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  • Amanda Marton, escritora: ¿Quién de ustedes no ha dicho alguna vez que no quiso parecerse a su mamá?

    La periodista y escritora chileno brasileña acaba de debutar en librerías con ‘No quería parecerme a ti’, una obra en la que comparte su experiencia al ser hija de una madre con esquizofrenia. ¿Pero qué hace tan universal a este texto? En que es una ventanita a la intimidad de una familia, donde más allá de un diagnóstico, se tensiona el amor, los silencios, la construcción de la identidad de su autora y las expectativas entre la relación de una mujer y su mamá.  La primera vez que leí a Amanda Marton hablar sobre su mamá fue en una crónica que publicó Anfibia . Todavía recuerdo la ilustración que la acompañaba, la de una mujer con la cara cubierta, con el cuerpo flotando en un agua verdosa. Me emocioné mientras avanzaba con la lectura y lloré. Me identifiqué tanto con el texto. Y no porque mi mamá tuviera esquizofrenia, como Cecilia, la mujer del relato, sino porque en este artículo la periodista relata con la mano más amigable una de las relaciones más complejas que puede enfrentar el ser humano.  Se la mandé a todo el mundo: se llamaba ‘ Mi madre es otra’ y en ella Amanda manifestaba este temor con el que cargó tantos años, el de heredar un diagnóstico de esquizofrenia que -según la ciencia- podría manifestarse hasta los 30 años.  Ahora Marton tiene 31 y acaba de lanzar un libro en el que hila sus memorias, la historia de su familia y una investigación completa sobre esquizofrenia. El título es algo que tantos hijos hemos dicho alguna vez: “ No quiero parecerme a ti ”.  A principios de junio, en el centro de Santiago de Chile, Amanda celebró su primer retoño editorial y esa noche quedaron manos arriba y faltó tiempo para que el público no sólo hiciera más preguntas, sino para que también compartiera con ella y con los otros asistentes sus propias experiencias con sus madres. En la parte de atrás, donde ya no cabían más almas, unas amigas se emocionaron revisando algunas páginas y una le dijo a la otra: “mi mamá no tiene esquizofrenia , pero yo tampoco quise parecerme a ella”. El texto, antes de comenzar, cita a la mexicana Alma Delia Murillo: “¿Cuántos normales y cuántos felices cabrán como adjetivos en las familias?, ¿cuántos serán los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente? ¿Existen o son solo un mito repetido incansablemente por generaciones? ”.  ¿Existirán las familias felizmente perfectas? "Cuando tuve que hablar del libro por primera vez, yo pregunté: ¿Quién de ustedes no ha dicho alguna vez que no quiso parecerse a su papá o mamá? Todos los hijos en algún momento de nuestra vida hemos dicho eso, creo yo. Hay características de esas personas que nos hacen decir: no quiero ser como tú o quiero ser mejor que tú. En mi caso, efectivamente, yo en lo que no me quería parecer a ella era en el aspecto de la esquizofrenia. En el libro reconozco mucho eso, yo estaba tan centrada en el diagnóstico, que obvié muchas cosas en las que sí quería parecerme (...) Pensamos mucho en nuestras familias en comparación con las del resto: o es más duro o más bonito, pero nunca lo vemos como una experiencia universal . Justamente, la universalidad de este libro no está en la esquizofrenia, sino en el amor, en la familia, en los silencios, en los estereotipos, en la lucha constante por construir la identidad, algo en lo que estamos todos”. ¿Crees que hay una expectativa mayor sobre la funcionalidad de las madres? “Totalmente. Mucha gente comentó que en el libro estaba la prueba de por qué las personas con trastornos no debían ser madres. Me daban ganas de contestarles que Hitler pensaba lo mismo, dejar infértiles y extirpar a la esquizofrenia, según parámetros nazis. Hay un posicionamiento moralista sobre qué conviene a la hora de ser madre, o quién debe serlo y quién no, como si alguien con un trastorno tuviera que restringirse a esa oportunidad ”. ¿Con qué preguntas odiosas te has encontrado en la promoción del libro? “Son preguntas que vienen desde el desconocimiento: si mi mamá vive sola, si se puede valer por ella, también me preguntan si la cuido, si basta o no con tomarse un remedio o si los brotes se manifiestan todos los días. Me encantaría que me preguntaran sobre lo que genuinamente hace ella: cómo es como mamá, por fuera del diagnóstico, que hablen de esa historia de amor que cuento en el libro y que se transforma a raíz de la esquizofrenia, pero que no deja de existir”. En el libro haces un repaso por el pasado de ustedes, pero actualmente, ¿cuáles son esos lugares de encuentro que tienes con tu mamá? “Siguen siendo los mismos de siempre. Hay una interacción cotidiana que no cambia como sí cambia la vida .  No vivimos juntas, pero cuando nos juntamos, vemos películas, comentamos de libros, ella es una gran lectora y nos regalamos textos. Intercambiamos cartas. Las redes sociales también son un lugar de encuentro. Mi mamá publica muchas selfies de señora (se ríe) y yo le opino sobre eso. A ambas nos gusta cocinar, por ejemplo, cuando la voy a ver no me deja entrar en su cocina. Lamentablemente después de cada brote ella no puede estar tan bien y en términos de desarrollo cognitivo, personal o social hay un deterioro. Pero como cualquier otra relación: hay encuentros, desencuentros y choques, certidumbres y sorpresas ”. Te podría interesar: Entrevista a la autora Arianna de Sousa: “No hemos entendido la crisis migratoria como una problemática humanitaria” Amanda visitó a su madre en Brasil y le llevó el libro de prueba. Fue la primera persona en leerlo. “Lo primero que le dije fue que no abandonara el libro, porque en eso no nos parecemos, yo no suelto un texto, llego al final, pero ella sí se encuentra con una historia triste, puede dejarlo”. Cecilia se sentó de inmediato a leerlo, frente a ella, no fue capaz de esperar. Mientras avanzaba le hacía comentarios a su hija, la autora. Se lo terminó en un día.  Marton le preguntó qué le había parecido y su mamá lo calificó con un 8.5 (en Brasil la nota máxima es un 10). Amanda le preguntó por qué. “ Tenía mucho miedo de que no como lectora, sino que como mamá, no avanzara y no llegara a las conclusiones, que pensara que su hija no quería parecerse a ella.  Me dijo que habían momentos en los que no se sintió identificada. Le dije que lo entendía, muchas cosas tenían que ver con sus delirios o las decisiones que tomó de manera inconsciente, pero la investigación periodística lo verificó. Lo consulté con seis personas y me dijeron lo mismo. Le dije que estaba siendo poco objetiva, que lo estaba analizando como protagonista. Ese día nos reímos y me subió la nota a 9.5, no quiso ponerme el 10”. El libro 'No quería parecerme a ti' de Amanda Marton ya está disponible para su compra en formato físico y digital.

  • Cuídenla como si fuese Mía

    Durante 2023 fallecieron nueve menores de un año debido a enfermedades respiratorias. El caso de Mía Olivares fue el más controversial. Murió el 6 de junio en el Hospital Claudio Vicuña de San Antonio luego de esperar cuatro días a ser trasladada para recibir la atención médica que necesitaba. A la niña no la mató el virus sincicial, sino una seguidilla de falencias en el sistema de salud: deficiencias en la gestión de camas críticas y fallas en la atención pediátrica de cuadros respiratorios, además de una aparente mala praxis por parte del hospital, según auditorías en el caso. “Mía viajó por todo Chile estando siempre en San Antonio. Nos dieron distintas versiones, nos decían una cosa y luego salían con otra. Si las cosas se hubieran hecho distintas, nuestra hija estaría con nosotros”. Declaraciones de Nicol García y Nicolás Olivares, padres de Mía, en el texto de la querella que presentaron por el caso de su hija. Viernes 2 de junio de 2023. Nicol García y Nicolás Olivares notaron que sus hijos Agustín (7 años) y Mía (3 meses), tenían tos y fiebre. Con cuidados en la casa lograron bajar la temperatura a Agustín y alimentar a la niña, pero al día siguiente sus cuadros respiratorios se complicaron y partieron al hospital Claudio Vicuña de San Antonio, donde viven. Él fue dado de alta pronto; Mía quedó hospitalizada porque su tos empeoraba.  El domingo 4 de junio, en el turno de la mañana, avisaron a los padres que trasladarían a Mía a junto a otros niños contagiados con virus sincicial a Valparaíso. Una de las madres le contó a Nicol: “A tu hija estuvieron a punto de intubarla”. A eso de las 13:00 horas, Nicol le pidió a una prima enfermera que visitara a su hija en el hospital. La mujer vio a Mía con los ojos hinchados y se preocupó. Esa hinchazón podría ser consecuencia de la administración de corticoides, le dijo a Nicol.  A las 18:40 llegó otra tía de Mía a cuidarla y mientras estuvo con la niña notó que la pequeña tenía dificultades para respirar. Solicitó la atención de una funcionaria de salud tens, quien tomó las pulsaciones de Mía advirtiendo que eran inusualmente altas. Luego, esta funcionaria informó a una enfermera sobre la situación. La niña lloraba, pero finalmente se tranquilizó. La tía les dijo a las funcionarias de salud que Mía se volvía inestable. “Ellas parecían no percatarse de la situación”, señala. Cerca de las 21:30, Nicol García retomó el cuidado de su hija. En ese momento estaban dos kinesiólogos presentes, y uno de ellos, el practicante, expresó su preocupación acerca de la discrepancia en los datos de saturación que él estaba registrando, según se lee en la querella que presentaron los padres por el caso de su hija. A las 21:50 de ese domingo 4 de junio informaron a los padres desde el Hospital que Mía estaba en lista de espera para ser trasladada. Su estado era crítico. Una cama para mía La madrugada de ese día a Nicol le habían informado sobre el traslado de su hija a una cama de UCI y preguntó hacia dónde sería llevada. Le respondieron que a donde fuese posible. Durante la noche Mía se mantuvo estable y sin complicaciones. Nicol salía frecuentemente de la sala REA para consultar a enfermeras, tens y cualquier personal disponible. Sentía que a Mía no lla cuidaban y que sólo estaba ella con su marido en la sala, sin la presencia de médicos para monitorear a la niña. La familia quería trasladarla a una clínica, pero el director del hospital les comunicó que el plan de urgencia estaba activado, pero la situación era difícil debido a la falta de disponibilidad de camas críticas. La Unidad de Gestión Centralizada de Casos (UGCC), dependiente de la Subsecretaría de Redes Asistenciales, es la encargada de gestionar los traslados de pacientes que necesitan camas críticas, asegurando la continuidad de su atención médica. Cada hospital y clínica tiene personal específico a cargo de gestionar las camas UCI. Estos pueden ser enfermeros o médicos del recinto asistencial y su rol fundamental es notificar la disponibilidad de camas para pacientes críticos. Así el sistema de la UGCC puede monitorearse desde cualquier parte del territorio nacional. “Lo primero que hacen es buscar camas críticas en la red pública. Al no encontrar camas en la red pública pasan a buscar camas a la red privada. Por ende, siempre van a tener más derivaciones de la red pública; tienen que saturar sus camas primero antes de ocupar las privadas”, explica Franklin Novoa, gestor de camas.  Por ley de transparencia se obtuvo el número de camas críticas para niños (UCI pediátricas) la semana en que enfermó Mía, del 2 al 6 de junio de 2023. El sistema estaba al límite. Luis Castillo, exsubsecretario de redes asistenciales, señala en relación al caso de Mía: “No se gestionaron dinámicamente los requerimientos existenciales de los pacientes críticos pediátricos. Como tenían la información que les había entregado la UGCC de que no había camas UCI pediátricas, no preguntaron nada más”.  Relata las experiencias que le tocó vivir durante la pandemia: “Cuántas veces me dijeron que no había cama acá en Santiago. ‘Espérate un poco’ les decía. ‘Yo iré a mirar’. Ahí se ponían nerviosos y uno mirándolos les preguntaba: ‘¿Por qué este enfermo está aquí? ¿Por qué no puede estar allá? Entonces pedía que trasladaran a enfermos que estaban estables a la unidad intermedia y abrieran esas camas para pacientes más graves’. Eso no existió”. Luis Castillo también critica a la UGCC: “El sistema funciona muy bien cuando hay disponibilidad de camas para los requerimientos asistenciales que tiene, pero en forma estática cuando los requerimientos sobrepasan la capacidad instalada de camas. Ahí se necesita un gestor dinámico y un coordinador que integre este nivel de complejidad de camas tanto en el sector público como privado. Eso no existió en este caso”. Mediante una solicitud de Transparencia se intentó conocer cómo funcionaron los traslados de lactantes y niños hasta 2 años antes y después de la muerte de Mía. Fueron entregadas cifras entre el 1 de marzo de 2023 y el 11 de junio (la semana posterior a su fallecimiento). Se entregaron solo totales, por lo que no es posible saber el comportamiento de las derivaciones, pero dentro del periodo que se logra conocer, según las cifras del Minsal, entre el 1 de marzo y el 11 de junio fueron trasladados 149 menores de dos años. De ellos, 43 a centros privados y 106 a centros públicos. De las cifras, llama la atención que los traslados a centros privados aumentaron notoriamente tras la muerte de Mía y la exposición pública que tuvo su caso. En los tres meses anteriores a su fallecimiento (1 de marzo al 5 de junio), hubo 23 traslados a centros privados, mientras que sólo en los cinco días posteriores a su muerte (hasta el 11 de junio), fueron 20.  Además, antes de su fallecimiento la mayor parte de los traslados fue a hospitales regionales (solo dos en RM, uno a Clínica Meds y otro al Hospital Clínico UC); mientras que tras su muerte aumentaron los traslados a reconocidas clínicas en la RM (3 a Clínica Alemana y 5 al Hospital Clínico UC). La espera de la ambulancia Mía necesitaba estar internada en una cama UCI. Su situación iba empeorando con el paso de las horas. A eso de las tres de la madrugada del lunes 5 de junio, le notificaron a la familia que la lactante iba a ser trasladada al Hospital Carlos Van Buren de Valparaíso para seguir con el cuidado intensivo. Sin embargo, ese traslado nunca se realizó. A las 10:00 de la mañana del lunes 5 de junio llegó una ambulancia del Hospital, pero estaba destinada a recoger a un niño que había sido intubado. Al consultar por qué Mía aún no había sido trasladada, mientras que el otro niño sí, les respondieron: “Así funciona el sistema y no tenemos margen de acción”, ya que ese traslado estaba previamente coordinado.  La llegada de la ambulancia estaba planificada para la medianoche del 6 de junio para partir rumbo a Santiago y posteriormente a Arica, pero nunca llegó. Hoy la familia demanda dos posibles negligencias por parte del Hospital Claudio Vicuña. Primero, que a pesar de los evidentes signos clínicos al ingreso de Mía -taquicardia, taquipnea, fiebre y desaturación (menos del 92%)-, se categorizó erróneamente como C3 en lugar de C2, una clasificación más acorde con su condición de alto riesgo, según se constata en el “Informe análisis de Caso Nº 1/2023 del Comité Central de Auditorías de muertes en niños y niñas”, realizado por el Servicio de Salud Valparaíso-San Antonio. La segunda de las negligencias que demanda la familia tiene relación con el trato e implementos que utilizaron en el hospital con la paciente. En el mismo informe se señala que “ante la insuficiencia respiratoria aguda, la paciente no fue conectada a Cánula Nasal de Alto Flujo (CNAF) hasta 10 horas después del ingreso, a pesar de las recomendaciones actuales. Durante este tiempo, se utilizó oxígeno por naricera con flujos y concentraciones variables. La paciente continuó inestable durante casi 24 horas con CNAF antes de decidir la intubación y la ventilación mecánica invasiva (VMI), proceso que tomó otras 12 horas”.  La familia sostiene que estas demoras podrían contribuir a un manejo inadecuado. Por lo mismo, el martes 21 de noviembre de 2023 presentaron una querella criminal por estas y otras posibles negligencias médicas. En la querella también expresan la falta de prontitud en la solicitud de una cama crítica pediátrica desde el Hospital Claudio Vicuña a la UGCC MINSAL, realizada el 5 de junio a las 11:23 horas, a pesar de tener indicios de la necesidad desde las 04:00 horas del 4 de junio. Se sugiere que esta demora pudo contribuir a la probable pérdida de un cupo durante el 4 y la primera parte del 5 de junio, a pesar de que el reporte del 5 de junio mostraba dos cupos disponibles en otras instituciones, siendo uno de ellos en la Clínica Las Condes. En el documento se relata que la situación empeoró mientras se esperaba la cama crítica, resultando en la conexión tardía a ventilación mecánica y, posteriormente, en un shock hipotensivo.  También se señala que la paciente fue manejada en un establecimiento que no cumplía con las condiciones óptimas de soporte. La familia argumenta que estas circunstancias, resaltadas por la auditoría, podrían constituir posibles negligencias médicas. Había camas en Coquimbo y Rancagua La jefa de urgencia del hospital Claudio Vicuña informó a los padres que Mía sería trasladada a Arica, ya que solo allí había disponibilidad de cama UCI pediátrica.  “Minutos después nos informaron que debíamos deben esperar, ya que podría surgir la oportunidad de trasladar a Mía a Viña del Mar en lugar de Arica”, señalan los padres en la querella. Pronto les comunicaron que la opción en Viña del Mar se descartaba y continuarían con Arica.  “Después de esto estuvimos esperando, preguntando a qué hora venía la ambulancia, hasta que llegó la noche”, comentan los padres.  La familia se empezó a desesperar.  “A las 00:00 horas del martes 06 de junio de 2023, supuestamente iba a iniciar el viaje de Mía hacia Arica, que había sido confirmado y coordinado, y no pasó nada. Luego a las 07:00 de la mañana nos dijeron que venía la ambulancia, pero no llegó”, relatan los padres en la querella. El traslado a Arica no pudo concretarse porque Mía empeoró y porque hubo una demora en solicitar la ambulancia, según señala la familia. ¿Qué sucedió? ¿Por qué hubo demora? Aerotac fue la empresa encargada de realizar el traslado. El abogado Miguel Acuña asegura que uno de los testimonios que lograron rescatar de la empresa es que se dio muy tarde el aviso. “Una ambulancia para traslados específicos es bien difícil de conseguir. El hospital quería innovar con un traslado aéreo con pacientes críticos y sobre todo con una lactante. Era la primera vez que se hacía en el Hospital Claudio Vicuña. Sin embargo, no se pudo porque obviamente la paciente falleció”, señala el abogado Miguel Acuña. Esta investigación encontró por lo menos dos hallazgos relacionados con la disponibilidad de una cama UCI: una en Rancagua y otra en Coquimbo respectivamente. Si bien se conoce el caso de la Clínica Las Condes, el Hospital Clínico FUSAT de Rancagua también tenía una cama disponible. “Después del fallecimiento de Mía, en el transcurso de la investigación, descubrimos que la Clínica FUSAT también tenía cupo”, comenta Miguel Acuña, abogado de los padres de Mía. Por otra parte, una fuente anónima que trabaja en el Hospital San Pablo de Coquimbo reveló para este reportaje que tenían camas y nunca llamaron: “Al día siguiente del fallecimiento de Mía nos llegó un niño de Punta Arenas. La verdad es que no nos llamaron y nosotros teníamos cupo. Algo pasó. Ahora no es necesario que te llamen, porque están obligados durante la campaña de invierno a subir los cupos. Yo no sé qué pasó, pero a Coquimbo nunca llamaron”, concluye. Realidad del Hospital Claudio Vicuña Tanto Agustín Olivares como Mía Olivares entraron a la urgencia infantil del Hospital de San Antonio. El diagnóstico de Agustín concluyó en un cuadro gripal. “Le dieron medicamentos de adulto, ya que no tenían para niños (…) Cuando monitorearon a Mía, la máquina se puso de color rojo, mi tía preguntó y le dijeron que estaban malas y que esas máquinas eran para adultos. Mi tía, al observar que a la niña se le salía la naricera y le quedaba en la orilla de la nariz, se dio cuenta de que no le funcionaba correctamente, ya que era muy grande para ella”. Declaraciones de Nicol García y Nicolás Olivares en la querella. La situación que vivió Mía refleja los problemas de infraestructura y recursos del hospital Claudio Vicuña. La falta de camas UCI, tanto para adultos como pediátricas, así como la carencia de equipos y profesionales, se evidencian en la atención que recibió la niña. Esta realidad, según María Eugenia Cavieres, presidenta de la federación Quinta Costa de la AFUSAM, resalta la urgente necesidad de abordar problemas fundamentales en la atención médica, como la escasez de personal y la carencia de equipamiento. En la querella, la familia señala que se trató a un paciente en estado crítico en un establecimiento que carece de la prestación de UCI pediátrica y que no cuenta con especialistas y profesionales médicos especializados en el manejo de este tipo de pacientes.  El Hospital Claudio Vicuña, al igual que la mayoría del país, no estuvo ajeno al aumento de casos de virus respiratorios durante la semana de junio en que falleció Mía. Según el Departamento de Estadísticas e Información de la Salud (DEIS), en 2023 este hospital tuvo un peak de atenciones en urgencias de niños menores de un año. Todas  causadas por problemas respiratorios. El peak fue en la semana 36 (del 30 de agosto al 5 de septiembre). La culpa no es Mía “¡Cómo hicieron tan tarde todo!, ¿Por qué hicieron gestiones a último minuto? Jugaron mucho con nuestras expectativas, nos ilusionaban. Mía viajó por todo Chile estando siempre en San Antonio, nos dieron distintas versiones, nos decían una cosa y luego salían con otra. Sii las cosas se hubieran hecho de manera distinta, nuestra hija estaría con nosotros, sobre todo si la hubiésemos podido trasladar antes a cualquier centro de salud público o privado”.  Declaraciones de los padres de Mía en la querella penal. En cierto momento del martes 6 de junio, estando en el pasillo, comenzaron a escucharse gritos. Nicol García escuchó que su hija había tenido un paro cardíaco. También escuchó cuando reprendían a un guardia y a una funcionaria del laboratorio. Cuando todo estaba listo para que Mía fuese trasladada, sufrió no uno ni dos, sino tres paros cardiacos.  Finalmente, les dieron la noticia a los padres: la niña había fallecido. En un comunicado del hospital, su director, Enrique Jiménez Mira, manifiesta el compromiso con seguir trabajando para mejorar la atención médica. A su vez, lamenta profundamente la muerte de la lactante.  Para los abogados de la familia, Miguel Acuña y Epiro San Martín, en el caso de Mía es importantísimo saber qué reparación busca la familia. En una entrevista, respondieron a la pregunta en cuestión: “Sabemos que cualquier suma de dinero no les va a devolver a la guagüita, pero es uno de los elementos que establece el ordenamiento jurídico”, afirman. Miguel Acuña agrega que la finalidad de la querella no es el dinero, pero “es una de las condiciones cuando se demanda al Estado, la forma de reparación del daño que impone la Ley”. El monto que se pide ronda entre las 3.000 - 3.500 unidades de fomento.   La repercusión del caso del caso de Mía Olivares hizo que la bancada de Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI), principalmente el senador Francisco Chahuan y la diputada Camila Flores, anunciaran un proyecto de Lley que busca garantizar la atención de salud para infantes, ya sea en el sector público o privado, además garantizar camas UCI. El proyecto fue votado el lunes 20 de noviembre de 2023 en el Congreso y fue aprobado en forma general. La propuesta busca que a ninguna familia le vuelva a ocurrir lo que le pasó a la pequeña Mía Olivares.

  • Dos artículos nuestros son finalistas para el Premio Periodismo de Excelencia 2023

    La premiación que realiza hace más de 20 años la Universidad Alberto Hurtado reconoce la calidad y relevancia de los mejores trabajos escritos, audiovisuales y digitales del año. Dos de nuestros reportajes favoritos fueron seleccionados en la categoría "Mejor reportaje escrito". ¡Estamos celebrando! Hoy la Universidad Alberto Hurtado dio a conocer los trabajos finalistas del Premio Periodismo de Excelencia (PPE) 2023. Y la gran sorpresa es que Revista Quiltra obtuvo dos de tres nominaciones en la categoría de "Mejor reportaje escrito". El PPE, que da relevancia a las piezas periodísticas de calidad desde hace más de 20 años, premiará a los mejores reportajes, crónicas, perfiles y entrevistas escritos y publicados durante el 2023. Como equipo nos sentimos profundamente orgullosos y agradecidos de que se reconozca el periodismo narrativo joven y que se valore el trabajo de medios independientes. ¡Sólo tenemos un año de vida y esto nos llena de energía para seguir adelante! Los finalistas Uno de los destacados fue el artículo "Un recorrido por los carretes con receta: noches de jarabe, clonazepam y fentanilo" de las periodistas Camila Álvarez y Jacinta Matus, quienes evidenciaron a través de un híbrido entre crónica y reportaje, cómo los jóvenes chilenos consumen drogas de farmacias en las fiestas. Medicamentos para la tos, la ansiedad, analgésicos y hasta remedios veterinarios son parte del cóctel en Santiago por la noche. "Expertos explican que estamos en una crisis, pero que es antecedida por otra. Los tiempos de incertidumbre, la inestabilidad social y la pandemia, habrían hecho que los jóvenes encuentren en estas drogas un refugio frente al miedo hacia el futuro. Es una radiografía por distintos sectores de la capital, desde que empieza el carrete hasta que termina". Nuestro otro finalista es "El egreso de la generación container", un reportaje de Tomás Basaure, que cuenta cómo, tras el tsunami que en febrero de 2010 que arrasó con el Colegio Insular Robinson Crusoe en el Archipiélago de Juan Fernández, los alumnos recibieron una solución modular de forma transitoria. En noviembre de 2022, Seis jóvenes se graduaron y se transformaron en la primera generación en completar todos sus estudios escolares en un container, creciendo bajo la promesa de la construcción definitiva. Algo que nunca pasó". En el relato, publicado tras la graduación de los jóvenes, cuenta la historia, los recuerdos y reflexiones de un curso de niños y niñas afectados por una de las catástrofes más dramáticas de nuestra historia. Aprovechamos de felicitar a nuestros compañeros de Ciper Chile, un equipo que admiramos profundamente y al que le agradecemos su trabajo y contribución a la verdad. Revisa la lista completa de finalistas aquí

  • Chilenos en lista de espera: El tiempo no lo cura todo

    Según cifras del Ministerio de Salud, este 2023 la lista de espera ha llegado a niveles históricos, con más de dos millones y medios de personas. Más de 20 mil fallecieron sin recibir atención. Ante este escenario, las autoridades lanzaron un plan nacional de recuperación de cuidados con turnos extras y atenciones en horarios inhábiles. Mientras, los pacientes lidian con su enfermedad. Aquí, diez testimonios que retratan la espera. Por Milene Castillo, Nicolás Recart Fuenzalida, Diana Sofía Copa, Sofía Runín, Catalina Medina Murra, Javiera Haro, José Manuel Ahumada Lobos, Emilia Rodríguez, Michelle Richefort, Jacinta Castro Duarte. Ximena Rivas: Su historia en un blog Se abre la puerta y en la pared del frente, con letra grande, bien negra, cursiva y redondeada se lee con claridad: “Cada familia tiene una historia, bienvenidos a la nuestra”. Por el pasillo del costado izquierdo, hay una prístina vista hacia la cordillera. El piso reluciente deja ver una clara fijación con la limpieza. Ese mismo piso, hace tres años, fue el que recibió los primeros mechones de pelo que caían desde los hombros de Ximena. Una silla en medio del cuarto, sin espejo y solo con la presencia de su hija Karina y su amiga Alicia, quien empuñaba la máquina para cortar su cabello castaño rojizo. Los efectos secundarios de la quimioterapia estaban respondiendo a la primera pregunta que le hizo al doctor al saber su diagnóstico: “¿Se me va a caer el pelo?” Ximena Rivas, bloguera y prevencionista de riesgos, 49 años, iniciaba una de sus batallas más difíciles: un cáncer de ovario etapa 3. A tres años de la muerte de su madre, quien no logró ganarle al cáncer, ahora le tocaba reencontrarse con ese enemigo. En agosto del 2019, corriendo de allá de un lado para otro, mientras trabajaba y estudiaba, uno de los miles de exámenes que se hacía rutinariamente luego del fallecimiento de su madre por cáncer cervicouterino, dio como resultado una irregularidad. “El doctor me dijo que tenía una masa extraña”. Cuando recibió sus exámenes y puso el resultado en el buscador de internet: “Google siempre te mata, casi que me daba dos días de vida”. Lo primero que pensó fue que ya no tenía un gran propósito en la vida, sus hijos estaban grandes, pero en el fondo no quería morir. “No puedes ser tan egoísta al pensar así, tengo 25 años y si te mueres, me dejas sola, mi hermano tiene su vida, mi tío está lejos, no me puedes dejar sola”, le dijo su hija Karina. Le hicieron una histerectomía total para quitarle todo el útero y ovarios. Ella quería que le sacaran las mamas también, pero le dijeron que no era necesario. “Es que yo supe que la Angelina Jolie lo había hecho, los médicos me dijeron “déjate de joder”, se ríe. Los médicos le hablaron del GES. “Hice mi bolso, metí todos mis medicamentos, me fui al hospital, hice la fila en la puerta que decía quimioterapia y saludé al enfermero; le expliqué que me tocaba hacérmela ahí y que llevaba mis papeles, esperaba empezar el mismo día”. Le dijeron que debía comenzar todo el proceso desde cero, desde esperar hora con un ginecólogo para confirmar el diagnóstico. La enfermera jefe, ante su evidente enojo, le mostró la pila de carpetas de pacientes que habían esperado y le dijo que ella iba a quedar al final. Que lamentablemente era así. Que había pacientes desde 2008 esperando, que algunos habían muerto esperando, que no podían ofrecerle ninguna solución. Sabía que iba a tener que hacer lo que hace toda la gente para costear el tratamiento, rifas, vender completos, ser busquilla. Postuló a un estudio clínico estadounidense para probar nuevas drogas, porque la lista de GES no avanzaba y no tenía el tiempo suficiente. Necesitaba otra salida. Hasta que Luis, su hermano mayor, ofreció hacerse cargo de lo económico. Ximena tuvo tres ciclos de quimioterapia, perdió su cabello, su fe, sus ganas de ver personas. Utilizó peluca, le daba vergüenza no tener cejas ni pestañas, no quería que sintieran lástima por ella. Aparte de debilidad, a veces miedo, los síntomas adversos tras las terapias, se sintió sola. Luego de muchos meses difíciles, Karina y su madre recorrían en auto las calles de la capital, con las ventanas bañadas en pintura blanca, en el parabrisas trasero se leía: “Hoy es mi última quimio”. Llena de felicidad, alivio y ganas de retomar su vida, un tiempo después, Ximena tocó la campana al salir de la clínica, que significa que el cáncer ya no está en tu cuerpo. Era 2021. Durante ese año, su vida volvió al rutinario ajetreo sin descanso. Hasta su cumpleaños de febrero del 2022, cuando, tras los exámenes rutinarios que se hacía cada tres meses, recibió lo que no era un regalo; el cáncer había vuelto por la revancha. Esta vez con metástasis y ramificado. Ximena logró financiar su segunda quimioterapia con múltiples apoyos: su hermano aportó nuevamente, desembolsó los ahorros que tenía para comprarse una casa, su hija trabajó extenuantes para recibir el pago de horas extras, su hijo le organizó una rifa. Con un cáncer más severo, pero con la experiencia del pasado, su actitud también cambio. Esta vez lució su cabello corto sin pudor, adoptó el mantra “No nace quien no llora”, tuvo una sesión de fotos en ropa interior, se hizo un piercing y varias otras cosas que prefiere no contar. Hasta hoy escribe un blog con su experiencia y busca visibilizar su historia para quienes creen que no se puede ganar esta lucha. Hace menos de un mes, Ximena volvió a tocar la campana. La tocó con fuerza. Tres veces. Y dijo con ímpetu: “Me siento afortunada de continuar mi recorrido”. Belén Soto: Poesías inspiradas en el cáncer de mama Camino y busco una salida empuñando en mi mano La espada que construí Cuando tumbada de dolor enredada quedé La hice de esperanzas Y ganas de vivir Así voy caminando Esta vez cortando las espinas De este rosal negro Belén Soto Morales siempre fue una buena lectora. Dice que sus favoritos son los poemas de Mario Benedetti y las novelas románticas y disfruta de participar en talleres de escritura en la municipalidad de San Javier, comuna donde lleva radicada cinco años. Trabaja como auxiliar de servicio en el hospital de esa localidad cuando se enteró de que tenía cáncer de mama. Rápidamente comenzó a tratarse en Talca y luego en la Universidad Católica en Santiago. "Las listas de espera te mantienen lejos de tu familia, tu red de apoyo, eso complica aún más la enfermedad. Desconocía los plazos. Después de un mes donde no te llaman, puedes poner un reclamo inmediatamente", cuenta. A ese tratamiento llegó gracias a la agrupación Abrazos de Vida, que apoya a pacientes de cáncer en el Hospital de Talca, y fue allí donde se enteró de que podía acceder a un segundo prestador al llevar más de un mes en lista de espera. Con “Las Peladas”, como se llaman entre ellas, Belén ha encontrado un espacio seguro, e incluso hoy integra la directiva. “Queremos pelear y marcar un precedente, por las que están, las que van a venir y las que se fueron, por una misma”, afirma Belén. En el grupo de whatsapp de la agrupación comparten tips para las quimioterapias, ayudando, sobre todo, a las nuevas pacientes, también entre todas se reúnen a compartir u organizan talleres, donde aprenden a usar turbantes o maquillaje. “Todo lo hacemos a base de donaciones o dinero de nuestros bolsillos. Tratamos de mostrar que no siempre la palabra cáncer es sinónimo de fallecer. Queremos hacer más amigable el proceso”, asegura Paulina Moya, miembro de la agrupación. A poco de comenzar la radioterapia, en agosto de 2019, a Belén se le rompió el expansor que le habían colocado en una de sus mamas. Este hecho no es poco común, puede pasar en una de las revisiones periódicas del mismo o en medio de la radioterapia, que a veces daña el tejido, según explica el doctor Javier Villalon, especialista en reconstrucción mamaria. “Cuando las pacientes van a radioterapia, no es raro que se generen contracturas o daños en el expansor, es parte de la irradiación. Por lo mismo el implante de silicona se pone después de terminar la radioterapia”, agrega el especialista. En el Hospital de Talca los cirujanos le recomendaron a Belén que primero se hiciera la radioterapia y después volviera para la reconstrucción definitiva, lo que se vio frustrado por la llegada de la pandemia, pues los doctores le restaron urgencia a su reconstrucción, y significó que Belén estuviera con el expansor roto en su mama por dos años. “Estaba asustada, porque los controles nunca eran a la fecha, todo fue un desorden. Los medicamentos habían que pelearlos, no habían horas para consultas, no había nada, todo quedó parado”. En 2021, cuando recién comenzaba a volver la normalidad en medio de la pandemia, Belén comenzó a sentir molestias en su brazo, que incluso le impedían realizar su trabajo con normalidad. “Durante meses, nadie me pescaba con la rotura del expansor, hasta que empezó a hacer hematomas en mi mama”, relata Belén. No sólo el expansor se estaba encapsulando, adhiriéndose al músculo, sino que apareció un nódulo en la otra mama. Belén nuevamente tenía cáncer. “No sabía qué hacer, se me vino el mundo abajo. Me quería morir del susto”, afirma Belén. Además de este diagnóstico, la familia Soto Morales recibió otra mala noticia: el padre de Belén tenía cáncer de recto. Padre e hija con cáncer, en algún momento tuvieron que recurrir a rifas para solventar los tratamientos. “Da rabia vivir a costa de bingos o rifas solidarias, tienes que tener un saco de plata para luchar contra la enfermedad, es indigno”, asegura Belén. Tras operarse del cáncer en Santiago, Belén volvió a Talca donde debía recibir un tratamiento adyuvante, según le indicaron en el Instituto Oncológico FALP, donde además le dijeron que presentaba una lesión en el esternón. Ahí comenzó una lucha que parecía interminable. En la FALP volvió a tomarse una tomografía, que marcaba que todavía tenía cáncer en la zona del esternón y ganglios axilares, entonces le recomendaron el medicamento Ribociclib, que evita que las células cancerígenas se multipliquen. El Ribociclib tiene un costo de casi 4 millones mensuales, no está cubierto por el AUGE ni la Ley Ricarte Soto, por lo que optó por el Palbociclib, al cual podía acceder por el sistema público, entrando a una lista de espera por el medicamento. "Tantas vueltas, demoras y esperas, es como si el sistema busca que la enfermedad avance. El cáncer no espera. Una siente que cuando no eres útil, te dejan morir ", afirma Belén frustrada. Belén cuenta que las cosas que ha vivido le provocan rabia, se siente abandonada por el sistema. “A veces siento que navego en un barco a la deriva, no encuentro ningún puerto, me hacen irme a otro lado”, asegura entre lágrimas. “Ahí es cuando uno cree perder la esperanza, pero digo no po’, mientras yo tenga voz voy a seguir pataleando”. Luz María Araos: “El abandono es la parte más difícil” Luz María Araos, 59 años, vive en Algarrobo. Cuenta que pasa la mayoría del día en su casa, horneando brazos de reina y cocinando dulces para generar algún ingreso. No puede trabajar a tiempo completo por los efectos secundarios de la quimioterapia que le hicieron para tratar su cáncer de mama. En abril de 2018 se lo diagnosticaron. Se había palpado un “porotito” en la mama izquierda al que no dio importancia, pero su hija Valeria le pidió que fuera al médico. Era un cáncer agresivo que había comprometido los ganglios del lado izquierdo: “Ahora tengo los efectos de no haber reaccionado al momento correcto, estoy constantemente con dolor”. Ell comenta que siente que vive un tema personal fuerte. Perdió el pelo, las pestañas, las cejas: “Las que tú me ves aquí yo las tengo pintadas”. Menciona que ya no vive como antes y que se siente un poco en el limbo por parte de los cuidados del Estado. Siente abandono, luego de que estar seis meses en lista de espera: “Cumplieron con la operación, pero no se preocuparon más. Sé que muchas veces los médicos y enfermeros están ocupados, pero podrían designar un cargo que tenga la tarea de acompañar a los pacientes en el proceso post cáncer. El abandono es la parte más difícil”. Luzma está con tratamiento oral por el resto de su vida y actualmente tiene puesto un catéter. Su cáncer está controlado y aún en tratamiento luego de una mastectomía parcial, una cirugía que implica sacar el tumor rodeado por el tejido mamario, sano, sin sacar toda la mama, para posteriormente hacer quimioterapia. El médico Luis Ignacio de la Torre, resalta que no en todos los casos es necesaria la quimio: “Es importante explicar esto, menos del 25% necesita quimioterapia”. El médico menciona que "la desigualdad en el acceso a servicios de salud de calidad y la falta de infraestructura adecuada en algunas regiones del país limitan el acceso a diagnósticos precisos y tratamientos especializados. La necesidad de mejorar la atención integral, la coordinación entre los equipos médicos y la implementación de programas de prevención efectivos son retos cruciales a enfrentar para reducir la carga del cáncer de mama en Chile”. Al día de hoy, Luzma espera poder vivir normalmente, con tranquilidad, sin dolor, poder seguir con el cáncer controlado, compartir con sus hijas, sus papás y ojalá alcanzar a gozar de una salud pública de calidad, pero por sobre todo dice “mi mayor anhelo es que esta maldita enfermedad no vuelva”. Michelle Rosales: “Me diagnosticaron antes de hacer la biopsia” La odisea de Michelle Rosales, limeña, comenzó en enero de 2023. De visita en Perú, junto con su familia, estaba emocionada por conocer al pequeño hijo de su hermano que vive en Alemania, pero de a poco se fue nublando el panorama. “Estaba usando un vestido de verano, con tiritas. Cuando me lo saqué, sentí un nódulo y mi mundo literalmente se cayó. Algo me decía que era malo”, dice con la voz quebrada. A su regreso a Chile decidió visitar a su ginecólogo, de manera particular y le pidieron una ecografía para salir de las dudas. Se la hicieron 15 días después. 15 días de espera donde disfrutó cada minuto con el mejor de los ánimos y energías, porque en ese momento para ella, no era una opción hundirse en una preocupación de algo con lo que no estaba segura. Luego vino la solicitud de una biopsia, aún no tenía un diagnóstico. Habían pasado dos meses desde que sintió el nódulo en la mama. Ahora estaba en un consultorio lleno de gente. El ambiente era ajetreado y agobiante. Junto a ella había otras 30 personas haciendo la misma fila . Hasta que le tocó su turno. "Me dijeron que tenía cáncer antes de hacerme la biopsia. Ahí hubo una negligencia de su parte, porque aún no estaba diagnosticado", recuerda Michelle. Recién en abril se enteró de manera oficial que tenía un cáncer de mama triple negativo, que no había por dónde atacarlo y que cada día que pasa se convierte en un arma que está atacando a su cuerpo más fuerte. "Cuando la genetista cuando vio mis resultados, me dijo que mi cáncer vino así de la nada". Han pasado tres meses desde que ingresó al sistema GES, con incertidumbre y sin saber aún cuándo comenzará su tratamiento. "Todo es esperar, todo es incertidumbre. Es frustrante no saber si están siendo negligentes conmigo", dice. La batalla contra la diabetes infantil Bruno tiene seis años, es un niño muy alegre y con mucha personalidad. Le gusta jugar fútbol y practica Kung-Fu y Sanda en una academia cerca de su casa. En abril de este año le diagnosticaron diabetes tipo 1. En un inicio, antes de saber lo que estaba ocurriendo, el niño perdió mucho de peso: “Bajó hasta cinco kilos en una semana”, cuenta Natalia, su mamá. En las noches se orinaba y no sabía qué le pasaba a su hijo. "Yo pensé que le estaban haciendo bullying en el colegio, entonces le empecé a preguntar: '¿Quién es el niño más lindo del mundo?' Y él me decía muy seguro: 'Soy yo, mamá', así es que lo descarté". Hasta una madrugada en que Bruno perdió la conciencia. "Fuimos directo a urgencias y le hicieron la prueba de la sangre. Normalmente una persona tiene entre 70 y 180 de glicemia a la sangre, Bruno tenía 837", recuerda. La diabetes tipo 1 afecta a más de 10 mil menores en Chile. Es la segunda enfermedad crónica más común en la infancia y principalmente afecta a niños menores de 5 años. Esta condición está aumentando en 3.8% en todos los países. En 2022 se incorporó a las prestaciones GES. "Estuvo cinco días en la UCI, y no lo podían sacar si nosotros no llevábamos los implementos que nos daba el GES, era un requisito. Esos primeros días me sentí mareada con tanta información. Me decían: 'Tu hijo diabético, poco menos que se iba a morir'. Nos hicieron clases, iba la nutricionista, nos llevaban al enfermero. Pasaron tantas cosas que a mí se me olvidó subir una nómina que pide el GES y no tenía los recursos para pagar la cuenta hospitalaria. A los tres días nos aceptaron la canasta GES" En este caso, el GES les cubre aproximadamente 5 millones anuales, excepto un I-PORT y un sensor, tratamientos alternos. "Nos ha ido bien con el GES, pero obviamente se nos acaban los insumos y tenemos que esperar hasta el próximo mes. En esos casos, tenemos que ver cómo los conseguimos. Hemos tenido que cubrir, porque también estamos aprendiendo sobre todo esto", explica Natalia. La vida de Bruno y su familia cambió abruptamente, y siguen acostumbrándose a su nueva realidad. De un día a otro, todos tuvieron que aprender a pinchar la insulina, a contar carbohidratos, a conocer los productos que se podían comprar en la casa. Pero, además, a enseñarle a Bruno a normalizar su enfermedad y no avergonzarse de ella. "A mí se me acabó el mundo cuando supe, caí en un bajón. No era capaz de pincharlo ni siquiera, me encerraba a mi pieza a llorar de la rabia por lo que estaba sufriendo mi nieto. Creo que, incluso, me di el lujo de caerme todos los días. Natalia nos contuvo a todos, pero nadie la contuvo a ella", cuenta con dolor Delia, la abuela de Bruno. "Alguien tenía que ser la fuerte", dice Natalia con la voz quebrada, "yo creo que todavía no la asumo, porque ya no es el mismo Bruno de antes.". Conoce el especial completo de Chilenos en lista de espera a continuación

  • El chileno que dibuja los NFTs de Hasbullah

    Un estudiante de construcción civil, que vive en Padre Hurtado, a sus 23 años en Dubái, rodeado de jeques y celebridades. Jamás se imaginó que un par de dibujos hechos en su tiempo libre se transformarían en obras de arte que se valoran entre cuatrocientos mil y los cinco millones de pesos chilenos. Hoy es parte del equipo del controversial Hasbullah, un hombre con enanismo que sólo en Instagram reúne más de cinco millones de seguidores. Esta historia recién empezó a dibujarse. Es difícil que alguien de la Generación Z no conozca a Hasbullah Magomedov, un joven ruso de 20 años de edad que padece acondroplasia, una forma de enanismo, y quien se hizo viral tras subir videos peleando con el reconocido luchador ruso de la UFC, Khabib Nurmagomedov en 2021. Actualmente, Hasbullah tiene un contrato con la misma liga deportiva, donde será la cara visible para promocionar peleas de alta convocatoria. Y junto con ello, hoy cuenta con más de 5.2 millones de seguidores en su perfil de Instagram, en donde es reconocido por subir videos golpeando a famosos. Todos esos factores descolocaron al dibujante chileno Diego Castañeda, de 23 años, cuando recibió una llamada de parte del equipo del mismísimo influencer. ¿La razón? El team del ruso quería demandar al chileno por dibujarlo y viralizarlo en redes sociales. Sin embargo, lo que parecía una absurda y aterradora historia sobre el insólito poder de los nuevos famosos de internet, tuvo un desenlace inesperado, uno que se sigue escribiendo y que, por ahora, no muestra indicios de tener un final. Ha nacido una estrella En medio de la pandemia y el encierro, Diego empezó a dedicar su tiempo libre a dibujar. Agarró una tablet y empezó a tirar trazos. No tiene formación en diseño, mucho menos en arte: sus referentes forman parte de la cultura popular, como Los Simpsons. El estudiante de cuarto año de Construcción Civil empezó a subir los resultados de su hobby a sus redes sociales. Para julio del 2020, Larrynni (seudónimo que usa en internet), ya acumulaba miles de seguidores en su cuenta de TikTok. Hoy tiene casi 60 mil y cerca de un millón de me gusta. En los videos que subía, mostraba el proceso de sus caricaturas y estos se movían rápidamente en el cibermundo. Incluso, cuando transformó al cantante Pablo Chill-E en un personaje de Los Simpson, su canal reventó en reproducciones. Este clip tiene casi 900 mil vistas. Desde entonces, DJ's locales y otras celebridades le empezaron a pedir sus propias caricaturas. “A veces llegaba a cobrar cinco mil pesos por uno”, recuerda, “pero el boom fue cuando Ibai Llanos, uno de los streamers más famosos de España, me reposteó en sus redes. Me hice muy conocido y todo el mundo me comenzó a hablar, todos querían una ilustración hecha por mí”. Ibai es un famoso streamear y youtuber español, cuenta con 8.2 millones de seguidores en Instagram Después de esto, otro joven español lo contactó. Conocido como “Dani”, este nuevo personaje en la vida de Castañeda le preguntó si sabía sobre criptomonedas y NFTs. El chileno no tenía idea de nada. “Además de pedirme que investigara acerca de esos conceptos, me pidió que hiciera una ilustración de Hasbullah”, cuenta a Quitra, “la primera vez que leí ese nombre no sabía quien era, después me mandó un sticker de Whatsapp y ahí lo reconocí inmediatamente. Todos lo hemos visto alguna vez”. Esta es una de las ilustraciones del influencer ruso hechas por Diego No pasaron ni cinco minutos y el hombre volvió a pedirle nuevas caricaturas del influencer ruso. “Se vendió”, le dijeron al chileno. Y al rato, la siguiente pedida eran otras 30 piezas más.Todas las ilustraciones se estaban vendiendo como NTFs en una página llamada Open Sea. En sus palabras, Castañeda explica que los NTFs son “prácticamente una imagen o una traducción de un código, que pertenece exclusivamente a la cuenta que lo compró, donde el propietario lo puede utilizar para lo que quiera (...) La discusión que hay es que muchas personas le toman pantallazo a la imagen digital y la utilizan, pero acá pasa algo que también pasa en el mundo real, si tú le tomas una foto a la Mona Lisa, no es lo mismo que tener la original”. En noviembre del año pasado Diego recibió una llamada que lo dejó saltón. Dani le dijo en tono exaltado que tenían que borrar todas las ilustraciones relacionadas al joven ruso. El equipo del influencer había amenazado con denunciarlos por usar su imagen. “Llegué rápido a mi casa y cambié todos los dibujos de Hasbulla por los de un mono: le extendí las orejas y lo deformé un poco (...) Todo este proyecto que habíamos montado era sobre dos personas monetizando por un meme”, dice Castañeda. Sin embargo, en menos de un mes, la historia dio un giro inesperado: los mismos que estaban a punto de llevarlos a tribunales, los querían contratar para comenzar un nuevo proyecto. Fue ahí cuando se creó la página Cryptohasbulla, un mercado virtual para comercializar los NFTs elaborados por el chileno. De hecho, sólo bastaron unas semanas para que Castañeda se incorporara al equipo del ruso. Incluso, en enero, fue invitado a un evento en Dubái con todos los holders de los NFTs de Hasbulla, osea, todas las personas que tienen alguna de las ilustraciones con su firma. Sin pensarlo dos veces, decidió reservar un vuelo en dirección a ese país. “Le tuve que explicar a mi mamá todo el proceso que he vivido para llegar hasta aquí. Es un tema denso, no entendía nada, pero casi le metí un pendrive con toda la información al cerebro para que entendiera”, cuenta entre risas. ¿En algún momento consideraste congelar o salirte de la universidad? “Cuando comenzamos a trabajar con Hasbullah, me pedían quinientos dibujos a la semana y ese fue el ritmo por un mes y medio. Me acuerdo que lo único que pensaba, era que si llegaba a estar así de nuevo, más la carga de la universidad, explotaría. Entonces sí, pensé en dejarla. Además me iba bien, me estaban pagando, podía costear mis gastos, renové mi Ipad y muchas cosas así”, explica. Los NTFs de Castañeda se venden entre los 400 mil pesos y los cinco millones chilenos. Tras 15 horas de un largo viaje en avión, el chileno fue recibido de manera muy acogedora en el país árabe: “todos querían que dibujara algo, me sentía como una estrella”. Y cuando empezó a conocer a los usuarios que adquirieron sus obras, se percató de que la gente no solo compraba las imágenes porque fueran de Hasbullah, sino que también, porque les gustaba su arte. ¿Te consideras un artista? Diego se detiene a pensar. “Considero que lo hago es un arte”, responde. Castañeda cuenta que a pesar de que en esta parte del mundo Hasbullah Magomedov todavía se está haciendo conocido, una situación muy distinta se vive en Medio Oriente, en donde es brutalmente famoso. “Es casi como Messi”, explica. Hasbullah y Diego tienen casi la misma edad. Pero el chileno describe al influencer como una persona callada, tímida y quizás porque sólo habla ruso, mientras que su equipo se comunica en inglés y español. "Cuando está en confianza, es un hombre con mucha energía, es bueno para pegar, para correr, para tirar cosas por el aire, es muy simpático, es para cagarse de la risa”. Hasbullah no canta, no bailan , ni actúa, pero es muy famoso. ¿Qué piensas sobre la fama contemporánea? “Siento que nació respecto a las nuevas tecnologías. Las personas se muestran en un medio y captan un público, un nicho que crece. La gente hoy busca simplemente entretenimiento y eso es lo que muestran las redes sociales” Cuando el dibujante llegó a uno de los eventos se percató que todos sus dibujos estaban proyectados en una pantalla gigante, detrás del escenario. Aquí es donde Larriny pensó y dijo: “¿Cómo pasé de estar dibujando en mi pieza por cinco luquitas a estar en Dubái?”. Llegó un momento en que las luces del evento se apagaron y tras una puerta gigante salió Hasbullah, Diego recuerda que las personas se volvieron locas, muchos se subieron encima de las mesas, solo para tener una foto del menudo influencer. Cuenta que se asomó “una personita de ochenta centímetros, con tres o cuatro guardaespaldas gigantes”. Y mientras los fanáticos comían y conversaban entre ellos, Diego se quedó solo en la mesa y empezó a dibujar al influencer en vivo y en directo. Mientras hacía esto, un comprador le empezó a ofrecer dinero inmediatamente. Dubai, o al menos la parte que vio él, describe el joven, es un lugar lleno de autos de alta gama, gente de mucho dinero y jeques árabes usando ropa de marca. Cuando Hasbullah invitó a su grupo a una comida en un restaurante, Castañeda recuerda que la fila para entrar daba una vuelta a la esquina, sin embargo, con su llegada pudieron pasar como unas verdaderas celebridades. Y no era cualquier restaurante, se trata del exclusivo Steakhouse Nurs-Et, del famoso chef Salt Bae. “Me gustaría estudiar algo”, piensa Castañeda, “quizás no una carrera, porque vengo saliendo de una, pero creo que en un futuro si mi meta es ser director gráfico tendré que hacer un curso o algo por el estilo”. Ahora Diego piensa sólo en titularse y sueña con trabajar en alguna multinacional de animación, como Disney, “Cuando me vea en alguna pantalla del cine, podré morir tranquilo” afirma con ambición.

  • Mi TCA no tiene feriado

    El estudio “Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes chilenos: una epidemia silenciosa”, hecho por la Universidad Católica en 2022, reveló que el 6% de los afectados por desórdenes alimenticios son niñas, niños y adolescentes, de los que un 55% son mujeres. Una crisis de la salud mental que, para quienes la padecemos, interfiere no sólo con la relación que tenemos con nosotros mismos, sino con todo nuestro entorno. Estas son mis reflexiones sobre la última patita del año, una de las más difíciles de tragar. Advertencia: este artículo aborda el tema de la anorexia, un trastorno alimentario que puede ser perjudicial para la salud mental y física. Si tú o alguien que conoces está luchando con este trastorno o si este tema te resulta perturbador, te recomendamos considerar si debes continuar leyendo. La intención de este artículo es informar y generar conciencia sobre la anorexia, pero entendemos que puede ser un tema desencadenante para algunas personas. Celebraciones que no dan gusto La anorexia es mi mejor amiga y mi peor enemiga, un lugar que conozco bien pero al que, al mismo tiempo, me llena de miedo visitar. Es la mayor prueba del control y descontrol que he sentido sobre mi propia voluntad. Pero hay una cosa que la anorexia no es: la anorexia no soy yo. Todo empezó cuando tenía 13, tras una enfermedad de mi mamá. Siempre lo describo como una etapa en la que mi cuerpo estaba desesperado pidiendo ayuda y cuidado. Y durante tres largos años, el proceso de recuperación fue como un columpio que iba y venía. Por cuatro meses no pude ir al colegio, me vigilaba una chaperona que llegaba a mi casa para el desayuno y se iba con la última comida. Hay un recuerdo que tengo latente: a mediados de septiembre de 2015, estaba apoyada en la mesa de la cocina esperando a que hirviera el agua para hacerme un café negr. Ese día Corina, mi chaperona, iba a llegar tarde por un trámite que tenía que hacer y por eso me tocaba desayunar sin supervisión, por primera vez en meses. Muy pocas cosas me hacían feliz durante este periodo de mi vida, pero esta ocasión era casi como un regalo de cumpleaños anticipado, una mañana de paz que no me podía hacer sentir más emocionada y, por supuesto, cometí mi objetivo: no comí nada. El timing era casi perfecto, ya que en dos días más tocaba ir a un asado en la casa de mis primos para celebrar el dieciocho en familia. Esta era una fecha que llevaba atormentándome desde hace al menos tres semanas. Lo pensaba durante horas y horas, y hacía estrategias sobre cómo, durante el tiempo que faltaba, podía alimentarme lo menos posible para compensar el horror de tener que comer frente a todos un plato lleno de calorías. Sabía que yo iba a ser el centro de atención, sabía que mi familia no me iba a sacar los ojos de encima, esperando que me convirtiera mágicamente en alguien que no era: una persona con una relación sana con la comida. Septiembre, para quienes tienen un TCA, es el comienzo de una difícil temporada de celebraciones. De fiestas patrias en adelante, las rutinas se ven interrumpidas y la comida se convierte en el punto central del calendario social y –como consecuencia- empieza también la campaña para preparar el cuerpo de verano. Y mientras todo el mundo habla sobre lo felices y ansiosos que los ponen la llegada de las fiestas, a mí me desgarraba el miedo. El solo recuerdo de lo que se venía automáticamente me hacía sentir irritable y tensa, consumida por una angustia inmensa. “¿Estaré loca?”. Ese era un pensamiento que, a pesar de ser constante durante mi enfermedad, en estas fechas metía aún más ruido en mi cabeza y me devoraba por dentro. No me soltaba. Yo no tenía atracones en esta parte del proceso, por el contrario, me privaba de comer cada vez que tenía una oportunidad. La idea de vomitar era un recurso que nunca usé eso sí. Mi familia cercana me veía como un monstruo que había que mantener apresado en la casa, pero en celebraciones y ocasiones como estas, no les quedaba otra opción que sacarme. Yo tampoco quería salir, quedarme en casa me hacía sentir segura. Y así fue como la anorexia arruinó mi fiesta familiar. Sobre la mesa había mucha carne, longanizas, empanadas, mote con huesillos y bebida. Todas cosas que en ese momento eran la representación de mi mayor miedo. Pero yo estaba decidida a no comer ese dieciocho en la casa de mis primos. “Te doy cincuenta lucas si te comes esta empanada”, me dijo uno de mis parientes mientras estábamos todos sentados. Yo quedé petrificada en la silla mientras mis primos competían por quién agarraba la empanada primero para comérsela y ganarse el premio. Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro frente a la exposición que mi mismo padre me hizo sentir, fue como una traición. Ante esto, mis papás comenzaron a discutir mientras mis tíos trataban de calmar la situación y con angustia, aproveché esta distracción para esconder la comida de mi plato en mis bolsillos e ir a botarla al baño. Aún recuerdo el jugo de la ensalada y la carne mojando el interior de los bolsillos de mi polerón mientras caminaba a deshacerme de todo. Este fue el momento que me mostró realmente hasta qué punto la anorexia había tomado control de mi vida. Ahora miro hacia atrás este recuerdo y sigue doliéndome. Me vi tan despojada de mi propia voluntad, obedeciendo el patrón de una enfermedad que me obligo a hacer cosas repugnantes y llenas de odio haca mí. Te podría interesar: ¿Por qué seguimos hablando de la mamá de Jennette McCurdy? Según el “Manual para el manejo Intrahospitalario de los Trastornos Alimentarios” de 2022 realizado por la Unidad de Trastornos Alimentarios de la Universidad Católica, los pacientes más jóvenes con anorexia tienen la mejor tasa de recuperación, entre 50% y 70%, mientras que, en pacientes adultos las tasas reportadas de recuperación completa apenas llegan a un 50%. Un 30% de los pacientes logran recuperación parcial y un 20% permanecen severamente enfermos. Han pasado siete años y a pesar de que los pensamientos desordenados sobre la alimentación aún van y vienen, este dieciocho estar frente a la mesa me entusiasmó. Logré encontrar esa felicidad que tanto anhelaba de disfrutar los momentos que me reúnen con las personas que más quiero. Hay especialistas que dicen que uno nunca se recupera, pero yo no lo veo así, es más bien como una cicatriz, que te recuerda que hubo una profunda herida. Hoy estoy recuperada y disfruto. Y con todo lo que aprendí en este tiempo, a mi yo de esa época le diría que la recuperación, que parece ser lo más difícil, o que la rabia que sientes contra tu familia cuando te tratan de cuidar, son el comienzo de una vida nueva. Que uno no es su diagnóstico y que siempre hay una oportunidad para ganarle al miedo. Y si algo de lo anterior suena demasiado familiar, busca ayuda. La recuperación de los trastornos alimenticios es difícil, muy difícil. Pero es mejor del otro lado, lo prometo. *** Si necesitas ayuda, contacta a Salud Responde, un servicio de salud telefónica disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Puedes marcar el número 600 360 7777 desde cualquier teléfono fijo o móvil en Chile. El personal puede proporcionarte información sobre servicios de salud mental y derivarte a profesionales adecuados.

  • Situación: sin colegio

    Más de 500 niñas, niños y adolescentes del litoral central llevan años sin poder asistir a un colegio por falta de cupos. El Mineduc anunció la ampliación de colegios para aumentar las matrículas en 2024 y entremedio las municipalidades han creado medidas paliativas. Por mientras, mamás y papás pasan noches completas afuera de establecimientos educativos para tratar de conseguir matrícula y, a punta de rifas y kermesse, se levantan escuelas caseras que preparan a niños y niñas para rendir exámenes libres. Nunca ha ido al colegio. Ramiro tiene 11 años y nunca ha ido al colegio. Cuando llegó el momento de inscribirlo en 1° Básico, quedó número 8 en una lista de espera que nunca corrió. “Volví a intentarlo al año siguiente, pero me dijeron que no había cupos nuevamente, así que mi hijo continuó sus estudios en una escuelita libre. Eso hasta julio de su 2° Básico, cuando ya no pude seguir pagando y lo tuve que sacar”, cuenta Ingrid Yametti, profesora y mamá de Ramiro. Ese año, cuando el papá de su hijo dejó de pagar la pensión alimenticia, Ingrid comenzó a educarlo en casa. Así cursó las materias correspondientes a 3° y 4° Básico, que fueron evaluadas en exámenes libres junto a cientos de otros niños y niñas del litoral central que no han logrado obtener un cupo en los colegios de la zona. La falta de matrículas es una situación que las familias de las comunas de la zona norte de la Provincia de San Antonio vienen advirtiendo hace más de cinco años, pero que sin duda empeoró luego de la pandemia, cuando muchas personas llegaron a habitar el litoral central, lo que aumentó el déficit de éstas. “Yo nunca había visto tanta gente rindiendo exámenes libres. Por primera vez abrieron una sede aquí (en El Quisco). No dan abasto para recibir a tantos niños desescolarizados”, dice Ingrid. Rolando Espinoza, concejal de El Tabo que preside la comisión de educación de la comuna y ha estado trabajando en este tema, participó en una reunión donde se expuso un cruce de datos que los Departamentos de Administración de Educación Municipal (DAEM) de las municipalidades de Algarrobo, El Quisco y El Tabo llevaron a cabo a mediados de 2022. Analizaron los nombres escritos en las listas de espera de los establecimientos educacionales de las tres comunas. Si bien los datos oficiales aún no se publican, el concejal asegura que en ese momento el cálculo arrojó que más de 500 niñas, niños y adolescentes de la zona estuvieron sin colegio durante 2022. Cifra no menor considerando que la población de la zona ronda los 35 mil habitantes. En muchos casos lo que ocurre es que, al no existir matrículas en el lugar donde viven, el Sistema de Admisión Escolar (SAE) les envía a establecimientos que están en ciudades como Casablanca o San Antonio. “Conocí el caso de un niño de Algarrobo de 1° Básico que lo mandaban a una escuela rural en Santo Domingo. Son localidades alejadas, no hay micro. Recorrer 10 kilómetros en Santiago es diferente que viajarlos en el litoral central. Acá hay mala conexión y poca locomoción, entonces las distancias se hacen más largas. Otro problema es que, por ejemplo, a un hermano lo mandan a El Tabo y al otro a Mirasol (24 km. de distancia). Es súper complicado”, dice Rolando Espinoza. Escuelas libres en la medida de lo posible Ante la falta de oferta educacional, madres y padres desesperados han organizado escuelas libres, que abundan en el litoral central. Entre otras cosas, preparan a los niños, niñas y adolescentes para rendir exámenes libres anuales para así certificar que cursaron el nivel correspondiente y poder pasar al siguiente. En general, la mensualidad de estas escuelas ronda los 120 mil pesos, sin incluir materiales, comida ni transporte. Tampoco cuentan con psicopedagogas, psicólogas, Programa de Integración Escolar (PIE) ni capacidad de contratar formalmente a los y las docentes. Pero, en muchos casos, es la única posibilidad educativa que les queda a algunas familias. “Con esto, lo único que están haciendo es abrir más la brecha entre clases sociales. Están dejando un espacio muy grande para que los niños y adolescentes se pierdan. Sin un espacio para desarrollarse, especialistas, comunidad educativa… Todo lo que tiene que tener una escuela, lo que necesita un ser humano para desarrollarse sanamente”, concluye Ingrid. Sin compañeros, sin curso El sueño de Lukas es cursar 4° Medio, su último año de colegio, con sus compañeros y compañeras del Liceo Clara Solovera, de El Quisco. Algo no fácil de cumplir: el primer semestre de 2022 tuvo que irse a vivir a Santiago y, cuando volvió, se encontró con que ya no había cupo en su colegio para recibirlo de vuelta. Como última medida para pasar 3° Medio, se inscribió para rendir exámenes libres: estudió durante semanas 5 horas diarias solo en su casa y logró pasar de curso. “Fue difícil sin la ayuda de un profesor. Había materias que no entendía y no tenía a quién preguntarle, así que a puro videos de YouTube o Google”, cuenta Lukas, de 17 años. Aunque, para él, lo más difícil no ha sido el aprendizaje de materias, sino la falta de compañeros y compañeras. “Me gustaría compartir con más gente. Es difícil no ver gente de tu edad, conversar o hacer un trabajo juntos. En el colegio tienes con quien hablar, te distraes, ves a tus compañeros la mayoría del año, se te van dando las amistades. En cambio, en mi caso no voy a ir por la calle a conversar y conocer gente. Uno no sale de la casa, entonces uno no socializa, ese es el problema”, dice Lukas. Ya postuló nuevamente a su liceo y está en la lista de espera, con ansias de que le digan el resultado. “Quiero estar en mi colegio. Es donde los profes me tienen cariño y tengo amigos ahí”, dice. “Es necesario tener espacios de socialización. Yo aprendo a pensar el mundo cuando estoy en interacción con otros. La no escolarización es bien grave. Se está afectando el derecho a la educación de los niños, lo que implica que no acceden a las competencias que pide el mundo de hoy. También impacta en lo socioemocional: la escuela te da un lugar en el mundo y una identidad propia.No participar de lo que están participando todos provoca problemas de autoestima. Por otro lado, puede llevar a que se vayan muy luego al mundo del trabajo”, explica la Doctora en Psicología Edita Núñez. Existen estudios que alertan sobre las consecuencias negativas para niños y niñas que no asisten regularmente a la escuela. Es algo que se ha estudiado especialmente post pandemia y en niños y niñas con discapacidades cognitivas, una población históricamente excluida del mundo escolar. En ambos casos se habla de “lost learning”. Es lo que Andrea Alarcón, de Algarrobo, teme que le ocurra a su hijo José, de 6 años, quien tiene diagnosticado Trastorno del Espectro Autista (TEA). En 2022 debía matricularse en 1° Básico, pero no encontró cupo. “Él mismo me pide. Dice: ‘¿Mamá cómo va a ser mi colegio?’. ¿Cómo le explico que no quedó en ninguno?”, cuenta Andrea, quien es integrante de la Red Inclusión Algarrobo, que agrupa a mamás de niñas y niños con necesidades neurológicas especiales, como TEA o epilepsia. Del grupo, ninguna ha encontrado matrícula. “Ha sido terrible, frustrante. Una trata de buscar soluciones pero no encuentra. Estamos en situación de abandono total, de vulneración. Yo estoy educando a mi hijo en casa pero no tengo las herramientas, aparte tengo que dejar mi vida de lado. ¡No puedo trabajar! No da para pagar las escuelas libres y aparte hay que pagar las terapias”, añade. El año pasado, también por falta de cupos, tuvo que mandar a su hija de 16 años a vivir a Santiago, para que pudiera estudiar en un colegio. “Mi idea es que volviera a vivir conmigo, pero es imposible encontrar un cupo para ella. Así que ahora la veo solamente fin de semana por medio”, cuenta Andrea, que este año sí logró encontrar matrícula para su hijo de 9 años. Solución a la ecuación Como forma de institucionalizar el sistema de escuela libre, en marzo de 2022 la Municipalidad de El Quisco implementó el programa Saberes. La idea surgió hace un par de años desde una mesa de educación comunal compuesta por funcionarios de la Municipalidad junto a vecinas y vecinos. Estuvo encabezada por Cristian Vázquez, conocido dirigente social de educación del litoral quien falleció en enero del año pasado debido al Covid19, dejando esta herencia. Saberes, hoy a cargo de la Dirección de Desarrollo Comunitario (Dideco), consiste en la habilitación de cinco sedes sociales como salas de clase de lunes a viernes de 8.30 a 13.30 hrs. Ahí, profesores y profesoras enseñan los temarios de 1° a 8° Básico a los niños y niñas de la comuna para que preparen sus exámenes libres. Además, se entrega orientación con respecto a los trámites de todo este proceso. Cuenta con equipo psicosocial y ofrece talleres variados. 173 niñas, niños y adolescentes participaron del programa en su primer año y el total aprobó sus exámenes libres. El plan es seguir con el programa en 2023, ampliando el alcance a 1° Medio. El Tabo, por su parte, implementó otra medida. La Municipalidad compró un terreno para trasladar allí el actual Colegio El Tabo y aprovechar de ampliar su capacidad de 900 a 4 mil estudiantes. Si logran adjudicarse fondos del Ministerio de Desarrollo Social, planean comenzar la etapa de diseño en 2023 y de construcción en 2024. Desde el Ministerio de Educación también están trabajando en el problema. En agosto, el subsecretario de Educación, Nicolás Cataldo, visitó distintas escuelas del litoral central, escuchó los requerimientos de los alcaldes y anunció la inversión de más de 1500 millones de pesos para mejorar la situación como parte de la política de reactivación educativa integral Seamos Comunidad. A corto plazo financiará la habilitación de nuevas aulas en colegios ya existentes y a largo plazo se promete implementar proyectos educacionales definitivos. Esto destinado a mejorar la infraestructura de seis establecimientos de la Provincia de San Antonio: Escuela El Bochinche de Algarrobo, el Complejo Educacional Clara Solovera de El Quisco, el anexo de la Escuela Las Cruces en El Tabo, el Liceo Eugenia Subercaseaux de San Sebastián en Cartagena, el Instituto Comercial en San Antonio y el Colegio People Help People de Santo Domingo. Mientras tanto, niños y niñas pasan el verano esperando. Ramiro quiere ir al colegio. Ya se lo ha pedido varias veces a Ingrid. “Quizás te obliguen a cortarte tu trenza larga, ¿estás dispuesto igual?”. Ramiro, después de pensarlo un momento, la mira a los ojos y le dice que sí, que está dispuesto. Eso, dice Ingrid, significa que tiene muchas ganas de ir al colegio. Por eso el 2 de enero a las 15.30 Ingrid se plantó afuera del colegio particular subvencionado El Alba dispuesta a esperar lo necesario para inscribir a su hijo en 6° Básico. Antes de ella había otras once personas en la fila. “Algunas llegaron el 29 de diciembre. Pasaron el año nuevo en la fila. Afuera del Colegio El Quisco había hasta gente acampando”, cuenta Ingrid. Esa noche, envuelta en una frazada, se mantuvo en vela hasta que a las 8.30 hrs. abrieron el portón. Escribió el nombre de su hijo en un papel con la misma esperanza que muchas otras mamás y papás: que el 2023, este año sí o sí, sus hijos e hijas puedan por fin entrar al colegio.

  • La toma de los burros malos

    Se tomaron el desierto en el Norte Grande. Nunca andan solos. Se movilizan en tropillas. Dañan a otros animales, los muerden, los patean y generan miedo en los vecinos. “Antes nuestros animales comían libres y tranquilos”, asegura una agricultora entrevistada por revista Quiltra que los espanta con hondas de sus predios. Son herbívoros introducidos y salvajes que se reproducen y crecen rápidamente en número, mientras la vegetación y especies nativas desaparecen. Fotos de Facundo Mercado —Antes nuestros animales comían libres y tranquilos —lamenta la ganadera Teodora Flores. La mujer vive en el apunado y solitario pueblo de Tacora, a más de 4.000 metros de altura, con el volcán de fondo, coronado por la nieve alrededor del cráter. Para subsistir, ella se ha dedicado toda su vida a la ganadería camélida y ovina. Sin embargo, en medio de esta inmensa aridez, cubierta por resistentes pastizales, un invasor, sin nadie a su cargo, apareció. *** El primer registro del Equus asinus, o en sencillo, del burro doméstico en América, según el difunto zoólogo español-argentino Ángel Cabrera, data de 1536. Cruzando el Atlántico, los asnos fueron traídos en los primeros galeones desde Europa, a pesar de ser originarios del árido norte de África. En Chile, en el Norte Grande, entre las regiones de Arica y Parinacota y la de Tarapacá, eran utilizados como animales de carga antes de la masificación de los vehículos. "Incluso, si uno se pone a buscar, hay rutas de burreros en que la gente bajaba de la precordillera", cuenta Nicolás Fuentes, ecólogo especializado en ungulados de Sudamérica Diversa y del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA). "Era el medio de transporte". Sin embargo, los de cuatro ruedas relegaron al asno a un olvido social; "empezó a perder su valor para las personas", precisa el experto. Aunque se usan para hacer charqui, en general, la gente dejó botados a los burros. "Los ambientes de los cuales ellos son originarios también son zonas áridas, desérticas, como las planicies de Mongolia o de Sahara", explica. "Pero son zonas mucho más productivas que acá". Así y todo, se las han arreglado bastante bien en el desierto ante su marginación. Pero ha salido caro. Cada vez, más. Comen como burros En 2015, el Ministerio del Medio Ambiente puso al burro entre los problemáticos para el ecosistema. Pero de poco sirvió. Dentro de la Ley de Caza y su Reglamento, el asno no es considerado "dañino o perjudicial para el medio ambiente", no como conejos, jabalíes, visones y castores. Por lo tanto, "no tenemos actualmente monitoreo de la especie", admite Agneta Hiche, directora regional(s) del Servicio Agrícola y Ganadero en Arica y Parinacota. Después, en 2016, un estudio conjunto entre investigadores de la U. Autónoma de Madrid y la U. de Chile ponía el foco en la presencia de équidos ferales, o sea, ya completamente salvajes. El trabajo de campo encontró un promedio de 0,13 burros por kilómetro recorrido: una cifra no despreciable. Los guanacos resultaron mucho menos frecuentes, mientras que las vicuñas fueron más abundantes, triplicando a estos oriundos de África en el desierto de Atacama. Nicolás Fuentes labura hace ya rato en el Norte Grande, especialmente en la precordillera de estas dos regiones, donde, precariamente, las personas se dedican a la agricultura en las quebradas que acumulan la escasa humedad del desierto, mientras que hacia el este, subiendo al altiplano, se encuentran los ganaderos de camélidos domésticos, es decir, llamas y alpacas. Entre los últimos cinco y diez años, "el burro empezó a aparecer en lugares donde no se había registrado", asegura Nicolás sobre zonas como Tignamar, en el sur de la región ariqueña. Sus palabras coinciden con testimonios de quienes llevan años desempeñándose en la zonas rurales de Arica y Tarapacá, según recolectó Revista Quiltra. Se han acrecentado, dicen, tanto las denuncias como los avistamientos, cada vez son más cotidianos, al menos en el último par de años. Rolando Manzano, presidente de la Red Ganaderos de Camélidos, "hace un tiempo" se encontró con una tropilla de asnos salvajes en la carretera en la comuna altiplánica de General Lagos, en la quebrada Allane. De hecho, agrega, específicamente en el Sector Línea. Ha escuchado que se les ve seguido. Los solitarios vecinos le han manifestado su preocupación. Y advierte que también han aparecido en zonas agrícolas y, por lo tanto, en los cultivos de los nortinos. Los asnos pesan entre 200 y 300 kilos y, como suelen andar en tropillas, "la gente no sabe cómo echarlos de los lugares y dejan la embarrada", asegura. Un dolor de cabeza. Teodora, la ganadera del pueblo de Tacora, tiene llamas, alpacas y ovejas. En su sector antes había sólo dos burros salvajes, y ahora ya hay doce. Se han multiplicado. Hacen daño: muerden y patean, alega. Corretean y persiguen a su ganado, el cual ya tiene “miedo” de salir a pastar con los asnos sueltos. La mujer se ve obligada a echar a hondazos a estos voluminosos invasores. —No me gustan —acusa, molesta. Herbívoros nativos como la taruca (pariente del huemul y en peligro de extinción) o el guanaco históricamente han tenido una tensión con los agricultores, pero son criaturas de dimensiones menores, de entre 40 y 70 kilos. El burro, plantea Nicolás, "es algo totalmente distinto, desproporcionado"; no se lo puede echar con un perro, porque de una sola parada lo deja knock out. "Parece que las mismas personas trataban de corretearlo y, a veces, el burro tira mordiscos o bota los cercos; es un animal muy fuerte", acusa. La directora regional de SAG ariqueño cuenta que han recibido comentarios de ganaderos y agricultores, y tres denuncias formales de parte de estos últimos, quienes denuncian que un presunto aumento de la población de burros "estaría dañando las siembras, ocasionando una pérdida en su ingreso económico". La institución arma un catastro de la población de burros "para evaluar una posible afectación", adelanta Agneta. El estudio durará un año y estimará el número de estos animales silvestre en la región, particularmente en los pueblos Ticnamar, Saxamar, Lupica y Chapiquiña. También el SAG, dice, "considera evaluar la abundancia de esta especie y el ambiente en donde habitan a través de métodos directos e indirectos, con transectos de muestreos y cámaras trampa". Benito González, académico de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza, de la U. de Chile, pone el foco en un enigma que se arrastra: "Se desconoce su tendencia poblacional en el tiempo", declara. El único cálculo se hizo hace ya una década en la precordillera y altiplano de Tarapacá, cuando él y otros investigadores calcularon que había entre 4.000 y 6.500 individuos sueltos. "En ausencia de manejo y de preocupación por sus impactos, es probable que esta población haya aumentado", advierte. Las pistas apuntan a que el problema crece, silencioso, en medio de la aridez y las fronteras difusas. Por eso a Nicolás le preocupa lo que implicaría el burro para los competidores locales que llevan miles de años adaptándose a este territorio precordillerano y altiplánico. La digestión de los asnos es distinta: no son rumiantes, a diferencia de tarucas, guanacos y vicuñas, por lo que extraen menos energía de su comida, lo que implica que requieren más cantidad, "independiente que sean cosas de mala calidad, y de eso aprovecha un porcentaje muy bajito", detalla. Es mucho lo que se desperdicia. En cambio con los camélidos ocurre lo contrario: "Han co-evolucionado en estos ambientes hacia una herbivoría que es bastante poco invasiva", destaca, lo que incluye a las llamas y alpacas de la ganadería. Ya tienen un orden, un sistema, del que son parte. El ecólogo saca a colación algunas investigaciones sobre lo poco eficiente de este équido al comer: "Hay estudios agrícolas de calidad de praderas y producción ganadera, y comparan cuántos animales puedes tener en un lugar para que la pradera se mantenga estable", explica. En el caso de los burros, son dos individuos por hectárea, mientras que los camélidos pueden ser hasta doce. "Ahí está lo preocupante, no sólo con relación a las personas (ganadería), sino también con respecto al daño que ellos pueden hacer en la vegetación, y a la posible competencia que pueda estar generando con los animales silvestres", advierte. Un burro comería el equivalente a seis camélidos, que es el mínimo de guanacos o vicuñas “que tienen crías y hacen que se mantengan la población a lo largo del tiempo", detalla. "Uno empieza a pensar: la llegada de un burro a un lugar donde antes no había significa que hay, posiblemente, una familia de seis guanacos que ya no va a poder ocupar ese lugar". El desierto vacío Pero atribuirle al burro la disminución de guanacos y vicuñas en algunas zonas del Norte Grande, sería una acusación apresurada. Este équido habría llegado a ocupar espacios ya vacíos. Si bien no se ha estudiado en profundidad, desde el 2014, un brote de sarna sarcóptica habría mermado las poblaciones de camélidos. Este ácaro, llamado Sarcoptes scabiei, no mata directamente a sus hospederos, pero les genera callosidades en la piel que derivan en la caída del pelaje, lo que los debilita especialmente para el frío del desierto. Es decir, los vuelve frágiles a la muerte. Los primeros casos de estos parásitos entre las regiones de Arica y Atacama habrían aparecido en 2010, dijo —a Ladera Sur— la bióloga e integrante del Grupo de Especialistas en Camélidos Sudamericanos, Solange Vargas; al menos en lo que a las vicuñas respecta, especie que había crecido en el último par de décadas. Hasta ese momento. Varios animales fueron apareciendo con este bicho y, al parecer, en un momento desaparecieron, relata Nicolás sobre sus observaciones de campo. A pesar de la falta de investigaciones, "las mismas personas también en la precordillera nos indican de que el guanaco desapareció porque le entró una peste, y la peste era la sarna", asegura. Rondan los rumores. "Es algo que se ha dicho a voces y nosotros también lo observamos, pero nadie lo ha estudiado hasta hoy". Es más, recuerda sitios donde antes hallaba 100 o 150 individuos. "Ahora no hay ninguno", asegura. "Y las mismas personas nos dicen que como hace cinco años no ven guanacos en la zona". También, tiempo atrás, un estudio liderado por Pablo Acebes, de la U. Autónoma de Madrid, se encontró con poblaciones de vicuña mínimamente afectadas por este bicho, otras con prevalencias superiores al 60% y unas en que era la principal causa de muerte. El patrón no era claro, factores distintos derivan en daños dispares. Alrededor de Huatacondo, 230 km al sureste de Iquique, a fines del 2020 fue la primera vez que registraron a un guanaco con sarna. Hasta ahí, "no había antecedentes de este parásito, por lo menos en ese sector", asegura Paola Barrios, de la organización Flora y Fauna Huatacondo, que monitorea el sector minero desde Collahuasi a Quebrada Blanca. "La enfermedad es muy difícil de erradicar, y también ha sido muy difícil trabajar en conjunto con especialistas, con el SAG, pedir permisos y obtener recursos para solucionar el problema, más aún considerando que son animales silvestres, es difícil atraparlos, manejarlos y aplicar alguna medida", lamenta ella, quien describe la trama como "súper compleja". Duro "competidor" Ante esta caída poblacional, se "abrió el nicho para que los burros, que estaban concentrados en ciertos lugares, y se empezaron a expandir", plantea Nicolás. "No es que el burro haya desplazado el guanaco; al desaparecer dejó espacio y la vegetación quedó disponible para otro herbívoro. Ese es el problema". Semanas atrás él anduvo en Camiña, Tarapacá, donde vio dos grupos de estos camélidos; en total, trece individuos. Sin embargo, en la región de Arica no tuvo esa suerte: "Nos dejó bastante preocupados". Este équido se ha expandido por un ambiente que "no está acostumbrado a él", relata, por lo que no tiene un control natural como podría ser el puma: son herbívoros demasiado voluminosos. En sus observaciones, el ecólogo sólo se ha encontrado con individuos muertos producto de atropellos o de la caza humana. "Todo en un ecosistema está siempre en equilibrio", explica. "Si una cosa cambia, el ecosistema va adecuándose a esos cambios, pero que el gran herbívoro en la precordillera sea un burro hará que las condiciones sean adecuadas para él; significa que no estará para los herbívoros originales". Nicolás elaboró una tabla con "resultados preliminares" de sus indagatorias. Los burros gustarían de áreas donde haya pasto silvestre, no solamente cultivos, hacia los cerros. "Esos mismos lugares también son preferidos por las tarucas y el ganado doméstico, cabras y ovejas", explica sobre un potencial conflicto entre el pariente nortino del huemul y las comunidades ganaderas caprinas y ovinas. "Son lugares donde los animales se pueden encontrar y significa que probablemente estén consumiendo cosas similares", remarca. La taruca también es un ciervo (por tanto, un rumiante), y si bien saben aprovechar los escasos recursos disponibles en las quebradas nortinas (no al nivel de los camélidos), podría no ser suficiente ante este nuevo actor salvaje. "Al ser un animal mucho menos eficiente para comer, puede estar sobrepastoreando y degradando los lugares donde también están las tarucas, que ya es un tema de conservación". Eso sí, el burro tendería más hacía barrios planos, mientras estos ciervos nativos son expertos en las inclinadas pendientes del desierto: "Quizá el encuentro y el potencial de competencia sea mucho menor", dice con mesura. "Es algo preliminar". Para Benito: "El más perjudicado podría ser el guanaco, porque ocupan ambientes de características muy similares, siendo una base para una potencial competencia por recursos que, a veces, son escasos". Ello no eximiría de problemas a tarucas y vicuñas, según su impresión, "pero su afectación aparentemente es menos intensa". Igualmente sugiere que "el riesgo más importante para los ungulados nativos es que aumenta la competencia con un animal de mayor tamaño y que consume más alimento, lo cual tiene consecuencias a largo plazo". Y suma como amenaza un posible contagio de enfermedades entre las especies nativas y asnos. Lo que sí está claro, remarca Nicolás, es que tanto burros, como ganado doméstico, tarucas e incluso guanacos, son adeptos a escasos pastizales silvestres de la zona: "Hay que ponerle ojo, porque tenemos este nuevo competidor exótico", insiste, porque la tensión iría en aumento. En la zona donde Paola trabaja, Huatacondo y sus alrededores, los burros andan principalmente en la puna, hacia la cordillera de Los Andes. "No es tan abundante, por lo menos en el sector de Tarapacá, en las mineras, que es donde monitoreamos", plantea, y percibe que la población se ha mantenido; los ven seguido en bandas de cinco o siete individuos. "El principal problema con los burros es que se alimentan del mismo forraje que comen las vicuñas, los guanacos y otros herbívoros", coincide ella, y suma que estos équidos "degradan el suelo por el que caminan". Y Teodora Flores remarca que “hacen daño al pasto y lo sacan de raíz”. Guanacos, vicuñas y tarucas llevan miles de años, en equilibrio, residiendo en estos ambientes. "Pero el burro arrasa con todo", dice Nicolás sobre el oriundo de África, "donde hay ciclos muy productivos en corto plazo: el animal tiene mucho para comer en momentos del año", explica. Sin embargo, en el desierto más árido del mundo, esos periodos no existen, al ser "mucho más estable y menos productivo", describe. "Está en un ambiente que no está hecho para él, no co-evolucionó acá". A Paola lo que más le “preocupa” es la sarna, y "la estamos monitoreando constantemente", ya que "es lo que podemos hacer ahora". En tanto, plantea sobre su barrio tarapaqueño, "el burro es secundario porque, si bien están, hasta ahora la población convive bien con el resto de otras especies". Agneta Hiche, del SAG, dice que "no hemos tenido denuncias formales" sobre la competencia de comida entre especies nativas y asnos. "Pero se entiende que el aumento de individuos en el tiempo en una zona geográfica pudiera afectar el equilibrio ecológico". Por lo tanto, admite, "es posible que ya se esté generando este fenómeno en torno al alimento y al territorio". "Sin embargo, debemos esperar contar con la información del catastro que se está ejecutando", dice. Benito propone que lo primero es identificar si los asnos sueltos son propiedad de alguien… ¿Tienen dueño? Luego, dice, debieran existir "diferentes opciones de manejo, principalmente para evitar su afectación a la fauna nativa o incluso a cultivos". Una opción "puede ser sacar a los burros directamente de estos ambientes o generar condiciones a través de un manejo indirecto del hábitat, para disminuir su impacto", sugiere. Sin embargo, acusa, cómo hacerlo "hay que discutirlo, porque involucra fondos que no están actualmente disponibles". Nicolás piensa que debiese aplicarse algún tipo de captura o cacería, ya que no lo protege la Ley de Caza: —Como conservacionista que trabaja con la protección de la especies, y más bien estoy por la convivencia con la agricultura y la ganadería, veo que el burro es un factor nuevo, que está entrando con fuerza y puede cambiar todo el escenario, porque afecta a la vegetación y compite con animales silvestres que están en una categoría delicada de conservación —remacha—. Hay que hacer algo, pero hasta el momento no se hace nada.

  • ¿Por qué seguimos hablando de la mamá de Jennette McCurdy?

    Jennette, en el lecho de muerte de su mamá, intenta traerla de vuelta a la vida diciéndole que finalmente pesa 40 kilos. Que lo logró. Sin embargo, ella no abre los ojos. Sino que por el contrario, está dejando la vida con cada segundo que pasa. Qué difícil es hacer feliz a una mamá. Yo miré siempre con envidia a esas madres fáciles que con tazas hechas de conchitas de pasta se ponían a llorar de emoción. Yo nunca recibí esa mirada cándida. Esa aprobación. Ese aprecio. Por el contrario, siempre estaba en deuda. Y así se me pasó la vida, como se pasan las páginas de este libro ('I'm glad my mom died' 2023), con una ansiedad y velocidad insensible. Con esa fatiga de la que busca pero no encuentra. Una maldita distancia entre ella y yo que se pronuncia con los años. Jennette muestra en cada capítulo cómo desaparece ella y se difumina bajo la sombra de las pretensiones maternas. No se hace la víctima. Pero hay mamás a las que les basta un dibujo mediocre hecho con crayones y hay otras que esperan más. Que necesitan más. Que viven a través tuyo por más. Esto no es un reclamo -y su libro tampoco- sino que es más bien un desahogo. Una enumeración de cosas que salen cuando uno va a terapia y se da cuenta de que los problemas no son con la figura ausente, sino con la que siempre estuvo más cerca. Porque no se puede bailar con los fantasmas, sino con los vivos. Me aterra maternar por eso. Porque no quisiera que alguien, años después, escriba un artículo diciendo que le cagué la vida. Que desembolsa doscientos dólares al mes en terapia para encontrarse. Para dejar de correr detrás de todos esos intentos por ser la elegida de la mamá, aún en su adultez. Mi mamá no me ve nunca y cuando lo hace todavía me examina. Me pone a prueba. Y pone a prueba mi paciencia. Si me saca de quicio, ganó ella y perdí yo. Si habla de mi cuerpo y lo resiento, gana ella y pierdo yo. Si critica cómo trato a los hombres con los que me vinculo y eso me duele, un punto para ella y una resta para mí. Por eso, esos encuentros que son cada dos meses, en los que me dice que no la llamo lo suficiente por lo demás, no suelen durar más de tres horas. Poniendo a prueba todo lo que aprendí en terapia respiro. Inhalo. Exhalo. Lo hago otra vez, con más intensidad. Me muerdo la lengua porque no quiero herirla con algún comentario ácido, pero tampoco puedo decirle ‘Te amo’. Entonces opto por el silencio y por poner una mueca que no puede leer. La abrazo fuerte al final, en la despedida, y siento su olor y es mi casa. Y por unos minutos olvido gran parte de las cosas que me hacen crecer este resentimiento. Siento calma. Es mi mamá, es la única que tengo. Y de esa calma vuelvo al pensamiento angustioso de ‘¿Y si algún día yo soy lo que ella quiere y ella es lo que yo quiero?' La veo desaparecer a lo lejos y ahora sí, esta vez llega la calma. Puedo descansar. Puedo volver a ser esta versión que me hace más feliz a mí que a ella. Jennette despide a su mamá, pero antes de dejarla ir le pasa la cuenta. No leo odio en lo que le dice. Tampoco le recrimina o la encara. Es más bien un anecdotario de lo difícil que es sostener este vínculo primario y lo necesario que es para ella suspirar y entender que no había nada de malo con su propia existencia. Que no tenía que cumplir con sus expectativas y que con la muerte de la mamá, muere también una parte difícil de su propia historia.

  • El retorno del Cristo de Mayo

    Entre oraciones, vítores y aplausos, el Señor de la Agonía volvió a recorrer el centro de Santiago el 13 de mayo, luego de tres años sin realizarse la procesión originada tras el terremoto de 1647. Acompañado de adultos mayores, jóvenes, gente con muletas o en silla de ruedas, rosarios y pañuelos en mano, caminamos descifrando el fervor que despierta su figura –la que incluso tiene una cuenta de Twitter con más de 12 mil seguidores–, hasta la misa donde se acaba el rito: con alusión al mito y su origen, pero donde también se aludió a los evangélicos, la “ideología de género” y la nueva constitución. Por Tomás Basaure E. El Cristo de Mayo es puntual. Siete minutos después de las cuatro de la tarde ya va por paseo Estado hacia arriba, pasando Agustinas. Acaba de salir del Templo de Nuestra Señora de Gracia, mejor conocido como Iglesia de San Agustín, acompañado de vítores, aplausos, frases dictadas por el Fray Yuliano Viveros, amplificadas por parlantes –“Por su dolorosa pasión”– y contestadas por los fieles –“Ten misericordia de nosotros y del mundo entero”–. Otra vez. Y de nuevo porque esa parte de la oración “Coronilla de la Divina Misericordia” debería repetirse unas diez veces. “Hay que encomendarse. Es como el día de la madre, hay que portarse bien no sólo en su día, sino que todo el año”, le dice una señora a su hijo. Son parte de la multitud que avanza por el centro de Santiago siguiendo la figura del Señor de la Agonía, una procesión que no se realizaba desde 2020 debido a la pandemia, pero que volvió a las calles el sábado 13 de mayo como rasgo de la identidad chilena, como parte de nuestro patrimonio. “Viva la Virgen del Carmen” –VIVA. “Viva Nuestra Señora de Fátima” –VIVA. “Viva Chile Católico” –VIVA. Silencio. Hay momentos de tensión cada vez que a la figura se le atora el pelo con las ramas de los plátanos orientales, como le pasó afuera del Gotta llegando a Huérfanos. Como le sucede ahora al toparnos con la Plaza de Armas. En esos momentos, un hombre tiene la difícil misión de despejar el camino con un palo para que el Cristo pueda pasar, hasta que lo logra y hay alivio, aplausos y vítores y viva, nuevamente. Somos muchos. La cantidad de asistentes llena la cuadra desde Merced hasta Monjitas, algunos de ellos también seguidores de @cristodemayo en Twitter, que después le dirán que lo vieron bien flaco, que cómo estaría de bueno el paseo que hasta la peluca se le vino abajo, que ya no nos puede andar amenazando porque cumplimos nuestra parte. Van familias, adultos mayores, niños, gente con muletas o en silla de ruedas, con coches, guaguas, rosarios, velos, con lágrimas en los ojos y pañuelos en la mano. Es que no solo se camina para que no tiemble, sino que por motivos mucho más profundos y personales. “El 2021 a mi hija la tuve enferma de covid, hospitalizada, entubada, sin reaccionar. El 13 de mayo de ese año vinimos y no había procesión en la calle por la pandemia. Logramos ingresar con una tía que anda acá y, detrás de nosotros, le pidió al Cristo de Mayo que despertara a nuestra hija”, recuerda emocionado Juan Luis Guerra. “Llegamos a la casa de unos parientes en Puente Alto y, a la media hora, me llamaron del hospital que mi hija había despertado del coma”, cuenta con los ojos brillantes, acompañado del llanto de su señora. “De ahí vinieron puras cosas bonitas, nosotros empezamos a venir y pretendemos hacerlo hasta que podamos”, dice sobre la tercera vez que viajan desde Valparaíso exclusivamente a la procesión, pero ahora junto a Jenifer de 20 años. *** En 1647 un cataclismo arrasó con Santiago del Nuevo Extremo, dejando en ruinas la ciudad que por entonces pertenecía a la colonia española. Casas de adobe desplomadas, nubes de polvo y plegarias al cielo. Todo destrozado excepto la pared donde estaba crucificada la figura de Jesús, tallada 34 años antes por el Fray peruano Pedro de Figueroa y albergada una temporada en la casa de Catalina de los Ríos y Lisperguer, más conocida como la Quintrala, quien mandó a removerla porque ningún hombre la miraría con esos ojos. Intacta estaba la escultura si no fuera porque esa noche en que la llevaron a la Plaza de Armas la corona de espinas la tenía en su cuello. Y que hasta hoy mantiene allí porque si la mueven, dicen, podría temblar. “Según la tradición, aquí hay que recitar tres credos que fue lo que duró el terremoto. Así que vamos a orar por nuestro país y por las autoridades de gobierno”, avisa el Fray Viveros al llegar a la esquina de la Catedral con Paseo Puente, y una mujer murmura: “Y por los ateos”. Se arrodillan. Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre, Todopoderoso. “Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro”, con la canción que católicos, evangélicos, agnósticos y ateos conocemos desde chicos, comenzamos la caminata de vuelta a la iglesia. Una que no está exenta de mallas naranja y barreras new jersey por los adoquines recién puestos o siete partidas de ajedrez de hombres que no se detienen con nada, que llevan jugando toda su vida, que parecieran estar desde la colonia. “Un regalito para el señor de mayo”, pasa una mujer vendiendo a dos lucas cada rosa, quien después me dirá que incluso me la puede dejar a mil, que incluso acepta transferencia. También me advertirá que no me vaya tarde, que se pone peligroso, que empiezan a llegar personas con mano larga. Mientras, tenemos la luz del atardecer, los Ave María y las palabras del Fray Viveros al entrar: “Vamos a ordenarnos para que la imagen ingrese. Por favor, no empujen, con calma para que no sufra daños”. Adentro se escucha el himno nacional o el asilo contra la opresión, y una pregunta se repite entre la multitud: “¿Vas a entrar a la iglesia? ¿Te vas a quedar a la misa?”. *** Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Gente de pie, el confesionario en funcionamiento y un olor a incienso, similar al palo santo, que huele muy bien cuando se dosifica. “Tomen asiento los que puedan”, dice el Prior Provincial José Ignacio Busta, a cargo de la ceremonia y quien tiene un parecido entre Nicolás Copano y Jack Antonoff. “A todo esto, esta ya es la misa del domingo”, aclara. Y como tal, su homilía tiene una potencia que avanza sigilosamente. “El Cristo de Mayo ha vuelto a transitar las calles de nuestro centro de Santiago”, comienza el Fray, con el mismo eco que imitaba el Coco Legrand en ese chiste del Festival de Viña 2000. Pausado, nos teletransporta al terremoto acontecido siglos atrás. “La vida orgullosa de aquella ciudad, aquella vida que daba tanto espacio también al goce (...) nos va provocando soberbia, nos va provocando apego a lo material, nos va provocando olvido de Dios”, comenta sobre las conductas que el terremoto vino a desafiar. Uno que creo nos legó un sentimiento que pareciera ser cíclico en este país: “El pueblo de Santiago se sintió huérfano esa noche, abandonado a su suerte, con el presente destrozado y la esperanza incierta”. El Fray continúa y revela unas cuantas verdades: que el muro de allí, indicando el del altar del Cristo, es el único que quedó en pie, pero no es el original; que la escultura en realidad es de madera de ciprés y “no de naranjo como dice mentirosamente Benjamín Vicuña Mackenna, repite Magdalena Petit y continúa repitiendo Jorge Baradit. Construida en los bosques que los agustinos teníamos allá en Vitacura en la zona de los Trapenses”. Y sigue: “Fue un escultor agustino, Fray Pedro de Figueroa, que realiza esta escultura, que bien podría estar en el Museo Nacional de Bellas Artes porque es la primera escultura realizada en Chile. Una escultura de arte sacro. Una imagen de Jesucristo. No sólo el valor devocional es inmenso –hace una pausa–, el valor patrimonial es infinito”. Por eso mismo, explica, debieron guardarla durante el estallido social: “No podíamos permitir que los signos de identidad de nuestra tradición católica, quedaran en manos de la barbarie que un momento pareció asestar nuestra patria y donde el más del 70 por ciento de los habitantes de este país se profesan católicos, apostólicos y romanos”. Y entre los aplausos se pierden las cifras del Censo del 2002, porque la realidad es que hasta 2021 sólo un 42% de quienes contestaron la Encuesta Bicentenario UC se declaraban católicos. El llanto de una guagua irrumpe, pero el Fray prosigue, aludiendo a las posibles reacciones de los espectadores de la procesión: “A lo mejor uno que otro pastor empezó a colocarnos la biblia en las narices diciendo que no debemos adorar imágenes, ¿y cuándo los católicos hemos adorado imágenes? –Molesto, pregunta–: ¿Por qué nos siguen convenciendo de la misma tontera, todas las veces que abren la biblia y nos critican? Los evangélicos no van a entender nunca que entre nosotros no somos adoradores de imágenes”. Tal como Los Jaivas se preguntan para qué vivir tan separados y declaran que este mundo es uno y para todos, el Fray cuestiona: “Si nosotros somos ciudadanos de esta tierra ¿por qué no puede caminar la cruz entre nosotros? ¿por qué no puede pasar la cruz en medio de nuestro espacio? ¿por qué no puede, Cristo, caminar por Chile?”. No lo sacan para que no tiemble, aclara. “No salió durante años, ¿sentimos algún terremoto?”, a lo que su negativa se une al NO del público y con ese apoyo decide romper con el mito: “Este no es el comando maestro de las placas tectónicas de nuestro país –risas ante algo que podría ser cierto, pero coincidentemente hubo terremotos al año siguiente en que no sacaron al Cristo: el de Valdivia en 1960, el de Santiago en 1985 y el 27 de febrero de 2010–. Sería una estupidez decir que lo sacamos por miedo o que lo sacamos por superstición. Lo sacamos porque amamos a Cristo, ¿sí o no?”, y un SÍ rotundo retumba en la iglesia y se oyen vítores y aplausos. “Y tantos otros se burlaron porque todavía están muy embriagados en las ideologías –esa palabra tan de moda, tan manoseada, tan usada últimamente–. Ideologías que pretenden ser inclusivas pero que nosotros no vamos a estar incluidos en ese mapa valórico que parecen implantarnos, sobre todo la ideología de género, y se burlan de nosotros”. Sin embargo, dice, “nosotros venimos a recordar la fe de nuestros padres, la fe que está anclada en una cruz”. Citando a Juan Pablo II en el Estadio Nacional en 1987, anuncia: “No tengáis miedo de mirarlo a él” y esa última sílaba se une a la voz de una mujer en primera fila y a los bravos y aplausos. “San Juan Pablo II le decía a los jóvenes que es necesario construir nuestra vida sobre el cimiento de Cristo. Dejarnos comprometer por el amor (...) Un amor que lleva nuestras vidas a la felicidad. Una felicidad y una paz que el mundo no puede dar”. Vira entonces su discurso al amor que nuestro mundo necesita, más allá de cualquier carta magna que pueda regirnos. “Si no hay amor al prójimo, ni que tengamos la mejor Constitución vamos a ser mejor pueblo”, enuncia y no se distingue lo que sigue porque se pierde entre el fervor. “Viva el Cristo de Mayo”. ¡VIVA! *** A la salida, tres personas caminan al metro porque se tienen que devolver a Lo Prado: se trata de Carmen Gloria, su mamá Olga y su hijo Gustavo, quienes vienen hace unos 10 años a visitar al Cristo de Mayo. Nunca se lo han perdido. Incluso en los años de pandemia siguieron la transmisión que la iglesia realizó por Youtube y otras redes sociales, de una misa que se ofició en su interior. –¿Hay algo que le hayan pedido en específico o que esperan de él? “No, solo acompañarlo, agradecer y confiar en que no suceda nada terrorífico como dicen que sucede si uno no lo acompaña”, ríe. –¿Qué se siente volver después de tres años? “Me gustó mucho. Hay más gente que otras veces y mucha gente joven, que también es lindo porque permite ver… la creencia, los valores”. Y como representante de esa juventud, a sus 17 años Gustavo agrega: “Me pareció muy bonito venir porque tengo muchos recuerdos de cuando he pasado a la iglesia a rezar, a hablar con Dios, a darle las gracias”. –¿Qué les pareció la misa? “La verdad es que había mucha gente y salimos un rato, estaba demasiado lleno”, responde Carmen Gloria. Y cuando comentamos el sermón, dice que ella hace una división entre el sacerdote o la iglesia como institución, y su fe, que prefiere mantenerlas de lejito. Nos despedimos y en las escaleras de la Iglesia de San Agustín, Marta Villagra y su hija Mariela, venden los últimos rosarios, santitos y pulseras de protección de la jornada, como lo han hecho por 20 años. Sonriendo, dice que fue hermoso ver al Cristo de Mayo volver a las calles, que casi se pone a llorar y su hija comenta que ella también. Para ambas se trata de un trabajo y una devoción heredada: la primera en verlo fue la abuela de Marta, luego su madre que las acompaña esta noche y ahora ellas. –¿Recuerda la primera vez que lo vio salir? “Sí, era muy chiquitita –ríe–, todavía me acuerdo. En ese tiempo era gente más adulta, más abuelitos, y todos venían con pañuelos blancos, entonces cuando salía el Cristo toda la gente movía sus pañuelos. Era bonito”. –¿Tiene algo particular para Santiago o para usted? “Es que dicen que cuando no lo sacan puede temblar, es como un mito. Yo amo mucho a Dios y verlo salir es lindo, una esperanza que todos necesitamos en estos momentos tan difíciles. Con todo lo que hemos venido arrastrando, la pandemia, el estallido social y tantas cosas que nos han dejado mucha pena en cada uno de los chilenos. Sacar al Cristo de Mayo es como una esperanza para cada uno de algún milagro, algo que todos esperamos: un cambio”. –¿Y qué espera para Chile? “Que Chile sea para Dios, que haga un cambio… Yo creo que nos falta como chilenos y como humanos, mirar al otro, porque estamos muy metidos en sí mismos. Nos falta mirar para el lado y ver el dolor de cada persona. Creo que eso haría un mundo mejor”.

  • Una plaza llamada Italia

    En abril comenzaron las obras para reabrir uno de los accesos del metro Baquedano, el también llamado “Jardín de la resistencia”, y el jueves 11 de mayo el Gobierno confirmó el fin de la rotonda, como parte del plan de remodelación Alameda-Providencia. La denominada “Zona Cero” ya no es un campo de batalla entre Carabineros y manifestantes, y tampoco reúne a más de un millón de personas marchando. ¿Esto marca el fin de aquello que comenzó en octubre de 2019? ¿A qué ‘normalidad’ volvió este punto de la ciudad? ¿Y cómo le decimos ahora: Plaza Italia o Plaza de la Dignidad? Sin certezas definitivas, deambulamos en busca de algunas respuestas. Fotos por Constanza Pérez “Tobalaba es bonito”, enfatiza. Tres mujeres conversan a las afueras del metro Baquedano, parecieran ser madre e hijas, tía y sobrinas. Una de ellas había venido pocas veces a Santiago, dice. Que Santiago es feo, pero Tobalaba es bonito, recalca marcando la diferencia con el punto donde están paradas. “Dejado de la mano de Dios”. Personas cruzan apuradas de una vereda a la otra y un bus Turistik pasa vacío por la rotonda a las 18:07. ¿Qué podría comentarles de este lugar el conductor a los pasajeros? ¿Con qué nombre lo presentaría? ¿Baquedano? ¿Plaza Italia? ¿Plaza de la Dignidad? ¿Zona cero? Este lugar que, desde el 18 de octubre de 2019 en adelante, albergó a jóvenes, adultos, personas de la tercera edad con pancartas donde se leía “Educación gratuita y de calidad”, “NO+AFP”, “Justicia”. Donde se oyeron gritos como: “El que no salta es paco”, y otros que dieron la vuelta al mundo: “El violador eres tú”. Gritos de dolor por las tardes que terminaban en enfrentamientos entre la primera línea y Carabineros. Este lugar en el que se impregnó el olor de las lacrimógenas, donde dos carabineras fueron heridas con bombas molotov, donde el agua de los guanacos impactaba a los manifestantes y luego corría por el cemento, y donde se dispararon más de 900 perdigones entre octubre de 2019 y diciembre de 2020, según un análisis realizado por Documenta. Pero llegando a la avenida Andrés Bello es otra la pregunta que se escucha en la calle a esta hora: ¿Dónde están las atrevidas y todas las guachas moviendo el toto? Un hombre de polera verde y jockey baila al ritmo de ‘Todo lo que quieren las guachas, fuman, toman y se arrebatan’. Algunas personas lo miran mientras esperan que el semáforo cambie de color, otras llevan el ritmo con su mano contra el muslo. De pronto, ya no es cumbia lo que se dispara desde el parlante, sino un techno house ochentero de clases de aeróbica. Pero el hombre no se tira contra el suelo, solo mueve piernas y brazos. Cuando finaliza, me acerco. “Estoy haciendo un artículo sobre cómo suena Baquedano” –Yo no vengo siempre, ahora me voy al Bella. Reformulo, insisto. –…no me gusta hablar porque después soy mala leche. Reformulo, trastabilleo, insisto. –Es que estoy ocupado, estoy contando las monedas yo. Y las guarda en un su banano rosado, grande, a punto de reventar. Y no saca la mirada de ellas y mueve el hombro porque no está ni ahí con responder las preguntas de un periodista, menos sobre este lugar que, con la llegada del coronavirus quedó a la deriva, rayado, abandonado, descrito por los vecinos como una zona de guerra. Por las dudas, le aclaro que el artículo no se trata del estallido, ni de la pandemia. –Yo bailo no más. “¿Y qué tiene su playlist?” –Salsa, merengue, techno, house… “¿Y la gente le pide canciones?” –Yo pongo lo que me gusta. No hay mucho más que hablar. Nos damos la mano. Le doy las gracias. Y mientras espero que den la luz verde, creo oírle la respuesta que le da al vendedor de energéticas que las tiene heladitas en un carrito de supermercado: “Puras hueás”. A lo mejor eso estoy preguntando: puras hueás. Una grúa amarilla se mueve monótona al centro de todo, a metros del plinto vacío que pasó del morado a los colores de la bandera lgbtq+, del negro alquitrán al blanco, y del que fue removido el General Baquedano el 11 de marzo de 2021. El cielo está rosado y a las 18:32 se encienden las luces. ¿A qué huele? A fritura. A marihuana. A cigarro. A motores de micros. ¿A qué suena? A bocinazos. A tablas de skate contra el piso. A conversaciones de amantes, familiares, conocidos, personas solas con audífonos inalámbricos y amigos caminando frente al Teatro de la Universidad de Chile. “Van a hacer un corredor”, le dice un joven al otro. –Van a sacar todo, van a remodelar la rotonda– le responde su compañero. El jueves 11 de mayo la ministra del Interior y Seguridad Pública, Carolina Tohá, anunció el fin de la rotonda como parte del proyecto de remodelación Alameda-Providencia. Y el 3 de abril iniciaron las obras para reabrir uno de los accesos del metro Baquedano, el también llamado “Jardín de la resistencia”. Por esto último hay muros gigantes en los alrededores, donde se leen consignas que van de los denominados “presos del estallido” hasta dudas por el avance de la inteligencia artificial: “¿Cómo evitar que la IA nos mate?”. ¿Te puedo hacer tres preguntas?, me dice un hombre de traje café, papel en mano y mochila al hombro. ¿Consideras que tienes un buen sueldo? ¿Tienes tiempo para tu familia? La tercera no la recuerdo, pero perfectamente podría ser la que Alfredo Jaar consultó en los ochenta: ¿Es usted feliz? Las respuestas no pretenden ser representativas y los datos no serán publicados, pero así es posible llegar a personas que quieran trabajar en una empresa brasileña de cosmética que lleva casi dos años en Chile. Ricardo me aclara que si a alguien le interesa el emprendimiento –porque no es un puesto de trabajo, sino un emprendimiento, recalca–, se puede contactar con él. Conversamos, me explica que vive detrás de ese edificio, señalando la Torre Telefónica, ese en el que durante siete noches consecutivas de 2019 Delight Lab proyectó: DIGNIDAD DIGNIDAD!! NO ESTAMOS EN GUERRA! ESTAMOS UNID@S!, ¿Dónde está la RAZÓN? Que sus rostros cubran el horizonte: Romario Veloz, Alex Núñez, Kevin Gómez, Manuel Rebolledo, José M. Uribe. ¿Qué entiende usted por DEMOCRACIA? Por un nuevo país, Chile despertó. “¿A qué te suena hoy Baquedano?” –Como un ataque zombie –se ríe.– Estamos como partiendo el período cataclísmico. Eso es lo que yo veo hoy, porque antes Baquedano era hermoso, pero con todas estas cosas que invaden el espacio público se ve raro, no es acogedor. Por ejemplo, estos muros y estas construcciones que están aquí; es una invasión que hace perder la vista y el entorno, no es ni parecido a lo que era hace unos años atrás. “¿A qué te recuerda Baquedano?” –No es el centro específico de Santiago, pero casi. Todas las celebraciones que se hacían antes acá, eventos y cosas importantes. Es un punto de encuentro súper común en la memoria colectiva de la gente. Hoy estamos en un período de transición que no sé si realmente representa eso, pero a eso me recuerda: a un punto de encuentro. “¿Y qué te gustaría que pasara con este punto de encuentro?” –Que tuviera vida. Aquí entra y sale mucha gente del metro, es tremendamente concurrido este punto central. Entonces, podría tener una vida diferente, ser más acogedor. Ya comienza a hacer frío. No hay rastros de manifestaciones a favor o en contra de la publicación en el Diario Oficial de la Ley Naín-Retamal hace unos días.Extrañamente, no hay ningún vehículo blanco de Carabineros resguardando la Plaza Italia, sólo una pareja sentada contemplando el plinto vacío al atardecer. Cuando tres semanas más tarde vuelvo a deambular por estas mismas cuadras, me encuentro con situaciones parecidas a las de abril, las que perfectamente podrían ser de una película de Raúl Ruiz: una estudiante con su mamá que para el liceo me preguntan qué es el Estado de Excepción y sus cuatro tipos, o un hombre que cobra luca por la observación de cráteres de la luna a través de un telescopio. Me acerco al kiosco metálico frente al Teatro de la Universidad de Chile y a Pilar, la mujer que ahí ha trabajado toda su vida, le repito las preguntas. “¿Qué piensa cuando le digo Baquedano?” –Pienso lo mismo de siempre. “¿Y qué sería lo mismo de siempre?” –Que está más horrible no más –ríe.– Que está espantoso, pero yo creo que de a poco se va a ir arreglando, pienso, no sé. “¿Qué recuerdos le trae Baquedano?” –Lindos recuerdos. De la plaza. La tranquilidad. Del mundial, de los tenistas Marcelo Ríos y el otro chico, o de cuando Cecilia Bolocco salió Miss Universo, todas las celebraciones. Maravilloso, precioso. Ahora hay mucha delincuencia. Hoy no hay celebraciones que desborden Baquedano como las que recuerda Pilar o los años nuevos o los triunfos de la Roja en la Copa América o las concentraciones para el 8M o el concierto gratuito de la Orquesta Sinfónica Nacional o la marcha más grande de Chile, a la que asistieron un millón doscientas mil personas, pero a la que ella se restó porque nunca ha salido a marchar, “veo todo de aquí porque tengo que trabajar”. No hay festejos como el del 25 de octubre de 2020 cuando el apruebo ganó con un 78%, ni como el del 4 septiembre de 2022 cuando ganó el rechazo con un 61,9%. Y mientras Mecano decreta: Luna quieres ser madre y no encuentras querer que te haga mujer desde un parlante, seguimos conversando. Cuenta que vivió los años del estallido como una guerra. Horrible. Atroz. “Pero mantuvo en pie su negocio”. –Mira, pa que te cuento. Quedó solamente esto, todos los negocios los destruyeron. Hace poquito vinieron a colocar el techo pero mira cómo está –y muestra un costado del kiosco, cubierto por una tela de pvc–. Trabajaba con mi marido y a ratos, porque de repente no se podía. Cuando la cosa estaba un poco más calmada se quedaba mi marido, pero me iba súper nerviosa porque no sabía qué le podía pasar. La única cosa que me tranquilizaba un poco es que estaban aquí estos chicos de la cruz… “¿Roja?” –Cruz Roja. Una cachá de cruces, que estaban ayudando a la gente que… a la gente que estaba… o sea, es que esta gente se enfren… o sea, la gente se enfrentaba con Carabineros y yo no sé po, entre ellos, no sé. Pero de repente venían todos y aquí los de las cruces los ayudaban. Pucha qué nos cuesta describir: a Pilar, a mí, a ti. Encontrar las palabras adecuadas para recordar. “Mi único país es mi memoria y no tiene himnos”, decía esa frase de Alejandra Pizarnik que, tras haber sido impresa y reproducida en múltiples formatos, ahora no veo pegada en ninguna parte. ¿Qué pasa con nuestra memoria? ¿Qué decidimos recordar cuando votamos? ¿Cuando escogemos consejeros constitucionales para un nuevo ensayo? Por eso le pregunto a Pilar por este lugar que, a esta altura y sin ánimo de ser centralista, es como preguntar por Chile. “¿Qué le gustaría que le pasara con Baquedano?” –Que hubiera mucha tranquilidad, no sé, yo me quedo con los recuerdos lindos, nada más. “Se está debatiendo qué se hace con la plaza, ¿a usted qué le gustaría? –No lo he pensado porque ni siquiera he visto noticias. Así que tendría que pensar un poco. Pensar.

  • El egreso de la generación container

    Tras el tsunami que en febrero de 2010 arrasó con el Colegio Insular Robinson Crusoe en el Archipiélago de Juan Fernández, los alumnos recibieron una solución modular de forma transitoria. En noviembre de 2022, Seis jóvenes se graduaron y se transformaron en la primera generación en completar todos sus estudios escolares en un container, creciendo bajo la promesa de la construcción definitiva. Un cuento conocido. Uno que se saben por libro. Aquí, la historia contada por cinco de ellos: sus recuerdos y reflexiones sobre la catástrofe, la espera, el educarse y crecer en una isla. Los llamaron como lo hicieron durante años al pasar lista: Daniel González, Dylan Hernández, Milovan Rojas, Isla Ruz, Lukas Vásquez, Vicente Tobar. Ese 18 de noviembre de 2022, mientras sonaba “We’re young” de Fun, escucharon sus nombres por última vez y se levantaron de las sillas para subir al escenario y recibir su diploma de cuarto medio. A cada uno de los seis alumnos del Colegio Insular Robinson Crusoe –único establecimiento educativo del Archipiélago de Juan Fernández– su profesora jefe, Gloria Umaña, los despidió con una pregunta, una reflexión, una urgencia: “¿Si no hago algo para solucionarlo quien lo hará? Si no lo hago ahora, entonces, ¿cuándo lo haré? Esta es una invitación a estar vivos, a estar atentos ante el mundo, a ser partícipes de él, porque si el mundo no es de ustedes, entonces ¿de quién?”. Cinco de los que escucharon ese discurso y el de Daniel, presidente del cuarto medio, cuentan que los marcó de una u otra forma. Hoy dicen estar contentos, aliviados, nostálgicos o sin saber muy bien qué sentir tras egresar de un colegio que, después del tsunami que golpeó a la isla el 27 de febrero de 2010, sería provisorio. Una realidad que nunca cambió. “Cuando entregaron el colegio le dijeron a los papás que en cuarto íbamos a tener uno nuevo, pero no especificaron qué cuarto: si cuarto básico o cuarto medio. Varias veces han hecho proyectos y han buscado terrenos, pero al final no se concretaban”, dice Isla sobre anuncios que, desde kínder, también recuerdan Daniel y Milovan. Anuncios que, al llegar a la media, escucharon Dylan y Lukas. “Empatizo con ellos porque han estado mucho tiempo en esa condición”, cuenta este último. “Creo que las personas que realmente tienen espíritu: docentes, funcionarios, los mismos alumnos, lo supieron resolver de la mejor manera”, resume el también ex presidente del Centro de Estudiantes. De túnicas negras y birretes, cerraron un ciclo en sus vidas. Uno que empezó hace 13 años. Así fue el egreso de la generación container. La ola De la madrugada del 27 febrero de 2010, ninguno de los que vivían en la isla recuerda el sonido del gong que una niña tocó para alertar del tsunami, pero sí haber visto a gente corriendo cerro arriba, gritos y llantos de niños chicos. A las 3:34, a más de 600 kilómetros de ahí, se había producido un terremoto de 8,8 MW y Daniel, Milovan e Isla dormían. “Cuando empezó el tsunami mi mamá me sacó de la cama y fuimos al cerro con mi hermana, mi hermano y mi papá. Nos fuimos a la casa de un tío que estaba en un morro”, recuerda Daniel. Mientras que Milovan experimentaba algo similar: “Mi padre me agarró y fuimos a La Pólvora, así se le dice a una calle en la isla. Había gente gritando desesperada, pidiendo ayuda para subir a los niños o personas mayores”. Isla, que había pasado esas horas en la casa de su padrino en el cerro, dice que fue una de las noches más largas. Cuando aclaró, bajó con su abuela a dejar unas donaciones a la Casa de la Cultura. Tenía cinco años y lo vio todo. “El colegio desapareció. Las pocas cosas que quedaron fueron los árboles, algunas casas en pie, pero flotando. Y eso sería porque el tsunami destruyó la mayoría del poblado (de San Juan Bautista)”. “Cuando chica me gustaba ir al colegio. Mi castigo era no ir si me portaba mal, algo muy irónico. Me puse a llorar porque estaba todo feo y sabiendo que habían personas que habían muerto, me dio mucha tristeza. Fue un poco impactante esa imagen”, recuerda Isla del establecimiento donde había cursado pre kínder, ubicado en un espacio de 15.000 mts2. Hoy, en cambio, ahí sólo está la cancha deportiva. Desafío Levantemos Chile contribuyó a la construcción de un colegio de emergencia en un terreno de 3.000 mts2 perteneciente a la Corporación Nacional Forestal: una solución en base a containers donde los jóvenes estudiarían por dos años mientras se levantaría el establecimiento definitivo, similares a las que hoy prepara el gobierno para los 21 colegios incendiados entre las regiones de Ñuble y La Araucanía. Sin embargo, el tiempo pasó y la espera por la sala propia y los motivos de su postergación, han sido cubiertos durante años en reportajes televisivos y notas de prensa. En octubre, sin embargo, el gobierno anunció haber llegado a un acuerdo para la cesión del terreno por parte de Conaf y este viernes 24 de febrero se efectuó el primer trámite requerido para la donación, al inscribirse ante el Conservador de Bienes Raíces de Valparaíso la subdivisión del predio. Perteneciente al Parque Nacional Archipiélago de Juan Fernández –el que cubre casi toda la isla a excepción del poblado y el aeródromo– en la web de Conaf explican que se subdividió en dos lotes siendo el segundo de 11.747 mts2 el que será donado para construir el colegio. Desde la Dirección de Educación Pública (DEP), explican que “el destinatario de esta donación es el Servicio Local de Educación Pública de Valparaíso, que realizará el estudio de suelos, el diseño del anteproyecto y la obtención de la Recomendación Satisfactoria (RS) del Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Esto, en coordinación con la Dirección de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas”. Para el anuncio del año pasado, Milovan no sabía si creer, mientras que Isla y Daniel esperaban que se concretara. “No quiero quedarme con que mi sobrina o mis hijos en el futuro van a estar en ese mismo colegio”, dice este último, quien junto al primero guardan en su memoria el primer día de clases. “Nos hicieron recorrer el pasillo y nos llevaron a una sala, ahí el profesor de historia, Juan Carlos Órdenes, nos explicó cómo fue lo del tsunami. Vino al colegio Sebastián Piñera, no recuerdo haberlo visto, pero hay imágenes que comprueban que estuvo ahí”, dice Milovan. Y como una videograbadora, esas imágenes sí las tiene Daniel en su cerebro. “El presidente nos fue a ver a las salas. Nos entregaron chaquetas, pantalones, zapatos y unos coyac. También estaban los ministros. Estaba Felipe Cubillos, quien apostó por el colegio. Y ahí se me borra la película, de ahí no me acuerdo nada más”. Los sueños No siempre fueron seis. En algún momento llegaron a ser casi veinte, pero algunos se mudaron al continente por temas deportivos y otros por el trabajo de sus papás. Unos pocos eran hijos de Carabineros, acostumbrados a no vivir mucho tiempo en un lugar. Y un par quedó repitiendo. Pero a varios, durante la básica, les pidieron dibujar el colegio de sus sueños. Milovan dibujaba un colegio más grande que el que tuvieron. Isla trazaba “algo más decente de lo que teníamos. Hubiese sido bacán un espacio más abierto para jugar. Al tercer año era como: ‘¿De nuevo nos preguntan esta cuestión?’. Para qué dibujar”. Daniel imaginaba “una multicancha que sirviera para fútbol, básquetbol y voleibol. Un sistema de ventilación, buenas filtraciones de agua, mejor sistema de pozos sépticos”. Inicialmente formado sólo por contenedores –como la oficina de Correos o el Registro Civil, que aún se mantienen así–, Isla dice que hoy se parece más a un transformer o una barrita de chocolate: cubitos unidos entre sí con un segundo piso de madera para 192 estudiantes repartidos en 12 salas. Los problemas más comunes a los que se enfrentaron fueron: la lluvia, el viento, la humedad y malos olores. “En invierno llueve mucho y como el colegio está bajo un nivel de la tierra, se rebalsaba el agua y flotaba por la mitad del colegio. Después el piso se hundía”, dice Isla. “La entrada era como una cascada que cuando pasabas te mojabas al tiro”, agrega Milovan. “Usábamos sacos de arena para evitar que se inundara el patio y se seguía inundando”, añade Daniel. Las reparaciones evitaron que durante la media se siguiera lloviendo, pero Lukas –que llegó en tercero medio desde el Colegio San Damián de Molokai de Valparaíso–, recuerda el viento. “Los días en que había 30 nudos para arriba, no había clases”. Y respecto al hedor que a veces sentían, dicen que venían de los pozos sépticos y alrededores. Un containegio. Así le llama Dylan, quien llegó en primero medio desde el colegio Bertrand Russell, del distrito de Comas en Lima. “Lo comparaba con mi colegio en Perú y era muy chocante porque el techo de una de las aulas estaba demasiado hundido por la lluvia”. El suyo era de cuatro pisos, tenía cuatro baños habilitados y no se inundaba, dice. El portón era de metal y la infraestructura de cemento. Algo así, grande y concreto, se propuso en al menos tres ocasiones durante 13 años. En agosto de 2010, se presentó un proyecto de reconstrucción para el poblado de San Juan Bautista por parte de la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA) y la municipalidad de Juan Fernández, el que contemplaba un colegio de dos pisos con un patio central. En 2015, el Mineduc convocó un concurso de anteproyecto de reposición y relocalización, el que ganó la oficina DRAA pero que no se pudo llevar a cabo por el terreno. En 2020, Jonathan Reyes propuso una tercera opción en el centro del poblado, en su proyecto de título de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. Incluso el año pasado, el alcalde de Juan Fernández, Pablo Manríquez, planteó un uso del terreno adyacente al colegio en la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados. Declarado Liceo Bicentenario en 2020, sus alumnos aceptaron su infraestructura como quien habla del clima o pide la hora. “Existen países y personas que no tienen ni acceso a la educación. Estamos en un container, pero por lo menos tenemos acceso a la educación”, reflexiona Milovan. “Después me empecé a acostumbrar a que tuviéramos el mismo colegio, entonces uno cachaba donde estaban las fallas”, dice Isla. Los últimos años El 3 de marzo de 2020 las restricciones sanitarias se extendieron por el territorio nacional, cerrando el colegio de Juan Fernández y mandando guías para la casa. Cuatro meses después, consiguieron una autorización para volver, sin embargo, en sedes deportivas e iglesias, ya que los contenedores estaban en reparaciones. Las mejoras se alargaron más de un año y, al volver, mantuvieron la media jornada por aforo. Probaron con salas temáticas hasta que el virus llegó a la isla recién en agosto de 2022, lo que los llevó a tener clases online. No volvieron a la jornada completa sino hasta un mes antes de graduarse. Fueron tiempos extraños. Tanto en 2019 como en 2022, los alumnos se manifestaron. En la toma del año pasado participaron Daniel y Lukas. Estudiantes y apoderados exigieron mejoras en la limpieza del recinto, desarrollo de protocolos anti bullying y la renuncia de la directora subrogante, Angélica Cruces, quien había llegado bajo la dirección anterior de Manuel Catalán, acusado de mala administración y malos tratos hacia los profesores y alumnos. “El bullying es frecuente, a mí me hicieron mucho. Me discriminaron por ser moreno, me decían que era negro y hediondo. Algunos niños son muy racistas”, sincera Daniel. “Tuve una compañera que me echaba la culpa en todo. Yo, un niño de primero básico con TEA que no sabía lo que hacía”, recuerda Milovan y agrega que ella junto a otros jóvenes alguna vez lo llamaron “enfermo”. “Mi mamá habló con la directora. No hicieron nada, pero dijo que eso no podía quedar así y, desde entonces, a la hora de almuerzo ella siempre se sentaba a vigilar”, aclara sobre una situación que terminó cuando la niña repitió de curso y no la volvió a ver más. “Ese protocolo anti bullying no es que no estuviera, lo que pasa es que había que acotarlo a la realidad. Lo que se hizo fue abordar el bullying de manera preventiva, porque el protocolo lo abordaba de manera reactiva”, explica la actual directora subrogante, Claudia Henríquez –docente que llegó en 2014–, quien afirma que ha disminuido el bullying directo, pero ha aumentado el cyberbullying. Ambos, Milovan y Daniel, estrecharon lazos estos últimos años. “Como presidente de curso me preocupaba harto por los chiquillos. Intentaba que se sintieran cómodos, que no se sintieran excluidos”, dice el segundo. Eso sí, comenzar cuarto medio siendo seis fue difícil. “Me sentí muy solo, cada uno estaba por su propia cuenta. A mitad de año volvió un compañero mío de toda la infancia. Vicente y yo intentamos unir al grupo”, cuenta. Él fue uno de los que vio al presidente Gabriel Boric en febrero del año pasado, antes de asumir el cargo. “Estábamos jugando a la pelota, no era como para estar en la cancha con él y hablar sobre la infraestructura, pero Amanda Chamorro del Centro de Alumnos habló con Boric”, resume Daniel. “Ahí vio la condición del colegio”, dice Isla. “Hasta nos sacamos fotos porque jugó el partido y después le regalaron poleras de cada equipo. Tenía cuatro poleras puestas encima”. “Lo vi y justo cuando íbamos a ir a jugar fútbol, me salió un paseo de improviso a El Rabanal”, dice Dylan. Y egresaron. Rindieron la PAES. Se mudaron a Valparaíso para iniciar su educación superior: Daniel estudiará técnico en construcción, Dylan ingeniería civil informática, Milovan ingeniería informática, Isla diseño y Lukas derecho. A todos les pregunté si se sentían olvidados y casi todos dicen que sí, que un poco, que no saben muy bien qué sentir. “Yo diría que por lo menos salí de ese colegio, voy a ir a la universidad y ya no quiero pensar más en ello”, declara Milovan. “Se hicieron otros proyectos, pero el de nosotros no. Por temas políticos o de enemistades no se lograron. La construcción del jardín, las sedes deportivas y otros proyectos sí se realizaron, pero el del colegio no”, cuenta Isla. “Sí, me siento olvidado, pero sé que no voy a sentir lo mismo que sienten algunos de mis compañeros que están desde antes. Igual en el colegio los profes ayudaron en hartas cosas, se preocupaban por uno. Me quedo con la experiencia enorme que me dieron los chiquillos”, dice Dylan. “La educación en Chile y algunas partes es buena, pero acá no. No recomendaría venir a estudiar acá”, responde Daniel. “Con lo que más empatizo es el sentimiento de los cabros. Yo igual tuve una formación en el continente, pero hay gente como Isla y Daniel que han estado toda su vida acá. Entonces, después van al continente y lo que le pasa a muchos niños y adolescentes isleños es que chocan con esa realidad, que es otra, el método de trabajo es distinto”. No fueron los primeros, ni tampoco serán los últimos en egresar de un colegio provisorio. Al menos una generación más pasará este año en los containers mientras se apuran los estudios, la licitación e inicio de la construcción. Un sueño que no se cumplió para ninguno de los cinco, una realidad que para ellos se volvió permanente.

Revista Quiltra
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