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- Atrapadas en Monte Patria
Nancy Contreras (80 ) soló tiene acceso al agua dos veces al mes, por quince minutos contados. En 2017 la ONU publicó un informe lapidario: en la comuna de Monte Patria, en la región de Coquimbo, la falta de agua obligó a parte de sus habitantes a abandonar la zona, convirtiéndolos en los primeros migrantes de la crisis climática en la región. Al mismo tiempo, un puñado de mujeres mayores forman parte del fenómeno conocido como la población atrapada o rehén. Y entre los ríos secos y la falta de oportunidades laborales, intentan sobrevivir en condiciones difíciles provocadas por el estrés hídrico y la desigualdad en el acceso del agua. Fotos de Gerardo Muñoz y coautoría de Camila Castillo. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes climáticos se definen, desde 2007, como la población móvil que se desplaza de su lugar original por “motivos de cambios repentinos o progresivos en el medio ambiente, que afectan su vida o sus condiciones de vida”. Y de acuerdo con proyecciones del propio Banco Mundial, de aquí al año 2050, el cambio climático podría generar el desplazamiento de cerca de 140 millones de personas que habitan en regiones densamente pobladas del mundo. Y en nuestro continente, el número podría alcanzar los 17 millones de desplazados. En 2017 Chile fue elegido como caso de estudio por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y quedó documentado en el informe “ Migraciones, medio ambiente y cambio climático: estudio de casos en América del Sur” , el cual destacó que, en Monte Patria , una comuna de la IV Región, cerca de 5 mil chilenos y chilenas, el 15% de la población total de ese lugar, habría abandonado su hogar original como consecuencia del estrés hídrico . Estos migrantes dentro de su propio país, quienes renuncian a su identidad local, con un hogar, una economía y la salud mental completamente fragmentada, han llamado la atención de las autoridades. De hecho, a comienzos del año, la Oficina Nacional de Emergencias (ONEMI) trabajó en una mesa intersectorial que se encuentra elaborando un documento pronto a publicar y que reflejará los lineamientos para tratar esta temática de ahora en adelante. Como parte de la mesa estaba la socióloga Catalina Castillo, del Centro del Clima y la Resiliencia (CR)2, quien efectivamente hace hincapié en la sequía extensa de la zona y que se ha prolongado por más de diez años. Desde el 2010, los caudales de los ríos principales en las regiones de Coquimbo y Valparaíso experimentaron un déficit de hasta el 70%. Pero la experta llama a otra razón: “No se está haciendo una distribución de acuerdo con, por ejemplo, los principios de justicia social. Hay una lógica privada de los derechos de aprovechamiento , donde los grandes agricultores son los que acaparan en estanques inmensas cantidades de agua, en lugar de repartirla”, dice. A nivel regional, según datos del Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA), 24.260 personas reciben agua potable a través de camiones aljibe en toda la IV Región. Y de ese número, el agua se divide entre los ciudadanos comunes y corrientes, pequeños productores y otros privados más grandes. Rehenes en su propia casa El problema, y la esquina que las autoridades no estarían viendo, no son sólo los migrantes en su propio territorio, sino las personas que se quedan y que se denomina como población atrapada . La organización noruega Internal Displacement Monitoring Centre lanzó este año un informe sobre los grupos en movimiento por violencia, desastres y clima: dentro de los 55,1 millones de personas que se encuentran en desplazamiento interior, a la cola, con sólo 2,6 millones del total se encuentran las personas sobre los 65 años. “Quienes migran en primer lugar son los hombres y lo hacen por motivos económicos”, agrega la experta, “y el cambio climático aumenta la vulnerabilidad de grupos como mujeres o personas de tercera edad y cuarta edad , y las afecta en el sentido de que impide que puedan migrar para buscar otras oportunidades”. O sea, el cambio climático limita los procesos migratorios y las vulnerabilidades se intensifican más. “Las ofertas laborales, generalmente en agricultura o trabajos pesados, no son aptas para la corporalidad de estos grupos y los disminuye”, dice Castillo. Y esta masa de personas, conocidas también como rehenes climáticos, podrían llegar a 140 millones en 2050 , según el Banco Mundial. Y mientras los estados del mundo estarán buscando diferentes soluciones para los que migran, como encontrarles un nuevo hogar; los que no pueden huir quedarán completamente varados y, eventualmente, tendrán que ser evacuados. No tendrán alternativa. Una lucha que se escapa entre los dedos El Embalse La Paloma es lo primero que se ve al llegar a Monte Patria. Pero pese a tener agua, está con déficit. Sin embargo, esa imagen es un contraste impresionante con el cordón de montañas amarillentas y secas alrededor. En algunos puntos hay territorios eso sí, conocidos como oasis, con hectáreas amplias de plantaciones de arándanos, parronales, mandarinas y paltos, que denotan de manera explícita la desigualdad del acceso al agua. Sólo dos veces al mes Nancy Contreras (80) puede subir hasta el canal que pasa por detrás de su casa a buscar agua para el riego. Muchas veces, el celador del canal abre la llave pasada la medianoche o en la madrugada, y ella con una linterna y pala en mano sale de su casa para abastecerse . El último riego fue el domingo antes de la publicación de este reportaje y duró solo 15 minutos, pero al otro día la tierra de su huerta ya estaba seca, como si nada hubiera pasado. Este derecho al agua le significa a ella diez mil pesos que debe sacar de su pensión solidaria, porque la producción de su huerta con la que lo costeaba ya es nula. Hasta hace un par de años atrás de su jardín sacaba higos, brevas, damascos y paltas que vendía a sus vecinos y gente que transitaba por el sector. Pero hoy, producto del estrés hídrico, los árboles están secos y los frutos no alcanzan a madurar, sino que caen al suelo, se descomponen y se pudren. No sobrevive nada. “Ya el huerto no nos da para pagar las cosas del día a día, no sacamos nada”, cuenta. Actualmente, ella recibe una pensión solidaria por 187 mil pesos, y lo mismo su marido, un hombre de 80 que padece alzheimer y mal de chagas. En el caserío de Cerrillos de Rapel, Nancy vive hace más de 50 años: en este lugar crió a sus tres hijas que abandonaron la ciudad para irse en busca de nuevas oportunidades, quedándose únicamente con su marido, que por su deterioro cognitivo está bajo su cuidado. Sin embargo se niega a abandonar el pueblo. “En el campo no hay progreso”, narra ella. “Pero aquí está todo lo que conozco: yo no sabría cómo expresarme en otro lugar, acá hay otras personas de mi edad y está mi casa”, dice. Cuenta también que mucha gente se ha ido del lugar debido a la sequía y las malas prácticas de algunos de los encargados de administrar el agua a los vecinos. Con su cabeza llena de canas, sentada en su terraza comenta: “Hay gente a la que no les cierran las compuertas, pueden regar sus huertas, llenar sus pozos varias veces a la semana y se nota la diferencia entre los campos. Acá es así, el pez grande se come al pez chico, porque los que pueden pagar 25, 30 mil pesos, son los que hacen lo que quieren con el agua. Nos pasan a llevar y eso nadie lo habla”. Hoy en día Nancy tiene acceso al sistema de agua potable rural del que todos los vecinos se abastecen, pero con la condición de que restrinjan su uso a lo necesario, ya que el pozo del cual se extrae está bajando considerablemente. Poder lavar ropa o bañarse pasan a segundo plano, porque lo primero es tener agua para el consumo y evitar recurrir al reparto de agua a través de camiones aljibe. Mirando el paisaje, narra cómo era el lugar hasta hace unos años atrás y apunta hacia una cadena de montañas amarillas: “ Los cerros eran blancos, había nieve hasta septiembre . Antes habían temporales tan grandes que tenían que venir las autoridades en helicópteros a dejarle alimentos a la gente”, recuerda, mientras sus ojos evidencian una sonrisa que se va perdiendo tras la mascarilla. “Pero esto se está transformando en un desierto, un lugar que va a desaparecer, y con el pueblo, también vamos a desaparecer nosotros”, dice. La vida le ha dado golpes duros. Su marido hasta hace unos años era alcohólico y ella sufría los ataques de agresividad que se desencadenaban al mezclar el trago con sus pastillas para la epilepsia. Muchas veces tuvo que arrancar, otras veces no tuvo para comer, se vio obligada a dejar a sus hijas encargadas y sobrevivir con lo que le aportaban sus vecinos, porque los ingresos del hogar se perdían entre botellas de vino. Pero con el tiempo, volvieron a formar una pareja. Nancy afirma que jamás esperó estar viva para presenciar algo como esta sequía, cuenta que siente ansiedad, frustración y profunda pena, sin embargo, afirma que: “Hay que seguir adelante, hay que batallar: mi papá me enseñó eso desde que era niña. Yo sé tomar un azadón, la pala, la barreta, el podón y lo haré para que mi cuerpo no se estanque . Agarrar la mochila invisible, llenarla con problemas y tirarla para atrás.”, dice. Si bien hoy sus días son todos iguales, siempre busca algo para distraerse del paisaje seco y el cielo azul que la rodea. Pasa sus horas barriendo su terreno, cocinando o tejiendo a crochet. Los huesos le duelen y el cansancio se hace presente. De vez en cuando visita a sus vecinas más cercanas, sin descuidar a su marido que, poco a poco, va olvidando quién es. Mientras ella espera pacientemente que pasen dos semanas más para poder ver el agua correr hacia su huerto. Y ahí va de nuevo. El celador quita el candado a la compuerta del canal que corresponde a su terreno, Nancy tiene quince minutos contados para poder abrir surcos con una pala. Y mientras el tiempo avanza, también lo hace el escaso hilo de agua que se abre paso entre la tierra seca y resquebrajada para alimentar las raíces de los árboles vivos que van quedando. “ Me siento rara, melancólica y pesimista, porque, tanto que vi llover y ahora todo tan seco ”, mientras sus manos llenas de callosidades, rasguños y tierra, reflejan la experiencia de una persona que aún tiene esperanza de que su tierra vuelva a ser la de antes. Un castigo del cielo En agosto de 2016 la casa de Anny Saavedra (69) se incendió. No tenían agua para frenar el desastre y lo perdieron todo: “Era un año de sequía, donde teníamos solo agua acumulada en tarros y botellas. Y mi casa se incendió porque no hubo ni una gota para echarle ”, cuenta. “Lo único que yo deseaba era morirme, porque yo me veía que no tenía nada, no tenía un calzón, no tenía un sostén, no tenía nada más que con la ropa que me había quedado puesta”, dice. Por más de treinta años Anny fue dueña de un almacén en el sector de Huatulame, donde vive hace más de 60 años, pero con la llegada de los supermercados y la muerte de su madre se vio obligada a cambiar de rubro para poder mantenerse. Anny (69) perdió toda su cosecha, sobrevive vendiendo pasteles y dulces Es así como, a través de una herencia familiar, Anny comenzó a dedicarse a la producción de paltas, camino difícil de recorrer debido al estrés hídrico de la zona: “Es terrible, estamos recién en octubre y ya tenemos muchos problemas”, dice con voz firme. “ Si las cosas están así hoy, no quiero imaginar cómo va a ser en marzo . No tengo idea qué pasará. Parece que Dios nos tiene castigados en este pueblo”, comenta, mientras el sol azota los paltos y con ellos la tierra resquebrajada. Su voz deja entrever la frustración que tiene contra “los grandes”, como ellos llaman a los agricultores más poderosos de la zona. “ El acceso a tecnología y maquinarias que llevan a cabo la extracción del agua es cosa de algunos pocos . Ellos tienen unas represas inmensas de agua, son unos tranques que hacen con máquinas, y al extraerla nos dejan sin agua a nosotros. Ellos no sufren por el agua como nosotros sí”, declara Anny. La producción total de paltos que Anny tenía pensado cosechar durante el 2020 se perdió por completo. Su sustento hoy es hacer tortas y dulces a pedido, mientras que su marido Carlos Tapia (68) se encarga del cuidado y mantención de los paltos, lo único que puede hacer después de perder más del 60% de su visión. Así lucen las parras secas que pertenecen a Anny En 2018, Carlos fue sometido a un trasplante de córneas, que sólo pudo costear gracias al aporte de sus tres hijas que se hicieron cargo de los más de diez millones de pesos que significó la operación. De no ser por ellas, hoy en día Carlos estaría completamente ciego. Pero perder parte de su visión es solo una parte del problema, porque junto con ello, Carlos, comenzó a perder también la motivación, las ganas de salir y de disfrutar esta etapa de su vida. “ Las niñas lo invitan a sus casas en Santiago y Talca, pero él no ha querido ir nunca por el tema de la vista ”, cuenta Anny, con un dejo de frustración. “Ya no tengo sueños, ni tampoco me imagino mi futuro. Voy a cumplir 69 años, ya estoy cansada, enferma, mucho no me queda”, dice mientras relata que estar en una lista de espera hace más de cuatro meses para poder ser operada de sus riñones, es un pelo de la cola dentro de sus preocupaciones. Las que van quedand o Esta desigualdad entre grandes y pequeños agricultores, sumado a la falta de recursos ha llevado a los vecinos a organizarse y formar un comité de APR (Agua Potable Rural), para poder acceder a fondos que le permitan acceso más digno a este recurso. Durante su período de más de tres años como presidenta del APR de Huatulame en 1995, Deysi Cortés (72) se encargó de realizar pozos nuevos, cambios de tuberías, bombas y estanques para extraer agua y poder distribuirla a los vecinos del sector. Deysi es dulce, generalmente tiene un mensaje esperanzador ante todo y es difícil que de ella salgan palabras de rabia o frustración, sin embargo, cuando habla de los privados que acaparan la poca agua que les va quedando dice que siente una impotencia tremenda . Deysi Cortés, a sus 72 años, se postuló otra vez para ser parte del comité de APR La escasez la ha obligado, al igual que a muchas otras familias del sector, a reducir el consumo de agua potable para que el pozo que los abastece no se seque antes de tiempo. Dentro de las prácticas de ahorro que utiliza Deysi en su casa está la reutilización. Toda el agua que se usa en su casa tiene como segundo propósito el riego del jardín. “Si lavo ropa, loza, verduras, cualquier cosa, eso lo guardo para echarlo a mis plantitas y flores. No dejamos que se pierda ni una sola gota ” , dice. Sin embargo, para Deysi su prioridad son sus animales , a los que alimenta apenas comienza su día: catitas, ninfas, gallinas y sus perros que la acompañan a donde quiera que vaya. Luego de eso están sus paltos, que son, junto a la pensión solidaria que recibe, la fuente de ingresos que tienen ella y su marido para subsistir. Hoy, en su vejez, Deysi no se da por vencida y está postulando otra vez para ser parte de la directiva del APR y, con ello, poder trabajar por el derecho de la tercera y cuarta edad y familias del sector a acceder a una vida más digna. “ Nosotros no tenemos cómo mostrar o decir lo que está pasando . Es como si una fuera invisible. Pero por lo mismo voy a luchar y salir adelante, para poder tener esa poquita agua y que salga en la llave, no de un estanque. Porque aquí la mayoría somos ancianos, no podemos estar acarreando tarros de agua. El cuerpo no da”, dice. Caminando con paso firme llega hasta una excavación de varios metros de profundidad, donde se divisa un poco de agua en el fondo: el pozo con el que mantiene sus paltos. Y, justo al lado de éste, el cauce de lo que alguna vez fue el Río Huatulame, hoy completamente seco. A la derecha el pozo al que debe descender Deysi para buscar agua, a la izquierda el cauce del río Huatulame completamente seco Previo al APR, al secarse los pozos del sector, la única solución era seguir cavando en busca de agua , una acción riesgosa para gran parte de las personas del lugar, considerando que en Monte Patria la población adulta mayor alcanza un 18%, según el Censo Adulto Mayor 2018 realizado exclusivamente en la zona. Un número que cada vez se va quedando más aislado, asegura ella. “ La gente joven sale de la región a buscar las oportunidades que la sequía les quitó ”, dice. Cortés ha visto cómo varios de sus vecinos abandonaron Huatulame, Cerrillos de Rapel y ha escuchado que lo mismo pasa en pueblos a la redonda. “Echo de menos a mucha gente que se ha ido, vecinos que me encontraba todos los días y que ya no están. Se han ido perdiendo algunas caras. Yo me quedo porque la esperanza es lo último que se pierde, vamos a tener que aferrarnos a esa esperanza y no soltarnos ”, relata. Su sueño, dice, es tener un poco más de tranquilidad y ver llover. “Me gustaría vivir muchos años más para ver lo que realmente va a pasar en mi querido pueblo de Huatulame”, contra todo pronóstico, ella se aferra a la idea de que las cosas cambiarán para bien. *Reportaje publicado originalmente en 2021 en Pousta.com , producido, editado y co escrito por Juan Cruz Giraldo.
- La profe a caballo: galopando contra la precariedad
Ante la nueva normalidad y la imposibilidad de hacer clases virtuales, en plena pandemia la profesora Cicilia Gatica decidió emprender una difícil misión: viajar en caballo hacia altos sectores de la cordillera andina, en tramos de más de ocho horas, recorriendo las casas de sus alumnos y alumnas. Su historia evidencia la precariedad del sistema de educación pública que viven miles de niños y niñas en Chile: el no tener herramientas tecnológicas, acceso a internet y, algunas veces, contención emocional de sus familias. Ella hace todo lo que puede, con lo que tiene. Producción de Juan Cruz Giraldo Juntas de Valeriano es un pueblo que está a casi 300 kilómetros de Copiapó, en la comuna de Alto del Carmen. Con 117 habitantes según el Censo de 2017, este caserío ubicado en la precordillera de la provincia de Huasco es tierra de tejedoras diaguitas, crianceros y productores de queso de cabra. Entre cerros, quebradas y ríos se levanta la Escuela Sara Cruz Alvallay, colegio que además de ser multigrado (a los niños de primero a sexto básico se les hace clases juntos), es unidocente. Cicilia Gatica (52) es la única profesora del establecimiento y los alumnos dependen 100% de ella y su labor. Para ser más precisos, sin su trabajo los 21 estudiantes del único colegio a 22 kilómetros a la redonda habrían quedado completamente marginados del sistema educativo, incluso antes de la pandemia. Por lo mismo es que arriesgó todo -incluso su propia vida- con tal de que los niños que no tenían internet o que se marcharon por la temporada de arriado hacia la Cordillera de los Andes no se quedaran atrás. Ante la encrucijada de suspender las clases presenciales definitivamente y mudarse a Zoom, o arreglárselas para no agobiar a las familias de los niños que confían en su trabajo, prefirió la segunda opción. “Yo no estoy dispuesta a estarle dando problemas a mis apoderados”, afirma Cicilia. La brecha tecnológica en Chile es brutal y la pandemia dejó esto claro: uno de cada tres colegios no tiene conexión a internet. Son, en total, 2.680 recintos, el 47% rurales, donde las clases online son imposibles de realizar. Y la Región de Atacama, d onde Cicilia hace clases, es una de las regiones con la menor cobertura en la provisión de educación a distancia por parte de los colegios, con tan solo un 19% según cifras del Mineduc. Gatica cuenta que su carrera a caballo haciendo clases en las montañas empezó como una broma que agarró demasiado vuelo, igual que un corcel galopando a toda velocidad por los campos del Norte. “Espérense no más, póngame el caballo aquí y me voy al tiro”, exclamó decidida Cicilia Gatica cuando en julio del 2020 varios de sus apoderados le avisaron que por pandemia y la temporada primaveral, viajarían con sus hijos a la montaña y que allí, en altura, los niños y niñas no tenían internet, ni las herramientas para seguir con sus clases a distancia. Cuando el clima mejora en los valles durante la primavera y el inicio del verano, las familias de Juntas de Valeriano emigran hacia la Cordillera para criar a sus animales. La actividad que sostiene los hogares del sector es la crianza del ganado y las cabritas, y los meses en los que las temperaturas son más cálidas y los frentes de mal tiempo son esquivos, son vitales para los crianceros de la zona. Antes de la pandemia ya era una costumbre arraigada que los padres se llevaran a los niños durante las vacaciones, pero el año pasado la situación fue distinta, el confinamiento y el distanciamiento social alargó el ausentismo escolar. Y eso implicó que Cicilia tuviera que tomar decisiones drásticas y salir a cabalgar. De no haber tomado esta decisión, cuatro de sus estudiantes habrían formado parte de las críticas cifras de abandono escolar en pandemia, que el Ministerio de Educación estimó en al menos 40 mil niños, niñas y adolescentes. Mediante un puerta a puerta, Cicilia le preguntó a cada una de las familias que componen su escuela qué les parecía la idea. Una vez acordada esta nueva modalidad de clases, una de ellas se ofreció a llevarla y traerla a caballo cada fin de semana, por todos los meses que fuera necesario. Este plan duró poco, porque tras los primeros viajes el caballo se enfermó. Sin tener cómo irse, es que Cicilia habló con un hombre del sector que también es arriero para que la sumara a sus travesías hacia las alturas. Él aceptó, y ella se comprometió a pagar las herraduras y el heno que fueran necesarios para mantener al caballo en buenas condiciones. Con una mula de carga y ayudando a arriar el ganado del hombre que le facilitó el animal, es que Cicilia Gatica logró llegar a los ranchos cordilleranos de sus alumnos prácticamente todos los fines de semana de julio de 2020 a enero de 2021. Para ir a la Cordillera no hay un camino vehicular. La ruta que hay que emprender hacia las alturas es un camino arriero que se empina entre quebradas y valles secos que asoman algo de verde entre tanta loma color cobre. La vista desde la única sala de la Escuela Sara Cruz Alvallay es majestuosa: hacia el horizonte sólo se ven cerros. Cuando el sol empieza a guardarse, estos se vuelven rojizas y el paisaje pareciera ser un pedacito de Marte. “A esa quebrada iba a ver a una niñita, en esa visitaba a otra, y en esa tenía a otra más”, señala Cicilia mientras apunta hacia las lomas que rodean el terreno en el que un vecino del pueblo erigió esta pequeña escuela rural en 1974, ante la inexistencia de un lugar para educar a los menores de la región. Para subir llevaba más cosas para los niños que para ella, admite entre risas. Cargaba dos mudas de ropa y los materiales necesarios para las clases, y algunas veces llevó encomiendas a las familias que lo necesitaron. Cuando a inicios de la pandemia el gobierno implementó la campaña Alimentos para Chile, Cicilia viajó ocho horas galopando con la caja de mercadería a cuestas. Cicilia Gatica montando un caballo en la cordillera de Atacama durante la pandemia. Dependiendo del lugar al que iba y las condiciones del clima, la travesía podía durar de 3 a 10 horas. Las clases las hizo muchas veces a la intemperie, porque las familias allá arriba viven en chozas de piedra, ramas y musgo que los protegen de los vientos y el frío cordillerano. Los meses que duró la modalidad de las clases a caballo, se organizó de la siguiente manera: durante la semana hacía clases en la escuela y los viernes emprendía camino a la Cordillera a visitar a una de las cuatro familias que estaban asentadas allá. Ahí enseñaba lenguaje, matemáticas y arte (las materias que por la pandemia el MINEDUC estableció que había que priorizar), y dependiendo del clima es que bajaba de vuelta a Juntas de Valeriano el domingo en la tarde o el lunes por la mañana. Ser docente en la ruralidad Si no fuera por la Escuela Sara Cruz Alvallay, los 21 niños que hoy asisten sagradamente a las clases de Cicilia tendrían que trasladarse a otra localidad para poder estudiar. Día por medio un bus baja al pueblo de El Tránsito, que está a 49 kilómetros de distancia. Si no hubiera un colegio en Juntas de Valeriano, dice Cicilia, sus niños tendrían que tomar la micro en la mañana y buscar un lugar donde quedarse por las noches, porque no podrían volver diariamente a sus casas. Es más, cuando los estudiantes pasan a séptimo básico, tienen que viajar sí o sí, porque la Escuela Sara Cruz Alvallay sólo tiene de primero a sexto. El acceso a otros servicios básicos también es complicado para los habitantes de Juntas de Valeriano: recién desde el 2000 es que cuentan con una posta rural en la que atiende una técnico en enfermería que sólo brinda primeros auxilios. Si hay una emergencia médica, los pobladores deben ser trasladados al CESFAM de Alto del Carmen que se encuentra aproximadamente a 70 kilómetros. El hospital más cercano está en Vallenar, a 111 kilómetros del pueblo en que viven Cicilia y sus alumnos. Allá tampoco hay comisaría, menos un cuartel de bomberos. La señal de telefonía llega apenas al sector en el que se encuentra el colegio, por lo que aunque quisiera, sería imposible hacer clases por zoom con todos sus alumnos debido a que todos están repartidos en diversas partes del valle. La manera en que la profesora mantiene la escuela funcionando es a través del programa SEP (Subvención Escolar Preferencial). “Con esa plata le compramos todo a los niños, lápices, gomas, sacapuntas. Tienen de todo acá. Jamás les voy a exigir algo que ellos tengan que comprar”, explica la docente. Si por alguna razón la subvención no alcanza, Cicilia no lo piensa dos veces y gasta de su bolsillo. Gatica no es sólo la única profesora del establecimiento. También hace de directora, jefa de UTP, psicóloga, trabajadora social y hasta de “tía del aseo”, menciona. Recién este año es que “gracias a Dios” desde la Municipalidad contrataron a una auxiliar que la ayuda a mantener todo limpio. Antes de eso, cuando terminaba de hacer sus labores a las 8 o 9 de la noche, tenía que preocuparse además de dejar todo impecable. La situación económica de sus alumnos no es la mejor, y por lo mismo es que prefiere “no darles más preocupaciones de las que ya tienen”. Además de la subvención que recibe desde la Municipalidad de Alto del Carmen, Cicilia se armó toda una red de apoyo con personas de otros lugares para juntarles ropa, llevarles regalos y organizarles actividades donde puedan distraerse ellos y sus familias. Para ella lo que más le hace falta a estos niños y sus padres no son los recursos económicos, sino que apoyo socioemocional. “(Si no fuera porque hice lo del caballo) los niños no iban a recibir atención de nadie”, declara. Sumado a que en el pueblo casi no hay señal -y que esta es inexistente en la zona cordillerana-, está también el hecho de que las familias que conoce no tienen cómo pagar un plan de datos para que los niños se conecten a Zoom. Algunos ni siquiera se manejan con la tecnología, lo que dificulta más las cosas . La única ventaja de que Juntas de Valeriano sea un lugar pequeño, cuenta Cicilia, es que el covid no ha sido una amenaza tan grande como en otros sectores del país. No han tenido casos estrechos, y como la población corresponde en su mayoría a adultos mayores todos se cuidan bastante. Por esto es que hoy pueden tener clases presenciales, pero también no les queda de otra. La mujer detrás del personaje Entre las clases presenciales, las que hace en las casas de un par de niños, las que realiza por Zoom y el trabajo administrativo que le exige el Ministerio, a Cicilia casi no le queda tiempo para ella. “Afortunadamente”, -admite mientras suelta una carcajada-, se separó hace veintitantos años y hoy está soltera: “Desde que me separé me dediqué a ser feliz”, cuenta con un atisbo de orgullo en la voz. Sus hijos ya están en los 30, y uno de ellos le dio una nieta que recién cumplió 6 años, su regalona. Hace dos años eso sí su familia tenía a una integrante más: su mamá, a quien perdió luego de sufrir un largo y angustiante Alzheimer. Durante cinco años la vida de Cicilia se dividió entre su trabajo, la familia y hacerse cargo de su madre. Mientras estaba haciendo clases tenía a alguien que velaba por sus cuidados, y los fines de semana ella asumió sola ese rol. Durante las noches, recuerda, casi no dormía. Por su avanzada enfermedad, a veces su madre deambulaba por la casa y se levantaba de madrugada, por lo que tenía que mantenerse despierta. No importaba cuántas horas había pasado en vela la noche anterior, todas las mañanas se levantaba con una sonrisa para ver a “sus niños”. Pareciera que esta mujer de ojos amables y espíritu jovial, fuera de hierro. No la desaniman ni los obstáculos, ni las condiciones precarias de la docencia. Tampoco la desalentaron los viajes de hasta 10 horas en el calor infernal de las quebradas, menos aquellos que hizo avanzando a caballo por la nieve de la Cordillera de Los Andes. Cuando escucha al Ministro de Educación, Raúl Figueroa, decir en televisión que “están todas las condiciones para volver a clases”, igual asume que le da rabia. “Yo no soy nadie para decir si él está equivocado o no”, dice la profesora de 52 años, “pero a mí me gustaría que el Ministro se diera una vuelta por acá y recorriera Alto del Carmen. Yo lo traería cinco días a Juntas de Valeriano para que me diga si están o no las condiciones para darle clases a los niños. Yo sé que diría que no, estoy segura”. Pero no se detiene ahí: “como decimos aquí en el campo, otra cosa es con guitarra”, añade. Ella entiende perfectamente también a los colegios de las zonas urbanas que dicen que no saber qué le pasó es ir a su casa a preguntar. Si ese niño está enfermo, se hace el tiempo de visitarlo y hacerle clases en su casa. Cicilia Gatica no sabe si volverá a subirse al caballo este año. El que usó en sus primeros viajes se enfermó y terminaron vendiéndolo, y el otro era prestado por un vecino. Si tiene que volver a conseguírselo para emprender el viaje a la Cordillera de los Andes no lo va a pensar dos veces, de hecho extraña esos días de aventura. “Mis niños son mi motor, la razón por la que me levanto. A veces me preguntan, ‘¿tía usted me ama?’ y yo les digo ‘más que nada en el mundo’. Lo que yo quiero es que se sientan acogidos y queridos. Que se sientan importantes en el mundo” expresa emocionada. Cuando le preguntan sobre el futuro que espera para la educación en Chile, con convicción, lo primero que dice es que su sueño es tener una educación gratuita y de calidad, como la que ella le entrega a sus alumnos. Está más que consciente de la desigualdad a la que sus niños se enfrentan en comparación a aquellos que tienen más oportunidades , y es crítica al respecto: “ La realidad de Chile es que hay niños de familias terriblemente poderosas que están haciendo uso de recursos que deberían tener los niños que realmente lo necesitan”. *Este artículo fue publicado originalmente en Pousta.com , producido y editado por Juan Cruz Giraldo. Escrito por Laura Fernández Mena.
- Educados, acomodados, pero sin hijos: la nueva decisión masculina
Chile vive un retroceso sin precedentes en su tasa de natalidad. Y no se trata únicamente de mujeres que aplazan o renuncian a la maternidad: también hay hombres profesionales, económicamente estables, que podrían formar una familia pero eligen no hacerlo. Algunos toman medidas drásticas, convencidos de que la paternidad ya no es parte de sus proyectos de vida. Francisco Rojas tiene 60 años, es empresario, es de Rancagua y vive solo. No por accidente, sino por decisión. Nunca quiso formar una familia ni ser padre . Lo pensó largamente, lo comparó con las vidas ajenas, la de sus padres, la de su hermana, la de algunos colegas, y entendió que no quería esa historia para sí. “En mi caso tampoco llegó el amor”, dice sin dramatismo. “Así que opté por hacerme la vasectomía”. La elección no fue impulsiva. Le tomó años de reflexión. Y cuando finalmente la ejecutó, supo que era para siempre. Hoy lo dice sin titubeos: no se arrepiente. “Me operé para no tener hijos, ya que este mundo me parece muy complejo, muy duro. Para uno que ya tiene cierta edad, y sobre todo para los niños, es un lugar hostil”. Francisco encarna a un grupo pequeño pero persistente: hombres que, con plena conciencia, deciden apartarse del mandato de la paternidad. Francisco recuerda sus años de juventud, cuando todavía no había decidido renunciar a la paternidad. Habla de una mujer a la que imaginó como esposa, pero el plan nunca se concretó. “Tuve un amor, pero no seguimos pololeando y, bueno, no hubo matrimonio”. No adjudica su decisión a esa ruptura. El verdadero motor, asegura, fue el miedo. Tras aquella relación, no cerró la puerta a conocer otra compañera, pero la idea de ser padre lo paralizaba. “Quise ser responsable. Si llegaba una nueva conquista, yo no iba a traer un hijo al mundo. Para ser papá hay que tener mucha paciencia, pasta de padre. Y yo, en lo personal, tenía miedo… miedo a ser papá”. Francisco dice que el mundo no es un lugar para traer niños. Habla de la inseguridad, de la violencia, de la incertidumbre económica. Y asegura que con su decisión ganó algo que valora más que nada: tranquilidad. Hoy vive con dos perros y una rutina apacible. “Yo llego a mi casa, cierro la puerta, veo televisión, cocino para mí y mis perritos. Pero ya el hecho de salir de la casa y volver es una bendición. Imagínate lo que sería estar con la preocupación de que un hijo salió, no volvió, o se está tardando en llegar”, reflexiona. La natalidad en descenso Chile figura entre los países con menor tasa de natalidad del mundo: ocupa el puesto 222 de 236 en el ranking global. La tasa global de fecundidad es de 1,16 hijos por mujer, un promedio muy por debajo del necesario para el reemplazo generacional. Durante mucho tiempo, el foco de la discusión ha estado en las mujeres: los costos del embarazo, la precariedad de la legislación en torno al pre y postnatal, la brecha salarial, la dificultad para conciliar maternidad y trabajo. Sin embargo, los hombres también empiezan a rechazar la idea de la paternidad. Las razones son múltiples: inseguridad, inestabilidad económica, el deseo de priorizar la realización personal. Hoy las mujeres aplazan la maternidad hacia los 33 o 40 años, después de alcanzar cierta estabilidad o cumplir objetivos personales. Los hombres, por su parte, tienden a postergar la paternidad más allá de los 35. Según el último estudio del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), esa tendencia no deja de crecer. Según Camilo Díaz, psicólogo de la Universidad Diego Portales , la postergación de la paternidad suele estar ligada a una búsqueda de estabilidad. “Tomar una decisión tan significativa como pensar en ser padre implica un cambio radical en la vida de las personas. Y hay que situarlo en el contexto en que vivimos: un sistema neoliberal. En ese marco, se tiende a pensar que ciertos ámbitos deben estar resueltos antes de dar el paso: lo económico, lo laboral, lo de pareja. Son factores que influyen en la paternidad, pero también en quienes no tienen hijos, porque esperan esa misma estabilidad”. El psicólogo añade que los valores sociales de hoy están orientados hacia otras formas de realización personal: experiencias de vida, logros profesionales, independencia económica, riqueza material. Aspiraciones y paternidad Álvaro Céspedes, un joven de 27 años de Las Condes, egresado de Ingeniería Civil, se niega a convertirse algún día en padre a pesar de haber logrado la independencia económica. “Tengo metas y sueños personales que no van compatibilizados con ser padre” dice. El ingeniero señala que a pesar de que él viene de una familia numerosa de siete hermanos, él está seguro de su decisión ya que afirma que los tiempos de antes cuando sus padres decidieron tener hijos, no es la realidad en la que él vive: “Mis padres tuvieron familia en un contexto totalmente distinto del que se está viviendo ahora. La economía era muy distinta, la seguridad era muy mucho mayo, ahora la violencia se está viendo todos los días, sobre todo acá en Santiago”. Cristián Allendes, 26 años, egresado de derecho, vive en La Reina, también se suma a la decisión de no llevar el modelo de familia tradicional ya que él considera que el tiempo es valioso y le gustaría seguir perfeccionándose en su profesión. “El tiempo que uno tiene que dedicar a los hijos es bastante y ese mismo tiempo se puede dedicar a desarrollarse profesionalmente o a estudiar”. Por otra parte, Andrés Salaya de 64 años (Machalí, VI Región) hace una reflexión de lo que le ha implicado llevar una vida sin el rol de ser un padre biológicamente, pero sí una figura paterna para sus sobrinos: “He vivido una vida más libre, con menos obligaciones respecto de hijos, pero me he implicado y comprometido con mis sobrinos en distintos niveles y áreas de su desarrollo. No son mis hijos, pero en numerosas ocasiones debí ocupar el rol de un padre para su beneficio directo”, relata. Vejez sin descendencia Andrés hace un llamado a los jóvenes que tienen pensado ser padres “Es una responsabilidad y compromiso verdadero, si deciden ser padres en un futuro, a mediano o largo plazo. Ser padres es para siempre, no solo por un par de años o momentos, y si no hay compromiso con esa responsabilidad o, incluso, si no tienen las condiciones materiales y emocionales para asegurar el buen desarrollo del menor, tal vez sería mejor plantearse no tener hijos. Si los tienen, se la deben jugar a fondo y con disposición plena a entregar mucho compromiso y amor de verdad” relata. Francisco asegura que no se arrepiente de su decisión y que proyecta su vejez sin ser carga de su prójimo. “Me veo no dándole problemas a nadie. Para eso tengo mi pensión, creo que con lo que tengo ahorrado puedo tener una vejez tranquila. Avanzar en la vida, y no andar transmitiendo problemas o situaciones a los demás, por el contrario, yo trato siempre de llevar una vida feliz y ayudar a los demás”, manifiesta.
- ¿Qué tan pedropascalizados estamos?
Pedro Pascal no solo es el actor del momento, también es el rostro de una nueva forma de ser hombre: más sensible, lector, abierto a hablar de salud mental y activismo. Pero… ¿esto es realmente un cambio o solo una moda? Hablamos con un psicólogo experto y con varios chilenos de distintas edades para entender cómo están cambiando (o resistiéndose a cambiar) las masculinidades hoy. Y las respuestas son tan diversas como impactantes. En 2024, la prestigiosa revista Men’s Health encendió una conversación que ya venía gestándose en redes sociales, en universidades, en grupos de terapia masculina y en sobremesas familiares. La portada no mostraba músculos tensos ni miradas rudas: era Pedro Pascal, el actor chileno que ha conquistado Hollywood con papeles complejos y carisma dulce. Pero más allá del estrellato, lo que destacó la revista fue su papel como símbolo de una nueva masculinidad. Una que es tierna, lectora, reflexiva y socialmente comprometida. La publicación argumentaba que Pascal está desafiando el machismo y estableciendo un nuevo ejemplo para los hombres latinos. A algunos les pareció una afirmación exagerada. A otros, un reflejo de los tiempos que corren. La pregunta que subyace es profunda: ¿Estamos frente a una reescritura real de la masculinidad o simplemente ante una moda pasajera? ¿Qué tan dispuesto está el hombre contemporáneo —en especial el latinoamericano— a repensarse? Pedro Pascal fue elegido por la revista Men's Health como el nuevo hombre. La publicación destacaba en 2024 su rol en el quiebre de los estereotipos. Decía que el actor chileno es un nuevo ejemplo para los hombres latinos. Un nuevo guion para "ser hombre" Pedro Uribe, psicólogo chileno, especialista en género y director del colectivo Ilusión Viril , lo plantea con claridad: “Estamos atravesando una transición en torno a las masculinidades. Hay una redefinición de lo que entendíamos por ‘ser hombre’. Los hechos históricos que hemos vivido recientemente —como el estallido social o la pandemia— han desafiado nuestra cultura, y cuando eso ocurre, también se cuestionan los significados que le damos a las cosas”. Según Uribe, estas transformaciones no son meramente discursivas: “Hoy, la cantidad de hombres que asisten a terapia es la más alta registrada. Vemos también un aumento sostenido en las solicitudes de vasectomías. Estos son indicadores tangibles de una mayor conciencia sobre la salud mental y reproductiva”. Pero, como todo cambio profundo, este no es lineal. Hay avances y también resistencias. Un estudio publicado en 2023 por La Vanguardia reveló que uno de cada cinco jóvenes españoles es más machista que su propio abuelo. Este fenómeno, lejos de ser marginal, evidencia un retroceso preocupante en generaciones que se asumen “despiertas” o “progresistas”. Uribe lo explica como un efecto colateral del cambio cultural: “Cuando las estructuras tradicionales se ven amenazadas, muchas veces se produce una reacción contraria. Algunos hombres, en lugar de adaptarse, se atrincheran en formas más rígidas y agresivas del machismo. Es una forma de resistencia ante el avance de los derechos sociales”. Este panorama muestra que el concepto de masculinidad hoy es un territorio en disputa. La figura de Pedro Pascal, con su mezcla de sensibilidad, humor y activismo, se vuelve disruptiva precisamente porque encarna lo opuesto a ese machismo reactivo. No se impone desde la fuerza, sino desde la vulnerabilidad y la empatía. Voces desde Chile En ausencia de Pedro Pascal, conversamos con distintos hombres chilenos para entender cómo viven ellos esta transición. Las respuestas, diversas y a veces contradictorias, ilustran el estado actual del debate. “Yo he cambiado como hombre en los últimos años: soy más reflexivo, me he vuelto más sentimental y empático”, dice Patricio Trigo, de 68 años. Óscar Franco, de 39 años, cuenta que creció bajo el mandato de la fortaleza: “A mí me enseñaron que ser hombre era sinónimo de no llorar, de no mostrar debilidad, pero ya no creo eso: yo soy un osito sensible”. En el otro extremo, Vicente Espinosa (33) pone en jaque incluso la necesidad de definirse en términos binarios: “No me acomoda decir que soy hombre, prefiero identificarme como persona”. Su perspectiva refleja una mirada post-identitaria, más común entre generaciones más jóvenes o en círculos queer. Pero no todos los testimonios hablan de cambio. Rodrigo Espinoza (32) es tajante: “Los chilenos no hemos cambiado nada: entre nosotros nos tratamos con violencia o con burlas”. Alejandro Mejías (23) apela a su fe como brújula de masculinidad: “Para mí, ser hombre significa ser tal cual como Dios me creó. Él me guía y me dice el hombre que debo ser”. Claudio Sáez (36) expresa una sensación de pérdida y persecución: “Se han perdido los valores que nos enseñaron nuestros abuelos. La tenemos difícil, se nos juzga por todo”. Esta visión es común en discursos que sienten que el feminismo o los nuevos movimientos les “quitan algo”. Por último, Rodrigo Marambio (29) comparte una historia íntima: “Mi mamá me enseñó a ser hombre y tal vez por eso soy más sensible”. Lo que queda claro es que no hay una única respuesta. Ser hombre, hoy, es una identidad que se moldea en la fricción entre el pasado y el presente, entre la tradición y la transformación. Los discursos conservadores suelen apelar a una idea esencialista del hombre, asociada a la fuerza, el liderazgo y la autoridad. En cambio, las nuevas miradas —como la que encarna Pedro Pascal— apuestan por una masculinidad afectiva, que se atreve a dudar, a llorar, a pedir ayuda. El fenómeno de la “pedropascalización” no es, en sí mismo, la solución. Es apenas una figura visible que ayuda a desestigmatizar otras formas de ser hombre. Como todo símbolo pop, puede ser adoptado de forma superficial o profunda. Lo relevante es que está sirviendo de excusa para abrir conversaciones incómodas pero necesarias. "La masculinidad no se define en una revista ni en una red social. Se construye todos los días, en las decisiones cotidianas, en los afectos, en los silencios y en las palabras", dice el experto.
- El nacimiento de una nueva muerte
En un país donde la muerte suele vivirse como un trámite silencioso y apresurado, emergen nuevas formas de despedirse con sentido. Funerarias alternativas, doulas del final de vida y rituales personalizados invitan a pensar el adiós como una celebración de la existencia. Entre flores, árboles nativos y playlists elegidas por quien parte, cada vez más chilenos se atreven a imaginar su propio funeral y a hablar en voz alta sobre lo único seguro que tenemos: la muerte. Recuerdo el primer funeral al que asistí como si hubiera sido esta mañana. Una salita al lado de una iglesia, luz blanca fluorescente, sillas rígidas, gente que hablaba bajito. Yo tenía unos ocho años y me explicaron, sin mucha pausa, que la Nena se había ido al cielo. Nada en ese escenario hablaba de ella. Ni de su risa, ni de su humor de señora vasca, ni de lo detallista que era. Nadie se animó a contar nada suyo, y yo, que no entendía de formalidades pero sí de decir adiós, le susurré un tierno “sé que nos volveremos a encontrar”. Lo dije para ella, pero también para mí. En medio del vértigo cotidiano, la muerte, ese acto tan cargado de sentido y profundidad, se ha convertido en una molestia logística más que en un proceso natural que merece ser vivido y elaborado. ¿Cómo quieres que te recuerden? ¿Con esa canción que siempre te gustaba bailar o con la que lloraste tus penas más profundas? ¿Que se vistan de colores o que lleguen de punta en blanco? Y para la ceremonia, ¿prefieres la foto de aquel verano en la playa o la espontánea que te sacaron tus amigos? ¿Tu descanso final: en un ataúd cubierto de flores o volando libre en tu lugar favorito? Esta semana intenté incluir esas preguntas en mis conversaciones cotidianas, pero rara vez fueron bien recibidas. Bastaba pronunciarlas para que aparecieran gestos de extrañeza, silencios incómodos o un cambio inmediato en la energía. Hablar de la única certeza que tenemos en la vida -la muerte- parecía romper un pacto tácito de no incomodar. Esa resistencia, ese silencio, me hizo pensar en lo poco que sabía sobre cómo los chilenos vivimos (o evitamos) nuestra relación con la muerte. Fue ese vacío el que me empujó a investigar y a querer entender más. Afortunadamente, sí hay personas que decidieron abrir esa puerta sin miedo y acompañar a otros en el tránsito final. Doulas que ayudan a cruzar el umbral con compasión, funerarias que piensan en despedidas como rituales íntimos y memorables y proyectos que hacen del adiós una forma de contar la historia de quien se va. Puede que la muerte siga siendo un tabú, pero hay quienes están aprendiendo a llevarla, nombrarla y a volverla un lugar un poco más habitable. Activistas de la muerte La doula de fin de vida suele acompañar desde aproximadamente cinco meses antes del fallecimiento, hasta el momento en que la persona muere. Idealmente, el vínculo comienza cuando el paciente aún está consciente y en condiciones de trabajar en el rescate de su legado personal. “La gente olvida que hay una persona, es una biografía la que está falleciendo. No es un cuerpo biológico”, comenta Bárbara Soto quien es doula y enfermera. Su labor consiste en ayudar a quien está en proceso de morir a resignificar su vida y transitar una muerte con dignidad y compasión, al tiempo que brinda alivio emocional a los familiares. “La gente sí quiere hablar de la muerte, lo que pasa es que no tiene la instancia de hacerlo y no lo quiere hablar con su familia”, comenta Soto quien en conjunto a otras doulas ofrecen un “Café de la muerte”, una instancia de conversación profunda, íntima y sin tabúes sobre la partida. Las doulas en Chile son relativamente recientes, Bárbara comenta que hace algunos años partieron siendo solo 5 y hoy son más de 100, gran parte profesionales ligadas al área de la salud. Hoy cumplen un rol de activistas de la muerte, teniendo una función destacada en naturalizarla y reconocer las voluntades anticipadas. Estas últimas corresponden a las decisiones intransables que una persona puede dejar por escrito: desde aspectos relacionados con su salud, con quién quiere pasar sus últimos momentos, cómo quiere que sea su funeral, hasta si prefiere que sus redes sociales permanezcan activas o sean eliminadas. Al compartir esta información con la familia, comienza un proceso de sensibilización que permite entender la importancia de hablar sobre la muerte para dejar de temerle. Este no es un servicio remunerado. “Hay un debate ético en torno a cobrar por esto. Es una decisión personal”, explica. Atiende a sus pacientes dos o tres veces por semana y, en cada sesión, puede pasar hasta tres horas conversando con ellos Hace unos días, María Isabel, la abuela de una amiga que acaba de cumplir 74 años, me contó que tiene escrita su voluntad anticipada. Dice que no le teme a la muerte; para ella, así como el nacimiento es un paso hacia la vida, la muerte es simplemente otro. “Siempre ha estado a mi lado, creo que tenemos una especie de amistad en que ella me va a respetar cuando llegue mi hora”. En cuanto a la ceremonia, desea que su cajón sea pintado con flores antes de ser cremada, y enfatiza que solo está permitido llorar cuando se escuche el aria “E lucevan le stelle” cantada por Pavarotti. Después del duelo, quiere que la ceremonia sea una celebración de su vida. Bárbara me preguntó si ya tenía escrita mi voluntad anticipada. La verdad es que no. Nunca me he sentado a escribir seriamente sobre mi muerte, pero su pregunta se quedó ahí, dándome vueltas. Me obligó a imaginar un funeral que aún me cuesta visualizar, porque me siento joven todavía. Pero si pudiera elegir, quiero algo sencillo. Idealmente al aire libre, rodeado de flores y con lecturas que le hagan cosquillas al alma de quienes vayan. Lo que más me importa es que sea una fiesta, que mis amigos por fin usen esa ropa que llevan años guardando “para una ocasión especial” y que celebren con lo que más me gustaba: comer bien y reír fuerte. Que lloren, sí, pero ojalá mientras se ríen. Y si va a ser en mi casa, que lo sea con todos los permisos: pueden prender todas las velas que acumulé sin usar, llevarse la revista que más les guste de mi colección y quedarse hasta tarde, como cuando no queríamos que se acabara la noche. Celebrar la última fiesta En Chile, según el último Estudio de Mercado Fúnebre elaborado por la Fiscalía Nacional Económica, existen más de 850 funerarias, 400 cementerios y 17 crematorios distribuidos a lo largo del país. El informe revela que el costo promedio de un funeral completo supera los dos millones de pesos, y que un 36% de las personas elige estos servicios por recomendación de alguien cercano, mientras que apenas un 12% lo hace por internet. A pesar de esta amplia oferta, la experiencia sigue siendo percibida como impersonal, rígida, marcada por el protocolo. Cambian los féretros, pero el guión se repite:salas velatorias sin alma, discursos que no dicen nada, flores artificiales y música neutra. La muerte, con toda su carga emocional y simbólica, suele reducirse a un trámite frío y distante. Ante esa carencia de sentido y calidez, surge Petra , una funeraria que busca celebrar la vida a través de experiencias y objetos fúnebres. Ofrecen un acompañamiento en la creación de una despedida única y auténtica, ya sea para ti o para un ser querido. Esta planificación en sí misma abre espacios para hablar de la muerte. Luisa Prieto, una de las fundadoras, destaca que su objetivo es acompañar y hacer el entorno relacionado a la muerte una experiencia más agradable. Esto permite que, poco a poco, las nuevas generaciones no asocien los funerales con recuerdos traumáticos. “La idea es volver el espacio más hogareño, más natural, para que estar ahí sea una experiencia más amable. Al final, esa sensación transforma tu relación con la muerte. El día de mañana, tu hija no recordará un velorio donde todos estaban en silencio, inmóviles, sino un lugar donde pudo habitar la despedida con sentido”, comenta Prieto. “Al contar que tengo una funeraria a la gente le produce rechazo, pero después, una curiosidad inmediata. Las personas están ávidas por hablar de la muerte, es como un botón que tienen escondido, como que socialmente no quieren hablar, pero basta que alguien ponga el tema para que la gente se te acerque silenciosamente y después lo hable en voz alta”, agrega. En redes sociales, la recepción del proyecto fue inmediata y dejó en evidencia la necesidad de servicios funerarios más íntimos y personalizados. Decenas de personas comentaron con entusiasmo y alivio ante la propuesta de Petra, celebrando su enfoque distinto. “Se vino a mi cabeza el funeral de Mr. Big, cuando Carrie buscaba un lugar precioso y diferente para el funeral y no encontraba nada, y llegó a una galería de arte preciosa, totalmente blanca”, escribió una usuaria. Otra comentó: “No quiero morir, pero qué tranquilidad que exista @petra.funeraria. Muchas flores para ustedes”. Algunos incluso lo tomaron con humor: “Putting the fun in funeral”, mientras que otros fueron más tajantes: “Dejo constancia en esta red social que cuando muera, quiero que Petra se haga cargo. He dicho.” Vuelta a casa Muchas personas hemos fantaseado con volver completamente a la tierra, reincorporarnos a la naturaleza y sentir, de alguna manera, que el ciclo puede volver a empezar, pero esta vez de forma diferente. Con esa idea en mente, Bio Funeral, una empresa que funcionó como funeraria convencional durante más de 22 años, decidió en 2019 reorientarse hacia los biofunerales. Desde entonces, han realizado 329 ceremonias, ofreciendo urnas biodegradables fabricadas con maderas no tratadas y géneros naturales, además del servicio de Ánfora Árbol Nativo. Pablo Sánchez, uno de sus representantes, explica que las cenizas se depositan en una bolsa de fibra natural que se transforma en la base nutricional de un árbol: “Es una forma concreta de volver a la tierra de manera digna, simbólica y regenerativa. Es ver cómo la vida continúa, cómo las raíces se afirman y cómo el recuerdo se convierte en bosque. Es un acto de amor que, en vez de contaminar, reforesta. Es un acto de continuidad, de arraigo y de belleza en medio del dolor”. Desde su experiencia, observa una apertura creciente hacia formas de despedida más personales y coherentes con los valores de cada vida. Aunque el cambio es lento, dice, es irreversible. La pandemia dejó una marca imborrable: entendimos que la despedida importa y que la forma en que la hacemos también nos define. Hoy, muchas personas en Chile buscan rituales que celebren la vida vivida, que les permitan volver a la tierra y cerrar el ciclo de manera consciente. En palabras de Pablo, estamos viviendo una madurez colectiva al incorporar estos procesos. Si bien no todas las personas logran aceptar el duelo como una forma final del amor, como propone la escritora Rayne Fisher-Quann: “ el horror, el dolor y la pérdida no existen en oposición al amor, sino como una afirmación de él”; instancias como las que recogemos en este reportaje permiten habitar esa tensión de otra manera: reconociendo que el dolor y la belleza pueden coexistir. Que, quizás frente a la pérdida, lo más humano es crear espacios que nos ayuden a sostener el amor, incluso cuando todo parece desmoronarse.
- Finales imperfectos en la ciudad
Diciembre de 2021. La ciudad no era la misma y nosotras tampoco. Pero allí estaban de nuevo: Carrie, Miranda y Charlotte, regresando en And Just Like That , casi veinte años después. Las conversaciones eran las mismas, ahora con más arrugas, nuevas pérdidas amorosas y menos anécdotas sexuales, aunque todavía en tacones. Eso sí, esta vez la ciudad estaba más callada. Veníamos saliendo de una pandemia y todavía quedaban restos de miedo en la piel y distancias obligatorias. Yo no había vuelto a tener sexo en la ciudad, ni en ningún otro lugar. Quizás por eso retomé el contacto virtual con mi propio Mr. Big. Porque sí, todas tenemos uno: ese hombre intermitente que desaparece cuando más lo necesitas , pero que siempre deja una puerta entreabierta para volver. Una puerta que, a veces, no queremos cerrar. O que, como en la serie, se convierte en ventana: aquella desde la que Carrie se despide de él, despeinada, en pijama, con un cigarro en la mano, diciendo: “Era libre, y no había nada exquisito en eso” . En su momento tomé nota, porque esa frase encierra una de las grandes paradojas de la modernidad: la libertad, por sí sola, nunca fue suficiente. Y, como Carrie nos recordó, tampoco es cómoda ni glamorosa. A veces, lo que más anhelamos es lo que más nos lastima. Y lo que nos protege puede ser lo que más nos adormece. Lo deseable no siempre es lo saludable. Vivimos en una época que exige coherencia a prueba de balas: que nuestras elecciones sean libres, conscientes, plenas, rentables, feministas, técnicamente impecables y, además, nos provoquen el mismo placer nostálgico que sentimos hace veinte años. Pedimos madurez, pero queremos que nada cambie. Por eso Carrie siempre fue una antiheroína incómoda . No por romper esquemas, sino por encarnar nuestras contradicciones: buscar amor y temer al compromiso, querer independencia y anhelar refugio. Su glamour era una armadura; el maquillaje y los vestidos de alta costura, una forma de cubrir fisuras que inevitablemente se asomaban. And Just Like That no ocultó esas grietas: fue torpe, repetitiva, a ratos desesperada por agradar. Pero, como una amiga que regresa con sus defectos intactos, volvió para acompañarnos. Vía Gregory Littley Según declaraciones de Michael Patrick King, director de la serie, y de la propia Sarah Jessica Parker, esta tercera temporada fue la última: Carrie Bradshaw colgó sus tacones para siempre. Con el último capítulo emitido, se cierra el ciclo de And Just Like That , la secuela que llegó para recordarnos que la adultez, incluso en tacones, sigue siendo una coreografía llena de tropiezos. Mr. Big, el eterno galán, se despidió en el primer episodio de la primera temporada, con una muerte que fue más que un giro de guion: f ue la metáfora de un derrumbe íntimo , el desvanecimiento de un tipo de masculinidad tradicional que, en teoría, ya no deberíamos volver a buscar. Recuerdo la noche en que vi su muerte en pantalla. Como a Carrie, me pilló por sorpresa. Y es que la muerte nunca se espera, como tampoco esperaba volver a ver al mío. Esa noche, en uno de mis tantos intentos fallidos por terminar nuestra temporada, lo bloqueé de redes. A los meses le dediqué un texto para una revista con el mismo fin: decirle adiós. Pero no bastó. Cuatro años después, mientras la serie anunciaba su final, yo crucé el mundo hasta su país, Australia, para cerrar nuestro capítulo. “Hello, it’s me”, fue la canción que acompañó la despedida de Carrie a Big en el funeral. “Hello, it’s me”, escribió mi Mr. Big en su correo para acordar la cita. Paralelismos cinematográficos. Lo encontré en un café de Melbourne, trabajando desde su notebook. Sobre mis tacones, bajé siete escalones que condensaban los siete años que duró nuestra historia. Siete años: tiempo suficiente para una serie. Sex and the City duró seis. Quiero que me digas todo, le pedí. Porque al igual que cuando alguien muere, una necesita escribir un final. Terminamos afuera de su auto. “Goodbye, Mr. Big” fue lo último que pronuncié. Él sonrió y me abrazó, mientras todo su cuerpo temblaba. And just like that . Era el fin, sin más. Porque las historias, tanto en la ficción como en la vida real, rara vez cierran bien. Ya en los capítulos finales de And just like that , vemos a una Carrie que se enfrenta a la idea de que su final no sea el que esperaba: la posibilidad de terminar a solas. “¿No te asusta pensar en lo que te pueda pasar por vivir en una gran casa sola?” le pregunta la joven que arrienda su antiguo departamento de soltera. Carrie queda reflexiva. Cuando viajé a Australia pensando en reencontrarme con el Mr. Big australiano, también me asaltó esa pregunta: ¿y si termino sola, sin él, en una gran ciudad del otro lado del mundo? La idea de terminar sin ese gran amor, el Big escrito con mayúscula, para el cual la sociedad nos enseña a esperar, especialmente a las mujeres, es difícil de desarticular, porque no requiere solo de una deconstrucción personal, sino que, sobre todo, cultural. En ese sentido, al instalar otros relatos en la cultura popular mediante series, contribuye a esa desarticulación que va cambiando el imaginario sobre el terminar sola. Ahora, no visto como una tragedia, sino como una posibilidad que merece ser contada. El tiempo de espera siempre es opaco, porque es el tiempo en que lo que uno desea no se está cumpliendo. Por tanto, no se trata de vestir de cinismo optimista ese tiempo, sino que de cuestionar el por qué esperamos lo que esperamos. Hoy los consumidores parecen esperar que toda serie sea una obra maestra, del calibre de Game of Thrones (al menos, en sus mejores temporadas) o de cualquier otra producción con presupuestos millonarios y guiones milimétricamente pulidos. Queremos tramas impecables, diálogos memorables, giros calculados al milímetro y, además, que reflejen todos los matices de la realidad contemporánea sin un solo tropiezo. Quizás es el efecto colateral de vivir saturados de contenido: sentimos que nuestro tiempo es tan escaso que cada minuto de pantalla debería justificar la inversión. O tal vez es que hemos convertido el consumo cultural en una competencia —una especie de deporte olímpico del buen gusto— donde ganar significa haber visto “lo mejor” y poder opinar sobre ello con autoridad. Pero hoy también se busca ganar en el amor, cobrando fuerza la psicología del rico : “no me suma”, “me hace perder tiempo”, “no me sirve”. Como si el amor sirviera para algo, reflexiona la psicoanalista Alexandra Kohan. Y es que el amor nunca ha sido terreno de ganancias, sino que de pérdidas, porque amar es asumir riesgos, por ende, es una experiencia más cercana a perder que a cualquier otra cosa. And just like that perdió, porque tiene como trama el amor. Pero en el afán de ganar algo viendo lo que vemos, olvidamos que muchas de las historias que más nos han marcado no lo hicieron por su perfección, sino porque nos acompañaron en momentos concretos de nuestras vidas. Con la despedida de Carrie, Miranda, Charlotte, el fantasma de Samantha y las nuevas amigas, Seema y LTW, yo no espero mi final, sino que lo escribo, mientras Carrie enciende un vinilo y acepta su final sin pareja al son de Barry White. Nunca esperé que las chicas cumplieran mis expectativas; solo que estuvieran allí para sostener una copa de vino, encender un cigarro y compartir una lágrima incómoda. Al día siguiente de mi propio adiós a Mr. Big, me puse zapatos tan altos como los de Carrie, lo suficiente para elevarme —aunque fueran solo ocho o diez centímetros— por encima de mis miserias. Y caminé. Tropecé. Me levanté. También bailé. Porque la vida, como las series, no siempre está a la altura de nuestras expectativas, ni de nuestros zapatos, pero igual hay que ponérselos y salir a recorrer la ciudad. And just like that .
- Soy autista y no lo sabía
ilustración por Antonia Berger. “Eres una persona autista ”. Aquella afirmación abrió heridas nuevas y viejas, pero a su vez cerró más de una. La neuróloga dijo aquellas cuatro palabras sin ser consciente del tsunami que me recorría. Durante diecinueve años viví dentro del espectro autista sin saberlo. ¿Por qué no sabía? ¿Por qué nadie se dio cuenta? ¿Por qué los especialistas no se dieron cuenta? Era septiembre y el calor empezaba a ser sofocante. Llevaba semanas sin ir a clases. No podía levantarme de la cama, hasta respirar se me había vuelto una tarea difícil. Me dolía el corazón o tal vez el alma, no lo sé, pero algo dolía. Yo solo sabía llorar. Había caído en un cuadro depresivo otra vez. Nadie entendía por qué. Llevaba casi nueve años en tratamiento psicológico, las mejoras solo venían por temporadas cortas, pero la ansiedad y la depresión ya se habían vuelto parte de mí. Se creía que tenía algún trastorno de la personalidad, o tal vez del ánimo, algo crónico, pero no tenía un diagnóstico como tal. Estaba en la consulta de mi psicólogo, sentada en el mismo sillón gris de siempre, envuelta por el olor de la taza de café que tenía en mis manos. Los psicólogos esperan que tú hables y dejes pedazos de tu memoria en su consulta, pero ese día yo no tenía ganas de hablar, así que él se vio obligado a rellenar el silencio . No le tomé atención hasta que empezó a contarme del espectro autista (EA). Él veía rasgos autistas en mí, él creía que yo era autista no diagnosticada. La nueva teoría era que mi autismo no estaba siendo tratado como se debía, lo que me estaba condenando a vivir dentro de un círculo repetitivo de tristeza. Yo no sabía nada sobre el autismo y me estaban hablando sobre él. Nunca me ha gustado el no saber y me da miedo ser una persona ignorante, así que empecé a aprender sobre él. Lo primero que descubrí fue que las siglas TEA están mal . El autismo no es un trastorno, ya que no presenta alteraciones, ni desórdenes mentales, pero sí suele venir acompañado por ellos . La depresión, la ansiedad, el trastorno de déficit de la atención (TDAH), incluso trastornos de la conducta alimentaria (TCA), suelen presentarse en las personas autistas, y yo no me escapé de la regla. Siempre creí que algo estaba mal en mí, tal vez había nacido descompuesta, me sentía defectuosa. No entendía por qué a los demás les resultaba tan fácil hacer cosas que para mí eran casi imposibles, incluso dolorosas. Llegué a odiarme por no ser una persona funcional. Nunca lograba encajar y me enojaba por eso, porque no podía ser como los demás. Me sentía ajena a la sociedad, que no pertenecía a ningún lado y eso dolía. Duele. Vivía en un estado permanente de depresión. Mi psicólogo decía que todo eso iba a mejorar cuando supiéramos si es que tenía bipolaridad o trastorno límite de la personalidad. Yo quería confiar en él, quería recibir un diagnóstico, quería entender lo que me pasaba, quería entenderme Empecé el proceso de diagnóstico EA, para esto un equipo multidisciplinario de neurólogos, psiquiatras y psicólogos (también suele haber fonoaudiólogos y terapeutas ocupacionales), evalúo mi desarrollo como persona, diversas conductas mías que llamaban la atención, mi perfil sensorial, entre estas cosas. Se pidió la opinión de los terapeutas que me habían atendido años atrás, y ahora, de la nada, todos ellos veían rasgos autistas en mí. Todos concordaban con que yo podía ser autista, pero ninguno lo había mencionado antes. Me realizaron el ADOS-2, una evaluación que, junto a los informes psicológicos que habían escrito los especialistas, respalda y confirma el diagnóstico . Según un estudio realizado el año 2021 en Santiago y publicado por la Universidad Católica, la prevalencia del autismo es de 1 en 51, vale decir, cerca del 2% es autista. Los doctores opinaban sobre mí. Sobre mi cabeza. Creían que mi personalidad podría estar fragmentada gracias a los medicamentos. Decían que inconscientemente mi personalidad se moldeaba según los diagnósticos que iba recibiendo. Hablaban de mí como si yo no estuviera ahí, no me tomaban en cuenta, me dolía escucharlos, pero ellos eran los especialistas, había que escucharlos. Mientras buscaban un trastorno, yo me buscaba a mí misma en sus palabras, aún así, en esos momentos yo no tenía voz. A nadie le interesó lo que yo tenía por decir, lo que yo pensara, ni lo que yo sentía. El 20 de noviembre del 2023 recibí los resultados del ADOS-2. La última palabra la tenían esos papeles. Estaba nerviosa, quería que los resultados dijeran que era autista, que se acabara la incertidumbre, tenía miedo de que no fuera así. Tal vez nada iba a cambiar, pero iba a tener respuestas, la búsqueda iba a terminar. Entré en la consulta, la sala se me hacía un lugar frío, las sillas eran incómodas. Llegó la neuróloga y, sin rodeos, dijo que los datos demostraban que yo era una persona autista. No dije nada, no hice nada, no supe cómo reaccionar. Mi mamá hacía preguntas, no entendía desde cuándo tenía una hija autista y cómo es que ella no se había dado cuenta. Me dio la sensación de que se sentía culpable por no haberse dado cuenta. Tenía el informe que confirmaba mi autismo en mis manos. Con mis dedos repasaba las letras mayúsculas en negrita que indicaban mi diagnóstico. Sentía que en cualquier momento podían desaparecer, no sé por qué. Le tomé una foto. Si llegaban a desaparecer, tendría pruebas de que estuvieron ahí al menos. Quería contarles a todos que era autista, tal vez ahora las personas me podrían entender: me sentía libre, estaba feliz, me habían quitado un filtro de los ojos y ahora todo se veía distinto, empecé a entender cosas que llevaban una vida siendo inexplicables. Pero también estaba abrumada, me dieron los resultados que tanto había esperado, y eran los que quería, pero estaba llorando, no podía parar de llorar, no lo entendía. Lo había conseguido. Tenía mi diagnóstico, pero una pena desgarradora me estaba invadiendo. Me consumió y después vino la rabia. Grité, rompí cosas, odié a todos, estaba enojada con el mundo entero. Quería que me abrazaran. Yo quería abrazarme. Soy autista, siempre lo he sido, pero yo no lo sabía. Antes, cuando no lo sabía, pensaba que estaba rota, tal vez sí lo estuve, pero ya no. Cuando me diagnosticaron, sentí dolor y compasión por mí. Un diagnóstico que ha venido acompañado de la soledad, miedo e inseguridad. Pero ahora que sé que soy autista me quiero mucho más, he empezado a conocerme de verdad, ahora me entiendo mejor, empiezo a perdonar por obligarme a encajar cuando realmente nunca he estado hecha para encajar y eso está bien.
- Un recorrido por los carretes con receta: noches de jarabe, clonazepam y fentanilo
Según la Encuesta Nacional de Salud del 2022, un 69% de los jóvenes chilenos consume estupefacientes. En las fiestas de la Región Metropolitana, a diferencia de otras generaciones, las drogas ilícitas pasaron de moda. Hoy se consumen sustancias que venden en la farmacia: medicamentos para la tos, la ansiedad, analgésicos y hasta remedios veterinarios. Expertos explican que estamos en una crisis, pero que es antecedida por otra. Los tiempos de incertidumbre, la inestabilidad social y la pandemia, habrían hecho que los jóvenes encuentren en estas drogas un refugio frente al miedo hacia el futuro. Aquí una radiografía por distintos sectores de Santiago, desde que empieza el carrete hasta que termina. * Los nombres de las fuentes fueron cambiados para este reportaje Santiago Norte, 21:30 horas – Es sábado por la noche y Piero (20), dueño de casa, sale con su celular acompañado de Milán (20). Es un inmueble casi vacío, donde apenas hay un microondas en la cocina. Al fondo de la pieza de Piero, eso sí, hay una cantidad inimaginable de botellas vacías de Deucotos y AcForte, ambos jarabes para la tos . Otros cuatro amigos de la misma edad están sentados compartiendo dos frascos enteros de estos remedios mezclados con bebida. “Me gusta andar con ladronazo’ que se la tiran al minutazo. To’as las Glock están conmigo. Y la delincuencia camina conmigo” Suena el chileno Jere Klein en un parlante y el carrete está recién comenzando. Al ritmo de la música estos jóvenes buscan recetas médicas por Instagram para comprar otros tres jarabes en la noche, y algunos, mientras tanto, sacan sus llaves para consumir tusi saborizado. Los más populares: el de tres leches y lúcuma. Mientras inhalan, uno de los amigos que sueña con convertirse en estrella del trap y el drill, pone a Piero47 en el reproductor, y dice que vendiendo el tusi que él prepara de una manera “buena y sin fentanilo”, va a conseguir el auto de sus sueños, un BMW X5, que vale aproximadamente 84 millones de pesos, “y quizás hasta otra pistola más”, agrega. Con las recetas en la mano, uno de los jóvenes va directamente a comprar dos Deucotos a una farmacia, una Sprite de dos litros y tres cervezas para seguir la noche. Santiago Oriente, 21:30 horas - Al otro extremo de la ciudad las casas son gigantes, con jardines podados y no se escucha la música de los vecinos. Al interior de la casa de María Gracia (20), anfitriona del evento, 25 invitados de su misma edad se reparten piscolas, un pito de marihuana y cigarrillos, mientras suena la argentina Tini Stoessel. Esta casa eso sí, a diferencia de la Piero -donde apenas cuelga una foto antigua de su tío marcada por el paso del tiempo- está llena de enormes muebles y, desde la entrada, cuelgan fotos y recuerdos familiares. “Dale, miénteme. Haz lo que tú quiera' conmigo. Dime que esta noche yo soy tu bebé. Y mañana somos amigo' (....) Amigo’”, Sigue cantando Tini de fondo. Antonella (20), amiga de María Gracia, está emocionada por el carrete al que van a ir. Se trata de una fiesta electrónica con mesas VIP. “Matemos piscolas para no comprar allá”, dice. “Curémonos y chao, cuatro piscolas y mínimo una al seco”, suma otra. Más tarde, en la fiesta, dejarán las piscolas y consumirán drogas más fuertes. Juan Pablo Urrejola, psicólogo clínico y especialista en adicciones y trastornos de ansiedad del Centro Terapéutico EJE, comenta que nuestro país, a nivel regional, “se encuentra en primer lugar de consumo de marihuana y segundo en la ingesta de opioides. Mientras que a nivel mundial, somos terceros en el uso de anfetaminas y sus derivados, y séptimos en el consumo de cocaína. Esto obviamente afecta la salud mental de los jóvenes, pero es una respuesta a buscar un refugio, sobre todo en tiempos de crisis ”, agrega el especialista. En ambas juntas l os objetivos son los mismos : gastar dinero, grabar videos para el recuerdo que se subirán a sus redes sociales, conocer gente del sexo opuesto, usar drogas y beber alcohol. Una previa en crisis Según datos del 14° Estudio de Drogas en Población Escolar del SENDA , el 9,5% de los escolares reconoció haber consumido tranquilizantes sin receta médica en el último año . La mitad de ellos dijo que accedió a través del entorno cercano, como un familiar o amistades (30,9%) o que lo tomó directamente desde la casa (16,6%). Otras formas de conseguirlo fueron en ferias libres o mercados (10,2%) y en farmacias con una receta de otra persona (6,9%). En este último punto, Jorge Cienfuegos, presidente del Colegio de Químicos Farmacéuticos señala que: “no se puede evitar que una persona falsifique una receta de papel. Cualquiera puede hacer un recetario en una imprenta. Además, no hay ningún lugar acreditado donde se necesite llenar un formulario o te pidan una credencial para eso, entonces, es el caldo de cultivo para la proliferación del abuso de estos medicamentos”. El psicólogo Juan Pablo Urrejola agrega que, si bien el consumo de alcohol bajó según la OMS, la realidad es que las clínicas y hospitales mostraron otra durante la pandemia, donde muchos jóvenes, por la incertidumbre y el aislamiento en el que estaban viviendo, se refugiaron en el alcohol, lo que llevó a consecuencias posteriores en el consumo excesivo de esta sustancia. El carrete: distintas zonas, distintas drogas Santiago Norte, 23:00 horas - Milán se contacta con Ethan (19), otro amigo del Sector Sur de Santiago que cocina tusi. En esta videollamada, Milán se preocupa de la preparación, los precios con que saldrá al mercado y comentan sobre el fentanilo diciendo: “ hermano, eso te deja terrible sicosiado, te vei enfermo, nica le pongo esa wea ”. Milán le responde: “ Mi sangre, el otro día compré en Las Rejas y quedé imbécil, nunca más ”. A su vez, mientras se hace la droga, se cuestionan el uso de una “olla decente” para que su sabor no sea a metal o aluminio, ya que para ellos lo más importante, aparte del efecto, es el gusto. Como consumidores, ambos prefieren el de frutos del bosque. Jorge Cienfuegos dice que el recipiente en donde se cocina la droga muchas veces no se revisa y puede estar en mal estado, por lo que en ocasiones, el efecto a largo plazo del consumo de cualquier sustancia cocinada en estas ollas, libera una gran cantidad de metales pesados y otros componentes, lo que puede generar daños agregados aún peores por ser neurotóxicos. “El consumo en jóvenes desde 20 años en adelante muchas veces es por ansiedad, es decir, utilizan la droga como un bálsamo social para poder generar relaciones de amistad o de pareja, para poder socializar y para poder conectarse con otras persona s. Estos años de pandemia significaron una detención, una pausa importante en cuanto a los vínculos”, sostiene Felipe Irusta, psicólogo especialista en adicciones y director del Centro Terapéutico EJE. Santiago Oriente, 23:00 horas - María Gracia pide un Uber con sus amigas y arriba del auto ponen “X ESO BB” de Niki Nicole y Jere Klein. Antonella reflexiona en voz alta: “me encanta esa canción, pero me carga el pendejo del Jere Klein, no se le entiende nada y es un drogadicto”. La interrumpe Elisa: “¿amiga teni’ efectivo para comprarle clona al Raimundo?”, y María Gracia responde: “yo traje media pastilla para cada una, tomémosla ahora y chao”. Al otro lado de la capital Piero y sus amigos hablan de cuando uno de ellos compró un jarabe pinchado en un campamento en Cerrillos. “Oh, hermano, eso era como chupar metal. Tenía un sabor asqueroso”, le interrumpe Bastián. Milán responde: “compañero, eso era como el tusi con fentanilo, que wea más tóxica”, insiste. Piero mientras hacía su noveno jale en menos de tres horas señala: “mira yo ahora ando piola, pero eso del fentanilo es pa’ perkines igual que las clonas, te deja imbécil. Además, los que consumen eso, por lo general, es gente super adicta, o mayores o de la calle”, hace la aclaración. En relación al jarabe, José Espinoza, dirigente por 25 años de la feria Bernardino Parada de La Pintana , dice que ha habido un aumento de la venta ilegal de medicamentos al aire libre , y señala que en una ocasión él compró ibuprofeno y se encontraba vencido. Esto, a su vez, va ligado al aumento de un 400% del robo de camiones de productos farmacológicos, y el aumento de un 1.000% en relación al 2021 en la incautación de más de 10.000 millones de dosis de medicamentos, según cifras del ISP. “El fentanilo debería estar regulado bajo la Ley 20.000. Si bien éste es similar a la morfina, tanto en su uso como en su efecto, a diferencia de Estados Unidos u otros países en donde se ven personas inyectándose esta letal dosis hasta quedar inconscientes, en Chile, por cultura, las drogas inyectables no han sido tan consumidas o no han estado tan a la moda como las drogas más convencionales por miedo a las agujas”, explica Jorge Cienfuegos. El experto dice que, aunque el fentanilo ha estado por años en Chile para fines médicos, el mal uso de éste, como por ejemplo en las mezclas de esta sustancia con tusi, pueden provocar distintos efectos, teniendo como resultado fallas renales, hepáticas y cardiacas. Mientras tanto, en el evento de tech del sector oriente, en la sección VIP, los más jóvenes consumen clonazepam y ketamina, los más adultos inhalan cocaína. En medio de la fiesta, muchos hombres mayores ofrecen a las veinteañeras esta droga, incitándolas a posteriores actos sexuales. Y mientras bailan , Elisa (20) acepta una dosis de ketamina de un extraño y la consume, en tanto, María Gracia comparte un cuarto de pastilla de clonazepam con Antonella. Las jóvenes se motivan por un objetivo en específico: ellas dicen que quieren “comerse a alguien”. O mejor dicho, estar toda la noche acompañadas por algún hombre. Con relación a la ketamina, que es utilizada para caballos, Jorge Cienfuegos señala: “hay un nicho bien oscuro en este asunto. Eso es materia específicamente del Servicio Agrícola Ganadero (SAG). Entonces, ahí entramos en la duda, ¿cuál es la capacidad del SAG para regular estos medicamentos? Y si bien, vemos que hay una precaria fiscalización ya de por sí en la venta ilegal de medicamentos, en el caso de la ketamina, es más baja de la que tiene el Instituto de Salud Pública (ISP)". Al ritmo del tech, María Gracia se dirige hacia un baño químico con un tal Benjamín, y Antonella empieza a sentirse afligida porque no encuentra ningún hombre para ella, por lo mismo, quiere conseguir ketamina también. En el otro sector de Santiago, Piero con sus amigos se dirigen a una plaza, en donde todos los chicos están consumiendo jarabe con Fanta o Sprite, mientras que otros jalan tusi. En el hogar de Ethan -una casa vacía, con cajas de remedios por todos lados, y una foto semi quemada de él y su mamá en el living- se encuentra la cocina, que prácticamente es un laboratorio artesanal. Al percatarse de esto, Milán exclama: “la hicimos compañero. De aquí pal mundo. Énfasis”. El resto responde: “Énfasis compañero. Nos vamos a robar el mundo”. Mientras que, en el otro carrete, Elisa se entera de que el hombre con el que bailaba estaba con ella sólo para pasar al salón VIP, lo que la pone muy triste. Al mismo tiempo, Antonella empieza a buscar más droga, ya que no llama la atención de ningún hombre y María Gracia sigue en el baño químico encerrada con Benjamín. Piero sale con sus amigos a la plaza, mostrándose como si fuese el hombre más afortunado del mundo. Entre más eufóricos, más quieren consumir y, a su vez más quieren presumir lo que ellos consideran logros. Milán le muestra una pistola a Ethan. Piero empieza a mostrar sus joyas de 24 quilates a toda la gente que estaba alrededor diciendo “sigiloso como un cocodrilo”, mientras jala tusi sabor frutos del bosque. En el evento tech, la música baja sus revoluciones, pero las reacciones de las tres amigas no. Elisa sigue triste, Antonella se juntó con un hombre de 50 años hasta besarlo con la condición de que le diera más droga, y si bien más tarde dirá que esto la hizo “sentirse mal”, no le importó y siguió consumiendo. Mientras que María Gracia se dio cuenta que Benjamín estaba muy drogado. “No puedo más. Estoy muy empilado”, le dijo él con los ojos completamente perdidos. El after: caer de vuelta a la realidad Ambos eventos terminan y los grupos de amigos se dirigen a sus casas para reflexionar y seguir con la madrugada, pero con ánimos muy distintos. Piero junto a sus amigos se van hacia un recinto en Cerrillos, donde siguen jalando tusi y lo mezclan con Deucotos. Mientras lo hacen, uno de ellos pone “Háblame de plata” de Galee-Galee y Piero 47. “ Somo' ejemplo de superación. Pa' lo' menore' en la población. Vamo' to' pa'rria' menore’ no jalen. Que fumen Maria ”. Milán ve la foto de su hermana pequeña tamaño carnet en su billetera, mira a su alrededor y le dice a Piero: “ Hermano estamos solos ”. Bastián habla sobre su madre y empieza a llorar. La euforia va desapareciendo de sus cuerpos. Piero dice que el único recuerdo familiar que tiene es el de una foto de su tío, que actualmente tiene demencia. Entonces grita: “no hay ningún énfasis acá”. Al otro lado, María Gracia y sus amigas tienen una crisis existencial porque no consiguieron un hombre, por lo que el after, se reduce a compartir un cigarro para pasar las penas mientras miran el cielo a punto de amanecer por la ventana de la pieza. La fiesta terminó. “El Colegio Médico siempre ha defendido el libre ejercicio de la profesión por parte de los especialistas en donde dicen que ellos pueden prescribir lo que ellos estimen conveniente o quieran. El problema de hacer eso es que tienes personas de buena voluntad, o éticamente correctas, y personas éticamente incorrectas. Con estas últimas, no hay ninguna herramienta todavía que puedas identificar que sea procesable o sancionable al respecto, y si existe no se han utilizado, y esa es una de las problemáticas más grandes hoy en día”, dice Jorge Cienfuegos. “Con el consumo, por lo general se buscan dos cosas: el placer y evadir el dolor. Muchas se encuentran reprimidas o la persona no logra expresar, canalizar, o catalizarla de manera adecuada sin el consumo de la sustancia. No saben cómo gestionarlo bien”, agrega el psicólogo Felipe Irusta de EJE.
- Curanderas: sanar al cuerpo en una tierra herida
Miles de familias han sido desplazadas de manera forzada en México por la violencia. Ante la falta de acceso a derechos como la salud, las mujeres desplazadas retoman su conocimiento ancestral para atender dolencias, sustos y partos. Esta es la historia de Nallely, Irma, Concepción y la vida que trajeron juntas. Texto y fotos de Juana García e intervención de Ángel Eduardo. El viento sopla sobre los tendederos provisionales llenos de prendas de varias familias refugiadas, hay algunas camisas de hombre, pantaloncitos desgastados de niños y bebés. Nallely está a unas semanas de parir. No ha tenido dinero para hacer el seguimiento de ultrasonido, tampoco puede salir de Yosoyuxi, donde es acogida, por miedo a las balas. En esta situación, sus únicas aliadas son las curanderas, las hierbas y el temazcal. En el kuaá já , las médicas tradicionales preparan a Nallely antes de parir. Nallely es una mujer delgada, tiene 38 años de edad y cinco hijos : una adolescente y cuatro niños. Ella forma parte de la comunidad triqui de Tierra Blanca que, entre diciembre del 2020 y enero del 2021, tuvo que desplazarse por la amenaza de la violencia: 143 familias, 503 personas dejaron sus casas desde entonces. Ni sus parcelas, ni sus animales han vuelto a ver en cuatro años. La familia de Nallely salió sin rumbo junto a otras decenas de familias, “con lo único que traían puesto, caminando por alrededor de 6 kilómetros hacia Concepción Carrizal y otros a Yosoyuxi”. Ahí fueron acogidas y resguardadas por las autoridades de Yosoyuxi, en una escuela-albergue indígena, mientras que los estudiantes no lo usaban por la pandemia del Covid-19. En agosto del 2023 tuvieron que dejar el espacio cuando los estudiantes volvieron a clases presenciales. Después, cada familia buscó otro destino propio. Muchos se han ido. A inicios de 2021 algunos llegaron a la Ciudad de México a exponer su situación de desplazados por la violencia y se quedaron a vivir. Otros se fueron con sus familiares a otros lugares como la ciudad de Oaxaca, Huajuapan de León, Tlaxiaco, Santiago Juxtlahuaca y a otras comunidades. La familia de Nallely y al menos unas 70 familias permanecen en Yosoyuxi, aunque por la falta de trabajo se ven obligados a migrar por temporadas. El desplazamiento forzado interno que viven las personas como Nallely afecta su vida cotidiana, el acceso a sus derechos como la vivienda, el territorio, la alimentación, la educación y a la protección en la salud y atención médica, entre muchos otros . Por ello, las mujeres han recurrido a sus conocimientos ancestrales sobre las hierbas, remedios y prácticas que le fueron heredadas por sus madres y abuelas, para tratarse y atenderse. La Hierba coyote o yerba amarga, y diversas hierbas se mantienen resguardadas para ser usadas en el momento que se requieran. Concepción e Irma son dos curanderas de Tierra Blanca Copala. Ellas acompañan a Nayelly en su embarazo. Tocan con sus manos el vientre para sentir los latidos del bebé y confirmar si está en una buena posición para nacer. Hablan entre ellas sobre los poderes de las plantas, las que sirven para la placenta, las que calman el dolor de cadera. Concepción tiene 66 años, es una de las curanderas mayores y con mayor experiencia; Irma tiene 34 años de edad, antes de ser desplazada se dedicaba a las labores del hogar, cuidaba sus pollos y a veces curaba, cuando la buscaban. Las hierbas Desde que llegaron a vivir a este lugar las familias han sembrado yerbas varias, entre ellas yerba santa, una planta que se usa en la comida tradicional oaxaqueña, y que también es remedio eficaz para el dolor de estómago y la tos. Basta salir de la cocina para encontrar otras hierbas que las mujeres triquis identifican en su lengua y que usan para el tratamiento de cólicos y malestares, dolores de cabeza y de estómago. Con estas hierbas, las mujeres atienden los dolores de los niños y adultos. Cuando los niños se enferman, Irma busca un pocillo viejo y lo coloca en las brasas para preparar un té. “ Los niños no aguantan lo amargo ”, dice. En cambio, dice con pena y una sonrisa en su rostro, para los adultos “las hierbas amargas se dejan reposar en aguardiente, para luego usarla o tomarla en té”. Para las comunidades indígenas, todas las plantas tienen un uso medicinal. “ Nos curamos con hierbas y tés. Es difícil salir de acá. Nos da miedo ir al municipio porque nos pueden emboscar como ha pasado con otras familias ”, cuenta Nallely, quien no ha salido de Yosoyuxi desde hace cuatro años. Su temor no es infundado, en ese mismo lapso de tiempo, se han documentado al menos cuatro emboscadas sobre la carretera federal Santiago Juxtlahuaca a Putla de Guerrero, donde se ubican las comunidades en conflicto como Tierra Blanca Copala, Yosoyuxi Copala y otros pueblos triquis. Así como Nallely y sus vecinos, hay más de 380 mil personas en situación de desplazamiento forzado en todo México, de acuerdo a las estimaciones de la organización no gubernamental la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) que desde hace algunos años estudia el fenómeno en el territorio. Daniel Márquez, oficial de desplazamiento interno de la CMDPDH, señala que históricamente se ha explicado que el desplazamiento de integrantes de comunidades indígenas sucede por motivos de orden político, conflictos de lindero territorial o por motivos religiosos. Y que en años recientes otras causas han sido “incidencias de autodefensas y de grupos de corte paramilitar y de fuerzas estatales”. Las familias también son desplazadas “por apropiación de territorio o fuego cruzado entre comunidades”, expone. Además de sus derechos, las personas desplazadas perdieron sus formas de vida. Dejaron sus tierras, sus siembras de maíz y cultivo de plátanos, pues la mayoría de las familias se dedicaban al campo, mientras que las mujeres bordaban sus telares y cuidaban sus animales como pollos y puercos. Sin embargo, cada una conserva en su memoria los aprendizajes de las plantas medicinales que heredaron. “Cuando vivía con mi madre, me explicaba sobre cada hierba, para el dolor de estómago o diarrea, hervimos las hojas de la yerba santa o las hojas de la guayaba y nos las tomamos, poco a poco disminuye el dolor”, cuenta Irma, serena y pausada, con intervalos de una respiración profunda, mientras descansa un poco en la puerta de la cocina, es unas de las curanderas más jóvenes que fue expulsada de Tierra Blanca. Curarse de espanto Irma y Concepción también se encargan de curar los espantos. Entre las familias desplazadas los espantos son comunes, por haber atestiguado balaceras, por los momentos de angustia al huir de Tierra Blanca Copala o por la incertidumbre de retornar a su comunidad. Cuando una persona tiene espanto “va a solicitar ayuda especializada fuera del ámbito doméstico y remiten a la cosmovisión compartida por los integrantes de una misma comunidad”, explica la investigadora Céline Marie-Jeanne Demol en su libro Protección y cura: medicina tradicional en comunidades negras de la Costa Chica, Oaxaca . “ Llevamos casi cuatro años de estar encerrados, no salimos por miedo a que nos puedan tocar las balas como a los demás compañeros que los emboscan ”, narra Julia, otra de las mujeres mayores desplazadas que vive en la misma casa que Nallely. Oaxaca ocupa el sexto lugar tanto en número de personas desplazadas como de eventos de desplazamiento masivo de acuerdo a la CMDPDH. Entre 2016 y 2021, la Comisión registró hasta cinco episodios masivos de desplazamiento interno forzado en el estado, en los que se desplazaron entre 300 a mil personas, la mayoría de pueblos indígenas de la región de la Mixteca, que salieron para salvar su vida, dejando atrás sus casas, sus bienes, sus vehículos y sobre todo, su bosque. Caminaron en senderos, unos bajo los pinos, otros bajo los arbustos; sacaron solo lo que les alcanzó en las manos, una muda de ropa y unos zapatos. Otros, sólo unos papeles de identidad y sus hijos bajo los brazos. Según la norma internacional en materia de desplazamiento, los Principios Rectores de los Desplazamientos Internos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), las personas en situación de desplazamiento que estén heridas o enfermas y aquellas que sufran alguna discapacidad recibirán en la mayor medida posible “y con la máxima celeridad, la atención y cuidados médicos que requieren; además, tendrán acceso a los servicios psicológicos y sociales, y se prestará especial atención a las necesidades sanitarias de la mujer, incluido el acceso a los servicios de atención médica para la mujer, en particular los servicios de salud reproductiva”. Para las familias desplazadas, nombrar sus muertos es parte de la sanación. Lo anterior no ha sucedido con las familias desplazadas del municipio de Santiago Juxtlahuaca como Tierra Blanca Copala. Tampoco con las comunidades de San Juan Mixtepec, donde al menos cinco pueblos atraviesan desplazamiento forzado desde hace 14 años, los cuales, ni siquiera están reconocidos ante la Secretaría de Gobernación (Segob). No existen como “desplazados”. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), organismo encargado de vigilar el cumplimiento de derecho de México, investigó el desplazamiento forzado en la comunidad de Tierra Blanca Copala, de donde es Nallely, y publicó, en el año 2021, el expediente 4/2021/9908/Q señala que no hay registro de que “la Secretaría de Salud del Estado de Oaxaca hubiese proporcionado atención médica suficiente a las víctimas de desplazamiento forzado interno”. El Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), el órgano encargado de atender a la población indígena, como Nallely, Irma y Concepción, tiene un fondo para atender el desplazamiento forzado. Entre el 2021 y 2023, señaló haber destinado 400 mil pesos para las familias de Tierra Blanca Copala, pero sólo 34 de ellas recibieron algo de alimentos y productos de higiene personal. Julia, Nallely e Irma narran que para el gobierno de Oaxaca no existen: “Pues vienen las caravanas, en el pueblo de Yosoyuxi, pero no a vernos a nosotras, para el gobierno no existimos”, indican. La salud implica el acceso a alimentos de calidad y las familias desplazadas no la tienen. La especialista en nutrición Gloria Irene Ponce Quezada realizó un diagnóstico nutricional durante el mes de septiembre del 2024 en Yosoyuxi Copala, con las familias desplazadas de Tierra Blanca Copala, como Nallely. “Un dato que hace evidente el problema de malnutrición por el cual está pasando la comunidad es la talla baja. El 63.64% de las y los menores de 19 años evaluados presentaron talla baja o ligeramente baja para la edad, mientras que el 87.5% de las personas adultas tienen talla baja. Lo anterior evidencia que la comunidad tiene desde edades tempranas, deficiencia de macro y micronutrientes lo que se refleja en un retraso o estancamiento en el crecimiento”, indica el estudio de la nutrióloga. El temazcal para sanar el cuerpo Después de darle de comer a sus cuatro hijos y a su esposo Nallely se dirige al kuaá já conocido como baño de vapor o temazcal . El esposo de Irma ayuda a prender el fuego y a calentar las piedras que se usarán para hacer el vapor. Después de tres horas, los leños se consumen y quedan las brasas al rojo vivo. Irma coloca una cubeta de agua adentro y comienza a amarrar ramos de koo ta´a , un árbol nativo del territorio triqui que se usa para sanar las dolencias del cuerpo. El temazcal es una práctica cotidiana para las comunidades triquis y Ñu´u Savi de Oaxaca como parte de su cosmovisión en la medicina. El calor se genera cuando se deja caer una jícara de agua de la cubeta a las brasas y piedras. “Si hay dolor en su cuerpo, sobre todo en la espalda o la cadera por el embarazo, con las ramas se jala el calor hacia esa zona, con la rama se le pega en todo el cuerpo, pero principalmente, donde hay más dolor”, dice Irma, mientras espera ingresar al kuaá já con Nallely. Los niños también entran al temazcal para curarse. . Los conocimientos en la medicina tradicional son generacionales. Para las mujeres indígenas, el temazcal y las hierbas son parte de la cura diaria. Nallely se recoge el cabello y se desviste para absorber el calor de las brasas y piedras. Ingresa al temazcal, algunas veces con Irma, otras acompañada de otras mujeres. En las afueras de una casa prestada ellas recrean, generan un pedacito de lo que fue su hogar, de lo que son sus formas de cuidarse. “ Nos prestan este espacio mientras esperamos poder regresar a nuestro pueblo , aunque lo vemos muy difícil pero no perdemos la esperanza”, comenta doña Julia, quien vive en la misma casa que la familia de Nallely, con dos de sus hijos y su esposo. Concepción usa el temazcal en combinación con las agujas. “Cuando nos duele mucho la cabeza, ella busca donde están las venas y la entierra hasta que salga la sangre, para calmar el dolor. Al siguiente día nos manda al temazcal”, dicen las mujeres que se refugian en Yosoyuxi. Por la mañana del lunes 14 de octubre del 2024 Nallely parió en un hospital a su quinto bebé. Su hijo pesó 2.8 kilos, un número por debajo del peso normal. “Me dijeron que se me había pegado la placenta y no quería salir, además que el bebé no respiraba, pero el parto fue normal y me tuvieron en el hospital durante cinco días. Él está bien”, dice entre risas de desafío y escepticismo. El domingo 20 de octubre Nallely volvió al temazcal. Este útero de fuego, tierra y piedra le ayuda a recuperarse del parto, mientras elige una palabra en su lengua para nombrar a su bebé. ---- Este artículo fue desarrollado durante #CambiaLaHistoria , un proyecto de la DW Akademia y Alharaca
- Parteras: alumbrar vidas en medio de la oscuridad
En los lugares más alejados y recónditos donde las mujeres empobrecidas y racializadas mueren dando a luz, el saber ancestral de las parteras resulta decisivo entre la vida y la muerte. Visitamos cinco municipios en el departamento de Chocó, Colombia, y pudimos evidenciar no solo la complejidad de esta práctica, sino su importancia para la dignidad de las mujeres gestantes y sus hijas e hijos. Texto y fotos de Daniela Díaz Entre las sombras de la madrugada y a hurtadillas, una niña de ocho años decidió averiguar por qué su abuela se levantaba, a cualquier hora de la noche, para recibir a mujeres que llegaban afanosas en su búsqueda. El día en que la curiosidad venció a la pequeña, descubrió algo que marcaría su destino: en medio de la sala de su casa, vio a una mujer sudorosa que gritaba mientras daba a luz, guiada por su abuela, una partera reconocida en Lloró, Chocó. Ese fue el primer nacimiento que presenció María Visitación (hoy 63 años). Y ahora, 48 años después desde que decidió seguir el camino de sus ancestras, ya ha atendido más de 500 partos. Con el pecho en alto, orgullosa, cuenta que ningún bebé ni madre se han muerto en sus manos. Por el contrario, ella y las miles de mujeres que han heredado esta práctica se han convertido en enlaces locales claves para evitar la muerte de las mujeres gestantes en los lugares más recónditos del país. Su presencia ha resultado decisiva para prevenir la mortalidad materna y neonatales en Colombia, el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con mayores índices en toda la región. Maria Visitación ha traído al mundo a más de 500 niños. "La partería nace del corazón. Siento que lo llevo en la sangre y mi deber es enseñárselo a las mías. No hay nada más lindo en el mundo que recibir una criatura… secarlos, limpiarlos”, dice Aleida, partera hace casi 40 años. Como si las comadres —otra forma de referirse a las parteras— tuvieran un magnetismo especial suelen estar rodeadas de niños y niñas, la mayoría, a quienes ellas mismas han alumbrado, es decir a quienes han asistido en su nacimiento. Además de sus hijos y nietos consanguíneos, estas mujeres tienen enormes familias extendidas en las que han recibido hasta tres generaciones. Esa es la historia de Aleída (57 años), una mujer robusta, amable. Ofrece esta entrevista mientras cuida a sus nietos, a quienes también alumbró: uno hace ocho meses, la otra hace 3 años. También trajo a la vida a otros vecinitos que juegan afuera de su casa en Condoto, a cuatro horas de Quibdó, capital del Chocó. “La partería nace del corazón. Siento que lo llevo en la sangre y mi deber es enseñárselo a las mías. No hay nada más lindo en el mundo que recibir una criatura… secarlos, limpiarlos”, señala con convicción, luego de 37 años de ser partera. La práctica del comadreo es tan antigua como los mismos embarazos, una labor que ha sobrevivido en el tiempo gracias a la tradición oral. En el Chocó, el departamento con mayor proporción de nacimientos atendidos por parteras —un 28,09% del total en 2021, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE)— hasta el alcalde del Cantón de San Pablo, donde vive otro partero, Alci Efrén Hurtado (60 años), fue alumbrado por una partera. El día que este medio visita a Alci, un líder de los parteros en la zona, la temperatura llegaba a los 36 grados y, al menos en el casco urbano, no había electricidad. Para nadie en ese municipio parecía ser una novedad. Esa desconexión eléctrica es una de las razones por la que el centro de salud no presta sus servicios permanentemente, y si una parturienta, como llaman a las mujeres gestantes, iniciara su labor de dar a luz este día, tendría que ser atendida por un partero o ser remitida hasta Istmina, a un poco más de una hora por una vía a medio asfaltar. Esa sería la opción siempre que no haya ninguna complicación que implique un riesgo para la madre o el feto; de lo contrario, tendría que ser redirigida a 60 kilómetros, hasta la capital Quibdó, al Hospital San Francisco, un centro de segundo nivel de complejidad. El único hospital de este nivel en todo el Chocó, una región con más de 600.000 habitantes. Esto, pese a que hace cuatro años ese hospital está intervenido por la Superintendencia de Salud a causa de déficit en atención, medicamentos y una honda crisis financiera. En el caso particular del Chocó, su ubicación geográfica atravesada por varios ríos y una ínfima inversión para el desarrollo vial, ha dejado muchas zonas con accesos remotos. Al norte y al sur, los ríos Baudó y Atrato funcionan como únicas vías de entrada y salida. Y en los municipios con acceso terrestre, también hay numerosas comunidades lejanas y dispersas. Alci menciona la zona rural del municipio del Cantón de San Pablo, donde viven mayoritariamente pueblos indígenas emberá que pueden estar a tres o cuatro días caminando selva adentro. En ambas situaciones, las parteras y los curanderos tradicionales son la única presencia médica. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un mínimo de 23 médicos por cada 10.000 habitantes, en regiones como el Alto y Medio Baudó hay solo cinco médicos para casi 30. 000 personas, de acuerdo con datos recolectados por Médicos Sin Fronteras. A la carrera de obstáculos se suma un problema aún mayor: la reconfiguración del conflicto en Colombia. Los dos principales grupos ilegales que operan en el departamento, la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el grupo narcoparamilitar del Clan del Golfo, han impuesto una misma estrategia de control territorial: prohibir a las comunidades andar río abajo en horas de la noche. Hay horarios demarcados y motivos específicos para poder moverse. Eso únicamente en caso de poder salir, ya que, como lo ha advertido la Defensoría del Pueblo , este departamento representa el 79 % de los confinamientos forzados en el país. Para las mujeres que gestan en medio de desplazamientos y confinamientos forzados, enfrentamientos entre grupos ilegales y negligencia estatal las parteras de sus comunidades pueden representar la diferencia entre vivir o morir. Esa presencia tan significativa les ha traído tanto satisfacciones personales como amenazas y extorsiones de diferentes grupos ilegales, intimidaciones por parte de las bandas de delincuencia común y hasta extorsiones del Clan del Golfo, la estructura criminal más grande del país. Así lo cuenta como susurrando una de parteras, quien tiene más de 70 años y ha tenido que ceder ante las presiones de los ilegales. — ¿Tiene miedo?— Ya hemos entregado mucho. Si me toca irme a la tierra, lo hago. Alguien tiene que romper esas cadenas que hemos tenido las parteras. Esa visión de la juntanza y el trabajo colectivo ha sido su forma de resistir y de que su labor perviva. María Visitación, Aleida y Alci hacen parte de ASOREDIPAR-Chocó, una asociación interétnica de parteros que ya suma más de 1.000 integrantes. La necesidad de agruparse inició hace nueve años en cabeza de Manuela Mosquera, quien ha liderado el proceso de consolidación de esta red que a su vez sembró la semilla para el nacimiento de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico. Manuela declara que la idea de formar una red surgió porque ella, comadre, veía con preocupación como las parteras pasaban décadas prestando un servicio comunitario y al final, terminaban sus días en la precariedad y sin ningún tipo de apoyo gubernamental. La mayoría de las comadres de la asociación no dimensionaban el impacto de la partería en la salud pública y en la garantía de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, en especial, las más pobres y las racializadas. De acuerdo con un informe del Instituto Nacional de Salud de Colombia (INS), la mayoría de víctimas de muertes maternas en Colombia tienen dos características particulares: son mujeres con pertenencia étnica: afrodescendientes o indígenas y de clase social baja. Nadie debería morir dando vida Ya casi era la media noche en Condoto y mientras Aleída lavaba los platos, irrumpió en su casa una gestante urgida. Dejó los trastes, corrió, tomó su kit, y le preguntó: “¿Qué sientes? ¿Tienes visión borrosa? ¿Escuchas zumbidos?”. Le tomó la presión, le hizo un tacto. Recuerda que, tras examinarla, supo que algo no andaba bien y que la atención en su casa no sería suficiente. Llamó a una ambulancia y se subió al carro con la mujer camino a Quibdó, donde la parturienta logró dar a luz sin arriesgar su vida. Un hecho similar vivió María Visitación en su casa en Yuto. En un pequeño cuarto contiguo a la sala, donde tiene una maleta preparada para cualquier urgencia, una materna le pidió atender su alumbramiento. María Visitación la revisó de arriba abajo y luego se negó. Fue tras examinar que determinó que el feto era tan grande que la mujer necesitaría una cesárea y debía hacerse en un centro médico. La parturienta, fiada plenamente en su palabra, se dirigió al hospital y como lo había advertido la partera tuvo que someterse a una cesárea. “ Nosotras sabemos hasta qué punto podemos llegar y hasta donde va nuestro trabajo. Hemos aprendido a identificar riesgos a tiempo ”, reflexiona María Visitación. En esa confianza y primer enlace con sus las comunidades radica el valor transcendental que tiene la partería para mitigar la mortalidad materna. El INS ha señalado que dos de las principales causas asociadas a las muertes maternas son el trastorno hipertensivo y hemorragia obstétrica, ambos prevenibles y tratables. Recientemente, hubo un momento cúspide para el reconocimiento de esta práctica, pues finalmente tras décadas de invisibilización, la importancia de la partería tradicional volvió al debate público. Durante la pandemia por COVID-19 la tasa de mortalidad materna se disparó en el mundo, y Colombia no fue la excepción. Las embarazadas evitaban ir a un hospital o simplemente no podían salir de su comunidad producto de la crisis sociosanitaria. A quienes acudían por cercanía y familiaridad eran a las comadres. Eso empezaron a notarlo algunos organismos de ayuda humanitaria en el Chocó. Incluso mucho antes que el mismo Estado colombiano que aún no logra garantizar plenamente los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres; ni tampoco ha podido garantizar el acceso total de los pueblos étnicos a la salud. En medio de la pandemia, estas oenegés decidieron apoyar esta labor. De esa forma arrancó en 2020 el programa “ Partera Vital” del Fondo de Poblaciones de las Naciones Unidas (UNFPA). Durante cuatro años se han enfocado en fortalecer la práctica de las comadres formándolas en diversas áreas de la medicina y suministrando kits básicos. “Apoyar la partería tradicional étnica es una de las estrategias más eficientes para reducir la mortalidad materna”, destaca Luis Mora, representante de la UNFPA en Colombia. Añade que esto ya ha sido probado por años en otras regiones del mundo como África Occidental. El programa ha tenido tan buenos resultados que se busca replicarse en otros departamentos con altas tasas de mortalidad materna como La Guajira y Nariño. “Nadie debería morir dando vida”, sentencia el hombre.Ante la desidia estatal y gracias a la interlocución de ASOREDIPAR, al impulso de la partería tradicional en Colombia se han ido sumando otros aliados claves como la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Esas alianzas les han ido dotando de elementos básicos como tensiómetros o pantalones médicos antishock —necesarios en el manejo de la hemorragia postparto—. Las parteras señalan que por muchos años adquirir algunos equipos resultaba económicamente imposible para ellas. La lucha por un trabajo digno Mujeres que pasaron décadas alumbrando a otros ahora viven sus últimos días en la oscuridad. O lejos de sus comunidades y familias extendidas. Así ha sido la trágica realidad para varias parteras —mujeres de más de 70 años— quienes al llegar a la vejez sufren de ceguera y otros males propios de décadas de trabajo en la precariedad, como lo recuerdan las hijas y nietas que heredaron sus saberes. Los malestares físicos empeoran ante la situación de empobrecimiento en la que viven la mayoría de las parteras de la tercera edad que ni en sus sueños más locos contemplaron una pensión ante años de esfuerzo físico y aporte comunitario . A ello se suma la violencia en sus territorios, donde producto de esa precarización y el conflicto armado salen huyendo. Ese es el caso de Petrona Mosquera, quien salió huyendo hace dos décadas de su natal Chocó y se ubicó en las periferias de Bogotá, en Ciudad Bolívar. Aun en medio del exilio Mosquera quería mantener viva la práctica de la partería . Con esa decisión en mente, en los últimos años se ha dispuesto a mantener viva esa práctica. Atiende en su casa, o en las salas de sus vecinas en el barrio, a mujeres racializadas y desplazadas por la violencia que siguen buscándola por sus saberes y porque muchas tampoco cuentan con un servicio médico en la capital. Mosquera no es la única, pero sí la líder de Las Comadres, un grupo de mujeres que se agruparon, entre otras, para mantener viva esa labor tras salir expulsadas de su tierra. Ninguna de la docena de parteras entrevistadas había concebido su labor como un trabajo remunerado, más bien para ellas ha sido un servicio que estaban destinadas a prestar en sus comunidades. Cuando deciden cobrar no suelen tener tarifas fijas, sino que depende de la capacidad económica de las mujeres que atienden, las cuales viven en su misma vulnerabilidad. Por atender un parto pueden recibir desde 5 dólares (20.000 COP) o 25 USD (100.000 COP) en los mejores y más excepcionales casos. trona Mosquera salió huyendo hace dos décadas de su natal Chocó y se ubicó en las periferias de Bogotá, en Ciudad Bolívar. Aun en medio del exilio Mosquera quería mantener viva la práctica de la partería. “La partería nace del corazón. Pero vivir de esto es difícil, no tenemos apoyo y nosotras no podemos abandonar a una parturienta que nos necesita, no la podemos dejar morir”, asegura Aleída. Frente a su casa hay un letrero donde anuncia que toma la tensión por 2.000 pesos colombianos (aproximadamente 50 centavos de dólar). Esa es apenas una de sus muchas formas de rebusque diario. Cuando el río Condoto crece se va a buscar pescado para vender, o vive de lo que le pagan para hacer bebidas medicinales con plantas. Con la intención de evitar que una tradición tan significativa desaparezca o se convierta en un mandato de pobreza para quienes la practican, hace dos años ASOREDIPAR en conjunto con Ilex, una firma de abogadas afrodescendientes, instauraron una acción de tutela que resultó en un falló histórico: la sentencia T-128 del 2022. En ella, la Corte Constitucional le ordena al Ministerio de Salud integrar a las parteras al Sistema General de Seguridad Social. La decisión fue el primer paso para caminar hacia la dignificación de ese trabajo de cuidado, pues desde allí ha sido una odisea lograr que lo consignado en el fallo se materialice en la vida de las parteras. De acuerdo con Audrey Mena, subdirectora de Ilex, la decisión tiene implicaciones en muchos niveles, pero principalmente cuando se trata de una garantía real de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres rurales, las afro e indígenas. “Desafía las estructuras de exclusión, pero también muestra la resistencia que han venido haciendo ellas para que se reconozca su rol como agentes comunitarios de la salud. Para mí se configura como un escenario de lucha contra la discriminación racial, de género, de clase”, afirma Mena. Durante la pandemia por COVID-19 la tasa de mortalidad materna se disparó en el mundo, y Colombia no fue la excepción. Las embarazadas evitaban ir a un hospital o simplemente no podían salir de su comunidad producto de las crisis sociosanitaria. A quienes acudían por cercanía y familiaridad eran a las comadres. El mismo año de este fallo, el Congreso de la República aprobó la Ley de parto digno, humanizado y respetado, otro logro histórico para las personas gestantes en el país que luchan día a día contra la violencia obstétrica. En el artículo 11 de la ley, precisamente, hay un espacio dedicado a la partería tradicional y a la obligación del Estado que se compromete a promover la capacitación de las parteras y apoyar su formación. Con ambas decisiones, Colombia se convierte en vanguardia legal y jurisprudencial. Sin embargo, los marcos legales no resuelven los problemas estructurales. El obstáculo más grande es otro: trascender lo simbólico para convertirlo en una realidad material. Mientras se hacía este reportaje, en el Alto Baudó murió otra una materna por hemorragia postparto, un antecedente que ya tenía de embarazos previos, pero que de tener acceso fácil a controles prenatales en su comunidad en el río Dubaza, se hubiese podido evitar. Ella fue apenas una de las 161 que murieron solo la primera semana de octubre. En Colombia, a diario siguen muriendo mujeres negras, indígenas, pobres, mientras el Estado colombiano avanza a un ritmo tardío y deja las soluciones en manos de la cooperación internacional. Esa batalla se la han echado al hombro las abogadas afro y las parteras, quienes buscan conciliar las visiones médicas occidentales, la burocracia estatal y las necesidades territoriales. Pero las dilaciones en los escritorios de las grandes ciudades siguen sin cobrar sentido para María Visitación, Aleída, y Alci, quienes reclaman lo mínimo: seguridad social para seguir dando y protegiendo vidas en condiciones dignas. Enfatizan en que su afán no es entrar en disputa con los médicos rurales que atienden en los centros de salud de sus municipios, por el contrario, todos coinciden en que lograr una articulación ampliaría el impacto de su oficio. “Lo que no sabe el médico occidental, lo sabe el ancestral, por eso hay que trabajar de la mano”, reitera Aleída. De hecho, así lo ha hecho Alci, quien ya ha buscado establecer diálogo y alianzas con el médico del Cantón de San Pablo, lo que derivó en que ya han atendido partos juntos. Si bien las necesidades de las parteras tienen un componente económico, no es el único ni el más central para ellas. Sus sueños son más grandes, son colectivos, son comunitarios. En todos los municipios del Chocó donde hay parteras el anhelo de sus parteras es el mismo: su propio nicho, como le llaman a los consultorios de partería. Anhelan que en cada municipio del Chocó exista una “Casa de la Partería” donde los cuidados sean el centro de la atención sanitaria, donde pueda converger la medicina ancestral y la medicina occidental. “No queremos llevarnos estos conocimientos a la tierra. Quisiéramos transmitirlos, que podamos capacitarnos unas a las otras”, apunta María Visitación sobre sus planes en un nicho. Insiste en que sus saberes no se pueden perder, por eso ha estado transmitiéndoselo a dos de sus hijas. “Ángeles que van pal’, ángeles que van pal’ cielo dénmele un saludo a dios, que me guarde mi cupito para cuando vaya yo”, canta Petrona, Yolanda la sigue. Fidelino y Aleída continúan los cantos mientras baila, y ella sostiene una caja blanca que antes estaba en un altar lleno de flores. De esa forma despiden las parteras y las comunidades afro a los recién nacidos que mueren tras el parto: en un Gualí. Ese acto fúnebre no solo tiene un componente de tradición, sino también de gestión del duelo para las recién paridas que, por diferentes circunstancias, pierden a sus hijos. Así lo cuenta Yolanda, otra partera. En la cultura chocoana y afro pacífico la pérdida de un recién nacido no se conmemora igual que la de un adulto, sino que los alabaos’ tienen un tono festivo en honor a un alma pura que va al cielo. En el ritual no solo participa la familia, sino que toda la comunidad canta, rodea y apoya a la madre. Las comadres son expertas también en ese tipo de ceremonias. Su acompañamiento es fundamental para la salud mental de las madres en estos casos. Ellas preparan detalle a detalle, conocen qué plantas y flores usar para el ritual. Se convierten en un sostén emocional para las familias. Para las comadres la visión de la salud es holística, no solo se trata del bienestar físico. De nuevo, su presencia se vuelve determinante para el bienestar de las comunidades donde habitan, en el nacimiento y en la muerte. Quizá por ello se resisten a irse, a rendirse, a ceder ante la precariedad de su labor o ante el miedo. Se saben acompañadas por una red extensa de cientos de niños y niñas que han recibido sus manos y miles de madres que pueden contarlo gracias a ellas, las guardianas de la vida: las parteras tradicionales. ---- Este artículo fue desarrollado durante #CambiaLaHistoria , un proyecto de la DW Akademia y Alharaca
- Sí, el 2024 fue QUILTRA
Somos un medio joven e independiente: eso traduce en un montón de obstáculos, pero también de oportunidades. Por eso, creemos que el 2024 fue un año inspirador. Encontramos en nuestros colaboradores historias frescas, respetuosas y humanas, que a través del periodismo narrativo nos acercaron a nuestros seguidores. Los reconocimientos se tradujeron en una comunidad amorosa y en ser los finalistas del Premio Periodismo de Excelencia y el Premio Pobre Que No Cambia de Mirada ¡Gracias por formar parte de esta aventura! <3 Te dejamos un Quiltra Wrapped del año que se va. ¡NOS VEMOS ESTE 2025 CON MÁS!
- Huérfanos de Estado: hij@s de víctimas de feminicidio en Yucatán
En los últimos seis años, en Yucatán al menos 37 niñas, niños y adolescentes quedaron en orfandad por feminicidio: perdieron a sus madres por la violencia de género. Parecieran estar en el limbo, pues las acciones del Estado se centran en capturar a los feminicidas. ¿Qué ha ocurrido con ellas y ellos? ¿Cómo han logrado ejercer sus derechos después de ver truncadas sus vidas de manera tan violenta? Ilustraciones: Eloísa Casanova Los nombres fueron cambiados para resguardar la integridad de las fuentes* David juega con uno de sus primos. De pronto se detiene para señalar una fotografía colgada en la pared, es la imagen de una joven con el largo cabello oscuro sobre los hombros, que mira a la cámara con labial reluciente y media sonrisa en la cara. “ Es mi mamá, toda bonita ”, le dice. Según su abuela, Amaranta, desde que David era un bebé observaba el retrato y fue hasta que cumplió cinco años que le preguntó qué le había pasado. Ella solo contestó que Ivana, su mamá, había dejado de vivir cuando él tenía 10 meses de edad. No entró en detalles: solo le dijo que un día -en diciembre de 2017- salió de casa y no regresó. Ivana fue víctima de feminicidio cuando tenía 20 años, a manos de la pareja de una de sus amigas. Amaranta se volvió el único sustento de su nieto: el padre del niño tiene una adicción a sustancias estupefacientes y no reconoció legalmente a David ni se hizo responsable de él más que un par de meses. “David decía que tenía tres mamás: mi mamá -es decir la bisabuela de David-, Ivana y yo. Dos de ellas ya murieron. Solo quedo yo. Y un día me preguntó ‘el día que llegues a morir, ¿quién me va a cuidar?’ Me puse a llorar”, cuenta Amaranta. Lo que ella gana vendiendo elotes y dulces, la despensa mensual que les brinda el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF Yucatán), el cuartito que les construyeron autoridades estatales y la beca escolar de 800 pesos mensuales que el Gobierno local le da a David, no cubren todos los gastos y necesidades del niño. Aunque la sentencia por el feminicidio impuso al responsable el pago de un monto económico como reparación del daño, a la fecha David no ha recibido el dinero. Apenas en 2023 la Comisión Estatal de Atención a Víctimas (CEAV), le dio una parte de la cifra “como una compensación”, a pesar de que Amaranta había solicitado el pago desde el primer momento. Si bien está acostumbrada a cuidar a David, le resulta pesada la parte económica. El estrés ya le pasa factura: hace cinco años le diagnosticaron diabetes. Ya se le empezaron a caer sus dientes y tiene altos los triglicéridos. Ella atribuye su enfermedad al impacto del feminicidio de Ivana, su hija. Tres años después de los hechos violentos, abuela y nieto ingresaron al Registro Estatal de Víctimas. Pero no han visto ningún beneficio como parte de ese proceso: Amaranta acudió a terapia en un recinto del DIF, pero no terminó el tratamiento de 10 sesiones, pues debía cuidar a David. No ha sido fácil para ella procesar todo lo que le ocurrió a su familia. “Fue un proceso bien difícil…estar bien, como estaba antes, está difícil… es algo que nunca se olvida”, afirma. Ilustraciones de Eloisa Casanova. La historia de David y Amaranta no es la única. Tan solo de enero de 2018 a marzo de 2024, en Yucatán al menos 37 niñas, niños y adolescentes quedaron en orfandad por feminicidio. Y especialistas han identificado patrones que apuntan a que esas hijas e hijos quedan en el limbo, pues no es prioridad del Estado restituir los derechos de quienes son víctimas indirectas de la violencia de género. DUELOS, BUROCRACIA E INCERTIDUMBRE Las hijas e hijos de víctimas de feminicidio no solo enfrentan el dolor de la pérdida de sus madres. Si no cuentan con una red familiar sólida, son enviados a alguna institución de asistencia social. Actualmente en Yucatán hay una niña de 6 años y un niño de 12 en un Centro de Asistencia Social del Estado en esta condición, de acuerdo con la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes de Yucatán (Prodennay). Si bien esta acción en ocasiones es necesaria, lo cierto es que en esos sitios también se presenta violencia . En otros casos, las abuelas maternas asumen los cuidados. No tienen el camino fácil: de acuerdo con la antropóloga especialista en género Perla Fragoso, los efectos del estrés son tales que en 20% de los casos que estudió en Chiapas y Yucatán, las abuelas murieron poco después del delito por secuelas de padecimientos adquiridos por la desgastante búsqueda de justicia. Es decir, de 15 historias que revisó en tres de ellas las mujeres murieron entre dos y tres años después del feminicidio de sus hijas, una por diabetes y otras dos no fueron diagnosticadas, “se fueron enfermando de tristeza” . Y es que además de llevar su propio duelo, la mayoría trunca su plan de vejez para mantener a sus nietas o nietos y empujar procesos jurídicos para restituir sus derechos. El víacrucis lo ejemplifica Ligia Canto, quien luchó durante cuatro años para obtener la patria potestad de sus tres nietas y su nieto tras el asesinato de su hija Gabriela Molina, perpetrado en marzo de 2017 por Martín Medina, el padre de las niñas y el niño. Ligia Canto ha participado en incontables protestas para exigir justicia por su hija Gaby y sus “leoncitos”, como apoda cariñosamente a sus tres nietas y a su nieto. Fotografía de Lilia Balam Esto pese a que Medina fue privado de la libertad por lavado de dinero, se comprobó que denunció a Gaby por delitos falsos para quitarle a sus hijas e hijos y había una resolución de 2016 que le quitaba la patria potestad, así como una sentencia de incumplimiento de pensión alimenticia y la sentencia del feminicidio. “Hice circo, maroma y teatro, saqué agua de las piedras para obtener la guarda y custodia”, sostiene Ligia. Apenas el 31 de julio de este año se reformó el Código de Familia de Yucatán para que a las personas vinculadas a proceso por el delito de feminicidio se les suspenda la patria potestad y a las sentenciadas por feminicidio se las revoquen por completo. Muchas familias desconocen que no contar con la patria potestad obstaculiza otros procedimientos, como la obtención de un pasaporte, una herencia o el acceso a servicios de salud. “Las familias lo ignoran, la autoridad no les dice y eso se convierte en pretexto para no darles la atención que requieren”, apunta Fragoso. Eso ocurrió con la familia de Sulema, víctima de feminicidio a manos de quien era su pareja y padre de sus hijas e hijo en marzo de 2020, al inicio de la pandemia de Covid-19 y después de un largo historial de violencia. La entonces Procuraduría de la Defensa del Menor y la Familia (hoy Prodennay), otorgó el resguardo temporal de la adolescente, dos niñas y el niño a su tío materno Josué y a la esposa de este, Viridiana. Cuando dictaron la sentencia, una abogada indicó a Josué y Viridiana que debían demandar para obtener la guarda y custodia y reclamar el pago de reparación del daño. Pero ellos no tenían tiempo ni recursos para hacer el trámite. Las autoridades tampoco facilitaron el procedimiento. Además, la abuela paterna quería convivir con sus nietas y nieto, quienes la extrañaban también porque crecieron con ella. Esto generó conflictos en las familias. Los hermanos se quedaron con los tíos maternos y tres años después se fueron a vivir con la abuela paterna, quien desde entonces les brinda apoyo económico. A la fecha los hijos de Sulema no han recibido la reparación del daño. Ilustración de Eloisa Casanova La violencia de un feminicidio impacta profundamente a niñas y niños y si atestiguaron el delito o vivieron durante años en contextos violentos, la situación se agrava, de acuerdo con Sandra Soto, fundadora de la organización “Huérfanos por feminicidio en México”. Pueden presentar pesadillas, incontinencia, volverse más introvertidos o tener episodios de tristeza o ira. También enfrentan el estigma de sobrevivir a un incidente altamente violento, lo cual puede desembocar en deserción escolar. “La falta de certeza jurídica, de saber quién fue la persona responsable y si está cumpliendo una pena, enrarece las dinámicas familiares. Esa presencia de algo violento puede no ser comprendido ni bien acompañado en contextos escolares y terminar en un señalamiento”, indica Tania Ramírez, directora ejecutiva de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM). A menudo las madres son las únicas o las principales responsables económicas de niñas, niños y adolescentes, por lo cual el feminicidio implica además, la pérdida de ingresos, generando carencia material, según datos de Ramírez. De acuerdo con las especialistas y defensoras de derechos humanos entrevistadas, la Ley General de Víctimas y su equivalente estatal, establecen que se deben facilitar procesos educativos, médicos, psicológicos y jurídicos para garantizar la estabilidad de las víctimas indirectas. En casos de feminicidio, estas necesidades deben ser atendidas según el Protocolo Nacional de Atención Integral a Niñas, Niños y Adolescentes en condición de orfandad por feminicidio, que entró en vigor en agosto de 2021. Pero en la práctica esto no se garantiza del todo. A las hijas e hijo de Sulema les asignaron becas escolares bimestrales, pero tardaron más de un año en darles el dinero. También les ofrecieron despensas, pero Josué y Viridiana no las tramitaron porque para ello debían trasladarse a puntos de la ciudad alejados de su hogar. Los llevaron a cinco sesiones de terapia que les brindaron, pero no lo consideraron suficiente: la hija mayor tiene dificultades de aprendizaje y llora al recordar a su mamá. El varón, al igual que sus hermanas dejó la escuela. Se enoja con facilidad, lo cual Viridiana atribuye a un proceso de duelo. Les ofrecieron llevarles de nuevo a terapia, pero rechazaron acudir. Solo la hija menor sigue estudiando con ayuda de la beca. Josué y Viridiana desconocen si alguna de las hijas o el hijo de Sulema están en el Registro Estatal de Víctimas: antes de la entrevista, no habían oído hablar de él. A las nietas y nieto de Ligia Canto, madre de Gabriela asesinada en 2017, la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), les envió una psicóloga desde la Ciudad de México, quien insistió en hablar del asesinato. Eso les conmocionó y Ligia decidió interrumpir las sesiones. Previo al feminicidio, recibían atención médica de especialistas en alergias y odontología y participaban en actividades extraescolares. Ligia solicitó a la CEAV apoyo para que siguieran su vida lo más apegada a la rutina que tenían, pero no lo obtuvo, desistió por lo complicado de los trámites. Algunos de los problemas de salud de sus nietas y nieto cedieron, pero otros están en suspenso por falta de recursos. La mayor debió someterse a cirugía desde hace dos años, pero no ha podido por la carencia de dinero. A la fecha no han recibido el pago de la reparación del daño. A Ligia no le han informado cuándo les otorgarán los recursos. Ella no busca que el gobierno les mantenga: solo quiere que cumpla sus responsabilidades con sus nietas y nietos quienes son, insiste, “huérfanos del Estado”. Las especialistas consultadas para este reportaje coinciden: realizar un censo es el primer paso para que el Estado restituya los derechos de niñas, niños y adolescentes en condición de orfandad por feminicidio, pues a la fecha no se sabe cuántos se encuentran en esta situación en el país ni cuáles son sus condiciones de vida. Con eso se podrían construir canales apropiados para informar sobre los servicios de atención y protección de derechos. La omisión de cuidados adecuados puede generar vulneraciones consecutivas a sus derechos, quebrantar su desarrollo emocional, psicológico e incluso su trayectoria educativa: si faltan los ingresos mínimos para garantizar su subsistencia, podrían verse obligados a ingresar prematuramente al mundo laboral, de acuerdo con la directora de REDIM. ANTE LA OMISIÓN DEL ESTADO, LA ORGANIZACIÓN COMUNITARIA Si bien garantizar los derechos de niñas, niños y adolescentes es tarea del Estado, la Ley General de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, precisa que a toda la sociedad le toca su cuidado y atención. Tras el feminicidio de su hermana Serymar Soto en enero de 2017, Sandra notó que ninguna autoridad se preocupó por su sobrino, Romeo, de entonces tres años y medio. Abogada de profesión, investigó y encontró que las hijas e hijos de otras víctimas estaban invisibilizados, como si sus derechos “estuvieran en la basura”. Abrió una página en Facebook para buscar al asesino de su hermana y comenzó a recibir solicitudes de ayuda de otras víctimas indirectas de feminicidio de su natal Coahuila y otras partes del país. Así surgió la organización “Huérfanos por feminicidio en México”, que en 2018 presentó una queja ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) para exigir la reparación del daño a 18 hijas e hijos de víctimas de feminicidio. El organismo recomendó al Gobierno de Coahuila crear un programa para resarcir los derechos de la orfandad por feminicidio, acción que se ejecutó ese mismo año. Aunque se le solicitó pagar 6 mil pesos mensuales a cada hija o hijo de una mujer asesinada, la autoridad estatal sólo aprobó el pago de 4 mil pesos bimestrales. Además los apoyos que brindan las autoridades no son adecuados para las infancias y adolescencias afectadas. Con todo, sólo Coahuila y el Estado de México tienen programas de esa naturaleza. Además el movimiento logró poner el tema en agenda: en 2020, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), el Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna), y el de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), presentaron el Protocolo de Atención Integral a Niñas, Niños y Adolescentes en condición de Orfandad por Feminicidio. Fue publicado en el Diario Oficial de la Federación hasta agosto de 2021. Las dependencias informaron que solamente entre enero y diciembre de 2019 se registraron 796 casos de niñas, niños y adolescentes en condición de orfandad en 26 entidades. Las integrantes de la organización no se conformaron: reclamaron que el protocolo no contaba con recursos y sólo estaba en papel, además que nadie preguntó a las afectadas qué necesitaban para hacerlo funcional. Desde entonces, ninguna autoridad volvió a tocar el tema. “Seguimos en las mismas”, asegura Sandra. En los últimos años, la sociedad yucateca ha prestado particular atención a los casos de feminicidio. En Yucatán se organizaron de otras formas. La familia de Josué y Viridiana se turnó el cuidado de las hijas e hijos de Sulema cuando la crisis económica de la pandemia de Covid-19 les pegó. Supieron del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, asociación que convocó a donaciones de ropa y muebles. Y sus amistades les apoyaron con otros insumos: por ejemplo, uno de sus amigos les regalaba carne. A Ligia y sus “leoncitos”, como cariñosamente apoda a sus nietas y nieto, les arroparon amistades y organizaciones. Ella dice que también se volvió detective. Hoy recomienda a quienes atraviesan situaciones similares que lean cuidadosamente los documentos relacionados con los procesos jurídicos, para conocer sus derechos y no dejar que se los pisoteen. Amaranta, la madre de Ivana, ha logrado sacar adelante a su nieto David de ahora 7 años. Pero sí considera que las autoridades deberían brindar los recursos suficientes para mantenerlo. Lo único que quiere es lo que su hija también anhelaba: que a su nieto no le falte nada. Sin embargo a David le falta su madre y muchas cosas más. ---- Este artículo fue desarrollado durante #CambiaLaHistoria , un proyecto de la DW Akademia y Alharaca











