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Sergio Palau, actor: "Las personas con adicciones no son villanas"

Actualizado: 29 jul


Conocido por interpretar a Martín Salcedo en La primera vez, el actor colombiano protagoniza ahora Salcedo, cuero y boogaloo, una miniserie que explora el descenso del personaje hacia la cocaína. En conversación con Quiltra, habla del desafío de representar una adicción sin reducirla al estigma, de vivir la sexualidad desde el deseo y de las historias que América Latina todavía necesita contar.

Sergio Palau va en un taxi que avanza por el caos de Bogotá a media tarde. Lleva todo el día dando entrevistas sobre Salcedo, cuero y boogaloo, el spin-off de La primera vez, la exitosa serie en la que interpreta a Martín Salcedo, el personaje que lo hizo conocido en todo el continente. La miniserie traslada a Salcedo a la vida nocturna de la Bogotá de los años setenta, entre bares de salsa y una adicción a la cocaína que Palau tuvo que construir por etapas, apoyándose en la observación y en una directora dispuesta a medir cada grado de descontrol. «Las personas con adicciones no son villanas», dice casi al comienzo de esta conversación. En medio de la promoción, también ha encontrado tiempo para presentar Panini, la canción que acaba de lanzar como parte de su proyecto musical.


Esta entrevista, realizada por teléfono desde Chile mientras él cruza Bogotá, recorre los distintos mundos que atraviesan su vida y su trabajo: un continente que todavía no termina de decidir si el arte es una carrera seria o una fantasía de infancia; personajes que cargan con el peso político de países que prefieren olvidar; y un actor que, a diferencia de buena parte de sus colegas queer, ha decidido hablar de su sexualidad desde el deseo y no desde el sufrimiento. «Cada vez debería importar menos quién desea a quién», afirma en algún momento. Es, quizá, la frase que mejor resume esta conversación.


—Lo primero que me gustaría saber es cómo empieza tu gusto por el arte. Además de tu carrera como actor —en teatro, cine y televisión— también eres músico. Para nosotros los latinoamericanos, vincularse con el arte y que funcione, en el sentido de poder vivir de eso, no es una alternativa que se plantee de entrada. ¿Cómo fue en tu caso?


"Yo de pequeño hacía natación. Estuve entre los siete y los diez años en competencias y era bueno, siempre ganaba. Yo vivía en una ciudad cálida, Montería, y después nos mudamos a Popayán, que es fría, y ahí empezó a darme pereza meterme a la piscina por el frío. Entonces mi mamá, buscando algo para hacer los fines de semana, me llevó una vez a una obra de teatro de un grupo de teatro inmersivo y me fascinó. No era la típica obra donde te sientas y el público está de un lado y el escenario del otro: ahí el público interactuaba con los actores, era casi un juego donde uno entrevistaba a cada personaje. Le pregunté a mi mamá cómo se hacía eso y me dijo que ellos daban cursos los sábados. Empecé a entrenarme con ellos, eran muy exigentes, y de a poco les fue gustando mi trabajo. Ahí no paré más. Como a los catorce años me llamaron para mi primera serie, aquí en Bogotá: me recogían del colegio y me llevaban al set. Me enamoré del teatro antes que del cine, y esas fueron las bases que arrastro hasta hoy".


—¿Y sientes que en América Latina todavía no tenemos tan incorporado pensar en ser artista? Los niños piensan más en ser ingenieros, médicos, abogados, dentistas.


"Somos un continente donde el apoyo al arte no es tan fuerte como el que existe para el deporte, por ejemplo. Pero creo que eso está cambiando. La entrada de las plataformas a Latinoamérica cambió la calidad y la forma en que contamos nuestras historias. Antes dependíamos casi solo de los canales de televisión, que eran muy reducidos, y era muy difícil vivir del arte. Hoy tenemos redes sociales, plataformas, formas más fáciles de aprender otros idiomas o de aplicar a becas. Todo eso también impulsa a los jóvenes a enamorarse del arte, porque literalmente lo tenemos en el teléfono. Aun así nos falta un camino gigante: los sueldos todavía no se comparan a los de Hollywood, ni tenemos algo como un Broadway donde alguien pueda decir "vivo del teatro". Son muy pocos los que lo logran".


—Has sido muy vocal respecto a tu sexualidad. Y esto es más un comentario que una pregunta: muchos actores que forman parte de la comunidad hablan del dolor de pertenecer a ella, pero tú hablas más del placer, del goce, del deseo. ¿Eso ha sido consciente o inconsciente?


—Hay cosas que han sido bastante inconscientes: siempre he intentado ser lo más abierto posible respecto a mi sexualidad y a cómo me exploro. Pero también hay una parte consciente, en la que hablo mucho con mi equipo y con la gente que se dedica a esto. Hay muy pocas referencias de personas gays en la industria a las que no se encasille. Con la música pasa algo parecido: durante años tuvimos que apoyarnos en referentes femeninas dentro del pop porque de hombres había muy pocos. Cada vez hay más —y van creciendo—, pero no es lo mismo que vivió, por ejemplo, Miguel Bosé o Freddie Mercury en su época.


Siento que cada vez tiene que ser menos un tabú a quién le gusta quién. A mí un día me gusta una chica y al siguiente me gusta un chico, y creo que hay muchas personas que se sienten identificadas con eso, aunque no se identifiquen necesariamente con el término bisexual. Ojalá puedan tener más referencias para sentirse tranquilas con eso. Necesitamos historias que hablen también de que lo pasamos bien, de que deseamos igual que todos. Uno de mis grandes referentes en cine es Pedro Almodóvar, porque en sus historias el conflicto de ser gay pasa a otro plano. Esas son las historias que necesitamos cada vez más en Latinoamérica".




—La primera vez apela mucho a la memoria: hace un viaje en el tiempo y cala en países como Colombia, Chile o México, donde la memoria histórica tiene un carácter particular. Vivo en Chile, donde hubo una dictadura en los setenta y ochenta y hoy tenemos un presidente pinochetista de extrema derecha. ¿Qué reflexión te merece eso, y cómo ha sido el recibimiento de la serie?


"Respecto a lo político estoy completamente de acuerdo contigo (...) A los artistas muchas veces nos recomiendan no opinar, quedarnos callados, para que no se nos cierren contratos o marcas. Pero para mí hay una diferencia entre tener una postura política —inclinarte más hacia un lado u otro— y apoyar políticas que vayan en contra de los derechos humanos. Eso no debería ser cuestionable: no se cuestiona un genocidio, no se cuestiona una dictadura. Uno se va a Alemania y no ve a los alemanes haciendo películas que alaben el nazismo; ellos tienen una memoria histórica, y no es agradable, pero la tienen. Nosotros en cambio nos encanta romantizar a Pablo Escobar, romantizar el narcotráfico. Y hay tantas historias por contar en Latinoamérica más allá de eso. Creo que ahí está parte del éxito de La primera vez: se mojó hablando de derechos humanos, de feminismo, de sexualidad, de discapacidad, de temas que en nuestros países todavía son tabú, y a la gente le gustó, y la sigue comprando. Fue una apuesta difícil para Dago García y para todo el equipo, después de estar tan acostumbrados a lo mismo de siempre —Pablo Escobar, narcotráfico—: mostrar que hay otras historias que también son nuestras, que hablan de humanizar, de respetar, de cuestionarse a uno mismo. Es curioso: vemos esas historias ambientadas en los años setenta y muchas cosas todavía se sienten igual en 2026. Sigue siendo difícil ser gay, o ser mujer y tener los mismos derechos.


—Ahora pasas al spin-off de Salcedo, que toca otro tema difícil para la historia latinoamericana: el consumo problemático de sustancias. ¿Qué fue lo más difícil de construir a un personaje tan entrañable que además está viviendo una adicción?


"Yo voy a terapia, y ahí descubrí que al final todos somos de alguna manera adictos a algo: a una sustancia, a una persona, a un trabajo, a un estilo de vida. El reto más grande era que Salcedo no tiene una adicción cualquiera, tiene una adicción a la cocaína, que es muy compleja de sobrellevar. Tenía que ser natural, que no se viera forzado, y también trabajar los niveles: no es lo mismo cuando te acabas de meter un pase que cuando llevas tres días sin dormir. Con la directora trabajamos por niveles —"aquí estoy en nivel uno, aquí en nivel diez"—, porque el personaje también pasa por abstinencia, por momentos en que no tiene plata y empieza a mezclar lo que encuentre. Me parecía muy importante, sobre todo en un país como Colombia, donde la adicción está a flor de piel: hay adictos todos los días, no solo a la cocaína sino a cualquier sustancia, y poder mostrar las consecuencias de eso. Hay una parte divertida, pero también una parte oscura, donde el cuerpo se transforma, se genera dependencia, los estados emocionales suben y bajan, y hasta la agresividad del personaje se puede entender desde ahí. Cuando empezó la tercera temporada y apareció el tema del consumo, me chocó: no me imaginaba a este personaje en eso. Pero si lo analizas con ojo de terapeuta, entiendes que le faltó el papá, que tiene problemas con su sexualidad y con la aceptación, inseguridades, que ve a todos sus amigos haciendo lo que quieren mientras él no sabe qué es lo que quiere. Tenía que comprender al personaje, no juzgarlo. Sentí la responsabilidad también de que la gente se pudiera ver reflejada: todos, en algún momento, hemos tenido contacto con la fiesta y el descontrol. Yo viví en el extranjero desde adolescente, desde los dieciséis o diecisiete años, y estuve rodeado de gente con adicciones por distintos motivos. Quise inspirarme en esas personas y en cosas que también me pasaron a mí, para mostrar lo más natural posible que ser adicto no te hace malo: es un problema de salud mental, es más común de lo que pensamos y
la sociedad no puede darle la espalda a
las personas cuando necesitan apoyo"-



—Si pudieras encontrarte con tu versión de doce años, la que entró a esa casa de teatro en Popayán, ¿qué le contarías sobre la vida que le espera?


"Le diría que todo lo que ha soñado va a superar sus expectativas. Que siga yendo al teatro, que siga trasnochándose para los ensayos como siempre lo hacía, que siga yendo en contra de la gente de la familia que se preocupaba por dónde se estaba metiendo o a qué se iba a dedicar en la vida real. Que se escuche a sí mismo. Estoy seguro de que, en la realidad, va a superar sus propias expectativas".

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