Los recolectores de la memoria tras el terremoto
- Juan Cruz Giraldo
- hace 2 días
- 8 min de lectura

Una semana después del terremoto que dejó 130 muertos y provocó el colapso de 128 edificaciones, Cali todavía busca desaparecidos y retira toneladas de escombros. Pero entre las ruinas ocurre otro rescate: un grupo de psicólogos y humanistas voluntarios recupera fotografías, prendas, juguetes y libros que conservan la vida anterior al desastre. Carlos Andrés Díaz es uno de ellos, y en medio de una ciudad herida, defiende una certeza: salvar un objeto también puede ser una forma de salvar la memoria.
En Cali, la catástrofe se mide en cuerpos, edificios y toneladas. Una semana después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente de Colombia, el balance oficial registra 130 personas fallecidas, 1.485 heridas y 88 rescatadas. Hay 128 edificaciones con colapso parcial o total, otras 177 presentan daños estructurales y la ciudad ha retirado más de 21.000 toneladas de escombros.
Pero al pie de los edificios derrumbados comienza otra cuenta. No registra muertos ni estructuras, sino álbumes, camisetas, zapatos y libros que los equipos de rescate encuentran entre los restos de las viviendas. Es el inventario de la vida anterior al terremoto.
Carlos Andrés Díaz trabaja en esa segunda contabilidad. Tiene 35 años, es psicólogo y, durante los días posteriores al desastre, presta apoyo en Capri y Torres de Limonar, dos de las zonas golpeadas por los derrumbes. Al comienzo permanece junto a las familias que esperan la identificación de sus seres queridos. Mientras los rescatistas buscan sobrevivientes y recuperan cuerpos, él y otros profesionales entregan los primeros auxilios psicológicos.
Después, su tarea cambia. Entre los escombros comienzan a aparecer fotografías, prendas, juguetes y libros. Los objetos salen en bolsas y costales y, desde el tercer día, los voluntarios los extienden sobre el suelo, detrás de una cinta de seguridad, para que sus dueños puedan reconocerlos. Cada retiro queda registrado en una planilla.
En una de esas anotaciones, el hallazgo cabe en una sola línea: una mujer retira un álbum de fotografías. Nada más. El registro no consigna que tiene más de sesenta años ni que, entre esas páginas, aparecen su hija creciendo, los cumpleaños familiares, los paseos y el rostro de su exesposo, muerto muchos años atrás.
La mujer recorre la hilera de pertenencias hasta que reconoce el álbum. Su hija sobrevive al terremoto, pero aquellas fotografías permanecen sepultadas junto con uno de los pocos registros que la familia conserva de aquel hombre. Cuando vuelve a tenerlas entre las manos, no recupera solamente un objeto: recupera una parte de la vida que existía antes de que la ciudad comenzara a derrumbarse.
Para Carlos Andrés, allí comienza un rescate que no aparece en los grandes balances de la tragedia. Los objetos no tienen el mismo valor que una vida, pero contienen las horas de trabajo, los afectos y las historias de quienes habitaron esos edificios. Salvarlos, dice, también es impedir que el terremoto se lleve la memoria.
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—Antes que psicólogo voluntario, tú también fuiste uno de los afectados. ¿Dónde estabas cuando comenzó el terremoto?
"Estaba en mi casa. Intenté salir, pero no alcancé: empezaron a caer escombros de las viviendas cercanas y cedieron un par de paredes de la mía. Después intenté comunicarme con mi familia con lo poco que se podía, porque las comunicaciones cayeron en Cali y en varios municipios cercanos.
Al principio pensé que había sido un temblor fuerte, uno más. Pasados los minutos comenzamos a ver las noticias, los edificios afectados y el impacto en otras ciudades del país. Llegó el caos, la gente corriendo, los gritos y el llanto. Con el paso de las horas entendimos la dimensión de lo que había ocurrido".
—¿Cómo llegaste a trabajar con las familias de los edificios derrumbados?
"En los puntos de mayor afectación nos reunimos distintos grupos de psicólogos: clínicos, sociales, organizacionales. Algunos pertenecían a instituciones gubernamentales, pero la mayoría éramos voluntarios. Cada uno puso su granito de arena.
Inicialmente esperábamos junto a las familias el reconocimiento de los cuerpos. Cuando encontraban a una persona, el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) hacía el levantamiento, tomaba fotografías y permitía iniciar la identificación. Los familiares esperaban una imagen o la posibilidad de observar el cuerpo. En ese momento, los equipos psicosociales ofrecíamos la primera atención y acompañábamos el reconocimiento.
Después vimos que había personas que no habían perdido a un familiar, pero habían perdido su hogar. Ellas también estaban expuestas a un dolor muy agudo. Ahí entendimos que encontrar un objeto, por pequeño que fuera, podía sentirse como un bálsamo. Es poco frente a todo lo perdido, pero simbólicamente es muy poderoso".

—¿De quién fue la idea de recuperar las pertenencias?
“Surgió del equipo de intervención psicosocial, entre voluntarios y personas vinculadas a la Alcaldía y a otras oficinas gubernamentales. No queríamos ocuparnos solamente de las familias que identificaban los cuerpos rescatados, sino también encontrar elementos con valor emocional: fotografías, prendas que estuvieran en buen estado, juguetes, accesorios.
Los rescatistas comenzaron a acumular esas cosas y, entre varias personas, advertimos que también había que cuidar la historia que permanecía allí. Volver a encontrar un peluche, una fotografía o un accesorio usado por alguien que ya no está puede comenzar a enmendar algo del dolor".
—¿Cómo organizaron los objetos y cómo evitaban que alguien se llevara algo ajeno?
“Desde el primer día comenzaron a rescatarse objetos y a guardarse en bolsas y costales. A partir del tercero empezamos a organizarlos, porque la cantidad era enorme. Los extendimos para que los familiares pudieran recorrer el área y observar qué pertenecía a cada uno. También era una forma de tratar esos objetos con dignidad, por el valor emocional que tenían para las familias.
En Capri y Torres de Limonar, donde estuve prestando apoyo, las administradoras tenían los listados de residentes. Cada persona debía decir su nombre, la familia, la torre y el apartamento. Una vez verificada, podía pasar alrededor de los objetos. Si reconocía algo, se dejaba por escrito: una señora retiró un álbum; otro residente, unos zapatos y algunas camisetas. Hubo intentos de llevarse cosas ajenas, por supuesto. Por eso existían las cintas de seguridad y ese control”.
—En medio de una tragedia con personas desaparecidas y fallecidas, alguien podría preguntar por qué importan tanto los objetos.
“Importan muchísimo. Vi a una joven que había perdido su apartamento y muchos objetos importantes de su vida. Un familiar le decía: ‘Tranquila, mija, al menos usted está con vida’. Y claro que la vida es lo primero, pero hay que recordar que todos los objetos que compramos también los compramos con vida: con nuestra vida laboral, con nuestra vida física, con nuestro tiempo.
Aunque sean reemplazables, representan la vida que dejamos en ellos. Todo eso puede desgarrarse en segundos. Por eso también hay que darle espacio al llanto por la pérdida de un hogar. Era tu lugar seguro, donde descansabas y te recargabas emocionalmente; era una vida que habías construido.
El terremoto te enfrenta contigo mismo y te muestra que lo más importante es quien está a tu lado: tu familia, las personas que amas. Pero regresar y encontrar un objeto pequeño también puede convertirse en un rayo de esperanza. Es una manera de no perder toda la vida que se fue en medio del desastre”.

—¿Qué encuentros entre las familias y sus pertenencias te marcaron especialmente?
“Recuerdo a una mujer de unos sesenta y tantos años que encontró un álbum de fotografías de su hija. Ella estaba viva, pero su padre —el exesposo de esta señora— había muerto muchos años antes. En esas páginas estaba la historia completa de la familia: cumpleaños, paseos y situaciones cotidianas.
Cuando la señora encontró el álbum, no se encontró solamente con unas fotografías. Se encontró con la única memoria que conservaba de su esposo fallecido. Ese tipo de situaciones conmueve profundamente porque uno entiende que no es el objeto físico: es toda la historia que revive y que también podría haber muerto.
También llegó una madre con su hijo, estudiante de Medicina. Él logró recuperar uno de sus libros. Contaba que había comprado con mucho esfuerzo sus uniformes y aquellos textos, que son muy costosos. Su vida continuaba, pero el terremoto había puesto en riesgo incluso su proyecto académico. Encontrar ese libro le devolvía una parte de ese esfuerzo”.
—Has hablado de la importancia de los rituales. ¿Qué lugar pueden ocupar estos objetos en el duelo?
“Cuando nos encontramos con una persona amada creamos recuerdos, y esos recuerdos se convierten en nuestra memoria emocional. Un desastre natural arranca a alguien de este plano y muchas veces no permite encontrar el cuerpo ni realizar una despedida digna. Hay familias que reciben el cuerpo después de varios días, cuando ya está deteriorado por su descomposición natural.
En esos casos, los objetos se convierten en un encuentro con quien ya no está. Son un símbolo que vincula la vida y la muerte y permite decir: “Hasta pronto y gracias”. A partir de ahora, los rituales pueden consistir en llevar una fotografía que sobrevivió a una reunión familiar, recordar qué sucedía en ella y compartir esa historia.
En psicoterapia les digo a mis pacientes que, cuando algo duele y uno lo comparte, el dolor se divide entre quienes lo escuchan. Cuando compartimos el amor, el amor se multiplica. Encontrarse con uno de estos objetos crea un ritual en el que el dolor puede compartirse: “¿Te acuerdas de esto que usaba?”, “¿te acuerdas de esta fotografía?”. A veces eso es lo único que queda para empezar a reparar algo".
—¿Por qué tuvieron que suspender la recuperación de pertenencias?
“Entre el quinto y el sexto día, los bomberos recomendaron no seguir trasladando objetos desde las edificaciones caídas hacia el lugar donde habíamos reunido los que salieron primero. Había alimentos descompuestos dentro de los refrigeradores y restos biológicos de los cuerpos. Llevar nuevas pertenencias podía contaminar las que ya estaban expuestas y generar un problema de salud pública.
También existía riesgo de infecciones respiratorias por todo el polvo, tanto el proveniente de los materiales de construcción como el asociado a la materia biológica. Ya no se trataba solamente de rescatar: había que proteger a las familias y a quienes vivían alrededor de las zonas afectadas”.
—En Colombia todavía cuesta hablar de salud mental. ¿Qué cambia después de una tragedia de esta magnitud?
"Ahora el '¿cómo estás?' se vuelve una regla de oro. La cultura latinoamericana nos ha moldeado para decir que estamos bien sin importar cómo nos sintamos, porque responder así permite ser aceptado, validado e integrado. En este momento, decir que no estamos bien también es decirle al otro: 'Entiendo lo que estás pasando y me duele lo que te duele'.
La salud mental se convierte en protagonista porque estas situaciones nos recuerdan que la vida es finita. Hay que amar profundamente, perdonar y agradecer. Ya no puede ser un juego para ver quién resiste más, sino una posibilidad de pedir ayuda. A los colombianos nos han entrenado para no pedirla, pero una circunstancia así nos arrincona y demuestra que la ayuda es necesaria y que nos reparamos entre todos".
También reivindica el diálogo. Le he dicho a mi familia: 'Cada vez que se reúnan, no se cansen de contar qué les pasó y cómo lo vivieron'. Si perdieron a alguien, compártanlo; si hay que ayudar a una persona, háganlo. Ese relato repetido se convierte en el nuevo tejido humano. La salud mental también se repara a través de ese tejido que somos todos".
—Colombia llega a esta tragedia profundamente polarizada. ¿Qué crees que puede dejar el terremoto en la historia próxima del país?
"En medio de todo ocurrió algo que hace brillar a los colombianos: el sentido de pertenencia. La solidaridad y la empatía están saliendo por los poros. A mí me duele lo que sucedió en Manizales, Pereira, Armenia y el norte del Valle. Estamos en una ciudad y en otra, pero es la misma herida. Nos duelen los mismos muertos.
Eso fortalece el sentido de que somos uno. Cuando vuelva a visitar alguna de esas ciudades, sus habitantes se parecerán todavía más a mí de lo que creía. En Cali existe un Monumento a la Solidaridad y hoy se ha convertido en un símbolo de lo que somos capaces de hacer los vallecaucanos y, en general, los colombianos.
El terremoto nos va a marcar con dolor, por supuesto, pero también aviva capacidades maravillosas: la solidaridad, la empatía y la posibilidad de reconstruirnos en comunidad. Creo que eso también caracteriza a Latinoamérica".
—¿Qué viene ahora y qué les pedirías a quienes observan la tragedia desde otras regiones o países?
"Lo peor pasó, pero repararnos no ocurrirá de la noche a la mañana. Esto tardará muchos meses y quizá años. Por eso les diría: no se olviden de nosotros. Visítennos, acompáñennos y apóyennos. Ahora comienza una carrera por sostener y estabilizar nuestra economía. La vida tiene que continuar, sí, pero no solos: acompañándonos".



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