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Los rescatistas de la memoria tras el terremoto

18 ago
9 min de lectura

Actualizado: 24 ago


Dos semanas después del terremoto que dejó 153 muertos y provocó el colapso de 325 edificaciones, Cali todavía busca a 34 personas desaparecidas y retira toneladas de escombros. Entre las ruinas, sin embargo, ocurre otro rescate: psicólogos y humanistas voluntarios recuperan fotografías, prendas, juguetes y libros que conservan fragmentos de la vida anterior al desastre. Carlos Andrés Díaz es uno de ellos. Tras acompañar a las familias afectadas, ayudó a organizar las pertenencias encontradas y ahora explica por qué recuperar un objeto también puede ser una forma de proteger la memoria.

En Cali, la catástrofe se mide en cuerpos, edificios y toneladas. Dos semanas después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia, el balance oficial registra 153 personas fallecidas, 1.657 lesionadas, 88 rescatadas y 34 que todavía permanecen desaparecidas. De las 1.412 edificaciones verificadas, 24 presentan colapso total, 301 colapso parcial y 370 daños estructurales. La ciudad ya ha retirado 42.537 toneladas de escombros.


Pero al pie de los edificios derrumbados comenzó a llevarse otra cuenta. No registraba muertos ni estructuras, sino álbumes, camisetas, zapatos y libros que los equipos de rescate encontraban entre los restos de las viviendas. Era el inventario de la vida anterior al terremoto.


Carlos Andrés Díaz trabajó en esa segunda contabilidad. Tiene 35 años, es psicólogo y, durante los días posteriores al desastre, prestó apoyo en el barrio Capri, una de las zonas más golpeadas por los derrumbes. Al comienzo permaneció junto a las familias que esperaban la identificación de sus seres queridos. Mientras los rescatistas buscaban sobrevivientes y recuperaban cuerpos, él y otros profesionales brindaban los primeros auxilios psicológicos.


Después, su tarea cambió. Entre los escombros comenzaron a aparecer fotografías, prendas, juguetes y libros. Los objetos salían en bolsas y costales y, desde el tercer día, los voluntarios comenzaron a extenderlos sobre el suelo, detrás de una cinta de seguridad, para que sus dueños pudieran reconocerlos. Cada retiro quedaba registrado en una planilla.


En una de esas anotaciones, el hallazgo ocupaba una sola línea: una mujer había retirado un álbum de fotografías. Nada más. El registro no consignaba que tenía más de sesenta años ni que, entre esas páginas, aparecían su hija creciendo, los cumpleaños familiares, los paseos y el rostro de su exesposo, muerto muchos años atrás.


La mujer recorrió la hilera de pertenencias hasta que reconoció el álbum. Su hija había sobrevivido al terremoto, pero aquellas fotografías habían quedado sepultadas junto con uno de los pocos registros que la familia conservaba de aquel hombre. Cuando volvió a tenerlas entre las manos, no recuperó solamente un objeto: volvió a ser dueña de una parte de la vida que existía antes de que la ciudad comenzara a derrumbarse.


Para Carlos Andrés, allí comienza otro rescate, uno que no aparece en los balances oficiales de la tragedia. Los objetos no tienen el mismo valor que una vida, pero guardan las horas de trabajo, los afectos y las historias de quienes habitaron esos edificios. Salvarlos, dice, también significa impedir que el terremoto se lleve la memoria.


***


—Antes que psicólogo voluntario, tú también fuiste uno de los afectados. ¿Dónde estabas cuando comenzó el terremoto?


"Estaba en mi casa. Intenté salir, pero no alcancé: empezaron a caer escombros de las viviendas cercanas y cedieron un par de paredes de la mía. Después intenté comunicarme con mi familia con lo poco que se podía, porque las comunicaciones cayeron en Cali y en varios municipios cercanos.


Al principio pensé que había sido un temblor fuerte, uno más. Pasados los minutos comenzamos a ver las noticias, los edificios afectados y el impacto en otras ciudades del país. Llegó el caos, la gente corriendo, los gritos y el llanto. Con el paso de las horas entendimos la dimensión de lo que había ocurrido".


—¿Cómo llegaste a trabajar con las familias de los edificios derrumbados?


"En los puntos de mayor afectación nos reunimos distintos grupos de psicólogos: clínicos, sociales, organizacionales. Algunos pertenecían a instituciones gubernamentales, pero la mayoría éramos voluntarios. Cada uno puso su granito de arena.


Inicialmente esperábamos junto a las familias el reconocimiento de los cuerpos. Cuando encontraban a una persona, el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) hacía el levantamiento, tomaba fotografías y permitía iniciar la identificación. Los familiares esperaban una imagen o la posibilidad de observar el cuerpo. En ese momento, los equipos psicosociales ofrecíamos la primera atención y acompañábamos el reconocimiento.


Después vimos que había personas que no habían perdido a un familiar, pero habían perdido su hogar. Ellas también estaban expuestas a un dolor muy agudo. Ahí entendimos que encontrar un objeto, por pequeño que fuera, podía sentirse como un bálsamo. Es poco frente a todo lo perdido, pero simbólicamente es muy poderoso".


Fotografías, prendas, zapatos, juguetes y libros recuperados de los edificios colapsados fueron dispuestos detrás de cintas de seguridad para que las familias pudieran reconocerlos y registrar su retiro. - Foto vía X.
Fotografías, prendas, zapatos, juguetes y libros recuperados de los edificios colapsados fueron dispuestos detrás de cintas de seguridad para que las familias pudieran reconocerlos y registrar su retiro. - Foto vía X.

—¿De quién fue la idea de recuperar las pertenencias?


“Surgió del equipo de intervención psicosocial, entre voluntarios y personas vinculadas a la Alcaldía y a otras oficinas gubernamentales. No queríamos ocuparnos solamente de las familias que identificaban los cuerpos rescatados, sino también encontrar elementos con valor emocional: fotografías, prendas que estuvieran en buen estado, juguetes, accesorios.


Los rescatistas comenzaron a acumular esas cosas y, entre varias personas, advertimos que también había que cuidar la historia que permanecía allí. Volver a encontrar un peluche, una fotografía o un accesorio usado por alguien que ya no está puede comenzar a enmendar algo del dolor".


—¿Cómo organizaron los objetos y cómo evitaban que alguien se llevara algo ajeno?


“Desde el primer día comenzaron a rescatarse objetos y a guardarse en bolsas y costales. A partir del tercero empezamos a organizarlos, porque la cantidad era enorme. Los extendimos para que los familiares pudieran recorrer el área y observar qué pertenecía a cada uno. También era una forma de tratar esos objetos con dignidad, por el valor emocional que tenían para las familias.


En Capri y Torres de Limonar, donde estuve prestando apoyo, las administradoras tenían los listados de residentes. Cada persona debía decir su nombre, la familia, la torre y el apartamento. Una vez verificada, podía pasar alrededor de los objetos. Si reconocía algo, se dejaba por escrito: una señora retiró un álbum; otro residente, unos zapatos y algunas camisetas. Hubo intentos de llevarse cosas ajenas, por supuesto. Por eso existían las cintas de seguridad y ese control”.


—En medio de una tragedia con personas desaparecidas y fallecidas, alguien podría preguntar por qué importan tanto los objetos.


“Importan muchísimo. Vi a una joven que había perdido su apartamento y muchos objetos importantes de su vida. Un familiar le decía: ‘Tranquila, mija, al menos usted está con vida’. Y claro que la vida es lo primero, pero hay que recordar que todos los objetos que compramos también los compramos con vida: con nuestra vida laboral, con nuestra vida física, con nuestro tiempo.


Aunque sean reemplazables, representan la vida que dejamos en ellos. Todo eso puede desgarrarse en segundos. Por eso también hay que darle espacio al llanto por la pérdida de un hogar. Era tu lugar seguro, donde descansabas y te recargabas emocionalmente; era una vida que habías construido.


El terremoto te enfrenta contigo mismo y te muestra que lo más importante es quien está a tu lado: tu familia, las personas que amas. Pero regresar y encontrar un objeto pequeño también puede convertirse en un rayo de esperanza. Es una manera de no perder toda la vida que se fue en medio del desastre”.


Para Charly, los objetos no son simples cosas: guardan horas de trabajo, afectos y recuerdos. Recuperarlos significa devolver a las familias una parte de la vida anterior al terremoto - Foto vía X.
Para Charly, los objetos no son simples cosas: guardan horas de trabajo, afectos y recuerdos. Recuperarlos significa devolver a las familias una parte de la vida anterior al terremoto - Foto vía X.

—¿Qué encuentros entre las familias y sus pertenencias te marcaron especialmente?


“Recuerdo a una mujer de unos sesenta y tantos años que encontró un álbum de fotografías de su hija. Ella estaba viva, pero su padre —el exesposo de esta señora— había muerto muchos años antes. En esas páginas estaba la historia completa de la familia: cumpleaños, paseos y situaciones cotidianas.


Cuando la señora encontró el álbum, no se encontró solamente con unas fotografías. Se encontró con la única memoria que conservaba de su esposo fallecido. Ese tipo de situaciones conmueve profundamente porque uno entiende que no es el objeto físico: es toda la historia que revive y que también podría haber muerto.


También llegó una madre con su hijo, estudiante de Medicina. Él logró recuperar uno de sus libros. Contaba que había comprado con mucho esfuerzo sus uniformes y aquellos textos, que son muy costosos. Su vida continuaba, pero el terremoto había puesto en riesgo incluso su proyecto académico. Encontrar ese libro le devolvía una parte de ese esfuerzo”.


—Has hablado de la importancia de los rituales. ¿Qué lugar pueden ocupar estos objetos en el duelo?


“Cuando nos encontramos con una persona amada creamos recuerdos, y esos recuerdos se convierten en nuestra memoria emocional. Un desastre natural arranca a alguien de este plano y muchas veces no permite encontrar el cuerpo ni realizar una despedida digna. Hay familias que reciben el cuerpo después de varios días, cuando ya está deteriorado por su descomposición natural.


En esos casos, los objetos se convierten en un encuentro con quien ya no está. Son un símbolo que vincula la vida y la muerte y permite decir: “Hasta pronto y gracias”. A partir de ahora, los rituales pueden consistir en llevar una fotografía que sobrevivió a una reunión familiar, recordar qué sucedía en ella y compartir esa historia.


En psicoterapia les digo a mis pacientes que, cuando algo duele y uno lo comparte, el dolor se divide entre quienes lo escuchan. Cuando compartimos el amor, el amor se multiplica. Encontrarse con uno de estos objetos crea un ritual en el que el dolor puede compartirse: “¿Te acuerdas de esto que usaba?”, “¿te acuerdas de esta fotografía?”. A veces eso es lo único que queda para empezar a reparar algo".


—¿Por qué tuvieron que suspender la recuperación de pertenencias?


“Entre el quinto y el sexto día, los bomberos recomendaron no seguir trasladando objetos desde las edificaciones caídas hacia el lugar donde habíamos reunido los que salieron primero. Había alimentos descompuestos dentro de los refrigeradores y restos biológicos de los cuerpos. Llevar nuevas pertenencias podía contaminar las que ya estaban expuestas y generar un problema de salud pública.


También existía riesgo de infecciones respiratorias por todo el polvo, tanto el proveniente de los materiales de construcción como el asociado a la materia biológica. Ya no se trataba solamente de rescatar: había que proteger a las familias y a quienes vivían alrededor de las zonas afectadas”.


—En Colombia todavía cuesta hablar de salud mental. ¿Qué cambia después de una tragedia de esta magnitud?


"Ahora el '¿cómo estás?' se vuelve una regla de oro. La cultura latinoamericana nos ha moldeado para decir que estamos bien sin importar cómo nos sintamos, porque responder así permite ser aceptado, validado e integrado. En este momento, decir que no estamos bien también es decirle al otro: 'Entiendo lo que estás pasando y me duele lo que te duele'.


La salud mental se convierte en protagonista porque estas situaciones nos recuerdan que la vida es finita. Hay que amar profundamente, perdonar y agradecer. Ya no puede ser un juego para ver quién resiste más, sino una posibilidad de pedir ayuda. A los colombianos nos han entrenado para no pedirla, pero una circunstancia así nos arrincona y demuestra que la ayuda es necesaria y que nos reparamos entre todos".


También reivindica el diálogo. Le he dicho a mi familia: 'Cada vez que se reúnan, no se cansen de contar qué les pasó y cómo lo vivieron'. Si perdieron a alguien, compártanlo; si hay que ayudar a una persona, háganlo. Ese relato repetido se convierte en el nuevo tejido humano. La salud mental también se repara a través de ese tejido que somos todos".


—Colombia llega a esta tragedia profundamente polarizada. ¿Qué crees que puede dejar el terremoto en la historia próxima del país?


"En medio de todo ocurrió algo que hace brillar a los colombianos: el sentido de pertenencia. La solidaridad y la empatía están saliendo por los poros. A mí me duele lo que sucedió en Manizales, Pereira, Armenia y el norte del Valle. Estamos en una ciudad y en otra, pero es la misma herida. Nos duelen los mismos muertos.


Eso fortalece el sentido de que somos uno. Cuando vuelva a visitar alguna de esas ciudades, sus habitantes se parecerán todavía más a mí de lo que creía. En Cali existe un Monumento a la Solidaridad y hoy se ha convertido en un símbolo de lo que somos capaces de hacer los vallecaucanos y, en general, los colombianos.


El terremoto nos va a marcar con dolor, por supuesto, pero también aviva capacidades maravillosas: la solidaridad, la empatía y la posibilidad de reconstruirnos en comunidad. Creo que eso también caracteriza a Latinoamérica".


—¿Qué viene ahora y qué les pedirías a quienes observan la tragedia desde otras regiones o países?


"Lo peor pasó, pero repararnos no ocurrirá de la noche a la mañana. Esto tardará muchos meses y quizá años. Por eso les diría: no se olviden de nosotros. Visítennos, acompáñennos y apóyennos. Ahora comienza una carrera por sostener y estabilizar nuestra economía. La vida tiene que continuar, sí, pero no solos: acompañándonos".


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