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- Los recolectores de la memoria tras el terremoto
Una semana después del terremoto que dejó 130 muertos y provocó el colapso de 128 edificaciones, Cali todavía busca desaparecidos y retira toneladas de escombros. Pero entre las ruinas ocurre otro rescate: un grupo de psicólogos y humanistas voluntarios recupera fotografías, prendas, juguetes y libros que conservan la vida anterior al desastre. Carlos Andrés Díaz es uno de ellos, y en medio de una ciudad herida, defiende una certeza: salvar un objeto también puede ser una forma de salvar la memoria. En Cali, la catástrofe se mide en cuerpos, edificios y toneladas. Una semana después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia, el balance oficial registra 130 personas fallecidas, 1.485 heridas y 88 rescatadas. Hay 128 edificaciones con colapso parcial o total, otras 177 presentan daños estructurales y la ciudad ha retirado más de 21.000 toneladas de escombros. Pero al pie de los edificios derrumbados comienza otra cuenta. No registra muertos ni estructuras, sino álbumes, camisetas, zapatos y libros que los equipos de rescate encuentran entre los restos de las viviendas. Es el inventario de la vida anterior al terremoto. Carlos Andrés Díaz trabaja en esa segunda contabilidad. Tiene 35 años, es psicólogo y, durante los días posteriores al desastre, presta apoyo en Capri y Torres de Limonar, dos de las zonas golpeadas por los derrumbes. Al comienzo permanece junto a las familias que esperan la identificación de sus seres queridos. Mientras los rescatistas buscan sobrevivientes y recuperan cuerpos, él y otros profesionales entregan los primeros auxilios psicológicos. Después, su tarea cambia. Entre los escombros comienzan a aparecer fotografías, prendas, juguetes y libros. Los objetos salen en bolsas y costales y, desde el tercer día, los voluntarios los extienden sobre el suelo, detrás de una cinta de seguridad, para que sus dueños puedan reconocerlos. Cada retiro queda registrado en una planilla. En una de esas anotaciones, el hallazgo cabe en una sola línea: una mujer retira un álbum de fotografías. Nada más. El registro no consigna que tiene más de sesenta años ni que, entre esas páginas, aparecen su hija creciendo, los cumpleaños familiares, los paseos y el rostro de su exesposo, muerto muchos años atrás. La mujer recorre la hilera de pertenencias hasta que reconoce el álbum. Su hija sobrevive al terremoto, pero aquellas fotografías permanecen sepultadas junto con uno de los pocos registros que la familia conserva de aquel hombre. Cuando vuelve a tenerlas entre las manos, no recupera solamente un objeto: recupera una parte de la vida que existía antes de que la ciudad comenzara a derrumbarse. Para Carlos Andrés, allí comienza un rescate que no aparece en los grandes balances de la tragedia. Los objetos no tienen el mismo valor que una vida, pero contienen las horas de trabajo, los afectos y las historias de quienes habitaron esos edificios. Salvarlos, dice, también es impedir que el terremoto se lleve la memoria. *** —Antes que psicólogo voluntario, tú también fuiste uno de los afectados. ¿Dónde estabas cuando comenzó el terremoto? "Estaba en mi casa. Intenté salir, pero no alcancé: empezaron a caer escombros de las viviendas cercanas y cedieron un par de paredes de la mía. Después intenté comunicarme con mi familia con lo poco que se podía, porque las comunicaciones cayeron en Cali y en varios municipios cercanos. Al principio pensé que había sido un temblor fuerte, uno más. Pasados los minutos comenzamos a ver las noticias, los edificios afectados y el impacto en otras ciudades del país. Llegó el caos, la gente corriendo, los gritos y el llanto. Con el paso de las horas entendimos la dimensión de lo que había ocurrido". —¿Cómo llegaste a trabajar con las familias de los edificios derrumbados? "En los puntos de mayor afectación nos reunimos distintos grupos de psicólogos: clínicos, sociales, organizacionales. Algunos pertenecían a instituciones gubernamentales, pero la mayoría éramos voluntarios. Cada uno puso su granito de arena. Inicialmente esperábamos junto a las familias el reconocimiento de los cuerpos. Cuando encontraban a una persona, el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) hacía el levantamiento, tomaba fotografías y permitía iniciar la identificación. Los familiares esperaban una imagen o la posibilidad de observar el cuerpo. En ese momento, los equipos psicosociales ofrecíamos la primera atención y acompañábamos el reconocimiento. Después vimos que había personas que no habían perdido a un familiar, pero habían perdido su hogar. Ellas también estaban expuestas a un dolor muy agudo. Ahí entendimos que encontrar un objeto, por pequeño que fuera, podía sentirse como un bálsamo. Es poco frente a todo lo perdido, pero simbólicamente es muy poderoso". Fotografías, prendas, zapatos, juguetes y libros recuperados de los edificios colapsados fueron dispuestos detrás de cintas de seguridad para que las familias pudieran reconocerlos y registrar su retiro. - Foto vía X. —¿De quién fue la idea de recuperar las pertenencias? “Surgió del equipo de intervención psicosocial, entre voluntarios y personas vinculadas a la Alcaldía y a otras oficinas gubernamentales. No queríamos ocuparnos solamente de las familias que identificaban los cuerpos rescatados, sino también encontrar elementos con valor emocional: fotografías, prendas que estuvieran en buen estado, juguetes, accesorios. Los rescatistas comenzaron a acumular esas cosas y, entre varias personas, advertimos que también había que cuidar la historia que permanecía allí. Volver a encontrar un peluche, una fotografía o un accesorio usado por alguien que ya no está puede comenzar a enmendar algo del dolor". —¿Cómo organizaron los objetos y cómo evitaban que alguien se llevara algo ajeno? “Desde el primer día comenzaron a rescatarse objetos y a guardarse en bolsas y costales. A partir del tercero empezamos a organizarlos, porque la cantidad era enorme. Los extendimos para que los familiares pudieran recorrer el área y observar qué pertenecía a cada uno. También era una forma de tratar esos objetos con dignidad, por el valor emocional que tenían para las familias. En Capri y Torres de Limonar, donde estuve prestando apoyo, las administradoras tenían los listados de residentes. Cada persona debía decir su nombre, la familia, la torre y el apartamento. Una vez verificada, podía pasar alrededor de los objetos. Si reconocía algo, se dejaba por escrito: una señora retiró un álbum; otro residente, unos zapatos y algunas camisetas. Hubo intentos de llevarse cosas ajenas, por supuesto. Por eso existían las cintas de seguridad y ese control”. —En medio de una tragedia con personas desaparecidas y fallecidas, alguien podría preguntar por qué importan tanto los objetos. “Importan muchísimo. Vi a una joven que había perdido su apartamento y muchos objetos importantes de su vida. Un familiar le decía: ‘Tranquila, mija, al menos usted está con vida’. Y claro que la vida es lo primero, pero hay que recordar que todos los objetos que compramos también los compramos con vida: con nuestra vida laboral, con nuestra vida física, con nuestro tiempo. Aunque sean reemplazables, representan la vida que dejamos en ellos. Todo eso puede desgarrarse en segundos. Por eso también hay que darle espacio al llanto por la pérdida de un hogar. Era tu lugar seguro, donde descansabas y te recargabas emocionalmente; era una vida que habías construido. El terremoto te enfrenta contigo mismo y te muestra que lo más importante es quien está a tu lado: tu familia, las personas que amas. Pero regresar y encontrar un objeto pequeño también puede convertirse en un rayo de esperanza. Es una manera de no perder toda la vida que se fue en medio del desastre”. Para Charly, los objetos no son simples cosas: guardan horas de trabajo, afectos y recuerdos. Recuperarlos significa devolver a las familias una parte de la vida anterior al terremoto - Foto vía X. —¿Qué encuentros entre las familias y sus pertenencias te marcaron especialmente? “Recuerdo a una mujer de unos sesenta y tantos años que encontró un álbum de fotografías de su hija. Ella estaba viva, pero su padre —el exesposo de esta señora— había muerto muchos años antes. En esas páginas estaba la historia completa de la familia: cumpleaños, paseos y situaciones cotidianas. Cuando la señora encontró el álbum, no se encontró solamente con unas fotografías. Se encontró con la única memoria que conservaba de su esposo fallecido. Ese tipo de situaciones conmueve profundamente porque uno entiende que no es el objeto físico: es toda la historia que revive y que también podría haber muerto. También llegó una madre con su hijo, estudiante de Medicina. Él logró recuperar uno de sus libros. Contaba que había comprado con mucho esfuerzo sus uniformes y aquellos textos, que son muy costosos. Su vida continuaba, pero el terremoto había puesto en riesgo incluso su proyecto académico. Encontrar ese libro le devolvía una parte de ese esfuerzo”. —Has hablado de la importancia de los rituales. ¿Qué lugar pueden ocupar estos objetos en el duelo? “Cuando nos encontramos con una persona amada creamos recuerdos, y esos recuerdos se convierten en nuestra memoria emocional. Un desastre natural arranca a alguien de este plano y muchas veces no permite encontrar el cuerpo ni realizar una despedida digna. Hay familias que reciben el cuerpo después de varios días, cuando ya está deteriorado por su descomposición natural. En esos casos, los objetos se convierten en un encuentro con quien ya no está. Son un símbolo que vincula la vida y la muerte y permite decir: “Hasta pronto y gracias”. A partir de ahora, los rituales pueden consistir en llevar una fotografía que sobrevivió a una reunión familiar, recordar qué sucedía en ella y compartir esa historia. En psicoterapia les digo a mis pacientes que, cuando algo duele y uno lo comparte, el dolor se divide entre quienes lo escuchan. Cuando compartimos el amor, el amor se multiplica. Encontrarse con uno de estos objetos crea un ritual en el que el dolor puede compartirse: “¿Te acuerdas de esto que usaba?”, “¿te acuerdas de esta fotografía?”. A veces eso es lo único que queda para empezar a reparar algo". —¿Por qué tuvieron que suspender la recuperación de pertenencias? “Entre el quinto y el sexto día, los bomberos recomendaron no seguir trasladando objetos desde las edificaciones caídas hacia el lugar donde habíamos reunido los que salieron primero. Había alimentos descompuestos dentro de los refrigeradores y restos biológicos de los cuerpos. Llevar nuevas pertenencias podía contaminar las que ya estaban expuestas y generar un problema de salud pública. También existía riesgo de infecciones respiratorias por todo el polvo, tanto el proveniente de los materiales de construcción como el asociado a la materia biológica. Ya no se trataba solamente de rescatar: había que proteger a las familias y a quienes vivían alrededor de las zonas afectadas”. —En Colombia todavía cuesta hablar de salud mental. ¿Qué cambia después de una tragedia de esta magnitud? "Ahora el '¿cómo estás?' se vuelve una regla de oro. La cultura latinoamericana nos ha moldeado para decir que estamos bien sin importar cómo nos sintamos, porque responder así permite ser aceptado, validado e integrado. En este momento, decir que no estamos bien también es decirle al otro: 'Entiendo lo que estás pasando y me duele lo que te duele'. La salud mental se convierte en protagonista porque estas situaciones nos recuerdan que la vida es finita. Hay que amar profundamente, perdonar y agradecer. Ya no puede ser un juego para ver quién resiste más, sino una posibilidad de pedir ayuda. A los colombianos nos han entrenado para no pedirla, pero una circunstancia así nos arrincona y demuestra que la ayuda es necesaria y que nos reparamos entre todos". También reivindica el diálogo. Le he dicho a mi familia: 'Cada vez que se reúnan, no se cansen de contar qué les pasó y cómo lo vivieron'. Si perdieron a alguien, compártanlo; si hay que ayudar a una persona, háganlo. Ese relato repetido se convierte en el nuevo tejido humano. La salud mental también se repara a través de ese tejido que somos todos". —Colombia llega a esta tragedia profundamente polarizada. ¿Qué crees que puede dejar el terremoto en la historia próxima del país? "En medio de todo ocurrió algo que hace brillar a los colombianos: el sentido de pertenencia. La solidaridad y la empatía están saliendo por los poros. A mí me duele lo que sucedió en Manizales, Pereira, Armenia y el norte del Valle. Estamos en una ciudad y en otra, pero es la misma herida. Nos duelen los mismos muertos. Eso fortalece el sentido de que somos uno. Cuando vuelva a visitar alguna de esas ciudades, sus habitantes se parecerán todavía más a mí de lo que creía. En Cali existe un Monumento a la Solidaridad y hoy se ha convertido en un símbolo de lo que somos capaces de hacer los vallecaucanos y, en general, los colombianos. El terremoto nos va a marcar con dolor, por supuesto, pero también aviva capacidades maravillosas: la solidaridad, la empatía y la posibilidad de reconstruirnos en comunidad. Creo que eso también caracteriza a Latinoamérica". —¿Qué viene ahora y qué les pedirías a quienes observan la tragedia desde otras regiones o países? "Lo peor pasó, pero repararnos no ocurrirá de la noche a la mañana. Esto tardará muchos meses y quizá años. Por eso les diría: no se olviden de nosotros. Visítennos, acompáñennos y apóyennos. Ahora comienza una carrera por sostener y estabilizar nuestra economía. La vida tiene que continuar, sí, pero no solos: acompañándonos".
- Laura Chivite: "Hay que luchar contra el cinismo"
Ilustración de Nicole Araya <3. En una época en que crecer ya no garantiza estabilidad, las familias queer se convierten en una disputa política y el lenguaje de la salud mental comienza a vaciarse, Laura Chivite busca otras formas de nombrar el presente. La autora de El ataque de las cabras habla sobre visibilidad, humor, ultraderecha y la necesidad de conservar la esperanza sin caer en la ingenuidad. Laura Chivite tiene treinta años y vive con tres amigas en Madrid. Durante mucho tiempo creyó que la adultez llegaría acompañada de ciertas certezas: una casa propia, estabilidad económica y una vida que avanzaría siguiendo un orden reconocible. Ahora piensa que buena parte de esas promesas eran mitos, ilusiones o directamente mentiras. En una época marcada por la precariedad, las guerras transmitidas en directo y la crisis climática, Chivite ha comenzado a buscar otra definición de lo que significa crecer. Si la seguridad material parece cada vez más lejana, dice, quizá la adultez consista en adquirir una mayor conciencia personal y política, en mantener los ojos abiertos cuando todo invita a cerrarlos. Esa mirada atraviesa también su escritura. En El ataque de las cabras aparecen familias queer y figuras maternas que desobedecen el modelo tradicional. La tristeza puede llamarse “telequinesis melancólica” y el humor convive con personajes que intentan sobrevivir sin transformarse en cínicos. Chivite evita palabras como ansiedad, depresión o trauma para observar el dolor desde otro lugar, antes de que el uso excesivo termine por vaciarlas de significado. No resulta sencillo conservar la esperanza. La ultraderecha avanza, el capitalismo convierte las luchas políticas en productos y la ironía amenaza con volver cualquier tragedia un contenido pasajero. Aun así, Chivite se resiste a aceptar que el cinismo sea una prueba de inteligencia. Prefiere defender algo mucho menos sofisticado y, quizá por eso, más difícil: el amor, la paciencia, las palabras y la alegría. *** —En tus libros, crecer significa descubrir que los adultos tampoco tenían respuestas. ¿Qué significa ser adulto hoy, cuando el trabajo ya no garantiza estabilidad y el futuro parece cada vez más incierto? “Es un tema que me interesa mucho, y cada vez más, porque veo que todo lo que yo pensaba que era la adultez, o ciertas transformaciones y convenciones sociales que daba por hecho, eran mitos, ilusiones, mentiras. Tengo treinta años y vivo con tres amigas en Madrid, y he terminado por creer que la adultez no está tanto sostenida en cómo evoluciona tu vida en términos materiales, sino en ir adquiriendo cada vez más consciencia (política, personal, etc). Existen muchos tipos de ser adulto, y ya que me temo que no me voy a comprar una casa nunca, espero crecer teniendo la cabeza y los ojos cada vez más abiertos, a diferencia de lo que se suele creer que ocurre conforme te haces mayor”. — El ataque de las cabras pone en el centro a familias queer y figuras maternas no tradicionales, justo cuando la ultraderecha vuelve a utilizar “la familia” como una trinchera política. ¿Qué crees que están defendiendo —o temiendo perder— quienes insisten en que existe una sola forma legítima de familia? “Es difícil ser optimista cuando ves que el mundo se desmorona y que las ultraderechas están triunfando en gran parte del mundo; hay días en que todo lo veo gris y me desaliento, pero sigo pensando que los cambios se dan poco a poco, y que cada vez hay más modelos de familia, sobre todo en entornos queer pero también fuera de ellos, y la ultraderecha se pone muy nerviosa cuando nota que no puede controlar lo inevitable. Creo que aunque estemos atravesando un momento oscuro a nivel político, el cambio es imparable, siempre lo será”. Portada de El ataque de las cabras, novela en la que Laura Chivite explora la adultez, los vínculos queer y las familias que se construyen fuera de los modelos tradicionales. — En vez de decir que Tía Lidia tiene depresión, escribes que padece “telequinesis melancólica”. Hoy hablamos de ansiedad, trauma y autocuidado más que nunca, pero ese lenguaje también se ha convertido en contenido, identidad e incluso mercado. ¿Estamos comprendiendo mejor nuestro dolor? “Me parece una pregunta muy interesante. Una de las grandes tragedias es que las palabras se vacíen de significado de tanto usarlas, o de usarlas en contextos erróneos. Por ejemplo, la derecha se ha apropiado de la palabra “libertad” en muchos países, y parece que “libertad” ya no significa nada. Evité utilizar palabras como ansiedad, depresión, trauma, etc. para poder mirar todos esos conceptos desde otra óptica, con otra forma. Creo que entendemos nuestro dolor más que nunca, y al mismo tiempo creo que la extremahiperautoconsciencia puede ser cegadora”. — Has hablado de esa “segunda adolescencia” que atraviesan muchas personas queer. La visibilidad nos ha entregado referentes y derechos, pero también nos ha vuelto más identificables para quienes desean vigilarnos o atacarnos. ¿Puede la visibilidad convertirse en una trampa? ¿Las nuevas generaciones LGBTQI+ son más libres o simplemente están más expuestas? "No creo que la visibilidad pueda convertirse en una trampa. El capitalismo siempre va a intentar aprovecharse de las luchas para vender sus productos, y conviene estar atenta a eso, pero cada vez hay más márgenes y más espacios en los que esa libertad es genuina". — Tu escritura encuentra humor incluso dentro de la tristeza. Pero vivimos en una época en la que cualquier tragedia se convierte en meme pocos minutos después de ocurrir. ¿Cuándo el humor funciona como resistencia y cuándo se vuelve una forma de no sentir, no pensar o no actuar? "Es cierto, cada vez se hace más evidente el sinsentido y el artificio de las cosas, y esa tendencia a ironizarlo todo, a distanciarte de ello, es peligrosa. Es importante reírse de una misma, y reírse de la tragedia, pero sin banalizarla, sin frivolizar". — En tus libros aparece una pregunta persistente: cómo sobrevivir al entusiasmo sin volverse cínica. Hoy el cinismo suele presentarse como una forma de inteligencia, mientras que conservar la esperanza parece ingenuo. ¿Qué crees que debemos seguir defendiendo, incluso a riesgo de parecer ingenuos? "Completamente cierto. Hay que luchar contra el cinismo, yo lucho todos los días por no convertirme en una cínica total. Y la clave tal vez está en no dar por hecho las cosas, en escuchar a la gente, en bajar del atalaya en el que a veces nos subimos para mirar el circo que es el mundo. A riesgo de sonar cursi o ingenua, hay que defender que el cambio es posible, y hacer pequeños gestos que participen en ello, y defender el amor, la paciencia, las palabras y la alegría".
- Los barberos de Yungay: tradición que no se corta
Fotos por Gabriel Rosales. En la Peluquería Francesa hay navajas, frascos y máquinas tan antiguas que algunos visitantes creen haber entrado a un museo. También hay barberos a los que confunden con actores de época. Pero Juan Ángel, Ángelo Piaggio y Alex Venegas no están allí para representar el pasado: mantienen vivo un oficio que se ejerce en Yungay desde 1868 y que, tras la muerte de varios de sus antiguos maestros durante la pandemia, todavía pasa de unas manos a otras. Juan Ángel barre la vereda frente a la Peluquería Francesa. Lleva una bata blanca y un pañuelo negro anudado sobre la cabeza. Cuando se presenta, dice Juan Ángel. Nada más. Es su nombre artístico o, mejor dicho, su nombre de barbero. El apellido se lo guarda. La edad también. —¿Años? Tengo los suficientes, tú te imaginarás. Hay otra cifra que entrega sin rodeos: lleva casi cuarenta años cortando el pelo. Durante buena parte de ese tiempo, sin embargo, las tijeras no fueron su principal herramienta de trabajo. Juan Ángel era profesor y ejercía la docencia con adultos. Cortaba el pelo sólo en actividades comunitarias, eventos sociales o cada vez que alguien se sentaba frente a él y le pedía que hiciera algo con su cabeza. La destreza, piensa, viene de familia. Es hijo de una modista y de un sastre. —Toda mi familia es de oficios. Yo creo que tengo esa habilidad en las manos. Cuando su carrera docente llegaba a su fin, se inscribió en Instituto Faúndez para estudiar estilismo internacional. Aprendió a trabajar el cabello de hombres y mujeres, pero eligió el corte masculino. Allí se sentía más cómodo. Cambió los plumones y la pizarra por las tijeras y la navaja, aunque no abandonó del todo la enseñanza. Todavía habla de la peluquería como un saber que debe pasar de unas manos a otras antes de desaparecer. Ángelo Piaggio lleva diez años ejerciendo la barbería y, además de atender frente a uno de los espejos del salón, fundó Bellas Épocas Tours, una agencia que organiza recorridos por distintas zonas patrimoniales de Santiago. Llegó a la Peluquería Francesa en 2014, cuando Cristián Lavaud buscaba renovar el negocio familiar sin borrar aquello que lo había mantenido en pie desde el siglo XIX. Por entonces, las nuevas barberías empezaban a multiplicarse por Santiago y el local necesitaba personas capaces de tender un puente entre dos generaciones: la de los antiguos peluqueros, formados en cortes clásicos, y la de los barberos jóvenes que llegaban con máquinas eléctricas, degradados y nuevos estilos. Los dueños acudieron al instituto donde estudiaba Juan Ángel y organizaron un equipo de practicantes. Él no fue el primero en llegar. Envió a otro compañero, pero fue ese mismo compañero quien, después de conocer el lugar, pidió que lo incorporaran. —Necesitamos traer a Juan Ángel a la peluquería. Él sabe hacer esos cortes más clásicos. El hombre terminó allí sus últimos tres meses de práctica. Los demás integrantes de aquel equipo siguieron otros caminos: algunos se fueron a trabajar a Alemania, otros a España y otros a Miami. Él también tuvo la posibilidad de instalarse en el barrio alto, donde habría encontrado otra clientela y probablemente mejores oportunidades, pero decidió quedarse en el Barrio Yungay. No dice que trabaja en una peluquería clásica. Prefiere llamarla una peluquería patrimonial, y para él la diferencia es importante. —Yo soy un defensor del patrimonio de Chile. Esta peluquería es un orgullo para nosotros. Y no me refiero a las máquinas antiguas que están exhibidas, me refiero al lugar. ¿Te digo algo? Yo me quedo acá por mi patrimonio, por Chile, rodeado de historia. La Peluquería Francesa ocupa un edificio alto, de ladrillos a la vista y columnas amarillas. En el interior hay cuatro sillones para atender, un candelabro y paredes cubiertas con papel tapiz beige. Entre las herramientas de trabajo aparecen máquinas, frascos y objetos antiguos que ahora también funcionan como piezas de museo. Algunos visitantes se sientan a esperar un corte; otros entran solamente para observar y sacar fotografías. El lugar fue fundado en 1868 por Victorino Tauzan, un francés que más tarde se casó con la viuda de Jules Émile Lavaud, otro migrante francés que había muerto poco después de llegar a Chile. Tauzan crió como propio a Emilio Lavaud Lamothe, el hijo de su esposa. Luego le heredó el negocio. Así comenzó la relación de la familia Lavaud con un establecimiento que ha sobrevivido durante más de un siglo y medio a las transformaciones de Santiago, al deterioro del barrio y a la migración de buena parte de su antigua clientela hacia el sector oriente. Según sus propietarios, es la segunda peluquería más longeva del mundo. En el Barrio Yungay, al menos, nadie parece discutir que forma parte de su historia. Juan Ángel no es el único que habla del lugar como si fuera algo que necesita ser protegido. Ángelo Piaggio lleva diez años ejerciendo la barbería y, además de atender frente a uno de los espejos del salón, fundó Bellas Épocas Tours, una agencia que organiza recorridos por distintas zonas patrimoniales de Santiago. Viste una bata, un sombrero de mimbre beige y mocasines blancos. Comenzó cortando el pelo en Puerto Varas y ahora, durante una pausa entre clientes, resume con una frase la razón por la que trabaja aquí: —Este lugar es importante porque es patrimonial —repite Piaggio. La apariencia de los barberos, el edificio antiguo y los objetos exhibidos han provocado algunas confusiones. Juan Ángel recuerda a un grupo de turistas que entró con pasos dubitativos, sin saber si podía acercarse. Después de observarlo durante unos minutos, uno de ellos le preguntó si estaba contratado para representar a un peluquero de otra época, como si la bata blanca, el pañuelo y las tijeras fueran parte de una puesta en escena. Juan Ángel tuvo que explicarles que no era un actor. La confusión dice algo sobre el lugar que ocupa la Peluquería Francesa en la ciudad. Para algunos es una atracción turística; para otros, un museo; para Juan Ángel, Ángelo Piaggio y los demás hombres que trabajan allí, sigue siendo, antes que todo eso, una peluquería. El patrimonio no está únicamente en las máquinas antiguas ni en el mobiliario, sino en un conjunto de movimientos que alguien todavía sabe ejecutar: la forma de sostener una navaja, de inclinar la cabeza de un cliente, de reconocer un corte regular largo o uno militar y de abrir y cerrar las tijeras sin que tiemble la mano. Cuando Juan Ángel habla de sus compañeros, se mece sobre la banca y apoya los dedos en la barbilla. No piensa solamente en quienes llegaron con él desde el instituto y después se repartieron por el mundo. Recuerda, sobre todo, a los hombres que ya trabajaban allí cuando él entró: peluqueros de ochenta años que llevaban décadas cortando el pelo en los mismos sillones. Las canas combinaban con las batas blancas. Sus dedos, pecosos y arrugados, sostenían las tijeras de metal sin que les fallara el pulso. Es difícil que tiemble una mano que ha repetido el mismo rito durante toda una vida. —Casi todos murieron en la pandemia —dice Juan Ángel—. Algunos habrán trabajado veinticinco o treinta años en esta peluquería. Puros tatitas, imagínate. Juan Ángel recuerda a Manuel Cerda. También a René, un barbero que había trabajado en Nueva York y pasaba los veranos en Chile. De René no consigue recordar el apellido. Van muchos años. Los nombres, incluso los importantes, comienzan a desprenderse de las historias. Manuel Cerda fue uno de los hombres fundamentales en la supervivencia de la Peluquería Francesa. Ingresó a trabajar en 1963 y, después de la muerte de Emilio Lavaud, en 1988, asumió la administración cuando la familia decidió no continuar con el negocio. Durante más de dos décadas, Cerda mantuvo abierta la barbería en los años más difíciles del Barrio Yungay, cuando parte de la población y de la clientela tradicional comenzó a desplazarse hacia otros sectores de Santiago. Tiempo después, Cerda entregó el relevo a Cristián Lavaud y permitió que el establecimiento iniciara el proceso de restauración que lo convertiría en uno de los lugares más reconocibles de la ciudad. Cerda también fue mentor de otros barberos. Alex Venegas trabajó a su lado, aunque no de manera continua: estuvo en la peluquería, se fue y después regresó. Dice que junto a Cerda aprendió parte del oficio, pero que llegó un momento en el que necesitó salir, conocer otras barberías y buscar nuevos conocimientos. Ahora el viejo peluquero aparece en sus recuerdos junto con una larga lista de colegas y clientes que han pasado por el salón. Entre esos clientes estuvo John Travolta. En 2025, el actor llegó a la Peluquería Francesa y pidió que le afeitaran la cabeza. Para atenderlo tuvieron que cerrar el local. Venegas recuerda que se comportó como “un verdadero caballero”: al terminar el servicio, agradeció, conversó con los trabajadores y se tomó fotografías con los barberos. Por las sillas del local también han pasado Sebastián Sichel, el Huevo Fuenzalida, Luis Jara y un antiguo embajador de Francia en Chile. Juan Ángel menciona los nombres con naturalidad, como si el desfile de personajes conocidos fuera una consecuencia inevitable de trabajar en un lugar donde se cruzan la barbería, el turismo y la historia de Santiago. Pero las celebridades no alteran demasiado la rutina: todas terminan sentadas frente al mismo espejo, cubiertas por una capa, mientras alguien acerca una tijera a su cabeza. Cuando le preguntan por los desafíos de trabajar en una barbería patrimonial, Juan Ángel responde primero con una broma: —Que los jóvenes se están quedando sin pelo. Después se ríe y hace una pausa. El verdadero desafío, explica, es comenzar a formar parte de la historia que uno mismo ha ayudado a conservar. Él llegó para conectar la antigua peluquería con las nuevas generaciones, pero, con el paso de los años y la muerte de sus compañeros, se convirtió en uno de los hombres que los visitantes observan como si perteneciera a otro tiempo, uno de esos hombres que, todos los días, buscan mantener viva la tradición. Alex Venegas, por ejemplo, distingue que la forma de mantener vivo el oficio de la peluquería, es a través de una propuesta distinta. Para Venegas, la labor que realizan las barberías modernas es admirable, pero el vive el oficio desde otra idea: —Hacer 50 cortes de pelo en un día es una tarea muy respetable, valiosísima, pero yo acá intento hacer algo distinto, intento poner en práctica lo que es el visagismo. El visagismo —del francés visage, que significa rostro—, es una técnica de análisis estético utilizada en la peluquería, el maquillaje, la barbería y el diseño de imagen para estudiar las proporciones, formas y rasgos particulares de la cara de una persona. Venegas cuenta que así orienta su labor todos los días, busca captar una personalidad y traducirla en un peinado, en un corte. —Que una persona te pida un mohicano, o un regular corto, son señales. Es una personalidad la que te habla. Hay belleza en intentar captar eso. Juan Ángel piensa de forma similar, él no se define como un “cortapelo”. El cabello, dice, puede revelar momentos que una persona no siempre consigue explicar con palabras. A veces se cae durante una depresión. A veces alguien decide raparse después de atravesar un episodio doloroso, como si al desprenderse del pelo pudiera dejar atrás una parte de lo vivido. Otras veces, simplemente, una persona quiere verse distinta, recuperar cierta seguridad o convertir su cabeza en un espacio para experimentar. Cada mañana, Juan Ángel llega una hora antes que su primer cliente. Las herramientas quedan limpias desde la noche anterior, pero él vuelve a revisarlas. Saluda a las personas del restaurante contiguo y se toma un café para despertar. Dice que necesita ese tiempo para encontrar la concentración con la que recibirá a quienes se sienten frente a su espejo. —Uno se prepara mentalmente como un futbolista antes de un partido. Imagínatelo así. Después del café, Juan Ángel entra a la peluquería. Los cuatro sillones esperan bajo el candelabro; las antiguas máquinas permanecen inmóviles en las vitrinas y las herramientas de trabajo están alineadas para comenzar el día. Afuera, alguien puede detenerse a fotografiar el edificio o confundirlo con un actor contratado para representar el pasado. Pero Juan Ángel no interpreta a un barbero antiguo. Es un barbero. Después de casi cuarenta años cortando el pelo, sabe que un oficio no sobrevive únicamente porque sus herramientas sean guardadas en un museo. Sobrevive cuando alguien todavía sabe tomarlas con las manos, acomodar a un cliente frente al espejo y hacer que las tijeras vuelvan a abrir y cerrar, tal como se ha hecho desde 1868.
- Diana Aurenque: "La posibilidad de amar existe porque no estamos completos"
Ilustración de @monodeleon. En una conversación entre Berlín y Ho Chi Minh, la filósofa chilena Diana Aurenque dialoga con la socióloga Leonor Lovera sobre aquello que nos impulsa a cuidar de otros, aún cuando hacerlo nos expone al dolor. Habla del amor como estrategia de supervivencia, de su potencia política y de aquello que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar: el cuerpo vulnerable de quien tenemos enfrente. ¿Por qué seguimos buscando el amor en una época que desconfía de las promesas eternas? En Amoroso Animal, el nuevo libro de Diana Aurenque, la filósofa chilena se aleja de las definiciones románticas para observar el vínculo desde un lugar más elemental: somos mamíferos frágiles, dependientes del cuidado ajeno y conscientes de que vamos a morir. Diana ya había explorado esa vulnerabilidad en Animales enfermos y la necesidad de construir comunidad en Animal ancestral. Pero en esta nueva entrega lleva ambas preguntas hasta el terreno del amor. Su tesis es incómoda: no amamos porque seamos seres completos y generosos, sino porque estamos expuestos, necesitamos a los demás y nunca terminamos de bastarnos a nosotros mismos. Por eso describe el amor como una trampa. Quien ama queda sujeto a otro, pierde parte de su soberanía y acepta una incertidumbre que ninguna aplicación ni contrato puede eliminar. Pero esa caída también sostiene: de ella nacen el cuidado, la solidaridad y la posibilidad de una vida común. En esta conversación, Aurenque lleva esa idea desde la intimidad hasta la política. Habla del gobierno de José Antonio Kast, de los discursos que se creen dueños de la verdad, de la inteligencia artificial como posible fuente de orientación y de aquello que una compañía sin cuerpo no puede ofrecernos. Al final, vuelve a una pregunta tan antigua como el propio amor: cuánto dolor estamos dispuestos a arriesgar para sentir que hemos vivido. Al comienzo del libro planteas que el amor y la política tienen un origen entrelazado. ¿En qué sentido el amor es político? Y, a la vez, ¿existe una dimensión del amor que escape de lo político, o es solo político? El libro parte de entender el amor como una fuerza primordial que ha sido fundamental, aunque muchas veces de manera inconsciente, para la organización de las sociedades humanas. No hablo solamente del amor romántico o de pareja, sino del cuidado hacia los otros: los hijos, la familia y la comunidad. A veces pensamos la política como una organización teórica, abstracta, institucional o jurídica. Sin embargo, debajo de todo eso existe un afecto que ha permeado silenciosamente nuestras relaciones. El feminismo lo ha expresado al señalar que lo personal, los vínculos y el amor también son políticos. Mi propuesta puede conectarse con esa idea. Entonces, cuando tú me dices ¿qué escapa a lo político?, yo diría que como el amor tiene que ver con los otros, con la forma en que los seres humanos hemos podido cuidarnos en vez de matarnos o temernos, ha construido otra relación con los otros que está fundamentada en el amor. Así como ningún ser humano puede sobrevivir solo en una isla, también podríamos decir que, si somos algo, somos seres que amamos. Eso es el «Amoroso Animal»: una estructura antropológica fundamental. No se trata de que no seamos políticos, pero hay algo fundamental que es nuestra capacidad de construir vínculos de cuidado interdependientes e intergeneracionales que nos ha sostenido desde las primeras comunidades. Quizás, por creer que somos demasiado racionales e individualistas, hemos olvidado esa base afectiva o no hemos sabido verla. En el libro describes el enamoramiento como una caída: algo que nos hace perder estabilidad y nos deja expuestos a la voluntad de otro. ¿Cómo puede construirse un proyecto político a partir de una experiencia marcada por el desequilibrio y la incertidumbre? Me gusta la expresión inglesa falling in love porque permite pensar el amor como una caída y también como una trampa, una red en la que uno queda atrapado. El amor es un fenómeno anfibio. Por un lado, tiene una dimensión biológica y material: nos cuidamos para sobrevivir. Somos sumamente frágiles; los bebés necesitan cuidado y los adultos también. En ese sentido, el amor no es un ideal abstracto, sino una respuesta material y fisiológica que hemos construido. Pero tiene, además, una dimensión misteriosa. No sabemos realmente por qué preferimos amar en lugar de matarnos. Las religiones y la espiritualidad han intentado responder esa pregunta, pero no existe una explicación que disipe por completo el misterio de por qué nos volvimos amorosos. El cuidado ha sido una técnica de supervivencia del Homo sapiens durante milenios y ahora, entre tanta técnica digital, pareciera que hemos olvidado ese fundamento afectivo. Amar nos desestabiliza porque nos obliga a encontrarnos con otros que tienen necesidades propias y que, incluso si los conocemos mucho, siempre conservan algo de caja negra. Entablar una relación amorosa implica aceptar esa incertidumbre. La política, en cambio, suele buscar certezas y organizar la vida común de una manera más previsible. Sin embargo, si tomamos en serio que somos seres estructuralmente interdependientes, necesitados y vulnerables, esa condición puede traducirse en obligaciones de protección. Una Constitución, por ejemplo, podría no limitarse a afirmar que la dignidad humana es intocable, sino reconocer también nuestra interdependencia y, desde ahí, construir relaciones más justas, solidarias y basadas en el apoyo. El amor nos hace caer en una nueva inseguridad, pero esa misma inseguridad permite construir un mundo de cuidados y relaciones que nos sostiene. Nos estabiliza y nos vuelve inseguros al mismo tiempo. Esa ambivalencia es muy humana: estamos condicionados por el cuerpo, pero también por los secretos de nuestro espíritu y por cosas que ni siquiera manejamos. Hoy la política está gobernada por emociones que nos polarizan, nos separan y convierten al otro en enemigo. Por eso necesitamos recuperar afectos que, sin ser una utopía pura, nos permitan imaginar formas de relacionarnos más amorosas, sanas y solidarias. El amor puede ser fundamental para eso. Si el amor puede convertirse en una política del cuidado, ¿qué lectura haces del gobierno actual y de su promesa de reconstrucción social? Siempre intento aplicar un principio que aprendí de mi querido amigo Cristóbal Bellolio: la caridad interpretativa, que consiste en tratar de ofrecer la mejor interpretación posible de las acciones del otro. Pero, por más que lo intento, tengo una lectura muy crítica del gobierno. Después de presentarse con un relato de reconstrucción, la realidad material terminó imponiéndose con los eventos climáticos recientes. Ya no basta con repetir que el país está en crisis o con levantar un discurso salvador. Ahora existe una necesidad concreta de reconstruir puentes e infraestructura que estaban descuidados. El cambio climático puede tener una fuerza que desarma los relatos oficiales. Muchas personas votaron por este presidente porque depositaron sus esperanzas en él. La pregunta es si la reconstrucción será realmente una política de cuidado hacia los otros. Al mismo tiempo, vemos una reforma que entrega mayores beneficios y libertades tributarias a quienes más tienen. Entonces cabe preguntarse de dónde saldrán los recursos estatales para ayudar a los más vulnerables. Hasta ahora, no se ha visto un gobierno demasiado amoroso ni preocupado por los animales enfermos que somos, especialmente por quienes están más expuestos. Pareciera confiar en la idea de que, si los más ricos tienen más, algo terminará cayendo hacia los demás. En esas decisiones políticas que mencionas de parte del gobierno, se observa una clausura al otro no igual. Sin embargo, tú sostienes que amar significa abrirse a un otro que siempre conserva algo diferente, ajeno e irreductible. ¿Qué ocurre con esa apertura en una época que intenta borrar o domesticar la diferencia? Una de las cosas que me sorprende es que muchas personas se declaren tan cristianas o católicas y, al mismo tiempo, tengan dificultades para recibir al otro. El relato cristiano contiene una idea de igualdad y de amor: el otro no tiene por qué ser igual a mí; por el hecho de ser humano debería ser bienvenido. El problema aparece cuando alguien cree estar en posesión de la verdad. Eso ocurre en gobiernos de derecha o de ultraderecha, pero también en sectores radicales de izquierda. Cuando un grupo afirma que existe una sola moral y una única forma correcta de vivir —una familia heterosexual con hijos, por ejemplo—, deja fuera a quienes no caben en ese modelo. Pero algo parecido sucede cuando ciertos espacios progresistas rechazan cualquier estructura tradicional y convierten su propio modo de vida en la única respuesta correcta. Los relatos que se creen dueños de la verdad siempre son peligrosos para quienes quedan fuera. Cierran la grieta necesaria para albergar al otro. Parte de la crítica al Frente Amplio, por ejemplo, apuntaba a que utilizaba un lenguaje que muchas personas no entendían y que no invitaba a quienes eran distintos. Reconocer al otro también exige escuchar prioridades que pueden ser muy diferentes en el norte del país, en Santiago o en las grandes ciudades. Para aceptar al otro que está afuera primero hay que reconocer al otro que vive dentro de uno. Tenemos valores y una identidad más o menos estable, pero la vida cambia, nosotros cambiamos y también pueden cambiar nuestras convicciones. Si ni siquiera admito esa posibilidad en mí, menos voy a comprender que existan personas distintas. Quien no acepta al otro suele rechazar también muchas de sus propias posibilidades. Las prohibiciones doctrinarias pueden producir represiones y resentimientos que luego afectan a los demás. Abrirse al otro implica entender que ninguno de nosotros es completo, totalmente transparente consigo mismo ni ajeno a la contradicción. Somos falibles y, muchas veces, uno mismo es su propio enemigo. Cuando comprendemos lo difícil que es integrar esa diferencia interior, podemos solidarizar mejor con la diferencia ajena y dejamos de sentirnos soberanos morales. Política y afecto siempre han ido juntos, pero no tienen por qué vincularse únicamente mediante el miedo, el resentimiento o la ira. También hay alegría en ayudar. Incluso retirarse de una discusión para no dejar en ridículo a alguien puede ser un acto de amor: es darle espacio, darle lugar. En Amoroso animal retomas la muerte de Dios de Nietzsche y la desaparición de los grandes relatos que orientaban la existencia. Frente a ese vacío, ¿podría la inteligencia artificial convertirse en una nueva fuente de sentido? Desde una mirada hegeliana, la inteligencia artificial podría entenderse como la expresión más reciente del avance tecnológico que comenzó con la Revolución Industrial. Es su último gran hijo, ahora capaz de trabajar con lenguaje natural. Es, sin duda, un desarrollo impresionante. Pero los avances tecnológicos se han producido con una rapidez tan abrumadora y tienen tanta capacidad para configurar las formas de vida, las relaciones y la política, que la reflexión ética y la regulación jurídica siempre corren detrás. Ocurrió con las redes sociales: primero se instalaron en la vida cotidiana y sólo después comenzamos a observar sus efectos en la educación, la política o la circulación de noticias falsas. La inteligencia artificial ya está ocupando un lugar de orientación frente a la incertidumbre. Muchas de las preguntas que recibe están relacionadas con la salud: si una persona está sana, qué significa un valor alterado o por qué no puede dormir. Son preguntas fundamentales. Al formularlas, sin embargo, entregamos datos que consideramos privados a sistemas manejados por grandes empresas y por poderes que pueden cruzarlos y utilizarlos con distintos fines. Por un lado, existe una necesidad humana de recibir orientación; por otro, aparece una tecnología capaz de devolver respuestas convincentes. Pero un modelo lingüístico no tiene, hasta donde sabemos, una idea de humanidad ni un proyecto consciente hacia el cual quiera conducirnos. Quienes controlan esas aplicaciones sí tienen preferencias e intereses, y podrían promover de manera indirecta discursos libertarios, conservadores o de otro tipo. Nunca existió una única respuesta acerca de qué es bueno o qué significa ser humano. Hoy tenemos más diversidad y más formas de vida posibles que antes —las mujeres, por ejemplo, nunca habíamos tenido tanta libertad, aunque todavía falte muchísimo—. El desafío no es reemplazar esa pluralidad por una nueva voz que parezca tener todas las respuestas. Si el miedo a la muerte se experimenta en el cuerpo y se alivia mediante la presencia de otro, ¿puede una inteligencia sin cuerpo ofrecernos compañía verdadera? Esa pregunta es muy importante porque el amor no es solo una idea o un concepto implantado por Dios. Tampoco es únicamente un resultado de la evolución, pero sí tiene que ver con nuestros cuerpos y con nuestra fragilidad. Entonces debemos preguntarnos si puede existir esa interdependencia y ese cuidado cuando no vemos al otro ni tenemos que hacernos cargo de su vulnerabilidad. Imagino como una distopía una vida en la que todos permanezcamos encerrados en casa y nuestras relaciones amorosas ocurran únicamente mediante inteligencias artificiales o entornos virtuales diseñados para complacernos. Creo que allí se perdería algo del amor, porque el cuerpo forma parte de nuestra necesidad de sobrevivir desde la fragilidad. Yo sentí esa dimensión con enorme claridad al experimentar la muerte física de mi padre. Otras personas pueden sentirla con el nacimiento de un hijo o incluso con la llegada de una mascota. Son experiencias relacionadas con la vida, la muerte y los cuerpos que se vuelven vulnerables. Hay algo profundamente mamífero en todo eso. Por eso me preocuparía, por ejemplo, que existieran jardines infantiles donde los niños estuvieran seguros y tranquilos en entornos virtuales, pero separados de cuerpos reales. El cuerpo del otro tiene olores; interactuamos mediante las miradas, el roce y la cercanía. Existe una dimensión inconsciente de nuestros cerebros que se despierta en ese contacto. El amor debe haber surgido también de estar juntos frente al frío, mirarnos, abrazarnos, cuidarnos y querer tocarnos. Una experiencia completamente digitalizada produciría una merma en nuestras capacidades afectivas. El amor podría convertirse en un principio que repetimos sin sentir, en algo que ya no nos atraviesa el cuerpo. Para explicar el origen del amor recurres a la experiencia de albergar a otro durante el embarazo. ¿Qué ocurre con las mujeres que nunca han estado atravesadas por esa posibilidad? ¿El amor conserva el mismo fundamento? Qué bueno que lo planteas, porque la idea del libro no es decir que hay que embarazarse para amar ni que el amor solo aparece cuando una mujer tiene un hijo. Lo que intento mostrar es que el otro siempre está en uno. Uno está hecho de su pasado, de lo que no ha sido, de su familia, de la sociedad y de aquello que proyecta. Nunca somos seres enteros, cerrados y completamente solos. No siempre somos conscientes de esa experiencia. A veces la reconocemos durante una crisis o cuando algo corporalmente nos muestra la fractura que somos. La muerte de una persona amada, por ejemplo, deja expuesta esa parte de nosotros que el otro ocupaba. Su existencia y nuestra relación con ella ya estaban dentro de nosotros. El amor es una partición del ego y una manera de integrar la carencia. Podemos amar precisamente porque no somos completos. Cuando estamos enamorados, pensamos en el otro, miramos una fotografía y algo ocurre en el estómago. Tener al otro en el cuerpo puede ser tan real como tenerlo en la mente o en el corazón. El embarazo vuelve esa experiencia especialmente visible porque una persona alberga físicamente a otra. Incluso después de la separación del parto puede permanecer un vínculo muy fuerte. Pero ese lazo no aparece siempre y no puede imponerse. Embarazarse no garantiza amar a un hijo; no estamos biológicamente programadas para que eso ocurra de manera automática. Por eso el embarazo funciona como una imagen muy corporal de la lógica del amor, no como una condición para experimentarlo. Albergar al otro puede sentirse como una trampa, pero amar consiste también en querer permanecer en ella: no vivirla como una prisión que asfixia, sino como un anclaje capaz de dar impulso y vuelo. Hoy circula con fuerza la idea de que «si duele, no es amor». Tú sostienes, en cambio, que amar siempre nos vuelve vulnerables. ¿Cómo distinguir el dolor inevitable del amor de una relación violenta? Cuando digo que el amor tiene relación con la herida o con el dolor, no estoy hablando del dolor que produce el abuso. No se trata de justificar que alguien nos dañe. Hablo de la vulnerabilidad que aparece cuando albergo al otro: esa apertura puede volverme más frágil y, al mismo tiempo, más fuerte. La frase «si duele, no es amor» se entiende política y socialmente, porque ha sido necesaria para cuestionar relaciones violentas. Pero, en la experiencia amorosa, quienes hemos amado sabemos que también existe un dolor inevitable. Cuando el otro está en tu corazón, ya no te preocupa solamente tu bienestar. También te importa lo que le ocurre y sus dolores se vuelven, en parte, tus dolores. Nuestra capacidad de amar es gigante, pero también debemos cuidarla: imaginar que podemos sentir dentro de nosotros todo el dolor de la humanidad sería insoportable. En una época obsesionada con los límites, la seguridad y la protección personal, ¿estamos intentando eliminar el riesgo de la experiencia amorosa? Me gustaría que el libro permitiera entender que el amor no es solamente un afecto idealizado y romántico. También está en peligro cuando la comodidad nos lleva a no integrar a otros. Si antes el amor estaba demasiado asociado al sufrimiento, eliminarlo por completo de nuestra vida tampoco le hace ningún favor a la sociedad ni a la convivencia. En el amor queda especialmente expuesta nuestra condición frágil y nuestra incertidumbre, pero esa exposición también puede gratificarnos de una forma que la pura protección no consigue. Mantiene la vida rodeada de un misterio que la enriquece. Podemos asegurar una vida muy larga, pero eso no significa que sea una vida plena. Quizás, al final, lo importante sea poder decir: amé todo lo que tenía que amar y lloré todo lo que tenía que llorar.
- Sergio Palau, actor: "Las personas con adicciones no son villanas"
Conocido por interpretar a Martín Salcedo en La primera vez, el actor colombiano protagoniza ahora Salcedo, cuero y boogaloo, una miniserie que explora el descenso del personaje hacia la cocaína. En conversación con Quiltra, habla del desafío de representar una adicción sin reducirla al estigma, de vivir la sexualidad desde el deseo y de las historias que América Latina todavía necesita contar. Sergio Palau va en un taxi que avanza por el caos de Bogotá a media tarde. Lleva todo el día dando entrevistas sobre Salcedo, cuero y boogaloo, el spin-off de La primera vez, la exitosa serie en la que interpreta a Martín Salcedo, el personaje que lo hizo conocido en todo el continente. La miniserie traslada a Salcedo a la vida nocturna de la Bogotá de los años setenta, entre bares de salsa y una adicción a la cocaína que Palau tuvo que construir por etapas, apoyándose en la observación y en una directora dispuesta a medir cada grado de descontrol. «Las personas con adicciones no son villanas», dice casi al comienzo de esta conversación. En medio de la promoción, también ha encontrado tiempo para presentar Panini, la canción que acaba de lanzar como parte de su proyecto musical. Esta entrevista, realizada por teléfono desde Chile mientras él cruza Bogotá, recorre los distintos mundos que atraviesan su vida y su trabajo: un continente que todavía no termina de decidir si el arte es una carrera seria o una fantasía de infancia; personajes que cargan con el peso político de países que prefieren olvidar; y un actor que, a diferencia de buena parte de sus colegas queer, ha decidido hablar de su sexualidad desde el deseo y no desde el sufrimiento. «Cada vez debería importar menos quién desea a quién», afirma en algún momento. Es, quizá, la frase que mejor resume esta conversación. —Lo primero que me gustaría saber es cómo empieza tu gusto por el arte. Además de tu carrera como actor —en teatro, cine y televisión— también eres músico. Para nosotros los latinoamericanos, vincularse con el arte y que funcione, en el sentido de poder vivir de eso, no es una alternativa que se plantee de entrada. ¿Cómo fue en tu caso? "Yo de pequeño hacía natación. Estuve entre los siete y los diez años en competencias y era bueno, siempre ganaba. Yo vivía en una ciudad cálida, Montería, y después nos mudamos a Popayán, que es fría, y ahí empezó a darme pereza meterme a la piscina por el frío. Entonces mi mamá, buscando algo para hacer los fines de semana, me llevó una vez a una obra de teatro de un grupo de teatro inmersivo y me fascinó. No era la típica obra donde te sientas y el público está de un lado y el escenario del otro: ahí el público interactuaba con los actores, era casi un juego donde uno entrevistaba a cada personaje. Le pregunté a mi mamá cómo se hacía eso y me dijo que ellos daban cursos los sábados. Empecé a entrenarme con ellos, eran muy exigentes, y de a poco les fue gustando mi trabajo. Ahí no paré más. Como a los catorce años me llamaron para mi primera serie, aquí en Bogotá: me recogían del colegio y me llevaban al set. Me enamoré del teatro antes que del cine, y esas fueron las bases que arrastro hasta hoy". —¿Y sientes que en América Latina todavía no tenemos tan incorporado pensar en ser artista? Los niños piensan más en ser ingenieros, médicos, abogados, dentistas. "Somos un continente donde el apoyo al arte no es tan fuerte como el que existe para el deporte, por ejemplo. Pero creo que eso está cambiando. La entrada de las plataformas a Latinoamérica cambió la calidad y la forma en que contamos nuestras historias. Antes dependíamos casi solo de los canales de televisión, que eran muy reducidos, y era muy difícil vivir del arte. Hoy tenemos redes sociales, plataformas, formas más fáciles de aprender otros idiomas o de aplicar a becas. Todo eso también impulsa a los jóvenes a enamorarse del arte, porque literalmente lo tenemos en el teléfono. Aun así nos falta un camino gigante: los sueldos todavía no se comparan a los de Hollywood, ni tenemos algo como un Broadway donde alguien pueda decir "vivo del teatro". Son muy pocos los que lo logran". —Has sido muy vocal respecto a tu sexualidad. Y esto es más un comentario que una pregunta: muchos actores que forman parte de la comunidad hablan del dolor de pertenecer a ella, pero tú hablas más del placer, del goce, del deseo. ¿Eso ha sido consciente o inconsciente? —Hay cosas que han sido bastante inconscientes: siempre he intentado ser lo más abierto posible respecto a mi sexualidad y a cómo me exploro. Pero también hay una parte consciente, en la que hablo mucho con mi equipo y con la gente que se dedica a esto. Hay muy pocas referencias de personas gays en la industria a las que no se encasille. Con la música pasa algo parecido: durante años tuvimos que apoyarnos en referentes femeninas dentro del pop porque de hombres había muy pocos. Cada vez hay más —y van creciendo—, pero no es lo mismo que vivió, por ejemplo, Miguel Bosé o Freddie Mercury en su época. Siento que cada vez tiene que ser menos un tabú a quién le gusta quién. A mí un día me gusta una chica y al siguiente me gusta un chico, y creo que hay muchas personas que se sienten identificadas con eso, aunque no se identifiquen necesariamente con el término bisexual. Ojalá puedan tener más referencias para sentirse tranquilas con eso. Necesitamos historias que hablen también de que lo pasamos bien, de que deseamos igual que todos. Uno de mis grandes referentes en cine es Pedro Almodóvar, porque en sus historias el conflicto de ser gay pasa a otro plano. Esas son las historias que necesitamos cada vez más en Latinoamérica". —La primera vez apela mucho a la memoria: hace un viaje en el tiempo y cala en países como Colombia, Chile o México, donde la memoria histórica tiene un carácter particular. Vivo en Chile, donde hubo una dictadura en los setenta y ochenta y hoy tenemos un presidente pinochetista de extrema derecha. ¿Qué reflexión te merece eso, y cómo ha sido el recibimiento de la serie? "Respecto a lo político estoy completamente de acuerdo contigo (...) A los artistas muchas veces nos recomiendan no opinar, quedarnos callados, para que no se nos cierren contratos o marcas. Pero para mí hay una diferencia entre tener una postura política —inclinarte más hacia un lado u otro— y apoyar políticas que vayan en contra de los derechos humanos. Eso no debería ser cuestionable: no se cuestiona un genocidio, no se cuestiona una dictadura. Uno se va a Alemania y no ve a los alemanes haciendo películas que alaben el nazismo; ellos tienen una memoria histórica, y no es agradable, pero la tienen. Nosotros en cambio nos encanta romantizar a Pablo Escobar, romantizar el narcotráfico. Y hay tantas historias por contar en Latinoamérica más allá de eso. Creo que ahí está parte del éxito de La primera vez: se mojó hablando de derechos humanos, de feminismo, de sexualidad, de discapacidad, de temas que en nuestros países todavía son tabú, y a la gente le gustó, y la sigue comprando. Fue una apuesta difícil para Dago García y para todo el equipo, después de estar tan acostumbrados a lo mismo de siempre —Pablo Escobar, narcotráfico—: mostrar que hay otras historias que también son nuestras, que hablan de humanizar, de respetar, de cuestionarse a uno mismo. Es curioso: vemos esas historias ambientadas en los años setenta y muchas cosas todavía se sienten igual en 2026. Sigue siendo difícil ser gay, o ser mujer y tener los mismos derechos. —Ahora pasas al spin-off de Salcedo, que toca otro tema difícil para la historia latinoamericana: el consumo problemático de sustancias. ¿Qué fue lo más difícil de construir a un personaje tan entrañable que además está viviendo una adicción? "Yo voy a terapia, y ahí descubrí que al final todos somos de alguna manera adictos a algo: a una sustancia, a una persona, a un trabajo, a un estilo de vida. El reto más grande era que Salcedo no tiene una adicción cualquiera, tiene una adicción a la cocaína, que es muy compleja de sobrellevar. Tenía que ser natural, que no se viera forzado, y también trabajar los niveles: no es lo mismo cuando te acabas de meter un pase que cuando llevas tres días sin dormir. Con la directora trabajamos por niveles —"aquí estoy en nivel uno, aquí en nivel diez"—, porque el personaje también pasa por abstinencia, por momentos en que no tiene plata y empieza a mezclar lo que encuentre. Me parecía muy importante, sobre todo en un país como Colombia, donde la adicción está a flor de piel: hay adictos todos los días, no solo a la cocaína sino a cualquier sustancia, y poder mostrar las consecuencias de eso. Hay una parte divertida, pero también una parte oscura, donde el cuerpo se transforma, se genera dependencia, los estados emocionales suben y bajan, y hasta la agresividad del personaje se puede entender desde ahí. Cuando empezó la tercera temporada y apareció el tema del consumo, me chocó: no me imaginaba a este personaje en eso. Pero si lo analizas con ojo de terapeuta, entiendes que le faltó el papá, que tiene problemas con su sexualidad y con la aceptación, inseguridades, que ve a todos sus amigos haciendo lo que quieren mientras él no sabe qué es lo que quiere. Tenía que comprender al personaje, no juzgarlo. Sentí la responsabilidad también de que la gente se pudiera ver reflejada: todos, en algún momento, hemos tenido contacto con la fiesta y el descontrol. Yo viví en el extranjero desde adolescente, desde los dieciséis o diecisiete años, y estuve rodeado de gente con adicciones por distintos motivos. Quise inspirarme en esas personas y en cosas que también me pasaron a mí, para mostrar lo más natural posible que ser adicto no te hace malo: es un problema de salud mental, es más común de lo que pensamos y la sociedad no puede darle la espalda a las personas cuando necesitan apoyo"- —Si pudieras encontrarte con tu versión de doce años, la que entró a esa casa de teatro en Popayán, ¿qué le contarías sobre la vida que le espera? "Le diría que todo lo que ha soñado va a superar sus expectativas. Que siga yendo al teatro, que siga trasnochándose para los ensayos como siempre lo hacía, que siga yendo en contra de la gente de la familia que se preocupaba por dónde se estaba metiendo o a qué se iba a dedicar en la vida real. Que se escuche a sí mismo. Estoy seguro de que, en la realidad, va a superar sus propias expectativas".
- Pilar Quintana: “El hombre sigue siendo visto como el escritor universal; la mujer, sólo como voz de su género”
Ilustración de Juanjo León. Escritora obsesiva, observadora paciente y una de las narradoras más potentes de su generación, Pilar Quintana reflexiona sobre los estereotipos que enfrentan las escritoras, su experiencia en la selva y los miedos que atraviesan su existencia y obra: desde el calentamiento global hasta el avance de la ultraderecha. En el Pacífico colombiano la lluvia cae con una furia que parece infinita, como si quisiera borrar los límites entre la tierra, el mar y el cielo. En ese territorio húmedo y agreste, entre ceibos gigantes, orquídeas y bromelias que florecen como fuegos artificiales, Pilar Quintana decidió alguna vez construir su propio refugio. Lo hizo con sus manos, junto a su entonces esposo, hasta que un día se quedó sola: la casa aún sin terminar y la selva respirándole alrededor. Un murmullo constante de insectos, animales y temores que desdibujaban la frontera entre lo real y lo imaginado. De esa experiencia brotó el germen de Noche negra, la novela que hoy presenta y que pone en el centro a una mujer aislada, rodeada de vecinos hostiles, animales que acechan y los miedos íntimos que crecen con la misma intensidad que la vegetación. Pero más allá de este libro, Quintana es ya un nombre fundamental en las letras americanas contemporáneas: autora de La perra, con la que obtuvo el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana en 2017, y de Los abismos, que le valió el Premio Alfaguara de Novela en 2021, su obra se caracteriza por hurgar en los bordes, entre lo íntimo y lo salvaje, lo doméstico y lo indómito, la ternura y la brutalidad. Con una voz que se atreve a explorar la maternidad desde ángulos incómodos, la violencia de los afectos y la relación siempre ambivalente entre el ser humano y la naturaleza, Pilar Quintana ha sabido construir un universo literario que la coloca en la primera fila de las escritoras latinoamericanas de su generación. Siempre te preguntan por el feminismo, casi como si hubiera una exigencia de que toda escritora mujer tenga que responder a un activismo. ¿Crees que efectivamente existe esa exigencia? “Sí. Tengo dos amigos escritores de toda la vida, empezamos a publicar en la misma época, son de mi generación y jamás les han preguntado si sus personajes son masculinos o si su literatura es masculina. Nunca. Cuando un hombre escribe a un personaje hombre, se asume que es un personaje. Así tal cual. Sin más apellidos. Pero cuando una mujer escribe un personaje mujer, entonces es ‘un personaje femenino’. Aún no se comprende que una autora, al crear personajes femeninos, está representando problemas de la humanidad, no solamente de su género. El hombre sigue siendo visto como el escritor universal. Y eso también conecta con el arquetipo de ‘la madre’, como si las escritoras tuviéramos que responder a todas las necesidades de una comunidad. Yo me siento más cómoda escribiendo personajes femeninos, pero no porque quiera hablar ‘de mi género’, sino porque ahí encarnan mejor los conflictos que me interesan. Evidentemente, al situarlos en un mundo machista, esos problemas se retratan, pero etiquetar la literatura hecha por mujeres como ‘femenina’ es otra forma de exclusión". Hoy se habla de un “boom” de escritoras latinoamericanas. ¿Crees que ese reconocimiento también trae consigo nuevas etiquetas o exigencias sobre qué deben escribir las mujeres? “Sí, me parece que a las escritoras se nos exige escribir de maternidad y de selva. Hay un ‘boom’ de esos temas en la literatura. Yo viví en la selva, quise ser mamá, y claro que escribo de eso porque son mis experiencias, pero me preocupa que volvamos a ser encasilladas. Antes se esperaba que las poetas hablaran de naturaleza y amor; ahora parece que las narradoras debemos hablar de maternidad o violencia. Y si a eso le sumas que, por ser latinoamericana, también se espera que escribas de esos tópicos, reconstruyendo cierto imaginario y de una manera determinada, la camisa de fuerza se vuelve aún más estrecha.” En tus textos aparece la violencia, pero no desde el narco o la guerra, sino desde lo íntimo. “Sí, me interesa más la violencia pequeña, la sutil, la de adentro. Esa violencia que ocurre en las familias y que, creo, es la madre de todas las demás. En Noche negra esa violencia está presente, aunque no sea el tema central. Es algo que como colombianos hemos dejado de mirar, porque siempre estamos enfocados en la violencia externa. ¿Qué crees que esperan hoy de ti como Pilar, la escritora? “No sé y tampoco me importa mucho. Yo nací y crecí en Cali, en una sociedad muy cerrada con roles definidos. Desde niña desafié lo que se esperaba de mí, no por rebeldía, sino porque no podía traicionar lo que era. Claro que cuando era joven sí me importaba el qué dirán, pero ahora no. Uno llega a una edad en la que eso ya no importa. La literatura es el lugar donde puedo ser yo sin que me juzguen. Responder expectativas o no, no es un pensamiento que me obsesione”. ¿Y qué te obsesiona hoy? “Soy muy obsesiva. En el colegio me obsesioné con las enfermedades mentales y todavía ese tema aparece en mis libros. Mi papá es médico y cuando yo era niña me regaló unos libros de psiquiatría: me los leí de principio a fin, hice cuadernos y los estudié. ¿Por qué? No tengo ni idea. Cuando viví en la selva, me dediqué a clasificar la flora y la fauna, y la naturaleza se volvió central en mi obra. También me interesan los homínidos, la paleoantropología: sé que voy a volver a ese tema. Siempre tengo un objeto de estudio al que me aferro y lo exploro a fondo. Llevo cinco años dedicada a investigar a diversas autoras clásicas para la Biblioteca de escritoras colombianas. Cuando di mi primera entrevista en 2003, me preguntaron si mi literatura era femenina y desde entonces me he preguntado qué significa realmente eso. Creo que el resultado es esta biblioteca, un proyecto que atraviesa también mi propia construcción como autora. Ahora ya estoy cerrando ese ciclo, y aunque no sé todavía qué vendrá después, sé que pronto habrá otra obsesión esperándome. Quizá vuelva a los homínidos". ¿A qué le temes? “A dos cosas: el daño al medioambiente, sobre todo a la Amazonía, y la fuerza creciente de los discursos de ultraderecha en el mundo. Pensé que habíamos superado ciertas ideas, pero verlas resurgir me produce angustia”. Leo constantemente foros de ultraderecha en Estados Unidos para entender cómo piensan. Es aterrador, porque allí creen que el calentamiento global es un invento o que las vacunas son dañinas. Yo crecí pensando que íbamos hacia un mundo más tolerante; hoy siento que retrocedemos. Ese resurgimiento de la ultraderecha me aterra".
- Javier Rodríguez: "Lo más humano hoy lo encuentro en los animales"
Ilustración de @monodeleon En su segunda novela, Javier Rodríguez le da voz a un galgo de carreras que huye de su dueño y descubre un mundo que no sabe muy bien qué hacer con él. Pero Huracán es también una excusa para hablar de lo que al escritor y periodista chileno le preocupa hoy: la ternura como acto contracultural, la comunidad como única salida posible y los animales como los seres más honestos de este ecosistema. Cuando Simona llegó a mi departamento, en plena pandemia, venía desde el sur en una jaula para perros. Era una galga rescatada del mundo de las carreras: su cuerpo tieso y musculado se contradecía con la fragilidad de su personalidad y la sumisión de su gesto. Hoy, adaptada a una vida doméstica, le quedan una que otra cicatriz de los latigazos y el hueco donde le faltan dos dedos. Hay algo en la gente que tiene animales que me genera confianza de inmediato. No sé si es la paciencia que desarrollan, o la costumbre de querer sin esperar demasiado a cambio. Algo en esa ternura cotidiana —cambiar el plato de agua, el paseo de todos los días, sacarse los pelos de la ropa con un rodillo— me parece uno de los gestos más bonachones que puede hacer una persona. Por eso, cuando encontré la entrevista de Javier Rodríguez en El País, algo me detuvo. No era el libro, porque aún no lo había leído, sino que me llamó la atención el interés de un hombre por ponerse en el lugar del que corre porque alguien lo obliga y que un día simplemente deja de hacerlo. Leí Huracán de un tirón. Es una novela que se debate entre la brutalidad y la ternura —o esa fue mi lectura—. Un galgo negro que se llama igual que el libro: su dueño quiere sacrificarlo, él huye. Lo que sigue es una historia sobre el mundo visto desde abajo, sin cultura, sin lenguaje codificado, sin la carga del deber ser. Solo instinto, hambre, y esa cosa en extinción que tienen algunos animales, y pocos humanos, que se parece mucho a la bondad. “Eres la segunda persona que me comenta la luminosidad de la novela. No la había mirado así. En la presentación, Nayareth Pino Luna me dijo que más allá de la brutalidad del campo chileno y las diferencias de clase, había puntos luminosos. Me quedó dando vueltas, porque yo no los busqué”. Con esa observación arranca Javier Rodríguez cuando nos sentamos a conversar en una tarde de otoño en Santiago. Periodista, escritor y editor, tiene 36 años, vive en Providencia con su esposa y dos perras —Pina, una salchicha de catorce, y Oli, una mestiza de galgo rescatada— y acaba de publicar su segunda novela por el sello español AdN. La fuga aparece en la obra como un momento clave que cambia la dirección de la vida de Huracán. "Creo que la fuga siempre ha estado en mí. Irme a vivir a otro lado, dejar trabajos, salir de relaciones. Lo he intentado entender a través de la literatura. Y uno escribe de lo que puede, de lo que se repite. Acá se hizo más patente y dije: ya, voy a trabajar con esto como motivo literario directamente. Yo pude escribir sobre la fuga cuando ya no me quería mover más. Son cosas raras que pasan. No sé si me reconozco en Huracán del todo, pero sí en el tema de la fuga, y también en algunos de los humanos con los que él se va encontrando. En Juan, por ejemplo, que tiene toda su sensibilidad y su vulnerabilidad. Y hay un momento de rabia donde explota. Eso también lo reconozco". No sé si hago una lectura correcta, pero me parece una novela que habla de la ternura. "No fue a propósito, pero me da alivio que se haga esa lectura, porque es una historia sobre la brutalidad. Y quizá en la brutalidad también asoma la ternura. Mal canalizada, mal expresada, sin herramienta, pero igual puede asomar. Justamente estoy encontrando la ternura en los animales hoy: estamos en una época donde todo el mundo está gritando, buscando la cuña fácil y la reacción. Detenerse e intentar mirar al otro o trabajar desde la ternura, me parece contracultural. Y eso me interesa tanto en lo literario como en lo ético. Creo que quizás mi intención de entrar en lo que algunos llaman nature writing, es precisamente porque la ternura hoy la estoy encontrando ahí. Mirando a mi perra de seis años siendo respetuosa con la de catorce. Le deja comer primero, la mira, espera que termine, y después recién va a su plato. Tiene un protocolo. Ahí encuentro mucha ternura". Javier ha tenido, de alguna manera misteriosa, una conexión con los animales. Cuenta que en un momento de su vida, viviendo en Londres, completamente solo —no recuerda bien si estaba teniendo un ataque de asma— eran las tres de la mañana y no podía dormir. Se acercó a la ventana y vio un zorro comiéndose la huerta comunitaria del edificio. "No sé si fue la pulsión de vida o el encuentro con ese animal, pero fue algo que me llenó de energía", dice. En otra oportunidad, mientras trabajaba en el Ministerio de Cultura durante un invierno duro, miró por la ventana y encontró un diuque comiendo en el edificio de enfrente, en pleno centro de Santiago. "La vida igual asoma", pensó. Esa escena la puso en su primera novela. "No sé si llegué a una respuesta, pero sí creo que esos momentos me llevaron a indagar, a escribir. Hay algo en el encuentro con un animal, en un momento inesperado, que te devuelve a algo esencial. Y creo que esa pregunta todavía me mueve." Huracán es la segunda novela del periodista y escritor Javier Rodríguez. "En una parcela de Paine (Chile), un galgo negro de carrera, Huracán, corre no solo tras liebres, sino tras la libertad que intuye más allá de las sogas de su dueño, Francisco Bauer, un hombre amargado que gobierna con violencia sobre perros y personas. Cuando el instinto de Huracán empieza a fallar, Francisco ve en su declive la excusa perfecta para deshacerse de él". ¿Qué tienen los animales que no tienen las personas? "En los animales he encontrado nobleza, lealtad, un amor profundo. Y eso me ha hecho acercarme, y muchas veces encerrarme. Si tuviera plata, rescataría perros, tendría gallinas, me dedicaría a eso. Lo que hoy llamamos "ser muy humano", como elogio, como cualidad destacable, lo encuentro más en los animales más que en nosotros. Y eso no es condescendiente. Es desde una profunda admiración. Y desde ese lugar creo que escribo también". ¿Y a dónde miras cuando buscas esperanza? Todavía soy pesimista, sí. Pero tiendo a pensar que la humanidad pasa por ciclos y que ahora estamos en el ciclo de la histeria. Que vamos a volver a algo más mínimo. Me acuerdo que alguien una vez me decía: "Para qué haces el compost o reciclas, si Taylor Swift da vueltas en su avión privado para ir a comprar pan." Y me costaba responder a eso desde el optimismo fácil. Porque sí, uno se queda más tranquilo, pero ¿qué impacto real tiene? Te da propósito, claro, pero, ¿qué más?. Hace poco vi una entrevista de Jane Goodall donde decía que el cambio parte por uno mismo, y que con eso quizás logras que otro lo vea y se de cuenta, y así vas generando comunidad. Sé que es contradictorio en mí porque soy muy misántropo (se ríe), pero creo que hay que ir buscando formas de generar comunidad. Creo que ahí está el futuro. Y por eso también hay que entenderse como parte de un ecosistema. Si seguimos pensándonos como los seres superiores del mundo y destruyéndolo, estamos perdidos. Ayer leía a un premio Nobel de física que decía: ¿para qué gastan esa cantidad de dinero en ir a Marte, si Marte es inhabitable? Tenía un discurso bastante apocalíptico: como especie nos vamos a acabar, y todo se va a acabar. Probablemente sí. Pero, ¿qué hacemos ahora? ¿Nos rendimos?". ¿Se puede hacer comunidad en la literatura? Se tiene la idea de que es un espacio muy solitario. "Yo no creo en el escritor en su torre de marfil. Yo escribo leyendo al otro, conversando, trabajando el texto con un editor. La literatura es un ejercicio colectivo. Hay un manuscrito, el manuscrito se conversa, lo trabaja el editor con el autor, entra el diseño, hay una cuestión artesanal y de oficio que es necesaria y sana de replicar. En la literatura, en las disciplinas artísticas en general, hay mucha mezquindad, mucho bando, pero no se puede crear solo". Horas después de nuestra conversación, Javier me mandó un mensaje. Lo leí varias veces. Decía: "Los animales han sido, quizá, la forma de entregarme y conectar con esa vulnerabilidad y ternura que, si antes eran cuestionadas y mal vistas, hoy son derechamente contraculturales." Pensé en Simona.
- Agustina Bazterrica: "Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue"
Ilustración de @Monodeleon La autora argentina de Cadáver exquisito —traducida a más de treinta idiomas— estuvo en Chile promoviendo la reedición de su antología de cuentos 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro'. En un hotel de Providencia, entre mantras, arcángeles y el ingenio de una escritora que ha encontrado formas bellas para narrar el horror, habló de espíritus atrapados, de depredadores en el poder y de por qué la literatura no cura nada, pero sí puede incomodar lo suficiente como para impedirnos mirar hacia otro lado. La noche anterior a nuestra entrevista, Agustina Bazterrica no durmió en su cuarto. Había llegado al hotel de Providencia como llega a todos los hoteles donde la dejan sus giras. Entró a la habitación con sus maletas y dentro de una llevaba unos papeles doblados que carga siempre encima: hojas con la flor de la vida impresas, que pone en las habitaciones para limpiar la energía acumulada de quienes durmieron allí antes que ella. No es superstición, al menos no en el sentido frívolo de la palabra. Es un protocolo. Una forma de habitar esas habitación temporales con algo de propiedad. Pero esa noche el protocolo salió mal. Puso los mantras, acomodó sus cosas e intentó dormir. Pero había algo en el cuarto que no quería estar tranquilo. Ella la describe como una presencia violenta, una bruma, una densidad en el aire que no cedía y que la tenía incómoda. Y entonces ocurrió lo que no tiene explicación: mientras intentaba dormir, sintió agua fría cayendo sobre su cuerpo. Despertó de un sobresalto y se tocó la cara, pero estaba seca. El agua no existía, pero el frío sí. —Fue plasma de fantasma —me dice, con una convicción tan tranquila que resulta más inquietante que si lo dijera con miedo—. No sé cómo llamarlo, pero sí, ahí la pasé mal. A la mañana siguiente, en la ventana de la habitación, unas marcas, como las de unas garras, se dibujaban en el vidrio. Yo las vi. Me mostró una foto. Su hermana, que según Agustina es "un poco bruja", le dio una lectura intuitiva: era un espíritu que se había quitado la vida y estaba atrapado en un loop de rabia, sin poder pasar a otro plano. Agustina escucha, integra esa información del más allá y me lo cuenta. No necesita que nadie le crea. Al día siguiente, ya repuesta después de dormir en un cuarto en el que no habitaba ningún alma en pena, Agustina me pregunta: ¿vos creés en los fantasmas? Y a los minutos de hablar sobre actividades paranormales, nos ponemos a hablar de otros seres espantosos: Donald Trump, Jeffrey Epstein, Javier Milei y varios otros hombres en política. Hablamos también de arcángeles, de por qué la literatura no es terapéutica. Todo en el mismo tono, porque Agustina es una mujer que no hace jerarquías entre lo que le parece importante: lo paranormal y lo político y lo literario conviven en ella sin fricciones. —A veces la realidad parece alcanzar tus ejercicios de distopía. ¿Eso te asusta? "No. No me da miedo porque todavía confío en la humanidad. La historia es pendular: cambian los actores, cambia el escenario, pero hay cosas que sobreviven. La bondad. La dulzura. Incluso ahora, en medio de este momento tan dañino". Se acomoda en la silla antes de seguir. "Estamos viendo reaparecer discursos que creíamos enterrados, como los de la extrema derecha, y vuelven a instalarse con muchísima facilidad. Porque hay tres elementos que siguen funcionando para manipular una sociedad: el miedo, la ignorancia y el odio. Trump trabaja con eso todo el tiempo. Milei le copia. Y sí, hoy está funcionando. Pero no creo que pueda sostenerse para siempre". —¿Qué distingue a esta nueva extrema derecha de otras épocas? "Que ya ni siquiera necesita disimular. Hay un libro italiano, La hora de los depredadores, que habla justamente de eso: del triunfo de figuras que hacen de la brutalidad una identidad política. Trump, por ejemplo, está orgulloso de no leer. Entonces ya no necesitás mostrar preparación, cultura o interés por el bienestar común para llegar al poder. Podés ser completamente ignorante y aun así convertirte en presidente si sabés manipular el espectáculo". Hace una pausa. "Y esa violencia baja rápidamente a la sociedad. En Argentina están aumentando mucho los niveles de agresividad. Si tenés a un presidente insultando todo el día en redes sociales, el mensaje implícito es: 'yo también puedo hacerlo'". —¿Nos estamos anestesiando frente al horror? "Sí, completamente. Y además funcionan las cajas de resonancia: cada uno consume solamente aquello que confirma lo que ya piensa. Entonces desaparecen los matices y aparecen los radicalismos. Ves hombres incels consumiendo discursos de odio contra las mujeres todo el día y convencidos de que tienen razón porque nunca aparece otra mirada. Me impresionó muchísimo lo de Lionel Messi saludando a Trump. Una semana antes habían bombardeado un colegio con más de cien niñas. Y después escuchar eso de 'nosotros no nos metemos en política'. Yo quiero ver si no te metés en política cuando el colegio bombardeado es el de tus hijos. Qué falta de empatía". Hace otra pausa. "Y además, él se había negado antes a ir a la Casa Blanca con Biden. O sea, pudo decir que no. Ponele que tenía presiones. Pero entonces, ¿por qué estás sonriendo en las fotos?". —Y aun así, todo desaparece rápido de la conversación pública. "Claro. Todo dura segundos. Una guerra, un abuso, un escándalo. Baja el algoritmo y desaparece. Y eso también produce una sociedad anestesiada". —¿Cómo lo haces para no volverte indiferente? "Leyendo. Escribiendo. Hablando con adolescentes. Porque aunque seas privilegiado, lo que pasa en el mundo te afecta igual. Mi marido trabajó 28 años en una empresa y la cerraron de un día para el otro. No cobró indemnización. Y ese es un caso leve comparado con otra gente que directamente termina en la calle. cuando alguien me dice que lo que pasa en el mundo no le afecta, para mí eso ya es un síntoma. Es falta de empatía. Vivir encerrado en una burbuja y ni siquiera entender que tus privilegios no son derechos". —¿Hay algo tentador en no mirar? "Para mí no. Cuando dicen “la ignorancia es una bendición”, yo pienso exactamente lo contrario. Vivís con la profundidad de un charco. No accedés al conocimiento y sí, el conocimiento duele, te indigna, te enfrenta con cosas horribles, pero también te conecta más profundamente con el mundo. Yo quiero que mis niveles de conexión sigan profundizándose. No me interesa la otra opción. Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue". "Una antología de relatos llenos de crueldad, con toques de humor negro y algún destello de fantasía, Estos diecinueve cuentos regresan a los temas que marcan la obra de la autora: la naturaleza del miedo, la violencia oculta en lo banal, las fantasías más oscuras y los deseos inconfesables. Entre instantáneas insólitas e inquietantes e historias sombrías y paródicas, Bazterrica desvela la cara tétrica y perversa que esconde la realidad". —Eres obsesiva con la verosimilitud en tu escritura. ¿Hasta qué punto? "Muchísimo. En la nueva novela los personajes tienen que ir a la Torre Monumental, en Buenos Aires. Yo había escrito una escena entera basándome en fotos y videos. Pero cuando fui personalmente me di cuenta de que la escalera era muchísimo más empinada de lo que parecía. Y eso cambiaba cómo los personajes podían moverse, respirar, reaccionar". Se ríe. "Parece una pavada, pero no lo es. La verosimilitud no tiene que ver con decir la verdad. Yo puedo inventar un protocolo para faenar humanos, pero el universo que construyo tiene que cerrar. Y solo cierra si conozco realmente esa escalera". —Muchos escritores hablan de la literatura como algo terapéutico. "La literatura no cura nada. Ojalá curara, pero no. A mí me preocupa más no encontrar la palabra justa o descubrir un error de verosimilitud que otra cosa. No es mi terapia. Incluso aparece la ansiedad, el vacío o la frustración en la escritura. Terminás una novela y decís: “¿y ahora qué?”. Pero yo no sufro escribiendo. Yo estoy viviendo el sueño". Se ríe otra vez. "De verdad. Tiene un costo, obvio. Pero esto, en general, es felicidad". —¿Y tienes un antídoto para no ceder al horror del mundo? " Los vínculos. Mis vínculos son lo más importante de mi vida. Mi marido, mis gatos, mi familia, mis amigos. Y también porque medito mucho. Trabajo con arcángeles, con geometrías sagradas. Necesito sentir que hay algo más grande que mi propio ego". Entonces me muestra en el teléfono una imagen hecha con inteligencia artificial: un gato rodeado de colores y símbolos esotéricos. Azul para el arcángel Miguel. Verde para Rafael. Índigo para Zadquiel. Los enumera con una precisión litúrgica. "Todos los días me protejo a mí, a mi marido y a mis gatos", dice. "Eso también te ordena. Te recuerda que sos importante y no importante al mismo tiempo. Apenas un punto en la historia".
- Gabriel León: "La ciencia no tiene partido, ni creencia política"
Ilustración de @monodeleon Ministros que niegan el cambio climático, políticos que cuestionan las vacunas, organismos oficiales que retiran estudios científicos porque los resultados no les gustan. El divulgador y autor Gabriel León, conocido como Gabo Tuitero, analiza por qué las teorías conspirativas responden a una necesidad emocional antes que a un déficit intelectual y por qué la politización de la ciencia ya no es un fenómeno lejano. "La ciencia no tiene partido ni creencia política. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo". Autor de una de las obras de divulgación científica más leídas de Chile, León ha publicado títulos como La ciencia pop, La ciencia pop 2 y La ciencia pop 3. Ahora, en un momento marcado por la desinformación, la polarización y la crisis de confianza en las instituciones, presenta Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia, un libro que explora los mecanismos psicológicos y sociales que sostienen estas narrativas. En esta entrega, el autor se aleja de la burla fácil hacia quienes creen que la Tierra es plana o que el ser humano nunca llegó a la Luna. En lugar de preguntar qué tan equivocadas son estas ideas, intenta responder una cuestión más compleja: ¿por qué resultan tan atractivas? La evidencia acumulada por la psicología y las ciencias sociales sugiere que el problema tiene más relación con la necesidad humana de encontrar certezas en un mundo cada vez más incierto., que con la inteligencia de los individuos. "El abordaje habitual ha sido ridiculizar a quienes creen, y eso puede ser entretenido, pero no sirve si el objetivo es entender y evitar las consecuencias negativas que este tipo de creencias tienen en la sociedad. La psicología lleva veinte años estudiando esto y uno de los hallazgos más sorprendentes es que creer en conspiraciones no se asocia con un déficit intelectual ni de información. Se asocia con una forma de entender el mundo", explica el autor. ¿Y cuál es esa forma? "Vivimos fragmentados y polarizados. Y como nos gusta creer que el mundo es como nosotros lo imaginamos, tendemos a encerrarnos en esa verdad y a leer solo lo que refuerza nuestras creencias. Los relatos conspirativos son narrativamente muy ricos y emocionalmente satisfactorios: dan cierre, dan culpables y entregan sentido. Entonces uno empieza a consumir cosas que confirman lo que ya cree y se genera una esfera perfecta, pero completamente desconectada del resto". Las conspiraciones no son nuevas, pero la inteligencia artificial cambia algo, ¿qué te parece esa afirmación? "Sí. Las teorías conspirativas son probablemente tan antiguas como la humanidad. Lo que ha cambiado son los vehículos: del lenguaje oral al escrito, del escrito a internet, de internet a las redes sociales. Y ahora un nuevo peldaño. Con inteligencia artificial ya no solo circula el rumor —el "me contaron", el "alguien lo vio"— sino que se puede construir el documento, la fotografía, la evidencia que acompaña la teoría. Eso es un salto cualitativo importante". ¿Qué tan preparados estamos para eso? "Poco. Somos usuarios de tecnología, pero no entendemos cómo funciona ni cuáles son sus límites. Y eso nos deja a merced de ella. El desafío para los estados, las empresas y quienes se dedican a la educación tecnológica es transmitir no solo las maravillas de la tecnología, sino también sus riesgos. Porque si no entendemos cómo funciona, dejamos de distinguir con claridad entre lo que es verdad y lo que simplemente nos gusta. Hay un estudio del MIT que analizó el impacto en la creatividad de usar estas herramientas durante algunas semanas. La evidencia muestra que cuando cedes una habilidad humana y la externalizas a un sistema de inteligencia artificial, esa habilidad se deteriora. Los estudiantes que usan ChatGPT para escribir ven disminuidas sus capacidades creativas. Lo mismo ocurre con la navegación: el uso de Google Maps o Waze está atrofiando nuestra capacidad innata para orientarnos, que tiene una base neurobiológica concreta en el hipocampo". ¿Puede la divulgación científica competir emocionalmente con una conspiración? "Es una pregunta clave. La ciencia habitualmente se presenta como un relato donde el conocimiento simplemente aparece: en tal año, tal señor descubrió tal cosa. Da la impresión de que se sentó en una roca y se le ocurrió la idea. Eso desconecta la ciencia de su contexto humano e histórico, y la hace árida. Si en cambio la presentamos como lo que realmente es —una actividad profundamente humana, anclada en su época, llena de dudas y correcciones— la narrativa se enriquece y se vuelve más cercana. Y eso sí puede competir". ¿En qué conspiraciones crees que creen más los chilenos? "En Chile hay una desconfianza profunda en las instituciones, y en parte está justificada. Los casos de colusión en la industria del pollo, las farmacias, el papel higiénico. Las salidas alternativas que tienen personas poderosas frente a la justicia. Cuando ves eso de manera sistemática, empiezas a percibir una desigualdad estructural y esa percepción alimenta cualquier teoría conspirativa. Lo que me llama la atención es que en Chile las conspiraciones tienden a ser más individuales y fragmentadas que las grandes orquestaciones que uno ve en otros países. Tal vez porque no tenemos tanto material a esa escala. Pinochet es probablemente lo más grande narrativamente para anclar una conspiración que le llegue a todo el mundo. Pero somos un país de veinte millones. Es una sociedad pequeña. En Estados Unidos hay más actores, más escala, más posibilidad de que ideas de esa naturaleza circulen y se instalen". El secretario de Salud de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., está intentando investigar el supuesto vínculo entre las vacunas y el autismo, una conexión que la comunidad médica ha estudiado durante décadas y que rechaza rotundamente. "Justamente. Desde las instituciones se ha intentado instalar un tono de incredulidad entorno a las cosas que la ciencia ha comprobado y eso es alarmante. La FDA encargó estudios internos sobre la seguridad de vacunas contra el COVID y contra el herpes zóster. Los estudios resultaron bien: las vacunas eran seguras y efectivas. Se enviaron a publicar en revistas científicas independientes, fueron aprobados. Y justo antes de publicarlos, el propio Ministerio de Salud decidió bajarlos porque los resultados no les gustaron. Lo mismo ocurrió esta semana con un estudio sobre niveles seguros de consumo de alcohol: demostró que cualquier dosis es perjudicial, y fue retirado del sitio oficial. Cuando la ideología empieza a manipular la realidad de esa manera, estamos en un punto extremadamente peligroso". ¿Ves señales de eso en Chile? "Ya se están viendo destellos. Figuras políticas que cuestionan las vacunas, una ministra de Medio Ambiente que cuestiona el rol de las actividades humanas en la crisis climática. Eso es típico de ciertos movimientos de extrema derecha: cuando la evidencia no te gusta, la escondes bajo la alfombra. Y eso tarde o temprano produce problemas graves. La ciencia no tiene partido ni creencia política. Sencillamente trata de entender el mundo. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo".
- Alejandra Acosta: "A Gabriela Mistral nos enseñaron a admirarla, pero no a quererla"
Ilustración por Mono de león. La ilustradora chilena Alejandra Acosta acaba de publicar una biografía ilustrada sobre Gabriela Mistral. Tras meses leyendo cartas, diarios y revisando fotografías, descubrió a una mujer muy distinta de la figura solemne que aprendimos en el colegio: curiosa, contradictoria, política, amante de la naturaleza y profundamente afectuosa. En conversación con Quiltra, reflexiona sobre cómo la imagen puede acercar a nuevas generaciones a una autora que durante décadas fue convertida en estatua. Durante décadas, Gabriela Mistral habitó un lugar extraño: estuvo presente en todas partes y, al mismo tiempo, permaneció lejos. La vimos en el billete de cinco mil, memorizamos algunos de sus poemas en el colegio y aprendimos a repetir que fue la primera latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Pero detrás de esa figura solemne quedó oculta una mujer mucho más difícil de clasificar: curiosa hasta el exceso, enamorada de la naturaleza, contradictoria, política y profundamente afectuosa. Esa distancia fue la que impulsó a la ilustradora chilena Alejandra Acosta a dedicar casi tres años a investigar su vida para crear Mistral. Una biografía ilustrada (Lumen). A partir de cartas, diarios, fotografías y archivos personales, construyó un retrato que se aleja del bronce para recuperar a la persona. En conversación con Quiltra, reflexiona sobre la necesidad de humanizar a la escritora, el papel de la ilustración para acercarla a nuevas generaciones y la curiosidad como una forma de mirar el mundo que, cree, estamos perdiendo. ¿Desde qué lugar conectas tú con Gabriela Mistral? “Lo que más me conmueve es su capacidad de observar. Siempre se habla de la intensidad emocional de su poesía, pero a mí me impresionó otra cosa: la forma en que miraba el mundo. Era una mujer profundamente curiosa, sí. Observaba una planta, un insecto, un paisaje, el canto de un grillo. Esa manera de detenerse en lo pequeño conecta mucho con mi trabajo para primera infancia, donde también intento invitar a los niños a observar antes que consumir. Cuando empecé a leer sus diarios y sus cartas confirmé esa intuición. Ahí apareció una Gabriela mucho más viva que la figura oficial. Me impresionó descubrir que estaba pendiente de cosas muy cotidianas, que se preocupaba de las plantas, que esperaba que llegaran los pajaritos en la mañana. Son detalles que no aparecen cuando uno estudia su obra en el colegio, pero que ayudan a entender quién era realmente". En algún momento de nuestra conversación dijiste una frase que resume muy bien el libro: "A Mistral nos enseñaron a admirarla, pero no a quererla". “Sí. Ese era justamente el desafío. Todos crecimos con esa imagen solemne: la señora del billete de cinco mil pesos, seria, en blanco y negro, casi inalcanzable. Yo quería devolverle humanidad. Esa calidez que tenía y que no se nos enseñó. Me interesaba mostrar que era una mujer preocupada por las plantas, que esperaba con alegría a los pajaritos en la mañana, que era sensible, curiosa, incluso divertida. Eso cambia completamente la forma en que uno la mira. Uno deja de verla como un monumento y empieza a verla como una persona". ¿Qué fue lo que más te sorprendió mientras investigabas? “Sus contradicciones. Yo sabía que era una mujer compleja, pero leyendo sus cartas descubrí muchas más capas. Era muy estratégica. Sabía perfectamente cuándo hablar, cuándo guardar silencio y cómo mover las piezas para conseguir aquello que consideraba importante. También era mañosa, gozadora, le encantaba viajar, comer bien, mirar paisajes. Hay fotografías donde aparece muerta de la risa con amigas, jugando con un gato o caminando en camisa de dormir. Esa Gabriela casi nunca nos la mostraron". Alejandra Acosta reimagina a Gabriela Mistral con una paleta vibrante para alejarla del retrato solemne con que fue representada durante décadas. Si Gabriela Mistral fuera una joven que comenzara a escribir hoy, ¿crees que tendría un lugar en el mundo editorial? "Creo que sí. Hoy sigue siendo difícil publicar, pero existe un ecosistema editorial muchísimo más diverso que el que ella conoció. Hay editoriales independientes, proyectos pequeños, libros muy cuidados. Eso permite que aparezcan voces distintas. Además, Mistral no era solamente poeta. Era una intelectual profundamente política. Hablaba de educación, de pueblos originarios, de mujeres, de desigualdad. Le costaba quedarse callada. Estoy segura de que hoy seguiría siendo una figura muy incómoda y, justamente por eso, muy necesaria". Tú haces clases en la universidad a nuevas generaciones, ¿qué crees que podrían aprender de Gabriela Mistral? "La curiosidad. Es algo que siento que estamos perdiendo. Y eso me preocupa mucho. Ella estaba permanentemente preguntándose por el mundo, por las personas, por la naturaleza, por lo que ocurría en otros países. Hoy vivimos en una época donde todo llega demasiado rápido y cuesta detenerse a observar. Y la curiosidad necesita tiempo. Necesita aburrirse, equivocarse, ensuciarse las manos. Por eso también trabajo con libros para la primera infancia. Me interesa recuperar esa capacidad de mirar el mundo con asombro". ¿Qué encontraste en Gabriela Mistral que dialoga con el mundo de la primera infancia? "Me sorprendió mucho esa curiosidad casi infantil con la que ella miraba la naturaleza. Más que una mirada romántica, encontré una mirada contemplativa. Observaba cómo cantaba un grillo, cómo cambiaba un paisaje, cómo se relacionaban las cosas pequeñas entre sí. Cuando yo trabajo haciendo libros para la primera infancia, eso es justamente lo que intento generar: una invitación para que niños y niñas se detengan a observar. En ese sentido sentí que compartíamos una misma forma de mirar el mundo" "Quería devolverle humanidad". Las ilustraciones buscan alejar a Gabriela Mistral del monumento para acercarla, nuevamente, a la persona. ¿Crees que la ilustración puede acercar a Gabriela Mistral a quienes nunca leerían un ensayo sobre ella? "Sin duda. Vivimos rodeados de imágenes. Muchas personas jamás llegarían a Gabriela Mistral a través de un libro de poesía, pero sí pueden hacerlo mediante una novela gráfica o una biografía ilustrada. Por eso también tomé decisiones muy conscientes con el color. Quise alejarme del sepia, del blanco y negro, de esa imagen solemne que siempre hemos visto. La vestí de rosado, utilicé colores vibrantes y una paleta muy reducida. Era una forma de decir: esta mujer sigue viva". Después de tantos meses investigándola, ¿quién es hoy Gabriela Mistral para ti? "Ya no es solamente la Premio Nobel. Ahora veo a una mujer profundamente humana. Una mujer llena de contradicciones, muy sensible, tremendamente curiosa y con una enorme capacidad de cuidar a los demás. Creo que esa es la Gabriela que vale la pena recordar. No solamente la que aprendimos a admirar. También la que podemos aprender a querer". Encuentra el libro de Alejandra Acosta, Mistral Ilustrado AQUÍ
- La última ola de Tsunami
Imágenes de Nicolás Donoso En nueve años, Tsunami ha buscado sobrevivientes en los terremotos de Turquía y Siria, en los deslaves de Las Tejerías y El Castaño, y ahora en el doble terremoto que sacudió a Venezuela en junio, donde ya ha ayudado a rescatar a más de una veintena de personas. Antes de todo eso, sin embargo, fue un cachorro víctima del maltrato y la soledad, hasta que quedó al cuidado de Jorge Beens. Hoy, convertido en símbolo de esperanza para todo un país en medio de la catástrofe, el border collie afronta la que será su última misión antes del retiro. Antes de buscar entre escombros y planchas de zinc, de olfatear la tierra y el polvo rastreando vida, y de convertirse en el héroe que ha ayudado a salvar 26 personas en el terremoto de Venezuela, Tsunami (9) mordía. Lo rescató la Asociación Pro Defensa de los Animales en 2017, cachorro y maltratado, y le costó volverse un perro entrenable. Así lo recuerda al otro lado del teléfono Jorge Beens (52), su adiestrador, mientras se alista para volver a las labores de rescate. "He ido a otros países a apoyar en situaciones así, pero ahora me tocó aquí, en mi casa", dice. Él y Tsunami han trabajado juntos en terremotos como el de Turquía, en 2023, ahí localizaron a 9 personas. Es martes 7 de julio. La señal telefónica es débil, la línea se corta a cada rato. Es difícil mantener la comunicación. Suenan voces al otro lado de la línea llamando a Beens: Tsunami ya está listo, hay que partir. Faltan estructuras por revisar en La Guaira, una de las zonas más golpeadas por el doble terremoto de 7,2 y 7,5 grados que remeció a Venezuela el 24 de junio. Perro y adiestrador llevan nueve años juntos y, desde hace días, repiten la misma rutina: llegan a la zona, se instalan, reciben un área de trabajo y empiezan las revisiones. Pasan el día removiendo escombros —a veces, recuperando cuerpos— y si en otra estructura aparecen indicios de vida, los movilizan a los dos. El veterinario Aníbal Hurtado sigue al dúo de cerca: vigila que Tsunami no se deshidrate ni fuerce el cuerpo más de la cuenta. Él también es parte de la rutina. A los nueve años, el cansancio empieza a notarse en Tsunami. Esta, dicen en su equipo, será su última misión. Tsunami es border collie: tiene pelaje blanco en el rostro y negro en el resto del cuerpo, un ojo oscuro y el otro gris. Hoy es parte del Centro de Formación de Equipos Caninos de Intervención en Desastres (K-SAR ECID), junto a otros perros —Okan, Killer y Sonya—, con sede de entrenamiento en la parroquia San José Cotiza, donde se forman y ejercitan. Pero antes de salvar personas, Tsunami necesitó ser salvado. Beens llegó a él cuando el perro tenía nueve meses: había recibido el llamado de la Asociación Pro-Defensa de los Animales (APROA). El perro fue recuperado de una casa en Sebucán, Caracas, gracias a una denuncia anónima. Tsunami no estaba bien. Tenía tantas heridas en la piel, que Beens no supo reconocer de qué raza era. Durante días el adiestrador lo bañó y le aplicó ungüentos y medicamentos. Ahí, dice Beens, empezó el cariño: "Él entendió que si se dejaba cuidar, mejoraría rápidamente, entonces dejó de estar tan alerta". Imagen de Nicolás Donoso. “Yo lo acepté y fue como un reto. Quería ayudarlo, recuperarlo y darlo en adopción. Pero luego creamos un vínculo bien bonito. Se hizo imposible dejarlo partir”, recuerda el rescatista. La señal telefónica se vuelve a ir. Hoy Tsunami también vuelve con Beens a su casa. No es solo un perro de rescate, para su adiestrador es "un compañero de vida", dice. A veces salen a correr juntos, o hacen espectáculos para niños. Y cuando trabajan, "marcan", así le dice Beens al momento en que el perro se posiciona sobre unos escombros que acaba de olfatear. Muchas veces hay vida ahí abajo. O la hubo hace pocos instantes. El 24 de junio, por ejemplo, una multitud pudo ver el protocolo completo: Tsunami marcó. Eran cerca de las 11 de la noche y Jorge Beens estaba parado frente a los escombros de un edificio de ocho pisos en San Bernardino, Caracas. Vestía de rojo y usaba un casco con linterna. "Silencio total, no quiero escuchar teléfonos", gritaba un hombre con megáfono. Beens se hincó junto a Tsunami. Solo después de una última caricia, Beens hizo un gesto y el perro corrió a olfatear entre las ruinas. Tsunami subió los escombros y los recorrió pegado al suelo, como un investigador. El polvo se le acumulaba en las patas. Y a veces, debajo de él, el hormigón cedía. El perro se detenía, olfateaba, y seguía buscando. En un punto se metió por una abertura angosta, desapareció un segundo, y volvió a salir ladrando. El operativo terminó a las dos de la mañana. Sacaron a un hombre de unos sesenta años que vestía una camisa celeste. Lo subieron en camilla hasta la ambulancia. Ahí, entre los escombros de San Bernardino, aplaudieron todos: civiles, bomberos y rescatistas. Todavía al teléfono, Beens vuelve a una frase que repite cada vez que habla de su perro: "El border collie es el perro más inteligente del mundo". Para él, esa característica ha sido clave durante las búsquedas que ambos han realizado a lo largo de La Guaira, desde Naiguatá hasta Catia la Mar. “Es devastador ver a familias sobrevivientes tratando de recuperar algunos objetos de sus casas. A veces son solo recuerdos, enseres, pero es todo lo que les queda de otra vida. Pasarán años antes de volver a ver a La Guaira brillar. Pero el venezolano siempre se luce en estas situaciones. ‘Somos guaireños’, eso nos gusta decirnos”, cuenta Beens. Imagen de Nicolás Donoso. El talento de Tsunami no es casualidad. Detrás de él hay un linaje de perros de trabajo. Sus abuelos, Diogo y Kapüy, fueron criados por Donato Spinelli (54), fundador de Perros Extremos, una corporación dedicada al entrenamiento canino. Durante décadas, Spinelli ha preparado perros para deportes, comerciales y producciones audiovisuales. Apenas escucha el nombre de Tsunami, sonríe: "Claro que lo conozco, soy su abuelito". Habla desde su habitación, donde guarda reposo desde hace un par de meses tras sufrir un infarto. Aun sin recibir el alta médica, decidió sumarse a las labores de búsqueda y rescate en Venezuela. Diogo cruzaba el patio a toda velocidad, se impulsaba contra un muro para escalarlo y se aferraba al tronco de un árbol con las cuatro patas. Así lo recuerda Spinelli, que asegura que fue el primer perro en alcanzar un papel protagónico en una película venezolana: El Regreso (2013), de Patricia Ortega. Años después, cuando Spinelli conoció a Tsunami, algo le resultó familiar. "Yo siempre sentí que se parecía a Diogo", recuerda, pero no hablaba del físico, sino del carácter, el empuje, la mirada. Solo después confirmó lo que intuía: el árbol genealógico había hecho lo suyo. Entre camadas y perros regalados, el destino le devolvía un descendiente de su Diogo. El parentesco, según Spinelli, es directo: Diogo y Kapüy tuvieron cachorros, y una de esas crías fue regalada a una familia. Esa perra, ya adulta, tuvo su propia camada: ahí nació Tsunami. Con el tiempo lo regalaron a un entrenador, que parece haberlo vendido después, y ahí se perdió su rastro. El hilo se reconectó años más tarde, cuando Spinelli coincidió con una de las hijas de esa primera familia: ella fue quien lo reconoció. Antes de volver a su reposo, Spinelli menciona que él mismo entrena a una de las crías de Tsunami. "Tengo una hija de Tsunami que también va a trabajar para rescate", dice. "Espero que siga los mismos pasos y que pueda tener el mismo éxito". En rescate, un binomio es la unidad formada por un perro y su guía. Ambos entrenan y trabajan juntos hasta desarrollar una coordinación que los funde en una sola entidad; con los años, incluso llegan a mimetizarse emocionalmente. "Jorge sabe cuándo Tsunami está marcando, y el perro también puede sentir cuando Jorge está ansioso. Eso es parte de ser binomio", afirma Luis De Barros (44), adiestrador de Okan, un cachorro de ocho meses que también forma parte de K-SAR ECID. De Barros lleva dos años trabajando junto a Jorge Beens. "Cada día uno aprende algo diferente de Jorge, no solamente en el área del rescate, sino en calidad humana", dice. Hace una pausa y añade que, aunque todos los perros son distintos, el proceso de preparación para que colaboren en labores de rescate comienza con juegos: se esconden objetos con aromas distintivos. "Es especial, admiro mucho la forma en que él trata al perro. Los dos se transforman. Cuando están trabajando son una cosa, y cuando están relajados son otra. Yo intento imitarlo", afirma De Barros. Él no es el único que se ha sentido inspirado por el trabajo del binomio: en Venezuela ya hay murales de Tsunami en la calle. Al otro lado de la línea Jorge Beens dice que ha visto tatuajes con la cara de su perro y que incluso le han hablado de ponerle una estatua. Beens diariamente se desplaza con Tsunami arriba de una moto, en calles estrechas, pasando entre autos. Sobre lo que ve cada vez que llega a una localidad dice: “Se me ponen los ojos aguaditos. Hay mucho reconocimiento. Llegamos y nos aplauden. Nos paramos y la gente se acerca a Tsunami como si él fuese una estrella musical. Y es bonito que le rindan homenaje, si no ha sido fácil”. La noche del 26 de junio, por ejemplo, apenas unas horas después de haber salvado al hombre de sesenta años, Tsunami ya estaba de vuelta en terreno. A las diez de la noche el perro reposaba en el corralillo abierto de una camioneta, junto a Jorge , todavía con el uniforme de rescatista puesto. El cansancio de la jornada lo vencía. Tsunami se quedaba dormido ahí mismo. Ese es el día a día. Si Beens y Tsunami no están arriba de la moto, es porque descansan en una camioneta. Si no descansan, es porque el perro tiene el arnés puesto. Entre el polvo de lo que fue, solo ambos se entienden.“Esta es la misión final. Pero te aseguro que será el último perro en salir de los escombros en esta operación. No vamos a parar”, dice Beens. Después su voz vuelve a desaparecer, se funde con el ruido. “La decisión del retiro estaba tomada. Era su último año. De alguna forma, se va por la puerta grande”, agrega en un último impulso. Jorge Beens corta la llamada. Volverá a los escombros, a regalar un poco de su perro al mundo. Antes de despedirse, dice que el retiro no implica un cambio tan grande: Tsunami no volverá a los escombros —eso quedará para los otros perros que se están preparando en K-SAR ECID—, sino que visitará comunidades y trabajará como perro monitor, formando a otros en labores de búsqueda. "Estoy muy agradecido con él, en todos los aspectos. Mi hijo, como muchos, está fuera del país, y quien me hace compañía en casa es Tsunami", explica el adiestrador. Porque hay noches en que Tsunami el rescatista es sólo Tsunami, el perro que alguna vez tuvo la piel herida. En su hogar no hay pruebas, tareas difíciles, ni obstáculos. Allí Tsunami solo busca un regazo: el de Beens.
- El punto final de las bordadoras del smock
Fotos de Kenny Pugh. Desde los años setenta, un grupo de mujeres de la población El Barrero, en Huechuraba, borda a mano piezas textiles con una delicadeza que ha resistido al paso del tiempo. Uno de esos bordados, incluso, llegó hasta las manos de Lady Di, para vestir al príncipe William. La agrupación alcanzó a las 200 integrantes; hoy solo quedan cinco. Esta es la historia de tres de ellas —Ana Parra, María Salazar y Gema Muñoz, dos veteranas del oficio y una apasionada tardía—, contada por ellas mismas: el punto smock, la técnica que les cambió la vida. Cuando caía la noche en la población El Barrero y sus calles se quedaban en silencio, un grupo de mujeres daba inicio a una jornada nocturna. Las luces de las casas se apagaban, los niños dormían al fondo de las piezas y sobre una mesa se acumulaban bastidores, carretes de hilo, agujas, telas cuidadosamente plisadas y tazas de té que se enfriaban mientras avanzaba la madrugada. Entonces estas mujeres comenzaban a bordar. El hilo atravesaba la tela una y otra vez. Puntada tras puntada. Afuera sólo se escuchaban los ruidos apagados de la noche. Adentro, cinco mujeres permanecían inclinadas sobre vestidos de niños que jamás conocerían. Bordaban hasta las tres de la mañana. Después cada una regresaba a su casa, dormía apenas un par de horas y volvía a levantarse para las rutinas diurnas: preparar desayuno, vestir a sus propios hijos, ordenar la casa y empezar un nuevo día. Ana Parra y María Salazar, bordadoras históricas de la población El Barrero. Ellas conservan la tradición del punto smock. "Iba la nana de unos mellizos, llegaba la Érica, la Paty de la esquina, yo y la Chela, que era la que prestaba la casa. Nos quedábamos hasta las tres de la mañana bordando. Después volvíamos a la casa a dormir un ratito porque luego había que levantarse e ir a dejar a los niños al colegio", cuenta Ana Parra, quien hoy tiene 74 años. Las manos de esta artesana también se encargan de contar su historia: en cada dedo sobresale una pequeña "guatita" de artrosis que comprueba los 50 años que lleva sosteniendo agujas. "Fue muy sacrificado", interrumpe María Salazar, sentada a su lado. Las dos sonríen. Ana tenía apenas diecisiete años cuando llegó desde Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos a Sanrtiago. Su padre había muerto y la familia buscaba empezar de nuevo en la capital. Lo que encontraron fue una mediagua, levantada sobre un terreno donde el invierno parecía colarse por las rendijas. "Éramos muy pobres. Vivíamos bajo un techo de fonola, una especie de cartón prensado en alquitrán. Los dormitorios ni siquiera tenían cielo. Cuando la helada se derretía, el agua caía sobre las camas y había que cubrirlas con nailon". Hace una pausa. María no tarda en completar la escena: "Cuando nevó un año, se hicieron tiras (...) La pasamos muy mal. El baño era un pozo negro en el patio". Para fines de la década de 1970, distintas estimaciones sitúan la pobreza en Chile en torno al 30% de la población. En la década siguiente, tras la crisis económica de 1982, alcanzaría cerca del 45%. Había días en que Ana caminaba varias cuadras para hacer fila en la olla común de una iglesia. "Yo iba a buscar los alimentos para mis hijos y me iba para la casa (...) "Lo que había, teníamos que economizarlo y compartirlo no más. Se le echaba un poquito más de agua y alcanzaba para todos", cuenta la artesana. Las puntadas todavía no habían llegado. El cambio apareció una tarde cualquiera hacia 1975, cuando dos mujeres provenientes del barrio alto comenzaron a visitar la población. Venían acompañadas por religiosas y buscaban enseñar un oficio que permitiera generar ingresos desde las propias casas. Traían consigo varias técnica de costura y bordado, y una de ella era casi desconocida en Chile: el punto smock. Las instrucciones no eran sencillas. La tela debía fruncirse primero siguiendo una cuadrícula perfecta. Después, sobre esos pequeños pliegues, se bordaban figuras geométricas que transformaban una superficie lisa en un relieve delicado y casi escultórico. Bastaba equivocarse en un punto para arruinar todo el diseño. Las primeras alumnas apenas entendían lo que veían. Ana tampoco: "Nos costó mucho aprender. Había compañeras que lloraban de rabia porque no les resultaba", recuerda. La artesana volvía a su casa y deshacía una y otra vez las mismas puntadas hasta entenderlas. La paciencia terminó convirtiéndose en un idioma que empezaron a compartir entre ellas, hasta que, poco a poco, comenzaron a dominar la técnica. El incentivo para seguir vino más tarde, cuando empezaron a aparecer los compradores y los primeros encargos: el rumor empezó a correr de casa en casa y, casi sin darse cuenta, El Barrero comenzó a llenarse de mujeres con agujas en las manos. No existía internet, ni tutoriales. En esa época el conocimiento viajaba de boca en boca. Una aprendía, y esa después le enseñaba a otra. Y esa otra, le enseñaba a una vecina. Pronto las mesas del comedor dejaron de servir únicamente para comer el almorzar. Al caer la tarde se transformaban en talleres improvisados. Los vestidos se apilaban sobre las sillas y los hijos hacían tareas mientras las madres contaban puntadas casi sin mirar la tela. Algunas mujeres escuchaban radionovelas. Otras conversaban. Y casi sin darse cuenta, llegaron a ser 200 bordadoras. Este arte se transformó en una fuente de ingreso que permitía a las dueñas de casa comprar materiales para el colegio de los hijos, pagar las cuentas, o simplemente llenar la despensa en las décadas más pobres de nuestra historia reciente. Nadie habría imaginado que, detrás de las puertas de esas casitas humildes, nacían prendas que cruzaban el océano rumbo a Europa. Y que una de ellas terminaría vistiendo al príncipe William. Pero entonces ninguna pensaba en la realeza. Pensaban, más bien, en cómo llegar a fin de mes. "Nunca nos hicimos ricas", dirá después Ana, "pero el bordado nos ayudó a salir adelante". Con los años llegaron encargos cada vez más grandes. Los intermediarios retiraban cajas completas, repletas de prendas infantiles. Muchas bordadoras jamás supieron dónde terminaban. Las bordadoras que resisten Las puntadas comenzaron a viajar mucho más lejos. Los vestidos de niño salían desde Huechuraba rumbo a talleres y exportadoras. De ahí seguían camino hacia Europa y Estados Unidos. La mayoría de las mujeres nunca supo exactamente quién los compraba. Ellas sólo recibían nuevas telas, nuevos encargos y nuevas fechas de entrega. Bordaban sin imaginar el destino de aquellas prendas. Hasta que un día alguien llevó una revista al taller. En una fotografía aparecía la princesa Diana junto al pequeño príncipe William. El niño llevaba puesto un mameluco bordado con punto smock. Era igual a los que ellas confeccionaban. "Nos dimos cuenta porque era exactamente el mismo modelo que nosotros hacíamos", recuerda Ana. La noticia corrió de casa en casa. Durante años habían trabajado sin saber que aquellas prendas terminaban al otro lado del mundo. Pero en la población ubicada en lo que hoy es la comuna de Huechuraba, la vida seguía igual. "Yo hacía todas las cosas de la casa. Dejaba listo el almuerzo porque mi marido llegaba a la una. Después seguía bordando. En la noche, cuando acostaba a los niños, volvía a sentarme. Nunca hubo horarios. El tiempo libre simplemente desapareció", cuenta Ana. Mientras tanto, María asiente mientras la escucha. Ninguna de las dos recuerda cuántos vestidos bordaron en sus vidas, porque nadie llevó un registro. Este es el trajecito que las artesanas de Huechuraba identificaron en la imagen. Lady Di con un pequeño príncipe William en la década de los ochenta. Durante décadas, el punto smock convirtió a El Barrero en un lugar conocido entre quienes trabajaban en la confección infantil. Al barrio comenzaron a llamarlo el Pueblito de las Bordadoras, y por eso, llegaron periodistas, equipos de televisión, delegaciones extranjeras. Las mujeres participaban en exposiciones y mostraban una técnica que, fuera de ese lugar, casi nadie conocía. Pero el tiempo empezó a cambiar de dirección, la industria textil se transformó y las importaciones hicieron cada vez más difícil competir. Muchas dejaron de bordar. Otras envejecieron. Algunas murieron. Los talleres fueron cerrando uno tras otro. Las noches dejaron de iluminarse. Quien llegó cuando ese mundo ya comenzaba a desaparecer fue Gema Muñoz. A diferencia de Ana y María, ella no aprendió siendo joven, sino que esperó a llegar a sus cuarenta años. Todo comenzó por una porfía, dice ella. Había visto el punto smock cuando tenía poco más de veinte años y quiso aprender de inmediato, pero no pudo. Entre el trabajo, la familia y las obligaciones cotidianas, el tiempo nunca le alcanzó. La idea, sin embargo, nunca la abandonó. "Soy media porfiá' yo. Cuando se me pone algo en la cabeza, tengo que hacerlo", cuenta. Hoy tiene sesenta y nueve años y probablemente sea la persona más inquieta del grupo. Estudia contabilidad, marketing digital e inteligencia artificial en cursos de la Municipalidad de Huechuraba. Participa en talleres de arpillera, macramé, bisutería, tejido y pintura. Preside la agrupación Artesanas Huechuraba Poniente y también integra otro colectivo en Recoleta. Su agenda parece imposible. "Tengo todo el día ocupado, todos los días. Me duermo a las tres o cuatro de la mañana; cuando tengo que ir a dejar a mi nieta al colegio me despierto a las seis y, cuando no, tipo ocho u ocho y media. Duermo tres o cuatro horas máximo", avisa. Gema Muñoz es una de las últimas bordadoras del punto smock. Ella busca que este tipo de arte se convierta en patrimonio. Mientras habla, sus manos no dejan de moverse. El punto smock ya no lo utiliza únicamente para vestidos infantiles, sino que ha comenzado a experimentar con cinturones, accesorios y prendas para adultos. No quiere conservar la técnica dentro de una vitrina y que el interés en este arte se pierda: cada año quedan menos mujeres dedicadas a esta labor, por eso insiste en enseñar. No le importa si la alumna avanza lento o si tiene que repetir la explicación cientos de veces. "Yo me dedico a las que les cuesta y a tratar de que aprendan. Algunas me dicen que ya no pueden más y yo les digo que le den, que sí se puede. Me gusta eso. Me gusta motivarlas para que esto pueda seguir", cuenta Gema. Hace algún tiempo incluso le propuso al alcalde de la comuna impartir talleres gratuitos para niños en un programa después del colegio. Mientras otros aprendían robótica o chino mandarín, ella quería enseñarles a usar una aguja. "Estoy dispuesta a enseñarles sin cobrarles uno, por amor al arte, porque lo que yo quiero es que esto siga", dice. Las tres coinciden en una preocupación y es que el Estado todavía no reconoce el punto smock como patrimonio. Gema recuerda una conversación con un funcionario del Ministerio de las Culturas durante la inauguración del centro cultural de Huechuraba en mayo de este año. Le explicaron que aún faltaban estudios. Que probablemente sería necesario incorporar antropólogos. Ella no pudo evitar responder: "¿Pero qué más estudio? Háganlo antes de que mueran todas las señoras que están aquí. Imagínese que yo, con sesenta y nueve años, soy la más joven. ¿Van a esperar a que se mueran las señoras y no quede ningún registro?", dice que l a pregunta quedó sin respuesta. Hoy sigue sin tenerla. El Barrero ya no se parece al de hace cincuenta años. Las mesas donde antes se reunían decenas ya no se comparten. El letrero que alguna vez anunció el Pueblito de las Bordadoras pertenece más a la memoria que al presente. Sin embargo, basta entrar a la casa de Ana para escuchar nuevamente el roce del hilo sobre la tela. María todavía se sienta a bordar. Y Gema sigue buscando alumnas.











