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- Pilar Quintana: “El hombre sigue siendo visto como el escritor universal; la mujer, sólo como voz de su género”
Ilustración de Juanjo León. Escritora obsesiva, observadora paciente y una de las narradoras más potentes de su generación, Pilar Quintana reflexiona sobre los estereotipos que enfrentan las escritoras, su experiencia en la selva y los miedos que atraviesan su existencia y obra: desde el calentamiento global hasta el avance de la ultraderecha. En el Pacífico colombiano la lluvia cae con una furia que parece infinita, como si quisiera borrar los límites entre la tierra, el mar y el cielo. En ese territorio húmedo y agreste, entre ceibos gigantes, orquídeas y bromelias que florecen como fuegos artificiales, Pilar Quintana decidió alguna vez construir su propio refugio. Lo hizo con sus manos, junto a su entonces esposo, hasta que un día se quedó sola: la casa aún sin terminar y la selva respirándole alrededor. Un murmullo constante de insectos, animales y temores que desdibujaban la frontera entre lo real y lo imaginado. De esa experiencia brotó el germen de Noche negra, la novela que hoy presenta y que pone en el centro a una mujer aislada, rodeada de vecinos hostiles, animales que acechan y los miedos íntimos que crecen con la misma intensidad que la vegetación. Pero más allá de este libro, Quintana es ya un nombre fundamental en las letras americanas contemporáneas: autora de La perra, con la que obtuvo el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana en 2017, y de Los abismos, que le valió el Premio Alfaguara de Novela en 2021, su obra se caracteriza por hurgar en los bordes, entre lo íntimo y lo salvaje, lo doméstico y lo indómito, la ternura y la brutalidad. Con una voz que se atreve a explorar la maternidad desde ángulos incómodos, la violencia de los afectos y la relación siempre ambivalente entre el ser humano y la naturaleza, Pilar Quintana ha sabido construir un universo literario que la coloca en la primera fila de las escritoras latinoamericanas de su generación. Siempre te preguntan por el feminismo, casi como si hubiera una exigencia de que toda escritora mujer tenga que responder a un activismo. ¿Crees que efectivamente existe esa exigencia? “Sí. Tengo dos amigos escritores de toda la vida, empezamos a publicar en la misma época, son de mi generación y jamás les han preguntado si sus personajes son masculinos o si su literatura es masculina. Nunca. Cuando un hombre escribe a un personaje hombre, se asume que es un personaje. Así tal cual. Sin más apellidos. Pero cuando una mujer escribe un personaje mujer, entonces es ‘un personaje femenino’. Aún no se comprende que una autora, al crear personajes femeninos, está representando problemas de la humanidad, no solamente de su género. El hombre sigue siendo visto como el escritor universal. Y eso también conecta con el arquetipo de ‘la madre’, como si las escritoras tuviéramos que responder a todas las necesidades de una comunidad. Yo me siento más cómoda escribiendo personajes femeninos, pero no porque quiera hablar ‘de mi género’, sino porque ahí encarnan mejor los conflictos que me interesan. Evidentemente, al situarlos en un mundo machista, esos problemas se retratan, pero etiquetar la literatura hecha por mujeres como ‘femenina’ es otra forma de exclusión". Hoy se habla de un “boom” de escritoras latinoamericanas. ¿Crees que ese reconocimiento también trae consigo nuevas etiquetas o exigencias sobre qué deben escribir las mujeres? “Sí, me parece que a las escritoras se nos exige escribir de maternidad y de selva. Hay un ‘boom’ de esos temas en la literatura. Yo viví en la selva, quise ser mamá, y claro que escribo de eso porque son mis experiencias, pero me preocupa que volvamos a ser encasilladas. Antes se esperaba que las poetas hablaran de naturaleza y amor; ahora parece que las narradoras debemos hablar de maternidad o violencia. Y si a eso le sumas que, por ser latinoamericana, también se espera que escribas de esos tópicos, reconstruyendo cierto imaginario y de una manera determinada, la camisa de fuerza se vuelve aún más estrecha.” En tus textos aparece la violencia, pero no desde el narco o la guerra, sino desde lo íntimo. “Sí, me interesa más la violencia pequeña, la sutil, la de adentro. Esa violencia que ocurre en las familias y que, creo, es la madre de todas las demás. En Noche negra esa violencia está presente, aunque no sea el tema central. Es algo que como colombianos hemos dejado de mirar, porque siempre estamos enfocados en la violencia externa. ¿Qué crees que esperan hoy de ti como Pilar, la escritora? “No sé y tampoco me importa mucho. Yo nací y crecí en Cali, en una sociedad muy cerrada con roles definidos. Desde niña desafié lo que se esperaba de mí, no por rebeldía, sino porque no podía traicionar lo que era. Claro que cuando era joven sí me importaba el qué dirán, pero ahora no. Uno llega a una edad en la que eso ya no importa. La literatura es el lugar donde puedo ser yo sin que me juzguen. Responder expectativas o no, no es un pensamiento que me obsesione”. ¿Y qué te obsesiona hoy? “Soy muy obsesiva. En el colegio me obsesioné con las enfermedades mentales y todavía ese tema aparece en mis libros. Mi papá es médico y cuando yo era niña me regaló unos libros de psiquiatría: me los leí de principio a fin, hice cuadernos y los estudié. ¿Por qué? No tengo ni idea. Cuando viví en la selva, me dediqué a clasificar la flora y la fauna, y la naturaleza se volvió central en mi obra. También me interesan los homínidos, la paleoantropología: sé que voy a volver a ese tema. Siempre tengo un objeto de estudio al que me aferro y lo exploro a fondo. Llevo cinco años dedicada a investigar a diversas autoras clásicas para la Biblioteca de escritoras colombianas. Cuando di mi primera entrevista en 2003, me preguntaron si mi literatura era femenina y desde entonces me he preguntado qué significa realmente eso. Creo que el resultado es esta biblioteca, un proyecto que atraviesa también mi propia construcción como autora. Ahora ya estoy cerrando ese ciclo, y aunque no sé todavía qué vendrá después, sé que pronto habrá otra obsesión esperándome. Quizá vuelva a los homínidos". ¿A qué le temes? “A dos cosas: el daño al medioambiente, sobre todo a la Amazonía, y la fuerza creciente de los discursos de ultraderecha en el mundo. Pensé que habíamos superado ciertas ideas, pero verlas resurgir me produce angustia”. Leo constantemente foros de ultraderecha en Estados Unidos para entender cómo piensan. Es aterrador, porque allí creen que el calentamiento global es un invento o que las vacunas son dañinas. Yo crecí pensando que íbamos hacia un mundo más tolerante; hoy siento que retrocedemos. Ese resurgimiento de la ultraderecha me aterra".
- Javier Rodríguez: "Lo más humano hoy lo encuentro en los animales"
Ilustración de @monodeleon En su segunda novela, Javier Rodríguez le da voz a un galgo de carreras que huye de su dueño y descubre un mundo que no sabe muy bien qué hacer con él. Pero Huracán es también una excusa para hablar de lo que al escritor y periodista chileno le preocupa hoy: la ternura como acto contracultural, la comunidad como única salida posible y los animales como los seres más honestos de este ecosistema. Cuando Simona llegó a mi departamento, en plena pandemia, venía desde el sur en una jaula para perros. Era una galga rescatada del mundo de las carreras: su cuerpo tieso y musculado se contradecía con la fragilidad de su personalidad y la sumisión de su gesto. Hoy, adaptada a una vida doméstica, le quedan una que otra cicatriz de los latigazos y el hueco donde le faltan dos dedos. Hay algo en la gente que tiene animales que me genera confianza de inmediato. No sé si es la paciencia que desarrollan, o la costumbre de querer sin esperar demasiado a cambio. Algo en esa ternura cotidiana —cambiar el plato de agua, el paseo de todos los días, sacarse los pelos de la ropa con un rodillo— me parece uno de los gestos más bonachones que puede hacer una persona. Por eso, cuando encontré la entrevista de Javier Rodríguez en El País, algo me detuvo. No era el libro, porque aún no lo había leído, sino que me llamó la atención el interés de un hombre por ponerse en el lugar del que corre porque alguien lo obliga y que un día simplemente deja de hacerlo. Leí Huracán de un tirón. Es una novela que se debate entre la brutalidad y la ternura —o esa fue mi lectura—. Un galgo negro que se llama igual que el libro: su dueño quiere sacrificarlo, él huye. Lo que sigue es una historia sobre el mundo visto desde abajo, sin cultura, sin lenguaje codificado, sin la carga del deber ser. Solo instinto, hambre, y esa cosa en extinción que tienen algunos animales, y pocos humanos, que se parece mucho a la bondad. “Eres la segunda persona que me comenta la luminosidad de la novela. No la había mirado así. En la presentación, Nayareth Pino Luna me dijo que más allá de la brutalidad del campo chileno y las diferencias de clase, había puntos luminosos. Me quedó dando vueltas, porque yo no los busqué”. Con esa observación arranca Javier Rodríguez cuando nos sentamos a conversar en una tarde de otoño en Santiago. Periodista, escritor y editor, tiene 36 años, vive en Providencia con su esposa y dos perras —Pina, una salchicha de catorce, y Oli, una mestiza de galgo rescatada— y acaba de publicar su segunda novela por el sello español AdN. La fuga aparece en la obra como un momento clave que cambia la dirección de la vida de Huracán. "Creo que la fuga siempre ha estado en mí. Irme a vivir a otro lado, dejar trabajos, salir de relaciones. Lo he intentado entender a través de la literatura. Y uno escribe de lo que puede, de lo que se repite. Acá se hizo más patente y dije: ya, voy a trabajar con esto como motivo literario directamente. Yo pude escribir sobre la fuga cuando ya no me quería mover más. Son cosas raras que pasan. No sé si me reconozco en Huracán del todo, pero sí en el tema de la fuga, y también en algunos de los humanos con los que él se va encontrando. En Juan, por ejemplo, que tiene toda su sensibilidad y su vulnerabilidad. Y hay un momento de rabia donde explota. Eso también lo reconozco". No sé si hago una lectura correcta, pero me parece una novela que habla de la ternura. "No fue a propósito, pero me da alivio que se haga esa lectura, porque es una historia sobre la brutalidad. Y quizá en la brutalidad también asoma la ternura. Mal canalizada, mal expresada, sin herramienta, pero igual puede asomar. Justamente estoy encontrando la ternura en los animales hoy: estamos en una época donde todo el mundo está gritando, buscando la cuña fácil y la reacción. Detenerse e intentar mirar al otro o trabajar desde la ternura, me parece contracultural. Y eso me interesa tanto en lo literario como en lo ético. Creo que quizás mi intención de entrar en lo que algunos llaman nature writing, es precisamente porque la ternura hoy la estoy encontrando ahí. Mirando a mi perra de seis años siendo respetuosa con la de catorce. Le deja comer primero, la mira, espera que termine, y después recién va a su plato. Tiene un protocolo. Ahí encuentro mucha ternura". Javier ha tenido, de alguna manera misteriosa, una conexión con los animales. Cuenta que en un momento de su vida, viviendo en Londres, completamente solo —no recuerda bien si estaba teniendo un ataque de asma— eran las tres de la mañana y no podía dormir. Se acercó a la ventana y vio un zorro comiéndose la huerta comunitaria del edificio. "No sé si fue la pulsión de vida o el encuentro con ese animal, pero fue algo que me llenó de energía", dice. En otra oportunidad, mientras trabajaba en el Ministerio de Cultura durante un invierno duro, miró por la ventana y encontró un diuque comiendo en el edificio de enfrente, en pleno centro de Santiago. "La vida igual asoma", pensó. Esa escena la puso en su primera novela. "No sé si llegué a una respuesta, pero sí creo que esos momentos me llevaron a indagar, a escribir. Hay algo en el encuentro con un animal, en un momento inesperado, que te devuelve a algo esencial. Y creo que esa pregunta todavía me mueve." Huracán es la segunda novela del periodista y escritor Javier Rodríguez. "En una parcela de Paine (Chile), un galgo negro de carrera, Huracán, corre no solo tras liebres, sino tras la libertad que intuye más allá de las sogas de su dueño, Francisco Bauer, un hombre amargado que gobierna con violencia sobre perros y personas. Cuando el instinto de Huracán empieza a fallar, Francisco ve en su declive la excusa perfecta para deshacerse de él". ¿Qué tienen los animales que no tienen las personas? "En los animales he encontrado nobleza, lealtad, un amor profundo. Y eso me ha hecho acercarme, y muchas veces encerrarme. Si tuviera plata, rescataría perros, tendría gallinas, me dedicaría a eso. Lo que hoy llamamos "ser muy humano", como elogio, como cualidad destacable, lo encuentro más en los animales más que en nosotros. Y eso no es condescendiente. Es desde una profunda admiración. Y desde ese lugar creo que escribo también". ¿Y a dónde miras cuando buscas esperanza? Todavía soy pesimista, sí. Pero tiendo a pensar que la humanidad pasa por ciclos y que ahora estamos en el ciclo de la histeria. Que vamos a volver a algo más mínimo. Me acuerdo que alguien una vez me decía: "Para qué haces el compost o reciclas, si Taylor Swift da vueltas en su avión privado para ir a comprar pan." Y me costaba responder a eso desde el optimismo fácil. Porque sí, uno se queda más tranquilo, pero ¿qué impacto real tiene? Te da propósito, claro, pero, ¿qué más?. Hace poco vi una entrevista de Jane Goodall donde decía que el cambio parte por uno mismo, y que con eso quizás logras que otro lo vea y se de cuenta, y así vas generando comunidad. Sé que es contradictorio en mí porque soy muy misántropo (se ríe), pero creo que hay que ir buscando formas de generar comunidad. Creo que ahí está el futuro. Y por eso también hay que entenderse como parte de un ecosistema. Si seguimos pensándonos como los seres superiores del mundo y destruyéndolo, estamos perdidos. Ayer leía a un premio Nobel de física que decía: ¿para qué gastan esa cantidad de dinero en ir a Marte, si Marte es inhabitable? Tenía un discurso bastante apocalíptico: como especie nos vamos a acabar, y todo se va a acabar. Probablemente sí. Pero, ¿qué hacemos ahora? ¿Nos rendimos?". ¿Se puede hacer comunidad en la literatura? Se tiene la idea de que es un espacio muy solitario. "Yo no creo en el escritor en su torre de marfil. Yo escribo leyendo al otro, conversando, trabajando el texto con un editor. La literatura es un ejercicio colectivo. Hay un manuscrito, el manuscrito se conversa, lo trabaja el editor con el autor, entra el diseño, hay una cuestión artesanal y de oficio que es necesaria y sana de replicar. En la literatura, en las disciplinas artísticas en general, hay mucha mezquindad, mucho bando, pero no se puede crear solo". Horas después de nuestra conversación, Javier me mandó un mensaje. Lo leí varias veces. Decía: "Los animales han sido, quizá, la forma de entregarme y conectar con esa vulnerabilidad y ternura que, si antes eran cuestionadas y mal vistas, hoy son derechamente contraculturales." Pensé en Simona.
- Agustina Bazterrica: "Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue"
Ilustración de @Monodeleon La autora argentina de Cadáver exquisito —traducida a más de treinta idiomas— estuvo en Chile promoviendo la reedición de su antología de cuentos 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro'. En un hotel de Providencia, entre mantras, arcángeles y el ingenio de una escritora que ha encontrado formas bellas para narrar el horror, habló de espíritus atrapados, de depredadores en el poder y de por qué la literatura no cura nada, pero sí puede incomodar lo suficiente como para impedirnos mirar hacia otro lado. La noche anterior a nuestra entrevista, Agustina Bazterrica no durmió en su cuarto. Había llegado al hotel de Providencia como llega a todos los hoteles donde la dejan sus giras. Entró a la habitación con sus maletas y dentro de una llevaba unos papeles doblados que carga siempre encima: hojas con la flor de la vida impresas, que pone en las habitaciones para limpiar la energía acumulada de quienes durmieron allí antes que ella. No es superstición, al menos no en el sentido frívolo de la palabra. Es un protocolo. Una forma de habitar esas habitación temporales con algo de propiedad. Pero esa noche el protocolo salió mal. Puso los mantras, acomodó sus cosas e intentó dormir. Pero había algo en el cuarto que no quería estar tranquilo. Ella la describe como una presencia violenta, una bruma, una densidad en el aire que no cedía y que la tenía incómoda. Y entonces ocurrió lo que no tiene explicación: mientras intentaba dormir, sintió agua fría cayendo sobre su cuerpo. Despertó de un sobresalto y se tocó la cara, pero estaba seca. El agua no existía, pero el frío sí. —Fue plasma de fantasma —me dice, con una convicción tan tranquila que resulta más inquietante que si lo dijera con miedo—. No sé cómo llamarlo, pero sí, ahí la pasé mal. A la mañana siguiente, en la ventana de la habitación, unas marcas, como las de unas garras, se dibujaban en el vidrio. Yo las vi. Me mostró una foto. Su hermana, que según Agustina es "un poco bruja", le dio una lectura intuitiva: era un espíritu que se había quitado la vida y estaba atrapado en un loop de rabia, sin poder pasar a otro plano. Agustina escucha, integra esa información del más allá y me lo cuenta. No necesita que nadie le crea. Al día siguiente, ya repuesta después de dormir en un cuarto en el que no habitaba ningún alma en pena, Agustina me pregunta: ¿vos creés en los fantasmas? Y a los minutos de hablar sobre actividades paranormales, nos ponemos a hablar de otros seres espantosos: Donald Trump, Jeffrey Epstein, Javier Milei y varios otros hombres en política. Hablamos también de arcángeles, de por qué la literatura no es terapéutica. Todo en el mismo tono, porque Agustina es una mujer que no hace jerarquías entre lo que le parece importante: lo paranormal y lo político y lo literario conviven en ella sin fricciones. —A veces la realidad parece alcanzar tus ejercicios de distopía. ¿Eso te asusta? "No. No me da miedo porque todavía confío en la humanidad. La historia es pendular: cambian los actores, cambia el escenario, pero hay cosas que sobreviven. La bondad. La dulzura. Incluso ahora, en medio de este momento tan dañino". Se acomoda en la silla antes de seguir. "Estamos viendo reaparecer discursos que creíamos enterrados, como los de la extrema derecha, y vuelven a instalarse con muchísima facilidad. Porque hay tres elementos que siguen funcionando para manipular una sociedad: el miedo, la ignorancia y el odio. Trump trabaja con eso todo el tiempo. Milei le copia. Y sí, hoy está funcionando. Pero no creo que pueda sostenerse para siempre". —¿Qué distingue a esta nueva extrema derecha de otras épocas? "Que ya ni siquiera necesita disimular. Hay un libro italiano, La hora de los depredadores, que habla justamente de eso: del triunfo de figuras que hacen de la brutalidad una identidad política. Trump, por ejemplo, está orgulloso de no leer. Entonces ya no necesitás mostrar preparación, cultura o interés por el bienestar común para llegar al poder. Podés ser completamente ignorante y aun así convertirte en presidente si sabés manipular el espectáculo". Hace una pausa. "Y esa violencia baja rápidamente a la sociedad. En Argentina están aumentando mucho los niveles de agresividad. Si tenés a un presidente insultando todo el día en redes sociales, el mensaje implícito es: 'yo también puedo hacerlo'". —¿Nos estamos anestesiando frente al horror? "Sí, completamente. Y además funcionan las cajas de resonancia: cada uno consume solamente aquello que confirma lo que ya piensa. Entonces desaparecen los matices y aparecen los radicalismos. Ves hombres incels consumiendo discursos de odio contra las mujeres todo el día y convencidos de que tienen razón porque nunca aparece otra mirada. Me impresionó muchísimo lo de Lionel Messi saludando a Trump. Una semana antes habían bombardeado un colegio con más de cien niñas. Y después escuchar eso de 'nosotros no nos metemos en política'. Yo quiero ver si no te metés en política cuando el colegio bombardeado es el de tus hijos. Qué falta de empatía". Hace otra pausa. "Y además, él se había negado antes a ir a la Casa Blanca con Biden. O sea, pudo decir que no. Ponele que tenía presiones. Pero entonces, ¿por qué estás sonriendo en las fotos?". —Y aun así, todo desaparece rápido de la conversación pública. "Claro. Todo dura segundos. Una guerra, un abuso, un escándalo. Baja el algoritmo y desaparece. Y eso también produce una sociedad anestesiada". —¿Cómo lo haces para no volverte indiferente? "Leyendo. Escribiendo. Hablando con adolescentes. Porque aunque seas privilegiado, lo que pasa en el mundo te afecta igual. Mi marido trabajó 28 años en una empresa y la cerraron de un día para el otro. No cobró indemnización. Y ese es un caso leve comparado con otra gente que directamente termina en la calle. cuando alguien me dice que lo que pasa en el mundo no le afecta, para mí eso ya es un síntoma. Es falta de empatía. Vivir encerrado en una burbuja y ni siquiera entender que tus privilegios no son derechos". —¿Hay algo tentador en no mirar? "Para mí no. Cuando dicen “la ignorancia es una bendición”, yo pienso exactamente lo contrario. Vivís con la profundidad de un charco. No accedés al conocimiento y sí, el conocimiento duele, te indigna, te enfrenta con cosas horribles, pero también te conecta más profundamente con el mundo. Yo quiero que mis niveles de conexión sigan profundizándose. No me interesa la otra opción. Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue". "Una antología de relatos llenos de crueldad, con toques de humor negro y algún destello de fantasía, Estos diecinueve cuentos regresan a los temas que marcan la obra de la autora: la naturaleza del miedo, la violencia oculta en lo banal, las fantasías más oscuras y los deseos inconfesables. Entre instantáneas insólitas e inquietantes e historias sombrías y paródicas, Bazterrica desvela la cara tétrica y perversa que esconde la realidad". —Eres obsesiva con la verosimilitud en tu escritura. ¿Hasta qué punto? "Muchísimo. En la nueva novela los personajes tienen que ir a la Torre Monumental, en Buenos Aires. Yo había escrito una escena entera basándome en fotos y videos. Pero cuando fui personalmente me di cuenta de que la escalera era muchísimo más empinada de lo que parecía. Y eso cambiaba cómo los personajes podían moverse, respirar, reaccionar". Se ríe. "Parece una pavada, pero no lo es. La verosimilitud no tiene que ver con decir la verdad. Yo puedo inventar un protocolo para faenar humanos, pero el universo que construyo tiene que cerrar. Y solo cierra si conozco realmente esa escalera". —Muchos escritores hablan de la literatura como algo terapéutico. "La literatura no cura nada. Ojalá curara, pero no. A mí me preocupa más no encontrar la palabra justa o descubrir un error de verosimilitud que otra cosa. No es mi terapia. Incluso aparece la ansiedad, el vacío o la frustración en la escritura. Terminás una novela y decís: “¿y ahora qué?”. Pero yo no sufro escribiendo. Yo estoy viviendo el sueño". Se ríe otra vez. "De verdad. Tiene un costo, obvio. Pero esto, en general, es felicidad". —¿Y tienes un antídoto para no ceder al horror del mundo? " Los vínculos. Mis vínculos son lo más importante de mi vida. Mi marido, mis gatos, mi familia, mis amigos. Y también porque medito mucho. Trabajo con arcángeles, con geometrías sagradas. Necesito sentir que hay algo más grande que mi propio ego". Entonces me muestra en el teléfono una imagen hecha con inteligencia artificial: un gato rodeado de colores y símbolos esotéricos. Azul para el arcángel Miguel. Verde para Rafael. Índigo para Zadquiel. Los enumera con una precisión litúrgica. "Todos los días me protejo a mí, a mi marido y a mis gatos", dice. "Eso también te ordena. Te recuerda que sos importante y no importante al mismo tiempo. Apenas un punto en la historia".
- Gabriel León: "La ciencia no tiene partido, ni creencia política"
Ilustración de @monodeleon Ministros que niegan el cambio climático, políticos que cuestionan las vacunas, organismos oficiales que retiran estudios científicos porque los resultados no les gustan. El divulgador y autor Gabriel León, conocido como Gabo Tuitero, analiza por qué las teorías conspirativas responden a una necesidad emocional antes que a un déficit intelectual y por qué la politización de la ciencia ya no es un fenómeno lejano. "La ciencia no tiene partido ni creencia política. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo". Autor de una de las obras de divulgación científica más leídas de Chile, León ha publicado títulos como La ciencia pop, La ciencia pop 2 y La ciencia pop 3. Ahora, en un momento marcado por la desinformación, la polarización y la crisis de confianza en las instituciones, presenta Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia, un libro que explora los mecanismos psicológicos y sociales que sostienen estas narrativas. En esta entrega, el autor se aleja de la burla fácil hacia quienes creen que la Tierra es plana o que el ser humano nunca llegó a la Luna. En lugar de preguntar qué tan equivocadas son estas ideas, intenta responder una cuestión más compleja: ¿por qué resultan tan atractivas? La evidencia acumulada por la psicología y las ciencias sociales sugiere que el problema tiene más relación con la necesidad humana de encontrar certezas en un mundo cada vez más incierto., que con la inteligencia de los individuos. "El abordaje habitual ha sido ridiculizar a quienes creen, y eso puede ser entretenido, pero no sirve si el objetivo es entender y evitar las consecuencias negativas que este tipo de creencias tienen en la sociedad. La psicología lleva veinte años estudiando esto y uno de los hallazgos más sorprendentes es que creer en conspiraciones no se asocia con un déficit intelectual ni de información. Se asocia con una forma de entender el mundo", explica el autor. ¿Y cuál es esa forma? "Vivimos fragmentados y polarizados. Y como nos gusta creer que el mundo es como nosotros lo imaginamos, tendemos a encerrarnos en esa verdad y a leer solo lo que refuerza nuestras creencias. Los relatos conspirativos son narrativamente muy ricos y emocionalmente satisfactorios: dan cierre, dan culpables y entregan sentido. Entonces uno empieza a consumir cosas que confirman lo que ya cree y se genera una esfera perfecta, pero completamente desconectada del resto". Las conspiraciones no son nuevas, pero la inteligencia artificial cambia algo, ¿qué te parece esa afirmación? "Sí. Las teorías conspirativas son probablemente tan antiguas como la humanidad. Lo que ha cambiado son los vehículos: del lenguaje oral al escrito, del escrito a internet, de internet a las redes sociales. Y ahora un nuevo peldaño. Con inteligencia artificial ya no solo circula el rumor —el "me contaron", el "alguien lo vio"— sino que se puede construir el documento, la fotografía, la evidencia que acompaña la teoría. Eso es un salto cualitativo importante". ¿Qué tan preparados estamos para eso? "Poco. Somos usuarios de tecnología, pero no entendemos cómo funciona ni cuáles son sus límites. Y eso nos deja a merced de ella. El desafío para los estados, las empresas y quienes se dedican a la educación tecnológica es transmitir no solo las maravillas de la tecnología, sino también sus riesgos. Porque si no entendemos cómo funciona, dejamos de distinguir con claridad entre lo que es verdad y lo que simplemente nos gusta. Hay un estudio del MIT que analizó el impacto en la creatividad de usar estas herramientas durante algunas semanas. La evidencia muestra que cuando cedes una habilidad humana y la externalizas a un sistema de inteligencia artificial, esa habilidad se deteriora. Los estudiantes que usan ChatGPT para escribir ven disminuidas sus capacidades creativas. Lo mismo ocurre con la navegación: el uso de Google Maps o Waze está atrofiando nuestra capacidad innata para orientarnos, que tiene una base neurobiológica concreta en el hipocampo". ¿Puede la divulgación científica competir emocionalmente con una conspiración? "Es una pregunta clave. La ciencia habitualmente se presenta como un relato donde el conocimiento simplemente aparece: en tal año, tal señor descubrió tal cosa. Da la impresión de que se sentó en una roca y se le ocurrió la idea. Eso desconecta la ciencia de su contexto humano e histórico, y la hace árida. Si en cambio la presentamos como lo que realmente es —una actividad profundamente humana, anclada en su época, llena de dudas y correcciones— la narrativa se enriquece y se vuelve más cercana. Y eso sí puede competir". ¿En qué conspiraciones crees que creen más los chilenos? "En Chile hay una desconfianza profunda en las instituciones, y en parte está justificada. Los casos de colusión en la industria del pollo, las farmacias, el papel higiénico. Las salidas alternativas que tienen personas poderosas frente a la justicia. Cuando ves eso de manera sistemática, empiezas a percibir una desigualdad estructural y esa percepción alimenta cualquier teoría conspirativa. Lo que me llama la atención es que en Chile las conspiraciones tienden a ser más individuales y fragmentadas que las grandes orquestaciones que uno ve en otros países. Tal vez porque no tenemos tanto material a esa escala. Pinochet es probablemente lo más grande narrativamente para anclar una conspiración que le llegue a todo el mundo. Pero somos un país de veinte millones. Es una sociedad pequeña. En Estados Unidos hay más actores, más escala, más posibilidad de que ideas de esa naturaleza circulen y se instalen". El secretario de Salud de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., está intentando investigar el supuesto vínculo entre las vacunas y el autismo, una conexión que la comunidad médica ha estudiado durante décadas y que rechaza rotundamente. "Justamente. Desde las instituciones se ha intentado instalar un tono de incredulidad entorno a las cosas que la ciencia ha comprobado y eso es alarmante. La FDA encargó estudios internos sobre la seguridad de vacunas contra el COVID y contra el herpes zóster. Los estudios resultaron bien: las vacunas eran seguras y efectivas. Se enviaron a publicar en revistas científicas independientes, fueron aprobados. Y justo antes de publicarlos, el propio Ministerio de Salud decidió bajarlos porque los resultados no les gustaron. Lo mismo ocurrió esta semana con un estudio sobre niveles seguros de consumo de alcohol: demostró que cualquier dosis es perjudicial, y fue retirado del sitio oficial. Cuando la ideología empieza a manipular la realidad de esa manera, estamos en un punto extremadamente peligroso". ¿Ves señales de eso en Chile? "Ya se están viendo destellos. Figuras políticas que cuestionan las vacunas, una ministra de Medio Ambiente que cuestiona el rol de las actividades humanas en la crisis climática. Eso es típico de ciertos movimientos de extrema derecha: cuando la evidencia no te gusta, la escondes bajo la alfombra. Y eso tarde o temprano produce problemas graves. La ciencia no tiene partido ni creencia política. Sencillamente trata de entender el mundo. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo".
- Alejandra Acosta: "A Gabriela Mistral nos enseñaron a admirarla, pero no a quererla"
Ilustración por Mono de león. La ilustradora chilena Alejandra Acosta acaba de publicar una biografía ilustrada sobre Gabriela Mistral. Tras meses leyendo cartas, diarios y revisando fotografías, descubrió a una mujer muy distinta de la figura solemne que aprendimos en el colegio: curiosa, contradictoria, política, amante de la naturaleza y profundamente afectuosa. En conversación con Quiltra, reflexiona sobre cómo la imagen puede acercar a nuevas generaciones a una autora que durante décadas fue convertida en estatua. Durante décadas, Gabriela Mistral habitó un lugar extraño: estuvo presente en todas partes y, al mismo tiempo, permaneció lejos. La vimos en el billete de cinco mil, memorizamos algunos de sus poemas en el colegio y aprendimos a repetir que fue la primera latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Pero detrás de esa figura solemne quedó oculta una mujer mucho más difícil de clasificar: curiosa hasta el exceso, enamorada de la naturaleza, contradictoria, política y profundamente afectuosa. Esa distancia fue la que impulsó a la ilustradora chilena Alejandra Acosta a dedicar casi tres años a investigar su vida para crear Mistral. Una biografía ilustrada (Lumen). A partir de cartas, diarios, fotografías y archivos personales, construyó un retrato que se aleja del bronce para recuperar a la persona. En conversación con Quiltra, reflexiona sobre la necesidad de humanizar a la escritora, el papel de la ilustración para acercarla a nuevas generaciones y la curiosidad como una forma de mirar el mundo que, cree, estamos perdiendo. ¿Desde qué lugar conectas tú con Gabriela Mistral? “Lo que más me conmueve es su capacidad de observar. Siempre se habla de la intensidad emocional de su poesía, pero a mí me impresionó otra cosa: la forma en que miraba el mundo. Era una mujer profundamente curiosa, sí. Observaba una planta, un insecto, un paisaje, el canto de un grillo. Esa manera de detenerse en lo pequeño conecta mucho con mi trabajo para primera infancia, donde también intento invitar a los niños a observar antes que consumir. Cuando empecé a leer sus diarios y sus cartas confirmé esa intuición. Ahí apareció una Gabriela mucho más viva que la figura oficial. Me impresionó descubrir que estaba pendiente de cosas muy cotidianas, que se preocupaba de las plantas, que esperaba que llegaran los pajaritos en la mañana. Son detalles que no aparecen cuando uno estudia su obra en el colegio, pero que ayudan a entender quién era realmente". En algún momento de nuestra conversación dijiste una frase que resume muy bien el libro: "A Mistral nos enseñaron a admirarla, pero no a quererla". “Sí. Ese era justamente el desafío. Todos crecimos con esa imagen solemne: la señora del billete de cinco mil pesos, seria, en blanco y negro, casi inalcanzable. Yo quería devolverle humanidad. Esa calidez que tenía y que no se nos enseñó. Me interesaba mostrar que era una mujer preocupada por las plantas, que esperaba con alegría a los pajaritos en la mañana, que era sensible, curiosa, incluso divertida. Eso cambia completamente la forma en que uno la mira. Uno deja de verla como un monumento y empieza a verla como una persona". ¿Qué fue lo que más te sorprendió mientras investigabas? “Sus contradicciones. Yo sabía que era una mujer compleja, pero leyendo sus cartas descubrí muchas más capas. Era muy estratégica. Sabía perfectamente cuándo hablar, cuándo guardar silencio y cómo mover las piezas para conseguir aquello que consideraba importante. También era mañosa, gozadora, le encantaba viajar, comer bien, mirar paisajes. Hay fotografías donde aparece muerta de la risa con amigas, jugando con un gato o caminando en camisa de dormir. Esa Gabriela casi nunca nos la mostraron". Alejandra Acosta reimagina a Gabriela Mistral con una paleta vibrante para alejarla del retrato solemne con que fue representada durante décadas. Si Gabriela Mistral fuera una joven que comenzara a escribir hoy, ¿crees que tendría un lugar en el mundo editorial? "Creo que sí. Hoy sigue siendo difícil publicar, pero existe un ecosistema editorial muchísimo más diverso que el que ella conoció. Hay editoriales independientes, proyectos pequeños, libros muy cuidados. Eso permite que aparezcan voces distintas. Además, Mistral no era solamente poeta. Era una intelectual profundamente política. Hablaba de educación, de pueblos originarios, de mujeres, de desigualdad. Le costaba quedarse callada. Estoy segura de que hoy seguiría siendo una figura muy incómoda y, justamente por eso, muy necesaria". Tú haces clases en la universidad a nuevas generaciones, ¿qué crees que podrían aprender de Gabriela Mistral? "La curiosidad. Es algo que siento que estamos perdiendo. Y eso me preocupa mucho. Ella estaba permanentemente preguntándose por el mundo, por las personas, por la naturaleza, por lo que ocurría en otros países. Hoy vivimos en una época donde todo llega demasiado rápido y cuesta detenerse a observar. Y la curiosidad necesita tiempo. Necesita aburrirse, equivocarse, ensuciarse las manos. Por eso también trabajo con libros para la primera infancia. Me interesa recuperar esa capacidad de mirar el mundo con asombro". ¿Qué encontraste en Gabriela Mistral que dialoga con el mundo de la primera infancia? "Me sorprendió mucho esa curiosidad casi infantil con la que ella miraba la naturaleza. Más que una mirada romántica, encontré una mirada contemplativa. Observaba cómo cantaba un grillo, cómo cambiaba un paisaje, cómo se relacionaban las cosas pequeñas entre sí. Cuando yo trabajo haciendo libros para la primera infancia, eso es justamente lo que intento generar: una invitación para que niños y niñas se detengan a observar. En ese sentido sentí que compartíamos una misma forma de mirar el mundo" "Quería devolverle humanidad". Las ilustraciones buscan alejar a Gabriela Mistral del monumento para acercarla, nuevamente, a la persona. ¿Crees que la ilustración puede acercar a Gabriela Mistral a quienes nunca leerían un ensayo sobre ella? "Sin duda. Vivimos rodeados de imágenes. Muchas personas jamás llegarían a Gabriela Mistral a través de un libro de poesía, pero sí pueden hacerlo mediante una novela gráfica o una biografía ilustrada. Por eso también tomé decisiones muy conscientes con el color. Quise alejarme del sepia, del blanco y negro, de esa imagen solemne que siempre hemos visto. La vestí de rosado, utilicé colores vibrantes y una paleta muy reducida. Era una forma de decir: esta mujer sigue viva". Después de tantos meses investigándola, ¿quién es hoy Gabriela Mistral para ti? "Ya no es solamente la Premio Nobel. Ahora veo a una mujer profundamente humana. Una mujer llena de contradicciones, muy sensible, tremendamente curiosa y con una enorme capacidad de cuidar a los demás. Creo que esa es la Gabriela que vale la pena recordar. No solamente la que aprendimos a admirar. También la que podemos aprender a querer". Encuentra el libro de Alejandra Acosta, Mistral Ilustrado AQUÍ
- La última ola de Tsunami
Imágenes de Nicolás Donoso En nueve años, Tsunami ha buscado sobrevivientes en los terremotos de Turquía y Siria, en los deslaves de Las Tejerías y El Castaño, y ahora en el doble terremoto que sacudió a Venezuela en junio, donde ya ha ayudado a rescatar a más de una veintena de personas. Antes de todo eso, sin embargo, fue un cachorro víctima del maltrato y la soledad, hasta que quedó al cuidado de Jorge Beens. Hoy, convertido en símbolo de esperanza para todo un país en medio de la catástrofe, el border collie afronta la que será su última misión antes del retiro. Antes de buscar entre escombros y planchas de zinc, de olfatear la tierra y el polvo rastreando vida, y de convertirse en el héroe que ha ayudado a salvar 26 personas en el terremoto de Venezuela, Tsunami (9) mordía. Lo rescató la Asociación Pro Defensa de los Animales en 2017, cachorro y maltratado, y le costó volverse un perro entrenable. Así lo recuerda al otro lado del teléfono Jorge Beens (52), su adiestrador, mientras se alista para volver a las labores de rescate. "He ido a otros países a apoyar en situaciones así, pero ahora me tocó aquí, en mi casa", dice. Él y Tsunami han trabajado juntos en terremotos como el de Turquía, en 2023, ahí localizaron a 9 personas. Es martes 7 de julio. La señal telefónica es débil, la línea se corta a cada rato. Es difícil mantener la comunicación. Suenan voces al otro lado de la línea llamando a Beens: Tsunami ya está listo, hay que partir. Faltan estructuras por revisar en La Guaira, una de las zonas más golpeadas por el doble terremoto de 7,2 y 7,5 grados que remeció a Venezuela el 24 de junio. Perro y adiestrador llevan nueve años juntos y, desde hace días, repiten la misma rutina: llegan a la zona, se instalan, reciben un área de trabajo y empiezan las revisiones. Pasan el día removiendo escombros —a veces, recuperando cuerpos— y si en otra estructura aparecen indicios de vida, los movilizan a los dos. El veterinario Aníbal Hurtado sigue al dúo de cerca: vigila que Tsunami no se deshidrate ni fuerce el cuerpo más de la cuenta. Él también es parte de la rutina. A los nueve años, el cansancio empieza a notarse en Tsunami. Esta, dicen en su equipo, será su última misión. Tsunami es border collie: tiene pelaje blanco en el rostro y negro en el resto del cuerpo, un ojo oscuro y el otro gris. Hoy es parte del Centro de Formación de Equipos Caninos de Intervención en Desastres (K-SAR ECID), junto a otros perros —Okan, Killer y Sonya—, con sede de entrenamiento en la parroquia San José Cotiza, donde se forman y ejercitan. Pero antes de salvar personas, Tsunami necesitó ser salvado. Beens llegó a él cuando el perro tenía nueve meses: había recibido el llamado de la Asociación Pro-Defensa de los Animales (APROA). El perro fue recuperado de una casa en Sebucán, Caracas, gracias a una denuncia anónima. Tsunami no estaba bien. Tenía tantas heridas en la piel, que Beens no supo reconocer de qué raza era. Durante días el adiestrador lo bañó y le aplicó ungüentos y medicamentos. Ahí, dice Beens, empezó el cariño: "Él entendió que si se dejaba cuidar, mejoraría rápidamente, entonces dejó de estar tan alerta". Imagen de Nicolás Donoso. “Yo lo acepté y fue como un reto. Quería ayudarlo, recuperarlo y darlo en adopción. Pero luego creamos un vínculo bien bonito. Se hizo imposible dejarlo partir”, recuerda el rescatista. La señal telefónica se vuelve a ir. Hoy Tsunami también vuelve con Beens a su casa. No es solo un perro de rescate, para su adiestrador es "un compañero de vida", dice. A veces salen a correr juntos, o hacen espectáculos para niños. Y cuando trabajan, "marcan", así le dice Beens al momento en que el perro se posiciona sobre unos escombros que acaba de olfatear. Muchas veces hay vida ahí abajo. O la hubo hace pocos instantes. El 24 de junio, por ejemplo, una multitud pudo ver el protocolo completo: Tsunami marcó. Eran cerca de las 11 de la noche y Jorge Beens estaba parado frente a los escombros de un edificio de ocho pisos en San Bernardino, Caracas. Vestía de rojo y usaba un casco con linterna. "Silencio total, no quiero escuchar teléfonos", gritaba un hombre con megáfono. Beens se hincó junto a Tsunami. Solo después de una última caricia, Beens hizo un gesto y el perro corrió a olfatear entre las ruinas. Tsunami subió los escombros y los recorrió pegado al suelo, como un investigador. El polvo se le acumulaba en las patas. Y a veces, debajo de él, el hormigón cedía. El perro se detenía, olfateaba, y seguía buscando. En un punto se metió por una abertura angosta, desapareció un segundo, y volvió a salir ladrando. El operativo terminó a las dos de la mañana. Sacaron a un hombre de unos sesenta años que vestía una camisa celeste. Lo subieron en camilla hasta la ambulancia. Ahí, entre los escombros de San Bernardino, aplaudieron todos: civiles, bomberos y rescatistas. Todavía al teléfono, Beens vuelve a una frase que repite cada vez que habla de su perro: "El border collie es el perro más inteligente del mundo". Para él, esa característica ha sido clave durante las búsquedas que ambos han realizado a lo largo de La Guaira, desde Naiguatá hasta Catia la Mar. “Es devastador ver a familias sobrevivientes tratando de recuperar algunos objetos de sus casas. A veces son solo recuerdos, enseres, pero es todo lo que les queda de otra vida. Pasarán años antes de volver a ver a La Guaira brillar. Pero el venezolano siempre se luce en estas situaciones. ‘Somos guaireños’, eso nos gusta decirnos”, cuenta Beens. Imagen de Nicolás Donoso. El talento de Tsunami no es casualidad. Detrás de él hay un linaje de perros de trabajo. Sus abuelos, Diogo y Kapüy, fueron criados por Donato Spinelli (54), fundador de Perros Extremos, una corporación dedicada al entrenamiento canino. Durante décadas, Spinelli ha preparado perros para deportes, comerciales y producciones audiovisuales. Apenas escucha el nombre de Tsunami, sonríe: "Claro que lo conozco, soy su abuelito". Habla desde su habitación, donde guarda reposo desde hace un par de meses tras sufrir un infarto. Aun sin recibir el alta médica, decidió sumarse a las labores de búsqueda y rescate en Venezuela. Diogo cruzaba el patio a toda velocidad, se impulsaba contra un muro para escalarlo y se aferraba al tronco de un árbol con las cuatro patas. Así lo recuerda Spinelli, que asegura que fue el primer perro en alcanzar un papel protagónico en una película venezolana: El Regreso (2013), de Patricia Ortega. Años después, cuando Spinelli conoció a Tsunami, algo le resultó familiar. "Yo siempre sentí que se parecía a Diogo", recuerda, pero no hablaba del físico, sino del carácter, el empuje, la mirada. Solo después confirmó lo que intuía: el árbol genealógico había hecho lo suyo. Entre camadas y perros regalados, el destino le devolvía un descendiente de su Diogo. El parentesco, según Spinelli, es directo: Diogo y Kapüy tuvieron cachorros, y una de esas crías fue regalada a una familia. Esa perra, ya adulta, tuvo su propia camada: ahí nació Tsunami. Con el tiempo lo regalaron a un entrenador, que parece haberlo vendido después, y ahí se perdió su rastro. El hilo se reconectó años más tarde, cuando Spinelli coincidió con una de las hijas de esa primera familia: ella fue quien lo reconoció. Antes de volver a su reposo, Spinelli menciona que él mismo entrena a una de las crías de Tsunami. "Tengo una hija de Tsunami que también va a trabajar para rescate", dice. "Espero que siga los mismos pasos y que pueda tener el mismo éxito". En rescate, un binomio es la unidad formada por un perro y su guía. Ambos entrenan y trabajan juntos hasta desarrollar una coordinación que los funde en una sola entidad; con los años, incluso llegan a mimetizarse emocionalmente. "Jorge sabe cuándo Tsunami está marcando, y el perro también puede sentir cuando Jorge está ansioso. Eso es parte de ser binomio", afirma Luis De Barros (44), adiestrador de Okan, un cachorro de ocho meses que también forma parte de K-SAR ECID. De Barros lleva dos años trabajando junto a Jorge Beens. "Cada día uno aprende algo diferente de Jorge, no solamente en el área del rescate, sino en calidad humana", dice. Hace una pausa y añade que, aunque todos los perros son distintos, el proceso de preparación para que colaboren en labores de rescate comienza con juegos: se esconden objetos con aromas distintivos. "Es especial, admiro mucho la forma en que él trata al perro. Los dos se transforman. Cuando están trabajando son una cosa, y cuando están relajados son otra. Yo intento imitarlo", afirma De Barros. Él no es el único que se ha sentido inspirado por el trabajo del binomio: en Venezuela ya hay murales de Tsunami en la calle. Al otro lado de la línea Jorge Beens dice que ha visto tatuajes con la cara de su perro y que incluso le han hablado de ponerle una estatua. Beens diariamente se desplaza con Tsunami arriba de una moto, en calles estrechas, pasando entre autos. Sobre lo que ve cada vez que llega a una localidad dice: “Se me ponen los ojos aguaditos. Hay mucho reconocimiento. Llegamos y nos aplauden. Nos paramos y la gente se acerca a Tsunami como si él fuese una estrella musical. Y es bonito que le rindan homenaje, si no ha sido fácil”. La noche del 26 de junio, por ejemplo, apenas unas horas después de haber salvado al hombre de sesenta años, Tsunami ya estaba de vuelta en terreno. A las diez de la noche el perro reposaba en el corralillo abierto de una camioneta, junto a Jorge , todavía con el uniforme de rescatista puesto. El cansancio de la jornada lo vencía. Tsunami se quedaba dormido ahí mismo. Ese es el día a día. Si Beens y Tsunami no están arriba de la moto, es porque descansan en una camioneta. Si no descansan, es porque el perro tiene el arnés puesto. Entre el polvo de lo que fue, solo ambos se entienden.“Esta es la misión final. Pero te aseguro que será el último perro en salir de los escombros en esta operación. No vamos a parar”, dice Beens. Después su voz vuelve a desaparecer, se funde con el ruido. “La decisión del retiro estaba tomada. Era su último año. De alguna forma, se va por la puerta grande”, agrega en un último impulso. Jorge Beens corta la llamada. Volverá a los escombros, a regalar un poco de su perro al mundo. Antes de despedirse, dice que el retiro no implica un cambio tan grande: Tsunami no volverá a los escombros —eso quedará para los otros perros que se están preparando en K-SAR ECID—, sino que visitará comunidades y trabajará como perro monitor, formando a otros en labores de búsqueda. "Estoy muy agradecido con él, en todos los aspectos. Mi hijo, como muchos, está fuera del país, y quien me hace compañía en casa es Tsunami", explica el adiestrador. Porque hay noches en que Tsunami el rescatista es sólo Tsunami, el perro que alguna vez tuvo la piel herida. En su hogar no hay pruebas, tareas difíciles, ni obstáculos. Allí Tsunami solo busca un regazo: el de Beens.
- El punto final de las bordadoras del smock
Fotos de Kenny Pugh. Desde los años setenta, un grupo de mujeres de la población El Barrero, en Huechuraba, borda a mano piezas textiles con una delicadeza que ha resistido al paso del tiempo. Uno de esos bordados, incluso, llegó hasta las manos de Lady Di, para vestir al príncipe William. La agrupación alcanzó a las 200 integrantes; hoy solo quedan cinco. Esta es la historia de tres de ellas —Ana Parra, María Salazar y Gema Muñoz, dos veteranas del oficio y una apasionada tardía—, contada por ellas mismas: el punto smock, la técnica que les cambió la vida. Cuando caía la noche en la población El Barrero y sus calles se quedaban en silencio, un grupo de mujeres daba inicio a una jornada nocturna. Las luces de las casas se apagaban, los niños dormían al fondo de las piezas y sobre una mesa se acumulaban bastidores, carretes de hilo, agujas, telas cuidadosamente plisadas y tazas de té que se enfriaban mientras avanzaba la madrugada. Entonces estas mujeres comenzaban a bordar. El hilo atravesaba la tela una y otra vez. Puntada tras puntada. Afuera sólo se escuchaban los ruidos apagados de la noche. Adentro, cinco mujeres permanecían inclinadas sobre vestidos de niños que jamás conocerían. Bordaban hasta las tres de la mañana. Después cada una regresaba a su casa, dormía apenas un par de horas y volvía a levantarse para las rutinas diurnas: preparar desayuno, vestir a sus propios hijos, ordenar la casa y empezar un nuevo día. Ana Parra y María Salazar, bordadoras históricas de la población El Barrero. Ellas conservan la tradición del punto smock. "Iba la nana de unos mellizos, llegaba la Érica, la Paty de la esquina, yo y la Chela, que era la que prestaba la casa. Nos quedábamos hasta las tres de la mañana bordando. Después volvíamos a la casa a dormir un ratito porque luego había que levantarse e ir a dejar a los niños al colegio", cuenta Ana Parra, quien hoy tiene 74 años. Las manos de esta artesana también se encargan de contar su historia: en cada dedo sobresale una pequeña "guatita" de artrosis que comprueba los 50 años que lleva sosteniendo agujas. "Fue muy sacrificado", interrumpe María Salazar, sentada a su lado. Las dos sonríen. Ana tenía apenas diecisiete años cuando llegó desde Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos a Sanrtiago. Su padre había muerto y la familia buscaba empezar de nuevo en la capital. Lo que encontraron fue una mediagua, levantada sobre un terreno donde el invierno parecía colarse por las rendijas. "Éramos muy pobres. Vivíamos bajo un techo de fonola, una especie de cartón prensado en alquitrán. Los dormitorios ni siquiera tenían cielo. Cuando la helada se derretía, el agua caía sobre las camas y había que cubrirlas con nailon". Hace una pausa. María no tarda en completar la escena: "Cuando nevó un año, se hicieron tiras (...) La pasamos muy mal. El baño era un pozo negro en el patio". Para fines de la década de 1970, distintas estimaciones sitúan la pobreza en Chile en torno al 30% de la población. En la década siguiente, tras la crisis económica de 1982, alcanzaría cerca del 45%. Había días en que Ana caminaba varias cuadras para hacer fila en la olla común de una iglesia. "Yo iba a buscar los alimentos para mis hijos y me iba para la casa (...) "Lo que había, teníamos que economizarlo y compartirlo no más. Se le echaba un poquito más de agua y alcanzaba para todos", cuenta la artesana. Las puntadas todavía no habían llegado. El cambio apareció una tarde cualquiera hacia 1975, cuando dos mujeres provenientes del barrio alto comenzaron a visitar la población. Venían acompañadas por religiosas y buscaban enseñar un oficio que permitiera generar ingresos desde las propias casas. Traían consigo varias técnica de costura y bordado, y una de ella era casi desconocida en Chile: el punto smock. Las instrucciones no eran sencillas. La tela debía fruncirse primero siguiendo una cuadrícula perfecta. Después, sobre esos pequeños pliegues, se bordaban figuras geométricas que transformaban una superficie lisa en un relieve delicado y casi escultórico. Bastaba equivocarse en un punto para arruinar todo el diseño. Las primeras alumnas apenas entendían lo que veían. Ana tampoco: "Nos costó mucho aprender. Había compañeras que lloraban de rabia porque no les resultaba", recuerda. La artesana volvía a su casa y deshacía una y otra vez las mismas puntadas hasta entenderlas. La paciencia terminó convirtiéndose en un idioma que empezaron a compartir entre ellas, hasta que, poco a poco, comenzaron a dominar la técnica. El incentivo para seguir vino más tarde, cuando empezaron a aparecer los compradores y los primeros encargos: el rumor empezó a correr de casa en casa y, casi sin darse cuenta, El Barrero comenzó a llenarse de mujeres con agujas en las manos. No existía internet, ni tutoriales. En esa época el conocimiento viajaba de boca en boca. Una aprendía, y esa después le enseñaba a otra. Y esa otra, le enseñaba a una vecina. Pronto las mesas del comedor dejaron de servir únicamente para comer el almorzar. Al caer la tarde se transformaban en talleres improvisados. Los vestidos se apilaban sobre las sillas y los hijos hacían tareas mientras las madres contaban puntadas casi sin mirar la tela. Algunas mujeres escuchaban radionovelas. Otras conversaban. Y casi sin darse cuenta, llegaron a ser 200 bordadoras. Este arte se transformó en una fuente de ingreso que permitía a las dueñas de casa comprar materiales para el colegio de los hijos, pagar las cuentas, o simplemente llenar la despensa en las décadas más pobres de nuestra historia reciente. Nadie habría imaginado que, detrás de las puertas de esas casitas humildes, nacían prendas que cruzaban el océano rumbo a Europa. Y que una de ellas terminaría vistiendo al príncipe William. Pero entonces ninguna pensaba en la realeza. Pensaban, más bien, en cómo llegar a fin de mes. "Nunca nos hicimos ricas", dirá después Ana, "pero el bordado nos ayudó a salir adelante". Con los años llegaron encargos cada vez más grandes. Los intermediarios retiraban cajas completas, repletas de prendas infantiles. Muchas bordadoras jamás supieron dónde terminaban. Las bordadoras que resisten Las puntadas comenzaron a viajar mucho más lejos. Los vestidos de niño salían desde Huechuraba rumbo a talleres y exportadoras. De ahí seguían camino hacia Europa y Estados Unidos. La mayoría de las mujeres nunca supo exactamente quién los compraba. Ellas sólo recibían nuevas telas, nuevos encargos y nuevas fechas de entrega. Bordaban sin imaginar el destino de aquellas prendas. Hasta que un día alguien llevó una revista al taller. En una fotografía aparecía la princesa Diana junto al pequeño príncipe William. El niño llevaba puesto un mameluco bordado con punto smock. Era igual a los que ellas confeccionaban. "Nos dimos cuenta porque era exactamente el mismo modelo que nosotros hacíamos", recuerda Ana. La noticia corrió de casa en casa. Durante años habían trabajado sin saber que aquellas prendas terminaban al otro lado del mundo. Pero en la población ubicada en lo que hoy es la comuna de Huechuraba, la vida seguía igual. "Yo hacía todas las cosas de la casa. Dejaba listo el almuerzo porque mi marido llegaba a la una. Después seguía bordando. En la noche, cuando acostaba a los niños, volvía a sentarme. Nunca hubo horarios. El tiempo libre simplemente desapareció", cuenta Ana. Mientras tanto, María asiente mientras la escucha. Ninguna de las dos recuerda cuántos vestidos bordaron en sus vidas, porque nadie llevó un registro. Este es el trajecito que las artesanas de Huechuraba identificaron en la imagen. Lady Di con un pequeño príncipe William en la década de los ochenta. Durante décadas, el punto smock convirtió a El Barrero en un lugar conocido entre quienes trabajaban en la confección infantil. Al barrio comenzaron a llamarlo el Pueblito de las Bordadoras, y por eso, llegaron periodistas, equipos de televisión, delegaciones extranjeras. Las mujeres participaban en exposiciones y mostraban una técnica que, fuera de ese lugar, casi nadie conocía. Pero el tiempo empezó a cambiar de dirección, la industria textil se transformó y las importaciones hicieron cada vez más difícil competir. Muchas dejaron de bordar. Otras envejecieron. Algunas murieron. Los talleres fueron cerrando uno tras otro. Las noches dejaron de iluminarse. Quien llegó cuando ese mundo ya comenzaba a desaparecer fue Gema Muñoz. A diferencia de Ana y María, ella no aprendió siendo joven, sino que esperó a llegar a sus cuarenta años. Todo comenzó por una porfía, dice ella. Había visto el punto smock cuando tenía poco más de veinte años y quiso aprender de inmediato, pero no pudo. Entre el trabajo, la familia y las obligaciones cotidianas, el tiempo nunca le alcanzó. La idea, sin embargo, nunca la abandonó. "Soy media porfiá' yo. Cuando se me pone algo en la cabeza, tengo que hacerlo", cuenta. Hoy tiene sesenta y nueve años y probablemente sea la persona más inquieta del grupo. Estudia contabilidad, marketing digital e inteligencia artificial en cursos de la Municipalidad de Huechuraba. Participa en talleres de arpillera, macramé, bisutería, tejido y pintura. Preside la agrupación Artesanas Huechuraba Poniente y también integra otro colectivo en Recoleta. Su agenda parece imposible. "Tengo todo el día ocupado, todos los días. Me duermo a las tres o cuatro de la mañana; cuando tengo que ir a dejar a mi nieta al colegio me despierto a las seis y, cuando no, tipo ocho u ocho y media. Duermo tres o cuatro horas máximo", avisa. Gema Muñoz es una de las últimas bordadoras del punto smock. Ella busca que este tipo de arte se convierta en patrimonio. Mientras habla, sus manos no dejan de moverse. El punto smock ya no lo utiliza únicamente para vestidos infantiles, sino que ha comenzado a experimentar con cinturones, accesorios y prendas para adultos. No quiere conservar la técnica dentro de una vitrina y que el interés en este arte se pierda: cada año quedan menos mujeres dedicadas a esta labor, por eso insiste en enseñar. No le importa si la alumna avanza lento o si tiene que repetir la explicación cientos de veces. "Yo me dedico a las que les cuesta y a tratar de que aprendan. Algunas me dicen que ya no pueden más y yo les digo que le den, que sí se puede. Me gusta eso. Me gusta motivarlas para que esto pueda seguir", cuenta Gema. Hace algún tiempo incluso le propuso al alcalde de la comuna impartir talleres gratuitos para niños en un programa después del colegio. Mientras otros aprendían robótica o chino mandarín, ella quería enseñarles a usar una aguja. "Estoy dispuesta a enseñarles sin cobrarles uno, por amor al arte, porque lo que yo quiero es que esto siga", dice. Las tres coinciden en una preocupación y es que el Estado todavía no reconoce el punto smock como patrimonio. Gema recuerda una conversación con un funcionario del Ministerio de las Culturas durante la inauguración del centro cultural de Huechuraba en mayo de este año. Le explicaron que aún faltaban estudios. Que probablemente sería necesario incorporar antropólogos. Ella no pudo evitar responder: "¿Pero qué más estudio? Háganlo antes de que mueran todas las señoras que están aquí. Imagínese que yo, con sesenta y nueve años, soy la más joven. ¿Van a esperar a que se mueran las señoras y no quede ningún registro?", dice que l a pregunta quedó sin respuesta. Hoy sigue sin tenerla. El Barrero ya no se parece al de hace cincuenta años. Las mesas donde antes se reunían decenas ya no se comparten. El letrero que alguna vez anunció el Pueblito de las Bordadoras pertenece más a la memoria que al presente. Sin embargo, basta entrar a la casa de Ana para escuchar nuevamente el roce del hilo sobre la tela. María todavía se sienta a bordar. Y Gema sigue buscando alumnas.
- Cataclismo desde tan lejos
Fotos de Óscar Medina. Dos terremotos destrozaron la zona central de Venezuela, miles de personas murieron, cientos de miles se quedaron sin hogar, millones de ciudadanos ayudan como pueden mientras el gobierno es un trasto que sobra. Desde lejos, te falta la voz para decir todo lo que necesitas expresar, pero lo gritas. No pude darles nada Mi solidaridad de qué sirve No aparta escombros, no sostiene las casas ni las erige de nuevo. José Emiliio Pacheco Ser migrante es ser, forzosamente, un espectador a la distancia. Es estar ausente de tu tierra en las buenas y en las malas. En los cumpleaños y en las enfermedades, en los nacimientos y en los velorios. También en las hecatombes. Es sentir que estás donde no debes estar. Es saberte inútil, es querer ser útil. Pero sabes que nunca serás lo suficientemente útil tan lejos. Necesitas estar cerca. Escribo con mucha dificultad y desorden días después de los dos terremotos de 7,2 y 7,5 que, con segundos de diferencia, sacudieron a Venezuela el 24 de junio. Como dos demonios gemelos que nacen uno tras otro. Como dos monstruos que atacan a la vez. Necesito escribir (gritar, más bien) aunque quizás con mi voz no voy a aportar nada nuevo. Estorbo, en realidad. Estoy a cinco mil kilómetros, no escuché el crujido de la tierra, no oí las alarmas, no sentí el piso moverse, no vi las paredes quebrarse, no tuve que salir corriendo descalza, no luché por mi vida, no salvé la de otros. Es poco lo que puede decir una periodista que no ejerce y que no está allá, sino acá. Pero me siento ante la computadora porque debo hacer lo que siempre predico: “Escribir es dejar constancia”. *** Necesito escribir, sobre todo, porque mi angustia puede parecerse a la de muchos de los millones de venezolanos regados por el mundo que estamos desesperados porque cómo podemos estar dando clases, manejando un Uber, blanqueando dientes, dibujando un plano, vendiendo celulares, haciendo arepas, practicando cesáreas, escribiendo libros, limpiando casas, cuando nuestro corazón (tan inservible en estos momentos) está en otra parte, cuando solo queremos revisar mil veces al día el celular para preguntarle a los familiares y amigos cómo siguen, para ver en las redes sociales si fue rescatado algún nuevo sobreviviente entre los escombros, para saber cuál es la mejor manera de ayudar desde el exterior, para intentar dar (y tener) ánimo. Cuesta acariciar ahora a los hijos, si miles de padres perdieron los suyos. Cuesta pararse a trabajar si miles ya no tienen fuentes de empleo. Cuesta mirar estas cuatro paredes si miles ya no tienen paredes. Cuesta dormir bajo esta cobija calentita si miles no pueden pegar ojo. Pienso que patria no es lo que proclaman los políticos en sus discursos, sino esta sensación de saberte parte, de caer con todos y de levantarte con todos. *** Necesito escribir además desde aquí porque muchos chilenos aún no entienden la dimensión de la tragedia. Al vivir en una nación con cultura sísmica, no se explican cómo un par de terremotos, de menor intensidad que los que han estremecido su tierra, produjeron tal devastación en el centro-norte de mi país. Según el balance oficial actualizado al 3 de julio, los terremotos han dejado al menos 2.645 muertos, 12.666 heridos y más de 15.000 personas damnificadas. Además, 189 edificios colapsaron por completo, 855 resultaron afectados, de los cuales más de 800 quedaron inhabitables, y unas 58.000 viviendas presentan daños de distinta consideración. Un terremoto es inevitable, sí, pero la experiencia de países como Chile y Japón nos demuestra que hay formas de impedir un desastre como el ocurrido en Venezuela. No aprendió el gobierno de mi país de la experiencia vivida en otros desastres naturales. El 15 de diciembre de 1999 ocurrió un deslave feroz, lluvias torrenciales hicieron que la montaña se viniera abajo, piedras y lodo arrastraron con todo a su paso. La región más afectada fue La Guaira, justamente la zona cero de la actual catástrofe. En ese entonces, el Estado demostró su incapacidad para atender la magnitud de un desastre en el que perdieron la vida 16 mil personas, según cifras oficiales, el doble según expertos. Hugo Chávez, presidente en ese momento, reconoció demasiado tarde la emergencia y las instituciones públicas no actuaron a tiempo. El rescate de los sobrevivientes se hizo de forma tardía y desorganizada, como si las instituciones se negaran a asumir la responsabilidad de atender su tarea; muchos fallecieron por la falta de equipos de salvamento, porque no hubo suficientes manos para buscarlos, por el lento traslado a centros de salud y por la escasez de medicinas e insumos; decenas de niños rescatados nunca aparecieron; miles pasaron hambre y sed; los damnificados vivieron por meses, e incluso años, en lugares con condiciones pésimas. En ese momento, como ahora, solo el pueblo ayudaba al pueblo. Después de tal cantidad de errores y desaciertos, no hubo aprendizajes, no se activaron protocolos de emergencia ni se tomaron previsiones. Varios especialistas (incluso algunos que trabajaban en los propios ministerios) advirtieron la vulnerabilidad del litoral central; sin embargo, el gobierno hizo caso omiso: autorizó edificaciones en terrenos inestables, construyó viviendas sociales que parecían de juguete en sitios inseguros, no adquirió equipos ni tecnología. En 2009, otro terremoto azotó al oriente del país. El gobierno repitió los errores del deslave, los mismos que se cometieron ahora. Tampoco fue lección ese sismo: no se crearon ni leyes, ni ordenanzas, ni protocolos para un desastre natural, no se invirtieron dineros del Estado en prevención ni se construyeron edificaciones apropiadas... Por el contrario, en estos últimos 27 años se fue desmantelando la red antisísmica nacional: de 300 estaciones que había en los años 90, ahora están operativas cuatro. Varios geofísicos alertaron que era altísima la probabilidad de un sismo mayor en la zona central en esta década. El chavismo hizo oídos sordos. Pero así ha sido con todo: al país de grandes recursos hídricos y energéticos lo dejó sin luz y sin agua; al país petrolero lo dejó sin gasolina; al país agrícola y ganadero lo dejó con hambre; al país moderno lo paralizó… Todo este tiempo solo ha habido cientos de recursos y personal para la represión, pero nada para el servicio público. *** En esta catástrofe el gobierno venezolano y sus funcionarios solo retrasan, impiden, ordenan, traban, confunden, violentan, ocultan, desorganizan, imponen, frenan. Ningún militar, ningún guardia nacional, ningún policía, ningún funcionario llegó a la zona cero los primeros días del desastre. Se presentaron mucho después. Pero no llegaron a ayudar, sino a reprimir, a bloquear, a amenazar, a robar entre los restos, a hacer show, a sacar a los verdaderos héroes de su labor. Dicen los voceros del gobierno que los voluntarios obstaculizan las labores de rescate, pero los que realmente obstaculizan son los uniformados que no han ayudado a mover ni una piedra, pero sí sirven para poner barricadas para que no entre la ayuda humanitaria. Como ejemplo de tanta impiedad, cuatro días después de los terremotos, justo en las horas más críticas para hallar sobrevivientes, la “presidenta encargada” (no sé cómo llamarla), Delcy Rodríguez, hizo un evento para homenajear a los rescatistas internacionales: “Quisimos apartarlos de sus tareas, que sabemos que son vitales, para agradecerles", dijo, como si esos señores hubieran venido a Venezuela de paseo, como si separarlos obligatoriamente de su labor titánica y contrarreloj no costara vidas. Venezuela vivió el peor cataclismo con el peor gobierno posible. Por eso necesito escribir sobre esa convicción que tenemos los venezolanos de que, a falta de Estado, solo contamos con nosotros mismos. Todo lo están haciendo los propios ciudadanos que, sin herramientas, escarban entre las ruinas para buscar vivos y muertos. No el gobierno. Todo lo están haciendo los voluntarios que preparan comida y llevan botellas de agua a los refugios. No el gobierno. Todo lo están haciendo los rescatistas, que salvan y animan a los sobrevivientes. No el gobierno. Todo lo están haciendo los médicos que se trasladaron por sus propios medios hasta los pocos centros de salud en los sitios más afectados. No el gobierno. Todo lo están haciendo los periodistas, que en tal caos informativo, verifican los datos, difunden cada hallazgo y denuncian cada atropello. No el gobierno. Todo lo están haciendo los usuarios de redes sociales, que canalizan ayudas y visibilizan historias. No el gobierno. Todo lo están haciendo los ingenieros y arquitectos, que gratuitamente van a revisar el estado de las edificaciones que permanecen en pie. No el gobierno. Todo lo están haciendo los psicólogos, que atienden a tantos que aún no pueden procesar la tragedia. No el gobierno. Todo lo están haciendo los informáticos, que han creado plataformas para registrar los nombres de los desaparecidos y organizar las ayudas humanitarias. No el gobierno. Todo lo están haciendo los artistas, que van a contarle cuentos a los niños damnificados. No el gobierno. Todo lo están haciendo la fortaleza y valentía de las propias víctimas: la niña que con su voz guió a los rescatistas y salvó al hermano; la madre que cubrió al hijo con su cuerpo. No el gobierno. Todo lo están haciendo las personas que recogen fotos entre los escombros porque quizás sea lo único que queda de muchas familias. No el gobierno. Todo lo están haciendo los migrantes venezolanos en el mundo, que recolectan dinero para comprar medicinas e insumos necesarios. No el gobierno. Todo lo están haciendo los civiles, que en las noches alumbran con sus celulares los edificios desplomados intentando hallar una señal de vida. No el gobierno. En fin, todo lo está haciendo el pueblo, que se rebela ante la infamia. También, todo lo están haciendo otras naciones, que han enviado equipos especializados en búsqueda y rescate, médicos, profesionales expertos en catástrofes. No el gobierno. Todo lo están haciendo los perritos rescatistas. No el gobierno. Incluso más estoy haciendo yo (inútil tan al sur) que el gobierno. Nos queda mucho trabajo por hacer, eso sí, porque recuperar al país no va a ser cosa de un día, ni de un mes; porque de este cataclismo (otra vez) tenemos que salir adelante solos. Y no olvidar. *** Este cataclismo también me enseñó algo sobre mí misma, me demostró que yo estaba muy equivocada, que nunca entendí el mensaje que tanto intentó transmitirme mi mamá. Mi primer recuerdo (o el que creo recordar) fue el terremoto de Caracas, el 29 de julio de 1967. Yo tenía dos años y ocho meses. La verdad no sé hasta dónde llega mi recuerdo y hasta dónde me lo implantó mi madre. Ella me habló del estruendo que venía del fondo del mundo y que le entraba por las sienes. Por eso supe que hubo ruido. Me habló del descenso a toda velocidad por las escaleras del edificio cuando cesó el movimiento. Por eso sé que corrimos. Me habló de los rezos en la casa de al lado ante el Jesús de las procesiones de Martes Santo. Por eso supe que pidió ayuda al más allá. No me habló nunca del miedo. Aunque seguro tuvo miedo. Al siguiente día, me llevó a ver los edificios desplomados muy cerca de mi casa. Yo no me acuerdo, pero ella me contó mil veces que la gente deambulaba por la calle casi desnuda, enloquecida, llorando a los familiares sepultados por los ladrillos. Tanto le impactó lo vivido que, desde entonces, guardó un Últimas Noticias de esos días, un periódico que aún permanece en una maleta cerrada en mi casa de Caracas. Siempre pensé que, con esa insistencia, mi mamá quería enseñarme que la muerte era una posibilidad. Que todos podíamos morir. Hasta ella. Hasta yo. Pero esta tragedia que vivimos ahora me demostró otra cosa. Escucho en un video a una niña que le dice a un reportero que se asustó mucho, que perdió su casa, pero que está contenta porque está viva y está con su mamá. Veo a otra niña que asoma su cabecita entre los escombros y entrega la sonrisa más bella del mundo. Me detengo a leer lo que escribió en las redes sociales el artista visual Yonel Hernández, que estaba en Caracas con su esposa e hija durante el terremoto y agradece haber podido “vivir esa intensidad juntos, ser padre y proteger cuando yo también sentía miedo”. Entonces entiendo. Mi mamá también tuvo miedo, pero no quiso enseñarme sobre la muerte cuando insistió en recordar por décadas el terremoto de 1967. Lo hizo porque quería que yo aprendiese a valorar la vida. La mamá de Mireya Tabuas guardó esta portada de 1967 en la que se documentó el terremoto que azotó Venezuela. El periódico estaba guardado en una maleta, en Caracas.
- Ubeimar Ríos: “El fracaso puede ser permanente, pero nunca definitivo”
Retrato de Ubeimar Ríos por Andrés Escobar. Durante más de tres décadas enseñó filosofía en un colegio. Después protagonizó una de las películas colombianas más celebradas del último tiempo. Ahora, recién jubilado, vuelve a caminar las mismas calles de siempre mientras intenta responder una pregunta mucho más difícil que cualquier premio: qué hacer con el resto de la vida. Hace un mes Ubeimar Ríos se jubiló. Mientras la mayoría imagina el retiro como el comienzo de una vida más lenta, la suya empezó a acelerarse. Después de protagonizar Un poeta, la película colombiana que lo llevó de los salones de clase a los festivales internacionales, el profesor de filosofía cambió las reuniones de padres de familia por entrevistas, los horarios escolares por vuelos y la rutina de El Carmen de Viboral, el pueblo en el que vive, a 40 kilómetros de Medellín, por una agenda que todavía intenta comprender. Sin embargo, todas las mañanas sigue despertando a la misma hora de cuando enseñaba. El día empieza temprano. Se levanta, prepara café y se queda un rato en silencio mirando el patio, un ritual que antes no tenía tiempo de hacer. Clara Elena Vélez, su esposa, lo observa de reojo; ella conoce bien las señales de cuando Ubeimar se mete demasiado adentro de sus propios pensamientos, una costumbre que se le agudizó después de meses de vivir, comer y dormir como Óscar Restrepo, el poeta borrachín que interpretó en Un Poeta. Fue ella quien lo trajo de vuelta cuando el personaje amenazaba con quedarse instalado en él. Ahora, jubilado, Ubeimar dice que ese trabajo de volver a ser él mismo lo hace todos los días, apenas se levanta. Después del café llegan las llamadas. Aunque ya no tiene que entrar a ningún salón de clase, su agenda sigue llena de fechas que antes ni imaginaba: festivales, premios, viajes. Contesta el teléfono a mitad de cualquier conversación, negocia fechas, agradece invitaciones, y vuelve a sentarse como si no hubiera pasado nada. La fama, dice, lo agarró sin que él lo buscara, y ahora le toca aprender a administrarla con la misma disciplina con la que durante años organizó el Festival Internacional de Poesía de Rionegro o el club de lectores en sus colegios. A media mañana, si no hay viaje pendiente, camina hasta la Casa de Poesía o se sienta a leer algo que tenía atrasado. La pensión le devolvió algo que el profesorado y el cine le habían robado de a poco, dice; el tiempo para no hacer nada productivo, para simplemente estar. Sigue yendo a los mismos sitios de siempre, saluda a los mismos vecinos, y aunque ahora hay miradas distintas en la calle y alguien que le pide un autógrafo con letra que él mismo confiesa fea, insiste en que la dinámica de su vida no debería cambiar. Sabe que la fama es efímera y que, como ha repetido en cada entrevista, en menos de lo que canta un gallo todo esto va a pasar. Por la tarde, si está en El Carmen, pasa por el colegio aunque ya no le toque entrar. Sus antiguos estudiantes lo reciben con la misma burla cariñosa de siempre: que el profe famoso, que les traiga cositas de los viajes. Es ese contacto, dice, el que lo mantiene anclado a quien era antes de que una cámara lo convirtiera en Óscar Restrepo. La noche la cierra temprano, casi siempre con Clara, revisando el calendario de la semana entrante: una entrevista, un vuelo, un ensayo de la banda que todavía no piensa dejar. Ubeimar Ríos lleva un mes pensionado y, a su manera, sigue trabajando tanto como siempre, solo que ahora el salón de clase quedó atrás y el escenario es el mundo entero. — La historia de Óscar Restrepo, protagonista de Un poeta, es un retrato sobre el fracaso. ¿Qué lugar ocupa este en tu vida? "El fracaso ha sido un compañero permanente. Por más logros que uno alcance, siempre hay otros aspectos de la vida en los que fracasa. No somos de una sola dimensión: puedo estar muy contento porque estoy recorriendo ciudades del mundo, pero hay cosas que nadie sabe y que también me hacen sentir un fracasado. Por eso me gusta tanto una frase que David Betancourt, un gran escritor colombiano, suele citar de Churchill: 'El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo'. Así me pasa a mí. Aunque haya dicho 'ya no más', a los pocos días vuelvo a intentarlo". Con el Festival Internacional de Poesía de Rionegro, por ejemplo, muchas veces fracasamos económicamente. Perdimos plata, y perder plata también es fracasar. Uno dice 'no más', pero pasan los meses, vuelve el entusiasmo y termina haciendo otra vez lo que le apasiona". — ¿Qué permite levantarse después de un fracaso? "Al principio uno se queda quieto. Incluso cuesta levantarse de la cama cuando llega la frustración. Hay personas que permanecen ahí, aunque tengan que seguir trabajando, y otras que abandonan todo porque entran en una espiral de presión. Yo creo que llega un momento en que hay que decir: 'Bueno, ya fracasé en esto, pero todavía quedan muchas otras cosas por hacer'. Tal vez esas salgan bien. No tiene ningún misterio: es entender que la vida siempre ofrece más posibilidades que ese fracaso puntual." — ¿Cómo definirías el fracaso? "Es un estado de la vida que, en muchos casos, puede ser permanente, pero nunca definitivo. Suena contradictorio, pero me refiero a que puede acompañarnos durante días, semanas o incluso más tiempo, y aun así es posible salir de él. Ese 'no ser definitivo' debería ser la regla, aunque, por desgracia, hay personas que no logran superar un fracaso. Para mí, el fracaso es ese estado difícil que no podemos permitir que se instale para siempre". — Después de tantos años enseñando, ¿qué ha cambiado más: los estudiantes o los profesores? "Han cambiado más los estudiantes. Les tengo mucho cariño y admiración a las nuevas generaciones. Nosotros solemos decir que los jóvenes no quieren hacer nada, pero quizás lo que ocurre es que no quieren hacer lo que nosotros les proponemos. En cambio, los profesores hemos cambiado menos de lo que creemos. A veces hasta me da culpa verlo: hay docentes que siguen enseñando con el mismo libro de filosofía de hace treinta años, repitiendo prácticamente la misma clase, cuando hoy existen herramientas que podrían acercar mucho mejor esos contenidos. Los jóvenes tienen intereses distintos. Algunos ya ni siquiera quieren ir a la universidad; desde el colegio están explorando otros caminos para aprender. Como en todas las generaciones, hay de todo: quienes leen la realidad con mucha lucidez, quienes tienen una enorme imaginación y quienes acumulan muchísimo conocimiento. En cualquier caso, hoy tienen más posibilidades que nunca". — Vivimos un tiempo marcado por la guerra, la incertidumbre y las malas noticias. ¿Cómo se piensa el futuro en medio de todo eso? "Es la gran paradoja que vivimos. Creo que, al paso que vamos, estamos asistiendo al principio del fin del mundo; no me parece una idea descabellada. Pero, al mismo tiempo, hoy ya se habla con seriedad de la inmortalidad del ser humano, algo que hace veinte años habría parecido una locura. Los muchachos saben que están viviendo un momento extraordinario y se la juegan toda. Hay jóvenes de 15 o 16 años levantando emprendimientos, otros dedicados por completo al deporte. Siento que están aprovechando cada instante que la vida les regala. En medio de tantos cambios, es difícil hacer afirmaciones categóricas". — ¿De dónde sacas esperanza? "De los jóvenes. De mis alumnos. De tantos muchachos que trabajan con la idea de cuidar el planeta. Hay esperanza en una generación que es consciente de los problemas que vivimos y que, poco a poco, puede ayudar a cambiar las cosas. O, al menos, permitirnos ser testigos de algo distinto en medio del caos." — ¿Ser poeta consiste en escribir o también en una forma de mirar el mundo? "Cuando hablamos de un poeta, hablamos de alguien que escribe. El poeta es quien trabaja su oficio, quien entrega su vida a una obra escrita. Todos podemos ser sensibles, emocionarnos o amar la poesía, pero yo no llamaría poeta a alguien que no escribe de manera constante." — ¿Qué te enseñó la poesía que no te hubiera enseñado la filosofía? "Aunque parezcan disciplinas lejanas, están profundamente emparentadas. La filosofía también busca comprender la experiencia humana, pero la poesía me toca de una manera más directa. En los momentos difíciles, cuando la vida se pone cuesta arriba, yo encuentro más refugio leyendo poesía que filosofía. La poesía me lleva a las emociones y a una lectura mucho más íntima de lo humano." — ¿Cómo fue dejar la docencia después de tantos años? "Fue duro, aunque ya estaba cansado. En los últimos cinco años habría preferido quedarme en la casa con mi señora. La película también fue preparando ese camino. Para grabarla pedí una comisión de casi dos meses; después vinieron otros permisos y, este año, una nueva comisión de tres meses. Alcancé a hacer clases un mes después de uno de esos viajes y entonces presenté mi carta de retiro. Después llegó la nostalgia. El primer día fue muy duro, por todos los recuerdos. Quiero profundamente mi profesión, pero estoy muy contento con la decisión. Mucha gente dice que cumplí un sueño con la película, y eso me da risa, porque nunca soñé con actuar. Mi verdadero sueño era llegar a la edad de pensionarme y salir al otro día. Y lo logré: por apenas ocho días de diferencia. Cumplí la edad, tenía el tiempo de servicio y me retiré. Ese sí era mi sueño. Probablemente pude hacerlo gracias a la película; de lo contrario, habría tenido que seguir trabajando algunos años más." — ¿Qué viene ahora? "No sé si hablar de sueños; prefiero llamarlo una visión. Mañana tenemos un concierto con Poiesis, aquí en El Carmen de Viboral, un ensamble de poesía y rock. En agosto vamos a grabar en Bogotá, en los estudios de Nicolás y Sus Fumadores, y después vienen conciertos en Medellín y otros festivales. También sigo dirigiendo el Festival Internacional de Poesía de Rionegro, cuya próxima edición será en noviembre. Además, hace poco hice un casting para otra película. En los próximos días sabré si resulta. Me gustaría vivir esa experiencia otra vez y descubrir si realmente tengo facultades como actor." — ¿Qué piensas del remake estadounidense de Un poeta? "Me da risa y mucha curiosidad. Me alegra muchísimo por Simón, porque se merece todo lo que le pase; siempre está pensando en su próxima película. Tengo curiosidad por saber quién interpretará al poeta, cómo adaptarán la historia al contexto estadounidense y qué harán con el personaje. A mucha gente le molesta la idea del remake, pero a mí no. Al contrario: creo que despertó aún más interés por ver la película original." — Nunca buscaste ser actor y, sin embargo, terminaste en Cannes. ¿Qué significa hoy el éxito para ti? "De alguna manera terminé representando el sueño de muchas personas. Pero, para mí, el éxito consiste en poder hacer lo que uno quiere, independientemente de las consecuencias. Lo que me pasó no era un sueño. Todavía me preguntan si lo fue, pero yo nunca imaginé estar en Cannes. Fue una experiencia extraordinaria, algo que un año antes ni siquiera se me cruzaba por la cabeza. Trato de vivir el presente y de trabajar en lo que realmente me interesa, sin la presión de pensar que ahora tengo que mantenerme en un lugar. De hecho, si uno mide el éxito de esa manera, hacer otra película sería un riesgo enorme, porque lo que ocurrió con Un poeta probablemente no vuelva a repetirse. Bastaría un titular para pasar del éxito al fracaso. Por eso prefiero no pensar demasiado en esas categorías. Lo importante es hacer aquello que uno siente que debe hacer y estar tranquilo con esa decisión." — ¿Cómo es hoy un día cualquiera en tu vida? "Ahora mismo sigo aprovechando las oportunidades que aparecieron gracias a la película. Hasta fin de año, al menos, trabajaré con Señal Colombia en Colombia verso a verso, como presentador. La próxima semana viajo a los Llanos Orientales durante diez días; después iré a Salento y luego a Cali. Cuando estoy en casa disfruto de las cosas simples: salgo a caminar con mi señora, leo cuando tengo ganas y casi siempre doy una, dos o tres entrevistas, como esta. También están los trámites de siempre. Vivo en El Carmen, pero muchas veces tengo que ir a Rionegro para resolver asuntos como la pensión o las cesantías. En realidad, nunca faltan cosas por hacer."
- Javiera Tapia, periodista: “Necesito a la gente. Me gusta la gente. Me interesa la gente”
La periodista chilena Javiera Tapia ha hecho de la entrevista su género favorito del periodismo. Su tercer libro, No tengo que ganar: mi verano con Diamela Eltit, es la prueba más reciente de ese método y su amor por las conversaciones: el retrato de dos mujeres que reflexionan sobre los tópicos que hicieron y hacen la humanidad, a través de diálogos que atraviesan desde la pequeñez de lo cotidiano hasta lo inmenso de internet. Hay algo que Javiera Tapia tiene claro después de casi dos décadas haciendo entrevistas: cualquier conversación, sin importar el tema, termina siempre en lo colectivo. “Me gustan mucho las personas. Me gusta escuchar a la gente”, dice. Esa necesidad es, probablemente, la mejor definición de su oficio. Comenzó su carrera en Chile como periodista musical en la extinta revista Extravaganza!, y desde entonces su trabajo se ha expandido hacia la cultura hispanohablante en general: en Palabra Pública ha escrito sobre escritoras argentinas como Camila Sosa Villada y Mariana Enríquez. Ese mismo método —conversar largo, escuchar antes de escribir— lo ejerce también en “Reverberantes”, videopodcast en el que ha dialogado con artistas musicales de trayectorias muy distintas, como Javiera Parra, Diego Lorenzini y Anttonias, y que exponen distintas luces sobre lo que significa hoy ser músico en Chile. “Los artistas están diciendo muchas cosas, yo solo entrevisto una pequeña porción, pero el último año he visto mucha ansiedad. Eso es super evidente”, dice. “Hay mucha ansiedad respecto a pegarse, que es una palabra que la gente empezó a usar sobre la ansiedad por despegar, por estar disponible y visible todo el tiempo, como ‘Si no tengo una novedad este mes para Spotify, cagué’, cuando sacar un disco por año me parece una brutalidad. Y siento que en los últimos años, sobre todo en la música, he visto mucho esa ansiedad de no dejar de estar. Creo que ahora eso está, al menos, entrando en crisis. Hubo un momento en que era algo que yo notaba mucho en la entrevista, pero que los artistas no lo hablaban. Ahora sí estoy viendo un cuestionamiento. Yo creo que ahora sí están teniendo conversaciones porque también lo otro es inviable, no solo a nivel artístico, sino que a nivel personal. Eso te enferma. No es sostenible en el tiempo ese ritmo, ni de creación, ni de promoción, ni de visibilidad”. Esa misma manera de acercarse —sin apuro, dejándose llevar por la conversación— fue la que puso a prueba en su tercer libro, No tengo que ganar: mi verano con Diamela Eltit, donde ahonda en la figura literaria y performática de Eltit a través de conversaciones que atraviesan desde la pequeñez de lo cotidiano hasta lo inmenso de internet. El resultado es el retrato de dos mujeres que reflexionan sobre los tópicos que hicieron y hacen la humanidad, escrito, otra vez, desde lo popular y no desde lo académico. Javiera la empezó a leer en la universidad, no en el colegio, y le pareció “una escritora super rara, porque escribe de otra manera, no es lineal”. Con el tiempo empezó a leer también sus columnas de opinión. “A mí me fascinaba esta persona porque no solo es escritora, fue una artista que había hecho muchas cosas en años muy difíciles”. Javiera Tapia y Diamela Eltit durante una de las tantas conversaciones de aquel verano. De esos encuentros —sin grabadora encendida todo el tiempo, sin plan de escritura, solo la conversación por sí misma— nació "No tengo que ganar: mi verano con Diamela Eltit", el libro que retrata a la escritora lejos de la biografía y de la academia / Foto de Val Palavecino. – Es una autora super arraigada en Chile también, nunca se fue al exterior. “Sí, toda su obra también es muy chilena, entonces siempre me causaba mucha curiosidad ella como artista, como persona que piensa. Cuando leía sus columnas de opinión me extrañaba no verla más publicada en esa área”. Esa curiosidad la llevó a contactar a la escritora y, eventualmente, a pasar un verano de conversaciones juntas que se convirtió en un libro. Uno que no trata a Diamela como una biografía con fecha de nacimiento y resumen de bibliografías, sino que aprovecha esos encuentros para escribir sobre Eltit en fácil, fuera de todo lo académico: “En un momento me acuerdo de hablar con el Juanma, mi editor, y decirle ‘¿Por qué nadie ha escrito en fácil sobre la Diamela? Preguntémosle de todo’. No desde una perspectiva académica, porque hay mucho escrito de ella desde ahí y eso es bacán, hay mucho estudio literario alrededor de su obra, pero igual eso queda muy en la academia”. No tengo que ganar es el resultado de esa impronta: una recopilación de varios momentos, a partir de conversaciones que no quedan transcritas con un simple pregunta y respuesta, sino como un retrato cálido de encuentros entre dos mujeres que respiran la cultura —como hábitos, colectivo y detalles— para vivir un día más. – ¿Cuál fue la gran diferencia en el proceso con los otros dos libros que has escrito? “En primer lugar yo le escribí a la Diamela para conocernos, contarle la idea que tenía, porque no nos conocíamos y saber si ella quería hacerlo. Desde que aceptó y empezamos a juntarnos y yo solo estaba viviendo el proceso de encontrarme con ella, yo no escribí nada durante ese verano. Solo me juntaba con ella”. – ¿Y transcribiste después de cada día o dejaste todo para el final? “No, solo me dediqué a conversar con ella, leía cosas, obviamente preparaba los temas que me interesaba como preguntarle, pero no escribí nada y no tenía ningún plan de cómo iba a ser el proceso de escritura. Y abandonarme a eso fue muy diferente a los otros [libros] que, a pesar de que, claro, como todos parten del germen de la entrevista, tampoco es que puedas planificar tanto. Las conversaciones con ella a lo largo del tiempo fueron las que también me fueron dando pistas de cómo iba a desarrollar después la escritura en el libro. Algo de lo que me hice consciente también en este proceso, que creo que no lo tenía tan claro en los otros, es que el sonido fue muy importante para mí, para hacer este libro. Yo después de juntarme con ella y tener estos archivos, hubo un tiempo, de hecho, varios meses, en que solo estuve escuchando los archivos. Los escuchaba y decía, ‘Ah, me acordé de tal cosa que decía la Diamela en el libro e iba a leer’. Creo que hay una dimensión del libro que quizás tiene que ver con esa cotidianidad, la gente me ha mencionado como una calidez en el libro. Yo creo que eso tiene mucho que ver con la escucha de esos archivos”. – ¿Qué conversación te gustaría tener después de esto? ¿Con quién? “Con todo el mundo. Porque hay algo que me di cuenta juntándome con la Diamela, y después escribiendo el libro: todo el rato empezábamos a hablar de algo personal, de una idea sobre el mundo o de algún libro, lo que fuera, y siempre terminábamos hablando de personas. Todos los temas terminaban en lo colectivo, y eso pasó todos los días que nos vimos. Encontré muy bonita esa idea. Y creo que por eso me di cuenta de que quizás soy más optimista de lo que pensaba: me gustan mucho las personas. Me gusta escuchar a la gente. Ya sabía más o menos que me gustaba preguntarle cosas, porque me encanta, pero con este libro me di cuenta más profundamente: necesito a la gente, me gusta la gente, me interesa la gente”.
- Esta noche nos juntamos en el Bar de Willy
Durante medio siglo, el Bar de Willy ha cambiado de nombre, dirección, administradores y público. Desde los sótanos clandestinos de la dictadura hasta las noches del Paseo Las Palmas, su historia ha acompañado las transformaciones de la vida queer en Santiago. Entre sus mesas y pistas de baile, generaciones de homosexuales, parroquianos y artistas drag encontraron uno de los pocos lugares donde podían reunirse, mostrarse tal como eran y sentirse parte de algo. Hace mucho que el bar gay más longevo de Santiago perdió a su dueño. Willy ya no está. Tampoco Luis, su mano derecha. Ni Carlos Franco, que salía al escenario con plumas rojas y maquillaje pálido: hacía drag antes de que en Chile alguien le pusiera nombre al drag. Tampoco está Andrés Pérez, el director de La Negra Ester. Él, como muchos otros parroquianos de Willy, murió con miedo y vergüenza: para algunos era preferible no ir al hospital, negar el VIH hasta que los hiciera desaparecer. El bar, sin embargo, sigue ahí. Hoy funciona en Avenida Nueva Providencia 2210, en el Paseo Las Palmas. De día abre como Bar Foxy: cortinas abiertas, luz natural, señores mayores tomando coctelería clásica. A partir de las siete u ocho de la noche, un cartel giratorio anuncia el cambio. Entonces vuelve a ser el Bar de Willy. Han pasado cincuenta años y tres direcciones distintas. Aun así, sigue llegando gente en busca de algo que no siempre sabe cómo nombrar. “Fue el primer lugar que hubo, el primer espacio de la comunidad en que podías ir a conversar, hacer una previa y pinchar”, dice el mítico Ricardo Oyarzún (70), famoso diseñador que en 1981 fundó el Movimiento de Integración: una de las principales organizaciones homosexuales previas al MOVILH. Oyarzún dice que la importancia del Bar de Willy radica en el contraste del pasado y el presente para la vida queer: “Hoy tú aprietas un botón, y tienes para conocer un colita, pero antes no habían redes, no estaba la tecnología de ahora”. No existen muchos registros visuales sobre el Bar de Willy. Para conocerlo hay que ir: sentarse en la barra, mirar el reflejo del salón en el espejo tras el barman y dejarse envolver por las cortinas color vino y las luces amarillas de Navidad que están prendidas todo el año. También queda otro camino: acudir a uno de los pocos registros escritos que sobreviven. Uno de ellos es Las viudas odiosas de Lemebel, un libro que reúne relatos de distintos autores entorno a la figura de Pedro. En uno de los relatos, que se llama Lemebel en el After de Richi, se celebra un cumpleaños. En medio de la fiesta, irrumpe Pedro, “acompañado de su ligue de turno y de una corte de seguidores”. Después de una noche de fiesta, de muchas conversaciones de política y de bailes de vedettos, la celebración se traslada a casa de Ricardo Valenzuela (82), el autor, que hoy vive en España. “Todos se mezclaban alrededor de la barra: gente común, intelectuales, artistas, escritores. Era un constante subir y bajar las escaleras”, menciona Valenzuela caracterizando al público que acudía al bar a lo largo de los años 2000. El escritor dice que muchas de las diversiones, en aquel entonces, nacían en el segundo piso: “Vivió diferentes etapas en su historia: pista de baile, lugar de shows de vedettos, cuarto oscuro. A veces todo a la vez”. Las experiencias vividas en el Paseo Las Palmas no son las únicas que recuerda Valenzuela. Él había vuelto a Chile en 1990, había terminado su exilio y recién estaba asumiendo su homosexualidad. Entonces, las invitaciones después del jolgorio en Fausto lo llevaron al primer Bar de Willy. Era otra vida. Willy en dictadura La primera locación estaba en el sótano de un edificio de Fidel Oteiza, en Providencia. La barra circular ocupaba el centro del salón. Alrededor, muros negros iluminados por luces de colores y cubos rojos de un metro de altura con zapatos encima. Esa era la decoración. Afuera, Chile era una dictadura. Adentro, homosexuales, artistas y drag queens de vanguardia encontraron uno de los primeros refugios nocturnos de Santiago. Sergio Cantillano (56) llegó por primera vez en la segunda mitad de los años ochenta. Tenía 17 años. Faltaban décadas para que adoptara el nombre artístico de Petra Pérez y comenzara a hacer performance drag. Todavía no existían los maquillajes ni las pelucas. La dictadura lo empujaba a usar camisa y jeans. Por entonces le decían “la Miss 17”, porque era la más joven del grupo. Había llegado al lugar de la mano de un pololo mayor. El impacto fue inmediato. “Era un lugar muy, muy exclusivo”, recuerda. Y no porque hubiera filtros en la puerta. Según Petra, no llegaba gente común. Llegaban los personajes más destacados de la bohemia santiaguina. Adela Calderón (67), actriz de teleseries a fines de los años ochenta, todavía recuerda ese ambiente. Hoy dirige un restaurante cerca de Metro Matta. “Podemos hablar, pero necesito que me acompañes a buscar unas tortas”, dice mientras abre las puertas de su camioneta. El tapiz es beige. Lleva un chaleco rosado, boina y delantal negro. Muchas de sus frases terminan en una risa. “No sé, fue hace tanto”, dice. Petra Pérez en el escenario. Foto de su archivo personal. “Llegaba gente con mucho glamour”, recuerda. Entre sus imágenes más nítidas está una fiesta Black and White. Ella vistió una túnica y un turbante blanco. Entre el humo de los cigarrillos y las luces de colores aparecían siluetas cubiertas por gasas pálidas y atuendos extravagantes. Pero el glamour tenía un reverso. Al salir del bar, la ciudad seguía siendo la misma. “Estábamos en dictadura. Era todo muy clandestino, muy underground. Tratábamos de pasar lo más desapercibidos posible”, recuerda Petra sobre uno de los temores de la época: la persecución de las disidencias sexuales. En las memorias de Petra también sobrevive Willy, el dueño original del local. “Una loca, más loca que todas las locas juntas”, dice. Lo recuerda bajito, extremadamente delgado, casi siempre con un cigarro en la boca y una melena que a veces era negra y otras rubia. Willy murió hace años y nadie parece saber con certeza cómo ocurrió. No fue el único que desapareció de aquellas noches. Las locas lesas En Chile, el primer caso de un fallecimiento ocasionado por VIH se registró en agosto de 1984. Se trataba de un hombre llamado Edmundo Rodríguez, docente de castellano, extrovertido y seguro. Así lo describe Víctor Hugo Robles, periodista, exparroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas. Para los homosexuales de la época había muy poca información: todo llegaba en inglés, y los primeros casos eran norteamericanos. El virus avanzó en silencio, y el bar fue testigo de muchas pérdidas. Robles contrajo el virus en 1993. Llegó a pesar cerca de 40 kilos en 1994, mientras batallaba contra el VIH. Los tratamientos eran escasos y su distribución brutal: "Había solo dos opciones en los hospitales. Tú aparecías en una especie de sorteo que hacían en algunas organizaciones, o heredabas las pastillas de alguien que moría (...) Imagínate lo dramático que era esperar que alguien muriera para poder quedarte tú con sus medicamentos; así era en ese tiempo", recuerda Robles del otro lado de una pantalla, luciendo una boina y el cabello rizado. Su voz es melódica. Entre los que no sobrevivieron estaba Carlos Franco. Hacía performances artísticas inspiradas en Candy Dubois: maquillajes pálidos y plumas rojas sobre piel morena y pelo negro ondulado. Era un asistente fiel en el primer Willy, un exponente drag antes de que el drag tuviera ese nombre en nuestro país. "Un súper buen artista, un amigo espectacular", dice Calderón. Solo se caracterizaba para actuar; en la vida cotidiana usaba poleras negras y jeans. Según Calderón, Carlos Franco era parte de un grupo de artistas muy sofisticados, “todos eran amigos, todos llegaban donde Willy, pero mucha gente se murió de SIDA”. Franco falleció iniciada la década de los 2000. Víctor Hugo Robles, más conocido como El Che de los gays, es periodista, ex parroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas. Víctor Hugo también recuerda a Carlos Franco como un referente. El periodista piensa, sobre todo, en una vivencia particular. Durante los primeros años de la década de los noventa, el periodista iba al Hospital San José. Buscaba los medicamentos para su terapia. Entonces ocurrió el encuentro: “Yo iba subiendo una rampa y Carlos venía bajando con su pareja, desesperados porque no podían conseguir la terapia. Siempre me quedó a mí en la memoria ese mensaje, esa cara de angustia”. Encuentros como ese pasaron a ser parte de los temores recurrentes de las locas lesas. Así lo describe Petra Pérez: “Después, ya cuando había tratamiento, había muchas que les daba vergüenza. No querían encontrarse en el hospital con alguien que las reconociera o las viera haciéndose un examen. Las preocupaciones eran distintas a las de ahora”. Andrés Pérez, el director teatral creador de La Negra Ester y fundador del Gran Circo Teatro, también frecuentaba el bar. Considerado una de las figuras más influyentes del teatro chileno contemporáneo, recibió reconocimientos como el Premio APES a la mejor dirección teatral por La Negra Ester (1989), el Premio de los Críticos de Santiago (1995) y el Premio Altazor a la mejor dirección por La huida (2002). Petra recuerda las fiestas compartidas: "Nos encontrábamos en ese lugar, que era el local de las locas top de la época". Andrés falleció en 2002, tras pasar dos meses hospitalizado a causa de una neumonitis oportunista asociada al SIDA. Robles lo había encontrado en una fiesta tiempo antes e intentó hablar con él: “Lo vi y le pregunté si tenía VIH. Le dije que podíamos conversar, que lo podíamos ayudar. Había tiempo todavía. Pero me respondió que no, que no pasaba nada, que no tenía ningún problema". Robles plantea que el temor a las habladurías sigue estando presente en Chile. “Mucha gente que tiene recursos prefiere no atenderse en el sistema para que sus nombres no aparezcan en recetas ni nada, y compran las terapias en mercados alternativos". Víctor Hugo también señala que muchos pacientes se atienden en zonas geográficas distintas por el mismo temor: “Hay muchos que vienen de regiones a atenderse a otras. No se atienden en sus en sus propios hospitales regionales porque no quieren que los vea un vecino o un amigo”. Andrés Pérez Araya y Tomás Rivera González, La Doctora de San Camilo, en 2001 / Archivo de Víctor Hugo. Mudanza al caracol Cuando el dueño original del bar murió, Luis, su mano derecha, heredó el lugar. Entonces el bar reencarnó en el sótano de un caracol, en la intersección de los Leones con Providencia. Los cubos rojos con los zapatos en la cima se mantuvieron. Se sumó alguna plataforma con fierro vertical para shows de striptease. La barra ya no estaba en el centro del local, sino pegada a un muro. También había una mesa de pool. Las cortinas eran color tierra y los muros negros. Las luces en las paredes seguían siendo de todos los colores. Petra Pérez vivió sus mejores años en esa locación. Ya no era un niño de 17 años vestido de camisa y jeans, para ese entonces Petra echaba a sus amigos arriba de su escarabajo rojo. Recorrían la Alameda en la noche en un paseo ruidoso. Pasaban a Fausto o a Búnker, y después se iban al Bar de Willy. Todos a bordo: las locas y los rotos, explica la artista. También algún heterocurioso, agrega. Llevaban pelucas en el maletero. Mucho Popper en la nariz. Así, con una cuota de nostalgia, lo describe la transformista. La artista vio más de una vez a prostitutas entrar al bar para tomarse un trago y bailar un rato. Cuando el dinero escaseaba en la calle, aparecían por media hora y luego volvían a salir. Cruzaban el salón con vestidos llamativos y tacos altos. En las plataformas, los vedettos bailaban alrededor de los caños. “Yo muchas veces me subía a huevear a los cubos. Era una loca borracha”, recuerda Pérez. También se acuerda de otro detalle de aquellos espectáculos: “Los vedettos salían truqueados ahí abajo”. Antes de subir al escenario se provocaban erecciones artificiales para acentuar el efecto de las zungas. La penumbra borraba algunos contornos, pero no alcanzaba a esconder lo que ocurría en el salón. Todos tienen una noche El bar, finalmente, acabó trasladándose al Paseo Las Palmas. Luis falleció en un atropello. La administración quedó legada a su hermana y esposa. Después a su hija. Ella eligió no hablar, dice que todos quienes tienen historias para contar, simplemente ya no están. Quien sí conversó fue Gastón Pinto (61). Él todavía es cliente del bar. Actualmente, el hombre conserva una tradición con un grupo de amigos. Son ocho personas, él lo define como un “Club de Toby”. Una vez al mes se reúnen a comer y después van al bar. La última vez fue el martes 2 de junio, se reunieron en el restaurante Baco, uno de los más exclusivos del continente. Después el grupo se desgranó: solo tres integrantes remataron la junta en el Willy. Gastón tomó vodka. La charla se extendió durante horas. Las palabras se fundieron con la noche. Gastón también recuerda la época en que el segundo piso del local albergaba espectáculos de striptease y servía como cuarto oscuro. Hoy solo se arrienda para cumpleaños. "Ha cambiado el tipo de público, ha cambiado totalmente”, dice Pinto. Añade que antes raramente iban mujeres, y que ahora muchos de los visitantes van a servirse tragos por la historia del lugar, para conocer el mito. Porque según él, las historias son muchas. Si le preguntas al autor Ricardo Valenzuela por la noche más especial que pasó en el Bar de Willy, hablará de la experiencia que le hizo escribir su cuento. Ese after con Pedro Lemebel. El grupo de amigos salió del bar y se fueron a la casa de Valenzuela. Entre la música y el trago, Pedro firmó una colección completa de libros en el dormitorio del dueño de casa. Tengo miedo torero fue uno de los principales. Si le preguntas a Petra Pérez, hablará de la primera vez que llegó al bar vestida como Petra. Acababa de ganar el premio Grace, otorgado por Fausto, y el triunfo todavía estaba fresco. “Había micrófonos, gente afuera, Luchito tiró la casa por la ventana”, recuerda. Esa noche llegó para cantar un cumpleaños y tuvo que abrirse paso entre felicitaciones y abrazos. “Me creía la muerte, porque yo era la mejor drag queen”, dice entre risas. Si consultas a Víctor Hugo Robles, el Che de los gays, qué es lo que hace tan especial al bar, dirá lo siguiente: “Era un bar muy exclusivo, no exclusivo porque fuera gente de elite, sino porque era una familia. Yo iba un día y siempre me encontraba con la misma loca, en el mismo sillón”. Y si acudes al bar, hablarán las paredes del baño. En uno de los muros, escrito con lápiz mina, hay un mensaje tembloroso: “No llores, mariquita linda, por nacer. Llora cuando no queden días por venir”.
- Sobre paternidad y cocina: una conversación con Benjamín Nast
Foto de Carolina Vargas Benjamín Nast es uno de los cocineros más influyentes de la gastronomía chilena: formado en restaurantes con estrella Michelin en Francia y España, tiene cuatro proyectos propios y es jurado de Top Chef VIP. Pero su nuevo libro se corona como uno de los trabajos más honestos que ha producido: ¡Tengo hambre, papá!, un recetario amable, donde el ingrediente más importante allí es el amor que tiene por sus hijos y la forma en la que él se construye como padre, hijo y hombre todos los días. Benjamín Nast (41) ha cocinado en algunos de los restaurantes más exigentes del mundo, ha sido elegido mejor chef emergente del país, tiene cuatro proyectos gastronómicos propios en Santiago y aparece cada semana en televisión como jurado de Top Chef VIP. Todo eso, sin embargo, no lo preparó para el momento en que se dio cuenta de que sus hijos comían demasiado delivery. Que él, el mismo que pasó cuatro años en el Dos Palillos de Barcelona con estrella Michelin, el mismo que trabajó en Francia y Alemania aprendiendo técnicas que pocos cocineros chilenos conocen de primera mano, estaba dejando que sus hijos crecieran sin saber lo que era sentarse a una mesa con comida hecha en casa. Algo en eso no cerraba. Algo en eso, dice, le empezó a pesar. Hoy es miércoles y Nast acaba de terminar una sesión de fotos en Demencia, su restaurante en Vitacura, donde las alfombras son rojas y del techo cuelgan candelabros de luz amarilla. Pide un americano, se sienta, y se prepara para responder un cuestionario sobre ser chef y ser papá. "Mis hijos me han enseñado más cosas que la cocina", responderá más adelante. ―Benjamín, ¿hay dificultades en compatibilizar la exigencia en la cocina con la vida familiar? "Yo creo que sí. Antiguamente era mucho más difícil . La calidad de vida es fundamental dentro de cualquier profesión, y la cocina hoy se ha acercado mucho a una carrera común, como cualquier otra, donde los horarios son respetados. El trato es completamente distinto al que había. Yo me formé en una época donde los cocineros teníamos que trabajar 16 horas al día, la exigencia era altísima. Y no quiero decir que hoy en día no lo sea, simplemente, el valor del día a día, de la vida, del tiempo, era distinto". ―¿Cómo fueron esos primeros años? "Yo empecé en la cocina el 2007. Y claro, trabajábamos entre 12 y 14 horas diarias. Una locura. Después cuando me fui a Europa, eran 16 horas al día. Igual yo quería estar ahí, la pasión me perseguía, quería estar metido en la cocina. Ni siquiera me lo replanteaba". El chef acaba de lanzar su primer libro: ¡Tengo hambre, papá! Un recetario sencillo para cocinar junto a los niños. Foto de Carolina Vargas, Entre chef y padre Benjamín Nast empezó a cocinar en 2007, en el Hotel Ritz, con Tomás Olivera, y desde el primer día tuvo una ansiedad que él mismo describe como persecución: la pasión lo seguía a todas partes y él se dejaba encontrar. Quería ver de qué se trataba, encontrarse, y la cocina era el único lugar donde eso parecía posible. Dos años después cruzó el Atlántico y aterrizó en Le Taillevent, en Francia, donde el primer turno partía a las nueve de la mañana y el segundo terminaba a las once de la noche. Después vino el Dos Palillos en Barcelona, fundado por Albert Raurich, discípulo de Ferran Adrià, donde empezó sin sueldo y se quedó cuatro años. En total estuvo nueve yendo y viniendo entre Europa y Chile, trabajando entre doce y dieciséis horas diarias sin replanteárselo, porque así era entonces. El valor del tiempo era distinto. Él quería estar ahí, en la cocina del Dos Palillos, dentro de esa barra cuadrada de madera, rodeado por los muros oscuros y los adornos rojos, entregando de mano a mano los platos a sus comensales. En uno de esos regresos volvió siendo padre. La geometría de todo cambió. ―Volviste a emprender con De Patio, tu primer restaurante, ¿dejaste cosas de lado términos de paternidad por trabajo? "Yo no siento que haya dejado cosas de lado. Simplemente, cuando vives en pareja descansas mucho en el otro, y en ese momento había un emprendimiento detrás. Quizás me hubiese gustado estar más presente, sí, pero si no hubiese empujado mi vida, mi carrera, no estaría donde estoy hoy". ―¿Cómo llegas a la idea de escribir un libro que mezcle la paternidad con tu trabajo? "La idea nace cuando me di cuenta de que los niños estaban comiendo más delivery de lo que debiesen. Claro, yo soy cocinero, no podía ser que mis hijos el día de mañana dijeran que los estaba alimentando a puras hamburguesas. Ese tipo de cosas también me empezaron a pesar. Creo que la cocina es un lugar en el que se puede generar un vínculo tremendo con los niños. Donde pueden nacer recuerdos importantes". ―¿Aprendiste algo en la cocina que te haya servido a la hora de criar? "Mis hijos me han enseñado más cosas que la cocina. La familia al final te enseña sobre el valor del tiempo y del cariño. La cocina, independiente de que es algo muy importante para mí, es mi profesión, no es más que eso. Entonces, no lo pongo en el mismo nivel que mis hijos y mi vida personal. Si tengo que dejarla por estar más tiempo con mi familia, conmigo mismo, disfrutar de hacer las cosas que también me hacen bien, yo creo que así tendría que ser". ―¿Cómo entiendes tu rol como referente masculino para tus hijos? "Trato de ser yo nomás, de demostrarles quién soy y ya está. Tengo una tremenda cercanía con ellos. Son chicos todavía y sé que más adelante llegarán nuevas conversaciones; donde yo daré mis puntos de vista, pero por ahora lo más importante es que su mamá y yo trabajamos en conjunto, con muy buena relación, criando niños libres, que toman sus propias decisiones y donde queremos que crezcan a su manera. Nosotros solo acompañamos." ―Pero, ¿crees que hay temas que no son lo suficientemente conversados entre hombres respecto a la paternidad? "No sé si haya algo que no esté conversado. Yo creo que estamos en un momento en el que, tanto las mujeres como los hombres, tienen el derecho a crecer individualmente dentro de una pareja. Y sobre todo cuando hay niños de por medio, porque ahí es donde quizás las balanzas se empezaban a descompensar antes". Foto de Carolina Vargas. La firma Nast Todavía sentado en la cafetería, Nast da un sorbo a su taza mientras recuerda algunas historias sobre sus primeros años cocinando. Dice que estudiaba mucho, que siempre llegaba con nuevas ideas al Ritz para intentar mostrarse. En una ocasión, hizo unas lentejas con jamón. El chef ríe mientras recuerda el plato. La risa aumenta cuando empieza hablar sobre su padre, dice que se van pegando las maneras, los chistes, la forma de reír, la forma de hablar. ―Benjamín, ¿te inspiras en tu padre al momento de criar? "Todo el rato. Me doy cuenta de que, con los años, uno empieza a parecerse más a sus papás. No sé si a todos les pasa, pero yo creo que eso es bonito, hay una energía familiar que va trascendiendo de generación en generación. Puede sonar muy básico, pero una familia termina siendo como una firma. Hay rasgos, costumbres y maneras de ver la vida que uno hereda, para bien o para mal. Mi papá es un tremendo elemento en mi vida, y ha sido una persona que siempre se ha acercado a mí a conversar" ―¿Qué es lo que más admiras de él? "Su libertad. Mi papá, siendo que ahora cumple 70 años, es un hombre tremendamente libre, que siempre ha buscado la felicidad. Tiene un amor por sus hijos y por su familia que es gigante. Y eso es algo que admiro. Yo entendí el tremendo amor que tenía nos tiene nuestro papá en el momento que nacieron mis propios hijos". ―¿Cuál es la principal enseñanza que quieres dejar a tus hijos? "Que persigan su pasión, nada más, que persigan lo que les gusta. Para mí, eso es fundamental. Al principio, cuando salí del colegio, no tenía idea de lo que quería hacer, me puse a estudiar ingeniería y lo pasé pésimo. Después me fui buscar mi pasión y encontré algo: la cocina. Lo importante es eso, que prueben cosas, da lo mismo el resultado, da lo mismo si eres el mejor o eres el peor, hazlo". ―Entonces, ¿qué tipo de personas te gustaría que fueran? "La que ellos quieran ser".











