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- Los colores de Chile
Estas son las historias de una nueva generación de chilenos: niños que en sus casas escuchan ritmos exiliados y relatos de huidas. Son herederos de memorias de desarraigo, pero no las cargan como un lastre. En Chile estos pequeños corren, estudian, inventan el idioma de su propia infancia. Y mientras levantan aquí sus sueños, obligan al país a mirarse en ellos y aceptar que la identidad no nace de una sola raíz, sino de un entramado de muchas. Fotos de Valentina Bird Timoteo (8) tiene la piel negra como la tierra húmeda, los dientes brillantes y los ojos oscuros. “ Soy chileno de corazón ” , dice. Es, efectivamente, un niño nacido y criado en Santiago. Fue el primero de su estirpe en llegar al mundo con cédula chilena, aunque en la memoria de sus padres todavía resonaban los sonidos lejanos de Puerto Príncipe: el trino de los jilgueros, el ruido del mar y el murmullo grave del creole. Lo que él sabe de Haití, lo que ha aprendido a través de las historias de los grandes, se contrasta con ese paraíso. “Allá queman casas, hay mucha delincuencia, mueren muchas personas”, dice. Y su voz inquieta, llena de energía y color, se desvanece cuando habla de lo que vivió su familia. “Para ellos venir a Chile fue muy difícil”, cuenta. Timoteo y Stanley dicen que aman las empanadas, la simpatía de sus vecinos y los parques verdes de Santiago. Timoteo estudia en el colegio San Alberto de Estación Central , una institución que desde 2017 comenzó a recibir un número creciente de estudiantes migrantes. Dos años más tarde, en 2019, cuando la población extranjera en Chile aumentó un 19,3% respecto al año anterior, el colegio decidió definirse como intercultural. Desde entonces han implementado programas de integración, un taller semanal de español y un registro detallado de las nacionalidades de sus alumnos, el tiempo que llevan en el país y la forma en que ingresaron. Hoy, el 61% de su matrícula corresponde a niños migrantes, mientras que el 39% restante son chilenos, ya sea de padres nacionales o extranjeros. En el recreo el patio se llena de niños y de tantos otros tonos de piel: diversas tonalidades marrones, ámbar, canela y ébano brillante. Hijos de Venezuela, Perú, Haití, Bolivia, Colombia, pero sobre todo, hijos de Chile, porque han nacido aquí o porque en este suelo han aprendido a caminar y pronunciar sus primeras palabras. En este patio de cemento nadie se pelea por fronteras y las historias del continente entero se cruzan en el camino de la educación. Stanley tiene ocho años y una forma de hablar pausada y correcta, cuida cada palabra que pronuncia. Cuando sus compañeros dudan con alguna expresión en español, él se ofrece como traductor. Domina el idioma de su tierra, pero también la lengua de sus padres y abuelos. Le gusta la historia y no duda en decir que su personaje favorito es Arturo Prat. Ha viajado a Paine y Valparaíso, destinos que lo entusiasman más que la capital. Se maravilla con los árboles frondosos que descubre en cada visita. Habla con calma sobre Chile: aquí se siente seguro, cuenta, con una libertad que sus padres no conocieron en Haití, de donde salieron obligados por la inseguridad y la falta de trabajo. “Me dicen que pasan cosas malas, piensan que me puedo asustar”, reconoce Stanley, bajando la mirada. Sus padres casi no le hablan de Haití; apenas confiesan que lo extrañan, pero nunca mencionan si desean volver. Stanley, en cambio, lo tiene claro: no quiere conocer el país en el que nacieron sus ancestros. Ben Phael tiene ocho años y tampoco quiere conocer Haití. Cuando se le pregunta si, quizás al crecer, le gustaría visitar el país de sus padres, responde con firmeza: no. Ha escuchado de ellos que “hay mucha violencia allá”. Raíces con historia Maranatha (26) llegó a Chile hace 9 años, cuando era una adolescente. Dejó a Haití con la ilusión de empezar una nueva vida aquí. Dice que extraña la playa y el sabor de las frutas, en especial la del mamoncillo, un cítrico caribeño que es dulce y ácido al mismo tiempo. Hace siete años trajo al mundo a María , una niña nacida y criada en Chile, que cuando grande quiere ser profesora. La pequeña sabe sobre Haití por las historias que cuenta su madre: “Ella quiere ir a Haití, para visitar mi ciudad y conocer a su abuela”, dice la mamá. Pero asegura que aquí son felices y que en Santiago han construido un hogar. “María es puro chilena”, agrega la mujer. María junto a su mamá, minutos antes de salir al escenario para bailar música de Rapa Nui. Para el Día de la Chilenidad, María llegó al colegio con un vestido de flores que le cubría hasta los tobillos y una corona de pétalos en la cabeza. Caminó de la mano de sus compañeros hasta el patio, donde la esperaba la música de Rapa Nui. A su alrededor, otros niños lucían trajes típicos del norte y del sur, recreando con telas y colores la diversidad del país. Desde las gradas, los padres seguían atentos cada movimiento, orgullosos, con los celulares en alto para no perder detalle. Cuando sonó el himno nacional, todos niños y adultos, se pusieron de pie. Algunos, con la mano en el corazón, cantaron con la solemnidad de quien entiende que en ese coro compartido también se ensaya un futuro común. Solfanny, de 10 años, dice que se siente chilena y venezolana. Es una de las mejores alumnas de su clase y cuando grande quiere ser doctora. Solfanny tiene diez años y habla con devoción de Puerto La Cruz, Venezuela, la ciudad donde nacieron y crecieron sus padres, y los padres de sus padres: la abundancia de árboles, el perfume de las flores y el resplandor de los mares que rodean el pueblo. Habla con propiedad, como una conocedora, de la historia del lugar, de su clima, de su gente. En su colegio, adornado con guirnaldas y banderas chilenas, Solfanny cruza el pasillo con un pomposo traje de huasa y se prepara para bailar cueca. Lo hace con destreza y gracia. Su presentación es impecable, tan prolija como el promedio 6,0 que mantiene en clases. “Me siento chilena y venezolana”, dice con ternura. Su madre, Orianna, la mira orgullosa. Ve en ella a una niña que crece en Chile con alegría, dejando atrás las memorias de la huida de su familia: el escape de Venezuela, la estadía en el Perú, el miedo de volver a migrar antes de instalarse aquí, en Santiago. Hoy, Solfanny habita un hogar en construcción, aunque su madre confiesa un anhelo persistente: “Queremos volver y que las niñas (Sol y sus dos hermanas) vayan con nosotros. Como están las cosas hoy es imposible, pero no perdemos la esperanza”. La historia de Solfanny encarna la paradoja de toda una generación: niños que nacen y crecen en Chile, que aquí levantan sus sueños y amistades, pero que en el corazón llevan una herencia que los llama desde larga distancia . Con el pasado allá y el futuro acá, estos nuevos chilenos reinventan la patria con la certeza de que la identidad no nace de una sola raíz, sino de muchas. Danna, hija de madre venezolana y padre colombiano, tiene cuatro años y en el acto escolar bailó una danza del norte con un vestido amarillo. Es una niña alegre, de sonrisa amplia y ojos brillantes. Su mamá, Betania, dice que aunque el resto de sus parientes están lejos, han formado una familia con sus amigos del barrio, la mayoría migrantes. Tatiana tiene cuatro años y es chilena. Su nacimiento aquí no fue un accidente, sino un plan para salvarle la vida. Arturo, su padre, es colombiano y vivía en una de las ciudades más violentas del Valle del Cauca, a pocos kilómetros de Cali. Cuando su mujer y él supieron que estaban esperando a la niña, decidieron moverse para darle un futuro distinto. “Yo no quería que mi niña creciera viendo muertos en las calles”, recuerda. Primero fue él el que salió de Colombia. En 2020, tomó un bus hacia Lima y, desde allí, otro más al norte de Chile. El último tramo lo hizo a pie. La voz se le quiebra cuando piensa en esa travesía: “era quedarse allá y morirse de hambre, o intentar tener suerte aquí”. Caminó tres días y durante esas jornadas no comió, ni tomó agua. Se escondió de la policía tapándose con la misma arena del Atacama y se sacudió el frío de las noches caminando más. Llegó a Iquique y allí lo esperaba una tía, con la promesa de que en la copia feliz del Edén encontraría trabajo. No pudo mover las piernas por una semana. A los meses llegó su mujer agarrándose la panza, sobreviviendo al mismo recorrido. Tatiana nació en la ciudad costera y fue recibida por una médico chilena. Es la primera y la única de su familia en tener un rut. Ahora viven en Santiago, la niña asiste al colegio y el papá trabaja descargando camiones. Arturo cuenta que sale de madrugada y vuelve cuando Tatiana está durmiendo. Y aunque no puede compartir mucho con la niña por los horarios laborales, dice que vale la pena. “Yo trabajo por ella y verla hoy, que es la mujer más feliz del mundo, es mi recompensa más grande” . Valeska (8) se muestra tímida, pero sonríe con sus dientes de leche. Su familia es de Bolivia, ella nació en Chile. Cada noche escucha historias relatadas por su hermana mayor, en donde le cuenta como es Bolivia y la vida que tenían antes de llegar a Santiago. La joven y su padre anhelan volver a Bolivia, él ya está viejo y quiere pasar sus últimos años allá, pero Valeska no, le gusta estar en Chile. Cuenta que adora el pollo con arroz y los parques que se levantan a lo largo de la ciudad. El himno de la educación Gianina Valenzuela (50) lleva 28 años trabajando en el colegio, al que también asistió como alumna. Ha sido observadora y testigo de los cambios que ha vivido la institución. Es una mujer de voz firme y trato tierno, y cuenta que lo más difícil de enseñar en un colegio intercultural es adaptar la metodología a salas tan diversas. Sin embargo, para ella lo esencial siempre estuvo en otro lugar: “Lo primero, y a lo que creo que me aboqué, más allá de las diferencias de lenguaje, fue a que los niños se sintieran felices”, dice. Relata que muchos de sus estudiantes ingresaron al país por pasos no habilitados, en travesías a pie que dejaron huellas profundas. “Algunos llegaron sin equipaje, porque en el camino les robaron la ropa y todas sus pertenencias. La mayoría llegó con miedo. Mucho miedo”, recuerda. Su respuesta fue empatizar. “Quise que aquí encontraran un lugar seguro, en el que se sintieran bien, donde pudieran compartir sus experiencias y ponerle nombre a sus emociones, que verbalizaran lo que sintieron”. Entre los niños que cruzaron la frontera, las historias se repiten: noches heladas que calaban los huesos, el temor de quedar al cuidado de desconocidos mientras los padres quedaban atrás, y ese pánico que brotaba durante el trayecto de no volver a verlos. En los niños chilenos, hijos de migrantes, los relatos también comparten un hilo común: la soledad. Con los padres trabajando todo el día, muchos quedan a cargo de hermanos menores, aprendiendo a cocinar y a cuidarse solos, porque no les queda otra. "Estos niños son parte de nosotros, ya son parte de nuestra historia, y eso es una realidad, no va a desaparecer con los discursos de odio”, dice la profes Gianni. Daniela Orellana (28) es profesora de educación básica y llegó en 2022 al colegio San Alberto. Para ella, conocer de cerca la migración y lo que aporta es enriquecedor. Pero reconoce que existe un vacío desde el Estado en materia de inclusión: “Las políticas son carentes o nulas. No lo han visto todavía como una problemática de la que deben hacerse cargo”. Lo explica con convicción: “El desafío es hacernos cargo: avanzar hacia la multiculturalidad. No basta con que las diversidades convivan; hay que integrarlas. Hoy, la mayoría de los contenidos siguen enmarcados en un estándar chileno, sin considerar cómo sumar realmente a los niños de distintos orígenes”. Aunque cada vez es más común para las familias convivir con personas migrantes, Daniela observa diferencias en la participación: “En las reuniones de apoderados siempre son las familias chilenas las que más hablan, mientras que las haitianas se mantienen al margen. Me da la sensación de que se sienten ajenos a todo, quizás por el discurso de odio al que han estado expuestos desde su llegada”. María José Maldonado, profesora de Inglés y encargada del departamento de interculturalidad, avisa que el Ministerio de Educación (Mineduc) no se ha hecho cargo de este proceso. “No existe una preparación completa para escuelas como la nuestra. Siempre se habla mucho desde la teoría, pero en la práctica hay muy poca la información desde el Mineduc. Ni siquiera hay adaptaciones curriculares. La responsabilidad queda en una decisión de cada colegio sobre cómo integrar a los pequeños”. Estos niños crecen entre tequeños y sopaipillas, recorridos de micro y los recuerdos de mares caribeños que cuentan sus padres. Aprenden a hablar entre historias de exilio y sueños de futuro. Ya son parte de la historia de Chile, aunque muchas veces el país aún no los reconozca del todo.
- Arianna de Sousa: “No hemos entendido la crisis migratoria como una problemática humanitaria”
La periodista y autora venezolana escribió 'Atrás queda la tierra', un libro que dedica a su hijo y en el que registra su experiencia como migrante. La periodista venezolana Arianna de Sousa-García comenzó a escribir ‘Atrás queda la tierra' en 2017 con dos objetivos. Primero, deseaba sentir que estaba logrando algo significativo en Chile y combatir ese diálogo interno que le sugería que su estancia en este país no estaba siendo productiva. En segundo lugar, y quizás el más importante, qu ería dejarle a su hijo un testimonio sobre el origen de ambos y lo que significa ser migrante. La idea era que él no olvidara que hay miles de otros niños que nacieron en su tierra, pero se vieron obligados a crecer en otra. Cuando la periodista venezolana Arianna de Sousa-García comenzó a promocionar su primer libro ‘Atrás queda la tierra’, habló con diarios, revistas y fue a radios. Casi de inmediato recibió más de 50 mensajes en su cuenta de Instagram de personas que ella no conocía y que no quiso revisar. Hace un tiempo que la escritora tiene bloqueadas palabras como ‘venezofacha’, ‘veneca’, ‘fuera’ y justamente la aplicación le avisaba que estas solicitudes contenían algunos insultos. Se le apretó el corazón. Fue en ese momento en que recordó que a través de su texto no sólo estaba contando la historia de su pueblo, sino abriendo una ventana a su vida privada y a la de su hijo: un niño venezolano que está creciendo en este país y al que ella le escribe este libro como un recordatorio de que forman parte de los más de 8 millones de personas que dejaron su hogar en búsqueda de una mejor vida fuera de las fronteras. “El libro lo comencé en 2017 y me estremece mucho ver que en todos estos años, en lugar de mejorar las cosas, pareciera que empeoraron, y que los discursos de odio y la precariedad se han fortalecido. Me parecía hasta hipócrita no exponer mi historia y el dolor de tantas personas. Me costó un montón recordar, reconstruir, hablar con mis padres, mis abuelos, con amigos mayores que yo y que podían contribuir a escribir este relato de la Venezuela de antes que yo naciera, del país en el que crecí, de la gente de la que aprendí y el hogar que tuve que abandonar con mi hijo. Mi experiencia como migrante me ha hecho entender la vida desde otro lugar: que se puede armar y desarmar. Que lo definitivo a veces es transitorio y al revés ", di ‘ Atrás queda la tierra ’ (Six Barral, 2024) incluye las vivencias crudas de otros venezolanos, pero también las reflexiones que Arianna hace sobre su nación desde el periodismo, el ser extranjera y la maternidad. Hay partes ensayísticas, de registro, que cuentan las discriminaciones y dolencias sociales que viven los migrantes venezolanos en nuestro país, y también es una crónica en la que la autora cuenta cómo abandonó su tierra, empezó desde cero, la mira con distancia y cría a un niño en otra cultura. Ante el acoso xenófobo que contabas, pensaste incluso en dejar de dar entrevistas. ¿No te parece que tu libro es justamente un antídoto contra el odio? “Para mí existir en Chile también ha sido eso. Trabajo en una librería donde hablo con muchísima gente y desde que trabajo con público esto pasa todos los días de mi vida: recibo comentarios que no son malos, pero sí ignorantes, odiosos, y trato de contestar lo mejor posible. Es extraño y es bonito también porque la calma como respuesta ante la violencia los deja desarmados y ahí, algunas veces, se siembra la curiosidad. Pero claro, tiene un costo grandísimo y yo me desarmo fácil. Mientras escribía este libro estuve en dos oportunidades con licencia psiquiátrica porque no podía no sentir angustia e impotencia ante todo lo que encontraba sobre las muertes y situaciones difíciles que tuve que reescribir. Y cuando reconstruí mi propia historia. No quiero caer en cama, quiero ser responsable con el libro y ser fuerte para él. Eso significa parar para seguir. Seguir para educar. Educar para que otros no pasen por lo mismo ” ¿Cómo han recibido desde la comunidad migrante tu relato? “Han pasado cosas curiosas. Se me acercó alguien en la librería para decirme ‘ yo también soy hija de un chavista’ . Me lo dijo como algo prohibido. Como si se tratara de un secreto. Y no lo es. La mayoría de nuestros padres fueron chavistas y creyeron en un proyecto que fracasó. Hay una vergüenza en asumir eso, pero a conciencia, no quise dejar de demostrar cómo lo político permea en la vida doméstica y cómo fue mi experiencia creciendo con un padre chavista. Me quedé corta incluso. Y además que son experiencias que no sólo ocurrieron en Venezuela, sino que han vivido otros seres humanos que se han apasionado por alternativas políticas. He encontrado mucha literatura y uno podría hacer un estante sólo de esa temática. Autores de Rumania, Albania, China, que sienten esa frustración o a veces vergüenza. Es muy interesante ver y registrar qué pasa con las pasiones: a quiénes afectamos cuando estamos tan apasionados, qué hacemos con ella cuando le ponemos límites y cuando no”. ¿Cómo se vinculó tu hijo con el texto? “No lo he leído todavía. Lo tiene en su biblioteca con la promesa de que a los quince años lo va a leer. Ahora es muy chico. Pero él aparece en el texto. Hay personas que no me creen que él haya hecho esa reflexión, cuando menciona que no es de allá, no es de aquí, es multipaís. Lo tengo grabado (se ríe). Es sensible, inteligente, rápido de mente y quiero que cuando tenga dudas sobre su origen e identidad, tenga las respuestas. Posiblemente estaré allí para responderlas, pero este libro tiene el pulso del momento. Lo escribía de madrugada, cuando él dormía, porque tengo una crianza muy vívida y me gusta estar con él la mayor parte del tiempo que pueda. Él no tiene el acento, ni el pelo como yo, ni mi color de piel. Está creciendo bajo el sol chileno, que pega menos. Va a pasar desapercibido. Va a vivir una experiencia muy distinta. Pero va a ser el hijo de una migrante ”. ¿Cuál es tu relación con Venezuela hoy, desde la distancia? “No tengo dudas de mi amor por Venezuela. Lo que sí tengo es un miedo enorme sobre lo que voy a sentir cuando vuelva. No he vuelto ni una vez. Entonces percibo que ese retorno se acerca, no sé si definitivo, yo pienso que no: yo he construido una vida aquí, sobre todo una para mi hijo y no se la voy a romper tan fácilmente. Es necesario un retorno simbólico. Una primera cita. Quiero recordar mi aire, ver el mar. Pero no queda casi nadie, ni mi familia, ni amigos. entonces, ¿para qué volver? ¿Volver a qué? Esas son las preguntas. Para mí es un sueño, como un paisaje precioso, idílico, que no es posible. Qué miedo volver y que la realidad de lo que está pasando allí no me permita ser o que mis recuerdos se aclaren y sean otra cosa, de otro color, más crudo incluso de lo que guardo en la memoria. Eso me asusta. Encontrar una historia distinta a la que me he contado, para bien o para mal.” ¿Y cuál es tu relación con Chile? ¿Lo consideras tu hogar? “Es el hogar de mi hijo. Estamos con un gobierno en el que muchos migrantes apoyamos porque garantizaba respeto y se han incumplido con promesas . Más bien se instaló un discurso de otros ex presidentes o que fueron adoptados desde la derecha. Es súper doloroso. Me rompió el corazón. Entonces yo estoy intentado valorar que aquí vive parte de mi familia: mi abuela, mi madre, mi hermana y mi tía. Tengo una pareja chilena. Y sus hijos, quienes se han convertido en los míos. Mi esfuerzo hoy es apreciar eso. En que estoy en un mismo lugar con toda esa gente que amo y que me ama, pero la verdad es que el país se ha transformado en un lugar hostil”. ¿Cuál es la relación entre los gobiernos locales y la xenofobia? “Que los gobiernos instalen discursos contra la migración o hagan ver que la violencia y la delincuencia vienen desde allí cuando los estudios nos muestran otra cosa me parece súper problemático. La mayoría de los crímenes no viene de la migración, sino que es a esos a los que se les da cobertura porque funcionan mediáticamente y fortalecen una identidad nacional. El país se une en un único relato. Pero que te estén culpando todo el tiempo, y que seas el cuerpo responsable de todo lo malo, es muy frustrante . Es doloroso también ver cómo hay otros migrantes que adhieren a ese discurso para estar a salvo. Y parece que existimos unos buenos y unos malos. Hace poco se me acercó una señora y cuando me iba a saludar me dijo ‘ay pero tú eres venezolana’ y se alejó. Le dije que sí y me dijo “ah, pero tú eres de las buenas, no viniste a delinquir, ni a dañar nuestra raza’. Yo tuve que salirme del lugar y dejar que mis compañeros se encargaran, pero a lo que voy con este ejemplo es que esos discursos se validan cuando el oficialismo, que prometió hacer lo contrario, cae también en instalar esas narrativas. Los latinos no hemos entendido la crisis migratoria como una problemática humanitaria ”. ¿Cuál es la evaluación que hace sobre la labor del presidente Boric en el área de migración? “No sé cuál es la dinámica en el poder, pero qué lástima que ceda a las cosas. No creo que tenga un problema de identidad, sino que más bien es valórico, de principios. Hay cosas que no se transan y al final lo que él transó es lo que no lo toca: ser migrante. Si hay que lanzar a alguien por la borda, ¿a quién?, por supuesto, tiramos a los extranjeros. Es muy decepcionante que esta persona haya sido el político que cuando estaba en búsqueda de firmas, le escribió a organizaciones migrantes para buscar apoyo. No sé a que se ha enfrentado él como presidente, pero ha dejado claro que tiene principios móviles”.
- Montserrat Arre Marful: “Chile es un país que se fundamentó en la esclavitud”
Desde archivos coloniales borrados hasta el rechazo contemporáneo a la migración haitiana, la historiadora Montserrat Arre desmonta uno de los mitos más persistentes del país: la idea de un Chile blanco, homogéneo y sin pasado esclavista. En esta conversación, el racismo aparece no como un error del presente, sino como una herencia estructural, escrita en la historia, en el lenguaje y en los cuerpos. Montserrat Arre no llegó a la historia afrodescendiente por herencia ni por militancia, sino más bien por sorpresa. En la universidad, durante la licenciatura, un ramo inédito abrió una grieta en el relato aprendido: la presencia de africanos en la América colonial, desde Perú y Bolivia hasta Argentina. Chile también estaba ahí. Esa inclusión inesperada fue el primer indicio de un vacío mayor. “Me llamó la atención que incluyese a Chile”, recuerda. Historiadora, literata y coordinadora del proyecto Afroquimbo: la historia después del olvido , Arre entendió pronto que no se trataba de una omisión casual. La historia afrodescendiente no figuraba en los programas universitarios, ni en la enseñanza de la Colonia ni del siglo XIX. Ese silencio, persistente y estructural, convirtió el tema en una urgencia. “Me pareció fundamental trabajarlo”, dice, “porque simplemente no se enseñaba”. Desde ahí comenzó a trazar un puente entre el pasado afrodescendiente y sus representaciones culturales: cómo la historia se escribe, cómo la literatura imagina la raza y cómo el lenguaje fija jerarquías. Esa investigación desemboca en su libro más reciente, No teníamos negros. Historia y prejuicios en Chile sobre su pasado y presente afrodescendiente , donde Arre examina el blanqueamiento sistemático de la historia nacional. En sus páginas, explica cómo la llamada historia natural, antecedente de la ciencia moderna, estableció correlaciones entre color de piel, rasgos físicos y supuestas capacidades morales, políticas y psicológicas. “Nuestra sociedad se fundó en esas asociaciones”, señala. Ese naturalismo de los siglos XVII y XVIII fue la base de la educación colonial y del desarrollo de la política, la filosofía, la teología y las ciencias humanas. Una matriz que, con otros nombres, sigue operando hasta hoy. De esa matriz surge una lectura automática de los cuerpos. El color de piel activa, casi sin mediación, un conjunto de atributos socialmente aprendidos. “A las personas de piel clara se les percibe como más inteligentes, más ricas, con mayores capacidades y con mayor acceso a la universidad”, explica Arre. La inteligencia, la civilización y el potencial intelectual quedan así asociados a la blancura. En sentido inverso, los cuerpos de piel más oscura, indígenas o afrodescendientes, cargan con el prejuicio opuesto: la sospecha de la flojera, la incapacidad, la falta de inteligencia o de disciplina. Una jerarquía racial heredada que no necesita ser explícita para operar, porque está profundamente naturalizada en la forma en que miramos, juzgamos y ordenamos a los otros. “Las poblaciones afrodescendientes en Chile no ocuparon una sola posición social. Algunas fueron esclavizadas y otras vivieron en condición de libertad. Esa diferencia marcó profundamente los oficios y espacios que podían habitar. Las mujeres y hombres libres accedieron, en muchos casos, a mejores posiciones sociales: trabajaron como artesanos, músicos vinculados a la Iglesia, militares e incluso ocuparon altos cargos dentro del Ejército. En cambio, las personas esclavizadas se concentraron mayoritariamente en el trabajo doméstico para familias de ingresos medios y altos, desempeñando una enorme variedad de labores. Pero su presencia no se limitó a las casas: también trabajaron en zonas rurales, en viñas, en la cría y el pastoreo de animales, en la minería y en múltiples actividades productivas. Según la especialista, los archivos coloniales revelan un escenario mucho más complejo del que suele instalarse en el imaginario histórico. La población africana y afrodescendiente participó en una gran diversidad de oficios, ocupó distintos lugares dentro de la estructura social y formó parte de múltiples castas. Lejos de una experiencia única y homogénea, sus trayectorias fueron variadas y, en algunos casos, extraordinarias. Montserrat Arre recuerda, por ejemplo, la historia de Juan Valiente, un africano que durante la Conquista llegó a convertirse en terrateniente y encomendero bajo el mando de Pedro de Valdivia, recibiendo tierras e indígenas a su cargo como reconocimiento a su desempeño militar. La investigadora chilena Montserrat Arre desmonta el mito de que en Chile no existió esclavitud o población afro. El blanqueamiento de la historia chilena no ocurrió solo en los hechos, sino también y sobre todo en el lenguaje. Durante la época colonial, la población afrodescendiente llegó a representar cerca del 20% del total. Sin embargo, esa presencia fue progresivamente silenciada hasta volverse desconocida para amplios sectores de la sociedad. “Los historiadores son esenciales en este proceso”, advierte Arre. “Muchos hablaron peyorativamente de las personas de origen africano y luego las negaron por completo”. En la Colonia, la parte más alta de la jerarquía se llamaba “español” . Debajo estaban indios, negros y las múltiples mezclas. El término “blanco” no existía todavía : apareció después. Cuando los historiadores modernos lo usan para hablar del período colonial, hacen imaginar un Chile homogéneo y europeo , y se deja fuera a las personas de origen africano e indígena. Una palabra, así, borra parte de la memoria . Ese proceso de blanqueamiento tuvo múltiples capas. Comenzó en el siglo XIX, en paralelo a la construcción del Estado-nación, y se expresó en diversas instancias de cómo Chile empezó a pensarse a sí mismo. Fue impulsado por las élites, pero también por sectores de clases medias emergentes que buscaron activamente blanquearse, convirtiéndolo en un fenómeno extendido y socialmente legitimado. Otro elemento que Arre subraya es el progresivo descenso de la población negra en Chile a lo largo de los siglos XIX y XX, un proceso que contribuyó a instalar la idea de que en el país “no hay negros”. Según explica, esa disminución se produce en al menos dos momentos clave. El primero ocurre con la abolición de la esclavitud, cuando deja de ingresar población africana esclavizada. Sin embargo, Arre aclara que la mayoría de las personas afrodescendientes ya vivían en condición de libertad, por lo que es probable que continuara existiendo movilidad interna y un crecimiento demográfico natural de esta población. El segundo momento se sitúa en torno a 1900, en plena campaña de chilenización y blanqueamiento impulsada por el Estado, que promovió activamente la migración europea. Hacia mediados del siglo XX, la imagen de un Chile mestizo-blanco termina por consolidarse, reforzando la percepción generalizada de que la población negra había desaparecido. Para entonces, señala Arre, las clases medias y altas ya se habían blanqueado de manera significativa, tanto simbólica como físicamente. “No fue una política accidental”, enfatiza Arre. Se trató de un diseño planificado, orientado a ocupar territorios que habían sido —y seguían siendo— de los pueblos indígenas. “Yo lo veo como un proceso tremendamente exitoso”, concluye, no como elogio, sino como constatación de su profundidad y sus consecuencias. Portada de "No teníamos negros", libro de la investigadora chilena Montserrat Arre Marfull. “La migración haitiana genera un impacto fuerte en la sociedad chilena, sobre todo en la emergencia del racismo antinegro”, sostiene Arre. No porque la afrodescendencia sea ajena al país, sino porque la que habita en nuestro ADN ha sido históricamente chilenizada, mestizada, normalizada. Lo que incomoda —explica— es el cuerpo menos mezclado, el que irrumpe sin mediaciones en el paisaje social. A la sorpresa inicial se sumaron rápidamente el miedo y el rechazo: discursos y prácticas racistas que reinstalaron la idea de que la mezcla es peligrosa, no por la nacionalidad, sino por el color de piel. Reconocer nuestra descendencia africana, plantea Arre, es un gesto que lejos de empobrecer, enriquece. “Es un acto de toma de conciencia, de verdad histórica”, dice. Ese reconocimiento también es político. Sacar a la luz una historia callada sostiene el activismo afrodescendiente y permite nombrar el racismo estructural que sigue operando. “Las personas racializadas continúan viviendo menosprecio, discriminación y violencia de todo tipo”, advierte Arre. Desconocerlo es perpetuarlo. “Por último, reconocer es asumir que Chile es un país que se fundamentó en la esclavitud, como todos los países de América”, concluye. Somos descendientes de personas esclavizadas y de esclavistas. Contar esa historia no es un ejercicio del pasado, sino la única vía posible para pensar una reparación del daño histórico que aún llevamos inscrito en el cuerpo social. La especialista cuenta que los llamados morenos y pardos del Ejército —negros y mulatos— conformaron cuerpos militares fundamentales para el triunfo del Ejército Libertador. También existieron líderes, héroes y heroínas afrodescendientes que participaron activamente en los procesos independentistas de Chile, Argentina y otros países de la región. “Pero la idea de imaginar a nuestros próceres como europeos, y a los soldados con rasgos semejantes y caucásicos, parece más correcto y apegada a los ideales de la civilización y modernidad. Entonces, ese olvido es una omisión a propósito”. *** En el contexto actual, Arre advierte sobre la gravedad de un discurso que comienza a instalarse como social y políticamente aceptable: aquel que legitima la violencia contra quienes no encajan en la figura del “ser superior”, encarnado en el hombre blanco de origen europeo. “Nuevamente este sujeto se posiciona en el discurso como el autorizado a dominar y hacer lo que quiera con los demás porque son inferiores”, señala. De ahí se desprende la naturalización del maltrato, la discriminación y, en su forma más extrema, la eliminación del otro. “Es exactamente el mismo discurso que circulaba en 1900 y es tremendamente peligroso”, advierte. El racismo, dice, opera por contagio: lo inaceptable comienza a parecer normal.
- Alfredo Andonie, autor: "La izquierda también fue incómoda con la homosexualidad”
En Serpiente, su debut literario, el autor chileno Alfredo Andonie revisita la Unidad Popular desde una perspectiva poco explorada: la experiencia gay en los años 70 y las contradicciones de una revolución donde se tensionó la militancia, la identidad sexual y el poder. Algo se movía por las calles de Santiago en los años 70. No solo la agitación política ni el clima previo al Golpe, sino también una vida paralela que transcurría en silencio, lejos de la norma y de la mirada pública. Desde esa fisura emerge Serpiente, la primera novela del chileno Alfredo Andonie. Economista y filósofo formado en la Universidad de Columbia, y con una maestría en escritura creativa, Andonie decidió adentrarse en la ficción luego de varios años de trabajo e investigación. La novela se abre con una imagen que marca su tono: “Una serpiente deambulaba por las calles de Santiago”. A partir de ahí, el relato se sumerge sin pudor en lo más íntimo de la sociedad chilena, explorando deseos, prohibiciones y experiencias que se vivían al margen de la libertad oficial. Ambientada en el Chile de la Unidad Popular, Serpiente construye un triángulo amoroso donde el sexo, la militancia política y el poder se tensan de forma permanente. El protagonista es Baltazar, un joven prostituto que recorre pasajes, cines y cafés del centro de la ciudad y que guía al lector por una escritura que avanza con libertad y carga emocional. A su alrededor aparecen Carlos, estudiante de clase alta que descubre el ambiente gay mientras se desliza hacia Patria y Libertad, y Pedro, un guerrillero castigado por la revolución socialista debido a su homosexualidad. Tres hombres y tres formas de habitar el deseo en una época marcada por la represión y la polarización. Con un lenguaje que cruza imágenes poéticas y habla callejera, y apoyada en documentación y entrevistas, la novela ofrece una reconstrucción sensible del período y pone en el centro un territorio poco explorado de la narrativa chilena: el mundo gay durante los años 70 y la incomodidad que las disidencias sexuales generaban incluso en los sectores que proclamaban la emancipación. La novela muestra que la represión sexual no provenía únicamente de la derecha, como suele pensarse. ¿Ves hoy nuevas formas de “progresismo moralista” que también regulan el deseo? —Como analista del deseo, durante la investigación me encontré con muchas sorpresas respecto a la sexualidad y a la idea misma de libertad sexual. Creo que han cambiado las formas de nombrar el deseo, las prácticas sexuales y los marcos culturales desde los que las pensamos.Los términos que utilizamos hoy para hablar de sexualidad, muchas veces, resultan anacrónicos cuando se aplican a otras épocas. Por eso es muy difícil emitir juicios comparativos: cada momento histórico construye su propia gramática del deseo y también sus propias formas de control. ¿Cómo fue el proceso de investigación para construir el mundo de Serpiente? —Fue un camino largo y muy material. Recuerdo que compré una revista enorme de la época, Factura , y me dediqué a observarlo todo: la ropa, los objetos, la publicidad, los productos que se consumían. Al mismo tiempo, pasaba horas revisando fotografías antiguas en Facebook, intentando entender los gestos, los cuerpos, las formas de habitar la ciudad.Pero una parte fundamental del proceso fue conocer a un grupo de mujeres trans que ejercían el trabajo sexual a fines de los años 60 y comienzos de los 70. Me recibieron con mucha generosidad y cariño. Gran parte de la investigación de la novela existe gracias a ellas . Al final, lo que más me ayudó fueron las personas que vivieron esa época. Ellas me guiaron por los lugares, las experiencias y los códigos necesarios para insertar a los personajes en un contexto que no fuera solo histórico, sino también afectivo y corporal. Si los años 70 estaban marcados por una homofobia explícita y violenta, ¿qué tipo de tensiones o controles crees que persisten hoy en torno a la sexualidad? —Hoy las formas de control son más sutiles. Ya no siempre operan desde la prohibición directa, sino desde ciertos consensos morales que se presentan como progresistas. El deseo sigue siendo regulado, solo que bajo otros lenguajes: el de la corrección, el del juicio inmediato, el de la identidad cerrada.Eso también puede volverse una forma de represión, aunque se vista de emancipación. "El deseo sigue siendo regulado, solo que bajo otros lenguajes: el de la corrección, el del juicio inmediato, el de la identidad cerrada.Eso también puede volverse una forma de represión, aunque se vista de emancipación", dice el autor chileno Alfredo Andonie. ¿Qué ocurre cuando la identidad política se vuelve una camisa de fuerza también para el deseo? —Creo que es un baile. Para mí, el erotismo no se reduce al acto sexual en la cama, así como la política no se limita a lo que ocurre en la urna. Ambas cosas se juegan en lo cotidiano: en las decisiones que tomamos, en el lenguaje corporal, en la forma de movernos, en la mirada.Ese cruce es central en la novela. Tiene que ver con intentar separar —o tensionar— erotismo y política, deseo y militancia, entendiendo que muchas veces se contaminan, se confunden o se vigilan mutuamente. ¿Tenías desde el inicio una idea clara de cómo debía construirse la novela? —En absoluto. Al comienzo quería escribir algo muy breve, unas cincuenta páginas. Pero en la medida en que avanzó la investigación, aparecieron lugares, escenas y personajes que me obligaron a expandirla.Fue muy importante para mí perder el control sobre lo que creía que quería hacer y permitir que fueran los propios personajes los que llevaran la novela. Ahí empezó a adquirir vida propia. En Serpiente aparece con fuerza la incomodidad de la izquierda de los años 70 frente a la homosexualidad. ¿Cómo dialoga esa incomodidad histórica con las tensiones que aún persisten hoy en torno a la diversidad sexual? —Me interesaba abarcar distintos mundos y posiciones políticas, justamente para humanizar a los personajes y construir vínculos íntimos y emocionales. Por eso los trabajé desde distintos lugares geográficos y sociales de la época. La investigación me llevó a observar realidades muy específicas: formas de interacción, códigos, silencios, modos de relación entre política y sexualidad que hoy nos pueden parecer impensables. Muchos de mis personajes son homosexuales o transexuales, y las maneras en que se vinculaban con los espacios políticos en ese entonces son radicalmente distintas a las actuales. No solo para las disidencias sexuales, sino también entre distintos grupos sociales o políticos. La izquierda también fue incómoda con la homosexualidad. Has dicho que te sentías “en deuda con la literatura”. ¿Cuándo aparece la escritura como una forma de pago afectivo o espiritual? —Tiene que ver con algo profundamente afectivo. Yo escribí desde una urgencia, desde ciertos fantasmas vinculados a la comunicación: no solo conmigo mismo, sino también con un lector. Siempre tuve al lector muy presente. Me importaba escribir algo que valiera la pena, algo que no le hiciera perder el tiempo a quien se acercara al libro. Venías de la Economía y la Filosofía antes de la escritura creativa. ¿Qué tomaste de esas disciplinas y qué tuviste que desaprender para convertirte en narrador? —La pérdida de control fue clave. Eso es lo principal que tuve que soltar. Me di cuenta de que la única forma de que la novela realmente danzara era abandonando sistemas demasiado rígidos y dejándome llevar.Creo que la novela también invita al lector a esa misma experiencia: a perder certezas, a entrar sin prejuicios. No quise escribir una novela moralizante ni con respuestas cerradas, sino una que acompañara a los personajes en sus contradicciones. Y esa, de alguna forma, es también la invitación para quien lee. ¿ Sentiste algún tipo de liberación al escribir la novela? —Sí, sobre todo a nivel de lenguaje. Me sentí muy libre explorando cómo escribir Serpiente . Me entretuve mucho investigando el habla chilena, sus ritmos, sus giros. Me encanta la forma en que hablamos.También hubo una libertad en la trama: siempre he buscado sorprenderme a mí mismo mientras escribo, no saber del todo hacia dónde voy. ¿Cómo enfrentaste el desafío ético de ficcionalizar un tiempo donde muchas historias queer fueron borradas, criminalizadas o nunca contadas? —La ficcionalización fue clave. Me otorgué libertades en temas que me importaban y que sentía urgentes, y también incorporé inquietudes muy personales.Pero siempre apelando al lector desde la experiencia emocional e íntima de los personajes. Eso es lo que vuelve una historia universal, más allá de la época o del territorio en que se sitúe. En un contexto donde proliferan los discursos identitarios, ¿cómo evitar que una novela queer caiga en el panfleto y no pierda complejidad humana? —Trabajando desde las contradicciones. Tanto las de los personajes como las propias. Yo mismo tuve que desprenderme de muchas certezas.Creo que la clave está en asumir que los seres humanos somos contradictorios y en recrear esas tensiones sin buscar una neutralidad falsa. Hay que escribir desde el desprejuicio de lo humano y, sobre todo, confiar en el lector: en su inteligencia, en su capacidad de decidir por sí mismo, sin intentar enseñarle o moralizarlo. ¿Te sientes un escritor queer? ¿Te acomoda, te incomoda o te limita esa etiqueta? —Me da lo mismo. No tengo ningún problema con las etiquetas que quieran ponerme. Yo no me voy a clasificar; creo que eso le corresponde a la crítica. No me incomoda ni me limita que me encasillen donde quieran. ¿Crees que escribir sobre deseo e identidad desde el Chile de 2025 implica asumir riesgos distintos a los de la generación de Lemebel? —No podría decirlo con certeza, porque no viví la generación de Lemebel. Lo que sí sé es que abrió un camino enorme para todos. En mi caso, la novela recién se acaba de publicar, así que todavía no soy del todo consciente de los riesgos que implica escribir hoy sobre narrativas queer. Aún no he estado expuesto a eso.
- Defensoras de Oaxaca: mujeres que cuidan la tierra y a otras mujeres
En las laderas y ríos de Oaxaca, donde las balas cruzan los cerros y la niebla cubre los bosques, Mokaya y Nash —mujeres que les gustan otras mujeres— sostienen la defensa de sus comunidades. Desde talleres con niñeces hasta la protección de manantiales y cer ros sagrados, tejen organización mientras luchan por nombrarse en tierras donde el despojo y la violencia no se detienen. En las laderas de Oaxaca, donde los caminos se abren entre cedros, ocotales y guichitachis retorcidos, las defensoras del territorio forman una ronda sobre el suelo. Allí, con la tierra caliente bajo los talones, discuten el futuro de su pueblo. No son mujeres cualquiera —son mujeres que gustan de otras mujeres— y tampoco es cualquier tierra: es una que los hombres han vendido, explotado y dejado secar. Mokaya y Nash toman la palabra desde sus pueblos, con gesto de quien ha dormido poco. Son del pueblo Biinizá y Ñuu Savi, y la ruta a sus comunidades cruza quebradas, manantiales que solían ser abundantes y pueblos donde la infancia aprendió a distinguir el sonido de las balas antes que el de los grillos. Ellas caminan igual: abriendo espacios, buscando rincones seguros para que las niñas y los niños puedan jugar sin encogerse, para que algún día los bosques vuelvan a ser bosques de todos y no de unos cuantos. En Oaxaca, como en tantas zonas de Mesoamérica y del Sur Global, hay megaproyectos extractivos que cercan el horizonte, monocultivos que enferman la tierra, despojos administrativos que se firman en otras fronteras y se levantan violencias que se cruzan como raíces de un mismo árbol torcido. En medio de esto, Mokaya, Nash y tantas otras sostienen una red pequeña pero obstinada: una comunidad que insiste en imaginar otra forma de vida mientras el territorio, herido y vasto, sigue respirando bajo sus pies. Al igual que Mokaya, del pueblo Biinizá de Santa María Jalapa del Marqués, en la región del Istmo de Tehuantepec, y Nash, del pueblo Ñuu Savi, y See Xánh, de Agua Fría Juxtlahuaca, en la Mixteca de Oaxaca, ellas buscan —junto a otras mujeres— crear espacios desde la organización comunitaria. Lugares donde la defensa del cuerpo y del territorio no sea una consigna abstracta, sino el eje de la vida diaria. “Un día cualquiera de balaceras decidí caminar hacia el bosque”, recuerda Nash. “Había fuego cruzado de cerro a cerro y pensé: ¿qué puede pasar si avanzo? Lo peor es que me disparen y muera . Caminé igual. Me topé con uno de esos hombres y me dijo: a ti no te vamos a hacer nada . Y entendí que no se trataba de mí. Era todo el pueblo, todos con miedo de que una bala perdida nos alcanzara en cualquier momento. El miedo paraliza, sí, pero a veces hay que mirarlo de frente, porque las balas no se detienen”. “Defendemos lo que nos queda: nuestro cerro sagrado, nuestros manantiales, nuestras formas de vida”, dice Mokaya desde la orilla de la presa Benito Juárez. Es una tarde fresca, las montañas la rodean como un arco, montañas que han sido mencionadas una y otra vez en conversaciones sobre explotación y despojo. En Agua Fría, la niebla desciende desde las montañas altas y cubre el bosque como una manta gruesa. El aire es fresco incluso al mediodía y el verde parece interminable, un verde que respira. Para entrar al pueblo, sin embargo, se necesita cautela: el conflicto en la zona es permanente, las balas no tienen horario y rara vez se sabe de dónde vienen. Nash es delgada, de andar rápido. No declara abiertamente su disidencia sexual, pero en su comunidad lo saben y la respetan. Tiene una habilidad que en su territorio puede ser virtud o condena: no sabe callarse. Por eso la han amenazado. Por eso ha detenido, más de una vez, el trabajo de su colectiva. “Cuando el ruido se olvida, lo retomo”, dice. Su organización es la primera en trabajar con niñeces en estas condiciones, en un territorio donde las tensiones internas del pueblo See Xánh moldean los límites de lo posible. “Es necesario visibilizar que existimos y que estamos presentes”, precisa Angélica Ayala Galván, especialista en género y defensa del territorio. “Desde ahí nace la reflexión sobre la defensa territorial: entender el cuerpo como primer territorio. La resistencia empieza en lo que hacemos todos los días”. La especialista señala que es importante visibilizar sobre cómo se está resistiendo, desde estas luchas que hacen las “mujeres que gustan a otras mujeres” desde el cuerpo, como primer territorio ante estas violencias presentes en las comunidades originarias. En México, 1 de cada 20 personas mayor de 15 años se autoidentifica como parte de la comunidad LGBTI+ y no binaria, según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Lo que empezó como un juego se convirtió en la defensa del territorio De lejos, el paisaje parece un océano apacible: un azul inmenso que brilla como si fuera mar. Pero no lo es. Es una de las presas más grandes construidas en territorio Biinizá, la misma que en 1961 desplazó a las familias del pueblo Yudxi —“río de arena”— y dejó cicatrices que aún duelen. Desde entonces, los abuelos cuentan cómo la obra modificó para siempre su vida comunitaria: perdieron agua, aunque el tema vuelve cada elección como promesa fácil. “Defendemos lo que nos queda: nuestro cerro sagrado, nuestros manantiales, nuestras formas de vida”, dice Mokaya desde la orilla de la presa Benito Juárez. Es una tarde fresca, las montañas la rodean como un arco, montañas que han sido mencionadas una y otra vez en conversaciones sobre explotación y despojo. Mokaya recuerda que su lucha empezó por el cuerpo —por reconocerse— y luego por el cerro. Este 2025, las tareas cambiaron: cine comunitario, juegos, talleres y conversaciones con otras mujeres para impedir la privatización de El Aguaje, un yacimiento de aguas termales que consideran esencial. “Nos metimos en algo que no imaginamos que iba a abrir otras perspectivas”, dice. “Lo que empezó como un juego terminó siendo una defensa del territorio. Tuvimos que poner el cuerpo, incidir en los bienes comunales, aprender a la mala”. Cuando Nash regresó a su pueblo después de la universidad, empezó a compartir talleres de hongos y lombricomposta para niñeces, mujeres y jóvenes durante los fines de semana. Eran encuentros pequeños, hechos a pulso, que ayudaron a que muchas personas —ella incluida— se sintieran menos solas. La defensa del territorio, cuenta, nació paralela a otra defensa: la de nombrarse, pese a las violencias. A la par, junto a otras personas, comenzaron a proteger uno de los cerros más emblemáticos de Jalapa de Marqués, que estaba siendo invadido y lotificado. “Escuchaba a una persona romantizar los despojos y me enojaba”, recuerda. “Una amiga me dijo: habla tú; si no hablas, nadie va a decir lo que piensas . Desde ahí empecé a tomar la palabra: primero en la comunicación y en el rap, después en las asambleas. Eso me ha sostenido”. Mokaya lo dice con un gesto tranquilo y una sonrisa que se enciende por momentos. En la búsqueda de reconocimiento sobre su cuerpo, aceptación y organización, Mokaya admite que el camino no ha sido sencillo. Pero, junto a compañeras y compañeros, ha encontrado una forma de sostenerse. Cuando se nombra, usa el pronombre elle , que considera más inclusivo. Aun así, prefiere la expresión que circula en su comunidad: “mujeres que le gustan a otras mujeres”. “Fíjate que fui de las primeras personas en hacerme el corte mohicano, por ahí de 2018”, recuerda. “Antes de eso casi nadie se rapaba. Recibía burlas. A veces, en la noche, los vatos me paraban en la calle y me decían: ¿qué te traes? Yo iba caminando tranquila y de la nada sucedía. Era difícil, porque los hombres crecieron con tanta violencia que pareciera que tienen permiso para hacer lo mismo”. Lo dice entre suspiros, pero con una claridad que no se quiebra. Según el informe Homicidios de personas LGBT+ en México, 2024 de la organización Letra Ese, no se registran casos de lesbianas, mujeres bisexuales, hombres bisexuales u hombres trans asesinados ese año. Sin embargo, la ausencia de cifras no implica ausencia de violencia: más bien revela, según el estudio, “la invisibilidad social impuesta a las personas pertenecientes a estos colectivos de la diversidad sexo-genérica”. Entre balas y desplazamiento: el pueblo Ñuu Savi resiste desde la organización Cuando Nash regresó a su pueblo después de la universidad, empezó a compartir talleres de hongos y lombricomposta para niñeces, mujeres y jóvenes durante los fines de semana. Eran encuentros pequeños, hechos a pulso, que ayudaron a que muchas personas —ella incluida— se sintieran menos solas. “Después de pasar por una serie de situaciones violentas en mi vida personal antes de regresar al pueblo, decidí quedarme y buscar otra forma de sobrellevar todo lo que pasa acá”, cuenta desde su casa, rodeada de plantas, árboles, tres perros que la siguen a todos lados y un gato que maúlla desde la entrada. Con el tiempo, ella y las niñeces fueron apropiándose de espacios comunes: la escuela, un terreno despejado donde ahora vuelan papalotes y patinan, un rincón que se convirtió en punto de reunión. Nash también prepara talleres de fotografía para las y los jóvenes, una forma de mirar el territorio con otros ojos. Habla con voz pausada, como si pensara al mismo tiempo en ella y en sus abuelos, quienes escaparon de las balas décadas atrás. En Agua Fría la violencia nunca se ha ido. Sus abuelos eran curanderos, médicos tradicionales del pueblo. “Tal vez eso fue como un escudo de protección”, dice mientras mira un cuadro de su abuela colgado en la pared. De niña recuerda los ladridos de los perros: ladridos largos, urgentes, que anunciaban el cruce de balas de cerro a cerro, en los bosques, a veces dentro del pueblo. Esos ladridos siguen ahí. En Agua Fría Juxtlahuaca —con apenas 200 habitantes, está en medio de pueblos See Xánh, de la zona Triqui Baja de la Mixteca— donde la violencia y el desplazamiento forzado no son excepciones: son parte del día a día. En los últimos cinco años, entre las organizaciones internas de la región triqui, el Movimiento Unificador de Lucha Triqui (MULT), y el Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente (MULTI) han denunciado más de 40 personas asesinadas . Entre sus quehaceres de Nash está el cuidado y reproducción de la lombricomposta. Ella sueña con tener su centro de reciclaje, continuar con el cultivo de hongos y fortalecer los espacios para que las niñeces puedan tener una vida plena y digna, sin miedo, aunque reconoce que es un sueño lejano. Mientras seguimos conversando, respira, y recuerda que en su regreso al pueblo, le quemaron su gato y le dispararon a sus perros, “fue muy duro, me sacudió tanto que me cuestioné qué tan normalizado es la violencia en mi vida”. Según el CEMDA, los asesinatos de defensores ambientales en México aumentaron un 25% en 2024. En tanto, la ONU Mujeres advierte que las mujeres y personas LGBTIQ+ indígenas enfrentan múltiples formas de discriminación que agravan su riesgo. En Oaxaca, esas cifras se traducen en cuerpos que siguen resistiendo. Nash guarda silencio un momento antes de hablar. Luego reflexiona en voz alta: “En un pueblo como el mío, la violencia es estructural y machista. A veces pienso que tiene que ver con nuestra posición geográfica. El municipio recibe muchos recursos, pero nunca llegan a las comunidades. Sólo aparecen en tiempos de elecciones y después los conflictos se agudizan. Es como si quisieran borrarnos del territorio”. Según el CEMDA, en 2024 se registraron al menos veinte eventos de agresión contra personas defensoras, que involucraron a setenta y siete activistas ambientales y del territorio. La cifra no sorprende ni a Nash ni a Mokaya. Esta última insiste en que las violencias se producen de manera escalonada desde el Estado: permiten proyectos como la construcción de la presa o impulsan iniciativas como la planta hidroeléctrica que, hasta hoy, no se ha instalado en Jalapa de Marqués porque las familias se han negado a aceptarla. A estos despojos se suma otra capa de vulnerabilidad: la que recae sobre las personas de la disidencia sexual, expuestas a estigmas y estereotipos que atraviesan la vida cotidiana. “La estigmatización de la diversidad ha provocado que, en muchos ámbitos, se reproduzcan patrones de discriminación”, señala la ficha técnica sobre discriminación por orientación sexual, características sexuales e identidad y expresión de género, elaborada por la Secretaría de Gobernación y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred). La ONU Mujeres, en su informe de 2024, añade que las mujeres, niñas y personas de género diverso —incluidos hombres y mujeres trans— enfrentan múltiples formas de discriminación. Y advierte que entre las más expuestas se encuentran las mujeres LGBTIQ+ afrodescendientes o indígenas, las migrantes y refugiadas, y aquellas con discapacidad: grupos donde el riesgo de vulneración de derechos se incrementa de manera alarmante. La especialista Angélica Ayala Galván, prefiere usar una expresión local, nacida desde las propias comunidades originarias: “mujeres que les gustan a otras mujeres” . Explica que, aunque en algunos pueblos existe cierta apertura, en otros persisten tabúes y silencios en torno a las personas sexo diversas. Por eso —dice— nombrarse es necesario: permite afirmar la identidad desde los contextos propios y no desde categorías externas. Para su investigación utiliza esta expresión, aun cuando políticamente se acerque al término “lesbianismo”. Desde allí enfatiza la importancia de la identidad: la disidencia sexual existe en los territorios, lucha y defiende el agua, los cerros y la vida misma. Y, sobre todo, se autorreconoce como parte del territorio que protege. “Es necesario recuperar los términos de cada comunidad, un proceso de descolonización desde lo local”, señala. “Ser lesbiana es una categoría central, sí, pero en las comunidades se vive distinto. No usan esa palabra: dicen: mujeres que les gustan las mujeres ”. Cuando se les pregunta a Mokaya y a Nash cómo se nombran, la respuesta llega rápido: “Pues me gustan las mujeres. No sé si eso tenga una categoría”, dice Nash. “En el pueblo no se habla de eso, pero la gente lo sabe”. Mokaya coincide: “Me gustan las mujeres”, afirma sin titubeos. Reconoce que ese proceso ha sido violento y doloroso, pero también necesario para desmontar la estigmatización hacia las personas de la disidencia sexual. Nombrarse en los pueblos originarios es complejo, incluso cuando la comunidad es consciente de que alguien no encaja en la identidad o expresión de género “normativa”. Mokaya lo ha vivido en carne propia: “Los ataques que he tenido van hacia mí como persona. Está esa idea de que ser de la banda sexo diversa es malo. La palabra que usan es machorra , una narrativa violenta”. Lo dice mientras su madre escucha la conversación desde una hamaca cercana. Demostrar constantemente quién es para ser respetada o validada se ha vuelto agotador. “Como si el simple hecho de ser no bastara. A veces es frustrante, incluso en espacios de defensa del territorio, aunque la defensa nos mueva a todas y todes”, admite. Nash agrega que, en su comunidad, la diversidad no convierte a nadie en más o menos. “Todas, todos y todes luchamos por sobrevivir porque las balas no tienen sexo. No importa cómo te llamen: la defensa es necesaria para proteger tu cuerpo, tu vida y la de las niñeces”. Hasta ahora, ninguna organización ni institución gubernamental cuenta con datos desagregados sobre defensoras y defensores del territorio pertenecientes a la diversidad sexo-genérica. Aun así, Mokaya y Nash —como mujeres que les gustan a otras mujeres — se reconocen entre ellas y van construyendo, paso a paso, nuevas formas de nombrarse desde sus comunidades. La defensa del territorio no tiene género, pero sí cuerpo y nombre: los de quienes resisten cada día frente a los despojos. *Este texto se realizó con la colaboración de IWMF, una fundación internacional que vela por la presencia de periodistas mujeres y no binarias en medios de comunicación
- Aracelly Brito: la madre que convirtió una pérdida en un derecho
En 2021, Chile dio un paso histórico al reconocer el duelo gestacional y perinatal como una experiencia que atraviesan miles de mujeres. La Ley Dominga busca asegurar acompañamiento emocional y un trato digno para quienes enfrentan esa pérdida. Cinco años después de la muerte de su hija, Aracelly Brito —impulsora de la ley— cuenta en esta entrevista cómo se ha ido recomponiendo y cómo convirtió su dolor en un acto de amor colectivo. En septiembre de 2020, Aracelly vivía un embarazo que describe como perfecto: sin complicaciones, atenta a cada crecimiento y cada movimiento de su hija, Dominga Catalina. Pero en la semana 36 algo cambió. Notó que la bebé se movía menos y buscó ayuda una y otra vez, sin obtener respuesta del personal médico. Llamó cerca de veinte veces a su matrona para expresar su angustia, pero sus temores no fueron atendidos. Ese miedo no era nuevo. Un año antes, en 2019, Aracelly había perdido a su hijo Julián a las nueve semanas de gestación. Era un duelo reciente, todavía abierto, y por eso sabía reconocer cuando algo no estaba bien. Aun así, volvió a enfrentarse a la desatención del sistema de salud: esta vez, en un embarazo avanzado y crucial. Impulsada por una corazonada, decidió hacerse una ecografía. Allí le informaron que Dominga tenía arteria umbilical única, una condición de riesgo que nunca había sido advertida. Esa misma noche comenzó a sangrar y acudió de urgencia a la clínica, donde le comunicaron que su hija ya no tenía latidos. Aquel momento no solo marcó el inicio de un duelo profundo, sino también la convicción de que ninguna mujer debía vivir lo que ella había atravesado dos veces: la pérdida y el trato deshumanizado del sistema. “La Dominga vive en el aire que respiro”, dice hoy Aracelly Brito al recordar a su hija. Con los años aprendió a maternar de otra manera, sin tenerla físicamente. “Desde que ella partió, pensé que mi vida había acabado, pero la verdad es que mi vida empezó”, confiesa. Cada día resignifica su historia y el nombre de Dominga, la niña que inspiró una ley y un movimiento que cambió la forma en que Chile acompaña a las mujeres y familias que enfrentan una pérdida gestacional. Pero transformar el duelo en un propósito no fue inmediato. Tras la muerte de su hija, Aracelly atravesó un periodo de profunda vulnerabilidad e incomprensión. Durante su hospitalización sintió un trato deshumanizado por parte del sistema de salud. “Sentía que me lo merecía por haber parido un hijo muerto”, recuerda. “Con el tiempo entendí que, si el trato hubiera sido distinto, si hubiera tenido más recuerdos de la Dominga, mi duelo habría sido más llevadero”. Fue entonces cuando comprendió que no quería que ninguna otra mujer viviera lo que ella estaba atravesando. Pensó en sus hermanas, en sus amigas, en todas las madres que podrían pasar por esa pérdida sin acompañamiento ni respuestas. “Me dije: si a alguien más le pasa, que no sea así. Que puedan despedirse de su hijo, que haya consuelo.” Ese impulso se convirtió en su bandera de lucha. El inicio de la catarsis Sin contactos políticos ni experiencia en el mundo legislativo, Aracelly comenzó a escribir a parlamentarios pidiendo apoyo. Nadie respondió, hasta que una persona le consiguió una reunión con la entonces senadora Marcela Sabat, quien también había vivido una pérdida gestacional. Esa coincidencia abrió una alianza inesperada. “Ella me entendió; me dijo que me iba a apoyar, pero que tenía que hacer visible mi historia porque nadie me conocía”, recuerda Aracelly. A partir de ese momento, se atrevió a compartir su experiencia en redes sociales, sorteando el miedo a la exposición. Fue la propia senadora Sabat quien propuso el nombre Ley Dominga. “Al principio me chocó —dice Aracelly— porque me parecía muy fuerte que una ley llevara el nombre de mi hija. Hoy lo agradezco: es un homenaje a ella.” El proyecto avanzó con rapidez y fue promulgado en 2021. La ley garantiza acompañamiento emocional, establece protocolos hospitalarios para evitar que las madres enfrenten situaciones dolorosas y exige la creación de espacios adecuados para vivir el duelo con dignidad. “Las matronas se unieron con mucha fuerza. Muchas ya querían hacer su trabajo de manera más humana, pero el sistema no se los permitía. La ley les dio respaldo y esperanza.” Con los años, Aracelly observa con orgullo los cambios obtenidos. “Las familias ahora pueden tener recuerdos, fotos, despedidas. Y eso cambia todo. Antes no se hablaba de esto; ahora sí. Hoy las madres nombran a sus hijos, los reconocen. Ya no hay vergüenza.” Sin embargo, también identifica brechas pendientes. “La ley salió sin recursos. No hay psicólogos especializados ni un seguimiento psicoemocional real. Tampoco existe una bajada comunicacional del Estado. Muchas familias no saben que esta ley existe hasta que les pasa”, lamenta. Desde su rol en la Fundación Ley Dominga, Aracelly acompaña a otras madres que enfrentan ese dolor. Allí han formado distintas “tribus de duelo”: mujeres que acaban de perder a su bebé, otras que están en proceso de sanación y quienes esperan un “bebé arcoíris”, como se llama a los hijos que llegan después de una pérdida. “Las monitoras son mamás que ya pasaron por este proceso y ayudan a las demás. Ellas sanan acompañándolas.” Luz después del dolor Aunque el trabajo emocional ha sido intenso, hoy Aracelly se siente en paz. “Ya no necesito nombrarla todo el tiempo. Lo importante es cómo la siento, cómo la vivo. La tengo en mi piel: respiro y vivo a Dominga. Todo lo que hago gira en torno a ella.” Años después de la promulgación de la ley, su propósito mantiene la misma firmeza con la que comenzó esta lucha, pero ahora convive con una serenidad que solo llegó con el tiempo. Aracelly Brito resignificó su historia, transformó el duelo en propósito y convirtió el nombre de su hija en un símbolo de amor y dignidad para miles de mujeres en Chile. A cuatro años de la entrada en vigencia de la Ley Dominga, la vida de Aracelly está marcada por la calma y la continuidad de su misión. Hoy tiene un hijo adolescente, una hija de tres años y un hogar que procura mantener a salvo del dolor cotidiano que acompaña su labor en la fundación. “Trato de dividir los tiempos para que, cuando estoy con ellos, estar cien por ciento con mi familia. Me cuesta, pero lo intento, y ellos me entienden y me apoyan”, asegura. Su esposo, quien la acompañó en todo el proceso legislativo, sigue siendo un pilar fundamental, aunque Aracelly intenta protegerlo de la carga emocional que implica escuchar historias de duelo todos los días. “Ellos ya estuvieron muy involucrados y también les afectó. No quiero que estén todo el tiempo dando vueltas en el dolor, por eso los resguardo bastante”, explica. El tiempo también le enseñó a protegerse a sí misma. “Al principio escuchaba todas las historias sin ningún resguardo, y al tiempo me pasó la cuenta. Ahora lo tomo de otra manera; siento esperanza cuando llegan mujeres nuevas, porque significa que están buscando ayuda.” Lo que comenzó como una extensión de su propio duelo se convirtió en una comunidad viva donde las madres sanan acompañándose. “Mi sueño es que siga siendo un lugar seguro, sin estudios ni intervenciones externas, solo un espacio genuino de amor entre mujeres que se entienden sin explicaciones.” Hoy Aracelly habla de su historia con una serenidad que antes no imaginaba. Su voz es pausada, su mirada firme. Dice que el tiempo le permitió mirar el duelo desde otro lugar y entender que el dolor también puede transformarse. Lo convirtió en acompañamiento, en red y en una forma de entregar esperanza. Desde la fundación escucha, orienta y ofrece aquello que alguna vez buscó para sí misma. En cada madre que sostiene, Dominga sigue presente. La vida hizo que Aracelly descubriera que el amor no se apaga con la ausencia. Su día a día transcurre entre la memoria de su hija, el trabajo con otras mujeres y el calor de su familia. Esos son los motores que le enseñaron que, incluso en el dolor más hondo, puede nacer algo luminoso. La Ley Dominga garantiza que: Los profesionales de la salud deberán explicar de forma adecuada al padre, madre y personas significativas sobre el fallecimiento de su hijo o hija, y los procedimientos a realizar. Contar con asistencia inmediata y seguimiento multidisciplinario (matrona, psicólogo y psiquiatra). Toda pérdida de un hijo o hija, independiente de las semanas de gestación u horas de vida, debe ser reconocida; identificando datos del nonato o neonato, como nombre, peso, estatura, sexo y hora de nacimiento. Pacientes que viven este proceso no sean hospitalizadas en las áreas de maternidad de los centros de salud, evitando tener contacto con recién nacidos. Autorizar a un acompañante durante procedimientos de legrado, ameu, inducción de parto o cesárea. Si el recinto lo permite, los controles posteriores se realizarán en salas aisladas o en horarios en los que no haya mujeres embarazadas o madres con sus recién nacidos. Brindar espacios de contacto digno y apropiado con la hija o hijo fallecido para iniciar el proceso de duelo. Permitir mirarlos, acunarlos o tomar registros de foto o video. En caso de muertes en el tercer trimestre de gestación, ofrecer la opción de disponer de los restos ovulares. Siete días el permiso laboral en caso de muerte gestacional y a 10 días ante la muerte neonatal de un hijo. Asegurar que las mujeres o personas gestantes con antecedentes de muertes perinatales tengan acceso a acompañamiento de un equipo de duelo perinatal en las siguientes gestaciones.
- Catherine Lacey: “La ternura es lo único que puede sostenernos en un mundo que ya no se puede explicar”
La autora de 'Biografía de X' conversó sobre cómo sobrevivir al desorden del mundo: aprender a amar sin rigideces, escribir sin miedo, dar saltos de fe y construir una casa donde aún sea posible la ternura. Catherine Lacey habla con la calma de una viajera que ha atravesado varios naufragios y ha logrado, por fin, llegar a una orilla propia. Vive en México hace algunos años y está aprendiendo un idioma nuevo a los cuarenta. “A veces estoy hablando y me pregunto cómo sé esa palabra”, dice, riéndose de su propio proceso. La risa, en ella, es un síntoma de alivio. En esta entrevista habla de fe, rupturas, escritura, amor y la fuerza de la ternura. También de lo que significa mudarse de país, ponerle un nombre nuevo a las cosas y reconstruirse después de una vida que, en algún momento, se quebró en público. En Lacey hay una mezcla poco común de lucidez y suavidad: habla de sus fracasos y de sus triunfos, de la fe sin religión y de la escritura sin romanticismos. Desde su debut con Nunca falta nadie (Alfaguara, 2014), incluido entre los mejores libros del año por The New Yorker y Vanity Fair , hasta la reciente The Möbius Book (2025), Lacey ha ido consolidándose como una fuerza literaria única. Su última creación, Biografía de X (Alfaguara, 2024), es ganadora del Premio Brooklyn Library y fue seleccionada entre los mejores libros del año por The New York Times y The New Yorker . Quizá, como ella misma sugiere, todo lo que sostiene una vida (una pareja, un libro, un idioma nuevo) es el mismo gesto: una fe pequeña y persistente en aquello que no se puede demostrar. —En varias entrevistas mencionas tu pasado religioso. ¿Aún ves un vínculo entre religión y amor? “Sí. Aunque el cristianismo conservador en Estados Unidos puede ser una maquinaria de control, yo también encontré allí algo que no puedo negar: comunidad, afecto, un tipo de amor. Si separas la filosofía de las manos humanas que la manipulan, casi todas las religiones parten del amor. La teoría es luminosa; lo que la oscurece somos nosotros". —¿Es posible vivir sin creer en nada? “No lo creo. Y no hablo solo de religión. Creemos todo el tiempo: en las personas, en nuestras decisiones más imprudentes. Cuando te mudas con una pareja a otro país, no tienes pruebas científicas de que funcionará. Solo intuiciones, pequeñas luces. Yo fui una creyente absoluta: cielo, infierno, Jesús, todo. Y un día se desmoronó. Después me volví atea de manual: rígida, literal, obsesionada con lo demostrable. Y así desconfié de todo. Pero la vida no tolera ese tipo de rigidez. No podemos vivir únicamente de lo que se puede probar. Ese no es el proyecto humano". —Últimamente se habla de la escritura como herramienta de sanación. ¿La ves así? “No exactamente. Lo que sana es ser visto. Por eso funciona la terapia. Yo tuve un terapeuta que literalmente me cambió la vida. Hablar, ser escuchada, que alguien sostenga lo que dices… eso te reorganiza por dentro. Quizás publicar hace algo similar, no porque cure, sino porque te transforma la relación con lo que escribiste. Te obliga a mirarlo desde afuera". —¿Vivir como extranjera ha cambiado tu escritura? “Estoy segura de que sí, aunque todavía no sé exactamente cómo. Empecé a aprender español casi a los cuarenta,. Los primeros meses era como una niña de dos años preguntando ‘¿por qué?’ sin parar. Para aprender un idioma tienes que soltar el control, dejar que algo entre sin saber cuándo. Y a veces estoy hablando y pienso: ‘¿Cómo sé esta palabra?’ México me obligó a suavizarme. El español mexicano es hermoso, juguetón, lleno de humor. Es otro tipo de ritmo". —Has hablado de tu divorcio. Ahora estás en otra relación. ¿Qué es el amor para ti hoy? “Ha cambiado muchísimo. En mis veinte intenté sostener una relación que terminó en divorcio, aunque nos queríamos. Yo pensaba que bastaba con que dos personas fueran ‘buenas’. Pero no. Puedes enamorarte profundamente de alguien bueno y que resulte pésimo para ti. Y tú para esa persona. No sé si hoy tengo una definición de lo que es el amor. Más bien tengo una intuición: dejé de necesitar tener razón. Antes, cuando discutía, pensaba: ‘Estoy en lo correcto, necesito que veas el mundo como yo’. Ahora no me importa. Hoy solo quiero ser la persona más dulce para mi esposo. Y él intenta lo mismo conmigo. Nada me hace más feliz que hacerlo reír". —¿La vulnerabilidad cambia con el paso de los libros? “Mi primer libro fue terrible… no el libro, sino la experiencia. No quería que mi familia lo leyera. Pensé incluso en publicar con un seudónimo. Y cuando un libro sale, ya está: no puedes borrarlo, no puedes editar el pasado. Ahí queda, fijo. Con el tiempo aprendí a separar lo público de mi trabajo. Leo reseñas porque me interesa cómo circula un libro en el mundo, pero no dejo que eso determine lo que escribo. Si te crees lo bueno, también tendrías que creerte lo malo. Prefiero no creer nada: solo observar". —¿Hay algo que te asuste hoy? “Estar en una relación sana me ha protegido del mundo. La primera presidencia de Trump coincidió con una relación terrible para mí, y absorbí ese horror como si fuera el mismo. Pensaba: ‘Esto es lo que merezco’. Fue un tiempo muy oscuro.. Ahora pienso mucho en Gaza. Es insoportable saber que algo así vuelve a ocurrir. Quiero estar informada, dar lo que pueda, pero sin pasar por encima de mis límites. Lo único que realmente puedo controlar es mi casa. Hacer de mi vida doméstica un lugar cálido, tierno. Eso es lo primero. He visto activistas con discursos impecables que tratan mal a quienes tienen cerca, que replican jerarquías emocionales horribles dentro de su propia casa. Yo ya no quiero eso en mi vida. Todo empieza por cómo cuidas a tu gente. La ternura es lo único que puede sostenernos en un mundo que ya no se puede explica".
- Villa Nacimiento cumple 30 años en 12m2
En 1992, el Estado entregó cientos de casetas a familias vulnerables en La Pintana, destinadas a ser viviendas sociales temporales. Sin embargo, más de 30 años después, muchas de estas aún siguen en pie. Su construcción precaria ha provocado numerosos accidentes debido a los materiales inflamables y de baja calidad, mientras que las angostas calles dificultan el acceso de los servicios de emergencia. A pesar de la existencia de un Plan de Regeneración de Conjuntos, los residentes temen perder su pequeño logro: los doce metros cuadrados que consideran su hogar. El 15 de junio de 1992 se inauguró la Villa Nacimiento: un terreno de tres hectáreas con 356 viviendas de 12 metros cuadrados, ubicada al nororiente de La Pintana. El conjunto de viviendas es parte del Programa de Vivienda Progresiva, creado en 1990, que tenía como objetivo dar una casa de emergencia en un periodo rápido de tiempo a familias vulnerables. Implementado con el retorno de la democracia, en pleno gobierno del presidente Patricio Alwyn, una de las ideas era proteger a los ‘allegados’, es decir, las familias que vivían de manera transitoria en una casa o espacio ajeno. Para esa época, según la Ficha de Clasificación Socioeconómica Nacional (CASEN), se estimaba que de tres millones de hogares en nuestro país, 1,4 vivían bajo esta condición. A una de estas casas, en el pasaje Río Cogotí, llegaron Jimena Castro (64), Pedro Quinteros (67) y sus tres hijos. Eran allegados en Cerrillos, donde la familia de su marido, hasta que consiguieron esta vivienda temporal. Al momento de recibirla, Jimena recuerda que el impacto fue devastador: “ Cuando vi la casa quería devolverme, no sólo por lo incómoda, sino porque era helada y húmeda ”, Pedro asiente, “ no eran casas, eran un cajón puesto para arriba de puros cartuchos. Nos acomodamos con una camita, una mesita y dos sillas. Era todo lo que cabía ” Katherine Pérez (60) , actual secretaria de la junta de vecinos, llegó al barrio cuando tenía 20 años, esperaba un hijo y se instaló con su marido en uno de los pasajes. Al igual que Castro y su familia, ellos vivían como allegados en la casa de su suegra en La Cisterna. “Me sentí vulnerada, ya que me entregaron un cuadrado donde tenía que acomodarme. Fue muy denigrante, porque era como: ‘arréglate como puedas’ (...) Era super inseguro en ese tiempo, porque cuando las casas estaban siendo entregadas, venían a robar de otros sectores.” En 1983, el Estado con ODEPLAN, eliminó toda estandarización de vivienda, limitándose a controlar normas mínimas para garantizar el derecho de las personas a condiciones de seguridad y salubridad, evitando regulaciones que restan flexibilidad y agregan más costos. Ante esta situación, empresas privadas, otorgaron menos presupuestos y estándares a las viviendas sociales, con el resultado de que en 1989, 330.000 hogares eran materialmente deficitarios y 360.000 tenían precarias condiciones sanitarias. Katherine dice que estas casetas en verano son insoportables, no hay luz natural y ni aislamiento para el calor. Además, lo que más le acompleja en esta fecha son las plagas, ya que Villa Nacimiento colinda con un sitio de pastizales, que está muy cercano a campos agrícolas. Claudia dice: “hay muchos bichos, ratones, pulgas y garrapatas ”. La vecina agrega que “como esto era un tranque y estamos cerca de la línea de La Platina, en ese tiempo plantaban choclo y papas, entonces los roedores, eran habituales. Hoy no es muy diferente. Siempre se ha tenido que luchar contra alguna plaga”. Las casas están hechas de vulcanita y cholguán, un material relativamente barato, pero altamente inflamable. “El piso era de cemento, las casas no tenían rejas, las divisiones con los vecinos eran de alambres, el patio era un pastizal y las ventanas de cholguán eran un cajón que tenía bisagras arriba y la abríamos con un palo. No había segundo piso, tú tenías que poner el piso y la escalera”, dice Katy. Para el 96 los propietarios empezaron a levantar segundos pisos en sus viviendas. Actualmente Katy señala que “ en cada ‘nave’ hay 6 casas, y sus divisiones son con material ligero. Nosotros, en el segundo piso estamos separados por vulcanitas, las puertas son de cholguán, y el techo es de nylon o pizarreño ”. Ante el material utilizado en las ampliaciones de los vecinos, sin tener conocimientos de construcción, se provocaron recurrentes incendios. El más recordado es el de Nochebuena del 95, un siniestro en el pasaje Río Cogotí en donde murieron dos niños. A uno lo sacaron entre sábanas y frazadas, y después lo dejaron al medio de la calle porque seguía vivo. "En ese momento, yo era chica y lo vi todo quemado. Después de eso, que apagaron el incendio, encontraron el cuerpo de su hermanita quemado abajo de la cama”, dice Claudia Vargas , una de las vecinas que llegó en el 92 junto a su familia al barrio. Jimera recuerda que un caso muy parecido pasó después con dos escolares: “Uno de ellos venía del colegio y, estando en la casa cuando empezó el incendio, quiso arrancar pero quedó enganchado en la cama. Yo me acuerdo que vi el cuerpo completo quemado con el uniforme”. Ante la ampliación desmedida en el sector, Pablo Arellano (34), arquitecto, socio de 6280 y experto en proyectos urbanos sociales para el Estado, dice que “la gente que hace autoconstrucción, no conoce la normativa vigente, no son arquitectos, entonces a veces llegan y construyen sin tener conocimientos”. Esto, aparte de los incendios, genera que los servicios de emergencia no puedan entrar a los pasajes por lo angostas que quedan las calles, sumándole los autos estacionados, las piscinas al medio de los pasajes en verano, y la ampliación de antejardines y estacionamientos. Jimena confirma: “ Las ambulancias no pueden entrar, entonces tienen que llevar al enfermo a la esquina ”. Según el diagnóstico del equipo de renovación urbano de Villa Nacimiento del Servicio de Vivienda y Urbanización (SERVIU), el 99% del conjunto habitacional tiene ampliaciones por la necesidad de espacio. El 97% de estas son autoconstrucciones y el 2% corresponde a contratación para realizar los trabajos. Esto, en respuesta a la “poca iluminación en las casas”, según Pedro. Claudia cuenta que “todos tenemos experiencia en los siniestros. A veces ni siquiera llegan los bomberos, y la gente ya tiene todo apagado. Hay vecinos que se encargan de los niños, otros guardan los enseres de los que fueron damnificados, otros son más arriesgados, están por el techo y rompen paredes”. Desamparados Patricia Aravena (54) , dueña de un almacén de barrio, y Lidia Zapata (67), llegaron en 2012. Ambas venían de los blocks de Arriagada en Santo Tomás, los cuales fueron expropiados y demolidos por fallas estructurales. Junto a ellas, llegaron también nuevos vecinos, lo que proporcionó más problemas al sistema de servicios básicos del sector, como lo es la presión del agua. Patricia señala: “es muy poca el agua caliente que nos llega porque hay muy baja presión. Hasta las 10 hay que bañarse, después de las cinco en invierno no te llega”. Otro problema, que va relacionado con la masificación de la Villa en conjunto con la apertura de la Caletera Sur, es el sitio eriazo de La Platina, que en este último tiempo se ha convertido en un basural. Lidia dice que “aquí hay camiones y camionetas que tiran basura. El otro día, venía un furgón lleno de colchones y justo los pilló la paz ciudadana. De repente se toman el lugar y hacen casuchas”. El mismo periodo en el que llegaron Lidia y Patricia, en la calle Recoba con Río Cogoti, a la entrada de la Villa, se expropiaron un centenar de casas por la remodelación de la Caletera Sur. Además, junto a ello, sacaron la junta vecinal que tenían y una plazoleta. El 2014, expropiaron en la misma manzana más casas, en donde hoy en día, en ese mismo terreno, hay una cancha de fútbol, en el que niños arman campeonatos con equipos de otras villas, un contacto entre otros sectores que se había perdido por la construcción de la Caletera. Ante todos estos problemas que surgieron durante esos años, Pedro señala que: “El alcalde que teníamos antes, Jaime Pavés, nunca vino a la villa. Ese día que a nosotros nos dijeron que iba a venir el alcalde, nunca llegó”. Patricia, ante esto, asegura: “los alcaldes que hemos tenido, siempre han sido pencas, nunca han estado con nosotros”. También Lidia dice que “la alcaldesa que hay ahora, es peor que el de antes, porque cuando fue la pandemia, jamás ayudó a la población”. En 2018 se planteó el Programa de Regeneración de Conjuntos Habitacionales, que buscó responder a las necesidades de conjuntos habitacionales en situación más crítica. Para ello, el programa se basó en 5 fases: La 0, es crear una Mesa Técnica Territorial. La 1, es generar un Plan Maestro. La 2, es acordar junto a la comunidad el Plan. La 3, es la Ejecución del Plan Maestro, el cual en este caso es la creación de 55 viviendas, crear más caminos con conectividad y expropiar viviendas. Y por último la 4, que es consolidar la organización comunitaria. En relación con este, la villa está dividida. Según el arquitecto Pablo Arellano, este plan es una muy buena solución, ya que el expropiar, demoler, y construir viviendas buenas crea una mejor calidad de vida, evita hacinamiento, humedad e incendios, ya que hoy en día hay más normativas tanto en metraje, materiales y habitabilidad. Pero, según otros vecinos, este plan nos les juega a favor. Por ejemplo, Lidia dice que “ hay gente que no les gustaría que les demolieran la casa porque es el sacrificio de toda su vida, en donde las fueron construyendo de a poco ”. Jimena señala que “el problema es la gente que va a llegar”. En este caso, Katy está de acuerdo con el programa, ya que se entregará una vivienda más digna a la gente, pero a su vez señala: “Se está tomando demasiado tiempo ya, llevamos 5 años con pocos avances, y eso intranquiliza a la gente”. El 12 de agosto de 2021 se contabilizaron un total de 92 casas para su expropiación, sumando un total de 6.634 m2 de terreno, para la construcción de viviendas sociales. El arquitecto ante esta situación señala: “Uno entiende que la gente no se quiere ir porque invirtió plata. Pero, hoy en día existen políticas de vivienda más estrictas que en los 90’. De todas maneras las condiciones serán mejores, ya que hoy, hay normas de iluminación y de distanciamiento entre casas, y son cosas que en el año 92 no se hicieron. Hay un sentimiento de pertenencia, pero como Estado, se necesita entregar mejores condiciones que en las que están ahora, independiente de que ellos quieran o no”. En respuesta de esto, los vecinos señalan: “A nadie le importa que las calles estén rotas, que no tengan conectividad, y que sean estrechas. Nos tienen a la deriva, entonces se perdió el respeto”. - Claudia. “Tendría que juntar más plata entre familiares, y mi casa, ya no sería mi casa, y viviría de allegada. Ya no tendría mi espacio propio y no tendré la paz que tengo. Si al final, la plata no hace la felicidad”.- Jimena. “Estoy dispuesta a cambiar todo esto, porque vendrá algo mejor que lo que tiene, pero el problema es el tiempo”- Katherine. “Tú no sabes con qué gente vas a quedar acá”-Lidia. Pedro y su pareja, Patricia, ampliaron su casa sacando préstamos del banco, sus retiros del 10%, créditos y, obviamente, trabajando el doble. “Yo de aquí salgo muerto”, dice él.
- El relato de las chilenas al interior de la Global Sumud Flotilla
Zarparon desde Barcelona en una flotilla civil con destino a Gaza. Querían romper el bloqueo israelí y entregar ayuda humanitaria. Terminaron detenidas en una cárcel de alta seguridad. Esta es la historia de dos mujeres que enfrentaron, en altamar, el peso de un Estado armado. El 31 de agosto de este año, zarpó la Global Sumud Flotilla rumbo a Gaza. Cuarenta y dos barcazas, 462 personas, 57 países. Una flota civil con una misión imposible: atravesar el bloqueo que Israel mantiene sobre Palestina. Entre los pasajeros iban dos mujeres con acento sueco y memoria chilena. Esta es la historia de Marita Rodríguez y Lorena Delgado en su odisea por la libertad. *** Lorena Delgado Varas tenía seis meses de edad cuando llegó a Suecia. Era 1974. Su familia huyó de un Chile recién herido por el Golpe. Su padre había saltado la cerca de la embajada argentina en busca de asilo y fue recibido por un uruguayo de origen palestino, Natalio Dergan. “Así de alguna forma Palestina siempre nos ha acompañado”, dice Lorena, que creció en un país de largos inviernos blancos. Décadas después, la causa palestina volvió a cruzarse en su camino. Junto a la organización March to Gaza , intentó una vez llegar caminando desde El Cairo hasta Rafah, la frontera con Gaza. Quería abrir un paso, siquiera simbólico, hacia un territorio cerrado por la fuerza. No lo lograron. “Cuando volvimos a Suecia se empezó a planificar la segunda ola. Se juntaron distintas organizaciones que habían tratado de llegar y se entendió que lo que hacía falta era una flotilla grande, que llegara hasta Gaza”. Una semana antes de zarpar, le confirmaron su lugar. Viajó desde Estocolmo hasta Barcelona, donde recibió instrucción para una travesía de tres mil kilómetros en una barcaza. En su barco viajaban veinte personas. Repartían las tareas: algunos cocinaban, otros navegaban, otros escribían informes. Lorena cocinaba y comunicaba. Informaba sobre el avance de la flotilla, hablaba con periodistas, con medios alternativos, con quien quisiera escuchar. De noche hacían guardia, por si venía un ataque. En Túnez, dos embarcaciones fueron alcanzadas por explosivos. Una estaba junto a la suya. Luego, en altamar, vio una luz que rajó la oscuridad y un ruido seco, metálico. Dos bombas explotaron a los costados de su barco, pero no llegaron a tocarlo. El silencio del mundo hacía más ruido que las bombas. Sólo España e Italia ofrecieron ayuda a la flotilla, “pero tampoco fue una protección real, no sirvió para abrir el camino legal hacia Gaza”, dice Lorena. Aun así, algo la sostuvo: la unión improbable entre desconocidos. Activistas del norte y del sur, de orígenes distintos, acentos extraños y niveles de vida opuestos. “Fue muy bonito ver cómo, a pesar de venir de lugares tan distintos, podíamos trabajar juntos. Encontrar puntos comunes”, recuerda. Luego vino la noche. El mar en calma. No podían comunicarse con nadie. No sabían cuándo ni desde dónde llegaría el ataque. Después, la rabia. “En ningún momento de la historia se ha permitido que un país ataque así, en aguas internacionales, a una flotilla pacífica que lleva ayuda humanitaria. No tiene sentido”, denuncia. En piloto automático rumbo a Gaza A medida que se acercaban a Gaza, crecía la esperanza. Pero el radar la borró. El capitán vio trece barcos de guerra formando un muro frente a ellos. Tenían una hora, quizá menos, antes del choque. Guardaron sus cosas, se pusieron los chalecos salvavidas y esperaron. No vieron venir los tres barcos que los rodearon por los costados. “Nos dimos cuenta demasiado tarde. Encima pasó un dron y nos cortó la comunicación.” Se sentaron en la popa, en silencio. Los soldados israelíes les gritaron que detuvieran el motor. Nadie obedeció. “Ahí sentimos que ya no lo íbamos a lograr. Pero pusimos el barco en piloto automático, para que siguiera rumbo a Gaza, pasara lo que pasara.” La toma fue rápida. Los militares subieron con fusiles, amenazaron a una de las organizadoras (la encargada de hablar con ellos)y obligaron al capitán a mostrar cómo funcionaba el motor. Los obligaron también a arrodillarse en la proa. Así, durante horas. El mar seguía moviéndose bajo ellos, pero nadie se atrevía a mirar. El dolor en las rodillas, el frío del metal, el cansancio. Una de las mujeres pidió permiso para recostarse. Los soldados accedieron. El espacio era tan estrecho que algunos quedaron con las piernas colgando fuera del barco.“Estábamos como sardinas ahí adelante”, dice Lorena. “Era muy inseguro, y los israelíes iban muy rápido sobre la cubierta. Fue un momento de mucho miedo”. Pasaron la noche así. De rodillas y en silencio. Al amanecer, cuando el puerto de Ashdod apareció en el horizonte, los hicieron levantarse otra vez. Caminaron hasta la popa y esperaron. El barco seguía avanzando, pero ya no era suyo. A 60 kilómetros de Gaza En el puerto siguieron los malos tratos: “Me quitaron el pasaporte”, dice Lorena. “Y me obligaron a caminar con los brazos atrás y la cabeza agachada, casi arrastrándome. Nos hicieron arrodillar de nuevo, esta vez con la frente contra el suelo. Hacía mucho calor. El cemento ardía. Algunos compañeros, los que iban con poca ropa, se quemaron la piel.” Firmó un papel para ser deportada cuanto antes, pero igual la llevaron a prisión. El recibimiento fue brutal. Ella cuenta que les tiraban del pelo, las empujaban al piso, las pateaban. Les quitaban los zapatos. Las llamaban putas, asesinas, terroristas. No había agua potable. Varias activistas enfermaron. Nadie las atendió. A las mujeres musulmanas las obligaron a desnudarse. A Lorena, diabética, le negaron los medicamentos. “Nos levantaban en la noche”, recuerda. “Entraban con linternas, nos hacían pararnos, luego acostarnos otra vez. Afuera, los soldados apuntaban con láseres a nuestras cabezas” En la celda encontró un rosario hecho con migas de pan. Y una carta: un niño le escribía a su madre, decía que llevaba seis meses detenido y que estaba enfermo. En los muros, en el suelo, en los objetos mínimos, quedaban señales de quienes habían pasado antes. “Fue impactante. Uno sabía que era una de las peores cárceles, pero ver las huellas, las marcas, entender que nuestro trato era más ‘humano’ solo porque no éramos palestinos… eso fue lo más duro. Allí también encierran niños. Y ellos la pasan mucho peor.” Cuando los liberaron nadie sabía si realmente estaban todos. Los soltaron en grupos. Lorena recuerda la angustia: “Tenía mucha preocupación por los compañeros que venían de países árabes o que tenían ascendencia palestina, porque a ellos los trataron mucho peor. Corrían más riesgo si quedaban solos”. Lo que más le dolía no era solo lo que había visto, sino lo que el mundo no veía. “El hecho de que no haya reacción ante los niños y adultos palestinos asesinados es parte del racismo estructural que se reproduce en todos lados”, dice. “Nosotros sufrimos racismo en los países ricos, por ser sudacas. Y también en Chile, con los pueblos originarios. Lo vi de cerca cuando viví en Temuco.” Cree que ese mismo racismo explica la pasividad del gobierno sueco, que no intervino durante su detención. Fue el Estado de Chile, y no Suecia, quien las acompañó después. “Para mí es esencial que se escuchen más las voces palestinas. Muchas veces el movimiento lo encabezan otros, pero las voces de quienes tienen la raíz en Palestina deben estar siempre presentes.” Marita Rodríguez llegó a Suecia cuando tenía un año y diez meses. Su padre, militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), fue ejecutado político. Su madre viajó al norte con los hijos, buscando un lugar donde los niños pudieran crecer sin peligros. “Siempre me interesaron los movimientos que resisten al colonialismo, a las estructuras de poder. El interés por Palestina siempre estuvo ahí”, dice hoy Rodríguez. De niña fue activa contra el racismo y el fascismo. “Es especial, porque vivo en un país donde hoy la mayoría se parece a mí, pero igual hay una idea persistente de la blanquitud.” El 7 de octubre de 2023 marcó un punto de quiebre. Desde entonces, se dedicó por completo a la causa palestina. “Tomé la decisión de que no había medias tintas. Desde ese día no me he sacado la kufiya del cuello.” Ya no soportaba mirar los ataques a Gaza desde la pantalla del teléfono. “Tengo un hijo, y no quiero que crezca en un mundo, sobre todo en Europa, que acepta un genocidio.” Habló con su familia y postuló a la delegación sueca de la Global Sumud Flotilla . Fue entrevistada varias veces. Luego la eligieron. Antes de partir, le escribió una carta a su hijo. Le explicó los motivos para subirse al barco. Voló a Sicilia y desde allí zarpó rumbo a Gaza.Nunca había estado en un barco. El oleaje la enfermó durante los primeros días, pero la convicción era más fuerte. Quería creer que estaba haciendo lo correcto. En el barco entrenaban. Ensayaban qué hacer si eran abordados. Pero también lavaban la loza, cocinaban, se turnaban las guardias. Entre tareas se reían, compartían pan, historias. Había un clima de fraternidad simple, sostenido por una certeza: todos sabían por qué estaban ahí. A las afueras de Grecia aparecieron los drones. Atacaron las barcazas pequeñas, entre ellas la de Marita, pero fallaron. Fue un momento de tensión. Los drones los siguieron durante minutos eternos. Marita, que oficiaba de organizadora, informaba la ubicación y la cantidad. De pronto, una explosión: un dron cayó, ardiendo, con una cola de humo que parecía de volantín. “Todavía puedo cerrar los ojos y verlo explotar”, dice. “Ahí entendí que eso que nosotros vivimos por unos minutos es lo que la gente en Cisjordania y en Gaza vive todas las noches. Y me convencí más de que teníamos que llegar. Más convencida estoy hoy: esto no puede parar hasta que Palestina sea libre”, dice. Su barcaza tuvo un desperfecto, y se trasladó a otra más grande, el Aurora , parte de la delegación italiana. El barco avanzó hasta acercarse a la Franja de Gaza. Fue una de las primeras embarcaciones interceptadas. Antes del abordaje, arrojaron los teléfonos al mar. Levantaron las manos. Los soldados subieron: demasiados, según Marita. Evitó mirarlos. De reojo vio cuando apagaron la cámara que registraba la travesía. “Creo que no estaban seguros de si yo era árabe. Andaban buscando a quienes parecieran árabes para golpearlos. Pero vieron mi pasaporte sueco, mi apellido, y ahí el trato cambió un poco”. Los hicieron bajar en el puerto de Ashdod. Los entregaron a las autoridades israelíes. De rodillas, la frente contra el asfalto, sin agua, sin sombra. “Si uno levantaba un poco la cabeza, te gritaban o te ponían una pata en la espalda”, cuenta Marita. Intentaba no pensar. Llevaba una foto de su padre. Intentaron quitársela. “Ahí me puse chora. Eso no lo permití. No la solté”. Le retuvieron el pasaporte y la pasaron a control. La subieron a una furgoneta para presos. Iban apretados, el calor era insoportable. Sentó a una mujer delgada sobre sus piernas para que ambas pudieran respirar mejor. “Después de no sé cuántas horas llegamos a un lugar con jaulas. Nos metieron ahí. Llevábamos más de veinticuatro horas sin tomar líquido.” Era la cárcel de Ktzi’ot. Allí apareció el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir. Marita lo llama “un psicópata”. Llegó con escoltas, perros, militares. “Nos gritaba que éramos Hamás, que queríamos matar bebés.” Las mujeres, desde la jaula, le respondieron. “Le gritamos que el criminal era él. Yo le grité conchesumadre en buen chileno”. Ktzi’ot había sido cerrada en 2002 por denuncias de tortura y abusos sexuales. Rodríguez cree que fue el propio ministro quien decidió enviarlas allí. “Quería que nos trataran como terroristas. Y lo hicieron.” La recluyeron en la celda número siete. Dos compañeras hicieron huelga de hambre; ella las vigilaba, y fue la primera en beber agua del grifo, para probar si era segura. Entró el jueves por la noche y salió el lunes. Había firmado un documento para acelerar la deportación, pero no sirvió. “Salí más convencida que nunca de luchar por un Estado palestino libre —dice—. Me subiría a un barco otra vez, mil veces. No me quebraron.” Ya en Estocolmo, repite que lo que la impresiona no es lo que vivió, sino lo que sigue pasando.“No puedo creer que vivamos en un mundo donde una población muere de hambre creada por un Estado. Los camiones con ayuda están ahí, pero no los dejan pasar. Nosotros hicimos lo que los Estados deberían hacer.” Hace una pausa. Luego, con voz tranquila, agrega: “Yo sé que voy a poder mirar a mi hijo a los ojos, y a mis nietos si los tengo, y decirles: hice lo que creí justo”.
- Pilar Quintana: “El hombre sigue siendo visto como el escritor universal; la mujer, sólo como voz de su género”
Ilustración de Juanjo León. Escritora obsesiva, observadora paciente y una de las narradoras más potentes de su generación, Pilar Quintana reflexiona sobre los estereotipos que enfrentan las escritoras, su experiencia en la selva y los miedos que atraviesan su existencia y obra: desde el calentamiento global hasta el avance de la ultraderecha. En el Pacífico colombiano la lluvia cae con una furia que parece infinita, como si quisiera borrar los límites entre la tierra, el mar y el cielo. En ese territorio húmedo y agreste, entre ceibos gigantes, orquídeas y bromelias que florecen como fuegos artificiales, Pilar Quintana decidió alguna vez construir su propio refugio. Lo hizo con sus manos, junto a su entonces esposo, hasta que un día se quedó sola: la casa aún sin terminar y la selva respirándole alrededor. Un murmullo constante de insectos, animales y temores que desdibujaban la frontera entre lo real y lo imaginado. De esa experiencia brotó el germen de Noche negra , la novela que hoy presenta y que pone en el centro a una mujer aislada, rodeada de vecinos hostiles, animales que acechan y los miedos íntimos que crecen con la misma intensidad que la vegetación. Pero más allá de este libro, Quintana es ya un nombre fundamental en las letras americanas contemporáneas: autora de La perra , con la que obtuvo el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana en 2017, y de Los abismos , que le valió el Premio Alfaguara de Novela en 2021, su obra se caracteriza por hurgar en los bordes, entre lo íntimo y lo salvaje, lo doméstico y lo indómito, la ternura y la brutalidad. Con una voz que se atreve a explorar la maternidad desde ángulos incómodos, la violencia de los afectos y la relación siempre ambivalente entre el ser humano y la naturaleza, Pilar Quintana ha sabido construir un universo literario que la coloca en la primera fila de las escritoras latinoamericanas de su generación. Siempre te preguntan por el feminismo, casi como si hubiera una exigencia de que toda escritora mujer tenga que responder a un activismo. ¿Crees que efectivamente existe esa exigencia? “ Sí. Tengo dos amigos escritores de toda la vida, empezamos a publicar en la misma época, son de mi generación y jamás les han preguntado si sus personajes son masculinos o si su literatura es masculina. Nunca. Cuando un hombre escribe a un personaje hombre, se asume que es un personaje. Así tal cual. Sin más apellidos. Pero cuando una mujer escribe un personaje mujer, entonces es ‘un personaje femenino’. Aún no se comprende que una autora, al crear personajes femeninos, está representando problemas de la humanidad, no solamente de su género. El hombre sigue siendo visto como el escritor universal. Y eso también conecta con el arquetipo de ‘la madre’, como si las escritoras tuviéramos que responder a todas las necesidades de una comunidad. Yo me siento más cómoda escribiendo personajes femeninos, pero no porque quiera hablar ‘de mi género’, sino porque ahí encarnan mejor los conflictos que me interesan. Evidentemente, al situarlos en un mundo machista, esos problemas se retratan, pero etiquetar la literatura hecha por mujeres como ‘femenina’ es otra forma de exclusión". Hoy se habla de un “boom” de escritoras latinoamericanas. ¿Crees que ese reconocimiento también trae consigo nuevas etiquetas o exigencias sobre qué deben escribir las mujeres? “Sí, me parece que a las escritoras se nos exige escribir de maternidad y de selva. Hay un ‘boom’ de esos temas en la literatura. Yo viví en la selva, quise ser mamá, y claro que escribo de eso porque son mis experiencias, pero me preocupa que volvamos a ser encasilladas. Antes se esperaba que las poetas hablaran de naturaleza y amor; ahora parece que las narradoras debemos hablar de maternidad o violencia. Y si a eso le sumas que, por ser latinoamericana, también se espera que escribas de esos tópicos, reconstruyendo cierto imaginario y de una manera determinada, la camisa de fuerza se vuelve aún más estrecha.” En tus textos aparece la violencia, pero no desde el narco o la guerra, sino desde lo íntimo. “ Sí, me interesa más la violencia pequeña, la sutil, la de adentro. Esa violencia que ocurre en las familias y que, creo, es la madre de todas las demás. E n Noche negra esa violencia está presente, aunque no sea el tema central. Es algo que como colombianos hemos dejado de mirar, porque siempre estamos enfocados en la violencia externa. ¿Qué crees que esperan hoy de ti como Pilar, la escritora? “ No sé y tampoco me importa mucho. Yo nací y crecí en Cali, en una sociedad muy cerrada con roles definidos. Desde niña desafié lo que se esperaba de mí, no por rebeldía, sino porque no podía traicionar lo que era. Claro que cuando era joven sí me importaba el qué dirán, pero ahora no. Uno llega a una edad en la que eso ya no importa. La literatura es el lugar donde puedo ser yo sin que me juzguen. Responder expectativas o no, no es un pensamiento que me obsesione”. ¿Y qué te obsesiona hoy? “Soy muy obsesiva. En el colegio me obsesioné con las enfermedades mentales y todavía ese tema aparece en mis libros. Mi papá es médico y cuando yo era niña me regaló unos libros de psiquiatría: me los leí de principio a fin, hice cuadernos y los estudié. ¿Por qué? No tengo ni idea. Cuando viví en la selva, me dediqué a clasificar la flora y la fauna, y la naturaleza se volvió central en mi obra. También me interesan los homínidos, la paleoantropología: sé que voy a volver a ese tema. Siempre tengo un objeto de estudio al que me aferro y lo exploro a fondo. Llevo cinco años dedicada a investigar a diversas autoras clásicas para la Biblioteca de escritoras colombianas. Cuando di mi primera entrevista en 2003, me preguntaron si mi literatura era femenina y desde entonces me he preguntado qué significa realmente eso. Creo que el resultado es esta biblioteca, un proyecto que atraviesa también mi propia construcción como autora. Ahora ya estoy cerrando ese ciclo, y aunque no sé todavía qué vendrá después, sé que pronto habrá otra obsesión esperándome. Quizá vuelva a los homínidos". ¿A qué le temes? “ A dos cosas: el daño al medioambiente, sobre todo a la Amazonía, y la fuerza creciente de los discursos de ultraderecha en el mundo. Pensé que habíamos superado ciertas ideas, pero verlas resurgir me produce angustia”. Leo constantemente foros de ultraderecha en Estados Unidos para entender cómo piensan. Es aterrador, porque allí creen que el calentamiento global es un invento o que las vacunas son dañinas. Yo crecí pensando que íbamos hacia un mundo más tolerante; hoy siento que retrocedemos. Ese resurgimiento de la ultraderecha me aterra".
- Nunca había sido tan palestino
La tierra se estrecha para nosotros. Nos hacina en el último pasaje y nos despojamos de nuestros miembros para pasar. La tierra nos exprime. Mahmud Darwish En la calle alguien me mira como si me conociera. “¿Paisano?” , me pregunta. Yo no sé qué responder. Mi bisabuelo Abdón, Abdul o Abdel llegó a Chile desde Palestina en los años treinta. Figura con un nombre distinto en cada trozo de papel que nos dejó como herencia: pasaporte, certificado de nacimiento de mi abuelo, certificado de defunción. También nos heredó una fotografía tipo carnet, que mi mamá imprimió y pegó sobre una caja de Zucaritas, y a la que se encomienda cuando las cosas se ponen difíciles Cruzó en barco buscando la promesa de un mejor pasar económico para su familia en Rammun, ubicada a más de trece mil kilómetros de distancia, en lo que hoy se conoce como Cisjordania ocupada. O no: cruzó en barco, cargando un pasaporte turco, porque la vida se había vuelto invivible en su tierra producto de las guerras y conflictos étnicos-religiosos-coloniales. O no: vino a buscar a su hermano mayor Omar, que había partido a probar suerte y que inesperadamente había dejado de enviar sus cartas de impecable caligrafía árabe. He escuchado estas y otras versiones en boca de distintos familiares, aunque siempre pronunciadas con una nota de duda. Luego te recomiendan hablar con otro tío o primo, que ese sí que se conoce bien la historia (que a su vez te recomienda con otro familiar, y así...). Lo cierto es que llegó al Norte Chico, a uno de los tantos pueblos que en Chile llevan por nombre “Barrancas” . Hubo un tiempo en que imaginé que en este, mi pequeño y personal Macondo, se encontraban los techos a los que se refiere Víctor Jara en “Luchín” . Pero no, este Barrancas es distinto. Imagínense: bajo un sol abrasador, entre una nube de polvo y tierra, un camino largo sembrado de pequeñas casas asciende por los cerros hasta topar perpendicularmente con otro camino todavía más largo que, a su vez, avanza hasta desaparecer en las montañas, conectando en su andar a otros pueblos perdidos. Bajando la quebrada, su principal atracción: el río de corriente tímida y, sobre todo, las pozas en las que uno puede chapucear para escapar del calor intenso del verano. Estoy ahí. Busco una foto de Rammun en mi teléfono y la comparo con el paisaje que veo. Allí también es como si una gran mole montañosa se hubiese desinflado hasta transformarse en valles de leves pendientes; allí también la vegetación crece firme, aunque tímida, pintando de verde el lienzo café que ofrecen las montañas. Me hago una idea de lo que debió sentir Abdón (¿Abdón?): es como estar en casa. Como muchos migrantes palestinos, mi bisabuelo se dedicó al comercio. En sus andanzas de mercader fue donde tuvo que haber conocido a mi bisabuela, mi abuelita Carmen. Él sobrepasaba la treintena; ella no había cumplido los quince todavía. Quiero creer: se enamoraron hablando cada cual una lengua que el otro no entendía, utilizando un sistema de comunicación sumamente rudimentario y concreto que consistía en apuntar constantemente a los objetos y maravillarse de que dos palabras tan distintas pudiesen usarse para referir a la misma cosa. Los quiero imaginar pasando horas a la sombra de un parral, junto a un árbol de granadas rojas, tocándose apenas las manos para decirse: yo también, yo también te escojo a ti. Quiero creer en la alegría del primer hijo, nombrado Omar en recuerdo del hermano perdido. Y del segundo, llamado Alí , como tantos árabes en honor al primo de Mahoma . Y de la tercera, Sahda , ese nombre que de pequeño me hacía sonreír pensando en el dulzor de la leche asada, pero que hoy me evoca esa mezcla de extrañeza y admiración que los occidentales solemos sentir hacia la belleza del medio oriente. En cada familia hay una foto que se convierte en altar. En la de Nicolás L. Awad, el lugar de devoción se levanta sobre una caja de Zucaritas con un retrato pegado encima: la cara de un bisabuelo que llegó desde Rammun a Chile. Quisiera verlos crecer entre las cajas de mercadería aprendiendo simultáneamente la lengua de la madre y la del padre, teniendo que escoger por las mañanas entre la marraqueta y el jubz. Los quiero ver sentados de piernas cruzadas, comiendo con las manos mientras escuchan a su padre hablar durante horas sobre el hogar sin entender del todo por qué él era el único en todo el pueblo que usaba esa palabra para referirse a un lugar lejano y ya perdido, en vez de uno cercano y cotidiano. Quiero que estén allí cuando, primero por la radio y luego por una lluvia de cartas firmadas por otros Awad (o también Agüad, Awwad, Aguad, dependiendo de la imaginación fonética del oficial del registro civil), mi bisabuelo se enterara de los sucesos de la Nakkba y se pasase semanas sin abrir la boca más que para comer. Quiero estar junto a la vitrola, la primera del pueblo, inaugurando la voz egipcia de Umm Kulthum grabada en los surcos de un vinilo traído por algún otro paisano y traficado de mano en mano por toda la comarca entre los que los demás llamaban turcos. Y sobre todas las cosas quisiera haberte conocido, abuelo, y que me expliques tú qué debería responder cuando un extraño me tome por paisano en la calle. Una vez le pedí a mi abuelita Carmen, que en paz descanse, que me contase qué recordaba de ese hombre al que mi madre se encomendaba para que no me pasara nada en el camino de ida y vuelta al colegio. Miró fijamente a un punto en el horizonte con cara de cansancio. Pensó un momento para escoger con cuidado sus palabras. Contrajo el rostro arrugado y dijo sin mirarme: —Era bueno pa ’ tomar, era bueno pa ’l juego y se fue sin dejarme un solo peso; yo era muy chica y no tenía ninguna idea de lo que hacía. Abdón murió de un infarto fulminante a los cuarenta y tantos, cuando mi abuelo Alí llevaba apenas tres años en este mundo. Nunca pudo aprender su lengua ni probar sus platos de comida. Nunca le oyó llamar habibi a su madre. Nunca pudo preguntarle qué significaba, qué quería decir eso de ser palestino. T ampoco aprendió de los secretos para protegerse y cuidarse entre los que así se llamasen. Arrastró el nombre y el apellido, llegados con tanto esfuerzo desde tan lejos, sin saber bien qué hacer con ellos. Llamó a algunos de sus hijos con nombres hermosos que él creyó eran árabes: Jasmina, Farah, Alí y Karimma . Alí Awad, hijo de Abdón (?) y abuelo de Nicolás L. Awad. Sobre ese vacío se construyó el mito de nuestro origen palestino. Palestinos sin lengua, sin hábitos ni costumbres. Palestinos que tuestan los fideos cabellos de ángel en la sartén para agregarlos al arroz y así llamarlo arroz árabe; de los que envuelven la carne en hojas de repollo en vez de hojas de parra. Palestinos que buscan en internet “música árabe ” y la dejan sonando durante las reuniones familiares para imaginar que de algún modo tenemos algo que ver con eso que somos. Palestinos que aplaudían, reían y lloraban cuando veíamos a Alí, ya convertido en un anciano de metro ochenta con su panza dura y su rostro árabe, mover las caderas y las muñecas mientras bailaba con una mano en el pecho al ritmo de una canción incomprensible. Habibi , querido Alí, que en paz descanses, quiero verte bailando así cuando nos encontremos en el cielo y quiero que me digas qué significaba para ti ser palestino cuando todavía andabas por este mundo y qué es lo que debiese responder cuando un extraño me tome por paisano en la calle. Soy Awad y toda la vida he sabido que eso significa que, de algún modo, soy palestino. Si algún día tengo hijos, me gustaría poder regalarles este apellido. Espero que ellos lo sepan llevar mejor que yo, que pasé años de mi vida sin saber si responder o no al extraño de la calle. Hoy ya sé que responder. Soy palestino, amigo, porque la nariz de mi rostro y el vello de mi cuerpo lo dicen. Soy palestino, porque cuando quiera pisar Rammun para saber si se siente aunque sea un poco como casa, la policía israelí me interrogará y sospechará de mí. Soy palestino porque he debido inventar mi ser palestino: soy heredero sin herencia de una cultura diaspórica. Soy palestino porque quiero y aunque no lo quisiera seguiría siendo palestino. Y porque soy palestino, amigo, me duele como a ti te duele esto que pasa, que nos viene pasando hace tanto tiempo. Y te abrazo, extraño amigo, como abrazaría a mi abuelo si lo tuviese enfrente porque sé que estás tan vacío de Palestina como yo y que en ese abrazo suspendemos la barbarie y abrimos un surco impenetrable en esta tierra. Esta tierra que se estrecha para nosotros. En ese abrazo, amigo, inventamos nuestra Palestina. Y allí nos quedamos, sin ocupación, sin bloqueo ni bombardeos, al menos por unos pocos segundos hasta que tu sigues tu camino y yo el mío, cada uno con una nueva parte de Palestina en el corazón. Nunca, nunca había sido tan palestino. Fe de erratas Antes de enviar este texto, quise que mi madre lo revisara para cerciorarme de no pasar a llevar demasiado el orgullo familiar al contar algunas infidencias. Ella ha sido siempre la persona que más me ha motivado a reflexionar sobre mi identidad palestina y la que ha propiciado el reencuentro con algunos familiares repartidos entre Ecuador y Estados Unidos con ayuda de un amigo que conoce la lengua. Su lectura fue superficial (tenía algo pendiente pasando en la cocina y la hora de almuerzo ya estaba por llegar). Me miró con una sonrisa y me dijo que el texto estaba lleno de imprecisiones, que habían cosas que yo había inventado. Mi bisabuelo llegó a Illapel, nunca pisó Barrancas. Mi bisabuela tenía diecinueve años cuando conoció a Abdón, no quince. La caja de Zucaritas no debería aparecer en el texto, nos hace quedar mal. Me dijo: “No es que no sepamos la verdad, es que tú nunca la has querido escuchar ” . Me dolió un poco porque sé que en parte tiene razón. Me dijo que no me preocupara, que ella me contaría. Tendría que preguntarle a un primo. Este primo, a su vez, deberá preguntarle a otro, y así… Con mi hermano nos miramos riendo. Ella no necesitó terminar de leer el texto para entenderlo. 9 de octubre de 2023.
- Atrapadas en Monte Patria
Nancy Contreras (80 ) soló tiene acceso al agua dos veces al mes, por quince minutos contados. En 2017 la ONU publicó un informe lapidario: en la comuna de Monte Patria, en la región de Coquimbo, la falta de agua obligó a parte de sus habitantes a abandonar la zona, convirtiéndolos en los primeros migrantes de la crisis climática en la región. Al mismo tiempo, un puñado de mujeres mayores forman parte del fenómeno conocido como la población atrapada o rehén. Y entre los ríos secos y la falta de oportunidades laborales, intentan sobrevivir en condiciones difíciles provocadas por el estrés hídrico y la desigualdad en el acceso del agua. Fotos de Gerardo Muñoz y coautoría de Camila Castillo. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes climáticos se definen, desde 2007, como la población móvil que se desplaza de su lugar original por “motivos de cambios repentinos o progresivos en el medio ambiente, que afectan su vida o sus condiciones de vida”. Y de acuerdo con proyecciones del propio Banco Mundial, de aquí al año 2050, el cambio climático podría generar el desplazamiento de cerca de 140 millones de personas que habitan en regiones densamente pobladas del mundo. Y en nuestro continente, el número podría alcanzar los 17 millones de desplazados. En 2017 Chile fue elegido como caso de estudio por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y quedó documentado en el informe “ Migraciones, medio ambiente y cambio climático: estudio de casos en América del Sur” , el cual destacó que, en Monte Patria , una comuna de la IV Región, cerca de 5 mil chilenos y chilenas, el 15% de la población total de ese lugar, habría abandonado su hogar original como consecuencia del estrés hídrico . Estos migrantes dentro de su propio país, quienes renuncian a su identidad local, con un hogar, una economía y la salud mental completamente fragmentada, han llamado la atención de las autoridades. De hecho, a comienzos del año, la Oficina Nacional de Emergencias (ONEMI) trabajó en una mesa intersectorial que se encuentra elaborando un documento pronto a publicar y que reflejará los lineamientos para tratar esta temática de ahora en adelante. Como parte de la mesa estaba la socióloga Catalina Castillo, del Centro del Clima y la Resiliencia (CR)2, quien efectivamente hace hincapié en la sequía extensa de la zona y que se ha prolongado por más de diez años. Desde el 2010, los caudales de los ríos principales en las regiones de Coquimbo y Valparaíso experimentaron un déficit de hasta el 70%. Pero la experta llama a otra razón: “No se está haciendo una distribución de acuerdo con, por ejemplo, los principios de justicia social. Hay una lógica privada de los derechos de aprovechamiento , donde los grandes agricultores son los que acaparan en estanques inmensas cantidades de agua, en lugar de repartirla”, dice. A nivel regional, según datos del Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA), 24.260 personas reciben agua potable a través de camiones aljibe en toda la IV Región. Y de ese número, el agua se divide entre los ciudadanos comunes y corrientes, pequeños productores y otros privados más grandes. Rehenes en su propia casa El problema, y la esquina que las autoridades no estarían viendo, no son sólo los migrantes en su propio territorio, sino las personas que se quedan y que se denomina como población atrapada . La organización noruega Internal Displacement Monitoring Centre lanzó este año un informe sobre los grupos en movimiento por violencia, desastres y clima: dentro de los 55,1 millones de personas que se encuentran en desplazamiento interior, a la cola, con sólo 2,6 millones del total se encuentran las personas sobre los 65 años. “Quienes migran en primer lugar son los hombres y lo hacen por motivos económicos”, agrega la experta, “y el cambio climático aumenta la vulnerabilidad de grupos como mujeres o personas de tercera edad y cuarta edad , y las afecta en el sentido de que impide que puedan migrar para buscar otras oportunidades”. O sea, el cambio climático limita los procesos migratorios y las vulnerabilidades se intensifican más. “Las ofertas laborales, generalmente en agricultura o trabajos pesados, no son aptas para la corporalidad de estos grupos y los disminuye”, dice Castillo. Y esta masa de personas, conocidas también como rehenes climáticos, podrían llegar a 140 millones en 2050 , según el Banco Mundial. Y mientras los estados del mundo estarán buscando diferentes soluciones para los que migran, como encontrarles un nuevo hogar; los que no pueden huir quedarán completamente varados y, eventualmente, tendrán que ser evacuados. No tendrán alternativa. Una lucha que se escapa entre los dedos El Embalse La Paloma es lo primero que se ve al llegar a Monte Patria. Pero pese a tener agua, está con déficit. Sin embargo, esa imagen es un contraste impresionante con el cordón de montañas amarillentas y secas alrededor. En algunos puntos hay territorios eso sí, conocidos como oasis, con hectáreas amplias de plantaciones de arándanos, parronales, mandarinas y paltos, que denotan de manera explícita la desigualdad del acceso al agua. Sólo dos veces al mes Nancy Contreras (80) puede subir hasta el canal que pasa por detrás de su casa a buscar agua para el riego. Muchas veces, el celador del canal abre la llave pasada la medianoche o en la madrugada, y ella con una linterna y pala en mano sale de su casa para abastecerse . El último riego fue el domingo antes de la publicación de este reportaje y duró solo 15 minutos, pero al otro día la tierra de su huerta ya estaba seca, como si nada hubiera pasado. Este derecho al agua le significa a ella diez mil pesos que debe sacar de su pensión solidaria, porque la producción de su huerta con la que lo costeaba ya es nula. Hasta hace un par de años atrás de su jardín sacaba higos, brevas, damascos y paltas que vendía a sus vecinos y gente que transitaba por el sector. Pero hoy, producto del estrés hídrico, los árboles están secos y los frutos no alcanzan a madurar, sino que caen al suelo, se descomponen y se pudren. No sobrevive nada. “Ya el huerto no nos da para pagar las cosas del día a día, no sacamos nada”, cuenta. Actualmente, ella recibe una pensión solidaria por 187 mil pesos, y lo mismo su marido, un hombre de 80 que padece alzheimer y mal de chagas. En el caserío de Cerrillos de Rapel, Nancy vive hace más de 50 años: en este lugar crió a sus tres hijas que abandonaron la ciudad para irse en busca de nuevas oportunidades, quedándose únicamente con su marido, que por su deterioro cognitivo está bajo su cuidado. Sin embargo se niega a abandonar el pueblo. “En el campo no hay progreso”, narra ella. “Pero aquí está todo lo que conozco: yo no sabría cómo expresarme en otro lugar, acá hay otras personas de mi edad y está mi casa”, dice. Cuenta también que mucha gente se ha ido del lugar debido a la sequía y las malas prácticas de algunos de los encargados de administrar el agua a los vecinos. Con su cabeza llena de canas, sentada en su terraza comenta: “Hay gente a la que no les cierran las compuertas, pueden regar sus huertas, llenar sus pozos varias veces a la semana y se nota la diferencia entre los campos. Acá es así, el pez grande se come al pez chico, porque los que pueden pagar 25, 30 mil pesos, son los que hacen lo que quieren con el agua. Nos pasan a llevar y eso nadie lo habla”. Hoy en día Nancy tiene acceso al sistema de agua potable rural del que todos los vecinos se abastecen, pero con la condición de que restrinjan su uso a lo necesario, ya que el pozo del cual se extrae está bajando considerablemente. Poder lavar ropa o bañarse pasan a segundo plano, porque lo primero es tener agua para el consumo y evitar recurrir al reparto de agua a través de camiones aljibe. Mirando el paisaje, narra cómo era el lugar hasta hace unos años atrás y apunta hacia una cadena de montañas amarillas: “ Los cerros eran blancos, había nieve hasta septiembre . Antes habían temporales tan grandes que tenían que venir las autoridades en helicópteros a dejarle alimentos a la gente”, recuerda, mientras sus ojos evidencian una sonrisa que se va perdiendo tras la mascarilla. “Pero esto se está transformando en un desierto, un lugar que va a desaparecer, y con el pueblo, también vamos a desaparecer nosotros”, dice. La vida le ha dado golpes duros. Su marido hasta hace unos años era alcohólico y ella sufría los ataques de agresividad que se desencadenaban al mezclar el trago con sus pastillas para la epilepsia. Muchas veces tuvo que arrancar, otras veces no tuvo para comer, se vio obligada a dejar a sus hijas encargadas y sobrevivir con lo que le aportaban sus vecinos, porque los ingresos del hogar se perdían entre botellas de vino. Pero con el tiempo, volvieron a formar una pareja. Nancy afirma que jamás esperó estar viva para presenciar algo como esta sequía, cuenta que siente ansiedad, frustración y profunda pena, sin embargo, afirma que: “Hay que seguir adelante, hay que batallar: mi papá me enseñó eso desde que era niña. Yo sé tomar un azadón, la pala, la barreta, el podón y lo haré para que mi cuerpo no se estanque . Agarrar la mochila invisible, llenarla con problemas y tirarla para atrás.”, dice. Si bien hoy sus días son todos iguales, siempre busca algo para distraerse del paisaje seco y el cielo azul que la rodea. Pasa sus horas barriendo su terreno, cocinando o tejiendo a crochet. Los huesos le duelen y el cansancio se hace presente. De vez en cuando visita a sus vecinas más cercanas, sin descuidar a su marido que, poco a poco, va olvidando quién es. Mientras ella espera pacientemente que pasen dos semanas más para poder ver el agua correr hacia su huerto. Y ahí va de nuevo. El celador quita el candado a la compuerta del canal que corresponde a su terreno, Nancy tiene quince minutos contados para poder abrir surcos con una pala. Y mientras el tiempo avanza, también lo hace el escaso hilo de agua que se abre paso entre la tierra seca y resquebrajada para alimentar las raíces de los árboles vivos que van quedando. “ Me siento rara, melancólica y pesimista, porque, tanto que vi llover y ahora todo tan seco ”, mientras sus manos llenas de callosidades, rasguños y tierra, reflejan la experiencia de una persona que aún tiene esperanza de que su tierra vuelva a ser la de antes. Un castigo del cielo En agosto de 2016 la casa de Anny Saavedra (69) se incendió. No tenían agua para frenar el desastre y lo perdieron todo: “Era un año de sequía, donde teníamos solo agua acumulada en tarros y botellas. Y mi casa se incendió porque no hubo ni una gota para echarle ”, cuenta. “Lo único que yo deseaba era morirme, porque yo me veía que no tenía nada, no tenía un calzón, no tenía un sostén, no tenía nada más que con la ropa que me había quedado puesta”, dice. Por más de treinta años Anny fue dueña de un almacén en el sector de Huatulame, donde vive hace más de 60 años, pero con la llegada de los supermercados y la muerte de su madre se vio obligada a cambiar de rubro para poder mantenerse. Anny (69) perdió toda su cosecha, sobrevive vendiendo pasteles y dulces Es así como, a través de una herencia familiar, Anny comenzó a dedicarse a la producción de paltas, camino difícil de recorrer debido al estrés hídrico de la zona: “Es terrible, estamos recién en octubre y ya tenemos muchos problemas”, dice con voz firme. “ Si las cosas están así hoy, no quiero imaginar cómo va a ser en marzo . No tengo idea qué pasará. Parece que Dios nos tiene castigados en este pueblo”, comenta, mientras el sol azota los paltos y con ellos la tierra resquebrajada. Su voz deja entrever la frustración que tiene contra “los grandes”, como ellos llaman a los agricultores más poderosos de la zona. “ El acceso a tecnología y maquinarias que llevan a cabo la extracción del agua es cosa de algunos pocos . Ellos tienen unas represas inmensas de agua, son unos tranques que hacen con máquinas, y al extraerla nos dejan sin agua a nosotros. Ellos no sufren por el agua como nosotros sí”, declara Anny. La producción total de paltos que Anny tenía pensado cosechar durante el 2020 se perdió por completo. Su sustento hoy es hacer tortas y dulces a pedido, mientras que su marido Carlos Tapia (68) se encarga del cuidado y mantención de los paltos, lo único que puede hacer después de perder más del 60% de su visión. Así lucen las parras secas que pertenecen a Anny En 2018, Carlos fue sometido a un trasplante de córneas, que sólo pudo costear gracias al aporte de sus tres hijas que se hicieron cargo de los más de diez millones de pesos que significó la operación. De no ser por ellas, hoy en día Carlos estaría completamente ciego. Pero perder parte de su visión es solo una parte del problema, porque junto con ello, Carlos, comenzó a perder también la motivación, las ganas de salir y de disfrutar esta etapa de su vida. “ Las niñas lo invitan a sus casas en Santiago y Talca, pero él no ha querido ir nunca por el tema de la vista ”, cuenta Anny, con un dejo de frustración. “Ya no tengo sueños, ni tampoco me imagino mi futuro. Voy a cumplir 69 años, ya estoy cansada, enferma, mucho no me queda”, dice mientras relata que estar en una lista de espera hace más de cuatro meses para poder ser operada de sus riñones, es un pelo de la cola dentro de sus preocupaciones. Las que van quedand o Esta desigualdad entre grandes y pequeños agricultores, sumado a la falta de recursos ha llevado a los vecinos a organizarse y formar un comité de APR (Agua Potable Rural), para poder acceder a fondos que le permitan acceso más digno a este recurso. Durante su período de más de tres años como presidenta del APR de Huatulame en 1995, Deysi Cortés (72) se encargó de realizar pozos nuevos, cambios de tuberías, bombas y estanques para extraer agua y poder distribuirla a los vecinos del sector. Deysi es dulce, generalmente tiene un mensaje esperanzador ante todo y es difícil que de ella salgan palabras de rabia o frustración, sin embargo, cuando habla de los privados que acaparan la poca agua que les va quedando dice que siente una impotencia tremenda . Deysi Cortés, a sus 72 años, se postuló otra vez para ser parte del comité de APR La escasez la ha obligado, al igual que a muchas otras familias del sector, a reducir el consumo de agua potable para que el pozo que los abastece no se seque antes de tiempo. Dentro de las prácticas de ahorro que utiliza Deysi en su casa está la reutilización. Toda el agua que se usa en su casa tiene como segundo propósito el riego del jardín. “Si lavo ropa, loza, verduras, cualquier cosa, eso lo guardo para echarlo a mis plantitas y flores. No dejamos que se pierda ni una sola gota ” , dice. Sin embargo, para Deysi su prioridad son sus animales , a los que alimenta apenas comienza su día: catitas, ninfas, gallinas y sus perros que la acompañan a donde quiera que vaya. Luego de eso están sus paltos, que son, junto a la pensión solidaria que recibe, la fuente de ingresos que tienen ella y su marido para subsistir. Hoy, en su vejez, Deysi no se da por vencida y está postulando otra vez para ser parte de la directiva del APR y, con ello, poder trabajar por el derecho de la tercera y cuarta edad y familias del sector a acceder a una vida más digna. “ Nosotros no tenemos cómo mostrar o decir lo que está pasando . Es como si una fuera invisible. Pero por lo mismo voy a luchar y salir adelante, para poder tener esa poquita agua y que salga en la llave, no de un estanque. Porque aquí la mayoría somos ancianos, no podemos estar acarreando tarros de agua. El cuerpo no da”, dice. Caminando con paso firme llega hasta una excavación de varios metros de profundidad, donde se divisa un poco de agua en el fondo: el pozo con el que mantiene sus paltos. Y, justo al lado de éste, el cauce de lo que alguna vez fue el Río Huatulame, hoy completamente seco. A la derecha el pozo al que debe descender Deysi para buscar agua, a la izquierda el cauce del río Huatulame completamente seco Previo al APR, al secarse los pozos del sector, la única solución era seguir cavando en busca de agua , una acción riesgosa para gran parte de las personas del lugar, considerando que en Monte Patria la población adulta mayor alcanza un 18%, según el Censo Adulto Mayor 2018 realizado exclusivamente en la zona. Un número que cada vez se va quedando más aislado, asegura ella. “ La gente joven sale de la región a buscar las oportunidades que la sequía les quitó ”, dice. Cortés ha visto cómo varios de sus vecinos abandonaron Huatulame, Cerrillos de Rapel y ha escuchado que lo mismo pasa en pueblos a la redonda. “Echo de menos a mucha gente que se ha ido, vecinos que me encontraba todos los días y que ya no están. Se han ido perdiendo algunas caras. Yo me quedo porque la esperanza es lo último que se pierde, vamos a tener que aferrarnos a esa esperanza y no soltarnos ”, relata. Su sueño, dice, es tener un poco más de tranquilidad y ver llover. “Me gustaría vivir muchos años más para ver lo que realmente va a pasar en mi querido pueblo de Huatulame”, contra todo pronóstico, ella se aferra a la idea de que las cosas cambiarán para bien. *Reportaje publicado originalmente en 2021 en Pousta.com , producido, editado y co escrito por Juan Cruz Giraldo.











