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La toma de los burros malos

Se tomaron el desierto en el Norte Grande. Nunca andan solos. Se movilizan en tropillas. Dañan a otros animales, los muerden, los patean y generan miedo en los vecinos. “Antes nuestros animales comían libres y tranquilos”, asegura una agricultora entrevistada por revista Quiltra que los espanta con hondas de sus predios. Son herbívoros introducidos y salvajes que se reproducen y crecen rápidamente en número, mientras la vegetación y especies nativas desaparecen.


Fotos de Facundo Mercado


—Antes nuestros animales comían libres y tranquilos lamenta la ganadera Teodora Flores.


La mujer vive en el apunado y solitario pueblo de Tacora, a más de 4.000 metros de altura, con el volcán de fondo, coronado por la nieve alrededor del cráter. Para subsistir, ella se ha dedicado toda su vida a la ganadería camélida y ovina. Sin embargo, en medio de esta inmensa aridez, cubierta por resistentes pastizales, un invasor, sin nadie a su cargo, apareció.


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El primer registro del Equus asinus, o en sencillo, del burro doméstico en América, según el difunto zoólogo español-argentino Ángel Cabrera, data de 1536. Cruzando el Atlántico, los asnos fueron traídos en los primeros galeones desde Europa, a pesar de ser originarios del árido norte de África.


En Chile, en el Norte Grande, entre las regiones de Arica y Parinacota y la de Tarapacá, eran utilizados como animales de carga antes de la masificación de los vehículos. "Incluso, si uno se pone a buscar, hay rutas de burreros en que la gente bajaba de la precordillera", cuenta Nicolás Fuentes, ecólogo especializado en ungulados de Sudamérica Diversa y del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA). "Era el medio de transporte".


Sin embargo, los de cuatro ruedas relegaron al asno a un olvido social; "empezó a perder su valor para las personas", precisa el experto. Aunque se usan para hacer charqui, en general, la gente dejó botados a los burros. "Los ambientes de los cuales ellos son originarios también son zonas áridas, desérticas, como las planicies de Mongolia o de Sahara", explica. "Pero son zonas mucho más productivas que acá".


Así y todo, se las han arreglado bastante bien en el desierto ante su marginación. Pero ha salido caro.


Cada vez, más.


Comen como burros


En 2015, el Ministerio del Medio Ambiente puso al burro entre los problemáticos para el ecosistema. Pero de poco sirvió. Dentro de la Ley de Caza y su Reglamento, el asno no es considerado "dañino o perjudicial para el medio ambiente", no como conejos, jabalíes, visones y castores. Por lo tanto, "no tenemos actualmente monitoreo de la especie", admite Agneta Hiche, directora regional(s) del Servicio Agrícola y Ganadero en Arica y Parinacota.


Después, en 2016, un estudio conjunto entre investigadores de la U. Autónoma de Madrid y la U. de Chile ponía el foco en la presencia de équidos ferales, o sea, ya completamente salvajes. El trabajo de campo encontró un promedio de 0,13 burros por kilómetro recorrido: una cifra no despreciable. Los guanacos resultaron mucho menos frecuentes, mientras que las vicuñas fueron más abundantes, triplicando a estos oriundos de África en el desierto de Atacama.


Burros en el desierto del Norte Grande

Nicolás Fuentes labura hace ya rato en el Norte Grande, especialmente en la precordillera de estas dos regiones, donde, precariamente, las personas se dedican a la agricultura en las quebradas que acumulan la escasa humedad del desierto, mientras que hacia el este, subiendo al altiplano, se encuentran los ganaderos de camélidos domésticos, es decir, llamas y alpacas.


Entre los últimos cinco y diez años, "el burro empezó a aparecer en lugares donde no se había registrado", asegura Nicolás sobre zonas como Tignamar, en el sur de la región ariqueña. Sus palabras coinciden con testimonios de quienes llevan años desempeñándose en la zonas rurales de Arica y Tarapacá, según recolectó Revista Quiltra. Se han acrecentado, dicen, tanto las denuncias como los avistamientos, cada vez son más cotidianos, al menos en el último par de años.


Rolando Manzano, presidente de la Red Ganaderos de Camélidos, "hace un tiempo" se encontró con una tropilla de asnos salvajes en la carretera en la comuna altiplánica de General Lagos, en la quebrada Allane. De hecho, agrega, específicamente en el Sector Línea. Ha escuchado que se les ve seguido.


Los solitarios vecinos le han manifestado su preocupación. Y advierte que también han aparecido en zonas agrícolas y, por lo tanto, en los cultivos de los nortinos. Los asnos pesan entre 200 y 300 kilos y, como suelen andar en tropillas, "la gente no sabe cómo echarlos de los lugares y dejan la embarrada", asegura. Un dolor de cabeza.


Teodora, la ganadera del pueblo de Tacora, tiene llamas, alpacas y ovejas. En su sector antes había sólo dos burros salvajes, y ahora ya hay doce. Se han multiplicado. Hacen daño: muerden y patean, alega. Corretean y persiguen a su ganado, el cual ya tiene “miedo” de salir a pastar con los asnos sueltos. La mujer se ve obligada a echar a hondazos a estos voluminosos invasores.


—No me gustan —acusa, molesta.


Herbívoros nativos como la taruca (pariente del huemul y en peligro de extinción) o el guanaco históricamente han tenido una tensión con los agricultores, pero son criaturas de dimensiones menores, de entre 40 y 70 kilos. El burro, plantea Nicolás, "es algo totalmente distinto, desproporcionado"; no se lo puede echar con un perro, porque de una sola parada lo deja knock out. "Parece que las mismas personas trataban de corretearlo y, a veces, el burro tira mordiscos o bota los cercos; es un animal muy fuerte", acusa.


La directora regional de SAG ariqueño cuenta que han recibido comentarios de ganaderos y agricultores, y tres denuncias formales de parte de estos últimos, quienes denuncian que un presunto aumento de la población de burros "estaría dañando las siembras, ocasionando una pérdida en su ingreso económico".


La institución arma un catastro de la población de burros "para evaluar una posible afectación", adelanta Agneta. El estudio durará un año y estimará el número de estos animales silvestre en la región, particularmente en los pueblos Ticnamar, Saxamar, Lupica y Chapiquiña. También el SAG, dice, "considera evaluar la abundancia de esta especie y el ambiente en donde habitan a través de métodos directos e indirectos, con transectos de muestreos y cámaras trampa".

Benito González, académico de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza, de la U. de Chile, pone el foco en un enigma que se arrastra: "Se desconoce su tendencia poblacional en el tiempo", declara. El único cálculo se hizo hace ya una década en la precordillera y altiplano de Tarapacá, cuando él y otros investigadores calcularon que había entre 4.000 y 6.500 individuos sueltos. "En ausencia de manejo y de preocupación por sus impactos, es probable que esta población haya aumentado", advierte.

Las pistas apuntan a que el problema crece, silencioso, en medio de la aridez y las fronteras difusas.


Burros en el desierto del Norte Grande

Por eso a Nicolás le preocupa lo que implicaría el burro para los competidores locales que llevan miles de años adaptándose a este territorio precordillerano y altiplánico. La digestión de los asnos es distinta: no son rumiantes, a diferencia de tarucas, guanacos y vicuñas, por lo que extraen menos energía de su comida, lo que implica que requieren más cantidad, "independiente que sean cosas de mala calidad, y de eso aprovecha un porcentaje muy bajito", detalla. Es mucho lo que se desperdicia.


En cambio con los camélidos ocurre lo contrario: "Han co-evolucionado en estos ambientes hacia una herbivoría que es bastante poco invasiva", destaca, lo que incluye a las llamas y alpacas de la ganadería. Ya tienen un orden, un sistema, del que son parte.


El ecólogo saca a colación algunas investigaciones sobre lo poco eficiente de este équido al comer: "Hay estudios agrícolas de calidad de praderas y producción ganadera, y comparan cuántos animales puedes tener en un lugar para que la pradera se mantenga estable", explica. En el caso de los burros, son dos individuos por hectárea, mientras que los camélidos pueden ser hasta doce.


"Ahí está lo preocupante, no sólo con relación a las personas (ganadería), sino también con respecto al daño que ellos pueden hacer en la vegetación, y a la posible competencia que pueda estar generando con los animales silvestres", advierte. Un burro comería el equivalente a seis camélidos, que es el mínimo de guanacos o vicuñas “que tienen crías y hacen que se mantengan la población a lo largo del tiempo", detalla. "Uno empieza a pensar: la llegada de un burro a un lugar donde antes no había significa que hay, posiblemente, una familia de seis guanacos que ya no va a poder ocupar ese lugar".


El desierto vacío


Pero atribuirle al burro la disminución de guanacos y vicuñas en algunas zonas del Norte Grande, sería una acusación apresurada.


Este équido habría llegado a ocupar espacios ya vacíos. Si bien no se ha estudiado en profundidad, desde el 2014, un brote de sarna sarcóptica habría mermado las poblaciones de camélidos. Este ácaro, llamado Sarcoptes scabiei, no mata directamente a sus hospederos, pero les genera callosidades en la piel que derivan en la caída del pelaje, lo que los debilita especialmente para el frío del desierto. Es decir, los vuelve frágiles a la muerte.


Los primeros casos de estos parásitos entre las regiones de Arica y Atacama habrían aparecido en 2010, dijo —a Ladera Sur— la bióloga e integrante del Grupo de Especialistas en Camélidos Sudamericanos, Solange Vargas; al menos en lo que a las vicuñas respecta, especie que había crecido en el último par de décadas. Hasta ese momento.


Varios animales fueron apareciendo con este bicho y, al parecer, en un momento desaparecieron, relata Nicolás sobre sus observaciones de campo. A pesar de la falta de investigaciones, "las mismas personas también en la precordillera nos indican de que el guanaco desapareció porque le entró una peste, y la peste era la sarna", asegura. Rondan los rumores. "Es algo que se ha dicho a voces y nosotros también lo observamos, pero nadie lo ha estudiado hasta hoy". Es más, recuerda sitios donde antes hallaba 100 o 150 individuos. "Ahora no hay ninguno", asegura. "Y las mismas personas nos dicen que como hace cinco años no ven guanacos en la zona".


También, tiempo atrás, un estudio liderado por Pablo Acebes, de la U. Autónoma de Madrid, se encontró con poblaciones de vicuña mínimamente afectadas por este bicho, otras con prevalencias superiores al 60% y unas en que era la principal causa de muerte. El patrón no era claro, factores distintos derivan en daños dispares.


Alrededor de Huatacondo, 230 km al sureste de Iquique, a fines del 2020 fue la primera vez que registraron a un guanaco con sarna. Hasta ahí, "no había antecedentes de este parásito, por lo menos en ese sector", asegura Paola Barrios, de la organización Flora y Fauna Huatacondo, que monitorea el sector minero desde Collahuasi a Quebrada Blanca.


"La enfermedad es muy difícil de erradicar, y también ha sido muy difícil trabajar en conjunto con especialistas, con el SAG, pedir permisos y obtener recursos para solucionar el problema, más aún considerando que son animales silvestres, es difícil atraparlos, manejarlos y aplicar alguna medida", lamenta ella, quien describe la trama como "súper compleja".


Duro "competidor"


Ante esta caída poblacional, se "abrió el nicho para que los burros, que estaban concentrados en ciertos lugares, y se empezaron a expandir", plantea Nicolás. "No es que el burro haya desplazado el guanaco; al desaparecer dejó espacio y la vegetación quedó disponible para otro herbívoro. Ese es el problema". Semanas atrás él anduvo en Camiña, Tarapacá, donde vio dos grupos de estos camélidos; en total, trece individuos. Sin embargo, en la región de Arica no tuvo esa suerte: "Nos dejó bastante preocupados".


Este équido se ha expandido por un ambiente que "no está acostumbrado a él", relata, por lo que no tiene un control natural como podría ser el puma: son herbívoros demasiado voluminosos. En sus observaciones, el ecólogo sólo se ha encontrado con individuos muertos producto de atropellos o de la caza humana.


"Todo en un ecosistema está siempre en equilibrio", explica. "Si una cosa cambia, el ecosistema va adecuándose a esos cambios, pero que el gran herbívoro en la precordillera sea un burro hará que las condiciones sean adecuadas para él; significa que no estará para los herbívoros originales".


Nicolás elaboró una tabla con "resultados preliminares" de sus indagatorias. Los burros gustarían de áreas donde haya pasto silvestre, no solamente cultivos, hacia los cerros. "Esos mismos lugares también son preferidos por las tarucas y el ganado doméstico, cabras y ovejas", explica sobre un potencial conflicto entre el pariente nortino del huemul y las comunidades ganaderas caprinas y ovinas. "Son lugares donde los animales se pueden encontrar y significa que probablemente estén consumiendo cosas similares", remarca.


La taruca también es un ciervo (por tanto, un rumiante), y si bien saben aprovechar los escasos recursos disponibles en las quebradas nortinas (no al nivel de los camélidos), podría no ser suficiente ante este nuevo actor salvaje. "Al ser un animal mucho menos eficiente para comer, puede estar sobrepastoreando y degradando los lugares donde también están las tarucas, que ya es un tema de conservación". Eso sí, el burro tendería más hacía barrios planos, mientras estos ciervos nativos son expertos en las inclinadas pendientes del desierto: "Quizá el encuentro y el potencial de competencia sea mucho menor", dice con mesura. "Es algo preliminar".


Para Benito: "El más perjudicado podría ser el guanaco, porque ocupan ambientes de características muy similares, siendo una base para una potencial competencia por recursos que, a veces, son escasos". Ello no eximiría de problemas a tarucas y vicuñas, según su impresión, "pero su afectación aparentemente es menos intensa". Igualmente sugiere que "el riesgo más importante para los ungulados nativos es que aumenta la competencia con un animal de mayor tamaño y que consume más alimento, lo cual tiene consecuencias a largo plazo". Y suma como amenaza un posible contagio de enfermedades entre las especies nativas y asnos.


Lo que sí está claro, remarca Nicolás, es que tanto burros, como ganado doméstico, tarucas e incluso guanacos, son adeptos a escasos pastizales silvestres de la zona: "Hay que ponerle ojo, porque tenemos este nuevo competidor exótico", insiste, porque la tensión iría en aumento.


Burros en el desierto del Norte Grande

En la zona donde Paola trabaja, Huatacondo y sus alrededores, los burros andan principalmente en la puna, hacia la cordillera de Los Andes. "No es tan abundante, por lo menos en el sector de Tarapacá, en las mineras, que es donde monitoreamos", plantea, y percibe que la población se ha mantenido; los ven seguido en bandas de cinco o siete individuos.


"El principal problema con los burros es que se alimentan del mismo forraje que comen las vicuñas, los guanacos y otros herbívoros", coincide ella, y suma que estos équidos "degradan el suelo por el que caminan". Y Teodora Flores remarca que “hacen daño al pasto y lo sacan de raíz”.


Guanacos, vicuñas y tarucas llevan miles de años, en equilibrio, residiendo en estos ambientes. "Pero el burro arrasa con todo", dice Nicolás sobre el oriundo de África, "donde hay ciclos muy productivos en corto plazo: el animal tiene mucho para comer en momentos del año", explica. Sin embargo, en el desierto más árido del mundo, esos periodos no existen, al ser "mucho más estable y menos productivo", describe. "Está en un ambiente que no está hecho para él, no co-evolucionó acá".


A Paola lo que más le “preocupa” es la sarna, y "la estamos monitoreando constantemente", ya que "es lo que podemos hacer ahora". En tanto, plantea sobre su barrio tarapaqueño, "el burro es secundario porque, si bien están, hasta ahora la población convive bien con el resto de otras especies".


Agneta Hiche, del SAG, dice que "no hemos tenido denuncias formales" sobre la competencia de comida entre especies nativas y asnos. "Pero se entiende que el aumento de individuos en el tiempo en una zona geográfica pudiera afectar el equilibrio ecológico". Por lo tanto, admite, "es posible que ya se esté generando este fenómeno en torno al alimento y al territorio".


"Sin embargo, debemos esperar contar con la información del catastro que se está ejecutando", dice.


Benito propone que lo primero es identificar si los asnos sueltos son propiedad de alguien… ¿Tienen dueño? Luego, dice, debieran existir "diferentes opciones de manejo, principalmente para evitar su afectación a la fauna nativa o incluso a cultivos". Una opción "puede ser sacar a los burros directamente de estos ambientes o generar condiciones a través de un manejo indirecto del hábitat, para disminuir su impacto", sugiere. Sin embargo, acusa, cómo hacerlo "hay que discutirlo, porque involucra fondos que no están actualmente disponibles".


Nicolás piensa que debiese aplicarse algún tipo de captura o cacería, ya que no lo protege la Ley de Caza:


—Como conservacionista que trabaja con la protección de la especies, y más bien estoy por la convivencia con la agricultura y la ganadería, veo que el burro es un factor nuevo, que está entrando con fuerza y puede cambiar todo el escenario, porque afecta a la vegetación y compite con animales silvestres que están en una categoría delicada de conservación —remacha—. Hay que hacer algo, pero hasta el momento no se hace nada.

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