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- Matías Catalán, actor de 'La mirada del flamenco': "Mi idea de éxito es sobrevivir"
Matías Catalán, retrato de Simón Pais. Matías Catalán atiende el llamado desde su casa en Santa Cruz, adonde se fue a descansar unos días después de presentar La misteriosa mirada del flamenco en Brasil. El descanso es relativo: ayer escribió un monólogo, hoy lo borró entero. Aunque es el rostro de una de las películas chilenas más comentadas a nivel internacional, Matías habla desde la misma incertidumbre de siempre: sin proyecto fijo, pensando cómo hacer las lucas este mes. Matías Catalán llegó a pesar 49 kilos. Sin cejas, con el pelo cayéndose, habitando el cuerpo de Flamenco: una persona joven del norte minero de los años 80 que se desvanece frente a una enfermedad que nadie nombra, pero que todos castigan. Así entró al Festival de Cannes, donde 'La misteriosa mirada del flamenco' —la cinta de Diego Céspedes— se llevó el Grand Prix en Un Certain Regard y dejó a Chile en la primera línea del cine mundial. Incluso, la película representa al país en los Oscar y Goya 2026. Hoy está en Santa Cruz, VI Región, en la casa de su familia, descansando. O intentándolo: lleva dos días allí y ya escribió y borró un monólogo entero. Antes de esto estuvo en Brasil. Después se va a Panamá. En el medio, el mismo paisaje de siempre y el que se repite en la mayoría de actores y actrices del país: no tiene un proyecto fijo y está pensando ya en cómo llegar a fin de mes. Catalán se formó en la Universidad Mayor y construyó su carrera en las tablas, en obras donde el cuerpo era el instrumento principal. El teatro primero, siempre. El cine llegó después, cuando sintió que estaba listo. Cuenta que de repente te cae un proyecto, un sueldo que hay que estirar, y después meses de castings y silencio hasta que algo vuelve a aparecer. Así han sido estos cinco años. Tiene 28, y quizá porque está cerca de los 30, algo empieza a moverse adentro. Aparece el deseo de la estabilidad, de algo que dure, de un departamento, ojalá. Aunque él dice esto sin drama: "Es una incertidumbre constante, pero es lo que decidí y me hace muy feliz", avisa. Matías Catalán, retrato de Simón Pais. Vienes de Cannes, pasaste por Brasil y te vas a Panamá. Y sin embargo estás acá, en Santa Cruz. ¿Cómo se vive esa distancia entre los festivales y la realidad? "Es loco, porque uno va a los festivales, está en diferentes países con todas las estrellas del mundo, pero después uno vuelve a su casa y a la realidad que tenemos todos los actores: la inestabilidad. Grabamos algo y después estamos meses sin pega, yendo a castings y siendo rechazados o no". Si tuvieras que definir tu idea de "éxito" en una sola palabra, ¿cuál sería? "Sobrevivir. Literal. Poder vivir del arte, de lo que amo, que es actuar. Si yo no actúo, me muero. Por ejemplo, ahora llevo dos días descansando y mi cabeza no para. Ayer me puse a escribir un monólogo, hoy lo borré entero. Mi éxito no es la fama ni la exposición, es tener trabajo. Poder dedicarme a esto y vivir tranquilo". Tú vienes del teatro, ¿Cómo fue ese salto a la pantalla grande? "Fue muy orgánico. Yo creo que el teatro es el padre de la representación. Estudié teatro, hice teatro toda mi vida y no quise hacer cine hasta estar bien confiado en que lo hacía relativamente decente. El cine me insegurizaba mucho. En el teatro uno mete los pies al barro, todos hacemos de todo, es súper colectivo. De hecho, ahora que terminé de grabar una serie y estoy libre, quiero puro hacer teatro. Estoy viendo cómo juntar gente, de dónde sacar fondos, porque como estuve metido en el cine, me siento medio 'guachito' en el teatro. Y el teatro no se puede hacer solo, se hace con gente". ¿Hacia dónde apunta tu interés creativo hoy? "Siempre he sido muy político. Ahora que el escenario de Chile cambió, tengo ganas de abordar los riesgos que conlleva que gobierne la extrema derecha en un país que venía del progresismo. Me dan ganas de hablar sobre lo que podemos perder, sobre lo que está en riesgo. Aunque también me dan ganas de hablar sobre el amor, la amistad, la soledad. Esa es la dualidad del actor: queremos representarlo todo, depende de cómo amanezcamos". ¿Crees que para el sector cultural es un desafío o una oportunidad trabajar en este contexto político? "Es un desafío en cuanto a oportunidades laborales, porque se dejan de financiar puntos de cultura; la cultura siempre es la que sale más dañada cuando gobierna la extrema derecha. Pero también es una oportunidad porque, cuando el enemigo, o lo que nos molesta, está en el poder, dan más ganas de gritarles, de explicarles lo que nos pasa. Eso nos vuelve más inquietos y creativos. Cuando estamos más "aguachados" en un gobierno progresista que se alinea a lo que pensamos, a veces nos quedamos en una calma creativa". "El cine chileno está en una casi primera línea mundial. La gente no se da cuenta lo magnífico que es el nivel de actuación que hay acá, tenemos actores clase A", Matías Catalán, actor. En La misteriosa mirada del flamenco hay una entrega física. Bajaste mucho de peso, cambiaste tu imagen radicalmente. ¿Cómo se gestiona que el personaje no te termine consumiendo? "Tuve un cambio físico extremo: llegué a pesar 49 kilos, tenía el pelo largo, sin cejas, me veía enfermo. Y mi pelo estaba pajo porque no me estaba alimentando bien por mi obsesión con el personaje. Flamenco tenía una carga interna súper tóxica, una necesidad de entregar amor sin recibirlo. Cuando terminamos, pedí por favor cortarme el pelo para sacarme esa carga. Ahora trato de estudiar todo antes de grabar para que, cuando llegue el día, no tenga que estar en la casa volviendo a vivir el personaje. Si no, es muy dañino, sobre todo con estos personajes que sufren tanto". ¿Qué te dice tu familia, allá en Santa Cruz, de todo esto que te está pasando? "Mi familia es de campo. Mi tía agarró un micrófono en una cena familiar y contó lo de Cannes frente a todos; mi papá anda con el diario en la mochila mostrándole a la gente que salí como "actor revelación". Hay una sensación de que lo estoy logrando, pero el día a día no cambia. Estoy acá con ellos pensando en cómo voy a hacer las lucas este mes porque no tengo proyecto fijo hasta dentro de un tiempo. Así han sido estos cinco años: estoy al borde de quedar cesante y me llega un proyecto, y así voy. Es una incertidumbre constante, pero es lo que decidí y me hace muy feliz". *** Al final, la transfiguración de Matías Catalán no terminó en el set de rodaje ni se quedó en la figura frágil que posó frente a cámara. Su verdadera transformación es esa capacidad de despojarse del ego del actor premiado para volver a mirar de frente el paisaje de su casa en Santa Cruz. Se queda ahí, habitando ese espacio entre la gloria internacional y la fragilidad del próximo mes, recordándonos que el arte en Chile no es solo cuestión de talento si no de limitadas oportunidades.
- Santiago Lanza, psicoanalista: "La tristeza no se puede medicar. Por eso ya no existe."
El psicoanalista uruguayo Santiago Lanza lleva años atendiendo la misma herida en el consultorio: una sociedad que ya no se imagina el futuro. Desde Montevideo, el especialista habla de cómo la tristeza fue rebautizada desmedidamente como depresión, de por qué llamar "loco" a un femicida es una forma de lavarse las manos, y de cómo el escrolleo nos enseñó a consumir un genocidio con la misma indiferencia con que comemos cabritas en el cine. Frente a todo eso, Lanza tiene una propuesta que no viene del diván sino del aula: si no podemos cambiar el sistema de golpe, al menos podemos formar personas que sepan pensarlo diferente. Hay una frase que Santiago Lanza repite, aunque no es suya. La tomó del filósofo esloveno Slavoj Žižek, que a su vez la fue sembrando por conferencias y libros hasta que se volvió casi un lugar común: nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Lanza, psicoanalista uruguayo y panelista de El Recreo en Canal 5, la usa como diagnóstico de época. No como cita de adorno. Habla desde Montevideo, en una pantalla de Zoom, y desde ahí trata de darle sentido al mundo, o al menos de entender por qué cada vez más gente llega a su consultorio sin poder imaginarlo. En esta conversación habla de la depresión como síntoma colectivo, de la IA que amenaza con llevarse el trabajo de todos, y de cómo una sociedad que no tiene utopías termina votando por quien le promete orden aunque sea a cualquier precio. Para él, la respuesta no está en el inconsciente individual. Está en el sistema. Vivimos obsesionados con imaginar el apocalipsis: series, películas, conversaciones de sobremesa. La imagen de futuro es espeluznante. “Creo que como sociedad nos hemos convencido de que el futuro es peor. Da miedo, no sabemos qué va a pasar: entre la guerra, la desigualdad, la inteligencia artificial que nos va a sacar el trabajo, se ha instalado una desazón generalizada que impacta en el ánimo y en la vida subjetiva de las personas. Me gusta mucho una frase que cita Žižek, que dice que nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y lo que eso señala es algo muy concreto: podemos imaginar perfectamente un mundo postapocalíptico, lo vemos en el cine, en las series, tipos sobreviviendo con su camioneta buscando gasolina. Pero imaginar un mundo distinto al que vivimos hoy, que sabemos que nos lleva a la destrucción, parece una tarea imposible. Parece más fácil mandar una nave a la luna que encontrar condiciones de vida mejores a las que tenemos". ¿Y eso tiene consecuencias clínicas? "Totalmente. Nacio, que es un psicoanalista argentino, define la depresión como la pérdida de una ilusión. Y entonces, ¿cómo no vamos a encontrar entre los síntomas más importantes de nuestra época el aumento de la depresión en el mundo? Durkheim, uno de los padres de la sociología, fue considerado casi un loco por meterse con el tema del suicidio siendo un analista social. Decía: el suicidio parece una decisión individual, pero hay condiciones de vida que explican por qué en algunos países la gente se suicida más que en otros. Con la depresión pasa lo mismo. Cuando yo atiendo a una persona con depresión, trabajo con esa persona, con su historia, con lo que le pasa. Pero cuando ves que la enorme mayoría de la gente está tomando antidepresivos, eso ya no es un problema individual. Es un problema social". ¿Y quién tiene la culpa, según el sistema? “Siempre el individuo. Eso es el capitalismo hoy: la culpabilización permanente del sujeto. El mundo se cae a pedazos y el cambio climático avanza, pero la culpa es tuya por no separar la basura orgánica de la inorgánica. Está bárbaro andar en bicicleta, es precioso. Pero esa no es la verdad de la cuestión. Los problemas globales son a otra escala. Entonces tenemos sujetos recontra-cansados, agotados, sobreexigidos. Sin tiempo para el ocio, sin tiempo para las amistades, sin tiempo para los vínculos. Todo pasa por el imperativo de la productividad. Y al mismo tiempo se exige un disfrute permanente, que también lo vemos en las redes: todo el tiempo hay que estar bien, hay que pasarla bomba, mientras la estás pasando muy mal porque no parás de producir. Y si no producís, sos la peor escoria de la sociedad”. La Inteligencia Artificial aparece en casi todas las conversaciones sobre el futuro. Y casi siempre como amenaza. ¿Qué le pasa psíquicamente a una sociedad que siente que su trabajo va a desaparecer? "Es una pregunta enorme y creo que recién estamos en el comienzo de ese fenómeno. Lo que ya vemos es que el trabajo no es solo un medio para pagar las cuentas , es un organizador de la identidad, de la rutina, del vínculo con otros. Cuando eso se tambalea, no es solo un problema económico. Es una crisis de sentido. Y lo más complejo es que la angustia llega antes que el hecho. No hace falta que la IA te quite el trabajo hoy para que ya estés sufriendo por eso. La incertidumbre sola produce un efecto devastador. Y en una época donde ya no hay grandes relatos colectivos que contengan ese miedo, ni sindicatos fuertes, ni proyectos políticos que den una narrativa de hacia dónde vamos, esa angustia queda muy suelta, muy individual, muy sin procesar". Hablaste de que el progresismo promete mucho y resuelve poco. ¿Eso también alimenta la desesperanza, la sensación de que no hay futuro posible? "Enormemente. Porque la izquierda, o el progresismo en términos más amplios, históricamente fue el lugar donde se depositaba la utopía. La idea de que otro mundo era posible. Y cuando eso defrauda — y en América Latina ha defraudado varias veces — no solo perdés un gobierno. Perdés el horizonte. Y ahí está el problema: la derecha no necesita ofrecer utopía. Le alcanza con ofrecer orden, seguridad, certeza. Aunque sea falsa. Aunque sea a cualquier precio. En cambio, cuando la izquierda no tiene una propuesta de país, cuando su único discurso es la gestión de la emergencia, deja un vacío enorme. Y los vacíos se llenan. No siempre con lo mejor. Hoy vivimos obsesionados con diagnosticar todo. Separar "lo normal" y "lo patológico". Pero al mismo tiempo, un genocidio o un abusador parecen no tener diagnóstico ni condena. ¿Cómo se explica eso? “Ahí hay algo muy paradójico. El psicoanálisis plantea una posición ética contraria a la psicopatologización, lo cual no significa que no existan patologías ni diagnósticos, sino que el diagnóstico no es un fin, es un punto de partida, un orientador revisable. Pero lo que hace la psicopatologización es cerrar. Da una respuesta. Y hay algo muy particular: incluso el peor de los diagnósticos tranquiliza. Porque da una respuesta. Hoy la demanda constante, por eso el Chat GPT, por eso esos dispositivos tienen la incidencia que tienen, es que un otro nos dé una respuesta desde un supuesto saber. Hace unas semanas acá en Uruguay pasó que un muchacho mató y descuartizó a sus padres. Tuvo diagnóstico de esquizofrenia, él pensaba que estaba en una película de terror. El hecho de ubicar eso como patología nos quita a todos cierto nerviosismo. Pero pasa algo aún más grave cuando ocurre un femicidio: aparece la patologización, "estaba loco", "es un monstruo", "es un psicópata", y eso tranquiliza al resto de la sociedad. Hace que no continúe la discusión de que ese femicidio tiene que ver con la violencia de género estructural, donde como sociedad estamos todos implicados. Si psicopatologizo al victimario, lo encapsulo en ese sujeto y tomo distancia”. ¿Y la tristeza? ¿También la capturó ese mecanismo? "Un colega lo dijo hace un tiempo y me quedó: ya no hablamos de tristeza, hablamos de depresión. Porque la depresión se puede medicar y la tristeza no. La tristeza es parte de la vida, te separaste de tu pareja, perdiste un familiar, te fue mal en el trabajo, y por eso te sientes triste. Eso te puede invadir, es una tristeza enorme, legítima. Pero eso no es depresión. Son cosas distintas. Y los términos se van bastardeando hasta que todo parece lo mismo. Hoy cualquiera que va al médico porque se siente mal va a salir de la consulta con un ansiolítico o un antidepresivo. No se puede ser ingenuo respecto a eso: hay un juego ahí con los laboratorios, hay toda una maquinaria montada en torno a la sedación de los problemas. Nadie se banca tener un problema. Nadie se banca pasar por un conflicto". Vemos guerras en tiempo real, genocidios en TikTok. ¿Eso nos insensibiliza o nos traumatiza? “Las dos cosas, pero con matices. Naturaliza la violencia, sí. Por eso traía el término de la sedación: pasamos de un video de TikTok donde vemos a un chico caminando entre escombros, al siguiente donde una mujer vende su cuerpo, al siguiente que es un chiste en la calle, al siguiente que es el gol del Real Madrid en la Champions. El scrolleo tiene esa cosa de pasar información que uno consume sin ningún tipo de filtro, sin ninguna visión crítica. Como cuando vas al cine, estás comiendo pop (palomitas de maíz) y ni lo pensás. Acá es igual. Ahora, ¿traumatiza? El trauma no lo determina el fenómeno en sí, sino cómo se inscribe en la historia de cada sujeto. Tengo pacientes que se han visto extremadamente sensibilizados con lo que pasa en Gaza y las imágenes de niños que se les quedaron en pesadillas. Eso puede pasar. Pero no todo lo que es impactante es traumático para cualquiera”. La palabra "genocidio" se usó tanto que dejó de pesar. ¿Es un mecanismo de defensa colectivo? “Sí, y lo asimilaría a lo que veníamos hablando sobre la violencia. Lo que es distinto en esta época es la velocidad y el volumen. Antes te llegaba un pasquín de noticias. Acá en Uruguay hubo un momento en que un diario publicó a Hitler en la tapa y había gente que le parecía un gran líder porque no sabían lo que estaba pasando. Hoy lo de Palestina lo ves en el teléfono todo el día, en vivo y en directo. Y creo que esa es una de las razones por las que tuvo tanto impacto: era más difícil taparlo. Pero también hay un nivel nuevo de confusión: ya no vamos a poder distinguir si lo que estoy viendo es real o no. Deepfakes de líderes, audios trucados. Estamos viendo el comienzo de ese fenómeno y va a traer problemas aún mayores. Eso desafía a la educación del futuro: más que memorizar fechas, necesitamos formación en pensamiento crítico. Poder pensar las condiciones, no solo consumir los hechos”.
- Aracelly Brito: la madre que convirtió una pérdida en un derecho
En 2021, Chile dio un paso histórico al reconocer el duelo gestacional y perinatal como una experiencia que atraviesan miles de mujeres. La Ley Dominga busca asegurar acompañamiento emocional y un trato digno para quienes enfrentan esa pérdida. Cinco años después de la muerte de su hija, Aracelly Brito —impulsora de la ley— cuenta en esta entrevista cómo se ha ido recomponiendo y cómo convirtió su dolor en un acto de amor colectivo. En septiembre de 2020, Aracelly vivía un embarazo que describe como perfecto: sin complicaciones, atenta a cada crecimiento y cada movimiento de su hija, Dominga Catalina. Pero en la semana 36 algo cambió. Notó que la bebé se movía menos y buscó ayuda una y otra vez, sin obtener respuesta del personal médico. Llamó cerca de veinte veces a su matrona para expresar su angustia, pero sus temores no fueron atendidos. Ese miedo no era nuevo. Un año antes, en 2019, Aracelly había perdido a su hijo Julián a las nueve semanas de gestación. Era un duelo reciente, todavía abierto, y por eso sabía reconocer cuando algo no estaba bien. Aun así, volvió a enfrentarse a la desatención del sistema de salud: esta vez, en un embarazo avanzado y crucial. Impulsada por una corazonada, decidió hacerse una ecografía. Allí le informaron que Dominga tenía arteria umbilical única, una condición de riesgo que nunca había sido advertida. Esa misma noche comenzó a sangrar y acudió de urgencia a la clínica, donde le comunicaron que su hija ya no tenía latidos. Aquel momento no solo marcó el inicio de un duelo profundo, sino también la convicción de que ninguna mujer debía vivir lo que ella había atravesado dos veces: la pérdida y el trato deshumanizado del sistema. “La Dominga vive en el aire que respiro”, dice hoy Aracelly Brito al recordar a su hija. Con los años aprendió a maternar de otra manera, sin tenerla físicamente. “Desde que ella partió, pensé que mi vida había acabado, pero la verdad es que mi vida empezó”, confiesa. Cada día resignifica su historia y el nombre de Dominga, la niña que inspiró una ley y un movimiento que cambió la forma en que Chile acompaña a las mujeres y familias que enfrentan una pérdida gestacional. Pero transformar el duelo en un propósito no fue inmediato. Tras la muerte de su hija, Aracelly atravesó un periodo de profunda vulnerabilidad e incomprensión. “Cuando Dominga murió, yo quería morir con ella. Con la distancia del tiempo, sé que sobreviví por el amor de mi esposo, de mi hijo mayor y de mi mamá, quien se vino a mi casa y estuvo un mes junto a nosotros. Yo era incapaz de cocinar o de cuidar al niño. Ella tomó ese rol cuando más lo necesitaba”, cuenta Aracelly. Durante su hospitalización sintió un trato deshumanizado por parte del sistema de salud. “Sentía que me lo merecía por haber parido un hijo muerto”, recuerda. “Con el tiempo entendí que, si el trato hubiera sido distinto, si hubiera tenido más recuerdos de la Dominga, mi duelo habría sido más llevadero”. Fue entonces cuando comprendió que no quería que ninguna otra mujer viviera lo que ella estaba atravesando. Pensó en sus hermanas, en sus amigas, en todas las madres que podrían pasar por esa pérdida sin acompañamiento ni respuestas. “Me dije: si a alguien más le pasa, que no sea así. Que puedan despedirse de su hijo, que haya consuelo.” Ese impulso se convirtió en su bandera de lucha. Mientras más investigaba sobre el duelo perinatal, encontró historias de cientos de mujeres que vivían las muertes de sus hijos de maneras aún más dolorosas: no les dejaban ver sus cuerpos, se los entregaban en bolsas de basura o pasaban el proceso solas, en la morgue, sin ninguna contención. “Hay un sistema entero que no tiene el cuidado con el dolor ajeno, y menos con el dolor de una madre”, cuenta Aracelly, coordinadora de ventas, estudiante de psicología y presidenta de la Fundación Dominga. El inicio de la catarsis: el nacimiento de la Ley Dominga Sin contactos políticos ni experiencia en el mundo legislativo, Aracelly comenzó a escribir a parlamentarios pidiendo apoyo. Nadie respondió, hasta que una persona le consiguió una reunión con la entonces senadora Marcela Sabat. La política se encontraba de vacaciones, pero se hizo un espacio en la agenda para atender a Aracelly. La mamá de Dominga expuso la problemática, habló del duelo perinatal, de la soledad de las madres y del trato frío y deshumanizante del sistema de salud, y de pronto, la senadora se emocionó hasta las lágrimas. “Nos pidió disculpas y nos confesó que, sin habérselo dicho a nadie, había vivido también un duelo parecido, una pérdida de una guagua de 4 meses. Y como tantas otras mujeres, tuvo que seguir trabajando como si nada hubiera pasado", cuenta Aracelly. “Ella me entendió mejor que nadie; me dijo que me iba a apoyar, pero que tenía que hacer visible mi historia”. A partir de ese momento, se atrevió a compartir su experiencia en redes sociales, sorteando el miedo a la exposición. Fue la propia senadora Sabat quien propuso el nombre Ley Dominga. “Al principio me chocó porque me parecía muy fuerte que una ley llevara el nombre de mi hija. Hoy lo agradezco: es un homenaje a ella.” El proyecto avanzó con rapidez y fue promulgado en 2021. La ley garantiza acompañamiento emocional, establece protocolos hospitalarios para evitar que las madres enfrenten situaciones dolorosas y exige la creación de espacios adecuados para vivir el duelo con dignidad. “Las matronas se unieron con mucha fuerza. Muchas ya querían hacer su trabajo de manera más humana, pero el sistema no se los permitía. La ley les dio respaldo y esperanza.” Con los años, Aracelly observa con orgullo los cambios obtenidos. “Las familias ahora pueden tener recuerdos, fotos, despedidas. Y eso cambia todo. Antes no se hablaba de esto; ahora sí. Hoy las madres nombran a sus hijos, los reconocen. Ya no hay vergüenza.” Sin embargo, también identifica brechas pendientes. “La ley salió sin recursos. No hay psicólogos especializados ni un seguimiento psicoemocional real. Tampoco existe una bajada comunicacional del Estado. Muchas familias no saben que esta ley existe hasta que les pasa”, lamenta. Imágenes de archivo de Aracelly / Aracelly Brito y su familia luchando por la promulgación de la ley. Desde su rol en la Fundación Ley Dominga, Aracelly acompaña a otras madres que enfrentan ese dolor. Allí han formado distintas “tribus de duelo”: mujeres que acaban de perder a su bebé, otras que están en proceso de sanación y quienes esperan un “bebé arcoíris”, como se llama a los hijos que llegan después de una pérdida. “Las monitoras son mamás que ya pasaron por este proceso y ayudan a las demás. Ellas sanan acompañándolas.” Luz después del dolor Aunque el trabajo emocional ha sido intenso, hoy Aracelly se siente en paz. “Ya no necesito nombrarla todo el tiempo. Lo importante es cómo la siento, cómo la vivo. La tengo en mi piel: respiro y vivo a Dominga. Todo lo que hago gira en torno a ella.” Años después de la promulgación de la ley, su propósito mantiene la misma firmeza con la que comenzó esta lucha, pero ahora convive con una serenidad que solo llegó con el tiempo. Aracelly Brito resignificó su historia, transformó el duelo en propósito y convirtió el nombre de su hija en un símbolo de amor y dignidad para miles de mujeres en Chile. A cuatro años de la entrada en vigencia de la Ley Dominga, la vida de Aracelly está marcada por la calma y la continuidad de su misión. Hoy tiene un hijo adolescente, una hija de tres años y un hogar que procura mantener a salvo del dolor cotidiano que acompaña su labor en la fundación. “Trato de dividir los tiempos para que, cuando estoy con ellos, estar cien por ciento con mi familia. Me cuesta, pero lo intento, y ellos me entienden y me apoyan”, asegura. Su esposo, quien la acompañó en todo el proceso legislativo, sigue siendo un pilar fundamental, aunque Aracelly intenta protegerlo de la carga emocional que implica escuchar historias de duelo todos los días. “Ellos ya estuvieron muy involucrados y también les afectó. No quiero que estén todo el tiempo dando vueltas en el dolor, por eso los resguardo bastante”, explica. El tiempo también le enseñó a protegerse a sí misma. “Al principio escuchaba todas las historias sin ningún resguardo, y al tiempo me pasó la cuenta. Ahora lo tomo de otra manera; siento esperanza cuando llegan mujeres nuevas, porque significa que están buscando ayuda.” Lo que comenzó como una extensión de su propio duelo se convirtió en una comunidad viva donde las madres sanan acompañándose. “Mi sueño es que siga siendo un lugar seguro, sin estudios ni intervenciones externas, solo un espacio genuino de amor entre mujeres que se entienden sin explicaciones.” Hoy Aracelly habla de su historia con una serenidad que antes no imaginaba. Su voz es pausada, su mirada firme. Dice que el tiempo le permitió mirar el duelo desde otro lugar y entender que el dolor también puede transformarse. Lo convirtió en acompañamiento, en red y en una forma de entregar esperanza. Desde la fundación escucha, orienta y ofrece aquello que alguna vez buscó para sí misma. En cada madre que sostiene, Dominga sigue presente. La vida hizo que Aracelly descubriera que el amor no se apaga con la ausencia. Su día a día transcurre entre la memoria de su hija, el trabajo con otras mujeres y el calor de su familia. Esos son los motores que le enseñaron que, incluso en el dolor más hondo, puede nacer algo luminoso. La Ley Dominga garantiza que: Los profesionales de la salud deberán explicar de forma adecuada al padre, madre y personas significativas sobre el fallecimiento de su hijo o hija, y los procedimientos a realizar. Contar con asistencia inmediata y seguimiento multidisciplinario (matrona, psicólogo y psiquiatra). Toda pérdida de un hijo o hija, independiente de las semanas de gestación u horas de vida, debe ser reconocida; identificando datos del nonato o neonato, como nombre, peso, estatura, sexo y hora de nacimiento. Pacientes que viven este proceso no sean hospitalizadas en las áreas de maternidad de los centros de salud, evitando tener contacto con recién nacidos. Autorizar a un acompañante durante procedimientos de legrado, ameu, inducción de parto o cesárea. Si el recinto lo permite, los controles posteriores se realizarán en salas aisladas o en horarios en los que no haya mujeres embarazadas o madres con sus recién nacidos. Brindar espacios de contacto digno y apropiado con la hija o hijo fallecido para iniciar el proceso de duelo. Permitir mirarlos, acunarlos o tomar registros de foto o video. En caso de muertes en el tercer trimestre de gestación, ofrecer la opción de disponer de los restos ovulares. Siete días el permiso laboral en caso de muerte gestacional y a 10 días ante la muerte neonatal de un hijo. Asegurar que las mujeres o personas gestantes con antecedentes de muertes perinatales tengan acceso a acompañamiento de un equipo de duelo perinatal en las siguientes gestaciones.
- Entre el deseo y el descarte: la radiografía al amor de Daniela Arancibia
Nunca fue tan fácil encontrar a alguien. Nunca fue tan difícil quedarse. La psicóloga Daniela Arancibia lleva años observando lo que pasa cuando el amor se vuelve una app, el compromiso una amenaza y el ghosting una salida válida. Su conclusión: el problema no es la tecnología. Es lo que cada persona arrastra cuando la abre. Daniela Arancibia escucha mucho. Lo hace en la consulta, donde la gente llega a hablar de sus relaciones con una mezcla de confusión y agotamiento que ella reconoce hace años. Lo hace también en los libros: el suyo, La huella del apego, publicado por Editorial Urano, es un intento de poner nombre a lo que pasa cuando alguien ama de cierta manera y no entiende por qué siempre termina igual. Psicóloga de formación, Arancibia observa el amor contemporáneo con la distancia clínica y documenta en sus apuntes un mapa del amor y el deseo contemporáneos. Lo que ve desde ahí no es exactamente una generación más libre. Es una generación más ansiosa. Las aplicaciones de citas, la comunicación instantánea, la sobreoferta de opciones: todo eso prometía ampliar el mundo afectivo y en parte lo hizo. Pero también instaló una lógica que Arancibia describe con precisión: una dinámica rápida, con múltiples opciones disponibles, donde siempre parece posible pasar al siguiente. En ese contexto, dice, el otro corre el riesgo de volverse intercambiable, y el vínculo, algo fácil de descartar. El problema de fondo, según ella, no son las aplicaciones. Es lo que cada persona arrastra cuando las abre. *** Arancibia habla de incertidumbre como el estado afectivo dominante de la época. No la incertidumbre dramática de quien no sabe si será correspondido, sino algo más sutil y más corrosivo: la dificultad de nombrar qué lugar ocupa el otro, de saber qué somos, qué espera el otro, cuánto puedo involucrarme sin quedar expuesto. Esa difusividad, más que la falta de libertad, es lo que termina tensionando los vínculos, dice. "Lo que predomina es una sensación de incertidumbre constante. Hay menos disposición a nombrar los vínculos, a definir qué lugar ocupa el otro, y eso deja a las personas en una zona ambigua que genera mucha ansiedad". A esa ambigüedad se suma otro fenómeno que Arancibia identifica con nombre propio: la reemplazabilidad. La sensación de que siempre podría haber alguien mejor, de que la búsqueda nunca termina del todo, introduce una inquietud de base que dificulta el compromiso. No es solo una incomodidad pasajera: erosiona la sensación de suficiencia. Cuando alguien percibe que puede ser descartado en cualquier momento, aparece una tendencia a sobreadaptarse: hacer más, exigirse más, intentar cumplir con ciertos estándares para no perder el lugar. El resultado, dice Arancibia, es una autoestima más frágil, muy dependiente de la validación externa. Y el entorno lo refuerza: los filtros, las intervenciones estéticas, la lógica del perfil que hay que optimizar para ser elegido. "Cuando alguien percibe que puede ser descartado en cualquier momento, aparece la inseguridad y una tendencia a sobreadaptarse: hacer más, exigirse más, intentar cumplir con ciertos estándares para no perder el lugar. En ese contexto, incluso elementos como los filtros o ciertas intervenciones estéticas refuerzan la idea de que hay que corregirse para ser elegido. El resultado es una autoestima más frágil, muy dependiente de la validación externa", explica la especialista. Libro de la psicóloga chilena Daniela Arancibia. Hay una práctica que a Arancibia le parece especialmente reveladora del momento: el ghosting. No porque sea nueva —desaparecer sin explicaciones es tan antiguo como el deseo— sino por la facilidad con que hoy se ejerce y, sobre todo, por la tolerancia social que ha ganado. La tecnología lo facilita, explica, pero también lo legitima. Antes, la interacción cara a cara obligaba a dar algún tipo de cierre. Ahora, el silencio se vuelve una salida disponible y socialmente tolerada. "Resolver conflictos implica incomodidad, exposición y responsabilidad, y eso es algo que se aprende. Cuando no hay experiencia en ese tipo de situaciones, o cuando el entorno permite evitarlas fácilmente, lo más probable es que se eludan. El problema es que, al hacerlo, no se desarrollan las habilidades necesarias para sostener vínculos más complejos". El ghosting, en esa lectura, no es crueldad sino déficit: la ausencia de herramientas para hacer algo incómodo pero necesario. Lo que revela no es maldad sino la falta de práctica en sostener lo difícil. Una de las tensiones más frecuentes que aparece en consulta, según Arancibia, es la que se produce cuando el sexo llega antes que el vínculo emocional. No es que eso imposibilite la intimidad, aclara, pero sí la condiciona. El punto no es el orden, sino la intención y la capacidad de sostener lo que viene después. El problema aparece cuando hay expectativas distintas o cuando el vínculo no logra salir de ese primer registro. "Hoy en día es más fácil desnudar el cuerpo que desnudar el alma". La intimidad emocional implica exposición, tiempo y cierta vulnerabilidad, y eso sigue siendo más difícil de sostener". Lo que describe Arancibia es, en el fondo, una asimetría: una generación con más acceso al sexo y menos práctica en la intimidad sostenida. No porque sean incompatibles, sino porque la segunda requiere habilidades que solo se desarrollan en el tiempo: tolerar el conflicto, mantener el interés, construir confianza. Si los vínculos se mantienen en lo superficial y lo transitorio, esas habilidades no se ejercitan. Y cuando aparece la posibilidad de algo más profundo, dice, no se sabe cómo habitarlo. "Hay una mayor apertura en lo sexual, pero eso no siempre se traduce en mayor profundidad emocional. La intimidad implica exposición, tiempo y cierta vulnerabilidad, y eso sigue siendo más difícil de sostener", sentencia. *** Pero Arancibia no termina en el diagnóstico. La segunda mitad de su trabajo —y de su libro— apunta a otra pregunta: qué se puede hacer con todo esto. Su respuesta parte de algo que suena simple y no lo es: mirarse. Entender cómo se ha aprendido a vincularse. Qué se espera del otro. Cómo se reacciona frente a la cercanía o la distancia. "La pregunta central es cómo he aprendido a vincularme: qué espero del otro, cómo reacciono frente a la cercanía o la distancia, qué entiendo por amor. A partir de ahí, aparece otra más importante: si ese modo de vincularme es el que quiero seguir repitiendo". ¿Es posible modificar esas formas de vincularse o tendemos a repetirlas inevitablemente? Para la especialista, esto "no son destinos fijos. Los patrones se pueden revisar y transformar, pero eso requiere disposición a mirarse, cuestionarse y hacer algo distinto. Sin esa intención, lo más probable es que se repitan. Con ella, hay margen real de cambio", explica. Daniela Arancibia lo sabe porque lo escucha cada semana en la consulta: la gente no llega porque no quiere amar bien. Llega porque no sabe cómo. Y esa, dice, es una diferencia que vale la pena sostener.
- La segunda oportunidad de los monos: la vida en el santuario de los primates
En las afueras de Santiago, lejos del ruido de la ciudad, un santuario reúne a decenas de primates que no deberían estar ahí. Ninguno nació en Chile. Ninguno llegó por voluntad propia. Son sobrevivientes del tráfico ilegal, del cautiverio doméstico o del uso en espectáculos. Este es el lugar donde terminan, o intentan recomponerse, las historias que comienzan con una captura. En la comuna de Peñaflor, a solo 35 kilómetros del centro de la capital chilena, un conjunto de recintos de madera, mallas y vegetación llama la atención antes de que uno pueda ver lo que hay adentro. No es un zoológico ni una reserva abierta: es un espacio intermedio, construido para albergar a quienes no pueden volver a la selva, pero tampoco sobrevivir en cautiverio convencional. Entre rampas, cuerdas y paneles adaptados, decenas de monos se mueven, juegan y, en algunos casos, simplemente observan. El lugar funciona como un centro de rescate y rehabilitación de primates que han sido víctimas del tráfico ilegal, el mascotismo o la explotación en espectáculos. La mayoría llega con daños físicos irreversibles o secuelas conductuales profundas: desnutrición, fracturas mal soldadas, estrés crónico, años de aislamiento. Aquí no se busca domesticarlos ni exhibirlos, sino estabilizarlos, devolverles ciertas capacidades y, cuando es posible, reinsertarlos en dinámicas sociales con otros de su especie. Más que un refugio, el santuario es el punto de llegada de una cadena de violencia que ocurre lejos de la vista. Cada animal que habita este espacio arrastra una historia de captura, traslado y encierro. Lo que sucede aquí —la rehabilitación, el cuidado, los intentos de recomposición— no borra ese origen, pero permite entender sus consecuencias. Una idea para salvar vidas La idea de crear este refugio nació casi por azar. Elba Muñoz es matrona y su marido pediatra. Ambos habían escuchado en la universidad que los animales eran un gran estímulo para los niños, así que al nacer sus hijos decidieron adoptar de todo: perros, gatos, pájaros, patos, conejos, gallinas. Hasta que un día les trajeron un mono. Se llamaba Cristóbal. Sin mucha información al respecto, lo compraron. Rápidamente se volvió parte de la familia. La casa fue adaptada para él: cuerdas colgantes, palmeras para trepar, espacios que antes eran de los humanos y ahora eran también de él. Pero entonces se enteraron de cómo había llegado Cristóbal hasta ahí. Y las cosas cambiaron. Imagen del archivo de Muñoz. En la foto, ella posa junto a uno de los monitos rescatados. "Nos fuimos enfrentando a la realidad que tenía el mono. Habían asesinado a su madre para quitarle la cría. Que existía el tráfico ilegal. Nos fuimos dando cuenta de que era una realidad horrible, que nadie hacía nada para protegerlos. Y en vez de ayudar a la música, al arte o a niños, nosotros decidimos ayudar a los monos. Y así fue como empezamos", explica Muñoz. Con el fin de regularizar la situación de Cristóbal, Muñoz contactó al SAG. La respuesta fue una amenaza: si no podían acreditar las condiciones adecuadas, el primate sería llevado al Zoológico Nacional. El miedo a perderlo, y la conciencia de que ellos solos no podían sustituir a una familia biológica, los empujó a buscar algo más. Empezaron a viajar al Amazonas, a entrevistarse por internet con investigadores en otros países, a construir una red. Y de esa red, con el tiempo, nació el santuario. “Eso nos motivó a crear algo para que no nos quitaran nuestro mono. Y para juntarlo con otros, porque yo me di cuenta que nosotros no podíamos sustituir su familia biológica”. La promesa de Esperanzo Alejado de la selva, su familia y sin luz natural, Esperanzo, un mono Carayá, vivió los primeros meses de su vida como rehén de una red de tráfico de primates. A pesar de que fue rescatado a los seis meses de nacido, las consecuencias del maltrato fueron de por vida. Diagnosticado con raquitismo: nunca pudo caminar ni trepar como el resto de su especie. Cuando Carabineros lo encontró en 1999, abandonado en un antejardín de La Reina, Esperanzo no era más que un ovillo de pelo café que se arrastraba contra el cemento. No saltaba ni caminaba porque sus huesos se habían tornado curvos. Antes de cumplir un año, el tráfico ilegal ya le había dictado una sentencia de por vida. Al contactar al Servicio Agrícola Ganadero (SAG) pudieron constatar que se trataba de un mono Carayá proveniente de Argentina. Esperanzo fue llevado al Zoológico Nacional para poder ser revisado. Le diagnosticaron ceguera total y raquitismo severo por la falta de vitamina D y calcio, enfermedad en la que los huesos dejan de ser funcionales por la curvatura que toman. Ambas patologías fueron provocadas por las condiciones de vida al que fue sometido desde temprana edad. En las afueras de Santiago, un santuario reúne a monos rescatados del tráfico ilegal. Esta es la historia de lo que ocurre después. Con los ojos perdidos, huesos curvos y no más grande que una mochila universitaria, llegó Esperanzo al santuario, un 27 de marzo del mismo año de su rescate. Ahí comenzó a ser rehabilitado junto a otros monos que a pesar de no ser de la misma especie le brindaban el apoyo psicológico y familiar que él necesitaba “los otros monos lo acicalaron, lo consolaron. Es como que el mono rehabilita al mono. Nosotros ayudamos escogiendo un buen grupo, ubicándolo bien, comiendo bien”, afirma Elba Muñoz, fundadora y directora del Centro de Rehabilitación y Rescate de Primates, quien ha rehabilitado a más de 300 monos de todo tipo que fueron víctimas del tráfico ilegal, estuvieron en circos, en cautiverio, entre otras situaciones. Al igual que los seres humanos, las crías primates necesitan a su mamá para lactar a libre demanda y si esto se ve interrumpido genera distintos efectos negativos en la cría como una temprana desnutrición o un shock traumático. Sumando el resto de efectos provocados por las precarias condiciones del tráfico, según explica Carola Farias, veterinaria del Santuario de Primates. Por ello, es fundamental la rehabilitación “del minuto que llegue va a ser siempre vital que se empiece con la rehabilitación. Esta va a constar primero viendo en qué condiciones llega, tanto física, que me refiero de salud, como emocionales, que uno observa la conducta en ello”, menciona Farias. *** Según estimaciones de Interpol y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el tráfico de fauna silvestre se ha consolidado como el cuarto negocio ilícito más lucrativo del planeta, moviendo entre 7 y 23 mil millones de dólares al año, después de las drogas, las armas y la trata de personas. En el Chile de los 90, la porosidad de la frontera permitía que un ejemplar de Alouatta Caraya cruzara la cordillera oculto en una guantera, sobreviviendo con apenas una fracción del oxígeno y la luz que su biología demanda. Pese a que la fiscalización se endureció tras la ratificación del convenio CITES y el fortalecimiento de la Ley de Caza (19.473), el fenómeno del "mascotismo" exótico en sectores de altos ingresos en Santiago mantuvo viva la demanda. En Chile, se estima que por cada ejemplar que sobrevive al cautiverio doméstico, otros nueve mueren en el trayecto debido al estrés o las sobredosis de sedantes, según el SAG. Hoy, el repunte del comercio ilícito de fauna en pasos no habilitados del norte vuelve a poner en alerta a las autoridades, recordando que detrás de cada animal "exótico" en una casa, hay una cadena de maltrato. *** Entre altos vidrios transparentes y rampas de madera para poder arrastrarse en la jaula, Esperanzo vivió el resto de su vida. A pesar de que no era lo ideal, era lo mejor que le podían ofrecer. Para Esperanzo, el santuario diseñó un mundo a su nueva medida. Su día a día estuvo rodeado de una estructura principal de paneles de vidrio, una medida técnica para que el mono Carayá pudiera mantener el contacto visual con el exterior sin quedar expuesto a las corrientes de aire. —¿Cómo adaptar la jaula a su poca movilidad?—, se preguntaron antes de empezar a intervenir el espacio. En el interior, la altura dejó de ser una opción: en su lugar aparecieron rampas suaves, ensambladas como un pequeño sistema de caminos que recorría toda la superficie. Por ellas, Esperanzo podía desplazarse arrastrando el cuerpo, sin la necesidad de saltar. Cuando la cuidadora se acerca a alimentarlo él se desliza por una de las rampas de su casa que desembocaba en una bandeja de plástico. Ahí, cada día, encontraba su ración: trozos de fruta fresca y todo tipo de plantas. El recorrido hasta la comida ya no era un obstáculo, sino parte de una rutina que había sido meticulosamente pensada. En un costado de la jaula, separado del tránsito principal, se acondicionó una especie de dormitorio. La luz infrarroja caía constante, generando un calor artificial que suplía las variaciones del ambiente. Sobre el suelo, mantas gruesas amortiguaban el frío de los meses de invierno, creando un refugio contenido, casi doméstico. Un conducto conectaba la habitación principal con una segunda jaula externa. A través de él, Esperanzo podía avanzar por su cuenta hasta el sector descubierto. Allí, sin intervención humana, tenía la posibilidad de exponerse al sol, como si ese tramo final del recorrido fuese también una forma de autonomía cuidadosamente construida. Así como el caso de Esperanzo hay otros más. Charlotte, una mona Cai Cariblanca, llegó al Santuario el 28 de noviembre de 2018 desde la Municipalidad de La Pintana, ella formaba parte de una exhibición junto con otros diez monos de su misma especie. Mientras estaba en una revisión médica rutinaria, al palparle el pecho le detectaron cáncer de mama. Por lo que fue sometida a cirugía. Muñoz, en conjunto a la veterinaria Farias, lograron salvarla. Coco es un mono Capuchino Común. Llegó el 11 de febrero de 2003 cuando tenía 9 meses desde el Bioterio de la Universidad Católica. A pesar de ser una cría de temprana edad, de igual manera realizaron experimentos con él. Isaura, una mona araña, era obligada a pararse sobre una cuerda floja con dos baldes con arena para que se equilibrara como parte del show del circo de los Mazzini. Tras un decomiso a los circenses, el 29 de octubre de 2012, Isaura llega al Santuario con un daño en su columna que es irreversible. Hace un par de años le descubrieron un tumor en el útero, por lo que le extirparon el órgano. A pesar del gran amor que tiene Muñoz por los primates que llegan a sus manos, ella es crítica con la situación que viven los animales “Esta sigue siendo una cárcel, la mejor de todas, pero una cárcel al fin y al cabo”, concluye. *** Con el tiempo, Esperanzo cambió su pelaje. Dejó el café de su infancia para volverse negro azabache, revelando su naturaleza de macho adulto. Aunque nunca pudo saltar entre los árboles, encontró en sus pares y cuidadores la familia que el hombre le robó. Catorce años después de su llegada, el mono falleció. En memoria de Esperanzo y todos aquellos animales que les ha tocado vivir las consecuencias de la ambición y crueldad del ser humano.
- Valentina, eres bipolar: ¿no lo sabías?
A los 28 años, la fotógrafa Valentina Bird recibió un diagnóstico que reordenó toda su historia: trastorno bipolar. Durante años, transitó tratamientos, crisis y momentos de aparente estabilidad sin entender del todo lo que le ocurría. En esta columna, reconstruye ese recorrido, desde la confusión hasta el duelo, y reflexiona sobre lo que implica aprender a vivir, y a leerse, a partir de un nuevo diagnóstico. “Pero vale… Tú eres bipolar: ¿acaso no lo sabías?”. Yo estaba en mi casa, mirando la pantalla, y veía a mi doctora con una cara de asombro. Era una cita de telemedicina con mi psiquiatra, la misma especialista que visité durante dos años y que nunca antes había mencionado ese diagnóstico. Dejé de escuchar lo que decía; solo asentía y pensaba: “Mierda, ahora tengo una respuesta”. Repetía esas palabras como un mantra. No podía pensar en nada más. Solo recuerdo algo que me comentó en ese momento de conmoción: “Cuando me contaste que te acostabas con muchas personas en poco tiempo, ahí lo supe. Eso es un episodio hipomaniaco. Tus ciclos oscilan entre cortos períodos de hipomanía y grandes periodos depresivos”, sentenció. Sentí que acumulé todas esas palabras en una caja que intenté guardar en un lugar de mi mente al que no quise mirar. Comprimí esa visita al médico y la dejé en un lugar al que no llegaba la luz. Empecé a ir a terapia a los 16 años con el propósito de dejar de ir algún día. Era una adolescente que sentía mucha ansiedad, ira y no tenía ganas de vivir. En ese tiempo se diagnosticaron varios trastornos: ansiedad generalizada, depresión mayor. Todo oscilaba entre eso. Estuve internada y tomé un millón de remedios que funcionaban un poco, pero nunca del todo. Sin embargo, no abandoné la idea de que iba a estar “sana”. Esa era mi motivación más grande. En terapia, mientras avanzaba el tiempo, se removían más cosas. Se sentía como ser la dueña de un cajón lleno de emociones que nunca terminaba de limpiar; por el contrario, el fondo parecía crecer y llenarse de cosas nuevas: miedo, trauma, ansiedades, desprecio hacia mí misma. Pero, a pesar de eso, nueve años después de trabajar en mí, fui dada de alta. Ya era adulta, me había ido de la casa de mis papás, vivía de lo que había estudiado y todo estaba bien. Aun así, me invadía una sensación permanente de angustia. No me sentía curada, sino más bien contenida: era como si alguien, a la vuelta de la esquina, me acechara para derrumbar la precaria estabilidad que había construido. A los 26, después de pasar por siete psiquiatras, llegué a una consulta en la que me evaluaron cuatro médicos. Llegué ahí tras un periodo depresivo en el que las crisis de ira me golpeaban como una ola, de forma repentina, sin poder anticiparlo. Hicieron una breve serie de preguntas y salí con un nuevo esquema de medicación: antipsicóticos. Y yo, que durante años probé distintos antidepresivos y ansiolíticos sin lograr una mejoría real, le di una oportunidad a esa alternativa. Y sí: esta vez fue distinto. Algo se ordenó. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, una persona funcional. Mis emociones no eran tan avasalladoras; fue como si las olas, de repente, se transformaran en un lago tranquilo. Logré llevar una “vida normal” durante esos meses, pero al año estas corrientes me botaron al suelo: fui sumergida en un estanque de depresión. Era una sensación que me repetía que existir era pesado, difícil; todo era difícil, desde lo cotidiano , como tomar una ducha, hasta hablar con un amigo. Por eso, porque todo era difícil, dejé la medicación. Fue una renuncia. Un agotamiento. Siete meses después, dos semanas antes de mi cumpleaños número 28, seguía en ese mismo lugar. La crisis comenzó: el dolor era tan inmenso que imaginaba que la única solución, la única forma de ponerle fin a eso, era terminar con mi vida. Empecé a organizar mi despedida; pensé a quién le dejaría mis cosas. Quería dejar todo listo para no ser una carga para los que quedaban aquí. Pero, al mismo tiempo, me invadía una angustia muy grande: me daba miedo morir. Al filo de ese abismo, y como último movimiento de ahogado, saqué una hora con mi psiquiatra. Le conté lo que estaba viviendo. Me llenó de recomendaciones y volvieron los antiguos remedios. Esta vez seguí al pie de la letra todas sus indicaciones y, afortunadamente, en cuestión de días, me estabilicé. Fue como si, de repente, silenciaran un ruido molesto que me perseguía a todas partes y no me dejaba escuchar mejores sonidos. De pronto estaba más descansada, ya no me sentía irritable y tenía esperanza de que todo se iba a acomodar. Desperté una mañana de septiembre llena de energía. Hice en una semana lo que no había logrado en meses. Arreglé todo lo que estaba roto en la casa. Ordené, limpié, resolví pendientes. La vida, de pronto, volvió a tener sentido. O al menos eso parecía. Cuando le conté a mi psicólogo que estaba mejor, esperaba que se alegrara. Pero su cara no cambió. Me miró serio: “Vale, yo creo que acá está pasando algo”. Me habló de cambios de ánimo que no eran del todo normales, de una intensidad que no terminaba de encajar. Sospechaba que tenía trastorno bipolar. Me enojé. Eso fue lo primero que sentí. Pensé que, si eso fuera cierto, alguien ya me lo habría dicho antes. Había pasado por demasiados médicos como para que algo así se les escapara a todos. Pero la idea quedó instalada. Salí de la consulta y empecé a leer sobre el tema. A buscar. A mirar hacia atrás, en mi propia historia, pero con otros ojos. Y, mientras más leía, más sentido tenía. Era, al mismo tiempo, el diagnóstico que mejor encajaba y el que menos quería tener. La noche antes de confirmarlo salimos a caminar con mi pololo y el Oreo, mi perro. Lloré sin poder parar. No era solo miedo: era una especie de duelo anticipado. Terror a que fuera algo permanente, algo que no se cura. A que esa certeza destruyera la única motivación que había sostenido todo este tiempo: la idea de que algún día no necesitaría medicamentos, ni ir a terapia. Al día siguiente, la psiquiatra lo dijo como si fuera evidente. Y después de eso, vino el duelo de verdad. Todos me decían que lo bueno es que lo sabes: ¡que alivio!, pero el alivio fue lo último que sentí. Durante meses lloré sin consuelo, no podía creer que después de tanto trauma, de tantos años, de todo ese trabajo, tendría que lidiar con un diagnóstico nuevo. Y uno tan grande. Me asustó todo lo que imaginé que se cerraba. Entre otras cosas, la posibilidad de ser madre. Mi doctora había sido clara: el medicamento principal que tomo puede provocar malformaciones fetales. Bajo ninguna circunstancia podía quedar embarazada. Sabía que muchos de esos miedos venían de la ignorancia. A veces eso ayudaba. Pero ninguna explicación alcanzaba del todo. Había algo más profundo que entender: no se trataba solo de saber, sino de aceptar. Aceptar implicó aprender a leerme de nuevo Mis ciclos La hipomanía es un estado de ánimo elevado, expansivo o irritable y un aumento de energía inusual, menos grave que la manía. Dura al menos cuatro días seguidos, con síntomas como menor necesidad de sueño, gran locuacidad, autoestima elevada y alta productividad . Cuando estoy en hipomanía, tengo una energía desbordante. La autoestima sube, siento que todo es posible. Mantengo la casa impecable, veo a mis amigos, hago planes, me río, gasto más de lo que debería. Hay momentos en que el dolor —un corazón roto, por ejemplo— activa ese estado y un deseo enorme de vincularme con otros aparece. Me expongo a situaciones de riesgo con tal de que me lleven a estas emociones extremas, entre ellas el sexo. Siempre creí que era algo que disfrutaba (que sí, disfruto), pero cuando estoy en este ciclo se vuelve algo más impulsivo que placentero. Durante mucho tiempo creí que esa era mi mejor versión. La versión que, por fin, había logrado ser. Pero no. Después de subir, uno baja. Ese ánimo desbordante, es sólo el anuncio de un episodio depresivo. Lo sé cuando despierto y me invade una idea fija: me repito que todo está mal, que soy tremendamente infeliz y estoy cansadísima de mi misma. He notado que esta tristeza se mezcla con irritabilidad, la cual hace que la percepción de mi misma empeore. Estar con mucha gente me da pánico, me siento como una herida expuesta que todos están mirando.Con mucho esfuerzo voy a trabajar pero los días que no tengo que salir, me hundo en mi cama, no me baño y solo duermo muchas horas porque se siente como morir. Usualmente este ciclo es el más largo y puede durar de 3 semanas a dos meses. Mientras pasa tengo que fingir que soy funcional porque la vida no perdona. La idea del suicidio también aparece en esos ciclos. Este es el síntoma que más hemos logrado controlar controlar con la medicación, pero cuando no la tomo, empiezo a ordenar mi muerte otra vez: Hoy recuerdo que la primera vez que quise morir tenía ocho años. Esa idea me acompaña desde entonces. Ha vuelto muchas veces, pero esa, la última, fue distinta: sentir aquel terror, a pesar de que todo estaba bien, la hizo más aterradora que nunca. Hoy entiendo que muchas de esas veces no era yo, o no del todo. Estaba descompensada. Pero hay algo que pesa más que todo lo demás: la culpa. Me da culpa las partes de mí que otros alcanzan a ver. Con los años, los momentos de oscuridad dejaron de ser privados. Los han visto mis amigos, mis parejas. Y no siempre hay espacio para explicar, ni para reparar. Hay cosas que quedan así, suspendidas, sin cierre. Vivir este duelo ha sido mucho de mirar para atrás. Revisar cada escalón. Tratar de aceptar que algunas situaciones no tienen arreglo. Vengo de un pueblo muy católico: la culpa es mi segundo nombre. A veces siento que hay un velo entre lo que pasa y lo que siento, y que dependiendo de mi ánimo ese velo se vuelve más o menos espeso. En crisis, casi no veo nada con claridad. Todo se nubla incluso a veces mis afectos. Esa culpa ha sido muy difícil de llevar en los primeros meses, me mantuvo muy deprimida, con mucho terror porque aprender a lidiar con esta enfermedad también significa equivocarse y lamentablemente quien más ve los síntomas son las personas que más amas. Han pasado 6 meses desde mi diagnóstico, no me siento en una vida normal como dicen los doctores, no me siento en la mierda de estar sin medicación. Los días malos son menos y ya se que hacer. No se si esa normalidad llegará, no sé si la culpa algún día dejará de pesarme, solo se que seguiré aprendiendo, seguiré tomando mi medicación, yendo al doctor, porque esta enfermedad aunque me la cargué yo, también afecta a los que me rodean, quizás no me cure pero quizás algún día me perdone lo que hice mal y llegue a la conclusión de que no soy solo alguien bipolar. Cuento esto porque, en toda mi investigación, en todo lo que encontré sobre lo que significa ser bipolar, aparece una idea insistente de “normalidad”. Y yo no me siento normal todavía. Por eso quise abrir este espacio: para exponer el relato de alguien que sigue en tránsito, que aún no llega a ese lugar prometido. Porque esto también es parte del proceso. Nombrarlo, habitarlo, sostenerlo: aunque no tenga forma de final, también es una manera de avanzar.
- El pingüino de Humboldt no desaparecerá solo
Foto de Olaf Oliviero Riemer Cada año, miles de pingüinos de Humboldt mueren en las costas de Chile y Perú, en su mayoría atrapados en redes de pesca. Mientras su población disminuye, la protección legal de la especie se redefine, en un escenario donde las amenazas avanzan más rápido que su capacidad de recuperarse. La cueva está vacía. Donde antes había un nido, ahora solo queda tierra removida y pedacitos de cáscara. Alejandro Simeone, biólogo, doctor en ciencias naturales y experto en el pingüino de Humboldt, se agacha para mirar más de cerca. No hay rastros de depredadores. No hay plumas tampoco. Solo huellas humanas marcadas sobre el suelo húmedo. Alguien entró, caminó hasta el fondo y salió. Ese nido no se va a volver a usar. Lo que encontró es una imagen que hoy es cotidiana. A lo largo de la costa del Pacífico, entre Perú y el sur de Chile, el pingüino de Humboldt enfrenta una caída sostenida. Cada año, entre 2.000 y 3.000 de ellos mueren, la mayoría atrapados en redes de pesca. Pero lo que desaparece no es solo el pingüino. El pingüino de Humboldt no es solo una especie aislada. Es parte de un equilibrio mayor. Al alimentarse de peces como la anchoveta y la sardina, regula poblaciones clave del ecosistema marino. Su desaparición no ocurre en solitario: altera cadenas completas, desplaza especies, modifica dinámicas que también sostienen actividades humanas como la pesca. Cuando el pingüino retrocede, el sistema que lo sostiene empieza a desordenarse. “Si tuviera que decir el principal problema hoy, son las redes de pesca”, afirma Simeone, que lleva décadas estudiando la especie. “Hay casos en que una sola red puede matar decenas de individuos adultos en período reproductivo”. La escena se repite: aves que se sumergen a cazar y no vuelven. En la isla, mientras tanto, quedan los nidos. Polluelos esperando un alimento que no llega. En tierra, la amenaza adopta otra forma. Sara Rodríguez, bióloga marina y académica de la UCSC, recorre mensualmente la península de Hualpén para registrar aves costeras y mamíferos marinos. En sus recorridos, las señales no siempre aparecen en cifras. A veces están bajo los pies: nidos pisoteados, huevos destruidos o colonias alteradas: “Ellos necesitan lugares muy específicos”, explica. Cuevas, grietas entre rocas, sectores poco intervenidos. “Si ese hábitat se altera, se van. No vuelven”. En ese escenario, una decisión reciente encendió las alertas. La noticia llegó un martes 17 de marzo, el Ministerio del Medio Ambiente anunció el retiro de 43 decretos impulsados durante el gobierno de Gabriel Boric, para ser reconsiderados. Entre ellos, uno especialmente sensible: la propuesta que buscaba declarar al pingüino de Humboldt como monumento natural, alarmando a la comunidad científica. Según el Ejecutivo, el objetivo es revisar los fundamentos técnicos y jurídicos utilizados antes de continuar con su tramitación. La población actual del pingüino de Humboldt, cuenta Sara Rodríguez, es de alrededor de 10.000 individuos, con el 80% de la población mundial en Chile, y con la mayor cantidad ubicada en la Isla Dominga, y de estar “bajo amenaza”, pasó a estar “en peligro de extinción”. La presión sobre la especie no solo se mide en muertes inmediatas, sino en su capacidad de recuperarse, porque el pingüino de Humboldt tiene un desarrollo lento. Un polluelo puede tardar entre cuatro y cinco años en reproducirse por primera vez, y varios más en hacerlo con éxito. “Un individuo que muere hoy puede tardar hasta ocho años en ser reemplazado”, explica Alejandro Simeone. “Si las amenazas siguen al ritmo actual, la recuperación simplemente no alcanza”. Para quienes trabajan en conservación, las decisiones no siempre son evidentes: “A veces hay que elegir qué islas visitar y cuáles no, porque los recursos son limitados”, cuenta Simeone. Cada salida implica costos, logística, tiempo. Pero también una recompensa difícil de traducir: observar a los animales en su entorno, aún resistiendo. Desde la sociedad civil, la preocupación se comparte. Para Nancy Duman, directora de la ONG Sphenisco , organización dedicada a la protección del pingüino de Humboldt, sigue de cerca el destino del decreto: “Esperamos que esto sea realmente una revisión para mejorar la propuesta y no un freno definitivo”, señala. Duman explica que, si bien Chile ha suscrito convenios internacionales y ha creado áreas protegidas, existen vacíos importantes. “Las zonas de alimentación no están suficientemente resguardadas. Y sin alimento, no hay conservación posible”. En paralelo, el avance de proyectos industriales en zonas costeras tensiona aún más el escenario. “Muchas veces la información que circula minimiza los impactos reales”, advierte. Para ella, el problema de fondo es más profundo: una falta de voluntad para entender que la salud del ecosistema sostiene también la vida humana. Desde el ámbito jurídico, la diferencia entre proteger y no hacerlo puede ser determinante. Lina Gantz, abogada especializada en derecho ambiental , explica que la figura de monumento natural implica uno de los niveles más altos de protección en la legislación chilena. “Cualquier intervención en el hábitat tendría que cumplir estándares muy estrictos. Actividades como capturar, cazar o intervenir nidos quedan prohibidas”, detalla. Sin esa categoría, el panorama se vuelve difuso. “Lo que suele ocurrir es que aparecen acciones contradictorias en el territorio”, dice Gantz. “No hay claridad sobre qué se puede hacer y qué no, y eso termina afectando tanto a quienes intentan proteger como a quienes desarrollan actividades”. Reparar el daño, además, no es inmediato. La legislación exige determinar responsabilidades, iniciar investigaciones y enfrentar procesos en tribunales ambientales. Un camino largo, mientras el deterioro sigue avanzando. El pingüino de Humboldt ya está catalogado como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Un estado frágil, que puede inclinarse con facilidad a la extinción. La discusión sobre decretos y categorías legales parece lejana, pero se juega en esos detalles. En si una zona queda resguardada o expuesta o en si una actividad se regula o se permite. En algunas islas del norte chico, donde antes el sonido dominante era el de colonias completas, hoy el paisaje es otro: pocas aves y espacios vacíos entre las rocas. La cueva que observó Simeone sigue ahí, abierta hacia el mar. Ninguno ha vuelto a ocuparla. La discusión sobre decretos y figuras legales puede parecer lejana, pero en la práctica define si especies como el pingüino de Humboldt tendrán un lugar donde seguir existiendo. En un ecosistema cada vez más presionado, la diferencia entre proteger o postergar puede ser, simplemente, la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.
- Mujeres que oyeron galopar la diferencia
En medicina, la regla es buscar lo más probable: “si escuchas galopes, piensa en caballos”. Pero en Chile, miles de personas viven con enfermedades raras que no encajan en ese principio. Frente a diagnósticos tardíos y un sistema con brechas, son las madres y cuidadoras quienes identifican lo distinto, construyen redes y sostienen la vida cotidiana. Si escuchas galope, piensa en caballos y no cebras . La metáfora la creó el doctor Theodore Woodward para enseñar a buscar diagnósticos comunes en vez de enfermedades raras, con el objetivo de evitar explicaciones complejas cuando la causa más probable es simple. Aunque esta frase es útil para la eficiencia médica, la biología nos sorprende con variaciones genéticas. A veces donde buscas un caballo realmente hay una cebra. Ciara, de 3 años, tiene una cebra. La niña posee el Síndrome Moebius, una patología que causa parálisis facial. Camila, de 35 años de edad, también. Tiene huesos de cristal, vive con el trastorno genético Osteogénesis Imperfecta. Ciara y Camila son chilenas y tienen una enfermedad rara (ER), huérfana o poco frecuente. Aunque de manera individual estos padecimientos se presentan en menos de una de cada 2.000 personas, según la Unión Europea (EU) , en el mundo existen más de 7.000 patologías de este tipo que, en conjunto, impactan a más de 300 millones de personas. Muchos números y estadísticas pueden confundirnos y hacernos perder de vista lo esencial. Por eso, voy a contarte sobre las ER a través de Ciara y Camila y las redes de cuidado que se construyeron alrededor de sus diagnósticos. Transitar lo desconocido El 3 de mayo del 2022 Carla estaba por dar a luz a su cuarta hija y se sentía tranquila. Ella dice que lo veía como un trámite. Sabía lo que ocurriría. Traía la experiencia de partos anteriores. No obstante, cuando nació Ciara y el personal médico la puso a su lado, se dio cuenta que había algo distinto. A la bebé se la llevaron rápidamente al área de neonatología y la madre recuerda que su mente entra en otra dimensión, en un estado de shock según sus palabras. No recuerda mucho de lo ocurrido durante los 30 días de hospitalización junto a su hija, salvo hitos que la marcaron. Uno fue cuando al verla por primera vez en la incubadora, conectada a máquinas que la monitoreaban, sintió que su cuerpo se desvanecía mientras le preguntaba a la pediatra si la bebé moriría. En ese momento no tuvo certezas ni diagnóstico. A los cuatros días del parto el equipo médico le informó que su hija nació con el Síndrome Moebius y que no respondía a la alimentación vía sonda. Además, le explicaron que no podría alimentarse de manera natural, ya que, a causa de su condición, tiene una parálisis facial que no le permite coordinar los movimientos para succionar y tragar, provocando que la leche pueda irse a los pulmones y generar una broncoaspiración que le causaría la muerte. Carla no entendía. Nunca había escuchado sobre el síndrome Moebius. El pronóstico lo asumió como fatal. Una situación parecida vivió Camila Herrera Ramírez, quien cuenta que cuando nació, a su mamá le dijeron, sin mayor explicación, “que yo me iba a morir”. Ciara y Camila fueron observadas desde una mirada tradicional. Los equipos médicos buscaban caballos donde había cebras y sus madres asumieron los cuidados y apoyos guiándose por el instinto, el amor, la investigación, hasta lograr activar redes que arropan cuerpos y biografías singulares. Una arquitectura del cuidado en territorios incluso muy poco transitados por la medicina. La doctora Rosa Pardo Vargas, pediatra, genetista clínica y presidenta del Congreso de Enfermedades Raras, Poco Frecuentes y Huérfanas en Chile (CERPOHCHI) relata que esta escena es frecuente, recalca que es importante cuestionar, estudiar y: “no decir nunca jamás, porque la biología no es exacta”. Aclara que el poco tiempo con los y las pacientes dificulta investigar más a fondo y es una de las causas del problema. Lagunas en los sistemas de salud El diagnóstico de una ER en promedio demora cinco años. Este proceso complejo de consultas, exámenes, pruebas y derivaciones que atraviesan las personas junto al desgaste físico y emocional se conoce como "odisea diagnóstica". En Chile, la búsqueda se extiende hasta 10 años en regiones aisladas, pero baja a tres en Santiago, la capital. Según una investigación médica , esto se debe a la división del sistema de salud entre sector público y privado, la escasa coordinación entre instituciones, la falta de especialistas y su centralización, y un marco legal insuficiente pese a la Ley 21.743 y la Ley Ricarte Soto . La falta de información sobre las ER provoca el fenómeno llamado activismo epistémico o de conocimiento, señala Nicolás Schöngut-Grollmus, PhD en psicología social e investigador en enfermedades raras. Ocurre cuando las personas con una ER y quienes ejercen las labores de cuidados y apoyo, que principalmente son mujeres, desarrollan experiencias por necesidad, lo que carga la responsabilidad en el individuo. Carla, la mamá de Ciara, comenzó a investigar sobre el síndrome Moebius traduciendo estudios científicos y llevando carpetas completas a las consultas para explicarle al personal médico no especializado sobre la condición de su hija. Llegó a viajar a Estados Unidos cuando la niña tenía un año, en busca de otra opción médica. La madre sabía más sobre la enfermedad que los y las profesionales, desafiando los modelos clásicos de relación médico-paciente donde se presume que el o la profesional tiene el conocimiento para diagnosticar y tratar la ER, tal como lo respalda la investigación científica . En la historia de Camila también se evidencian las fallas. En el 2013, sufrió una caída, se golpeó la cabeza y se fracturó la clavícula. Fue a urgencias, donde comenta que allí le invalidaron el conocimiento sobre cómo funciona su cuerpo y le dijeron que podría ser un esguince o un golpe. Tras una radiografía, se dieron cuenta que Camila tenía la razón. Porque en su vida la explicación compleja es la más probable. Su realidad es que tiene huesos de cristal. Mujeres que cuidan y organizan “Yo era como una masa", eso le dijeron a la mamá de Camila cuando ella nació. Quebrada, sin expectativas de vida. Fue una noticia dura para la familia. A partir de ese momento se activó una red para ayudarla. El primer apoyo fue el del sacerdote católico Mariano Puga, defensor de los Derechos Humanos y conocido como “cura obrero”, quien gestionó su operación en Francia cuando Camila tenía dos años. La mamá de Camila, Gladys Ramírez Gómez, conocida como “La Popa” era dirigente social y pobladora que desde 1988, junto a otras personas, ayudó a un grupo de jóvenes voluntarios a crear un jardín infantil con metodología Montessori en la población Digna Rosa de Cerro Navia, una comuna al norponiente de Santiago, donde vive hasta hoy. Durante la infancia de Camila algunos de esos jóvenes voluntarios, que estudiaban medicina o educación parvularia, apoyaron a su madre. Investigaron sobre la condición de la niña, en ocasiones aportaron económicamente y las acompañaron a controles en la Teletón, una fundación sin fines de lucro, creada en 1978 dedicada a la rehabilitación integral de niños, niñas y jóvenes con discapacidad motora. “Afortunadamente mis papás tuvieron red de apoyo y fueron súper inquietos en todo lo relacionado a mi”, cuenta Camila. La Popa, su madre, quiso ayudar también a otras familias que atraviesan por lo mismo. En el año 2005 creó la fundación Amigos de Jesús, una casa de acogida que acompaña a personas con discapacidad y a sus familias, con el objetivo de mejorar su calidad y promover su inclusión social y laboral. La red de apoyo de Ciara también es sólida y la articula su mamá, Carla, quien es educadora de párvulos en un colegio tradicional. Ella trabaja 30 horas semanales y cuando no está en casa el cuidado de la niña lo asume la abuela paterna, Olga Ruter Cortés, trabajadora de casa particular con 64 años de edad. Juntas aprendieron a reconocer las necesidades y emociones de la niña, que por su condición, no puede gesticular ni mostrar expresiones faciales. Ciara está sentada a su lado en su silla de comedor gris, viste una polera de flores blancas junto a un short verde agua. La peina una de sus hermanas. La madre observa esta escena y con orgullo cuenta que siempre defienden a su hermanita menor cuando alguien se burla de ella. Del círculo de amparo frente a lo poco común hacen parte el grupo Síndrome Moebius de América Latina, que consta de 380 personas en donde alguno de sus integrantes tiene la enfermedad, y los profesionales de la salud que han atendido a Ciara. Estos últimos son una kinesióloga que conoció cuando nació la niña y que le aseguró que podría alimentarse sola y la ayudó a lograrlo; una neuróloga que la acompaña incluso en aspectos personales; una enfermera que le envía textos sobre el síndrome; una oftalmóloga que le dio muestras de gotas para los ojos de su hija; y una terapeuta ocupacional que la atiende dos veces por semana y que logró, durante enero del 2026 que diera sus primeros pasos. El camino de Ciara es uno andando por mujeres que cuidan. No es casualidad. Abrigar la vida y construir la fuerza Un informe publicado en 2025 por el Ministerio de Hacienda junto a ComunidadMujer señala que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerados es realizado principalmente por mujeres y representa un “19,2% del PIB Ampliado, superando la contribución de cualquier otra rama económica”. Donde hay condiciones que producen necesidades de cuidado como el cáncer, la demencia o las enfermedades raras con dependencia severa, hay mujeres sobrecargadas que se organizan ante la necesidad de disminuir la brecha de género en los cuidados no remunerados, construyendo redes y organizaciones como la agrupación Cuidadoras Unidas y Ciudadanas Cuidando. Asimismo, surgen colectivos impulsados por personas que viven con ER, además de organizaciones como la Federación de Enfermedades Poco Frecuentes en Chile (FENPOF) y la Federación Chilena de Enfermedades Raras (FECHER), que tejen comunidades y promueven políticas públicas que respondan a sus necesidades. Camila vive con una enfermedad rara y, al mismo tiempo, gestiona su salud con el apoyo de su madre. En el 2017, junto a Andrea Medina periodista de 43 años y otras seis personas, crearon la Fundación de Osteogénesis Imperfecta de Chile con el objetivo de: “generar acciones para la inclusión social de las personas con osteogénesis imperfecta (OI), mediante el trabajo colaborativo con familiares, profesionales y otras organizaciones nacionales e internacionales”, afirma su página web. Camila y Andrea se conocieron en la Teletón cuando eran niñas y tienen la misma cebra. Años después se hicieron amigas y comenzaron a divulgar sobre la Osteogénesis Imperfecta. Andrea cuenta que las encasillan como "problemáticas" porque se atreven a decirle al personal médico cómo deben atenderlas, qué tratamientos son o no adecuados para ellas y defienden sus derechos cuando sus decisiones son ignoradas o vulneradas. Gracias a los avances tecnológicos en salud las personas con ER pueden acceder a tratamientos que les otorgan mayor autonomía en sus vidas. Así es el caso de Camila, que estudió comunicación audiovisual, fundó su propia productora, es actriz de doblaje, crea contenido en redes sociales y dicta charlas sobre inclusión y discapacidad. Su experiencia de vida resuena en muchas personas y tiene una gran comunidad en TikTok e Instagram con más de 200 mil seguidores. Al final de la entrevista, un grupo de jóvenes se acerca a pedirle una foto a Camila. La conocen por redes sociales. Ella, que hace poco se había retocado su gloss y estaba maquillada, con las pestañas encrespadas y sus pómulos brillando por el iluminador, posa junto a las chicas mientras su amiga Andrea captura el momento. Cuentan que la escena es habitual, aunque a Camila le da vergüenza. Andrea, entre risas, dice que es como su manager. Le arregla el cabello, revisa que su maquillaje esté bien, le pide que sonría en las fotos y le recuerda siempre que “tiene que creerse el cuento”. Sin embargo, no todas las personas con ER cuentan con las mismas posibilidades. El 90% de las enfermedades de este tipo carecen de tratamientos efectivos, limitándose a cuidados paliativos y terapias no farmacológicas, generando alta carga de cuidados . Un peso que se ve incrementado porque hay menos leyes, protocolos y elementos protectores, enfatiza el investigador Nicolás Schöngut-Grollmus. En un sistema que invisibiliza lo raro, hay vidas como las de Ciara y Camila, las de sus madres, familiares y redes de cuidado que buscan respuestas en medio de la incertidumbre. Existen enfermedades que están en los márgenes de las estadísticas y las experiencias de quienes las viven también son conocimiento. Puede que la metáfora de los caballos sea efectiva para el personal médico porque prioriza el diagnóstico más probable, pero reconocer la existencia de las cebras no contradice la eficiencia, la enriquece. Este trabajo periodístico se publicó originalmente en el medio digital feminista, Alharaca, como parte de #CambiaLaHistoria2026, proyecto regional de periodismo constructivo y con perspectiva de género.. Encuentra más historias de ediciones anteriores en: www.cambialahistoria.info
- Cristianos LGBTQ+ en Chile: la fe queer que desafía a la iglesia
Fotos de Valentina Bird. Para miles de personas LGBTQ+ cristianas alrededor del mundo, los templos no son refugio, sino espacios donde su identidad es cuestionada, corregida e incluso silenciada en nombre de Dios. Sin embargo, en los márgenes de esas estructuras han comenzado a surgir comunidades de fe disidentes donde la espiritualidad, en lugar de castigar, repara. Esta es la historia de una agrupación chilena que decidió habitar la fe sin culpa, transformar el dolor en comunidad y demostrar que creer, cuando se hace desde el amor y la justicia, también puede salvar vidas. Una tarde de 2024, Nastia Ortíz se detuvo y le habló a Dios. Tenía 25 años y llevaba casi toda la vida asistiendo a una iglesia evangélica neopentecostal en Temuco, al sur del país. Allí había crecido. Y allí, también, había aprendido qué estaba bien y qué no. Pero algo ya no encajaba. Necesitaba un lugar donde no tuviera que dividirse. Donde su fe y su orientación sexual pudieran existir sin enfrentarse. La tristeza se le había instalado en el cuerpo ya. Estaba atravesando una depresión. Incluso, hubo días en los que pensó en morir. No por falta de creencia, sino por falta de espacio. Sentía que el mundo, y Dios dentro de él, no tenían sitio para ella. La idea de que su orientación sexual fuera incompatible con la fe la había ido encerrando en un cuarto sin ventanas. Sin embargo, dos semanas después, mientras miraba redes sociales sin buscar nada en particular, apareció un anuncio: círculo cristiano LGBTI+ afirmativo. La publicación llevaba días ahí. Nastia se quedó mirando la pantalla. Pensó en la oración de aquella tarde. Pensó en la coincidencia. La comunidad que la sostuvo se llama Abrazo Disidente. Un grupo de encuentro y refugio donde Nastia pudo dejar de negociar consigo misma. Allí comenzó a reconciliar su fe con su orientación sexual y a acercarse a una espiritualidad menos punitiva, más saludable. Creció escuchando que ser LGBTI+ era pecado. La palabra caía siempre igual: pecado. Cuando en la adolescencia entendió que era lesbiana, ese discurso se volvió un espejo torcido. Se odiaba en silencio. Después del colegio se tendía en la alfombra de su pieza y lloraba. Se preguntaba por qué no le gustaban los varones. Temía que Dios le revelara su secreto a los profetas de la iglesia, que alguien la señalara en medio del culto o que su nombre quedara expuesto. Y, sin embargo, algo no cerraba. No le hacía sentido que la diversidad sexual estuviera condenada por la Divinidad. Esa grieta fue el inicio. Empezó a leer las Escrituras con preguntas propias. “Si Dios es infinito y creativo, ¿por qué la creación sería binaria?”, se decía. Para Nastia, habitar lo cuir desde la fe dialoga con un versículo específico: Primera Epístola de Pedro 4:10, donde se habla de la multiforme gracia de Dios, de un Dios que se expresa de muchas maneras. En esa idea encontró una clave: si la gracia es múltiple, la existencia también. La diversidad no sería una falla, sino una expresión más de esa abundancia. “La imagen de Dios no tiene género ni sexualidad asignada. La Biblia dice literalmente que Dios es espíritu. No es hombre ni mujer y trasciende el género”, recalca Nastia Ortíz. Además, dice, Jesús también fue una incomodidad. Durante su paso por la tierra desafió las normas del templo, se sentó junto a quienes eran señalados como pecadores: trabajadoras sexuales, enfermos, marginados; y fue cuestionado por sanar en sábado. “Lo cuir comparte algo central con el evangelio: existir fuera de las normas dominantes”, afirma Nastia. En esa lectura, las identidades diversas no están en los márgenes de la Divinidad, sino que dialogan con ella. Esa forma de entender la Escritura le cambió el relato que tenía sobre ella misma. Y Abrazo Disidente le dio herramientas para enfrentar la homofobia internalizada que arrastraba desde la adolescencia. “Abrazo llegó a curar la herida, a reforzar mi identidad. Y en el fondo a decirme: ‘no estás equivocada, no eres un error, no estás endemoniada’”, dice. Creció con el miedo de que su orientación sexual arruinara su vida. Hoy habla sin bajar la voz. Para Nastia, Dios no es una amenaza sino una fuerza que la empuja hacia afuera . Una esperanza que la saca del encierro y la orienta hacia lo común. Por eso decidió involucrarse más. Se quedó. Se hizo parte de la organización. Hoy es su presidenta. Cree en el impacto de lo que han construido. Sabe lo que significa llegar rota a un lugar y que alguien te diga que no tienes que cambiar para quedarte. Inspirada en un evangelio que insiste en lo comunitario, recibe a quienes se integran con el mismo cuidado que la sostuvo a ella cuando llegó. En medio de las liturgias, afloja la solemnidad con un chiste breve. Después toma la guitarra. Su voz es suave, pero no titubea. Las manos marcan el ritmo y la sala cambia de temperatura. La fe, ahí, no pesa, sino que acompaña. Una fe inclusiva: cristianos LGBTQ+ Durante la pandemia, Tatiana Arredondo Ortega , 51 años, encontró comunidad a través de una pantalla. Se conectó virtualmente a una iglesia luterana en México, un espacio habitado por personas heterosexuales y LGBTI+ que intentaban pensar la fe desde otro lugar. “Queríamos que el espacio fuera disidente desde el lenguaje”, cuenta Tatiana, pastora cuir y feminista. “Hablar de todes, escribir oraciones inclusivas, rehacer el Padre Nuestro para que nadie quedara fuera de lo que estábamos diciendo”. Rezaban: Padre nuestro que estás aquí, entre nosotres . No arriba. No distante. Aquí. La oración dejaba de mirar al cielo y comenzaba a mirar alrededor. Dios no como supervisor moral, sino como presencia encarnada en la comunidad. Esa experiencia fue una semilla. En 2022 convocó a Pamela Robles , pastora lesbiana de la Comunidad de Fe Disidente y psicóloga clínica en Fundación Vasti, organización dedicada al abordaje de violencia de género, violencia eclesial y trauma, y a Gabriela Alegría , música lesbiana, diplomada en teología feminista y ex misionera bautista. La idea era simple y ambiciosa: crear en Chile una red virtual donde personas cristianas LGBTI+ pudieran vivir su vínculo con la Divinidad sin ocultarse. Así nació Comunidad Cuir Amanecer, un espacio horizontal de apoyo y reconciliación con la fe para personas excluidas de iglesias por no ser heterosexuales o cisgénero. Meses después, el grupo adoptó un nombre que condensaba su propósito: Abrazo Disidente. Exequiel Fuentes llegó por invitación de una amiga. Victoria, integrante de la comunidad, le habló de un grupo que estaba tomando forma y le presentó a Tatiana. Él tenía 28 años, es diseñador gráfico, evangélico y gay. Venía de atravesar su propio conflicto con la iglesia. No estaba buscando exactamente un lugar, pero algo en esa conversación le hizo quedarse. Tatiana necesitaba una identidad visual que le diera cuerpo y visibilidad a la comunidad que recién comenzaba. Exequiel, en paralelo, buscaba que su proyecto de tesis tuviera un propósito social. Las conversaciones se fueron encadenando hasta volverse trabajo compartido. Diseñó la marca, pensó el nombre, afinó los colores y la intención. Y así se consolidó también esa etapa bajo un mismo concepto. Tatiana, la pastora de Abrazo Disidente, reafirma que creen en un Dios amable lleno de amor y que la diversidad está en la Biblia. “Cuando centurión le va a pedir a Jesús que sane a su siervo, en realidad, en el texto lo que dice es que centurión le va a pedir que sane a su amigo cercano, a aquel que más ama. Entonces, ahí vemos una persona absolutamente cuir dentro del texto”, explica. Dios no quiere que muera Gabriela Alegría comenzó como misionera en 2017. La envió el pastor de su Iglesia Bautista, que también es su padre. Dejó Santiago de Chile para arribar a una zona rural de Paraguay, donde enseñaba música. Despertaba temprano y sentía que su vida tenía una dirección clara: unir arte y fe, servir, obedecer. La misión terminó en diciembre de 2019, en Portugal. Allí, después de contarle al director de la organización Palabra de Vida que había tenido relaciones con una mujer, la expulsaron. “Fue súper traumático. Fue horrible. Yo estaba sola, no tenía familia ni red de apoyo; esa era mi red. Entré rápidamente en una depresión profunda porque se me desarmó todo”, recuerda. Dependía de patrocinadores para sostener su trabajo, así que no tenía dinero para regresar a Chile. Su hermana menor y una amiga reunieron lo necesario para pagar el pasaje de vuelta. Desde 2016, cuando entendió que era lesbiana, la culpa se había instalado en su rutina. Pero tras la expulsión, el peso se volvió asfixiante. Lloraba todos los días. No quería romper con Dios. Sí con la institución que la había dejado fuera. En medio de esa ruptura, llegó a una certeza. “Dios quiere mi bienestar y quiere que yo viva. Y si sigo negando mi identidad, me voy a morir. No puedo vivir así. Dios no quiere que viva de esa manera”. Esa frase dejó de ser una idea y se convirtió en decisión. De hecho, esa certeza se volvió su ancla. Empezó a sentir a Dios no como un vigilante, sino como un ser amoroso. En enero de 2023 renunció a la iglesia: entendió que allí nunca la tratarían como igual. Ya no quería encarnar el molde de mujer ejemplar, hija de pastor, misionera obediente, funcionaria de una institución que la negaba. Salió a buscar su propia manera de vivir la espiritualidad.Y en ese camino se cruzó con Tatiana. El grupo que comenzaron a levantar le permitió volver a la fe sin miedo. Gabriela extrañaba la iglesia y sus actividades: el canto colectivo, la oración compartida y la sensación de pertenecer a una comunidad. Y en Abrazo Disidente encontró algo que se parecía a casa. Un lugar donde podía ser vulnerable sin mentir y donde no tenía que editar su historia para quedarse. Esta comunidad prioriza el acompañamiento espiritual y emocional a través de redes de apoyo y una narrativa que celebra la diversidad. Se reúnen virtualmente los jueves para orar y los domingos para reflexionar desde la teología cuir y feminista. Hoy convoca a más de 30 personas entre 20 y 50 años. La mayoría proviene de iglesias evangélicas (pentecostales, carismáticas, bautistas, metodistas) y también hay participantes de tradición católica. Principalmente están en Chile, aunque se conectan desde México, Colombia y Guatemala. Muchas han vivido rechazo familiar y violencia en espacios religiosos. Exequiel Fuentes llegó por invitación de una amiga. Victoria, integrante de la comunidad, le habló de un grupo que estaba tomando forma y le presentó a Tatiana. Él tenía 28 años, es diseñador gráfico, evangélico y gay. Venía de atravesar su propio conflicto con la iglesia. Salvarnos en comunidad Los espacios LGBTI+ afirmativo cristianos son importantes porque rescatan y salvan vidas. Son redes fundamentales para salud mental y recuperación de las personas que han sufrido discriminación o violencia eclesial como los Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género (ECOSIG), prácticas que tiene la intención de cambiar la orientación sexual, la identidad o expresión de persona de personas LGBTI+ y que ocurren, en muchas ocasiones, de comunidades religiosas. Exequiel lo experimentó en primera persona. Reunió a su familia en la sala de estar y les contó que es gay y vive con VIH+. Los sorprendió, pero no lo rechazaron. Con esa tranquilidad, decidió publicarlo en redes sociales, pero ahí la historia cambió. Lo que posteó, lo leyó el pastor de su iglesia y lo citó una vez a la semana para “reflexionar”, obligándolo a escuchar los supuestos pasajes bíblicos que condenan la diversidad sexual. También rezaban juntos. A la cuarta sesión, Exequiel se reveló. Le dijo que su enfoque era erróneo y que Dios no debía ser usado para discriminar. También le advirtió que no todas las personas tienen la misma fortaleza y que sus actos podían alejar a alguien de la religión. O peor aún: quitarle las ganas de vivir. Pamela Robles reconoce estas experiencias como violencia espiritual. Sobre las terapias de conversión o ECOSIG, expresa: “No son invitaciones con ese nombre explícito, sino que más bien están súper disfrazados de experiencia y encuentro espirituales, ya sea en forma de retiro, congresos, oraciones, liberaciones. Tienen muchas formas, pero todas con el mismo foco: intentar sanar a las personas de su desviación sexual o liberarla de ese pecado” y agrega que tiene un carácter de tortura. Por ese motivo, en 2022, Pamela junto a Fundación Vasti, realizaron un protocolo de abordaje de género en comunidades de fe que tipifica estas prácticas como violencia sexual. Para Tey Cárdenas Pérez , trabajador social trans de 33 años, Abrazo Disidente fue su salvavidas: le permite vivir su fe sin culpa y sentirse parte. En el caso de Orianny Cisneros Gonzaléz, abogada cuir de 31 años que llegó de Venezuela hace 11 años, dejó atrás su fe al migrar. Ya en Chile, tras un accidente que casi le cuesta la vida quiso reconectar con la Divinidad y encontró Abrazo Disidente, un lugar de calma y seguridad. Experiencias como las de Nastia, Exequiel, Gabriela, Tey y Orianny hay muchas. Están atravesadas por el dolor, no obstante, encontraron una comunidad que les ofrece herramientas para enfrentar el odio internalizado y una nueva narrativa sobre sus identidades. Es un refugio en el que Dios no condena, sino que acompaña y sostiene. Tatiana, la pastora de Abrazo Disidente, reafirma que creen en un Dios amable lleno de amor y que la diversidad está en la Biblia. “Cuando centurión le va a pedir a Jesús que sane a su siervo, en realidad, en el texto lo que dice es que centurión le va a pedir que sane a su amigo cercano, a aquel que más ama. Entonces, ahí vemos una persona absolutamente cuir dentro del texto”, explica. Agrega que en ninguna parte de las Escritura se menciona la homosexualidad y que el pasaje sobre “un hombre no someterá a otro a conocerse” -palabra usada en la Biblia para las relaciones sexuales- se refiere a violaciones en contextos de guerra del Antiguo Testamento, no a relaciones consensuadas entre personas del mismo género. Asegura que existen traducciones sesgadas de la Biblia que algunos pastores usan para justificar ideas discriminatorias. Ante la segregación, surgen espacios inclusivos como Abrazo Disidente. También como la Pastoral de la Diversidad Sexual de la Iglesia Luterana en Chile, Diversidad Vocal y la Pastoral de la Diversidad Sexual (Padis). Este último, un espacio católico con más de 15 años que busca “un encuentro vital con Jesucristo desde el reconocimiento y la valoración de nuestro ser una persona LGBTQ+, empoderándonos como un laicado protagonista en la construcción del Reino de Dios, acogiendo la diversidad como una oportunidad de ser testimonio del Evangelio”. Estas comunidades resisten al conservadurismo que intenta instalar que las personas LGBTI+ son pecadoras. Mientras los grupos antiderechos discriminan, ellas, elles y ellos salvan vidas, de la forma más literal posible. Entregan calma, resignifican la fe, contrarrestan la soledad y les permite sentirse creación divina. Siguen el camino de Jesús, que abraza lo que no encaja y se escapa de las normas. Este trabajo fue realizado por medio de la Beca Zarelia- Poder Elegir, impulsada por Festival Zarelia, Fundación El Churo, Wambra, con el apoyo del proyecto Poder Elegir de Oxfam en Latinoamérica y Asuntos Mundiales Canadá.
- Hablamos con Arelis Uribe a 10 años de Quiltras
Ilustración de Juanjo León. Han pasado diez años desde el lanzamiento de Quiltras, el libro que convirtió a Arelis Uribe en una de las escritoras chilenas más prolíficas y honestas de la región. Hoy, a sus casi 40, la autora saca en limpio varias reflexiones: dice que ya no teme a la crítica ni al qué dirán. Su batalla ahora es más silenciosa, pero igual de firme: cuidar sus plantas, escuchar lo que dicen las personas en la calle y prepararse para volver a escribir columnas cuando "la gente se ponga demasiado maléfica". Ahora, con la calma que da el mar y la madurez, Arelis ya no tiene el miedo que la embargó en su primer lanzamiento. Hay una distancia física y vital entre la joven periodista que escribía sobre el Santiago periférico y la mujer que hoy habita un cerro en Valparaíso. Diez años separan a Arelis Uribe de Quiltras, ese, hoy llamado clásico literario que en 2016 sacudió la narrativa chilena con una prosa popular, mestiza y lesbiana. Hoy, con la calma que da el mar y la madurez, Arelis ya no tiene el miedo que la embargó en su primer lanzamiento. Es expresiva y habla de su vida como una narradora: llena de gracia. A diferencia de quienes ven la literatura como un mero hobby o un lugar de desahogo, para Arelis la imagen que la mantiene con los pies en la tierra es concreta: el fin de mes. "Lo primero que me mantiene con los pies en la tierra es que hay que pagar cuentas", dice entre risas. "Es muy mundano, pero es un anclaje real. Hay que trabajar, pagar arriendo, pagar la vida. Eso y mi familia son lo más real que tengo", dice la escritora. Si en Quiltras la escritura era un acto de libertad y una "valentía aterrada", hoy la relación es distinta. Se ha vuelto un oficio. "Ahora es mi trabajo. A veces me siento estancada porque los procesos creativos son complejos, pero sigo sintiendo el cariño. Me escriben mujeres, autoras más jóvenes, me regalan libros. Siento el cariño de los lectores y eso es muy bonito", menciona. *** En estos diez años han pasado tantas cosas: el país ha transitado por un vertiginoso arco de transformación que comenzó con el agotamiento del ciclo de reformas de Michelle Bachelet y la posterior parálisis política del segundo mandato de Sebastián Piñera, para luego fracturarse definitivamente con el estallido social de 2019. Un hito que desbordó las instituciones y forzó la apertura de un incierto camino constituyente; y si bien el ascenso de Gabriel Boric al poder en 2022 simbolizó un cambio de era, las grandes promesas de cambio estructural conviven ahora con la urgencia del orden público, la estabilización económica y la instalación de la ultraderecha. Arelis es crítica con la política. Habla de una distancia con la nueva izquierda y la autora reconoce un quiebre. . "Hoy soy una decepcionada de la política institucional", confiesa. "Creo más en los movimientos autónomos a la hora de resistir y organizarse. Una es utópica y se queda con el tejo pasado". Para Uribe , la institucionalidad ha demostrado sus límites, y esa decepción la ha devuelto a lo básico: la asamblea de vecinos, la marcha del 8M y la defensa de la subjetividad frente a "la dictadura de la heteronorma" y el centralismo. Ella mira el avance de la derecha con respeto, pero sin miedo. Entiende que la política no es una línea recta, sino un terreno de idas y vueltas. Para la autora, estos ataques contra lo que ya se ganó son, en realidad, un empujón para organizarse con más fuerza; una pelea que hoy se siente capaz de dar con más cancha que hace diez años. En este panorama, la vuelta de Quiltras no es solo una reedición y está más vigente que nunca: un libro que les da el micrófono a los de abajo, a las lesbianas que no encajan y a los jóvenes que nadie escucha, plantándole cara a un poder que siempre ha sido de los mismos. Lo de los símbolos importa, dice ella, pero es solo una parte de la pelea. Es el frente donde se defienden las ideas para que, por más cansancio que haya, nadie les pase por encima a los que siempre han vivido en los márgenes. "Quiltras es un libro que habla de las clases populares en una sociedad donde el poder económico y simbólico está secuestrado por las clases dominantes. Es un aporte a la batalla cultural, pero lo simbólico no lo es todo; hay que dar la pelea desde la vereda de cada uno". La política en ella también se manifiesta en su trabajo. A pesar de la profesionalización, Uribe se niega a convertirse en una "máquina de productos". En su casa en un cerro de Valparaíso, rodeada de plantas y cuadernos llenos de frases sueltas, Uribe sigue escribiendo como empezó: anotando la vida cotidiana. "Hago lo que amo y no me traiciono", dice sobre su labor como docente y escritora freelance. Para ella, la autonomía financiera es el primer paso para la libertad de pensamiento. "Mi proceso creativo es muy genuino, lúdico y ocioso, muy lejos del mercado. No permito que los conservadores pasen máquina sobre mi vida". "Primero es la idea, la técnica, y cuando está listo y a mí me gusta, pienso en venderlo. Nunca es al revés", explica. Aunque reconoce que vivir exclusivamente de los derechos de autor es muy difícil en Chile y aún no lo logra por completo. Por lo que, ha encontrado el equilibrio en la docencia. "Vivo de la literatura porque enseño a otros a escribir. Propicio que otras personas lean. No me traiciono: hago lo que amo". La reedición de Quiltras, de Arelis Uribe por editorial Planeta, está disponible en todas las librerías del país. La autora vive en Valparaíso y dice que no fue solo un cambio de ciudad, sino un acto político. Al alejarse de Santiago, la escritora comenzó a ver las grietas del centralismo chileno y a conectar con una "ecología popular" que antes le era ajena. “Antes era una pedante santiaguina. Ahora, vivir fuera me ha generado un cambio en mi identidad". Ese cambio incluye una conexión mística y política con la tierra. "He aprendido que el oro no se puede comer; lo que se come es lo que cultivas. Confío en lo intuitivo y trato de esquivar el mercado lo más posible", reflexiona. A sus casi 40 años, ya no teme a la crítica ni al "qué dirán". Su batalla ahora es más silenciosa pero igual de firme: cuidar sus plantas, escuchar el habla de la calle y prepararse para volver a escribir columnas cuando "la gente se ponga demasiado maléfica". Porque, para la autora de Quiltras, la política es la capacidad de rescatarse a una misma y a su comunidad de la oscuridad. Repite: “No me traiciono: hago lo que amo”.
- Trenzar la identidad: una crónica sobre abrazar la propia historia
Fotos de la única e inigualable Valentina Bird <3 Hay cabellos que pasan años sin mostrarse tal cual son. El de la estilista Sonia Murillo permaneció oculto bajo alisados y extensiones desde la adolescencia, cuando la belleza capilar parecía tener una sola forma posible: lisa, dócil, ordenada. No fue hasta migrar a Chile que inició un lento retorno hacia su afro natural, un proceso que con el tiempo terminaría convirtiéndose en su oficio, desde el cual hoy acompaña a otras mujeres que han vivido experiencias similares. “La posición liminal que ocupa el pelo es fundamental para su significado. Crece en la frontera entre la persona y el mundo”. — Siri Hustvedt La primera vez que se mostró con su pelo al natural tras más de quince años de ocultamiento, Sonia Murillo sintió que caminaba desnuda. Como si la mirada de cada transeúnte se posara en el volumen de su textura espiral, abundante y desperdigada. Era un día de verano de 2019 en la Plaza de Armas. Desde hacía tiempo, Sonia arrastraba el cansancio de sostener una imagen que ya no sentía propia. Las extensiones capilares que había usado de manera ininterrumpida desde los 18 años le habían servido para ocultar el afro heredado de sus padres, nacidos en el Chocó, región del Pacífico colombiano donde la mayoría de la población es afrodescendiente. Ese día, su novio de entonces, Jose, con quien compartía un departamento en Estación Central y conocía su historia capilar, la animó a salir a comer sin extensiones. Sonia se miró al espejo y detuvo la mirada en su pelo natural, sin intervenirlo. Junto a su pareja salieron del departamento, tomaron el auto y se dirigieron al centro de Santiago. Estacionaron cerca de la Plaza de Armas para ir por unos completos al Portal Fernández Concha. Al bajarse del auto, Sonia no pensó que llevar su cabello suelto terminaría por cristalizar una decisión que hoy la llena de libertad: dejar de cargar con el esfuerzo cotidiano de esconder su pelo y asumirlo como una parte central de su vida. Pero una cosa era dejarlo natural y otra, dejarlo crecer. Su textura, saturada por años de químicos alisantes, necesitaba recuperarse para volver a su forma real. Por eso comenzó a peinarse con las trenzas africanas que había aprendido desde niña, pegadas a la raíz. Cuando su pelo empezó a tomar largo, en sus grandes ojos castaños apareció una sonrisa. Eso se ve en una de las muchas selfies con las que registra su proceso capilar: imágenes que muestra a otras mujeres en su salón, donde realiza trenzados africanos, para recordarles que la autoaceptación del pelo afro es un camino posible. Si se quisiera, los tres mechones que componen una trenza podrían simbolizar tres etapas entrelazadas de la vida de Sonia: su infancia hasta los quince años, cuando llevaba su cabello natural y trenzado; el largo periodo de alisados y extensiones que ocultaron su textura afro; y, finalmente, el regreso a su pelo natural, ya instalada en Chile. De sus 37 años, al menos veinticinco los ha pasado trenzando. *** Es mayo de 2025. Han pasado seis años desde su transición capilar. Sonia luce unos faux locs , rastas falsas, que le llegan hasta la cintura, peinados por ella misma sobre su afro, y que realzan aún más su estatura, de un metro setenta y cinco. Pasa la tarde en su pequeño salón de Ñuñoa: un taburete frente a un espejo de cuerpo completo, repisas con mechones colgantes, peines, cremas y herramientas de trenzado. Viste jeans y una camisa negra de ecocuero oversize. Sus manos se mueven con la fluidez que los rayos del sol al desvanecerse sobre la ciudad. Frente a ella está Isabel, su amiga venezolana de 54 años, con la cabeza inclinada mientras Sonia le desenreda el cabello para comenzar el peinado crochet, un tipo de trenza africana que consiste en entrelazar mechones sintéticos sobre trenzas base pegadas a la raíz. En unas tres horas, Isabel saldrá con unas ondas voluminosas que ocultan el trenzado subyacente. Entre risas, propias de dos amigas que se conocieron hace años en una peluquería en Recoleta y que siguen compartiendo confidencias, Sonia avanza con las trenzas base. Cada mechón que incorpora exige precisión, ritmo, paciencia. Los dedos vuelan, mientras su rostro permanece en calma. —A Isabel no le gusta su cabello afro —dice Sonia sin dejar de trenzar. —No, mi amor. No me gusta. Siempre llevo el pelo liso —responde Isabel—. Y las trenzas crochet son comodidad: no tengo que secar el pelo ni arreglarlo. —Es algo psicológico —insiste Sonia—. Nos enseñaron que era feo. Así crecimos. Isabel observa a su amiga con una pequeña mueca después de sonreír, como si le fuera sin cuidado lo que acaba de decir. Lleva años recurriendo al alisado brasil cacau para mantener su cabello liso; si no, opta por las trenzas que Sonia le hace con minuciosidad. Cada vez que se juntan, Sonia intenta convencerla de que su pelo, tal como es, no tiene ningún problema. *** Cuando era niña, Sonia solía jugar en el suelo del living en su casa de barrio Manuela Beltrán, en Cali. De pronto sentía los dedos suaves de su abuela María posarse sobre su raíz y comenzar a trenzar. Una trenza. Otra y otra más, siempre pegadas al cuero cabelludo, siguiendo líneas perfectas. Observándola, Sonia aprendió el gesto y lo heredó: más adelante trenzaría a su abuela y también a sus muñecas. A los doce años ya trenzaba con habilidad. Peinaba a su hermana, a sus primas y a sí misma. Pero a los dieciocho, la hegemonía del cabello liso, alimentada por la industria cosmética y por el peso de la blanquitud como norma, terminó imponiéndose. Aún recuerda las frases que sus compañeros de colegio usaban para burlarse de ella y otras chicas de origen afro: “peli dura”, “pelo de estropajo”. En su barrio, en los noventa, era común ver a mujeres negras de distintas edades con el cabello alisado, incluida su mamá. Muchas usaban un ungüento casero de soda cáustica con aguacate que borraba la textura espiral. Entre los quince y dieciséis años, Sonia decidió probarlo. Encerrada en el baño de su casa, lo aplicó con cuidado para evitar quemarse el cuero. La forma redonda de su afro desapareció: amaneció con una melena lisa y recta, y con varias llagas en su casco, debido al contacto inevitable con el producto. Vinieron más alisados, luego la crema alisadora americana, que prometía mejores resultados. Después, el boom de las extensiones: mechones de cabello liso para cubrir el pelo natural y cumplir la expectativa social del pelo largo y “manejado”, que se extendió por todo Colombia. Con su prima viajaba a Puerto Tejada, una localidad cerca de su barrio caleño, para comprarlas, ahorrando peso a peso. Sonia se graduó del colegio con extensiones. Las mismas que usó cuando nació su hijo, cuando estudió técnico auxiliar contable, carrera que abandonó por falta de dinero, y mientras trabajaba en una fábrica de vitrinas, antes de decidir dejar su país. A los 29 años, Sonia emigró a Chile con sus extensiones onduladas, en busca de nuevas oportunidades. Trabajó en una panadería, luego en ventas y más tarde en salones de belleza en Recoleta. El verano de 2019, pocos días después de animarse a salir a la calle sin peinar su cabello y dejar atrás las extensiones, comenzó a ver tutoriales de influencers afrodescendientes de España y Estados Unidos que hablaban de la transición capilar. Algunas se hacían el gran corte; otras se trenzaban para dejar crecer el cabello natural más rápido. Sonia probó ambas cosas y aprendió sobre productos aptos para su textura. La pandemia la llevó a reinventarse. Volvió a trenzarse después de más de diez años y descubrió que ese conocimiento heredado podía convertirse en sustento. Comenzó en las playas de Pichidangui, ofreciendo trenzas africanas a veraneantes. En Santiago atendía a domicilio, tanto a chilenas como a migrantes. Trenzar se transformó en el oficio con el que hoy sostiene su vida y la de su hijo, quien ya cumplió 18 años. *** Trenza viene de trenzar , del latín trinitiare (de trinitas , “trinidad”), aludiendo al entrelazado de tres partes, que puede ser de cabello, fibras o cuero, entre otras. Históricamente, las trenzas han sido mucho más que un peinado: un gesto cargado de significados sociales, espirituales y estéticos. En el caso de las trenzas afro, su origen se remonta a miles de años atrás en diversas regiones del continente africano. La académica irlandesa Emma Dabiri, quien ha contado que dejó de alisarse el pelo al no poder seguir conciliándolo con su militancia política como mujer negra, explica en sus investigaciones que, durante siglos, las trenzas pegadas han sido un acto cotidiano dentro de la cultura africana. Diversos estilos de trenzado han aludido al estatus social, la profesión, el estado civil y otras formas de identidad de quien los lleva. Incluso durante la esclavitud en América, muchas mujeres africanas se hacían trenzas que, según relatos y tradiciones orales, funcionaban como puntos de encuentro o mapas para trazar rutas de escape en las plantaciones. En el acto de trenzar, expresa Emma Dabiri en su libro No me toques el pelo: origen e historia del cabello afro , se acumulan siglos de significado que se transmiten de generación en generación. Hoy, en su sexto año de transición, Sonia alterna entre llevar su afro suelto o distintos peinados trenzados. En su salón recibe sobre todo a mujeres: jóvenes afrodescendientes que buscan reconciliarse con su textura natural, mujeres que aceptan su cabello tal como es y quieren probar diferentes trenzas, y otras que desean experimentar con su pelo, aunque no pertenezcan necesariamente a la cultura negra. Para Sonia, cada trenza es igual de importante; y sea o no parte de la tradición afro quien la porta, dice que mientras se lleve con respeto y consciencia, está bien. Cuando parte la semana y avanzan los días, las manos le duelen. Debe hacer movimientos especiales antes de dormir para aliviar la tensión acumulada. Un viernes de mayo, ya casi de noche, Sonia cierra su jornada trenzando a su clienta más pequeña: una niña de seis años que llegó con su padre antes de salir de vacaciones. Quiere llevar trencitas pegadas en su melena lisa color avellana. Sonia termina el peinado y coloca pequeños clips dorados en las puntas, como un cierre decorativo. La niña, ensimismada en el celular de su papá, no se mueve. Cuando Sonia acaba, la pequeña se mira al espejo, fija la vista en los ojos de Sonia y le sonríe. Con la jornada finalizada, Sonia se despide de su pequeña clienta, que sale del local, y se sienta en el taburete frente al espejo. Mueve sus muñecas y sus dedos de un lado a otro. “Siempre me pasa lo mismo”, afirma. “Termino de trabajar y no quiero saber nada más de pelo. Pero al día siguiente, me emociona saber que voy a volver a trenzar”.
- Venezuela y un futuro entre paréntesis
Desde una estación de gasolina en la Isla de Margarita que funciona como una cancha de fútbol, hasta un barrio de Caracas bajo las explosiones, y un patio en Chile en el que una pequeña exiliada juega lejos de la tierra de sus ancestros, este texto enlaza escenas mínimas para contar lo que no entra en la geopolítica del 2026: cómo se vive, se cuida y se resiste cuando Venezuela vuelve a arder y millones miran desde dentro y fuera del país. Bajo el sol radiante de la Isla de Margarita, niños y jóvenes juegan fútbol en una estación de gasolina vacía de PDVSA. La cancha es el asfalto; los arcos, un par de piedritas improvisadas. Puedo imaginar el calor que se levanta del pavimento bajo sus zapatillas, el golpeteo del balón, las risas y los gritos mezclados con la brisa y el oleaje lejano del imponente mar Caribe. En una de las pocas estaciones que vende gasolina subsidiada se da esta escena de los “juegos del futuro” capturada por el fotógrafo Edgar Martínez . Estaciones donde durante años se han formado filas kilométricas para cubrir una necesidad básica en un país que, como se repite hasta el cansancio, posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. En Chile, el sol también quema en pleno verano y mi hija de 10 años también juega fútbol en un pequeño patio, en el hogar que hemos construido a más de cuatro mil kilómetros del mar Caribe. Sus límites son una cerca cubierta por una parra y dos limoneros, además del tiempo suspendido que pesa sobre quienes han (hemos) migrado. Dos juegos y un futuro para Venezuela. Ambos, apenas, ocurren unos días después de la extracción militar de Nicolás Maduro. Un país que se rompe y expande por el mundo, que desplaza a sus hijos e hijas y que los ve jugar en la esperanza. Fuera del encuadre de la foto y de mi historia, queda el mapa reciente de la violencia dispersa en la geografía y en la memoria de la gente en Caracas y el litoral central; comunidades afectadas, más de 463 viviendas, las muertes de 47 personas venezolanas y 32 efectivos cubanos que protegían a Maduro, y las familias que ya no duermen donde dormían o que duermen con temor. Quienes permanecen en Venezuela intentan comprender lo ocurrido, enfrentan incógnitas, el miedo y, a la vez, la posibilidad de que no haya cambio alguno, y que sus vidas continúen ancladas al régimen chavista. Los que estamos afuera del país solo podemos esperar el momento para volver, porque no todos pueden hacerlo. Primero no hay Estado de Derecho, es decir, cualquier vida corre peligro indistintamente de su posición política. Es cierto que muchos salieron a celebrar en diferentes ciudades del mundo, como en el propio Santiago de Chile que habito, porque intentan creer la posibilidad de regresar a casa y, por qué no, por el alivio que puede traer la salida de un dictador, así haya sido por las malas. No creo que hayan hecho cálculos geopolíticos; solo siguieron la esperanza humana instintiva, de reencontrarse con sus seres amados, con todo lo que dejaron atrás y la posibilidad de recobrar (ojalá) lo perdido. Algunos lo atribuyen a la ingenuidad y advierten sobre el precio que habrá que pagar: petróleo entregado al imperialismo. Sin embargo, la realidad venezolana desmiente esa alarma desde hace años, los beneficios del crudo no se traducen en bienestar ni en derechos, para buena parte de la población el petróleo es una abstracción, llevan décadas sin acceso regular a gas licuado. Todos opinan y tienen derecho a opinar sobre Venezuela, porque los bombardeos en “Nuestra América”, como decía José Martí, y sus consecuencias afectan no solo al derecho internacional, sino a millones de vidas y la dignidad de los pueblos. Y no está demás decir que ningún país debería recibir violencia alguna, ni extranjera, ni de sus gobernantes. Por eso, las personas venezolanos también pueden (podemos) contar lo que hemos vivido y aspirar a que, pese al estruendo del bombardeo, la saturación de información, desinformación, las ideologías y creencias convulsas, los comentarios de los expertos en petróleo e Historia Contemporánea de Venezuela y la avalancha de videos y mensajes en las redes sociales, sus (nuestros) testimonios sean también escuchados. En Partir es andar (2023), de Eleonora Requena aparece un poema que a través de sus versos, da cuenta de lo que sucede a quienes se encuentran (nos encontramos) fuera del país y narran quiénes son (somos) y por qué debieron abandonar sus hogares: Te sacan, te sales, te vas y lo que digas sobre eso será incómodo, torpe, inadecuado; tampoco tendrás lugar en ningún lado, eres como un jarrón chino del dolor. Esa fue la razón por la que conversé con Fernanda, profesora universitaria, caraqueña, que se encontraba a pocos kilómetros de los bombardeos, para conocer su experiencia. “Te quiero contar lo que pasó” Fernanda vive en el Barrio Observatorio de Caracas , de la popular parroquia 23 de Enero , con ella conversé hace un año para una crónica sobre el ascenso de Maduro al poder tras unas elecciones amañadas . En ese entonces me dijo que había dejado de usar las redes sociales por miedo. Hoy, ese miedo persiste y Caracas sigue rodeada por colectivos armados, “lo único que ha cambiado es que Maduro ya no está en el poder”. Después de los ataques militares “la gente está detenida, callada, sumida en un estupor que se siente en las calles, en el centro, en cada esquina. Hay un shock colectivo que no se disipa. Uno quiere quiere expresar lo que piensa y siente, pero no puede. Yo quisiera decir en voz alta todo lo que estoy pensando, todo en lo que creo y por lo que apuesto, pero no puedo. Y eso, de verdad, es profundamente preocupante”. “Vivo justo detrás del cerro donde está Miraflores, a poco más de un kilómetro del Museo Histórico Militar. Desde mi ventana lo veo todo: El Paraíso, Montalbán, la Cota 905; hacia el sur, Valle-Coche, el cementerio. Tengo la visual completa del sur de Caracas.” Sus palabras me llegan en notas de voz, habla con cautela, pero sin miedo, no está demás repetir que su vida corre peligro, cualquier efectivo militar, policial o miembro de un colectivo podría tomar su teléfono si no borra los mensajes y si algún vecino escucha lo que dice, la podrían apresar o desaparecer. Esto ya ha ocurrido antes, desde la operación Tun Tun y otras redadas hasta el caso de la médica Marggie Xiomara Orozco Tapias , condenada en 2025 a 30 años de prisión por enviar un audio a un grupo vecinal donde criticaba al gobierno. Una pena desproporcionada que luego fue revertida con su excarcelación, pero que dejó una advertencia clara para la población: que nadie se atreva. Fernanda quiere que su testimonio se cuente. Le duele leer en redes sociales que se acuse a quienes están en el exilio de avalar a Trump o de ser imperialistas, cuando, insiste, la realidad está muy lejos de eso. Se vive en una dictadura desde hace años y la gente está desesperada. “Con la salida de Maduro, Venezuela volvió al foco del mundo, pero otra vez se habla solo de petróleo. No somos solo petróleo, somos personas. Yo quiero que se hable de nuestras vidas, durante años todos miraron a un lado mientras acá se mataba, pasábamos hambre, nos torturaban y apresaban a quienes salían a protestar” . En el marco del decreto se han reportado detenciones por supuestamente celebrar la captura de Maduro, incluido el arresto de dos hombres mayores en el estado Mérida acusados de gritar consignas contra el chavismo. Diciembre llegó marcado por la búsqueda de dinero para mantener vivas las tradiciones familiares. Antes, con el aguinaldo se compraban regalos, los ingredientes para las hallacas, el pan de jamón y todo lo necesario para la mesa navideña. En los últimos años las múltiples crisis han reducido esas posibilidades, aun así la gente encuentra la manera de mantener viva las tradiciones. “No hubo hallacas. Mi mamá preparó pollo horneado. Compramos unas cervecitas y compartimos”. “El primero de enero fue tranquilo. El dos de enero, que cayó viernes, trabajé en la computadora. La ciudad estaba despertando del fin de año, la gente medio cansada, con la resaca encima. Enero siempre cuesta. Ese viernes, no sé por qué, empecé a rezar. Recé el rosario sola en mi cuarto, para renovar la fe, por mi familia, mis amistades, por el país. Me acosté como a las once”. Y entonces llegó la explosión. “La cama se movió y al asomarme por la ventana había un fogonazo enorme hacia el Valle y veo otro, y otro, y yo me dije esto no son cohetones, esto es una vaina”. Bajó corriendo y despertó a sus padres: “Papá, están bombardeando, nos están atacando”. Cuenta que el sonido de los aviones la hacían sentir como en los videos que se conocen sobre Gaza, aunque había luna llena no se podían ver. Solo se escuchaban pasar rasantes, lo único claro en el horizonte caraqueño era el fuego y el humo. “Mis padres al principio pensaban que eran cohetes, hasta que miraron por la ventana. Todo se iluminó. Empezaron a llamar a la familia. Veíamos las explosiones clarísimas. Yo monté café para calmarnos. Los vecinos salieron al callejón, algunos decían que no era un bombardeo. Pero los aviones y el sonido ultrasónico, era evidente. Era una cosa de película”. Narra que subió a la terraza de la casa: “los helicópteros sonaban cerca, el fuego de los bombardeos iluminaban la ciudad y luego, un silencio total, como un cementerio”. Por la mañana comenzaron los rumores: “Maduro ya lo habían capturado, pero en mi barrio nadie sabía nada”. A las nueve de la mañana ya se decía que lo trasladaban a Puerto Rico y luego a Nueva York. Ella considera que el pueblo es sabio porque aprendió a resguardarse, a cuidarse, sobre todo luego de las elecciones presidenciales del 2024. A pocas horas del incendio, con los escombros aún sin recoger y los daños en las comunidades sin ser evaluados, no había pronunciamiento oficial. Frente a esta ausencia de una declaración de Nicolás Maduro, el chavismo calificó su falta como “temporal”. Ese mismo día, el Tribunal Supremo de Justicia encuadró la situación en el artículo 234 de la Constitución, que regula las faltas temporales del presidente, evitando así aplicar el artículo 233, que obliga a convocar elecciones presidenciales en un plazo de 30 días. De este modo, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada por un período de hasta 90 días, prorrogable por otros 90, quedando en manos de la Asamblea Nacional la eventual declaración de una falta absoluta, desde entonces, está a cargo del gobierno y actúa, según ha dicho el propio Donald Trump, conforme a sus órdenes . Todo parece seguir igual dentro del sistema Estado-gobierno-partido (PSUV). Del antiimperialista a una gestión petrolera privada Los hermanos Rodríguez, Delcy al frente del Poder Ejecutivo y Jorge desde el Legislativo, instancia en la que incluso juramentó a su propia hermana, encabezan esta nueva etapa del chavismo. Bajo su conducción, el tablero energético venezolano se ha reconfigurado de manera significativa, Estados Unidos emerge como comprador principal y “protector” casi exclusivo del crudo venezolano, lo que introduce tensiones con China y Rusia, históricos aliados comerciales del proyecto chavista. Este giro altera el modelo de gestión petrolera vigente desde 1976, con la reciente reforma de la Ley de Hidrocarburos , por primera vez en medio siglo se habilita de forma explícita la participación de empresas privadas en la explotación, producción y comercialización de petróleo. En estos días persiste, con razón, el discurso contra el “imperialismo yanqui” en numerosas marchas alrededor del mundo, muchas de ellas sin voces venezolanas al frente. Los motivos históricos sobran, basta recordar Hiroshima y Nagasaki, la guerra contra Vietnam o la maquinaria represiva del Plan Cóndor para comprender por qué ese relato continúa operando como un marco legítimo de denuncia y solidaridad entre los pueblos. Hasta el propio Hugo Chávez convirtió esa idea en consigna fundacional del proyecto bolivariano-psuvista y durante años la utilizó como eje para tejer alianzas políticas y simbólicas en la región. Pero hoy ese discurso no es más que un vestigio retórico, el chavismo ha convertido la conservación del poder en su objetivo central, incluso a costa de la coherencia ideológica y de su propio origen de izquierda. La negociación con Donald Trump, por medio de petróleo y otros recursos a cambio de permanencia y, por qué no decirlo, de una eventual amnistía para la cúpu la gobernante, expone con nitidez ese giro dramático de dejarse mandar por los gringos en lugar de llamar a unas elecciones libres y permitir la alternancia del poder en Venezuela. Continuar la vida después del fuego Luego de las explosiones, entre los escombros, el dolor y el silencio, la vida continúa, los mercados abren, algunos con precios cada vez más altos, casi imposibles de pagar, pero abren. Los estudiantes han vuelto a clases y los vecinos se buscan y se cuidan e iniciaron colectas en plataformas como GoFundMe para ayudar a quienes perdieron sus viviendas o fueron gravemente afectadas porque, como reza un dicho popular, “pa’ atrás ni para coger impulso”. ¿Qué más se puede hacer sin democracia y sin derechos fundamentales? Desde hace años las personas venezolanas están solas en su lucha diaria. Se sigue adelante para mantenerse y cubrir lo necesario. Todo se guarda muy adentro, hasta las lágrimas, para seguir “cuerdos” se finge “normalidad” y se sostienen los vínculos que aún resisten, incluso a la distancia. Casi ocho millones de personas han (hemos) dejado Venezuela, y para no perder del todo a los seres amados (hijos, hijas, nietos) muchos se aferran a videollamadas y mensajes, con la esperanza de reencontrarse y recuperar, de algún modo, el tiempo suspendido. O como explica con sabiduría el escritor venezolano Héctor Torres , quien mira al país desde otro lugar “casi no nota lo complicado que es todo. La gente procura minimizar la dificultad para creer que está viviendo la vida casi como en cualquier parte. Y, claro, para no angustiar a los familiares que están afuera”. Entre tanto, Trump negocia con Delcy Rodríguez, a quien considera fantástica y desde Venezuela me llegan audios breves, las voces dicen solo lo indispensable, en los chats familiares nadie comenta sobre política porque hay un Estado de Conmoción que permite a autoridades a buscar y detener a personas que celebren o apoyen el ataque extranjero, que permite, además, limitar derechos como la libertad de reunión, manifestación y tránsito. Vigilia, muerte de madres y la promesa de Amnistía de Delcy Hace casi un año, en medio de denuncias de detenciones arbitrarias y tortura, en El Helicoide, la mayor cárcel política del país, Juan Carlos Monedero hablaba de Derechos Humanos y filosofía para polícias. Luego de la extracción de Maduro, el presidente de la Asamblea Nacional Jorge Rodríguez y jefe del equipo negociador del régimen rompió con años de negación oficial al anunciar la liberación de “un número importante” de presos políticos, que años atrás dijeron que no existían. Lo cierto es que el miedo a ser apresado persiste, sirve como ejemplo el caso de Edison José Torres Fernández , un oficial de policía de 52 años, arrestado en diciembre de 2025 por “compartir mensajes críticos” que murió bajo custodia del Estado el 10 de enero de este año. La desesperación de las familias de las y los presos políticos ha alcanzado niveles críticos, numerosas madres han permanecido casi un mes a las afueras de distintos centros penitenciarios. Esta situación se ha visto agravada por la ausencia de registros oficiales completos, ya que muchas personas detenidas no figuraban (o aún no figuran) en las listas conocidas y solo han sido incorporadas a partir de nuevas denuncias realizadas ante organizaciones de derechos humanos. Por esta terrible espera, tres madres fallecieron : Carmen Dávila, de casi 90 años, murió hospitalizada sin saber que su hijo, el médico Jorge Yéspica Dávila, había sido liberado dos días antes; Yarelis Salas, de 39 años, falleció tras sufrir un infarto luego de participar en una vigilia frente a la cárcel de Tocorón por la libertad de su hijo Kevin Orozco; y Omaira Navas, madre del periodista Ramón Centeno, que murió a causa de un accidente cerebrovascular, después de años de gestiones y denuncias públicas para conocer la situación de su hijo. De acuerdo con el balance publicado por Foro Penal, permanecen detenidas 687 personas:182 militares, 87 mujeres, 1 Adolescente, lo que da cuenta de la persistencia y gravedad del fenómeno represivo, así como de su impacto diferenciado sobre distintos sectores de la población. Las cifras oficiales sobre las liberaciones presentan inconsistencias significativas, según diversos voceros, entre ellos, el segundo del chavismo, Diosdado Cabello, quien incluso ha calificado a los detenidos arbitrariamente como “causantes de daños”, ha anunciado números dispares de personas excarceladas, más de 400. En contraste, los registros independientes del Foro Penal indican que, de más de 800 detenciones arbitrarias documentadas, sólo alrededor de 344 personas han sido excarceladas (hasta el 1ero de febrero de 2026). Además, las excarcelaciones no significan libertad plena, la mayoría de las personas permanecen bajo medidas restrictivas, como limitaciones para declarar públicamente, obligaciones de comparecencia judicial y prohibiciones de salida del país. Solo en algunos casos, principalmente de personas extranjeras que ya se encuentran fuera del territorio nacional y a través de sus testimonios ha sido posible conocer, torturas, malos tratos y vejaciones como el caso d el ciudadano fra ncés Camilo Castro , de origen chileno, cuyo padre huyó de la dictadura de Pinochet, quien dijo haber vivido durante cinco meses en una celda compartida, rodeado de aguas residuales cuyo olor “resultaba insoportable” al punto de impedirles comer o dormir. Decenas de carpas se alinean desde hace semanas a las afueras del centro de reclusión de la Zona 7, en ese espacio improvisado, familias de presos y presas políticas esperan noticias sobre sus seres queridos, se pasan botellas de agua, comentan rumores y revisan una y otra vez el teléfono. Entre ellas está María Piña, madre de Gabriel Ángel Sánchez Piña, un joven de 19 años, diagnosticado dentro del espectro autista, que fue detenido de forma arbitraria el 30 de noviembre de 2025 junto a su hermano Levy. Durante meses, a la familia se le negó información sobre su paradero; incluso, sus nombres fueron cambiados en las listas oficiales, hace apenas unos días pudo confirmar que se encontraban allí y que Gabriel apenas pesa 40 kilos y su estado de salud es delicado. Mientras esa vigilia se sostiene frente al centro de reclusión, a kilómetros de distancia, Delcy Rodríguez anunciaba que solicitará a la Asamblea Nacional la aprobación de una Ley de Amnistía General destinada a la liberación de centenares de personas detenidas por razones políticas. La iniciativa abarcaría todo “el ciclo de conflictividad política iniciado en 1999” al hacerlo, Rodríguez exhorta a las personas excarceladas a que “no se imponga la revancha, la venganza y el odio”, un gesto que evoca una escena poco conocida de la historia venezolana, cuando el 7 de abril de 1933, tras cinco años de prisión, traslados y tortura, la madre del poeta Andrés Eloy Blanco, Dolores Meaño de Blanco, recibió en Valera un telegrama del dictador Juan Vicente Gómez: “Hoy he resuelto dar mi autorización para que su hijo Andrés Eloy pueda pasar a Caracas, porque creo que ya estará convencido, y que no la hará sufrir más”, así como aquel mensaje, las palabras de Delcy condensan el cinismo del poder que concede “libertad” a cambio de silencio. “Han sido 26 años de persecución, terror, tortura. La gente sí celebró con ganas cuando ganamos las elecciones en octubre. Esa felicidad fue real. Pero el 3 de enero fue distinto. Amaneció soleado, bellísimo y el Ávila estaba cubierto de humo y pólvora. Sabíamos que se lo habían llevado, que el trabajo estaba hecho, pero ni eso nos alivia. La enfermedad sigue. Es un cáncer profundo. Sabemos que esto apenas comienza”. El chavismo se mantiene atornillado mediante la represión, utiliza el miedo para someter al pueblo: “Hay tanta gente, hay tantas armas en la calle. Creo que al final va a ser un conflicto de muy largo aliento. Pero no pierdo la fe. Creo que está cerca la democracia, está cerca la libertad, pero aún seguimos en dictadura, aún seguimos en un totalitarismo caribeño que nos atormenta”. Fernanda se despide, en los próximos días deberá retomar su trabajo como profesora. Respiro hondo y pienso que allá también está mi familia, toda nuestra gente, la que sufre, la que sueña, la que ama y a la que seguimos amando. Llegan noticias sobre el posible final del Helicoide, o al menos esa es la promesa, mientras el mundo discute la influencia de Donald Trump en América y en el tablero global, en Venezuela no hay señales claras de una transición democrática. Lo que persiste es la espera, el desgaste y la necesidad de seguir viviendo en medio de una incertidumbre que ya se ha vuelto cotidiana.











