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  • Educados, acomodados, pero sin hijos: la nueva decisión masculina

    Chile vive un retroceso sin precedentes en su tasa de natalidad. Y no se trata únicamente de mujeres que aplazan o renuncian a la maternidad: también hay hombres profesionales, económicamente estables, que podrían formar una familia pero eligen no hacerlo. Algunos toman medidas drásticas, convencidos de que la paternidad ya no es parte de sus proyectos de vida. Francisco Rojas tiene 60 años, es empresario, es de Rancagua y vive solo. No por accidente, sino por decisión. Nunca quiso formar una familia ni ser padre . Lo pensó largamente, lo comparó con las vidas ajenas, la de sus padres, la de su hermana, la de algunos colegas, y entendió que no quería esa historia para sí. “En mi caso tampoco llegó el amor”, dice sin dramatismo. “Así que opté por hacerme la vasectomía”. La elección no fue impulsiva. Le tomó años de reflexión. Y cuando finalmente la ejecutó, supo que era para siempre. Hoy lo dice sin titubeos: no se arrepiente. “Me operé para no tener hijos, ya que este mundo me parece muy complejo, muy duro. Para uno que ya tiene cierta edad, y sobre todo para los niños, es un lugar hostil”. Francisco encarna a un grupo pequeño pero persistente: hombres que, con plena conciencia, deciden apartarse del mandato de la paternidad. Francisco recuerda sus años de juventud, cuando todavía no había decidido renunciar a la paternidad. Habla de una mujer a la que imaginó como esposa, pero el plan nunca se concretó. “Tuve un amor, pero no seguimos pololeando y, bueno, no hubo matrimonio”. No adjudica su decisión a esa ruptura. El verdadero motor, asegura, fue el miedo. Tras aquella relación, no cerró la puerta a conocer otra compañera, pero la idea de ser padre lo paralizaba. “Quise ser responsable. Si llegaba una nueva conquista, yo no iba a traer un hijo al mundo. Para ser papá hay que tener mucha paciencia, pasta de padre. Y yo, en lo personal, tenía miedo… miedo a ser papá”. Francisco dice que el mundo no es un lugar para traer niños. Habla de la inseguridad, de la violencia, de la incertidumbre económica. Y asegura que con su decisión ganó algo que valora más que nada: tranquilidad. Hoy vive con dos perros y una rutina apacible. “Yo llego a mi casa, cierro la puerta, veo televisión, cocino para mí y mis perritos. Pero ya el hecho de salir de la casa y volver es una bendición. Imagínate lo que sería estar con la preocupación de que un hijo salió, no volvió, o se está tardando en llegar”, reflexiona. La natalidad en descenso Chile figura entre los países con menor tasa de natalidad del mundo: ocupa el puesto 222 de 236 en el ranking global. La tasa global de fecundidad es de 1,16 hijos por mujer, un promedio muy por debajo del necesario para el reemplazo generacional. Durante mucho tiempo, el foco de la discusión ha estado en las mujeres: los costos del embarazo, la precariedad de la legislación en torno al pre y postnatal, la brecha salarial, la dificultad para conciliar maternidad y trabajo. Sin embargo, los hombres también empiezan a rechazar la idea de la paternidad. Las razones son múltiples: inseguridad, inestabilidad económica, el deseo de priorizar la realización personal. Hoy las mujeres aplazan la maternidad hacia los 33 o 40 años, después de alcanzar cierta estabilidad o cumplir objetivos personales. Los hombres, por su parte, tienden a postergar la paternidad más allá de los 35. Según el último estudio del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), esa tendencia no deja de crecer. Según Camilo Díaz, psicólogo de la Universidad Diego Portales , la postergación de la paternidad suele estar ligada a una búsqueda de estabilidad. “Tomar una decisión tan significativa como pensar en ser padre implica un cambio radical en la vida de las personas. Y hay que situarlo en el contexto en que vivimos: un sistema neoliberal. En ese marco, se tiende a pensar que ciertos ámbitos deben estar resueltos antes de dar el paso: lo económico, lo laboral, lo de pareja. Son factores que influyen en la paternidad, pero también en quienes no tienen hijos, porque esperan esa misma estabilidad”. El psicólogo añade que los valores sociales de hoy están orientados hacia otras formas de realización personal: experiencias de vida, logros profesionales, independencia económica, riqueza material. Aspiraciones y paternidad Álvaro Céspedes, un joven de 27 años de Las Condes, egresado de Ingeniería Civil, se niega a convertirse algún día en padre a pesar de haber logrado la independencia económica. “Tengo metas y sueños personales que no van compatibilizados con ser padre” dice.  El ingeniero señala que a pesar de que él viene de una familia numerosa de siete hermanos, él está seguro de su decisión ya que afirma que los tiempos de antes cuando sus padres decidieron tener hijos, no es la realidad en la que él vive: “Mis padres tuvieron familia en un contexto totalmente distinto del que se está viviendo ahora. La economía era muy distinta, la seguridad era muy mucho mayo, ahora la violencia se está viendo todos los días, sobre todo acá en Santiago”.  Cristián Allendes, 26 años, egresado de derecho, vive en La Reina, también se suma a la decisión de no llevar el modelo de familia tradicional ya que él considera que el tiempo es valioso y le gustaría seguir perfeccionándose en su profesión. “El tiempo que uno tiene que dedicar a los hijos es bastante y ese mismo tiempo se puede dedicar a desarrollarse profesionalmente o a estudiar”.  Por otra parte, Andrés Salaya de 64 años (Machalí, VI Región) hace una reflexión de lo que le ha implicado llevar una vida sin el rol de ser un padre biológicamente, pero sí una figura paterna para sus sobrinos: “He vivido una vida más libre, con menos obligaciones respecto de hijos, pero me he implicado y comprometido con mis sobrinos en distintos niveles y áreas de su desarrollo. No son mis hijos, pero en numerosas ocasiones debí ocupar el rol de un padre para su beneficio directo”, relata.  Vejez sin descendencia Andrés hace un llamado a los jóvenes que tienen pensado ser padres “Es una responsabilidad y compromiso verdadero, si deciden ser padres en un futuro, a mediano o largo plazo. Ser padres es para siempre, no solo por un par de años o momentos, y si no hay compromiso con esa responsabilidad o, incluso, si no tienen las condiciones materiales y emocionales para asegurar el buen desarrollo del menor, tal vez sería mejor plantearse no tener hijos. Si los tienen, se la deben jugar a fondo y con disposición plena a entregar mucho compromiso y amor de verdad” relata. Francisco asegura que no se arrepiente de su decisión y que proyecta su vejez sin ser carga de su prójimo. “Me veo no dándole problemas a nadie. Para eso tengo mi pensión, creo que con lo que tengo ahorrado puedo tener una vejez tranquila. Avanzar en la vida, y no andar transmitiendo problemas o situaciones a los demás, por el contrario, yo trato siempre de llevar una vida feliz y ayudar a los demás”, manifiesta.

  • ¿Qué tan pedropascalizados estamos?

    Pedro Pascal no solo es el actor del momento, también es el rostro de una nueva forma de ser hombre: más sensible, lector, abierto a hablar de salud mental y activismo. Pero… ¿esto es realmente un cambio o solo una moda? Hablamos con un psicólogo experto y con varios chilenos de distintas edades para entender cómo están cambiando (o resistiéndose a cambiar) las masculinidades hoy. Y las respuestas son tan diversas como impactantes. En 2024, la prestigiosa revista Men’s Health  encendió una conversación que ya venía gestándose en redes sociales, en universidades, en grupos de terapia masculina y en sobremesas familiares. La portada no mostraba músculos tensos ni miradas rudas: era Pedro Pascal, el actor chileno que ha conquistado Hollywood con papeles complejos y carisma dulce. Pero más allá del estrellato, lo que destacó la revista fue su papel como símbolo de una nueva masculinidad. Una que es tierna, lectora, reflexiva y socialmente comprometida. La publicación argumentaba que Pascal está desafiando el machismo y estableciendo un nuevo ejemplo para los hombres latinos. A algunos les pareció una afirmación exagerada. A otros, un reflejo de los tiempos que corren. La pregunta que subyace es profunda: ¿Estamos frente a una reescritura real de la masculinidad o simplemente ante una moda pasajera? ¿Qué tan dispuesto está el hombre contemporáneo —en especial el latinoamericano— a repensarse? Pedro Pascal fue elegido por la revista Men's Health como el nuevo hombre. La publicación destacaba en 2024 su rol en el quiebre de los estereotipos. Decía que el actor chileno es un nuevo ejemplo para los hombres latinos. Un nuevo guion para "ser hombre" Pedro Uribe, psicólogo chileno, especialista en género y director del colectivo Ilusión Viril , lo plantea con claridad: “Estamos atravesando una transición en torno a las masculinidades. Hay una redefinición de lo que entendíamos por ‘ser hombre’. Los hechos históricos que hemos vivido recientemente —como el estallido social o la pandemia— han desafiado nuestra cultura, y cuando eso ocurre, también se cuestionan los significados que le damos a las cosas”. Según Uribe, estas transformaciones no son meramente discursivas: “Hoy, la cantidad de hombres que asisten a terapia es la más alta registrada. Vemos también un aumento sostenido en las solicitudes de vasectomías. Estos son indicadores tangibles de una mayor conciencia sobre la salud mental y reproductiva”. Pero, como todo cambio profundo, este no es lineal. Hay avances y también resistencias. Un estudio publicado en 2023 por La Vanguardia   reveló que uno de cada cinco jóvenes españoles es más machista que su propio abuelo. Este fenómeno, lejos de ser marginal, evidencia un retroceso preocupante en generaciones que se asumen “despiertas” o “progresistas”. Uribe lo explica como un efecto colateral del cambio cultural: “Cuando las estructuras tradicionales se ven amenazadas, muchas veces se produce una reacción contraria. Algunos hombres, en lugar de adaptarse, se atrincheran en formas más rígidas y agresivas del machismo. Es una forma de resistencia ante el avance de los derechos sociales”. Este panorama muestra que el concepto de masculinidad hoy es un territorio en disputa. La figura de Pedro Pascal, con su mezcla de sensibilidad, humor y activismo, se vuelve disruptiva precisamente porque encarna lo opuesto a ese machismo reactivo. No se impone desde la fuerza, sino desde la vulnerabilidad y la empatía. Voces desde Chile En ausencia de Pedro Pascal, conversamos con distintos hombres chilenos para entender cómo viven ellos esta transición. Las respuestas, diversas y a veces contradictorias, ilustran el estado actual del debate. “Yo he cambiado como hombre en los últimos años: soy más reflexivo, me he vuelto más sentimental y empático”, dice Patricio Trigo, de 68 años. Óscar Franco, de 39 años, cuenta que creció bajo el mandato de la fortaleza: “A mí me enseñaron que ser hombre era sinónimo de no llorar, de no mostrar debilidad, pero ya no creo eso: yo soy un osito sensible”. En el otro extremo, Vicente Espinosa (33) pone en jaque incluso la necesidad de definirse en términos binarios: “No me acomoda decir que soy hombre, prefiero identificarme como persona”. Su perspectiva refleja una mirada post-identitaria, más común entre generaciones más jóvenes o en círculos queer. Pero no todos los testimonios hablan de cambio. Rodrigo Espinoza (32) es tajante: “Los chilenos no hemos cambiado nada: entre nosotros nos tratamos con violencia o con burlas”. Alejandro Mejías (23) apela a su fe como brújula de masculinidad: “Para mí, ser hombre significa ser tal cual como Dios me creó. Él me guía y me dice el hombre que debo ser”. Claudio Sáez (36) expresa una sensación de pérdida y persecución: “Se han perdido los valores que nos enseñaron nuestros abuelos. La tenemos difícil, se nos juzga por todo”. Esta visión es común en discursos que sienten que el feminismo o los nuevos movimientos les “quitan algo”. Por último, Rodrigo Marambio (29) comparte una historia íntima: “Mi mamá me enseñó a ser hombre y tal vez por eso soy más sensible”. Lo que queda claro es que no hay una única respuesta. Ser hombre, hoy, es una identidad que se moldea en la fricción entre el pasado y el presente, entre la tradición y la transformación. Los discursos conservadores suelen apelar a una idea esencialista del hombre, asociada a la fuerza, el liderazgo y la autoridad. En cambio, las nuevas miradas —como la que encarna Pedro Pascal— apuestan por una masculinidad afectiva, que se atreve a dudar, a llorar, a pedir ayuda. El fenómeno de la “pedropascalización” no es, en sí mismo, la solución. Es apenas una figura visible que ayuda a desestigmatizar otras formas de ser hombre. Como todo símbolo pop, puede ser adoptado de forma superficial o profunda. Lo relevante es que está sirviendo de excusa para abrir conversaciones incómodas pero necesarias. "La masculinidad no se define en una revista ni en una red social. Se construye todos los días, en las decisiones cotidianas, en los afectos, en los silencios y en las palabras", dice el experto.

  • El nacimiento de una nueva muerte

    En un país donde la muerte suele vivirse como un trámite silencioso y apresurado, emergen nuevas formas de despedirse con sentido. Funerarias alternativas, doulas del final de vida y rituales personalizados invitan a pensar el adiós como una celebración de la existencia. Entre flores, árboles nativos y playlists elegidas por quien parte, cada vez más chilenos se atreven a imaginar su propio funeral y a hablar en voz alta sobre lo único seguro que tenemos: la muerte. Recuerdo el primer funeral al que asistí como si hubiera sido esta mañana. Una salita al lado de una iglesia, luz blanca fluorescente, sillas rígidas, gente que hablaba bajito. Yo tenía unos ocho años y me explicaron, sin mucha pausa, que la Nena se había ido al cielo. Nada en ese escenario hablaba de ella. Ni de su risa, ni de su humor de señora vasca, ni de lo detallista que era. Nadie se animó a contar nada suyo, y yo, que no entendía de formalidades pero sí de decir adiós, le susurré un tierno “sé que nos volveremos a encontrar”. Lo dije para ella, pero también para mí.  En medio del vértigo cotidiano, la muerte, ese acto tan cargado de sentido y profundidad, se ha convertido en una molestia logística más que en un proceso natural que merece ser vivido y elaborado. ¿Cómo quieres que te recuerden? ¿Con esa canción que siempre te gustaba bailar o con la que lloraste tus penas más profundas? ¿Que se vistan de colores o que lleguen de punta en blanco? Y para la ceremonia, ¿prefieres la foto de aquel verano en la playa o la espontánea que te sacaron tus amigos? ¿Tu descanso final: en un ataúd cubierto de flores o volando libre en tu lugar favorito? Esta semana intenté incluir esas preguntas en mis conversaciones cotidianas, pero rara vez fueron bien recibidas. Bastaba pronunciarlas para que aparecieran gestos de extrañeza, silencios incómodos o un cambio inmediato en la energía. Hablar de la única certeza que tenemos en la vida -la muerte- parecía romper un pacto tácito de no incomodar. Esa resistencia, ese silencio, me hizo pensar en lo poco que sabía sobre cómo los chilenos vivimos (o evitamos) nuestra relación con la muerte. Fue ese vacío el que me empujó a investigar y a querer entender más. Afortunadamente, sí hay personas que decidieron abrir esa puerta sin miedo y acompañar a otros en el tránsito final. Doulas que ayudan a cruzar el umbral con compasión, funerarias que piensan en despedidas como rituales íntimos y memorables y proyectos que hacen del adiós una forma de contar la historia de quien se va. Puede que la muerte siga siendo un tabú, pero hay quienes están aprendiendo a llevarla, nombrarla y a volverla un lugar un poco más habitable. Activistas de la muerte La doula de fin de vida suele acompañar desde aproximadamente cinco meses antes del fallecimiento, hasta el momento en que la persona muere. Idealmente, el vínculo comienza cuando el paciente aún está consciente y en condiciones de trabajar en el rescate de su legado personal. “La gente  olvida que hay una persona, es una biografía la que está falleciendo. No es un cuerpo biológico”, comenta Bárbara Soto quien es doula y enfermera. Su labor consiste en ayudar a quien está en proceso de morir a resignificar su vida y transitar una muerte con dignidad y compasión, al tiempo que brinda alivio emocional a los familiares. “La gente sí quiere hablar de la muerte, lo que pasa es que no tiene la instancia de hacerlo y no lo quiere hablar con su familia”, comenta Soto quien en conjunto a otras doulas ofrecen un “Café de la muerte”, una instancia de conversación profunda, íntima y sin tabúes sobre la partida.  Las doulas en Chile son relativamente recientes, Bárbara comenta que hace algunos años partieron siendo solo 5 y hoy son más de 100,  gran parte profesionales ligadas al área de la salud. Hoy cumplen un rol de activistas de la muerte, teniendo una función destacada en naturalizarla y reconocer las voluntades anticipadas. Estas últimas corresponden a las decisiones intransables que una persona puede dejar por escrito: desde aspectos relacionados con su salud, con quién quiere pasar sus últimos momentos, cómo quiere que sea su funeral, hasta si prefiere que sus redes sociales permanezcan activas o sean eliminadas. Al compartir esta información con la familia, comienza un proceso de sensibilización que permite entender la importancia de hablar sobre la muerte para dejar de temerle. Este no es un servicio remunerado. “Hay un debate ético en torno a cobrar por esto. Es una decisión personal”, explica. Atiende a sus pacientes dos o tres veces por semana y, en cada sesión, puede pasar hasta tres horas conversando con ellos Hace unos días, María Isabel, la abuela de una amiga que acaba de cumplir 74 años, me contó que tiene escrita su voluntad anticipada. Dice que no le teme a la muerte; para ella, así como el nacimiento es un paso hacia la vida, la muerte es simplemente otro. “Siempre ha estado a mi lado, creo que tenemos una especie de amistad en que ella me va a respetar cuando llegue mi hora”. En cuanto a la ceremonia, desea que su cajón sea pintado con flores antes de ser cremada, y enfatiza que solo está permitido llorar cuando se escuche el aria “E lucevan le stelle”  cantada por Pavarotti. Después del duelo, quiere que la ceremonia sea una celebración de su vida. Bárbara me preguntó si ya tenía escrita mi voluntad anticipada. La verdad es que no. Nunca me he sentado a escribir seriamente sobre mi muerte, pero su pregunta se quedó ahí, dándome vueltas. Me obligó a imaginar un funeral que aún me cuesta visualizar, porque me siento joven todavía. Pero si pudiera elegir, quiero algo sencillo. Idealmente al aire libre, rodeado de flores y con lecturas que le hagan cosquillas al alma de quienes vayan. Lo que más me importa es que sea una fiesta, que mis amigos por fin usen esa ropa que llevan años guardando “para una ocasión especial” y que celebren con lo que más me gustaba: comer bien y reír fuerte. Que lloren, sí, pero ojalá mientras se ríen. Y si va a ser en mi casa, que lo sea con todos los permisos: pueden prender todas las velas que acumulé sin usar, llevarse la revista que más les guste de mi colección y quedarse hasta tarde, como cuando no queríamos que se acabara la noche. Celebrar la última fiesta En Chile, según el último Estudio de Mercado Fúnebre elaborado por la Fiscalía Nacional Económica, existen más de 850 funerarias, 400 cementerios y 17 crematorios distribuidos a lo largo del país. El informe revela que el costo promedio de un funeral completo supera los dos millones de pesos, y que un 36% de las personas elige estos servicios por recomendación de alguien cercano, mientras que apenas un 12% lo hace por internet. A pesar de esta amplia oferta, la experiencia sigue siendo percibida como impersonal, rígida, marcada por el protocolo. Cambian los féretros, pero el guión se repite:salas velatorias sin alma, discursos que no dicen nada, flores artificiales y música neutra. La muerte, con toda su carga emocional y simbólica, suele reducirse a un trámite frío y distante. Ante esa carencia de sentido y calidez, surge Petra , una funeraria que busca celebrar la vida a través de experiencias y objetos fúnebres. Ofrecen un acompañamiento en la creación de una despedida única y auténtica, ya sea para ti o para un ser querido. Esta planificación en sí misma abre espacios para hablar de la muerte. Luisa Prieto, una de las fundadoras, destaca que su objetivo es acompañar y hacer el entorno relacionado a la muerte una experiencia más agradable. Esto permite que, poco a poco, las nuevas generaciones no asocien los funerales con recuerdos traumáticos. “La idea es volver el espacio más hogareño, más natural, para que estar ahí sea una experiencia más amable. Al final, esa sensación transforma tu relación con la muerte. El día de mañana, tu hija no recordará un velorio donde todos estaban en silencio, inmóviles, sino un lugar donde pudo habitar la despedida con sentido”, comenta Prieto. “Al contar que tengo una funeraria a la gente le produce rechazo, pero después, una curiosidad inmediata. Las personas están ávidas por hablar de la muerte, es como un botón que tienen escondido, como que socialmente no quieren hablar, pero basta que alguien ponga el tema para que la gente se te acerque silenciosamente y después lo hable en voz alta”, agrega. En redes sociales, la recepción del proyecto fue inmediata y dejó en evidencia la necesidad de servicios funerarios más íntimos y personalizados. Decenas de personas comentaron con entusiasmo y alivio ante la propuesta de Petra, celebrando su enfoque distinto. “Se vino a mi cabeza el funeral de Mr. Big, cuando Carrie buscaba un lugar precioso y diferente para el funeral y no encontraba nada, y llegó a una galería de arte preciosa, totalmente blanca”, escribió una usuaria. Otra comentó: “No quiero morir, pero qué tranquilidad que exista @petra.funeraria. Muchas flores para ustedes”. Algunos incluso lo tomaron con humor: “Putting the fun in funeral”, mientras que otros fueron más tajantes: “Dejo constancia en esta red social que cuando muera, quiero que Petra se haga cargo. He dicho.” Vuelta a casa Muchas personas hemos fantaseado con volver completamente a la tierra, reincorporarnos a la naturaleza y sentir, de alguna manera, que el ciclo puede volver a empezar, pero esta vez de forma diferente. Con esa idea en mente, Bio Funeral, una empresa que funcionó como funeraria convencional durante más de 22 años, decidió en 2019 reorientarse hacia los biofunerales. Desde entonces, han realizado 329 ceremonias, ofreciendo urnas biodegradables fabricadas con maderas no tratadas y géneros naturales, además del servicio de Ánfora Árbol Nativo.  Pablo Sánchez, uno de sus representantes, explica que las cenizas se depositan en una bolsa de fibra natural que se transforma en la base nutricional de un árbol: “Es una forma concreta de volver a la tierra de manera digna, simbólica y regenerativa. Es ver cómo la vida continúa, cómo las raíces se afirman y cómo el recuerdo se convierte en bosque. Es un acto de amor que, en vez de contaminar, reforesta. Es un acto de continuidad, de arraigo y de belleza en medio del dolor”.  Desde su experiencia, observa una apertura creciente hacia formas de despedida más personales y coherentes con los valores de cada vida. Aunque el cambio es lento, dice, es irreversible. La pandemia dejó una marca imborrable: entendimos que la despedida importa y que la forma en que la hacemos también nos define. Hoy, muchas personas en Chile buscan rituales que celebren la vida vivida, que les permitan volver a la tierra y cerrar el ciclo de manera consciente. En palabras de Pablo, estamos viviendo una madurez colectiva al incorporar estos procesos. Si bien no todas las personas logran aceptar el duelo como una forma final del amor, como propone la escritora Rayne Fisher-Quann: “ el horror, el dolor y la pérdida no existen en oposición al amor, sino como una afirmación de él”;  instancias como las que recogemos en este reportaje permiten habitar esa tensión de otra manera: reconociendo que el dolor y la belleza pueden coexistir. Que, quizás frente a la pérdida, lo más humano es crear espacios que nos ayuden a sostener el amor, incluso cuando todo parece desmoronarse.

  • Finales imperfectos en la ciudad

    Diciembre de 2021. La ciudad no era la misma y nosotras tampoco. Pero allí estaban de nuevo: Carrie, Miranda y Charlotte, regresando en And Just Like That , casi veinte años después. Las conversaciones eran las mismas, ahora con más arrugas, nuevas pérdidas amorosas y menos anécdotas sexuales, aunque todavía en tacones. Eso sí, esta vez la ciudad estaba más callada. Veníamos saliendo de una pandemia y todavía quedaban restos de miedo en la piel y distancias obligatorias. Yo no había vuelto a tener sexo en la ciudad, ni en ningún otro lugar. Quizás por eso retomé el contacto virtual con mi propio Mr. Big. Porque sí, todas tenemos uno: ese hombre intermitente que desaparece cuando más lo necesitas , pero que siempre deja una puerta entreabierta para volver. Una puerta que, a veces, no queremos cerrar. O que, como en la serie, se convierte en ventana: aquella desde la que Carrie se despide de él, despeinada, en pijama, con un cigarro en la mano, diciendo: “Era libre, y no había nada exquisito en eso” . En su momento tomé nota, porque esa frase encierra una de las grandes paradojas de la modernidad: la libertad, por sí sola, nunca fue suficiente. Y, como Carrie nos recordó, tampoco es cómoda ni glamorosa. A veces, lo que más anhelamos es lo que más nos lastima. Y lo que nos protege puede ser lo que más nos adormece. Lo deseable no siempre es lo saludable. Vivimos en una época que exige coherencia a prueba de balas: que nuestras elecciones sean libres, conscientes, plenas, rentables, feministas, técnicamente impecables y, además, nos provoquen el mismo placer nostálgico que sentimos hace veinte años. Pedimos madurez, pero queremos que nada cambie. Por eso Carrie siempre fue una antiheroína incómoda . No por romper esquemas, sino por encarnar nuestras contradicciones: buscar amor y temer al compromiso, querer independencia y anhelar refugio. Su glamour era una armadura; el maquillaje y los vestidos de alta costura, una forma de cubrir fisuras que inevitablemente se asomaban. And Just Like That  no ocultó esas grietas: fue torpe, repetitiva, a ratos desesperada por agradar. Pero, como una amiga que regresa con sus defectos intactos, volvió para acompañarnos. Vía Gregory Littley Según declaraciones de Michael Patrick King, director de la serie, y de la propia Sarah Jessica Parker, esta tercera temporada fue la última: Carrie Bradshaw colgó sus tacones para siempre. Con el último capítulo emitido, se cierra el ciclo de And Just Like That , la secuela que llegó para recordarnos que la adultez, incluso en tacones, sigue siendo una coreografía llena de tropiezos. Mr. Big, el eterno galán, se despidió en el primer episodio de la primera temporada, con una muerte que fue más que un giro de guion: f ue la metáfora de un derrumbe íntimo , el desvanecimiento de un tipo de masculinidad tradicional que, en teoría, ya no deberíamos volver a buscar. Recuerdo la noche en que vi su muerte en pantalla. Como a Carrie, me pilló por sorpresa. Y es que la muerte nunca se espera, como tampoco esperaba volver a ver al mío. Esa noche, en uno de mis tantos intentos fallidos por terminar nuestra temporada, lo bloqueé de redes. A los meses le dediqué un texto para una revista con el mismo fin: decirle adiós. Pero no bastó. Cuatro años después, mientras la serie anunciaba su final, yo crucé el mundo hasta su país, Australia, para cerrar nuestro capítulo. “Hello, it’s me”, fue la canción que acompañó la despedida de Carrie a Big en el funeral. “Hello, it’s me”, escribió mi Mr. Big en su correo para acordar la cita. Paralelismos cinematográficos. Lo encontré en un café de Melbourne, trabajando desde su notebook. Sobre mis tacones, bajé siete escalones que condensaban los siete años que duró nuestra historia. Siete años: tiempo suficiente para una serie. Sex and the City  duró seis. Quiero que me digas todo, le pedí. Porque al igual que cuando alguien muere, una necesita escribir un final. Terminamos afuera de su auto. “Goodbye, Mr. Big”  fue lo último que pronuncié. Él sonrió y me abrazó, mientras todo su cuerpo temblaba. And just like that .  Era el fin, sin más. Porque las historias, tanto en la ficción como en la vida real, rara vez cierran bien. Ya en los capítulos finales de And just like that , vemos a una Carrie que se enfrenta a la idea de que su final no sea el que esperaba: la posibilidad de terminar a solas. “¿No te asusta pensar en lo que te pueda pasar por vivir en una gran casa sola?” le pregunta la joven que arrienda su antiguo departamento de soltera. Carrie queda reflexiva. Cuando viajé a Australia pensando en reencontrarme con el Mr. Big australiano, también me asaltó esa pregunta: ¿y si termino sola, sin él, en una gran ciudad del otro lado del mundo? La idea de terminar sin ese gran amor, el Big escrito con mayúscula, para el cual la sociedad nos enseña a esperar, especialmente a las mujeres, es difícil de desarticular, porque no requiere solo de una deconstrucción personal, sino que, sobre todo, cultural. En ese sentido, al instalar otros relatos en la cultura popular mediante series, contribuye a esa desarticulación que va cambiando el imaginario sobre el terminar sola. Ahora, no visto como una tragedia, sino como una posibilidad que merece ser contada. El tiempo de espera siempre es opaco, porque es el tiempo en que lo que uno desea no se está cumpliendo. Por tanto, no se trata de vestir de cinismo optimista ese tiempo, sino que de cuestionar el por qué esperamos lo que esperamos. Hoy los consumidores parecen esperar que toda serie sea una obra maestra, del calibre de Game of Thrones  (al menos, en sus mejores temporadas) o de cualquier otra producción con presupuestos millonarios y guiones milimétricamente pulidos. Queremos tramas impecables, diálogos memorables, giros calculados al milímetro y, además, que reflejen todos los matices de la realidad contemporánea sin un solo tropiezo. Quizás es el efecto colateral de vivir saturados de contenido: sentimos que nuestro tiempo es tan escaso que cada minuto de pantalla debería justificar la inversión. O tal vez es que hemos convertido el consumo cultural en una competencia —una especie de deporte olímpico del buen gusto— donde ganar significa haber visto “lo mejor” y poder opinar sobre ello con autoridad.  Pero hoy también se busca ganar en el amor, cobrando fuerza la psicología del rico : “no me suma”, “me hace perder tiempo”, “no me sirve”. Como si el amor sirviera para algo, reflexiona la psicoanalista Alexandra Kohan. Y es que el amor nunca ha sido terreno de ganancias, sino que de pérdidas, porque amar es asumir riesgos, por ende, es una experiencia más cercana a perder que a cualquier otra cosa. And just like that  perdió, porque tiene como trama el amor. Pero en el afán de ganar algo viendo lo que vemos, olvidamos que muchas de las historias que más nos han marcado no lo hicieron por su perfección, sino porque nos acompañaron en momentos concretos de nuestras vidas. Con la despedida de Carrie, Miranda, Charlotte, el fantasma de Samantha y las nuevas amigas, Seema y LTW, yo no espero mi final, sino que lo escribo, mientras Carrie enciende un vinilo y acepta su final sin pareja al son de Barry White. Nunca esperé que las chicas cumplieran mis expectativas; solo que estuvieran allí para sostener una copa de vino, encender un cigarro y compartir una lágrima incómoda. Al día siguiente de mi propio adiós a Mr. Big, me puse zapatos tan altos como los de Carrie, lo suficiente para elevarme —aunque fueran solo ocho o diez centímetros— por encima de mis miserias. Y caminé. Tropecé. Me levanté. También bailé. Porque la vida, como las series, no siempre está a la altura de nuestras expectativas, ni de nuestros zapatos, pero igual hay que ponérselos y salir a recorrer la ciudad. And just like that .

  • Soy autista y no lo sabía

    ilustración por Antonia Berger. “Eres una persona autista ”. Aquella afirmación abrió heridas nuevas y viejas, pero a su vez cerró más de una. La neuróloga dijo aquellas cuatro palabras sin ser consciente del tsunami que me recorría. Durante diecinueve años viví dentro del espectro autista sin saberlo. ¿Por qué no sabía? ¿Por qué nadie se dio cuenta? ¿Por qué los especialistas no se dieron cuenta? Era septiembre y el calor empezaba a ser sofocante. Llevaba semanas sin ir a clases. No podía levantarme de la cama, hasta respirar se me había vuelto una tarea difícil. Me dolía el corazón o tal vez el alma, no lo sé, pero algo dolía. Yo solo sabía llorar. Había caído en un cuadro depresivo otra vez. Nadie entendía por qué. Llevaba casi nueve años en tratamiento psicológico, las mejoras solo venían por temporadas cortas, pero la ansiedad y la depresión ya se habían vuelto parte de mí. Se creía que tenía algún trastorno de la personalidad, o tal vez del ánimo, algo crónico, pero no tenía un diagnóstico como tal.  Estaba en la consulta de mi psicólogo, sentada en el mismo sillón gris de siempre, envuelta por el olor de la taza de café que tenía en mis manos. Los psicólogos esperan que tú hables y dejes pedazos de tu memoria en su consulta, pero ese día yo no tenía ganas de hablar, así que él se vio obligado a rellenar el silencio . No le tomé atención hasta que empezó a contarme del espectro autista (EA). Él veía rasgos autistas en mí, él creía que yo era autista no diagnosticada. La nueva teoría era que mi autismo no estaba siendo tratado como se debía, lo que me estaba condenando a vivir dentro de un círculo repetitivo de tristeza.  Yo no sabía nada sobre el autismo y me estaban hablando sobre él. Nunca me ha gustado el no saber y me da miedo ser una persona ignorante, así que empecé a aprender sobre él. Lo primero que descubrí fue que las siglas TEA están mal . El autismo no es un trastorno, ya que no presenta alteraciones, ni desórdenes mentales, pero sí suele venir acompañado por ellos . La depresión, la ansiedad, el trastorno de déficit de la atención (TDAH), incluso trastornos de la conducta alimentaria (TCA), suelen presentarse en las personas autistas, y yo no me escapé de la regla. Siempre creí que algo estaba mal en mí, tal vez había nacido descompuesta, me sentía defectuosa. No entendía por qué a los demás les resultaba tan fácil hacer cosas que para mí eran casi imposibles, incluso dolorosas. Llegué a odiarme por no ser una persona funcional. Nunca lograba encajar y me enojaba por eso, porque no podía ser como los demás. Me sentía ajena a la sociedad, que no pertenecía a ningún lado y eso dolía. Duele. Vivía en un estado permanente de depresión. Mi psicólogo decía que todo eso iba a mejorar cuando supiéramos si es que tenía bipolaridad o trastorno límite de la personalidad. Yo quería confiar en él, quería recibir un diagnóstico, quería entender lo que me pasaba, quería entenderme Empecé el proceso de diagnóstico EA, para esto un equipo multidisciplinario de neurólogos, psiquiatras y psicólogos (también suele haber fonoaudiólogos y terapeutas ocupacionales), evalúo mi desarrollo como persona, diversas conductas mías que llamaban la atención, mi perfil sensorial, entre estas cosas. Se pidió la opinión de los terapeutas que me habían atendido años atrás, y ahora, de la nada, todos ellos veían rasgos autistas en mí. Todos concordaban con que yo podía ser autista, pero ninguno lo había mencionado antes. Me realizaron el ADOS-2, una evaluación que, junto a los informes psicológicos que habían escrito los especialistas, respalda y confirma el diagnóstico .  Según un estudio realizado el año 2021 en Santiago y publicado por la Universidad Católica,  la prevalencia del autismo es de 1 en 51, vale decir, cerca del 2% es autista. Los doctores opinaban sobre mí. Sobre mi cabeza. Creían que mi personalidad podría estar fragmentada gracias a los medicamentos. Decían que inconscientemente mi personalidad se moldeaba según los diagnósticos que iba recibiendo. Hablaban de mí como si yo no estuviera ahí, no me tomaban en cuenta, me dolía escucharlos, pero ellos eran los especialistas, había que escucharlos. Mientras buscaban un trastorno, yo me buscaba a mí misma en sus palabras, aún así, en esos momentos yo no tenía voz. A nadie le interesó lo que yo tenía por decir, lo que yo pensara, ni lo que yo sentía. El 20 de noviembre del 2023 recibí los resultados del ADOS-2. La última palabra la tenían esos papeles. Estaba nerviosa, quería que los resultados dijeran que era autista, que se acabara la incertidumbre, tenía miedo de que no fuera así. Tal vez nada iba a cambiar, pero iba a tener respuestas, la búsqueda iba a terminar. Entré en la consulta, la sala se me hacía un lugar frío, las sillas eran incómodas. Llegó la neuróloga y, sin rodeos, dijo que los datos demostraban que yo era una persona autista. No dije nada, no hice nada, no supe cómo reaccionar. Mi mamá hacía preguntas, no entendía desde cuándo tenía una hija autista y cómo es que ella no se había dado cuenta. Me dio la sensación de que se sentía culpable por no haberse dado cuenta. Tenía el informe que confirmaba mi autismo en mis manos. Con mis dedos repasaba las letras mayúsculas en negrita que indicaban mi diagnóstico. Sentía que en cualquier momento podían desaparecer, no sé por qué. Le tomé una foto. Si llegaban a desaparecer, tendría pruebas de que estuvieron ahí al menos. Quería contarles a todos que era autista, tal vez ahora las personas me podrían entender: me sentía libre, estaba feliz, me habían quitado un filtro de los ojos y ahora todo se veía distinto, empecé a entender cosas que llevaban una vida siendo inexplicables. Pero también estaba abrumada, me dieron los resultados que tanto había esperado, y eran los que quería, pero estaba llorando, no podía parar de llorar, no lo entendía. Lo había conseguido. Tenía mi diagnóstico, pero una pena desgarradora me estaba invadiendo. Me consumió y después vino la rabia. Grité, rompí cosas, odié a todos, estaba enojada con el mundo entero. Quería que me abrazaran. Yo quería abrazarme.  Soy autista, siempre lo he sido, pero yo no lo sabía. Antes, cuando no lo sabía, pensaba que estaba rota, tal vez sí lo estuve, pero ya no. Cuando me diagnosticaron, sentí dolor y compasión por mí. Un diagnóstico que ha venido acompañado de la soledad, miedo e inseguridad. Pero ahora que sé que soy autista me quiero mucho más, he empezado a conocerme de verdad, ahora me entiendo mejor, empiezo a perdonar por obligarme a encajar cuando realmente nunca he estado hecha para encajar y eso está bien.

  • Un recorrido por los carretes con receta: noches de jarabe, clonazepam y fentanilo

    Según la Encuesta Nacional de Salud del 2022, un 69% de los jóvenes chilenos consume estupefacientes. En las fiestas de la Región Metropolitana, a diferencia de otras generaciones, las drogas ilícitas pasaron de moda. Hoy se consumen sustancias que venden en la farmacia: medicamentos para la tos, la ansiedad, analgésicos y hasta remedios veterinarios. Expertos explican que estamos en una crisis, pero que es antecedida por otra. Los tiempos de incertidumbre, la inestabilidad social y la pandemia, habrían hecho que los jóvenes encuentren en estas drogas un refugio frente al miedo hacia el futuro. Aquí una radiografía por distintos sectores de Santiago, desde que empieza el carrete hasta que termina. * Los nombres de las fuentes fueron cambiados para este reportaje Santiago Norte, 21:30 horas – Es sábado por la noche y Piero (20), dueño de casa, sale con su celular acompañado de Milán (20). Es un inmueble casi vacío, donde apenas hay un microondas en la cocina. Al fondo de la pieza de Piero, eso sí, hay una cantidad inimaginable de botellas vacías de Deucotos y AcForte, ambos jarabes para la tos. Otros cuatro amigos de la misma edad están sentados compartiendo dos frascos enteros de estos remedios mezclados con bebida. “Me gusta andar con ladronazo’ que se la tiran al minutazo. To’as las Glock están conmigo. Y la delincuencia camina conmigo” Suena el chileno Jere Klein en un parlante y el carrete está recién comenzando. Al ritmo de la música estos jóvenes buscan recetas médicas por Instagram para comprar otros tres jarabes en la noche, y algunos, mientras tanto, sacan sus llaves para consumir tusi saborizado. Los más populares: el de tres leches y lúcuma. Mientras inhalan, uno de los amigos que sueña con convertirse en estrella del trap y el drill, pone a Piero47 en el reproductor, y dice que vendiendo el tusi que él prepara de una manera “buena y sin fentanilo”, va a conseguir el auto de sus sueños, un BMW X5, que vale aproximadamente 84 millones de pesos, “y quizás hasta otra pistola más”, agrega. Con las recetas en la mano, uno de los jóvenes va directamente a comprar dos Deucotos a una farmacia, una Sprite de dos litros y tres cervezas para seguir la noche. Santiago Oriente, 21:30 horas - Al otro extremo de la ciudad las casas son gigantes, con jardines podados y no se escucha la música de los vecinos. Al interior de la casa de María Gracia (20), anfitriona del evento, 25 invitados de su misma edad se reparten piscolas, un pito de marihuana y cigarrillos, mientras suena la argentina Tini Stoessel. Esta casa eso sí, a diferencia de la Piero -donde apenas cuelga una foto antigua de su tío marcada por el paso del tiempo- está llena de enormes muebles y, desde la entrada, cuelgan fotos y recuerdos familiares. “Dale, miénteme. Haz lo que tú quiera' conmigo. Dime que esta noche yo soy tu bebé. Y mañana somos amigo' (....) Amigo’”, Sigue cantando Tini de fondo. Antonella (20), amiga de María Gracia, está emocionada por el carrete al que van a ir. Se trata de una fiesta electrónica con mesas VIP. “Matemos piscolas para no comprar allá”, dice. “Curémonos y chao, cuatro piscolas y mínimo una al seco”, suma otra. Más tarde, en la fiesta, dejarán las piscolas y consumirán drogas más fuertes. Juan Pablo Urrejola, psicólogo clínico y especialista en adicciones y trastornos de ansiedad del Centro Terapéutico EJE, comenta que nuestro país, a nivel regional, “se encuentra en primer lugar de consumo de marihuana y segundo en la ingesta de opioides. Mientras que a nivel mundial, somos terceros en el uso de anfetaminas y sus derivados, y séptimos en el consumo de cocaína. Esto obviamente afecta la salud mental de los jóvenes, pero es una respuesta a buscar un refugio, sobre todo en tiempos de crisis”, agrega el especialista. En ambas juntas los objetivos son los mismos: gastar dinero, grabar videos para el recuerdo que se subirán a sus redes sociales, conocer gente del sexo opuesto, usar drogas y beber alcohol. Una previa en crisis Según datos del 14° Estudio de Drogas en Población Escolar del SENDA, el 9,5% de los escolares reconoció haber consumido tranquilizantes sin receta médica en el último año. La mitad de ellos dijo que accedió a través del entorno cercano, como un familiar o amistades (30,9%) o que lo tomó directamente desde la casa (16,6%). Otras formas de conseguirlo fueron en ferias libres o mercados (10,2%) y en farmacias con una receta de otra persona (6,9%). En este último punto, Jorge Cienfuegos, presidente del Colegio de Químicos Farmacéuticos señala que: “no se puede evitar que una persona falsifique una receta de papel. Cualquiera puede hacer un recetario en una imprenta. Además, no hay ningún lugar acreditado donde se necesite llenar un formulario o te pidan una credencial para eso, entonces, es el caldo de cultivo para la proliferación del abuso de estos medicamentos”. El psicólogo Juan Pablo Urrejola agrega que, si bien el consumo de alcohol bajó según la OMS, la realidad es que las clínicas y hospitales mostraron otra durante la pandemia, donde muchos jóvenes, por la incertidumbre y el aislamiento en el que estaban viviendo, se refugiaron en el alcohol, lo que llevó a consecuencias posteriores en el consumo excesivo de esta sustancia. El carrete: distintas zonas, distintas drogas Santiago Norte, 23:00 horas - Milán se contacta con Ethan (19), otro amigo del Sector Sur de Santiago que cocina tusi. En esta videollamada, Milán se preocupa de la preparación, los precios con que saldrá al mercado y comentan sobre el fentanilo diciendo: “hermano, eso te deja terrible sicosiado, te vei enfermo, nica le pongo esa wea”. Milán le responde: “Mi sangre, el otro día compré en Las Rejas y quedé imbécil, nunca más”. A su vez, mientras se hace la droga, se cuestionan el uso de una “olla decente” para que su sabor no sea a metal o aluminio, ya que para ellos lo más importante, aparte del efecto, es el gusto. Como consumidores, ambos prefieren el de frutos del bosque. Jorge Cienfuegos dice que el recipiente en donde se cocina la droga muchas veces no se revisa y puede estar en mal estado, por lo que en ocasiones, el efecto a largo plazo del consumo de cualquier sustancia cocinada en estas ollas, libera una gran cantidad de metales pesados y otros componentes, lo que puede generar daños agregados aún peores por ser neurotóxicos. “El consumo en jóvenes desde 20 años en adelante muchas veces es por ansiedad, es decir, utilizan la droga como un bálsamo social para poder generar relaciones de amistad o de pareja, para poder socializar y para poder conectarse con otras personas. Estos años de pandemia significaron una detención, una pausa importante en cuanto a los vínculos”, sostiene Felipe Irusta, psicólogo especialista en adicciones y director del Centro Terapéutico EJE. Santiago Oriente, 23:00 horas - María Gracia pide un Uber con sus amigas y arriba del auto ponen “X ESO BB” de Niki Nicole y Jere Klein. Antonella reflexiona en voz alta: “me encanta esa canción, pero me carga el pendejo del Jere Klein, no se le entiende nada y es un drogadicto”. La interrumpe Elisa: “¿amiga teni’ efectivo para comprarle clona al Raimundo?”, y María Gracia responde: “yo traje media pastilla para cada una, tomémosla ahora y chao”. Al otro lado de la capital Piero y sus amigos hablan de cuando uno de ellos compró un jarabe pinchado en un campamento en Cerrillos. “Oh, hermano, eso era como chupar metal. Tenía un sabor asqueroso”, le interrumpe Bastián. Milán responde: “compañero, eso era como el tusi con fentanilo, que wea más tóxica”, insiste. Piero mientras hacía su noveno jale en menos de tres horas señala: “mira yo ahora ando piola, pero eso del fentanilo es pa’ perkines igual que las clonas, te deja imbécil. Además, los que consumen eso, por lo general, es gente super adicta, o mayores o de la calle”, hace la aclaración. En relación al jarabe, José Espinoza, dirigente por 25 años de la feria Bernardino Parada de La Pintana, dice que ha habido un aumento de la venta ilegal de medicamentos al aire libre, y señala que en una ocasión él compró ibuprofeno y se encontraba vencido. Esto, a su vez, va ligado al aumento de un 400% del robo de camiones de productos farmacológicos, y el aumento de un 1.000% en relación al 2021 en la incautación de más de 10.000 millones de dosis de medicamentos, según cifras del ISP. “El fentanilo debería estar regulado bajo la Ley 20.000. Si bien éste es similar a la morfina, tanto en su uso como en su efecto, a diferencia de Estados Unidos u otros países en donde se ven personas inyectándose esta letal dosis hasta quedar inconscientes, en Chile, por cultura, las drogas inyectables no han sido tan consumidas o no han estado tan a la moda como las drogas más convencionales por miedo a las agujas”, explica Jorge Cienfuegos. El experto dice que, aunque el fentanilo ha estado por años en Chile para fines médicos, el mal uso de éste, como por ejemplo en las mezclas de esta sustancia con tusi, pueden provocar distintos efectos, teniendo como resultado fallas renales, hepáticas y cardiacas. Mientras tanto, en el evento de tech del sector oriente, en la sección VIP, los más jóvenes consumen clonazepam y ketamina, los más adultos inhalan cocaína. En medio de la fiesta, muchos hombres mayores ofrecen a las veinteañeras esta droga, incitándolas a posteriores actos sexuales. Y mientras bailan , Elisa (20) acepta una dosis de ketamina de un extraño y la consume, en tanto, María Gracia comparte un cuarto de pastilla de clonazepam con Antonella. Las jóvenes se motivan por un objetivo en específico: ellas dicen que quieren “comerse a alguien”. O mejor dicho, estar toda la noche acompañadas por algún hombre. Con relación a la ketamina, que es utilizada para caballos, Jorge Cienfuegos señala: “hay un nicho bien oscuro en este asunto. Eso es materia específicamente del Servicio Agrícola Ganadero (SAG). Entonces, ahí entramos en la duda, ¿cuál es la capacidad del SAG para regular estos medicamentos? Y si bien, vemos que hay una precaria fiscalización ya de por sí en la venta ilegal de medicamentos, en el caso de la ketamina, es más baja de la que tiene el Instituto de Salud Pública (ISP)". Al ritmo del tech, María Gracia se dirige hacia un baño químico con un tal Benjamín, y Antonella empieza a sentirse afligida porque no encuentra ningún hombre para ella, por lo mismo, quiere conseguir ketamina también. En el otro sector de Santiago, Piero con sus amigos se dirigen a una plaza, en donde todos los chicos están consumiendo jarabe con Fanta o Sprite, mientras que otros jalan tusi. En el hogar de Ethan -una casa vacía, con cajas de remedios por todos lados, y una foto semi quemada de él y su mamá en el living- se encuentra la cocina, que prácticamente es un laboratorio artesanal. Al percatarse de esto, Milán exclama: “la hicimos compañero. De aquí pal mundo. Énfasis”. El resto responde: “Énfasis compañero. Nos vamos a robar el mundo”. Mientras que, en el otro carrete, Elisa se entera de que el hombre con el que bailaba estaba con ella sólo para pasar al salón VIP, lo que la pone muy triste. Al mismo tiempo, Antonella empieza a buscar más droga, ya que no llama la atención de ningún hombre y María Gracia sigue en el baño químico encerrada con Benjamín. Piero sale con sus amigos a la plaza, mostrándose como si fuese el hombre más afortunado del mundo. Entre más eufóricos, más quieren consumir y, a su vez más quieren presumir lo que ellos consideran logros. Milán le muestra una pistola a Ethan. Piero empieza a mostrar sus joyas de 24 quilates a toda la gente que estaba alrededor diciendo “sigiloso como un cocodrilo”, mientras jala tusi sabor frutos del bosque. En el evento tech, la música baja sus revoluciones, pero las reacciones de las tres amigas no. Elisa sigue triste, Antonella se juntó con un hombre de 50 años hasta besarlo con la condición de que le diera más droga, y si bien más tarde dirá que esto la hizo “sentirse mal”, no le importó y siguió consumiendo. Mientras que María Gracia se dio cuenta que Benjamín estaba muy drogado. “No puedo más. Estoy muy empilado”, le dijo él con los ojos completamente perdidos. El after: caer de vuelta a la realidad Ambos eventos terminan y los grupos de amigos se dirigen a sus casas para reflexionar y seguir con la madrugada, pero con ánimos muy distintos. Piero junto a sus amigos se van hacia un recinto en Cerrillos, donde siguen jalando tusi y lo mezclan con Deucotos. Mientras lo hacen, uno de ellos pone “Háblame de plata” de Galee-Galee y Piero 47. “Somo' ejemplo de superación. Pa' lo' menore' en la población. Vamo' to' pa'rria' menore’ no jalen. Que fumen Maria”. Milán ve la foto de su hermana pequeña tamaño carnet en su billetera, mira a su alrededor y le dice a Piero: “Hermano estamos solos”. Bastián habla sobre su madre y empieza a llorar. La euforia va desapareciendo de sus cuerpos. Piero dice que el único recuerdo familiar que tiene es el de una foto de su tío, que actualmente tiene demencia. Entonces grita: “no hay ningún énfasis acá”. Al otro lado, María Gracia y sus amigas tienen una crisis existencial porque no consiguieron un hombre, por lo que el after, se reduce a compartir un cigarro para pasar las penas mientras miran el cielo a punto de amanecer por la ventana de la pieza. La fiesta terminó. “El Colegio Médico siempre ha defendido el libre ejercicio de la profesión por parte de los especialistas en donde dicen que ellos pueden prescribir lo que ellos estimen conveniente o quieran. El problema de hacer eso es que tienes personas de buena voluntad, o éticamente correctas, y personas éticamente incorrectas. Con estas últimas, no hay ninguna herramienta todavía que puedas identificar que sea procesable o sancionable al respecto, y si existe no se han utilizado, y esa es una de las problemáticas más grandes hoy en día”, dice Jorge Cienfuegos. “Con el consumo, por lo general se buscan dos cosas: el placer y evadir el dolor. Muchas se encuentran reprimidas o la persona no logra expresar, canalizar, o catalizarla de manera adecuada sin el consumo de la sustancia. No saben cómo gestionarlo bien”, agrega el psicólogo Felipe Irusta de EJE.

  • Curanderas: sanar al cuerpo en una tierra herida

    Miles de familias han sido desplazadas de manera forzada en México por la violencia. Ante la falta de acceso a derechos como la salud, las mujeres desplazadas retoman su conocimiento ancestral para atender dolencias, sustos y partos. Esta es la historia de Nallely, Irma, Concepción y la vida que trajeron juntas. Texto y fotos de Juana García e intervención de Ángel Eduardo. El viento sopla sobre los tendederos provisionales llenos de prendas de varias familias refugiadas, hay algunas camisas de hombre, pantaloncitos desgastados de niños y bebés. Nallely está a unas semanas de parir. No ha tenido dinero para hacer el seguimiento de ultrasonido, tampoco puede salir de Yosoyuxi, donde es acogida, por miedo a las balas. En esta situación, sus únicas aliadas son las curanderas, las hierbas y el temazcal. En el kuaá já , las médicas tradicionales preparan a Nallely antes de parir. Nallely es una mujer delgada, tiene 38 años de edad y cinco hijos : una adolescente y cuatro niños. Ella forma parte de la comunidad triqui de Tierra Blanca que, entre diciembre del 2020 y enero del 2021, tuvo que desplazarse por la amenaza de la violencia: 143 familias, 503 personas dejaron sus casas desde entonces. Ni sus parcelas, ni sus animales han vuelto a ver en cuatro años. La familia de Nallely salió sin rumbo junto a otras decenas de familias, “con lo único que traían puesto, caminando por alrededor de 6 kilómetros hacia Concepción Carrizal y otros a Yosoyuxi”. Ahí fueron acogidas y resguardadas por las autoridades de Yosoyuxi, en una escuela-albergue indígena, mientras que los estudiantes no lo usaban por la pandemia del Covid-19. En agosto del 2023 tuvieron que dejar el espacio cuando los estudiantes volvieron a clases presenciales. Después, cada familia buscó otro destino propio. Muchos se han ido. A inicios de 2021 algunos llegaron a la Ciudad de México a exponer su situación de desplazados por la violencia y se quedaron a vivir. Otros se fueron con sus familiares a otros lugares como la ciudad de Oaxaca, Huajuapan de León, Tlaxiaco, Santiago Juxtlahuaca y a otras comunidades. La familia de Nallely y al menos unas 70 familias permanecen en Yosoyuxi, aunque por la falta de trabajo se ven obligados a migrar por temporadas. El desplazamiento forzado interno que viven las personas como Nallely afecta su vida cotidiana, el acceso a sus derechos como la vivienda, el territorio, la alimentación, la educación y a la protección en la salud y atención médica, entre muchos otros . Por ello, las mujeres han recurrido a sus conocimientos ancestrales sobre las hierbas, remedios y prácticas que le fueron heredadas por sus madres y abuelas, para tratarse y atenderse. La Hierba coyote o yerba amarga, y diversas hierbas se mantienen resguardadas para ser usadas en el momento que se requieran. Concepción e Irma son dos curanderas de Tierra Blanca Copala. Ellas acompañan a Nayelly en su embarazo. Tocan con sus manos el vientre para sentir los latidos del bebé y confirmar si está en una buena posición para nacer. Hablan entre ellas sobre los poderes de las plantas, las que sirven para la placenta, las que calman el dolor de cadera. Concepción tiene 66 años, es una de las curanderas mayores y con mayor experiencia; Irma tiene 34 años de edad, antes de ser desplazada se dedicaba a las labores del hogar, cuidaba sus pollos y a veces curaba, cuando la buscaban.   Las hierbas Desde que llegaron a vivir a este lugar las familias han sembrado yerbas varias, entre ellas yerba santa, una planta que se usa en la comida tradicional oaxaqueña, y que también es remedio eficaz para el dolor de estómago y la tos. Basta salir de la cocina para encontrar otras hierbas que las mujeres triquis identifican en su lengua y que usan para el tratamiento de cólicos y malestares, dolores de cabeza y de estómago. Con estas hierbas, las mujeres atienden los dolores de los niños y adultos. Cuando los niños se enferman, Irma busca un pocillo viejo y lo coloca en las brasas para preparar un té.  “ Los niños no aguantan lo amargo ”, dice. En cambio, dice con pena y una sonrisa en su rostro, para los adultos “las hierbas amargas se dejan reposar en aguardiente, para luego usarla o tomarla en té”. Para las comunidades indígenas, todas las plantas tienen un uso medicinal. “ Nos curamos con hierbas y tés. Es difícil salir de acá. Nos da miedo ir al municipio porque nos pueden emboscar como ha pasado con otras familias ”, cuenta Nallely, quien no ha salido de Yosoyuxi desde hace cuatro años. Su temor no es infundado, en ese mismo lapso de tiempo, se han documentado al menos cuatro emboscadas sobre la carretera federal Santiago Juxtlahuaca a Putla de Guerrero, donde se ubican las comunidades en conflicto como Tierra Blanca Copala, Yosoyuxi Copala y otros pueblos triquis. Así como Nallely y sus vecinos, hay más de 380 mil personas en situación de desplazamiento forzado en todo México, de acuerdo a las estimaciones de la organización no gubernamental la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) que desde hace algunos años estudia el fenómeno en el territorio. Daniel Márquez, oficial de desplazamiento interno de la CMDPDH, señala que históricamente se ha explicado que el desplazamiento de integrantes de comunidades indígenas sucede por motivos de orden político, conflictos de lindero territorial o por motivos religiosos. Y que en años recientes otras causas han sido “incidencias de autodefensas y de grupos de corte paramilitar y de fuerzas estatales”. Las familias también son desplazadas “por apropiación de territorio o fuego cruzado entre comunidades”, expone. Además de sus derechos,  las personas desplazadas perdieron sus formas de vida. Dejaron sus tierras, sus siembras de maíz y cultivo de plátanos, pues la mayoría de las familias se dedicaban al campo, mientras que las mujeres bordaban sus telares y cuidaban sus animales como pollos y puercos. Sin embargo, cada una conserva en su memoria los aprendizajes de las plantas medicinales que heredaron. “Cuando vivía con mi madre, me explicaba sobre cada hierba, para el dolor de estómago o diarrea, hervimos las hojas de la yerba santa o las hojas de la guayaba y nos las tomamos, poco a poco disminuye el dolor”, cuenta Irma, serena y pausada, con intervalos de una respiración profunda, mientras descansa un poco en la puerta de la cocina, es unas de las curanderas más jóvenes que fue expulsada de Tierra Blanca. Curarse de espanto Irma y Concepción también se encargan de curar los espantos. Entre las familias desplazadas los espantos son comunes, por haber atestiguado balaceras, por los momentos de angustia al huir de Tierra Blanca Copala o por la incertidumbre de retornar a su comunidad. Cuando una persona tiene espanto “va a solicitar ayuda especializada fuera del ámbito doméstico y remiten a la cosmovisión compartida por los integrantes de una misma comunidad”, explica la investigadora Céline Marie-Jeanne Demol en su libro Protección y cura: medicina tradicional en comunidades negras de la Costa Chica, Oaxaca . “ Llevamos casi cuatro años de estar encerrados, no salimos por miedo a que nos puedan tocar las balas como a los demás compañeros que los emboscan ”, narra Julia, otra de las mujeres mayores desplazadas que vive en la misma casa que Nallely. Oaxaca ocupa el sexto lugar tanto en número de personas desplazadas como de eventos de desplazamiento masivo de acuerdo a la CMDPDH. Entre 2016 y 2021, la Comisión registró hasta cinco episodios masivos de desplazamiento interno forzado en el estado, en los que se desplazaron entre 300 a mil personas, la mayoría de pueblos indígenas de la región de la Mixteca, que salieron para salvar su vida, dejando atrás sus casas, sus bienes, sus vehículos y sobre todo, su bosque. Caminaron en senderos, unos bajo los pinos, otros bajo los arbustos; sacaron solo lo que les alcanzó en las manos, una muda de ropa y unos zapatos. Otros, sólo unos papeles de identidad y sus hijos bajo los brazos. Según la norma internacional en materia de desplazamiento, los Principios Rectores de los Desplazamientos Internos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), las personas en situación de desplazamiento que estén heridas o enfermas y aquellas que sufran alguna discapacidad recibirán en la mayor medida posible “y con la máxima celeridad, la atención y cuidados médicos que requieren; además, tendrán acceso a los servicios psicológicos y sociales, y se prestará especial atención a las necesidades sanitarias de la mujer, incluido el acceso a los servicios de atención médica para la mujer, en particular los servicios de salud reproductiva”. Para las familias desplazadas, nombrar sus muertos es parte de la sanación. Lo anterior no ha sucedido con las familias desplazadas del municipio de Santiago Juxtlahuaca como Tierra Blanca Copala. Tampoco con las comunidades de San Juan Mixtepec, donde al menos cinco pueblos atraviesan desplazamiento forzado desde hace 14 años, los cuales, ni siquiera están reconocidos ante la Secretaría de Gobernación (Segob). No existen como “desplazados”. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), organismo encargado de vigilar el cumplimiento de derecho de México, investigó el desplazamiento forzado en la comunidad de Tierra Blanca Copala, de donde es Nallely, y publicó, en el año 2021, el expediente 4/2021/9908/Q señala que no hay registro de que “la Secretaría de Salud del Estado de Oaxaca hubiese proporcionado atención médica suficiente a las víctimas de desplazamiento forzado interno”. El Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), el órgano encargado de atender a la población indígena, como Nallely, Irma y Concepción, tiene un fondo para atender el desplazamiento forzado. Entre el 2021 y 2023, señaló haber destinado 400 mil pesos para las familias de Tierra Blanca Copala, pero sólo 34 de ellas recibieron algo de alimentos y productos de higiene personal. Julia, Nallely e Irma narran que para el gobierno de Oaxaca no existen: “Pues vienen las caravanas, en el pueblo de Yosoyuxi, pero no a vernos a nosotras, para el gobierno no existimos”, indican. La salud implica el acceso a alimentos de calidad y las familias desplazadas no la tienen. La especialista en nutrición Gloria Irene Ponce Quezada realizó un diagnóstico nutricional durante el mes de septiembre del 2024 en Yosoyuxi Copala, con las familias desplazadas de Tierra Blanca Copala, como Nallely. “Un dato que hace evidente el problema de malnutrición por el cual está pasando la comunidad es la talla baja. El 63.64% de las y los menores de 19 años evaluados presentaron talla baja o ligeramente baja para la edad, mientras que el 87.5% de las personas adultas tienen talla baja. Lo anterior evidencia que la comunidad tiene desde edades tempranas, deficiencia de macro y micronutrientes lo que se refleja en un retraso o estancamiento en el crecimiento”, indica el estudio de la nutrióloga.   El temazcal para sanar el cuerpo Después de darle de comer a sus cuatro hijos y a su esposo Nallely se dirige al kuaá já  conocido como baño de vapor o temazcal . El esposo de Irma ayuda a prender el fuego y a calentar las piedras que se usarán para hacer el vapor. Después de tres horas, los leños se consumen y quedan las brasas al rojo vivo. Irma coloca una cubeta de agua adentro y comienza a amarrar ramos de koo ta´a , un árbol nativo del territorio triqui que se usa para sanar las dolencias del cuerpo. El temazcal es una práctica cotidiana para las comunidades triquis y Ñu´u Savi de Oaxaca como parte de su cosmovisión en la medicina. El calor se genera cuando se deja caer una jícara de agua de la cubeta a las brasas y piedras. “Si hay dolor en su cuerpo, sobre todo en la espalda o la cadera por el embarazo, con las ramas se jala el calor hacia esa zona, con la rama se le pega en todo el cuerpo, pero principalmente, donde hay más dolor”, dice Irma, mientras espera ingresar al kuaá já  con Nallely. Los niños también entran al temazcal para curarse. . Los conocimientos en la medicina tradicional son generacionales. Para las mujeres indígenas, el temazcal y las hierbas son parte de la cura diaria. Nallely se recoge el cabello y se desviste para absorber el calor de las brasas y piedras. Ingresa al temazcal, algunas veces con Irma, otras acompañada de otras mujeres. En las afueras de una casa prestada ellas recrean, generan un pedacito de lo que fue su hogar, de lo que son sus formas de cuidarse. “ Nos prestan este espacio mientras esperamos poder regresar a nuestro pueblo , aunque lo vemos muy difícil pero no perdemos la esperanza”, comenta doña Julia, quien vive en la misma casa que la familia de Nallely, con dos de sus hijos y su esposo. Concepción usa el temazcal en combinación con las agujas. “Cuando nos duele mucho la cabeza, ella busca donde están las venas y la entierra hasta que salga la sangre, para calmar el dolor. Al siguiente día nos manda al temazcal”, dicen las mujeres que se refugian en Yosoyuxi. Por la mañana del lunes 14 de octubre del 2024 Nallely parió en un hospital a su quinto bebé. Su hijo pesó 2.8 kilos, un número por debajo del peso normal. “Me dijeron que se me había pegado la placenta y no quería salir, además que el bebé no respiraba, pero el parto fue normal y me tuvieron en el hospital durante cinco días. Él está bien”, dice entre risas de desafío y escepticismo. El domingo 20 de octubre Nallely volvió al temazcal. Este útero de fuego, tierra y piedra le ayuda a recuperarse del parto, mientras elige una palabra en su lengua para nombrar a su bebé. ---- Este artículo fue desarrollado durante #CambiaLaHistoria , un proyecto de la DW Akademia y Alharaca

  • Parteras: alumbrar vidas en medio de la oscuridad

    En los lugares más alejados y recónditos donde las mujeres empobrecidas y racializadas mueren dando a luz, el saber ancestral de las parteras resulta decisivo entre la vida y la muerte. Visitamos cinco municipios en el departamento de Chocó, Colombia, y pudimos evidenciar no solo la complejidad de esta práctica, sino su importancia para la dignidad de las mujeres gestantes y sus hijas e hijos.  Texto y fotos de Daniela Díaz Entre las sombras de la madrugada y a hurtadillas, una niña de ocho años decidió averiguar por qué su abuela se levantaba, a cualquier hora de la noche, para recibir a mujeres que llegaban afanosas en su búsqueda. El día en que la curiosidad venció a la pequeña, descubrió algo que marcaría su destino: en medio de la sala de su casa, vio a una mujer sudorosa que gritaba mientras daba a luz, guiada por su abuela, una partera reconocida en Lloró, Chocó. Ese fue el primer nacimiento que presenció María Visitación (hoy 63 años). Y ahora, 48 años después desde que decidió seguir el camino de sus ancestras, ya ha atendido más de 500 partos. Con el pecho en alto, orgullosa, cuenta que ningún bebé ni madre se han muerto en sus manos. Por el contrario, ella y las miles de mujeres que han heredado esta práctica se han convertido en enlaces locales claves para evitar la muerte de las mujeres gestantes en los lugares más recónditos del país. Su presencia ha resultado decisiva para prevenir la mortalidad materna y neonatales en Colombia, el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con mayores índices en toda la región.  Maria Visitación ha traído al mundo a más de 500 niños. "La partería nace del corazón. Siento que lo llevo en la sangre y mi deber es enseñárselo a las mías. No hay nada más lindo en el mundo que recibir una criatura… secarlos, limpiarlos”, dice Aleida, partera hace casi 40 años. Como si las comadres —otra forma de referirse a las parteras— tuvieran un magnetismo especial suelen estar rodeadas de niños y niñas, la mayoría, a quienes ellas mismas han alumbrado, es decir a quienes han asistido en su nacimiento. Además de sus hijos y nietos consanguíneos, estas mujeres tienen enormes familias extendidas en las que han recibido hasta tres generaciones. Esa es la historia de Aleída (57 años), una mujer robusta, amable. Ofrece esta entrevista mientras cuida a sus nietos, a quienes también alumbró: uno hace ocho meses, la otra hace 3 años. También trajo a la vida a otros vecinitos que juegan afuera de su casa en Condoto, a cuatro horas de Quibdó, capital del Chocó. “La partería nace del corazón. Siento que lo llevo en la sangre y mi deber es enseñárselo a las mías. No hay nada más lindo en el mundo que recibir una criatura… secarlos, limpiarlos”, señala con convicción, luego de 37 años de ser partera. La práctica del comadreo es tan antigua como los mismos embarazos, una labor que ha sobrevivido en el tiempo gracias a la tradición oral. En el Chocó, el departamento con mayor proporción de nacimientos atendidos por parteras —un 28,09% del total en 2021, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE)— hasta el alcalde del Cantón de San Pablo, donde vive otro partero, Alci Efrén Hurtado (60 años), fue alumbrado por una partera. El día que este medio visita a Alci, un líder de los parteros en la zona, la temperatura llegaba a los 36 grados y, al menos en el casco urbano, no había electricidad. Para nadie en ese municipio parecía ser una novedad. Esa desconexión eléctrica es una de las razones por la que el centro de salud no presta sus servicios permanentemente, y si una parturienta, como llaman a las mujeres gestantes, iniciara su labor de dar a luz este día, tendría que ser atendida por un partero o ser remitida hasta Istmina, a un poco más de una hora por una vía a medio asfaltar. Esa sería la opción siempre que no haya ninguna complicación que implique un riesgo para la madre o el feto; de lo contrario, tendría que ser redirigida a 60 kilómetros, hasta la capital Quibdó, al Hospital San Francisco, un centro de segundo nivel de complejidad. El único hospital de este nivel en todo el Chocó, una región con más de 600.000 habitantes. Esto, pese a que hace cuatro años ese hospital está intervenido por la Superintendencia de Salud a causa de déficit en atención, medicamentos y una honda crisis financiera.  En el caso particular del Chocó, su ubicación geográfica atravesada por varios ríos y una ínfima inversión para el desarrollo vial, ha dejado muchas zonas con accesos remotos. Al norte y al sur, los ríos Baudó y Atrato funcionan como únicas vías de entrada y salida. Y en los municipios con acceso terrestre, también hay numerosas comunidades lejanas y dispersas. Alci menciona la zona rural del municipio del Cantón de San Pablo, donde viven mayoritariamente pueblos indígenas emberá que pueden estar a tres o cuatro días caminando selva adentro. En ambas situaciones, las parteras y los curanderos tradicionales son la única presencia médica. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un mínimo de 23 médicos por cada 10.000 habitantes, en regiones como el Alto y Medio Baudó hay solo cinco médicos para casi 30. 000 personas, de acuerdo con datos recolectados por Médicos Sin Fronteras.  A la carrera de obstáculos se suma un problema aún mayor: la reconfiguración del conflicto en Colombia. Los dos principales grupos ilegales que operan en el departamento, la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el grupo narcoparamilitar del Clan del Golfo, han impuesto una misma estrategia de control territorial: prohibir a las comunidades andar río abajo en horas de la noche. Hay horarios demarcados y motivos específicos para poder moverse. Eso únicamente en caso de poder salir, ya que, como lo ha advertido la Defensoría del Pueblo , este departamento representa el 79 % de los confinamientos forzados en el país. Para las mujeres que gestan en medio de desplazamientos y confinamientos forzados, enfrentamientos entre grupos ilegales y negligencia estatal las parteras de sus comunidades pueden representar la diferencia entre vivir o morir.  Esa presencia tan significativa les ha traído tanto satisfacciones personales como amenazas y extorsiones de diferentes grupos ilegales, intimidaciones por parte de las bandas de delincuencia común y hasta extorsiones del Clan del Golfo, la estructura criminal más grande del país. Así lo cuenta como susurrando una de parteras, quien tiene más de 70 años y ha tenido que ceder ante las presiones de los ilegales.  — ¿Tiene miedo?— Ya hemos entregado mucho. Si me toca irme a la tierra, lo hago. Alguien tiene que romper esas cadenas que hemos tenido las parteras. Esa visión de la juntanza y el trabajo colectivo ha sido su forma de resistir y de que su labor perviva. María Visitación, Aleida y Alci hacen parte de ASOREDIPAR-Chocó, una asociación interétnica de parteros que ya suma más de 1.000 integrantes. La necesidad de agruparse inició hace nueve años en cabeza de Manuela Mosquera, quien ha liderado el proceso de consolidación de esta red que a su vez sembró la semilla para el nacimiento de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico. Manuela declara que la idea de formar una red surgió porque ella, comadre, veía con preocupación como las parteras pasaban décadas prestando un servicio comunitario y al final, terminaban sus días en la precariedad y sin ningún tipo de apoyo gubernamental. La mayoría de las comadres de la asociación no dimensionaban el impacto de la partería en la salud pública y en la garantía de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, en especial, las más pobres y las racializadas. De acuerdo con un informe del Instituto Nacional de Salud de Colombia (INS), la mayoría de víctimas de muertes maternas en Colombia tienen dos características particulares: son mujeres con pertenencia étnica: afrodescendientes o indígenas y de clase social baja.  Nadie debería morir dando vida Ya casi era la media noche en Condoto y mientras Aleída lavaba los platos, irrumpió en su casa una gestante urgida. Dejó los trastes, corrió, tomó su kit, y le preguntó: “¿Qué sientes? ¿Tienes visión borrosa? ¿Escuchas zumbidos?”. Le tomó la presión, le hizo un tacto. Recuerda que, tras examinarla, supo que algo no andaba bien y que la atención en su casa no sería suficiente. Llamó a una ambulancia y se subió al carro con la mujer camino a Quibdó, donde la parturienta logró dar a luz sin arriesgar su vida. Un hecho similar vivió María Visitación en su casa en Yuto. En un pequeño cuarto contiguo a la sala, donde tiene una maleta preparada para cualquier urgencia, una materna le pidió atender su alumbramiento. María Visitación la revisó de arriba abajo y luego se negó. Fue tras examinar que determinó que el feto era tan grande que la mujer necesitaría una cesárea y debía hacerse en un centro médico. La parturienta, fiada plenamente en su palabra, se dirigió al hospital y como lo había advertido la partera tuvo que someterse a una cesárea. “ Nosotras sabemos hasta qué punto podemos llegar y hasta donde va nuestro trabajo. Hemos aprendido a identificar riesgos a tiempo ”, reflexiona María Visitación. En esa confianza y primer enlace con sus las comunidades radica el valor transcendental que tiene la partería para mitigar la mortalidad materna. El INS ha señalado que dos de las principales causas asociadas a las muertes maternas son el trastorno hipertensivo y hemorragia obstétrica, ambos prevenibles y tratables.  Recientemente, hubo un momento cúspide para el reconocimiento de esta práctica, pues finalmente tras décadas de invisibilización, la importancia de la partería tradicional volvió al debate público. Durante la pandemia por COVID-19 la tasa de mortalidad materna se disparó en el mundo, y Colombia no fue la excepción. Las embarazadas evitaban ir a un hospital o simplemente no podían salir de su comunidad producto de la crisis sociosanitaria. A quienes acudían por cercanía y familiaridad eran a las comadres. Eso empezaron a notarlo algunos organismos de ayuda humanitaria en el Chocó. Incluso mucho antes que el mismo Estado colombiano que aún no logra garantizar plenamente los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres; ni tampoco ha podido garantizar el acceso total de los pueblos étnicos a la salud. En medio de la pandemia, estas oenegés decidieron apoyar esta labor. De esa forma arrancó en 2020 el programa “ Partera Vital” del Fondo de Poblaciones de las Naciones Unidas (UNFPA). Durante cuatro años se han enfocado en fortalecer la práctica de las comadres formándolas en diversas áreas de la medicina y suministrando kits básicos. “Apoyar la partería tradicional étnica es una de las estrategias más eficientes para reducir la mortalidad materna”, destaca Luis Mora, representante de la UNFPA en Colombia. Añade que esto ya ha sido probado por años en otras regiones del mundo como África Occidental. El programa ha tenido tan buenos resultados que se busca replicarse en otros departamentos con altas tasas de mortalidad materna como La Guajira y Nariño. “Nadie debería morir dando vida”, sentencia el hombre.Ante la desidia estatal y gracias a la interlocución de ASOREDIPAR, al impulso de la partería tradicional en Colombia se han ido sumando otros aliados claves como la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Esas alianzas les han ido dotando de elementos básicos como tensiómetros o pantalones médicos antishock —necesarios en el manejo de la hemorragia postparto—. Las parteras señalan que por muchos años adquirir algunos equipos resultaba económicamente imposible para ellas.  La lucha por un trabajo digno  Mujeres que pasaron décadas alumbrando a otros ahora viven sus últimos días en la oscuridad. O lejos de sus comunidades y familias extendidas. Así ha sido la trágica realidad para varias parteras —mujeres de más de 70 años— quienes al llegar a la vejez sufren de ceguera y otros males propios de décadas de trabajo en la precariedad, como lo recuerdan las hijas y nietas que heredaron sus saberes. Los malestares físicos empeoran ante la situación de empobrecimiento en la que viven la mayoría de las parteras de la tercera edad que ni en sus sueños más locos contemplaron una pensión ante años de esfuerzo físico y aporte comunitario . A ello se suma la violencia en sus territorios, donde producto de esa precarización y el conflicto armado salen huyendo.  Ese es el caso de Petrona Mosquera, quien salió huyendo hace dos décadas de su natal Chocó y se ubicó en las periferias de Bogotá, en Ciudad Bolívar. Aun en medio del exilio Mosquera quería mantener viva la práctica de la partería . Con esa decisión en mente, en los últimos años se ha dispuesto a mantener viva esa práctica. Atiende en su casa, o en las salas de sus vecinas en el barrio, a mujeres racializadas y desplazadas por la violencia que siguen buscándola por sus saberes y porque muchas tampoco cuentan con un servicio médico en la capital. Mosquera no es la única, pero sí la líder de Las Comadres, un grupo de mujeres que se agruparon, entre otras, para mantener viva esa labor tras salir expulsadas de su tierra.  Ninguna de la docena de parteras entrevistadas había concebido su labor como un trabajo remunerado, más bien para ellas ha sido un servicio que estaban destinadas a prestar en sus comunidades. Cuando deciden cobrar no suelen tener tarifas fijas, sino que depende de la capacidad económica de las mujeres que atienden, las cuales viven en su misma vulnerabilidad. Por atender un parto pueden recibir desde 5 dólares (20.000 COP) o 25 USD (100.000 COP) en los mejores y más excepcionales casos.   trona Mosquera salió huyendo hace dos décadas de su natal Chocó y se ubicó en las periferias de Bogotá, en Ciudad Bolívar. Aun en medio del exilio Mosquera quería mantener viva la práctica de la partería. “La partería nace del corazón. Pero vivir de esto es difícil, no tenemos apoyo y nosotras no podemos abandonar a una parturienta que nos necesita, no la podemos dejar morir”, asegura Aleída. Frente a su casa hay un letrero donde anuncia que toma la tensión por 2.000 pesos colombianos (aproximadamente 50 centavos de dólar). Esa es apenas una de sus muchas formas de rebusque diario. Cuando el río Condoto crece se va a buscar pescado para vender, o vive de lo que le pagan para hacer bebidas medicinales con plantas. Con la intención de evitar que una tradición tan significativa desaparezca o se convierta en un mandato de pobreza para quienes la practican, hace dos años ASOREDIPAR en conjunto con Ilex, una firma de abogadas afrodescendientes, instauraron una acción de tutela que resultó en un falló histórico: la sentencia T-128 del 2022. En ella, la Corte Constitucional le ordena al Ministerio de Salud integrar a las parteras al Sistema General de Seguridad Social.  La decisión fue el primer paso para caminar hacia la dignificación de ese trabajo de cuidado, pues desde allí ha sido una odisea lograr que lo consignado en el fallo se materialice en la vida de las parteras. De acuerdo con Audrey Mena, subdirectora de Ilex, la decisión tiene implicaciones en muchos niveles, pero principalmente cuando se trata de una garantía real de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres rurales, las afro e indígenas. “Desafía las estructuras de exclusión, pero también muestra la resistencia que han venido haciendo ellas para que se reconozca su rol como agentes comunitarios de la salud. Para mí se configura como un escenario de lucha contra la discriminación racial, de género, de clase”, afirma Mena.  Durante la pandemia por COVID-19 la tasa de mortalidad materna se disparó en el mundo, y Colombia no fue la excepción. Las embarazadas evitaban ir a un hospital o simplemente no podían salir de su comunidad producto de las crisis sociosanitaria. A quienes acudían por cercanía y familiaridad eran a las comadres. El mismo año de este fallo, el Congreso de la República aprobó la Ley de parto digno, humanizado y respetado, otro logro histórico para las personas gestantes en el país que luchan día a día contra la violencia obstétrica. En el artículo 11 de la ley, precisamente, hay un espacio dedicado a la partería tradicional y a la obligación del Estado que se compromete a promover la capacitación de las parteras y apoyar su formación. Con ambas decisiones, Colombia se convierte en vanguardia legal y jurisprudencial. Sin embargo, los marcos legales no resuelven los problemas estructurales.  El obstáculo más grande es otro: trascender lo simbólico para convertirlo en una realidad material. Mientras se hacía este reportaje, en el Alto Baudó murió otra una materna por hemorragia postparto, un antecedente que ya tenía de embarazos previos, pero que de tener acceso fácil a controles prenatales en su comunidad en el río Dubaza, se hubiese podido evitar. Ella fue apenas una de las 161 que murieron solo la primera semana de octubre. En Colombia, a diario siguen muriendo mujeres negras, indígenas, pobres, mientras el Estado colombiano avanza a un ritmo tardío y deja las soluciones en manos de la cooperación internacional.  Esa batalla se la han echado al hombro las abogadas afro y las parteras, quienes buscan conciliar las visiones médicas occidentales, la burocracia estatal y las necesidades territoriales. Pero las dilaciones en los escritorios de las grandes ciudades siguen sin cobrar sentido para María Visitación, Aleída, y Alci, quienes reclaman lo mínimo: seguridad social para seguir dando y protegiendo vidas en condiciones dignas. Enfatizan en que su afán no es entrar en disputa con los médicos rurales que atienden en los centros de salud de sus municipios, por el contrario, todos coinciden en que lograr una articulación ampliaría el impacto de su oficio. “Lo que no sabe el médico occidental, lo sabe el ancestral, por eso hay que trabajar de la mano”, reitera Aleída. De hecho, así lo ha hecho Alci, quien ya ha buscado establecer diálogo y alianzas con el médico del Cantón de San Pablo, lo que derivó en que ya han atendido partos juntos.  Si bien las necesidades de las parteras tienen un componente económico, no es el único ni el más central para ellas. Sus sueños son más grandes, son colectivos, son comunitarios. En todos los municipios del Chocó donde hay parteras el anhelo de sus parteras es el mismo: su propio nicho, como le llaman a los consultorios de partería. Anhelan que en cada municipio del Chocó exista una “Casa de la Partería”  donde los cuidados sean el centro de la atención sanitaria, donde pueda converger la medicina ancestral y la medicina occidental. “No queremos llevarnos estos conocimientos a la tierra. Quisiéramos transmitirlos, que podamos capacitarnos unas a las otras”, apunta María Visitación sobre sus planes en un nicho. Insiste en que sus saberes no se pueden perder, por eso ha estado transmitiéndoselo a dos de sus hijas.   “Ángeles que van pal’, ángeles que van pal’ cielo dénmele un saludo a dios, que me guarde mi cupito para cuando vaya yo”, canta Petrona, Yolanda la sigue. Fidelino y Aleída continúan los cantos mientras baila, y ella sostiene una caja blanca que antes estaba en un altar lleno de flores. De esa forma despiden las parteras y las comunidades afro a los recién nacidos que mueren tras el parto: en un Gualí. Ese acto fúnebre no solo tiene un componente de tradición, sino también de gestión del duelo para las recién paridas que, por diferentes circunstancias, pierden a sus hijos. Así lo cuenta Yolanda, otra partera. En la cultura chocoana y afro pacífico la pérdida de un recién nacido no se conmemora igual que la de un adulto, sino que los alabaos’ tienen un tono festivo en honor a un alma pura que va al cielo. En el ritual no solo participa la familia, sino que toda la comunidad canta, rodea y apoya a la madre.  Las comadres son expertas también en ese tipo de ceremonias. Su acompañamiento es fundamental para la salud mental de las madres en estos casos. Ellas preparan detalle a detalle, conocen qué plantas y flores usar para el ritual. Se convierten en un sostén emocional para las familias. Para las comadres la visión de la salud es holística, no solo se trata del bienestar físico. De nuevo, su presencia se vuelve determinante para el bienestar de las comunidades donde habitan, en el nacimiento y en la muerte. Quizá por ello se resisten a irse, a rendirse, a ceder ante la precariedad de su labor o ante el miedo. Se saben acompañadas por una red extensa de cientos de niños y niñas que han recibido sus manos y miles de madres que pueden contarlo gracias a ellas, las guardianas de la vida: las parteras tradicionales.  ---- Este artículo fue desarrollado durante #CambiaLaHistoria  , un proyecto de la DW Akademia y Alharaca

  • Sí, el 2024 fue QUILTRA

    Somos un medio joven e independiente: eso traduce en un montón de obstáculos, pero también de oportunidades. Por eso, creemos que el 2024 fue un año inspirador. Encontramos en nuestros colaboradores historias frescas, respetuosas y humanas, que a través del periodismo narrativo nos acercaron a nuestros seguidores. Los reconocimientos se tradujeron en una comunidad amorosa y en ser los finalistas del Premio Periodismo de Excelencia y el Premio Pobre Que No Cambia de Mirada ¡Gracias por formar parte de esta aventura! <3 Te dejamos un Quiltra Wrapped del año que se va. ¡NOS VEMOS ESTE 2025 CON MÁS!

  • Huérfanos de Estado: hij@s de víctimas de feminicidio en Yucatán

    En los últimos seis años, en Yucatán al menos 37 niñas, niños y adolescentes quedaron en orfandad por feminicidio: perdieron a sus madres por la violencia de género. Parecieran estar en el limbo, pues las acciones del Estado se centran en capturar a los feminicidas. ¿Qué ha ocurrido con ellas y ellos? ¿Cómo han logrado ejercer sus derechos después de ver truncadas sus vidas de manera tan violenta? Ilustraciones: Eloísa Casanova Los nombres fueron cambiados para resguardar la integridad de las fuentes* David juega con uno de sus primos. De pronto se detiene para señalar una fotografía colgada en la pared, es la imagen de una joven con el largo cabello oscuro sobre los hombros, que mira a la cámara con labial reluciente y media sonrisa en la cara. “ Es mi mamá, toda bonita ”, le dice.  Según su abuela, Amaranta, desde que David era un bebé observaba el retrato y fue hasta que cumplió cinco años que le preguntó qué le había pasado. Ella solo contestó que Ivana, su mamá, había dejado de vivir cuando él tenía 10 meses de edad. No entró en detalles: solo le dijo que un día -en diciembre de 2017- salió de casa y no regresó.  Ivana fue víctima de feminicidio cuando tenía 20 años,   a manos de la pareja de una de sus amigas. Amaranta se volvió el único sustento de su nieto: el padre del niño tiene una adicción a sustancias estupefacientes y no reconoció legalmente a David ni se hizo responsable de él más que un par de meses. “David decía que tenía tres mamás: mi mamá -es decir la bisabuela de David-, Ivana y yo. Dos de ellas ya murieron. Solo quedo yo. Y un día me preguntó ‘el día que llegues a morir, ¿quién me va a cuidar?’ Me puse a llorar”, cuenta Amaranta. Lo que ella gana vendiendo elotes y dulces, la despensa mensual que les brinda el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF Yucatán), el cuartito que les construyeron autoridades estatales y la beca escolar de 800 pesos mensuales que el Gobierno local le da a David, no cubren todos los gastos y necesidades del niño. Aunque la sentencia por el feminicidio impuso al responsable el pago de un monto económico como reparación del daño, a la fecha David no ha recibido el dinero. Apenas en 2023 la Comisión Estatal de Atención a Víctimas (CEAV), le dio una parte de la cifra “como una compensación”, a pesar de que Amaranta había solicitado el pago desde el primer momento.  Si bien está acostumbrada a cuidar a David, le resulta pesada la parte económica. El estrés ya le pasa factura: hace cinco años le diagnosticaron diabetes. Ya se le empezaron a caer sus dientes y tiene altos los triglicéridos. Ella atribuye su enfermedad al impacto del feminicidio de Ivana, su hija. Tres años después de los hechos violentos, abuela y nieto ingresaron al Registro Estatal de Víctimas. Pero no han visto ningún beneficio como parte de ese proceso: Amaranta acudió a terapia en un recinto del DIF, pero no terminó el tratamiento de 10 sesiones, pues debía cuidar a David. No ha sido fácil para ella procesar todo lo que le ocurrió a su familia. “Fue un proceso bien difícil…estar bien, como estaba antes, está difícil… es algo que nunca se olvida”, afirma.  Ilustraciones de Eloisa Casanova. La historia de David y Amaranta no es la única. Tan solo de enero de 2018 a marzo de 2024, en Yucatán al menos 37 niñas, niños y adolescentes quedaron en orfandad por feminicidio. Y especialistas han identificado patrones que apuntan a que esas hijas e hijos quedan en el limbo, pues no es prioridad del Estado restituir los derechos de quienes son víctimas indirectas de la violencia de género. DUELOS, BUROCRACIA E INCERTIDUMBRE Las hijas e hijos de víctimas de feminicidio no solo enfrentan el dolor de la pérdida de sus madres. Si no cuentan con una red familiar sólida, son enviados a alguna institución de asistencia social. Actualmente en Yucatán hay una niña de 6 años y un niño de 12 en un Centro de Asistencia Social del Estado en esta condición, de acuerdo con la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes de Yucatán (Prodennay). Si bien esta acción en ocasiones es necesaria, lo cierto es que en esos sitios también se presenta violencia .  En otros casos, las abuelas maternas asumen los cuidados. No tienen el camino fácil: de acuerdo con la antropóloga especialista en género Perla Fragoso, los efectos del estrés son tales que en 20% de los casos que estudió en Chiapas y Yucatán, las abuelas murieron poco después del delito por secuelas de padecimientos adquiridos por la desgastante búsqueda de justicia.   Es decir, de 15 historias que revisó en tres de ellas las mujeres murieron entre dos y tres años después del feminicidio de sus hijas, una por diabetes y otras dos no fueron diagnosticadas, “se fueron enfermando de tristeza” . Y es que además de llevar su propio duelo, la mayoría trunca su plan de vejez para mantener a sus nietas o nietos y empujar procesos jurídicos para restituir sus derechos. El víacrucis lo ejemplifica Ligia Canto, quien luchó durante cuatro años para obtener la patria potestad de sus tres nietas y su nieto tras el asesinato de su hija Gabriela Molina, perpetrado en marzo de 2017 por Martín Medina, el padre de las niñas y el niño.  Ligia Canto ha participado en incontables protestas para exigir justicia por su hija Gaby y sus “leoncitos”, como apoda cariñosamente a sus tres nietas y a su nieto. Fotografía de Lilia Balam Esto pese a que Medina fue privado de la libertad por lavado de dinero,  se comprobó que denunció a Gaby por delitos falsos para quitarle a sus hijas e hijos y había una resolución de 2016 que le quitaba la patria potestad, así como una sentencia de incumplimiento de pensión alimenticia y la sentencia del feminicidio. “Hice circo, maroma y teatro, saqué agua de las piedras para obtener la guarda y custodia”, sostiene Ligia.  Apenas el 31 de julio de este año se reformó  el Código de Familia de Yucatán para que a las personas vinculadas a proceso por el delito de feminicidio se les suspenda la patria potestad y a las sentenciadas por feminicidio se las revoquen por completo.  Muchas familias desconocen que no contar con la patria potestad obstaculiza otros procedimientos, como la obtención de un pasaporte, una herencia o el acceso a servicios de salud. “Las familias lo ignoran, la autoridad no les dice y eso se convierte en pretexto para no darles la atención que requieren”, apunta Fragoso.  Eso ocurrió con la familia de Sulema, víctima de feminicidio a manos de quien era su pareja y padre de sus hijas e hijo en marzo de 2020, al inicio de la pandemia de Covid-19 y después de un largo historial de violencia.  La entonces Procuraduría de la Defensa del Menor y la Familia (hoy Prodennay), otorgó el resguardo temporal de la adolescente, dos niñas y el niño a su tío materno Josué y a la esposa de este, Viridiana. Cuando dictaron la sentencia, una abogada indicó a Josué y Viridiana que debían demandar para obtener la guarda y custodia y reclamar el pago de reparación del daño. Pero ellos no tenían tiempo ni recursos para hacer el trámite. Las autoridades tampoco facilitaron el procedimiento. Además, la abuela paterna quería convivir con sus nietas y nieto, quienes la extrañaban también porque crecieron con ella. Esto generó conflictos en las familias. Los hermanos se quedaron con los tíos maternos y tres años después se fueron a vivir con la abuela paterna, quien desde entonces les brinda apoyo económico. A la fecha los hijos de Sulema no han recibido la reparación del daño. Ilustración de Eloisa Casanova La violencia de un feminicidio impacta profundamente a niñas y niños y si atestiguaron el delito o vivieron durante años en contextos violentos, la situación se agrava, de acuerdo con Sandra Soto, fundadora de la organización “Huérfanos por feminicidio en México”. Pueden presentar pesadillas, incontinencia, volverse más introvertidos o tener episodios de tristeza o ira. También enfrentan el estigma de sobrevivir a un incidente altamente violento, lo cual puede desembocar en deserción escolar. “La falta de certeza jurídica, de saber quién fue la persona responsable y si está cumpliendo una pena, enrarece las dinámicas familiares. Esa presencia de algo violento puede no ser comprendido ni bien acompañado en contextos escolares y terminar en un señalamiento”, indica Tania Ramírez, directora ejecutiva de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM). A menudo las madres son las únicas o las principales responsables económicas de niñas, niños y adolescentes, por lo cual el feminicidio implica además, la pérdida de ingresos, generando carencia material, según datos de Ramírez. De acuerdo con las especialistas y defensoras de derechos humanos entrevistadas, la Ley General de Víctimas  y su equivalente estatal, establecen que se deben facilitar procesos educativos, médicos, psicológicos y jurídicos para garantizar la estabilidad de las víctimas indirectas. En casos de feminicidio, estas necesidades deben ser atendidas según el Protocolo Nacional de Atención  Integral a Niñas, Niños y Adolescentes en condición de orfandad por feminicidio, que entró en vigor en agosto de 2021.  Pero en la práctica esto no se garantiza del todo. A las hijas e hijo de Sulema les asignaron becas escolares bimestrales, pero tardaron más de un año en darles el dinero. También les ofrecieron despensas, pero Josué y Viridiana no las tramitaron porque para ello debían trasladarse a puntos de la ciudad alejados de su hogar. Los llevaron a cinco sesiones de terapia que les brindaron, pero no lo consideraron suficiente: la hija mayor tiene dificultades de aprendizaje y llora al recordar a su mamá. El varón, al igual que sus hermanas dejó la escuela. Se enoja con facilidad, lo cual Viridiana atribuye a un proceso de duelo. Les ofrecieron llevarles de nuevo a terapia, pero rechazaron acudir. Solo la hija menor sigue estudiando con ayuda de la beca. Josué y Viridiana desconocen si alguna de las hijas o el hijo de Sulema están en el Registro Estatal de Víctimas: antes de la entrevista, no habían oído hablar de él.  A las nietas y nieto de Ligia Canto, madre de Gabriela asesinada en 2017, la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), les envió una psicóloga desde la Ciudad de México, quien insistió en hablar del asesinato. Eso les conmocionó y Ligia decidió interrumpir las sesiones. Previo al feminicidio, recibían atención médica de especialistas en alergias y odontología y participaban en actividades extraescolares. Ligia solicitó a la CEAV apoyo para que siguieran su vida lo más apegada a la rutina que tenían, pero no lo obtuvo, desistió por lo complicado de los trámites.  Algunos de los problemas de salud de sus nietas y nieto cedieron, pero otros están en suspenso por falta de recursos. La mayor debió someterse a cirugía desde hace dos años, pero no ha podido por la carencia de dinero.  A la fecha no han recibido el pago de la reparación del daño. A Ligia no le han informado cuándo les otorgarán los recursos. Ella no busca que el gobierno les mantenga: solo quiere que cumpla sus responsabilidades con sus nietas y nietos quienes son, insiste, “huérfanos del Estado”. Las especialistas consultadas para este reportaje coinciden: realizar un censo es el primer paso para que el Estado restituya los derechos de niñas, niños y adolescentes en condición de orfandad por feminicidio, pues a la fecha no se sabe cuántos se encuentran en esta situación en el país ni cuáles son sus condiciones de vida. Con eso se podrían construir canales apropiados para informar sobre los servicios de atención y protección de derechos.  La omisión de cuidados adecuados puede generar vulneraciones consecutivas a sus derechos, quebrantar su desarrollo emocional, psicológico e incluso su trayectoria educativa: si faltan los ingresos mínimos para garantizar su subsistencia, podrían verse obligados a ingresar prematuramente al mundo laboral, de acuerdo con la directora de REDIM.  ANTE LA OMISIÓN DEL ESTADO, LA ORGANIZACIÓN COMUNITARIA Si bien garantizar los derechos de niñas, niños y adolescentes es tarea del Estado, la Ley  General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, precisa que a toda la sociedad le toca su cuidado y atención.  Tras el feminicidio de su hermana Serymar Soto en enero de 2017, Sandra notó que ninguna autoridad se preocupó por su sobrino, Romeo, de entonces tres años y medio. Abogada de profesión, investigó y encontró que las hijas e hijos de otras víctimas estaban invisibilizados, como si sus derechos “estuvieran en la basura”. Abrió una página en Facebook para buscar al asesino de su hermana y comenzó a recibir solicitudes de ayuda de otras víctimas indirectas de feminicidio de su natal Coahuila y otras partes del país. Así surgió la organización “Huérfanos por feminicidio en México”, que en 2018 presentó una queja ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) para exigir la reparación del daño a 18 hijas e hijos de víctimas de feminicidio. El organismo recomendó al Gobierno de Coahuila crear un programa para resarcir los derechos de la orfandad por feminicidio, acción que se ejecutó ese mismo año.  Aunque se le solicitó pagar 6 mil pesos mensuales a cada hija o hijo de una mujer asesinada, la autoridad estatal sólo aprobó el pago de 4 mil pesos bimestrales. Además los apoyos que brindan las autoridades no son adecuados para las infancias y adolescencias afectadas.  Con todo, sólo Coahuila y el Estado de México tienen programas de esa naturaleza. Además el movimiento logró poner el tema en agenda: en 2020, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), el Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna), y el de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), presentaron  el Protocolo de Atención Integral a Niñas, Niños y Adolescentes en condición de Orfandad por Feminicidio.  Fue publicado  en el Diario Oficial de la Federación hasta agosto de 2021. Las dependencias informaron que solamente entre enero y diciembre de 2019 se registraron 796 casos de niñas, niños y adolescentes en condición de orfandad en 26 entidades. Las integrantes de la organización no se conformaron: reclamaron que el protocolo no contaba con recursos y sólo estaba en papel, además que nadie preguntó a las afectadas qué necesitaban para hacerlo funcional. Desde entonces, ninguna autoridad volvió a tocar el tema. “Seguimos en las mismas”, asegura Sandra. En los últimos años, la sociedad yucateca ha prestado particular atención a los casos de feminicidio. En Yucatán se organizaron de otras formas. La familia de Josué y Viridiana se turnó el cuidado de las hijas e hijos de Sulema cuando la crisis económica de la pandemia de Covid-19 les pegó. Supieron del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, asociación que convocó a donaciones de ropa y muebles. Y sus amistades les apoyaron con otros insumos: por ejemplo, uno de sus amigos les regalaba carne.  A Ligia y sus “leoncitos”, como cariñosamente apoda a sus nietas y nieto, les arroparon amistades y organizaciones. Ella dice que también  se volvió detective. Hoy recomienda a quienes atraviesan situaciones similares que lean cuidadosamente los documentos relacionados con los procesos jurídicos, para conocer sus derechos y no dejar que se los pisoteen.  Amaranta, la madre de Ivana, ha logrado sacar adelante a su nieto David de ahora 7 años. Pero sí considera que las autoridades deberían brindar los recursos suficientes para mantenerlo. Lo único que quiere es lo que su hija también anhelaba: que a su nieto no le falte nada. Sin embargo a David le falta su madre y muchas cosas más.  ---- Este artículo fue desarrollado durante #CambiaLaHistoria  , un proyecto de la DW Akademia y Alharaca

  • Las mujeres de Puñaca que reinventan el agua

    Las mujeres de Puñaca Tinta María han visto desaparecer no solo el lago Poopó, sino también su fuente de agua, sustento económico y vínculo ancestral. La sequía, agravada por denuncias de contaminación minera, las ha obligado a reinventar la vida con cada vez menos recursos hídricos: han gestionado cañerías desde zonas urbanizadas, cosechan agua de lluvia y han conseguido la instalación de tanques. A pesar de la adversidad, migrar no es una opción: su arraigo a la tierra es más fuerte que la escasez. Evarista Flores se refresca llevando a su rostro un poco del agua turbia que tiene almacenada en un balde de plástico. El termómetro indica 10 grados, pero es una mañana calurosa de septiembre en el altiplano. El sol pega en la nuca. No hay árboles a la vista donde guarecerse. El suelo es árido. Hay surcos por doquier como en sus mejillas que, tras la pausa, retoma su tejido. Sentada en el piso, en la puerta de su casa, reposa con la vista al frente del que un día fue el segundo lago más grande de Bolivia. “Aquí voy a morir”, vaticina sin esbozar tristeza.    Ella vive en el Ayllu (unidad territorial indígena) San Agustín de Puñaca a 225 kilómetros de La Paz, capital política del país. Su casa es la primera en una hilera de construcciones fabricadas con una combinación de técnicas ancestrales y modernas. Ocho comunidades indígenas están en este lugar, a las riberas del lago Poopó. En Puñaca Tinta María, hogar de Evarista y la comunidad más pequeña dentro del Ayllu, las mujeres que se han quedado en su territorio se han organizado para hacer posible la vida, ideando maneras de obtener agua limpia. Evarista Flores trabaja tejiendo artesanías que vende en municipios cercanos a su hogar. Foto de Esther Mamani La minería hace cuesta arriba el camino pues los residuos de esta extracción a cielo abierto son depositados en los afluentes de agua del sector. Según pruebas gubernamentales, el agua tiene al menos cuatro tipos de metales. Los y las pobladoras están intoxicadas según el estudio de laboratorio adjuntado a la demanda que este Ayllu hizo contra Estado buscando reparación a los daños. La situación no es esperanzadora por lo que muchas familias han migrado. Según el Censo Nacional del año 2012, en la comunidad había 125 personas. Ahora tan solo quedan doce familias según datos de la alcaldía  indígena. Esas 12 familias representan unas  65 personas. Es decir, la mitad de su población ha migrado. Las mujeres indígenas en este territorio trabajan en casa haciendo artesanías en tejido de paja y, a la vez, se encargan de la crianza de los niños y niñas. Los hombres salen cada día a buscar empleo como jornaleros, cuidadores de ganado u obreros de construcción en otros municipios; y vuelven cuando cae el sol. “La gente ya no hay (se van) en la comunidad, algunos nomás se quedan. El lago era nuestro sustento, como si fuera nuestro padre y madre. Ahora nos encontramos huérfanos. Yo no pensaba que iba a secar, pero mis padres decían ‘se va a secar un día hijos, aprendan a hacer estas cosas (artesanías en paja y lana) nos decían, pero no sabíamos su importancia ”, explica Evarista de 59 años.  En esta región habitan las culturas milenarias Uru Murato, Uru Chipaya y Uru Iruito. Esta comunidad pertenece a la primera. La pesca era la principal actividad económica de sus habitantes, pero desde 1995 a la fecha, el lago Poopó ha reducido  el 70% de su superficie.  Desde diciembre de 2015, el lago disminuye drásticamente su tamaño y aunque las lluvias posteriores permitieron una “recuperación” no volverá a su versión original, según un estudio del Instituto  de Hidráulica e Hidrología de la estatal Universidad Mayor de San Andrés. Vista satelital del Lago Poopó a lo largo de los años. *** “Me gusta el pejerrey ”, cuenta y sonríe Evarista. La última vez que comió esa especie de pescado fue cuando llegó de visita su hijo que emigró a Cochabamba, centro de Bolivia, en febrero de este año. Ese platillo ahora es una ostentación. El pejerrey (Odontesthes bonariensis) tiene carne blanca, alta en nutrientes, y fue parte de la dieta de estas mujeres hasta que el lago se secó en las orillas donde viven estas mujeres. Los peces han desaparecido para Evarista y para el resto de poblaciones cercanas. Aunque el Lago Poopó llegó a abarcar más de 3.500 kilómetros cuadrados según datos gubernamentales (1986), los pronósticos científicos anticiparon lo inevitable de su muerte y, con ello, de la pesca. La revista científica Journal of Hydrology de Países Bajos publicó en 2021 un estudio acerca de las razones climáticas de la desaparición.   “Al ser poco profundo, es muy sensible a los cambios en los componentes del balance hídrico y principalmente a los aportes de las subcuencas Titicaca, Mauri y Desaguadero, que representan el 79 % de los aportes totales. En este lago, la evaporación en todos los meses es mayor que la precipitación”, indica el documento.   Para Evarista la única verdad es que la carne, no solo de pescado, es un lujo. “Ya es hora de comer”, dice e ingresa a su vivienda. A los pocos segundos sale con un plato hondo de sopa de fideo con verduras e incluye dos trozos de carne de res para invitar a los que llegan de fuera,  aún en momentos de carencia. Cristina Mauricio bebe de la pileta pública de agua que tiene la comunidad La falta de agua preocupa y el futuro parece desolador, pero eso no quiebra a Evarista. “Qué pasará, no nos vamos a poner a llorar. Yo estoy sin tiempo, tengo mucho que hacer”, asegura.  La dirigencia indígena decidió actuar y demandar al Estado. El  proceso está activo  y llegó incluso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Según el desglose del ente internacional, la audiencia  del   8 de julio   se convocó  para que el gobierno ejecute diferentes acciones como el control riguroso a las operadoras mineras, la atención en salud especializada a las personas intoxicadas por metales pesados y el acceso a agua en cantidad y calidad para consumo humano y agricultura. Desplazamiento a causa de la minería La matriz energética de Bolivia se basó durante más de 20 años en la venta de hidrocarburos, ingresos ahora en caída pues el gobierno ha reconocido que el recurso se agotó . En segundo lugar está la venta de minerales. El  49%  de las exportaciones del país, según el Instituto Boliviano de Comercio Exterior, corresponde a este mercado con cifras comparativas entre 2023 y 2024.  Evarista Flores camina hacia la casa de otra mujer indígena. Ella como esposa del alcalde comunal asume roles diferenciados de liderazgo. Oruro, donde está el Ayllu San Agustín de Puñaca, tiene una larga tradición minera. Esta región de Bolivia explota zinc, oro, plata, estaño y plomo y emplea a los propios comunarios o pobladores. Los datos del Ministerio de Minería del año 2019 indican que la industria generó hasta 140 mil  empleos.  La Journal of Mining & Enviroment, revista científica, publicó en 2023, una investigación sobre la “basura” que deja la industria minera específicamente en el Lago Poopó. Cada día se vierten 39 kilos de cadmio, 3.969 de zinc, 821 de arsénico y 73 de plomo, indica el documento .  Las concentraciones de metales en el lago Poopó en comparación a otros lagos del mundo son altas como muestra este cuadro extraído del informe   Degradación ambiental de los recursos pesqueros, del Instituto para el Estudio de la Cultura y Tecnología Andina (IECTA) .  La gestión medioambiental de la explotación y tratamiento de los residuos es deficiente según el estudio Evaluación de la gestión socio-ambiental del sector minero en Bolivia, el caso de la cuenca del lago Poopó . Muchas de las operadoras mineras no tienen diques de colas (espacios para la disposición de residuos) y los descargan directamente al lago, según el mismo estudio.  Al año 2000 en Oruro estaban registradas 954 operadoras mineras de las cuales 437 están en este sector Poopó según datos de la Secretaría Nacional de Minería y Metalurgia citada en este informe . Las empresas privadas son japonesas, canadienses y estadounidenses, pero también estatales y de cooperativas. Cuadro comparativo de la presencia de metales en el lago Poopó en comparación con otros lagos del mundo. Pablo Solón, activista e investigador ambiental, es crítico con la gestión del agua y el medio ambiente en Bolivia. Desde la Fundación Solón, entidad que dirige, habla de la gravedad de la situación, subrayando que la sequía es un fenómeno que se ha intensificado debido al cambio climático, la deforestación, y la mala gestión de los recursos hídricos. “Se puede manifestar que los efectos de la presencia de metales pesados, deriva en situaciones de peligrosidad mayor al no ser química ni biológicamente degradables, pudiendo una vez emitidos, permanecer en el ambiente durante cientos de años. Además, su concentración en los seres vivos aumenta a medida que son ingeridos por otros, por lo que la ingesta de plantas o animales contaminados puede provocar síntomas de intoxicación”, explica.  Inventar agua limpia Las mujeres de Puñaca Tinta María han inventado formas para conseguir agua limpia ante el panorama adverso. Una de las primeras medidas que aplicaron fue cavar pozos en sus casas. Entre 2013 y 2020, calculan las autoridades comunales, todas las familias tenían un pozo en casa, pero también se secaron. El pozo en la casa de Evarista está seco y lleno de tierra por el desuso. En su lugar están apilados baldes y recipientes de plástico con agua que se usó al lavar la ropa. Es parte de la rutina darle diferentes usos al agua. Pero la falta de agua potable llevó a los pobladores a dar el siguiente paso: solicitar agua por cañería. Evarista relata con mucho entusiasmo todos los trámites cumplidos e insistentes pedidos a las autoridades municipales para lograr una tubería de 30 kilómetros, desde el municipio de Poopó hasta la comunidad.  “Hemos discutido y nos hemos dado el gusto. Aquí ahora hay (tuberías)”, cuenta la lideresa al mismo tiempo que reconoce que no se trata de agua totalmente limpia y potabilizada. Las gestiones las hizo en conjunto con su esposo Rufino Choque en su calidad de alcalde comunal.  Fueron tres años llevando documentos y firmando trámites con autoridades del municipio de Poopó. Las mujeres fueron protagonistas al no abandonar el caso. “Nosotras nos hemos movido porque aquí vivimos, sabemos lo que necesitamos”, detalla Evarista. Con una inversión de 4,5 millones de bolivianos compartida del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Alcaldía de Poopó, Puñaca Tinta María conoció por primera vez el agua potable en 2023.  La instalación fue un éxito que a veces queda opacado cuando la cañería se rompe debido a las actividades mineras a cielo abierto: el peso de las volquetas con carga dañan la infraestructura durante su tránsito. “Los volqueteros aplastan la cañería”, sintetiza Evarista. En otros casos, el suministro de agua se corta sin mayores explicaciones de las autoridades municipales. A unos metros está Cristina Mauricio Flores, otra de las comunitarias que ha decidido no migrar,  y asiente con la cabeza. “No sé cuántos años tengo”, indica la mujer. 55 a 60 años, responde su amiga Evarista. “Es enfermita, por eso no ha podido crecer. Su papá le ha criado, pero no la ha llevado al doctor, así no más ha crecido”, explica Evarista. Cristina es una mujer menuda, de menos de metro y medio. Viste pollera, falda abultada originaria, y trenzas como peinado permanente, igual que todas las mujeres originarias que son cholas. Ella sonríe, camina a prisa, lleva un bocado de hojas de coca a la boca y platica en quechua con su amiga Evarista.  Las hojas de coca son sagradas en las culturas indígenas de Los Andes. Se les atribuye poderes curativos y tienen un simbolismo ancestral muy arraigado en estas zonas. Pijchar (mascar hojas de coca) equivale a curarse de los males o paliar los síntomas para estas familias ajenas al estigma que tiene la planta en otras partes del mundo. Aquí se pijcha para olvidar el hambre y la sed.  “Tengo un tanque de agua. A veces salgo (en taxi) a comprar (agua) a Poopó. Después vuelvo, aquí estoy acostumbrada a vivir”, detalla Cristina y señala una casa, su única propiedad.  Otra de las formas de conseguir el agua limpia es comprarla. Algunas mujeres ahorran el pasaje de salida desde su municipio, ocupando el bus escolar que sin falta sale cada día a las 13:15 llevando a niños y niñas de otras comunidades, lo que les permite llegar a lugares donde hay puestos de venta. Sin ese apoyo de transporte tendrían que pagar 35 bolivianos, equivalentes a cerca de 5 dólares, aunque el municipio ordenó al transporte local no hacer cobros por encima de los 20 bolivianos (3 dólares) a los comunarios indígenas. Cada dos litros de agua se venden a diez bolivianos, un poco más de un dólar. Las familias dicen que no pueden costear todos estos pagos. Las artesanías que hacen se venden entre 1 y como máximo 20 dólares, pero son ventas que se hacen solo cuando salen a ferias en las ciudades, que apenas ocurren una cada dos meses con suerte.  Candi Moya Mauricio, otra de las mujeres indígenas, también depende de este ingreso económico. De 44 años y con siete hijos, cinco menores de 18, ella no puede comprar galones de agua y opta por la cosecha de agua de las lluvias. “Esperamos lo que cae para llenar baldes”, cuenta. Las láminas metálicas acanaladas de los techos, conocidas como calaminas, sirven para conducir el líquido a los recipientes.  Los hijos más pequeños de Candi revolotean entusiastas a su alrededor mientras brinda la entrevista. Cuando uno de ellos toma agua de la única pileta pública su mamá lo reprende. “En la casa hay agua hervida, eso se tiene que tomar”, explica. Candi no tiene un tanque de agua individual en casa como sus otras amigas. “Me regalan no más si necesito, cualquiera (de las otras comunarias) que tiene agua pasa a otras”, señala. Habla de tanques de 1.200 litros de capacidad que fueron instalados en 2021 por el Programa Mundial de Alimentos (PMA), de la Organización de Naciones Unidas. Como Evarista, esta mujer se abre paso por cuenta de las artesanías que prepara con paja y que vende cuando hay ferias en las ciudades o interciudades. Si no puede ir “me lo lleva mi amiga”, detalla. Avelina Choque Flores es de las pocas mujeres jóvenes que viven en este poblado boliviano. De 24 años y con una hija de uno. Ella también trastea el agua pero en vez de comprarla embotellada y potabilizada opta por comprar bidones a 20 bolivianos equivalentes a tres dólares y para el costo de taxi destina otros 5 dólares. “Es complicado porque el agua de los pozos ya no es para tomar. Está todo contaminado y el agua de la pileta igual. Yo lo dejo asentar el agua. Dejo que esté días hasta que abajo se quedan las piedritas o tierra. Lo de encima hay que hacer hervir y eso ya puedes tomar”, cuenta la joven. Los tres bidones que compra durarán al menos dos semanas. No solo las mujeres ven las formas de conseguir agua limpia, también los niños y niñas. Puñaca Tinta María tiene el orgullo de contar con una Unidad Educativa para todas las comunidades del Ayllu San Agustín.  La directora del colegio Uru Murato, Rosmery Vásquez cuenta que esa escuela representa esperanzas de mejores días para todos y todas. “Ya son tres generaciones de bachilleres”, indica. La falta de agua es paliada con botellas de dos litros que cada estudiante debe llevar cada día, tanto para su consumo como para las plantas que riegan en la clase de ciencias naturales. De los 105 alumnos, pocos corresponden a esta comunidad.  La misión es que los estudiantes puedan salir de la comunidad mediante becas de estudio, al pertenecer a una etnia indígena como indica una normativa gubernamental de fomento a la educación de la población indígena.  Como una forma de preparación al futuro, dentro de la currícula está el aprendizaje de cómo hacer artesanías, igual que la mayoría de las mujeres en este territorio. En los dibujos de niñas y niños se proyecta el deseo de ver el lago con peces, pequeñas balsas y animales. Por la justicia climática Bolivia tiene un gobierno que discursivamente reivindica a los pueblos indígenas en este territorio, pero que es muy criticado por la sociedad civil  debido a su política extractivista. En San Agustín de Puñaca las y los pobladores reclaman por justicia climática frente a las actividades mineras.  En 2021 los pobladores, junto a un equipo de abogados que costearon gracias al Centro de Comunicación y Desarrollo Andino (CENDA), iniciaron una acción popular ante el Tribunal Departamental de Oruro para pedir resarcimiento por la contaminación del agua que aseguran es por la actividad minera. El Tribunal Nacional ordenó  al Ministerio de Medio Ambiente y Aguas hacer una investigación con un muestreo en siete puntos de agua para verificar la relación entre metales pesados y la actividad minera.  En 2023 se obtuvo  los resultados. “Fue un informe incompleto y en una de las conclusiones hay algo aberrante. Señala que no existe contaminación por la mano del hombre. No hacen una valoración sobre los efectos en la salud”, reclama Sergio Vásquez, asesor jurídico del Ayllu y parte del equipo de CENDA.  Evarista luce la manta representativa del pueblo Uru Murato. “De acuerdo a los resultados de la calidad del agua de las fuentes utilizadas para el consumo humano en el sector no existe contaminación generada por la mano del hombre, por lo tanto corresponde al gobierno municipal velar por los servicios de agua potable”, indica el informe técnico  gubernamental que despertó la molestia de los comunarios indígenas.  El abogado Vásquez  cuenta que decidieron impugnar la respuesta ante el Tribunal Constitucional y con ese recurso de queja optaron por realizar un estudio de análisis de sangre y orina de metales pesados para demostrar la afectación de los y las comunitarias.  “Enviamos las muestras al Centro Toxicológico CETOX de Perú y en el informe sale a la luz que hay intoxicación por arsénico, plomo y cadmio”, detalla el jurista explicando que el estudio se hizo con 20 personas al azar.  El 100% de las personas evaluadas presentó concentraciones de arsénico y plomo. La Unión Europea determina un máximo de 15 miligramos por litro de sangre de estos metales y los resultados arrojaron entre 17.6 y 215.64 miligramos por litro de sangre.  Las consecuencias van desde dolores de cabeza, estomacales y vómitos. El arsénico y el cadmio son considerados cancerígenos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el plomo está calificado como posible cancerígeno.  Una de las abogada de la defensa, Mishkila Rojas, indicó: “Durante décadas hemos sido receptores de la contaminación minera que degrada, contamina y destruye el agua, suelo, aire y nuestros medios de vida como la ganadería y la agricultura”.  “Nadie nos ha recordado aquí”, reclama Evarista. Su hijo, sin ser parte del muestreo, presentó esos males y migró junto a su esposa a Cochabamba, centro de Bolivia, para lograr atenciones médicas, según su mamá. “Se quejaba de (dolores de) su barriga y se ha ido, hemos pensado que se iba a pasar, pero seguía”, recuerda Evarista. ¿Tiene problemas de salud? “A veces el agua es picante”, responde.  El Tribunal Constitucional Plurinacional de Bolivia reconoció en septiembre de 2023 que los derechos al agua, a la salud, a la alimentación y a un medio ambiente sano de los habitantes del Ayllu San Agustín de Puñaca están siendo amenazados. El camino hacia la justicia climática no ha terminad o. Mientras tanto Evarista persiste en organizarse con sus compañeras para cuidar que todas “estén bien”. En sus palabras es “no vives solo, por eso estamos en comunidad”. Tras una temporada de incendios forestales en el otro extremo del país se espera que la sequía sea más intensa en la siguiente gestión para lo que estás mujeres y sus familias ya se preparan.

  • Artesanas: mujeres que hacen historia con sus manos

    Ahora mismo, en alguna casa chilena, hay una mujer artesana usando sus manos para hacer arte. Prepara el desayuno, viste a sus hijos, estudia una carrera, trabaja en una fábrica, sale con sus amigas, habla por teléfono; pero en algún momento, toma sus instrumentos de trabajo y hace lo que le enseñó su madre, su abuela, su bisabuela y todas las que estuvieron antes. Un oficio que le enseña a sus hijas y que, tiene la esperanza, seguirá traspasándose en un linaje infinito. Fotos de Carola Vargas y Ly López La greda la extrae en verano. Tiene que estar la luna menguante para poder guardarla, sino se transforma en tierra. Nayadet Núñez lo sabe, porque ella misma lo puso a prueba. Cuando ya tiene la materia prima, la mezcla con arena y greda amarilla, creando una pasta firme y consistente. Esa tradición se la enseñaron Marcela y Ramón, sus padres, que a su vez la aprendieron de los suyos, y es el secreto del oficio en Quinchamalí.  Con ese barro ancestral moldea torsos de mujeres desnudas, diseños con los que rompió el esquema del arte milenario, ese que instaló en el imaginario colectivo al tierno chanchito o a la famosa guitarrera con sombrero. “Todavía sigue siendo chocante para algunas alfareras que son más conservadoras, recibí muchas críticas”, cuenta desde su casa en Llahuen, a 15 minutos de Quinchamalí, la tierra alfarera del centro sur de Chile.   A esas tierras volvió en 2017, después de haber vivido en Concepción y Santiago. Volvió para sanar tras una depresión postparto: “La conexión con la tierra fue una forma de terapia que me sanó muy rápido”.  Nayadet heredó de sus bisabuelas el arte de trabajar con la greda. Sus bisabuelas, Berta Caro y Etelinda Osorio, eran médicas, parteras y alfareras. Llenaban sus canastos con losa y saltaban de pueblo en pueblo para curar a la gente. A sus 33 años, Nayadet le traspasa la tradición a su hijo: Matías tiene 10 años y grabó un video para CNTV infantil, un tutorial para hacer un pocillo de greda. “Aprendió a hacer chanchitos de greda antes de caminar”, ríe su mamá. Pero formar nuevos cultores es un desafío. De las ochenta alfareras de Quinchamalí, más de la mitad son muy mayores.   El momento más feliz de su carrera fue cuando mostró sus piezas en el Museo de Arte Contemporáneo de Chile, en 2017. También ha expuesto su arte en el Museo de Bellas Artes y otras galerías y museos. Los talleres a adultos y niños son la herramienta para cumplir la meta que se propuso junto a sus compañeras en 2021, como presidenta del Comité Alfareras de Quinchamalí: formar a las generaciones que tomarán el relevo. La tradición no se puede perder. Es parte de la historia de las que, hace cientos de años, sacaban la greda en cada luna menguante. *** La primera de la familia en contar historias con retazos de tela fue su abuela Gloria, que empezó en la dictadura chilena gracias a una mujer que le enseñó a las pobladoras a hacer bolsas de pan para vender. Ellas veían lo que pasaba a su  alrededor y lo retrataron en sus obras. Cindy Palomino, la nieta, tiene 36 años y es arpillerista de Lo Hermida, Peñalolén. Junto a su madre Rosario y su hija Antonella de seis años, suman cuatro generaciones que comparten el mismo lenguaje: “Es un tipo de denuncia que mantenemos hasta hoy”, dice la artesana.  La arpillera es un trabajo con retazos de telas que se van uniendo a través de bordados con distintas puntadas contando una historia. Las ollas comunes, lavanderías y desapariciones eran las historias de su abuela. Algunas de las suyas, por ejemplo, son violencia de género y los ojos perdidos en la revuelta social de 2019. Su abuela nunca firmó sus obras. Llevaban las arpilleras a la Vicaría de la Solidaridad, donde las mandaban al extranjero y las vendían los exiliados políticos para ayudar a las pobladoras. “De esa manera mi abuela sacó adelante a sus cinco hijos”, dice Cindy. Cindy y su mamá hacen talleres para que otras mujeres puedan expresar sus emociones en las arpilleras. Muchas de ellas son madres, cuidadoras, trabajadoras, y necesitan un lugar para desahogarse. Entre ellas también se juntan a “arpillerear”, como le dicen al ritual de tomarse un té y compartir mientras bordan y recortan telas que salvaron de ir a la basura. Antonella también participa de esas sesiones, donde fue aprendiendo la tradición familiar: “Ve las telas en la mesa, los colores, lo tiene todo muy cerca. Sabe qué género sirve, cuál es la lana correcta. Se ha pinchado con la aguja y nunca ha llorado”, cuenta su mamá.  Gloria, Rosario y Cindy; abuela, madre y nieta. Las tres fueron reconocidas c omo patrimonio cultural y material . Las huellas dactilares de la mayor ya están borradas de tanto coser, pero su influencia sigue presente en su descendencia y en las arpilleras que un día salieron al exilio, y hoy adornan algún living con la denuncia de las pobladoras de Lo Hermida.  *** Mariela Merino cree que su amor por la artesanía viene desde la guatita de su mamá, que se aferró al tejido mientras se preparaba para criarla sola. “Yo creo que ahí me traspasó todo ese cariño, el amor por la artesanía”, dice desde su cara en Rari, en la Región de Maule. A sus 45 años, es hija, nieta y bisnieta de tejedoras de crin, una técnica ancestral de entrelazado del pelo del caballo, en ocasiones teñido con fibras vegetales. Trenzan el crin en el armazón de ixtle -que funciona como una especie de alambre-, sacado de una planta mexicana llamada lechuguilla. Cuando vivían todas juntas en el cerro, Mariela aprendió el oficio de las mayores, las que repetían una y otra vez que no dependieran de los hombres, que tenían que ser independientes. En el cuadro de la videollamada aparece Isidora, la hija de 15 años. Sus primeros recuerdos del tejido son con su ‘mami’: “mi abuela me ponía entremedio de sus piernas y se ponía a tejer”. Y ella, pequeña, la miraba con una mezcla de orgullo y curiosidad. En esta familia la pandemia fue el mundo al revés. Al mismo tiempo que negocios cerraban, Mariela cumplía su sueño de abrir una tienda presencial, donde recibía a sus clientes con jugos naturales mientras veían a su abuela Amelia tejer bajo la parra. Querían volver a la tradición de antes, donde las artesanas tejían con un mate y una churrasquita. Hasta el marido tuvo que aportar en el oficio para dar respuesta a los pedidos. Pero no todo es bueno. Las artesanas tienen escasez de crin porque ya no se crían caballos blancos con colas tupidas y la sequía está afectando a las fibras vegetales para teñir, que las traen desde México. En Chile se han hecho pruebas para probar nuevos materiales, como la pita, que les permitan no depender de otros para mantener la tradición. Pero nada es igual, dice Mariela, que ahora incluso es parte de la Asamblea de Tejedoras de Crin, donde están preocupadas por preservar la costumbre a través de un banco de materias primas. “Ven, ven”, le dicen. Hortencia, la mamá de Mariela, se suma con timidez a su hija y su nieta tras la cámara. Muestra un pétalo de camelia rosado a medio tejer, fino, pequeño. Tiene 65 años, casi 60 tejiendo. No quiere dejar de trenzar, ahí deja sus penas y alegrías. Es su identidad. “Nosotras arreglamos el mundo, lo desarreglamos y lo armamos de nuevo”, sonríe Mariela.

Revista Quiltra
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