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El guardián de los cactus

Un niño le salva la vida a una espinosa plantita tirada entre las rocas. Con los años, el adolescente Santiago Figueroa se convierte en un coleccionista de cactáceas y, más grande, cuando las ve en su hábitat en el desierto costero, se enfoca en su estudio y conservación. La línea que separa su afición por los cactus y su trabajo cuidándolos es delgada y borrosa. Y en medio de un atiborrado invernadero, nos cuenta cómo se convirtió en el vigilante de estas plantas y por qué son tan importantes para la humanidad.


Santiago Figueroa (34) era un niño. Acaso no es el primer recuerdo, sí el que tiene más clarito, dice. ¿Cuántos años tenía? No está seguro, solo sabe que era muy chico. No hace el cálculo. Pero corría el 1996. En una ladera del litoral se encontró un cactus nativo tirado entre las rocas, con sus raíces al aire.


Se trataba de un pequeño Eriosyce subgibbosa. Y quizá movido por la ternura, o la curiosidad, lo tomó, le cortó la cabeza a un tarro de cloro, puso la tierra que tenía a mano, lo plantó y dejó en el patio de la casa costera donde estaba. Con su familia él viajaba desde Santiago frecuentemente los fines de semana y aprovechaba de echarle agüita.


Mientras el esqueje se recuperaba, el niño estaba maravillado con "la capacidad que tenían para aguantar y resistir", recuerda. "Es una cosa buena y mala que tienen: se recuperan rápido, tienen mucha facilidad para sobrevivir; pero hace que sean plantas muy fáciles de recolectar, por eso es un peligro, porque los arrancan”.


Durante años lo tuvo en su hogar hasta que un día pensó: "¿Para qué va a estar en el pote plástico, si puede estar en el lugar de donde viene?". Lo llevó de vuelta a su ladera de origen y lo trasplantó. Ahí vivió durante un largo tiempo hasta que, un día, desapareció. "No sé si se murió, o si se lo robaron, porque se las roban todo el tiempo", supone.


Y aquella historia quedó abierta, tal vez hasta siempre.





"¿Dónde están las plantas?"


Fue entre quinto y sexto básico que partió con lo que haría cualquier coleccionista: tener más y más cactus. En la media se tornó "un poco más obsesivo y rayado con el tema". Ya con el internet de su lado, sabía la gran diversidad de cactáceas que existen (alrededor de 1.500 especies), una familia de plantas suculentas que habría surgido hace unos 30 millones de años en Sudamérica, siendo endémicas de esta región, para luego expandirse por el resto del continente.


En las noches, Santiago se acostaba y se dormía pensando en las especies que quería tener. Así y todo, por aquel entonces él "no conocía tanto" a los cactus chilenos. De hecho, en la casa guardaba polvo el primer tomo de la escritora y botánica Adriana Hoffmann (1940-2022) sobre cactáceas. Pero él no pescaba los libros, hasta que su obsesión creció y lo ojeó, y se dio cuenta de que "había mucha diversidad de plantas". Aunque los criterios varían, en Chile hay unas 130 especies de cactus, de los cuales alrededor de un 80% serían endémicos, es decir, únicas en el territorio.

Copiapoa hypogaea


Santiago comenzó a recorrer cerros y laderas, afinó el ojo y se percató de las plantitas que pasan piola, las más pequeñas y sigilosas. "Son del mismo color que los arbustos alrededor y del suelo", describe. "Es como una estrategia que tienen para pasar desapercibidos".


La obsesión se direccionó hacia las cactáceas nativas. En paralelo, su mamá compró el segundo tomo de Adriana Hoffmann, en el cual salían las ubicaciones de las distintas especies, y la mayoría se encontraba entre las regiones de Coquimbo y Antofagasta. Santiago, que apenas conocía el Norte Grande, partió al desierto costero, que concentra la mayoría de las variedades.


En 2008, con unos 19 años, guiado por aquel libro, hizo su primer viaje a dedo junto a un amigo hasta Huasco, en Atacama. Él creía que llegaría a un pueblito con caminos de tierra, donde los cactus abundarían, pero se encontró con una ciudad portuaria sin margen para la flora. Acamparon en la plaza principal y al día siguiente partieron en busca de un lugar más solitario, 44 kms hacia el norte, hasta Carrizal Bajo.


Ahí tuvo su primer encuentro con las Copiapoas —que junto a las Eriosyce son los géneros de cactus más comunes en Chile—, "y quedé alucinado", asegura. "Quedé loco, no me esperaba que fuera tan impactante", por "los paisajes que hacen estas plantas: son planicies llenas de grupos de copiapoas, que son al final el paisaje mismo, entre medio de pura piedra, inhóspito, pero hay plantas ahí, habitando y en abundancia". En resumen, "quedé rayado".


Decidió que quería hacer esto todo el rato, ir hasta donde habitaban los cactus, conocerlos. Empezó a viajar todos los años desde Huasco hasta Taltal, 430 kms al norte por la costa. Todos los años, "obsesivamente", insiste. "Es el viaje que me he repetido no sé cuántas veces", de hecho, en noviembre anduvo otra vez por allí.


"Siempre hay cosas distintas, te metes a una quebrada y pillas cosas nuevas", dice. "Hay plantas que se esconden, puedes pasarlas muchas veces y no las vas a ver porque están enterradas". Además, si ha sido una temporada muy seca, no florecen, lo que vuelve aún más complicada la búsqueda, la cual implica revisar hasta entre las grietas. "A veces no piensas que hay plantas ahí y no estás con el ojo atento", comenta. "Por ahí conozco algunas cosas que puede que no tengan nombre aún", dice.


Por ahora, lo suyo es hacer la mayor cantidad posible de registros, juntar semillas de las flores y que broten en su invernadero en la V Región.


“Quiero recolectar harta información para quizá hacer algo más adelante, cuando esté más completa”, adelanta. “Es un estudio que estoy haciendo por mi cuenta.”



Copiapoa solaris


El trabajo sucio


En 2011, decidió vivir definitivamente en el litoral central, donde había construido un invernadero chiquito, de cuatro por seis metros. Allá se llevó los cactus que tenía de su colección en la capital; había más espacio para crecer.


Ese año empezó a plantar las semillas que recolectaba de cada viaje. Quería reproducirlas. Fueron los primeros intentos. Su plan era "tener ojalá lo más diverso posible, para estudiarlos, reproducirlos, apreciarlos y vender", relata sobre aquellos primeros pasos que dieron inicio a su proyecto Cactus Lagarto, enfocado en la conservación de las especies nativas de Chile. A cada planta le ponía un cartelito con la especie y las coordenadas con GPS de dónde provino la semilla; sabe exactamente el origen de cada cactus: "Desde ahí no paré" y "se fue para arriba la cantidad de plantas".


“Tengo miles”, responde Santiago sobre cuántos son, “20… 30… o 40 mil plantas”. La cifra le complica y, al hablar, mueve su cabeza de un lado a otro como para dejar claro que realmente no sabe.


¿Cuántas especies tiene? Eso también es difuso. En realidad, las ordena según su localidad de origen, lo que equivale a "más de 500 cosas distintas". Eso no significa que todos sean diferentes; muchos de ellos son del mismo linaje, pero de otro lugar.


Se pasa buena parte del día en el invernadero: "Si no estoy sembrando, estoy trasplantando, sino atendiendo público, sino haciendo espacio para las plantas que tengo que trasplantar"; o sea, gran parte de sus jornadas son "alrededor de los cactus, dentro del invernadero, o afuera construyendo mesones".


Cuando la pega se torna muy monótona, pone música. Como cuando trasplanta cactus para la Fundación Punta de Lobos, organización que ha repoblado la costa de la Región de O'Higgins porque la gente se los roba o simplemente los pisa. En total, Santiago les ha reproducido 25 mil plantas, lo que implica sembrar y repicar (pasar de un pote chico a uno más grande) miles de veces. "Esa pega es un poco agotadora", dice.



Echinopsis atacamensis


Muertes masivas


Al preguntarle por el papel que juegan los cactus en estos áridos ecosistemas, Santiago responde y, al mismo tiempo, cuestiona sus propias certezas:


“Son bien importantes, pero a la vez no me gusta enfocarme que son más importantes que otras plantas, aunque puede que lo sean”. Para ser claro, pone de ejemplo a las grandes y espinosos cactáceas que habitan en la Zona Central del país: "Forman unos mini-ecosistemas que otras plantas pueden colonizar y estar protegidas de animales más grandes e incluso del humano". Pero también algunas aves los usan para poner sus nidos, mientras que reptiles y roedores lo ven como un refugio”


Además, sus flores son el alimento de los picaflores migrantes, como ocurre con el quisquito rosado (Eriosyce subgibbosa), cactus que se encuentra ampliamente distribuido en el centro de Chile


Ya hacia el norte, remarca Santiago, los cactus "son muy resistentes, están ahí siempre". Su ritmo es calmo pero constante. Permanecen activos durante todo el año, a diferencia de "lo que pasa en el desierto florido, donde hay una explosión de energía en que germinan todas las plantas, que suelen ser anuales; hay una cantidad de aves e insectos que aprovechan ese momento para reproducirse, y que produce una cantidad de semillas gigantes para germinar en el siguiente ciclo de lluvias".


Luego, todo se seca.


En tanto, los cactus ahí permanecen, hacen su vida mientras aportan "energía al ecosistema" en medio de la adversidad y las largas sequías, dando una que otra flor en medio de la aridez. "Eso permite que el desierto permanezca trabajando con una energía más baja, con mucho menos alimento disponible", explica. "Gracias a eso, las hormiguitas comen la semilla del cactus, los lagartitos están detrás de la hormiga, y los roedores, y se mantiene el ciclo". Son animalillos que, aunque sea poco, requieren de ese alimento para perseverar.


Pero su resistencia no los vuelve inmortales.


Además de la amenaza del tráfico —en que los coleccionistas de Europa y Asia tranquilamente pueden pagar mil euros por planta, dependiendo de la especie, su estado y edad—, el cambio climático también ha reducido fuertemente sus poblaciones.


Está siendo súper notorio cómo están muriendo”, advierte. Hay un libro de los 60, que fue de los primeros investigadores de cactus chilenos, un alemán (Friedrich Ritter), y él tiene muchas fotografías. Ahí las plantas estaban sanas en general. Todas estas plantas que él mostraba en Iquique, por ejemplo, en el extremo norte costero, ya se han muerto. Hace muchos años viene en decadencia.


También cita una publicación de la botánica Raquel Pinto: "Es impactante este nivel de mortalidad, de un libro que ya debe tener unos 15 años (Cactus del extremo norte de Chile, 2009), donde ya quedaban vivas un 10% de las plantas; en otros, 100% muertas".


Cuesta adaptarse cuando el lugar se vuelve "más extremo" en tan poco tiempo. "Tienen límites", remarca. Incluso, un poco más hacia el sur, Santiago lo ha comprobado con sus propios ojos al subir un cerro, donde solían haber de las Copiapoa echinoides: "Están todas muertas, todas, siendo que no es tan al norte". Las pocas que hay las halló en alguna grieta, y muy pequeñas. "Uno cree que las grandes son más resistentes que las chicas, pero parece que no es así", comenta.


Y también advierte sobre la zona que va desde Taltal a Tocopilla, en la Región de Antofagasta, que abarca unos 420 kms de norte a sur, donde quedan las últimas especies copiapoas; y de hecho, las Solaris, que habitaban de Mejillones a Paposo, "todas las poblaciones del norte ya se murieron", insiste. Entre medio, en El Cobre, quedan muy pocas con vida y "solo sobreviven las chiquititas, que tendrían 60 años o más", que nacieron "cuando hubieron mejores condiciones".


Santiago no solo atribuye este problema a la escasez de lluvia, también a que la camanchaca, la característica neblina nortina, que "se ha angostado", cuenta, aunque "no sé por qué". Cuando sube los cerros durante la tarde, nota cómo todo lo que queda sobre y bajo esa húmeda capa, "se va muriendo".


Él se resigna un poco y propone: "Casi que habría que empezar a trasladar cactus del Norte para la Zona Centro, porque acá igual se está secando", y así sería "una planta que nos podría dar ecosistemas más sanos, ya que se viene el desierto para acá; ayudar a que se adapten un poco más rápido las plantas".


así es el invernadero de Santiago


Las espinas


Soy bien solitario igual, me gusta trabajar así —avisa—. Se me ha dado así. No he querido viajar mucho con gente de plantas, por lo que contaba, confiarle a quién le vas a mostrar lo que conoces. Por eso tampoco nunca quise participar en muchos grupos de cactus. He sido más ermitaño en relación a la gente y los cactus.


Él dice que no hay quien lo reemplace en el invernadero. Tiene claro que "hay que tratar de trabajar colaborativamente, para que las cosas no se pierdan después", por lo tanto, "me encantaría en el futuro participar más con organizaciones y personas para la conservación".


Me esclavizaron, me metí tanto en ellos”, confiesa, mira hacia otro lado— y no tengo tanto tiempo por culpa de ellos —se ríe—. Tengo un relación de amor-odio. Soy un esclavo de ellos. Me gustan pero me cansan, pero me encanta ir al desierto. Lo que no me gusta es que terminé encerrado en un invernadero tanto tiempo. Me aburre un poco.


Le gustaría pasar menos tiempo bajo ese techo repleto de plantas. Está "un poco sobrepasado", porque los primeros años se dedicó a sembrar mucho y ahora son miles los cactus. Cada tanto algunas amistades lo ayudan, pero, muchas veces "ya no doy abasto solo", dice. De hecho, el 2022 decidió no sembrar nada: una determinación inédita para él, "siendo que tengo semillas muy buenas, cosas que no he sembrado antes", lamenta.


Durante el 2021 tuvo un episodio que denomina como "crisis", al punto que "no quería ni ir al invernadero". Por aquellos días, terminaba de construir su "casita" en invierno, periodo en que no hay tanto trabajo. Se dedicó a maestrear y cada tanto pensaba: "Qué rico estar haciendo algo distinto". Esa semi-pausa le hizo bien.


"Ahora estoy un poquito mejor, con una relación un poquito más sana", confiesa. "Tiene un lado muy bonito, las responsabilidades son las complicadas", porque "son seres vivos, no es que uno se puede ir y dejarlos morir". Esa es la parte que la frustra, "no tener libertades, no puedo llegar y descuidarlos, porque también son plantas recolectadas, importantes para la conservación".


En fin, "me veo toda mi vida dedicado a esto, porque no sé cómo podría desapegarme". Le encantaría que fuera más rentable. Admite que "es súper poco movido". Pero quiere un equipo de trabajo, hacer de Cactus Lagarto "algo más abierto al público y educativo". Que eso pudiera andar "sin que yo tenga que estar todo el día encima". Piensa en conquistar esa "libertad". De ser así, él feliz seguiría metido para siempre en las cactáceas, e investigar más, ir al desierto o donde se encuentren.


“Ese es un motor rico”,dice, “le muestras cosas escondidas a las personas, aprecian lo que no apreciaban y se puede empezar a hablar de conservación, darle un enfoque que no es solo la colección, sino que están en la naturaleza. Aunque sean chicos, tienen un valor por el lugar que lograron habitar y hacen que otros vivan en ese desierto, tan inhóspito”.



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