Resultados de la búsqueda
Resultados encontrados sin ingresar un término de búsqueda
- Agustina Bazterrica, escritora: "Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue"
Ilustración de @Monodeleon La autora argentina de Cadáver exquisito —traducida a más de treinta idiomas— estuvo en Chile promoviendo la reedición de su antología de cuentos 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro'. En un hotel de Providencia, entre mantras, arcángeles y el ingenio de una escritora que ha encontrado formas bellas para narrar el horror, habló de espíritus atrapados, de depredadores en el poder y de por qué la literatura no cura nada, pero sí puede incomodar lo suficiente como para impedirnos mirar hacia otro lado. La noche anterior a nuestra entrevista, Agustina Bazterrica no durmió en su cuarto. Había llegado al hotel de Providencia como llega a todos los hoteles donde la dejan sus giras. Entró a la habitación con sus maletas y dentro de una llevaba unos papeles doblados que carga siempre encima: hojas con la flor de la vida impresas, que pone en las habitaciones para limpiar la energía acumulada de quienes durmieron allí antes que ella. No es superstición, al menos no en el sentido frívolo de la palabra. Es un protocolo. Una forma de habitar esas habitación temporales con algo de propiedad. Pero esa noche el protocolo salió mal. Puso los mantras, acomodó sus cosas e intentó dormir. Pero había algo en el cuarto que no quería estar tranquilo. Ella la describe como una presencia violenta, una bruma, una densidad en el aire que no cedía y que la tenía incómoda. Y entonces ocurrió lo que no tiene explicación: mientras intentaba dormir, sintió agua fría cayendo sobre su cuerpo. Despertó de un sobresalto y se tocó la cara, pero estaba seca. El agua no existía, pero el frío sí. —Fue plasma de fantasma —me dice, con una convicción tan tranquila que resulta más inquietante que si lo dijera con miedo—. No sé cómo llamarlo, pero sí, ahí la pasé mal. A la mañana siguiente, en la ventana de la habitación, unas marcas, como las de unas garras, se dibujaban en el vidrio. Yo las vi. Me mostró una foto. Su hermana, que según Agustina es "un poco bruja", le dio una lectura intuitiva: era un espíritu que se había quitado la vida y estaba atrapado en un loop de rabia, sin poder pasar a otro plano. Agustina escucha, integra esa información del más allá y me lo cuenta. No necesita que nadie le crea. Al día siguiente, ya repuesta después de dormir en un cuarto en el que no habitaba ningún alma en pena, Agustina me pregunta: ¿vos creés en los fantasmas? Y a los minutos de hablar sobre actividades paranormales, nos ponemos a hablar de otros seres espantosos: Donald Trump, Jeffrey Epstein, Javier Milei y varios otros hombres en política. Hablamos también de arcángeles, de por qué la literatura no es terapéutica. Todo en el mismo tono, porque Agustina es una mujer que no hace jerarquías entre lo que le parece importante: lo paranormal y lo político y lo literario conviven en ella sin fricciones. —A veces la realidad parece alcanzar tus ejercicios de distopía. ¿Eso te asusta? "No. No me da miedo porque todavía confío en la humanidad. La historia es pendular: cambian los actores, cambia el escenario, pero hay cosas que sobreviven. La bondad. La dulzura. Incluso ahora, en medio de este momento tan dañino". Se acomoda en la silla antes de seguir. "Estamos viendo reaparecer discursos que creíamos enterrados, como los de la extrema derecha, y vuelven a instalarse con muchísima facilidad. Porque hay tres elementos que siguen funcionando para manipular una sociedad: el miedo, la ignorancia y el odio. Trump trabaja con eso todo el tiempo. Milei le copia. Y sí, hoy está funcionando. Pero no creo que pueda sostenerse para siempre". —¿Qué distingue a esta nueva extrema derecha de otras épocas? "Que ya ni siquiera necesita disimular. Hay un libro italiano, La hora de los depredadores, que habla justamente de eso: del triunfo de figuras que hacen de la brutalidad una identidad política. Trump, por ejemplo, está orgulloso de no leer. Entonces ya no necesitás mostrar preparación, cultura o interés por el bienestar común para llegar al poder. Podés ser completamente ignorante y aun así convertirte en presidente si sabés manipular el espectáculo". Hace una pausa. "Y esa violencia baja rápidamente a la sociedad. En Argentina están aumentando mucho los niveles de agresividad. Si tenés a un presidente insultando todo el día en redes sociales, el mensaje implícito es: 'yo también puedo hacerlo'". —¿Nos estamos anestesiando frente al horror? "Sí, completamente. Y además funcionan las cajas de resonancia: cada uno consume solamente aquello que confirma lo que ya piensa. Entonces desaparecen los matices y aparecen los radicalismos. Ves hombres incels consumiendo discursos de odio contra las mujeres todo el día y convencidos de que tienen razón porque nunca aparece otra mirada. Me impresionó muchísimo lo de Lionel Messi saludando a Trump. Una semana antes habían bombardeado un colegio con más de cien niñas. Y después escuchar eso de 'nosotros no nos metemos en política'. Yo quiero ver si no te metés en política cuando el colegio bombardeado es el de tus hijos. Qué falta de empatía". Hace otra pausa. "Y además, él se había negado antes a ir a la Casa Blanca con Biden. O sea, pudo decir que no. Ponele que tenía presiones. Pero entonces, ¿por qué estás sonriendo en las fotos?". —Y aun así, todo desaparece rápido de la conversación pública. "Claro. Todo dura segundos. Una guerra, un abuso, un escándalo. Baja el algoritmo y desaparece. Y eso también produce una sociedad anestesiada". —¿Cómo lo haces para no volverte indiferente? "Leyendo. Escribiendo. Hablando con adolescentes. Porque aunque seas privilegiado, lo que pasa en el mundo te afecta igual. Mi marido trabajó 28 años en una empresa y la cerraron de un día para el otro. No cobró indemnización. Y ese es un caso leve comparado con otra gente que directamente termina en la calle. cuando alguien me dice que lo que pasa en el mundo no le afecta, para mí eso ya es un síntoma. Es falta de empatía. Vivir encerrado en una burbuja y ni siquiera entender que tus privilegios no son derechos". —¿Hay algo tentador en no mirar? "Para mí no. Cuando dicen “la ignorancia es una bendición”, yo pienso exactamente lo contrario. Vivís con la profundidad de un charco. No accedés al conocimiento y sí, el conocimiento duele, te indigna, te enfrenta con cosas horribles, pero también te conecta más profundamente con el mundo. Yo quiero que mis niveles de conexión sigan profundizándose. No me interesa la otra opción. Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue". "Una antología de relatos llenos de crueldad, con toques de humor negro y algún destello de fantasía, Estos diecinueve cuentos regresan a los temas que marcan la obra de la autora: la naturaleza del miedo, la violencia oculta en lo banal, las fantasías más oscuras y los deseos inconfesables. Entre instantáneas insólitas e inquietantes e historias sombrías y paródicas, Bazterrica desvela la cara tétrica y perversa que esconde la realidad". —Eres obsesiva con la verosimilitud en tu escritura. ¿Hasta qué punto? "Muchísimo. En la nueva novela los personajes tienen que ir a la Torre Monumental, en Buenos Aires. Yo había escrito una escena entera basándome en fotos y videos. Pero cuando fui personalmente me di cuenta de que la escalera era muchísimo más empinada de lo que parecía. Y eso cambiaba cómo los personajes podían moverse, respirar, reaccionar". Se ríe. "Parece una pavada, pero no lo es. La verosimilitud no tiene que ver con decir la verdad. Yo puedo inventar un protocolo para faenar humanos, pero el universo que construyo tiene que cerrar. Y solo cierra si conozco realmente esa escalera". —Muchos escritores hablan de la literatura como algo terapéutico. "La literatura no cura nada. Ojalá curara, pero no. A mí me preocupa más no encontrar la palabra justa o descubrir un error de verosimilitud que otra cosa. No es mi terapia. Incluso aparece la ansiedad, el vacío o la frustración en la escritura. Terminás una novela y decís: “¿y ahora qué?”. Pero yo no sufro escribiendo. Yo estoy viviendo el sueño". Se ríe otra vez. "De verdad. Tiene un costo, obvio. Pero esto, en general, es felicidad". —¿Y tienes un antídoto para no ceder al horror del mundo? " Los vínculos. Mis vínculos son lo más importante de mi vida. Mi marido, mis gatos, mi familia, mis amigos. Y también porque medito mucho. Trabajo con arcángeles, con geometrías sagradas. Necesito sentir que hay algo más grande que mi propio ego". Entonces me muestra en el teléfono una imagen hecha con inteligencia artificial: un gato rodeado de colores y símbolos esotéricos. Azul para el arcángel Miguel. Verde para Rafael. Índigo para Zadquiel. Los enumera con una precisión litúrgica. "Todos los días me protejo a mí, a mi marido y a mis gatos", dice. "Eso también te ordena. Te recuerda que sos importante y no importante al mismo tiempo. Apenas un punto en la historia".
- Para 2050 habrá más plásticos que peces en el mar
En 2050, según la estimación de la Fundación Ellen Macarthur, los océanos podrían contener más plásticos que peces. Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas de plástico acaban cada año en los océanos. El impacto a la fauna marina es devastador y no sólo afectaría a los animales del mar, sino que también podría impactar en la salud humana. Diego Pérez sabe lo que va a encontrar antes de llegar. En los muelles del puerto ya están las botellas flotando, y durante el trayecto hacia la isla, la imagen se repite: más botellas, siempre más. Pero lo que lo detuvo fue otra cosa: las heces de los lobos marinos. Las analizó con detalle y ahí estaban los microplásticos, quietos y evidentes, en una isla sin fábricas, sin personas, sin nada que explicara la presencia de estos elementos en sus deposiciones. El plástico lleva décadas entrando al océano. Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas arriban cada año al mar, según estimaciones científicas, y para 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos del mundo. Pero las cifras no alcanzan para mostrar lo que Pérez vio ese día: que la contaminación ya no tiene bordes. Que llegó a los lugares donde nadie fue a dejarla. Lo que empieza en una botella mal desechada o en una red abandonada no se detiene. Se fragmenta, se dispersa, se cuela en la cadena alimentaria — de organismo en organismo, de especie en especie — hasta aparecer donde menos se espera: en peces que confunden microplásticos con crustáceos azules, en aves que construyen sus nidos con redes de pesca, en la leche materna de los humanos, y en sus arterias. En nosotros. El origen de todo ese plástico, explica Victoria Gómez, química ambiental e integrante de la Asociación de Científicos por el Plástico en Chile, tiene dos fuentes principales: las personas y la industria pesquera. Por un lado, la basura que se arroja directamente al mar desde embarcaciones, junto con las llamadas "artes de pesca" — redes, cuerdas, trampas — que el sector desecha en alta mar. Por otro, la falta de conciencia en tierra: residuos mal dispuestos que la escorrentía arrastra desde vertederos cercanos a ríos hasta desembocar, inevitablemente, en el océano. Las corrientes marinas hacen el resto: conectan todo el planeta, y un plástico desechado en cualquier punto puede terminar en las costas chilenas. Para Pérez, biólogo marino, la especie más afectada son las aves. Sin la capacidad de masticar, el plástico que ingieren queda atrapado en su estómago y no pueden regurgitarlo. "La forma del plástico puede generar laceraciones, heridas en su intestino, que se ahoguen o se mueran por desnutrición", dice. Gómez lo confirma desde otro ángulo: "Las gaviotas pueden llegar a satisfacerse con puro plástico, pero al no tener nutrientes estas mueren por inanición." Algunas incluso construyen sus nidos con redes de pesca. Lo más inquietante, sin embargo, no es lo que el plástico hace al entrar — sino lo que hace al quedarse. "Los microplásticos no se deshacen ni se degradan, sólo se van fragmentando y fragmentando", advierte Pérez. Cuando un animal muere, el plástico que llevaba dentro vuelve al ecosistema. Las redes flotantes atrapan fauna, la fauna muere, los cuerpos se descomponen, pero el plástico permanece y sigue disponible. "Probablemente muchos plásticos que tenemos desde los años cincuenta siguen afectando hasta el día de hoy." Iván Hinojosa, vicedecano de la Facultad de Ciencias de la UCSC y biólogo marino, ha documentado ese mismo ciclo en distintas especies. En la Isla de Pascua, un colega suyo observó que los peces consumían principalmente plásticos azules — del mismo color que el pequeño crustáceo del que se alimentan. La confusión no era accidental: era sistemática. "También se han visto especies muertas en las playas que han fallecido enredadas en mallas de plástico que el sector pesquero bota al mar", agrega. Pero el problema que más le preocupa a Hinojosa no es el enredo ni la obstrucción. Es la cadena. Los microplásticos ingresan a través de organismos que los retienen en su interior, son ingeridos por un pez más grande, y así sucesivamente. Lo que los hace especialmente peligrosos es su capacidad de concentrar contaminantes que no se disuelven en el agua. "Imagínate comerte un pescado con esa alta concentración de contaminantes porque se comió un pedazo de plástico", dice. El resultado es que lo que llega a nuestras mesas ya no es solo pescado. "Al final estamos consumiendo plástico también nosotros, se ha encontrado plástico en la leche materna, también microplásticos que se han ido alojando en las arterias. El plástico, aunque no lo crean, está siendo parte de nuestro sistema." Ante eso, la limpieza no es la solución. Hinojosa lo explica con una imagen precisa: el océano contaminado es una sopa, y si se arroja una red para sacar el plástico, se saca también la fauna. "Yo creo que no es la forma a través de la limpieza para generar un efecto significativo y positivo. Más que limpieza, generemos conciencia para utilizarlo de manera responsable." Claudia Andrade, presidenta de la Sociedad Chilena de las Ciencias del Mar, ha llegado a la misma conclusión desde otro ángulo. Lo que más la perturbó no fue encontrar microplásticos en el océano abierto, sino en los lugares donde menos debería haberlos: la subantártica, la Patagonia, Magallanes, los sistemas de fiordos, las zonas cercanas a la Antártica. Ecosistemas remotos, sin industria cercana, que albergan algunas de las mayores concentraciones de vida silvestre del mundo. "El trabajo que hemos realizado durante los últimos años ha permitido encontrar partículas en especies claves, lo que evidencia que esta contaminación ha alcanzado prácticamente todos los rincones del océano." Lo que más le pesa, confiesa, es la velocidad del cambio. Hace veinte años, cuando los investigadores analizaban contenidos estomacales para conocer la dieta de los organismos marinos, el plástico ni siquiera aparecía como categoría. Hoy es un ítem más en la lista. "Ese cambio en tan poco tiempo es profundamente revelador porque dentro de los ítems alimenticios, que son las presas, hoy también se incluye el ítem plástico, es parte de lo que uno observa en el laboratorio." Sobre el impacto en la salud humana, Andrade es cautelosa: no hay respuestas oficiales todavía. Pero sí hay una pregunta que no puede ignorarse. Chile es un país donde el consumo de productos marinos es relevante para la población, y el océano sostiene una parte significativa de la seguridad alimentaria global. "La presencia de plástico en la cadena trófica plantea preguntas importantes sobre el impacto de este contaminante en la salud humana. Es ahí donde deberían concentrarse los esfuerzos de investigación." Al final, el plástico no desaparece: cambia de forma, se fragmenta y sigue circulando. Pasa del océano a los organismos marinos, y de ahí, silenciosamente, a nuestras mesas. Lo que alguna vez fue una botella o una red abandonada hoy puede estar dentro de un pez, y también dentro de nosotros. Más que un problema de limpieza, es una señal de cómo estamos produciendo, consumiendo y desechando. Porque mientras el plástico siga entrando al mar, su recorrido no se detiene. Sólo cambia de lugar.
- Mamá, ¿qué habría sido de ti?
Hay un momento en la vida de toda persona en el que comprende lo exigentes que somos con nuestra madre, e ignoramos el hecho de que es alguien que ha fracasado, que siente frustración, que a veces —incluso— renunciaría al destino que le tocó, si pudiera. Tras una conversación con las mujeres de mi familia, mi mamá empezó a hablar sobre su vida. Su vida antes de mi hermana y de mí. Su vida antes de los hombres. Su vida antes de convertirse en la figura que yo idealizaba desde pequeña. Soy la primera mujer en recibir educación superior. Soy la primera mujer en irme de casa sin hijos. También la primera en acceder a programas de salud mental: con terapeutas que se dedicaron a trabajar, sesión a sesión, mis miedos y traumas. Yo soy la primera en hacer con su vida lo que "quiso". Dos meses antes de irme de mi primer hogar, una calurosa tarde de marzo como esta, mi hermana, mi mamá y yo nos sentamos a la mesa a hablar. Acompañadas de una botella de vodka, los muros que tenían años de antigüedad comenzaron a derrumbarse lentamente conforme avanzaba la noche. La dinámica se me hizo extraña porque en mis 24 años, por primera vez, sentí que ellas también me miraban como a una mujer. Como a una igual. No como a una niña. En mi familia, diría yo, tenemos un talento para no hablar de lo que sentimos. Y si lo hacemos, no llegamos a hablar profundamente de nuestras emociones, sino que intentamos dar vuelta la página rápidamente. Por eso, esa tarde, me sentí nerviosa. Mi hermana comenzó: disparó primero diciendo que estaba cansada de ser mediadora de conflictos. Le dimos vueltas durante una hora hasta que los comentarios de mi mamá matizaron la situación y llegó su turno. Ella habló sobre sus amores adolescentes, contó cosas que yo no había escuchado antes. Le encantaba salir de fiesta, tener citas con hombres; le gustaba estudiar y los fines de semana hacía voluntariado en el sur de Chile. Lentamente, mi mamá se estaba transformando en una mujer. Más parecida a mí de lo que jamás habría imaginado. No me costó nada imaginarla a los 24. ¿Qué sintió cuando se dio cuenta de que estaba embarazada a los 17? ¿Le contó a alguien sus miedos? ¿Cuáles eran sus sueños de adolescente? Siempre soy yo la que más habla cuando nos reunimos, pero esa noche me dediqué solo a escuchar. Y hoy, a un año de esa conversación, me reúno con ella para preguntarle sobre todas las interrogantes que he cargado desde aquella noche. Porque quiero conocerla, quiero que mis dudas no solo tengan mi voz, sino que las respuestas sean su verdad. Mi mamá, antes de ser mi mamá Ella vivió en el campo toda su infancia. Le intrigaba cómo funcionaba el cuerpo humano y soñó con ser médico. Describe su casa de adolescencia como una "rancha", una casita formada por planchas de OSB, donde compartía con su papá, quien sufría de alcoholismo. En tercero medio, un año antes de tener a su primera hija, sintió que jamás podría ingresar a la universidad: a pesar de estar en el mejor liceo de su localidad, sabía que tenía compañeras hijas de abogados, que hablaban otros idiomas, que tenían oportunidades, y se rindió. "No me permití soñar, yo estaba ocupada pensando en cómo sobrevivir", me contó. Con el embarazo de mi hermana, mi mamá no terminó el colegio. Empezó a trabajar sin el apoyo de nadie. Atrás quedaron las fiestas, los voluntariados que disfrutaba, y cualquier otro sueño que no incluyera a la niña recién llegada. "Para mí casarme era someterme. Porque así era antes, tú obedecías, entonces eso nunca fue una opción —para él sí". Durante cinco meses no le contó a nadie que estaba embarazada. Ni el padre biológico supo. "Nunca lo amé, lo quise mucho pero éramos muy distintos". Me imaginé todos los escenarios de su yo de veinticuatro años: criando, cansada y sola, con la única prioridad de sobrevivir junto a su hija, haciéndole frente a una vida que le daba la espalda, pero siempre estoica. En esa conversación me di cuenta de que mi vida era todo lo que mi mamá había deseado para ella, quizás con algunas modificaciones, pero era lo que ansiaba vivir. Entonces me hizo sentido lo que siempre me decía de pequeña: "No tengas hijos —ojalá nunca— hasta que hayas vivido tu vida, te hayas descubierto y tengas una estabilidad para jamás aguantar nada". Ese consejo no venía por mí, sino por ella: porque jamás pudo soñar, jamás pudo descubrir quién era ni qué quería en el paso del tiempo. El año pasado asistí como fotógrafa a una entrevista a Elisa Loncon, expresidenta de la Convención Constitucional. Mientras el periodista hablaba con ella, yo escuchaba. Por primera vez vi en ella a mi mamá: las historias del campo, lo que significa vivir desconectada, y el amor profundo por el conocimiento que, pese a la precariedad, ambas habían logrado cultivar con lo poco que tenían. Durante toda esa entrevista sentí que Loncon reflejaba el camino que quizás mi mamá pudo haber tenido. La soñé estudiando medicina, evitando el amor formal pero no privándose de amores intensos y fugaces. La imaginé trabajando de doctora, viviendo sola, aprendiendo cada vez más quién era, rodeada de gente que la cobijara. La imaginé aprendiendo a confiar en los otros y sanando sus heridas. Nunca la imaginé casada ni con hijos, sino viviendo muchas aventuras. En ese ejercicio me di cuenta de que mi mamá siempre defendió su verdad y su voz, y jamás tuvo miedo de responderles honesta y brutalmente a los hombres que creían que la misión de las mujeres era complacerlos. Luego de meses pensando en cómo habría sido ella, le pregunté si podíamos hablar sobre esto un día en mi casa. Tras dos meses sin vernos —pasó el verano en el sur con mi hermana mayor—, llegó, nos sentamos y ambas lloramos reflexionando sobre todo esto. ¿Si hubieses tenido la oportunidad y los recursos para abortar, lo habrías hecho? "Sí —hace una pausa—. Porque tener un hijo en esas condiciones, en que apenas lograba sobrevivir, no se lo deseo a nadie. Al final estuve toda la vida buscando sobrevivir, y eso es algo muy duro. Si yo hubiera sido hombre, mi vida habría sido muy distinta. El hombre siempre ha tenido la oportunidad de elegir, y en esa época había un dicho: 'El hombre se casa cuando quiere, la mujer cuando puede'. En mis tiempos casarse era la gran meta porque no tenías otro futuro ni otro prospecto de vida más que criar y estar con alguien que se hiciera cargo de ti. Yo tuve que trabajar de noche y de día, de forma muy sacrificada, por negarme a casarme, y tampoco pude criar ni dormir". ¿Cómo te ves en una vida en que pudieras no solo sobrevivir sino cumplir tus sueños? ¿Habrías estudiado, habrías tenido hijos? "Tú y tu hermana han sido, hasta el día de hoy, mi mayor felicidad desde que nacieron. Ese amor me hizo superar todos los momentos duros. No me habría casado, eso sí, y no habría aguantado ningún maltrato de nadie, pero sí habría tenido hijos. Habría vivido sola, yo creo. Por eso jamás me habría casado. Estaría quizás trabajando en un hospital público, siendo doctora —siempre quise estudiar medicina y aprender todo sobre el cuerpo humano". ¿Te gusta ser mujer? ¿Si hubieses podido elegir, qué elegirías? "Hubiera sido hombre, siempre lo pensé, siempre lo sentí. Habría sido muy mujeriego —como Felipe Camiroaga—, con esa libertad de no casarse, de ser autosuficiente, de estar solo sin que nadie te juzgue y poder elegir lo que quieras. Solo cuando pienso en la vejez de los hombres me siento aliviada de ser mujer. A mi alrededor veo cómo los hombres pagan en la vejez: hombres que toda la vida fueron violentos e imponentes, cuando son viejos les toca vivir solos porque nadie quiere hacerse cargo de ellos. En cambio, una mujer vieja se adapta mucho mejor. La abuela siempre es más entretenida". Nuestra relación ha sido dulce y agraz, como imagino que es la mayoría de las relaciones entre madres e hijas. ¿Ves algo de ti en mí? "Ser trabajadora, perseverante, responsable —la constancia en el trabajo, sobre todo la responsabilidad—, pero con muchas más cosas que yo, por supuesto. Siempre me ha gustado que hayas luchado por tus sueños, por tener lo que quieres: esa fuerza y esa capacidad de reflexionar, de hacer las cosas bien, pese a todo lo que te ha pasado. Cuando me dijiste que querías ser fotógrafa me dio mucho miedo. Sentía que el camino iba a ser muy difícil porque yo no podía ayudarte: no sabía nada sobre arte ni conocía a nadie que viviera de eso. Ahora me siento muy feliz por ti, de que te hayas ido de la casa y de que hayas cumplido tus metas, porque sé que el mundo es difícil, pero es hermoso verte haciendo lo que querías. Me siento feliz de finalmente apoyarte y por eso siempre te dejé ser lo que buscabas ser. No me arrepiento de nada". ¿Qué cosas de tu mamá —mi abuela— sientes que tienes? "Ser honesta, honrada, trabajadora, responsable y sumisa. Bueno, esto último solo pasó al principio, porque ahora ya no lo soy. Ella era muy sumisa, pero también le agradezco que siempre nos inculcó tener ojo con los hombres y que había que luchar por una misma sola. Siempre tuve esa mentalidad, por eso nunca le exigí nada a nadie. Antiguamente la maternidad era responsabilidad de la mujer y de nadie más: nadie juzgaba a los hombres, pero a la mujer sí. Eso me enseñó mi madre: ser buena persona y no engañar a nadie. Era honesta". ¿Sientes que mi relación contigo te ha ayudado a cambiar la visión de las cosas, por ejemplo cuando comenzamos a hablar sobre feminismo? "Mucho. Me has enseñado muchas cosas: a ver la vida, a reflexionar, a pensar distinto, porque tú tienes otra mentalidad. Veo en ti todo lo que yo hubiera querido ser o pensar, al menos para defenderme". Al final de todo esto, y pese a mis arrebatos, hay mucho más de mi mamá en mí de lo que yo imaginaba. Cuando era adolescente ese era mi mayor temor: no quería parecerme a ella. Pero hoy, que soy adulta, siento que es hermoso que haya una parte suya en mí. Mi curiosidad, el investigar, el ir por lo que quiero pese a las protestas —muchas de ellas de ella misma— y el cuestionarme las cosas han sido cruciales para vivir la vida que llevo hoy. No sé si algún día voy a dejar de pensar en qué hubiera sido de mi mamá si hubiera tenido las oportunidades que ella me dio, porque siento que se merece estar en mis pensamientos y en mis llantos. Me alivia llorar por lo que vivió. Me alivia pensar que el llanto por sus heridas no es solo de ella. Hacer llorable lo que mi mamá pasó es la justicia que siento que puedo darle: hacerle ver que no está sola en su dolor, que estoy con ella incluso cuando ella no está conmigo.
- El segundo tiempo de un cine porno
A pocas cuadras de la Plaza de Armas, bajo una galería comercial, existe una sala de cine que la mayoría de Santiago no sabe que existe. Para llegar hay que bajar una escalera de mármol que alguna vez fue lujosa. Adentro conviven dos mundos improbables: de lunes a viernes, el Cine Plaza proyecta películas pornográficas para una audiencia silenciosa y fiel. Los fines de semana, el mismo espacio se transforma en el Nexo Cinema, donde un grupo de amigos proyecta películas de culto y organiza ciclos para los fanáticos del séptimo arte. Esta es la historia de una sala que sobrevive siendo dos cosas a la vez. El Cine Plaza es uno de los dos últimos lugares donde se exhiben películas porno en la capital; el otro es el Capri, a tan solo unas pocas cuadras de distancia. La sala está ubicada en el subterráneo del Pasaje Agustín Edwards por la calle Merced, identificada claramente con un letrero de neón que anuncia el tipo de largometrajes que ahí se proyectan. Cruzando la cortina de gamuza roja que separa al vestíbulo de la sala, el olor a humedad mezclado con cigarro te recibe. Humedad no necesariamente provocada por la naturaleza subterránea del lugar, sino por el líquido desinfectante con el que diariamente impregnan las butacas de cuero rojo una vez terminada la jornada. El suelo, también rojo, es una alfombra salpicada de manchas negras indefinidas, las que pudieron ser provocadas por quemaduras de cigarros, alcohol, uno que otro chicle, pero sobre todo fluidos corporales. Con el tiempo, las pisadas de los asistentes han terminado por apelmazarlas y unificarlas. Iluminado solo por la luz de la proyección, al centro de la sala, a un hombre le realizan sexo oral. Con los pantalones abajo y las piernas apoyadas en el respaldo de la butaca de enfrente, estira su cabeza hacia atrás y suelta un sonido de placer. Los otros asistentes, todos hombres, recorren el lugar, se sientan, se paran, se cambian de asiento. Uno mira el celular, otros esperan de pie en la parte de atrás de la sala, atentos a los movimientos de los otros. Las brasas de los cigarros se iluminan y se apagan con cada bocanada de humo y el distintivo abrir de las latas de cerveza se escucha cada tanto. Como es de suponer, el patrón de comportamiento difiere radicalmente de las salas de cine convencionales. Aquí existe otro código conductual: las miradas. Lo normal es ver a hombres pasearse entre las más de 400 butacas, observando a los que están sentados, esperando una seña de aprobación. Cuando esto ocurre, los espectadores se sientan juntos, y comparten: puede ser una masturbación, sexo oral e incluso penetración. Pagando una entrada de cuatro mil pesos, se puede estar desde que el cine abre a las diez de la mañana, hasta que cierra a las ocho de la noche. “Antes era distinto, ponían tres películas y cuando se terminaban se sacaba a la gente para afuera y volvía a comenzar”, dice Alex, un asistente habitual por más de 20 años. Ahora tiene 60, realiza confecciones de ropa y viene al Plaza cada vez que el tiempo se lo permite. Comenta que al principio asistía rara vez y de forma tímida, pero que luego se hizo amigo de los trabajadores, tanto así que ahora se considera de la casa: —De repente hago aseo, cambio la película o atiendo a la gente cuando los chiquillos tienen algo que hacer —dice mientras revisa su celular sentado en la confitería del cine donde se venden galletas, bebidas y pañuelos desechables. Alex se ve cómodo, incluso bromea con los verdaderos trabajadores del lugar. —Esta es una nana que tenemos, que nos hace aseo —le dice al proyeccionista mientras un tercero se ríe—. Me gusta el ambiente que se genera acá, me gusta atender, tirar la talla, ayuda a pasar lo malo del día, acá te relajái, lo pasái bien —comenta mientras, ahora dentro de la sala, prende un cigarro con naturalidad En la proyección, notoriamente más pequeña que la pantalla del cine, se ve a un hombre y a una mujer de cuerpos hegemónicos teniendo sexo. Él la penetra y los gemidos de ella se incrementan al mismo tiempo que pareciera aumentar la actividad en la sala. —Cada jueves cambian las películas, son todas hetero eso sí. Nadie las ve, es más interesante lo que pasa en las butacas. Todos los que vienen pa’ acá son gays, son todos enclosetados, son personas que les ha ido mal en el amor y no tienen pareja, acá encuentran un espacio de liberación… hasta que se transforma en vicio —dice el modista mientras mira un punto indeterminado de la pantalla que ahora muestra a otra mujer, esta vez con varios hombres a su alrededor. Bienvenidos a El Nexo La función comienza a las 9:30, o al menos eso dice el post de Instagram, pero la verdad es que comenzará 20 minutos más tarde. Son las 9:10 y la gente ya se empieza a amontonar afuera de las mamparas de vidrio que delimitan el acceso a la sala. El director de cine chileno del momento, Tomás Alzamora, junto al “Guatón” Rodrigo Salinas, presentarán La mentirita blanca, ópera prima del director protagonizada por el comediante. En unos minutos más, ambos estarán parados en el mismo lugar en que, horas antes, dos hombres se masturbaban entre sí mientras veían a una mujer siendo penetrada salvajemente en la pantalla. El evento de esta noche está organizado por Nexo Cinema, un colectivo de amigos que desde 2016 proyecta películas alternativas. Aunque comenzaron como proyecto itinerante, fue cuestión de tiempo para que se instalaran de forma permanente en el Cine Plaza. Una hora y media antes, a las ocho de la noche, hay cambio de turno. El letrero rojo con letras de neón que dice “CINE PARA ADULTOS” se apaga y se prende el de “NEXO CINEMA”, también en rojo brillante. Abajo, en la boletería, hay un grupo de jóvenes que conversan mientras comen pan con mortadela que sacan de una bolsa de supermercado; son quienes le dan vida al Nexo. —¿Quieres? —me pregunta uno. —No, gracias —respondo y aprovecho de presentarme—. Les hablé por Instagram, vengo a hacer aseo. El Nexo regala entradas a quienes ayudan con la limpieza y también a quienes lleguen disfrazados de algún personaje de la película a proyectar. La mampara de vidrio y marco dorado por fin se abre, un gesto silencioso que indica que los organizadores del colectivo ya pueden hacer uso de la sala. Eso sí, ningún trabajador del Plaza sale por ahí; aprovechan la salida de emergencia que conecta con la galería para retirarse sin ser vistos. Una vez adentro, el equipo del Nexo inmediatamente se reparte: Gabriel se va a la sala de proyección, Javiera a la boletería, Lupo se encarga del aseo y José, el más antiguo del grupo, recibe a las personas que empiezan a llegar. Voy con Lupo a los baños. Me pasa un pulverizador, como los que se utilizan para fumigar, que contiene una tapita de amonio cuaternario diluida en varios litros de agua. La tarea es simple: esparcir la mezcla por todo el piso de la sala y avisarle si encuentro algo extraño. Recorro el estrecho espacio entre las filas de las butacas de cuero rojo y no tardo en encontrar un condón, seguido de una cajetilla de cigarros y finalmente una mancha acuosa. Nada más. Me explica que los trabajadores del cine porno también realizan aseo, por lo que son ellos quienes retiran la mayoría de los rastros dejados por los asistentes anteriores. Una vez que termino de desinfectar el piso, aprovecho de subir a la sala de proyecciones. Es todo lo contrario a lo que había imaginado. Está pintada de un blanco prístino y no hay ceniceros llenos de colillas de cigarros, ni posters con mujeres mostrando las tetas. En el centro, hay un estante de melamina que tiene varios reproductores de DVD y VHS, y que en su parte superior tiene varios discos de películas que se mezclan. Ahí, Perdidos en Tokio, protagonizada por Bill Murray, convive con Dad Crush volúmenes 17 y 18 en un montón de películas y discos sin nombre. Tomás Alzamora, que hoy presenta su ópera prima, entra y queda fascinado: “¿Esta es de 35?”, le pregunta a Gabriel, proyeccionista del Nexo, que le explica que efectivamente el armatoste que tiene enfrente es un proyector de 35 milímetros en buen estado para reproducir películas en celuloide. Recorre la sala atento, mirando cada rincón, como si se le permitiera el acceso a un lugar pocas veces visto. Aprovecho este momento para abordarlo y preguntarle qué le parece el espacio: —Creo que es la raja, creo que el cine tiene que estar en la mayor cantidad de lugares posibles y si se puede acá y no les hace ruido, pa’ mi está todo bien. Yo feliz y sobre todo en un lugar patrimonial como este, que resiste gracias al cine porno, porque si fuera de otra forma, esto sería un taller mecánico, una iglesia o una bodega. De hippies a menos hippies La historia del Nexo no es nueva. El 2006, en Valparaíso, Leonardo Torres daba sus primeros pasos al mando de un proyecto de cine independiente: —Nosotros empezamos en una sala triple equis arrendando los viernes en la noche, ahí aprendimos cómo era el trasnoche nocturno en Valpo, aprendimos que había un público que quería ver películas independientemente de dónde se exhibieran. De esta forma, el Cine Insomnia veía la luz. La sala para adultos con la que compartían espacio era el Cine Grill Central, un recinto que tenía la particularidad de ser el único en Chile con un bar en sus instalaciones. —Cuando nosotros realizábamos nuestras funciones, la gente pagaba una cagá de plata y además te podías comprar una chela de litro y veías la película con la chela de litro en la mano, era el carrete perfecto para el viernes viendo una película. Por eso sale el nombre Insomnia, como el símil con el carrete, la vida nocturna. —Ahora en cambio están más institucionalizados —le comento. —No. Profesionalizados, que es distinto —corrige Torres. Y es que cinco años después, en 2011, se cambiaron de forma permanente al Teatro Condell, espacio patrimonial de Valparaíso que en ese entonces también funcionaba como cine pornográfico. Ahora trabajan con todas las de la ley, estableciendo vínculos con distribuidoras, pagando derechos de películas y con más de diez personas contratadas. —De ser un hobby, se convirtió en un trabajo. Pasamos de ser súper hippies a ser menos hippies y tener una sala de cine como tal —reflexiona Torres. Tanto se profesionalizaron que durante el 2016 formaron parte de las primeras conversaciones con otros proyectos similares para formar una agrupación. —No existía comunicación con otras salas de cine, como el Centro Arte Alameda o el Cine Arte de Viña, no existía confianza. Nos dimos cuenta de que teníamos los mismos problemas, las mismas dudas de cómo llevar el negocio cinematográfico en Chile —dice el porteño. De esta forma, en 2019, se conformó la Red de Salas de Cine Chile, una agrupación “de salas independientes unidas de manera descentralizada y colaborativa, enfocadas en entregar espacios de calidad para la exhibición cinematográfica y la formación de audiencias para la misma”, según consigna su página web y que actualmente está integrada por 15 salas asociadas y siete colaboradoras. Su presidente, el mismísimo Leonardo Torres, tiene clara la misión de la agrupación: —Queremos activar los espacios de forma tal que cada comuna tenga una sala de cine o espacio de exhibición. El tema es que no se pierda la idea de reunirse en torno a una película, que no se pierda la comunidad. Para hacerse una idea de la cantidad de gente que asiste a estos espacios, basta con revisar su último informe de audiencias: durante el año 2023, los proyectos asociados programaron un total de 6.710 funciones, con una asistencia de 215.986 espectadores a lo largo de todo Chile. Un proyector y un par de parlantes La película termina, pero Alzamora y Salinas se quedan conversando con el público. Afuera de la sala, el equipo organizador aprovecha los últimos minutos para conversar entre ellos antes de que la gente salga y tengan que volver a sus funciones de cierre. Me acerco a ellos. No se entusiasman con que les haga preguntas, no quieren que se generen personalismos, sino que se aborde al Nexo como un ente propio que esté por encima de cualquier nombre. De todas formas, acceden a ser entrevistados. José, que es uno de los fundadores del proyecto y que en breve subirá a despedir a los asistentes, es el primero en hablar: —(El Nexo) es un regalo a la ciudad, la que carece de espacios y de lugares donde puedas conectar con otras personas, de ahí viene el nombre. A sus palabras se le suman las de Gabriel, el proyeccionista de 30 años, que me explica que esto lo realizan con “esfuerzo, voluntad y cariño”. Para él lo más importante tiene que ver con respetar y entender el ecosistema con el cine porno: —Si bien puede que muchas de las cosas que ocurran ahí no sean de nuestra onda, sí es un punto de encuentro para disidencias que quizás no sean de nuestra generación. Es un lugar donde pueden sentirse libres y vivir la vida como ellos quieren. Y si algo tiene el Nexo en común con el Plaza es que en ambos espacios las personas que asisten parecieran sentirse a salvo. Javiera, que es diseñadora y encargada de la boletería, lo confirma: —Para muchos de nosotros es un escape de la vida cotidiana, de la vida laboral. Acá vivo mi pasión, siento que retribuyo a la sociedad y, por muy cliché que suene, siento que hago un cambio. Les pregunto en qué etapa se sienten como proyecto. Javiera explica: “Lo veo como a un adulto joven que no quiere dejar de se adolescente, que está en su fase emo todavía”. Se ríen, se ven contentos con el proyecto, quieren abrir más días, ponerse más serios, profesionalizarse como diría Leonardo. Pero la realidad es incierta: espacios como el Cine Plaza cada vez son más inusuales y los que quedan corren el riesgo de venderse y ser usados con otras finalidades. Esto no les quita el sueño. —Lo bueno de nuestro proyecto es que no dependemos solo de la sala. Como Nexo podemos empezar en otro espacio —dice Javiera. —Al final, con un proyector y unos parlantes puedes hacer magia en cualquier lugar —concluye Gabriel. La gente sale hacia el vestíbulo y en la confitería en la que antes Alex estaba sentado, ahora se dispone café en polvo y té en bolsitas para quienes quieran, una medida para hacer más llevadera la falta de calefacción en las frías noches que se vienen. Con vasos de plumavit en las manos, la gente se las arregla para tomarse las últimas fotografías con los invitados estelares, quienes ya organizan un after: quieren ir a tomarse algo al centro. Algunos responden entusiasmados a la invitación y otros se excusan con compromisos ya pactados. Lo único cierto es que mañana es sábado y tanto el Plaza como el Nexo vuelven a abrir sus puertas para todos los que quieran disfrutar de una película. Esta crónica fue finalista de la segunda versión del concurso Nuevas Plumas.
- Javier Rodríguez, escritor: "Lo más humano hoy lo encuentro en los animales"
Ilustración de @monodeleon En su segunda novela, Javier Rodríguez le da voz a un galgo de carreras que huye de su dueño y descubre un mundo que no sabe muy bien qué hacer con él. Pero Huracán es también una excusa para hablar de lo que al escritor y periodista chileno le preocupa hoy: la ternura como acto contracultural, la comunidad como única salida posible y los animales como los seres más honestos de este ecosistema. Cuando Simona llegó a mi departamento, en plena pandemia, venía desde el sur en una jaula para perros. Era una galga rescatada del mundo de las carreras: su cuerpo tieso y musculado se contradecía con la fragilidad de su personalidad y la sumisión de su gesto. Hoy, adaptada a una vida doméstica, le quedan una que otra cicatriz de los latigazos y el hueco donde le faltan dos dedos. Hay algo en la gente que tiene animales que me genera confianza de inmediato. No sé si es la paciencia que desarrollan, o la costumbre de querer sin esperar demasiado a cambio. Algo en esa ternura cotidiana —cambiar el plato de agua, el paseo de todos los días, sacarse los pelos de la ropa con un rodillo— me parece uno de los gestos más bonachones que puede hacer una persona. Por eso, cuando encontré la entrevista de Javier Rodríguez en El País, algo me detuvo. No era el libro, porque aún no lo había leído, sino que me llamó la atención el interés de un hombre por ponerse en el lugar del que corre porque alguien lo obliga y que un día simplemente deja de hacerlo. Leí Huracán de un tirón. Es una novela que se debate entre la brutalidad y la ternura —o esa fue mi lectura—. Un galgo negro que se llama igual que el libro: su dueño quiere sacrificarlo, él huye. Lo que sigue es una historia sobre el mundo visto desde abajo, sin cultura, sin lenguaje codificado, sin la carga del deber ser. Solo instinto, hambre, y esa cosa en extinción que tienen algunos animales, y pocos humanos, que se parece mucho a la bondad. “Eres la segunda persona que me comenta la luminosidad de la novela. No la había mirado así. En la presentación, Nayareth Pino Luna me dijo que más allá de la brutalidad del campo chileno y las diferencias de clase, había puntos luminosos. Me quedó dando vueltas, porque yo no los busqué”. Con esa observación arranca Javier Rodríguez cuando nos sentamos a conversar en una tarde de otoño en Santiago. Periodista, escritor y editor, tiene 36 años, vive en Providencia con su esposa y dos perras —Pina, una salchicha de catorce, y Oli, una mestiza de galgo rescatada— y acaba de publicar su segunda novela por el sello español AdN. La fuga aparece en la obra como un momento clave que cambia la dirección de la vida de Huracán. "Creo que la fuga siempre ha estado en mí. Irme a vivir a otro lado, dejar trabajos, salir de relaciones. Lo he intentado entender a través de la literatura. Y uno escribe de lo que puede, de lo que se repite. Acá se hizo más patente y dije: ya, voy a trabajar con esto como motivo literario directamente. Yo pude escribir sobre la fuga cuando ya no me quería mover más. Son cosas raras que pasan. No sé si me reconozco en Huracán del todo, pero sí en el tema de la fuga, y también en algunos de los humanos con los que él se va encontrando. En Juan, por ejemplo, que tiene toda su sensibilidad y su vulnerabilidad. Y hay un momento de rabia donde explota. Eso también lo reconozco". No sé si hago una lectura correcta, pero me parece una novela que habla de la ternura. "No fue a propósito, pero me da alivio que se haga esa lectura, porque es una historia sobre la brutalidad. Y quizá en la brutalidad también asoma la ternura. Mal canalizada, mal expresada, sin herramienta, pero igual puede asomar. Justamente estoy encontrando la ternura en los animales hoy: estamos en una época donde todo el mundo está gritando, buscando la cuña fácil y la reacción. Detenerse e intentar mirar al otro o trabajar desde la ternura, me parece contracultural. Y eso me interesa tanto en lo literario como en lo ético. Creo que quizás mi intención de entrar en lo que algunos llaman nature writing, es precisamente porque la ternura hoy la estoy encontrando ahí. Mirando a mi perra de seis años siendo respetuosa con la de catorce. Le deja comer primero, la mira, espera que termine, y después recién va a su plato. Tiene un protocolo. Ahí encuentro mucha ternura". Javier ha tenido, de alguna manera misteriosa, una conexión con los animales. Cuenta que en un momento de su vida, viviendo en Londres, completamente solo —no recuerda bien si estaba teniendo un ataque de asma— eran las tres de la mañana y no podía dormir. Se acercó a la ventana y vio un zorro comiéndose la huerta comunitaria del edificio. "No sé si fue la pulsión de vida o el encuentro con ese animal, pero fue algo que me llenó de energía", dice. En otra oportunidad, mientras trabajaba en el Ministerio de Cultura durante un invierno duro, miró por la ventana y encontró un diuque comiendo en el edificio de enfrente, en pleno centro de Santiago. "La vida igual asoma", pensó. Esa escena la puso en su primera novela. "No sé si llegué a una respuesta, pero sí creo que esos momentos me llevaron a indagar, a escribir. Hay algo en el encuentro con un animal, en un momento inesperado, que te devuelve a algo esencial. Y creo que esa pregunta todavía me mueve." Huracán es la segunda novela del periodista y escritor Javier Rodríguez. "En una parcela de Paine (Chile), un galgo negro de carrera, Huracán, corre no solo tras liebres, sino tras la libertad que intuye más allá de las sogas de su dueño, Francisco Bauer, un hombre amargado que gobierna con violencia sobre perros y personas. Cuando el instinto de Huracán empieza a fallar, Francisco ve en su declive la excusa perfecta para deshacerse de él". ¿Qué tienen los animales que no tienen las personas? "En los animales he encontrado nobleza, lealtad, un amor profundo. Y eso me ha hecho acercarme, y muchas veces encerrarme. Si tuviera plata, rescataría perros, tendría gallinas, me dedicaría a eso. Lo que hoy llamamos "ser muy humano", como elogio, como cualidad destacable, lo encuentro más en los animales más que en nosotros. Y eso no es condescendiente. Es desde una profunda admiración. Y desde ese lugar creo que escribo también". ¿Y a dónde miras cuando buscas esperanza? Todavía soy pesimista, sí. Pero tiendo a pensar que la humanidad pasa por ciclos y que ahora estamos en el ciclo de la histeria. Que vamos a volver a algo más mínimo. Me acuerdo que alguien una vez me decía: "Para qué haces el compost o reciclas, si Taylor Swift da vueltas en su avión privado para ir a comprar pan." Y me costaba responder a eso desde el optimismo fácil. Porque sí, uno se queda más tranquilo, pero ¿qué impacto real tiene? Te da propósito, claro, pero, ¿qué más?. Hace poco vi una entrevista de Jane Goodall donde decía que el cambio parte por uno mismo, y que con eso quizás logras que otro lo vea y se de cuenta, y así vas generando comunidad. Sé que es contradictorio en mí porque soy muy misántropo (se ríe), pero creo que hay que ir buscando formas de generar comunidad. Creo que ahí está el futuro. Y por eso también hay que entenderse como parte de un ecosistema. Si seguimos pensándonos como los seres superiores del mundo y destruyéndolo, estamos perdidos. Ayer leía a un premio Nobel de física que decía: ¿para qué gastan esa cantidad de dinero en ir a Marte, si Marte es inhabitable? Tenía un discurso bastante apocalíptico: como especie nos vamos a acabar, y todo se va a acabar. Probablemente sí. Pero, ¿qué hacemos ahora? ¿Nos rendimos?". ¿Se puede hacer comunidad en la literatura? Se tiene la idea de que es un espacio muy solitario. "Yo no creo en el escritor en su torre de marfil. Yo escribo leyendo al otro, conversando, trabajando el texto con un editor. La literatura es un ejercicio colectivo. Hay un manuscrito, el manuscrito se conversa, lo trabaja el editor con el autor, entra el diseño, hay una cuestión artesanal y de oficio que es necesaria y sana de replicar. En la literatura, en las disciplinas artísticas en general, hay mucha mezquindad, mucho bando, pero no se puede crear solo". Horas después de nuestra conversación, Javier me mandó un mensaje. Lo leí varias veces. Decía: "Los animales han sido, quizá, la forma de entregarme y conectar con esa vulnerabilidad y ternura que, si antes eran cuestionadas y mal vistas, hoy son derechamente contraculturales." Pensé en Simona.
- Matías Catalán, actor de 'La mirada del flamenco': "Mi idea de éxito es sobrevivir"
Matías Catalán, retrato de Simón Pais. Matías Catalán atiende el llamado desde su casa en Santa Cruz, adonde se fue a descansar unos días después de presentar La misteriosa mirada del flamenco en Brasil. El descanso es relativo: ayer escribió un monólogo, hoy lo borró entero. Aunque es el rostro de una de las películas chilenas más comentadas a nivel internacional, Matías habla desde la misma incertidumbre de siempre: sin proyecto fijo, pensando cómo hacer las lucas este mes. Matías Catalán llegó a pesar 49 kilos. Sin cejas, con el pelo cayéndose, habitando el cuerpo de Flamenco: una persona joven del norte minero de los años 80 que se desvanece frente a una enfermedad que nadie nombra, pero que todos castigan. Así entró al Festival de Cannes, donde 'La misteriosa mirada del flamenco' —la cinta de Diego Céspedes— se llevó el Grand Prix en Un Certain Regard y dejó a Chile en la primera línea del cine mundial. Incluso, la película representa al país en los Oscar y Goya 2026. Hoy está en Santa Cruz, VI Región, en la casa de su familia, descansando. O intentándolo: lleva dos días allí y ya escribió y borró un monólogo entero. Antes de esto estuvo en Brasil. Después se va a Panamá. En el medio, el mismo paisaje de siempre y el que se repite en la mayoría de actores y actrices del país: no tiene un proyecto fijo y está pensando ya en cómo llegar a fin de mes. Catalán se formó en la Universidad Mayor y construyó su carrera en las tablas, en obras donde el cuerpo era el instrumento principal. El teatro primero, siempre. El cine llegó después, cuando sintió que estaba listo. Cuenta que de repente te cae un proyecto, un sueldo que hay que estirar, y después meses de castings y silencio hasta que algo vuelve a aparecer. Así han sido estos cinco años. Tiene 28, y quizá porque está cerca de los 30, algo empieza a moverse adentro. Aparece el deseo de la estabilidad, de algo que dure, de un departamento, ojalá. Aunque él dice esto sin drama: "Es una incertidumbre constante, pero es lo que decidí y me hace muy feliz", avisa. Matías Catalán, retrato de Simón Pais. Vienes de Cannes, pasaste por Brasil y te vas a Panamá. Y sin embargo estás acá, en Santa Cruz. ¿Cómo se vive esa distancia entre los festivales y la realidad? "Es loco, porque uno va a los festivales, está en diferentes países con todas las estrellas del mundo, pero después uno vuelve a su casa y a la realidad que tenemos todos los actores: la inestabilidad. Grabamos algo y después estamos meses sin pega, yendo a castings y siendo rechazados o no". Si tuvieras que definir tu idea de "éxito" en una sola palabra, ¿cuál sería? "Sobrevivir. Literal. Poder vivir del arte, de lo que amo, que es actuar. Si yo no actúo, me muero. Por ejemplo, ahora llevo dos días descansando y mi cabeza no para. Ayer me puse a escribir un monólogo, hoy lo borré entero. Mi éxito no es la fama ni la exposición, es tener trabajo. Poder dedicarme a esto y vivir tranquilo". Tú vienes del teatro, ¿Cómo fue ese salto a la pantalla grande? "Fue muy orgánico. Yo creo que el teatro es el padre de la representación. Estudié teatro, hice teatro toda mi vida y no quise hacer cine hasta estar bien confiado en que lo hacía relativamente decente. El cine me insegurizaba mucho. En el teatro uno mete los pies al barro, todos hacemos de todo, es súper colectivo. De hecho, ahora que terminé de grabar una serie y estoy libre, quiero puro hacer teatro. Estoy viendo cómo juntar gente, de dónde sacar fondos, porque como estuve metido en el cine, me siento medio 'guachito' en el teatro. Y el teatro no se puede hacer solo, se hace con gente". ¿Hacia dónde apunta tu interés creativo hoy? "Siempre he sido muy político. Ahora que el escenario de Chile cambió, tengo ganas de abordar los riesgos que conlleva que gobierne la extrema derecha en un país que venía del progresismo. Me dan ganas de hablar sobre lo que podemos perder, sobre lo que está en riesgo. Aunque también me dan ganas de hablar sobre el amor, la amistad, la soledad. Esa es la dualidad del actor: queremos representarlo todo, depende de cómo amanezcamos". ¿Crees que para el sector cultural es un desafío o una oportunidad trabajar en este contexto político? "Es un desafío en cuanto a oportunidades laborales, porque se dejan de financiar puntos de cultura; la cultura siempre es la que sale más dañada cuando gobierna la extrema derecha. Pero también es una oportunidad porque, cuando el enemigo, o lo que nos molesta, está en el poder, dan más ganas de gritarles, de explicarles lo que nos pasa. Eso nos vuelve más inquietos y creativos. Cuando estamos más "aguachados" en un gobierno progresista que se alinea a lo que pensamos, a veces nos quedamos en una calma creativa". "El cine chileno está en una casi primera línea mundial. La gente no se da cuenta lo magnífico que es el nivel de actuación que hay acá, tenemos actores clase A", Matías Catalán, actor. En La misteriosa mirada del flamenco hay una entrega física. Bajaste mucho de peso, cambiaste tu imagen radicalmente. ¿Cómo se gestiona que el personaje no te termine consumiendo? "Tuve un cambio físico extremo: llegué a pesar 49 kilos, tenía el pelo largo, sin cejas, me veía enfermo. Y mi pelo estaba pajo porque no me estaba alimentando bien por mi obsesión con el personaje. Flamenco tenía una carga interna súper tóxica, una necesidad de entregar amor sin recibirlo. Cuando terminamos, pedí por favor cortarme el pelo para sacarme esa carga. Ahora trato de estudiar todo antes de grabar para que, cuando llegue el día, no tenga que estar en la casa volviendo a vivir el personaje. Si no, es muy dañino, sobre todo con estos personajes que sufren tanto". ¿Qué te dice tu familia, allá en Santa Cruz, de todo esto que te está pasando? "Mi familia es de campo. Mi tía agarró un micrófono en una cena familiar y contó lo de Cannes frente a todos; mi papá anda con el diario en la mochila mostrándole a la gente que salí como "actor revelación". Hay una sensación de que lo estoy logrando, pero el día a día no cambia. Estoy acá con ellos pensando en cómo voy a hacer las lucas este mes porque no tengo proyecto fijo hasta dentro de un tiempo. Así han sido estos cinco años: estoy al borde de quedar cesante y me llega un proyecto, y así voy. Es una incertidumbre constante, pero es lo que decidí y me hace muy feliz". *** Al final, la transfiguración de Matías Catalán no terminó en el set de rodaje ni se quedó en la figura frágil que posó frente a cámara. Su verdadera transformación es esa capacidad de despojarse del ego del actor premiado para volver a mirar de frente el paisaje de su casa en Santa Cruz. Se queda ahí, habitando ese espacio entre la gloria internacional y la fragilidad del próximo mes, recordándonos que el arte en Chile no es solo cuestión de talento si no de limitadas oportunidades.
- Santiago Lanza, psicoanalista: "La tristeza no se puede medicar. Por eso ya no existe."
El psicoanalista uruguayo Santiago Lanza lleva años atendiendo la misma herida en el consultorio: una sociedad que ya no se imagina el futuro. Desde Montevideo, el especialista habla de cómo la tristeza fue rebautizada desmedidamente como depresión, de por qué llamar "loco" a un femicida es una forma de lavarse las manos, y de cómo el escrolleo nos enseñó a consumir un genocidio con la misma indiferencia con que comemos cabritas en el cine. Frente a todo eso, Lanza tiene una propuesta que no viene del diván sino del aula: si no podemos cambiar el sistema de golpe, al menos podemos formar personas que sepan pensarlo diferente. Hay una frase que Santiago Lanza repite, aunque no es suya. La tomó del filósofo esloveno Slavoj Žižek, que a su vez la fue sembrando por conferencias y libros hasta que se volvió casi un lugar común: nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Lanza, psicoanalista uruguayo y panelista de El Recreo en Canal 5, la usa como diagnóstico de época. No como cita de adorno. Habla desde Montevideo, en una pantalla de Zoom, y desde ahí trata de darle sentido al mundo, o al menos de entender por qué cada vez más gente llega a su consultorio sin poder imaginarlo. En esta conversación habla de la depresión como síntoma colectivo, de la IA que amenaza con llevarse el trabajo de todos, y de cómo una sociedad que no tiene utopías termina votando por quien le promete orden aunque sea a cualquier precio. Para él, la respuesta no está en el inconsciente individual. Está en el sistema. Vivimos obsesionados con imaginar el apocalipsis: series, películas, conversaciones de sobremesa. La imagen de futuro es espeluznante. “Creo que como sociedad nos hemos convencido de que el futuro es peor. Da miedo, no sabemos qué va a pasar: entre la guerra, la desigualdad, la inteligencia artificial que nos va a sacar el trabajo, se ha instalado una desazón generalizada que impacta en el ánimo y en la vida subjetiva de las personas. Me gusta mucho una frase que cita Žižek, que dice que nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y lo que eso señala es algo muy concreto: podemos imaginar perfectamente un mundo postapocalíptico, lo vemos en el cine, en las series, tipos sobreviviendo con su camioneta buscando gasolina. Pero imaginar un mundo distinto al que vivimos hoy, que sabemos que nos lleva a la destrucción, parece una tarea imposible. Parece más fácil mandar una nave a la luna que encontrar condiciones de vida mejores a las que tenemos". ¿Y eso tiene consecuencias clínicas? "Totalmente. Nacio, que es un psicoanalista argentino, define la depresión como la pérdida de una ilusión. Y entonces, ¿cómo no vamos a encontrar entre los síntomas más importantes de nuestra época el aumento de la depresión en el mundo? Durkheim, uno de los padres de la sociología, fue considerado casi un loco por meterse con el tema del suicidio siendo un analista social. Decía: el suicidio parece una decisión individual, pero hay condiciones de vida que explican por qué en algunos países la gente se suicida más que en otros. Con la depresión pasa lo mismo. Cuando yo atiendo a una persona con depresión, trabajo con esa persona, con su historia, con lo que le pasa. Pero cuando ves que la enorme mayoría de la gente está tomando antidepresivos, eso ya no es un problema individual. Es un problema social". ¿Y quién tiene la culpa, según el sistema? “Siempre el individuo. Eso es el capitalismo hoy: la culpabilización permanente del sujeto. El mundo se cae a pedazos y el cambio climático avanza, pero la culpa es tuya por no separar la basura orgánica de la inorgánica. Está bárbaro andar en bicicleta, es precioso. Pero esa no es la verdad de la cuestión. Los problemas globales son a otra escala. Entonces tenemos sujetos recontra-cansados, agotados, sobreexigidos. Sin tiempo para el ocio, sin tiempo para las amistades, sin tiempo para los vínculos. Todo pasa por el imperativo de la productividad. Y al mismo tiempo se exige un disfrute permanente, que también lo vemos en las redes: todo el tiempo hay que estar bien, hay que pasarla bomba, mientras la estás pasando muy mal porque no parás de producir. Y si no producís, sos la peor escoria de la sociedad”. La Inteligencia Artificial aparece en casi todas las conversaciones sobre el futuro. Y casi siempre como amenaza. ¿Qué le pasa psíquicamente a una sociedad que siente que su trabajo va a desaparecer? "Es una pregunta enorme y creo que recién estamos en el comienzo de ese fenómeno. Lo que ya vemos es que el trabajo no es solo un medio para pagar las cuentas , es un organizador de la identidad, de la rutina, del vínculo con otros. Cuando eso se tambalea, no es solo un problema económico. Es una crisis de sentido. Y lo más complejo es que la angustia llega antes que el hecho. No hace falta que la IA te quite el trabajo hoy para que ya estés sufriendo por eso. La incertidumbre sola produce un efecto devastador. Y en una época donde ya no hay grandes relatos colectivos que contengan ese miedo, ni sindicatos fuertes, ni proyectos políticos que den una narrativa de hacia dónde vamos, esa angustia queda muy suelta, muy individual, muy sin procesar". Hablaste de que el progresismo promete mucho y resuelve poco. ¿Eso también alimenta la desesperanza, la sensación de que no hay futuro posible? "Enormemente. Porque la izquierda, o el progresismo en términos más amplios, históricamente fue el lugar donde se depositaba la utopía. La idea de que otro mundo era posible. Y cuando eso defrauda — y en América Latina ha defraudado varias veces — no solo perdés un gobierno. Perdés el horizonte. Y ahí está el problema: la derecha no necesita ofrecer utopía. Le alcanza con ofrecer orden, seguridad, certeza. Aunque sea falsa. Aunque sea a cualquier precio. En cambio, cuando la izquierda no tiene una propuesta de país, cuando su único discurso es la gestión de la emergencia, deja un vacío enorme. Y los vacíos se llenan. No siempre con lo mejor. Hoy vivimos obsesionados con diagnosticar todo. Separar "lo normal" y "lo patológico". Pero al mismo tiempo, un genocidio o un abusador parecen no tener diagnóstico ni condena. ¿Cómo se explica eso? “Ahí hay algo muy paradójico. El psicoanálisis plantea una posición ética contraria a la psicopatologización, lo cual no significa que no existan patologías ni diagnósticos, sino que el diagnóstico no es un fin, es un punto de partida, un orientador revisable. Pero lo que hace la psicopatologización es cerrar. Da una respuesta. Y hay algo muy particular: incluso el peor de los diagnósticos tranquiliza. Porque da una respuesta. Hoy la demanda constante, por eso el Chat GPT, por eso esos dispositivos tienen la incidencia que tienen, es que un otro nos dé una respuesta desde un supuesto saber. Hace unas semanas acá en Uruguay pasó que un muchacho mató y descuartizó a sus padres. Tuvo diagnóstico de esquizofrenia, él pensaba que estaba en una película de terror. El hecho de ubicar eso como patología nos quita a todos cierto nerviosismo. Pero pasa algo aún más grave cuando ocurre un femicidio: aparece la patologización, "estaba loco", "es un monstruo", "es un psicópata", y eso tranquiliza al resto de la sociedad. Hace que no continúe la discusión de que ese femicidio tiene que ver con la violencia de género estructural, donde como sociedad estamos todos implicados. Si psicopatologizo al victimario, lo encapsulo en ese sujeto y tomo distancia”. ¿Y la tristeza? ¿También la capturó ese mecanismo? "Un colega lo dijo hace un tiempo y me quedó: ya no hablamos de tristeza, hablamos de depresión. Porque la depresión se puede medicar y la tristeza no. La tristeza es parte de la vida, te separaste de tu pareja, perdiste un familiar, te fue mal en el trabajo, y por eso te sientes triste. Eso te puede invadir, es una tristeza enorme, legítima. Pero eso no es depresión. Son cosas distintas. Y los términos se van bastardeando hasta que todo parece lo mismo. Hoy cualquiera que va al médico porque se siente mal va a salir de la consulta con un ansiolítico o un antidepresivo. No se puede ser ingenuo respecto a eso: hay un juego ahí con los laboratorios, hay toda una maquinaria montada en torno a la sedación de los problemas. Nadie se banca tener un problema. Nadie se banca pasar por un conflicto". Vemos guerras en tiempo real, genocidios en TikTok. ¿Eso nos insensibiliza o nos traumatiza? “Las dos cosas, pero con matices. Naturaliza la violencia, sí. Por eso traía el término de la sedación: pasamos de un video de TikTok donde vemos a un chico caminando entre escombros, al siguiente donde una mujer vende su cuerpo, al siguiente que es un chiste en la calle, al siguiente que es el gol del Real Madrid en la Champions. El scrolleo tiene esa cosa de pasar información que uno consume sin ningún tipo de filtro, sin ninguna visión crítica. Como cuando vas al cine, estás comiendo pop (palomitas de maíz) y ni lo pensás. Acá es igual. Ahora, ¿traumatiza? El trauma no lo determina el fenómeno en sí, sino cómo se inscribe en la historia de cada sujeto. Tengo pacientes que se han visto extremadamente sensibilizados con lo que pasa en Gaza y las imágenes de niños que se les quedaron en pesadillas. Eso puede pasar. Pero no todo lo que es impactante es traumático para cualquiera”. La palabra "genocidio" se usó tanto que dejó de pesar. ¿Es un mecanismo de defensa colectivo? “Sí, y lo asimilaría a lo que veníamos hablando sobre la violencia. Lo que es distinto en esta época es la velocidad y el volumen. Antes te llegaba un pasquín de noticias. Acá en Uruguay hubo un momento en que un diario publicó a Hitler en la tapa y había gente que le parecía un gran líder porque no sabían lo que estaba pasando. Hoy lo de Palestina lo ves en el teléfono todo el día, en vivo y en directo. Y creo que esa es una de las razones por las que tuvo tanto impacto: era más difícil taparlo. Pero también hay un nivel nuevo de confusión: ya no vamos a poder distinguir si lo que estoy viendo es real o no. Deepfakes de líderes, audios trucados. Estamos viendo el comienzo de ese fenómeno y va a traer problemas aún mayores. Eso desafía a la educación del futuro: más que memorizar fechas, necesitamos formación en pensamiento crítico. Poder pensar las condiciones, no solo consumir los hechos”.
- Aracelly Brito: la madre que convirtió una pérdida en un derecho
En 2021, Chile dio un paso histórico al reconocer el duelo gestacional y perinatal como una experiencia que atraviesan miles de mujeres. La Ley Dominga busca asegurar acompañamiento emocional y un trato digno para quienes enfrentan esa pérdida. Cinco años después de la muerte de su hija, Aracelly Brito —impulsora de la ley— cuenta en esta entrevista cómo se ha ido recomponiendo y cómo convirtió su dolor en un acto de amor colectivo. En septiembre de 2020, Aracelly vivía un embarazo que describe como perfecto: sin complicaciones, atenta a cada crecimiento y cada movimiento de su hija, Dominga Catalina. Pero en la semana 36 algo cambió. Notó que la bebé se movía menos y buscó ayuda una y otra vez, sin obtener respuesta del personal médico. Llamó cerca de veinte veces a su matrona para expresar su angustia, pero sus temores no fueron atendidos. Ese miedo no era nuevo. Un año antes, en 2019, Aracelly había perdido a su hijo Julián a las nueve semanas de gestación. Era un duelo reciente, todavía abierto, y por eso sabía reconocer cuando algo no estaba bien. Aun así, volvió a enfrentarse a la desatención del sistema de salud: esta vez, en un embarazo avanzado y crucial. Impulsada por una corazonada, decidió hacerse una ecografía. Allí le informaron que Dominga tenía arteria umbilical única, una condición de riesgo que nunca había sido advertida. Esa misma noche comenzó a sangrar y acudió de urgencia a la clínica, donde le comunicaron que su hija ya no tenía latidos. Aquel momento no solo marcó el inicio de un duelo profundo, sino también la convicción de que ninguna mujer debía vivir lo que ella había atravesado dos veces: la pérdida y el trato deshumanizado del sistema. “La Dominga vive en el aire que respiro”, dice hoy Aracelly Brito al recordar a su hija. Con los años aprendió a maternar de otra manera, sin tenerla físicamente. “Desde que ella partió, pensé que mi vida había acabado, pero la verdad es que mi vida empezó”, confiesa. Cada día resignifica su historia y el nombre de Dominga, la niña que inspiró una ley y un movimiento que cambió la forma en que Chile acompaña a las mujeres y familias que enfrentan una pérdida gestacional. Pero transformar el duelo en un propósito no fue inmediato. Tras la muerte de su hija, Aracelly atravesó un periodo de profunda vulnerabilidad e incomprensión. “Cuando Dominga murió, yo quería morir con ella. Con la distancia del tiempo, sé que sobreviví por el amor de mi esposo, de mi hijo mayor y de mi mamá, quien se vino a mi casa y estuvo un mes junto a nosotros. Yo era incapaz de cocinar o de cuidar al niño. Ella tomó ese rol cuando más lo necesitaba”, cuenta Aracelly. Durante su hospitalización sintió un trato deshumanizado por parte del sistema de salud. “Sentía que me lo merecía por haber parido un hijo muerto”, recuerda. “Con el tiempo entendí que, si el trato hubiera sido distinto, si hubiera tenido más recuerdos de la Dominga, mi duelo habría sido más llevadero”. Fue entonces cuando comprendió que no quería que ninguna otra mujer viviera lo que ella estaba atravesando. Pensó en sus hermanas, en sus amigas, en todas las madres que podrían pasar por esa pérdida sin acompañamiento ni respuestas. “Me dije: si a alguien más le pasa, que no sea así. Que puedan despedirse de su hijo, que haya consuelo.” Ese impulso se convirtió en su bandera de lucha. Mientras más investigaba sobre el duelo perinatal, encontró historias de cientos de mujeres que vivían las muertes de sus hijos de maneras aún más dolorosas: no les dejaban ver sus cuerpos, se los entregaban en bolsas de basura o pasaban el proceso solas, en la morgue, sin ninguna contención. “Hay un sistema entero que no tiene el cuidado con el dolor ajeno, y menos con el dolor de una madre”, cuenta Aracelly, coordinadora de ventas, estudiante de psicología y presidenta de la Fundación Dominga. El inicio de la catarsis: el nacimiento de la Ley Dominga Sin contactos políticos ni experiencia en el mundo legislativo, Aracelly comenzó a escribir a parlamentarios pidiendo apoyo. Nadie respondió, hasta que una persona le consiguió una reunión con la entonces senadora Marcela Sabat. La política se encontraba de vacaciones, pero se hizo un espacio en la agenda para atender a Aracelly. La mamá de Dominga expuso la problemática, habló del duelo perinatal, de la soledad de las madres y del trato frío y deshumanizante del sistema de salud, y de pronto, la senadora se emocionó hasta las lágrimas. “Nos pidió disculpas y nos confesó que, sin habérselo dicho a nadie, había vivido también un duelo parecido, una pérdida de una guagua de 4 meses. Y como tantas otras mujeres, tuvo que seguir trabajando como si nada hubiera pasado", cuenta Aracelly. “Ella me entendió mejor que nadie; me dijo que me iba a apoyar, pero que tenía que hacer visible mi historia”. A partir de ese momento, se atrevió a compartir su experiencia en redes sociales, sorteando el miedo a la exposición. Fue la propia senadora Sabat quien propuso el nombre Ley Dominga. “Al principio me chocó porque me parecía muy fuerte que una ley llevara el nombre de mi hija. Hoy lo agradezco: es un homenaje a ella.” El proyecto avanzó con rapidez y fue promulgado en 2021. La ley garantiza acompañamiento emocional, establece protocolos hospitalarios para evitar que las madres enfrenten situaciones dolorosas y exige la creación de espacios adecuados para vivir el duelo con dignidad. “Las matronas se unieron con mucha fuerza. Muchas ya querían hacer su trabajo de manera más humana, pero el sistema no se los permitía. La ley les dio respaldo y esperanza.” Con los años, Aracelly observa con orgullo los cambios obtenidos. “Las familias ahora pueden tener recuerdos, fotos, despedidas. Y eso cambia todo. Antes no se hablaba de esto; ahora sí. Hoy las madres nombran a sus hijos, los reconocen. Ya no hay vergüenza.” Sin embargo, también identifica brechas pendientes. “La ley salió sin recursos. No hay psicólogos especializados ni un seguimiento psicoemocional real. Tampoco existe una bajada comunicacional del Estado. Muchas familias no saben que esta ley existe hasta que les pasa”, lamenta. Imágenes de archivo de Aracelly / Aracelly Brito y su familia luchando por la promulgación de la ley. Desde su rol en la Fundación Ley Dominga, Aracelly acompaña a otras madres que enfrentan ese dolor. Allí han formado distintas “tribus de duelo”: mujeres que acaban de perder a su bebé, otras que están en proceso de sanación y quienes esperan un “bebé arcoíris”, como se llama a los hijos que llegan después de una pérdida. “Las monitoras son mamás que ya pasaron por este proceso y ayudan a las demás. Ellas sanan acompañándolas.” Luz después del dolor Aunque el trabajo emocional ha sido intenso, hoy Aracelly se siente en paz. “Ya no necesito nombrarla todo el tiempo. Lo importante es cómo la siento, cómo la vivo. La tengo en mi piel: respiro y vivo a Dominga. Todo lo que hago gira en torno a ella.” Años después de la promulgación de la ley, su propósito mantiene la misma firmeza con la que comenzó esta lucha, pero ahora convive con una serenidad que solo llegó con el tiempo. Aracelly Brito resignificó su historia, transformó el duelo en propósito y convirtió el nombre de su hija en un símbolo de amor y dignidad para miles de mujeres en Chile. A cuatro años de la entrada en vigencia de la Ley Dominga, la vida de Aracelly está marcada por la calma y la continuidad de su misión. Hoy tiene un hijo adolescente, una hija de tres años y un hogar que procura mantener a salvo del dolor cotidiano que acompaña su labor en la fundación. “Trato de dividir los tiempos para que, cuando estoy con ellos, estar cien por ciento con mi familia. Me cuesta, pero lo intento, y ellos me entienden y me apoyan”, asegura. Su esposo, quien la acompañó en todo el proceso legislativo, sigue siendo un pilar fundamental, aunque Aracelly intenta protegerlo de la carga emocional que implica escuchar historias de duelo todos los días. “Ellos ya estuvieron muy involucrados y también les afectó. No quiero que estén todo el tiempo dando vueltas en el dolor, por eso los resguardo bastante”, explica. El tiempo también le enseñó a protegerse a sí misma. “Al principio escuchaba todas las historias sin ningún resguardo, y al tiempo me pasó la cuenta. Ahora lo tomo de otra manera; siento esperanza cuando llegan mujeres nuevas, porque significa que están buscando ayuda.” Lo que comenzó como una extensión de su propio duelo se convirtió en una comunidad viva donde las madres sanan acompañándose. “Mi sueño es que siga siendo un lugar seguro, sin estudios ni intervenciones externas, solo un espacio genuino de amor entre mujeres que se entienden sin explicaciones.” Hoy Aracelly habla de su historia con una serenidad que antes no imaginaba. Su voz es pausada, su mirada firme. Dice que el tiempo le permitió mirar el duelo desde otro lugar y entender que el dolor también puede transformarse. Lo convirtió en acompañamiento, en red y en una forma de entregar esperanza. Desde la fundación escucha, orienta y ofrece aquello que alguna vez buscó para sí misma. En cada madre que sostiene, Dominga sigue presente. La vida hizo que Aracelly descubriera que el amor no se apaga con la ausencia. Su día a día transcurre entre la memoria de su hija, el trabajo con otras mujeres y el calor de su familia. Esos son los motores que le enseñaron que, incluso en el dolor más hondo, puede nacer algo luminoso. La Ley Dominga garantiza que: Los profesionales de la salud deberán explicar de forma adecuada al padre, madre y personas significativas sobre el fallecimiento de su hijo o hija, y los procedimientos a realizar. Contar con asistencia inmediata y seguimiento multidisciplinario (matrona, psicólogo y psiquiatra). Toda pérdida de un hijo o hija, independiente de las semanas de gestación u horas de vida, debe ser reconocida; identificando datos del nonato o neonato, como nombre, peso, estatura, sexo y hora de nacimiento. Pacientes que viven este proceso no sean hospitalizadas en las áreas de maternidad de los centros de salud, evitando tener contacto con recién nacidos. Autorizar a un acompañante durante procedimientos de legrado, ameu, inducción de parto o cesárea. Si el recinto lo permite, los controles posteriores se realizarán en salas aisladas o en horarios en los que no haya mujeres embarazadas o madres con sus recién nacidos. Brindar espacios de contacto digno y apropiado con la hija o hijo fallecido para iniciar el proceso de duelo. Permitir mirarlos, acunarlos o tomar registros de foto o video. En caso de muertes en el tercer trimestre de gestación, ofrecer la opción de disponer de los restos ovulares. Siete días el permiso laboral en caso de muerte gestacional y a 10 días ante la muerte neonatal de un hijo. Asegurar que las mujeres o personas gestantes con antecedentes de muertes perinatales tengan acceso a acompañamiento de un equipo de duelo perinatal en las siguientes gestaciones.
- Entre el deseo y el descarte: la radiografía al amor de Daniela Arancibia
Nunca fue tan fácil encontrar a alguien. Nunca fue tan difícil quedarse. La psicóloga Daniela Arancibia lleva años observando lo que pasa cuando el amor se vuelve una app, el compromiso una amenaza y el ghosting una salida válida. Su conclusión: el problema no es la tecnología. Es lo que cada persona arrastra cuando la abre. Daniela Arancibia escucha much o. Lo hace en la consulta, donde la gente llega a hablar de sus relaciones con una mezcla de confusión y agotamiento que ella reconoce hace años. Lo hace también en los libros: el suyo, La huella del apego, publicado por Editorial Urano, es un intento de poner nombre a lo que pasa cuando alguien ama de cierta manera y no entiende por qué siempre termina igual. Psicóloga de formación, Arancibia observa el amor contemporáneo con la distancia clínica y documenta en sus apuntes un mapa del amor y el deseo contemporáneos. Lo que ve desde ahí no es exactamente una generación más libre. Es una generación más ansiosa. Las aplicaciones de citas, la comunicación instantánea, la sobreoferta de opciones: todo eso prometía ampliar el mundo afectivo y en parte lo hizo. Pero también instaló una lógica que Arancibia describe con precisión: una dinámica rápida, con múltiples opciones disponibles, donde siempre parece posible pasar al siguiente. En ese contexto, dice, el otro corre el riesgo de volverse intercambiable, y el vínculo, algo fácil de descartar. El problema de fondo, según ella, no son las aplicaciones. Es lo que cada persona arrastra cuando las abre. *** Arancibia habla de incertidumbre como el estado afectivo dominante de la época. No la incertidumbre dramática de quien no sabe si será correspondido, sino algo más sutil y más corrosivo: la dificultad de nombrar qué lugar ocupa el otro, de saber qué somos, qué espera el otro, cuánto puedo involucrarme sin quedar expuesto. Esa difusividad, más que la falta de libertad, es lo que termina tensionando los vínculos, dice. "Lo que predomina es una sensación de incertidumbre constante. Hay menos disposición a nombrar los vínculos, a definir qué lugar ocupa el otro, y eso deja a las personas en una zona ambigua que genera mucha ansiedad". A esa ambigüedad se suma otro fenómeno que Arancibia identifica con nombre propio: la reemplazabilidad. La sensación de que siempre podría haber alguien mejor, de que la búsqueda nunca termina del todo, introduce una inquietud de base que dificulta el compromiso. No es solo una incomodidad pasajera: erosiona la sensación de suficiencia. Cuando alguien percibe que puede ser descartado en cualquier momento, aparece una tendencia a sobreadaptarse: hacer más, exigirse más, intentar cumplir con ciertos estándares para no perder el lugar. El resultado, dice Arancibia, es una autoestima más frágil, muy dependiente de la validación externa. Y el entorno lo refuerza: los filtros, las intervenciones estéticas, la lógica del perfil que hay que optimizar para ser elegido. "Cuando alguien percibe que puede ser descartado en cualquier momento, aparece la inseguridad y una tendencia a sobreadaptarse: hacer más, exigirse más, intentar cumplir con ciertos estándares para no perder el lugar. En ese contexto, incluso elementos como los filtros o ciertas intervenciones estéticas refuerzan la idea de que hay que corregirse para ser elegido. El resultado es una autoestima más frágil, muy dependiente de la validación externa", explica la especialista. Libro de la psicóloga chilena Daniela Arancibia. Hay una práctica que a Arancibia le parece especialmente reveladora del momento: el ghosting. No porque sea nueva —desaparecer sin explicaciones es tan antiguo como el deseo— sino por la facilidad con que hoy se ejerce y, sobre todo, por la tolerancia social que ha ganado. La tecnología lo facilita, explica, pero también lo legitima. Antes, la interacción cara a cara obligaba a dar algún tipo de cierre. Ahora, el silencio se vuelve una salida disponible y socialmente tolerada. "Resolver conflictos implica incomodidad, exposición y responsabilidad, y eso es algo que se aprende. Cuando no hay experiencia en ese tipo de situaciones, o cuando el entorno permite evitarlas fácilmente, lo más probable es que se eludan. El problema es que, al hacerlo, no se desarrollan las habilidades necesarias para sostener vínculos más complejos". El ghosting, en esa lectura, no es crueldad sino déficit: la ausencia de herramientas para hacer algo incómodo pero necesario. Lo que revela no es maldad sino la falta de práctica en sostener lo difícil. Una de las tensiones más frecuentes que aparece en consulta, según Arancibia, es la que se produce cuando el sexo llega antes que el vínculo emocional. No es que eso imposibilite la intimidad, aclara, pero sí la condiciona. El punto no es el orden, sino la intención y la capacidad de sostener lo que viene después. El problema aparece cuando hay expectativas distintas o cuando el vínculo no logra salir de ese primer registro. "Hoy en día es más fácil desnudar el cuerpo que desnudar el alma". La intimidad emocional implica exposición, tiempo y cierta vulnerabilidad, y eso sigue siendo más difícil de sostener". Lo que describe Arancibia es, en el fondo, una asimetría: una generación con más acceso al sexo y menos práctica en la intimidad sostenida. No porque sean incompatibles, sino porque la segunda requiere habilidades que solo se desarrollan en el tiempo: tolerar el conflicto, mantener el interés, construir confianza. Si los vínculos se mantienen en lo superficial y lo transitorio, esas habilidades no se ejercitan. Y cuando aparece la posibilidad de algo más profundo, dice, no se sabe cómo habitarlo. "Hay una mayor apertura en lo sexual, pero eso no siempre se traduce en mayor profundidad emocional. La intimidad implica exposición, tiempo y cierta vulnerabilidad, y eso sigue siendo más difícil de sostener", sentencia. *** Pero Arancibia no termina en el diagnóstico. La segunda mitad de su trabajo —y de su libro— apunta a otra pregunta: qué se puede hacer con todo esto. Su respuesta parte de algo que suena simple y no lo es: mirarse. Entender cómo se ha aprendido a vincularse. Qué se espera del otro. Cómo se reacciona frente a la cercanía o la distancia. "La pregunta central es cómo he aprendido a vincularme: qué espero del otro, cómo reacciono frente a la cercanía o la distancia, qué entiendo por amor. A partir de ahí, aparece otra más importante: si ese modo de vincularme es el que quiero seguir repitiendo". ¿Es posible modificar esas formas de vincularse o tendemos a repetirlas inevitablemente? Para la especialista, esto "no son destinos fijos. Los patrones se pueden revisar y transformar, pero eso requiere disposición a mirarse, cuestionarse y hacer algo distinto. Sin esa intención, lo más probable es que se repitan. Con ella, hay margen real de cambio", explica. Daniela Arancibia lo sabe porque lo escucha cada semana en la consulta: la gente no llega porque no quiere amar bien. Llega porque no sabe cómo. Y esa, dice, es una diferencia que vale la pena sostener.
- La segunda oportunidad de los monos: la vida en el santuario de los primates
En las afueras de Santiago, lejos del ruido de la ciudad, un santuario reúne a decenas de primates que no deberían estar ahí. Ninguno nació en Chile. Ninguno llegó por voluntad propia. Son sobrevivientes del tráfico ilegal, del cautiverio doméstico o del uso en espectáculos. Este es el lugar donde terminan, o intentan recomponerse, las historias que comienzan con una captura. En la comuna de Peñaflor, a solo 35 kilómetros del centro de la capital chilena, un conjunto de recintos de madera, mallas y vegetación llama la atención antes de que uno pueda ver lo que hay adentro. No es un zoológico ni una reserva abierta: es un espacio intermedio, construido para albergar a quienes no pueden volver a la selva, pero tampoco sobrevivir en cautiverio convencional. Entre rampas, cuerdas y paneles adaptados, decenas de monos se mueven, juegan y, en algunos casos, simplemente observan. El lugar funciona como un centro de rescate y rehabilitación de primates que han sido víctimas del tráfico ilegal, el mascotismo o la explotación en espectáculos. La mayoría llega con daños físicos irreversibles o secuelas conductuales profundas: desnutrición, fracturas mal soldadas, estrés crónico, años de aislamiento. Aquí no se busca domesticarlos ni exhibirlos, sino estabilizarlos, devolverles ciertas capacidades y, cuando es posible, reinsertarlos en dinámicas sociales con otros de su especie. Más que un refugio, el santuario es el punto de llegada de una cadena de violencia que ocurre lejos de la vista. Cada animal que habita este espacio arrastra una historia de captura, traslado y encierro. Lo que sucede aquí —la rehabilitación, el cuidado, los intentos de recomposición— no borra ese origen, pero permite entender sus consecuencias. Una idea para salvar vidas La idea de crear este refugio nació casi por azar. Elba Muñoz es matrona y su marido pediatra. Ambos habían escuchado en la universidad que los animales eran un gran estímulo para los niños, así que al nacer sus hijos decidieron adoptar de todo: perros, gatos, pájaros, patos, conejos, gallinas. Hasta que un día les trajeron un mono. Se llamaba Cristóbal. Sin mucha información al respecto, lo compraron. Rápidamente se volvió parte de la familia. La casa fue adaptada para él: cuerdas colgantes, palmeras para trepar, espacios que antes eran de los humanos y ahora eran también de él. Pero entonces se enteraron de cómo había llegado Cristóbal hasta ahí. Y las cosas cambiaron. Imagen del archivo de Muñoz. En la foto, ella posa junto a uno de los monitos rescatados. "Nos fuimos enfrentando a la realidad que tenía el mono. Habían asesinado a su madre para quitarle la cría. Que existía el tráfico ilegal. Nos fuimos dando cuenta de que era una realidad horrible, que nadie hacía nada para protegerlos. Y en vez de ayudar a la música, al arte o a niños, nosotros decidimos ayudar a los monos. Y así fue como empezamos", explica Muñoz. Con el fin de regularizar la situación de Cristóbal, Muñoz contactó al SAG. La respuesta fue una amenaza: si no podían acreditar las condiciones adecuadas, el primate sería llevado al Zoológico Nacional. El miedo a perderlo, y la conciencia de que ellos solos no podían sustituir a una familia biológica, los empujó a buscar algo más. Empezaron a viajar al Amazonas, a entrevistarse por internet con investigadores en otros países, a construir una red. Y de esa red, con el tiempo, nació el santuario. “ Eso nos motivó a crear algo para que no nos quitaran nuestro mono. Y para juntarlo con otros, porque yo me di cuenta que nosotros no podíamos sustituir su familia biológica”. La promesa de Esperanzo Alejado de la selva, su familia y sin luz natural, Esperanzo, un mono Carayá, vivió los primeros meses de su vida como rehén de una red de tráfico de primates. A pesar de que fue rescatado a los seis meses de nacido, las consecuencias del maltrato fueron de por vida. Diagnosticado con raquitismo: nunca pudo caminar ni trepar como el resto de su especie. Cuando Carabineros lo encontró en 1999, abandonado en un antejardín de La Reina, Esperanzo no era más que un ovillo de pelo café que se arrastraba contra el cemento. No saltaba ni caminaba porque sus huesos se habían tornado curvos. Antes de cumplir un año, el tráfico ilegal ya le había dictado una sentencia de por vida. Al contactar al Servicio Agrícola Ganadero (SAG) pudieron constatar que se trataba de un mono Carayá proveniente de Argentina. Esperanzo fue llevado al Zoológico Nacional para poder ser revisado. Le diagnosticaron ceguera total y raquitismo severo por la falta de vitamina D y calcio, enfermedad en la que los huesos dejan de ser funcionales por la curvatura que toman. Ambas patologías fueron provocadas por las condiciones de vida al que fue sometido desde temprana edad. En las afueras de Santiago, un santuario reúne a monos rescatados del tráfico ilegal. Esta es la historia de lo que ocurre después. Con los ojos perdidos, huesos curvos y no más grande que una mochila universitaria, llegó Esperanzo al santuario, un 27 de marzo del mismo año de su rescate. Ahí comenzó a ser rehabilitado junto a otros monos que a pesar de no ser de la misma especie le brindaban el apoyo psicológico y familiar que él necesitaba “los otros monos lo acicalaron, lo consolaron. Es como que el mono rehabilita al mono. Nosotros ayudamos escogiendo un buen grupo, ubicándolo bien, comiendo bien”, afirma Elba Muñoz, fundadora y directora del Centro de Rehabilitación y Rescate de Primates, quien ha rehabilitado a más de 300 monos de todo tipo que fueron víctimas del tráfico ilegal, estuvieron en circos, en cautiverio, entre otras situaciones. Al igual que los seres humanos, las crías primates necesitan a su mamá para lactar a libre demanda y si esto se ve interrumpido genera distintos efectos negativos en la cría como una temprana desnutrición o un shock traumático. Sumando el resto de efectos provocados por las precarias condiciones del tráfico, según explica Carola Farias, veterinaria del Santuario de Primates. Por ello, es fundamental la rehabilitación “del minuto que llegue va a ser siempre vital que se empiece con la rehabilitación. Esta va a constar primero viendo en qué condiciones llega, tanto física, que me refiero de salud, como emocionales, que uno observa la conducta en ello”, menciona Farias. *** Según estimaciones de Interpol y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el tráfico de fauna silvestre se ha consolidado como el cuarto negocio ilícito más lucrativo del planeta, moviendo entre 7 y 23 mil millones de dólares al año, después de las drogas, las armas y la trata de personas. En el Chile de los 90, la porosidad de la frontera permitía que un ejemplar de Alouatta Caraya cruzara la cordillera oculto en una guantera, sobreviviendo con apenas una fracción del oxígeno y la luz que su biología demanda. Pese a que la fiscalización se endureció tras la ratificación del convenio CITES y el fortalecimiento de la Ley de Caza (19.473), el fenómeno del "mascotismo" exótico en sectores de altos ingresos en Santiago mantuvo viva la demanda. En Chile, se estima que por cada ejemplar que sobrevive al cautiverio doméstico, otros nueve mueren en el trayecto debido al estrés o las sobredosis de sedantes, según el SAG. Hoy, el repunte del comercio ilícito de fauna en pasos no habilitados del norte vuelve a poner en alerta a las autoridades, recordando que detrás de cada animal "exótico" en una casa, hay una cadena de maltrato. *** Entre altos vidrios transparentes y rampas de madera para poder arrastrarse en la jaula, Esperanzo vivió el resto de su vida. A pesar de que no era lo ideal, era lo mejor que le podían ofrecer. Para Esperanzo, el santuario diseñó un mundo a su nueva medida. Su día a día estuvo rodeado de una estructura principal de paneles de vidrio, una medida técnica para que el mono Carayá pudiera mantener el contacto visual con el exterior sin quedar expuesto a las corrientes de aire. —¿Cómo adaptar la jaula a su poca movilidad?—, se preguntaron antes de empezar a intervenir el espacio. En el interior, la altura dejó de ser una opción: en su lugar aparecieron rampas suaves, ensambladas como un pequeño sistema de caminos que recorría toda la superficie. Por ellas, Esperanzo podía desplazarse arrastrando el cuerpo, sin la necesidad de saltar. Cuando la cuidadora se acerca a alimentarlo él se desliza por una de las rampas de su casa que desembocaba en una bandeja de plástico. Ahí, cada día, encontraba su ración: trozos de fruta fresca y todo tipo de plantas. El recorrido hasta la comida ya no era un obstáculo, sino parte de una rutina que había sido meticulosamente pensada. En un costado de la jaula, separado del tránsito principal, se acondicionó una especie de dormitorio. La luz infrarroja caía constante, generando un calor artificial que suplía las variaciones del ambiente. Sobre el suelo, mantas gruesas amortiguaban el frío de los meses de invierno, creando un refugio contenido, casi doméstico. Un conducto conectaba la habitación principal con una segunda jaula externa. A través de él, Esperanzo podía avanzar por su cuenta hasta el sector descubierto. Allí, sin intervención humana, tenía la posibilidad de exponerse al sol, como si ese tramo final del recorrido fuese también una forma de autonomía cuidadosamente construida. Así como el caso de Esperanzo hay otros más. Charlotte, una mona Cai Cariblanca, llegó al Santuario el 28 de noviembre de 2018 desde la Municipalidad de La Pintana, ella formaba parte de una exhibición junto con otros diez monos de su misma especie. Mientras estaba en una revisión médica rutinaria, al palparle el pecho le detectaron cáncer de mama. Por lo que fue sometida a cirugía. Muñoz, en conjunto a la veterinaria Farias, lograron salvarla. Coco es un mono Capuchino Común. Llegó el 11 de febrero de 2003 cuando tenía 9 meses desde el Bioterio de la Universidad Católica. A pesar de ser una cría de temprana edad, de igual manera realizaron experimentos con él. Isaura, una mona araña, era obligada a pararse sobre una cuerda floja con dos baldes con arena para que se equilibrara como parte del show del circo de los Mazzini. Tras un decomiso a los circenses, el 29 de octubre de 2012, Isaura llega al Santuario con un daño en su columna que es irreversible. Hace un par de años le descubrieron un tumor en el útero, por lo que le extirparon el órgano. A pesar del gran amor que tiene Muñoz por los primates que llegan a sus manos, ella es crítica con la situación que viven los animales “Esta sigue siendo una cárcel, la mejor de todas, pero una cárcel al fin y al cabo”, concluye. *** Con el tiempo, Esperanzo cambió su pelaje. Dejó el café de su infancia para volverse negro azabache, revelando su naturaleza de macho adulto. Aunque nunca pudo saltar entre los árboles, encontró en sus pares y cuidadores la familia que el hombre le robó. Catorce años después de su llegada, el mono falleció. En memoria de Esperanzo y todos aquellos animales que les ha tocado vivir las consecuencias de la ambición y crueldad del ser humano.
- Valentina, eres bipolar: ¿no lo sabías?
A los 28 años, la fotógrafa Valentina Bird recibió un diagnóstico que reordenó toda su historia: trastorno bipolar. Durante años, transitó tratamientos, crisis y momentos de aparente estabilidad sin entender del todo lo que le ocurría. En esta columna, reconstruye ese recorrido, desde la confusión hasta el duelo, y reflexiona sobre lo que implica aprender a vivir, y a leerse, a partir de un nuevo diagnóstico. “Pero vale… Tú eres bipolar: ¿acaso no lo sabías?”. Yo estaba en mi casa, mirando la pantalla, y veía a mi doctora con una cara de asombro. Era una cita de telemedicina con mi psiquiatra, la misma especialista que visité durante dos años y que nunca antes había mencionado ese diagnóstico. Dejé de escuchar lo que decía; solo asentía y pensaba: “Mierda, ahora tengo una respuesta”. Repetía esas palabras como un mantra. No podía pensar en nada más. Solo recuerdo algo que me comentó en ese momento de conmoción: “Cuando me contaste que te acostabas con muchas personas en poco tiempo, ahí lo supe. Eso es un episodio hipomaniaco. Tus ciclos oscilan entre cortos períodos de hipomanía y grandes periodos depresivos”, sentenció. Sentí que acumulé todas esas palabras en una caja que intenté guardar en un lugar de mi mente al que no quise mirar. Comprimí esa visita al médico y la dejé en un lugar al que no llegaba la luz. Empecé a ir a terapia a los 16 años con el propósito de dejar de ir algún día. Era una adolescente que sentía mucha ansiedad, ira y no tenía ganas de vivir. En ese tiempo se diagnosticaron varios trastornos: ansiedad generalizada, depresión mayor. Todo oscilaba entre eso. Estuve internada y tomé un millón de remedios que funcionaban un poco, pero nunca del todo. Sin embargo, no abandoné la idea de que iba a estar “sana”. Esa era mi motivación más grande. En terapia, mientras avanzaba el tiempo, se removían más cosas. Se sentía como ser la dueña de un cajón lleno de emociones que nunca terminaba de limpiar; por el contrario, el fondo parecía crecer y llenarse de cosas nuevas: miedo, trauma, ansiedades, desprecio hacia mí misma. Pero, a pesar de eso, nueve años después de trabajar en mí, fui dada de alta. Ya era adulta, me había ido de la casa de mis papás, vivía de lo que había estudiado y todo estaba bien. Aun así, me invadía una sensación permanente de angustia. No me sentía curada, sino más bien contenida: era como si alguien, a la vuelta de la esquina, me acechara para derrumbar la precaria estabilidad que había construido. A los 26, después de pasar por siete psiquiatras, llegué a una consulta en la que me evaluaron cuatro médicos. Llegué ahí tras un periodo depresivo en el que las crisis de ira me golpeaban como una ola, de forma repentina, sin poder anticiparlo. Hicieron una breve serie de preguntas y salí con un nuevo esquema de medicación: antipsicóticos. Y yo, que durante años probé distintos antidepresivos y ansiolíticos sin lograr una mejoría real, le di una oportunidad a esa alternativa. Y sí: esta vez fue distinto. Algo se ordenó. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, una persona funcional. Mis emociones no eran tan avasalladoras; fue como si las olas, de repente, se transformaran en un lago tranquilo. Logré llevar una “vida normal” durante esos meses, pero al año estas corrientes me botaron al suelo: fui sumergida en un estanque de depresión. Era una sensación que me repetía que existir era pesado, difícil; todo era difícil, desde lo cotidiano , como tomar una ducha, hasta hablar con un amigo. Por eso, porque todo era difícil, dejé la medicación. Fue una renuncia. Un agotamiento. Siete meses después, dos semanas antes de mi cumpleaños número 28, seguía en ese mismo lugar. La crisis comenzó: el dolor era tan inmenso que imaginaba que la única solución, la única forma de ponerle fin a eso, era terminar con mi vida. Empecé a organizar mi despedida; pensé a quién le dejaría mis cosas. Quería dejar todo listo para no ser una carga para los que quedaban aquí. Pero, al mismo tiempo, me invadía una angustia muy grande: me daba miedo morir. Al filo de ese abismo, y como último movimiento de ahogado, saqué una hora con mi psiquiatra. Le conté lo que estaba viviendo. Me llenó de recomendaciones y volvieron los antiguos remedios. Esta vez seguí al pie de la letra todas sus indicaciones y, afortunadamente, en cuestión de días, me estabilicé. Fue como si, de repente, silenciaran un ruido molesto que me perseguía a todas partes y no me dejaba escuchar mejores sonidos. De pronto estaba más descansada, ya no me sentía irritable y tenía esperanza de que todo se iba a acomodar. Desperté una mañana de septiembre llena de energía. Hice en una semana lo que no había logrado en meses. Arreglé todo lo que estaba roto en la casa. Ordené, limpié, resolví pendientes. La vida, de pronto, volvió a tener sentido. O al menos eso parecía. Cuando le conté a mi psicólogo que estaba mejor, esperaba que se alegrara. Pero su cara no cambió. Me miró serio: “Vale, yo creo que acá está pasando algo”. Me habló de cambios de ánimo que no eran del todo normales, de una intensidad que no terminaba de encajar. Sospechaba que tenía trastorno bipolar. Me enojé. Eso fue lo primero que sentí. Pensé que, si eso fuera cierto, alguien ya me lo habría dicho antes. Había pasado por demasiados médicos como para que algo así se les escapara a todos. Pero la idea quedó instalada. Salí de la consulta y empecé a leer sobre el tema. A buscar. A mirar hacia atrás, en mi propia historia, pero con otros ojos. Y, mientras más leía, más sentido tenía. Era, al mismo tiempo, el diagnóstico que mejor encajaba y el que menos quería tener. La noche antes de confirmarlo salimos a caminar con mi pololo y el Oreo, mi perro. Lloré sin poder parar. No era solo miedo: era una especie de duelo anticipado. Terror a que fuera algo permanente, algo que no se cura. A que esa certeza destruyera la única motivación que había sostenido todo este tiempo: la idea de que algún día no necesitaría medicamentos, ni ir a terapia. Al día siguiente, la psiquiatra lo dijo como si fuera evidente. Y después de eso, vino el duelo de verdad. Todos me decían que lo bueno es que lo sabes: ¡que alivio!, pero el alivio fue lo último que sentí. Durante meses lloré sin consuelo, no podía creer que después de tanto trauma, de tantos años, de todo ese trabajo, tendría que lidiar con un diagnóstico nuevo. Y uno tan grande. Me asustó todo lo que imaginé que se cerraba. Entre otras cosas, la posibilidad de ser madre. Mi doctora había sido clara: el medicamento principal que tomo puede provocar malformaciones fetales. Bajo ninguna circunstancia podía quedar embarazada. Sabía que muchos de esos miedos venían de la ignorancia. A veces eso ayudaba. Pero ninguna explicación alcanzaba del todo. Había algo más profundo que entender: no se trataba solo de saber, sino de aceptar. Aceptar implicó aprender a leerme de nuevo Mis ciclos La hipomanía es un estado de ánimo elevado, expansivo o irritable y un aumento de energía inusual, menos grave que la manía. Dura al menos cuatro días seguidos, con síntomas como menor necesidad de sueño, gran locuacidad, autoestima elevada y alta productividad . Cuando estoy en hipomanía, tengo una energía desbordante. La autoestima sube, siento que todo es posible. Mantengo la casa impecable, veo a mis amigos, hago planes, me río, gasto más de lo que debería. Hay momentos en que el dolor —un corazón roto, por ejemplo— activa ese estado y un deseo enorme de vincularme con otros aparece. Me expongo a situaciones de riesgo con tal de que me lleven a estas emociones extremas, entre ellas el sexo. Siempre creí que era algo que disfrutaba (que sí, disfruto), pero cuando estoy en este ciclo se vuelve algo más impulsivo que placentero. Durante mucho tiempo creí que esa era mi mejor versión. La versión que, por fin, había logrado ser. Pero no. Después de subir, uno baja. Ese ánimo desbordante, es sólo el anuncio de un episodio depresivo. Lo sé cuando despierto y me invade una idea fija: me repito que todo está mal, que soy tremendamente infeliz y estoy cansadísima de mi misma. He notado que esta tristeza se mezcla con irritabilidad, la cual hace que la percepción de mi misma empeore. Estar con mucha gente me da pánico, me siento como una herida expuesta que todos están mirando.Con mucho esfuerzo voy a trabajar pero los días que no tengo que salir, me hundo en mi cama, no me baño y solo duermo muchas horas porque se siente como morir. Usualmente este ciclo es el más largo y puede durar de 3 semanas a dos meses. Mientras pasa tengo que fingir que soy funcional porque la vida no perdona. La idea del suicidio también aparece en esos ciclos. Este es el síntoma que más hemos logrado controlar controlar con la medicación, pero cuando no la tomo, empiezo a ordenar mi muerte otra vez: Hoy recuerdo que la primera vez que quise morir tenía ocho años. Esa idea me acompaña desde entonces. Ha vuelto muchas veces, pero esa, la última, fue distinta: sentir aquel terror, a pesar de que todo estaba bien, la hizo más aterradora que nunca. Hoy entiendo que muchas de esas veces no era yo, o no del todo. Estaba descompensada. Pero hay algo que pesa más que todo lo demás: la culpa. Me da culpa las partes de mí que otros alcanzan a ver. Con los años, los momentos de oscuridad dejaron de ser privados. Los han visto mis amigos, mis parejas. Y no siempre hay espacio para explicar, ni para reparar. Hay cosas que quedan así, suspendidas, sin cierre. Vivir este duelo ha sido mucho de mirar para atrás. Revisar cada escalón. Tratar de aceptar que algunas situaciones no tienen arreglo. Vengo de un pueblo muy católico: la culpa es mi segundo nombre. A veces siento que hay un velo entre lo que pasa y lo que siento, y que dependiendo de mi ánimo ese velo se vuelve más o menos espeso. En crisis, casi no veo nada con claridad. Todo se nubla incluso a veces mis afectos. Esa culpa ha sido muy difícil de llevar en los primeros meses, me mantuvo muy deprimida, con mucho terror porque aprender a lidiar con esta enfermedad también significa equivocarse y lamentablemente quien más ve los síntomas son las personas que más amas. Han pasado 6 meses desde mi diagnóstico, no me siento en una vida normal como dicen los doctores, no me siento en la mierda de estar sin medicación. Los días malos son menos y ya se que hacer. No se si esa normalidad llegará, no sé si la culpa algún día dejará de pesarme, solo se que seguiré aprendiendo, seguiré tomando mi medicación, yendo al doctor, porque esta enfermedad aunque me la cargué yo, también afecta a los que me rodean, quizás no me cure pero quizás algún día me perdone lo que hice mal y llegue a la conclusión de que no soy solo alguien bipolar. Cuento esto porque, en toda mi investigación, en todo lo que encontré sobre lo que significa ser bipolar, aparece una idea insistente de “normalidad”. Y yo no me siento normal todavía. Por eso quise abrir este espacio: para exponer el relato de alguien que sigue en tránsito, que aún no llega a ese lugar prometido. Porque esto también es parte del proceso. Nombrarlo, habitarlo, sostenerlo: aunque no tenga forma de final, también es una manera de avanzar.
- El pingüino de Humboldt no desaparecerá solo
Foto de Olaf Oliviero Riemer Cada año, miles de pingüinos de Humboldt mueren en las costas de Chile y Perú, en su mayoría atrapados en redes de pesca. Mientras su población disminuye, la protección legal de la especie se redefine, en un escenario donde las amenazas avanzan más rápido que su capacidad de recuperarse. La cueva está vacía. Donde antes había un nido, ahora solo queda tierra removida y pedacitos de cáscara. Alejandro Simeone, biólogo, doctor en ciencias naturales y experto en el pingüino de Humboldt, se agacha para mirar más de cerca. No hay rastros de depredadores. No hay plumas tampoco. Solo huellas humanas marcadas sobre el suelo húmedo. Alguien entró, caminó hasta el fondo y salió. Ese nido no se va a volver a usar. Lo que encontró es una imagen que hoy es cotidiana. A lo largo de la costa del Pacífico, entre Perú y el sur de Chile, el pingüino de Humboldt enfrenta una caída sostenida. Cada año, entre 2.000 y 3.000 de ellos mueren, la mayoría atrapados en redes de pesca. Pero lo que desaparece no es solo el pingüino. El pingüino de Humboldt no es solo una especie aislada. Es parte de un equilibrio mayor. Al alimentarse de peces como la anchoveta y la sardina, regula poblaciones clave del ecosistema marino. Su desaparición no ocurre en solitario: altera cadenas completas, desplaza especies, modifica dinámicas que también sostienen actividades humanas como la pesca. Cuando el pingüino retrocede, el sistema que lo sostiene empieza a desordenarse. “Si tuviera que decir el principal problema hoy, son las redes de pesca”, afirma Simeone, que lleva décadas estudiando la especie. “Hay casos en que una sola red puede matar decenas de individuos adultos en período reproductivo”. La escena se repite: aves que se sumergen a cazar y no vuelven. En la isla, mientras tanto, quedan los nidos. Polluelos esperando un alimento que no llega. En tierra, la amenaza adopta otra forma. Sara Rodríguez, bióloga marina y académica de la UCSC, recorre mensualmente la península de Hualpén para registrar aves costeras y mamíferos marinos. En sus recorridos, las señales no siempre aparecen en cifras. A veces están bajo los pies: nidos pisoteados, huevos destruidos o colonias alteradas: “Ellos necesitan lugares muy específicos”, explica. Cuevas, grietas entre rocas, sectores poco intervenidos. “Si ese hábitat se altera, se van. No vuelven”. En ese escenario, una decisión reciente encendió las alertas. La noticia llegó un martes 17 de marzo, el Ministerio del Medio Ambiente anunció el retiro de 43 decretos impulsados durante el gobierno de Gabriel Boric, para ser reconsiderados. Entre ellos, uno especialmente sensible: la propuesta que buscaba declarar al pingüino de Humboldt como monumento natural, alarmando a la comunidad científica. Según el Ejecutivo, el objetivo es revisar los fundamentos técnicos y jurídicos utilizados antes de continuar con su tramitación. La población actual del pingüino de Humboldt, cuenta Sara Rodríguez, es de alrededor de 10.000 individuos, con el 80% de la población mundial en Chile, y con la mayor cantidad ubicada en la Isla Dominga, y de estar “bajo amenaza”, pasó a estar “en peligro de extinción”. La presión sobre la especie no solo se mide en muertes inmediatas, sino en su capacidad de recuperarse, porque el pingüino de Humboldt tiene un desarrollo lento. Un polluelo puede tardar entre cuatro y cinco años en reproducirse por primera vez, y varios más en hacerlo con éxito. “Un individuo que muere hoy puede tardar hasta ocho años en ser reemplazado”, explica Alejandro Simeone. “Si las amenazas siguen al ritmo actual, la recuperación simplemente no alcanza”. Para quienes trabajan en conservación, las decisiones no siempre son evidentes: “A veces hay que elegir qué islas visitar y cuáles no, porque los recursos son limitados”, cuenta Simeone. Cada salida implica costos, logística, tiempo. Pero también una recompensa difícil de traducir: observar a los animales en su entorno, aún resistiendo. Desde la sociedad civil, la preocupación se comparte. Para Nancy Duman, directora de la ONG Sphenisco , organización dedicada a la protección del pingüino de Humboldt, sigue de cerca el destino del decreto: “Esperamos que esto sea realmente una revisión para mejorar la propuesta y no un freno definitivo”, señala. Duman explica que, si bien Chile ha suscrito convenios internacionales y ha creado áreas protegidas, existen vacíos importantes. “Las zonas de alimentación no están suficientemente resguardadas. Y sin alimento, no hay conservación posible”. En paralelo, el avance de proyectos industriales en zonas costeras tensiona aún más el escenario. “Muchas veces la información que circula minimiza los impactos reales”, advierte. Para ella, el problema de fondo es más profundo: una falta de voluntad para entender que la salud del ecosistema sostiene también la vida humana. Desde el ámbito jurídico, la diferencia entre proteger y no hacerlo puede ser determinante. Lina Gantz, abogada especializada en derecho ambiental , explica que la figura de monumento natural implica uno de los niveles más altos de protección en la legislación chilena. “Cualquier intervención en el hábitat tendría que cumplir estándares muy estrictos. Actividades como capturar, cazar o intervenir nidos quedan prohibidas”, detalla. Sin esa categoría, el panorama se vuelve difuso. “Lo que suele ocurrir es que aparecen acciones contradictorias en el territorio”, dice Gantz. “No hay claridad sobre qué se puede hacer y qué no, y eso termina afectando tanto a quienes intentan proteger como a quienes desarrollan actividades”. Reparar el daño, además, no es inmediato. La legislación exige determinar responsabilidades, iniciar investigaciones y enfrentar procesos en tribunales ambientales. Un camino largo, mientras el deterioro sigue avanzando. El pingüino de Humboldt ya está catalogado como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Un estado frágil, que puede inclinarse con facilidad a la extinción. La discusión sobre decretos y categorías legales parece lejana, pero se juega en esos detalles. En si una zona queda resguardada o expuesta o en si una actividad se regula o se permite. En algunas islas del norte chico, donde antes el sonido dominante era el de colonias completas, hoy el paisaje es otro: pocas aves y espacios vacíos entre las rocas. La cueva que observó Simeone sigue ahí, abierta hacia el mar. Ninguno ha vuelto a ocuparla. La discusión sobre decretos y figuras legales puede parecer lejana, pero en la práctica define si especies como el pingüino de Humboldt tendrán un lugar donde seguir existiendo. En un ecosistema cada vez más presionado, la diferencia entre proteger o postergar puede ser, simplemente, la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.











