Santiago Lanza, psicoanalista: "La tristeza no se puede medicar. Por eso ya no existe."
- Quiltra

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El psicoanalista uruguayo Santiago Lanza lleva años atendiendo la misma herida en el consultorio: una sociedad que ya no se imagina el futuro. Desde Montevideo, el especialista habla de cómo la tristeza fue rebautizada desmedidamente como depresión, de por qué llamar "loco" a un femicida es una forma de lavarse las manos, y de cómo el escrolleo nos enseñó a consumir un genocidio con la misma indiferencia con que comemos cabritas en el cine. Frente a todo eso, Lanza tiene una propuesta que no viene del diván sino del aula: si no podemos cambiar el sistema de golpe, al menos podemos formar personas que sepan pensarlo diferente.
Hay una frase que Santiago Lanza repite, aunque no es suya. La tomó del filósofo esloveno Slavoj Žižek, que a su vez la fue sembrando por conferencias y libros hasta que se volvió casi un lugar común: nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Lanza, psicoanalista uruguayo y panelista de El Recreo en Canal 5, la usa como diagnóstico de época. No como cita de adorno.
Habla desde Montevideo, en una pantalla de Zoom, y desde ahí trata de darle sentido al mundo, o al menos de entender por qué cada vez más gente llega a su consultorio sin poder imaginarlo. En esta conversación habla de la depresión como síntoma colectivo, de la IA que amenaza con llevarse el trabajo de todos, y de cómo una sociedad que no tiene utopías termina votando por quien le promete orden aunque sea a cualquier precio.
Para él, la respuesta no está en el inconsciente individual. Está en el sistema.
Vivimos obsesionados con imaginar el apocalipsis: series, películas, conversaciones de sobremesa. La imagen de futuro es espeluznante.
“Creo que como sociedad nos hemos convencido de que el futuro es peor. Da miedo, no sabemos qué va a pasar: entre la guerra, la desigualdad, la inteligencia artificial que nos va a sacar el trabajo, se ha instalado una desazón generalizada que impacta en el ánimo y en la vida subjetiva de las personas.
Me gusta mucho una frase que cita Žižek, que dice que nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y lo que eso señala es algo muy concreto: podemos imaginar perfectamente un mundo postapocalíptico, lo vemos en el cine, en las series, tipos sobreviviendo con su camioneta buscando gasolina. Pero imaginar un mundo distinto al que vivimos hoy, que sabemos que nos lleva a la destrucción, parece una tarea imposible. Parece más fácil mandar una nave a la luna que encontrar condiciones de vida mejores a las que tenemos".
¿Y eso tiene consecuencias clínicas?
"Totalmente. Nacio, que es un psicoanalista argentino, define la depresión como la pérdida de una ilusión. Y entonces, ¿cómo no vamos a encontrar entre los síntomas más importantes de nuestra época el aumento de la depresión en el mundo?
Durkheim, uno de los padres de la sociología, fue considerado casi un loco por meterse con el tema del suicidio siendo un analista social. Decía: el suicidio parece una decisión individual, pero hay condiciones de vida que explican por qué en algunos países la gente se suicida más que en otros. Con la depresión pasa lo mismo. Cuando yo atiendo a una persona con depresión, trabajo con esa persona, con su historia, con lo que le pasa. Pero cuando ves que la enorme mayoría de la gente está tomando antidepresivos, eso ya no es un problema individual. Es un problema social".
¿Y quién tiene la culpa, según el sistema?
“Siempre el individuo. Eso es el capitalismo hoy: la culpabilización permanente del sujeto. El mundo se cae a pedazos y el cambio climático avanza, pero la culpa es tuya por no separar la basura orgánica de la inorgánica. Está bárbaro andar en bicicleta, es precioso. Pero esa no es la verdad de la cuestión. Los problemas globales son a otra escala.
Entonces tenemos sujetos recontra-cansados, agotados, sobreexigidos. Sin tiempo para el ocio, sin tiempo para las amistades, sin tiempo para los vínculos. Todo pasa por el imperativo de la productividad. Y al mismo tiempo se exige un disfrute permanente, que también lo vemos en las redes: todo el tiempo hay que estar bien, hay que pasarla bomba, mientras la estás pasando muy mal porque no parás de producir. Y si no producís, sos la peor escoria de la sociedad”.
La Inteligencia Artificial aparece en casi todas las conversaciones sobre el futuro. Y casi siempre como amenaza. ¿Qué le pasa psíquicamente a una sociedad que siente que su trabajo va a desaparecer?
"Es una pregunta enorme y creo que recién estamos en el comienzo de ese fenómeno. Lo que ya vemos es que el trabajo no es solo un medio para pagar las cuentas , es un organizador de la identidad, de la rutina, del vínculo con otros. Cuando eso se tambalea, no es solo un problema económico. Es una crisis de sentido.
Y lo más complejo es que la angustia llega antes que el hecho. No hace falta que la IA te quite el trabajo hoy para que ya estés sufriendo por eso. La incertidumbre sola produce un efecto devastador. Y en una época donde ya no hay grandes relatos colectivos que contengan ese miedo, ni sindicatos fuertes, ni proyectos políticos que den una narrativa de hacia dónde vamos, esa angustia queda muy suelta, muy individual, muy sin procesar".
Hablaste de que el progresismo promete mucho y resuelve poco. ¿Eso también alimenta la desesperanza, la sensación de que no hay futuro posible?
"Enormemente. Porque la izquierda, o el progresismo en términos más amplios, históricamente fue el lugar donde se depositaba la utopía. La idea de que otro mundo era posible. Y cuando eso defrauda — y en América Latina ha defraudado varias veces — no solo perdés un gobierno. Perdés el horizonte.
Y ahí está el problema: la derecha no necesita ofrecer utopía. Le alcanza con ofrecer orden, seguridad, certeza. Aunque sea falsa. Aunque sea a cualquier precio. En cambio, cuando la izquierda no tiene una propuesta de país, cuando su único discurso es la gestión de la emergencia, deja un vacío enorme. Y los vacíos se llenan. No siempre con lo mejor.
Hoy vivimos obsesionados con diagnosticar todo. Separar "lo normal" y "lo patológico". Pero al mismo tiempo, un genocidio o un abusador parecen no tener diagnóstico ni condena. ¿Cómo se explica eso?
“Ahí hay algo muy paradójico. El psicoanálisis plantea una posición ética contraria a la psicopatologización, lo cual no significa que no existan patologías ni diagnósticos, sino que el diagnóstico no es un fin, es un punto de partida, un orientador revisable.
Pero lo que hace la psicopatologización es cerrar. Da una respuesta. Y hay algo muy particular: incluso el peor de los diagnósticos tranquiliza. Porque da una respuesta. Hoy la demanda constante, por eso el Chat GPT, por eso esos dispositivos tienen la incidencia que tienen, es que un otro nos dé una respuesta desde un supuesto saber.
Hace unas semanas acá en Uruguay pasó que un muchacho mató y descuartizó a sus padres. Tuvo diagnóstico de esquizofrenia, él pensaba que estaba en una película de terror. El hecho de ubicar eso como patología nos quita a todos cierto nerviosismo. Pero pasa algo aún más grave cuando ocurre un femicidio: aparece la patologización, "estaba loco", "es un monstruo", "es un psicópata", y eso tranquiliza al resto de la sociedad. Hace que no continúe la discusión de que ese femicidio tiene que ver con la violencia de género estructural, donde como sociedad estamos todos implicados. Si psicopatologizo al victimario, lo encapsulo en ese sujeto y tomo distancia”.
¿Y la tristeza? ¿También la capturó ese mecanismo?
"Un colega lo dijo hace un tiempo y me quedó: ya no hablamos de tristeza, hablamos de depresión. Porque la depresión se puede medicar y la tristeza no. La tristeza es parte de la vida, te separaste de tu pareja, perdiste un familiar, te fue mal en el trabajo, y por eso te sientes triste. Eso te puede invadir, es una tristeza enorme, legítima. Pero eso no es depresión. Son cosas distintas. Y los términos se van bastardeando hasta que todo parece lo mismo.
Hoy cualquiera que va al médico porque se siente mal va a salir de la consulta con un ansiolítico o un antidepresivo. No se puede ser ingenuo respecto a eso: hay un juego ahí con los laboratorios, hay toda una maquinaria montada en torno a la sedación de los problemas. Nadie se banca tener un problema. Nadie se banca pasar por un conflicto".
Vemos guerras en tiempo real, genocidios en TikTok. ¿Eso nos insensibiliza o nos traumatiza?
“Las dos cosas, pero con matices. Naturaliza la violencia, sí. Por eso traía el término de la sedación: pasamos de un video de TikTok donde vemos a un chico caminando entre escombros, al siguiente donde una mujer vende su cuerpo, al siguiente que es un chiste en la calle, al siguiente que es el gol del Real Madrid en la Champions. El scrolleo tiene esa cosa de pasar información que uno consume sin ningún tipo de filtro, sin ninguna visión crítica. Como cuando vas al cine, estás comiendo pop (palomitas de maíz) y ni lo pensás. Acá es igual.
Ahora, ¿traumatiza? El trauma no lo determina el fenómeno en sí, sino cómo se inscribe en la historia de cada sujeto. Tengo pacientes que se han visto extremadamente sensibilizados con lo que pasa en Gaza y las imágenes de niños que se les quedaron en pesadillas. Eso puede pasar. Pero no todo lo que es impactante es traumático para cualquiera”.
La palabra "genocidio" se usó tanto que dejó de pesar. ¿Es un mecanismo de defensa colectivo?
“Sí, y lo asimilaría a lo que veníamos hablando sobre la violencia. Lo que es distinto en esta época es la velocidad y el volumen. Antes te llegaba un pasquín de noticias. Acá en Uruguay hubo un momento en que un diario publicó a Hitler en la tapa y había gente que le parecía un gran líder porque no sabían lo que estaba pasando. Hoy lo de Palestina lo ves en el teléfono todo el día, en vivo y en directo. Y creo que esa es una de las razones por las que tuvo tanto impacto: era más difícil taparlo.
Pero también hay un nivel nuevo de confusión: ya no vamos a poder distinguir si lo que estoy viendo es real o no. Deepfakes de líderes, audios trucados. Estamos viendo el comienzo de ese fenómeno y va a traer problemas aún mayores. Eso desafía a la educación del futuro: más que memorizar fechas, necesitamos formación en pensamiento crítico. Poder pensar las condiciones, no solo consumir los hechos”.



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