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- Arturo Navarro: "Ni el momento más oscuro me pensé solo"
Ilustración de @MonodeLeon Editó libros infantiles durante la Unidad Popular, hizo periodismo bajo la censura de Augusto Pinochet y todavía se define allendista. En Un editor en dictadura, nuevo libro de Planeta, Arturo Navarro (75) recuerda las imprentas, las salas de redacción y los quioscos de una época sombría, contada con un ánimo que hoy escasea: el entusiasmo. Aquí explica de dónde salía y por qué cuesta tanto encontrarlo ahora. Arturo Navarro tiene la cabeza blanca y una voz animosa, de alguien a quien todavía le gusta conversar. Habla despacio y sin apuro, se detiene en los nombres, vuelve sobre una anécdota para contarla mejor. Recuerda mucho. Y lo que no recuerda, probablemente lo tiene guardado en alguno de sus cajones. O enmarcado en las paredes del estudio desde el que escribe, que está lleno de recortes de diarios y revistas, fotos en sepia y otros papeles que se ven importantes. Durante décadas fue el guardián de una historia que otros prefirieron olvidar. Los papeles de Quimantú, los de APSI, los de la censura y los de la campaña del No fueron quedándose con él, carpeta tras carpeta. Pero en los últimos años empezó a desprenderse de ellos. En la Universidad Diego Portales existe hoy un archivo con su nombre. Al Archivo Nacional le entregó el material de Quimantú. Y al Museo de la Memoria llegaron los documentos de la quema de libros de García Márquez en dictadura y una entrevista que le hizo a Joan Manuel Serrat cuando vino a cantar para la campaña del No. Vive hace más de cuatro décadas con la periodista Patricia Politzer, en una de las comunidades que el arquitecto Fernando Castillo Velasco levantó cuando volvió del exilio. Ahí, entre vecinos que se conocen desde 1981, los nietos juegan con los nietos del lado. Navarro nació en Valparaíso en 1951 y tenía poco más de veinte años cuando le encargaron Cuncuna, la colección de libros infantiles de Quimantú. Era el más joven de la editorial del Estado que, durante la Unidad Popular, sacó los libros de las librerías y los puso en los quioscos, en los sindicatos y en las juntas de vecinos. Sus compañeros de los talleres lo llamaban Cuncunita. Después vino el golpe, y con el golpe, el silencio. En 1976, en plena dictadura, Navarro fundó APSI, la primera revista de oposición autorizada por el régimen: partió hablando del mundo para poder, de a poco, hablar de Chile. La dirigió hasta 1981, cuando la presión de las autoridades lo obligó a dejarla. Siguió en Cooperativa y en La Época, donde editó La Época Semanal y el suplemento Literatura y Libros, y más tarde en la televisión, con El show de los libros. Con la democracia pasó a la gestión cultural: estuvo tres décadas al mando del Centro Cultural Estación Mapocho y en 2009 recibió el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural. Todo eso está en Un editor en dictadura. Desde Quimantú hasta la campaña del No (Planeta), un recorrido por redacciones, imprentas y quioscos entre 1971 y 1988. Lo que ocurre en esas páginas es sombrío: censura, allanamientos, amigos que desaparecen del mapa. El tono, en cambio, es rápido y luminoso, y el libro se despide anunciando que todavía queda materia para otro. Leído hoy, en una época en que los periodistas trabajan solos frente a un computador y un editor puede ser apenas un mensaje de WhatsApp, esa energía resulta casi exótica. Su libro habla del periodo más oscuro de la historia reciente de Chile y, sin embargo, se siente optimista. ¿De dónde salía ese ánimo? “No lo había mirado así, pero creo que es verdad. Había entusiasmo. Me acuerdo que conversábamos mucho con [Antonio] Skármeta, cuyo libro se llamaba precisamente El entusiasmo. Y había entusiasmo porque había la fuerza de una historia, ¿te fijas? Detrás de una empresa cultural había organización. Por eso, como digo por ahí, nunca me sentí solo. Ni en el momento más oscuro me pensé solo. Y por lo tanto nunca me sentí pesimista”. ¿Los libros unían? “A muchísima gente. Uno se encontraba con amigos en la calle que te decían: ‘Oye, pucha, por primera vez en la vida estoy coleccionando libros, antes no tenía ni dónde ponerlos, pero a este precio…’. Los quioscos vendían muchísimo, pero la mayor cantidad de ventas se hacía en organizaciones sociales. Los sindicatos compraban para todos sus afiliados, las juntas de vecinos, las JAP compraban. ¿Cómo no iba a haber optimismo?”. ¿Por qué hoy no aparecen grupos que se junten a fundar medios? “Porque hoy una persona puede crear un medio sola. En el tiempo del libro, si tenías cualquier idea no había ninguna posibilidad de hacerla solo. Ahora existen fondos concursables: te relacionas con un computador y presentas tu proyecto. Eso en aquella época era inverosímil. La última iniciativa de grupo que recuerdo con entusiasmo es The Clinic. Llamé a Pablo Dittborn, que estaba ahí con Juan Guillermo Tejeda y otros, y le dije: ‘Oye, yo quiero comprar acciones, quiero meterme en este grupo’. Entre comillas, obvio. Era retomar la historia: al principio tenía el lema ‘Firme junto al pueblo’, que era el del diario Clarín. Todavía estaba ese espíritu de que si no trabajabas colectivamente, las cosas no se podían hacer”. ¿Cómo nació el libro? “Empecé a recibir muchas solicitudes de conversación. No de periodistas, sino de estudiantes que trabajaban el tema APSI, que en las escuelas de periodismo se ha estudiado mucho, sobre todo por el plebiscito del 80. Y me di cuenta de que lo que más les interesaba era lo cotidiano. No que a las once de la mañana explotó tal cosa; eso se sabe, lo puedes buscar. Uno me preguntó cómo se vestía la gente. Hoy en el metro el 90% usa jeans y el 90% usa zapatillas. En esa época había distintas formas de vestirse. En mis clases de gestión cultural yo usaba la metáfora del quiosco. Yo era uno de esos ciudadanos que se paraba todas las mañanas frente al quiosco. Veía el titular del Clarín y me moría de la risa. Veía el de El Mercurio y me ponía más serio. Después Las Últimas Noticias, después el Puro Chile, con el enano maldito en la portada riéndose de cosas policiales o políticas. Y con todo eso uno sacaba una especie de promedio de la situación del país. Era casi arte callejero. Imagínate todos los diarios electrónicos de hoy en una súper pantalla en el Paseo Ahumada, al mismo tiempo. Ahí no faltaría la esperanza, porque verías todas las posiciones. El optimismo también estaba en la calle. Lo absorbías caminando, y entonces se caminaba más”. Avanza la extrema derecha en la región y Donald Trump está en guerra con la prensa. ¿Qué diagnóstico hace del periodismo hoy? “Los comunicadores y los artistas requieren absolutamente de la libertad de expresión para trabajar. Si no hay libertad de expresión, corre riesgo la democracia. En ese sentido la situación actual es gravísima. La libertad de expresión se reduce, aunque no absolutamente. Hemos llegado al tiempo de apretar donde duele nomás y dejar todo lo demás, para que nadie diga que no hay libertad. Es lo que decía Pinochet: ‘¿Cómo no va a haber libertad de expresión en Chile si uno puede ir a la calle y comprar cualquier diario?’. Me parece que el deber de cada periodista es seguir buscando y denunciando cotidianamente, y combatir las fake news, porque no solo hay mucha información, hay información decididamente mentirosa. Eso también es un atentado a la libre expresión, que tiene que ser, como decíamos siempre en APSI, profesional. Si aparece una noticia que me desagrada, pero es noticia, tengo que publicarla. Es exactamente lo opuesto a la censura”. Usted se define allendista. ¿Qué significa eso? “Para mí Allende significa, primero que todo, una izquierda práctica. Su incorruptible vocación democrática: ser candidato, ser votado, llegar a ser mayoría. Todo el esfuerzo que hacíamos en Quimantú era llegar al 50%, al 51% a lo menos. Y así fue: en las parlamentarias de marzo del 73 hubo una gran votación de la Unidad Popular, y por eso vino el golpe. Lo segundo es su preocupación médico-cultural, por llamarla así. El medio litro de leche para los niños y los libros baratos. Allende fue muy listo: no creó una gran editorial, compró Zig-Zag respetando el precio de mercado y respetando que siguieran imprimiendo su revista. Ese mismo espíritu democrático se tradujo en democratizar la cultura. Es imposible que la cultura se desarrolle democráticamente si el Estado no aporta. No tiene que aportarlo todo, pero hay que tener la sensibilidad de ver en qué áreas debe estar”. En pocas semanas murió Camilo Escalona y Michelle Bachelet se bajó de la carrera por la Secretaría General de la ONU. ¿Qué le pide hoy a la izquierda? “Camilo Escalona era un símbolo de la izquiera, hijo de un panadero. Un amigo me dijo, y es un dato que no he corroborado, que en los comités centrales del Partido Socialista y del Frente Amplio no había ningún obrero. La izquierda tiene que volver a ser un partido de los trabajadores. Esa fue su gran fuerza y se ha perdido porque los trabajadores están solos, cada uno en su casa, o trabajando en dos partes porque no les alcanza el salario, o viajando cuatro horas en bus para llegar y volver. La respuesta está en la organización social. Se mantienen ciertos logos y ciertas historias, pero la izquierda no está inserta en la realidad cotidiana del trabajador”. Uno siente que vive solo problemas que son de todos: el trabajo, la salud. “Ese es exactamente el tema del individualismo. Arréglesela usted solo. Y si puede trabajar online en su casa, a lo mejor le quedan unos tiempecitos para otra peguita. Además estamos capturados por las pantallas, todas las generaciones; lo veo en mis nietos. La prensa escrita está en decadencia porque imprimir es muy caro; hoy leo que El Mercurio hipotecó su planta de impresión e inmuebles de sus diarios regionales para conseguir un crédito. La publicidad se mete por la pantalla y queda registrado lo que ves, entonces sigámosle mostrando lo mismo a este caballero porque ya sabemos lo que compra. Tienen que venir nuevas generaciones que logren organizarse, mirar para el lado y decir: ‘Este es nuestro problema’”. Uno a veces ni conoce a sus vecinos. “Yo tengo la fortuna de vivir en una de las comunidades de Fernando Castillo. Fue un esfuerzo del mismo entusiasmo, bajo la dictadura: don Fernando volvió del exilio y tuvo la visión de organizar a las personas. En esa época saber quién era tu vecino era súper importante. Las primeras parejas llegamos el año 81 y la comunidad se ha mantenido. Estamos cumpliendo como 45 años. Aquí no solo puedes dejar al hijo con el vecino: ya tenemos nietos, y los nietos juegan con los nietos del lado. Te doy una anécdota reciente. Tengo un perro nuevo, un cachorro, y los nietos del vecino vinieron a conocerlo y a traerle un regalo”. Se ríe. “Parece que el optimismo me está volviendo con esta conversación”. Un editor en dictadura. Desde Quimantú hasta la campaña del No (Planeta) se lanza el miércoles 30 de septiembre a las 19:00 en la librería Nueva Altamira (Drugstore, Av. Providencia 2124, local 64). Presenta la periodista Rocío Montes. Entrada liberada.
- En busca de la ranita de Darwin
En 2002, una investigadora contó casi doscientas ranitas de Darwin en un bosque de la costa de la Décima Región. En 2009, un veterinario volvió al mismo lugar y no encontró ninguna. Hoy la especie que lleva el nombre de Charles Darwin sobrevive en 56 poblaciones aisladas, y un puñado de científicos recorre el sur de Chile tratando de que no se repita la historia de Melimoyu. En 2009, el chileno Claudio Azat llegó a Melimoyu, un caserío al que solo se puede llegar en bote, en la costa aislada de la Décima Región. No viven ahí más de cinco o seis familias. Siete años antes, la investigadora estadounidense Marty Crump había contado cerca de doscientas ranitas de Darwin en ese mismo bosque. Azat buscó durante días. No encontró ninguna. Esa ausencia fue la primera señal de algo que Azat, veterinario e investigador de la Universidad Andrés Bello, lleva casi veinte años tratando de entender: la ranita de Darwin del sur —abundante hasta hace pocas décadas en buena parte del sur de Chile— está desapareciendo, y a veces desaparece del todo antes de que nadie note que se estaba yendo. La especie lleva ese nombre porque Charles Darwin la encontró primero. En 1835, durante su vuelta al mundo, desembarcó en Lemuy, una isla pequeña frente a Chiloé. Ahí vio por primera vez a la rana, la dibujó, la recolectó y envió los especímenes a Europa para que la describieran mientras él seguía vivo. En sus notas la llamó "excesivamente abundante" en los bosques del sur de Chile. Casi dos siglos después, esa abundancia es justamente lo que Azat no logra encontrar. En Chile hay dos especies. La ranita de Darwin del sur, Rhinoderma darwinii, vive en Chile y Argentina y está clasificada "en peligro" por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. El diagnóstico del plan de recuperación oficializado este año registra 56 poblaciones en el país, la mayoría pequeñas y aisladas. La ranita de Darwin del norte, Rhinoderma rufum, no tiene registros confirmados desde 1981. Su categoría es "en peligro crítico", con una etiqueta que dice PE: posiblemente extinta. “Esa especie era abundante hasta los años setenta”, dice Azat. “En Chiguayante, al sur de Concepción, las casas que estaban pegadas al cerro tenían ranitas de Darwin en sus jardines a fines de los setenta y principios de los ochenta. Esas ranas ya no existen”. La ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii) mide entre 2,5 y 3,5 centímetros. Su camuflaje la hace casi invisible entre la hojarasca del bosque nativo. El año 2010, Azat visitó por primera vez el Parque Tantauco, en el sur de Chiloé, un parque privado de la familia Piñera. Se quedó mudo cuando escuchó el bosque. “Era impresionante la cantidad de ranitas que había, era una cosa de locos”, recuerda.” Uno caminaba y había ranitas por todas partes. Si el bosque está bien mojado y húmedo, tanto el macho como la hembra cantan. Cantan como un piar de pollo, unos silbidos. Era realmente un concierto”. Ese concierto se acabó. En 2023, los equipos que monitoreaban Tantauco confirmaron la llegada del hongo quítrido, causante de una enfermedad que ataca la piel de los anfibios. En un año, las poblaciones del parque cayeron un 90%. Un lugar que había sido, para Azat, una ventana a cómo era el sur de Chile hace ciento cincuenta años, se vació casi por completo. “Pensemos en la ranita de Darwin no como una especie sola que vive en el bosque, sino como un conjunto de todo”, dice Bastián Santana, médico veterinario e investigador de terreno de la ONG Ranita de Darwin. “Muchas de sus poblaciones actuales están muy aisladas, reducidas a pequeños parches dentro del bosque, lo que las vuelve extremadamente vulnerables a extinciones locales. Como pasó en Tantauco”. Azat identifica tres amenazas, en orden de importancia. La primera es la destrucción del hábitat: la ranita solo vive en bosque nativo adulto, y ni siquiera la tala selectiva para leña la deja sobrevivir. La segunda es la quitridiomicosis, el hongo que llegó a Tantauco, "como una pandemia, como el covid-19", dice Azat, detectado en especímenes de museo chilenos desde los años setenta. La tercera es el cambio climático: “Los anfibios son ectotérmicos, no regulan su temperatura como nosotros”, explica. “Si deja de llover en el bosque, el bosque se hace más seco, más susceptible a incendios que terminan destruyendo su hábitat. Y si no se incendia, el bosque seco tampoco tiene las condiciones para la ranita. Y la ranita desaparece”. Santana agrega la variable humana más inmediata: casi todo el bosque donde vive la especie es propiedad privada. “Ya no depende del Estado resguardar el hábitat, sino de la gente que compró el terreno”, dice el experto. “Muchos compran el predio y cortan los árboles sin tapujos. La tala rasa, los cambios de uso de suelo, el ganado sin resguardo: todo interfiere con su ciclo de reproducción”. Cuando el hongo llegó a Tantauco, hubo que actuar rápido. En octubre de 2024, 53 ranitas libres del patógeno viajaron al Zoológico de Londres para fundar una población en cautiverio. Algunos machos hicieron el viaje con sus crías dentro del saco vocal, una particularidad que fascina a quienes estudian la especie. “Es el único anfibio del mundo donde el macho se preña”, dice Azat. “Después de fertilizar los huevos, el macho vuelve a los diez días, se traga a los renacuajos y queda embarazado por dos meses. Ahí los renacuajos viven en su saco vocal, se mueven, se nutren, crecen, y la metamorfosis ocurre ahí mismo”. En febrero de 2025, el zoológico anunció el nacimiento de 33 ranitas, hijas de once machos rescatados. “Tienen pasaporte británico”, bromea Azat. La idea es eventualmente devolver algunos ejemplares a Chile, y enviar otros a un segundo zoológico en Leipzig, Alemania. Pero solo cuando el hongo ya no esté, o su efecto se haya mitigado. “Si no, sería liberar ranas para que se mueran rápidamente”, agrega el especialista. Gran parte del trabajo hoy consiste en convencer a esa "gente que compró el terreno" de que la ranita también les pertenece. El proyecto "Yo Protejo Mis Ranitas" trabaja directamente con propietarios privados. “Uno de los aprendizajes más grandes es que se puede conservar de la mano de los privados”, dice Santana. “Esta conservación nace desde la confianza y la empatía. Cuando la gente ve que la ranita pertenece a su territorio, empiezan a ser guardianes del bosque”. La ley acompaña, aunque a medias. La Ley de Bosque Nativo exige un plan de manejo aprobado por Conaf antes de cortar bosque nativo, sea cual sea el dueño del terreno. La Ley 21.600, que creó el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas, le entregó a ese organismo la tarea de diseñar y fiscalizar planes de recuperación de especies. El de la ranita de Darwin, conocido como Plan RECOGE, se firmó en marzo de este año y se publicó en el Diario Oficial el 9 de abril. Contempla quince años de implementación y un costo estimado de 6,7 millones de dólares, más de la mitad destinado a restaurar hábitat. RECOGE no partió de cero: se apoya en la Estrategia Binacional de Conservación de las Ranitas de Darwin, diseñada desde 2017 entre más de treinta instituciones de Chile, Argentina, Reino Unido, Alemania y Estados Unidos. Cuando revisaron sus avances en enero de 2024, el diagnóstico fue desigual. “Habíamos avanzado en investigación”, dice Azat. “Pero en lo que era avance con el ministerio, o conservación in situ en nuevas áreas protegidas, no tuvo mucho avance. A partir de ese diagnóstico hicimos la actualización”. En octubre de 2024, 53 ranitas libres del hongo quítrido fueron trasladadas al Zoológico de Londres para asegurar una población de resguardo mientras se investiga cómo enfrentar la enfermedad en Chile. En marzo de este año, cuando asumió el actual gobierno, se retiraron 43 decretos ambientales. Entre ellos estaba la toma de razón del Plan RECOGE. Se armó un movimiento nacional en contra del retiro, y la ranita de Darwin terminó siendo uno de sus símbolos. “No es casualidad que haya sido uno de los pocos decretos que volvieron”, dice Azat. “Creo que se debe, en gran parte, a la presión del público y a todo el trabajo de educación y comunicación que hemos hecho con la estrategia”. Azat mide el éxito con una vara más modesta que la extinción cero: que la ranita de Darwin del sur pase de la categoría "en peligro" a "vulnerable". Seguiría necesitando protección, pero habría dejado de perder terreno. “A veces parece un sueño lejano”, dice, pensando en Tantauco: el bosque donde en 2010 escuchó el concierto más ruidoso de su carrera, y que catorce años después se quedó casi en silencio. A Santana suelen preguntarle qué beneficio tiene la ranita para los humanos. Prefiere no responder esa pregunta. “Simplemente hay que conservarla porque existe”, dice, “porque estaba en el mundo desde antes que nosotros”.
- Te recuerdo, Amanda
Ilustración de Amanda Gonzáles por @Monodeleon Ha pasado más de medio siglo desde el golpe de Estado. Las mujeres que dedicaron su vida a buscar a sus seres queridos han envejecido y algunas, como Amanda González, ya no están. Sus familias guardan ahora las historias que ellas contaban, sus preguntas y sus pequeñas costumbres. A casi tres años de la partida de su abuela, quien buscó a su hijo detenido desaparecido y ayudó a recuperar Villa Grimaldi, Tamara se pregunta cómo acercar su recuerdo a las nuevas generaciones que no crecieron con ella, a los niños de la familia que no alcanzaron a conocerla. Cómo contarles su lucha, qué decirles y qué no, cómo explicarles el sonido de su voz, su sentido del humor y la manera en que los reunía a todos. En mi casa, los pajaritos van de a dos. Eran de Amanda, mi abuela. Mi mamá dice que tienen que estar juntos para que se acompañen, como decía la suya. Amanda coleccionaba esas y otras figuritas, también gatos, y tenía la costumbre de guardarlas en parejas. Ahora sus pajaritos viven entre los conejos, los gatos de la suerte y las guaguas desnudas con pequeñas alas que yo he ido reuniendo. Los acomodo siguiendo su regla, y en ese gesto encuentro algo de ella. Algunos de los objetos que más me recuerdan a mi abuela nunca fueron suyos. También tengo unos platos suyos colgados en la pared. Mucho antes de que muriera le había dicho: «Amanda, el día que me case me quiero casar con esa loza». Le decía Amanda, así, por su nombre. Hoy esos platos están conmigo. Los miro y le agradezco que me los haya dejado. Mi abuela se llamaba Amanda González. Cuando pienso en ella, la veo con su pelo rubio, un abrigo y el pin con la fotografía del Cano. Era delgada, de cara angulosa y rasgos finos, pero su presencia llenaba cualquier espacio. Tenía una manera especial de hablar y esperaba que todos fuéramos educadísimos, incluso en las conversaciones más cotidianas. Con los años se fue volviendo menudita, aunque en mi recuerdo sigue siendo grande. El Cano era su hijo, Alejandro Arturo Parada González, mi tío. Estudiaba Medicina Veterinaria en la Universidad de Chile y militaba en las Juventudes Socialistas. Tenía 22 años cuando la DINA lo detuvo, el 30 de julio de 1974. Fue visto en Londres 38 y, según testimonios de sobrevivientes, en Cuatro Álamos. Sigue desaparecido. No recuerdo la primera vez que me explicaron su ausencia. Recuerdo, en cambio, que cuando entré a kínder mi mamá me dijo que mejor no hablara de política, ni contara que tenía un tío detenido desaparecido. Había vuelto la democracia, pero en su generación persistía el miedo. Para quienes seguían buscando, era difícil tener la certeza de que ya nadie los vigilaba. Yo guardé el secreto casi toda la jornada. Había pasado el día con una niña y, cuando ya faltaba poco para irnos a casa, recuerdo estar sentada en una banquita y contarle que tenía un tío detenido desaparecido. No pasó nada. ¿Qué iba a entender esa niña? Yo tampoco sé cuánto entendía. Pero ya había ido a velatones y conocía la fotografía que estaba siempre en la casa. El Cano era parte de las conversaciones de mi familia, de la vida que yo conocía. Había pasado el día haciendo una amiga y, antes de despedirnos, sentí que tenía que contarle también esa parte de mí. Alejandro Arturo Parada González, mi tío. Estudiaba Medicina Veterinaria en la Universidad de Chile y militaba en las Juventudes Socialistas. Tenía 22 años cuando la DINA lo detuvo, el 30 de julio de 1974. Fue visto en Londres 38 y, según testimonios de sobrevivientes, en Cuatro Álamos. Sigue desaparecido. Mi abuela también era su casa. La casa sigue ahí y, aunque la han ido modificando en estos últimos tres años, para mí todavía guarda algo de ella. A veces los cambios me chocan. Entiendo que tienen que ocurrir, pero me cuesta ver cómo se transforma el lugar donde nos reuníamos alrededor suyo, como si en esas modificaciones también se moviera una parte de mis recuerdos. Durante mucho tiempo la vi sobre todo en actos del Partido Socialista, en conmemoraciones y actividades de memoria. Amanda fue socia fundadora de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi. Junto a vecinos y vecinas de Peñalolén y La Reina, y a otras personas y organizaciones, se movilizó para recuperar el antiguo cuartel de la DINA y convertirlo en un lugar de memoria. Algo de su historia quedó también ahí, en ese espacio que hoy recorren personas que nunca la conocieron. A mí me costó encontrar a mi abuela dentro de esa figura pública. Cuando fui más grande sentí rabia. Pensaba en mi mamá, en lo que podía haberle faltado mientras su madre buscaba a un hijo. Durante un tiempo responsabilicé a Amanda por esas carencias. Después, al ver cómo mi mamá abrazaba su propia historia, fui entendiendo cuánto me faltaba conocer de la mujer a la que yo juzgaba. Había una Amanda fiestera, buena para el pisco sour y la vaina. Una vieja chucheta. Me llegaban historias de ella, pero me costaba imaginarla: era la misma dirigente a la que yo acompañaba a los actos, la misma mujer que nos exigía tanta educación. Fui aprendiendo a reunir esas versiones, a dejar que unas les hicieran espacio a las otras. Todas esas Amandas eran la misma persona. Yo apenas había conocido algunas. Cuando pienso en ella, la veo con su pelo rubio, un abrigo y el pin con la fotografía del Cano. Era delgada, de cara angulosa y rasgos finos, pero su presencia llenaba cualquier espacio. No la recuerdo como una abuelita. Me ha tomado tiempo aceptar también eso, querer el vínculo que tuvimos sin acomodarlo a una imagen que nunca fue nuestra. Amanda era la mujer alrededor de la cual nos reuníamos, una presencia que nos sostenía incluso cuando no alcanzábamos a comprenderla. También dentro de la familia era una dirigenta: su casa era el lugar al que volvíamos y su historia nos atravesaba a todos. Quizás por eso le decía Amanda. Necesitaba su nombre entero para nombrar todo lo que era. La recuerdo especialmente vulnerable en la velatón que hacía cada año por el Cano. Para ella era una manera de llamarlo a casa. Ahí la vi llorar por su hijo, mostrar un dolor que en otras ocasiones me costaba reconocer detrás de su presencia tan grande. La velatón todavía se hace en su casa. En agosto de este año, Villa Grimaldi dio cuenta de un homenaje al Cano y a Amanda en la sede del Partido Socialista, donde se reunieron familiares, amistades y compañeros. Sus nombres siguen convocando, reuniendo a quienes los conocieron y a quienes han llegado a conocerlos a través de sus historias. En la familia ya hay tres niños que nacieron después de su muerte. No van a escucharla hablar ni a verla entrar a una pieza. No van a crecer acompañándola a los actos, como lo hice yo. Para conocerla tendrán que acercarse a nuestros recuerdos, a lo que sepamos contarles de ella. Y eso me aterra. Me da miedo que la memoria se pierda y que algo de esa pérdida sea responsabilidad nuestra. No estar a la altura de la mujer que conocí, no encontrar las palabras para que puedan imaginarla. Que Amanda se vuelva solo una leyenda familiar y que, de tanto hablar de su fuerza, terminemos olvidando cómo era. Sé que es parte de la vida. A mí me tocó estar con ella; a otros les tocará escuchar nuestras historias y hacerse una imagen propia, distinta de la mía. Haber crecido a su lado fue un privilegio. Me cuesta usar esa palabra en una historia atravesada por tanto dolor, pero pienso en el tiempo que tuve para conocerla, incluso sin comprenderla del todo. En haber escuchado su voz. En poder cerrar los ojos y recordarla sin que nadie tenga que contarme cómo era. Mi abuela Amanda González y mi tío, Alejandro "Cano" Parada González. También me he preguntado si es necesario seguir transmitiendo un dolor tan grande: ¿seguimos buscando?. Me cuesta decirlo, como si hacerse esa pregunta fuera ya una forma de abandonar. Pero me la hago. Después vuelvo a mi abuela: murió sin saber dónde estaba su hijo. Esa pregunta quedó abierta y siento que nos toca seguir haciéndola, buscar una respuesta, contar lo que pasó para que no vuelva a ocurrir. No sé cómo recordarán las nuevas generaciones. Últimamente me cuesta ser optimista. Quisiera contarles esta historia sin esconder mis dudas ni pedirles que sientan exactamente lo mismo que yo. Que puedan conocer a Amanda buscando a su hijo y también tomando una vaina, diciendo garabatos, reuniéndonos en su casa. Que en lo que les contemos haya lugar para toda esa vida. En mi casa hay un pequeño marco que dice: «Alejandro Parada presente, verdad y justicia». Siento que no puede faltar. También están los platos que le pedí cuando todavía vivía y los pajaritos que fueron suyos, siempre de a dos. Si algún día me preguntan por qué los pongo juntos, podré empezar por ahí: Amanda decía que era para que se acompañaran.
- Romina Reyes: "Necesitamos volver a preguntarnos qué significa ser progresista"
Ilustración de @Monodeleon en Instagram Durante mucho tiempo, Romina Reyes creyó que la adultez sería el momento en que todo comenzaría a estar claro. A los 37 años, la escritora y periodista chilena sabe que esa certeza nunca llega. En Mujeres bondadosas, su nuevo libro de cuentos, escribe sobre personajes que aman, cuidan, desean y se equivocan sin disponer tampoco de un mapa. En esta conversación, Reyes habla de una generación que no cumplió el destino que había heredado, de la obligación de transformar la vida en contenido, y de una izquierda que, después del estallido social y del paso del Frente Amplio por el gobierno, necesita volver a explicar qué sociedad quiere construir. Romina Reyes creció creyendo que los adultos sabían lo que hacían. En la familia tradicional donde pasó su infancia, el futuro parecía seguir un orden reconocible: encontrar una pareja, casarse, tener hijos y comprar una casa. La adultez era un lugar al que algún día se llegaba y desde el cual todas las decisiones comenzaban a parecer evidentes. Ahora tiene 37 años y sabe que ese momento no existe. La experiencia le ha entregado más herramientas y algunas certezas, pero no el mapa que imaginó cuando era niña. En lugar de construir una familia bajo el modelo que conoció, puso en el centro sus carreras como periodista y escritora, dos oficios que ha debido sostener simultáneamente porque, dice con sentido del humor, trabajar en la cultura casi nunca alcanza para vivir. La ausencia de ese mapa también atraviesa Mujeres bondadosas, su nuevo libro publicado por Ediciones Overol. En sus siete cuentos, los personajes aman, cuidan, desean, mienten, enferman y traicionan sin que exista una forma correcta de ordenar sus relaciones. La frontera entre la amistad y el romance cambia de lugar y la bondad deja de ser una virtud transparente. Doce años después de publicar Reinos, el libro con el que obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias y que luego fue adaptado al cine, Reyes vuelve al ruedo para narrar personajes que tampoco tienen sus vidas completamente resueltas. En ese universo, la disidencia no conduce inevitablemente a la tragedia: las mujeres pueden ocuparse de sus pasiones, sus familias y sus errores sin tener que explicar a quién aman. En conversación con Quiltra, Romina Reyes habla de una generación que llegó a la adultez sin cumplir el destino que había heredado, de las redes sociales convertidas en vitrinas y de un país que todavía necesita saber en qué colegio estudió cada persona para decidir qué lugar asignarle. También se pregunta qué significa hoy pertenecer a la izquierda y qué tipo de vida podría volver a ofrecer un proyecto colectivo. *** —Cuando eras niña, ¿cómo imaginabas que sería tu vida adulta? “Vengo de una familia muy tradicional: papá, mamá, hermana, muchos tíos. La típica familia latina numerosa y heterosexual. Durante mucho tiempo, el modelo de adultez que conocí fue el de una persona que en algún momento se iba a casar, tendría hijos y una casa. Eso formaba parte del proyecto. Como mujer que pudo acceder a la educación, puse otras cosas en el centro. No me refiero a rechazar la idea de familia en general, sino a esos modelos tradicionales que recaen principalmente sobre las mujeres. Mi objetivo principal no ha sido formar una familia de esa manera. He puesto primero mi carrera como escritora y periodista. Pero quizás el quiebre más grande fue descubrir que los adultos no son esas personas que lo tienen todo claro. Cuando era niña o adolescente pensaba que llegaría un momento en el que todo sería evidente: sabrías quién eres y hacia dónde vas. Tengo 37 años y, sin duda, me siento mucho más sabia que a los 27 o a los 17. La vida tiene sus desafíos y una va adquiriendo más herramientas, pero esa claridad absoluta que yo asociaba con la adultez nunca llegó. Nunca llega el momento de la claridad. Es algo que también intento abordar desde lo emocional en los cuentos y textos que escribo”. —Dices que pusiste tu carrera en el centro. ¿Es posible tener otras prioridades dentro de un sistema que nos exige producir constantemente? “Es difícil. Además, elegir una carrera en la cultura implica algo particular: al menos desde mi experiencia y la de las personas que conozco, nunca puedes dedicarte completamente a ella. Es algo que haces mientras también haces otra cosa, porque la cultura no suele generar ingresos suficientes o equivalentes a lo que entendemos como un sueldo estable. Son trabajos que se sostienen a pulso, mediante fondos o becas. En mi caso, escribo porque no puedo evitar hacerlo. Felizmente me ha ido bien: mi primer libro tuvo una buena recepción y he encontrado una comunidad lectora que puede seguir creciendo. Pero no creo que alguien elija desarrollar una carrera en la cultura con un Excel en la mano. Cuando era adolescente simplemente pensé: ‘Me gusta escribir, quiero ser escritora’. No tenía mucha idea de cómo hacerlo. Elegí Periodismo porque sabía que era una carrera que tenía una parte en la que podía dedicarme profesionalmente a escribir. Desde ahí fui viendo cómo abrirme camino. Estamos muy llamados a producir y a preguntarnos qué ganamos con cada cosa. Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿cuál es el valor de escribir un libro? Para mí, la cultura tiene un valor que no es necesariamente económico. Puede reflejar quiénes somos o devolvernos una imagen, ya sea por semejanza o por diferencia. Quienes trabajamos en cultura estamos construyendo una imagen y un relato del país dentro de nuestra contemporaneidad. Encuentra Mujeres bondadosas, el último libro de Romina Reyes, haciendo click aquí. —Hoy también se espera que los escritores cuenten permanentemente en qué están y transformen su vida en contenido. ¿Cómo experimentas esa exposición? "Soy millennial y lo digo en el sentido de ser una nativa digital. Internet no estuvo presente desde que nací, pero sí desde que tenía 12 o 13 años. Buena parte de mi vida social ocurrió allí. Tengo grandes amigos a quienes conocí por Twitter hace veinte años, cuando establecer relaciones virtuales todavía no era tan común. Extraño esa época en la que las redes sociales servían principalmente para compartir con tus amigos. Tenías un carrete el sábado, sacabas fotos y las subías el lunes. Hoy las redes están copadas por el mercado. Entras a Instagram y probablemente la mitad del contenido que ves intenta venderte algo: una escritora promociona su libro, un músico presenta un sencillo, alguien vende un estilo de vida u otra persona ofrece una escalera para que el perro se suba a la cama. Tengo claro que mi faceta de escritora es solo una parte de mi vida y que puedo decidir qué mostrar. Cuando publico algo relacionado con un libro, trato de que esté supeditado al relato de ese libro. Como periodista, también entiendo cómo se construyen esos relatos. En las redes sociales aparezco como un personaje. No es toda mi vida la que importa a la hora de promocionar un libro, sino aquella parte de mí que tiene algo que decir sobre la literatura y la literatura chilena. No creo que una escritora esté obligada a promocionarse en redes sociales, pero es una herramienta disponible. Yo me veo como una autora cuya carrera todavía está en expansión. Si alguien lee esta entrevista y siente curiosidad por saber quién soy, probablemente irá a mi Instagram. Por eso entiendo las redes como una vitrina para quienes tenemos un proyecto, aunque lamento que hayan dejado de ser únicamente un espacio para divertirse y encontrarse con los amigos. Ahora son un poco un marketplace. —Esa exposición parece exigir también una opinión inmediata sobre cada acontecimiento. ¿Una escritora tiene la obligación de pronunciarse sobre todo lo que ocurre? “No lo veo como una obligación. No espero necesariamente una opinión sobre el mundo de parte de mis artistas o escritores favoritos. Soy muy buena para escuchar pódcast de política y, cuando quiero buscar una opinión política, recurro a políticos, periodistas o expertos en el tema. Eso no significa que desprecie la opinión de los artistas. Para mí es valioso que las personas sean capaces de posicionarse. A nivel personal, siempre sospecharé un poco de alguien que se presenta como completamente amarillo, que no puede decir si está más cerca de la derecha, el centro o la izquierda, o qué piensa frente al cambio climático y otros temas que hoy nos definen. Yo tengo opiniones y, cuando me las preguntan, puedo darlas. Sin embargo, me interesa más la obra de un artista. Prefiero que la pintura, el libro o la obra de teatro expresen esa mirada antes que la persona deba explicar permanentemente lo que piensa. La posición de un autor puede ser un antecedente relevante para interpretar su trabajo, pero no debería ser lo principal". —La literatura queer ha estado marcada muchas veces por la violencia, el rechazo y el sufrimiento. ¿Sientes que todavía hacen falta relatos sobre el placer, la alegría y el deseo? "Sí. Creo que hacen falta relatos sobre la comunidad LGBTQ+ que sean luminosos, ya sea porque fueron producidos por miembros de la comunidad o porque simplemente abordan esas experiencias. Desde una perspectiva más masiva, estamos acostumbradas a que esas historias aparezcan asociadas al dolor. Esa dificultad existe en la vida real. Salir del clóset, buscar aceptación o vivir en una sociedad tan normativa como la chilena puede ser complejo. Yo vivo en Santiago y reconozco algunos espacios seguros o ciertos barrios que podríamos considerar más amigables, pero esa no es la realidad de toda la ciudad. Tengo una pareja mujer y sabemos que, si es de noche, hay lugares donde no caminamos tomadas de la mano porque no queremos que nos maten. Quizás suene exagerado, pero tampoco queremos que nos griten algo o que nos pase cualquier cosa. Solo queremos caminar y llegar a nuestra casa sin tener nada que contar, aparte de que caminamos hasta allí. Por eso, las historias sobre la violencia hacia las comunidades sexogenéricas siguen teniendo peso. Esa violencia forma parte de la realidad. Yo vivo en el centro y paso constantemente junto al memorial de Daniel Zamudio. Existen casos recientes que no nos permiten olvidarla. Pero una de las cosas que me movilizó al escribir Mujeres bondadosas fue imaginar un universo narrativo en el que ese problema estuviera resuelto. Es un universo ficcional donde no existe violencia hacia las lesbianas. Ninguno de los cuentos trata sobre eso y tampoco es necesario explicitarlo. Fue el lugar desde el que decidí escribir. Quería que lo relevante fueran los vínculos emocionales, la pasión y los sentimientos. En estas ficciones no existen conflictos asociados directamente con la identidad. Tengo claro que esa es precisamente una de las dimensiones más ficticias del libro. Necesitamos diversificar los relatos porque no solo nos construimos desde el dolor. También nos construimos desde la pasión, la alegría, la traición y las relaciones que mantenemos no solo con nuestras parejas sexoafectivas, sino también con nuestras madres, padres, hermanas y abuelas. Todo eso es lo que quise situar en este libro. —Aunque las personas heterosexuales tampoco cumplan necesariamente los modelos tradicionales, poseen ciertos mapas sobre cómo debería desarrollarse una vida. ¿Qué ocurre cuando esos referentes no existen? "Las referencias existen para las personas heterosexuales, aunque después sus vidas no se parezcan en nada a esos modelos. En cambio, quienes pertenecemos a las disidencias muchas veces no tenemos esas imágenes del futuro. Por eso también es importante que nuestros relatos no estén construidos solo desde la tragedia. Conocemos las historias de personas que murieron por el VIH, que fueron rechazadas por sus familias o que tuvieron que vivir escondidas. Son historias necesarias, pero también necesitamos imaginar cómo nos veremos cuando seamos mayores, qué vínculos tendremos y de qué manera habitaremos el mundo. Me interesa que los personajes queer puedan experimentar deseo, rabia, alegría y contradicciones. Que puedan equivocarse o comportarse mal. Que no estén obligados a representar únicamente el sufrimiento ni a convertirse en ejemplos morales. También necesitamos reconocernos en esos movimientos más luminosos y cotidianos. —Vivimos un momento político profundamente polarizado. ¿Qué conversación está evitando tener nuestra generación? "No sé si la estamos evitando completamente, pero quienes nos sentimos progresistas o de izquierda necesitamos preguntarnos urgentemente qué significa serlo hoy. Desde el estallido social hasta ahora, con un gobierno del Frente Amplio de por medio que se definió como feminista, se desdibujó un poco aquello que entendíamos por ser una persona con ideales de izquierda. Lo pienso generacionalmente. Durante mucho tiempo nos planteamos como una generación contraria a la Concertación y a la derecha. Teníamos una lectura muy clara de la dictadura como un periodo oscuro en el que se violaron los derechos humanos y existía un compromiso con la idea del «nunca más» y con la construcción de una sociedad más justa. Hoy todo eso está más desdibujado, también porque las derechas han sabido evolucionar y apropiarse de ciertos discursos. En los años noventa parecía evidente que ser de izquierda era pertenecer a la clase media o baja y que ser de derecha significaba ser privilegiado. Actualmente esa lectura ya no funciona. Esto no significa decir «pasado pisado». No pienso eso. La memoria de la dictadura sigue siendo fundamental, pero desde 1989 han ocurrido muchas otras cosas que también nos posicionan políticamente. Necesitamos volver a preguntarnos qué significa ser progresista. También lo pienso desde mi lugar como disidencia sexogenérica, porque muchas veces los espacios de izquierda se han sentido profundamente machistas. Si una se define además como feminista, debe preguntarse qué significa eso y dónde la posiciona. Nunca he tenido problemas para definirme como una persona de izquierda o progresista, aunque hoy esas palabras no me resultan tan claras. Soy opositora al gobierno, pero es necesario explicar de qué se trata esa oposición porque existen muchas formas de oponerse. No podemos caer todos en la misma cazuela ni limitarnos a rechazar sin proponer nada. Cuando un colectivo no logra construir un relato capaz de convocar a las personas ni explicar qué tipo de vida propone, pierde su sentido. Creo que esa es la conversación que nuestra generación necesita tener para poder construir un proyecto colectivo que vuelva a hacernos sentido".
- La carrera por la dignidad de los galgos
Leito se desplaza en un carro ortopédico; Theo todavía teme que lo toquen; Baltazar aprendió a dormir sin sobresaltos. Como ellos, otros galgos llegaron a sus nuevas familias con fracturas, enfermedades y miedos que persistieron mucho después del rescate. Mientras avanza en el Congreso el proyecto que busca prohibir las carreras de estos perros, sus historias revelan el lento aprendizaje de una vida que ya no se mide por el rendimiento: jugar, descansar y volver a confiar. Por Christell y Gabriel Larral. Quienes viven con un perro adoptado saben que hay preguntas que nunca tendrán respuesta. No pueden preguntarles dónde nacieron, qué lugares recorrieron, ni qué ocurrió antes de que llegaran a esa casa. El pasado, sin embargo, aparece de otras maneras: en el cuerpo que se encoge ante una caricia, en el miedo a ciertos ruidos, en una cicatriz o en la dificultad para dormir. Así llegaron Leito, Theo, Mocca, Dalgi, Pierre y Baltazar a sus nuevas familias. Entre ellos había perros utilizados para correr, cazar o reproducirse, y otros que habían nacido en criaderos clandestinos. Algunos tenían fracturas mal soldadas, quemaduras y enfermedades; otros cargaban con temores que nadie podía explicar por completo. Recuperarlos exigió cirugías, fisiatría, tratamientos prolongados y una paciencia imposible de medir. El 18 de agosto de 2026, la Cámara de Diputadas y Diputados aprobó en general, por 80 votos a favor, el proyecto que busca prohibir y sancionar las carreras de perros en Chile. La discusión ocurre cuando otros países ya han comenzado a abandonar esta práctica: Argentina y Uruguay la prohibieron en todo su territorio; durante 2026, Nueva Zelanda puso fin a las carreras comerciales de galgos y Gales aprobó una ley para erradicarlas. En Chile, la iniciativa todavía debe continuar su tramitación. En el Congreso, el debate gira en torno a la prohibición de una práctica, pero las carreras son apenas una de las formas de explotación que enfrentan los galgos. No todos los perros que llegan a las organizaciones de rescate vienen de una pista. Algunos fueron utilizados para cazar. Otros, para reproducirse. Otros fueron abandonados cuando dejaron de cumplir la función para la que habían sido criados. La velocidad, la resistencia y el instinto de persecución que hicieron valiosa a esta raza también la han convertido en objeto de distintas formas de explotación y descarte. Una oportunidad para confiar La familia del galgo Theo en la playa. Han pasado 3 años desde su rescate, ... Antes de llegar a la casa de Daniela Riveros, Theo fue utilizado para correr. Durante una competencia sufrió una lesión y, según los antecedentes que recibió la familia, el galguero que lo tenía decidió descartarlo. Como castigo por la pérdida económica, lo encerró en una habitación de apenas un metro cuadrado, donde vivía entre sus propios excrementos. Cuando fue rescatado, tenía una antigua fractura de fémur que había soldado de manera incorrecta, una subluxación y varias raíces dentales quebradas, posiblemente a causa de las caídas sufridas durante las carreras. Daniela y quienes participaron en el rescate sospechan que también fue utilizado para reproducirse. Theo llegó a su nueva casa con terror al contacto humano. Cada vez que alguien intentaba tocarlo, se alejaba o reaccionaba con miedo. Casi tres años después, su recuperación todavía avanza lentamente y la familia celebra cambios que para otros podrían parecer pequeños. Para ayudarlo a relacionarse con otros perros, Daniela adoptó a Mocca, una cachorra rescatada de un criadero clandestino instalado en una toma de terreno. Mocca nunca participó en carreras, pero las condiciones en las que nació también dejaron consecuencias en su cuerpo. Llegó con giardiasis y varios cachorros de la misma madre dieron positivo a Brucella canis. Según Daniela, uno de ellos murió después de sufrir un daño medular. Ante estos antecedentes, la familia debió esterilizarla antes de lo previsto. Tiempo después, Mocca sufrió una falla renal aguda y fue hospitalizada en estado grave. Durante los tres meses siguientes, Daniela y su familia le administraron suero subcutáneo todos los días en la casa. La última en incorporarse fue Dalgi. Su historia con las carreras había comenzado antes de su nacimiento: sus padres eran utilizados en competencias de alta exigencia y, de acuerdo con Daniela, al padre le inyectaban sustancias para aumentar su rendimiento. Varios cachorros de la camada presentaron problemas conductuales. Dalgi tuvo episodios de reactividad asociados al estrés, aunque respondió favorablemente al proceso de adaptación. Los rescates de Theo, Mocca y Dalgi fueron realizados por las fundaciones Huellitas de una Toma y Patitas sin Rumbo Chile. Sus historias terminaron reuniéndose en una casa de la Región de Valparaíso donde hay cada uno tiene su cama. El trabajo de una fundación Cuando Denisse Salinas comenzó a investigar sobre los galgos, descubrió que en redes sociales eran ofrecidos como objetos de intercambio. Un perro podía ser entregado a cambio de dinero, comida, una escopeta, un videojuego o un teléfono celular. Para sacarlos de esos lugares, ella comenzó a negociar con sus dueños y a ofrecerles sacos de alimento. Ese trabajo dio origen, a finales de 2019, a la Fundación Salva un Galgo, que Denisse dirige junto con la médica veterinaria Claudia Rochefort. Desde entonces, la organización ha participado en más de 300 rescates y actualmente mantiene bajo su cuidado a 28 galgos que esperan ser acogidos o adoptados. El aumento de los casos obligó a la fundación a establecer prioridades. Ya no podían recibir a todos. Comenzaron a concentrarse en perros con fracturas expuestas, cuadros de desnutrición severa y hembras en celo expuestas a continuar siendo utilizadas para reproducirse. Una de ellas fue Estela. Cuando la rescataron pesaba doce kilos y tenía escaras y llagas en todas las extremidades. Su cuerpo estaba tan debilitado que el solo contacto con el suelo le provocaba heridas. Con el tiempo logró aumentar catorce kilos. De acuerdo con los casos que ha recibido la fundación, algunos galgos utilizados en carreras son inyectados con estimulantes, cardiotónicos y sustancias conocidas como «pica-pica» o efedrina para aumentar su rendimiento. Una de las perras de Denisse desarrolló síndrome de Cushing y tumores en las glándulas suprarrenales, enfermedades que ella relaciona con los fármacos que le administraron antes del rescate. También han acogido perros con síndrome de abstinencia, epilepsia y lesiones provocadas por agresiones. Benito llegó con la mandíbula quebrada por el golpe de un palo, la lengua perforada y varias heridas de arma blanca en los costados. Esas secuelas también determinan el proceso de adopción. Antes de entregar un galgo, la fundación evalúa si la familia cuenta con el tiempo y los recursos necesarios para sostener tratamientos que pueden extenderse durante años. Denisse advierte que ni siquiera adoptar un cachorro garantiza recibir un animal saludable: algunos nacen con consecuencias de la desnutrición sufrida durante la gestación o de las sustancias administradas a sus madres. “Yo entrego perros enfermos”, dice. Denisse lleva casi veinte años vinculada al activismo por los galgos. Para ella, una segunda oportunidad puede transformar la historia de un animal, pero la verdadera victoria no consiste en multiplicar los rescates: consiste en que algún día dejen de ser necesarios. Pierre, el galgo que comió piedras Cuando encontraron a Pierre en un predio rural de Melipilla, no tenía comida ni agua. Estaba reducido a los huesos, su cuerpo permanecía cubierto de cicatrices y tenía parásitos internos y pulgas. Durante la revisión veterinaria descubrieron algo más: había comido piedras para intentar calmar el hambre. Pierre había sido comprado para participar en jornadas de cacería. Cuando cumplió dos años y medio y dejó de responder a las expectativas de rendimiento de su dueño, fue abandonado en el mismo fundo. Según el relato que más tarde recibió Francisco Silva, quienes participaron en el rescate fueron a enfrentar al hombre. “Llévenselo, no sirve para nada”, les respondió. Francisco conoció la historia de Pierre a través de una red de adopción y decidió ofrecerle un hogar definitivo. Durante los meses siguientes lo acompañó en una recuperación marcada no solo por las consecuencias físicas del abandono, sino también por el aprendizaje de una vida distinta. Hoy Pierre disfruta de sus paseos, busca la cercanía de las personas y se ha convertido en un perro afectuoso. La mayor transformación, para Francisco, está en la tranquilidad con la que habita su nueva casa. “Ver cómo un perro que estaba destinado a morir de hambre hoy disfruta de la calma demuestra que solo necesitaba una oportunidad y el espacio adecuado”, dice. Leito, el galgo que llegó al altar El día en que Paulina Morales y José Martín Maturana se casaron, Leito e Igor entraron a la ceremonia con trajes de etiqueta y flores. Uno caminaba sobre sus cuatro patas; el otro necesitaba un carro ortopédico para desplazarse. Menos de un año antes, el futuro de Leito se reducía a dos posibilidades: una costosa operación o la eutanasia. El 14 de febrero de 2025, Leito tenía ocho meses y acababa de escapar de una casa de galgueros en Lampa cuando un conductor lo atropelló y huyó. El cachorro quedó tendido en la calle, sin recibir asistencia, hasta que alguien lo trasladó a una clínica veterinaria. La Fundación Brigada Galgos asumió el caso y consiguió que fuera sometido a dos complejas cirugías de columna, en las que le instalaron fijaciones metálicas. Las operaciones no lograron devolverle la movilidad de las patas traseras, pero permitieron que comenzara su recuperación. El cuerpo de Leito conservaba otras señales. Tenía quemaduras de cigarrillo, heridas en las patas, las orejas dañadas y los dientes deteriorados por la mala alimentación. Como no podía sostenerse sobre sus extremidades traseras, se arrastraba: las lesiones de sus tobillos llegaron hasta el hueso y durante largo tiempo necesitó curaciones diarias. Paulina, profesora de educación diferencial, y Martín, psicólogo, lo conocieron en la clínica veterinaria Pet Family mientras llevaban a vacunar a Igor, su otro perro. “Yo llegué, vi a Leito y nos enamoramos”, recuerda Paulina. Al principio, Leito temía especialmente a los hombres. Con Martín fue distinto. La cercanía entre ambos sorprendió a Paulina y contribuyó a que la pareja decidiera recibirlo primero como hogar temporal y, más adelante, hacerse cargo de él por completo. El médico veterinario ortopedista Freddy Herrera fabricó su primer carro, que le permitió desplazarse sin continuar lastimándose. Igor, mientras tanto, le enseñó otras cosas. “El Igor empezó a protegerlo para que nadie se le acercara. Lo cuidaba y tuvieron una relación muy íntima, de hermanos. Todo lo que Leito sabe es gracias a Igor”, dice Paulina. Hoy, a los dos años, Leito utiliza botines técnicos, se desplaza con su carro y asiste dos veces por semana a sesiones de fisiatría. En los parques caninos se ha convertido en un perro conocido y su familia creó una marca con su nombre: Leito Galgo. El 3 de enero de 2026, el día del matrimonio de Paulina y Martín, la pareja también formalizó su adopción. Leito no fue solamente uno de los invitados a la ceremonia: desde entonces, pasó a formar parte de la familia también sobre el papel. Baltazar cambió la mirada El primer día en la casa de Constanza Valenzuela, Baltazar entró, encontró una cama y durmió durante horas. No quiso comer ni salir. El dolor y el miedo seguían tan presentes que bastaba que alguien pasara cerca y rozara levemente sus patas para que gruñera e intentara morder por reflejo. Baltazar había llegado a la Fundación Salva un Galgo, en Requínoa, después de sufrir reiterados ataques de jaurías en el campo. Tenía la cola fracturada, heridas graves en las extremidades y cicatrices que permanecerían en su cuerpo. También sentía terror ante los fuegos artificiales y cualquier ruido parecido a un disparo. Constanza acababa de perder a su mascota anterior cuando decidió recibirlo temporalmente. Pese al temor con el que Baltazar llegó, la conexión con la familia fue inmediata. Lo que comenzó como un hogar de acogida terminó, tiempo después, en una adopción definitiva. La transformación fue lenta. Con el tiempo, Baltazar comenzó a reaccionar con menos miedo ante los movimientos cercanos y a sentirse seguro dentro de la casa. Quienes lo habían conocido al comienzo notaron que algo también había cambiado en su manera de mirar. “La gente que lo vio al principio me dice cuánto le cambió la mirada. Dicen que uno los rescata a ellos, pero yo siento que él llegó a rescatarme a mí”, dice Constanza. *** "Cuando vi el debate en las noticias me dio mucha rabia escuchar que los galgos que duermen todo el día no son felices. Baltazar estaba con las patas arriba en el sillón, en absoluta calma. Aprendieron que la vida no era solo correr, sino tener un lugar seguro donde descansar, agrega Valenzuela. Una convicción de Daniela, que comparte desde la devoción a sus perros: “Nos hemos gastado la vida en veterinarios y dejamos muchas cosas de lado por cuidarlos, pero verlos dormir en paz nos llena el alma”. La gente cree que ellos necesitan una pista, nosotros aprendimos que lo único que necesitaban era una familia que no los fuera a desechar”. Hoy estos ocho galgos descansan con la tranquilidad de ya no tener que huir de nada. Duermen en un hogar que los valora. Por fin ganaron lo más importante de sus vidas: la libertad y el amor de sus familias.
- Ana del Río, la mujer que hizo envejecer a Macondo
Durante 191 días, Ana del Río encabezó el equipo de maquillaje y peinado encargado de hacer visible el paso de medio siglo sobre los cuerpos de los Buendía. La artista colombiana cuenta cómo, junto a una veintena de profesionales, caracterizó, transformó y envejeció a los habitantes de Macondo en una producción sin precedentes que reunió a más de 900 personas y aportó 225 mil millones de pesos colombianos a la economía del país. Descansando en el remolque de la película en la que ahora trabaja, frente a un pelotón de brochas, pinturas y herramientas, Ana del Río (37) habría de recordar sus días en Macondo: la ciudad del diluvio y de la peste del insomnio, la ciudad imaginada por Gabriel García Márquez. Allí, las jornadas de maquillaje eran largas y el tiempo parecía distorsionarse. Todos en el set, dice Del Río, terminaron formando una familia tan numerosa como la estirpe de los Buendía. Los unía el desafío de convertir en imágenes una de las obras más importantes de la literatura universal: Cien años de soledad. Para levantar aquel universo se desplegó una maquinaria pocas veces vista en América Latina. Más de 900 personas participaron en la producción y Macondo fue construido sobre un terreno de 540 mil metros cuadrados en Alvarado, Tolima. Cerca de 150 artesanos y 850 proveedores colombianos trabajaron en su construcción. Solo para la primera parte se confeccionaron alrededor de 40 mil prendas y se reservaron más de 100 mil noches de hotel durante el rodaje. Netflix calculó que la serie aportó más de 225 mil millones de pesos colombianos a la economía del país. La segunda parte, estrenada el 5 de agosto, recorre los cincuenta años restantes de la historia y culminará el 26 del mismo mes con un episodio especial de duración cercana a la de una película. En sus créditos, Ana del Río aparece como responsable de maquillaje y peinado. Su equipo, integrado por alrededor de veinte personas, trabajó durante 191 días para transformar a actores y extras en habitantes de distintas épocas de Macondo. Utilizó 200 prótesis y 36 placas dentales, además de ocultar cerca de dos mil tatuajes y cinco mil perforaciones corporales. Las jornadas podían comenzar a las tres de la mañana, varias horas antes de que las cámaras empezaran a grabar. El desafío no consistía únicamente en caracterizar personas. También había que acompañar la transformación de Macondo. Para entonces, el pueblo ya no era la aldea levantada alrededor de una plaza: había llegado el ferrocarril, la electricidad, los automóviles, el cine y los extranjeros atraídos por la explotación bananera. El progreso comenzaba a dar paso a la decadencia, la violencia laboral y el desenlace de la estirpe. —Ana, ¿a qué huele Macondo? “Macondo huele a magia. Huele al Caribe, incluso lejos del mar. Eso fue impresionante. Grabamos tierra adentro y, aun así, el Caribe estaba en todas partes. Para conseguirlo se hizo una investigación botánica minuciosa: cada planta y cada árbol sembrado en Macondo aparece en el libro. Nada estaba puesto al azar”. —¿Esa transformación también podía verse en los edificios y en el pueblo? “Sí. Fue impactante ver cómo Macondo se transformaba al mismo tiempo que sus habitantes. En mi trabajo intento comprender la psicología de cada personaje y traducirla en una imagen, pero aquí el pueblo también parecía tener vida propia: crecía, envejecía y atravesaba los mismos cambios que los Buendía. No se sentía como una escenografía. Podías entrar a sus tiendas y recorrer sus calles. Macondo era real”. La maquilladora colombiana estuvo en Macondo. El espacio creado por Netflix en el que se desarrolló la historia creado por García Márquez. "Grabamos tierra adentro y, aun así, el Caribe estaba en todas partes". El camino de Ana del Río hasta Macondo pareció terminar antes de comenzar. En abril de 2024 inició el proceso de selección y, cuatro meses después, le informaron que habían escogido a otra persona. Dio la oportunidad por perdida. Pero la suerte, que en Macondo parece caminar en círculos, volvió sobre sus pasos: semanas más tarde recibió una nueva llamada. La decisión había cambiado y querían que se incorporara a la producción. Así, el viernes 13 de septiembre, se embarcó en el proyecto más ambicioso de su carrera. “Era viernes 13: ni te cases ni te embarques. Yo me casé, me embarqué y me fue muy bien”, recuerda. Aureliano José fue el primer personaje que tuvo que construir. El proceso comenzó con un encuentro con el actor: observarlo, conocerlo y conversar con él antes de pensar en su apariencia. Luego vinieron las pruebas de cámara, durante las cuales el maquillaje y el peinado terminaron de definir al personaje. Del Río estaba nerviosa. No solo debía diseñar un rostro, sino comprender rápidamente las reglas de un universo que ya había comenzado a existir antes de su llegada: “Fue subirme a un tren que ya estaba andando. No fue particularmente fácil”. Para comprender las reglas de aquel universo, Del Río volvió a la novela. Había comenzado a leerla después de la primera entrevista, cuando todavía no sabía si obtendría el trabajo. Al enterarse de que habían escogido a otra persona, cerró el libro y lo guardó. Un mes y medio más tarde, cuando recibió la llamada definitiva, lo abrió de nuevo. “El libro fue mi enciclopedia de consulta”, cuenta. Durante toda la producción, el ejemplar permaneció en el cajón de su oficina. Sus páginas, llenas de anotaciones, ayudaron a resolver algunos de los mayores desafíos visuales de la segunda parte: el crecimiento del cabello de Remedios la bella, la fiesta en la mansión de Jack Brown y las heridas de los trabajadores de la plantación bananera. En la novela, Remedios la bella se corta el cabello al ras. Para hacerlo crecer ante las cámaras sin que se produjeran saltos entre una escena y otra, el equipo dedicó siete horas a realizar pruebas y preparó siete pelucas de distintos largos. Cada una debía aparecer en un momento preciso de la historia. La mayor cantidad de pelucas, sin embargo, se utilizó durante la fiesta celebrada en la mansión de Jack Brown, a la que asiste Renata Remedios “Meme” Buendía. En los apuntes de Del Río quedaron dos indicaciones que resumían el aspecto que debían tener los invitados: “años veinte” y “fiesta gringa”. En la plantación bananera, el desafío fue distinto. Además de recrear las heridas de los trabajadores, el equipo tuvo que enfrentarse a un exterior de una magnitud que Del Río no había experimentado antes. De aquellos días recuerda una mezcla de olores que parecía adherirse al cuerpo: tierra, insecticida y protector solar. Las jornadas comenzaban a las tres de la mañana, cuando los vehículos recogían al equipo de maquillaje en el hotel. Después de un trayecto de 45 minutos llegaban a la finca Arizona, en Alvarado. Allí consultaban una planilla que asignaba un actor o personaje a cada profesional. Una vez en el set, debían retocar el maquillaje alterado por el sudor y cuidar que ningún detalle rompiera la continuidad entre las escenas. Mientras las cámaras grababan, Del Río alternaba entre dos tiempos: vigilaba el Macondo que ya existía frente a ellas y diseñaba a los personajes que llegarían durante los días siguientes. —¿Qué fue lo más difícil de trabajar en una producción de época? “Gran parte del trabajo consiste en tapar la vida actual. Teníamos cien extras que llegaban con una barba espectacularmente definida o con diseños de sonrisa tan blancos que brillaban en la oscuridad. Nada de eso existía en la época en la que se narra la historia. Mucho de nuestro trabajo era ocultar cosas. Incluso tuvimos que disimular uñas acrílicas. La cantidad de uñas que camuflamos fue una cosa titánica”. —¿Cómo vivieron ustedes el paso del tiempo? “Caminar por Macondo era entrar en otro mundo, en otro tiempo. Allí, las horas parecían obedecer otras reglas: para nosotros, el proyecto duró siete vidas y cinco días a la vez. Pasó muy rápido, pero se sintió eterno.La serie heredó la magia del libro. Para quienes creen en las energías, yo sí creo que esa magia nos acompañó durante todo el rodaje”. —¿Qué significó para ti, como colombiana, trabajar en esta adaptación? “Me sentí profundamente retada. Sabía que era un proyecto de enorme exigencia, que requería compromiso, disciplina, rigor y muchísimo trabajo. Pero, sobre todo, sentía la responsabilidad de contar una historia que habla de nosotros. Muchos de los acontecimientos del libro nacen de la historia de Colombia y, cuando los investigas, descubres que también forman parte de procesos que atravesaron al mundo. Plasmar el Caribe era llevar a la pantalla algo profundamente nuestro y, al mismo tiempo, universal: una cultura en la que puede reconocerse toda América Latina”. Del Río continúa sentada en el remolque. Entre una respuesta y otra ríe y se acomoda los lentes. “Quisiera compartir lo que he aprendido con colegas que no han tenido experiencias como esta y con quienes aspiran a trabajar en maquillaje y peinado dentro de la industria audiovisual”, dice. Algún día, cuando termine la película y pueda sentarse sin apuro frente al mar, Ana del Río comenzará a contarles a otros cómo se fabrica un rostro, cómo se envejece un cuerpo y cómo se hace crecer el cabello de una mujer que ascendió hacia el cielo, envuelta en sábanas. Entonces comprenderá que Macondo no quedó abandonado en aquel terreno de Alvarado. Se habrá dispersado en las manos de quienes lo construyeron y volverá a levantarse cada vez que uno de ellos enseñe su oficio. Y el tiempo, que allí nunca aprendió a avanzar en línea recta, comenzará de nuevo.
- Los rescatistas de la memoria tras el terremoto
Dos semanas después del terremoto que dejó 153 muertos y provocó el colapso de 325 edificaciones, Cali todavía busca a 34 personas desaparecidas y retira toneladas de escombros. Entre las ruinas, sin embargo, ocurre otro rescate: psicólogos y humanistas voluntarios recuperan fotografías, prendas, juguetes y libros que conservan fragmentos de la vida anterior al desastre. Carlos Andrés Díaz es uno de ellos. Tras acompañar a las familias afectadas, ayudó a organizar las pertenencias encontradas y ahora explica por qué recuperar un objeto también puede ser una forma de proteger la memoria. En Cali, la catástrofe se mide en cuerpos, edificios y toneladas. Dos semanas después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia, el balance oficial registra 153 personas fallecidas, 1.657 lesionadas, 88 rescatadas y 34 que todavía permanecen desaparecidas. De las 1.412 edificaciones verificadas, 24 presentan colapso total, 301 colapso parcial y 370 daños estructurales. La ciudad ya ha retirado 42.537 toneladas de escombros. Pero al pie de los edificios derrumbados comenzó a llevarse otra cuenta. No registraba muertos ni estructuras, sino álbumes, camisetas, zapatos y libros que los equipos de rescate encontraban entre los restos de las viviendas. Era el inventario de la vida anterior al terremoto. Carlos Andrés Díaz trabajó en esa segunda contabilidad. Tiene 35 años, es psicólogo y, durante los días posteriores al desastre, prestó apoyo en el barrio Capri, una de las zonas más golpeadas por los derrumbes. Al comienzo permaneció junto a las familias que esperaban la identificación de sus seres queridos. Mientras los rescatistas buscaban sobrevivientes y recuperaban cuerpos, él y otros profesionales brindaban los primeros auxilios psicológicos. Después, su tarea cambió. Entre los escombros comenzaron a aparecer fotografías, prendas, juguetes y libros. Los objetos salían en bolsas y costales y, desde el tercer día, los voluntarios comenzaron a extenderlos sobre el suelo, detrás de una cinta de seguridad, para que sus dueños pudieran reconocerlos. Cada retiro quedaba registrado en una planilla. En una de esas anotaciones, el hallazgo ocupaba una sola línea: una mujer había retirado un álbum de fotografías. Nada más. El registro no consignaba que tenía más de sesenta años ni que, entre esas páginas, aparecían su hija creciendo, los cumpleaños familiares, los paseos y el rostro de su exesposo, muerto muchos años atrás. La mujer recorrió la hilera de pertenencias hasta que reconoció el álbum. Su hija había sobrevivido al terremoto, pero aquellas fotografías habían quedado sepultadas junto con uno de los pocos registros que la familia conservaba de aquel hombre. Cuando volvió a tenerlas entre las manos, no recuperó solamente un objeto: volvió a ser dueña de una parte de la vida que existía antes de que la ciudad comenzara a derrumbarse. Para Carlos Andrés, allí comienza otro rescate, uno que no aparece en los balances oficiales de la tragedia. Los objetos no tienen el mismo valor que una vida, pero guardan las horas de trabajo, los afectos y las historias de quienes habitaron esos edificios. Salvarlos, dice, también significa impedir que el terremoto se lleve la memoria. *** —Antes que psicólogo voluntario, tú también fuiste uno de los afectados. ¿Dónde estabas cuando comenzó el terremoto? "Estaba en mi casa. Intenté salir, pero no alcancé: empezaron a caer escombros de las viviendas cercanas y cedieron un par de paredes de la mía. Después intenté comunicarme con mi familia con lo poco que se podía, porque las comunicaciones cayeron en Cali y en varios municipios cercanos. Al principio pensé que había sido un temblor fuerte, uno más. Pasados los minutos comenzamos a ver las noticias, los edificios afectados y el impacto en otras ciudades del país. Llegó el caos, la gente corriendo, los gritos y el llanto. Con el paso de las horas entendimos la dimensión de lo que había ocurrido". —¿Cómo llegaste a trabajar con las familias de los edificios derrumbados? "En los puntos de mayor afectación nos reunimos distintos grupos de psicólogos: clínicos, sociales, organizacionales. Algunos pertenecían a instituciones gubernamentales, pero la mayoría éramos voluntarios. Cada uno puso su granito de arena. Inicialmente esperábamos junto a las familias el reconocimiento de los cuerpos. Cuando encontraban a una persona, el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) hacía el levantamiento, tomaba fotografías y permitía iniciar la identificación. Los familiares esperaban una imagen o la posibilidad de observar el cuerpo. En ese momento, los equipos psicosociales ofrecíamos la primera atención y acompañábamos el reconocimiento. Después vimos que había personas que no habían perdido a un familiar, pero habían perdido su hogar. Ellas también estaban expuestas a un dolor muy agudo. Ahí entendimos que encontrar un objeto, por pequeño que fuera, podía sentirse como un bálsamo. Es poco frente a todo lo perdido, pero simbólicamente es muy poderoso". Fotografías, prendas, zapatos, juguetes y libros recuperados de los edificios colapsados fueron dispuestos detrás de cintas de seguridad para que las familias pudieran reconocerlos y registrar su retiro. - Foto vía X. —¿De quién fue la idea de recuperar las pertenencias? “Surgió del equipo de intervención psicosocial, entre voluntarios y personas vinculadas a la Alcaldía y a otras oficinas gubernamentales. No queríamos ocuparnos solamente de las familias que identificaban los cuerpos rescatados, sino también encontrar elementos con valor emocional: fotografías, prendas que estuvieran en buen estado, juguetes, accesorios. Los rescatistas comenzaron a acumular esas cosas y, entre varias personas, advertimos que también había que cuidar la historia que permanecía allí. Volver a encontrar un peluche, una fotografía o un accesorio usado por alguien que ya no está puede comenzar a enmendar algo del dolor". —¿Cómo organizaron los objetos y cómo evitaban que alguien se llevara algo ajeno? “Desde el primer día comenzaron a rescatarse objetos y a guardarse en bolsas y costales. A partir del tercero empezamos a organizarlos, porque la cantidad era enorme. Los extendimos para que los familiares pudieran recorrer el área y observar qué pertenecía a cada uno. También era una forma de tratar esos objetos con dignidad, por el valor emocional que tenían para las familias. En Capri y Torres de Limonar, donde estuve prestando apoyo, las administradoras tenían los listados de residentes. Cada persona debía decir su nombre, la familia, la torre y el apartamento. Una vez verificada, podía pasar alrededor de los objetos. Si reconocía algo, se dejaba por escrito: una señora retiró un álbum; otro residente, unos zapatos y algunas camisetas. Hubo intentos de llevarse cosas ajenas, por supuesto. Por eso existían las cintas de seguridad y ese control”. —En medio de una tragedia con personas desaparecidas y fallecidas, alguien podría preguntar por qué importan tanto los objetos. “Importan muchísimo. Vi a una joven que había perdido su apartamento y muchos objetos importantes de su vida. Un familiar le decía: ‘Tranquila, mija, al menos usted está con vida’. Y claro que la vida es lo primero, pero hay que recordar que todos los objetos que compramos también los compramos con vida: con nuestra vida laboral, con nuestra vida física, con nuestro tiempo. Aunque sean reemplazables, representan la vida que dejamos en ellos. Todo eso puede desgarrarse en segundos. Por eso también hay que darle espacio al llanto por la pérdida de un hogar. Era tu lugar seguro, donde descansabas y te recargabas emocionalmente; era una vida que habías construido. El terremoto te enfrenta contigo mismo y te muestra que lo más importante es quien está a tu lado: tu familia, las personas que amas. Pero regresar y encontrar un objeto pequeño también puede convertirse en un rayo de esperanza. Es una manera de no perder toda la vida que se fue en medio del desastre”. Para Charly, los objetos no son simples cosas: guardan horas de trabajo, afectos y recuerdos. Recuperarlos significa devolver a las familias una parte de la vida anterior al terremoto - Foto vía X. —¿Qué encuentros entre las familias y sus pertenencias te marcaron especialmente? “Recuerdo a una mujer de unos sesenta y tantos años que encontró un álbum de fotografías de su hija. Ella estaba viva, pero su padre —el exesposo de esta señora— había muerto muchos años antes. En esas páginas estaba la historia completa de la familia: cumpleaños, paseos y situaciones cotidianas. Cuando la señora encontró el álbum, no se encontró solamente con unas fotografías. Se encontró con la única memoria que conservaba de su esposo fallecido. Ese tipo de situaciones conmueve profundamente porque uno entiende que no es el objeto físico: es toda la historia que revive y que también podría haber muerto. También llegó una madre con su hijo, estudiante de Medicina. Él logró recuperar uno de sus libros. Contaba que había comprado con mucho esfuerzo sus uniformes y aquellos textos, que son muy costosos. Su vida continuaba, pero el terremoto había puesto en riesgo incluso su proyecto académico. Encontrar ese libro le devolvía una parte de ese esfuerzo”. —Has hablado de la importancia de los rituales. ¿Qué lugar pueden ocupar estos objetos en el duelo? “Cuando nos encontramos con una persona amada creamos recuerdos, y esos recuerdos se convierten en nuestra memoria emocional. Un desastre natural arranca a alguien de este plano y muchas veces no permite encontrar el cuerpo ni realizar una despedida digna. Hay familias que reciben el cuerpo después de varios días, cuando ya está deteriorado por su descomposición natural. En esos casos, los objetos se convierten en un encuentro con quien ya no está. Son un símbolo que vincula la vida y la muerte y permite decir: “Hasta pronto y gracias”. A partir de ahora, los rituales pueden consistir en llevar una fotografía que sobrevivió a una reunión familiar, recordar qué sucedía en ella y compartir esa historia. En psicoterapia les digo a mis pacientes que, cuando algo duele y uno lo comparte, el dolor se divide entre quienes lo escuchan. Cuando compartimos el amor, el amor se multiplica. Encontrarse con uno de estos objetos crea un ritual en el que el dolor puede compartirse: “¿Te acuerdas de esto que usaba?”, “¿te acuerdas de esta fotografía?”. A veces eso es lo único que queda para empezar a reparar algo". —¿Por qué tuvieron que suspender la recuperación de pertenencias? “Entre el quinto y el sexto día, los bomberos recomendaron no seguir trasladando objetos desde las edificaciones caídas hacia el lugar donde habíamos reunido los que salieron primero. Había alimentos descompuestos dentro de los refrigeradores y restos biológicos de los cuerpos. Llevar nuevas pertenencias podía contaminar las que ya estaban expuestas y generar un problema de salud pública. También existía riesgo de infecciones respiratorias por todo el polvo, tanto el proveniente de los materiales de construcción como el asociado a la materia biológica. Ya no se trataba solamente de rescatar: había que proteger a las familias y a quienes vivían alrededor de las zonas afectadas”. —En Colombia todavía cuesta hablar de salud mental. ¿Qué cambia después de una tragedia de esta magnitud? "Ahora el '¿cómo estás?' se vuelve una regla de oro. La cultura latinoamericana nos ha moldeado para decir que estamos bien sin importar cómo nos sintamos, porque responder así permite ser aceptado, validado e integrado. En este momento, decir que no estamos bien también es decirle al otro: 'Entiendo lo que estás pasando y me duele lo que te duele'. La salud mental se convierte en protagonista porque estas situaciones nos recuerdan que la vida es finita. Hay que amar profundamente, perdonar y agradecer. Ya no puede ser un juego para ver quién resiste más, sino una posibilidad de pedir ayuda. A los colombianos nos han entrenado para no pedirla, pero una circunstancia así nos arrincona y demuestra que la ayuda es necesaria y que nos reparamos entre todos". También reivindica el diálogo. Le he dicho a mi familia: 'Cada vez que se reúnan, no se cansen de contar qué les pasó y cómo lo vivieron'. Si perdieron a alguien, compártanlo; si hay que ayudar a una persona, háganlo. Ese relato repetido se convierte en el nuevo tejido humano. La salud mental también se repara a través de ese tejido que somos todos". —Colombia llega a esta tragedia profundamente polarizada. ¿Qué crees que puede dejar el terremoto en la historia próxima del país? "En medio de todo ocurrió algo que hace brillar a los colombianos: el sentido de pertenencia. La solidaridad y la empatía están saliendo por los poros. A mí me duele lo que sucedió en Manizales, Pereira, Armenia y el norte del Valle. Estamos en una ciudad y en otra, pero es la misma herida. Nos duelen los mismos muertos. Eso fortalece el sentido de que somos uno. Cuando vuelva a visitar alguna de esas ciudades, sus habitantes se parecerán todavía más a mí de lo que creía. En Cali existe un Monumento a la Solidaridad y hoy se ha convertido en un símbolo de lo que somos capaces de hacer los vallecaucanos y, en general, los colombianos. El terremoto nos va a marcar con dolor, por supuesto, pero también aviva capacidades maravillosas: la solidaridad, la empatía y la posibilidad de reconstruirnos en comunidad. Creo que eso también caracteriza a Latinoamérica". —¿Qué viene ahora y qué les pedirías a quienes observan la tragedia desde otras regiones o países? "Lo peor pasó, pero repararnos no ocurrirá de la noche a la mañana. Esto tardará muchos meses y quizá años. Por eso les diría: no se olviden de nosotros. Visítennos, acompáñennos y apóyennos. Ahora comienza una carrera por sostener y estabilizar nuestra economía. La vida tiene que continuar, sí, pero no solos: acompañándonos".
- El valor de Marcos Simpson: el artista que Chile lleva en sus bolsillos
Durante décadas, Marcos Simpson tuvo en sus manos una tarea monumental: grabar sobre placas de metal las caras y símbolos que circularían por las manos de millones de chilenos. Fue el primer artista del país en llegar a Inglaterra para aprender aquel oficio casi desconocido y, a su regreso, dibujó parte de la historia de Chile sobre sus billetes. Hoy, a los 88 años, quiere postular al Premio Nacional de Artes Plásticas y todavía trabaja en su taller, rodeado de recuerdos, fotografías y pequeñas piezas que conservan la porfía de toda una vida. Lo difícil de grabar a Gabriela Mistral era la dureza de su gesto. Su rostro reunía una feminidad y una rigidez distintas de las que aparecían en los retratos femeninos de la época. En Arturo Prat, el desafío era la barba: los pelos crecían en todas direcciones. Pedro de Valdivia planteaba un problema todavía mayor: ¿cómo reconstruir el rostro de un hombre del que no existía una sola fotografía? Durante décadas, Marcos Simpson resolvió esas preguntas sobre placas de acero. En la Casa de Moneda grabó, a pulso, algunos de los rostros y escenas que más tarde circularon en los billetes chilenos. También viajó a Inglaterra para aprender una técnica prácticamente desconocida en el país y se convirtió en el primer chileno especializado en el grabado de retratos sobre metal. Hoy, a los 88 años, Simpson vive en San Bernardo. Es viudo, pero recibe visitas todo el tiempo. Tiene el pelo blanco, usa lentes y habla pausadamente, entre suspiros. Cuando trabaja en el taller de su casa, se abriga con prendas de polar y enciende una pequeña estufa a sus pies para protegerse de ese frío que, según dice, llega con la edad. Han pasado casi siete décadas desde sus primeros acercamientos al grabado. En el taller, aquellos años permanecen repartidos entre fotografías, muebles y paredes cubiertas con papel tapiz celeste. Allí también conserva la mesa en la que trabajaba su padre, el mismo lugar al que comenzó a entrar a escondidas cuando tenía trece años. —Yo empecé en esto de los grabados a los trece años. Me metía en el taller de mi papá porque, digamos, era la única chance que tenía de hacer algo —cuenta. El oficio también permanece. Marcos todavía dibuja sobre metal con cinceles, pequeños martillos y lupas. A veces trabaja en joyas. Otras, talla pequeñas piezas en relieve, las cubre con tinta y las estampa sobre el papel. Bajo sus manos, el metal vuelve a convertirse en paisajes, rostros y letras. —Mira, esta mesa la ocupaba mi papá para trabajar. A él no le gustaba mucho que me metiera en su taller, pero, bueno, yo soy más porfiado que la cresta. Primero me especialicé en grabar anillos con iniciales. Hacía monogramas. Después, en cincelar las argollas: las grababa con flores y hojas. Quedan bonitas. Y de ahí, a hacer todo lo otro. Fotos de Gabriel Rosales El taller de su padre La casa de los Simpson era de adobe y el terreno estaba dividido en dos: una mitad pertenecía a la familia; la otra, al taller. Allí había dos mesas, ubicadas en extremos opuestos de la habitación, y una ventana amplia que daba hacia la calle. El dueño era Eduardo Simpson, padre de seis hijos: Eduardo, que llevaba su mismo nombre; Marcos, Richard, Amalia, Reinela y Zenaida. Solo los tres varones aprendieron el oficio del grabado. De todos ellos, Marcos era el más curioso. Su padre le enseñaba a grabar letras inglesas y él podía pasar tardes enteras inclinado sobre la mesa, repitiendo cada trazo. No siempre era bienvenido. A veces recibía una reprimenda; otras, debía insistir para que lo dejaran observar. —¿Vas a estar todo el día en eso? ¿No tienes nada mejor que hacer? —Papá, yo solo quiero ver cómo usted lo hace. Quiero ver cómo se empieza. Tres años después, Marcos ya dominaba algunas técnicas y comenzaba a recibir pequeños encargos. Entonces llegó uno que anticipaba el trabajo que realizaría durante buena parte de su vida: un hombre pidió grabar sobre metal el escudo nacional. En el taller discutieron quién asumiría la tarea. —¿Te sientes capaz de hacerlo? —Sí, papá, yo lo hago. —Hágalo, pues. Marcos tenía dieciséis años. Pasó los dos meses siguientes trabajando en el escudo y, cada día, comprobaba el resultado presionando un trozo de plastilina contra el molde de metal. Estaba tan orgulloso de sus avances que una tarde decidió mostrárselos a su padre. La respuesta fue inmediata. —Está malo, totalmente malo. —¿Qué? ¿Por qué? —Eso parece un caballo. Yo ya te dije cómo hacer el huemul. Eso parece un caballo. Marcos borró a mano el trabajo de dos meses y comenzó otra vez. Cuando volvió a mostrarle el grabado, su padre fue menos severo, aunque se negó a hacerse cargo de la entrega. —Está mejor, Marcos, pero no pienso entregarlo yo. Cuando llegó el cliente, Marcos salió de la casa con el pedido entre las manos. Antes de escuchar cualquier comentario, renunció a la autoría. Tenía miedo: su padre le había dicho que el trabajo no estaba a la altura y él prefirió ocultar que era el grabador responsable. El hombre abrió los ojos de par en par, recorrió el metal con los dedos y preguntó quién había realizado aquella pieza. Marcos mintió: dijo que había sido su padre. El cliente guardó silencio durante unos segundos y luego suspiró. —Dígale a su papá que lo felicito. Es un trabajo realmente hermoso. Así, el primer gran elogio de la carrera de Marcos quedó a nombre del hombre que le había enseñado el oficio y lo había obligado a comenzar de nuevo. El costo de la adultez Una de las últimas grandes peleas entre Marcos y su padre comenzó por dinero. Ya en sus veinte y con un hijo en camino, Marcos le pidió que le pagara un sueldo por trabajar en el taller. Eduardo se negó. Le dijo que, si quería buscar otros horizontes, la puerta era bien ancha. Marcos le hizo caso. Al día siguiente se presentó en la Casa de Moneda, el lugar donde años más tarde grabaría los rostros y escenas que terminarían impresos en los billetes chilenos. La primera vez que intentó entrar al edificio, los dos guardias de la puerta lo miraron de pies a cabeza y lo mandaron a lustrarse los zapatos. No estaba vestido de manera apropiada, le dijeron. Marcos insistió y regresó al día siguiente. Mostró su anillo de bodas para probar que sabía grabar metal, pero nadie le creyó. Entonces le pidieron que hiciera un grabado frente a ellos. Pasó la prueba. Comenzaría ganando el sueldo mínimo. Cuando le contó a su padre que había encontrado trabajo, los dos estaban tomando cerveza en una chopería del barrio. Eduardo se enfureció. Al regresar a la casa, se encerró en su habitación y permaneció allí durante una semana. Marcos todavía recuerda el silencio que se instaló entre ellos. El día en que su padre murió, Marcos ya estaba llorando otra pérdida. Apenas unos días antes había fallecido su abuela. Eduardo salió en motoneta para comprar un ramo de flores que llevaría al cementerio y, en el camino, sufrió un accidente. Un niño llegó hasta la casa de los Simpson para avisarles que debían ir a la posta. Marcos partió enseguida. Encontró a su padre con un chichón en la cabeza. —¿Estás bien? —Sí, estoy un poco mareado. Fue la última vez que hablaron. Marcos esperó hasta que un médico se acercó para explicarle la gravedad del accidente. —Su papá tiene una hemorragia intracraneal. Incluso si sobrevive, va a haber secuelas. Eduardo murió al día siguiente. Marcos sintió que el mundo se le venía encima. Eso alcanza a decir antes de que el recuerdo le quiebre la voz. Sentado en su taller de San Bernardo, apoya una mano sobre la mesa que heredó de su padre. Sus ojos se vuelven cristalinos y guarda silencio. La muerte de Eduardo dejó a la familia dependiendo del sueldo de Marcos. Vinieron las mudanzas y, durante un tiempo, debieron arrendar piezas para tener dónde dormir. Él comenzó a vigilar cada gasto. Por eso, cuando años después el Estado le ordenó viajar a Inglaterra, su primera preocupación no fue el oficio que aprendería, sino la familia que debía dejar en Chile. En 1974, ya en dictadura, los militares llegaron a la Casa de Moneda. Recorrieron los talleres, reunieron a los trabajadores y anunciaron que la institución estaba muy atrasada tecnológicamente. También apartaron a varias personas que ocupaban cargos directivos. Para modernizar el trabajo, necesitaban enviar a un artista grabador fuera de Chile. El elegido fue Marcos Simpson: viajaría a Inglaterra para aprender nuevas técnicas de grabado de retratos sobre metal. No era exactamente una invitación. Según cuenta, hasta esta entrevista nunca había precisado públicamente la fecha de aquel viaje. —Marcos, el Estado te envió a Inglaterra en 1974, ya en plena dictadura. Necesito preguntarte por tu postura frente a lo que vivía Chile en ese momento. "En realidad, no quiero hablarte de política. Yo nunca, ni siquiera de joven, asistí a reuniones políticas. Ni de izquierda ni de derecha. No quería perder el tiempo escuchando a un compadre que iba a hablar durante una hora y que después ni me reconocería en la calle. Para mí no es un asunto de afinidad. Yo grabé metal para el Partido Comunista, también hice una plancha cuando vino Fidel Castro. Incluso conocí a Allende". —¿Cómo era Allende? "Lo conocí porque en la Casa de Moneda formamos un comité para ir arreglando y modernizando el lugar. Era, realmente, un hombre muy culto. Muy amable". —Pero cuando la dictadura te dijo que irías a Inglaterra, ¿no sentiste temor? ¿No te dieron ganas de ser porfiado también en ese momento? "Esa es la cosa: no me estaban preguntando. Me acuerdo de haberle dicho al milico: 'Usted se para aquí y me habla de puras obligaciones, pero ¿y mi familia?'. Y él no supo responderme". La decisión, sin embargo, ya estaba tomada. Los gastos de su familia en Chile quedarían cubiertos mientras él permaneciera en el extranjero. Marcos dice que meditó mucho antes de aceptar, pero que, con varias personas dependiendo de su sueldo y en medio de las dificultades económicas que atravesaban, se le hacía muy difícil negarse. Todavía sentado en su taller, pide no continuar hablando de política. Marcos pasó un año en Inglaterra perfeccionando el grabado de retratos. Cuando regresó a Chile, uno de sus primeros grandes desafíos fue el nuevo billete de 500 pesos, que llevaría el rostro de Pedro de Valdivia y circularía en el país entre 1977 y 2000. La sala de impresión era un galpón enorme y frío. Cientos de pliegos de papel avanzaban por las máquinas con la velocidad de autos de carrera. Durante las primeras pruebas, los encargados advirtieron que el retrato de Pedro de Valdivia no se veía bien. Simpson fue enseguida a revisar el trabajo. Pronto descubrió que el problema no estaba en su grabado: la tinta aparecía corrida porque las placas no habían sido ajustadas correctamente. Fue uno de los primeros sobresaltos de una carrera que todavía le impondría otros desafíos: la dureza del rostro de Gabriela Mistral, la barba indomable de Arturo Prat y la tarea de convertir imágenes y símbolos en líneas diminutas capaces de resistir el paso por millones de manos. También vendrían recuerdos más felices. En 2003, cuando se retiró de la Casa de Moneda, sus compañeros arrendaron un local, prepararon comida e invitaron a sus hijos. Después de varias décadas trabajando en la institución, Marcos se despidió entre saludos, voces conocidas y algunas lágrimas. —Arrendaron un local, había mucha comida. También invitaron a mis hijos. Fue bien lindo. Emocionante. Quedar grabado en la historia Hay muchas fotografías de aquella despedida y de las décadas de Marcos en la Casa de Moneda. En algunas aparece junto a políticos; en otras, con su familia. Las conserva en una habitación especial de su casa y se detiene a explicar quién es quién. —Mira, este era ministro. Últimamente ha tenido que buscar muchas de esas imágenes y también algunos moldes antiguos. Está postulando al Premio Nacional de Artes Plásticas y, por eso, le han pedido numerosas entrevistas. —¿Sabes? Incluso si no gano, yo ya soy parte de la historia. Sus nietos dicen que Marcos nunca ha estado solo desde que enviudó. Intentan acompañarlo, aunque todavía se asombran de encontrarlo siempre levantado, trabajando. Sigue grabando piezas de metal: aros, medallitas y objetos pequeños. Muchos reposan sobre un tapete rojo y se parecen entre sí, como variaciones de una misma insistencia. A 65 años de haberse metido a escondidas en el taller de su padre, Marcos vuelve cada día a inclinarse sobre el metal. Cambiaron los encargos, las herramientas y el tamaño de las piezas. No cambió la porfía. Quizás esa haya sido la verdadera herencia de Eduardo Simpson: la fuerza que sacó a su hijo de una casa de adobe y terminó poniendo sus dibujos en los bolsillos de todo un país.
- Laura Chivite: "Hay que luchar contra el cinismo"
Ilustración de Nicole Araya <3. En una época en que crecer ya no garantiza estabilidad, las familias queer se convierten en una disputa política y el lenguaje de la salud mental comienza a vaciarse, Laura Chivite busca otras formas de nombrar el presente. La autora de El ataque de las cabras habla sobre visibilidad, humor, ultraderecha y la necesidad de conservar la esperanza sin caer en la ingenuidad. Laura Chivite tiene treinta años y vive con tres amigas en Madrid. Durante mucho tiempo creyó que la adultez llegaría acompañada de ciertas certezas: una casa propia, estabilidad económica y una vida que avanzaría siguiendo un orden reconocible. Ahora piensa que buena parte de esas promesas eran mitos, ilusiones o directamente mentiras. En una época marcada por la precariedad, las guerras transmitidas en directo y la crisis climática, Chivite ha comenzado a buscar otra definición de lo que significa crecer. Si la seguridad material parece cada vez más lejana, dice, quizá la adultez consista en adquirir una mayor conciencia personal y política, en mantener los ojos abiertos cuando todo invita a cerrarlos. Esa mirada atraviesa también su escritura. En El ataque de las cabras aparecen familias queer y figuras maternas que desobedecen el modelo tradicional. La tristeza puede llamarse “telequinesis melancólica” y el humor convive con personajes que intentan sobrevivir sin transformarse en cínicos. Chivite evita palabras como ansiedad, depresión o trauma para observar el dolor desde otro lugar, antes de que el uso excesivo termine por vaciarlas de significado. No resulta sencillo conservar la esperanza. La ultraderecha avanza, el capitalismo convierte las luchas políticas en productos y la ironía amenaza con volver cualquier tragedia un contenido pasajero. Aun así, Chivite se resiste a aceptar que el cinismo sea una prueba de inteligencia. Prefiere defender algo mucho menos sofisticado y, quizá por eso, más difícil: el amor, la paciencia, las palabras y la alegría. *** —En tus libros, crecer significa descubrir que los adultos tampoco tenían respuestas. ¿Qué significa ser adulto hoy, cuando el trabajo ya no garantiza estabilidad y el futuro parece cada vez más incierto? “Es un tema que me interesa mucho, y cada vez más, porque veo que todo lo que yo pensaba que era la adultez, o ciertas transformaciones y convenciones sociales que daba por hecho, eran mitos, ilusiones, mentiras. Tengo treinta años y vivo con tres amigas en Madrid, y he terminado por creer que la adultez no está tanto sostenida en cómo evoluciona tu vida en términos materiales, sino en ir adquiriendo cada vez más consciencia (política, personal, etc). Existen muchos tipos de ser adulto, y ya que me temo que no me voy a comprar una casa nunca, espero crecer teniendo la cabeza y los ojos cada vez más abiertos, a diferencia de lo que se suele creer que ocurre conforme te haces mayor”. — El ataque de las cabras pone en el centro a familias queer y figuras maternas no tradicionales, justo cuando la ultraderecha vuelve a utilizar “la familia” como una trinchera política. ¿Qué crees que están defendiendo —o temiendo perder— quienes insisten en que existe una sola forma legítima de familia? “Es difícil ser optimista cuando ves que el mundo se desmorona y que las ultraderechas están triunfando en gran parte del mundo; hay días en que todo lo veo gris y me desaliento, pero sigo pensando que los cambios se dan poco a poco, y que cada vez hay más modelos de familia, sobre todo en entornos queer pero también fuera de ellos, y la ultraderecha se pone muy nerviosa cuando nota que no puede controlar lo inevitable. Creo que aunque estemos atravesando un momento oscuro a nivel político, el cambio es imparable, siempre lo será”. Portada de El ataque de las cabras, novela en la que Laura Chivite explora la adultez, los vínculos queer y las familias que se construyen fuera de los modelos tradicionales. — En vez de decir que Tía Lidia tiene depresión, escribes que padece “telequinesis melancólica”. Hoy hablamos de ansiedad, trauma y autocuidado más que nunca, pero ese lenguaje también se ha convertido en contenido, identidad e incluso mercado. ¿Estamos comprendiendo mejor nuestro dolor? “Me parece una pregunta muy interesante. Una de las grandes tragedias es que las palabras se vacíen de significado de tanto usarlas, o de usarlas en contextos erróneos. Por ejemplo, la derecha se ha apropiado de la palabra “libertad” en muchos países, y parece que “libertad” ya no significa nada. Evité utilizar palabras como ansiedad, depresión, trauma, etc. para poder mirar todos esos conceptos desde otra óptica, con otra forma. Creo que entendemos nuestro dolor más que nunca, y al mismo tiempo creo que la extremahiperautoconsciencia puede ser cegadora”. — Has hablado de esa “segunda adolescencia” que atraviesan muchas personas queer. La visibilidad nos ha entregado referentes y derechos, pero también nos ha vuelto más identificables para quienes desean vigilarnos o atacarnos. ¿Puede la visibilidad convertirse en una trampa? ¿Las nuevas generaciones LGBTQI+ son más libres o simplemente están más expuestas? "No creo que la visibilidad pueda convertirse en una trampa. El capitalismo siempre va a intentar aprovecharse de las luchas para vender sus productos, y conviene estar atenta a eso, pero cada vez hay más márgenes y más espacios en los que esa libertad es genuina". — Tu escritura encuentra humor incluso dentro de la tristeza. Pero vivimos en una época en la que cualquier tragedia se convierte en meme pocos minutos después de ocurrir. ¿Cuándo el humor funciona como resistencia y cuándo se vuelve una forma de no sentir, no pensar o no actuar? "Es cierto, cada vez se hace más evidente el sinsentido y el artificio de las cosas, y esa tendencia a ironizarlo todo, a distanciarte de ello, es peligrosa. Es importante reírse de una misma, y reírse de la tragedia, pero sin banalizarla, sin frivolizar". — En tus libros aparece una pregunta persistente: cómo sobrevivir al entusiasmo sin volverse cínica. Hoy el cinismo suele presentarse como una forma de inteligencia, mientras que conservar la esperanza parece ingenuo. ¿Qué crees que debemos seguir defendiendo, incluso a riesgo de parecer ingenuos? "Completamente cierto. Hay que luchar contra el cinismo, yo lucho todos los días por no convertirme en una cínica total. Y la clave tal vez está en no dar por hecho las cosas, en escuchar a la gente, en bajar del atalaya en el que a veces nos subimos para mirar el circo que es el mundo. A riesgo de sonar cursi o ingenua, hay que defender que el cambio es posible, y hacer pequeños gestos que participen en ello, y defender el amor, la paciencia, las palabras y la alegría".
- Los barberos de Yungay: tradición que no se corta
Fotos por Gabriel Rosales. En la Peluquería Francesa hay navajas, frascos y máquinas tan antiguas que algunos visitantes creen haber entrado a un museo. También hay barberos a los que confunden con actores de época. Pero Juan Ángel, Ángelo Piaggio y Alex Venegas no están allí para representar el pasado: mantienen vivo un oficio que se ejerce en Yungay desde 1868 y que, tras la muerte de varios de sus antiguos maestros durante la pandemia, todavía pasa de unas manos a otras. Juan Ángel barre la vereda frente a la Peluquería Francesa. Lleva una bata blanca y un pañuelo negro anudado sobre la cabeza. Cuando se presenta, dice Juan Ángel. Nada más. Es su nombre artístico o, mejor dicho, su nombre de barbero. El apellido se lo guarda. La edad también. —¿Años? Tengo los suficientes, tú te imaginarás. Hay otra cifra que entrega sin rodeos: lleva casi cuarenta años cortando el pelo. Durante buena parte de ese tiempo, sin embargo, las tijeras no fueron su principal herramienta de trabajo. Juan Ángel era profesor y ejercía la docencia con adultos. Cortaba el pelo sólo en actividades comunitarias, eventos sociales o cada vez que alguien se sentaba frente a él y le pedía que hiciera algo con su cabeza. La destreza, piensa, viene de familia. Es hijo de una modista y de un sastre. —Toda mi familia es de oficios. Yo creo que tengo esa habilidad en las manos. Cuando su carrera docente llegaba a su fin, se inscribió en Instituto Faúndez para estudiar estilismo internacional. Aprendió a trabajar el cabello de hombres y mujeres, pero eligió el corte masculino. Allí se sentía más cómodo. Cambió los plumones y la pizarra por las tijeras y la navaja, aunque no abandonó del todo la enseñanza. Todavía habla de la peluquería como un saber que debe pasar de unas manos a otras antes de desaparecer. Ángelo Piaggio lleva diez años ejerciendo la barbería y, además de atender frente a uno de los espejos del salón, fundó Bellas Épocas Tours, una agencia que organiza recorridos por distintas zonas patrimoniales de Santiago. Llegó a la Peluquería Francesa en 2014, cuando Cristián Lavaud buscaba renovar el negocio familiar sin borrar aquello que lo había mantenido en pie desde el siglo XIX. Por entonces, las nuevas barberías empezaban a multiplicarse por Santiago y el local necesitaba personas capaces de tender un puente entre dos generaciones: la de los antiguos peluqueros, formados en cortes clásicos, y la de los barberos jóvenes que llegaban con máquinas eléctricas, degradados y nuevos estilos. Los dueños acudieron al instituto donde estudiaba Juan Ángel y organizaron un equipo de practicantes. Él no fue el primero en llegar. Envió a otro compañero, pero fue ese mismo compañero quien, después de conocer el lugar, pidió que lo incorporaran. —Necesitamos traer a Juan Ángel a la peluquería. Él sabe hacer esos cortes más clásicos. El hombre terminó allí sus últimos tres meses de práctica. Los demás integrantes de aquel equipo siguieron otros caminos: algunos se fueron a trabajar a Alemania, otros a España y otros a Miami. Él también tuvo la posibilidad de instalarse en el barrio alto, donde habría encontrado otra clientela y probablemente mejores oportunidades, pero decidió quedarse en el Barrio Yungay. No dice que trabaja en una peluquería clásica. Prefiere llamarla una peluquería patrimonial, y para él la diferencia es importante. —Yo soy un defensor del patrimonio de Chile. Esta peluquería es un orgullo para nosotros. Y no me refiero a las máquinas antiguas que están exhibidas, me refiero al lugar. ¿Te digo algo? Yo me quedo acá por mi patrimonio, por Chile, rodeado de historia. La Peluquería Francesa ocupa un edificio alto, de ladrillos a la vista y columnas amarillas. En el interior hay cuatro sillones para atender, un candelabro y paredes cubiertas con papel tapiz beige. Entre las herramientas de trabajo aparecen máquinas, frascos y objetos antiguos que ahora también funcionan como piezas de museo. Algunos visitantes se sientan a esperar un corte; otros entran solamente para observar y sacar fotografías. El lugar fue fundado en 1868 por Victorino Tauzan, un francés que más tarde se casó con la viuda de Jules Émile Lavaud, otro migrante francés que había muerto poco después de llegar a Chile. Tauzan crió como propio a Emilio Lavaud Lamothe, el hijo de su esposa. Luego le heredó el negocio. Así comenzó la relación de la familia Lavaud con un establecimiento que ha sobrevivido durante más de un siglo y medio a las transformaciones de Santiago, al deterioro del barrio y a la migración de buena parte de su antigua clientela hacia el sector oriente. Según sus propietarios, es la segunda peluquería más longeva del mundo. En el Barrio Yungay, al menos, nadie parece discutir que forma parte de su historia. Juan Ángel no es el único que habla del lugar como si fuera algo que necesita ser protegido. Ángelo Piaggio lleva diez años ejerciendo la barbería y, además de atender frente a uno de los espejos del salón, fundó Bellas Épocas Tours, una agencia que organiza recorridos por distintas zonas patrimoniales de Santiago. Viste una bata, un sombrero de mimbre beige y mocasines blancos. Comenzó cortando el pelo en Puerto Varas y ahora, durante una pausa entre clientes, resume con una frase la razón por la que trabaja aquí: —Este lugar es importante porque es patrimonial —repite Piaggio. La apariencia de los barberos, el edificio antiguo y los objetos exhibidos han provocado algunas confusiones. Juan Ángel recuerda a un grupo de turistas que entró con pasos dubitativos, sin saber si podía acercarse. Después de observarlo durante unos minutos, uno de ellos le preguntó si estaba contratado para representar a un peluquero de otra época, como si la bata blanca, el pañuelo y las tijeras fueran parte de una puesta en escena. Juan Ángel tuvo que explicarles que no era un actor. La confusión dice algo sobre el lugar que ocupa la Peluquería Francesa en la ciudad. Para algunos es una atracción turística; para otros, un museo; para Juan Ángel, Ángelo Piaggio y los demás hombres que trabajan allí, sigue siendo, antes que todo eso, una peluquería. El patrimonio no está únicamente en las máquinas antiguas ni en el mobiliario, sino en un conjunto de movimientos que alguien todavía sabe ejecutar: la forma de sostener una navaja, de inclinar la cabeza de un cliente, de reconocer un corte regular largo o uno militar y de abrir y cerrar las tijeras sin que tiemble la mano. Cuando Juan Ángel habla de sus compañeros, se mece sobre la banca y apoya los dedos en la barbilla. No piensa solamente en quienes llegaron con él desde el instituto y después se repartieron por el mundo. Recuerda, sobre todo, a los hombres que ya trabajaban allí cuando él entró: peluqueros de ochenta años que llevaban décadas cortando el pelo en los mismos sillones. Las canas combinaban con las batas blancas. Sus dedos, pecosos y arrugados, sostenían las tijeras de metal sin que les fallara el pulso. Es difícil que tiemble una mano que ha repetido el mismo rito durante toda una vida. —Casi todos murieron en la pandemia —dice Juan Ángel—. Algunos habrán trabajado veinticinco o treinta años en esta peluquería. Puros tatitas, imagínate. Juan Ángel recuerda a Manuel Cerda. También a René, un barbero que había trabajado en Nueva York y pasaba los veranos en Chile. De René no consigue recordar el apellido. Van muchos años. Los nombres, incluso los importantes, comienzan a desprenderse de las historias. Manuel Cerda fue uno de los hombres fundamentales en la supervivencia de la Peluquería Francesa. Ingresó a trabajar en 1963 y, después de la muerte de Emilio Lavaud, en 1988, asumió la administración cuando la familia decidió no continuar con el negocio. Durante más de dos décadas, Cerda mantuvo abierta la barbería en los años más difíciles del Barrio Yungay, cuando parte de la población y de la clientela tradicional comenzó a desplazarse hacia otros sectores de Santiago. Tiempo después, Cerda entregó el relevo a Cristián Lavaud y permitió que el establecimiento iniciara el proceso de restauración que lo convertiría en uno de los lugares más reconocibles de la ciudad. Cerda también fue mentor de otros barberos. Alex Venegas trabajó a su lado, aunque no de manera continua: estuvo en la peluquería, se fue y después regresó. Dice que junto a Cerda aprendió parte del oficio, pero que llegó un momento en el que necesitó salir, conocer otras barberías y buscar nuevos conocimientos. Ahora el viejo peluquero aparece en sus recuerdos junto con una larga lista de colegas y clientes que han pasado por el salón. Entre esos clientes estuvo John Travolta. En 2025, el actor llegó a la Peluquería Francesa y pidió que le afeitaran la cabeza. Para atenderlo tuvieron que cerrar el local. Venegas recuerda que se comportó como “un verdadero caballero”: al terminar el servicio, agradeció, conversó con los trabajadores y se tomó fotografías con los barberos. Por las sillas del local también han pasado Sebastián Sichel, el Huevo Fuenzalida, Luis Jara y un antiguo embajador de Francia en Chile. Juan Ángel menciona los nombres con naturalidad, como si el desfile de personajes conocidos fuera una consecuencia inevitable de trabajar en un lugar donde se cruzan la barbería, el turismo y la historia de Santiago. Pero las celebridades no alteran demasiado la rutina: todas terminan sentadas frente al mismo espejo, cubiertas por una capa, mientras alguien acerca una tijera a su cabeza. Cuando le preguntan por los desafíos de trabajar en una barbería patrimonial, Juan Ángel responde primero con una broma: —Que los jóvenes se están quedando sin pelo. Después se ríe y hace una pausa. El verdadero desafío, explica, es comenzar a formar parte de la historia que uno mismo ha ayudado a conservar. Él llegó para conectar la antigua peluquería con las nuevas generaciones, pero, con el paso de los años y la muerte de sus compañeros, se convirtió en uno de los hombres que los visitantes observan como si perteneciera a otro tiempo, uno de esos hombres que, todos los días, buscan mantener viva la tradición. Alex Venegas, por ejemplo, distingue que la forma de mantener vivo el oficio de la peluquería, es a través de una propuesta distinta. Para Venegas, la labor que realizan las barberías modernas es admirable, pero el vive el oficio desde otra idea: —Hacer 50 cortes de pelo en un día es una tarea muy respetable, valiosísima, pero yo acá intento hacer algo distinto, intento poner en práctica lo que es el visagismo. El visagismo —del francés visage, que significa rostro—, es una técnica de análisis estético utilizada en la peluquería, el maquillaje, la barbería y el diseño de imagen para estudiar las proporciones, formas y rasgos particulares de la cara de una persona. Venegas cuenta que así orienta su labor todos los días, busca captar una personalidad y traducirla en un peinado, en un corte. —Que una persona te pida un mohicano, o un regular corto, son señales. Es una personalidad la que te habla. Hay belleza en intentar captar eso. Juan Ángel piensa de forma similar, él no se define como un “cortapelo”. El cabello, dice, puede revelar momentos que una persona no siempre consigue explicar con palabras. A veces se cae durante una depresión. A veces alguien decide raparse después de atravesar un episodio doloroso, como si al desprenderse del pelo pudiera dejar atrás una parte de lo vivido. Otras veces, simplemente, una persona quiere verse distinta, recuperar cierta seguridad o convertir su cabeza en un espacio para experimentar. Cada mañana, Juan Ángel llega una hora antes que su primer cliente. Las herramientas quedan limpias desde la noche anterior, pero él vuelve a revisarlas. Saluda a las personas del restaurante contiguo y se toma un café para despertar. Dice que necesita ese tiempo para encontrar la concentración con la que recibirá a quienes se sienten frente a su espejo. —Uno se prepara mentalmente como un futbolista antes de un partido. Imagínatelo así. Después del café, Juan Ángel entra a la peluquería. Los cuatro sillones esperan bajo el candelabro; las antiguas máquinas permanecen inmóviles en las vitrinas y las herramientas de trabajo están alineadas para comenzar el día. Afuera, alguien puede detenerse a fotografiar el edificio o confundirlo con un actor contratado para representar el pasado. Pero Juan Ángel no interpreta a un barbero antiguo. Es un barbero. Después de casi cuarenta años cortando el pelo, sabe que un oficio no sobrevive únicamente porque sus herramientas sean guardadas en un museo. Sobrevive cuando alguien todavía sabe tomarlas con las manos, acomodar a un cliente frente al espejo y hacer que las tijeras vuelvan a abrir y cerrar, tal como se ha hecho desde 1868.
- Diana Aurenque: "La posibilidad de amar existe porque no estamos completos"
Ilustración de @monodeleon. En una conversación entre Berlín y Ho Chi Minh, la filósofa chilena Diana Aurenque dialoga con la socióloga Leonor Lovera sobre aquello que nos impulsa a cuidar de otros, aún cuando hacerlo nos expone al dolor. Habla del amor como estrategia de supervivencia, de su potencia política y de aquello que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar: el cuerpo vulnerable de quien tenemos enfrente. ¿Por qué seguimos buscando el amor en una época que desconfía de las promesas eternas? En Amoroso Animal, el nuevo libro de Diana Aurenque, la filósofa chilena se aleja de las definiciones románticas para observar el vínculo desde un lugar más elemental: somos mamíferos frágiles, dependientes del cuidado ajeno y conscientes de que vamos a morir. Diana ya había explorado esa vulnerabilidad en Animales enfermos y la necesidad de construir comunidad en Animal ancestral. Pero en esta nueva entrega lleva ambas preguntas hasta el terreno del amor. Su tesis es incómoda: no amamos porque seamos seres completos y generosos, sino porque estamos expuestos, necesitamos a los demás y nunca terminamos de bastarnos a nosotros mismos. Por eso describe el amor como una trampa. Quien ama queda sujeto a otro, pierde parte de su soberanía y acepta una incertidumbre que ninguna aplicación ni contrato puede eliminar. Pero esa caída también sostiene: de ella nacen el cuidado, la solidaridad y la posibilidad de una vida común. En esta conversación, Aurenque lleva esa idea desde la intimidad hasta la política. Habla del gobierno de José Antonio Kast, de los discursos que se creen dueños de la verdad, de la inteligencia artificial como posible fuente de orientación y de aquello que una compañía sin cuerpo no puede ofrecernos. Al final, vuelve a una pregunta tan antigua como el propio amor: cuánto dolor estamos dispuestos a arriesgar para sentir que hemos vivido. Al comienzo del libro planteas que el amor y la política tienen un origen entrelazado. ¿En qué sentido el amor es político? Y, a la vez, ¿existe una dimensión del amor que escape de lo político, o es solo político? El libro parte de entender el amor como una fuerza primordial que ha sido fundamental, aunque muchas veces de manera inconsciente, para la organización de las sociedades humanas. No hablo solamente del amor romántico o de pareja, sino del cuidado hacia los otros: los hijos, la familia y la comunidad. A veces pensamos la política como una organización teórica, abstracta, institucional o jurídica. Sin embargo, debajo de todo eso existe un afecto que ha permeado silenciosamente nuestras relaciones. El feminismo lo ha expresado al señalar que lo personal, los vínculos y el amor también son políticos. Mi propuesta puede conectarse con esa idea. Entonces, cuando tú me dices ¿qué escapa a lo político?, yo diría que como el amor tiene que ver con los otros, con la forma en que los seres humanos hemos podido cuidarnos en vez de matarnos o temernos, ha construido otra relación con los otros que está fundamentada en el amor. Así como ningún ser humano puede sobrevivir solo en una isla, también podríamos decir que, si somos algo, somos seres que amamos. Eso es el «Amoroso Animal»: una estructura antropológica fundamental. No se trata de que no seamos políticos, pero hay algo fundamental que es nuestra capacidad de construir vínculos de cuidado interdependientes e intergeneracionales que nos ha sostenido desde las primeras comunidades. Quizás, por creer que somos demasiado racionales e individualistas, hemos olvidado esa base afectiva o no hemos sabido verla. En el libro describes el enamoramiento como una caída: algo que nos hace perder estabilidad y nos deja expuestos a la voluntad de otro. ¿Cómo puede construirse un proyecto político a partir de una experiencia marcada por el desequilibrio y la incertidumbre? Me gusta la expresión inglesa falling in love porque permite pensar el amor como una caída y también como una trampa, una red en la que uno queda atrapado. El amor es un fenómeno anfibio. Por un lado, tiene una dimensión biológica y material: nos cuidamos para sobrevivir. Somos sumamente frágiles; los bebés necesitan cuidado y los adultos también. En ese sentido, el amor no es un ideal abstracto, sino una respuesta material y fisiológica que hemos construido. Pero tiene, además, una dimensión misteriosa. No sabemos realmente por qué preferimos amar en lugar de matarnos. Las religiones y la espiritualidad han intentado responder esa pregunta, pero no existe una explicación que disipe por completo el misterio de por qué nos volvimos amorosos. El cuidado ha sido una técnica de supervivencia del Homo sapiens durante milenios y ahora, entre tanta técnica digital, pareciera que hemos olvidado ese fundamento afectivo. Amar nos desestabiliza porque nos obliga a encontrarnos con otros que tienen necesidades propias y que, incluso si los conocemos mucho, siempre conservan algo de caja negra. Entablar una relación amorosa implica aceptar esa incertidumbre. La política, en cambio, suele buscar certezas y organizar la vida común de una manera más previsible. Sin embargo, si tomamos en serio que somos seres estructuralmente interdependientes, necesitados y vulnerables, esa condición puede traducirse en obligaciones de protección. Una Constitución, por ejemplo, podría no limitarse a afirmar que la dignidad humana es intocable, sino reconocer también nuestra interdependencia y, desde ahí, construir relaciones más justas, solidarias y basadas en el apoyo. El amor nos hace caer en una nueva inseguridad, pero esa misma inseguridad permite construir un mundo de cuidados y relaciones que nos sostiene. Nos estabiliza y nos vuelve inseguros al mismo tiempo. Esa ambivalencia es muy humana: estamos condicionados por el cuerpo, pero también por los secretos de nuestro espíritu y por cosas que ni siquiera manejamos. Hoy la política está gobernada por emociones que nos polarizan, nos separan y convierten al otro en enemigo. Por eso necesitamos recuperar afectos que, sin ser una utopía pura, nos permitan imaginar formas de relacionarnos más amorosas, sanas y solidarias. El amor puede ser fundamental para eso. Si el amor puede convertirse en una política del cuidado, ¿qué lectura haces del gobierno actual y de su promesa de reconstrucción social? Siempre intento aplicar un principio que aprendí de mi querido amigo Cristóbal Bellolio: la caridad interpretativa, que consiste en tratar de ofrecer la mejor interpretación posible de las acciones del otro. Pero, por más que lo intento, tengo una lectura muy crítica del gobierno. Después de presentarse con un relato de reconstrucción, la realidad material terminó imponiéndose con los eventos climáticos recientes. Ya no basta con repetir que el país está en crisis o con levantar un discurso salvador. Ahora existe una necesidad concreta de reconstruir puentes e infraestructura que estaban descuidados. El cambio climático puede tener una fuerza que desarma los relatos oficiales. Muchas personas votaron por este presidente porque depositaron sus esperanzas en él. La pregunta es si la reconstrucción será realmente una política de cuidado hacia los otros. Al mismo tiempo, vemos una reforma que entrega mayores beneficios y libertades tributarias a quienes más tienen. Entonces cabe preguntarse de dónde saldrán los recursos estatales para ayudar a los más vulnerables. Hasta ahora, no se ha visto un gobierno demasiado amoroso ni preocupado por los animales enfermos que somos, especialmente por quienes están más expuestos. Pareciera confiar en la idea de que, si los más ricos tienen más, algo terminará cayendo hacia los demás. En esas decisiones políticas que mencionas de parte del gobierno, se observa una clausura al otro no igual. Sin embargo, tú sostienes que amar significa abrirse a un otro que siempre conserva algo diferente, ajeno e irreductible. ¿Qué ocurre con esa apertura en una época que intenta borrar o domesticar la diferencia? Una de las cosas que me sorprende es que muchas personas se declaren tan cristianas o católicas y, al mismo tiempo, tengan dificultades para recibir al otro. El relato cristiano contiene una idea de igualdad y de amor: el otro no tiene por qué ser igual a mí; por el hecho de ser humano debería ser bienvenido. El problema aparece cuando alguien cree estar en posesión de la verdad. Eso ocurre en gobiernos de derecha o de ultraderecha, pero también en sectores radicales de izquierda. Cuando un grupo afirma que existe una sola moral y una única forma correcta de vivir —una familia heterosexual con hijos, por ejemplo—, deja fuera a quienes no caben en ese modelo. Pero algo parecido sucede cuando ciertos espacios progresistas rechazan cualquier estructura tradicional y convierten su propio modo de vida en la única respuesta correcta. Los relatos que se creen dueños de la verdad siempre son peligrosos para quienes quedan fuera. Cierran la grieta necesaria para albergar al otro. Parte de la crítica al Frente Amplio, por ejemplo, apuntaba a que utilizaba un lenguaje que muchas personas no entendían y que no invitaba a quienes eran distintos. Reconocer al otro también exige escuchar prioridades que pueden ser muy diferentes en el norte del país, en Santiago o en las grandes ciudades. Para aceptar al otro que está afuera primero hay que reconocer al otro que vive dentro de uno. Tenemos valores y una identidad más o menos estable, pero la vida cambia, nosotros cambiamos y también pueden cambiar nuestras convicciones. Si ni siquiera admito esa posibilidad en mí, menos voy a comprender que existan personas distintas. Quien no acepta al otro suele rechazar también muchas de sus propias posibilidades. Las prohibiciones doctrinarias pueden producir represiones y resentimientos que luego afectan a los demás. Abrirse al otro implica entender que ninguno de nosotros es completo, totalmente transparente consigo mismo ni ajeno a la contradicción. Somos falibles y, muchas veces, uno mismo es su propio enemigo. Cuando comprendemos lo difícil que es integrar esa diferencia interior, podemos solidarizar mejor con la diferencia ajena y dejamos de sentirnos soberanos morales. Política y afecto siempre han ido juntos, pero no tienen por qué vincularse únicamente mediante el miedo, el resentimiento o la ira. También hay alegría en ayudar. Incluso retirarse de una discusión para no dejar en ridículo a alguien puede ser un acto de amor: es darle espacio, darle lugar. En Amoroso animal retomas la muerte de Dios de Nietzsche y la desaparición de los grandes relatos que orientaban la existencia. Frente a ese vacío, ¿podría la inteligencia artificial convertirse en una nueva fuente de sentido? Desde una mirada hegeliana, la inteligencia artificial podría entenderse como la expresión más reciente del avance tecnológico que comenzó con la Revolución Industrial. Es su último gran hijo, ahora capaz de trabajar con lenguaje natural. Es, sin duda, un desarrollo impresionante. Pero los avances tecnológicos se han producido con una rapidez tan abrumadora y tienen tanta capacidad para configurar las formas de vida, las relaciones y la política, que la reflexión ética y la regulación jurídica siempre corren detrás. Ocurrió con las redes sociales: primero se instalaron en la vida cotidiana y sólo después comenzamos a observar sus efectos en la educación, la política o la circulación de noticias falsas. La inteligencia artificial ya está ocupando un lugar de orientación frente a la incertidumbre. Muchas de las preguntas que recibe están relacionadas con la salud: si una persona está sana, qué significa un valor alterado o por qué no puede dormir. Son preguntas fundamentales. Al formularlas, sin embargo, entregamos datos que consideramos privados a sistemas manejados por grandes empresas y por poderes que pueden cruzarlos y utilizarlos con distintos fines. Por un lado, existe una necesidad humana de recibir orientación; por otro, aparece una tecnología capaz de devolver respuestas convincentes. Pero un modelo lingüístico no tiene, hasta donde sabemos, una idea de humanidad ni un proyecto consciente hacia el cual quiera conducirnos. Quienes controlan esas aplicaciones sí tienen preferencias e intereses, y podrían promover de manera indirecta discursos libertarios, conservadores o de otro tipo. Nunca existió una única respuesta acerca de qué es bueno o qué significa ser humano. Hoy tenemos más diversidad y más formas de vida posibles que antes —las mujeres, por ejemplo, nunca habíamos tenido tanta libertad, aunque todavía falte muchísimo—. El desafío no es reemplazar esa pluralidad por una nueva voz que parezca tener todas las respuestas. Si el miedo a la muerte se experimenta en el cuerpo y se alivia mediante la presencia de otro, ¿puede una inteligencia sin cuerpo ofrecernos compañía verdadera? Esa pregunta es muy importante porque el amor no es solo una idea o un concepto implantado por Dios. Tampoco es únicamente un resultado de la evolución, pero sí tiene que ver con nuestros cuerpos y con nuestra fragilidad. Entonces debemos preguntarnos si puede existir esa interdependencia y ese cuidado cuando no vemos al otro ni tenemos que hacernos cargo de su vulnerabilidad. Imagino como una distopía una vida en la que todos permanezcamos encerrados en casa y nuestras relaciones amorosas ocurran únicamente mediante inteligencias artificiales o entornos virtuales diseñados para complacernos. Creo que allí se perdería algo del amor, porque el cuerpo forma parte de nuestra necesidad de sobrevivir desde la fragilidad. Yo sentí esa dimensión con enorme claridad al experimentar la muerte física de mi padre. Otras personas pueden sentirla con el nacimiento de un hijo o incluso con la llegada de una mascota. Son experiencias relacionadas con la vida, la muerte y los cuerpos que se vuelven vulnerables. Hay algo profundamente mamífero en todo eso. Por eso me preocuparía, por ejemplo, que existieran jardines infantiles donde los niños estuvieran seguros y tranquilos en entornos virtuales, pero separados de cuerpos reales. El cuerpo del otro tiene olores; interactuamos mediante las miradas, el roce y la cercanía. Existe una dimensión inconsciente de nuestros cerebros que se despierta en ese contacto. El amor debe haber surgido también de estar juntos frente al frío, mirarnos, abrazarnos, cuidarnos y querer tocarnos. Una experiencia completamente digitalizada produciría una merma en nuestras capacidades afectivas. El amor podría convertirse en un principio que repetimos sin sentir, en algo que ya no nos atraviesa el cuerpo. Para explicar el origen del amor recurres a la experiencia de albergar a otro durante el embarazo. ¿Qué ocurre con las mujeres que nunca han estado atravesadas por esa posibilidad? ¿El amor conserva el mismo fundamento? Qué bueno que lo planteas, porque la idea del libro no es decir que hay que embarazarse para amar ni que el amor solo aparece cuando una mujer tiene un hijo. Lo que intento mostrar es que el otro siempre está en uno. Uno está hecho de su pasado, de lo que no ha sido, de su familia, de la sociedad y de aquello que proyecta. Nunca somos seres enteros, cerrados y completamente solos. No siempre somos conscientes de esa experiencia. A veces la reconocemos durante una crisis o cuando algo corporalmente nos muestra la fractura que somos. La muerte de una persona amada, por ejemplo, deja expuesta esa parte de nosotros que el otro ocupaba. Su existencia y nuestra relación con ella ya estaban dentro de nosotros. El amor es una partición del ego y una manera de integrar la carencia. Podemos amar precisamente porque no somos completos. Cuando estamos enamorados, pensamos en el otro, miramos una fotografía y algo ocurre en el estómago. Tener al otro en el cuerpo puede ser tan real como tenerlo en la mente o en el corazón. El embarazo vuelve esa experiencia especialmente visible porque una persona alberga físicamente a otra. Incluso después de la separación del parto puede permanecer un vínculo muy fuerte. Pero ese lazo no aparece siempre y no puede imponerse. Embarazarse no garantiza amar a un hijo; no estamos biológicamente programadas para que eso ocurra de manera automática. Por eso el embarazo funciona como una imagen muy corporal de la lógica del amor, no como una condición para experimentarlo. Albergar al otro puede sentirse como una trampa, pero amar consiste también en querer permanecer en ella: no vivirla como una prisión que asfixia, sino como un anclaje capaz de dar impulso y vuelo. Hoy circula con fuerza la idea de que «si duele, no es amor». Tú sostienes, en cambio, que amar siempre nos vuelve vulnerables. ¿Cómo distinguir el dolor inevitable del amor de una relación violenta? Cuando digo que el amor tiene relación con la herida o con el dolor, no estoy hablando del dolor que produce el abuso. No se trata de justificar que alguien nos dañe. Hablo de la vulnerabilidad que aparece cuando albergo al otro: esa apertura puede volverme más frágil y, al mismo tiempo, más fuerte. La frase «si duele, no es amor» se entiende política y socialmente, porque ha sido necesaria para cuestionar relaciones violentas. Pero, en la experiencia amorosa, quienes hemos amado sabemos que también existe un dolor inevitable. Cuando el otro está en tu corazón, ya no te preocupa solamente tu bienestar. También te importa lo que le ocurre y sus dolores se vuelven, en parte, tus dolores. Nuestra capacidad de amar es gigante, pero también debemos cuidarla: imaginar que podemos sentir dentro de nosotros todo el dolor de la humanidad sería insoportable. En una época obsesionada con los límites, la seguridad y la protección personal, ¿estamos intentando eliminar el riesgo de la experiencia amorosa? Me gustaría que el libro permitiera entender que el amor no es solamente un afecto idealizado y romántico. También está en peligro cuando la comodidad nos lleva a no integrar a otros. Si antes el amor estaba demasiado asociado al sufrimiento, eliminarlo por completo de nuestra vida tampoco le hace ningún favor a la sociedad ni a la convivencia. En el amor queda especialmente expuesta nuestra condición frágil y nuestra incertidumbre, pero esa exposición también puede gratificarnos de una forma que la pura protección no consigue. Mantiene la vida rodeada de un misterio que la enriquece. Podemos asegurar una vida muy larga, pero eso no significa que sea una vida plena. Quizás, al final, lo importante sea poder decir: amé todo lo que tenía que amar y lloré todo lo que tenía que llorar.
- Sergio Palau, actor: "Las personas con adicciones no son villanas"
Conocido por interpretar a Martín Salcedo en La primera vez, el actor colombiano protagoniza ahora Salcedo, cuero y boogaloo, una miniserie que explora el descenso del personaje hacia la cocaína. En conversación con Quiltra, habla del desafío de representar una adicción sin reducirla al estigma, de vivir la sexualidad desde el deseo y de las historias que América Latina todavía necesita contar. Sergio Palau va en un taxi que avanza por el caos de Bogotá a media tarde. Lleva todo el día dando entrevistas sobre Salcedo, cuero y boogaloo, el spin-off de La primera vez, la exitosa serie en la que interpreta a Martín Salcedo, el personaje que lo hizo conocido en todo el continente. La miniserie traslada a Salcedo a la vida nocturna de la Bogotá de los años setenta, entre bares de salsa y una adicción a la cocaína que Palau tuvo que construir por etapas, apoyándose en la observación y en una directora dispuesta a medir cada grado de descontrol. «Las personas con adicciones no son villanas», dice casi al comienzo de esta conversación. En medio de la promoción, también ha encontrado tiempo para presentar Panini, la canción que acaba de lanzar como parte de su proyecto musical. Esta entrevista, realizada por teléfono desde Chile mientras él cruza Bogotá, recorre los distintos mundos que atraviesan su vida y su trabajo: un continente que todavía no termina de decidir si el arte es una carrera seria o una fantasía de infancia; personajes que cargan con el peso político de países que prefieren olvidar; y un actor que, a diferencia de buena parte de sus colegas queer, ha decidido hablar de su sexualidad desde el deseo y no desde el sufrimiento. «Cada vez debería importar menos quién desea a quién», afirma en algún momento. Es, quizá, la frase que mejor resume esta conversación. —Lo primero que me gustaría saber es cómo empieza tu gusto por el arte. Además de tu carrera como actor —en teatro, cine y televisión— también eres músico. Para nosotros los latinoamericanos, vincularse con el arte y que funcione, en el sentido de poder vivir de eso, no es una alternativa que se plantee de entrada. ¿Cómo fue en tu caso? "Yo de pequeño hacía natación. Estuve entre los siete y los diez años en competencias y era bueno, siempre ganaba. Yo vivía en una ciudad cálida, Montería, y después nos mudamos a Popayán, que es fría, y ahí empezó a darme pereza meterme a la piscina por el frío. Entonces mi mamá, buscando algo para hacer los fines de semana, me llevó una vez a una obra de teatro de un grupo de teatro inmersivo y me fascinó. No era la típica obra donde te sientas y el público está de un lado y el escenario del otro: ahí el público interactuaba con los actores, era casi un juego donde uno entrevistaba a cada personaje. Le pregunté a mi mamá cómo se hacía eso y me dijo que ellos daban cursos los sábados. Empecé a entrenarme con ellos, eran muy exigentes, y de a poco les fue gustando mi trabajo. Ahí no paré más. Como a los catorce años me llamaron para mi primera serie, aquí en Bogotá: me recogían del colegio y me llevaban al set. Me enamoré del teatro antes que del cine, y esas fueron las bases que arrastro hasta hoy". —¿Y sientes que en América Latina todavía no tenemos tan incorporado pensar en ser artista? Los niños piensan más en ser ingenieros, médicos, abogados, dentistas. "Somos un continente donde el apoyo al arte no es tan fuerte como el que existe para el deporte, por ejemplo. Pero creo que eso está cambiando. La entrada de las plataformas a Latinoamérica cambió la calidad y la forma en que contamos nuestras historias. Antes dependíamos casi solo de los canales de televisión, que eran muy reducidos, y era muy difícil vivir del arte. Hoy tenemos redes sociales, plataformas, formas más fáciles de aprender otros idiomas o de aplicar a becas. Todo eso también impulsa a los jóvenes a enamorarse del arte, porque literalmente lo tenemos en el teléfono. Aun así nos falta un camino gigante: los sueldos todavía no se comparan a los de Hollywood, ni tenemos algo como un Broadway donde alguien pueda decir "vivo del teatro". Son muy pocos los que lo logran". —Has sido muy vocal respecto a tu sexualidad. Y esto es más un comentario que una pregunta: muchos actores que forman parte de la comunidad hablan del dolor de pertenecer a ella, pero tú hablas más del placer, del goce, del deseo. ¿Eso ha sido consciente o inconsciente? —Hay cosas que han sido bastante inconscientes: siempre he intentado ser lo más abierto posible respecto a mi sexualidad y a cómo me exploro. Pero también hay una parte consciente, en la que hablo mucho con mi equipo y con la gente que se dedica a esto. Hay muy pocas referencias de personas gays en la industria a las que no se encasille. Con la música pasa algo parecido: durante años tuvimos que apoyarnos en referentes femeninas dentro del pop porque de hombres había muy pocos. Cada vez hay más —y van creciendo—, pero no es lo mismo que vivió, por ejemplo, Miguel Bosé o Freddie Mercury en su época. Siento que cada vez tiene que ser menos un tabú a quién le gusta quién. A mí un día me gusta una chica y al siguiente me gusta un chico, y creo que hay muchas personas que se sienten identificadas con eso, aunque no se identifiquen necesariamente con el término bisexual. Ojalá puedan tener más referencias para sentirse tranquilas con eso. Necesitamos historias que hablen también de que lo pasamos bien, de que deseamos igual que todos. Uno de mis grandes referentes en cine es Pedro Almodóvar, porque en sus historias el conflicto de ser gay pasa a otro plano. Esas son las historias que necesitamos cada vez más en Latinoamérica". —La primera vez apela mucho a la memoria: hace un viaje en el tiempo y cala en países como Colombia, Chile o México, donde la memoria histórica tiene un carácter particular. Vivo en Chile, donde hubo una dictadura en los setenta y ochenta y hoy tenemos un presidente pinochetista de extrema derecha. ¿Qué reflexión te merece eso, y cómo ha sido el recibimiento de la serie? "Respecto a lo político estoy completamente de acuerdo contigo (...) A los artistas muchas veces nos recomiendan no opinar, quedarnos callados, para que no se nos cierren contratos o marcas. Pero para mí hay una diferencia entre tener una postura política —inclinarte más hacia un lado u otro— y apoyar políticas que vayan en contra de los derechos humanos. Eso no debería ser cuestionable: no se cuestiona un genocidio, no se cuestiona una dictadura. Uno se va a Alemania y no ve a los alemanes haciendo películas que alaben el nazismo; ellos tienen una memoria histórica, y no es agradable, pero la tienen. Nosotros en cambio nos encanta romantizar a Pablo Escobar, romantizar el narcotráfico. Y hay tantas historias por contar en Latinoamérica más allá de eso. Creo que ahí está parte del éxito de La primera vez: se mojó hablando de derechos humanos, de feminismo, de sexualidad, de discapacidad, de temas que en nuestros países todavía son tabú, y a la gente le gustó, y la sigue comprando. Fue una apuesta difícil para Dago García y para todo el equipo, después de estar tan acostumbrados a lo mismo de siempre —Pablo Escobar, narcotráfico—: mostrar que hay otras historias que también son nuestras, que hablan de humanizar, de respetar, de cuestionarse a uno mismo. Es curioso: vemos esas historias ambientadas en los años setenta y muchas cosas todavía se sienten igual en 2026. Sigue siendo difícil ser gay, o ser mujer y tener los mismos derechos. —Ahora pasas al spin-off de Salcedo, que toca otro tema difícil para la historia latinoamericana: el consumo problemático de sustancias. ¿Qué fue lo más difícil de construir a un personaje tan entrañable que además está viviendo una adicción? "Yo voy a terapia, y ahí descubrí que al final todos somos de alguna manera adictos a algo: a una sustancia, a una persona, a un trabajo, a un estilo de vida. El reto más grande era que Salcedo no tiene una adicción cualquiera, tiene una adicción a la cocaína, que es muy compleja de sobrellevar. Tenía que ser natural, que no se viera forzado, y también trabajar los niveles: no es lo mismo cuando te acabas de meter un pase que cuando llevas tres días sin dormir. Con la directora trabajamos por niveles —"aquí estoy en nivel uno, aquí en nivel diez"—, porque el personaje también pasa por abstinencia, por momentos en que no tiene plata y empieza a mezclar lo que encuentre. Me parecía muy importante, sobre todo en un país como Colombia, donde la adicción está a flor de piel: hay adictos todos los días, no solo a la cocaína sino a cualquier sustancia, y poder mostrar las consecuencias de eso. Hay una parte divertida, pero también una parte oscura, donde el cuerpo se transforma, se genera dependencia, los estados emocionales suben y bajan, y hasta la agresividad del personaje se puede entender desde ahí. Cuando empezó la tercera temporada y apareció el tema del consumo, me chocó: no me imaginaba a este personaje en eso. Pero si lo analizas con ojo de terapeuta, entiendes que le faltó el papá, que tiene problemas con su sexualidad y con la aceptación, inseguridades, que ve a todos sus amigos haciendo lo que quieren mientras él no sabe qué es lo que quiere. Tenía que comprender al personaje, no juzgarlo. Sentí la responsabilidad también de que la gente se pudiera ver reflejada: todos, en algún momento, hemos tenido contacto con la fiesta y el descontrol. Yo viví en el extranjero desde adolescente, desde los dieciséis o diecisiete años, y estuve rodeado de gente con adicciones por distintos motivos. Quise inspirarme en esas personas y en cosas que también me pasaron a mí, para mostrar lo más natural posible que ser adicto no te hace malo: es un problema de salud mental, es más común de lo que pensamos y la sociedad no puede darle la espalda a las personas cuando necesitan apoyo"- —Si pudieras encontrarte con tu versión de doce años, la que entró a esa casa de teatro en Popayán, ¿qué le contarías sobre la vida que le espera? "Le diría que todo lo que ha soñado va a superar sus expectativas. Que siga yendo al teatro, que siga trasnochándose para los ensayos como siempre lo hacía, que siga yendo en contra de la gente de la familia que se preocupaba por dónde se estaba metiendo o a qué se iba a dedicar en la vida real. Que se escuche a sí mismo. Estoy seguro de que, en la realidad, va a superar sus propias expectativas".











