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El Ășltimo invierno del Oso

Actualizado: 12 sept 2025

Su historia es la de un perro viejo que encontrĂł cariño en un bar del centro de Santiago, pero su partida tambiĂ©n revela que, incluso en un paĂ­s endurecido, la ternura aĂșn encuentra por dĂłnde colarse.



No soy de perros. No lo fui nunca. Me daban miedo, especialmente los que vivían en la calle. Les temía a sus ojos amarillos, a sus cuerpos erizados y a sus ladridos traicioneros. Pero una vez pasé por el Bar Alameda y lo vi. Un quiltro viejo, rechoncho y de una mirada triste, como la de abuelo que ha visto demasiadas guerras. Alguien dijo que se llamaba Oso. Le habían puesto un chalequito y dormía sobre una frazada.


DespuĂ©s supe que era un sobreviviente. Que llegĂł al bar como llegan las personas a la Ășltima parada de su biografĂ­a: arrastrando historias de quiĂ©n sabe dĂłnde, con el cuerpo hecho una ruina y un bulto en su estĂłmago que era una bomba de tiempo. 


El Oso no era particularmente bonito. Y quienes compartían a diario con él lo describen como un viejo mañoso, mås que simpåtico. Pero al mismo tiempo, dicen que fue un perro mågico: percibía con su olfato las malas intenciones, sacaba con mordiscos a los lanzas y protegía a los garzones y a la clientela de malandrines callejeros. 


El Ășltimo Censo Nacional de Mascotas arrojĂł una cifra dolorosa: existen mĂĄs de 4 millones de animales sin tutor en las calles de Chile. Dentro de este nĂșmero, hay 3.461.104 perros como Oso en nuestro paĂ­s.


Oso era un justiciero que vivía en ese pedazo de ciudad lleno de ruido, en un sector donde ha desaparecido la marraqueta y ha sido reemplazada por el pan de masa madre. Y en tiempos de cambios y revoluciones, el Oso eligió el centro como su casa. Caminaba por la Alameda, cruzaba Santa Rosa y volvía al bar. Todos lo conocían, le traían comida, juguetes y mantas. En un país que te exige ser productivo o desaparecer, él encontró un rincón donde ser querido sin hacer nada mås que existir, mover la cola y ponerse de guata al sol un lunes a las 10 de la mañana.


Ana MarĂ­a Pallares es garzona del Bar Alameda desde hace dos años. DesarrollĂł con Oso una relaciĂłn que a veces parecĂ­a mĂĄs profunda que muchas que yo he tenido con humanos. Ella le hablaba como a un hijo. Le decĂ­a "mi guagĂŒita", le daba pollito desmenuzado con las manos, le cambiaba el chalequito cuando le molestaba el calor y lo llevaba al veterinario. Le comprĂł un osito de peluche, le cortĂł las uñas, le lavĂł las patitas. Se unieron, tal vez, porque conversaban el mismo idioma: el de los cuerpos trabajadores, acostumbrados al ruido, al aguante y al frĂ­o. Ella le acariciaba la cara y Ă©l respondĂ­a con un movimiento de cola. Estuvieron juntos hasta el Ășltimo momento. “El Oso tiene cĂĄncer”, le dijeron a Ana MarĂ­a. A la mujer se le rompiĂł el corazĂłn y agradeciĂł en ese instante que el perro no hablara español.


Tuvieron que dormirlo. Oso se fue con los ojos abiertos, cuando gemĂ­a bajito y cuando -segĂșn Ana MarĂ­a- cambiĂł su gesto cotidiano de tristeza por uno de tranquilidad. “Yo nunca habĂ­a visto a un perrito llorar”, contĂł la garzona. Y lo dijo con la voz quebrada. “Le salĂ­an unas lagrimitas y de pronto, cerrĂł sus ojitos y ya no estaba con nosotros. Se detuvo su corazĂłn”.


Hoy hay un altar afuera del bar. No es uno de esos altares religiosos ni de mårmol frío. Es de papel y plåstico: hay una polera negra con la cara de un oso dibujado como ídolo popular, como si el perrito hubiera sido rockstar de barrio. Sobre el suelo de baldosas gastadas, el mismo que Oso recorrió con sus patas de viejo, han dejado flores, cartas, velas, platos con agua y croquetas, un peluche, y mås comida. Hay también una foto suya.

Nada de esto es institucional ni oficial. Nadie lo mandó a hacer. Este altar lo armó la gente que lo quiso. Los garzones, los vecinos, los estudiantes que pasaban por ahí, los que compartieron un pedazo de día con él, los que le pusieron nombre aunque no tuviera dueño. Y en medio de esa ofrenda callejera hay algo profundamente político: una ciudad que por un momento se permitió sentir.


Sus cenizas volverån esta semana a su bar querido. Ana María irå a buscarlas personalmente y descansarån adentro, cerca de donde él solía dormir. Así, los clientes podrån seguir rindiéndole honores a su manera. Oso encarnaba todo lo que este país prefiere dejar puertas afuera: a los viejos, a los pobres, a los enfermos. Lo que ya no produce, lo que estorba, lo que se arrincona cansado. Pero en cada caricia que le dieron en la Alameda, hay algo que interrumpe esa lógica. Porque, a veces, en medio de tanta costra, brota la ternura. Y en esos gestos se dibujan otras formas de comunidad. Mås frågiles, revolucionarias, mås humanas y  quiltras.


¥Buen viaje, Oso! 

Revista Quiltra
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