. La crisis comenzó: el dolor era tan inmenso que imaginaba que la única solución, la única forma de ponerle fin a eso, era terminar con mi vida. Empecé a organizar mi despedida; pensé a quién le dejaría mis cosas. Quería dejar todo listo para no ser una carga para los que quedaban aquí. Pero, al mismo tiempo, me invadía una angustia muy grande: me daba miedo morir. Al filo de ese abismo, y como último movimiento de ahogado, saqué una hora con mi psiquiatra. Le conté lo que estaba viviendo. Me llenó de recomendaciones y volvieron los antiguos remedios. Esta vez seguí al pie de la letra todas sus indicaciones y, afortunadamente, en cuestión de días, me estabilicé. Fue como si, de repente, silenciaran un ruido molesto que me perseguía a todas partes y no me dejaba escuchar mejores sonidos. De pronto estaba más descansada, ya no me sentía irritable y tenía esperanza de que todo se iba a acomodar. Desperté una mañana de septiembre llena de energía. Hice en una semana lo que no había logrado en meses. Arreglé todo lo que estaba roto en la casa. Ordené, limpié, resolví pendientes. La vida, de pronto, volvió a tener sentido. O al menos eso parecía. Cuando le conté a mi psicólogo que estaba mejor, esperaba que se alegrara. Pero su cara no cambió. Me miró serio: “Vale, yo creo que acá está pasando algo”. Me habló de cambios de ánimo que no eran del todo normales, de una intensidad que no terminaba de encajar. Sospechaba que tenía trastorno bipolar. Me enojé. Eso fue lo primero que sentí. Pensé que, si eso fuera cierto, alguien ya me lo habría dicho antes. Había pasado por demasiados médicos como para que algo así se les escapara a todos. Pero la idea quedó instalada. Salí de la consulta y empecé a leer sobre el tema. A buscar. A mirar hacia atrás, en mi propia historia, pero con otros ojos. Y, mientras más leía, más sentido tenía. Era, al mismo tiempo, el diagnóstico que mejor encajaba y el que menos quería tener. La noche antes de confirmarlo salimos a caminar con mi pololo y el Oreo, mi perro. Lloré sin poder parar. No era solo miedo: era una especie de duelo anticipado. Terror a que fuera algo permanente, algo que no se cura. A que esa certeza destruyera la única motivación que había sostenido todo este tiempo: la idea de que algún día no necesitaría medicamentos, ni ir a terapia. Al día siguiente, la psiquiatra lo dijo como si fuera evidente. Y después de eso, vino el duelo de verdad. Todos me decían que lo bueno es que lo sabes: ¡que alivio!, pero el alivio fue lo último que sentí. Durante meses lloré sin consuelo, no podía creer que después de tanto trauma, de tantos años, de todo ese trabajo, tendría que lidiar con un diagnóstico nuevo. Y uno tan grande.  Me asustó todo lo que imaginé que se cerraba. Entre otras cosas, la posibilidad de ser madre. Mi doctora había sido clara: el medicamento principal que tomo puede provocar malformaciones fetales. Bajo ninguna circunstancia podía quedar embarazada. Sabía que muchos de esos miedos venían de la ignorancia. A veces eso ayudaba. Pero ninguna explicación alcanzaba del todo. Había algo más profundo que entender: no se trataba solo de saber, sino de aceptar. Aceptar implicó aprender a leerme de nuevo Mis ciclos La hipomanía es un estado de ánimo elevado, expansivo o irritable y un aumento de energía inusual, menos grave que la manía. Dura al menos cuatro días seguidos, con síntomas como menor necesidad de sueño, gran locuacidad, autoestima elevada y alta productividad . Cuando estoy en hipomanía, tengo una energía desbordante. La autoestima sube, siento que todo es posible. Mantengo la casa impecable, veo a mis amigos, hago planes, me río, gasto más de lo que debería. Hay momentos en que el dolor —un corazón roto, por ejemplo— activa ese estado y un deseo enorme de vincularme con otros aparece. Me expongo a situaciones de riesgo con tal de que me lleven a estas emociones extremas, entre ellas el sexo. Siempre creí que era algo que disfrutaba (que sí, disfruto), pero cuando estoy en este ciclo se vuelve algo más impulsivo que placentero.  Durante mucho tiempo creí que esa era mi mejor versión. La versión que, por fin, había logrado ser. Pero no. Después de subir, uno baja. Ese ánimo desbordante, es sólo el anuncio de un episodio depresivo. Lo sé cuando despierto y me invade una idea fija: me repito que todo está mal, que soy tremendamente infeliz y estoy cansadísima de mi misma.  He notado que esta tristeza se mezcla con irritabilidad, la cual hace que la percepción de mi misma empeore. Estar con mucha gente me da pánico, me siento como una herida expuesta que todos están mirando.Con mucho esfuerzo voy a trabajar pero los días que no tengo que salir, me hundo en mi cama, no me baño y solo duermo muchas horas porque se siente como morir. Usualmente este ciclo es el más largo y puede durar de 3 semanas a dos meses. Mientras pasa tengo que fingir que soy funcional porque la vida no perdona. La idea del suicidio también aparece en esos ciclos. Este es el síntoma que más hemos logrado controlar controlar con la medicación, pero cuando no la tomo, empiezo a ordenar mi muerte otra vez: Hoy recuerdo que la primera vez que quise morir tenía ocho años. Esa idea me acompaña desde entonces. Ha vuelto muchas veces, pero esa, la última, fue distinta: sentir aquel terror, a pesar de que todo estaba bien,  la hizo más aterradora que nunca. Hoy entiendo que muchas de esas veces no era yo, o no del todo. Estaba descompensada. Pero hay algo que pesa más que todo lo demás: la culpa. Me da culpa las partes de mí que otros alcanzan a ver.  Con los años, los momentos de oscuridad dejaron de ser privados. Los han visto mis amigos, mis parejas. Y no siempre hay espacio para explicar, ni para reparar. Hay cosas que quedan así, suspendidas, sin cierre. Vivir este duelo ha sido mucho de mirar para atrás. Revisar cada escalón. Tratar de aceptar que algunas situaciones no tienen arreglo. Vengo de un pueblo muy católico: la culpa es mi segundo nombre. A veces siento que hay un velo entre lo que pasa y lo que siento, y que dependiendo de mi ánimo ese velo se vuelve más o menos espeso. En crisis, casi no veo nada con claridad. Todo se nubla incluso a veces mis afectos. Esa culpa ha sido muy difícil de llevar en los primeros meses, me mantuvo muy deprimida, con mucho terror porque aprender a lidiar con esta enfermedad también significa equivocarse y lamentablemente quien más ve los síntomas son las personas que más amas. Han pasado 6 meses desde mi diagnóstico, no me siento en una vida normal como dicen los doctores, no me siento en la mierda de estar sin medicación. Los días malos son menos y ya se que hacer. No se si esa normalidad llegará, no sé si la culpa algún día dejará de pesarme, solo se que seguiré aprendiendo, seguiré tomando mi medicación, yendo al doctor, porque esta enfermedad aunque me la cargué yo, también afecta a los que me rodean, quizás no me cure pero quizás algún día me perdone lo que hice mal y llegue a la conclusión de que no soy solo alguien bipolar. Cuento esto porque, en toda mi investigación, en todo lo que encontré sobre lo que significa ser bipolar, aparece una idea insistente de “normalidad”. Y yo no me siento normal todavía. Por eso quise abrir este espacio: para exponer el relato de alguien que sigue en tránsito, que aún no llega a ese lugar prometido. Porque esto también es parte del proceso. Nombrarlo, habitarlo, sostenerlo: aunque no tenga forma de final, también es una manera de avanzar.

  • El pingüino de Humboldt no desaparecerá solo

    Foto de Olaf Oliviero Riemer Cada año, miles de pingüinos de Humboldt mueren en las costas de Chile y Perú, en su mayoría atrapados en redes de pesca. Mientras su población disminuye, la protección legal de la especie se redefine, en un escenario donde las amenazas avanzan más rápido que su capacidad de recuperarse. La cueva está vacía. Donde antes había un nido, ahora solo queda tierra removida y pedacitos de cáscara. Alejandro Simeone, biólogo, doctor en ciencias naturales y experto en el pingüino de Humboldt, se agacha para mirar más de cerca. No hay rastros de depredadores. No hay plumas tampoco. Solo huellas humanas marcadas sobre el suelo húmedo. Alguien entró, caminó hasta el fondo y salió. Ese nido no se va a volver a usar. Lo que encontró es una imagen que hoy es cotidiana. A lo largo de la costa del Pacífico, entre Perú y el sur de Chile, el pingüino de Humboldt enfrenta una caída sostenida. Cada año, entre 2.000 y 3.000 de ellos mueren, la mayoría atrapados en redes de pesca.  Pero lo que desaparece no es solo el pingüino. El pingüino de Humboldt no es solo una especie aislada. Es parte de un equilibrio mayor. Al alimentarse de peces como la anchoveta y la sardina, regula poblaciones clave del ecosistema marino. Su desaparición no ocurre en solitario: altera cadenas completas, desplaza especies, modifica dinámicas que también sostienen actividades humanas como la pesca. Cuando el pingüino retrocede, el sistema que lo sostiene empieza a desordenarse. “Si tuviera que decir el principal problema hoy, son las redes de pesca”, afirma Simeone, que lleva décadas estudiando la especie. “Hay casos en que una sola red puede matar decenas de individuos adultos en período reproductivo”. La escena se repite: aves que se sumergen a cazar y no vuelven. En la isla, mientras tanto, quedan los nidos. Polluelos esperando un alimento que no llega. En tierra, la amenaza adopta otra forma. Sara Rodríguez, bióloga marina y académica de la UCSC, recorre mensualmente la península de Hualpén para registrar aves costeras y mamíferos marinos. En sus recorridos, las señales no siempre aparecen en cifras. A veces están bajo los pies: nidos pisoteados, huevos destruidos o colonias alteradas: “Ellos necesitan lugares muy específicos”, explica. Cuevas, grietas entre rocas, sectores poco intervenidos. “Si ese hábitat se altera, se van. No vuelven”. En ese escenario, una decisión reciente encendió las alertas. La noticia llegó un martes 17 de marzo, el Ministerio del Medio Ambiente anunció el retiro de 43 decretos impulsados durante el gobierno de Gabriel Boric, para ser reconsiderados. Entre ellos, uno especialmente sensible: la propuesta que buscaba declarar al pingüino de Humboldt como monumento natural, alarmando a la comunidad científica. Según el Ejecutivo, el objetivo es revisar los fundamentos técnicos y jurídicos utilizados antes de continuar con su tramitación. La población actual del pingüino de Humboldt, cuenta Sara Rodríguez, es de alrededor de 10.000 individuos, con el 80% de la población mundial en Chile, y con la mayor cantidad ubicada en la Isla Dominga, y de estar “bajo amenaza”, pasó a estar “en peligro de extinción”.  La presión sobre la especie no solo se mide en muertes inmediatas, sino en su capacidad de recuperarse, porque el pingüino de Humboldt tiene un desarrollo lento. Un polluelo puede tardar entre cuatro y cinco años en reproducirse por primera vez, y varios más en hacerlo con éxito. “Un individuo que muere hoy puede tardar hasta ocho años en ser reemplazado”, explica Alejandro Simeone. “Si las amenazas siguen al ritmo actual, la recuperación simplemente no alcanza”. Para quienes trabajan en conservación, las decisiones no siempre son evidentes:  “A veces hay que elegir qué islas visitar y cuáles no, porque los recursos son limitados”, cuenta Simeone. Cada salida implica costos, logística, tiempo. Pero también una recompensa difícil de traducir: observar a los animales en su entorno, aún resistiendo. Desde la sociedad civil, la preocupación se comparte. Para Nancy Duman, directora de la ONG Sphenisco , organización dedicada a la protección del pingüino de Humboldt, sigue de cerca el destino del decreto: “Esperamos que esto sea realmente una revisión para mejorar la propuesta y no un freno definitivo”, señala. Duman explica que, si bien Chile ha suscrito convenios internacionales y ha creado áreas protegidas, existen vacíos importantes. “Las zonas de alimentación no están suficientemente resguardadas. Y sin alimento, no hay conservación posible”. En paralelo, el avance de proyectos industriales en zonas costeras tensiona aún más el escenario. “Muchas veces la información que circula minimiza los impactos reales”, advierte. Para ella, el problema de fondo es más profundo: una falta de voluntad para entender que la salud del ecosistema sostiene también la vida humana. Desde el ámbito jurídico, la diferencia entre proteger y no hacerlo puede ser determinante. Lina Gantz, abogada especializada en derecho ambiental , explica que la figura de monumento natural implica uno de los niveles más altos de protección en la legislación chilena. “Cualquier intervención en el hábitat tendría que cumplir estándares muy estrictos. Actividades como capturar, cazar o intervenir nidos quedan prohibidas”, detalla. Sin esa categoría, el panorama se vuelve difuso. “Lo que suele ocurrir es que aparecen acciones contradictorias en el territorio”, dice Gantz. “No hay claridad sobre qué se puede hacer y qué no, y eso termina afectando tanto a quienes intentan proteger como a quienes desarrollan actividades”. Reparar el daño, además, no es inmediato. La legislación exige determinar responsabilidades, iniciar investigaciones y enfrentar procesos en tribunales ambientales. Un camino largo, mientras el deterioro sigue avanzando. El pingüino de Humboldt ya está catalogado como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Un estado frágil, que puede inclinarse con facilidad a la extinción.  La discusión sobre decretos y categorías legales parece lejana, pero se juega en esos detalles. En si una zona queda resguardada o expuesta o en si una actividad se regula o se permite. En algunas islas del norte chico, donde antes el sonido dominante era el de colonias completas, hoy el paisaje es otro: pocas aves y espacios vacíos entre las rocas. La cueva que observó Simeone sigue ahí, abierta hacia el mar. Ninguno ha vuelto a ocuparla. La discusión sobre decretos y figuras legales puede parecer lejana, pero en la práctica define si especies como el pingüino de Humboldt tendrán un lugar donde seguir existiendo. En un ecosistema cada vez más presionado, la diferencia entre proteger o postergar puede ser, simplemente, la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.

  • Mujeres que oyeron galopar la diferencia

    En medicina, la regla es buscar lo más probable: “si escuchas galopes, piensa en caballos”. Pero en Chile, miles de personas viven con enfermedades raras que no encajan en ese principio. Frente a diagnósticos tardíos y un sistema con brechas, son las madres y cuidadoras quienes identifican lo distinto, construyen redes y sostienen la vida cotidiana. Si escuchas galope, piensa en caballos y no cebras . La metáfora la creó el doctor Theodore Woodward para enseñar a buscar diagnósticos comunes en vez de enfermedades raras, con el objetivo de evitar explicaciones complejas cuando la causa más probable es simple. Aunque esta frase es útil para la eficiencia médica, la biología nos sorprende con variaciones genéticas. A veces donde buscas un caballo realmente hay una cebra. Ciara, de 3 años, tiene una cebra. La niña posee el Síndrome Moebius, una patología que causa parálisis facial.  Camila, de 35 años de edad, también. Tiene huesos de cristal, vive con el trastorno genético Osteogénesis Imperfecta. Ciara y Camila son chilenas y tienen una enfermedad rara (ER), huérfana o poco frecuente. Aunque de manera individual estos padecimientos se presentan en menos de una de cada 2.000 personas, según la Unión Europea (EU) , en el mundo existen más de 7.000 patologías de este tipo que, en conjunto, impactan a más de 300 millones de personas. Muchos números y estadísticas pueden confundirnos y hacernos perder de vista lo esencial. Por eso, voy a contarte sobre las ER a través de Ciara y Camila y las redes de cuidado que se construyeron alrededor de sus diagnósticos.   Transitar lo desconocido  El 3 de mayo del 2022 Carla estaba por dar a luz a su cuarta hija y se sentía tranquila. Ella dice que lo veía como un trámite. Sabía lo que ocurriría. Traía la experiencia de partos anteriores.  No obstante, cuando nació Ciara y el personal médico la puso a su lado, se dio cuenta que había algo distinto. A la bebé se la llevaron rápidamente al área de neonatología y la madre recuerda que su mente entra en otra dimensión, en un estado de shock según sus palabras. No recuerda mucho de lo ocurrido durante los 30 días de hospitalización junto a su hija, salvo hitos que la marcaron. Uno fue cuando al verla por primera vez en la incubadora, conectada a máquinas que la monitoreaban, sintió que su cuerpo se desvanecía mientras le preguntaba a la pediatra si la bebé moriría. En ese momento no tuvo certezas ni diagnóstico.  A los cuatros días del parto el equipo médico le informó que su hija nació con el Síndrome Moebius y que no respondía a la alimentación vía sonda. Además, le explicaron que no podría alimentarse de manera natural, ya que, a causa de su condición, tiene una parálisis facial que no le permite coordinar los movimientos para succionar y tragar, provocando que la leche pueda irse a los pulmones y generar una broncoaspiración que le causaría la muerte. Carla no entendía. Nunca había escuchado sobre el síndrome Moebius. El pronóstico lo asumió como fatal. Una situación parecida vivió Camila Herrera Ramírez, quien cuenta que cuando nació, a su mamá le dijeron, sin mayor explicación, “que yo me iba a morir”.  Ciara y Camila fueron observadas desde una mirada tradicional. Los equipos médicos buscaban caballos donde había cebras y sus madres asumieron los cuidados y apoyos guiándose por el instinto, el amor, la investigación, hasta lograr activar redes que arropan cuerpos y biografías singulares. Una arquitectura del cuidado en territorios incluso muy poco transitados por la medicina. La doctora Rosa Pardo Vargas, pediatra, genetista clínica y presidenta del Congreso de Enfermedades Raras, Poco Frecuentes y Huérfanas en Chile (CERPOHCHI) relata que esta escena es frecuente, recalca que es importante cuestionar, estudiar y: “no decir nunca jamás, porque la biología no es exacta”. Aclara que el poco tiempo con los y las pacientes dificulta investigar más a fondo y es una de las causas del problema.  Lagunas en los sistemas de salud  El diagnóstico de una ER en promedio demora cinco años. Este proceso complejo de consultas, exámenes, pruebas y derivaciones que atraviesan las personas junto al desgaste físico y emocional se conoce como "odisea diagnóstica".  En Chile, la búsqueda se extiende hasta 10 años en regiones aisladas, pero baja a tres en Santiago, la capital. Según una investigación médica , esto se debe a la división del sistema de salud entre sector público y privado, la escasa coordinación entre instituciones, la falta de especialistas y su centralización, y un marco legal insuficiente pese a la Ley 21.743  y la Ley Ricarte Soto .  La falta de información sobre las ER provoca el fenómeno llamado activismo epistémico o de conocimiento, señala Nicolás Schöngut-Grollmus, PhD en psicología social e investigador en enfermedades raras.   Ocurre cuando las personas con una ER y quienes ejercen las labores de cuidados y apoyo, que principalmente son mujeres, desarrollan experiencias por necesidad, lo que carga la responsabilidad en el individuo.  Carla, la mamá de Ciara, comenzó a investigar sobre el síndrome Moebius traduciendo estudios científicos y llevando carpetas completas a las consultas para explicarle al personal médico no especializado sobre la condición de su hija. Llegó a viajar a Estados Unidos cuando la niña tenía un año, en busca de otra opción médica. La madre sabía más sobre la enfermedad que los y las profesionales, desafiando los modelos clásicos de relación médico-paciente donde se presume que el o la profesional tiene el conocimiento para diagnosticar y tratar la ER, tal como lo respalda la investigación científica .  En la historia de Camila también se evidencian las fallas. En el 2013, sufrió una caída, se golpeó la cabeza y se fracturó la clavícula. Fue a urgencias, donde comenta que allí le invalidaron el conocimiento sobre cómo funciona su cuerpo y le dijeron que podría ser un esguince o un golpe. Tras una radiografía, se dieron cuenta que Camila tenía la razón. Porque en su vida la explicación compleja es la más probable. Su realidad es que tiene huesos de cristal. Mujeres que cuidan y organizan “Yo era como una masa", eso le dijeron a la mamá de Camila cuando ella nació. Quebrada, sin expectativas de vida. Fue una noticia dura para la familia. A partir de ese momento se activó una red para ayudarla. El primer apoyo fue el del sacerdote católico Mariano Puga, defensor de los Derechos Humanos y conocido como “cura obrero”, quien gestionó su operación en Francia cuando Camila tenía dos años.  La mamá de Camila, Gladys Ramírez Gómez, conocida como “La Popa” era dirigente social y pobladora que desde 1988, junto a otras personas, ayudó a un grupo de jóvenes voluntarios a crear un jardín infantil con metodología Montessori en la población Digna Rosa de Cerro Navia, una comuna al norponiente de Santiago, donde vive hasta hoy. Durante la infancia de Camila algunos de esos jóvenes voluntarios, que estudiaban medicina o educación parvularia, apoyaron a su madre. Investigaron sobre la condición de la niña, en ocasiones aportaron económicamente y las acompañaron a controles en la Teletón, una fundación sin fines de lucro, creada en 1978 dedicada a la rehabilitación integral de niños, niñas y jóvenes con discapacidad motora.  “Afortunadamente mis papás tuvieron red de apoyo y fueron súper inquietos en todo lo relacionado a mi”, cuenta Camila. La Popa, su madre, quiso ayudar también a otras familias que atraviesan por lo mismo. En el año 2005 creó la fundación Amigos de Jesús, una casa de acogida que acompaña a personas con discapacidad y a sus familias, con el objetivo de mejorar su calidad y promover su inclusión social y laboral. La red de apoyo de Ciara también es sólida y la articula su mamá, Carla, quien es educadora de párvulos en un colegio tradicional. Ella trabaja 30 horas semanales y cuando no está en casa el cuidado de la niña lo asume la abuela paterna, Olga Ruter Cortés, trabajadora de casa particular con 64 años de edad.  Juntas aprendieron a reconocer las necesidades y emociones de la niña, que por su condición, no puede gesticular ni mostrar expresiones faciales. Ciara está sentada a su lado en su silla de comedor gris, viste una polera de flores blancas junto a un short verde agua. La peina una de sus hermanas. La madre observa esta escena y con orgullo cuenta que siempre defienden a su hermanita menor cuando alguien se burla de ella. Del círculo de amparo frente a lo poco común hacen parte el grupo Síndrome Moebius de América Latina, que consta de 380 personas en donde alguno de sus integrantes tiene la enfermedad, y los profesionales de la salud que han atendido a Ciara. Estos últimos son una kinesióloga que conoció cuando nació la niña y que le aseguró que podría alimentarse sola y la ayudó a lograrlo; una neuróloga que la acompaña incluso en aspectos personales; una enfermera que le envía textos sobre el síndrome; una oftalmóloga que le dio muestras de gotas para los ojos de su hija; y una terapeuta ocupacional que la atiende dos veces por semana y que logró, durante enero del 2026 que diera sus primeros pasos. El camino de Ciara es uno andando por mujeres que cuidan. No es casualidad. Abrigar la vida y construir la fuerza Un informe publicado en 2025 por el Ministerio de Hacienda junto a ComunidadMujer señala que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerados es realizado principalmente por mujeres y  representa un “19,2% del PIB Ampliado, superando la contribución de cualquier otra rama económica”. Donde hay condiciones que producen necesidades de cuidado como el cáncer, la demencia o las enfermedades raras con dependencia severa, hay mujeres sobrecargadas que se organizan ante la necesidad de disminuir la brecha de género en los cuidados no remunerados, construyendo redes y organizaciones como la agrupación Cuidadoras Unidas y Ciudadanas Cuidando.  Asimismo, surgen colectivos impulsados por personas que viven con ER, además de organizaciones como la Federación de Enfermedades Poco Frecuentes en Chile (FENPOF) y la Federación Chilena de Enfermedades Raras (FECHER), que tejen comunidades y promueven políticas públicas que respondan a sus necesidades. Camila vive con una enfermedad rara y, al mismo tiempo,  gestiona su salud con el apoyo de su madre. En el 2017, junto a Andrea Medina periodista de 43 años y otras seis personas, crearon la Fundación de Osteogénesis Imperfecta de Chile con el objetivo de: “generar acciones para la inclusión social de las personas con osteogénesis imperfecta (OI), mediante el trabajo colaborativo con familiares, profesionales y otras organizaciones nacionales e internacionales”, afirma su página web.  Camila y Andrea se conocieron en la Teletón cuando eran niñas y tienen la misma cebra. Años después se hicieron amigas y comenzaron a divulgar sobre la  Osteogénesis Imperfecta. Andrea cuenta que las encasillan como "problemáticas" porque se atreven a decirle al personal médico cómo deben atenderlas, qué tratamientos son o no adecuados para ellas y defienden sus derechos cuando sus decisiones son ignoradas o vulneradas. Gracias a los avances tecnológicos en salud las personas con ER pueden acceder a tratamientos que les otorgan mayor autonomía en sus vidas. Así es el caso de Camila, que estudió comunicación audiovisual, fundó su propia productora, es actriz de doblaje, crea contenido en redes sociales y dicta charlas sobre inclusión y discapacidad.  Su experiencia de vida resuena en muchas personas y tiene una gran comunidad en TikTok e Instagram con más de 200 mil seguidores. Al final de la entrevista, un grupo de jóvenes se acerca a pedirle una foto a Camila. La conocen por redes sociales. Ella, que hace poco se había retocado su gloss y estaba maquillada, con las pestañas encrespadas y sus pómulos brillando por el iluminador, posa junto a las chicas mientras su amiga Andrea captura el momento.   Cuentan que la escena es habitual, aunque a Camila le da vergüenza. Andrea, entre risas, dice que es como su manager. Le arregla el cabello, revisa que su maquillaje esté bien, le pide que sonría en las fotos y le recuerda siempre que “tiene que creerse el cuento”. Sin embargo, no todas las personas con ER cuentan con las mismas posibilidades. El 90% de las enfermedades de este tipo carecen de tratamientos efectivos, limitándose a cuidados paliativos y terapias no farmacológicas, generando alta carga de cuidados . Un peso que se ve incrementado porque hay menos leyes, protocolos y elementos protectores, enfatiza el investigador Nicolás Schöngut-Grollmus. En un sistema que invisibiliza lo raro, hay vidas como las de Ciara y Camila, las de sus madres, familiares y redes de cuidado que buscan respuestas en medio de la incertidumbre. Existen enfermedades que están en los márgenes de las estadísticas y las experiencias de quienes las viven también son conocimiento. Puede que la metáfora de los caballos sea efectiva para el personal médico porque prioriza el diagnóstico más probable, pero reconocer la existencia de las cebras no contradice la eficiencia, la enriquece.  Este trabajo periodístico se publicó originalmente en el medio digital feminista, Alharaca, como parte de #CambiaLaHistoria2026, proyecto regional de periodismo constructivo y con perspectiva de género.. Encuentra más historias de ediciones anteriores en: www.cambialahistoria.info

  • Cristianos LGBTQ+ en Chile: la fe queer que desafía a la iglesia

    Fotos de Valentina Bird. Para miles de personas LGBTQ+ cristianas alrededor del mundo, los templos no son refugio, sino espacios donde su identidad es cuestionada, corregida e incluso silenciada en nombre de Dios. Sin embargo, en los márgenes de esas estructuras han comenzado a surgir comunidades de fe disidentes donde la espiritualidad, en lugar de castigar, repara. Esta es la historia de una agrupación chilena que decidió habitar la fe sin culpa, transformar el dolor en comunidad y demostrar que creer, cuando se hace desde el amor y la justicia, también puede salvar vidas. Una tarde de 2024, Nastia   Ortíz  se detuvo y le habló a Dios. Tenía 25 años y llevaba casi toda la vida asistiendo a una iglesia evangélica neopentecostal en Temuco, al sur del país. Allí había crecido. Y allí, también, había aprendido qué estaba bien y qué no. Pero algo ya no encajaba. Necesitaba un lugar donde no tuviera que dividirse. Donde su fe y su orientación sexual pudieran existir sin enfrentarse. La tristeza se le había instalado en el cuerpo ya. Estaba atravesando una depresión. Incluso, hubo días en los que pensó en morir. No por falta de creencia, sino por falta de espacio. Sentía que el mundo, y Dios dentro de él,  no tenían sitio para ella. La idea de que su orientación sexual fuera incompatible con la fe la había ido encerrando en un cuarto sin ventanas. Sin embargo, dos semanas después, mientras miraba redes sociales sin buscar nada en particular, apareció un anuncio: círculo cristiano LGBTI+ afirmativo. La publicación llevaba días ahí. Nastia se quedó mirando la pantalla. Pensó en la oración de aquella tarde. Pensó en la coincidencia.  La comunidad que la sostuvo se llama Abrazo Disidente. Un grupo de encuentro y refugio donde Nastia pudo dejar de negociar consigo misma. Allí comenzó a reconciliar su fe con su orientación sexual y a acercarse a una espiritualidad menos punitiva, más saludable. Creció escuchando que ser LGBTI+ era pecado. La palabra caía siempre igual: pecado. Cuando en la adolescencia entendió que era lesbiana, ese discurso se volvió un espejo torcido. Se odiaba en silencio. Después del colegio se tendía en la alfombra de su pieza y lloraba. Se preguntaba por qué no le gustaban los varones. Temía que Dios le revelara su secreto a los profetas de la iglesia, que alguien la señalara en medio del culto o que su nombre quedara expuesto. Y, sin embargo, algo no cerraba. No le hacía sentido que la diversidad sexual estuviera condenada por la Divinidad. Esa grieta fue el inicio. Empezó a leer las Escrituras con preguntas propias. “Si Dios es infinito y creativo, ¿por qué la creación sería binaria?”, se decía. Para Nastia, habitar lo cuir  desde la fe dialoga con un versículo específico: Primera Epístola de Pedro 4:10, donde se habla de la multiforme gracia de Dios, de un Dios que se expresa de muchas maneras. En esa idea encontró una clave: si la gracia es múltiple, la existencia también. La diversidad no sería una falla, sino una expresión más de esa abundancia.  “La imagen de Dios no tiene género ni sexualidad asignada. La Biblia dice literalmente que Dios es espíritu. No es hombre ni mujer y trasciende el género”, recalca Nastia Ortíz. Además, dice, Jesús también fue una incomodidad. Durante su paso por la tierra desafió las normas del templo, se sentó junto a quienes eran señalados como pecadores: trabajadoras sexuales, enfermos, marginados; y fue cuestionado por sanar en sábado. “Lo cuir  comparte algo central con el evangelio: existir fuera de las normas dominantes”, afirma Nastia. En esa lectura, las identidades diversas no están en los márgenes de la Divinidad, sino que dialogan con ella. Esa forma de entender la Escritura le cambió el relato que tenía sobre ella misma. Y Abrazo Disidente le dio herramientas para enfrentar la homofobia internalizada que arrastraba desde la adolescencia. “Abrazo llegó a curar la herida, a reforzar mi identidad. Y en el fondo a decirme: ‘no estás equivocada, no eres un error, no estás endemoniada’”, dice. Creció con el miedo de que su orientación sexual arruinara su vida. Hoy habla sin bajar la voz. Para Nastia, Dios no es una amenaza sino una fuerza que la empuja hacia afuera . Una esperanza que la saca del encierro y la orienta hacia lo común. Por eso decidió involucrarse más. Se quedó. Se hizo parte de la organización. Hoy es su presidenta. Cree en el impacto de lo que han construido. Sabe lo que significa llegar rota a un lugar y que alguien te diga que no tienes que cambiar para quedarte. Inspirada en un evangelio que insiste en lo comunitario, recibe a quienes se integran con el mismo cuidado que la sostuvo a ella cuando llegó. En medio de las liturgias, afloja la solemnidad con un chiste breve. Después toma la guitarra. Su voz es suave, pero no titubea. Las manos marcan el ritmo y la sala cambia de temperatura. La fe, ahí, no pesa, sino que acompaña. Una fe inclusiva: cristianos LGBTQ+ Durante la pandemia, Tatiana Arredondo Ortega , 51 años, encontró comunidad a través de una pantalla. Se conectó virtualmente a una iglesia luterana en México, un espacio habitado por personas heterosexuales y LGBTI+ que intentaban pensar la fe desde otro lugar. “Queríamos que el espacio fuera disidente desde el lenguaje”, cuenta Tatiana, pastora cuir y feminista. “Hablar de todes, escribir oraciones inclusivas, rehacer el Padre Nuestro para que nadie quedara fuera de lo que estábamos diciendo”. Rezaban: Padre nuestro que estás aquí, entre nosotres . No arriba. No distante. Aquí. La oración dejaba de mirar al cielo y comenzaba a mirar alrededor. Dios no como supervisor moral, sino como presencia encarnada en la comunidad. Esa experiencia fue una semilla. En 2022 convocó a Pamela Robles , pastora lesbiana de la Comunidad de Fe Disidente y psicóloga clínica en Fundación Vasti, organización dedicada al abordaje de violencia de género, violencia eclesial y trauma, y a Gabriela Alegría , música lesbiana, diplomada en teología feminista y ex misionera bautista. La idea era simple y ambiciosa: crear en Chile una red virtual donde personas cristianas LGBTI+ pudieran vivir su vínculo con la Divinidad sin ocultarse. Así nació Comunidad Cuir Amanecer, un espacio horizontal de apoyo y reconciliación con la fe para personas excluidas de iglesias por no ser heterosexuales o cisgénero. Meses después, el grupo adoptó un nombre que condensaba su propósito: Abrazo Disidente. Exequiel Fuentes llegó por invitación de una amiga. Victoria, integrante de la comunidad, le habló de un grupo que estaba tomando forma y le presentó a Tatiana. Él tenía 28 años, es diseñador gráfico, evangélico y gay. Venía de atravesar su propio conflicto con la iglesia. No estaba buscando exactamente un lugar, pero algo en esa conversación le hizo quedarse. Tatiana necesitaba una identidad visual que le diera cuerpo y visibilidad a la comunidad que recién comenzaba. Exequiel, en paralelo, buscaba que su proyecto de tesis tuviera un propósito social. Las conversaciones se fueron encadenando hasta volverse trabajo compartido. Diseñó la marca, pensó el nombre, afinó los colores y la intención. Y así se consolidó también esa etapa bajo un mismo concepto. Tatiana, la pastora de Abrazo Disidente, reafirma que creen en un Dios amable lleno de amor y que la diversidad está en la Biblia. “Cuando centurión le va a pedir a Jesús que sane a su siervo, en realidad, en el texto lo que dice es que centurión le va a pedir que sane a su amigo cercano, a aquel que más ama. Entonces, ahí vemos una persona absolutamente cuir  dentro del texto”, explica. Dios no quiere que muera Gabriela   Alegría  comenzó como misionera en 2017. La envió el pastor de su Iglesia Bautista, que también es su padre. Dejó Santiago de Chile para arribar a una zona rural de Paraguay, donde enseñaba música. Despertaba temprano y sentía que su vida tenía una dirección clara: unir arte y fe, servir, obedecer. La misión terminó en diciembre de 2019, en Portugal. Allí, después de contarle al director de la organización Palabra de Vida que había tenido relaciones con una mujer, la expulsaron. “Fue súper traumático. Fue horrible. Yo estaba sola, no tenía familia ni red de apoyo; esa era mi red. Entré rápidamente en una depresión profunda porque se me desarmó todo”, recuerda. Dependía de patrocinadores para sostener su trabajo, así que no tenía dinero para regresar a Chile. Su hermana menor y una amiga reunieron lo necesario para pagar el pasaje de vuelta. Desde 2016, cuando entendió que era lesbiana, la culpa se había instalado en su rutina. Pero tras la expulsión, el peso se volvió asfixiante. Lloraba todos los días. No quería romper con Dios. Sí con la institución que la había dejado fuera. En medio de esa ruptura, llegó a una certeza. “Dios quiere mi bienestar y quiere que yo viva. Y si sigo negando mi identidad, me voy a morir. No puedo vivir así. Dios no quiere que viva de esa manera”. Esa frase dejó de ser una idea y se convirtió en decisión. De hecho, esa certeza se volvió su ancla. Empezó a sentir a Dios no como un vigilante, sino como un ser amoroso. En enero de 2023 renunció a la iglesia: entendió que allí nunca la tratarían como igual. Ya no quería encarnar el molde de mujer ejemplar, hija de pastor, misionera obediente, funcionaria de una institución que la negaba. Salió a buscar su propia manera de vivir la espiritualidad.Y en ese camino se cruzó con Tatiana. El grupo que comenzaron a levantar le permitió volver a la fe sin miedo. Gabriela extrañaba la iglesia y sus actividades: el canto colectivo, la oración compartida y la sensación de pertenecer a una comunidad. Y en Abrazo Disidente encontró algo que se parecía a casa. Un lugar donde podía ser vulnerable sin mentir y donde no tenía que editar su historia para quedarse. Esta comunidad prioriza el acompañamiento espiritual y emocional a través de redes de apoyo y una narrativa que celebra la diversidad. Se reúnen virtualmente los jueves para orar y los domingos para reflexionar desde la teología cuir y feminista. Hoy convoca a más de 30 personas entre 20 y 50 años. La mayoría proviene de iglesias evangélicas (pentecostales, carismáticas, bautistas, metodistas) y también hay participantes de tradición católica. Principalmente están en Chile, aunque se conectan desde México, Colombia y Guatemala. Muchas han vivido rechazo familiar y violencia en espacios religiosos.  Exequiel Fuentes llegó por invitación de una amiga. Victoria, integrante de la comunidad, le habló de un grupo que estaba tomando forma y le presentó a Tatiana. Él tenía 28 años, es diseñador gráfico, evangélico y gay. Venía de atravesar su propio conflicto con la iglesia. Salvarnos en comunidad Los espacios LGBTI+ afirmativo cristianos son importantes porque rescatan y salvan vidas. Son redes fundamentales para salud mental y recuperación de las personas que han sufrido discriminación o violencia eclesial como los Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género (ECOSIG), prácticas que tiene la intención de cambiar la orientación sexual, la identidad o expresión de persona de personas LGBTI+ y que ocurren, en muchas ocasiones, de comunidades religiosas.  Exequiel lo experimentó en primera persona. Reunió a su familia en la sala de estar y les contó que es gay y vive con VIH+. Los sorprendió, pero no lo rechazaron. Con esa tranquilidad, decidió publicarlo en redes sociales, pero ahí la historia cambió. Lo que posteó, lo leyó el pastor de su iglesia y lo citó una vez a la semana para “reflexionar”, obligándolo a escuchar los supuestos pasajes bíblicos que condenan la diversidad sexual. También rezaban juntos. A la cuarta sesión, Exequiel se reveló. Le dijo que su enfoque era erróneo y que Dios no debía ser usado para discriminar. También le advirtió que no todas las personas tienen la misma fortaleza y que sus actos podían alejar a alguien de la religión. O peor aún: quitarle las ganas de vivir.  Pamela Robles reconoce estas experiencias como violencia espiritual. Sobre las terapias de conversión o ECOSIG, expresa: “No son invitaciones con ese nombre explícito, sino que más bien están súper disfrazados de experiencia y encuentro espirituales, ya sea en forma de retiro, congresos, oraciones, liberaciones. Tienen muchas formas, pero todas con el mismo foco: intentar sanar a las personas de su desviación sexual o liberarla de ese pecado” y agrega que tiene un carácter de tortura. Por ese motivo, en 2022, Pamela junto a Fundación Vasti, realizaron un protocolo de abordaje de género en comunidades de fe que tipifica estas prácticas como violencia sexual. Para Tey Cárdenas Pérez , trabajador social trans de 33 años, Abrazo Disidente fue su salvavidas: le permite vivir su fe sin culpa y sentirse parte. En el caso de Orianny Cisneros Gonzaléz, abogada cuir de 31 años que llegó de Venezuela hace 11 años, dejó atrás su fe al migrar. Ya en Chile, tras un accidente que casi le cuesta la vida quiso reconectar con la Divinidad y encontró Abrazo Disidente, un lugar de calma y seguridad.  Experiencias como las de Nastia, Exequiel, Gabriela, Tey y Orianny hay muchas. Están atravesadas por el dolor, no obstante, encontraron una comunidad que les ofrece herramientas para enfrentar el odio internalizado y una nueva narrativa sobre sus identidades. Es un refugio en el que Dios no condena, sino que acompaña y sostiene.  Tatiana, la pastora de Abrazo Disidente, reafirma que creen en un Dios amable lleno de amor y que la diversidad está en la Biblia. “Cuando centurión le va a pedir a Jesús que sane a su siervo, en realidad, en el texto lo que dice es que centurión le va a pedir que sane a su amigo cercano, a aquel que más ama. Entonces, ahí vemos una persona absolutamente cuir  dentro del texto”, explica. Agrega que en ninguna parte de las Escritura se menciona la homosexualidad y que el pasaje sobre “un hombre no someterá a otro a conocerse” -palabra usada en la Biblia para las relaciones sexuales- se refiere a violaciones en contextos de guerra del Antiguo Testamento, no a relaciones consensuadas entre personas del mismo género. Asegura que existen traducciones sesgadas de la Biblia que algunos pastores usan para justificar ideas discriminatorias.  Ante la segregación, surgen espacios inclusivos como Abrazo Disidente. También como la Pastoral de la Diversidad Sexual de la Iglesia Luterana en Chile, Diversidad Vocal y la Pastoral de la Diversidad Sexual (Padis). Este último, un espacio católico con más de 15 años que busca “un encuentro vital con Jesucristo desde el reconocimiento y la valoración de nuestro ser una persona LGBTQ+, empoderándonos como un laicado protagonista en la construcción del Reino de Dios, acogiendo la diversidad como una oportunidad de ser testimonio del Evangelio”. Estas comunidades resisten al conservadurismo que intenta instalar que las personas LGBTI+ son pecadoras. Mientras los grupos antiderechos discriminan, ellas, elles y ellos salvan vidas, de la forma más literal posible. Entregan calma, resignifican la fe, contrarrestan la soledad y les permite sentirse creación divina. Siguen el camino de Jesús, que abraza lo que no encaja y se escapa de las normas. Este trabajo fue realizado por medio de la Beca Zarelia- Poder Elegir, impulsada por Festival Zarelia, Fundación El Churo, Wambra, con el apoyo del proyecto Poder Elegir de Oxfam en Latinoamérica y Asuntos Mundiales Canadá.

  • Hablamos con Arelis Uribe a 10 años de Quiltras

    Ilustración de Juanjo León. Han pasado diez años desde el lanzamiento de Quiltras, el libro que convirtió a Arelis Uribe en una de las escritoras chilenas más prolíficas y honestas de la región. Hoy, a sus casi 40, la autora saca en limpio varias reflexiones: dice que ya no teme a la crítica ni al qué dirán. Su batalla ahora es más silenciosa, pero igual de firme: cuidar sus plantas, escuchar lo que dicen las personas en la calle y prepararse para volver a escribir columnas cuando "la gente se ponga demasiado maléfica". Ahora, con la calma que da el mar y la madurez, Arelis ya no tiene el miedo que la embargó en su primer lanzamiento. Hay una distancia física y vital entre la joven periodista que escribía sobre el Santiago periférico y la mujer que hoy habita un cerro en Valparaíso. Diez años separan a Arelis Uribe de Quiltras, ese, hoy llamado clásico literario que en 2016 sacudió la narrativa chilena con una prosa popular, mestiza y lesbiana. Hoy, con la calma que da el mar y la madurez, Arelis ya no tiene el miedo que la embargó en su primer lanzamiento. Es expresiva y habla de su vida como una narradora: llena de gracia. A diferencia de quienes ven la literatura como un mero hobby o un lugar de desahogo, para Arelis la imagen que la mantiene con los pies en la tierra es concreta: el fin de mes. "Lo primero que me mantiene con los pies en la tierra es que hay que pagar cuentas", dice entre risas. "Es muy mundano, pero es un anclaje real. Hay que trabajar, pagar arriendo, pagar la vida. Eso y mi familia son lo más real que tengo", dice la escritora. Si en Quiltras la escritura era un acto de libertad y una "valentía aterrada", hoy la relación es distinta. Se ha vuelto un oficio. "Ahora es mi trabajo. A veces me siento estancada porque los procesos creativos son complejos, pero sigo sintiendo el cariño. Me escriben mujeres, autoras más jóvenes, me regalan libros. Siento el cariño de los lectores y eso es muy bonito", menciona. *** En estos diez años han pasado tantas cosas: el país ha transitado por un vertiginoso arco de transformación que comenzó con el agotamiento del ciclo de reformas de Michelle Bachelet y la posterior parálisis política del segundo mandato de Sebastián Piñera, para luego fracturarse definitivamente con el estallido social de 2019. Un hito que desbordó las instituciones y forzó la apertura de un incierto camino constituyente; y si bien el ascenso de Gabriel Boric al poder en 2022 simbolizó un cambio de era, las grandes promesas de cambio estructural conviven ahora con la urgencia del orden público, la estabilización económica y la instalación de la ultraderecha. Arelis es crítica con la política. Habla de una distancia con la nueva izquierda y la autora reconoce un quiebre. . "Hoy soy una decepcionada de la política institucional", confiesa. "Creo más en los movimientos autónomos a la hora de resistir y organizarse. Una es utópica y se queda con el tejo pasado". Para Uribe , la institucionalidad ha demostrado sus límites, y esa decepción la ha devuelto a lo básico: la asamblea de vecinos, la marcha del 8M y la defensa de la subjetividad frente a "la dictadura de la heteronorma" y el centralismo. Ella mira el avance de la derecha con respeto, pero sin miedo. Entiende que la política no es una línea recta, sino un terreno de idas y vueltas. Para la autora, estos ataques contra lo que ya se ganó son, en realidad, un empujón para organizarse con más fuerza; una pelea que hoy se siente capaz de dar con más cancha que hace diez años. En este panorama, la vuelta de Quiltras  no es solo una reedición y está más vigente que nunca: un libro que les da el micrófono a los de abajo, a las lesbianas que no encajan y a los jóvenes que nadie escucha, plantándole cara a un poder que siempre ha sido de los mismos. Lo de los símbolos importa, dice ella, pero es solo una parte de la pelea. Es el frente donde se defienden las ideas para que, por más cansancio que haya, nadie les pase por encima a los que siempre han vivido en los márgenes. "Quiltras es un libro que habla de las clases populares en una sociedad donde el poder económico y simbólico está secuestrado por las clases dominantes. Es un aporte a la batalla cultural, pero lo simbólico no lo es todo; hay que dar la pelea desde la vereda de cada uno". La política en ella también se manifiesta en su trabajo. A pesar de la profesionalización, Uribe se niega a convertirse en una "máquina de productos". En su casa en un cerro de Valparaíso, rodeada de plantas y cuadernos llenos de frases sueltas, Uribe sigue escribiendo como empezó: anotando la vida cotidiana. "Hago lo que amo y no me traiciono", dice sobre su labor como docente y escritora freelance . Para ella, la autonomía financiera es el primer paso para la libertad de pensamiento. "Mi proceso creativo es muy genuino, lúdico y ocioso, muy lejos del mercado. No permito que los conservadores pasen máquina sobre mi vida". "Primero es la idea, la técnica, y cuando está listo y a mí me gusta, pienso en venderlo. Nunca es al revés", explica. Aunque reconoce que vivir exclusivamente de los derechos de autor es muy difícil en Chile y aún no lo logra por completo. Por lo que,  ha encontrado el equilibrio en la docencia. "Vivo de la literatura porque enseño a otros a escribir. Propicio que otras personas lean. No me traiciono: hago lo que amo". La reedición de Quiltras, de Arelis Uribe por editorial Planeta , está disponible en todas las librerías del país. La autora vive en Valparaíso y dice que no fue solo un cambio de ciudad, sino un acto político. Al alejarse de Santiago, la escritora comenzó a ver las grietas del centralismo chileno y a conectar con una "ecología popular" que antes le era ajena. “Antes era una pedante santiaguina. Ahora, vivir fuera me ha generado un cambio en mi identidad". Ese cambio incluye una conexión mística y política con la tierra. "He aprendido que el oro no se puede comer; lo que se come es lo que cultivas. Confío en lo intuitivo y trato de esquivar el mercado lo más posible", reflexiona.  A sus casi 40 años, ya no teme a la crítica ni al "qué dirán". Su batalla ahora es más silenciosa pero igual de firme: cuidar sus plantas, escuchar el habla de la calle y prepararse para volver a escribir columnas cuando "la gente se ponga demasiado maléfica". Porque, para la autora de Quiltras , la política es la capacidad de rescatarse a una misma y a su comunidad de la oscuridad. Repite: “No me traiciono: hago lo que amo”.

  • Trenzar la identidad: una crónica sobre abrazar la propia historia

    Fotos de la única e inigualable Valentina Bird <3 Hay cabellos que pasan años sin mostrarse tal cual son. El de la estilista Sonia Murillo permaneció oculto bajo alisados y extensiones desde la adolescencia, cuando la belleza capilar parecía tener una sola forma posible: lisa, dócil, ordenada. No fue hasta migrar a Chile que inició un lento retorno hacia su afro natural, un proceso que con el tiempo terminaría convirtiéndose en su oficio, desde el cual hoy acompaña a otras mujeres que han vivido experiencias similares. “La posición liminal que ocupa el pelo es fundamental para su significado. Crece en la frontera entre la persona y el mundo”. — Siri Hustvedt La primera vez que se mostró con su pelo al natural tras más de quince años de ocultamiento, Sonia Murillo sintió que caminaba desnuda. Como si la mirada de cada transeúnte se posara en el volumen de su textura espiral, abundante y desperdigada. Era un día de verano de 2019 en la Plaza de Armas. Desde hacía tiempo, Sonia arrastraba el cansancio de sostener una imagen que ya no sentía propia. Las extensiones capilares que había usado de manera ininterrumpida desde los 18 años le habían servido para ocultar el afro heredado de sus padres, nacidos en el Chocó, región del Pacífico colombiano donde la mayoría de la población es afrodescendiente. Ese día, su novio de entonces, Jose, con quien compartía un departamento en Estación Central y conocía su historia capilar, la animó a salir a comer sin extensiones. Sonia se miró al espejo y detuvo la mirada en su pelo natural, sin intervenirlo. Junto a su pareja salieron del departamento, tomaron el auto y se dirigieron al centro de Santiago. Estacionaron cerca de la Plaza de Armas para ir por unos completos al Portal Fernández Concha. Al bajarse del auto, Sonia no pensó que llevar su cabello suelto terminaría por cristalizar una decisión que hoy la llena de libertad: dejar de cargar con el esfuerzo cotidiano de esconder su pelo y asumirlo como una parte central de su vida. Pero una cosa era dejarlo natural y otra, dejarlo crecer. Su textura, saturada por años de químicos alisantes, necesitaba recuperarse para volver a su forma real. Por eso comenzó a peinarse con las trenzas africanas que había aprendido desde niña, pegadas a la raíz. Cuando su pelo empezó a tomar largo, en sus grandes ojos castaños apareció una sonrisa. Eso se ve en una de las muchas selfies con las que registra su proceso capilar: imágenes que muestra a otras mujeres en su salón, donde realiza trenzados africanos, para recordarles que la autoaceptación del pelo afro es un camino posible. Si se quisiera, los tres mechones que componen una trenza podrían simbolizar tres etapas entrelazadas de la vida de Sonia: su infancia hasta los quince años, cuando llevaba su cabello natural y trenzado; el largo periodo de alisados y extensiones que ocultaron su textura afro; y, finalmente, el regreso a su pelo natural, ya instalada en Chile. De sus 37 años, al menos veinticinco los ha pasado trenzando. *** Es mayo de 2025. Han pasado seis años desde su transición capilar. Sonia luce unos faux locs  , rastas falsas, que le llegan hasta la cintura, peinados por ella misma sobre su afro, y que realzan aún más su estatura, de un metro setenta y cinco. Pasa la tarde en su pequeño salón de Ñuñoa: un taburete frente a un espejo de cuerpo completo, repisas con mechones colgantes, peines, cremas y herramientas de trenzado. Viste jeans y una camisa negra de ecocuero oversize. Sus manos se mueven con la fluidez que los rayos del sol al desvanecerse sobre la ciudad. Frente a ella está Isabel, su amiga venezolana de 54 años, con la cabeza inclinada mientras Sonia le desenreda el cabello para comenzar el peinado crochet, un tipo de trenza africana que consiste en entrelazar mechones sintéticos sobre trenzas base pegadas a la raíz. En unas tres horas, Isabel saldrá con unas ondas voluminosas que ocultan el trenzado subyacente. Entre risas, propias de dos amigas que se conocieron hace años en una peluquería en Recoleta y que siguen compartiendo confidencias,  Sonia avanza con las trenzas base. Cada mechón que incorpora exige precisión, ritmo, paciencia. Los dedos vuelan, mientras su rostro permanece en calma. —A Isabel no le gusta su cabello afro —dice Sonia sin dejar de trenzar. —No, mi amor. No me gusta. Siempre llevo el pelo liso —responde Isabel—. Y las trenzas crochet  son comodidad: no tengo que secar el pelo ni arreglarlo. —Es algo psicológico —insiste Sonia—. Nos enseñaron que era feo. Así crecimos. Isabel observa a su amiga con una pequeña mueca después de sonreír, como si le fuera sin cuidado lo que acaba de decir. Lleva años recurriendo al alisado brasil cacau para mantener su cabello liso; si no, opta por las trenzas que Sonia le hace con minuciosidad. Cada vez que se juntan, Sonia intenta convencerla de que su pelo, tal como es, no tiene ningún problema. *** Cuando era niña, Sonia solía jugar en el suelo del living en su casa de barrio Manuela Beltrán, en Cali. De pronto sentía los dedos suaves de su abuela María posarse sobre su raíz y comenzar a trenzar. Una trenza. Otra y otra más, siempre pegadas al cuero cabelludo, siguiendo líneas perfectas. Observándola, Sonia aprendió el gesto y lo heredó: más adelante trenzaría a su abuela y también a sus muñecas. A los doce años ya trenzaba con habilidad. Peinaba a su hermana, a sus primas y a sí misma. Pero a los dieciocho, la hegemonía del cabello liso, alimentada por la industria cosmética y por el peso de la blanquitud como norma, terminó imponiéndose. Aún recuerda las frases que sus compañeros  de colegio usaban para burlarse de ella y otras chicas de origen afro: “peli dura”, “pelo de estropajo”. En su barrio, en los noventa, era común ver a mujeres negras de distintas edades con el cabello alisado, incluida su mamá. Muchas usaban un ungüento casero de soda cáustica con aguacate que borraba la textura espiral. Entre los quince y dieciséis años, Sonia decidió probarlo. Encerrada en el baño de su casa, lo aplicó con cuidado para evitar quemarse el cuero. La forma redonda de su afro desapareció: amaneció con una melena lisa y recta, y con varias llagas en su casco, debido al contacto inevitable con el producto. Vinieron más alisados, luego la crema alisadora americana, que prometía mejores resultados. Después, el boom de las extensiones: mechones de cabello liso para cubrir el pelo natural y cumplir la expectativa social del pelo largo y “manejado”, que se extendió por todo Colombia. Con su prima viajaba a Puerto Tejada, una localidad cerca de su barrio caleño, para comprarlas, ahorrando peso a peso. Sonia se graduó del colegio con extensiones. Las mismas que usó cuando nació su hijo, cuando estudió técnico auxiliar contable, carrera que abandonó por falta de dinero, y mientras trabajaba en una fábrica de vitrinas, antes de decidir dejar su país. A los 29 años, Sonia emigró a Chile con sus extensiones onduladas, en busca de nuevas oportunidades. Trabajó en una panadería, luego en ventas y más tarde en salones de belleza en Recoleta. El verano de 2019, pocos días después de animarse a salir a la calle sin peinar su cabello y dejar atrás las extensiones, comenzó a ver tutoriales de influencers afrodescendientes de España y Estados Unidos que hablaban de la transición capilar. Algunas se hacían el gran corte; otras se trenzaban para dejar crecer el cabello natural más rápido. Sonia probó ambas cosas y aprendió sobre productos aptos para su textura. La pandemia la llevó a reinventarse. Volvió a trenzarse después de más de diez años y descubrió que ese conocimiento heredado podía convertirse en sustento. Comenzó en las playas de Pichidangui, ofreciendo trenzas africanas a veraneantes. En Santiago atendía a domicilio, tanto a chilenas como a migrantes. Trenzar se transformó en el oficio con el que hoy sostiene su vida y la de su hijo, quien ya cumplió 18 años. *** Trenza  viene de trenzar , del latín trinitiare  (de trinitas , “trinidad”), aludiendo al entrelazado de tres partes, que puede ser de cabello, fibras o cuero, entre otras. Históricamente, las trenzas han sido mucho más que un peinado: un gesto cargado de significados sociales, espirituales y estéticos. En el caso de las trenzas afro, su origen se remonta a miles de años atrás en diversas regiones del continente africano. La académica irlandesa Emma Dabiri, quien ha contado que dejó de alisarse el pelo al no poder seguir conciliándolo con su militancia política como mujer negra, explica en sus investigaciones que, durante siglos, las trenzas pegadas han sido un acto cotidiano dentro de la cultura africana. Diversos estilos de trenzado han aludido al estatus social, la profesión, el estado civil y otras formas de identidad de quien los lleva. Incluso durante la esclavitud en América, muchas mujeres africanas se hacían trenzas que, según relatos y tradiciones orales, funcionaban como puntos de encuentro o mapas para trazar rutas de escape en las plantaciones. En el acto de trenzar, expresa Emma Dabiri en su libro No me toques el pelo: origen e historia del cabello afro , se acumulan siglos de significado que se transmiten de generación en generación. Hoy, en su sexto año de transición, Sonia alterna entre llevar su afro suelto o distintos peinados trenzados. En su salón recibe sobre todo a mujeres: jóvenes afrodescendientes que buscan reconciliarse con su textura natural, mujeres que aceptan su cabello tal como es y quieren probar diferentes trenzas, y otras que desean experimentar con su pelo, aunque no pertenezcan necesariamente a la cultura negra. Para Sonia, cada trenza es igual de importante; y sea o no parte de la tradición afro quien la porta, dice que mientras se lleve con respeto y consciencia, está bien. Cuando parte la semana y avanzan los días, las manos le duelen. Debe hacer movimientos especiales antes de dormir para aliviar la tensión acumulada. Un viernes de mayo, ya casi de noche, Sonia cierra su jornada trenzando a su clienta más pequeña: una niña de seis años que llegó con su padre antes de salir de vacaciones. Quiere llevar trencitas pegadas en su melena lisa color avellana. Sonia termina el peinado y coloca pequeños clips dorados en las puntas, como un cierre decorativo. La niña, ensimismada en el celular de su papá, no se mueve. Cuando Sonia acaba, la pequeña se mira al espejo, fija la vista en los ojos de Sonia y le sonríe. Con la jornada finalizada, Sonia se despide de su pequeña clienta, que sale del local, y se sienta en el taburete frente al espejo. Mueve sus muñecas y sus dedos de un lado a otro. “Siempre me pasa lo mismo”, afirma. “Termino de trabajar y no quiero saber nada más de pelo. Pero al día siguiente, me emociona saber que voy a volver a trenzar”.

  • Venezuela y un futuro entre paréntesis

    Desde una estación de gasolina en la Isla de Margarita que funciona como una cancha de fútbol, hasta un barrio de Caracas bajo las explosiones, y un patio en Chile en el que una pequeña exiliada juega lejos de la tierra de sus ancestros, este texto enlaza escenas mínimas para contar lo que no entra en la geopolítica del 2026: cómo se vive, se cuida y se resiste cuando Venezuela vuelve a arder y millones miran desde dentro y fuera del país. Bajo el sol radiante de la Isla de Margarita, niños y jóvenes juegan fútbol en una estación de gasolina vacía de PDVSA. La cancha es el asfalto; los arcos, un par de piedritas improvisadas. Puedo imaginar el calor que se levanta del pavimento bajo sus zapatillas, el golpeteo del balón, las risas y los gritos mezclados con la brisa y el oleaje lejano del imponente mar Caribe. En una de las pocas estaciones que vende gasolina subsidiada   se da esta escena de los “juegos del futuro” capturada por el fotógrafo Edgar Martínez . Estaciones donde durante años se han formado filas kilométricas para cubrir una necesidad básica en un país que, como se repite hasta el cansancio, posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. En Chile, el sol también quema en pleno verano y mi hija de 10 años también juega fútbol en un pequeño patio, en el hogar que hemos construido a más de cuatro mil kilómetros del mar Caribe. Sus límites son una cerca cubierta por una parra y dos limoneros, además del tiempo suspendido que pesa sobre quienes han (hemos) migrado. Dos juegos y un futuro para Venezuela. Ambos, apenas, ocurren unos días después de la extracción militar de Nicolás Maduro. Un país que se rompe y expande por el mundo, que desplaza a sus hijos e hijas y que los ve jugar en la esperanza.  Fuera del encuadre de la foto y de mi historia, queda el mapa reciente de la violencia dispersa en la geografía y en la memoria de la gente en  Caracas y el litoral central; comunidades  afectadas, más de 463 viviendas, las muertes de 47 personas venezolanas y 32 efectivos cubanos que protegían a Maduro, y las familias que ya no duermen donde dormían o que duermen con temor. Quienes permanecen en Venezuela intentan comprender lo ocurrido, enfrentan  incógnitas, el miedo y, a la vez, la posibilidad de que no haya cambio alguno, y que sus vidas continúen  ancladas al régimen chavista. Los que estamos afuera del país solo podemos esperar el momento para volver, porque no todos pueden hacerlo. Primero no hay Estado de Derecho, es decir, cualquier vida corre peligro indistintamente de su posición política. Es cierto que muchos salieron a celebrar en diferentes ciudades del mundo, como en el propio Santiago de Chile que habito, porque intentan creer la posibilidad de regresar a casa y, por qué no, por el alivio que puede traer la salida de un dictador, así haya sido por las malas.   No creo que hayan hecho cálculos geopolíticos; solo siguieron la esperanza humana  instintiva, de reencontrarse con sus seres amados, con todo lo que dejaron atrás y la posibilidad de recobrar (ojalá) lo perdido. Algunos lo atribuyen a la ingenuidad y advierten sobre el precio que habrá que pagar: petróleo entregado al imperialismo. Sin embargo, la realidad venezolana desmiente esa alarma desde hace años, los beneficios del crudo no se traducen en bienestar ni en derechos, para  buena parte de la población el petróleo es una abstracción, llevan décadas sin acceso regular a gas licuado. Todos opinan y tienen derecho a opinar sobre Venezuela, porque los bombardeos en “Nuestra América”, como decía José Martí, y sus consecuencias afectan no solo al derecho internacional, sino a millones de vidas y la dignidad de los pueblos. Y no está demás decir que ningún país debería recibir violencia alguna, ni extranjera, ni de sus gobernantes.  Por eso,  las personas venezolanos también pueden (podemos) contar lo que hemos vivido y aspirar a que, pese al estruendo del bombardeo, la saturación de información, desinformación, las ideologías y creencias convulsas, los comentarios de los expertos en petróleo e Historia Contemporánea de Venezuela y la avalancha de videos y mensajes en las redes sociales, sus (nuestros) testimonios sean también escuchados. En Partir es andar  (2023), de Eleonora Requena aparece un poema que a través de sus versos, da cuenta de lo que sucede a quienes se encuentran (nos encontramos)  fuera del país y narran quiénes son (somos) y por qué debieron abandonar sus hogares: Te sacan, te sales, te vas  y lo que digas sobre eso será incómodo, torpe, inadecuado;  tampoco tendrás lugar en ningún lado,  eres como un jarrón chino del dolor. Esa fue la razón por la que conversé con Fernanda, profesora universitaria, caraqueña, que se encontraba a pocos kilómetros de los bombardeos, para conocer su experiencia.  “Te quiero contar lo que pasó” Fernanda vive en el Barrio Observatorio de Caracas , de la popular  parroquia 23 de Enero , con ella conversé hace un año para una crónica sobre el ascenso de Maduro al poder tras unas elecciones amañadas . En ese entonces me dijo que había dejado de usar las redes sociales por miedo. Hoy, ese miedo persiste y Caracas sigue rodeada por colectivos armados, “lo único que ha cambiado es que Maduro ya no está en el poder”. Después de los ataques militares “la gente está detenida, callada, sumida en un estupor que se siente en las calles, en el centro, en cada esquina. Hay un shock colectivo que no se disipa. Uno quiere quiere expresar lo que piensa y siente, pero no puede. Yo quisiera decir en voz alta todo lo que estoy pensando, todo en lo que creo y por lo que apuesto, pero no puedo. Y eso, de verdad, es profundamente preocupante”. “Vivo justo detrás del cerro donde está Miraflores, a poco más de un kilómetro del Museo Histórico Militar. Desde mi ventana lo veo todo: El Paraíso, Montalbán, la Cota 905; hacia el sur, Valle-Coche, el cementerio. Tengo la visual completa del sur de Caracas.” Sus palabras me llegan en notas de voz, habla con cautela, pero sin miedo, no está demás repetir que su vida corre peligro, cualquier efectivo militar, policial o miembro de un colectivo podría tomar su teléfono si no borra los mensajes y si algún vecino escucha lo que dice, la podrían apresar o desaparecer.  Esto ya ha ocurrido antes, desde la operación Tun Tun  y otras redadas hasta el caso de la médica Marggie Xiomara Orozco Tapias , condenada en 2025 a 30 años de prisión por enviar un audio a un grupo vecinal donde criticaba al gobierno. Una pena desproporcionada que luego fue revertida con su excarcelación, pero que dejó una advertencia clara para la población: que nadie se atreva. Fernanda quiere que su testimonio se cuente. Le duele leer en redes sociales que se acuse a quienes están en el exilio de avalar a Trump o de ser imperialistas, cuando, insiste, la realidad está muy lejos de eso. Se vive en una dictadura desde hace años y la gente está desesperada. “Con la salida de Maduro, Venezuela volvió al foco del mundo, pero otra vez se habla solo de petróleo. No somos solo petróleo, somos personas. Yo quiero que se hable de nuestras vidas, durante años todos miraron a un lado mientras acá se mataba, pasábamos hambre, nos  torturaban y apresaban a quienes salían a protestar” . En el marco del decreto se han reportado detenciones por supuestamente celebrar la captura de Maduro, incluido el arresto de dos hombres mayores en el estado Mérida  acusados de gritar consignas contra el chavismo.  Diciembre llegó marcado por la búsqueda de dinero para mantener vivas las tradiciones familiares. Antes, con el aguinaldo se compraban regalos, los ingredientes para las hallacas, el pan de jamón y todo lo necesario para la mesa navideña. En los últimos años las múltiples crisis han reducido esas posibilidades, aun así la gente encuentra la manera de mantener viva las tradiciones. “No hubo hallacas. Mi mamá preparó pollo horneado. Compramos unas cervecitas y compartimos”. “El primero de enero fue tranquilo. El dos de enero, que cayó viernes, trabajé en la computadora. La ciudad estaba despertando del fin de año, la gente medio cansada, con la resaca encima. Enero siempre cuesta. Ese viernes, no sé por qué, empecé a rezar. Recé el rosario sola en mi cuarto, para renovar la fe, por mi familia, mis amistades, por el país. Me acosté como a las once”. Y entonces llegó la explosión. “La cama se movió y al asomarme por la ventana  había un fogonazo enorme hacia el Valle y veo otro, y otro, y yo me dije esto no son cohetones, esto es una vaina”. Bajó corriendo y despertó a sus padres: “Papá, están bombardeando, nos están atacando”. Cuenta que el sonido de los aviones la hacían  sentir como en los videos que se conocen sobre Gaza, aunque había luna llena no se podían ver. Solo se escuchaban pasar rasantes, lo único claro en el horizonte caraqueño era el fuego y el humo.  “Mis padres al principio pensaban que eran cohetes, hasta que miraron por la ventana. Todo se iluminó. Empezaron a llamar a la familia. Veíamos las explosiones clarísimas. Yo monté café para calmarnos. Los vecinos salieron al callejón, algunos decían que no era un bombardeo. Pero los aviones y el sonido ultrasónico, era evidente. Era una cosa de película”. Narra que subió a la terraza de la casa: “los helicópteros sonaban cerca, el fuego de los bombardeos iluminaban la ciudad y luego, un silencio total, como un cementerio”. Por la mañana comenzaron los rumores: “Maduro ya lo habían capturado, pero en mi barrio nadie sabía nada”. A las nueve de la mañana ya se decía que lo trasladaban a Puerto Rico y luego a Nueva York. Ella considera que el pueblo es sabio porque aprendió a resguardarse, a cuidarse, sobre todo luego de las elecciones presidenciales del 2024. A pocas horas del incendio, con los escombros aún sin recoger y los daños en las comunidades sin ser evaluados, no había pronunciamiento oficial. Frente a esta ausencia de una declaración de Nicolás Maduro, el chavismo calificó su falta como “temporal”. Ese mismo día, el Tribunal Supremo de Justicia encuadró la situación en el artículo 234 de la Constitución, que regula las faltas temporales del presidente, evitando así aplicar el artículo 233, que obliga a convocar elecciones presidenciales en un plazo de 30 días. De este modo, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada por un período de hasta 90 días, prorrogable por otros 90, quedando en manos de la Asamblea Nacional la eventual declaración de una falta absoluta, desde entonces, está a cargo del gobierno y actúa, según ha dicho el propio Donald Trump, conforme a sus órdenes . Todo parece seguir igual dentro del sistema Estado-gobierno-partido (PSUV). Del antiimperialista a una gestión petrolera privada Los hermanos Rodríguez, Delcy al frente del Poder Ejecutivo y Jorge desde el Legislativo, instancia en la que incluso juramentó a su propia hermana, encabezan esta nueva etapa del chavismo. Bajo su conducción, el tablero energético venezolano se ha reconfigurado de manera significativa, Estados Unidos emerge como comprador principal y “protector” casi exclusivo del crudo venezolano, lo que introduce tensiones con China y Rusia, históricos aliados comerciales del proyecto chavista. Este giro altera el modelo de gestión petrolera vigente desde 1976, con la reciente reforma de la Ley de Hidrocarburos , por primera vez en medio siglo se habilita de forma explícita la participación de empresas privadas en la explotación, producción y comercialización de petróleo.  En estos días persiste, con razón, el discurso contra el “imperialismo yanqui” en numerosas marchas alrededor del mundo, muchas de ellas sin voces venezolanas al frente. Los motivos históricos sobran, basta recordar Hiroshima y Nagasaki, la guerra contra Vietnam o la maquinaria represiva del Plan Cóndor para comprender por qué ese relato continúa operando como un marco legítimo de denuncia y solidaridad entre los pueblos. Hasta el propio Hugo Chávez convirtió esa idea en consigna fundacional del proyecto bolivariano-psuvista y durante años la utilizó como eje para tejer alianzas políticas y simbólicas en la región. Pero hoy ese discurso no es más que un vestigio retórico, el chavismo ha convertido la conservación del poder en su objetivo central, incluso a costa de la coherencia ideológica y de su propio origen de izquierda. La negociación con Donald Trump, por medio de petróleo y otros recursos a cambio de permanencia y, por qué no decirlo, de una eventual amnistía para la cúpu la gobernante, expone con nitidez ese giro dramático de dejarse mandar por los gringos en lugar de llamar a unas elecciones libres y permitir la alternancia del poder en Venezuela. Continuar la vida después del fuego Luego de las explosiones, entre los escombros, el dolor y el silencio, la vida continúa, los mercados abren, algunos con precios cada vez más altos, casi imposibles de pagar, pero abren.  Los estudiantes han vuelto a clases y los vecinos se buscan y se cuidan e iniciaron colectas en plataformas como GoFundMe para ayudar a quienes perdieron sus viviendas o fueron gravemente afectadas porque, como reza  un dicho popular, “pa’ atrás ni para coger impulso”. ¿Qué más se puede hacer sin democracia y sin derechos fundamentales? Desde hace años las personas venezolanas están solas en su lucha diaria. Se sigue adelante para mantenerse y cubrir lo necesario. Todo se guarda muy adentro, hasta las lágrimas, para seguir “cuerdos” se finge “normalidad” y se sostienen los vínculos que aún resisten, incluso a la distancia. Casi ocho millones de personas han (hemos) dejado Venezuela, y para no perder del todo a los seres amados (hijos, hijas, nietos) muchos se aferran a videollamadas y mensajes, con la esperanza de reencontrarse y recuperar, de algún modo, el tiempo suspendido. O como explica con sabiduría el escritor venezolano Héctor Torres , quien mira al país desde otro lugar “casi no nota lo complicado que es todo. La gente procura minimizar la dificultad para creer que está viviendo la vida casi como en cualquier parte. Y, claro, para no angustiar a los familiares que están afuera”. Entre tanto, Trump negocia con Delcy Rodríguez, a quien considera fantástica  y desde Venezuela me llegan audios breves, las voces dicen solo lo indispensable, en los chats familiares nadie comenta sobre política porque hay un Estado de Conmoción que permite a autoridades a buscar y detener a personas que celebren o apoyen el ataque extranjero, que permite, además, limitar derechos como la libertad de reunión, manifestación y tránsito.  Vigilia, muerte de madres y la promesa de Amnistía de Delcy Hace casi un año, en medio de denuncias de detenciones arbitrarias y tortura, en El Helicoide, la mayor cárcel política del país,  Juan Carlos Monedero hablaba de Derechos Humanos y filosofía para polícias.  Luego de la extracción de Maduro, el presidente de la Asamblea Nacional Jorge Rodríguez y jefe del equipo negociador del régimen rompió con años de negación oficial al anunciar la liberación de “un número importante” de presos políticos, que años atrás dijeron que no existían. Lo cierto es que el miedo a ser apresado persiste, sirve como ejemplo el caso de Edison José Torres Fernández , un oficial de policía de 52 años, arrestado en diciembre de 2025 por “compartir mensajes críticos” que murió bajo custodia del Estado el 10 de enero de este año. La desesperación de las familias de las y los presos políticos ha alcanzado niveles críticos, numerosas madres han permanecido casi un mes a las afueras de distintos centros penitenciarios. Esta situación se ha visto agravada por la ausencia de registros oficiales completos, ya que muchas personas detenidas no figuraban (o aún no figuran) en las listas conocidas y solo han sido incorporadas a partir de nuevas denuncias realizadas ante organizaciones de derechos humanos. Por esta terrible espera, tres madres fallecieron : Carmen Dávila, de casi 90 años, murió hospitalizada sin saber que su hijo, el médico Jorge Yéspica Dávila, había sido liberado dos días antes; Yarelis Salas, de 39 años, falleció tras sufrir un infarto luego de participar en una vigilia frente a la cárcel de Tocorón por la libertad de su hijo Kevin Orozco; y Omaira Navas, madre del periodista Ramón Centeno, que murió a causa de un accidente cerebrovascular, después de años de gestiones y denuncias públicas para conocer la situación de su hijo. De acuerdo con el balance publicado por Foro Penal,  permanecen detenidas 687 personas:182 militares, 87 mujeres, 1 Adolescente, lo que da cuenta de la persistencia y gravedad del fenómeno represivo, así como de su impacto diferenciado sobre distintos sectores de la población. Las cifras oficiales sobre las liberaciones presentan inconsistencias significativas, según diversos voceros, entre ellos, el segundo del chavismo, Diosdado Cabello, quien incluso ha calificado a los detenidos arbitrariamente como “causantes de daños”, ha anunciado números dispares de personas excarceladas, más de 400. En contraste, los registros independientes del Foro Penal  indican que, de más de 800 detenciones arbitrarias documentadas, sólo alrededor de 344 personas han sido excarceladas (hasta el 1ero de febrero de 2026). Además, las excarcelaciones no significan libertad plena, la mayoría de las personas permanecen bajo medidas restrictivas, como limitaciones para declarar públicamente, obligaciones de comparecencia judicial y prohibiciones de salida del país.  Solo en algunos casos, principalmente de personas extranjeras que ya se encuentran fuera del territorio nacional y a través de sus testimonios ha sido posible conocer, torturas, malos tratos y vejaciones como el caso d el   ciudadano fra ncés  Camilo Castro , de origen chileno, cuyo padre huyó de la dictadura de Pinochet, quien dijo haber vivido durante cinco meses en una celda compartida, rodeado de aguas residuales cuyo olor “resultaba insoportable” al punto de impedirles comer o dormir. Decenas de carpas se alinean desde hace semanas a las afueras del centro de reclusión de la Zona 7, en ese espacio improvisado, familias de presos y presas políticas esperan noticias sobre sus seres queridos, se pasan botellas de agua, comentan rumores y revisan una y otra vez el teléfono. Entre ellas está María Piña, madre de Gabriel Ángel Sánchez Piña, un joven de 19 años, diagnosticado dentro del espectro autista, que fue detenido de forma arbitraria el 30 de noviembre de 2025 junto a su hermano Levy. Durante meses, a la familia se le negó información sobre su paradero; incluso, sus nombres fueron cambiados en las listas oficiales, hace apenas unos días pudo confirmar que se encontraban allí y que Gabriel apenas pesa 40 kilos y su estado de salud es delicado. Mientras esa vigilia se sostiene frente al centro de reclusión, a kilómetros de distancia, Delcy Rodríguez anunciaba que solicitará a la Asamblea Nacional la aprobación de una Ley de Amnistía General destinada a la liberación de centenares de personas detenidas por razones políticas. La iniciativa abarcaría todo “el ciclo de conflictividad política iniciado en 1999” al hacerlo, Rodríguez exhorta a las personas excarceladas a que “no se imponga la revancha, la venganza y el odio”, un gesto que evoca una escena poco conocida de la historia venezolana, cuando el 7 de abril de 1933, tras cinco años de prisión, traslados y tortura, la madre del poeta Andrés Eloy Blanco, Dolores Meaño de Blanco, recibió en Valera un telegrama del dictador Juan Vicente Gómez: “Hoy he resuelto dar mi autorización para que su hijo Andrés Eloy pueda pasar a Caracas, porque creo que ya estará convencido, y que no la hará sufrir más”, así como aquel mensaje, las palabras de Delcy condensan el cinismo del poder que concede “libertad” a cambio de silencio. “Han sido 26 años de persecución, terror, tortura. La gente sí celebró con ganas cuando ganamos las elecciones en octubre. Esa felicidad fue real. Pero el 3 de enero fue distinto. Amaneció soleado, bellísimo y el Ávila estaba cubierto de humo y pólvora. Sabíamos que se lo habían llevado, que el trabajo estaba hecho, pero ni eso nos alivia. La enfermedad sigue. Es un cáncer profundo. Sabemos que esto apenas comienza”. El chavismo se mantiene atornillado mediante la represión, utiliza el miedo para someter al pueblo: “Hay tanta gente, hay tantas armas en la calle. Creo que al final va a ser un conflicto de muy largo aliento. Pero no pierdo la fe. Creo que está cerca la democracia, está cerca la libertad, pero aún seguimos en dictadura, aún seguimos en un totalitarismo caribeño que nos atormenta”. Fernanda se despide, en los próximos días deberá retomar su trabajo como profesora. Respiro hondo y pienso que allá también está mi familia, toda nuestra gente, la que sufre, la que sueña, la que ama y a la que seguimos amando. Llegan noticias sobre el posible final del Helicoide, o al menos esa es la promesa,  mientras el mundo discute la influencia de Donald Trump en América y en el tablero global, en Venezuela no hay señales claras de una transición democrática. Lo que persiste es la espera, el desgaste y la necesidad de seguir viviendo en medio de una incertidumbre que ya se ha vuelto cotidiana.

  • Jean Pierre Rosero: el relato de un sobreviviente a terapias de conversión

    Ilustración de Juanjo León. Cuando Jean Pierre Rosero tenía 27 años, su familia contrató a unos matones para que lo secuestraran y lo sometieran a un tratamiento de conversión de la homosexualidad. Estuvo cautivo en la clínica Santa Ana de Cotacachi, en Ecuador, hasta que, gracias a la denuncia de sus amigas, una fiscal lo liberó. Pero el peligro no cesó. Amenazado de muerte, Jeanpi se exilió a Buenos Aires, donde vive desde 2023. En Argentina, logró darle otro sentido al maltrato y la violencia que sufrió de niño y adolescente y ahora crea contenido erótico gay para la aplicación Only Fans. Cristian Alarcón, también sobreviviente de las terapias de conversión, investigó el caso durante cinco meses y aquí cuenta su historia. Fotos: Alejandra López. Equipo de investigación en Ecuador: Gabriela Peralta, Verónica Calvopiña, Ana María Acosta ( Wambra Ec ) y Carlos E. Flores. Este trabajo se realizó con el apoyo del Pulitzer Center. Un hombre camina por el centro de Buenos Aires. Bajo la camiseta, el cuerpo mojado después de entrenar horas en un gimnasio de la calle Lavalle. En el pecho, humedecida por el esfuerzo, una mariposa tatuada es el talismán con el que se protege. Pasado el mediodía en esa zona de la ciudad todo es compra y venta, vocerío, pequeños robos, locales abandonados, parrillas que asan enormes pedazos de carne argentina para turistas, osos de peluche tamaño humano vendiendo regalos navideños. Parado frente a la oferta turgente de una verdulería, de esas justo al entrar a un supermercado chino, Jean Pierre Rosero estudia la mercadería: planea una ensalada que acompañe las dos milanesas de pollo ya compradas. Las cocinará en la freidora de aire en la que prepara toda su proteína. Así, sano, comeremos lo que él prepare en su departamento, un dos ambientes, oscuro y limpio. Juntos. Juntos, igual que juntos entrenamos recién. Dos sobrevivientes de dos generaciones distintas. A salvo. Jean Pierre con el peso del hierro fundido acuciando los músculos para solidificar hombros, pectorales, brazos. Jean Pierre, joven y hermoso, atento a su cuerpo, profesional. Y yo, maltrecho por los viajes, por el exceso de calorías y de alcohol, levantando pesos minúsculos con mi talla el doble de voluminosa. Aun así, después de nuestro encuentro, cuando escapo de su departamento justo antes de que comience la grabación de una producción porno con la excusa de mi nueva clase de natación (a la que faltaré), me duelen los huesos, me duelen los hombros, los pectorales, el pecho.  A Jean Pierre no parece dolerle nada. Este viaje diario al gym es de placer. Aquí, en Buenos Aires, donde vive refugiado desde el 5 de agosto de 2023, se encontró con ese modo de sentir el cuerpo. El gran drama en su escuela primaria, además del bullying diario, era la clase de gimnasia, la pesadilla del partido de fútbol donde le apuntaban con la pelota como a un objetivo militar, el empujón, la zancadilla. “Es gracioso que cuando estuve secuestrado querían conformar a mis amigos diciéndoles que yo estaba bien, jugando al basquet. No me gusta ningún deporte, máximo voy al gimnasio por una cuestión estética, pero ni nadar, que me gustaba, pude cultivarlo. O sea, a mí, la bicicleta me da miedo. Aprendí a pedalear como a los quince años, es decir, nunca aprendí”.  Ríe.  Secuestrado por su familia y sometido a terapias de conversión, Jean Pierre Rosero sobrevivió al encierro y al exilio. Aprendió tantas cosas Jean Pierre en ese escaparle a la masculinidad de sus pares. Tanto que aquí está, lejos, lo más lejos que pudo irse de Ecuador hace dos años y medio.  El centro de Buenos Aires tiene un ambiente de feria. Pasando el obelisco, límite de la ciudad a la que peregrinamos los “del interior” y los migrantes latinoamericanos como Jean Pierre, el son urbano es el canto de los “arbolitos”. Cambio dólar, cambio, cambio, cambio, taladran como pájaros al amanecer de una resaca. Lo cantan casi siempre varones, jóvenes proletarios con sus ropas gastadas y planchadas; las melenas peinadas con gel, prestos para el intercambio de dólares por pesos, ofertando lo nacional a cambio del cáliz al que le rinde culto este país más que ningún otro. Son los mismos dólares que Jean Pierre compra cada vez que puede para cumplir su sueño, sólo que él no va a las cuevas de su barrio, sino a sus cuentas en cripto, todo su capital en apps virtuales. Acumulando Jean Pierre logrará el departamento propio. No uno, dice. Dos, se propone. Porque aquí, contra todos los pronósticos, en el país de la eterna inestabilidad, Jean Pierre pudo soñar.  Es 19 de abril de 2023. Jean Pierre cumplió 27 años. Terminó la pandemia. Jean Pierre, asumido gay desde muy pequeño -en secreto como la inmensa mayoría de los varones homosexuales de Ecuador- , ya tenía su vida marica en una ciudad andina de conservadurismo colonial pero con su under de emancipación y goce. Era un habitué de Spartacus, la disco gay, o de Mandrágora, o de Jet, más paquis pero con onda.  O de los after a los que sólo se llega por invitación. Siempre acompañado por sus amigas. Como Diana. O Pamela. Era un chico deseado. Amiguero, gracioso, empático podríamos decir. Tenía amantes aquí y allá: nada fijo, aventuras furtivas con hombres que, como él, ni imaginaban una salida del closet. El artista Oscar Velasco tiene una edad parecida y lo recuerda adolescente, de unos 14 años, cuando Jean Pierre era “un emo hermoso”. “Fue un cruce de miradas. Yo llegaba con otro chico a coger a un departamento en Quito, y él salía de otro con sus padres. Nosotros bajábamos de un ascensor. Recuerdo nuestra mirada cómplice”, dice Oscar. Jean Pierre luego pasó por la carrera de publicidad en la universidad más prestigiosa de Quito, la San Francisco. Cursó con Santiago Castellanos, el decano del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas, una cátedra sobre teorías críticas primero y otra sobre género después. —Recuerdo perfectamente a Jean Pierre —dice Castellanos en su oficina de la Universidad, en Cumbayá—. En el examen, al medio de semestre, yo sí noté que había un interés de él en esas teorías, sobre todo en un texto de Jack Halberstam donde el autor plantea que las niñas machonas son toleradas socialmente durante más tiempo, en cambio, la feminidad o desviación de la masculinidad en niños es castigada y vigilada mucho antes. Eso fue un punto que desarrolló especialmente. En su carrera no tuvo notas altas, pero en ese examen obtuvo una A. Entonces Jean Pierre no había salido del closet, supe que era gay sólo mucho después, cuando su rostro salió en todas partes porque había sido secuestrado para ser encerrado en una clínica de deshomosexualización.  Halberstam, un académico trans varón, en su trabajo deja claro que ese control temprano sobre los niños produce formas más intensas de represión, patologización y corrección. A la misma edad a ambos, a Jean Pierre y a mí, en dos puntos de este continente inmenso; en el ombligo del mundo, el Ecuador; y en el culo del mundo, la Patagonia, nos dejaron claro que ser femenino, diferentes a los otros varones del montón, era pecado, vergüenza o enfermedad. Jean Pierre recuerda la muñeca que no podía mecer, los tacos que no se podía probar, los golpes para aleccionar. En esa casa en el centro de Quito era su hermano cinco años mayor el que señalaba su feminidad. Y era su padre el que castigaba: a veces a su madre, a veces a los tres. Con él era peor porque lo sulfuraba que le pidiera atención con esos modos; el mohín de un niño suele ser exasperante para un macho ebrio. Con el gesto marica se dispara el macho vengativo. El golpe es la pedagogía más común. A mí, a los seis años me dieron inyecciones de testosterona para masculinizarme , hasta los ocho, al menos ocho veces. En mi caso el tratamiento de conversión de la homosexualidad fue temprano. En su caso, faltaba mucho tiempo para que lo intentaran, con otros métodos.  A medida que los años pasaban Jean Pierre logró sortear la resistencia de su familia yéndose todo el tiempo que podía. Partía a otras casas por temporadas. Desde los catorce lograba quedarse hasta una semana en la de una amiga. Cuando estudió en la San Francisco, a una hora de Quito, dormía en departamentos de compañeras de la universidad. Cuando comenzó a trabajar lograba subarrendar cuartos en casas de amigos. Con la pandemia permanecer con su familia se le volvió insoportable y junto a una amiga se fueron un año a  la playa de Montañita. Cuando algo estaba a punto de estallar, o cuando la relación parecía romperse, Jean Pierre migraba.  —Ellos no eran conscientes de que yo me escapaba, que no podía soportar estar con mi familia, sino que pensaban simplemente que me quedaba por ahí trabajando o estudiando. Yo siempre fui así, como que me iba y viajaba, me quedaba acá y me hacía amigo de alguien, luego iba para allá y me hacía amigo de otra persona. Este niño nunca quiso estar en su casa —dice Jean Pierre tomando la tercera persona para hablar de sí—, siempre quiso lo que está viviendo ahora: vivir solo, vivir con su gato, a veces tiene que rebuscárselas, a veces pelear por sus cosas, pero vive con su libertad. Y esa libertad yo sólo la quería porque en mi familia nunca me la dieron o siempre me trataron mal. Siempre sentí que nunca debí estar ahí. Este era uno de los letreros con los que se buscaba a Jean Pierre Rosero cuando estaba secuestrado. En la niñez y adolescencia de Jean Pierre hubo tres escuelas primarias y tres secundarias. De uno a otro lugar, siempre desplazado por los estallidos en los que todo terminaba cuando el hostigamiento lo volvía el alumno indeseable. Le diagnosticaron TDH, era hiperactivo, y con ese diagnóstico sus padres lo cristalizaron como el chico problema . Su refugio eran el dibujo y su abuela. El niño marica latino logra sobrevivir gracias a las abuelas . Las hay desalmadas, pero la mayoría de las veces en el relato de esos niños es la abuela la que da refugio a la golpiza de los padres, la que tolera el juego con los tacos de la madre, la muñeca traficada de la hermana, las coreografías de la diva, la novela de la tarde vista junto a la matriarca o la empleada, las canciones de amor, el folclor que toda mariquita necesita, o se merece.  Una de nuestras primeras entrevistas fue en su departamento. Mientras las milanesas marchaban en la  air fryer,  cortaba las verduras para la ensalada. Su room mate, otro chico peruano, llegó con un regalo para su propia gata que cumplía años. Le cantamos el feliz cumple entre los tres. La de Jean Pierre, Celina, desconfiada, se mantenía lejos. El amigo mostró fotos de otros festejos de la misma gatita, que jugueteaba con la vela. Jean Pierre intentaba explicarme su matriz familiar, el modo en que aprendió a no quejarse ni llorar. Entonces recordó el momento en que a los seis años lo atropellaron.  —Fue en el colegio. Como me hacían bulliyng porque  no jugaba a la pelota, cuando me pegaban, escapaba. Me refugiaba en el baño. Podía pasar mucho tiempo ahí. Pero allá me fueron a buscar. Yo lloraba y se estaba yendo la buseta que iba al club donde se jugaba el partido. Los chicos me golpearon fuerte la puerta y me dijeron: “¡Ya te encontramos, muévete maricón!”. Yo me sequé las lágrimas y salí corriendo, no vi nada, crucé el pasillo rápido y atravesé la calle sin mirar. Me atropelló un carro, me mandó volando al cielo. Caí mucho más allá pero no me quebré; me dolió, pero no me importó. Atiné a pararme, pararme como sea y seguir caminando. Porque un niño que tiene miedo no capta la situación, intenta que todo siga funcionando.  El conductor del auto se fugó. A Jean Pierre los profesores lo llevaron a la enfermería. Le dijeron ahora vamos a llamar a tu familia para que te lleven al doctor, porque aunque parecía no haberse roto un hueso, temían por su salud. El niño le temía a la reacción de los padres. Así que evitó el llanto. Le dolía, sí, un poco, no tanto, cree, pero dijo que no le dolía nada. Cuando le pasaron el teléfono a su papá, Luis Rosero, próspero comerciante, escuchó sus preguntas y contestó que no había sido nada, que estaba bien. Eran las doce del mediodía. Sus compañeritos se fueron a patear la pelota. El se quedó en la enfermería. Volvió en el bus escolar a su casa a la misma hora que todos los días. No había nadie.  Ahora, en esta cocina donde huele a comida recién hecha, justo cuando nos vamos a sentar a almorzar juntos, yo pienso que mis padres no fueron tan crueles, que me inyectaron testosterona avergonzados de tener un hijo gay; pienso que pude defenderme en la escuela porque cuando me atacaban a trompadas y me arrastraban por el patio les tiraba arena para dejarlos ciegos; creo que también me sobre adapté siendo el mejor alumno. Aquí, en esta confianza marica, con las gatas custodiándonos como animales sagrados, Jean Pierre recuerda cómo después de esa tarde, de ese atropello, comprendió que era inútil pedirles ayuda.  Después de la pandemia el clima en casa de los padres de Jean Pierre se había vuelto imposible: un vaho espeso lo invadía todo. Él ya tenía un trabajo estable en una empresa de publicidad como content manager. Allí era considerado un buen empleado, los jefes estimaban su inventiva pero también que era cumplidor. “Jeanpi era querido y su trabajo era impecable. Teníamos un régimen híbrido, íbamos a la oficina dos veces por semana. Comencé a sentarme con mi notebook a su lado. No nos separábamos, íbamos a la cocina a hacer café, salíamos, íbamos a fiestas, a planes, podíamos pasar horas conversando”, recuerda Diana, su amiga del alma.  Un día Jean Pierre tuvo los ahorros suficientes para pagar los meses que le pedían al entrar a un departamento. Buscaron uno semi amoblado, sólo les quedaba llevar las camas y un juego de comedor, pero tenía los sillones, y una cocina equipada. La noticia cayó mal en su familia. Su hermano lo abordó mientras lo llevaba en el auto, le dijo que debía volver a la casa porque si no su vida sería un desquicio. Jean Pierre lo frenó en seco. El hermano lo agarró de un brazo. Jean Pierre se zafó y bajó del auto. Corrió entre los coches. Ya no quiso volver a la casa familiar, dormiría en el sillón. Pasaron algunos días y el conflicto parecía apagarse. Le dijeron que fuera tranquilo a buscar su ropa, su colchón, sus dibujos. Pamela Tamayo, una de sus amigas que lo conocía hacía años y con la que también había convivido, sabía de la violencia paterna, de la sumisión materna, del hermano presa de una envidia mezclada con homofobia, lo alertó:  —No vayas solo a buscar tus cosas Jeanpi, te pueden encerrar.  Fue con Pamela y con Gino, otro amigo gay. Les abrieron la puerta como si nada. Parecían pacíficos, hasta que el padre dijo que iría a buscar un destornillador para desarmar la cama que querían llevarse. Entonces le abrió la puerta a los cuatro matones. Habían estado siempre agazapados en el fondo de la casa. Lo inmovilizaron. Lo sujetaron, primero de los brazos, luego de cada pierna. Gritó. Quiso patearlos, quiso que fuera mentira: sus padres, su hermano, miraban la escena con la placidez de quien conoce el guión. Lo estaban secuestrando ante ellos, por encargo de ellos. Una vez más supo lo que le habían dicho mil veces antes: “lo hacemos por tu bien”. Ese argumento sólo tenía un sentido: que dejara de ser él, que no fuera gay.  Sus padres se habían conocido muy jóvenes en Quito. María, su mamá, tuvo a su hermano a los 17 años. Huérfano, había sido adoptada por sus padres, con un tío militar, no fue fácil ese embarazo. Luis se fue durante un tiempo, pero regresó. Entonces formaron pareja, él inició negocios en los que le fue bien, pronto pudo pagarle a ella los estudios en una universidad privada y María se recibió de Licenciada en marketing. Al hijo mayor le pagaron un master en Estados Unidos. A Jean Pierre la carrera de publicidad en la San Francisco, la más cara de Ecuador. Cuando sucedió la escena del secuestro, los Rosero tenían una propiedad y dos carros, un Skoda, de alta gama, y un Chevrolet para que manejara el hijo mayor.  Pamela se les tiró encima y la sacaron con un empujón, como a una muñeca de trapo. En cambio, el amigo, sólo atinó a grabarlo todo con el celular. La madre creyó que llamaba a la policía. “No, no, no se preocupe, no llamo a nadie”. Así se puede ver y escuchar el grito de Jean Pierre, su llanto, su incredulidad, los gritos de su amiga, su espanto, y los forcejeos. Jean Pierre sintió el spray con el que lo ahogaron, el químico para vencerlo y que ya no patalee, no grite, no nada. Así lograron meterlo en la parte trasera del coche, y partir con él aterrado. Avanzado el viaje intentó abrir la puerta del auto en movimiento. Le rociaron más veneno y pusieron su cabeza contra el piso. “Eres una mierda. Ya vas a ver cuando lleguemos. Vas a sentir el tratamiento”, le decía el que estaba al mando. La misma voz que luego escucharía cada mañana en el encierro.   Jean Pierre no entendía de qué hablaban cuando decían “tratamiento” : la palabra resuena en mí porque las inyecciones de testosterona también fueron un “tratamiento de conversión de la homosexualidad”. Incluso después de decenas de funciones de Testosterona, la obra de periodismo performático que creamos junto a la directora Lorena Vega en Buenos Aires, supe que ese modo de llamar lo que nos hicieron a miles y miles de niños en casi todo el mundo inyectándonos la hormona masculina para torcer nuestra orientación sexual en el universo de los expertos se llaman de otro modo, (no sé si mejor): ECOSIEG. La sigla significa Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad de Género o Expresión de Género.  El tratamiento con el que amenazan en el carro a Jean Pierre habla de un plan para producir sufrimiento con un objetivo altruista, el de la supuesta cura de una supuesta enfermedad. La homosexualidad dejó de ser considerdada una enfermedad para la OMS en el año 1990. En Ecuador la homosexualidad era un delito con penas de entre cuatro y ocho años de cárcel hasta 1997. Cuando por el cambio de las leyes pasó a no ser punible simplemente cambiaron el ámbito de la represión, que pasó a ser el de la salud. La violencia se convierte en un procedimiento planificado. El verdugo de estas torturas ya no es quien ejecuta una condena sino el que ejerce una pedagogía, la de la masculinidad heterosexual.  Para Jean Pierre el rumbo a bordo de ese auto era incierto. El resto sí sabía el destino: la clínica Santa Ana de Cotacachi, a unos tres horas y media en la sierra de Imbabura, entre montes y quebradas, un territorio controlado por Los Lobos, la segunda banda criminal más grande y violenta de Ecuador.  La operación había sido encargada a gente con experiencia.  Mientras el auto asciende a la sierra ecuatoriana, en las redes sociales quiteñas se abre paso la imagen candorosa de ese chico lindo. Su amiga Diana, la que encabezó la campaña para rescatarlo, sabe que debe elegir bien la imagen para Instagram. Diana pensó: “tengo que elegir una foto hermosa o mi bebé me mata”. Así se llaman entre ellos, bebés, como millones de su edad. Diana sabe que con esa foto en la que Jeanpi  entrecierra los ojos mirando fijo, el pelo casi peinado, las facciones marcadas por una luz levemente dramática, el eco en redes por esta injusticia tiene chances. Los dos trabajan en publicidad y marketing. Diana sabía de antes cómo operaba el racismo manso y cotidiano de su país, esa contabilidad secreta de las vidas que importan y las que no. Sabía que esa cara tenía más chances de circular, de provocar indignación, de ser buscada. La foto empezó a moverse. Se compartió. Se multiplicó. Y si no hubiera sido por esa foto quizás él no estaría aquí ahora, en el estudio de la artista Alejandra López, ataviado con su sleep de diseño, cómodo en su desnudez; ni podría estar en el fulgor de las escenas que protagoniza hace más de un año en sus propias redes, X, Only Fans y Telegram, su nueva praxis de sobrevivencia y goce.  Hoy, mientras Diana me cuenta la angustia de esa noche y de los días siguientes, hasta que la fiscal Verónica Murgueytio vio el video en el que su amigo está siendo secuestrado, Jean Pierre está frente a otra cámara. Jean Pierre se filma para alguien con su propio celular, la principal herramienta de trabajo de su avatar, @Dylan_sins. Dylan, un creador de contenido erótico con más de sesenta mil seguidores en X, y otros tantos en Tiktok (Dylansinss) deslumbra en miles de pantallas. Un cliente desde un país remoto pide a través del chat de Only Fans (Dylan_vip), y paga su propina instantánea. Jean Pierre accede y cobra. Dylan envía el material. Jean Pierre acumula. Aquí, en este departamento del centro de Buenos Aires, en esa cama desplegada  en el living, se graban escenas donde Jean Pierre juega a un sexo en el que se lo ve disfrutar. Su seguridad está basada en dos atributos: es versátil, y está bien dotado. Recién llega de un viaje a Santiago de Chile. Tuvo nueve encuentros con otros creadores de contenido erótico. Al principio se quedó en un hotel de la calle Huérfanos, cuenta. Huérfanos es la Lavalle de Santiago, y es la calle donde transcurre parte de la novela que terminé de leer justo antes de la última entrevista con Jean Pierre: Serpiente, de Alfredo Andonie. Es la historia de un taxi boy chileno en una ciudad de Santiago fenecida, la de comienzos de los setenta. Allí, justo en la calle Huérfanos, comienza la historia de Baltazar, un moreno parecido a Jean Pierre, sólo que Baltazar vende sexo, afecto y escucha a los viejos del barrio, y Jean Pierre no cruza esa frontera: “quizás sería más rico si me prostituyera pero no me sentiría cómodo”, piensa. “Uso mi capital erótico gracias a que sobreviví y aprendí que no podía quedarme en mi lugar de víctima —dice—. Sueño con dar un salto al arte, crear una serie de productos que jueguen con la ironía de la sexualidad homosexual, para romper la barrera que nos separa de la sexualidad hetero, tomar algo del Jeff Koons de la Cicciolina mezclado con algo como lo que hacen los creadores de MSCHF , que lanzaron por ejemplo las botas inspiradas en Astroboy, algo que se usa, pero que de verdad no tiene una utilidad de mercado. Me encantaría crear materiales que salgan del porno pero que tuvieran aura”. Jean Pierre plantea un deslizamiento: del porno al arte, del consumo inmediato a otra forma de circulación. Admira a los MSCHF  porque convierten el producto en declaración política. Ellos hicieron las zapatillas Nike con agua del río Jordán en la suela, o las que portaban una gota de sangre humana y aún los tiene en juicio con la multinacional. Se trata de proyectos efímeros, y allí un punto de contacto con las escenas porno de la red X, donde treinta segundos de penetraciones o chupadas explícitas, son el anzuelo para que los consumidores pasen a pagar por mes en Only Fans. Esta admiración por diseñadores contraculturales que hacen “drops”, colaboraciones entre marcas y artistas, remite a los “drops” que se hacen en Only Fans, colabs entre creadores de contenido como Jean Pierre, que se lanzan en X como si fueran pequeños acontecimientos, escenas sexuales producidas en conjunto y pensadas para activar deseo, aumentar la circulación y cruzar audiencias de una cuenta a otra.  A medida que se acercaban a Cotacachi la sierra de Imbabura se hacía sentir, el frío le tomaba el cuerpo. Llegaron con la oscuridad de la primera madrugada. Lo metieron en una habitación. Había otros dos durmiendo en sus camas. Le tiraron una cobija. Despertó cerca del mediodía y recién entonces supo dónde estaba, quién controlaba el lugar: reconoció la voz de mando del que lo apresó y lo amenazó en el viaje. La ronda de varones durante el encuentro diario de los doce pasos estaba liderada por ese gordo fornido, armado con un machete largo y macizo al que acariciaba con la mano como a un lobo domesticado. Aunque el machete podía rebanar con el filo lo que quisiera, el “monitor” lo blandía de costado dando chicotazos de metal que dejaban marcas en la piel. El hombre rozaba el machete al mismo tiempo que leía versículos de la biblia. Todo allí era represión o religión. Jean Pierre escuchó cómo sus compañeros se asumían adictos a distintas sustancias, uno a uno. A su turno, él negó estar allí por el mismo motivo. Era un profesional con sus propios recursos, consumía marihuana de vez en cuando, estaba allí porque su familia no soportaba que fuera gay. La noticia produjo miradas y movimientos de incomodidad. No era el único que estaba en la clínica Santa Ana por eso. Uno de sus dos compañeros de celda fumaba crack, el otro era ladrón. El basuquero lo quiso seducir. Luego un colombiano que llevaba tiempo allí también quiso conquistarlo: desde la cocina le mandaba comida, algo mejor que la sopa insípida que le daban a todos. En la Santa Ana un huevo duro era un manjar. El capital erótico de Jean Pierre ya existía y generaba beneficios. La hacienda Santa Ana fue un lugar lleno de animales. Hoy, en el abandono persisten en pie lo que fueron establos y corrales. Es un lugar engañoso: nadie imagina que en medio del monte, a kilómetros del pueblo de Cotacachi, funcione un lugar de encierro para adictos, y mucho menos una clínica de deshomosexualización, como se les llama en Ecuador. Doscientas clínicas como esta existieron hasta el 2014, cuando un informe del Taller de Comunicación Mujer dio cuenta de un sistema ilegal de internación a personas de la comunidad LGTBQ+: sitios abiertos como centros para recuperación de consumidores de drogas, muchos con una marcada orientación religiosa cristiana. Trece de esas clínicas fueron clausuradas por Carina Vance, ministra de Salud del gobierno de Correa y activista lesbiana, en 2012. Luego, con los sucesivos gobiernos, volvieron a abrir casi sin control estatal en varias regiones del país. No se brinda información oficial sobre cuántas existen hoy. Las organizaciones de DDHH consultadas aseguran que no ha habido una sola condena por secuestro o tratos inhumanos. El caso de Jean Pierre es prueba de ello. Acaban de enviarle de la fiscalía un resumen del caso para que él decida si quiere persistir en la demanda contra sus padres y sus captores contratando un abogado particular en Ecuador o se archiva la causa. La lectura del documento es un desfile de testigos de los padres, de la clínica: todos acusan a la víctima de adicto. No se produjo una sola prueba para castigar a los secuestradores.  Al llegar a Santa Ana a un costado, la vieja hacienda, solitaria y fantasmal; hacia el otro una casa con sus cuartos, calabozos sin rejas pero con llave, donde los “pacientes” son encerrados durante la noche y según su comportamiento también en el día. Jean Pierre aprendió muy rápido que no debía conflictuar. La jornada comenzaba a las 6.30, con la formación y el primer sermón. Después, un entrenamiento físico militar. Más tarde la limpieza, a fondo, de cuartos y espacios comunes. En eso estaba él, barriendo la habitación, cuando escuchó el tumulto y vio que un compañero de la celda de al lado entraba para esconderse. El cuidador le quitó la escoba de las manos y con el palo le dio al infractor, que escapaba porque había sido sorprendido fumando en el baño. Se podía fumar en la clínica, pero si la familia pagaba por ello. El chico intentó cubrirse la cara, recibió los palazos en la espalda. La sangre brotó y manchó las cobijas de Jean Pierre. Cuando se lo llevaron se quejó por su ropa de cama. Le contestaron: “Dile al man que las lave, aquí la regla es que el dueño de la sangre tiene que limpiar la suya”.  Jean Pierre asumió que debía callar y evitar los problemas. Se le ocurrió pedir papel y pinturas para dibujar. Así se convirtió en el retratista de la clínica: mejor comida, pequeños favores, por uno de sus dibujos.  El del machete era transparente en una sola cosa: reconocía, además de su pasado de adicto, que “había sido chonero”. A las 6.30, cuando todos debían formarse como en un cuartel, él pasaba revista y hablaba de sí: había entrado a la banda en Esmeraldas, había caído preso, y allí había dejado de ser chonero para recuperarse de la adicción, volverse “monitor” del centro y ahora darles el ejemplo a punta de machete. Los Choneros lideraron el narcotráfico y otros mercados ilegales en Ecuador desde los 90. La muerte de su líder, Rasquiña, en 2020  produjo una explosión de nuevas bandas: los expertos lo llaman un “archipiélago criminal”. Afectos a las identidades animales los emergentes se bautizaron Los Lobos, Los Tiguerones, Los Chone Killers, Los Lagartos, Los Águilas.  De todos ellos, los que mayor poder construyeron en cárceles, fronteras, y provincias como Imbabura fueron Los Lobos. Su líder, Wilmer Chavarría, famoso como Pipo, en noviembre cayó preso en Málaga, España. Pipo había sido parte de Los Choneros, de hecho Los Lobos surgieron con la venia de ellos. Vivía con otro nombre y otro rostro en Dubai y viajaba a cerrar tratos a Málaga. Según el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, se había hecho siete cirugías para zafar de Interpol: nariz, boca, mentón, ojos y párpados, el contorno de la cara; además del pelo y los bigotes, era otro tipo. Aunque los sicarios que mataron al candidato presidencial anticorrupción Fernando Villavicencio eran colombianos, los fiscales creen que el magnicidio fue ordenado por Pipo, a quien le adjudican más de 400 asesinatos. El carácter indómito de Jean Pierre se fue matizando con los días y con las escenas que presenciaba. A la sangre en su cuarto le siguió el rumor de que alguien se había fugado. Era su pretendiente colombiano. Lo habían salido a buscar por el monte. Los internos comentaban que si no conocían el lugar era posible que se perdieran o cayeran en la quebrada: algunos nunca más habían aparecido. Había que ser valiente para emprender la fuga de Santa Ana. Cada vez que alguien lo intentaba recibía un escarmiento ejemplar. Al colombiano lo encontraron. Y lo trajeron a la vista de todos. Allí le pegaron con una madera de esas que se usan en la construcción. Y le aplicaron “el castigo del mendigo". Debía comer excremento de animal. El monitor envió a uno de los chicos a buscarlo afuera. El mandadero se demoró, algunos creyeron que también había aprovechado para escapar, pero regresó. Y como no encontró mierda de vaca o caballo, temeroso de la sanción, trajo la propia. El fugado tuvo que comer mierda humana. Luego tomar agua de poza, el agua sucia que se acumula en los charcos. Vendrían días de dormir debajo de la cama y de  comer en el piso mirando a los demás sentados en las mesas.  A los cuatro días Jean Pierre se deprimió. Le quitaron el acceso a los objetos corto punzantes. En la clínica se hablaba de suicidios, y de otros pacientes que aparecieron en la quebrada, accidentados. O no aparecieron más. Al sexto día la mañana comenzó con una novedad: saldrían al campo a cortar la mala hierba con la mano, una tarea típica de granjas de recuperación con el método norteamericano que ha imperado casi como única salida a las adicciones en América Latina: los doce pasos. La hegemonía continental de los doce pasos se sostiene, también, en su ductilidad para legitimar el encierro, la violencia y la corrección moral bajo el lenguaje amable de la recuperación y el trabajo colectivo. Allí estaban, cortando el pasto y aprovechando el sol cuando dos caballos sueltos se metieron en el predio. Nadie sabía de dónde venían; uno blanco, el otro gris. Jean Pierre, que tiene una teoría sobre el sentido de cada animal que se cruza en su camino, pensó: ”son mis amigas. Vendrán a buscarme”.  Esa semana de abril de 2023 la fiscal Especializada de Personas Desaparecidas Verónica Murgueytio estaba a full. Llevaban tres casos seguidos. El crimen en Ecuador crecía y las bandas usaban la desaparición como nuevo método. “Cuando pasábamos dos o tres días sin encontrarlos era seguro que los hallaríamos muertos”, dice, ahora al frente de una fiscalía de violencia de género. El día que recibieron la denuncia por Jean Pierre habían encontrado a un tal Baez, asesinado para quitarle el taxi que manejaba. La fiscal no recibió personalmente la denuncia de Diana, pero cuando la vio le resultó raro que no la radicara un familiar, como en la mayoría de los casos. Diana además dejaba claro que ella y los compañeros de trabajo creían que se lo habían llevado porque su amigo era homosexual. Diana  había hecho un camino seguro: habló con Asfadec, la organización de familiares de desaparecidos, y con Diálogo Diverso, la ong de la comunidad LGBTIQ+ que se dedicaba a denunciar secuestros así. “Nosotros veníamos de llevar el caso de un médico que se especializó en la Argentina y lo raptaron en su trabajo en una clínica de Quito, de hecho él después de dos años sigue desaparecido”, dice Gabriela Alvear, directora de Diálogo Diverso. Diana esperaba a la fiscal junto a Carlos Rivas, un abogado de la ong y Lidia Rueda, la reconocida presidenta de Asfadec.  Verónica estaba cansada, dormía pocas horas y tenía una bebé. Además Luis Rosero, el padre de Jean Pierre, también había ido a verla. “El dijo que su hijo estaba allí por su adicción a las drogas”, cuenta. En los medios ya habían comenzado a hablar del tema. “Cuentenme quien es Jean Pierre”, les pidió. “Yo le dije que en la oficina me habían asegurado que a Jeanpi aunque estaba faltando le mantendrían el puesto porque no creían en el certificado por supuesto vértigo y migrañas que la familia presentó, estaba firmado por una obstetra amiga de ellos”, recuerda Diana. El semblante de la fiscal cambió cuando Diana le hizo ver el video.  Esa noche la fiscal volvió a dormir mal. “Estaba entre el cansancio y la imagen tan violenta que se veía en el video”, dice. A la mañana siguiente pidió a la policía que la llevaran al lugar donde el propio padre de Jean Pierre le contó que habían internado a su hijo, la clínica Santa Ana. Pasada la una de la tarde el auto civil, en el que iban tres uniformados y ella, entró al potrero de Cotacachi. Los internos juntaban pasto. Veronica no reconoció a Jean Pierre, pero los policías entrenados en perfilar lo vieron enseguida. Uno de ellos lo custodió y no se despegó de él. La fiscal habló con él a solas en una habitación. Apenas la puerta se cerró Jean Pierre le dijo: “por favor no me dejes aquí”. “Parecía alguien tan vulnerable, con tanto miedo, como un niño el primer día de la escuela pidiendo que no lo abandonaran”, dice. Salieron del lugar en silencio, ante la mirada torva del monitor, ante los ojos esperanzados del resto. A los pocos kilómetros desde el auto Verónica le permitió una videollamada con Diana. Jean Pierre lloraba. Y repetía: “Gracias bebé, yo sabía que no me dejarían solo”.  En la ciudad lo esperaban. Su cara se había viralizado. Diana lo llevó a comer a un mexicano. Y durmió en casa de sus amigos. En Diálogo Diverso tuvo su primera terapia para enfrentar el estrés post traumático. “Cuando llegaba a las sesiones experimentaba los síntomas del miedo extremo: sudoración, llanto fácil, temblor. Era difícil calmarlo. Tenía pesadillas. Temía estar en espacios públicos. Creía que lo volverían a secuestrar”, cuenta Katherine García, la coordinadora del equipo de psicólogos. Sólo descansó un par de días y regresó a su trabajo en la empresa de publicidad. Apareció una mujer que conoció el caso por los medios y le ofreció alquilarle un departamento amoblado. Se mudó solo. Las pesadillas continuaban: “soñaba que me corrían, que me estaban a punto de matar, y cuando casi me creía muerto despertaba”. Mientras tanto el gobierno se vio obligado a inspeccionar la clínica Santa Ana. Descubrieron que había personas internadas contra su voluntad. La clausuraron.  El director de la clínica debió presentarse a declarar ante el fiscal José Reinaldo Córdova, titular de la Fiscalía Especializada en Delincuencia Organizada Transnacional e Internacional, que tomó el caso. El director defendió a sus hombres. Dijo que los celadores que fueron personalmente a la casa de la familia Rosero no llevaron a Jean Pierre por la fuerza . Su versión se contradice con la de sus amigos y con lo que se puede ver en el video. El director dijo además que la clínica “No prestaba los servicios de deshomosexualización, sino de desintoxicación de alcoholismo y drogadicción”. Los dueños de Santa Ana solo debieron pagar una multa y no se vieron en mayores aprietos. Al poco tiempo, volvieron a abrir, aseguran que tienen todas las habilitaciones para operar y hoy se promocionan con una nueva página web y sus servicios en redes sociales. Aun viviendo en su nuevo departamento, convencido de que estaría a salvo porque su familia no conocía la dirección y solo se la había dado a sus mejores amigos, la garra de Los Lobos se hizo sentir. A su teléfono celular llegaron fotos de la puerta de su nuevo hogar. Desde distintos celulares con números desconocidos. Lo tenían ubicado. En Ecuador una amenaza así puede ser una condena a muerte. Le contó a su terapeuta y el equipo liderado por Gabriela Alvear se conectó con la organización canadiense Rainbow Railroad , que ayuda a lesbianas, gays, trans, personas no binarias a escapar de la violencia y la persecución en sus países. Así como Diálogo Diverso había ideado el programa “Mi casa fuera de casa”, en Buenos Aires Mariano Ruiz, otro activista, había fundado la Asociación Civil Derechos Humanos y Diversidad, y creado el Centro de Atención para personas LGTBIQ+ refugiados o solicitantes de refugio. Ese nexo entre Canadá, Ecuador y Argentina permitió una salida urgente. “Él no sabía dónde ir, no sugirió nada, aceptó venir a Buenos Aires. Podíamos garantizar un departamento, una manutención mínima, servicios de salud incluida la terapia y una red de apoyo. Apenas dijo que sí lo coordinamos y viajó”, cuenta Mariano.  En Quito, donde en agosto hicimos la obra Testosterona durante el Festival Internacional de Teatro, no es fácil hablar con sobrevivientes de ECOSIEG. Para llegar al estreno de la performance junto a un equipo de Wambra  hicimos una profunda investigación apoyada por el Pulitzer Center. Mapeamos toda la información existente y dimos con sólo dos personas que habían sido inyectadas con testosterona como yo, un peluquero adulto mayor y una chica trans. En comparación a la misma investigación hecha en Colombia con la revista Cerosetenta , la dificultad para llegar a las fuentes en Ecuador fue muchísimo mayor. No sólo a los que habían sido víctimas, sino a las fuentes oficiales, a las de la sociedad civil, a los propios activistas. Comprendí la dificultad cuando entrevisté meses después, ya desde Buenos Aires y bajo total compromiso de confidencialidad de su nombre, a quien había trabajado en la denuncia de las clínicas de deshomosexualización durante los últimos años.    “Esta red de clínicas tiene relación con organizaciones criminales porque actúan como tales –dice–. Son redes delincuenciales y eso lo comprobamos directamente. Sus negocios se van extendiendo del narcotráfico a otras formas de operar y en asociación con instancias del estado. La mayoría de las rescatadas fueron mujeres lesbianas, las chicas nos contaban que allí se esconden estos delincuentes. Lo que hacían era realizar sus delitos, y luego internarse, es decir también las usaban como escondites”. Algunas de las clínicas fueron clausuradas y al poco tiempo reabrieron –así pasó con la Santa Ana donde estuvo Jean Pierre–, entonces iniciaron demandas civiles pidiéndoles indemnizaciones a los activistas por haberles hecho perder dinero. Pronto pasaron al acoso y la amenaza. A ellos también les enviaron fotografías de la oficina. Y les intervinieron los mails y la página web. Acudieron a una organización internacional que les ayudó a armar un plan de seguridad. Tuvieron que cambiar de casas. “Ahora estamos en silencio”, dicen.  La última vez que Jean Pierre vio a sus padres en Quito tomó sus cosas personales y su gata Celina para no volver. Lo acompañó la fiscal Murgueytio. Temía por su mascota. La anterior, un gato siamés obsequio de un amigo, había desaparecido misteriosamente de la casa. “Estoy seguro de que lo secuestraron como a mi. Se debe haber defendido pero ellos fueron más fuertes, como los que me llevaron a la clínica”, dice. La fiscal recuerda que la madre lloraba. Jean Pierre sólo quería huir. Esa tarde ante ellos pensó por qué no había tenido la valentía de escapar antes para siempre, se culpó por las veces que intentó otra vez agradarles de algún modo. Cuando agarró sus cosas, sólo les devolvió lo único que ellos le habían enviado a la clínica, un paquete de pañuelos de tela. “Aquí tienen sus pañuelos, no los voy a necesitar”, les dijo.  En Buenos Aires el fin de año es como una carrera al fin del mundo. La existencia termina el 23 de diciembre. Luego de ello ya no hay futuro; se supone que los porteños van todo enero a la costa, como se le dice a las ciudades con playa a horas de la ciudad. En el microcentro el frenesí de ese final ficticio se siente como una guerra. En el café donde tenemos nuestra última conversación todo es más lento. Los mozos del Florida Garden no necesitan anotar los pedidos de los clientes y se mueven con soltura entre las mesas con las bandejas repletas a la altura de los hombros. Nosotros charlamos después de varias entrevistas, hay tiempo para las teorías de Jean Pierre. Hoy se despertó y encontró un saltamontes en su cama. El saltamontes (¿o era un grillo?) jugaba con su gata Celina. Celina venía enojada hace días porque Jean Pierre estuvo demasiado tiempo en Chile. Y luego en Mar del Plata, grabando otras colaboraciones con creadores de Only Fans.  Cuando Celina se ofende no le dirige la mirada ni duerme con él. Esta mañana la escasa luz que entra por la ventana daba en la gata y en el saltamontes. “Yo pensé –dice– que era por esta entrevista, por la transmutación en la que todavía estoy”. Al saltamontes le adjudica el cambio permanente, el salto hacia otro estado. A los caballos el poder de la carrera hacia adelante. A la mariposa, su poder de protección. A la libélula, el pensar en uno mismo, en qué se quiere de la vida, la espiritualidad. Jean Pierre habla de los animales en clave íntima. Y pasa de los animales al sexo somo si nada, porque dice, el sexo es también transmutación. Para él, fue la puerta del cambio. En esta infinita confianza me animo a preguntar.  Quienes hemos sido víctimas de tratamientos deshumanizantes –como la testosterona o el encierro para cambiarnos de orientación sexual– hemos sido “tratados” como objetos. En esa objetualización, que no se limita a nosotros los sobrevivientes, hay una trampa contra la que hemos trabajado en nuestras terapias, búsquedas o intentos de sanar: salir de la objetualización sexual, ir hacia la subjetivación del deseo. ¿No es una trampa creer que ingresar al mercado sexual de Only Fans y sus derivados es liberador, y la contracara de la represión de la que fuimos víctimas? Jean Pierre cree que no, que el sexo es un modo de resilencia, que su cuerpo habla por el goce al que accede. “Este camino, que es el de hoy, me reconcilia con el que soy”, dice.  En el final de este texto, meses de trabajo con él y con el tema, mi sensación de inseguridad crece. Los últimos días le pido pequeños detalles, vuelvo a llamar fuentes y chequeo con él cada dato. El texto me implica. Nos implica. Estamos juntos en el texto. Se lo comparto, se lo cuento. “Pero me gusta la intensidad del periodismo”, le digo por whatsapp. “ Una forma más de disfrutar la vida”, dice.

  • Los colores de Chile

    Estas son las historias de una nueva generación de chilenos: niños que en sus casas escuchan ritmos exiliados y relatos de huidas. Son herederos de memorias de desarraigo, pero no las cargan como un lastre. En Chile estos pequeños corren, estudian, inventan el idioma de su propia infancia. Y mientras levantan aquí sus sueños, obligan al país a mirarse en ellos y aceptar que la identidad no nace de una sola raíz, sino de un entramado de muchas. Fotos de Valentina Bird Timoteo  (8) tiene la piel negra como la tierra húmeda, los dientes brillantes y los ojos oscuros. “ Soy chileno de corazón ” , dice. Es, efectivamente, un niño nacido y criado en Santiago. Fue el primero de su estirpe en llegar al mundo con cédula chilena, aunque en la memoria de sus padres todavía resonaban los sonidos lejanos de Puerto Príncipe: el trino de los jilgueros, el ruido del mar y el murmullo grave del creole.  Lo que él sabe de Haití, lo que ha aprendido a través de las historias de los grandes, se contrasta con ese paraíso. “Allá queman casas, hay mucha delincuencia, mueren muchas personas”, dice. Y su voz inquieta, llena de energía y color, se desvanece cuando habla de lo que vivió su familia. “Para ellos venir a Chile fue muy difícil”, cuenta. Timoteo y Stanley dicen que aman las empanadas, la simpatía de sus vecinos y los parques verdes de Santiago. Timoteo  estudia en el colegio San Alberto de Estación Central , una institución que desde 2017 comenzó a recibir un número creciente de estudiantes migrantes. Dos años más tarde, en 2019, cuando la población extranjera en Chile aumentó un 19,3% respecto al año anterior, el colegio decidió definirse como intercultural. Desde entonces han implementado programas de integración, un taller semanal de español y un registro detallado de las nacionalidades de sus alumnos, el tiempo que llevan en el país y la forma en que ingresaron. Hoy, el 61% de su matrícula corresponde a niños migrantes, mientras que el 39% restante son chilenos, ya sea de padres nacionales o extranjeros. En el recreo el patio se llena de niños y de tantos otros tonos de piel: diversas tonalidades marrones, ámbar, canela y ébano brillante. Hijos de Venezuela, Perú, Haití, Bolivia, Colombia, pero sobre todo, hijos de Chile, porque han nacido aquí o porque en este suelo han aprendido a caminar y pronunciar sus primeras palabras. En este patio de cemento nadie se pelea por fronteras y las historias del continente entero se cruzan en el camino de la educación. Stanley  tiene ocho años y una forma de hablar pausada y correcta, cuida cada palabra que pronuncia. Cuando sus compañeros dudan con alguna expresión en español, él se ofrece como traductor. Domina el idioma de su tierra, pero también la lengua de sus padres y abuelos. Le gusta la historia y no duda en decir que su personaje favorito es Arturo Prat. Ha viajado a Paine y Valparaíso, destinos que lo entusiasman más que la capital. Se maravilla con los árboles frondosos que descubre en cada visita.  Habla con calma sobre Chile: aquí se siente seguro, cuenta, con una libertad que sus padres no conocieron en Haití, de donde salieron obligados por la inseguridad y la falta de trabajo. “Me dicen que pasan cosas malas, piensan que me puedo asustar”, reconoce Stanley, bajando la mirada. Sus padres casi no le hablan de Haití; apenas confiesan que lo extrañan, pero nunca mencionan si desean volver. Stanley, en cambio, lo tiene claro: no quiere conocer el país en el que nacieron sus ancestros. Ben Phael tiene ocho años y tampoco quiere conocer Haití. Cuando se le pregunta si, quizás al crecer, le gustaría visitar el país de sus padres, responde con firmeza: no. Ha escuchado de ellos que “hay mucha violencia allá”. Raíces con historia Maranatha  (26) llegó a Chile hace 9 años, cuando era una adolescente. Dejó a Haití con la ilusión de empezar una nueva vida aquí. Dice que extraña la playa y el sabor de las frutas, en especial la del mamoncillo, un cítrico caribeño que es dulce y ácido al mismo tiempo. Hace siete años trajo al mundo a María , una niña nacida y criada en Chile, que cuando grande quiere ser profesora. La pequeña sabe sobre Haití por las historias que cuenta su madre:  “Ella quiere ir a Haití, para visitar mi ciudad y conocer a su abuela”, dice la mamá. Pero asegura que aquí son felices y que en Santiago han construido un hogar. “María es puro  chilena”, agrega la mujer. María junto a su mamá, minutos antes de salir al escenario para bailar música de Rapa Nui. Para el Día de la Chilenidad, María llegó al colegio con un vestido de flores que le cubría hasta los tobillos y una corona de pétalos en la cabeza. Caminó de la mano de sus compañeros hasta el patio, donde la esperaba la música de Rapa Nui. A su alrededor, otros niños lucían trajes típicos del norte y del sur, recreando con telas y colores la diversidad del país. Desde las gradas, los padres seguían atentos cada movimiento, orgullosos, con los celulares en alto para no perder detalle. Cuando sonó el himno nacional, todos niños y adultos, se pusieron de pie. Algunos, con la mano en el corazón, cantaron con la solemnidad de quien entiende que en ese coro compartido también se ensaya un futuro común. Solfanny, de 10 años, dice que se siente chilena y venezolana. Es una de las mejores alumnas de su clase y cuando grande quiere ser doctora. Solfanny  tiene diez años y habla con devoción de Puerto La Cruz, Venezuela, la ciudad donde nacieron y crecieron sus padres, y los padres de sus padres: la abundancia de árboles, el perfume de las flores y el resplandor de los mares que rodean el pueblo. Habla con propiedad, como una conocedora, de la historia del lugar, de su clima, de su gente. En su colegio, adornado con guirnaldas y banderas chilenas, Solfanny cruza el pasillo con un pomposo traje de huasa  y se prepara para bailar cueca. Lo hace con destreza y gracia. Su presentación es impecable, tan prolija como el promedio 6,0 que mantiene en clases. “Me siento chilena y venezolana”, dice con ternura. Su madre, Orianna, la mira orgullosa. Ve en ella a una niña que crece en Chile con alegría, dejando atrás las memorias de la huida de su familia: el escape de Venezuela, la estadía en el Perú, el miedo de volver a migrar antes de instalarse aquí, en Santiago. Hoy, Solfanny habita un hogar en construcción, aunque su madre confiesa un anhelo persistente: “Queremos volver y que las niñas (Sol y sus dos hermanas) vayan con nosotros. Como están las cosas hoy es imposible, pero no perdemos la esperanza”. La historia de Solfanny encarna la paradoja de toda una generación: niños que nacen y crecen en Chile, que aquí levantan sus sueños y amistades, pero que en el corazón llevan una herencia que los llama desde larga distancia . Con el pasado allá y el futuro acá, estos nuevos chilenos reinventan la patria con la certeza de que la identidad no nace de una sola raíz, sino de muchas. Danna, hija de madre venezolana y padre colombiano, tiene cuatro años y en el acto escolar bailó una danza del norte con un vestido amarillo.  Es una niña alegre, de sonrisa amplia y ojos brillantes. Su mamá, Betania, dice que aunque el resto de sus parientes están lejos, han formado una familia con sus amigos del barrio, la mayoría migrantes.  Tatiana tiene cuatro años y es chilena. Su nacimiento aquí no fue un accidente, sino un plan para salvarle la vida. Arturo, su padre, es colombiano y vivía en una de las ciudades más violentas del Valle del Cauca, a pocos kilómetros de Cali. Cuando su mujer y él supieron que estaban esperando a la niña, decidieron moverse para darle un futuro distinto.  “Yo no quería que mi niña creciera viendo muertos en las calles”, recuerda. Primero fue él el que salió de Colombia. En 2020, tomó un bus hacia Lima y, desde allí, otro más al norte de Chile. El último tramo lo hizo a pie. La voz se le quiebra cuando piensa en esa travesía:  “era quedarse allá y morirse de hambre, o intentar tener suerte aquí”. Caminó tres días y durante esas jornadas no comió, ni tomó agua. Se escondió de la policía tapándose con la misma arena del Atacama y se sacudió el frío de las noches caminando más. Llegó a Iquique y allí lo esperaba una tía, con la promesa de que en la copia feliz del Edén encontraría trabajo. No pudo mover las piernas por una semana. A los meses llegó su mujer agarrándose la panza, sobreviviendo al mismo recorrido. Tatiana nació en la ciudad costera y fue recibida por una médico chilena. Es la primera y la única de su familia en tener un rut.  Ahora viven en Santiago, la niña asiste al colegio y el papá trabaja descargando camiones. Arturo cuenta que sale de madrugada y vuelve cuando Tatiana está durmiendo. Y aunque no puede compartir mucho con la niña por los horarios laborales, dice que vale la pena. “Yo trabajo por ella y verla hoy, que es la mujer más feliz del mundo, es mi recompensa más grande” . Valeska (8) se muestra tímida, pero sonríe con sus dientes de leche. Su familia es de Bolivia, ella nació en Chile. Cada noche escucha historias relatadas por su hermana mayor, en donde le cuenta como es Bolivia y la vida que tenían antes de llegar a Santiago.  La joven y su padre anhelan volver a Bolivia, él ya está viejo y quiere pasar sus últimos años allá, pero Valeska no, le gusta estar en Chile. Cuenta que adora el pollo con arroz y los parques que se levantan a lo largo de la ciudad.  El himno de la educación Gianina Valenzuela (50) lleva 28 años trabajando en el colegio, al que también asistió como alumna. Ha sido observadora y testigo de los cambios que ha vivido la institución. Es una mujer de voz firme y trato tierno, y cuenta que lo más difícil de enseñar en un colegio intercultural es adaptar la metodología a salas tan diversas. Sin embargo, para ella lo esencial siempre estuvo en otro lugar: “Lo primero, y a lo que creo que me aboqué, más allá de las diferencias de lenguaje, fue a que los niños se sintieran felices”, dice. Relata que muchos de sus estudiantes ingresaron al país por pasos no habilitados, en travesías a pie que dejaron huellas profundas. “Algunos llegaron sin equipaje, porque en el camino les robaron la ropa y todas sus pertenencias. La mayoría llegó con miedo. Mucho miedo”, recuerda. Su respuesta fue empatizar. “Quise que aquí encontraran un lugar seguro, en el que se sintieran bien, donde pudieran compartir sus experiencias y ponerle nombre a sus emociones, que verbalizaran lo que sintieron”. Entre los niños que cruzaron la frontera, las historias se repiten: noches heladas que calaban los huesos, el temor de quedar al cuidado de desconocidos mientras los padres quedaban atrás, y ese pánico que brotaba durante el trayecto de no volver a verlos. En los niños chilenos, hijos de migrantes, los relatos también comparten un hilo común: la soledad. Con los padres trabajando todo el día, muchos quedan a cargo de hermanos menores, aprendiendo a cocinar y a cuidarse solos, porque no les queda otra. "Estos niños son parte de nosotros, ya son parte de nuestra historia, y eso es una realidad, no va a desaparecer con los discursos de odio”, dice la profes Gianni. Daniela Orellana (28) es profesora de educación básica y llegó en 2022 al colegio San Alberto. Para ella, conocer de cerca la migración y lo que aporta es enriquecedor. Pero reconoce que existe un vacío desde el Estado en materia de inclusión: “Las políticas son carentes o nulas. No lo han visto todavía como una problemática de la que deben hacerse cargo”. Lo explica con convicción: “El desafío es hacernos cargo: avanzar hacia la multiculturalidad. No basta con que las diversidades convivan; hay que integrarlas. Hoy, la mayoría de los contenidos siguen enmarcados en un estándar chileno, sin considerar cómo sumar realmente a los niños de distintos orígenes”. Aunque cada vez es más común para las familias convivir con personas migrantes, Daniela observa diferencias en la participación: “En las reuniones de apoderados siempre son las familias chilenas las que más hablan, mientras que las haitianas se mantienen al margen. Me da la sensación de que se sienten ajenos a todo, quizás por el discurso de odio al que han estado expuestos desde su llegada”. María José Maldonado, profesora de Inglés y encargada del departamento de interculturalidad, avisa que el Ministerio de Educación (Mineduc) no se ha hecho cargo de este proceso. “No existe una preparación completa para escuelas como la nuestra. Siempre se habla mucho desde la teoría, pero en la práctica hay muy poca la información desde el Mineduc. Ni siquiera hay adaptaciones curriculares. La responsabilidad queda en una decisión de cada colegio sobre cómo integrar a los pequeños”. Estos niños crecen entre tequeños y sopaipillas, recorridos de micro y los recuerdos de mares caribeños que cuentan sus padres. Aprenden a hablar entre historias de exilio y sueños de futuro. Ya son parte de la historia de Chile, aunque muchas veces el país aún no los reconozca del todo.

  • Arianna de Sousa: “No hemos entendido la crisis migratoria como una problemática humanitaria”

    La periodista y autora venezolana escribió 'Atrás queda la tierra', un libro que dedica a su hijo y en el que registra su experiencia como migrante. La periodista venezolana Arianna de Sousa-García comenzó a escribir ‘Atrás queda la tierra' en 2017 con dos objetivos. Primero, deseaba sentir que estaba logrando algo significativo en Chile y combatir ese diálogo interno que le sugería que su estancia en este país no estaba siendo productiva. En segundo lugar, y quizás el más importante, qu ería dejarle a su hijo un testimonio sobre el origen de ambos y lo que significa ser migrante. La idea era que él no olvidara que hay miles de otros niños que nacieron en su tierra, pero se vieron obligados a crecer en otra. Cuando la periodista venezolana Arianna de Sousa-García comenzó a promocionar su primer libro ‘Atrás queda la tierra’, habló con diarios, revistas y fue a radios. Casi de inmediato recibió más de 50 mensajes en su cuenta de Instagram de personas que ella no conocía y que no quiso revisar.  Hace un tiempo que la escritora tiene bloqueadas palabras como ‘venezofacha’, ‘veneca’, ‘fuera’ y justamente la aplicación le avisaba que estas solicitudes contenían algunos insultos.  Se le apretó el corazón. Fue en ese momento en que recordó que a través de su texto no sólo estaba contando la historia de su pueblo, sino abriendo una ventana a su vida privada y a la de su hijo: un niño venezolano que está creciendo en este país y al que ella le escribe este libro como un recordatorio de que forman parte de los más de 8 millones de personas que dejaron su hogar en búsqueda de una mejor vida fuera de las fronteras. “El libro lo comencé en 2017 y me estremece mucho ver que en todos estos años, en lugar de mejorar las cosas, pareciera que empeoraron, y que los discursos de odio y la precariedad se han fortalecido. Me parecía hasta hipócrita no exponer mi historia y el dolor de tantas personas. Me costó un montón recordar, reconstruir, hablar con mis padres, mis abuelos, con amigos mayores que yo y que podían contribuir a escribir este relato de la Venezuela de antes que yo naciera, del país en el que crecí, de la gente de la que aprendí y el hogar que tuve que abandonar con mi hijo. Mi experiencia como migrante me ha hecho entender la vida desde otro lugar: que se puede armar y desarmar. Que lo definitivo a veces es transitorio y al revés ", di ‘ Atrás queda la tierra ’ (Six Barral, 2024) incluye las vivencias crudas de otros venezolanos, pero también las reflexiones que Arianna hace sobre su nación desde el periodismo, el ser extranjera y la maternidad. Hay partes ensayísticas, de registro, que cuentan las discriminaciones y dolencias sociales que viven los migrantes venezolanos en nuestro país, y también es una crónica en la que la autora cuenta cómo abandonó su tierra, empezó desde cero, la mira con distancia y cría a un niño en otra cultura.  Ante el acoso xenófobo que contabas, pensaste incluso en dejar de dar entrevistas. ¿No te parece que tu libro es justamente un antídoto contra el odio? “Para mí existir en Chile también ha sido eso. Trabajo en una librería donde hablo con muchísima gente y desde que trabajo con público esto pasa todos los días de mi vida: recibo comentarios que no son malos, pero sí ignorantes, odiosos, y trato de contestar lo mejor posible. Es extraño y es bonito también porque la calma como respuesta ante la violencia los deja desarmados y ahí, algunas veces, se siembra la curiosidad. Pero claro, tiene un costo grandísimo y yo me desarmo fácil. Mientras escribía este libro estuve en dos oportunidades con licencia psiquiátrica porque no podía no sentir angustia e impotencia ante todo lo que encontraba sobre las muertes y situaciones difíciles que tuve que reescribir. Y cuando reconstruí mi propia historia. No quiero caer en cama, quiero ser responsable con el libro y ser fuerte para él. Eso significa parar para seguir. Seguir para educar. Educar para que otros no pasen por lo mismo ” ¿Cómo han recibido desde la comunidad migrante tu relato? “Han pasado cosas curiosas. Se me acercó alguien en la librería para decirme ‘ yo también soy hija de un chavista’ . Me lo dijo como algo prohibido. Como si se tratara de un secreto. Y no lo es. La mayoría de nuestros padres fueron chavistas y creyeron en un proyecto que fracasó. Hay una vergüenza en asumir eso, pero a conciencia, no quise dejar de demostrar cómo lo político permea en la vida doméstica y cómo fue mi experiencia creciendo con un padre chavista. Me quedé corta incluso. Y además que son experiencias que no sólo ocurrieron en Venezuela, sino que han vivido otros seres humanos que se han apasionado por alternativas políticas. He encontrado mucha literatura y uno podría hacer un estante sólo de esa temática. Autores de Rumania, Albania, China, que sienten esa frustración o a veces vergüenza. Es muy interesante ver y registrar qué pasa con las pasiones: a quiénes afectamos cuando estamos tan apasionados, qué hacemos con ella cuando le ponemos límites y cuando no”.  ¿Cómo se vinculó tu hijo con el texto? “No lo he leído todavía. Lo tiene en su biblioteca con la promesa de que a los quince años lo va a leer. Ahora es muy chico. Pero él aparece en el texto. Hay personas que no me creen que él haya hecho esa reflexión, cuando menciona que no es de allá, no es de aquí, es multipaís. Lo tengo grabado (se ríe). Es sensible, inteligente, rápido de mente y quiero que cuando tenga dudas sobre su origen e identidad, tenga las respuestas. Posiblemente estaré allí para responderlas, pero este libro tiene el pulso del momento. Lo escribía de madrugada, cuando él dormía, porque tengo una crianza muy vívida y me gusta estar con él la mayor parte del tiempo que pueda. Él no tiene el acento, ni el pelo como yo, ni mi color de piel. Está creciendo bajo el sol chileno, que pega menos. Va a pasar desapercibido. Va a vivir una experiencia muy distinta. Pero va a ser el hijo de una migrante ”.  ¿Cuál es tu relación con Venezuela hoy, desde la distancia? “No tengo dudas de mi amor por Venezuela. Lo que sí tengo es un miedo enorme sobre lo que voy a sentir  cuando vuelva. No he vuelto ni una vez. Entonces percibo que ese retorno se acerca, no sé si definitivo, yo pienso que no: yo he construido una vida aquí, sobre todo una para mi hijo y no se la voy a romper tan fácilmente. Es necesario un retorno simbólico. Una primera cita. Quiero recordar mi aire, ver el mar. Pero no queda casi nadie, ni mi familia, ni amigos. entonces, ¿para qué volver? ¿Volver a qué? Esas son las preguntas. Para mí es un sueño, como un paisaje precioso, idílico, que no es posible. Qué miedo volver y que la realidad de lo que está pasando allí no me permita ser o que mis recuerdos se aclaren y sean otra cosa, de otro color, más crudo incluso de lo que guardo en la memoria. Eso me asusta. Encontrar una historia distinta a la que me he contado, para bien o para mal.” ¿Y cuál es tu relación con Chile? ¿Lo consideras tu hogar? “Es el hogar de mi hijo. Estamos con un gobierno en el que muchos migrantes apoyamos porque garantizaba respeto y se han incumplido con promesas . Más bien se instaló un discurso de otros ex presidentes o que fueron adoptados desde la derecha. Es súper doloroso. Me rompió el corazón. Entonces yo estoy intentado valorar que aquí vive parte de mi familia: mi abuela, mi madre, mi hermana y mi tía. Tengo una pareja chilena. Y sus hijos, quienes se han convertido en los míos. Mi esfuerzo hoy es apreciar eso. En que estoy en un mismo lugar con toda esa gente que amo y que me ama, pero la verdad es que el país se ha transformado en un lugar hostil”.  ¿Cuál es la relación entre los gobiernos locales y la xenofobia?  “Que los gobiernos instalen discursos contra la migración o hagan ver que la violencia y la delincuencia vienen desde allí cuando los estudios nos muestran otra cosa me parece súper problemático. La mayoría de los crímenes no viene de la migración, sino que es a esos a los que se les da cobertura porque funcionan mediáticamente y fortalecen una identidad nacional. El país se une en un único relato. Pero que te estén culpando todo el tiempo, y que seas el cuerpo responsable de todo lo malo, es muy frustrante . Es doloroso también ver cómo hay otros migrantes que adhieren a ese discurso para estar a salvo. Y parece que existimos unos buenos y unos malos. Hace poco se me acercó una señora  y cuando me iba a saludar me dijo ‘ay pero tú eres venezolana’ y se alejó. Le dije que sí y me dijo “ah, pero tú eres de las buenas, no viniste a delinquir, ni a dañar nuestra raza’. Yo tuve que salirme del lugar y dejar que mis compañeros se encargaran, pero a lo que voy con este ejemplo es que esos discursos se validan cuando el oficialismo, que prometió hacer lo contrario, cae también en instalar esas narrativas. Los latinos no hemos entendido la crisis migratoria como una problemática humanitaria ”. ¿Cuál es la evaluación que hace sobre la labor del presidente Boric en el área de migración? “No sé cuál es la dinámica en el poder, pero qué lástima que ceda a las cosas. No creo que tenga un problema de identidad, sino que más bien es valórico, de principios. Hay cosas que no se transan y al final lo que él transó es lo que no lo toca: ser migrante. Si hay que lanzar a alguien por la borda, ¿a quién?, por supuesto, tiramos a los extranjeros. Es muy decepcionante que esta persona haya sido el político que cuando estaba en búsqueda de firmas, le escribió a organizaciones migrantes para buscar apoyo. No sé a que se ha enfrentado él como presidente, pero ha dejado claro que tiene principios móviles”.

  • Montserrat Arre Marful: “Chile es un país que se fundamentó en la esclavitud”

    Desde archivos coloniales borrados hasta el rechazo contemporáneo a la migración haitiana, la historiadora Montserrat Arre desmonta uno de los mitos más persistentes del país: la idea de un Chile blanco, homogéneo y sin pasado esclavista. En esta conversación, el racismo aparece no como un error del presente, sino como una herencia estructural, escrita en la historia, en el lenguaje y en los cuerpos. Montserrat Arre no llegó a la historia afrodescendiente por herencia ni por militancia, sino más bien por sorpresa. En la universidad, durante la licenciatura, un ramo inédito abrió una grieta en el relato aprendido: la presencia de africanos en la América colonial, desde Perú y Bolivia hasta Argentina. Chile también estaba ahí. Esa inclusión inesperada fue el primer indicio de un vacío mayor. “Me llamó la atención que incluyese a Chile”, recuerda. Historiadora, literata y coordinadora del proyecto Afroquimbo: la historia después del olvido , Arre entendió pronto que no se trataba de una omisión casual. La historia afrodescendiente no figuraba en los programas universitarios, ni en la enseñanza de la Colonia ni del siglo XIX. Ese silencio, persistente y estructural, convirtió el tema en una urgencia. “Me pareció fundamental trabajarlo”, dice, “porque simplemente no se enseñaba”. Desde ahí comenzó a trazar un puente entre el pasado afrodescendiente y sus representaciones culturales: cómo la historia se escribe, cómo la literatura imagina la raza y cómo el lenguaje fija jerarquías. Esa investigación desemboca en su libro más reciente, No teníamos negros. Historia y prejuicios en Chile sobre su pasado y presente afrodescendiente , donde Arre examina el blanqueamiento sistemático de la historia nacional. En sus páginas, explica cómo la llamada historia natural, antecedente de la ciencia moderna, estableció correlaciones entre color de piel, rasgos físicos y supuestas capacidades morales, políticas y psicológicas. “Nuestra sociedad se fundó en esas asociaciones”, señala. Ese naturalismo de los siglos XVII y XVIII fue la base de la educación colonial y del desarrollo de la política, la filosofía, la teología y las ciencias humanas. Una matriz que, con otros nombres, sigue operando hasta hoy. De esa matriz surge una lectura automática de los cuerpos. El color de piel activa, casi sin mediación, un conjunto de atributos socialmente aprendidos. “A las personas de piel clara se les percibe como más inteligentes, más ricas, con mayores capacidades y con mayor acceso a la universidad”, explica Arre. La inteligencia, la civilización y el potencial intelectual quedan así asociados a la blancura. En sentido inverso, los cuerpos de piel más oscura, indígenas o afrodescendientes, cargan con el prejuicio opuesto: la sospecha de la flojera, la incapacidad, la falta de inteligencia o de disciplina. Una jerarquía racial heredada que no necesita ser explícita para operar, porque está profundamente naturalizada en la forma en que miramos, juzgamos y ordenamos a los otros. “Las poblaciones afrodescendientes en Chile no ocuparon una sola posición social. Algunas fueron esclavizadas y otras vivieron en condición de libertad. Esa diferencia marcó profundamente los oficios y espacios que podían habitar. Las mujeres y hombres libres accedieron, en muchos casos, a mejores posiciones sociales: trabajaron como artesanos, músicos vinculados a la Iglesia, militares e incluso ocuparon altos cargos dentro del Ejército. En cambio, las personas esclavizadas se concentraron mayoritariamente en el trabajo doméstico para familias de ingresos medios y altos, desempeñando una enorme variedad de labores. Pero su presencia no se limitó a las casas: también trabajaron en zonas rurales, en viñas, en la cría y el pastoreo de animales, en la minería y en múltiples actividades productivas. Según la especialista, los archivos coloniales revelan un escenario mucho más complejo del que suele instalarse en el imaginario histórico. La población africana y afrodescendiente participó en una gran diversidad de oficios, ocupó distintos lugares dentro de la estructura social y formó parte de múltiples castas. Lejos de una experiencia única y homogénea, sus trayectorias fueron variadas y, en algunos casos, extraordinarias. Montserrat Arre recuerda, por ejemplo, la historia de Juan Valiente, un africano que durante la Conquista llegó a convertirse en terrateniente y encomendero bajo el mando de Pedro de Valdivia, recibiendo tierras e indígenas a su cargo como reconocimiento a su desempeño militar. La investigadora chilena Montserrat Arre desmonta el mito de que en Chile no existió esclavitud o población afro. El blanqueamiento de la historia chilena no ocurrió solo en los hechos, sino también y sobre todo en el lenguaje. Durante la época colonial, la población afrodescendiente llegó a representar cerca del 20% del total. Sin embargo, esa presencia fue progresivamente silenciada hasta volverse desconocida para amplios sectores de la sociedad. “Los historiadores son esenciales en este proceso”, advierte Arre. “Muchos hablaron peyorativamente de las personas de origen africano y luego las negaron por completo”. En la Colonia, la parte más alta de la jerarquía se llamaba “español” . Debajo estaban indios, negros y las múltiples mezclas. El término “blanco” no existía todavía : apareció después. Cuando los historiadores modernos lo usan para hablar del período colonial, hacen imaginar un Chile homogéneo y europeo , y se deja fuera a las personas de origen africano e indígena. Una palabra, así, borra parte de la memoria . Ese proceso de blanqueamiento tuvo múltiples capas. Comenzó en el siglo XIX, en paralelo a la construcción del Estado-nación, y se expresó en diversas instancias de cómo Chile empezó a pensarse a sí mismo. Fue impulsado por las élites, pero también por sectores de clases medias emergentes que buscaron activamente blanquearse, convirtiéndolo en un fenómeno extendido y socialmente legitimado. Otro elemento que Arre subraya es el progresivo descenso de la población negra en Chile a lo largo de los siglos XIX y XX, un proceso que contribuyó a instalar la idea de que en el país “no hay negros”. Según explica, esa disminución se produce en al menos dos momentos clave. El primero ocurre con la abolición de la esclavitud, cuando deja de ingresar población africana esclavizada. Sin embargo, Arre aclara que la mayoría de las personas afrodescendientes ya vivían en condición de libertad, por lo que es probable que continuara existiendo movilidad interna y un crecimiento demográfico natural de esta población. El segundo momento se sitúa en torno a 1900, en plena campaña de chilenización y blanqueamiento impulsada por el Estado, que promovió activamente la migración europea. Hacia mediados del siglo XX, la imagen de un Chile mestizo-blanco termina por consolidarse, reforzando la percepción generalizada de que la población negra había desaparecido. Para entonces, señala Arre, las clases medias y altas ya se habían blanqueado de manera significativa, tanto simbólica como físicamente. “No fue una política accidental”, enfatiza Arre. Se trató de un diseño planificado, orientado a ocupar territorios que habían sido —y seguían siendo— de los pueblos indígenas. “Yo lo veo como un proceso tremendamente exitoso”, concluye, no como elogio, sino como constatación de su profundidad y sus consecuencias. Portada de "No teníamos negros", libro de la investigadora chilena Montserrat Arre Marfull. “La migración haitiana genera un impacto fuerte en la sociedad chilena, sobre todo en la emergencia del racismo antinegro”, sostiene Arre. No porque la afrodescendencia sea ajena al país, sino porque la que habita en nuestro ADN ha sido históricamente chilenizada, mestizada, normalizada. Lo que incomoda —explica— es el cuerpo menos mezclado, el que irrumpe sin mediaciones en el paisaje social. A la sorpresa inicial se sumaron rápidamente el miedo y el rechazo: discursos y prácticas racistas que reinstalaron la idea de que la mezcla es peligrosa, no por la nacionalidad, sino por el color de piel. Reconocer nuestra descendencia africana, plantea Arre, es un gesto que lejos de empobrecer, enriquece. “Es un acto de toma de conciencia, de verdad histórica”, dice. Ese reconocimiento también es político. Sacar a la luz una historia callada sostiene el activismo afrodescendiente y permite nombrar el racismo estructural que sigue operando. “Las personas racializadas continúan viviendo menosprecio, discriminación y violencia de todo tipo”, advierte Arre. Desconocerlo es perpetuarlo. “Por último, reconocer es asumir que Chile es un país que se fundamentó en la esclavitud, como todos los países de América”, concluye. Somos descendientes de personas esclavizadas y de esclavistas. Contar esa historia no es un ejercicio del pasado, sino la única vía posible para pensar una reparación del daño histórico que aún llevamos inscrito en el cuerpo social. La especialista cuenta que los llamados morenos y pardos del Ejército —negros y mulatos— conformaron cuerpos militares fundamentales para el triunfo del Ejército Libertador. También existieron líderes, héroes y heroínas afrodescendientes que participaron activamente en los procesos independentistas de Chile, Argentina y otros países de la región. “Pero la idea de imaginar a nuestros próceres como europeos, y a los soldados con rasgos semejantes y caucásicos, parece más correcto y apegada a los ideales de la civilización y modernidad. Entonces, ese olvido es una omisión a propósito”. *** En el contexto actual, Arre advierte sobre la gravedad de un discurso que comienza a instalarse como social y políticamente aceptable: aquel que legitima la violencia contra quienes no encajan en la figura del “ser superior”, encarnado en el hombre blanco de origen europeo. “Nuevamente este sujeto se posiciona en el discurso como el autorizado a dominar y hacer lo que quiera con los demás porque son inferiores”, señala. De ahí se desprende la naturalización del maltrato, la discriminación y, en su forma más extrema, la eliminación del otro. “Es exactamente el mismo discurso que circulaba en 1900 y es tremendamente peligroso”, advierte. El racismo, dice, opera por contagio: lo inaceptable comienza a parecer normal.

Revista Quiltra
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