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  • Cataclismo desde tan lejos

    Fotos de Óscar Medina. Dos terremotos destrozaron la zona central de Venezuela, miles de personas murieron, cientos de miles se quedaron sin hogar, millones de ciudadanos ayudan como pueden mientras el gobierno es un trasto que sobra. Desde lejos, te falta la voz para decir todo lo que necesitas expresar, pero lo gritas. No pude darles nada Mi solidaridad de qué sirve No aparta escombros, no sostiene las casas ni las erige de nuevo. José Emiliio Pacheco Ser migrante es ser, forzosamente, un espectador a la distancia. Es estar ausente de tu tierra en las buenas y en las malas. En los cumpleaños y en las enfermedades, en los nacimientos y en los velorios. También en las hecatombes. Es sentir que estás donde no debes estar. Es saberte inútil, es querer ser útil. Pero sabes que nunca serás lo suficientemente útil tan lejos. Necesitas estar cerca. Escribo con mucha dificultad y desorden días después de los dos terremotos de 7,2 y 7,5 que, con segundos de diferencia, sacudieron a Venezuela el 24 de junio. Como dos demonios gemelos que nacen uno tras otro. Como dos monstruos que atacan a la vez. Necesito escribir (gritar, más bien) aunque quizás con mi voz no voy a aportar nada nuevo. Estorbo, en realidad. Estoy a cinco mil kilómetros, no escuché el crujido de la tierra, no oí las alarmas, no sentí el piso moverse, no vi las paredes quebrarse, no tuve que salir corriendo descalza, no luché por mi vida, no salvé la de otros. Es poco lo que puede decir una periodista que no ejerce y que no está allá, sino acá. Pero me siento ante la computadora porque debo hacer lo que siempre predico: “Escribir es dejar constancia”. *** Necesito escribir, sobre todo, porque mi angustia puede parecerse a la de muchos de los millones de venezolanos regados por el mundo que estamos desesperados porque cómo podemos estar dando clases, manejando un Uber, blanqueando dientes, dibujando un plano, vendiendo celulares, haciendo arepas, practicando cesáreas, escribiendo libros, limpiando casas, cuando nuestro corazón (tan inservible en estos momentos) está en otra parte, cuando solo queremos revisar mil veces al día el celular para preguntarle a los familiares y amigos cómo siguen, para ver en las redes sociales si fue rescatado algún nuevo sobreviviente entre los escombros, para saber cuál es la mejor manera de ayudar desde el exterior, para intentar dar (y tener) ánimo. Cuesta acariciar ahora a los hijos, si miles de padres perdieron los suyos. Cuesta pararse a trabajar si miles ya no tienen fuentes de empleo. Cuesta mirar estas cuatro paredes si miles ya no tienen paredes. Cuesta dormir bajo esta cobija calentita si miles no pueden pegar ojo. Pienso que patria no es lo que proclaman los políticos en sus discursos, sino esta sensación de saberte parte, de caer con todos y de levantarte con todos. *** Necesito escribir además desde aquí porque muchos chilenos aún no entienden la dimensión de la tragedia. Al vivir en una nación con cultura sísmica, no se explican cómo un par de terremotos, de menor intensidad que los que han estremecido su tierra, produjeron tal devastación en el centro-norte de mi país. Según el balance oficial actualizado al 3 de julio, los terremotos han dejado al menos 2.645 muertos, 12.666 heridos y más de 15.000 personas damnificadas. Además, 189 edificios colapsaron por completo, 855 resultaron afectados, de los cuales más de 800 quedaron inhabitables, y unas 58.000 viviendas presentan daños de distinta consideración. Un terremoto es inevitable, sí, pero la experiencia de países como Chile y Japón nos demuestra que hay formas de impedir un desastre como el ocurrido en Venezuela. No aprendió el gobierno de mi país de la experiencia vivida en otros desastres naturales. El 15 de diciembre de 1999 ocurrió un deslave feroz, lluvias torrenciales hicieron que la montaña se viniera abajo, piedras y lodo arrastraron con todo a su paso. La región más afectada fue La Guaira, justamente la zona cero de la actual catástrofe. En ese entonces, el Estado demostró su incapacidad para atender la magnitud de un desastre en el que perdieron la vida 16 mil personas, según cifras oficiales, el doble según expertos. Hugo Chávez, presidente en ese momento, reconoció demasiado tarde la emergencia y las instituciones públicas no actuaron a tiempo. El rescate de los sobrevivientes se hizo de forma tardía y desorganizada, como si las instituciones se negaran a asumir la responsabilidad de atender su tarea; muchos fallecieron por la falta de equipos de salvamento, porque no hubo suficientes manos para buscarlos, por el lento traslado a centros de salud y por la escasez de medicinas e insumos; decenas de niños rescatados nunca aparecieron; miles pasaron hambre y sed; los damnificados vivieron por meses, e incluso años, en lugares con condiciones pésimas. En ese momento, como ahora, solo el pueblo ayudaba al pueblo. Después de tal cantidad de errores y desaciertos, no hubo aprendizajes, no se activaron protocolos de emergencia ni se tomaron previsiones. Varios especialistas (incluso algunos que trabajaban en los propios ministerios) advirtieron la vulnerabilidad del litoral central; sin embargo, el gobierno hizo caso omiso: autorizó edificaciones en terrenos inestables, construyó viviendas sociales que parecían de juguete en sitios inseguros, no adquirió equipos ni tecnología. En 2009, otro terremoto azotó al oriente del país. El gobierno repitió los errores del deslave, los mismos que se cometieron ahora. Tampoco fue lección ese sismo: no se crearon ni leyes, ni ordenanzas, ni protocolos para un desastre natural, no se invirtieron dineros del Estado en prevención ni se construyeron edificaciones apropiadas... Por el contrario, en estos últimos 27 años se fue desmantelando la red antisísmica nacional: de 300 estaciones que había en los años 90, ahora están operativas cuatro. Varios geofísicos alertaron que era altísima la probabilidad de un sismo mayor en la zona central en esta década. El chavismo hizo oídos sordos. Pero así ha sido con todo: al país de grandes recursos hídricos y energéticos lo dejó sin luz y sin agua; al país petrolero lo dejó sin gasolina; al país agrícola y ganadero lo dejó con hambre; al país moderno lo paralizó… Todo este tiempo solo ha habido cientos de recursos y personal para la represión, pero nada para el servicio público. *** En esta catástrofe el gobierno venezolano y sus funcionarios solo retrasan, impiden, ordenan, traban, confunden, violentan, ocultan, desorganizan, imponen, frenan. Ningún militar, ningún guardia nacional, ningún policía, ningún funcionario llegó a la zona cero los primeros días del desastre. Se presentaron mucho después. Pero no llegaron a ayudar, sino a reprimir, a bloquear, a amenazar, a robar entre los restos, a hacer show, a sacar a los verdaderos héroes de su labor. Dicen los voceros del gobierno que los voluntarios obstaculizan las labores de rescate, pero los que realmente obstaculizan son los uniformados que no han ayudado a mover ni una piedra, pero sí sirven para poner barricadas para que no entre la ayuda humanitaria. Como ejemplo de tanta impiedad, cuatro días después de los terremotos, justo en las horas más críticas para hallar sobrevivientes, la “presidenta encargada” (no sé cómo llamarla), Delcy Rodríguez, hizo un evento para homenajear a los rescatistas internacionales: “Quisimos apartarlos de sus tareas, que sabemos que son vitales, para agradecerles", dijo, como si esos señores hubieran venido a Venezuela de paseo, como si separarlos obligatoriamente de su labor titánica y contrarreloj no costara vidas. Venezuela vivió el peor cataclismo con el peor gobierno posible. Por eso necesito escribir sobre esa convicción que tenemos los venezolanos de que, a falta de Estado, solo contamos con nosotros mismos. Todo lo están haciendo los propios ciudadanos que, sin herramientas, escarban entre las ruinas para buscar vivos y muertos. No el gobierno. Todo lo están haciendo los voluntarios que preparan comida y llevan botellas de agua a los refugios. No el gobierno. Todo lo están haciendo los rescatistas, que salvan y animan a los sobrevivientes. No el gobierno. Todo lo están haciendo los médicos que se trasladaron por sus propios medios hasta los pocos centros de salud en los sitios más afectados. No el gobierno. Todo lo están haciendo los periodistas, que en tal caos informativo, verifican los datos, difunden cada hallazgo y denuncian cada atropello. No el gobierno. Todo lo están haciendo los usuarios de redes sociales, que canalizan ayudas y visibilizan historias. No el gobierno. Todo lo están haciendo los ingenieros y arquitectos, que gratuitamente van a revisar el estado de las edificaciones que permanecen en pie. No el gobierno. Todo lo están haciendo los psicólogos, que atienden a tantos que aún no pueden procesar la tragedia. No el gobierno. Todo lo están haciendo los informáticos, que han creado plataformas para registrar los nombres de los desaparecidos y organizar las ayudas humanitarias. No el gobierno. Todo lo están haciendo los artistas, que van a contarle cuentos a los niños damnificados. No el gobierno. Todo lo están haciendo la fortaleza y valentía de las propias víctimas: la niña que con su voz guió a los rescatistas y salvó al hermano; la madre que cubrió al hijo con su cuerpo. No el gobierno. Todo lo están haciendo las personas que recogen fotos entre los escombros porque quizás sea lo único que queda de muchas familias. No el gobierno. Todo lo están haciendo los migrantes venezolanos en el mundo, que recolectan dinero para comprar medicinas e insumos necesarios. No el gobierno. Todo lo están haciendo los civiles, que en las noches alumbran con sus celulares los edificios desplomados intentando hallar una señal de vida. No el gobierno. En fin, todo lo está haciendo el pueblo, que se rebela ante la infamia. También, todo lo están haciendo otras naciones, que han enviado equipos especializados en búsqueda y rescate, médicos, profesionales expertos en catástrofes. No el gobierno. Todo lo están haciendo los perritos rescatistas. No el gobierno. Incluso más estoy haciendo yo (inútil tan al sur) que el gobierno. Nos queda mucho trabajo por hacer, eso sí, porque recuperar al país no va a ser cosa de un día, ni de un mes; porque de este cataclismo (otra vez) tenemos que salir adelante solos. Y no olvidar. *** Este cataclismo también me enseñó algo sobre mí misma, me demostró que yo estaba muy equivocada, que nunca entendí el mensaje que tanto intentó transmitirme mi mamá. Mi primer recuerdo (o el que creo recordar) fue el terremoto de Caracas, el 29 de julio de 1967. Yo tenía dos años y ocho meses. La verdad no sé hasta dónde llega mi recuerdo y hasta dónde me lo implantó mi madre. Ella me habló del estruendo que venía del fondo del mundo y que le entraba por las sienes. Por eso supe que hubo ruido. Me habló del descenso a toda velocidad por las escaleras del edificio cuando cesó el movimiento. Por eso sé que corrimos. Me habló de los rezos en la casa de al lado ante el Jesús de las procesiones de Martes Santo. Por eso supe que pidió ayuda al más allá. No me habló nunca del miedo. Aunque seguro tuvo miedo. Al siguiente día, me llevó a ver los edificios desplomados muy cerca de mi casa. Yo no me acuerdo, pero ella me contó mil veces que la gente deambulaba por la calle casi desnuda, enloquecida, llorando a los familiares sepultados por los ladrillos. Tanto le impactó lo vivido que, desde entonces, guardó un Últimas Noticias de esos días, un periódico que aún permanece en una maleta cerrada en mi casa de Caracas. Siempre pensé que, con esa insistencia, mi mamá quería enseñarme que la muerte era una posibilidad. Que todos podíamos morir. Hasta ella. Hasta yo. Pero esta tragedia que vivimos ahora me demostró otra cosa. Escucho en un video a una niña que le dice a un reportero que se asustó mucho, que perdió su casa, pero que está contenta porque está viva y está con su mamá. Veo a otra niña que asoma su cabecita entre los escombros y entrega la sonrisa más bella del mundo. Me detengo a leer lo que escribió en las redes sociales el artista visual Yonel Hernández, que estaba en Caracas con su esposa e hija durante el terremoto y agradece haber podido “vivir esa intensidad juntos, ser padre y proteger cuando yo también sentía miedo”. Entonces entiendo. Mi mamá también tuvo miedo, pero no quiso enseñarme sobre la muerte cuando insistió en recordar por décadas el terremoto de 1967. Lo hizo porque quería que yo aprendiese a valorar la vida. La mamá de Mireya Tabuas guardó esta portada de 1967 en la que se documentó el terremoto que azotó Venezuela. El periódico estaba guardado en una maleta, en Caracas.

  • Ubeimar Ríos: “El fracaso puede ser permanente, pero nunca definitivo”

    Retrato de Ubeimar Ríos por Andrés Escobar. Durante más de tres décadas enseñó filosofía en un colegio. Después protagonizó una de las películas colombianas más celebradas del último tiempo. Ahora, recién jubilado, vuelve a caminar las mismas calles de siempre mientras intenta responder una pregunta mucho más difícil que cualquier premio: qué hacer con el resto de la vida. Hace un mes Ubeimar Ríos se jubiló. Mientras la mayoría imagina el retiro como el comienzo de una vida más lenta, la suya empezó a acelerarse. Después de protagonizar Un poeta, la película colombiana que lo llevó de los salones de clase a los festivales internacionales, el profesor de filosofía cambió las reuniones de padres de familia por entrevistas, los horarios escolares por vuelos y la rutina de El Carmen de Viboral, el pueblo en el que vive, a 40 kilómetros de Medellín, por una agenda que todavía intenta comprender. Sin embargo, todas las mañanas sigue despertando a la misma hora de cuando enseñaba. El día empieza temprano. Se levanta, prepara café y se queda un rato en silencio mirando el patio, un ritual que antes no tenía tiempo de hacer. Clara Elena Vélez, su esposa, lo observa de reojo; ella conoce bien las señales de cuando Ubeimar se mete demasiado adentro de sus propios pensamientos, una costumbre que se le agudizó después de meses de vivir, comer y dormir como Óscar Restrepo, el poeta borrachín que interpretó en Un Poeta. Fue ella quien lo trajo de vuelta cuando el personaje amenazaba con quedarse instalado en él. Ahora, jubilado, Ubeimar dice que ese trabajo de volver a ser él mismo lo hace todos los días, apenas se levanta. Después del café llegan las llamadas. Aunque ya no tiene que entrar a ningún salón de clase, su agenda sigue llena de fechas que antes ni imaginaba: festivales, premios, viajes. Contesta el teléfono a mitad de cualquier conversación, negocia fechas, agradece invitaciones, y vuelve a sentarse como si no hubiera pasado nada. La fama, dice, lo agarró sin que él lo buscara, y ahora le toca aprender a administrarla con la misma disciplina con la que durante años organizó el Festival Internacional de Poesía de Rionegro o el club de lectores en sus colegios. A media mañana, si no hay viaje pendiente, camina hasta la Casa de Poesía o se sienta a leer algo que tenía atrasado. La pensión le devolvió algo que el profesorado y el cine le habían robado de a poco, dice; el tiempo para no hacer nada productivo, para simplemente estar. Sigue yendo a los mismos sitios de siempre, saluda a los mismos vecinos, y aunque ahora hay miradas distintas en la calle y alguien que le pide un autógrafo con letra que él mismo confiesa fea, insiste en que la dinámica de su vida no debería cambiar. Sabe que la fama es efímera y que, como ha repetido en cada entrevista, en menos de lo que canta un gallo todo esto va a pasar. Por la tarde, si está en El Carmen, pasa por el colegio aunque ya no le toque entrar. Sus antiguos estudiantes lo reciben con la misma burla cariñosa de siempre: que el profe famoso, que les traiga cositas de los viajes. Es ese contacto, dice, el que lo mantiene anclado a quien era antes de que una cámara lo convirtiera en Óscar Restrepo. La noche la cierra temprano, casi siempre con Clara, revisando el calendario de la semana entrante: una entrevista, un vuelo, un ensayo de la banda que todavía no piensa dejar. Ubeimar Ríos lleva un mes pensionado y, a su manera, sigue trabajando tanto como siempre, solo que ahora el salón de clase quedó atrás y el escenario es el mundo entero. — La historia de Óscar Restrepo, protagonista de Un poeta, es un retrato sobre el fracaso. ¿Qué lugar ocupa este en tu vida? "El fracaso ha sido un compañero permanente. Por más logros que uno alcance, siempre hay otros aspectos de la vida en los que fracasa. No somos de una sola dimensión: puedo estar muy contento porque estoy recorriendo ciudades del mundo, pero hay cosas que nadie sabe y que también me hacen sentir un fracasado. Por eso me gusta tanto una frase que David Betancourt, un gran escritor colombiano, suele citar de Churchill: 'El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo'. Así me pasa a mí. Aunque haya dicho 'ya no más', a los pocos días vuelvo a intentarlo". Con el Festival Internacional de Poesía de Rionegro, por ejemplo, muchas veces fracasamos económicamente. Perdimos plata, y perder plata también es fracasar. Uno dice 'no más', pero pasan los meses, vuelve el entusiasmo y termina haciendo otra vez lo que le apasiona". — ¿Qué permite levantarse después de un fracaso? "Al principio uno se queda quieto. Incluso cuesta levantarse de la cama cuando llega la frustración. Hay personas que permanecen ahí, aunque tengan que seguir trabajando, y otras que abandonan todo porque entran en una espiral de presión. Yo creo que llega un momento en que hay que decir: 'Bueno, ya fracasé en esto, pero todavía quedan muchas otras cosas por hacer'. Tal vez esas salgan bien. No tiene ningún misterio: es entender que la vida siempre ofrece más posibilidades que ese fracaso puntual." — ¿Cómo definirías el fracaso? "Es un estado de la vida que, en muchos casos, puede ser permanente, pero nunca definitivo. Suena contradictorio, pero me refiero a que puede acompañarnos durante días, semanas o incluso más tiempo, y aun así es posible salir de él. Ese 'no ser definitivo' debería ser la regla, aunque, por desgracia, hay personas que no logran superar un fracaso. Para mí, el fracaso es ese estado difícil que no podemos permitir que se instale para siempre". — Después de tantos años enseñando, ¿qué ha cambiado más: los estudiantes o los profesores? "Han cambiado más los estudiantes. Les tengo mucho cariño y admiración a las nuevas generaciones. Nosotros solemos decir que los jóvenes no quieren hacer nada, pero quizás lo que ocurre es que no quieren hacer lo que nosotros les proponemos. En cambio, los profesores hemos cambiado menos de lo que creemos. A veces hasta me da culpa verlo: hay docentes que siguen enseñando con el mismo libro de filosofía de hace treinta años, repitiendo prácticamente la misma clase, cuando hoy existen herramientas que podrían acercar mucho mejor esos contenidos. Los jóvenes tienen intereses distintos. Algunos ya ni siquiera quieren ir a la universidad; desde el colegio están explorando otros caminos para aprender. Como en todas las generaciones, hay de todo: quienes leen la realidad con mucha lucidez, quienes tienen una enorme imaginación y quienes acumulan muchísimo conocimiento. En cualquier caso, hoy tienen más posibilidades que nunca". — Vivimos un tiempo marcado por la guerra, la incertidumbre y las malas noticias. ¿Cómo se piensa el futuro en medio de todo eso? "Es la gran paradoja que vivimos. Creo que, al paso que vamos, estamos asistiendo al principio del fin del mundo; no me parece una idea descabellada. Pero, al mismo tiempo, hoy ya se habla con seriedad de la inmortalidad del ser humano, algo que hace veinte años habría parecido una locura. Los muchachos saben que están viviendo un momento extraordinario y se la juegan toda. Hay jóvenes de 15 o 16 años levantando emprendimientos, otros dedicados por completo al deporte. Siento que están aprovechando cada instante que la vida les regala. En medio de tantos cambios, es difícil hacer afirmaciones categóricas". — ¿De dónde sacas esperanza? "De los jóvenes. De mis alumnos. De tantos muchachos que trabajan con la idea de cuidar el planeta. Hay esperanza en una generación que es consciente de los problemas que vivimos y que, poco a poco, puede ayudar a cambiar las cosas. O, al menos, permitirnos ser testigos de algo distinto en medio del caos." — ¿Ser poeta consiste en escribir o también en una forma de mirar el mundo? "Cuando hablamos de un poeta, hablamos de alguien que escribe. El poeta es quien trabaja su oficio, quien entrega su vida a una obra escrita. Todos podemos ser sensibles, emocionarnos o amar la poesía, pero yo no llamaría poeta a alguien que no escribe de manera constante." — ¿Qué te enseñó la poesía que no te hubiera enseñado la filosofía? "Aunque parezcan disciplinas lejanas, están profundamente emparentadas. La filosofía también busca comprender la experiencia humana, pero la poesía me toca de una manera más directa. En los momentos difíciles, cuando la vida se pone cuesta arriba, yo encuentro más refugio leyendo poesía que filosofía. La poesía me lleva a las emociones y a una lectura mucho más íntima de lo humano." — ¿Cómo fue dejar la docencia después de tantos años? "Fue duro, aunque ya estaba cansado. En los últimos cinco años habría preferido quedarme en la casa con mi señora. La película también fue preparando ese camino. Para grabarla pedí una comisión de casi dos meses; después vinieron otros permisos y, este año, una nueva comisión de tres meses. Alcancé a hacer clases un mes después de uno de esos viajes y entonces presenté mi carta de retiro. Después llegó la nostalgia. El primer día fue muy duro, por todos los recuerdos. Quiero profundamente mi profesión, pero estoy muy contento con la decisión. Mucha gente dice que cumplí un sueño con la película, y eso me da risa, porque nunca soñé con actuar. Mi verdadero sueño era llegar a la edad de pensionarme y salir al otro día. Y lo logré: por apenas ocho días de diferencia. Cumplí la edad, tenía el tiempo de servicio y me retiré. Ese sí era mi sueño. Probablemente pude hacerlo gracias a la película; de lo contrario, habría tenido que seguir trabajando algunos años más." — ¿Qué viene ahora? "No sé si hablar de sueños; prefiero llamarlo una visión. Mañana tenemos un concierto con Poiesis, aquí en El Carmen de Viboral, un ensamble de poesía y rock. En agosto vamos a grabar en Bogotá, en los estudios de Nicolás y Sus Fumadores, y después vienen conciertos en Medellín y otros festivales. También sigo dirigiendo el Festival Internacional de Poesía de Rionegro, cuya próxima edición será en noviembre. Además, hace poco hice un casting para otra película. En los próximos días sabré si resulta. Me gustaría vivir esa experiencia otra vez y descubrir si realmente tengo facultades como actor." — ¿Qué piensas del remake estadounidense de Un poeta? "Me da risa y mucha curiosidad. Me alegra muchísimo por Simón, porque se merece todo lo que le pase; siempre está pensando en su próxima película. Tengo curiosidad por saber quién interpretará al poeta, cómo adaptarán la historia al contexto estadounidense y qué harán con el personaje. A mucha gente le molesta la idea del remake, pero a mí no. Al contrario: creo que despertó aún más interés por ver la película original." — Nunca buscaste ser actor y, sin embargo, terminaste en Cannes. ¿Qué significa hoy el éxito para ti? "De alguna manera terminé representando el sueño de muchas personas. Pero, para mí, el éxito consiste en poder hacer lo que uno quiere, independientemente de las consecuencias. Lo que me pasó no era un sueño. Todavía me preguntan si lo fue, pero yo nunca imaginé estar en Cannes. Fue una experiencia extraordinaria, algo que un año antes ni siquiera se me cruzaba por la cabeza. Trato de vivir el presente y de trabajar en lo que realmente me interesa, sin la presión de pensar que ahora tengo que mantenerme en un lugar. De hecho, si uno mide el éxito de esa manera, hacer otra película sería un riesgo enorme, porque lo que ocurrió con Un poeta probablemente no vuelva a repetirse. Bastaría un titular para pasar del éxito al fracaso. Por eso prefiero no pensar demasiado en esas categorías. Lo importante es hacer aquello que uno siente que debe hacer y estar tranquilo con esa decisión." — ¿Cómo es hoy un día cualquiera en tu vida? "Ahora mismo sigo aprovechando las oportunidades que aparecieron gracias a la película. Hasta fin de año, al menos, trabajaré con Señal Colombia en Colombia verso a verso, como presentador. La próxima semana viajo a los Llanos Orientales durante diez días; después iré a Salento y luego a Cali. Cuando estoy en casa disfruto de las cosas simples: salgo a caminar con mi señora, leo cuando tengo ganas y casi siempre doy una, dos o tres entrevistas, como esta. También están los trámites de siempre. Vivo en El Carmen, pero muchas veces tengo que ir a Rionegro para resolver asuntos como la pensión o las cesantías. En realidad, nunca faltan cosas por hacer."

  • Javiera Tapia, periodista: “Necesito a la gente. Me gusta la gente. Me interesa la gente”

    La periodista chilena Javiera Tapia ha hecho de la entrevista su género favorito del periodismo. Su tercer libro, No tengo que ganar: mi verano con Diamela Eltit, es la prueba más reciente de ese método y su amor por las conversaciones: el retrato de dos mujeres que reflexionan sobre los tópicos que hicieron y hacen la humanidad, a través de diálogos que atraviesan desde la pequeñez de lo cotidiano hasta lo inmenso de internet. Hay algo que Javiera Tapia tiene claro después de casi dos décadas haciendo entrevistas: cualquier conversación, sin importar el tema, termina siempre en lo colectivo. “Me gustan mucho las personas. Me gusta escuchar a la gente”, dice. Esa necesidad es, probablemente, la mejor definición de su oficio. Comenzó su carrera en Chile como periodista musical en la extinta revista Extravaganza!, y desde entonces su trabajo se ha expandido hacia la cultura hispanohablante en general: en Palabra Pública ha escrito sobre escritoras argentinas como Camila Sosa Villada y Mariana Enríquez. Ese mismo método —conversar largo, escuchar antes de escribir— lo ejerce también en “Reverberantes”, videopodcast en el que ha dialogado con artistas musicales de trayectorias muy distintas, como Javiera Parra, Diego Lorenzini y Anttonias, y que exponen distintas luces sobre lo que significa hoy ser músico en Chile. “Los artistas están diciendo muchas cosas, yo solo entrevisto una pequeña porción, pero el último año he visto mucha ansiedad. Eso es super evidente”, dice. “Hay mucha ansiedad respecto a pegarse, que es una palabra que la gente empezó a usar sobre la ansiedad por despegar, por estar disponible y visible todo el tiempo, como ‘Si no tengo una novedad este mes para Spotify, cagué’, cuando sacar un disco por año me parece una brutalidad. Y siento que en los últimos años, sobre todo en la música, he visto mucho esa ansiedad de no dejar de estar. Creo que ahora eso está, al menos, entrando en crisis. Hubo un momento en que era algo que yo notaba mucho en la entrevista, pero que los artistas no lo hablaban. Ahora sí estoy viendo un cuestionamiento. Yo creo que ahora sí están teniendo conversaciones porque también lo otro es inviable, no solo a nivel artístico, sino que a nivel personal. Eso te enferma. No es sostenible en el tiempo ese ritmo, ni de creación, ni de promoción, ni de visibilidad”. Esa misma manera de acercarse —sin apuro, dejándose llevar por la conversación— fue la que puso a prueba en su tercer libro, No tengo que ganar: mi verano con Diamela Eltit, donde ahonda en la figura literaria y performática de Eltit a través de conversaciones que atraviesan desde la pequeñez de lo cotidiano hasta lo inmenso de internet. El resultado es el retrato de dos mujeres que reflexionan sobre los tópicos que hicieron y hacen la humanidad, escrito, otra vez, desde lo popular y no desde lo académico. Javiera la empezó a leer en la universidad, no en el colegio, y le pareció “una escritora super rara, porque escribe de otra manera, no es lineal”. Con el tiempo empezó a leer también sus columnas de opinión. “A mí me fascinaba esta persona porque no solo es escritora, fue una artista que había hecho muchas cosas en años muy difíciles”. Javiera Tapia y Diamela Eltit durante una de las tantas conversaciones de aquel verano. De esos encuentros —sin grabadora encendida todo el tiempo, sin plan de escritura, solo la conversación por sí misma— nació "No tengo que ganar: mi verano con Diamela Eltit", el libro que retrata a la escritora lejos de la biografía y de la academia / Foto de Val Palavecino. – Es una autora super arraigada en Chile también, nunca se fue al exterior. “Sí, toda su obra también es muy chilena, entonces siempre me causaba mucha curiosidad ella como artista, como persona que piensa. Cuando leía sus columnas de opinión me extrañaba no verla más publicada en esa área”. Esa curiosidad la llevó a contactar a la escritora y, eventualmente, a pasar un verano de conversaciones juntas que se convirtió en un libro. Uno que no trata a Diamela como una biografía con fecha de nacimiento y resumen de bibliografías, sino que aprovecha esos encuentros para escribir sobre Eltit en fácil, fuera de todo lo académico: “En un momento me acuerdo de hablar con el Juanma, mi editor, y decirle ‘¿Por qué nadie ha escrito en fácil sobre la Diamela? Preguntémosle de todo’. No desde una perspectiva académica, porque hay mucho escrito de ella desde ahí y eso es bacán, hay mucho estudio literario alrededor de su obra, pero igual eso queda muy en la academia”. No tengo que ganar es el resultado de esa impronta: una recopilación de varios momentos, a partir de conversaciones que no quedan transcritas con un simple pregunta y respuesta, sino como un retrato cálido de encuentros entre dos mujeres que respiran la cultura —como hábitos, colectivo y detalles— para vivir un día más. – ¿Cuál fue la gran diferencia en el proceso con los otros dos libros que has escrito? “En primer lugar yo le escribí a la Diamela para conocernos, contarle la idea que tenía, porque no nos conocíamos y saber si ella quería hacerlo. Desde que aceptó y empezamos a juntarnos y yo solo estaba viviendo el proceso de encontrarme con ella, yo no escribí nada durante ese verano. Solo me juntaba con ella”. – ¿Y transcribiste después de cada día o dejaste todo para el final? “No, solo me dediqué a conversar con ella, leía cosas, obviamente preparaba los temas que me interesaba como preguntarle, pero no escribí nada y no tenía ningún plan de cómo iba a ser el proceso de escritura. Y abandonarme a eso fue muy diferente a los otros [libros] que, a pesar de que, claro, como todos parten del germen de la entrevista, tampoco es que puedas planificar tanto. Las conversaciones con ella a lo largo del tiempo fueron las que también me fueron dando pistas de cómo iba a desarrollar después la escritura en el libro. Algo de lo que me hice consciente también en este proceso, que creo que no lo tenía tan claro en los otros, es que el sonido fue muy importante para mí, para hacer este libro. Yo después de juntarme con ella y tener estos archivos, hubo un tiempo, de hecho, varios meses, en que solo estuve escuchando los archivos. Los escuchaba y decía, ‘Ah, me acordé de tal cosa que decía la Diamela en el libro e iba a leer’. Creo que hay una dimensión del libro que quizás tiene que ver con esa cotidianidad, la gente me ha mencionado como una calidez en el libro. Yo creo que eso tiene mucho que ver con la escucha de esos archivos”. – ¿Qué conversación te gustaría tener después de esto? ¿Con quién? “Con todo el mundo. Porque hay algo que me di cuenta juntándome con la Diamela, y después escribiendo el libro: todo el rato empezábamos a hablar de algo personal, de una idea sobre el mundo o de algún libro, lo que fuera, y siempre terminábamos hablando de personas. Todos los temas terminaban en lo colectivo, y eso pasó todos los días que nos vimos. Encontré muy bonita esa idea. Y creo que por eso me di cuenta de que quizás soy más optimista de lo que pensaba: me gustan mucho las personas. Me gusta escuchar a la gente. Ya sabía más o menos que me gustaba preguntarle cosas, porque me encanta, pero con este libro me di cuenta más profundamente: necesito a la gente, me gusta la gente, me interesa la gente”.

  • Esta noche nos juntamos en el Bar de Willy

    Durante medio siglo, el Bar de Willy ha cambiado de nombre, dirección, administradores y público. Desde los sótanos clandestinos de la dictadura hasta las noches del Paseo Las Palmas, su historia ha acompañado las transformaciones de la vida queer en Santiago. Entre sus mesas y pistas de baile, generaciones de homosexuales, parroquianos y artistas drag encontraron uno de los pocos lugares donde podían reunirse, mostrarse tal como eran y sentirse parte de algo. Hace mucho que el bar gay más longevo de Santiago perdió a su dueño. Willy ya no está. Tampoco Luis, su mano derecha. Ni Carlos Franco, que salía al escenario con plumas rojas y maquillaje pálido: hacía drag antes de que en Chile alguien le pusiera nombre al drag. Tampoco está Andrés Pérez, el director de La Negra Ester. Él, como muchos otros parroquianos de Willy, murió con miedo y vergüenza: para algunos era preferible no ir al hospital, negar el VIH hasta que los hiciera desaparecer. El bar, sin embargo, sigue ahí. Hoy funciona en Avenida Nueva Providencia 2210, en el Paseo Las Palmas. De día abre como Bar Foxy: cortinas abiertas, luz natural, señores mayores tomando coctelería clásica. A partir de las siete u ocho de la noche, un cartel giratorio anuncia el cambio. Entonces vuelve a ser el Bar de Willy. Han pasado cincuenta años y tres direcciones distintas. Aun así, sigue llegando gente en busca de algo que no siempre sabe cómo nombrar. “Fue el primer lugar que hubo, el primer espacio de la comunidad en que podías ir a conversar, hacer una previa y pinchar”, dice el mítico Ricardo Oyarzún (70), famoso diseñador que en 1981 fundó el Movimiento de Integración: una de las principales organizaciones homosexuales previas al MOVILH. Oyarzún dice que la importancia del Bar de Willy radica en el contraste del pasado y el presente para la vida queer: “Hoy tú aprietas un botón, y tienes para conocer un colita, pero antes no habían redes, no estaba la tecnología de ahora”. No existen muchos registros visuales sobre el Bar de Willy. Para conocerlo hay que ir: sentarse en la barra, mirar el reflejo del salón en el espejo tras el barman y dejarse envolver por las cortinas color vino y las luces amarillas de Navidad que están prendidas todo el año. También queda otro camino: acudir a uno de los pocos registros escritos que sobreviven. Uno de ellos es Las viudas odiosas de Lemebel, un libro que reúne relatos de distintos autores entorno a la figura de Pedro. En uno de los relatos, que se llama Lemebel en el After de Richi, se celebra un cumpleaños. En medio de la fiesta, irrumpe Pedro, “acompañado de su ligue de turno y de una corte de seguidores”. Después de una noche de fiesta, de muchas conversaciones de política y de bailes de vedettos, la celebración se traslada a casa de Ricardo Valenzuela (82), el autor, que hoy vive en España. “Todos se mezclaban alrededor de la barra: gente común, intelectuales, artistas, escritores. Era un constante subir y bajar las escaleras”, menciona Valenzuela caracterizando al público que acudía al bar a lo largo de los años 2000. El escritor dice que muchas de las diversiones, en aquel entonces, nacían en el segundo piso: “Vivió diferentes etapas en su historia: pista de baile, lugar de shows de vedettos, cuarto oscuro. A veces todo a la vez”. Las experiencias vividas en el Paseo Las Palmas no son las únicas que recuerda Valenzuela. Él había vuelto a Chile en 1990, había terminado su exilio y recién estaba asumiendo su homosexualidad. Entonces, las invitaciones después del jolgorio en Fausto lo llevaron al primer Bar de Willy. Era otra vida. Willy en dictadura La primera locación estaba en el sótano de un edificio de Fidel Oteiza, en Providencia. La barra circular ocupaba el centro del salón. Alrededor, muros negros iluminados por luces de colores y cubos rojos de un metro de altura con zapatos encima. Esa era la decoración. Afuera, Chile era una dictadura. Adentro, homosexuales, artistas y drag queens de vanguardia encontraron uno de los primeros refugios nocturnos de Santiago. Sergio Cantillano (56) llegó por primera vez en la segunda mitad de los años ochenta. Tenía 17 años. Faltaban décadas para que adoptara el nombre artístico de Petra Pérez y comenzara a hacer performance drag. Todavía no existían los maquillajes ni las pelucas. La dictadura lo empujaba a usar camisa y jeans. Por entonces le decían “la Miss 17”, porque era la más joven del grupo. Había llegado al lugar de la mano de un pololo mayor. El impacto fue inmediato. “Era un lugar muy, muy exclusivo”, recuerda. Y no porque hubiera filtros en la puerta. Según Petra, no llegaba gente común. Llegaban los personajes más destacados de la bohemia santiaguina. Adela Calderón (67), actriz de teleseries a fines de los años ochenta, todavía recuerda ese ambiente. Hoy dirige un restaurante cerca de Metro Matta. “Podemos hablar, pero necesito que me acompañes a buscar unas tortas”, dice mientras abre las puertas de su camioneta. El tapiz es beige. Lleva un chaleco rosado, boina y delantal negro. Muchas de sus frases terminan en una risa. “No sé, fue hace tanto”, dice. Petra Pérez en el escenario. Foto de su archivo personal. “Llegaba gente con mucho glamour”, recuerda. Entre sus imágenes más nítidas está una fiesta Black and White. Ella vistió una túnica y un turbante blanco. Entre el humo de los cigarrillos y las luces de colores aparecían siluetas cubiertas por gasas pálidas y atuendos extravagantes. Pero el glamour tenía un reverso. Al salir del bar, la ciudad seguía siendo la misma. “Estábamos en dictadura. Era todo muy clandestino, muy underground. Tratábamos de pasar lo más desapercibidos posible”, recuerda Petra sobre uno de los temores de la época: la persecución de las disidencias sexuales. En las memorias de Petra también sobrevive Willy, el dueño original del local. “Una loca, más loca que todas las locas juntas”, dice. Lo recuerda bajito, extremadamente delgado, casi siempre con un cigarro en la boca y una melena que a veces era negra y otras rubia. Willy murió hace años y nadie parece saber con certeza cómo ocurrió. No fue el único que desapareció de aquellas noches. Las locas lesas En Chile, el primer caso de un fallecimiento ocasionado por VIH se registró en agosto de 1984. Se trataba de un hombre llamado Edmundo Rodríguez, docente de castellano, extrovertido y seguro. Así lo describe Víctor Hugo Robles, periodista, exparroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas. Para los homosexuales de la época había muy poca información: todo llegaba en inglés, y los primeros casos eran norteamericanos. El virus avanzó en silencio, y el bar fue testigo de muchas pérdidas. Robles contrajo el virus en 1993. Llegó a pesar cerca de 40 kilos en 1994, mientras batallaba contra el VIH. Los tratamientos eran escasos y su distribución brutal: "Había solo dos opciones en los hospitales. Tú aparecías en una especie de sorteo que hacían en algunas organizaciones, o heredabas las pastillas de alguien que moría (...) Imagínate lo dramático que era esperar que alguien muriera para poder quedarte tú con sus medicamentos; así era en ese tiempo", recuerda Robles del otro lado de una pantalla, luciendo una boina y el cabello rizado. Su voz es melódica. Entre los que no sobrevivieron estaba Carlos Franco. Hacía performances artísticas inspiradas en Candy Dubois: maquillajes pálidos y plumas rojas sobre piel morena y pelo negro ondulado. Era un asistente fiel en el primer Willy, un exponente drag antes de que el drag tuviera ese nombre en nuestro país. "Un súper buen artista, un amigo espectacular", dice Calderón. Solo se caracterizaba para actuar; en la vida cotidiana usaba poleras negras y jeans. Según Calderón, Carlos Franco era parte de un grupo de artistas muy sofisticados, “todos eran amigos, todos llegaban donde Willy, pero mucha gente se murió de SIDA”. Franco falleció iniciada la década de los 2000. Víctor Hugo Robles, más conocido como El Che de los gays, es periodista, ex parroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas. Víctor Hugo también recuerda a Carlos Franco como un referente. El periodista piensa, sobre todo, en una vivencia particular. Durante los primeros años de la década de los noventa, el periodista iba al Hospital San José. Buscaba los medicamentos para su terapia. Entonces ocurrió el encuentro: “Yo iba subiendo una rampa y Carlos venía bajando con su pareja, desesperados porque no podían conseguir la terapia. Siempre me quedó a mí en la memoria ese mensaje, esa cara de angustia”. Encuentros como ese pasaron a ser parte de los temores recurrentes de las locas lesas. Así lo describe Petra Pérez: “Después, ya cuando había tratamiento, había muchas que les daba vergüenza. No querían encontrarse en el hospital con alguien que las reconociera o las viera haciéndose un examen. Las preocupaciones eran distintas a las de ahora”. Andrés Pérez, el director teatral creador de La Negra Ester y fundador del Gran Circo Teatro, también frecuentaba el bar. Considerado una de las figuras más influyentes del teatro chileno contemporáneo, recibió reconocimientos como el Premio APES a la mejor dirección teatral por La Negra Ester (1989), el Premio de los Críticos de Santiago (1995) y el Premio Altazor a la mejor dirección por La huida (2002). Petra recuerda las fiestas compartidas: "Nos encontrábamos en ese lugar, que era el local de las locas top de la época". Andrés falleció en 2002, tras pasar dos meses hospitalizado a causa de una neumonitis oportunista asociada al SIDA. Robles lo había encontrado en una fiesta tiempo antes e intentó hablar con él: “Lo vi y le pregunté si tenía VIH. Le dije que podíamos conversar, que lo podíamos ayudar. Había tiempo todavía. Pero me respondió que no, que no pasaba nada, que no tenía ningún problema". Robles plantea que el temor a las habladurías sigue estando presente en Chile. “Mucha gente que tiene recursos prefiere no atenderse en el sistema para que sus nombres no aparezcan en recetas ni nada, y compran las terapias en mercados alternativos". Víctor Hugo también señala que muchos pacientes se atienden en zonas geográficas distintas por el mismo temor: “Hay muchos que vienen de regiones a atenderse a otras. No se atienden en sus en sus propios hospitales regionales porque no quieren que los vea un vecino o un amigo”. Andrés Pérez Araya y Tomás Rivera González, La Doctora de San Camilo, en 2001 / Archivo de Víctor Hugo. Mudanza al caracol Cuando el dueño original del bar murió, Luis, su mano derecha, heredó el lugar. Entonces el bar reencarnó en el sótano de un caracol, en la intersección de los Leones con Providencia. Los cubos rojos con los zapatos en la cima se mantuvieron. Se sumó alguna plataforma con fierro vertical para shows de striptease. La barra ya no estaba en el centro del local, sino pegada a un muro. También había una mesa de pool. Las cortinas eran color tierra y los muros negros. Las luces en las paredes seguían siendo de todos los colores. Petra Pérez vivió sus mejores años en esa locación. Ya no era un niño de 17 años vestido de camisa y jeans, para ese entonces Petra echaba a sus amigos arriba de su escarabajo rojo. Recorrían la Alameda en la noche en un paseo ruidoso. Pasaban a Fausto o a Búnker, y después se iban al Bar de Willy. Todos a bordo: las locas y los rotos, explica la artista. También algún heterocurioso, agrega. Llevaban pelucas en el maletero. Mucho Popper en la nariz. Así, con una cuota de nostalgia, lo describe la transformista. La artista vio más de una vez a prostitutas entrar al bar para tomarse un trago y bailar un rato. Cuando el dinero escaseaba en la calle, aparecían por media hora y luego volvían a salir. Cruzaban el salón con vestidos llamativos y tacos altos. En las plataformas, los vedettos bailaban alrededor de los caños. “Yo muchas veces me subía a huevear a los cubos. Era una loca borracha”, recuerda Pérez. También se acuerda de otro detalle de aquellos espectáculos: “Los vedettos salían truqueados ahí abajo”. Antes de subir al escenario se provocaban erecciones artificiales para acentuar el efecto de las zungas. La penumbra borraba algunos contornos, pero no alcanzaba a esconder lo que ocurría en el salón. Todos tienen una noche El bar, finalmente, acabó trasladándose al Paseo Las Palmas. Luis falleció en un atropello. La administración quedó legada a su hermana y esposa. Después a su hija. Ella eligió no hablar, dice que todos quienes tienen historias para contar, simplemente ya no están. Quien sí conversó fue Gastón Pinto (61). Él todavía es cliente del bar. Actualmente, el hombre conserva una tradición con un grupo de amigos. Son ocho personas, él lo define como un “Club de Toby”. Una vez al mes se reúnen a comer y después van al bar. La última vez fue el martes 2 de junio, se reunieron en el restaurante Baco, uno de los más exclusivos del continente. Después el grupo se desgranó: solo tres integrantes remataron la junta en el Willy. Gastón tomó vodka. La charla se extendió durante horas. Las palabras se fundieron con la noche. Gastón también recuerda la época en que el segundo piso del local albergaba espectáculos de striptease y servía como cuarto oscuro. Hoy solo se arrienda para cumpleaños. "Ha cambiado el tipo de público, ha cambiado totalmente”, dice Pinto. Añade que antes raramente iban mujeres, y que ahora muchos de los visitantes van a servirse tragos por la historia del lugar, para conocer el mito. Porque según él, las historias son muchas. Si le preguntas al autor Ricardo Valenzuela por la noche más especial que pasó en el Bar de Willy, hablará de la experiencia que le hizo escribir su cuento. Ese after con Pedro Lemebel. El grupo de amigos salió del bar y se fueron a la casa de Valenzuela. Entre la música y el trago, Pedro firmó una colección completa de libros en el dormitorio del dueño de casa. Tengo miedo torero fue uno de los principales. Si le preguntas a Petra Pérez, hablará de la primera vez que llegó al bar vestida como Petra. Acababa de ganar el premio Grace, otorgado por Fausto, y el triunfo todavía estaba fresco. “Había micrófonos, gente afuera, Luchito tiró la casa por la ventana”, recuerda. Esa noche llegó para cantar un cumpleaños y tuvo que abrirse paso entre felicitaciones y abrazos. “Me creía la muerte, porque yo era la mejor drag queen”, dice entre risas. Si consultas a Víctor Hugo Robles, el Che de los gays, qué es lo que hace tan especial al bar, dirá lo siguiente: “Era un bar muy exclusivo, no exclusivo porque fuera gente de elite, sino porque era una familia. Yo iba un día y siempre me encontraba con la misma loca, en el mismo sillón”. Y si acudes al bar, hablarán las paredes del baño. En uno de los muros, escrito con lápiz mina, hay un mensaje tembloroso: “No llores, mariquita linda, por nacer. Llora cuando no queden días por venir”.

  • Sobre paternidad y cocina: una conversación con Benjamín Nast

    Foto de Carolina Vargas Benjamín Nast es uno de los cocineros más influyentes de la gastronomía chilena: formado en restaurantes con estrella Michelin en Francia y España, tiene cuatro proyectos propios y es jurado de Top Chef VIP. Pero su nuevo libro se corona como uno de los trabajos más honestos que ha producido: ¡Tengo hambre, papá!, un recetario amable, donde el ingrediente más importante allí es el amor que tiene por sus hijos y la forma en la que él se construye como padre, hijo y hombre todos los días. Benjamín Nast (41) ha cocinado en algunos de los restaurantes más exigentes del mundo, ha sido elegido mejor chef emergente del país, tiene cuatro proyectos gastronómicos propios en Santiago y aparece cada semana en televisión como jurado de Top Chef VIP. Todo eso, sin embargo, no lo preparó para el momento en que se dio cuenta de que sus hijos comían demasiado delivery. Que él, el mismo que pasó cuatro años en el Dos Palillos de Barcelona con estrella Michelin, el mismo que trabajó en Francia y Alemania aprendiendo técnicas que pocos cocineros chilenos conocen de primera mano, estaba dejando que sus hijos crecieran sin saber lo que era sentarse a una mesa con comida hecha en casa. Algo en eso no cerraba. Algo en eso, dice, le empezó a pesar. Hoy es miércoles y Nast acaba de terminar una sesión de fotos en Demencia, su restaurante en Vitacura, donde las alfombras son rojas y del techo cuelgan candelabros de luz amarilla. Pide un americano, se sienta, y se prepara para responder un cuestionario sobre ser chef y ser papá. "Mis hijos me han enseñado más cosas que la cocina", responderá más adelante. ―Benjamín, ¿hay dificultades en compatibilizar la exigencia en la cocina con la vida familiar? "Yo creo que sí. Antiguamente era mucho más difícil . La calidad de vida es fundamental dentro de cualquier profesión, y la cocina hoy se ha acercado mucho a una carrera común, como cualquier otra, donde los horarios son respetados. El trato es completamente distinto al que había. Yo me formé en una época donde los cocineros teníamos que trabajar 16 horas al día, la exigencia era altísima. Y no quiero decir que hoy en día no lo sea, simplemente, el valor del día a día, de la vida, del tiempo, era distinto". ―¿Cómo fueron esos primeros años? "Yo empecé en la cocina el 2007. Y claro, trabajábamos entre 12 y 14 horas diarias. Una locura. Después cuando me fui a Europa, eran 16 horas al día. Igual yo quería estar ahí, la pasión me perseguía, quería estar metido en la cocina. Ni siquiera me lo replanteaba". El chef acaba de lanzar su primer libro: ¡Tengo hambre, papá! Un recetario sencillo para cocinar junto a los niños. Foto de Carolina Vargas, Entre chef y padre Benjamín Nast empezó a cocinar en 2007, en el Hotel Ritz, con Tomás Olivera, y desde el primer día tuvo una ansiedad que él mismo describe como persecución: la pasión lo seguía a todas partes y él se dejaba encontrar. Quería ver de qué se trataba, encontrarse, y la cocina era el único lugar donde eso parecía posible. Dos años después cruzó el Atlántico y aterrizó en Le Taillevent, en Francia, donde el primer turno partía a las nueve de la mañana y el segundo terminaba a las once de la noche. Después vino el Dos Palillos en Barcelona, fundado por Albert Raurich, discípulo de Ferran Adrià, donde empezó sin sueldo y se quedó cuatro años. En total estuvo nueve yendo y viniendo entre Europa y Chile, trabajando entre doce y dieciséis horas diarias sin replanteárselo, porque así era entonces. El valor del tiempo era distinto. Él quería estar ahí, en la cocina del Dos Palillos, dentro de esa barra cuadrada de madera, rodeado por los muros oscuros y los adornos rojos, entregando de mano a mano los platos a sus comensales. En uno de esos regresos volvió siendo padre. La geometría de todo cambió. ―Volviste a emprender con De Patio, tu primer restaurante, ¿dejaste cosas de lado términos de paternidad por trabajo? "Yo no siento que haya dejado cosas de lado. Simplemente, cuando vives en pareja descansas mucho en el otro, y en ese momento había un emprendimiento detrás. Quizás me hubiese gustado estar más presente, sí, pero si no hubiese empujado mi vida, mi carrera, no estaría donde estoy hoy". ―¿Cómo llegas a la idea de escribir un libro que mezcle la paternidad con tu trabajo? "La idea nace cuando me di cuenta de que los niños estaban comiendo más delivery de lo que debiesen. Claro, yo soy cocinero, no podía ser que mis hijos el día de mañana dijeran que los estaba alimentando a puras hamburguesas. Ese tipo de cosas también me empezaron a pesar. Creo que la cocina es un lugar en el que se puede generar un vínculo tremendo con los niños. Donde pueden nacer recuerdos importantes". ―¿Aprendiste algo en la cocina que te haya servido a la hora de criar? "Mis hijos me han enseñado más cosas que la cocina. La familia al final te enseña sobre el valor del tiempo y del cariño. La cocina, independiente de que es algo muy importante para mí, es mi profesión, no es más que eso. Entonces, no lo pongo en el mismo nivel que mis hijos y mi vida personal. Si tengo que dejarla por estar más tiempo con mi familia, conmigo mismo, disfrutar de hacer las cosas que también me hacen bien, yo creo que así tendría que ser". ―¿Cómo entiendes tu rol como referente masculino para tus hijos? "Trato de ser yo nomás, de demostrarles quién soy y ya está. Tengo una tremenda cercanía con ellos. Son chicos todavía y sé que más adelante llegarán nuevas conversaciones; donde yo daré mis puntos de vista, pero por ahora lo más importante es que su mamá y yo trabajamos en conjunto, con muy buena relación, criando niños libres, que toman sus propias decisiones y donde queremos que crezcan a su manera. Nosotros solo acompañamos." ―Pero, ¿crees que hay temas que no son lo suficientemente conversados entre hombres respecto a la paternidad? "No sé si haya algo que no esté conversado. Yo creo que estamos en un momento en el que, tanto las mujeres como los hombres, tienen el derecho a crecer individualmente dentro de una pareja. Y sobre todo cuando hay niños de por medio, porque ahí es donde quizás las balanzas se empezaban a descompensar antes". Foto de Carolina Vargas. La firma Nast Todavía sentado en la cafetería, Nast da un sorbo a su taza mientras recuerda algunas historias sobre sus primeros años cocinando. Dice que estudiaba mucho, que siempre llegaba con nuevas ideas al Ritz para intentar mostrarse. En una ocasión, hizo unas lentejas con jamón. El chef ríe mientras recuerda el plato. La risa aumenta cuando empieza hablar sobre su padre, dice que se van pegando las maneras, los chistes, la forma de reír, la forma de hablar. ―Benjamín, ¿te inspiras en tu padre al momento de criar? "Todo el rato. Me doy cuenta de que, con los años, uno empieza a parecerse más a sus papás. No sé si a todos les pasa, pero yo creo que eso es bonito, hay una energía familiar que va trascendiendo de generación en generación. Puede sonar muy básico, pero una familia termina siendo como una firma. Hay rasgos, costumbres y maneras de ver la vida que uno hereda, para bien o para mal. Mi papá es un tremendo elemento en mi vida, y ha sido una persona que siempre se ha acercado a mí a conversar" ―¿Qué es lo que más admiras de él? "Su libertad. Mi papá, siendo que ahora cumple 70 años, es un hombre tremendamente libre, que siempre ha buscado la felicidad. Tiene un amor por sus hijos y por su familia que es gigante. Y eso es algo que admiro. Yo entendí el tremendo amor que tenía nos tiene nuestro papá en el momento que nacieron mis propios hijos". ―¿Cuál es la principal enseñanza que quieres dejar a tus hijos? "Que persigan su pasión, nada más, que persigan lo que les gusta. Para mí, eso es fundamental. Al principio, cuando salí del colegio, no tenía idea de lo que quería hacer, me puse a estudiar ingeniería y lo pasé pésimo. Después me fui buscar mi pasión y encontré algo: la cocina. Lo importante es eso, que prueben cosas, da lo mismo el resultado, da lo mismo si eres el mejor o eres el peor, hazlo". ―Entonces, ¿qué tipo de personas te gustaría que fueran? "La que ellos quieran ser".

  • Gabriel León: "La ciencia no tiene partido, ni creencia política"

    Ilustración de @monodeleon Ministros que niegan el cambio climático, políticos que cuestionan las vacunas, organismos oficiales que retiran estudios científicos porque los resultados no les gustan. El divulgador y autor Gabriel León, conocido como Gabo Tuitero, analiza por qué las teorías conspirativas responden a una necesidad emocional antes que a un déficit intelectual y por qué la politización de la ciencia ya no es un fenómeno lejano. "La ciencia no tiene partido ni creencia política. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo". Autor de una de las obras de divulgación científica más leídas de Chile, León ha publicado títulos como La ciencia pop, La ciencia pop 2 y La ciencia pop 3. Ahora, en un momento marcado por la desinformación, la polarización y la crisis de confianza en las instituciones, presenta Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia, un libro que explora los mecanismos psicológicos y sociales que sostienen estas narrativas. En esta entrega, el autor se aleja de la burla fácil hacia quienes creen que la Tierra es plana o que el ser humano nunca llegó a la Luna. En lugar de preguntar qué tan equivocadas son estas ideas, intenta responder una cuestión más compleja: ¿por qué resultan tan atractivas? La evidencia acumulada por la psicología y las ciencias sociales sugiere que el problema tiene más relación con la necesidad humana de encontrar certezas en un mundo cada vez más incierto., que con la inteligencia de los individuos. "El abordaje habitual ha sido ridiculizar a quienes creen, y eso puede ser entretenido, pero no sirve si el objetivo es entender y evitar las consecuencias negativas que este tipo de creencias tienen en la sociedad. La psicología lleva veinte años estudiando esto y uno de los hallazgos más sorprendentes es que creer en conspiraciones no se asocia con un déficit intelectual ni de información. Se asocia con una forma de entender el mundo", explica el autor. ¿Y cuál es esa forma? "Vivimos fragmentados y polarizados. Y como nos gusta creer que el mundo es como nosotros lo imaginamos, tendemos a encerrarnos en esa verdad y a leer solo lo que refuerza nuestras creencias. Los relatos conspirativos son narrativamente muy ricos y emocionalmente satisfactorios: dan cierre, dan culpables y entregan sentido. Entonces uno empieza a consumir cosas que confirman lo que ya cree y se genera una esfera perfecta, pero completamente desconectada del resto". Las conspiraciones no son nuevas, pero la inteligencia artificial cambia algo, ¿qué te parece esa afirmación? "Sí. Las teorías conspirativas son probablemente tan antiguas como la humanidad. Lo que ha cambiado son los vehículos: del lenguaje oral al escrito, del escrito a internet, de internet a las redes sociales. Y ahora un nuevo peldaño. Con inteligencia artificial ya no solo circula el rumor —el "me contaron", el "alguien lo vio"— sino que se puede construir el documento, la fotografía, la evidencia que acompaña la teoría. Eso es un salto cualitativo importante". ¿Qué tan preparados estamos para eso? "Poco. Somos usuarios de tecnología, pero no entendemos cómo funciona ni cuáles son sus límites. Y eso nos deja a merced de ella. El desafío para los estados, las empresas y quienes se dedican a la educación tecnológica es transmitir no solo las maravillas de la tecnología, sino también sus riesgos. Porque si no entendemos cómo funciona, dejamos de distinguir con claridad entre lo que es verdad y lo que simplemente nos gusta. Hay un estudio del MIT que analizó el impacto en la creatividad de usar estas herramientas durante algunas semanas. La evidencia muestra que cuando cedes una habilidad humana y la externalizas a un sistema de inteligencia artificial, esa habilidad se deteriora. Los estudiantes que usan ChatGPT para escribir ven disminuidas sus capacidades creativas. Lo mismo ocurre con la navegación: el uso de Google Maps o Waze está atrofiando nuestra capacidad innata para orientarnos, que tiene una base neurobiológica concreta en el hipocampo". ¿Puede la divulgación científica competir emocionalmente con una conspiración? "Es una pregunta clave. La ciencia habitualmente se presenta como un relato donde el conocimiento simplemente aparece: en tal año, tal señor descubrió tal cosa. Da la impresión de que se sentó en una roca y se le ocurrió la idea. Eso desconecta la ciencia de su contexto humano e histórico, y la hace árida. Si en cambio la presentamos como lo que realmente es —una actividad profundamente humana, anclada en su época, llena de dudas y correcciones— la narrativa se enriquece y se vuelve más cercana. Y eso sí puede competir". ¿En qué conspiraciones crees que creen más los chilenos? "En Chile hay una desconfianza profunda en las instituciones, y en parte está justificada. Los casos de colusión en la industria del pollo, las farmacias, el papel higiénico. Las salidas alternativas que tienen personas poderosas frente a la justicia. Cuando ves eso de manera sistemática, empiezas a percibir una desigualdad estructural y esa percepción alimenta cualquier teoría conspirativa. Lo que me llama la atención es que en Chile las conspiraciones tienden a ser más individuales y fragmentadas que las grandes orquestaciones que uno ve en otros países. Tal vez porque no tenemos tanto material a esa escala. Pinochet es probablemente lo más grande narrativamente para anclar una conspiración que le llegue a todo el mundo. Pero somos un país de veinte millones. Es una sociedad pequeña. En Estados Unidos hay más actores, más escala, más posibilidad de que ideas de esa naturaleza circulen y se instalen". El secretario de Salud de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., está intentando investigar el supuesto vínculo entre las vacunas y el autismo, una conexión que la comunidad médica ha estudiado durante décadas y que rechaza rotundamente. "Justamente. Desde las instituciones se ha intentado instalar un tono de incredulidad entorno a las cosas que la ciencia ha comprobado y eso es alarmante. La FDA encargó estudios internos sobre la seguridad de vacunas contra el COVID y contra el herpes zóster. Los estudios resultaron bien: las vacunas eran seguras y efectivas. Se enviaron a publicar en revistas científicas independientes, fueron aprobados. Y justo antes de publicarlos, el propio Ministerio de Salud decidió bajarlos porque los resultados no les gustaron. Lo mismo ocurrió esta semana con un estudio sobre niveles seguros de consumo de alcohol: demostró que cualquier dosis es perjudicial, y fue retirado del sitio oficial. Cuando la ideología empieza a manipular la realidad de esa manera, estamos en un punto extremadamente peligroso". ¿Ves señales de eso en Chile? "Ya se están viendo destellos. Figuras políticas que cuestionan las vacunas, una ministra de Medio Ambiente que cuestiona el rol de las actividades humanas en la crisis climática. Eso es típico de ciertos movimientos de extrema derecha: cuando la evidencia no te gusta, la escondes bajo la alfombra. Y eso tarde o temprano produce problemas graves. La ciencia no tiene partido ni creencia política. Sencillamente trata de entender el mundo. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo".

  • Mauricio Soto, fotógrafo: "Mi cuerpo quiere descansar, mi mente pide crear”

    A seis años de los primeros síntomas de Parkinson, Mauricio Soto, fotógrafo chileno, lanza su segundo libro llamado POLVO. Se trata de una recopilación de archivos familiares y fotografía autoral. Una historia que nace en el amor, pasa por el desierto, y acaba en problemas del ahora: un cuerpo que se vuelve impredecible. El jueves 28 de mayo Mauricio Soto (43) estaba rodeado de familiares y amigos. Todos se reunían en el comedor de una casona en calle Triana, Santiago de Chile. Del techo colgaban plantas tropicales y helechos, mientras diversas siluetas desfilaban hacia el fotógrafo para abrazarlo, darle la mano y aplaudir su nuevo trabajo. Caían lágrimas. “Me sentía como un libro abierto”, confesará Mauricio cuando recuerde aquella noche: el lanzamiento de POLVO, su segundo fotolibro, el final de un viaje que partió en 2023, con una mano vibrante, desobediente, inexplicable. —¿Te parece si hablamos en el hall? —dice Soto hoy, mientras atraviesa las puerta de un ascensor. Han transcurrido siete días desde el lanzamiento. Caerán respuestas breves, afiladas, distintas a esa noche. Mauricio trae consigo una caja plástica. Dentro, están todos los cuadernos en que esquematizó su libro: hojas arrugadas, de muchos colores, llenas de garabatos y recortes. Todas descansan sobre una mesa, en un salón pálido y frío. Mauricio se sienta frente a sus borradores. Mira a través de un ventanal que da al patio. Abre el primer cuaderno y apunta a una de las primeras hojas. “Lo divino, el punto medio, lo cotidiano”, se lee. Eran los temas a tratar en la primera versión del libro. Mucho en la búsqueda cambió. El Parkinson se volvió más agresivo. —Mauricio, ¿recuerdas la primera vez que tomaste una cámara? — Sí, eso fue hace unos 15 años. Caminaba con una polola en Bandera. Pasé a un local turco y la compré. Era una cámara como plástica. Era análoga. —¿Cómo nace POLVO?, ¿siempre se pensó como un libro de fotografías? —Las fotos las tenías de antes, algunas son muy antiguas. Y el Felipe, de editorial Letargo, me ofreció postular a un Fondart. —¿Por qué el libro se llama así? —Estaba escuchando una canción de Tiro de Gracia. Decía algo como: “Polvo, polvo, ceniza, ceniza”. Y bueno, la palabra amarraba muchas cosas que me estaban pasando. Por parte mía, el proyecto ya estaba andando, aunque no me había juntado con Letargo todavía. También me atraía lo de Génesis de la Biblia. “Del polvo venimos, polvo seremos”, o algo así. Esos primeros dibujos Describir la génesis de Mauricio Soto implica imaginar una ciudad cubierta de polvo: Iquique, en el norte de Chile. El fotógrafo creció en el sector de Playa Brava, al sur de la ciudad. La casa tenía una piscina y cuatro dormitorios. Uno era para sus padres; otro, para la única hija mujer. Mauricio compartía habitación con sus dos hermanos, las camas estaban pegadas una al lado de la otra y había que subirse desde los pies. La pieza restante quedaba reservada para las visitas. En algunos años la división cambiaría. Un dormitorio tendría sus muros llenos de grafitis. Lo que más recuerda Soto de sus años en Iquique es el azul. Fue el color de su pieza cuando entrados los años noventa reasignaron los dormitorios. También estaba en el cielo y en el mar. El paisaje siempre fue inspirador, sobre todo en los primeros dibujos. La fascinación venía del contraste: una ciudad café llena de casas coloridas, vibrantes, vivas. —¿Cómo te recuerdas a ti mismo en esos años? —Siempre me costó comunicarme con las palabras. Soy una persona muy introvertida, eso me gatilló empezar en lo del dibujo. Iquique fue una influencia. Hay colores muy fuertes que vienen a mi memoria. Esas combinaciones siempre las llevé primero a mis dibujos. —¿Serías un artista distinto si no hubieras nacido en el norte? —Sí, quizás qué estaría siendo, no sé. Es muy del norte mi todo, mi forma de ser, mi forma de hablar, mi forma de comunicarme, mis referentes. El norte es infinito. —Entonces, ¿prefieres la fotografía de paisajes por sobre la urbana? —Hoy prefiero el paisaje. Pero, de hecho, partí con fotografía análoga callejera. —¿A qué se debe el cambio? —Varios factores, uno es la madurez fotográfica y el querer abarcar más temas. También está el Parkinson. Yo no puedo andar caminando rápido con una cámara. Necesito sentarme, instalar unos flashes, armar mis escenarios. Al final, el hambre de querer conocer más fotografía se juntó con la enfermedad. Todo coincidió para que yo empezara con una fotografía más tranquila. Enfocar el temblor Para Mauricio, el primer síntoma del Parkinson llegó hace seis años, en medio de un viaje familiar con su madre a Argentina. Habían ido a visitar a uno de los hermanos que se hizo jesuita. Escribía a mano una carta de cumpleaños cuando los trazos finos se volvieron toscos y las curvas se volvieron picos. El lápiz se hacía pesado. Soto sabía que algo no estaba bien. En esa ocasión los temblores cesaron. Tardarían un par de semanas en volver. Así empezaron las visitas al doctor. El diagnóstico inicial fue la enfermedad de Wilson, un trastorno genético en que el cuerpo no puede eliminar correctamente el cobre. Los fragmentos se van acumulando en el cerebro. Soto tuvo que realizar una dieta especial, dejó el chocolate y los frutos secos, pero en dos años, los síntomas empeoraron, entonces llegó el segundo diagnóstico: una consulta, Mauricio y sus padres atentos a los resultados del examen. “Es Parkinson”, decía el doctor. No hubo mayor explicación. — Cuando supiste, ¿creías que la enfermedad ponía en riesgo tu trabajo? —No, es que al principio no me costaba, no cojeaba, caminaba por el día. Funcionaba medianamente normal. Pero no, nunca estuvo en riesgo la fotografía, me tendría que estar muriendo para no sacar fotos. Las he ido mutando, pero no las suelto. Hoy es paisaje, con el tiempo pueden ser fotos de mi casa si ya no puedo salir. —¿Qué ha cambiado desde el diagnóstico? —Antes podía estar doce horas trabajando en fotografía. Ahora, con una estoy. Imagínate que de un día para otro, no puedes hacer lo que más quieres en el mundo. Eso es. Entonces cuando hay horas en que estas bien, vas con todo. — Pero, ¿todos los días son iguales, o hay días en que se agrava? —En el Parkinson se conecta todo, si estás muy triste, estresado, o muy feliz. —¿Cómo es un mal día? —Es como ponerte un traje cargado con 100 kilos de arena. Y es brígido, porque, por más que lo piensas, por más que lo intentas, no te puedes mover. —¿Te afectó en algo que el primer diagnóstico fuera errado? —Es que el Parkinson no es tan fácil de detectar. Las pruebas no son siempre exactas. Yo tengo como, no sé, la esperanza de que algún día quizás me digan: “No, tú tienes esta otra enfermedad de nombre raro, tomate este tratamiento y te mejoras”. Polvo fuimos, polvo seremos Mauricio Soto sigue sentado en el hall de su edificio. Hojea los cuadernos en que bosquejó POLVO. Se detiene en algunas fotos. Las últimas imágenes que entraron al libro muestran las manos de un trabajador y los pies de una estatua de Jesús. Mauricio dice que una idea inicial era mostrar la cabeza de Jesús, para resaltar la importancia de saber comunicarse; después vendría el torso, por la importancia de sentir; y finalmente, estarían los pies. La idea no prosperó totalmente. En tres años, Mauricio dice que solo mostró sus bosquejos a dos personas: a su pareja y a Felipe, de la editorial. Los dedos del fotógrafo se deslizan por el papel. Se detiene en un retrato de su madre. —¿Qué buscabas encontrar en esas imágenes de archivo?, ¿fue un desafío trabajar con la memoria familiar? —Yo siempre he sido muy curioso, entonces, siempre reviso documentos y cosas antiguas. Igual es masoquista, porque uno se empieza a acordar de cosas. Hay muchas fotos que las tomó mi papá, entonces como que no está. Estaba ahí, pero no estaba. Yo no me daba cuenta cuando chico. —¿Fue un padre ausente? —Estuvo presente, pero más que en lo físico, estuvo presente como una autoridad. Siempre sentí que me estaba como vigilando. Es incómodo buscar memorias, pero también es adictivo. Mauricio abre otro de sus cuadernos, las hojas están menos rayadas, es una versión más cercana al libro final. Dice que una vez se lo mostró a un fotógrafo francés que había venido a exponer a Valparaíso. “Pega como una patada”, le dijo el hombre en inglés. Mauricio quedó conforme con la respuesta, quería impacto. Una irrupción sorpresiva. Como el Parkinson en su vida. —¿Cuál fue tu mayor victoria al terminar POLVO? —Pasó algo que fue gratificante. De alguna manera, mi familia, mis papás, por fin me entendieron. Mi familia me veía pintar cosas, sacar fotos, rayar, pero no entendían. —¿El Parkinson estará siempre presente en tus trabajos? —No. Yo puedo hacer obras y que no esté el Parkinson. Esto coincidió porque fue el momento en que ya me estaba afectando demasiado. Obviamente tenía que hacerlo. Pero estoy abierto. No sé, quizás en algún momento tenga un hijo. Ahí el tema sería la paternidad. —¿Qué viene ahora? — Descansar. Mi cuerpo quiere descansar, mi mente pide crear. Como que sigo pensando en hacer cosas, pero mi cuerpo me dice: “cálmate”. —¿Qué le dirías al Mauricio que acaba de ser diagnosticado? —Que tenga paciencia. Que sea más sensible, más frágil. Que cuando uno hace las cosas con tanto amor y entrega, algo bueno tiene que pasar.

  • Volver a los 17: mujeres que regresan al liceo

    En Chile, más de cuatro millones de personas no terminaron la escuela. Las mujeres —atadas por décadas al cuidado de otros— son apenas el 44,8% de quienes regresan. Aurora, Claudia y Erika son tres de ellas: madres que cruzaron la puerta del Liceo Lastarria después de treinta, cuarenta años de espera, y descubrieron que volver no era solo terminar algo pendiente. Son las 19:00 cuando Aurora Uribe (54) comienza a arreglar su cartera. Saca y vuelve a guardar útiles: un cuaderno, lápices, apuntes, una colación. Lo hace con la misma concentración con que años atrás le preparaba la mochila a sus tres hijos, ahora ya todos adultos. La espera la jornada nocturna en el Liceo José Victorino Lastarria, a dos estaciones de metro desde su departamento. Aurora nació y creció en Valparaíso, en el cerro Placilla, donde apenas había alcantarillado. Desde pequeña tuvo que trabajar para sostener la casa y cuidar a su mamá. Lo que aprendió a leer y escribir se lo enseñó una amiga del barrio, en su propia casa. Nunca pisó un establecimiento educacional hasta los 15 años, cuando decidió matricularse para rendir exámenes libres y aprobar de primero a octavo básico en poco tiempo. Sabía que en su situación no podría optar a otro tipo de estudios y que su paso por el colegio tenía que ser breve, ya que a pesar de ver esta etapa como una obligación, no podía darse el “lujo” de una escolaridad tradicional. A los 16, mientras cursaba primero y segundo medio en el colegio nocturno, quedó embarazada. "Tenía que trabajar, cuidar una bebé, estudiar, y no podía hacerlo todo", recuerda. "Trabajar era lo más importante, porque tenía que generar el dinero para mí y mi hija". Sin red de apoyo, a las doce semanas de embarazo ingresó a una residencia del Estado para madres solteras adolescentes, donde permaneció hasta que su hija cumplió tres meses, el plazo máximo de asilo al que podía optar en esa institución. Los estudios volvieron a quedar relegados. Durante años desempeñó trabajos que no exigían enseñanza media rendida: asesora del hogar, comerciante en la feria, guardia de seguridad, vendedora en Falabella, repartidora de correo. Diecisiete años después, en pandemia, encontró una nueva oportunidad. Cursó primero y segundo medio de forma online, pero cuando llegó el momento de volver a la presencialidad, el miedo pudo más. "El formato online me acomodaba y pensé que presencial iba a ser más difícil, que no me la iba a poder", dice. "Me quedé con las ganas". Renunció al sueño otra vez. Lo que finalmente la hizo volver fue una promesa. Fue a la licenciatura de su mejor amiga, que a los 55 años terminó cuarto medio, y algo en ella se movió. "Mi amiga me dijo que tenía que hacerlo y yo se lo prometí", cuenta. "Y bueno, pensé: me vaya como me vaya". También pesó otra cosa más difícil de ignorar: la presión de afuera. "La gente te recrimina, te califican de ignorante, de porra, pero no sabe lo que hay detrás de cada historia". A principios de este año se matriculó en el Liceo Lastarria, jornada nocturna, para terminar tercero y cuarto medio. Tiene 54 años y, por primera vez en mucho tiempo, siente que avanza. "Cuando me entregan notas o me felicitan por algo, siento que lo estoy haciendo bien", dice. "Y sí, fue una buena decisión". En 2014, Erika Quispe tenía 16 años cuando quedó embarazada y tuvo que dejar el colegio. No hubo demasiadas alternativas ni dramatizaciones. El embarazo alteró el ritmo de una vida que todavía estaba empezando y el colegio quedó atrás, suspendido en una etapa que recuerda con dureza más que con nostalgia. La enseñanza media no aparece en su memoria como un tiempo feliz. Más bien como un período complejo, marcado por la presión y el cambio abrupto hacia una vida adulta para la que nadie parecía prepararla. Erika integra el 69,5% de los adolescentes de entre 15 y 17 años que abandonan el sistema escolar por razones de embarazo, maternidad o paternidad. Al mirar la brecha de género, la cifra se vuelve más precisa: esa realidad afecta al 24,8% de las mujeres frente a apenas el 1,5% de los hombres. Nunca sintió vergüenza por no haber terminado el colegio, pero el deseo de volver estuvo siempre presente. Estudiar no desapareció de sus planes: quedó aplazado. Mientras otras personas terminaban cuarto medio, ella aprendía a criar, a organizar la casa, a trabajar y a sobrevivir económicamente. El tiempo empezó a medirse de otra manera: en cuentas, horarios y cuidados. Volver a una sala de clases parecía un lujo incompatible con todo lo demás. Hasta ahora. Hoy tiene hijos pequeños, trabaja y sigue siendo la principal responsable de sostener su rutina familiar. Por eso volver al colegio no tiene nada de romántico. Requiere tiempo que no sobra y energía que muchas veces ya está consumida antes de entrar a clases: "Es súper difícil", resume. Sin embargo, volvió igual. No es un dato menor: según la última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INE, las mujeres en Chile destinan en promedio dos horas y cinco minutos más al día que los hombres al trabajo no remunerado y de cuidados domésticos.. Erika llega a clases después de haber resuelto comidas, cuidados y obligaciones laborales. La sala no es un paréntesis de su vida adulta: es una extensión más de ella. Hay algo definitivo en la forma en que habla de este último año. Terminar el colegio aparece menos como un sueño y más como una necesidad urgente. "Necesito terminar", dice. No habla de revancha ni de segundas oportunidades, sino más bien de cerrar algo que la vida obligó a interrumpir. Claudia sale del trabajo cuando todavía queda algo de luz. Antes, a esa hora, ya estaba de vuelta en casa. Ahora toma otro camino: va directo al liceo. Tiene 56 años y vuelve a sentarse en una sala de clases después de casi cuatro décadas. La última vez fue en 1986. Estaba por terminar tercero medio cuando decidió dejar el colegio. Ella misma lo llama un acto de rebeldía. Participaba en movimientos políticos contra la dictadura, y eso lo llenaba todo. "Era una época de mucho carrete, de amigos, y había ganas de querer cambiar el país", recuerda. No hubo una tragedia personal, ni maternidad, ni trabajo, ni pobreza. Había opciones para continuar, reconoce. Simplemente no siguió. Durante décadas, el colegio quedó suspendido en algún rincón incómodo de su vida. La vergüenza apareció de a poco, la sentía cuando alguien le preguntaba por los estudios o cuando ella miraba hacia atrás y contaba los proyectos que habían quedado pendientes. "Uno siempre tiene objetivos en la vida", dice. "Y cuando no los terminas, eso te hace sentir un poco de vergüenza". La decisión de volver no llegó como una meta académica ni como una estrategia laboral. Llegó desde el desgaste. Claudia atravesaba un período oscuro, marcado por penas y miedos personales, y pensó que estudiar podía ser una salida. Algo que la sacara de donde no se sentía bien. Volver a clases fue, primero, una forma de salvarse. Antes de entrar, el miedo no era a las personas sino a los contenidos. A encontrarse con conocimientos demasiado lejanos para alguien que llevaba casi cuarenta años fuera de una sala. "Por cierto, no los entiendo del todo", admite. "Pero trato de que así sea". Sus hijas celebraron la decisión apenas la tomó, durante años le habían insistido en que terminara, pero esta vez era ella quien estaba lista. "Mamá, vamos, tú puedes", le dijeron. Y tomó impulso. En la sala convive con estudiantes mucho más jóvenes. Observa con incomodidad ciertas conductas: la falta de respeto a los profesores, el desinterés, la sensación de estar ahí obligados. Ella llegó por decisión propia. Escucha, toma apuntes, intenta recuperar hábitos perdidos. Sabe que a los 56 el tiempo no funciona igual. La memoria se fatiga, el cuerpo también. "Ya no es tan fácil guardar tanta información que hace tanto tiempo habías dejado botada", dice. Los fines de semana divide las horas entre el descanso y el estudio. A veces siente que no alcanza. Aun así, no contempla abandonar. "Ahora es con todo hasta el final". En el liceo encontró algo que no esperaba: una versión distinta de ella misma. Más alegre, dice, más contenta, también más reflexiva. Volver la obligó a preguntarse qué habría pasado si nunca hubiera desertado. Piensa en los sueños que dejó suspendidos. Habla especialmente del lenguaje y la literatura, de que siempre quiso aprender más, de que tal vez habría querido ser escritora. Después de terminar cuarto medio quiere estudiar una carrera técnica. Y quizás, después, algo relacionado con las letras. Cuando piensa en la Claudia joven que abandonó los estudios en los años 80, no la juzga con dureza, pero sí le hablaría claro: fue un error. Le diría que había que seguir contra todas las circunstancias. Que los sueños no debían abandonarse. Es el mismo consejo que años después les dio a sus hijas. Ahora, cada noche, vuelve a casa cargando cuadernos, cansancio y sueño. Pero también algo que no tenía hace tiempo: la sensación de estar avanzando hacia una deuda con ella misma. A las 20:45, el timbre interrumpe la conversación y marca el final del recreo. Tras cerrar esta primera parte de la entrevista, Aurora, Claudia y Erika caminan juntas de regreso a la sala entre risas. Se apresuran por los pasillos, el tiempo corre y la clase está por comenzar.

  • El club de los fantasmas: únete al club de lectura que recomienda Quiltra

    La iniciativa reunirá mensualmente a lectores en torno a obras de mujeres como Samanta Schweblin, Pilar Quintana, Clarice Lispector, Siri Hustvedt y Rosa Montero. Hay libros que no buscan expulsar los fantasmas. Hay libros que los liberan para obligarnos a mirarlos de cerca. Desde esa convicción nace El club de los fantasmas, el club de lectura que recomienda Quiltra: una experiencia literaria presencial que comenzará el próximo 8 de julio en Providencia y que reunirá, una vez al mes, a lectores interesados en la literatura como espacio de conversación y revelación. El ciclo contempla cinco sesiones, realizadas cada último martes del mes a las 19:30 horas, con cupos limitados y un valor de $35.000 CLP por encuentro. Cada jornada estará dedicada a una autora distinta: 28 de julio: Distancia de Rescate - Samanta Schweblin 25 de agosto: La Perra - Pilar Quintana 29 de septiembre: Cerca del corazón salvaje - Clarice Lispector 27 de octubre: El peligro de estar cuerda - Rosa Montero 24 de noviembre: Historias de fantasmas - Siri Hustvedt “La literatura tiene la capacidad de convocar lo que llevamos dentro sin saber cómo nombrarlo. Este club existe para darle espacio a eso: leer en serio, conversar sin prisa y no quedarse solo con lo que los libros dejan”, señala Juan Cruz Giraldo, periodista y fundador de Quiltra. Para Ignacio Rebolledo, autor y Gerente de Literatura Infantil y Juvenil de Grupo Planeta, la propuesta responde a un interés por generar conversaciones sobre los libros y sus escritorasl. “El mundo a veces se nos hace tan cuestas arriba que necesitamos un espacio donde podamos encontrar la belleza en la escritura y compartir con otros. Siempre se nos ha dicho que la lectura es un acto solitario, pero no tiene por qué ser así”, afirma. Los inscritos contarán con un cupón de descuento exclusivo en la Librería Catalonia. Las inscripciones ya se encuentran abiertas a través del mail contacto@revistaquiltra.com

  • Agustina Bazterrica, escritora: "Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue"

    Ilustración de @Monodeleon La autora argentina de Cadáver exquisito —traducida a más de treinta idiomas— estuvo en Chile promoviendo la reedición de su antología de cuentos 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro'. En un hotel de Providencia, entre mantras, arcángeles y el ingenio de una escritora que ha encontrado formas bellas para narrar el horror, habló de espíritus atrapados, de depredadores en el poder y de por qué la literatura no cura nada, pero sí puede incomodar lo suficiente como para impedirnos mirar hacia otro lado. La noche anterior a nuestra entrevista, Agustina Bazterrica no durmió en su cuarto. Había llegado al hotel de Providencia como llega a todos los hoteles donde la dejan sus giras. Entró a la habitación con sus maletas y dentro de una llevaba unos papeles doblados que carga siempre encima: hojas con la flor de la vida impresas, que pone en las habitaciones para limpiar la energía acumulada de quienes durmieron allí antes que ella. No es superstición, al menos no en el sentido frívolo de la palabra. Es un protocolo. Una forma de habitar esas habitación temporales con algo de propiedad. Pero esa noche el protocolo salió mal. Puso los mantras, acomodó sus cosas e intentó dormir. Pero había algo en el cuarto que no quería estar tranquilo. Ella la describe como una presencia violenta, una bruma, una densidad en el aire que no cedía y que la tenía incómoda. Y entonces ocurrió lo que no tiene explicación: mientras intentaba dormir, sintió agua fría cayendo sobre su cuerpo. Despertó de un sobresalto y se tocó la cara, pero estaba seca. El agua no existía, pero el frío sí. —Fue plasma de fantasma —me dice, con una convicción tan tranquila que resulta más inquietante que si lo dijera con miedo—. No sé cómo llamarlo, pero sí, ahí la pasé mal. A la mañana siguiente, en la ventana de la habitación, unas marcas, como las de unas garras, se dibujaban en el vidrio. Yo las vi. Me mostró una foto. Su hermana, que según Agustina es "un poco bruja", le dio una lectura intuitiva: era un espíritu que se había quitado la vida y estaba atrapado en un loop de rabia, sin poder pasar a otro plano. Agustina escucha, integra esa información del más allá y me lo cuenta. No necesita que nadie le crea. Al día siguiente, ya repuesta después de dormir en un cuarto en el que no habitaba ningún alma en pena, Agustina me pregunta: ¿vos creés en los fantasmas? Y a los minutos de hablar sobre actividades paranormales, nos ponemos a hablar de otros seres espantosos: Donald Trump, Jeffrey Epstein, Javier Milei y varios otros hombres en política. Hablamos también de arcángeles, de por qué la literatura no es terapéutica. Todo en el mismo tono, porque Agustina es una mujer que no hace jerarquías entre lo que le parece importante: lo paranormal y lo político y lo literario conviven en ella sin fricciones. —A veces la realidad parece alcanzar tus ejercicios de distopía. ¿Eso te asusta? "No. No me da miedo porque todavía confío en la humanidad. La historia es pendular: cambian los actores, cambia el escenario, pero hay cosas que sobreviven. La bondad. La dulzura. Incluso ahora, en medio de este momento tan dañino". Se acomoda en la silla antes de seguir. "Estamos viendo reaparecer discursos que creíamos enterrados, como los de la extrema derecha, y vuelven a instalarse con muchísima facilidad. Porque hay tres elementos que siguen funcionando para manipular una sociedad: el miedo, la ignorancia y el odio. Trump trabaja con eso todo el tiempo. Milei le copia. Y sí, hoy está funcionando. Pero no creo que pueda sostenerse para siempre". —¿Qué distingue a esta nueva extrema derecha de otras épocas? "Que ya ni siquiera necesita disimular. Hay un libro italiano, La hora de los depredadores, que habla justamente de eso: del triunfo de figuras que hacen de la brutalidad una identidad política. Trump, por ejemplo, está orgulloso de no leer. Entonces ya no necesitás mostrar preparación, cultura o interés por el bienestar común para llegar al poder. Podés ser completamente ignorante y aun así convertirte en presidente si sabés manipular el espectáculo". Hace una pausa. "Y esa violencia baja rápidamente a la sociedad. En Argentina están aumentando mucho los niveles de agresividad. Si tenés a un presidente insultando todo el día en redes sociales, el mensaje implícito es: 'yo también puedo hacerlo'". —¿Nos estamos anestesiando frente al horror? "Sí, completamente. Y además funcionan las cajas de resonancia: cada uno consume solamente aquello que confirma lo que ya piensa. Entonces desaparecen los matices y aparecen los radicalismos. Ves hombres incels consumiendo discursos de odio contra las mujeres todo el día y convencidos de que tienen razón porque nunca aparece otra mirada. Me impresionó muchísimo lo de Lionel Messi saludando a Trump. Una semana antes habían bombardeado un colegio con más de cien niñas. Y después escuchar eso de 'nosotros no nos metemos en política'. Yo quiero ver si no te metés en política cuando el colegio bombardeado es el de tus hijos. Qué falta de empatía". Hace otra pausa. "Y además, él se había negado antes a ir a la Casa Blanca con Biden. O sea, pudo decir que no. Ponele que tenía presiones. Pero entonces, ¿por qué estás sonriendo en las fotos?". —Y aun así, todo desaparece rápido de la conversación pública. "Claro. Todo dura segundos. Una guerra, un abuso, un escándalo. Baja el algoritmo y desaparece. Y eso también produce una sociedad anestesiada". —¿Cómo lo haces para no volverte indiferente? "Leyendo. Escribiendo. Hablando con adolescentes. Porque aunque seas privilegiado, lo que pasa en el mundo te afecta igual. Mi marido trabajó 28 años en una empresa y la cerraron de un día para el otro. No cobró indemnización. Y ese es un caso leve comparado con otra gente que directamente termina en la calle. cuando alguien me dice que lo que pasa en el mundo no le afecta, para mí eso ya es un síntoma. Es falta de empatía. Vivir encerrado en una burbuja y ni siquiera entender que tus privilegios no son derechos". —¿Hay algo tentador en no mirar? "Para mí no. Cuando dicen “la ignorancia es una bendición”, yo pienso exactamente lo contrario. Vivís con la profundidad de un charco. No accedés al conocimiento y sí, el conocimiento duele, te indigna, te enfrenta con cosas horribles, pero también te conecta más profundamente con el mundo. Yo quiero que mis niveles de conexión sigan profundizándose. No me interesa la otra opción. Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue". "Una antología de relatos llenos de crueldad, con toques de humor negro y algún destello de fantasía, Estos diecinueve cuentos regresan a los temas que marcan la obra de la autora: la naturaleza del miedo, la violencia oculta en lo banal, las fantasías más oscuras y los deseos inconfesables. Entre instantáneas insólitas e inquietantes e historias sombrías y paródicas, Bazterrica desvela la cara tétrica y perversa que esconde la realidad". —Eres obsesiva con la verosimilitud en tu escritura. ¿Hasta qué punto? "Muchísimo. En la nueva novela los personajes tienen que ir a la Torre Monumental, en Buenos Aires. Yo había escrito una escena entera basándome en fotos y videos. Pero cuando fui personalmente me di cuenta de que la escalera era muchísimo más empinada de lo que parecía. Y eso cambiaba cómo los personajes podían moverse, respirar, reaccionar". Se ríe. "Parece una pavada, pero no lo es. La verosimilitud no tiene que ver con decir la verdad. Yo puedo inventar un protocolo para faenar humanos, pero el universo que construyo tiene que cerrar. Y solo cierra si conozco realmente esa escalera". —Muchos escritores hablan de la literatura como algo terapéutico. "La literatura no cura nada. Ojalá curara, pero no. A mí me preocupa más no encontrar la palabra justa o descubrir un error de verosimilitud que otra cosa. No es mi terapia. Incluso aparece la ansiedad, el vacío o la frustración en la escritura. Terminás una novela y decís: “¿y ahora qué?”. Pero yo no sufro escribiendo. Yo estoy viviendo el sueño". Se ríe otra vez. "De verdad. Tiene un costo, obvio. Pero esto, en general, es felicidad". —¿Y tienes un antídoto para no ceder al horror del mundo? " Los vínculos. Mis vínculos son lo más importante de mi vida. Mi marido, mis gatos, mi familia, mis amigos. Y también porque medito mucho. Trabajo con arcángeles, con geometrías sagradas. Necesito sentir que hay algo más grande que mi propio ego". Entonces me muestra en el teléfono una imagen hecha con inteligencia artificial: un gato rodeado de colores y símbolos esotéricos. Azul para el arcángel Miguel. Verde para Rafael. Índigo para Zadquiel. Los enumera con una precisión litúrgica. "Todos los días me protejo a mí, a mi marido y a mis gatos", dice. "Eso también te ordena. Te recuerda que sos importante y no importante al mismo tiempo. Apenas un punto en la historia".

  • Para 2050 habrá más plásticos que peces en el mar

    En 2050, según la estimación de la Fundación Ellen Macarthur, los océanos podrían contener más plásticos que peces. Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas de plástico acaban cada año en los océanos. El impacto a la fauna marina es devastador y no sólo afectaría a los animales del mar, sino que también podría impactar en la salud humana. Diego Pérez sabe lo que va a encontrar antes de llegar. En los muelles del puerto ya están las botellas flotando, y durante el trayecto hacia la isla, la imagen se repite: más botellas, siempre más. Pero lo que lo detuvo fue otra cosa: las heces de los lobos marinos. Las analizó con detalle y ahí estaban los microplásticos, quietos y evidentes, en una isla sin fábricas, sin personas, sin nada que explicara la presencia de estos elementos en sus deposiciones. El plástico lleva décadas entrando al océano. Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas arriban cada año al mar, según estimaciones científicas, y para 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos del mundo. Pero las cifras no alcanzan para mostrar lo que Pérez vio ese día: que la contaminación ya no tiene bordes. Que llegó a los lugares donde nadie fue a dejarla. Lo que empieza en una botella mal desechada o en una red abandonada no se detiene. Se fragmenta, se dispersa, se cuela en la cadena alimentaria — de organismo en organismo, de especie en especie — hasta aparecer donde menos se espera: en peces que confunden microplásticos con crustáceos azules, en aves que construyen sus nidos con redes de pesca, en la leche materna de los humanos, y en sus arterias. En nosotros. El origen de todo ese plástico, explica Victoria Gómez, química ambiental e integrante de la Asociación de Científicos por el Plástico en Chile, tiene dos fuentes principales: las personas y la industria pesquera. Por un lado, la basura que se arroja directamente al mar desde embarcaciones, junto con las llamadas "artes de pesca" — redes, cuerdas, trampas — que el sector desecha en alta mar. Por otro, la falta de conciencia en tierra: residuos mal dispuestos que la escorrentía arrastra desde vertederos cercanos a ríos hasta desembocar, inevitablemente, en el océano. Las corrientes marinas hacen el resto: conectan todo el planeta, y un plástico desechado en cualquier punto puede terminar en las costas chilenas. Para Pérez, biólogo marino, la especie más afectada son las aves. Sin la capacidad de masticar, el plástico que ingieren queda atrapado en su estómago y no pueden regurgitarlo. "La forma del plástico puede generar laceraciones, heridas en su intestino, que se ahoguen o se mueran por desnutrición", dice. Gómez lo confirma desde otro ángulo: "Las gaviotas pueden llegar a satisfacerse con puro plástico, pero al no tener nutrientes estas mueren por inanición." Algunas incluso construyen sus nidos con redes de pesca. Lo más inquietante, sin embargo, no es lo que el plástico hace al entrar — sino lo que hace al quedarse. "Los microplásticos no se deshacen ni se degradan, sólo se van fragmentando y fragmentando", advierte Pérez. Cuando un animal muere, el plástico que llevaba dentro vuelve al ecosistema. Las redes flotantes atrapan fauna, la fauna muere, los cuerpos se descomponen, pero el plástico permanece y sigue disponible. "Probablemente muchos plásticos que tenemos desde los años cincuenta siguen afectando hasta el día de hoy." Iván Hinojosa, vicedecano de la Facultad de Ciencias de la UCSC y biólogo marino, ha documentado ese mismo ciclo en distintas especies. En la Isla de Pascua, un colega suyo observó que los peces consumían principalmente plásticos azules — del mismo color que el pequeño crustáceo del que se alimentan. La confusión no era accidental: era sistemática. "También se han visto especies muertas en las playas que han fallecido enredadas en mallas de plástico que el sector pesquero bota al mar", agrega. Pero el problema que más le preocupa a Hinojosa no es el enredo ni la obstrucción. Es la cadena. Los microplásticos ingresan a través de organismos que los retienen en su interior, son ingeridos por un pez más grande, y así sucesivamente. Lo que los hace especialmente peligrosos es su capacidad de concentrar contaminantes que no se disuelven en el agua. "Imagínate comerte un pescado con esa alta concentración de contaminantes porque se comió un pedazo de plástico", dice. El resultado es que lo que llega a nuestras mesas ya no es solo pescado. "Al final estamos consumiendo plástico también nosotros, se ha encontrado plástico en la leche materna, también microplásticos que se han ido alojando en las arterias. El plástico, aunque no lo crean, está siendo parte de nuestro sistema." Ante eso, la limpieza no es la solución. Hinojosa lo explica con una imagen precisa: el océano contaminado es una sopa, y si se arroja una red para sacar el plástico, se saca también la fauna. "Yo creo que no es la forma a través de la limpieza para generar un efecto significativo y positivo. Más que limpieza, generemos conciencia para utilizarlo de manera responsable." Claudia Andrade, presidenta de la Sociedad Chilena de las Ciencias del Mar, ha llegado a la misma conclusión desde otro ángulo. Lo que más la perturbó no fue encontrar microplásticos en el océano abierto, sino en los lugares donde menos debería haberlos: la subantártica, la Patagonia, Magallanes, los sistemas de fiordos, las zonas cercanas a la Antártica. Ecosistemas remotos, sin industria cercana, que albergan algunas de las mayores concentraciones de vida silvestre del mundo. "El trabajo que hemos realizado durante los últimos años ha permitido encontrar partículas en especies claves, lo que evidencia que esta contaminación ha alcanzado prácticamente todos los rincones del océano." Lo que más le pesa, confiesa, es la velocidad del cambio. Hace veinte años, cuando los investigadores analizaban contenidos estomacales para conocer la dieta de los organismos marinos, el plástico ni siquiera aparecía como categoría. Hoy es un ítem más en la lista. "Ese cambio en tan poco tiempo es profundamente revelador porque dentro de los ítems alimenticios, que son las presas, hoy también se incluye el ítem plástico, es parte de lo que uno observa en el laboratorio." Sobre el impacto en la salud humana, Andrade es cautelosa: no hay respuestas oficiales todavía. Pero sí hay una pregunta que no puede ignorarse. Chile es un país donde el consumo de productos marinos es relevante para la población, y el océano sostiene una parte significativa de la seguridad alimentaria global. "La presencia de plástico en la cadena trófica plantea preguntas importantes sobre el impacto de este contaminante en la salud humana. Es ahí donde deberían concentrarse los esfuerzos de investigación." Al final, el plástico no desaparece: cambia de forma, se fragmenta y sigue circulando. Pasa del océano a los organismos marinos, y de ahí, silenciosamente, a nuestras mesas. Lo que alguna vez fue una botella o una red abandonada hoy puede estar dentro de un pez, y también dentro de nosotros. Más que un problema de limpieza, es una señal de cómo estamos produciendo, consumiendo y desechando. Porque mientras el plástico siga entrando al mar, su recorrido no se detiene. Sólo cambia de lugar.

  • Mamá, ¿qué habría sido de ti?

    Hay un momento en la vida de toda persona en el que comprende lo exigentes que somos con nuestra madre, e ignoramos el hecho de que es alguien que ha fracasado, que siente frustración, que a veces —incluso— renunciaría al destino que le tocó, si pudiera. Tras una conversación con las mujeres de mi familia, mi mamá empezó a hablar sobre su vida. Su vida antes de mi hermana y de mí. Su vida antes de los hombres. Su vida antes de convertirse en la figura que yo idealizaba desde pequeña. Soy la primera mujer en recibir educación superior. Soy la primera mujer en irme de casa sin hijos. También la primera en acceder a programas de salud mental: con terapeutas que se dedicaron a trabajar, sesión a sesión, mis miedos y traumas. Yo soy la primera en hacer con su vida lo que "quiso". Dos meses antes de irme de mi primer hogar, una calurosa tarde de marzo como esta, mi hermana, mi mamá y yo nos sentamos a la mesa a hablar. Acompañadas de una botella de vodka, los muros que tenían años de antigüedad comenzaron a derrumbarse lentamente conforme avanzaba la noche. La dinámica se me hizo extraña porque en mis 24 años, por primera vez, sentí que ellas también me miraban como a una mujer. Como a una igual. No como a una niña. En mi familia, diría yo, tenemos un talento para no hablar de lo que sentimos. Y si lo hacemos, no llegamos a hablar profundamente de nuestras emociones, sino que intentamos dar vuelta la página rápidamente. Por eso, esa tarde, me sentí nerviosa. Mi hermana comenzó: disparó primero diciendo que estaba cansada de ser mediadora de conflictos. Le dimos vueltas durante una hora hasta que los comentarios de mi mamá matizaron la situación y llegó su turno. Ella habló sobre sus amores adolescentes, contó cosas que yo no había escuchado antes. Le encantaba salir de fiesta, tener citas con hombres; le gustaba estudiar y los fines de semana hacía voluntariado en el sur de Chile. Lentamente, mi mamá se estaba transformando en una mujer. Más parecida a mí de lo que jamás habría imaginado. No me costó nada imaginarla a los 24. ¿Qué sintió cuando se dio cuenta de que estaba embarazada a los 17? ¿Le contó a alguien sus miedos? ¿Cuáles eran sus sueños de adolescente? Siempre soy yo la que más habla cuando nos reunimos, pero esa noche me dediqué solo a escuchar. Y hoy, a un año de esa conversación, me reúno con ella para preguntarle sobre todas las interrogantes que he cargado desde aquella noche. Porque quiero conocerla, quiero que mis dudas no solo tengan mi voz, sino que las respuestas sean su verdad. Mi mamá, antes de ser mi mamá Ella vivió en el campo toda su infancia. Le intrigaba cómo funcionaba el cuerpo humano y soñó con ser médico. Describe su casa de adolescencia como una "rancha", una casita formada por planchas de OSB, donde compartía con su papá, quien sufría de alcoholismo. En tercero medio, un año antes de tener a su primera hija, sintió que jamás podría ingresar a la universidad: a pesar de estar en el mejor liceo de su localidad, sabía que tenía compañeras hijas de abogados, que hablaban otros idiomas, que tenían oportunidades, y se rindió. "No me permití soñar, yo estaba ocupada pensando en cómo sobrevivir", me contó. Con el embarazo de mi hermana, mi mamá no terminó el colegio. Empezó a trabajar sin el apoyo de nadie. Atrás quedaron las fiestas, los voluntariados que disfrutaba, y cualquier otro sueño que no incluyera a la niña recién llegada. "Para mí casarme era someterme. Porque así era antes, tú obedecías, entonces eso nunca fue una opción —para él sí". Durante cinco meses no le contó a nadie que estaba embarazada. Ni el padre biológico supo. "Nunca lo amé, lo quise mucho pero éramos muy distintos". Me imaginé todos los escenarios de su yo de veinticuatro años: criando, cansada y sola, con la única prioridad de sobrevivir junto a su hija, haciéndole frente a una vida que le daba la espalda, pero siempre estoica. En esa conversación me di cuenta de que mi vida era todo lo que mi mamá había deseado para ella, quizás con algunas modificaciones, pero era lo que ansiaba vivir. Entonces me hizo sentido lo que siempre me decía de pequeña: "No tengas hijos —ojalá nunca— hasta que hayas vivido tu vida, te hayas descubierto y tengas una estabilidad para jamás aguantar nada". Ese consejo no venía por mí, sino por ella: porque jamás pudo soñar, jamás pudo descubrir quién era ni qué quería en el paso del tiempo. El año pasado asistí como fotógrafa a una entrevista a Elisa Loncon, expresidenta de la Convención Constitucional. Mientras el periodista hablaba con ella, yo escuchaba. Por primera vez vi en ella a mi mamá: las historias del campo, lo que significa vivir desconectada, y el amor profundo por el conocimiento que, pese a la precariedad, ambas habían logrado cultivar con lo poco que tenían. Durante toda esa entrevista sentí que Loncon reflejaba el camino que quizás mi mamá pudo haber tenido. La soñé estudiando medicina, evitando el amor formal pero no privándose de amores intensos y fugaces. La imaginé trabajando de doctora, viviendo sola, aprendiendo cada vez más quién era, rodeada de gente que la cobijara. La imaginé aprendiendo a confiar en los otros y sanando sus heridas. Nunca la imaginé casada ni con hijos, sino viviendo muchas aventuras. En ese ejercicio me di cuenta de que mi mamá siempre defendió su verdad y su voz, y jamás tuvo miedo de responderles honesta y brutalmente a los hombres que creían que la misión de las mujeres era complacerlos. Luego de meses pensando en cómo habría sido ella, le pregunté si podíamos hablar sobre esto un día en mi casa. Tras dos meses sin vernos —pasó el verano en el sur con mi hermana mayor—, llegó, nos sentamos y ambas lloramos reflexionando sobre todo esto. ¿Si hubieses tenido la oportunidad y los recursos para abortar, lo habrías hecho? "Sí —hace una pausa—. Porque tener un hijo en esas condiciones, en que apenas lograba sobrevivir, no se lo deseo a nadie. Al final estuve toda la vida buscando sobrevivir, y eso es algo muy duro. Si yo hubiera sido hombre, mi vida habría sido muy distinta. El hombre siempre ha tenido la oportunidad de elegir, y en esa época había un dicho: 'El hombre se casa cuando quiere, la mujer cuando puede'. En mis tiempos casarse era la gran meta porque no tenías otro futuro ni otro prospecto de vida más que criar y estar con alguien que se hiciera cargo de ti. Yo tuve que trabajar de noche y de día, de forma muy sacrificada, por negarme a casarme, y tampoco pude criar ni dormir". ¿Cómo te ves en una vida en que pudieras no solo sobrevivir sino cumplir tus sueños? ¿Habrías estudiado, habrías tenido hijos? "Tú y tu hermana han sido, hasta el día de hoy, mi mayor felicidad desde que nacieron. Ese amor me hizo superar todos los momentos duros. No me habría casado, eso sí, y no habría aguantado ningún maltrato de nadie, pero sí habría tenido hijos. Habría vivido sola, yo creo. Por eso jamás me habría casado. Estaría quizás trabajando en un hospital público, siendo doctora —siempre quise estudiar medicina y aprender todo sobre el cuerpo humano". ¿Te gusta ser mujer? ¿Si hubieses podido elegir, qué elegirías? "Hubiera sido hombre, siempre lo pensé, siempre lo sentí. Habría sido muy mujeriego —como Felipe Camiroaga—, con esa libertad de no casarse, de ser autosuficiente, de estar solo sin que nadie te juzgue y poder elegir lo que quieras. Solo cuando pienso en la vejez de los hombres me siento aliviada de ser mujer. A mi alrededor veo cómo los hombres pagan en la vejez: hombres que toda la vida fueron violentos e imponentes, cuando son viejos les toca vivir solos porque nadie quiere hacerse cargo de ellos. En cambio, una mujer vieja se adapta mucho mejor. La abuela siempre es más entretenida". Nuestra relación ha sido dulce y agraz, como imagino que es la mayoría de las relaciones entre madres e hijas. ¿Ves algo de ti en mí? "Ser trabajadora, perseverante, responsable —la constancia en el trabajo, sobre todo la responsabilidad—, pero con muchas más cosas que yo, por supuesto. Siempre me ha gustado que hayas luchado por tus sueños, por tener lo que quieres: esa fuerza y esa capacidad de reflexionar, de hacer las cosas bien, pese a todo lo que te ha pasado. Cuando me dijiste que querías ser fotógrafa me dio mucho miedo. Sentía que el camino iba a ser muy difícil porque yo no podía ayudarte: no sabía nada sobre arte ni conocía a nadie que viviera de eso. Ahora me siento muy feliz por ti, de que te hayas ido de la casa y de que hayas cumplido tus metas, porque sé que el mundo es difícil, pero es hermoso verte haciendo lo que querías. Me siento feliz de finalmente apoyarte y por eso siempre te dejé ser lo que buscabas ser. No me arrepiento de nada". ¿Qué cosas de tu mamá —mi abuela— sientes que tienes? "Ser honesta, honrada, trabajadora, responsable y sumisa. Bueno, esto último solo pasó al principio, porque ahora ya no lo soy. Ella era muy sumisa, pero también le agradezco que siempre nos inculcó tener ojo con los hombres y que había que luchar por una misma sola. Siempre tuve esa mentalidad, por eso nunca le exigí nada a nadie. Antiguamente la maternidad era responsabilidad de la mujer y de nadie más: nadie juzgaba a los hombres, pero a la mujer sí. Eso me enseñó mi madre: ser buena persona y no engañar a nadie. Era honesta". ¿Sientes que mi relación contigo te ha ayudado a cambiar la visión de las cosas, por ejemplo cuando comenzamos a hablar sobre feminismo? "Mucho. Me has enseñado muchas cosas: a ver la vida, a reflexionar, a pensar distinto, porque tú tienes otra mentalidad. Veo en ti todo lo que yo hubiera querido ser o pensar, al menos para defenderme". Al final de todo esto, y pese a mis arrebatos, hay mucho más de mi mamá en mí de lo que yo imaginaba. Cuando era adolescente ese era mi mayor temor: no quería parecerme a ella. Pero hoy, que soy adulta, siento que es hermoso que haya una parte suya en mí. Mi curiosidad, el investigar, el ir por lo que quiero pese a las protestas —muchas de ellas de ella misma— y el cuestionarme las cosas han sido cruciales para vivir la vida que llevo hoy. No sé si algún día voy a dejar de pensar en qué hubiera sido de mi mamá si hubiera tenido las oportunidades que ella me dio, porque siento que se merece estar en mis pensamientos y en mis llantos. Me alivia llorar por lo que vivió. Me alivia pensar que el llanto por sus heridas no es solo de ella. Hacer llorable lo que mi mamá pasó es la justicia que siento que puedo darle: hacerle ver que no está sola en su dolor, que estoy con ella incluso cuando ella no está conmigo.

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