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- Un coleccionista fuera de su caja
Para Óscar Marchant dejar Venezuela fue más que un acto de migración: fue el inicio de una vida más honesta. Lejos de un hogar estricto y heteronormado, pudo convertirse en el coleccionista de muñecos Ken que siempre quiso ser, desde que era un niño que no encajaba en lo que esperaban de él. Hoy, esos muñecos no son un pasatiempo, sino una forma de memoria, un recordatorio de resistir y de reconstruirse lejos de casa. Entre los años 80 y 90, Mattel desató un fenómeno comercial y cultural que arrasó con el mundo entero, y Venezuela no fue la excepción. Las Barbies se convirtieron en iconos omnipresentes en vitrinas y cumpleaños, pero su eterno acompañante, Ken , también tuvo sus propios seguidores, aunque más discretos. Uno de ellos fue Óscar Marchant (@oscar_ken.collection.cl). El futuro coleccionista nació un 18 de abril de 1977, en Caracas, Venezuela . Sus padres trabajaban en un supermercado, hasta que la mamá dejó el empleo para cuidar de él y sus hermanos. Óscar era el del medio: un niño reservado, poco efusivo, pero muy observador. Desde pequeño se sintió diferente y creció bajo las estrictas normas de su hogar en la que tener un muñeco no era una posibilidad. “En Venezuela somos una sociedad en la que se vive de apariencias y donde la homosexualidad es tabú. No se habla de eso”. Pero a pesar de tener a una sociedad en contra, no se olvida de que la primera vez que vio un Ken , tenía seis años. Fue en casa de sus vecinas, mientras ellas jugaban con las muñecas rubias de vestidos rosados y novios perfectos, a Óscar le llamaban la atención los Ken, sus trajes de gala, sus cabellos moldeados y sus portes de galán. Se acercaba con discreción, los miraba y a veces pedía jugar .“En mi infancia no pude tener uno. Me fascinaban, pero tenía miedo de que mi familia se diera cuenta y que no les gustara. Nací en un hogar machista, en el que no es bien visto que un varón juegue con muñecas”, recuerda. Oscar Marchant llegó a Chile desde Venezuela en el año 2015. En la imagen aparece junto a su Mini Mi, un Ken de segunda que él mismo reparó y lo convirtió en una versión Mattel de él. Aunque lo marcó desde niño, durante mucho tiempo se mantuvo lejos de estos juguetes. Los Ken eran “para niñas”, le decían. Y él aprendió a mirar con resignación y distancia. Sin embargo, hoy los Ken son protagonistas en su vida. Y no como juguetes, sino como símbolos de lo que no pudo ser, pero de lo que hoy ya no necesita esconder. Con el paso del tiempo, Óscar tuvo que enfrentar la adultez sin juegos. “Después de graduarme del colegio, me tocó trabajar como mensajero interno en la administración pública. Quería tener algo de independencia financiera”, cuenta. Y fue en ese mundo de pasillos grises y carpetas selladas donde tuvo su segundo encuentro con los muñecos. Ya no desde la orilla del deseo, sino desde la posibilidad. Corría 1999, Óscar tenía 22 años y, por fin se dio un gusto postergado: compró su primer Ken. Era el Príncipe Eric , de la película La Sirenita . *** En 2007, Óscar se despidió de Venezuela con una mezcla de esperanza y tristeza. Antes de partir, tomó una decisión sencilla y simbólica: dejó atrás dos muñecos Ken especiales y se los regaló a su sobrino. El niño, como él a su edad, observaba los muñecos con una mezcla de distancia y curiosidad. Tiempo después, Óscar supo que su hermano los había tirado a la basura. “Ahí entendí que muchas cosas no han cambiado. Que en mi familia aún pesan los mismos prejuicios”, dice. Hace una pausa. Luego agrega, con la voz un poco más baja: “Es muy doloroso. Yo podría haber aceptado otro tipo de vida, hacerlos felices, pero rompí con eso”. En su país, muchos hombres gay se casan con mujeres para sostener una apariencia. “Yo le dije un día a mi mamá que no me gustaría dañar a una persona por complacerlos a ellos. Y no lo hice”, recuerda. La vida en Argentina no fue fácil, pero sí liberadora. Se quedó hasta 2012 vendiendo paquetes turísticos y conociendo gente de todos lados. Entre apuros y aeropuertos, descubrió algo más que paisajes: encontró un universo nuevo, el del coleccionismo. Ya no compraba muñecos por nostalgia. Ahora los miraba como piezas de arte, como testigos silentes de una historia que, por fin, podía empezar a contar.“Hay machismo en todos lados, pero en Venezuela es más fuerte. Allá es más común que no te contraten por tu orientación sexual. Yo lo viví, lo sufrí” , denuncia. Con sus muñecos en la maleta, Óscar volvió a Venezuela. No duró mucho. En 2013, el país se hundía aún más. Nicolás Maduro asumía la presidencia y, con él, se aceleraba la caída.“La situación estaba empeorando. Ya no había dólares. Al año siguiente comenzó la escasez. Primero en los supermercados, luego en tecnología, juguetes, productos eléctricos. Fue un año muy difícil”, recuerda. La incomodidad se convirtió en urgencia. Había que partir otra vez. Esta vez, el destino fue Chile. En la imagen aparece el muñeco del Príncipe Eric, el primer Ken que compró el coleccionista Óscar Marchant. Llegó a Santiago en 2015. Como tantos otros, tuvo un comienzo áspero. Tardó tres meses en conseguir trabajo. Un local en Providencia le dio la primera oportunidad. Desde ahí, fue subiendo con paciencia. En los inicios de la pandemia trabajaba como conserje mientras estudiaba una carrera técnica en contaduría. Tres años más tarde, recibió su título. “Fue duro, pero siempre he sido alguien que se adapta”, dice. Con algo de estabilidad, volvió a su viejo amor por los Ken. Empezó a comprarlos otra vez, a restaurarlos, a cuidarlos como quien recupera trozos de sí mismo. En Facebook conoció a otros coleccionistas, uno de ellos, un entusiasta de Batman, que lo animaron a asumir lo que ya era: un experto. En 2024, en el Barrio Franklin, hizo su debut como expositor en la Expo Venta Muñecas Chile . Se enteró del evento por una página de Facebook. Era la primera vez que se presentaba frente al público con sus muñecos, sus tesoros. Nervioso pero feliz, mostró con orgullo lo que había cultivado durante décadas. “Fue un antes y un después. Sentí que por fin estaba mostrándome como soy”, cuenta. Ya había empezado a mostrar su colección en Instagram con una propuesta original: su Mini Mi . Un Ken de segunda mano, restaurado, que viste como él y lo acompaña en sus viajes. Una especie de alter ego portátil. El Mini Mi ha recorrido con Óscar lugares tan diversos como Estados Unidos, Puerto Rico, la Isla de Pascua, Argentina y muchos rincones de Chile. Todavía no todos en su familia comprenden su amor por los muñecos. Sus hermanos también viven en Chile, pero el contacto es esporádico. A sus padres los ve menos: siguen en Venezuela. Su madre cuida a su padre, que padece Alzheimer. Desde la distancia, Óscar los lleva en el corazón, aunque ha aprendido a no esperar validación.“Me encantaría que algún día mi familia pudiera admirar mi colección, pero no lo aceptan. Para ellos no son juguetes de hombre. Si fueran robots o autos Hot Wheels, sería diferente.” Aun así, no está solo. Comparte casa con un primo que lo apoya y mantiene una relación cercana con una prima que vive en Estados Unidos. Y, sobre todo, ha construido una vida que le da paz. Trabaja todos los días en la Aduana, como administrativo de facturación, y complementa sus ingresos vendiendo algunos Ken. También colecciona vinos y revistas antiguas de Venezuela. Pero basta con que alguien mencione a los muñecos para que su rostro se ilumine. Hablar de ellos lo transforma. En los estantes de su casa, los muñecos miran hacia el frente. Algunos llevan trajes de gala; otros, ropa hecha a mano. Todos han sido reparados, limpiados, vestidos con cuidado. Óscar los acomoda uno a uno como si tejiera, con cada gesto, la historia que no pudo contar de niño. Una historia que, a fuerza de exilios y renuncias, se volvió suya. No perfecta, pero verdadera. Una vida donde, al fin, puede habitar sin disfraces. Óscar junto a algunos de los muñecos que colecciona / Fotos de Sofía Gálvez
- Las tías organizadas: mujeres trans mayores en Argentina por la reparación histórica
Para las personas trans en América Latina, tener más de 40 años es ser una sobreviviente. Desde hace una décadas, adultas mayores travestis y trans de Argentina se organizaron para reclamar por una ley de reparación histórica que contemple las violencias estatales que han sufrido a lo largo de los años, además de tejer redes en las que construyen memoria y resistencias cotidianas. – Ustedes nos pegaron, violaron y asesinaron, ¿qué más quieren?- le grita Patricia Rivas a unos cien policías acorazados detrás de cascos y escudos. Es 24 de mayo de 2024, la tarde está helada y la Plaza de Mayo, donde está la Casa de Gobierno, está rodeada de uniformados para impedir que la Segunda Marcha Plurinacional por la Reparación Trans y Travesti circule por la calle hasta el Congreso de la Nación, donde espera un escenario. El Ministerio de Seguridad del gobierno de Javier Milei publicó un protocolo que sólo permite manifestarse por la vereda , sin cortar el tránsito, además de habilitar varios mecanismos para criminalizar la protesta. Manifestación frente al Congreso argentino por una ley de Cupo Laboral Travesti Trans Foto: Ariel Gutraich/Agencia Presentes Patricia tiene el pelo rubio platinado vaporoso y avanza con tacos plateados, cubierta de un saco negro por el que asoma un gran escote. Tiene 58 años, es alta y robusta, parece fuerte pero guarda en el cuerpo y la memoria las cicatrices del odio y la violencia de las fuerzas de seguridad. Ella forma parte de Históricas Argentinas , una organización de trans adultas mayores que se reconocen como víctimas del terrorismo de Estado y de múltiples violencias institucionales en democracia. Son sobrevivientes y exigen ser oídas. A las trans mayores las acompañan activistas de Derechos Humanos y de la diversidad. Hay infancias y adolescencias trans, personas no binarias, lesbianas, maricas y mucha familia elegida. Frente al despliegue policial desproporcionado con armas largas y motos que rugen, el grito fue uno solo: – ¡No tenemos miedo! La violencia institucional es una herida histórica en los colectivos travestis y trans. Durante la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), las personas de la diversidad sexual, y con especial saña las travestis y trans, fueron perseguidas y encarceladas por su identidad. Pero para ellas los calabozos continuaron bien entrada la democracia, por la criminalización presente en los edictos policiales de varias provincias que habilitaba la caza de “los travestidos” en las calles. Estos edictos estuvieron vigentes hasta 1998 en Ciudad de Buenos Aires y hasta una década después en Provincia de Buenos Aires y otras provincias. Las personas trans y travestis suelen decir que para ellas la democracia comenzó recién 2012, con la aprobación de la Ley de Identidad de Género. Hace una década comenzó la militancia por una ley de reparación histórica para las trans y travestis sobrevivientes y también el pedido de una pensión graciable. Para eso se formaron distintos grupos: además de Las Históricas Argentinas, existe el el Archivo de la Memoria Trans Argentina, un proyecto artístico y político de recuperación histórica que dio la vuelta al mundo y ha sido replicado en varios países. Además de la reparación históricas, estos colectivos exigen que se cumpla el derecho a recibir salud integral para una vejez digna. Pero los proyectos de ley siguen durmiendo en los cajones del Congreso mientras van perdiendo estado parlamentario. Marlene Wayar es activista, escritora, psicóloga social, egresada de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo y comunicadora. En un programa de radio, ella explica : "Lo que queremos es que esta sociedad se sienta a discutir y reconozca que tenemos un promedio de vida de 32 años mientras, el de las personas cis es de 76 y subiendo y que esto constituye un genocidio. Después podemos ver los puntos de la ley, pero esto es mucho más complejo que una una mísera jubilación. Como dice Wanda, el Estado en algún momento tiene que reconocer todo lo que nos ha sacado, nos ha sacado la vida". Actualmente en Argentina solo la provincia de Santa Fe tiene una Ley de Reparación . Es un logro y un antecedente, pero las voluntades políticas actuales no abren diálogos nuevos. Este 1 de noviembre organizaciones como Futuro Trans y el Archivo, en compañía del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) presentaron un amparo para que el Estado les reconozca su derecho a la seguridad social. “Buscamos también que se reconozca y repare la violencia institucional que sufrió la población travesti y trans desde la recuperación de la democracia hasta el presente”, explica Marlene . Las protagonistas de este reportaje en orden de aparición : Marcela, Carola, Teté, Wanda y Sonia. Las marcas de la dictadura “La reparación histórica consta de dos pasos: uno es que el Gobierno salga el balcón y reconozca todo el maltrato que hubo hacia las personas trans, y lo segundo es un resarcimiento económico que no sea una jubilación mínima, a nosotras nos tienen que resarcir por la vida que nos hicieron pasar”, dice Patricia un domingo por tarde, meses después de aquella Marcha por la Reparación donde la policía amenazó y reprimió. Estamos en la terraza de su amiga Eugenia, en el partido de San Fernando, provincia de Buenos Aires, cerca de su casa. Su voz es el relato que entre carcajadas y angustias recompone esa memoria histórica que desde hace un tiempo decidió recuperar para seguir reclamando. – En un tiempo me puse en pareja, fui peluquera y todo ese pasado lo sepulté. Al volver a hacer activismo volví a padecer y a tener las pesadillas de las persecuciones, de cuando corría con mis amigas escapando de la policía y que una caiga muerta atropellada por los autos. Es horrible vivir todo eso de vuelta. Patricia también recuerda los ruidos, las voces, y estar detenida y vendada en la Comisaría de Tigre, provincia de Buenos Aires. “Esa que ahora tiene una placa conmemorativa que dice que ahí hubo un centro de detención durante la dictadura”, agrega. En 1981, cuando tenía 14 años, estuvo secuestrada allí. "Fueron cinco días pero para mí fue una eternidad. Estuve vendada y lo que se escuchaba eran las puertas, los ruidos de una puerta pesada que abrían y te agarraban. Me llevaban a otro lugar y me hacían la tortura en la que me metían la cabeza bajo el agua. A veces te apuntaban y gatillaban. Otras veces era violarte mientras me decían: ‘¿te gusta ser puto?’. Siempre eran dos y cuando el primero terminaba de violarme yo caía desvanecida al piso, y ahí me daba el otro". En abril de 2023, por primera vez en la historia, un juicio de lesa humanidad tuvo como voces fundamentales a un grupo de mujeres trans víctimas de la dictadura. Carla Fabiana Gutiérrez, Paola Leonor Alagastino, Julieta Alejandra González, Analia Velázquez y Marcela contaron lo que vivieron en el Pozo de Banfield , uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio que funcionaron durante el terrorismo de Estado. Marcela Viegas declaró con un collar de cadenas gruesas, pulseras y una boina. Frente a ella la mesa estaba cubierta por la bandera del Archivo de la Memoria Travesti Trans Argentina. Allí contó que cuando estaba por cumplir 15 años fue secuestrada en Camino de Cintura, provincia de Buenos Aires y torturada sistemáticamente. "Me ponían una capucha. No sé adónde iba. Teníamos una venda y yo podía espiar por abajo. Me tiraban en una cama. Me ataban. Y me ponían 220 (volts de electricidad)” contó en su declaración. Y agregó: “Es una hijaputez que nos pongan prostitución y vagancia. Yo iba a trabajar todas las noches porque por ser travesti no me iba a dar trabajo nadie”. En marzo de 2024 los jueces condenaron a los represores a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad en el marco de genocidio. Por primera vez en la historia argentina personal militar fue condenado por los delitos de privación ilegítima de la libertad, tormentos, abuso sexual y reducción a la servidumbre a personas del colectivo travesti trans. De las sobrevivientes no todas pudieron tener acceso a los documentos que registran esas detenciones. A veces ni siquiera las anotaban, o las ponían con nombres distintos. Para ellas también era muy difícil acercarse a una comisaría a preguntar por alguna compañera, primero porque podían quedar detenidas ellas y después porque, ¿por quién preguntaban? La astucia travesti y el humor como músculo que ayuda a sobrevivir hicieron que en “la zona” estén todas con sus nombres elegidos, los de fantasía y los apodos que eran mezcla de amor y picanteada. Pero nada de eso las detenía, si una estaba presa, las demás encontraban la manera de hacerle llegar “el bagayo”, así le decían al envío de cosas fundamentales para los días que faltasen. Patricia sabía que al ser detenida no tenía que firmar lo que le daban sino que debía encontrar las maneras de negociar. A la hora de firmar, tenía que poner: “apelo señor juez”. “Me das asco, me haces perder el tiempo, no quiero verte más acá o nunca más vas a ver la sol“, le dijo el juez en esos años. Memoria trans Pasaron cuatro meses de la Segunda Marcha por la Reparación y sobre Avenida de Mayo la puerta de un edificio de estilo francés conduce al Archivo de la Memoria Trans. En este lugar, además del trabajo de archivo y edición hay un espacio de serigrafía, una librería con títulos LGBT+ y una sala de estar dónde las chicas tienen reuniones, hacen terapia y ahora entre facturas, café y mates dan entrevistas. A veces acá o en otros espacios invitan a más sobrevivientes adultas para compartir recuerdos, charlas y ver las necesidades de cada una. En el Archivo, unas 20 adultas mayores buscan y reúnen fotos, cartas y artículos de prensa que arman la memoria travesti trans de un país que las quiso y quiere invisibilizar. Con todo esto arman muestras, souvenirs, libros y crónicas que luego venden para vivir y hacer sobrevivir esa memoria travesti colectiva. Ellas espantan las miradas de condescendencia y traen a la luz las vidas trans con todos sus matices, colores, injusticias, amores, celebraciones y vínculos. Sus vidas y biografías recorren muchos espacios contando lo que han vivido. A sus 59 años, Wanda Sánchez comparte las violencias estructurales de muchas personas travestis y trans de su generación. "Vi morir a tantas compañeras, recordar el montón que éramos. Yo sobreviví a todas ellas, a todo lo que nos pasó. Me tuve que ir de mi casa a los 13 años para empezar a ser yo, ahí no podía". En ese deambular comenzó a ser detenida por la policía y un periplo por juzgados de menores, institutos y hasta una clínica psiquiátrica. “Allí una mujer santa, una médica me dijo que no estaba mal ser homosexual, que quien necesitaba cambiar era mi madre”. Allí se tendió un puente entre ella y su madre, aunque duró poco porque a los meses su mamá falleció. En la clínica cumplió 18 y cuando salió ya era democracia en Argentina pero su calvario no se terminó. "Me han llevado presa por existir. Me han ido a buscar a mi casa para llevarme detenida. A vece terminaba en la comisaría con las bolsas del mercado porque recién había salido de comprar y me detenían". Es su voz pero es la historia de muchas, de tantas. En una mesa, bolsas de tela y remeras con imágenes sacadas de fotos, frases que alguna compañera gritó en una marcha o en una persecución y ahora se convirtieron en proclama conviven con libros de editoriales amigas y los de producción propia. El primer libro editado por el Archivo de la Memoria Trans está agotado pero otros siguen disponibles y se pueden comprar en su página web: ‘Nuestros Código s’; “Si te viera tu madre”, sobre la vida de la activista trans y una de las fundadoras del espacio, Claudia Pía Baudracco; y el más reciente: ‘Kumas’, una palabra que significa “amigas, compañeras, hermanas” proveniente del carrilche , ese lenguaje travesti que en la década del ‘40 nació para permitirles comunicarse entre ellas y sobrevivir a la policía y los ataques. Mónica, de 71 años, cuenta que a ella la ayuda mucho tener casa propia. La construyó con el dinero que le daba la prostitución. “Yo no derrochaba nada”, dice. A diferencia de la mayoría, tiene una familia que la apoya, pero este lugar compartido es el que la “saca del pozo de depresión, por estar con todas y no pensar tanto” . A ella también le decían “la gringa”. Su relato en el libro “Kumas” está atravesado por historias familiares, de amistades pero también de detención y tortura. Pero además de los relatos de violencias sobreviven las noches de brillos y diversión: los carnavales, los shows en bares. Teté tiene 60 años, luce su delantal blanco impecable con el que cumple tareas de archivista. Tiene el pelo corto y canoso y una voz firme que no oculta la tristeza. No se quiebra, transmite la seguridad de saber quién es y fue. "Era una situación fea, porque a mí con 13, 14 años me gustaba salir porque siempre fue muy independiente, y que te llevaran presa, que te sienten en un patrullero y te paseen para que todo el pueblo te vea, que vos era maricón". Nació en un pueblo del norte de la provincia de Santa Fe y en sus palabras se difuminan los límites entre la dictadura y la democracia. En ese momento ella se juntaba con amigos más grandes, pero a ellos también los perseguía la justicia. "Un juez llamó al tribunal a ese chico gay y le dijo que si se seguía juntando conmigo lo iban a detener porque por corrupción de menores. Así perdí amistades". Todo ese contexto de discriminación hizo que tampoco pudiera terminar sus estudios: “Fue muy difícil terminar el colegio primario. El último año fue séptimo grado y fue una cuestión de supervivencia”. Recién en 2013 pudo retomar sus estudios secundarios para culminarlos en 2016. Y siguió. L ogró hacer dos años de la carrera de Psicología Social en la escuela de Psicología Social de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). Luché mucho para conseguir trabajo”, explica. En el año 2000 se acercó a militar en la organización política Movimiento Evita y desde 2008 trabaja en el Hospital Público Provincial Magdalena V. de Martínez, en Pacheco. Comenzó haciendo limpiezas y ahora se desempeña en el área administrativa. Desde 1992 está en pareja y desde 2018 trabaja en el Archivo. "Este es mi espacio, es mi lugar, el que elegiría siempre. Más allá de que yo tengo a mi familia que me acompaña y a mi pareja, esto es otra cosa. Acá estamos entre pares. Podemos tener diferencias, nos divertimos, la pasamos bien, levanta el ánimo. A mí me llena el alma, la verdad es un espacio que yo elegiría siempre para estar es este lugar". Lo dice en voz alta pero también lo cuenta con cada gesto de complicidad y cada risa. Están en la mesa y las reúne el contar anécdotas, alegrías, carnavales y un adn travesti trans infinito. Una cadena de palabras, herramientas, referentes, conceptos y orgullos que trascienden las décadas y geografías. “Nunca pensé que a la edad que tengo algún día iba a poder contar mi historia”, dice Carola. El 29 de septiembre Carolina “Carola” Figueredo cumplió 62 años, casi el doble del promedio de edad que vive una persona trans. Ahora ella está sentada junto a su compañera del Archivo de la Memoria Trans, Marcela Navarro, en la biblioteca de la Alianza Francesa de Buenos Aires. El espacio es inmenso, está lleno de libros, es la biblioteca francófona más grande de Latinoamérica pero lo que no está ahí es lo que ellas van a presentar en este encuentro: l os libros del Archivo con sus historias , contadas por ellas mismas, con sus vidas y las de quienes ya no están. “Yo lo único que escuchaba eran siempre reproches. Nos juzgaba todo el mundo, nos condenaban, pero nunca nos daban la oportunidad de expresar quiénes realmente éramos. Nunca se nos entendió”, explica Carola, y en sus palabras la curva deriva en orgullo al explicar cómo el Archivo se instaló como ese proyecto de redención dónde pudieron tomar la palabra y visibilizarse. "Este espacio fue una segunda oportunidad. Acá nos volvimos a encontrar todas pero en un momento y una situación diferente, ahora éramos libres porque a partir del 2012 obtuvimos la Ley de Identidad de Género. Nunca pensé que iba a tener esa libertad de poder contar mi historia, que todo el mundo te escuche, que te presten atención, y eso te hace sentir importante”, va decir frente a una audiencia que escucha, pregunta, lagrimea y sonríe. Su cuerpo parece frágil, a veces parece tímida, y en un momento, de repente, se le suelta la biografía y empieza a tejer en el aire relatos que deberían estar en todos los libros de educación nacional, su historia también es la historia de un colectivo". A su lado Marcela irradia la presencia de una directora de escuela. Su pelo negro hacia con una cola hacia arriba parece coronarla como el casquete de una vedette. Ella hablará de todos los procesos que se realizan en el Archivo, le va pedir más testimonios a Carola y trata de manera maternal. ‘Ésta se fue, a ésta la mataron, ésta murió’ se llamó la primera muestra del Archivo realizada en 2017 que se pudo ver en el Centro Cultural Haroldo Conti de Buenos Aires, dentro del predio de la Ex Esma. En este ex centro de detención clandestina ellas lograron hacer de sus recuerdos un manifiesto. Esa vez no entraron forzadas sino siendo ellas la fuerza y resistencia. Tiene una voz pausada y muy presente, con ella explica: “recibo el material y lo voy separando: vida cotidiana, trabajo sexual, carnavales”, y cuenta cómo va uniendo las conversaciones y reconstruyendo las historias. Además de fotos hay cartas, documentos, tarjetas, volantes y “muchos tickets de avión y viajes”, y no es que ellas se daban la gran vida, esos vuelos se traducen en exilios, escapar para sobrevivir. – Completo las planillas y anoto el año y nombre de las compañeras de las fotos. Si está fallecida tratamos de buscar a otra que pueda ayudarnos a armar su historia; después de eso me encargo yo misma de escribir su propia biografía. Cuando la compañera aún vive trato de ubicarla para que nos cuente su propia historia”, sigue Marcela. Del otro lado de la gente hay una mesa con algunos de los libros y objetos que producen. Necesitamos traVajo “Tenemos vida para tirar, pero necesitamos un trabajo. Necesitamos algo para poder vivir, para poder seguirla”, explican las integrantes del Archivo. Sonia Torrese comparte su historia y explica que estuvo “rodando por todos lados, donde pude, como una golondrina”. Ella también es una de esas hijas expulsadas del hogar familiar por ser trans. Hoy a sus 64 años volvió a esa casa pero para cuidar a sus padres. “Mi hermana y mi hermano no me aceptaban. Tenían mucha vergüenza de mí”. Los rulos rubios de Sonia le enmarcan las palabras que con timidez aparecen para retratarla. Cuando dice que antes era “muy cerrada, muy burra”, las compañeras la frenan y le recuerdan que ella es la que mejor memoria tiene. Si alguien ve un rostro en una foto y no se acuerda quién es la respuesta seguro la tiene Sonia. Como es enfermera explica que un vecino le pidió que fuera al geriátrico dónde estaba su madre para hacerle curaciones. Las primeras veces no hubo problema, pero luego las enfermeras le contaron al dueño del lugar que ella era una persona trans: “Automáticamente me cerraron las puertas, me echaron”. Esto pasó hace aproximadamente siete años, en un país con Ley de Identidad de Género y sin edictos policiales. Actualmente algunas cobran una jubilación o pensión, muy pocas. Y como eso tampoco alcanza tienen otros trabajos y buscan ayuda en los espacios disponibles. Wanda cuenta que tiene una pensión, a eso le suma el Archivo, los sábados trabaja en la Biblioteca Claudia Pía Baudracco y retira mercadería donde le den. La mayoría comenta situaciones similares. En ese momento todas se largan a hablar al mismo tiempo pero todas dicen lo mismo, nombran alguna compañera y cuentan su desesperación por no tener ingresos. “Sandra tiene casi 70 años y sigue ejerciendo la prostitución. Es una pena que a su edad tenga que estar parada en una esquina”, dicen sobre otra compañera que tampoco tiene ningún tipo de reconocimiento del Estado. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INDEC), el 80% de las personas travestis y trans está vinculada a la prostitución. Y sólo el 32% terminó estudios secundarios, según una investigación de las organización ATTTA y Fundación Huesped. Para paliar esta brecha, en Argentina se aprobó en 2021 la Ley de Cupo Laboral Travesti Trans Lohana Berkis – Diana Sacayán. Esta norma establece la contratación de personas trans en el Estado Nacional a través de un cupo mínimo del 1 %, además de medidas de acción positiva orientadas a lograr la efectiva inclusión laboral tanto en el sector público como en el privado. Pero la llegada del nuevo gobierno frenó los avances de esta ley incluso sumando personas trans a las cifras del desempleo. La Ley de Cupo Laboral Travesti Trans lleva el nombre de las dos activistas históricas que la impulsaron y es sólo un primer paso. Hoy no se aplica, además de que corre peligro la ley. El cupo laboral trans lamentablemente no es para las compañeras de cincuenta años”, explica Teté. “Con esta edad no te quieren para nada, y menos a nosotras”, dice haciendo intersección entre ser adulta mayor y trans. El cielo bonaerense de la tarde tiene de estrella a Patricia. Toma mate y comparte un bizcochuelo con amigas. "Tengo una pensión por discapacidad, que actualmente es mi única entrada porque yo tengo problemas con la silicona que me aplique hace años. Me debilitó los huesos, la cadera, por ejemplo, me comió el cartílago que une el fémur con la cabeza de la cadera y ahí se metió la silicona, también en la columna. Siento un ardor constante en la espalda y en la altura de los riñones”, cuenta. La aplicación de silicona industrial es una práctica bastante frecuente entre las personas trans que no pueden recurrir a implantes. Esta no es una cuestión de vanidad sino una construcción identitaria, es parecerse más a quien una es. Pero al estar excluidas de los ámbitos laborales y de salud terminan recurriendo a estas opciones nada seguras y con grandes consecuencias a largo plazo. En Argentina, el informe “Condiciones Sociosanitarias de Personas Trans” publicado en 2019 por Ministerio de Salud y Desarrollo Social de la Nación, el 83% de las feminidades trans modificó su cuerpo para adecuarlo a su identidad de género autopercibida. La mitad de ellas se inyectaron materiales en el cuerpo: 66% silicona líquida y 17%, de aceite de avión. “Hace poquito este año murió una amiga mía, como Silvina Luna, porque la silicona te estropea los riñones”, continúa Patricia, citando el caso de la modelo y conductora que trajo a los medios el debate del metacrilato y la silicona líquida. La diferencia es que a las compañeras travestis y trans no las debate ni recuerdan de esta manera, solo entre ellas lo hacen. Madres, Abuelas y Tías En las marchas muchas veces hay un cartel que dice: “ Madres de la Plaza, las travas las abrazan ”. Esa frase también es grito cuando marchan las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, esas mujeres que aún hoy con sus más de 80 y hasta 90 años, siguen activando por los Derechos Humanos reclamando por sus hijos desaparecidos y nietos apropiados de la última dictadura militar. Las personas travestis y trans saben lo que es marchar para exigir que se cumplan estos y por el derecho a la identidad. “ Memoria, verdad y justicia ”, es la frase que reclama por las violaciones de derechos humanos en la dictadura argentina. Las travestis arman memoria al encontrarse, buscar las fotos y vidas de compañeras, y hacerlas circular. Pero también verdad al poner las historias en su propia voz. Entonces, ¿qué pasa con la justicia? El tiempo en que la justicia, el Estado y la sociedad se demoran en responder y accionar no alcanza para cuidar a las personas trans adultas mayores que han sobrevivido. Ellas recorren programas de radio, televisión, podcast, libros, revistas y encuentros. Lo hacen para encontrarse, mantener viva esta voz, pero también para que toda la sociedad acompañe su reclamo. Michelle se vino a Buenos Aires desde Rosario, provincia de Santa Fe, porque en su casa de allá estaba sola, acá encontró una familia. “Yo pensaba que iba a morirme a los 52”, dice y todas la preguntan por qué, “porque a esa edad murió mi mamá”. Y al hablar sus uñas largas parecen dirigir la batuta de sus palabras. Cuesta imaginarla triste, porque ahora sonríe y es parte de esta mesa de compañeras travestis y trans. “En la quiniela el 52 es la madre”, dice una de las chicas, y todo tiene un aire de revelación y charla de café. La de los 52 años era la madre de nacimiento de Michelle, porque en la vida LGBT+ cuando dicen que hay una familia elegida los títulos ganados son reales. Marcela tiene mucho aire de madre. “Le digo vení a casa y trae las fotos ue tengas, después vino al archivo, empezó a trabajar y se ganó su lugar”, explica con orgullo. Ahora viven juntas pero separadas, ¿cómo es eso? y “es que vive en la casa de un amigo gay que esta enfrente de mi casa, pero también en la mía”, y el tema del orden y hacer la cama y todos esos cotidianos que crean la vida en familia. “Las tías”, como muches les dicen, son muy queridas. Sea en un evento o juntada, si una de ellas se pone a contar algo, las juventudes se calman y se dejan llevar por sus voces. “A mí en lo personal lo que me llama es el afecto, el respeto, que te brindan. Es lo que menos teníamos antes. Hay respeto y amor, yo soy muy sensible. A mí me mostrás, cariño y yo te voy a dar cariño, me mostrás agresión y es lo que viví toda mi vida”, cuenta Carola con los ojos siempre emocionados y agradecidos. Pero al amor que las rodea lo debe acompañar un Estado presente. Mucho más que un nombre Esa segunda marcha por el pedido de reparación, la de mayo, luego de recorrer toda la Avenida de Mayo, terminó con un festival de música y discursos frente al Congreso Nacional. Al look escotado de taco plateado quebrado por los empujones policiales Patricia ahora le sumó unas antiparras de natación por si en la represión decidían arrojar gases. Las juventudes LGBTNBQ+ que están ahí también se llevan una lección de lucha y resistencia, de lo que ellas gritan: ¡Furia travesti!. En organizaciones, archivos, familias elegidas y más espacios de adultas siempre hay juventudes de la diversidad trabajando en temas urgentes que van desde la logística y el registro, hasta acompañar a algunas de las “tías”. A veces es escucharlas, otras ayudarla a hacer un trámite, pero el entretejido generacional confecciona una red amorosa que de nuevo desafía todo terror. Antes que termine la marcha Patricia les va dejar una postal de lucha, mira a le fotógrafe Valen Iricibar y le muestra las tremendas tetas cargadas de historia. Lo hace con el cordón policial detrás suyo. Un par de meses después, cuando la entrevista parece haber terminado y en esa terraza de San Fernando mientras todo se está acomodando para cerrar el día Patricia, Pato, la tía Pato increpa: – ¿No me preguntas el nombre completo? En ese momento todas las maneras de llamarla dan paso a lo que hoy, 12 años después de aprobada la Ley de Identidad de Género: “Patricia Alexandra Rivas” . El pecho se le infla de orgullo, los ojos le brillan más fuerte, y el dije de corazón que tiene alrededor del cuello le parece latir. No es solo un nombre, es parte fundamental de la biografía de un colectivo. Para las personas trans en América Latina tener más de 40 años es ser una sobreviviente. Desde hace una décadas, adultas mayores travestis y trans de Argentina se organizaron para reclamar por una ley de reparación histórica que contemple las violencias estatales que han sufrido a lo largo de los años, además de tejer redes en las que construyen memoria y resistencias cotidianas.
- Bienvenido a los chinos gay
En sus casi 50 años, el restaurante de Monjitas 386 ha sido frecuentado por artistas y políticos de izquierda. En el Hao Hwa han comido desde Pedro Lemebel, quien le dedicó una crónica, pasando por figuras del espectáculo y la televisión, hasta el presidente Gabriel Boric. Pero contar la historia de este espacio del progresismo es también la de su dueña: Alejandra Cai, una mujer que a mediados de los 90 llegó a Chile desde la provincia de Cantón, China, sin hablar español, con el único objetivo de mantener en pie un local familiar que, sin proponérselo, se transformó en un ícono para la comunidad LGBTQ+. Fotos de Valentina Bird. El restaurant de Monjitas 386 tiene historia rebelde. Inaugurado en 1977, en sus inicios no se parecía nada a lo que es ahora: el acuario estaba donde está el bar, la caja donde está el sushi y unos muebles tapaban la ventana. Era malo el negocio, no vendía mucho. Era, además, poco querido por los chinos porque en el barrio, explica su dueña Alejandra Cai , no había nada. Era un escondite. Un refugio contra las miradas que recibía la diferencia marica: un hombre sentado con otro hombre, una mujer comiendo con otra mujer. En la oscuridad tránsfuga del local de Bellas Artes, chiquillos se conocían, maridos traían a su amigo secreto, parejas terminaban y se armaban otra vez. Clientes que comenzaron a llamarle “ los chinos gay ”. De ahí el nombre que usó Pedro Lemebel , comensal insigne, para titular la crónica sobre el asalto que vivió el 30 de diciembre de 2003. Esa noche terminaron él, la Jovana –su agente literaria– y la Pacita Fernández de Castro junto a los chinos y locas en el subterráneo, a punta de ¡no levantís la cabeza, conchetumadre! , con las canciones de Luis Miguel de fondo. Alejandra se encontró con esa sorpresa: el restaurante vacío, las luces y la música encendidas. Unas sombras le quitaron el reloj, sus aros y la empujaron hasta abajo. Sólo pensaba en sus hijos, que en cualquier minuto su mamá se los traería para que durmieran con ella en el segundo piso. “Gracias a ese artículo se hizo mucho más conocido el local, pero cada vez que me preguntan me hace entrar en malos recuerdos”, sincera. “Los clientes venían escondidos, siempre como amigos y como aquí los acogimos bien, siguió viniendo mucho. En el 94 llegaban grupos, todos los sábados lleno de clientes gays. Hacían sus cumpleaños, todo. Pero con el tiempo se fue muriendo mucha gente”, recuerda Alejandra. Un local donde, describía Lemebel, “se puede conversar, brindar y pololear en rosa sin que nadie se espante”, en el que “se mezclan maricas clase media, artistas del beso negro e intelectuales de parrandera tolerancia con amigas de las amigas”. Alejandra cuenta que ella no hace reparos con sus comensales. “Son todos iguales para mí, ni siquiera se me pasa por la cabeza: ¿será gay o lesbiana? Yo con todo el mundo soy muy cariñosa”. Alejandra Cai llegó a Chile en los años 90 para hacerse cargo del Hao Hwa, el icónico restaurant conocido popularmente como "los chinos gay". Y en eso pienso: ¿Qué diría Lemebel de la actual clientela? ¿A qué apuntaría con su lengua filuda? ¿A los Smartfit, OnlyFans, el popper o Grindr? ¿Si supiera de nuestra fauna coliza en términos gringos? ¿De que en ninguna librería del sector están disponibles sus crónicas? ¿O de que las actuales figuras del progresismo almuercen en “ los chinos gay ”? A sus comensales diversos hay que sumar políticos como el ministro Mario Marcel, la candidata Carolina Tohá o el Presidente Gabriel Boric, y figuras del mundo del espectáculo y la tv como el periodista José Antonio Neme, la actriz Josefina Montané, la cantante Francisca Valenzuela, la fotógrafa María Gracia Subercaseaux o el crítico gastronómico Álvaro Peralta Sáinz, el famoso Don Tinto . En el Hao Hwa Alejandra conoció al animador Pancho Saavedra, al productor William Geisse -con quien va a Fausto discotheque-, a la recordada transformista Francis Françoise y al mismo Pedro Lemebel. Ella cuenta que aquí ha conocido a muchos amigos y que todos le dicen que es una china atípica. Una lengua extranjera El 22 de marzo de 1994 llegaste desde Zhaoqing, una ciudad-prefectura de la provincia de Cantón. Aterrizaste en Santiago de Chile, a tus 21 años, sin hablar una palabra de español. Llegaste sin ser Alejandra todavía. “ Mi nombre es Ruiru, Alejandra es mi nombre artístico ”, dices, sobre una decisión que muchos orientales deben tomar al llegar al país: elegir su nombre occidental, uno que puedan pronunciar sin dificultad los hispanoparlantes. “En ese tiempo había pocos chinos y los nombres después los pronunciaban chin chu lan cha . Así que para evitar eso preferí uno con el que me pudieran llamar fácilmente”. Uno que tampoco escogiste, sino con el que te bautizaron las garzonas de esa época: la María, la Inés, la Julia y la Paula. El Hao Hwa fue el tercer chino en abrir en Santiago, después del Palacio Danubio Azul y el Lung Fung –donde filmaron “ Una mujer fantástica ” y que cerró tras un incendio en 2019–. Inaugurado hace 47 años por los abuelos de tu marido, se trata de una tradición familiar. No había herederos que quisieran seguir este camino y entonces llegaste con Jintao, con quien te casaste acá. “Porque cuando necesitan ayuda hay que venir”, declaras. Tu padre ya había llegado el 87, también a ayudar. Tu padre, que por un malentendido con el idioma se aventuró a abrir otro local en San Fernando, en lugar de San Bernardo, perdiendo esa inversión. Quizás fue ese hecho el que te llevó a practicar tanto el español hasta incorporar el po y el cachai . Y apoyada en unos libros de castellano que había dejado la familia anterior, aprendiste más del idioma desde la trinchera que era la atención de la caja. “Los clientes se reían de mí, donde yo decía ‘aloz’. Así que empecé a aprender el rrr rrr. Fueron días de trabajo, hasta que un día rrrrrrrr salió. Y dije ARROZ, por fin. No soportaba que la gente se riera de mí. Me sentía tan mal… Uno pensaba que el mundo occidental era más avanzado, pero no”. El Hao Hwa fue el tercer chino en abrir en Santiago, después del Palacio Danubio Azul y el Lung Fung –donde filmaron “ Una mujer fantástica ” y que cerró tras un incendio en 2019. Los chinos gay se convirtió en un espacio seguro para la comunidad LGBTQ+. Es que en China podrías haber tenido otra vida. Fuiste criada en una aldea en el campo, rodeada de árboles que crecen entre uno de los brazos del Río Perla y casitas de madera, donde no hablaban ni mandarín ni cantonés, sino huilong, un dialecto local que hoy sólo sigues practicando con Jintao. Él, un hombre favorecido con un físico que lo hacía destacar entre la precariedad de la época. “China estaba muy atrasada, hasta el 90 todo estaba muy caro, nunca crecimos con leche líquida, sino con polvo. Mi marido y todos sus hermanos son altos, una de la muy poca gente así tan bonito ”, recuerdas. A pesar de tu seguridad, de la facilidad con que respondes un pedido que vienen a retirar y de saber el nombre de casi todos tus clientes y sus platos favoritos, tuviste dudas. “Uno se desespera y se pregunta si tomé bien la decisión, porque estaba en la universidad y si no hubiera venido, mis compañeros, mi familia, dicen que habría sido muy grande. Sería, no sé, gerente de una empresa”. Ibas en segundo año de diseño industrial cuando te marchaste. “Pero no me arrepiento porque la experiencia que aprendí en Chile –pausas– allá nunca la iba a tener. Hoy China está muy desarrollado, pero para las personas importantes está restringido: no puedes salir, te retienen el pasaporte, hay cosas que uno no puede hacer porque piensan que te vas a arrancar”. “Los clientes se reían de mí, donde yo decía ‘aloz’. Así que empecé a aprender el rrr rrr. Fueron días de trabajo, hasta que un día rrrrrrrr salió. Y dije ARROZ, por fin. No soportaba que la gente se riera de mí. Me sentía tan mal… Uno pensaba que el mundo occidental era más avanzado, pero no”, dice Alejandra. Pero no me arrepiento, declaras. Aquí criaste a tus hijos, que tantas veces detrás de la caja hacían las tareas del colegio. Hoy tienen 28 y 24 años: ella vive en París, él estudia ingeniería en la Universidad Católica. “Todas las cosas que quería yo, las dediqué a ellos. Imagínate, todos los chinos juntando plata para comprar propiedades y yo no, siempre junté plata para llevarlos de viaje. Creo que esa fue la mejor inversión”, aseguras confiada, optimista, sacando cuentas alegres. Ruiru migró para que Alejandra pudiese mantener en pie un local que, sin proponérselo, se transformó en un ícono para la comunidad LGBTQ+, que en 2018 fue premiado como " Lugar más popular" por Gaydatos , y orgullosa señalas una G transparente que destaca en una vidriera repleta de teteras, budas, guerreros y santos, bonsáis y bambús. Quizás en China, la joven Ruiru no hubiese conocido a ningún chino gay. “Había escuchado de hombres gays, pero nunca había visto en mi vida”. Y aquí estás viendo a otro más que te pregunta por tu pasado. Pero en este rincón del mundo encontraste lo que traduces como Hao Hwa: prosperidad. en 2018 el restaurant fue premiado como Lugar más popular por Gaydatos, y Alejandra orgullosa señala una G transparente que destaca en una vidriera repleta de teteras, budas, guerreros y santos, bonsáis y bambús. Menú presidencial Pasando los letreros de neón, entre cuadros de pavos reales y el aroma que dejan los wantán recién fritos, está el Presidente Gabriel Boric, la tarde de un domingo de marzo. A solas en el salón que da a la calle, custodiado por un biombo de madera, alejado de la polémica por la casa de Allende o de la pregunta por quién llevará el rumbo del país por los siguientes cuatro años, usa jockey y lentes negros, como si nadie lo fuera a reconocer. De todo lo que hay en el restaurante, si se trata de comida china, entonces su favorito son los baos de cerdo. Si hay que elegir de la carta japonesa o la thai, el crispy roll y el sake ebi o el pad thai. “Ahora la Ale empezó a hacer unos sushis especiales de varias mezclas, no el estilo nikkei, que también son increíbles”, responde con naturalidad, como un conocedor, mientras que para otras respuestas hace una pausa antes de adoptar el tono discursivo que lo caracteriza. –¿Qué hay acá que no hay en otros lugares del sector o de comida china? “Hay algo que sólo se construye con el tiempo que es la sensación de pertenencia, de complicidad y de poder ir a un lugar y que sepan lo que quieres. Yo vengo hace años con harta frecuencia, conozco a la Alejandra y siempre es muy agradable. Sentirse en casa es para mí muy importante. Es un espacio de confianza donde uno puede comer tranquilo, la calidad de los ingredientes es muy superior en general al promedio. La ubicación es muy rica. Casi siempre vengo solo y puedo tener un espacio tranquilo en el Hao Hwa ”. –¿Qué encuentra cuando viene solo? “Encuentro un espacio de paz para leer, para poder estar harto rato sin que haya una presión por irte rápido para desocupar la mesa. Encuentro la buena onda de Alejandra y la gente que trabaja con ella, el Dani, la Luna, que son siempre muy amables. Para mí es un espacio de calma en medio de la ciudad”. –En estos más de 10 años, ¿qué es lo que ha cambiado del Hao Hwa y qué se ha preservado? “Yo creo que la gracia del Hao Hwa es que la calidad se ha mantenido muy consistente en el tiempo, cosa que no pasa muchas veces con los restaurantes que les va bien, que empiezan a privilegiar rendimiento, producción y precio por sobre calidad. Ha habido mucho prejuicio con el barrio últimamente, o sea, en los últimos años después del estallido y la pandemia, pero creo que el barrio se ha ido recuperando y va a ir cada vez más para arriba”. Sentado en diagonal al mandatario con mi bolsa de baos para llevar, le cuento que hace un año me vine a vivir cerca de Baquedano y que me parece surreal –aunque surreal no era la palabra adecuada– que los viernes sigan quemando cosas un grupo de señoras vestidas de negro: un colchón, un sillón, una rama, y él agrega que la última vez actuaron con más fuerza. Tan surreal –ahora sí– como conversar con el Presidente un domingo en los chinos gay. Semanas después, Alejandra contará que el mandatario viene desde cuando era dirigente estudiantil. Días antes del 11 de marzo de 2022, ella le dijo “chao, Presidente, qué le vaya súper bien”, pensando en que no volvería, pero él respondió “voy a venir siempre”. Un hecho que ella describe como un honor: “Yo no sé qué tengo, pero siempre me ha querido. Me escribe, me pregunta por mi salud”. Lo dirá harto después porque para contar esta historia tuvimos que agendar la entrevista con anticipación, es que tiene menos tiempo que el Presidente o algo así dirá Gabriel Boric, horas antes de viajar a la India. China próspera En los últimos años han cerrado clásicos del barrio como el Squadritto o Les Assassins. Mantenerse en pie después del estallido social y la pandemia fue difícil. “En octubre de 2019 bajó el 60 por ciento, tuvimos que despedir un barman, un sushero y un garzón”, dice la dueña del Hao Hwa. “El día de la marcha más grande de Chile, se juntaron miles de personas a apedrear como si demolieran un edificio”, describe sobre lo que ocurrió con las oficinas de la Cámara de Comercio y una época que marcó un antes y un después para ella. A lo que luego se sumó el Covid-19, el FOGAPE y un préstamo de 60 millones del que vienen saliendo. Antes de que Chile fuera otro Chile, para luego decidir seguir siendo el país que era antes, el Hao Hwa vivió su época de oro: desde el 2012 al 2019. “Estaba a full, día y noche. Los jueves nunca había asientos. Se llenaba por la Nelly Richard, todo el mundo la seguía, llegaban como 30 a 40 personas. Y había muchos más grupos: pintores, actores, artistas”, recuerda Alejandra sobre esas mesas repletas entre las que se sentaba la crítica cultural. Con su marido habían hecho cambios. Tras el asalto dejaron el segundo piso, en 2007 se sumó el chef del primer Kintaro, hasta que se fue y ella tuvo que aprender a preparar las salsas para el sushi, tal como la letra de un nuevo idioma. Dos años después vino la remodelación. Finalmente, se sumó la cocina thai. El Hao Hwa vivía, como lo indica su nombre, prosperidad. –¿Dirían que ustedes están en un modo de resistencia? “Yo creo que sí. Mira, él venía con Lemebel”, señala a Víctor Hugo Robles, conocido como el Che de los gays, quien se sienta a comer en otra mesa. Le pregunto qué espera. “El Presidente dice que se va a poner mejor el barrio, ojalá. Creo que la delincuencia en algún momento va a llegar a su peak. Todas las cosas tienen un ciclo. No sé si un día va a volver a suceder lo de antes”, responde pensando en la edad de oro y en cómo celebrar los 48 años del restaurante en agosto. A lo mejor un evento con drag queens, pero podría llegar mucha gente y eso le preocupa porque el segundo piso no está habilitado. – ¿Cómo quieres ser recordada? Cuando en el futuro alguien piense en el Hao Hwa. “No sé”, ríe. “Yo me pregunto, ¿cómo será Hao Hwa si algún día tenemos que irnos? Siempre pienso eso. La gente me tiene mucho cariño. Porque yo entrego cariño sincero y la gente también me quiere por cómo soy. Antes era tímida y hoy no, soy otra. De hecho mi familia en China me dice ‘ahora estás diferente’. Porque los clientes me educaron con muchas cosas y yo carecí de todo eso cuando chica: historia, política, a nadie le importaba”. De esas visitas al otro lado del mundo, Alejandra siempre regresa con una receta nueva, con ganas de incorporar alguna preparación a la carta. Dice que a pesar de lo complicado que está acá con la seguridad, Chile le dio la posibilidad de crecer, no se arrepiente. “Allá está muy desarrollado, pero no es mío. Lo mío está acá”. Al final de esta conversación, en su celular se acumulan notificaciones escritas en chino y, antes de salir disparada a comprar aceite de semillas de sésamo, agrega que va a La Vega dos veces a la semana, que ella escoge las verduras, que corre todo el día porque “siento que los clientes de aquí se merecen buena comida, buen ambiente. Ellos siempre me dicen ‘Alejandra, muchas gracias por el espacio’, pero ustedes mismos hicieron eso, yo no”.
- El desalojo tocó la campana del colegio
El 4 de junio, Benjamín, un niño de nueve años, vio cómo retroexcavadoras derribaban su casa en una toma de Quilicura. En ese instante perdió su hogar y la continuidad de sus estudios. Junto a su madre tuvo que mudarse a otra comuna, lejos del liceo al que asistía cada día y la educación quedó en la cola de las prioridades. Hoy es uno de los más de 50 mil niños fuera del sistema educativo, expulsado de las aulas tras ser desalojado de su barrio. Sentada en el borde de una silla, con las manos temblorosas, Fabiola evita el contacto visual mientras cuenta esta historia. Su voz es baja, quebrada, como si en cada palabra existiera una posibilidad de perder una de las únicas cosas que le quedan. No quiere que nadie sepa su nombre ni el de su hijo. “Fui a pedir ayuda a la municipalidad porque ya no cachaba qué más hacer”, susurra, “le conté a la trabajadora social que Benjamín ya no podía ir al liceo desde el desalojo y me respondió que si no iba al colegio, me lo iban a quitar”. Lo último que le recomendó, antes de darle la espalda, fue “ si no puedes con él, quizá sea mejor que lo cuide alguien que sí pueda ”. El 4 de junio a las 8:30 de la mañana, el campamento Mauricio Fredes de la comuna de Quilicura, fue desalojado . El rugido de las máquinas resonó en cada rincón de las viviendas de hojalata, mezclado con los gritos y las órdenes de las autoridades. Los vecinos, aferrados a quedarse, levantaron barricadas y expresaron su descontento, acompañados por un viejo e inquebrantable miedo a un círculo de pobreza del que pensaron haber salido. Fabiola dice que su hijo de nueve años expresó con frustración: “ No sé por qué me pasa esto ”, como si él tuviera algún tipo de responsabilidad en el desalojo. Ella lo abrazó fuerte. El desmantelamiento del campamento marcó el inicio de una serie de traslados para él y su madre. Se acurrucaron bajo tres techos distintos en menos de dos meses. Pero su mochila de Spiderman siempre estuvo tal y como se encontraba el día en que se vieron forzados a salir de Quilicura: con sus útiles listos. Benjamín tiene nueve años y en los últimos meses ha vivido en más de tres casas transitorias con su mamá, mientras encuentran un hogar. Él ya no va al colegio. Y aunque la preocupación durante toda esa temporada fue encontrar un lugar dónde resguardarse, otro problema que surgió ante cada reubicación fue el retroceso en su proceso de reintegración en el sistema educacional. Generando su primera deserción escolar . “Al principio, cuando entendió que no iba a volver, me miraba con esos ojitos llenos de preguntas que yo no podía responder … ‘¿Y mis compañeros, mamá?’, me preguntó harto tiempo por esos cabros”, recuerda Fabiola. Hoy, esta madre soltera y su hijo viven en un nuevo campamento ubicado en la periferia de Lampa. Son pocos los parques cercanos, los paraderos de locomoción pública son casi inexistentes y el liceo más cercano está a kilómetros. Fabiola dice que ya no sabe qué hacer, que su trabajo como auxiliar de aseo en un Cesfam le consume todo el día y cuenta que le angustia no poder llevarlo a un liceo. “ Están tan lejos (los establecimientos educacionales) y no me dan los tiempos. Me encantaría poder salir a dejarlo y a buscarlo después, pero si hago eso olvídate de la comida ”, cuenta la mamá. Anotación negativa para el sistema Benjamín abandonó las clases y su deserción escolar es una herida abierta en el tejido de la sociedad que ilustra una red de protección estatal que no fue capaz de sostener la escolaridad de los niños y niñas de ese asentamiento ilegal. La académica UDD y especialista sobre impacto social de la Pontificia Universidad Católica, Macarena Mackay, explica que la deserción escolar es la interrupción prolongada e indefinida del sistema educacional, producido por diversos motivos, ya sea económicos, laborales, sociales o derivaciones de adicciones. Sin embargo, existe la deserción “forzada”, la cual se produce por la reasignación de un lugar para vivir, priorizando la disponibilidad geográfica por sobre la educación, agregó. Según las últimas cifras de 2023 del Ministerio de Educación (MINEDUC) la tasa de desvinculación escolar chilena es de 1.66%, lo cual corresponde a 50.814 estudiantes que no están registrados en el sistema educacional, lo que representa un incremento de 0,2 puntos porcentuales respecto a la tasa del año 2022. Dibujo que hizo Benjamín sobre el día en el que fueron desalojados del campamento. La Organización de Naciones Unidas (ONU), aseveró en su informe sobre “ Desalojos Forzosos ” (2014) que estos son desconcertantes para toda familia, pero son “especialmente traumáticos para la estabilidad de los niños”. Señalaron cómo la violencia, el pánico y la confusión que rodean estos desahucios dejan una huella profunda, que a menudo desencadenan trastornos postraumáticos que dificultan enormemente su aprendizaje y desarrollo sociocognitivo. La madre explica que Benjamín se queda solo en casa, que ya no confía en dejarlo con otras personas, porque en ocasiones anteriores fueron imprudentes con su cuidado, aunque no quiso detallar de qué manera. A pesar de lo difícil que puede ser para un niño enfrentar esta soledad, a Fabiola le genera una paz amarga. El niño se levanta temprano todos los días, cuando su mamá se va al trabajo y cuando el sol se abre paso entre las paredes de madera y latón. Su rutina es siempre la misma: sale a caminar por los caminos polvorientos que bordean la toma. Ha aprendido a inventarse juegos, a veces con piedras, a veces con palos. En su improvisada pista, donde esquiva y vuela sobre escombros, con los brazos extendidos y sus puños al frente, lanza telarañas soñando con ser Spiderman en bicicleta. Hace tiempo que dejó de jugar a la pelota, aunque siempre ha querido jugar en la cancha de la toma, pero es tímido y no se acerca a los otros niños. Isidora García, Directora Social de la fundación Techo-Chile , enfatizó en que el tema de niñez en campamentos es una cifra borrosa, donde no se sabe ni cuántos niños hay, ni en qué condiciones se encuentran. Lo que por ende, según la especialista, genera la falta de medidas y protocolos que protejan integralmente a los menores que residen en asentamientos ilegales. “¿Que sucede después, cuando los desalojan?, ¿A dónde se van? Lamentablemente esa respuesta nadie esta siendo capaz de darla”, señala con preocupación. “ No hay una coordinación entre los distintos servicios del Estado para poder generar una respuesta integral para abordar las consecuencias sociales que estos desahucios traen a las familias”, agrega García. Las matemáticas todavía le encantan a Benjamín, aunque se confunde con las divisiones. “Juego con palitos en el patio (gran terreno cercano a su casa con altos pastizales). Los pongo en el suelo, los cuento y los agrupo, como cuando la profe nos enseñaba en clase. Es bacán porque así no voy a repetir cuando vuelva al liceo”.
- Patricia Rivadeneira: una mujer llena de ideas
Patricia Rivadeneira siempre ha sido "demasiado": demasiado libre, demasiado intensa, demasiado ruidosa para ciertos oídos masculinos. En esta conversación —donde se cruzan la performance y el feminismo incendiario de Virginie Despentes—, la protagonista de Una mujer llena de vicios , reflexiona sobre los pactos de poder entre hombres y la ilusión de la sororidad en una cultura que aún nos obliga a competir para existir. “No todos somos así”, insisten ellos; pero ella responde: “Eso ya no basta”. “El lloriqueo y la victimización nos dejan como si nosotras no tuviéramos posibilidad de ser agentes de nuestras vidas y de cambio”. No hay condescendencia en sus palabras. Ni aplausos fáciles. Patricia Rivadeneira (60) es una mujer que no está dispuesta a dejar de hacerse preguntas, ni a repetirse respuestas que no le calzan. La protagonista de Una mujer llena de vicios, adaptación teatral del libro Teoría King Kong, habla fuera de las tablas sobre las contradicciones que planteaba Virginie Despentes : de cuerpos y de mujeres, de belleza y de erotismo, de violación, de hombres y de deseo. Una entrevista a destiempo con Patricia Rivadeneira, quien llegó corriendo, apurada por una función que se le venía encima. Nos saludamos rápido, como si ya nos conociéramos, y buscamos un rincón en la antesala del teatro para estirar el tiempo un poco más de lo permitido. Ella se sienta, se acomoda el abrigo, cruza las piernas. Tiene rasgos afilados, como su forma de pensar. Me mira y me estudia. No responde, sino que contra-pregunta. Se toma sus pausas. Se ríe con ganas, con cuerpo, con voz. La entrevista empieza a parecer otra cosa. Una escena, tal vez. El diálogo sigue girando en torno al feminismo punk de Despentes, que no escribe para las Kate Moss, sino para las King Kong. Para las feas, no para las lindas. Pero ahí está Patricia, hablando desde ese lugar incómodo de quien ha sido leída toda su vida como bella, deseable, guapa. Una mujer que sabe que su cuerpo ha sido parte del espectáculo, del deseo ajeno, de la mirada insistente, y que aun así se para en escena para decir lo que no se espera de una mujer como ella. Patricia Rivadeneira es una de. las protagonistas de Una mujer llena de vicios, una obra basada en el ensayo feminista Teoría King Kong de Virginie Despentes, adaptado al teatro por Manuela Oyarzún. / Ilustración de Juan José León Es 2006. Ya existen cámaras digitales, teléfonos inteligentes, MP3, dispositivos para medir el sueño, el azúcar, el ciclo menstrual. Pero ninguna tecnología ha sido pensada para protegernos del cuerpo del otro. “No hay —dice Virginie— ni un solo objeto que podamos meternos en el coño al salir de casa y que corte en pedazos la polla del primer imbécil que quiera entrar sin permiso”. Así de brutal. Así de claro. Porque lo que nos dice es que nuestros cuerpos fueron diseñadas para ser penetradas, invadidas, violadas. Y nos entrenaron para eso. Ese es el verdadero carácter sociocultural de la violación. Nadie lo dice más alto ni más lúcido que ella. “Hay muchos hombres que yo he conocido en mi vida que han sido, de alguna forma, abusadores conmigo. Y está plagada la historia de mis amigas de casos”. Lo dice Patricia. Treinta años antes de que las redes sociales volvieran mainstream el feminismo y los pañuelos verdes, Patricia ya se colgaba de una cruz en el Museo de Bellas Artes. Era Por la cruz y la bandera , la performance de Vicente Ruiz, que denunciaba la indiferencia hacia las personas con VIH y el pueblo mapuche. Crucificada en pleno museo, mezclaba arte, política, religión, cuerpo y escándalo. Todo lo que aún sigue doliendo. Han pasado años desde Teoría King Kong y desde esa performance. Pero no han pasado de moda ni el control sobre nuestros cuerpos, ni la hipocresía de una industria que grita empoderamiento mientras nos exige ser flacas, suaves, eternamente jóvenes. ¿De quién es el cuerpo? ¿Es posible escapar de la mirada del otro? ¿Cómo se vive con un cuerpo atravesado por expectativas contradictorias? Virginie escribe desde los márgenes de la feminidad. Desde ese lugar de la mujer que no alcanza ni el mínimo de lo deseable, que no despierta fantasías masculinas, y que tampoco se resigna al rincón al que la relegan. La fea. La olvidada. ¿Dónde te sitúas tú, Patricia, frente a esa idea de feminidad? —Cuando era joven, no fui una chica especialmente exitosa con los hombres. Pero creo que hay un punto muy interesante en todo esto: cómo una mujer se atreve a ser más deseante que deseable. Cómo su placer no depende de satisfacer al hombre, al otro que la mira, sino de sí misma. En ese sentido, con los años llegué a ser considerada bella, atractiva, deseable. Sin embargo, eso siempre estuvo vinculado a un espectador, a un otro. ¿Hay un momento en que ocurre ese giro? —Creo que eso sigue operando dentro de mí. No son cosas que se desarticulen fácilmente. Pero, ¿cómo atreverse a ser más deseante que deseable? (…) Es que los hombres no funcionan así. Están acostumbrados a ser quienes desean, no a embellecerse para resultar deseables. Porque claro, entre los mamíferos pasa lo mismo. Pero, por ejemplo, en el caso de los pájaros, es el macho quien debe ponerse bello para ser elegido. U na mujer llena de vicios regresa a la cartelera este 13 de junio a Teatro Bío Bío y más tarde, del 8 al 24 de agosto a Matucana 100. Se plantea que, al haber sido tradicionalmente relegadas del poder económico y político, a las mujeres les quedó el capital erótico. —Ese era el capital que te enseñaron desde siempre —desde hace siglos— que debías tener. Si no lo tenías, eras, como decía Despentes, una perdedora social: la fea. Y esa quedaba completamente relegada. Durante mucho tiempo, fue uno de los pocos capitales permitidos para las mujeres. Virginie es de mi generación, la primera que pudo tener una cuenta bancaria a su nombre sin necesitar el permiso del padre o del marido. Estamos hablando de algo que ocurrió hace muy poco. ¿El éxito de las mujeres sigue dependiendo de su vínculo con los hombres? —El éxito profesional y económico de las mujeres sigue siendo cuestionado. Y los hombres, en ese sentido, levantan barreras para impedir que accedamos. Tienen sus pactos, sus cofradías, que a veces salen a la luz y una queda abrumada. Ahí están, por ejemplo, los masones, o aquel grupo de violadores de la Pelicot, o los chats privados que me imagino entre muchos hombres —quizás más de mi generación que de las más jóvenes, pero eso todavía pasa— en directorios, en el mundo empresarial, en la política, incluso en el cine y las artes. Todos esos espacios siguen dominados por hombres. A nosotras nos quedan los papeles secundarios, terciarios, cosificados. Incluso en el teatro shakesperiano, las mujeres ni siquiera podían subir al escenario. Virginie habla del cuerpo como campo de batalla. ¿Qué lugar ocupan hoy los cuerpos de las mujeres? —Es que ahí hay un tema sobre la asignación de las feminidades. Es lo mismo que pasa con los cuerpos trans. ¿Es necesario parecer mujer para ser mujer?, ¿qué es lo que te hace mujer o qué es lo que te hace hombre? ¿Alguien cumple, finalmente, con esos ideales? —Que es bonita, que es rubia, que es flaca, que es guapa, que tiene las pechugas de tal forma, el poto de tal otra, la depilación perfecta… Esa mujer a la que supuestamente debemos parecernos es un constructo cultural. En las representaciones de lo femenino en el mundo precolombino, por ejemplo, las mujeres eran redondas; se entendía que eso era signo de fertilidad, ese era el canon de belleza. Pero luego, con la cultura griega —una cultura profundamente homosexual— se estilizan los cuerpos masculinos y surge una estética homoerótica que después se proyecta sobre los cuerpos femeninos. Hay una historia muy larga detrás de esto. Al final, estos cánones están sostenidos por un sistema que nos impulsa a consumir: tenemos que comprar lo que nos venden para llegar a ser así. Y es algo inalcanzable: la eterna juventud, la eterna belleza. Todo eso que se nos impone. Ahí es donde surgen todas las preguntas sobre qué entendemos por belleza. Existe una belleza apolínea, con cánones de armonía profundamente inscritos en nuestro imaginario cultural, que resulta muy difícil desafiar. Incluso con discursos como el body positive o el “ámate a ti misma”, el cuerpo sigue al centro. ¿Por qué? —Es el cuerpo el que nos permite estar en este planeta. Creo que hay un desequilibrio en la idea de amarlo, porque también lo hay en nuestra comprensión del amor. ¿Por qué quiero amar mi cuerpo? ¿Soy capaz de amarme tal como soy? Hay una exigencia constante, una competencia permanente. No podemos dejar de competir: eso también forma parte de nuestra biología, porque competimos por sobrevivir. Entonces, no se trata de negar todo eso, sino de buscar armonía: armonizar el instinto, el mundo emocional, el mundo intelectual. Pero la máquina del deseo es más poderosa que cualquier eslogan pacifista. ¿Y qué lugar le das tú a la sororidad? —Creo que puede ser algo profundamente rico y poderoso. Pero no creo en la sororidad, no cuando aún nos queda un largo camino por recorrer, porque la competencia entre mujeres sigue siendo muy fuerte. ¿Quién es la más linda, ah? ¿Quién es la más linda? Esa es la pregunta que una escucha desde niña. ¿Y desde la familia también? ¿Desde el amor? —Te van ubicando en relación a si eres linda o no. En la familia, en el campo amoroso. ¿Quién es la más más...? —La más cualquier cosa. Virginie dice: “salir de la jaula ha tenido siempre sanciones brutales”. Ustedes lo hablaron también en un conversatorio: ¿por qué sólo vienen mujeres y disidencias? ¿Dónde están los hombres? —No, pero ahora hay hartos hombres. Cada vez más. Y eso ha sido muy interesante: ver que hay un público masculino que crece. Dan ganas de quedarse a la salida y entrevistarlos, preguntarles qué les pasa. Ayer, por ejemplo, vino una vecina con su marido, un señor de más de setenta años. También vino mi amigo Rafael Gumucio, que quedó muy impactado y agradecido por el montaje. Mi hijo, cuando la vio en el estreno el año pasado, me dijo: “¿Cuántos de los hombres que están aquí habrán violado a alguien o lo habrán intentado?” Es una pregunta dura, pero necesaria. Muchos hombres que he conocido en mi vida, de una forma u otra, han sido abusadores conmigo. Y las historias de mis amigas están plagadas de casos similares. Creo que se están abriendo nuevas preguntas, nuevos espacios para que la masculinidad empiece a entender lo que hace, lo que ha hecho, y el lugar desde donde se ha ejercido la violencia machista. Pero también veo un fuerte rechazo a esta ola feminista, una contraofensiva del machismo, como lo vimos en las elecciones de Estados Unidos o en lo que está ocurriendo en Afganistán. Por eso insisto: si no hay diálogo, si no hay un verdadero encuentro, será muy difícil avanzar hacia una convivencia sincera, y corremos el riesgo de caer en una especie de guerra civil simbólica. Muchos hombres me dicen: “Ah, pero no todos somos así”. Pero ese argumento no es interesante. Lo verdaderamente importante es preguntarse: ¿cómo denuncio yo al amigo, al compañero, que sí es así? Cada hombre tiene que dar un paso al lado, un paso adelante, y marcar la diferencia. Porque no basta con decir “yo no soy así”. Eso, en realidad, es ser cómplice. De hecho, hay una frase que ha salido a partir de esa misma contrarespuesta del “no todos los hombres son así”: pero siempre es un hombre . —Exactamente (Patricia se ríe fuerte) ¿Y cómo dialoga Una mujer llena de vicios con el Chile de hoy? — Esto está siendo increíble, porque además creo que uno de los grandes errores que cometemos muchas veces es caer en la victimización, y eso no es una buena elección, no es un camino fértil. Cuando todo se convierte en drama. Por eso nos gusta tanto Despentes. Por eso su ensayo, su genio y su figura siguen interpelándonos. Y por eso también se siente esta respuesta del público en la sala: porque el lloriqueo y la victimización nos dejan en un lugar donde parece que no tuviéramos posibilidad de ser agentes de nuestras propias vidas, de generar cambio. Seguramente es mucho más difícil ser mujer, sí. Pero como dice Camille Paglia: sin los hombres, no hubiéramos construido esos puentes. O sea, yo encuentro que ellos son regios —pero lo que pasa es que tienen que ubicarse en donde tienen que estar: ¡tienen que estar de adoradores nuestros! (ríe) Virginie dice: “Yo soy ese tipo de mujer con la que no se casan. Siempre demasiado: agresiva, ruidosa, viril.” ¿Cuál es tu “demasiado”? ¿En qué te excedes? —En todo. Sí, eso me resonó mucho. No lo pusimos aquí, en el espectáculo de ahora, pero sí en el primer texto que hice. Siempre sentí eso. Bueno, me casé una vez. Mi marido es muy especial, tampoco estaba tan convencido de casarse, como que lo tuve que obligar un poco. No sé si fue bueno para mí (ríe). He tenido personas cerca con las que hemos podido encontrarnos, pero en general yo siempre sentía que para los hombres era difícil aceptar cómo era; aceptar mi deseo de potencia, mi deseo de autonomía, mis discursos, mi querer brillar. Yo sentía que les costaba lidiar. ¿Y eso tuvo algún costo? —Probablemente sí: me ha cerrado espacios donde es mejor ser más discreta.
- El último invierno del Oso
Su historia es la de un perro viejo que encontró cariño en un bar del centro de Santiago, pero su partida también revela que, incluso en un país endurecido, la ternura aún encuentra por dónde colarse. No soy de perros. No lo fui nunca. Me daban miedo, especialmente los que vivían en la calle. Les temía a sus ojos amarillos, a sus cuerpos erizados y a sus ladridos traicioneros. Pero una vez pasé por el Bar Alameda y lo vi. Un quiltro viejo, rechoncho y de una mirada triste, como la de abuelo que ha visto demasiadas guerras. Alguien dijo que se llamaba Oso. Le habían puesto un chalequito y dormía sobre una frazada. Después supe que era un sobreviviente. Que llegó al bar como llegan las personas a la última parada de su biografía: arrastrando historias de quién sabe dónde, con el cuerpo hecho una ruina y un bulto en su estómago que era una bomba de tiempo. El Oso no era particularmente bonito. Y quienes compartían a diario con él lo describen como un viejo mañoso, más que simpático. Pero al mismo tiempo, dicen que fue un perro mágico: percibía con su olfato las malas intenciones, sacaba con mordiscos a los lanzas y protegía a los garzones y a la clientela de malandrines callejeros. El último Censo Nacional de Mascotas arrojó una cifra dolorosa: existen más de 4 millones de animales sin tutor en las calles de Chile. Dentro de este número, hay 3.461.104 perros como Oso en nuestro país. Oso era un justiciero que vivía en ese pedazo de ciudad lleno de ruido, en un sector donde ha desaparecido la marraqueta y ha sido reemplazada por el pan de masa madre. Y en tiempos de cambios y revoluciones, el Oso eligió el centro como su casa. Caminaba por la Alameda, cruzaba Santa Rosa y volvía al bar. Todos lo conocían, le traían comida, juguetes y mantas. En un país que te exige ser productivo o desaparecer, él encontró un rincón donde ser querido sin hacer nada más que existir, mover la cola y ponerse de guata al sol un lunes a las 10 de la mañana. Ana María Pallares es garzona del Bar Alameda desde hace dos años. Desarrolló con Oso una relación que a veces parecía más profunda que muchas que yo he tenido con humanos. Ella le hablaba como a un hijo. Le decía "mi guagüita", le daba pollito desmenuzado con las manos, le cambiaba el chalequito cuando le molestaba el calor y lo llevaba al veterinario. Le compró un osito de peluche, le cortó las uñas, le lavó las patitas. Se unieron, tal vez, porque conversaban el mismo idioma: el de los cuerpos trabajadores, acostumbrados al ruido, al aguante y al frío. Ella le acariciaba la cara y él respondía con un movimiento de cola. Estuvieron juntos hasta el último momento. “El Oso tiene cáncer”, le dijeron a Ana María. A la mujer se le rompió el corazón y agradeció en ese instante que el perro no hablara español. Tuvieron que dormirlo. Oso se fue con los ojos abiertos, cuando gemía bajito y cuando -según Ana María- cambió su gesto cotidiano de tristeza por uno de tranquilidad. “Yo nunca había visto a un perrito llorar”, contó la garzona. Y lo dijo con la voz quebrada. “Le salían unas lagrimitas y de pronto, cerró sus ojitos y ya no estaba con nosotros. Se detuvo su corazón”. Hoy hay un altar afuera del bar. No es uno de esos altares religiosos ni de mármol frío. Es de papel y plástico: hay una polera negra con la cara de un oso dibujado como ídolo popular, como si el perrito hubiera sido rockstar de barrio. Sobre el suelo de baldosas gastadas, el mismo que Oso recorrió con sus patas de viejo, han dejado flores, cartas, velas, platos con agua y croquetas, un peluche, y más comida. Hay también una foto suya. Nada de esto es institucional ni oficial. Nadie lo mandó a hacer. Este altar lo armó la gente que lo quiso. Los garzones, los vecinos, los estudiantes que pasaban por ahí, los que compartieron un pedazo de día con él, los que le pusieron nombre aunque no tuviera dueño. Y en medio de esa ofrenda callejera hay algo profundamente político: una ciudad que por un momento se permitió sentir. Sus cenizas volverán esta semana a su bar querido. Ana María irá a buscarlas personalmente y descansarán adentro, cerca de donde él solía dormir. Así, los clientes podrán seguir rindiéndole honores a su manera. Oso encarnaba todo lo que este país prefiere dejar puertas afuera: a los viejos, a los pobres, a los enfermos. Lo que ya no produce, lo que estorba, lo que se arrincona cansado. Pero en cada caricia que le dieron en la Alameda, hay algo que interrumpe esa lógica. Porque, a veces, en medio de tanta costra, brota la ternura. Y en esos gestos se dibujan otras formas de comunidad. Más frágiles, revolucionarias, más humanas y quiltras. ¡Buen viaje, Oso!
- Cuerpo de hombre: un culto a los likes y a los anabólicos
Mientras el culto al cuerpo gana terreno entre hombres jóvenes, el uso de esteroides y rutinas extremas redefine lo que significa ser varón. Este reportaje recorre los cuerpos y mentes que se moldean entre el espejo, la jeringa y la frustración. Una virilidad que ya no busca gustar, sino destacar. Mientras se populariza el uso de anabólicos entre hombres jóvenes, surge una pregunta esencial: ¿para quién se están construyendo esos cuerpos? Para muchos, representar éxito físico no implica necesariamente atraer a las mujeres, sino destacarse frente a otros hombres. Un ejemplo reciente lo protagonizó el cantante británico Olly Murs, quien compartió en redes sociales su transformación corporal tras 12 semanas de dieta y entrenamiento. Su cambio físico, delgado y relajado en la primera imagen, musculoso y definido en la segunda, fue sometido a encuesta en X: el 43% de los hombres votó a favor del “después”, mientras que solo un 27% de las mujeres lo consideró más atractivo así. La mayoría femenina prefirió la imagen del “antes”, más natural y menos forzada. Detrás de este desencuentro estético se esconde una pregunta inquietante: ¿para quién se están construyendo hoy los cuerpos masculinos? El boom de los anabólicos y el culto al volumen parecen estar menos relacionados con el deseo femenino y más con una competencia tácita entre hombres por encarnar una virilidad hipertrofiada. Una virilidad que, en muchos casos, ya no busca seducir: solo imponerse. *** Iván tiene 21 años y un objetivo concreto: convertirse en su propia versión de un semidiós moderno. No como los superhéroes que admiraba cuando era niño, sino como los cuerpos que hoy mandan en redes sociales: gigantes, recortados con bisturí digital o no, con músculos duros como piedra y mandíbulas definidas a puro esfuerzo y a veces, a pura química. Desde marzo, Iván está haciendo su primer ciclo de esteroides. Dice que se preparó durante meses, investigó, preguntó, se convenció. Y lo hizo por redes sociales, no con expertos . No hay remordimientos. “Uno sabe que no es sano, pero ahora un físico natural no llama la atención. Ya no alcanza”, afirma sin titubear mientras saca de su bolso un recipiente de vidrio con carne magra, arroz integral y brócoli. Mira su reflejo en la ventana del café donde conversamos. Se acomoda el cuello de la camiseta y tensa el brazo, apenas un segundo. En su gimnasio, dice, lo siguen viendo como "uno del montón". Aunque para el resto del mundo parece salido de una portada de revista, para él todavía está lejos. No es atleta profesional ni influencer. Estudia arquitectura y pasa más horas en el gimnasio que en la biblioteca . Entrena casi todos los días y sigue una dieta que raya en lo obsesivo. Cada vez que se refiere a su cuerpo, se mira los bíceps, presiona los antebrazos, flexiona con sutileza como si quisiera convencerse de que está avanzando. “Quiero más volumen, más forma. Lo que tengo ahora apenas es el comienzo”. Iván habla del “ambiente fitness” como si fuera un ecosistema con sus propias reglas y jerarquías. Y en ese mundo, el cuerpo natural se ha vuelto una cosa rara. Una etapa que hay que superar. Las cuentas que sigue en Instagram están repletas de cuerpos imposibles: dorsales como alas, abdominales marcados y piel brillante. Nadie dice qué hay detrás, pero todos lo saben. “Da igual si es natural o no. Al final lo que importa es cómo te ves. Y si no te ves así, no existes”, resume riéndose. Según datos del Observatorio Latinoamericano del Deporte (2022), Sudamérica ocupa el segundo lugar mundial en consumo de esteroides anabólicos, con un 5% de usuarios, la mayoría hombres, y edades de inicio que empiezan a los 15 o 16 años. El impulso, más que deportivo, es estético. Porque los efectos no se limitan al músculo. Los esteroides modifican la voz, la piel, la densidad ósea. Cambian la cara, acentúan el vello, endurecen las facciones. Para Iván, es parte del trato. “Sí, el cuerpo cambia. Pero también cambia cómo te trata el resto. Y eso sí que se siente”. Aunque insiste en que lo hace por él, admite que la presión está en todas partes. En los pasillos del gimnasio, en los comentarios que se repiten en los reels: “ No pain, no gain” . “Si no estás creciendo, te estás quedando atrás”, dice. La masculinidad, al menos, la que se construye entre pesas, químicos y likes, se volvió una carrera de tamaño y definición. Los nuevos ídolos ya no tienen capas ni superpoderes. Tienen marcas de ropa deportiva, rutinas de entrenamiento editadas como videoclips y códigos de descuento para suplementos. No necesitan salvar ciudades: basta con levantar mucho peso, marcar cada músculo y mantenerse siempre en cámara. *** La vigorexia , también conocida como dismorfia muscular, se puede definir como un trastorno mental caracterizado por una obsesión por ganar masa muscular y una distorsión de la imagen corporal. Según un estudio de International Journal of Eating Disorders (2019), de los casi 15.000 participantes, un 22% de los hombres tenían comportamientos alimenticios desordenados o irregulares orientados a la musculatura. Físicamente, puede llevar a lesiones musculares, desequilibrios hormonales, problemas cardíacos y daño en los órganos internos. Pero sus consecuencias no son solo físicas. Este trastorno, que la nutrióloga de DIPRECA Fabiola Martínez describe como “dentro del espectro obsesivo, no de los trastornos de la conducta alimentaria” puede afectar mentalmente a quienes padecen de él. “Es una mente muy intranquila. Puede generar estrés y ansiedad, lo que podría derivar en un desgaste energético y finalmente depresión. La persona puede sentir una insatisfacción constante”, explica Gabriel Russell, psicólogo de Redgesam. En cuanto a esto, Sonia Fernández, psicóloga particular, cree que el verdadero problema de la vigorexia “es que nunca se alcanzarán los tan ansiados resultados (...) Además, la capacidad de socializar se ve afectada, reduciéndose por lo general al grupo de personas con quienes se comparte el mismo interés, pero se convierte en una convivencia competitiva más que de cariño o espacio de contención”. Las redes sociales pueden ser un agravante de esta dismorfia muscular. Mientras que se puede ver como bueno el interés en hacer ejercicio y tener una vida saludable, hay quienes promueven una forma de vida irreal, totalmente estructurada, al estilo Patrick Bateman de American Psycho. Se presenta como “self care”, a pesar de ser prácticamente inalcanzable para los hombres corrientes. “Son personas que pareciera que no tienen mucho tiempo libre para hacer otras cosas, se obsesionan demasiado con el entrenamiento y muestran una vida estructurada en exceso”, explicó Russell. La psicóloga Fernández habla de las redes sociales como vitrinas, donde las personas se muestran como quieren. En ese sentido, “la musculatura ideal adquirida a través de una forma de alimentación idealizada, horas de entrenamiento, peso soportado, entre otros, no siempre es posible y produce en quien padece de vigorexia alta frustración y estados anímicos bajos. Al no alcanzar nunca la meta surge un sentimiento de ser poco efectivo o de poca valía como hombre y ser humano”. Russell, psicólogo, relaciona esto con la presión cultural y social. “Existen estos estándares de masculinidad muy asociados al tema del físico, la fuerza. Hay todo un tema de sentirse validado, aprobado por el resto”. Según Fernandez, la mayoría de las personas que hacen fisicoculturismo se encuentran entre uno y dos puntos anterior al trastorno. De quienes tienen dismorfia muscular, muchos terminan consumiendo anabólicos. “Son compuestos que pueden ser utilizados para ciertas enfermedades o condiciones, pero no están autorizados por el Instituto de Salud Pública para otros usos, como el deseo de aumentar significativamente la masa muscular, ya que tiene riesgos graves para la salud como las enfermedades cardiovasculares”, explica la nutrióloga de DIPRECA. Aunque no estén autorizados, muchos se los consiguen y hacen uso de estos sin receta médica . *** Franco es escort y DJ, tiene 26 años, entrena dos veces al día y dice que su cuerpo es su principal fuente de ingresos. Vive en un departamento moderno con vista al Cerro San Cristóbal, donde lo primero que se ve al entrar es un espejo inmenso y una fila de suplementos sobre la barra de la cocina. “Este cuerpo no se mantiene solo”, bromea mientras se toma un batido espeso de proteína y acomoda la correa de su bolso de gimnasio. Su vida gira entre sesiones privadas, eventos exclusivos y las luces de discos donde mezcla música electrónica. Pero detrás del neón y los beats, hay una rutina marcada por las pesas, las jeringas y los ciclos cuidadosamente planificados. Sus clientes, en su mayoría hombres de alto perfil, no se lo exigen directamente, pero lo dan por sentado. “Me repiten que les gusta mi cuerpo, que sea grande, que esté marcado.Si no tienes ese cuerpo, no vales lo mismo”, confiesa. Entrena entre tres y cuatro horas, repartidas en dos bloques. Su alimentación es estricta: seis comidas al día, todas medidas. No fuma, no bebe, no trasnocha, excepto cuando trabaja. Lleva cuatro años con este ritmo, y desde el primero comenzó con anabólicos. No fue decisión suya, al menos no al comienzo. Una ex pareja, influencer fitness, lo introdujo en ese mundo. “Él ya usaba, tenía los contactos, sabía cómo funcionaba todo. Me decía que si quería crecer de verdad, no había otra forma”, recuerda. Al mes de comenzar a entrenar con él, ya estaba en su primer ciclo. Dice que fue fácil: asesorías por Telegram, rutinas hechas por otros usuarios, recomendaciones entre chicos que rondaban los 18 a 20 años. Comprar no fue un problema. “Yo diría que es igual o más fácil que conseguir marihuana”, afirma mientras busca rápidamente en marketplace. “Mira, todo legal a simple vista. Te llega por encomienda. Ni una fiscalización, ni un control. Es el secreto más abierto de Chile”. También muestra un sitio que se define como “empresa líder en distribución de fármacos esteroides anabólicos”, donde se venden desde orales hasta inyectables, incluso kits completos para los ciclos y post ciclos. Algunos productos están por debajo de los 15 mil pesos. A pesar de que el uso y comercialización de esteroides con fines estéticos es ilegal en Chile si no está regulado por el ISP, la industria underground opera sin mayores obstáculos. Franco habla sin culpa. Sabe que los efectos a largo plazo pueden ser graves: daños hepáticos, alteraciones hormonales, problemas cardiovasculares. Lo ha escuchado todo. Pero también sabe que en su mundo no hay tiempo para esperar resultados lentos. “Un cuerpo natural es admirable, claro. Pero no vende. Y yo necesito vender”. Hoy, Franco luce una musculatura imponente. Usa camisetas con tirantes que dejan ver sus hombros y pecho, va siempre depilado y usa una crema brillante que le da un look mojado. En redes, sus fotos acumulan likes y mensajes directos con propuestas de todo tipo. En la calle, lo miran mucho, o más bien lo admiran. Pero cuando se observa en el espejo, dice que todavía le falta. “Podría estar más definido. Más grande. Uno nunca termina”, dice mientras se ajusta la gorra. Comenta también que su cuerpo es una inversión constante, un proyecto y una herramienta de trabajo. La obsesión con desarrollar musculatura puede afectar en distintos aspectos. “ Una persona que se obsesiona mucho con esto puede que tenga conflictos a nivel familiar, que pase menos tiempo en casa, comparta menos con amigos ”, explica el psicólogo Russell. Cada parte de tu vida se puede ver consumida por este trastorno. *** No fuerte. No sano. Grande. Eso quiere Sebastián (24, Maipú, estudiante de ingeniería) y lo dice medio en broma, medio en serio. Entrena seis días a la semana, dos horas por sesión. Su rutina está marcada por un plan de entrenamiento dividido, una dieta medida al gramo y un ciclo de anabólicos que comenzó hace año y medio. “El primero fue oral, suave. Pero no vi resultados tan rápido, así que pasé a los inyectables”, confiesa. Su vida gira en torno a su cuerpo. La comida, el sueño, las salidas, incluso sus amistades están subordinadas a su objetivo físico. “Yo no bebo, no trasnocho, no como fuera si no tengo mis táper listos. Mis amigos ya saben que si quieren verme, tiene que ser después de entrenar, y en un lugar donde pueda sacar mi comida”, dice. Cuenta que ha salido con mujeres en los últimos meses, pero que hoy no está para “distracciones”. “La mayoría no entiende esta vida. Me preguntan por qué me pincho, por qué como siempre lo mismo. Y no lo entienden porque para ellas esto no es importante. Si voy a tener una pareja, tiene que estar en la misma frecuencia”. “Si un tipo entra a un bar con los brazos marcados y una camiseta apretada, todas lo miran. Entonces, que digan que no les gusta, pero reaccionen así (...) algo no cuadra”, reflexiona. Y agrega: “Yo no entreno para ellas. Entreno porque no quiero ser uno más”. Sabe que los esteroides pueden cobrarle factura, pero su salud no es una prioridad hoy. “Así como hay gente que toma antidepresivos o medicamentos para el insomnio, esto también me ayuda a llegar a una meta y no es para siempre. No hay forma de llegar a ciertos cuerpos sin ayuda”. Para él, el cuerpo no es solo una meta: es un proyecto.
- Chilenos buenos pal' Sonny
Mucho antes de que el Labubu acaparara videos y vitrinas, unos querubines diminutos ya habían empezado a construir un imperio de lo kawaii. Desnudos, alados y con sombreros temáticos, los Sonny Angel cruzaron océanos para instalarse en repisas, escritorios y mesitas de noche. No son solo figuritas tiernas, sino amuletos, recuerdos y una iniciativa que nació para alegrar a las mujeres profesionales en tétricos contextos laborales. Hoy, además, son un ítem emocional medianamente alcanzable en medio de una economía desoladora. Por Isidora Mardones y Alexandra Martínez. En un rincón luminoso de Tokio, hace poco más de veinte años, un fabricante de juguetes se propuso una tarea improbable: crear una compañía que llevara pequeñas satisfacciones a la vida cotidiana de las mujeres. Toru Soeya fundó Dreams Inc. y presentó al mundo a los Sonny Angel, una tropa de querubines desnudos con alas pequeñas y sombreros de frutillas, hongos, conejos, o dulces. Su misión, declarada en cada caja en inglés, era tan simple como ambiciosa: They may bring you happiness (podrían traerte felicidad). Desde entonces, más de 670 figuras han visto la luz. Cada una con su propio color, gesto y personalidad, organizadas en series o colecciones de temporada, colaboraciones con artistas y ediciones limitadas que convierten a estos pequeños ángeles en objetos de deseo en todo el mundo. Lo que comenzó como un gesto lúdico en oficinas y escritorios pronto cruzó fronteras para instalarse en vitrinas, carteras y mesitas de noche, volviéndose parte de un lenguaje afectivo global. Hasta que, en 2023, algo cambió. Las redes sociales hicieron lo suyo y Sonny Angel se volvió un fenómeno global. En Nueva York, alrededor de 150 personas se reunieron en Washington Square Park para mostrar, intercambiar y fotografiar a sus pequeños ángeles. Su popularidad era tanta, que en 2024, al otro extremo del mundo, la Guardia Civil española intervinó más de 7.000 réplicas listas para ser vendidas, alcanzando la suma de casi 170 millones de pesos chilenos. Pero Chile, que al principio los recibió tímidamente, se convirtió en el único país de Latinoamérica con un distribuidor oficial. “Partí vendiéndolos casi en secreto, por Instagram y solo a coleccionistas muy fanáticos”, recuerda Patricia Klein, la administradora de Sonny Angel Chile. “Hoy, después de 10 años, tenemos una comunidad preciosa, diversa y activa”. La magia del factor sorpresa En el universo de los Sonny Angel , la verdadera adicción no está solo en coleccionarlos, sino en el instante previo: ese segundo en que se rompe el sello de la caja y el contenido todavía es un misterio. Aunque los compradores conocen de antemano las colecciones y los diseños posibles, nadie sabe cuál vendrá. La única pista es el color del envase, que varía según la serie. Después, todo queda en manos de la suerte. Este sistema, conocido como blind box , convierte cada compra en un pequeño ritual de expectativa y revelación. Esa incertidumbre, mitad ansiedad y mitad juego, ha transformado a estos querubines en objetos de culto. “Me encantó la sorpresa de abrirlos y no saber qué vendrá”, cuenta Alessandra Lluch, 32 años, coleccionista desde hace cinco, que en un viaje a Estados Unidos vio por primera vez al pequeño ángel en una repisa. Fue el inicio de una devoción que ya suma más de 500 mil pesos invertidos en figuras, y que sigue creciendo. Macarena Aguilar , diseñadora industrial de 50 años , lo sabe bien. Desde 2015 ha reunido cerca de 600 piezas, y su vínculo con ellas trasciende lo estético. Su primer Sonny Angel lo compró embarazada de su hija Paula. Hoy, ambas comparten la búsqueda, el intercambio y la emoción de cada hallazgo. “ Para mí significa un lazo muy importante con mi hija, transmitirle algo que ha sido muy bonito: ir construyendo juntas una colección que, para nosotras, también es una forma de arte ”, dice Macarena. La colección se volvió parte de su vida cotidiana: en cada viaje, además de museos y arquitectura, dedica tiempo a cazar la pieza única, esa edición especial que no llega por delivery sino que obliga a salir tras ella. La pasión tiene cifras: más de seis millones de pesos invertidos y contando, con la certeza de que cada pequeño ángel guarda una historia compartida. El coleccionismo y la emocionalidad Los Sonny Angel no solo son piezas de vinilo. Funcionan como dispositivos de memoria y afecto. Así lo descubrió Alejandra Segura, arquitecta y fotógrafa de 30 años , durante un viaje a Estados Unidos. En una tienda encontró la serie dedicada a felinos y decidió comprar una blind box . Para su sorpresa, dentro apareció un ángel que parecía la personificación de su gata recientemente fallecida. Ese hallazgo la marcó. “Efectivamente uno recibe lo prometido, el they may bring you happiness. Fue súper lindo cuando me salió (...) la dejé en mi pieza, me despertaba y me sentía acompañada”, recuerda. Desde entonces, Alejandra comenzó a buscar ediciones específicas en plataformas como Ebay o Aliexpress, dejando atrás el azar para elegir piezas que resonaran con sus recuerdos y gustos. Pero no todos los caminos coleccionistas se orientan a evitar la incertidumbre. Catherine Philp, 40 años, dueña de Riccia Kids en Barrio Italia, insiste en preservar la esencia del juego. Su tienda, especializada en juguetes y objetos didácticos, se ha transformado en un punto de encuentro para fans de Sonny Angel. Allí, las cajas se venden cerradas y el suspenso se vive en directo. “A la gente le gusta compartir esa experiencia de ‘¿Cuál le va a salir?’ (...) no deja de ser bonito comprar un producto que uno ya sabe cuál es, pero el efecto sorpresa tiene su enganche”, afirma. En esa tensión, entre la necesidad de control y la entrega al azar, se sostiene buena parte de la fiebre coleccionista. Porque al final, cada apertura no es solo la revelación de una figura, sino la posibilidad de conectar con un recuerdo, un vínculo o una emoción inesperada. Pertenencia e identidad En un contexto global de sobreestimulación, en donde cada día aparecen nuevas tendencias u objetos por los cuales obsesionarse, el coleccionismo, principalmente de los Sonny Angels, se ha transformado en una forma de conexión, tanto social como emocional, para muchas personas. Respecto a esto, el sociólogo de la Universidad de Valparaíso, Diego Ramírez (33) reflexionó que: “Las personas están tratando de encontrar mecanismos para poder mantenerse en un mundo con un capitalismo colapsado, con una economía colapsada, con una cultura colapsada”. Debido a que vivimos en una sociedad en donde todo puede parecer incierto o inestable, las personas dejaron de lado lo que antes se consideraba tradicional, cambiando sus prioridades o intereses personales, pues se han vuelto cada día más inalcanzables o simplemente imposibles, “si antes las personas aspiraban a comprarse una casa, un auto o una cartera cara, ahora con la crisis económica esos sueños o esas metas han ido disminuyendo poco a poco a objetos, acciones o actividades que sean menos caras, pero que aún así tengan cierta carga o símbolo social”, comentó Ramírez. Por esto cada día es más común que las personas, sean jóvenes o adultos, se integren al mundo del coleccionismo, generando en ellos un sentido de pertenencia, acompañamiento y satisfacción al momento de comprar y adquirir lo que sea de su interés.
- La Ley de Cáncer que quedó en el papel
El 2 de septiembre de 2020 se publicó en el Diario Oficial la Ley 21.258, más conocida como la Ley Nacional de Cáncer. Esta buscaba cumplir el plan de la enfermedad que incluía un registro nacional de pacientes, construcción de centros oncológicos y estipular recursos humanos para especialistas. Sin embargo, a más de dos años de su implementación, nada de esto se ha ejecutado a cabalidad. Y su urgencia es aterradora, sobre todo porque según el Global Cancer Observatory, para el 2040 se duplicará el número de chilenos con cáncer por año. Por Antonella Castagno y Javiera Cuevas “Yo apoyo la Ley nacional de cáncer”, decían los carteles que la gente con polera blanca llevaba por la Alameda. Era 18 de noviembre de 2018 y miles de chilenos salieron a movilizarse para pedir una ley contra el cáncer, enfermedad que genera más de 54 mil muertes al año. El que encabezaba la movilización era Claudio Mora, oncólogo del Hospital El Pino y quien también había sido diagnosticado con cáncer de páncreas. “La falta de recursos mata a los pacientes con cáncer. Debemos frenar la desigualdad en la oportunidad de atención”, decía Mora en ese entonces refiriéndose a las listas de espera de pacientes oncológicos. A su lado marchaba la entonces senadora Carolina Goic, sobreviviente de Linfoma de Hodgkin: “Lo que necesitamos es la firma del Presidente, del Ministro de Hacienda y Ministro de Salud”. En diciembre de ese año, el expresidente Sebastián Piñera y el exministro de Salud, Emilio Santelices, firmaron el proyecto de ley que buscaba cumplir con las múltiples peticiones de la ciudadanía y entregar un marco normativo al primer Plan Nacional de Cáncer que lanzaron ese día. En febrero de 2020, se aprobó unánimemente en la Cámara Alta , convirtiéndose, el 2 de septiembre del mismo año, en la primera ley con participación ciudadana. Principalmente, la ley propone que debe existir un Plan Nacional de Cáncer , que establezca el diseño de medidas y propuestas de implementación para el manejo de la enfermedad. Además, propone la creación de la Comisión Nacional de Cáncer, la que asesoraría al Ministerio de Salud. También plantea que la enfermedad es de notificación obligatoria, por lo que se debe desarrollar un Registro Nacional de Cáncer. Mandata una Red Oncológica especializada para el diagnóstico, tratamiento y seguimiento de los pacientes a nivel nacional y, por último, considera un Fondo Nacional de Cáncer que será destinado a financiar programas y proyectos relacionados a la enfermedad, como las drogas de alto costo que son parte del tratamiento de algunos tipos de cáncer. El Ministerio de Salud incumplió el plazo estipulado por la ley para entregar la guía de acción del Plan Nacional que es el lineamiento que debe seguirse en todos los centros para un buen diagnóstico, pesquisa y tratamiento. Todas estas falencias fueron confirmadas a principios de octubre cuando la Contraloría General de la República emitió un informe en donde encontró retrasos e inconsistencias referidas a los mismos puntos. “Hay cosas que, a dos años de la promulgación de la ley, todavía no están vigentes y es un tema preocupante”, dice hoy la exsenadora Carolina Goic, actual directora ejecutiva de la Fundación Foro Nacional de Cáncer que solicitó una auditoría sobre la implementación de la ley. “La ausencia del Registro es lo más grave. El cáncer es una enfermedad de notificación obligatoria entonces se está incumpliendo la ley porque no han dado las herramientas para poder registrarlo como tal”, explica Goic. Registro Nacional en lista de espera El caballito de batalla de la ley era establecer una base de datos con información relevante para la prevención, vigilancia y planificación de la política pública en materia de la enfermedad: un Registro Nacional de Cáncer. Este consideraría, al menos, la individualización y datos demográficos del paciente, del médico tratante y del establecimiento en que estaría siendo atendido. Y si bien existió un registro piloto, este no fue implementado y, es más, les jugó en contra. “Es bastante frustrante ver que no se ha hecho mucho y que está parado”, acota la doctora Solana Terrazas, exjefa de la División de Planificación Sanitaria del Minsal, quién fue la primera en impulsar la estrategia del registro. Actualmente, Chile está ciego en cuanto a las pesquisas por tipo de cáncer, en la etapa que se detecta, el seguimiento de los pacientes y su notificación. Sólo hay cifras de mortalidad imprecisas formuladas por estimaciones. Es por esto que el registro es esencial y su implementación permitiría que el Plan de Cáncer sea en base a datos actuales y concretos que considere con precisión cuántas personas tienen cáncer, de qué tipo y dónde están. Emilio Santelices, exministro de Salud (2018-2019) fue quien puso en marcha el primer proyecto de Registro Nacional de Cáncer. Explica que las consecuencias de su inexistencia influyen directamente en los pacientes: “El no hacer una buena política pública o el abandonar una política que se haya implementado (...), afecta a los pacientes. El tener un Registro Nacional es extraordinariamente sensible para hacer una trazabilidad de los enfermos y entender cómo se comporta el cáncer en las distintas regiones”. La falta de registro complica la situación de manejo de mortalidad por cáncer. Las cifras más actualizadas del país son de 2020, que de acuerdo a Global Cancer Observatory, hay 54.227 nuevos pacientes de cáncer al año y el número de muertes anual por la enfermedad supera los 28 mil. Bruno Nervi es el presidente de la recién creada Comisión Nacional de Cáncer que asesora al Ministerio de Salud en la implementación de la ley. También es jefe del Departamento de Hematología y Oncología de la Universidad Católica y presidente de la Fundación Chilesincáncer. Fue uno de los primeros que se acercó al exministro Santelices para mostrarle la importancia de crear un plan de cáncer en 2018, cuando aún las enfermedades cardíacas eran la primera causa de muerte. Por años ha atendido pacientes y sabe la importancia de que el registro exista, sobre todo para las personas con escasos recursos y de lugares menos poblados: “Hay un determinante social que discrimina”. La tasa de mortalidad por cáncer es ocho veces mayor en personas con educación básica, que quienes han completado la educación superior. Además, existe mayor acceso a especialistas y tratamiento si vives en Santiago que si vives en provincia y también, hay grandes diferencias en la atención que reciben los pacientes del sector público y privado, explica Nervi. En Chile hay 17 tipos de cáncer dentro de las Garantías Explícitas en Salud (GES), que son beneficios tanto para afiliados a Fonasa como Isapre, los que abarcan: la pesquisa, diagnóstico, tratamiento, prestación de salud y cuidados paliativos, en donde se mandata por ley plazos de atención estipulados. Entre 2021 y 2022, los retrasos GES relacionados a cáncer aumentaron en 81%, de acuerdo a un estudio del Centro de Políticas Públicas CIPS-UDD. Incluso más: según este estudio, durante 2022, entre marzo y septiembre, las listas de espera por cáncer aumentaron en 34%, con un total de 14.680 garantías fuera de plazo. Las patologías con mayor cantidad de retrasos son el cáncer cervicouterino, cáncer de mama y cáncer gástrico, las cuales suman casi 10 mil retrasos. María Ginette Valderrama, a sus 58 años, recibió un diagnóstico desalentador. Cáncer de mama etapa tres. El problema vendría después, cuando su tratamiento no fue lo que esperaba: desorden en la organización de sus quimioterapias, mala comunicación de parte del hospital, intranquilidad y dependencia. “Llevo 6 meses en quimioterapia pero nunca me han hecho una en la fecha que corresponde. Uno lo que espera es estar tranquila y dedicarte a sanar, pero al final tienes que hacer trámites, preguntar, estar preocupada de las llamadas. Si el cáncer va a avanzar o las células revivir… muchas preguntas que no tienen respuesta”. Francisco Chahuán, expresidente de la Comisión en Salud del Senado, indica que las listas de espera antes y post pandemia, aumentaron 624% en materia de cáncer. “Hoy tenemos a un millón 200 mil personas que están esperando 460 días para un procedimiento médico. Eso es condenarlo a muerte”, advierte el senador. El Registro Nacional de Cáncer permitiría focalizar políticas públicas para mejorar la pesquisa, diagnóstico y tratamiento que hoy tienen una lista de espera que cada día crece más. Johanna Acevedo, exjefa de la División Sanitaria del Minsal, fue quien trabajó en la primera etapa de la creación de este programa. Acevedo impulsó la creación del piloto junto a un grupo de especialistas de la Universidad de Valparaíso, quienes se adjudicaron la licitación de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO). Recuerda que luego de un año en producción y estando en plena pandemia, el Ministerio de Salud no firmó el convenio de recepción formal. Carla Taramasco, académica de la Universidad de Valparaíso, trabajó con Johanna en el piloto. Ambas han intentado comunicarse con las autoridades del Minsal, tanto de manera formal como informal. Por su parte, Taramasco asegura que no ha logrado una sola reunión: “Si mañana me dicen que despliegue el registro, me toma dos segundos publicarlo. Sólo hay que querer hacerlo”. En cuanto a este incumplimiento, la Contraloría dejó en evidencia que la plataforma del Registro Nacional de Cáncer se encuentra en desuso por defectos en su construcción, presenta una base de datos incompleta y desactualizada. Además, a través de una audiencia por Ley de Lobby, se le consultó a Julia Palma, coordinadora de la Agencia Nacional de Cáncer, la razón del retraso pero no quiso entregar una respuesta. Tampoco se refirió al tema en las tres presentaciones realizadas durante noviembre sobre la actual situación del cáncer en el país. Sin embargo, la Contraloría General de la República sí lo hizo. Aludió que la jefa de Departamento Tecnologías de la Información y Comunicación del Minsal el 2 de agosto de 2022 informó que “desde la promulgación de la ley Nº 21.258, la SUBSAL no ha efectuado desarrollos tecnológicos ni tampoco se han realizado integraciones con otras plataformas informáticas”. Este tema se abordó también en la Comisión de Cáncer, según las últimas actas publicadas en la página oficial de Ley Nacional del Cáncer, se ha manifestado la constante preocupación por la inexistencia del registro y la urgencia de contar pronto con esta plataforma. Carolina Goic ha participado en algunas de las reuniones con la comisión y no entiende por qué no está implementado. “Pudiendo haber estado, no hay explicación de su ausencia, pese a que tenía financiamiento desde el primer día”, indica Goic. Respecto a los fondos designados para su implementación, la ministra de Salud, Ximena Aguilera, fue aludida durante la tercera subcomisión mixta de presupuestos en octubre pasado, en donde indicó que algunos temas de la ley de cáncer no tienen expansión presupuestaria por lo cual deberán ser cubiertos con reasignación de capital, entre ellos, el registro. Sin embargo, en temas de presupuesto y financiamiento, hay más de un problema. Fondos en el limbo El Plan de Cáncer exige tener un Fondo Nacional, sin embargo, aún no empieza a regir el artículo 14 de la ley 21.258. Al respecto, la exsenadora Goic manifiesta su preocupación de que esté pendiente el documento: “Había un reglamento específico para el Fondo Nacional de Cáncer y todavía no existe. Es clave para que el fondo empiece a regir”, expone Goic. El 24 de noviembre de 2022, en la tercera jornada de debate sobre la ley de presupuesto 2023, el senador Francisco Chahuán hizo ver la falta de fondos para la Ley Nacional de Cáncer. “El fondo nacional del cáncer permite generar sinergias público privadas y esperamos que tenga los recursos necesarios para que pueda subsistir”. Finalmente, el presupuesto de salud se aprobó con más de 12 mil millones de pesos. Si bien para el 2023 podría existir una falta de recursos para lo que mandata la ley de cáncer, hay un problema también con el presupuesto que se dejó para ejecutar en 2022. Enrique Paris, exministro de Salud (2020-2022), explica que antes del cambio de mando se dejó aprobado cerca de 15 mil millones de pesos para cuidados paliativos, estimando que se van a requerir 20 mil nuevas consultas. “Dejamos dinero para contratar a 111 nuevos cargos y 2.310 nuevas horas médicas para apoyar a los hospitales de alta complejidad. (…) presupuesto para 50 trasplantes de médula ósea. Fortalecimos la utilización de sillones de quimioterapia, ya que no es necesario que el paciente lo haga en un hospital, puede ser un centro ambulatorio”, explicó el exministro. La ministra Aguilera dijo en la Comisión en Salud del Senado que se gastaron 358 mil millones de pesos. Según Contraloría, se destinaron cerca de $18.500 millones de pesos para la compra de 396 equipos oncológicos y $20.000 millones en inversión sectorial, reposición de equipos y tres estudios de inversión de centros oncológicos. Para el Comité de Drogas de Alto Costo, encargado de asegurar el financiamiento para medicamentos oncológicos que no cuentan con ningún tipo de cobertura, se destinaron $41.760 millones. De acuerdo al informe de Contraloría, el Fondo Nacional de Salud ejecutó cerca de 35 mil millones de pesos para la compra de medicamentos de alto costo, de los cuales 86 de ellos no estaban en la canasta. Moisés Russo, oncólogo radioterapeuta de la Fundación Arturo López Pérez, renunció en octubre de 2022 a la jefatura de la Comisión Técnica de Drogas de Alto Costo. Explica que dejó el cargo porque no ha tenido oportunidad de incidir en las priorizaciones de actividades desde la entrada del nuevo gobierno. “Mi aporte no se consideró necesario”. Moisés explica que no ha habido nuevas revisiones de drogas o medicamentos para incorporación. Frente a este punto, Contraloría manifestó que se cuenta con el registro de las personas beneficiarias por el comité, pero carece de una base de datos actualizada desde 2021. La razón de por qué no existe el registro de beneficiarios no está clara y afecta tanto a los pacientes, como a su grupo familiar, empobreciendo su bolsillo. Vivian Hermann, fue diagnosticada con cáncer de mama en febrero de 2020. Al tener su primera quimioterapia, tomó el medicamento entregado por GES: un omeprazol que aún así la dejó con vómitos y fuertes dolores estomacales. Tras eso, una amiga que padecía cáncer le recomendó tomar otro medicamento de gran valor que no cubre el GES. “Tuve una quimio sin la pastilla y dos después con el remedio, que me sentí increíble. La gente de la junta de vecinos reunió plata y me pude comprar la pastilla”, rememora Hermann. Centros oncológicos a la espera de diagnóstico Danissa Bonacich tenía 46 años cuando le diagnosticaron cáncer de recto. Los exámenes y quimioterapia serían en Santiago por lo que tuvo que pasar doce meses sin su familia en la capital. Para ayudar a casos como el de Danissa, la Ley de Cáncer mandata tener una red oncológica con centros de Alta, Mediana y Baja complejidad destinados al diagnóstico oportuno, tratamiento y seguimiento de los pacientes con cáncer. Esto mediante el fortalecimiento o creación de centros en el país, bajo la ley de presupuesto del sector público. Aun así, la red oncológica actual está fuertemente centralizada y las personas de regiones extremas no pueden recibir el procedimiento cerca de sus casas por lo que deben abandonar sus familias y trabajo para ajustarse al centro donde tengan que atenderse y gastar recursos en arriendos y estadía. Beatriz Troncoso, directora de la fundación Oncomamás y miembro de la Comisión Nacional de Cáncer, se vincula con esta enfermedad cuando su hijo de once años fue diagnosticado. Pese a que no tuvo mayor problema con el tratamiento, se da cuenta del privilegio que tuvo, pues no todas las personas tienen las mismas oportunidades. Esto la impulsó a crear una fundación para ayudar de alguna forma a la gran brecha de desigualdad en ofertas de especialistas y lugar donde tratarse. “Me mueve la injusticia. Nosotros queremos que todos estén en el lugar que pocos pudimos estar, tranquilos, cuidando a nuestros hijos, sin tener que estar haciendo bingos, ni rifas para poder pagar las cuentas”, explica. Hoy en día, las regiones de Arica y Parinacota, Atacama, Ñuble y Aysén se encuentran sin centros oncológicos, por lo que las personas se ven en la obligación de dejar sus hogares y trasladarse para tener tratamiento. Para contribuir con la descentralización, el Plan Nacional de Cáncer crea cinco grandes proyectos para las regiones. En mayo del 2022 el Minsal y la comisión de salud del Senado se reunieron y presentaron los estados de las construcciones de estos cinco proyectos: el Centro Oncológico de Atacama se encuentra en diseño; el Centro Oncológico de Valparaíso está en revisión por el Servicio de Salud; el Macro Centro Oncológico O´Higgins-Maule está en formulación por el Servicio de Salud; el Centro Oncológico Ñuble, en revisión por parte de División de Gestión de la Red Asistencial y el Centro Oncológico Biobío está en desarrollo de estudio. El exjefe de Gabinete en Subsecretaría de Redes Asistenciales, Nicolás Duhalde, expone que el tiempo de construcción de los centros depende de varios factores: primero, hay que identificar en qué etapa se encuentra el proyecto. Es responsabilidad del Minsal hacer una evaluación, pues la construcción puede ser financiada por fondos del Minsal, regionales o mixtos. Una vez que el proyecto está totalmente aprobado, hay que hacer una segunda distinción: diseño y construcción, juntos o por separado. En caso de que sea juntos, demora menos. El tiempo de la construcción varía también según el tamaño de la obra, es decir, los centros grandes y complejos se podrían demorar tres o cuatro años, mientras que los más pequeños, de dos a tres. Si fuera un hospital como el Instituto Nacional del Cáncer, se podría demorar de cinco a seis años. Hugo Arancibia, exjefe de Evaluación de Proyectos del Ministerio Desarrollo Social, estaba a cargo de analizar los proyectos de salud financiados con recursos públicos. Hoy explica que a pesar de que los centros deberían estar implementados dice que “las voluntades pueden estar, pero si no hay habilidades de gestión, no lo van a poder hacer. Tienen que ser ambas en conjunto”. La Red Oncológica parece estar mucho más atrasada de lo que se piensa. De acuerdo a Contraloría, no existe una Red Oncológica como tal, ya que la Subsecretaría de Redes Asistenciales aún no firma el documento que determine los establecimientos que componen dicha Red. Sergio Becerra, exdirector del Instituto Nacional de Cáncer y exjefe de Departamento Manejo Integral del Cáncer y Otros Tumores, explica que el objetivo principal de la construcción de centros regionales es para que el 90% de los pacientes se trate en su región, ya sea en cuidados paliativos, quimioterapias, radioterapias y que, únicamente, los casos más complejos se tengan que trasladar a Santiago. Sin embargo, la construcción de nuevos centros no sería eficiente sin especialistas y pese a que la ley indica que el Ministerio de Salud fomentará la formación de recursos especializados en cáncer, esto no ha sido así. Según la Sociedad Chilena de Oncología Médica, actualmente hay sólo 155 oncólogos en el país, de los cuales el 76% está ubicado en la Región Metropolitana. Pacientes y especialistas en crisis La ley establece que el Ministerio de Salud junto con el de Educación, promoverán la formación de especialistas oncológicos. Esto también se encuentra atrasado. En el Plan Nacional se estima que al 2019 existía un déficit aproximado de 1.600 profesionales. Para solucionarlo, se están aumentando los cargos y la oferta de diplomados y cursos de formación directa en las universidades. Actualmente, hay 65 profesionales en formación, de los cuales 44 están comprometidos a trabajar en el servicio público. Sergio Becerra estuvo a cargo del primer Plan de Cáncer en 2018 y de coordinar ambas subsecretarías para la implementación de este plan en los centros oncológicos. Hoy advierte que la formación de recursos humanos es crítica porque faltan especialistas y faltarán más aún en el futuro, pues según el Global Cancer Observatory, para el 2040 se duplicará el número de chilenos con cáncer por año. En las regiones de Arica y Parinacota, Atacama, Ñuble y Aysén no hay ni un sólo oncólogo. “Dependemos necesariamente de la formación local, que no ha crecido nada en los últimos años. Ese es el principal fracaso del plan de cáncer que yo lideré”, acota Becerra. Para Tomás Merino, radioncólogo, docente y Magíster en Educación Médica de la Universidad Católica, la falta de especialistas afecta tanto a los pacientes como a los mismos médicos. “A los pacientes porque se ven afectados por las largas listas de espera y sus tratamientos son interrumpidos. Y a los médicos porque al verse con exceso de pacientes y no poder destinar el tiempo suficiente para atenderlos, les genera frustración, sobrecarga emocional y laboral. Incluso algunos tienen la responsabilidad de ser el único oncólogo para toda una región”. En la misma línea, el vicepresidente de la Comisión Nacional de Cáncer y presidente de la Sociedad Chilena de Radioterapia, Roberto Rosso, alerta que el problema es la distribución del recurso humano. “Tenemos pocos recursos humanos en regiones y pocos en el sistema público. Podría tener un médico contratado ¾ de su jornada en el privado y solo ¼ en el sistema público”. El senador Francisco Chahuán advierte que con el aumento de listas de espera por la pandemia, hay que hacer algo pronto con la falta de especialistas. “Las listas de espera están estrechamente vinculadas con la ley, pues se reducirían si los centros oncológicos prometidos y el desarrollo de especialistas se cumplieran según lo establecido”. Eso es lo que le está pasando a Lorena Romero. Le diagnosticaron cáncer de mama en febrero de 2022 y decidió no trasladarse a otras regiones para quedarse en Puerto Montt cuidando a su hijo. En abril del mismo año inició su tratamiento y aún está a la espera de la operación, que lleva un mes de retraso porque su cirujano se fue de vacaciones. No tiene más opciones: el sistema público le designó a ese cirujano como tratante y no puede acceder a otro, a menos que se vaya al sistema privado. Siente angustia al desconocer cómo le afectará el atraso en su tratamiento. “El día 17 de octubre yo tenía hora con el cirujano y me llamaron para anular la hora porque el cirujano se iba de vacaciones. Cuando tuve que ir a renovar mi licencia médica, la primera semana de noviembre, aproveché de ir a preguntar qué onda con el médico y ahí me dijeron que había que esperar nomás”, añade Romero. Desafíos para 2023 En más de una oportunidad se intentó hablar con la Ministra de Salud, pero no quiso referirse al tema. Sí lo hizo ante el Congreso. En la comisión mixta realizada en octubre, mencionó que a la ley le falta descentralizar y organizar mejor la planificación. “Hacer nuevos centros está en la ley, pero falta la implementación. Falta una buena comunicación porque estamos todos muy fragmentados, trabajando cada uno con lo suyo. Nos falta trabajar en conjunto”, acotó. Sin embargo, en los múltiples puntos de prensa y exposiciones ante el senado fijó tres prioridades para su cartera durante este 2023: listas de espera, salud mental y universalidad de la Atención Primaria de Salud. El exministro, Emilio Santelices, escribió una carta al director en La Tercera sobre la importancia de preocuparse por el cáncer y que la pandemia ya no puede ser la única excusa para los atrasos de la ley. Hace referencia al poco conocimiento que se ha tenido sobre el estado del Registro Nacional de Cáncer, el plan de acción del nuevo Plan de Cáncer y el Fondo Nacional de Cáncer. “Ha llegado la hora de apurar el tranco”, puntualiza. De hecho, así los ha obligado la Contraloría. Les dio un plazo de 60 días hábiles al MINSAL para presentar planes y acciones vinculados al Registro Nacional, inversiones y retrasos en la Red Oncológica, lista de beneficiarios de drogas de alto costo y plan de acción del Plan de Cáncer. La exsenadora Goic cree que si no es el Estado el que pone el sentido de urgencia a cumplir con la Ley Nacional de Cáncer, tendrán que ser otros quienes lo hagan. En una carta publicada en La Tercera a finales de noviembre, la exsenadora manifiesta que si bien, hubo buenas intenciones en estos dos años, el cáncer, pese a ser la primera causa de muerte y cuya proyección superará las 40 mil muertes por año, no está siendo prioridad como lo fue el covid-19. Hace un llamado enfático para que la ley de cáncer deje de estar en el papel: “Será labor de la sociedad civil levantarse nuevamente para que el cáncer sea, de verdad, una prioridad”. El 26 de mayo recién pasado la fundación oncológica “La Voz de los Pacientes”, junto con un grupo de parlamentarios, se trasladaron hasta La Moneda para entregarle una carta al presidente Boric, solicitando la puesta en marcha de la Ley Nacional del Cáncer. Cuando se cumplen mil días desde su promulgación, las y los chilenos siguen esperando. Encuentra una versión con imágenes, audios complementarios y más aquí.
- El adiós de los juguetes: las niñas ahora prefieren productos de skincare
El hashtag #SephoraKids ya ha sido utilizado más de 9 mil veces en TikTok. En esta plataforma, menores de entre 6 y 13 años, se filman comprando y utilizando productos de skincare que no necesitan, como tónicos anti-envejecimiento. Hoy se discute la existencia de un mercado cosmético dirigido a las más pequeñas. Hablamos con preadolescentes que consumen este tipo de productos y con especialistas para conocer los riesgos de esta tendencia. Por Daniela Pinedo * Los nombres de las fuentes fueron cambiados. Paula (12) no le pidió barbies al viejito pascuero la navidad pasada. El tónico facial que recibió se encuentra en su velador dentro de una caja rosada junto a otra variedad de cosméticos que ya tenía y que ha ido juntando como regalos en sus cumpleaños, navidades y ocasiones especiales. Según ella, los usa todos. Hace un tiempo descartó las muñecas y los legos por esta nueva obsesión: el cuidado de la piel. En las mañanas y en las noches, de manera religiosa, sigue una rutina de al menos quince minutos en la que se llena la cara con cremas. Cuenta que incluso en su tiempo libre le gusta ir al mall a vitrinear los almacenes de belleza y le encanta probarse los exfoliantes, serums y demás alternativas que se fabricaron para retrasar el envejecimiento. Algo parecido vive Antonia, de once años. Según las estadísticas de su iPhone, ella consume alrededor de 3 horas diarias de TikTok . Es la aplicación que más usa. Allí el contenido que ve son las rutinas de belleza y de cuidado facial, los populares get ready with me , además de hauls o videos donde se muestran grandes compras de productos cosméticos. Al preguntarle qué es lo que más le atrae de los videos, simplemente contesta: “ no sé, a todas mis amigas les gusta y a mí también ”. Y sigue pegada al teléfono mirando. El hashtag #skincare experimentó su mayor incremento en interés el año pasado, con una subida del 45% en búsquedas en comparación con 2022. Según la empresa alemana Statista, se espera que el mercado de cuidado facial para infancias y bebés - así es, bebés -, experimente un crecimiento anual de 7.71% anualmente hasta 2028, y el número de usuarios de estos productos se espera llegue a 160.7 millones. "Las niñas que siguen a estos influencers de skincare o consumen este tipo de contenido en redes sociales, pueden sentirse presionadas al compararse con ellos”, opina la psicóloga de la Universidad de Santander Adela Chaljub, “al ver sus rutinas de belleza y los productos que tienen, pueden sentirse presionadas a cumplir con esta cultura para encajar o ser aceptadas”. Sobre este fenómeno , Susana Saravia, psicóloga infantojuvenil de la Clínica Universidad de los Andes, comentó que, desde el punto de vista socioemocional, “durante esta etapa se produce una exploración y experimentación fundamental para el desarrollo infantil, aunque existe el peligro de exponerse a estándares de belleza que pueden generar presiones y una autopercepción negativa. Esto puede derivar en un enfoque excesivo en la imagen corporal, dañando la autoestima e influyendo en el desarrollo de posibles trastornos alimenticios ”. La Gen Alfa, los nacidos entre 2010 y 2023, es considerada la primera generación que ha crecido en un mundo completamente digitalizado, lo que los hace más expuestos y susceptibles a las tendencias que surgen en estos medios. Trinidad (12), por otro lado, no está viendo TikTok, durante sus vacaciones de invierno se ha esforzado por estudiar para la prueba de matemáticas que tiene a la vuelta, su papá le prometió que si obtenía una nota por encima de seis cinco le iba a traer un buen regalo de un viaje. Al igual que Paula, ella tampoco quiere muñecas o una consola de videojuegos, sueña con que le traigan una Lala Retro Whipped Cream de la marca Drunk Elephant . El envase de 50 mililitros dice que es una crema de recuperación con 6 aceites africanos y en la tienda Sephora se puede comprar por aproximadamente 62 dólares. “Es lo mejor de lo mejor, ni siquiera los venden en Chile, yo los he buscado en el BlushBar y se lo he pedido a mi mamá pero ella tampoco lo ha visto, pero es lo único que las gringas están usando”, afirma la niña como si fuera toda una experta. Drunk Elephant es una de las marcas más populares entre los niños que usan skincare . Y muchas veces esta ha sido criticada por no poner suficientes restricciones en la promoción de sus productos a menores. En preguntas frecuentes, la marca norteamericana que ama Trinidad, responde que sus productos pueden ser usados por preadolescentes, pero no recomiendan aquellos que contienen retinol, por ejemplo. De acuerdo con el reporte de ganancias publicado por la marca en febrero de este año, Drunk Elephant vio un aumento del 77% en sus ventas globales en 2023. *** De acuerdo con la química farmacéutica de la Universidad de Concepción, Carolina Gómez, “en general, los padres no saben lo que contienen las cremas que le compran a sus hijos, estas deberían ser siempre utilizadas bajo vigilancia de los adultos y en caso de que no sean aptas para ellos no deberían ser usadas en lo absoluto”. La mayoría de estos productos contienen fuertes compuestos químicos como son los alfa hidroxiácidos (comúnmente encontrados en productos con fines de anti-envejecimiento), derivados de metales alcalinos como el sodio, óxido de zinc, aluminio, sulfatos, en algunos casos incluso petróleo. “Muchos de estos activos pueden afectar el PH y las capas de la piel además de causar demasiada irritación y descamación, por lo tanto no están permitidos” asegura la experta. Todos los días a eso de las ocho de la noche, Paula se dirige al baño para hacerse su rutina de skincare. El primer paso es una mascarilla facial. Para esta ocasión utiliza una antioxidante e hidratante de Kiss Beauty, y la deja funcionar durante cinco minutos, “la piel queda con un efecto como glossy . Me gusta por lo brillante que te la deja”. Luego la retira y se pone un serum que “huele super rico”, el Hyaluronic Acid de The Ordinary que contiene 5 formas de Ácido Hialurónico y vitamina B5. Le sigue la crema de ojos, la cual admite habérsela robado a su mamá, la etiqueta está desgastada y desconoce la marca, supone que es buena porque a ella nunca le han salido ojeras. Los últimos dos pasos son el tónico y crema, “ me falta una mascarilla de labios ”, explica luego de secarse el rostro. “Los menores de edad no necesitan una rutina de skincare como tal”, afirma la cosmetóloga Manuela San Martín. Para los menores de 14 , ella únicamente aconseja el uso de bloqueador solar y crema hidratante, e incluso con estos dos productos advierte a los padres conversar previamente con un dermatólogo y ser conscientes de lo que están comprando en la farmacia. “Hay que evitar la sobreexposición a las redes sociales y a estímulos no adecuados para las capacidades cerebrales y de desarrollo cognitivo de los niños, ya que pueden no procesar la información de manera adecuada. Además, es importante educar sobre el uso correcto de las redes sociales y discernir qué contenido es fiable”, dice la piscóloga de la Universidad de los Andes.
- La patria portátil de Yaidy Gárnica Carvajalino
Ilustración de Juanjo León Fue un disparo contra la risa de los que celebran. Contra la música caribeña con la que crecimos en nuestras tierras calientes. Ese sonido que nos une con los lugares donde dijimos “ mamá ” por primera vez, donde dimos los primeros pasos con pies golondrinos, aún sin saber que un día tendrían que abrirse paso corriendo. Yaidy Gárnica Carvajalino escribió: “Me voy a dedicar a construir el mejor año de mi vida.” Lo publicó hace poquito, en sus redes sociales. Lo pensó a sus 43 años, después de perderlo todo, de cruzar Sudamérica entera, quién sabe cuándo, quién sabe cómo, con hijas, con nietos, con un pasado entero a cuestas. Llegó a Chile con el dolor del exilio en el pecho y la espalda hecha polvo de cargar una maleta llena de incertidumbres sin planchar. Yaidy Gárnica Carvajalino. Su nombre suena a brisa caliente del Atlántico, a arepa recién asada, al rocío de nuestros amaneceres, a reguetón viejo saliendo por una ventana abierta. Y en un país que se jacta del orden, a Yaidy Gárnica Carvajalino la mataron por ponerle volumen a la música. No murió: la asesinaron. Porque un vecino se sintió con derecho a silenciarla primero con la voz y después con pólvora. En las redes de Yaidy hay fotos de playas, niños, pasteles de cumpleaños, selfies que dicen “hoy sí estoy linda” . Un archivo digital de lo humano. De su humanidad. Una vitrina que no muestra el terror de aquella noche, los gritos, ni el espanto en los ojos de sus hijas, de sus nietos. Niños que crecerán con el hueco de su ausencia como un pozo drenado. Y ahí, justo ahí, en ese vacío, crecerá como verdolaga la ira, el hastío y lo salvaje. Y cómo no. Esto no es solo un femicidio, ni solo un crimen vecinal. Es un asesinato a su acento. Es el racismo disfrazado de queja por el volumen, que vio en ella una oportunidad para dañar. Es el clasismo cargando balas. Es el dedo largo de la xenofobia apretando el gatillo. Fue un domingo en Cerro Navia, Santiago de Chile. El Día del Padre. Fue en su propia casa, en su pórtico. A las 22:30 cayó su cuerpo al suelo. Un balazo en la nuca. Su sangre tiñó la tierra prestada del fin del mundo. Más tarde la llevaron al Hospital Félix Bulnes, donde se confirmó lo que ya sabían sus hijas, sus vecinos, los que vieron el humo de la escopeta: que a Yaidy la mataron. Y con ella, acribillaron también la ilusión de una familia entera de poder estar a salvo en este país del sur. Mientras tanto, el asesino se fue a entregar con la misma tranquilidad de quien paga una multa. Como si su violencia fuera un trámite. Se presentó en la Subcomisaría de Talagante a las 23:30, una hora después de convertirse en su verdugo. Cuando veo el rostro de Yaidy en televisión, no puedo evitar pensar en lo mucho que se parecen con mi madre. En cómo también ella pone Tropicana a todo volumen cuando amanece nostálgica, como si al subirle al parlante pudiera acercarse a la tierra que dejamos atrás. En cómo responde fuerte cuando le han dicho “extranjera muerta de hambre” . Y cómo grita de vuelta, con su acento y su compás. Y siento miedo. Y me da rabia sentir miedo. Quizás algún día alguien escuche esa música de fondo, la que salía de la casa de Yaidy, y no oiga ruido, sino historia. Porque la música en la pobreza, en la migración, en el exilio, no es solo fiesta: es consuelo y es escudo. Es una patria portátil. No habrá tribunal que traduzca el dolor, ni sentencia que le ponga justicia al ritmo triste de su muerte. Pero quienes seguimos aquí diremos su nombre completo, en nuestros acentos turistas, ilegales, sujetos a contrato, temporales y residentes definitivos. Vamos a repetir a todo volumen para que nadie se olvide: Yaidy Gárnica Carvajalino. "Siguen los pregones, la melancolía Y cada noche junto a la luna Sigue el guajiro entonando el son Y cada calle que va a mi pueblo Tiene un quejido, tiene un lamento Tiene nostalgia como su voz Y esa canción que sigue entonando Corre en la sangre y sigue llegando Con más fuerza al corazón" - Mi tierra de Gloria Stefan.
- Crónica de un monstruo que pensó que era el único
Come mothers and fathers throughout the land And don't criticize what you can't understand Your sons and your daughters are beyond your command Your old road is rapidly agin' Please get out of the new one if you can't lend your hand For the times, they are a-changin' Bob Dylan Mi abuelo murió en febrero de este año . Me hubiera gustado haber sido más cercano a él. Su muerte fue lenta y degenerativa, y en cierto modo no sorprendió a nadie cuando finalmente ocurrió. Fueron siete años de espera, marcados por visitas a hospitales, reanimaciones, camas llenas de tubos y mucha angustia. En ese proceso, perdió casi todo lo que importa: su salud, sus dos piernas, el humor, la cordura, la memoria, y, sobre todo, su dignidad. Al final, era solo un vestigio del hombre que fue, pero, a pesar de todo, nunca perdió las ganas de vivir. En su último viaje al hospital, el doctor lo desahució en silencio, como un secreto que le contó solo a mi tío Lucho. Nos dio la opción de dejarlo morir en una fría camilla de hospital o llevárnoslo a casa para que se fuera rodeado de los suyos. No lo pensamos dos veces: el viejo pasaría sus últimos días en la habitación donde había estado postrado tantos años . Todos esperábamos el funeral, excepto el muerto. Mi tata no estuvo dispuesto a entregarse dócilmente a esa buena noche; se aferró con uñas y dientes a su propia existencia hasta el último momento. Tuvo dudas cuando pidió un cura para que le diera la última oración. Por un momento pensé que se había resignado a su propia mortalidad. Pero, al día siguiente, dejó de dormir. Fueron tres días en donde no durmió. Esa misma noche dejó de hablar y de comer. No se movió de su posición en la cama en todo ese tiempo. Al tercer día soltó su último aliento; y entonces comprendí que él intuía que, si se iba a dormir, sería para siempre . La vigilia fue su última protesta contra los designios del juez supremo. De haber conservado sus piernas, probablemente habría entrado pataleando al ataúd. Algunos atribuyen esta actitud a los remordimientos, pero yo creo que en este acto está el más sincero amor por la vida. Si hubiera sido más cercano a mi abuelo, me habría preocupado más su muerte que el funeral. Pero en cuanto recibí la noticia, solo pensé: “Volveré a verlos a todos ellos ”. Ese era mi principal interés. Estarían ellos. Mi hogar. De niño, me críe la mayor parte del tiempo en casa de mi abuela, en Lo Hermida . Mis padres me llevaban allá porque no tenían para costear una niñera, pero con el tiempo le agarré cariño al lugar. Ahí hice mis primeros amigos. Me llevaba bien con los vecinos. Todo el mundo conocía a todo el mundo. Fueron mis años dorados. Hasta que comenzaron a irse. De niño no lo notaba, pero todos vivíamos hacinados como ratas; todos los adultos buscaban cómo mejorar su situación. Uno por uno se fueron mudando hasta que quedaron solo los abuelos, dueños originales de las casas. Se convirtió en un pasaje de viejos. Eventualmente crecí lo suficiente para no tener que ir a alojar y poco a poco perdí el contacto con toda esa gente. Me preocupaba la idea de verlos de nuevo a todos juntos. Obviamente seguí visitando a mis abuelos, y nunca dejé de ir a Lo Hermida; pero el funeral sería la primera vez en quince años que se reunirían todos . Yo sabía que irían, y tenía miedo de que vieran en lo que me convertido. He recorrido tanto desde que los vi por última vez. ¿Qué dirían al ver que soy un monstruo ? La aparición de las bestias Quizás el término " monstruo " sea exagerado, pero s e utilizó por primera vez hace diez años en una nota de un matinal, donde con tono alarmista se hablaba del ascenso de un nuevo tipo de criaturas. En ese entonces, la gente aún no estaba acostumbrada a estas figuras. Tradicionalmente, el monstruo se concebía encerrado en una habitación acolchada, desvariando entre camisas de fuerza y pastillas multicolores. Aunque la definición de “monstruo” se va actualizando, este tipo de seres ya se sometía al diván de Sigmund Freud buscando cura. El problema comenzó cuando empezaron a aparecer en lugares cada vez más alejados de los sanatorios, en sitios normales e incluso cotidianos. Entre las multitudes de trabajadores en el metro, desayunando sopaipillas junto a un carrito de la calle, o en medio del caos del barrio Bellavista. En menos de una década, los monstruos ya se habían apropiado de la ciudad. En uno de los primeros estudios sobre esta materia, un antropólogo de la Universidad de Chile, definió a estas criaturas como “ las bestias de Babilonia ”, diferenciándolas de otros monstruos por ser una consecuencia directa de la modernidad y el progreso. Su tesis sostiene que estas bestias emergen principalmente en las grandes ciudades, como resultado de un ritmo de vida acelerado e indolente. Es una condición que me diagnosticaron a los catorce años. Ya en ese entonces era visible, y ha ido evolucionando con el tiempo. Primero, mi piel se cubrió de un tejido lleno de escamas, lo que me impide sentir el contacto humano. Luego, mi lengua creció desproporcionadamente al tamaño de mi boca, dificultando mi capacidad de hablar fluidamente. Un par de ojos de topo me impiden ver más allá de mi nariz respingada. Finalmente, una joroba de camello se pronunció en mi espalda , añadiéndome un peso que llevo a todas partes. Por esta última razón, siempre me duele la espalda y el cuello. Aunque hoy la gente suele convivir entre bestias, las generaciones más antiguas reniegan su existencia. Se sorprenden y se indignan si se topan con alguno. Gardel decía que veinte años no son nada, pero el tiempo no pasa en vano. Me sentí como Ulises regresando a Ítaca; como si todo lo que hice durante quince años hubiera sido solo para volver a casa. Pude ver el velorio desde cinco cuadras antes de llegar. Sabía que iría gente, pero no tanta. El pasaje estaba repleto. A medida que me acercaba, mis dudas crecían. ¿Qué dirían al verme? ¿Me aceptarían como cuando era un niño? ¿Seguirían siendo los mismos que recordaba? Tuve que armarme de valor para cruzar el portón del pasaje. La calle estaba llena de autos estacionados, y al fondo, la gente entraba y salía de la casa de mi abuela; algunos vestidos de traje, otros de manera más informal. Todos habían venido a despedir al abuelo. Caminé lentamente, pero me topé con la señora Joanna, saliendo de su casa. Ella es la madre de Camilo, uno de mis mejores amigos. Me quedé petrificado por un instante. Mis escamas se endurecieron y mi joroba se hizo más pronunciada. Habían pasado años desde la última vez que la vi. Ahora, su cabello estaba lleno de canas y caminaba con una ligera curvatura en la espalda. No estaba seguro de que me hubiera reconocido. Me acerqué a saludarla tímidamente, cuando de pronto dijo: “ ¡Dios mío! Mira cómo te han crecido esas garras. Y esos colmillos. Jaimito, te has puesto enorme ”, mientras me abrazaba. Después de eso, todo fue un poco más fácil. La gente me aceptó como si nada. Reconocí a algunos, a otros no, pero todos me acogieron sin darle importancia a mi naturaleza. Fue como retomar una conversación pendiente. En la mañana del tercer día, trasladamos el ataúd en una carroza hacia el cementerio; frenando el tránsito y metiendo bulla con las bocinas de los autos, en una hilera de vehículos que se llegó a extender por varias cuadras. Todos llevaron sus luces prendidas, con mensajes de despedida en las vidrieras traseras de los coches. En el funeral, tuve el honor de cargar el féretro hacia la tumba. Lo llevamos entre seis, avanzando entre el llanto y los murmullos de la multitud, lentamente, mientras el pastor nos esperaba con su biblia en mano para dar una última oración. Nunca he sido muy religioso, y aunque siempre he intentado respetar las creencias de los demás, traté de aparentar solemnidad mientras el hombre hablaba. Miré alrededor para comprobar si había más gente en mí misma situación. Me puse a ver mis zapatos, luego mis garras, y después el agujero en la tierra, de siete metros de profundidad. Dios. Perdón. Mas allá. Un par de tías llevaban lentes de sol para no salpicar a la audiencia con sus lágrimas. Miré el ataúd de mi abuelo, y al ver su rostro, en el que no me había fijado con detención hasta ese momento, sentí un espasmo que me recorrió por toda la joroba: ¿Era un colmillo de zorro lo que colgaba sobre su boca? No podía dejar de verlo. Entre sus labios, con la mandíbula relajada, se dejaba entrever el brillo de un diente afilado, blanco como la nieve, sugiriendo una verdad no pronunciada a lo largo de toda una vida . El pastor dejó de hablar, y cedió la palabra a los familiares que quisieran decir unas palabras. Recuerdos, anécdotas, dedicatorias. Algunos luchaban para no ahogar su voz entre el llanto. Recorrieron gran parte de la vida del viejo a través de diferentes historias, pero nadie dijo algo que explicara aquel colmillo bestial. Creo que nadie más se había fijado en eso. En ese momento sentí el peso de la lejanía que tuve con mi abuelo. Fueron muchos años para descubrir ese detalle, oculto entre sus fauces; y no poder conversar el tema con él penetró entre lo más hondo de mis escamas. Probablemente me habría dicho que él no era un monstruo, enojado, porque los viejos consideran eso una discapacidad, o incluso un insulto. O quizás me habría enseñado algunos trucos para disimularlo , porque antes era común que los monstruos vivieran escondidos debajo de una cama, avergonzados. Me habría gustado sentarme a conversar todo esto con él. Mientras su ataúd, ya cerrado, descendía hasta el fondo de la tierra, y un montón de arreglos florales se iban acomodando, apretujados, sobre la cabecera de la tumba, las hijas rompieron finalmente en un llanto desconsolado y estruendoso. Poco a poco las lloronas fueron inundando todo el cementerio, convirtiéndolo en un lago, y tuve que alejarme para no terminar ahogado entre tanta tristeza. Desde la distancia, pude presenciar un cuadro que hasta entonces había ignorado: las flores se tornaron en nenúfares, flotando tranquilamente sobre la superficie del agua, y las personas, a quienes creía conocer tan bien, adquirieron formas de anfibios, tortugas, grillos y cocodrilos. Entre la tristeza y la despedida, comprendí que todos tenían en cierta medida algo monstruoso, y me sentí extrañamente como en casa.











