El Ășltimo invierno del Oso
- AdĂĄn Samper
- 6 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 12 sept 2025
Su historia es la de un perro viejo que encontrĂł cariño en un bar del centro de Santiago, pero su partida tambiĂ©n revela que, incluso en un paĂs endurecido, la ternura aĂșn encuentra por dĂłnde colarse.
No soy de perros. No lo fui nunca. Me daban miedo, especialmente los que vivĂan en la calle. Les temĂa a sus ojos amarillos, a sus cuerpos erizados y a sus ladridos traicioneros. Pero una vez pasĂ© por el Bar Alameda y lo vi. Un quiltro viejo, rechoncho y de una mirada triste, como la de abuelo que ha visto demasiadas guerras. Alguien dijo que se llamaba Oso. Le habĂan puesto un chalequito y dormĂa sobre una frazada.
DespuĂ©s supe que era un sobreviviente. Que llegĂł al bar como llegan las personas a la Ășltima parada de su biografĂa: arrastrando historias de quiĂ©n sabe dĂłnde, con el cuerpo hecho una ruina y un bulto en su estĂłmago que era una bomba de tiempo.Â
El Oso no era particularmente bonito. Y quienes compartĂan a diario con Ă©l lo describen como un viejo mañoso, mĂĄs que simpĂĄtico. Pero al mismo tiempo, dicen que fue un perro mĂĄgico: percibĂa con su olfato las malas intenciones, sacaba con mordiscos a los lanzas y protegĂa a los garzones y a la clientela de malandrines callejeros.Â
El Ășltimo Censo Nacional de Mascotas arrojĂł una cifra dolorosa: existen mĂĄs de 4 millones de animales sin tutor en las calles de Chile. Dentro de este nĂșmero, hay 3.461.104 perros como Oso en nuestro paĂs.
Oso era un justiciero que vivĂa en ese pedazo de ciudad lleno de ruido, en un sector donde ha desaparecido la marraqueta y ha sido reemplazada por el pan de masa madre. Y en tiempos de cambios y revoluciones, el Oso eligiĂł el centro como su casa. Caminaba por la Alameda, cruzaba Santa Rosa y volvĂa al bar. Todos lo conocĂan, le traĂan comida, juguetes y mantas. En un paĂs que te exige ser productivo o desaparecer, Ă©l encontrĂł un rincĂłn donde ser querido sin hacer nada mĂĄs que existir, mover la cola y ponerse de guata al sol un lunes a las 10 de la mañana.
Ana MarĂa Pallares es garzona del Bar Alameda desde hace dos años. DesarrollĂł con Oso una relaciĂłn que a veces parecĂa mĂĄs profunda que muchas que yo he tenido con humanos. Ella le hablaba como a un hijo. Le decĂa "mi guagĂŒita", le daba pollito desmenuzado con las manos, le cambiaba el chalequito cuando le molestaba el calor y lo llevaba al veterinario. Le comprĂł un osito de peluche, le cortĂł las uñas, le lavĂł las patitas. Se unieron, tal vez, porque conversaban el mismo idioma: el de los cuerpos trabajadores, acostumbrados al ruido, al aguante y al frĂo. Ella le acariciaba la cara y Ă©l respondĂa con un movimiento de cola. Estuvieron juntos hasta el Ășltimo momento. âEl Oso tiene cĂĄncerâ, le dijeron a Ana MarĂa. A la mujer se le rompiĂł el corazĂłn y agradeciĂł en ese instante que el perro no hablara español.
Tuvieron que dormirlo. Oso se fue con los ojos abiertos, cuando gemĂa bajito y cuando -segĂșn Ana MarĂa- cambiĂł su gesto cotidiano de tristeza por uno de tranquilidad. âYo nunca habĂa visto a un perrito llorarâ, contĂł la garzona. Y lo dijo con la voz quebrada. âLe salĂan unas lagrimitas y de pronto, cerrĂł sus ojitos y ya no estaba con nosotros. Se detuvo su corazĂłnâ.
Hoy hay un altar afuera del bar. No es uno de esos altares religiosos ni de mĂĄrmol frĂo. Es de papel y plĂĄstico: hay una polera negra con la cara de un oso dibujado como Ădolo popular, como si el perrito hubiera sido rockstar de barrio. Sobre el suelo de baldosas gastadas, el mismo que Oso recorriĂł con sus patas de viejo, han dejado flores, cartas, velas, platos con agua y croquetas, un peluche, y mĂĄs comida. Hay tambiĂ©n una foto suya.
Nada de esto es institucional ni oficial. Nadie lo mandĂł a hacer. Este altar lo armĂł la gente que lo quiso. Los garzones, los vecinos, los estudiantes que pasaban por ahĂ, los que compartieron un pedazo de dĂa con Ă©l, los que le pusieron nombre aunque no tuviera dueño. Y en medio de esa ofrenda callejera hay algo profundamente polĂtico: una ciudad que por un momento se permitiĂł sentir.
Sus cenizas volverĂĄn esta semana a su bar querido. Ana MarĂa irĂĄ a buscarlas personalmente y descansarĂĄn adentro, cerca de donde Ă©l solĂa dormir. AsĂ, los clientes podrĂĄn seguir rindiĂ©ndole honores a su manera. Oso encarnaba todo lo que este paĂs prefiere dejar puertas afuera: a los viejos, a los pobres, a los enfermos. Lo que ya no produce, lo que estorba, lo que se arrincona cansado. Pero en cada caricia que le dieron en la Alameda, hay algo que interrumpe esa lĂłgica. Porque, a veces, en medio de tanta costra, brota la ternura. Y en esos gestos se dibujan otras formas de comunidad. MĂĄs frĂĄgiles, revolucionarias, mĂĄs humanas y quiltras.
ÂĄBuen viaje, Oso!Â





