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Entre el deseo y el descarte: la radiografía al amor de Daniela Arancibia



Nunca fue tan fácil encontrar a alguien. Nunca fue tan difícil quedarse. La psicóloga Daniela Arancibia lleva años observando lo que pasa cuando el amor se vuelve una app, el compromiso una amenaza y el ghosting una salida válida. Su conclusión: el problema no es la tecnología. Es lo que cada persona arrastra cuando la abre.

Daniela Arancibia escucha mucho. Lo hace en la consulta, donde la gente llega a hablar de sus relaciones con una mezcla de confusión y agotamiento que ella reconoce hace años. Lo hace también en los libros: el suyo, La huella del apego, publicado por Editorial Urano, es un intento de poner nombre a lo que pasa cuando alguien ama de cierta manera y no entiende por qué siempre termina igual. Psicóloga de formación, Arancibia observa el amor contemporáneo con la distancia clínica y documenta en sus apuntes un mapa del amor y el deseo contemporáneos.


Lo que ve desde ahí no es exactamente una generación más libre. Es una generación más ansiosa. Las aplicaciones de citas, la comunicación instantánea, la sobreoferta de opciones: todo eso prometía ampliar el mundo afectivo y en parte lo hizo. Pero también instaló una lógica que Arancibia describe con precisión: una dinámica rápida, con múltiples opciones disponibles, donde siempre parece posible pasar al siguiente. En ese contexto, dice, el otro corre el riesgo de volverse intercambiable, y el vínculo, algo fácil de descartar.


El problema de fondo, según ella, no son las aplicaciones. Es lo que cada persona arrastra cuando las abre.


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Arancibia habla de incertidumbre como el estado afectivo dominante de la época. No la incertidumbre dramática de quien no sabe si será correspondido, sino algo más sutil y más corrosivo: la dificultad de nombrar qué lugar ocupa el otro, de saber qué somos, qué espera el otro, cuánto puedo involucrarme sin quedar expuesto. Esa difusividad, más que la falta de libertad, es lo que termina tensionando los vínculos, dice.


"Lo que predomina es una sensación de incertidumbre constante. Hay menos disposición a nombrar los vínculos, a definir qué lugar ocupa el otro, y eso deja a las personas en una zona ambigua que genera mucha ansiedad".


A esa ambigüedad se suma otro fenómeno que Arancibia identifica con nombre propio: la reemplazabilidad. La sensación de que siempre podría haber alguien mejor, de que la búsqueda nunca termina del todo, introduce una inquietud de base que dificulta el compromiso. No es solo una incomodidad pasajera: erosiona la sensación de suficiencia. Cuando alguien percibe que puede ser descartado en cualquier momento, aparece una tendencia a sobreadaptarse: hacer más, exigirse más, intentar cumplir con ciertos estándares para no perder el lugar.


El resultado, dice Arancibia, es una autoestima más frágil, muy dependiente de la validación externa. Y el entorno lo refuerza: los filtros, las intervenciones estéticas, la lógica del perfil que hay que optimizar para ser elegido. "Cuando alguien percibe que puede ser descartado en cualquier momento, aparece la inseguridad y una tendencia a sobreadaptarse: hacer más, exigirse más, intentar cumplir con ciertos estándares para no perder el lugar. En ese contexto, incluso elementos como los filtros o ciertas intervenciones estéticas refuerzan la idea de que hay que corregirse para ser elegido. El resultado es una autoestima más frágil, muy dependiente de la validación externa", explica la especialista.


Libro de la psicóloga chilena Daniela Arancibia.
Libro de la psicóloga chilena Daniela Arancibia.

Hay una práctica que a Arancibia le parece especialmente reveladora del momento: el ghosting. No porque sea nueva —desaparecer sin explicaciones es tan antiguo como el deseo— sino por la facilidad con que hoy se ejerce y, sobre todo, por la tolerancia social que ha ganado. La tecnología lo facilita, explica, pero también lo legitima. Antes, la interacción cara a cara obligaba a dar algún tipo de cierre. Ahora, el silencio se vuelve una salida disponible y socialmente tolerada.


"Resolver conflictos implica incomodidad, exposición y responsabilidad, y eso es algo que se aprende. Cuando no hay experiencia en ese tipo de situaciones, o cuando el entorno permite evitarlas fácilmente, lo más probable es que se eludan. El problema es que, al hacerlo, no se desarrollan las habilidades necesarias para sostener vínculos más complejos".


El ghosting, en esa lectura, no es crueldad sino déficit: la ausencia de herramientas para hacer algo incómodo pero necesario. Lo que revela no es maldad sino la falta de práctica en sostener lo difícil.

Una de las tensiones más frecuentes que aparece en consulta, según Arancibia, es la que se produce cuando el sexo llega antes que el vínculo emocional. No es que eso imposibilite la intimidad, aclara, pero sí la condiciona. El punto no es el orden, sino la intención y la capacidad de sostener lo que viene después. El problema aparece cuando hay expectativas distintas o cuando el vínculo no logra salir de ese primer registro.


"Hoy en día es más fácil desnudar el cuerpo que desnudar el alma". La intimidad emocional implica exposición, tiempo y cierta vulnerabilidad, y eso sigue siendo más difícil de sostener".


Lo que describe Arancibia es, en el fondo, una asimetría: una generación con más acceso al sexo y menos práctica en la intimidad sostenida. No porque sean incompatibles, sino porque la segunda requiere habilidades que solo se desarrollan en el tiempo: tolerar el conflicto, mantener el interés, construir confianza. Si los vínculos se mantienen en lo superficial y lo transitorio, esas habilidades no se ejercitan. Y cuando aparece la posibilidad de algo más profundo, dice, no se sabe cómo habitarlo. "Hay una mayor apertura en lo sexual, pero eso no siempre se traduce en mayor profundidad emocional. La intimidad implica exposición, tiempo y cierta vulnerabilidad, y eso sigue siendo más difícil de sostener", sentencia.

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Pero Arancibia no termina en el diagnóstico. La segunda mitad de su trabajo —y de su libro— apunta a otra pregunta: qué se puede hacer con todo esto. Su respuesta parte de algo que suena simple y no lo es: mirarse. Entender cómo se ha aprendido a vincularse. Qué se espera del otro. Cómo se reacciona frente a la cercanía o la distancia.


"La pregunta central es cómo he aprendido a vincularme: qué espero del otro, cómo reacciono frente a la cercanía o la distancia, qué entiendo por amor. A partir de ahí, aparece otra más importante: si ese modo de vincularme es el que quiero seguir repitiendo".


¿Es posible modificar esas formas de vincularse o tendemos a repetirlas inevitablemente? Para la especialista, esto "no son destinos fijos. Los patrones se pueden revisar y transformar, pero eso requiere disposición a mirarse, cuestionarse y hacer algo distinto. Sin esa intención, lo más probable es que se repitan. Con ella, hay margen real de cambio", explica.


Daniela Arancibia lo sabe porque lo escucha cada semana en la consulta: la gente no llega porque no quiere amar bien. Llega porque no sabe cómo. Y esa, dice, es una diferencia que vale la pena sostener.

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