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La segunda oportunidad de los monos: la vida en el santuario de los primates

Mono del santuario de los primates

En las afueras de Santiago, lejos del ruido de la ciudad, un santuario reúne a decenas de primates que no deberían estar ahí. Ninguno nació en Chile. Ninguno llegó por voluntad propia. Son sobrevivientes del tráfico ilegal, del cautiverio doméstico o del uso en espectáculos. Este es el lugar donde terminan, o intentan recomponerse, las historias que comienzan con una captura.

En la comuna de Peñaflor, a solo 35 kilómetros del centro de la capital chilena, un conjunto de recintos de madera, mallas y vegetación llama la atención antes de que uno pueda ver lo que hay adentro. No es un zoológico ni una reserva abierta: es un espacio intermedio, construido para albergar a quienes no pueden volver a la selva, pero tampoco sobrevivir en cautiverio convencional. Entre rampas, cuerdas y paneles adaptados, decenas de monos se mueven, juegan y, en algunos casos, simplemente observan.


El lugar funciona como un centro de rescate y rehabilitación de primates que han sido víctimas del tráfico ilegal, el mascotismo o la explotación en espectáculos. La mayoría llega con daños físicos irreversibles o secuelas conductuales profundas: desnutrición, fracturas mal soldadas, estrés crónico, años de aislamiento. Aquí no se busca domesticarlos ni exhibirlos, sino estabilizarlos, devolverles ciertas capacidades y, cuando es posible, reinsertarlos en dinámicas sociales con otros de su especie.


Más que un refugio, el santuario es el punto de llegada de una cadena de violencia que ocurre lejos de la vista. Cada animal que habita este espacio arrastra una historia de captura, traslado y encierro. Lo que sucede aquí —la rehabilitación, el cuidado, los intentos de recomposición— no borra ese origen, pero permite entender sus consecuencias.


Una idea para salvar vidas


La idea de crear este refugio nació casi por azar. Elba Muñoz es matrona y su marido pediatra. Ambos habían escuchado en la universidad que los animales eran un gran estímulo para los niños, así que al nacer sus hijos decidieron adoptar de todo: perros, gatos, pájaros, patos, conejos, gallinas. Hasta que un día les trajeron un mono. Se llamaba Cristóbal.


Sin mucha información al respecto, lo compraron. Rápidamente se volvió parte de la familia. La casa fue adaptada para él: cuerdas colgantes, palmeras para trepar, espacios que antes eran de los humanos y ahora eran también de él. Pero entonces se enteraron de cómo había llegado Cristóbal hasta ahí. Y las cosas cambiaron.


Imagen del archivo de Muñoz. En la foto, ella posa junto a uno de los monitos rescatados.
Imagen del archivo de Muñoz. En la foto, ella posa junto a uno de los monitos rescatados.

"Nos fuimos enfrentando a la realidad que tenía el mono. Habían asesinado a su madre para quitarle la cría. Que existía el tráfico ilegal. Nos fuimos dando cuenta de que era una realidad horrible, que nadie hacía nada para protegerlos. Y en vez de ayudar a la música, al arte o a niños, nosotros decidimos ayudar a los monos. Y así fue como empezamos", explica Muñoz.


Con el fin de regularizar la situación de Cristóbal, Muñoz contactó al SAG. La respuesta fue una amenaza: si no podían acreditar las condiciones adecuadas, el primate sería llevado al Zoológico Nacional. El miedo a perderlo, y la conciencia de que ellos solos no podían sustituir a una familia biológica, los empujó a buscar algo más. Empezaron a viajar al Amazonas, a entrevistarse por internet con investigadores en otros países, a construir una red. Y de esa red, con el tiempo, nació el santuario. Eso nos motivó a crear algo para que no nos quitaran nuestro mono. Y para juntarlo con otros, porque yo me di cuenta que nosotros no podíamos sustituir su familia biológica”.


La promesa de Esperanzo


Alejado de la selva, su familia y sin luz natural, Esperanzo, un mono Carayá, vivió los primeros meses de su vida como rehén de una red de tráfico de primates. A pesar de que fue rescatado a los seis meses de nacido, las consecuencias del maltrato fueron de por vida. Diagnosticado con raquitismo: nunca pudo caminar ni trepar como el resto de su especie. 


Cuando Carabineros lo encontró en 1999, abandonado en un antejardín de La Reina, Esperanzo no era más que un ovillo de pelo café que se arrastraba contra el cemento. No saltaba ni caminaba porque sus huesos se habían tornado curvos. Antes de cumplir un año, el tráfico ilegal ya le había dictado una sentencia de por vida.


Al contactar al Servicio Agrícola Ganadero (SAG) pudieron constatar que se trataba de un mono Carayá proveniente de Argentina. Esperanzo fue llevado al Zoológico Nacional para poder ser revisado. Le diagnosticaron ceguera total y raquitismo severo por la falta de vitamina D y calcio, enfermedad en la que los huesos dejan de ser funcionales por la curvatura que toman. Ambas patologías fueron provocadas por las condiciones de vida al que fue sometido desde temprana edad. 


En las afueras de Santiago, un santuario reúne a monos rescatados del tráfico ilegal. Esta es la historia de lo que ocurre después.
En las afueras de Santiago, un santuario reúne a monos rescatados del tráfico ilegal. Esta es la historia de lo que ocurre después.

Con los ojos perdidos, huesos curvos y no más grande que una mochila universitaria, llegó Esperanzo al santuario, un 27 de marzo del mismo año de su rescate. Ahí comenzó a ser rehabilitado junto a otros monos que a pesar de no ser de la misma especie le brindaban el apoyo psicológico y familiar que él necesitaba  “los otros monos lo acicalaron, lo consolaron. Es como que el mono rehabilita al mono. Nosotros ayudamos escogiendo un buen grupo, ubicándolo bien, comiendo bien”, afirma Elba Muñoz, fundadora y directora del Centro de Rehabilitación y Rescate de Primates, quien ha rehabilitado a más de 300 monos de todo tipo que fueron víctimas del tráfico ilegal, estuvieron en circos, en cautiverio, entre otras situaciones.


Al igual que los seres humanos, las crías primates necesitan a su mamá para lactar a libre demanda y si esto se ve interrumpido genera distintos efectos negativos en la cría como una temprana desnutrición o un shock traumático. Sumando el resto de efectos provocados por las precarias condiciones del tráfico, según explica Carola Farias, veterinaria del Santuario de Primates. Por ello, es fundamental la rehabilitación “del minuto que llegue va a ser siempre vital que se empiece con la rehabilitación. Esta va a constar primero viendo en qué condiciones llega, tanto física, que me refiero de salud, como emocionales, que uno observa la conducta en ello”, menciona Farias.



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Según estimaciones de Interpol y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), el tráfico de fauna silvestre se ha consolidado como el cuarto negocio ilícito más lucrativo del planeta, moviendo entre 7 y 23 mil millones de dólares al año, después de las drogas, las armas y la trata de personas. En el Chile de los 90, la porosidad de la frontera permitía que un ejemplar de Alouatta Caraya cruzara la cordillera oculto en una guantera, sobreviviendo con apenas una fracción del oxígeno y la luz que su biología demanda.


Pese a que la fiscalización se endureció tras la ratificación del convenio CITES y el fortalecimiento de la Ley de Caza (19.473), el fenómeno del "mascotismo" exótico en sectores de altos ingresos en Santiago mantuvo viva la demanda. En Chile, se estima que por cada ejemplar que sobrevive al cautiverio doméstico, otros nueve mueren en el trayecto debido al estrés o las sobredosis de sedantes, según el SAG. Hoy, el repunte del comercio ilícito de fauna en pasos no habilitados del norte vuelve a poner en alerta a las autoridades, recordando que detrás de cada animal "exótico" en una casa, hay una cadena de maltrato. 


***


Entre altos vidrios transparentes y rampas de madera para poder arrastrarse en la jaula, Esperanzo vivió el resto de su vida. A pesar de que no era lo ideal, era lo mejor que le podían ofrecer. Para Esperanzo, el santuario diseñó un mundo a su nueva medida. Su día a día estuvo rodeado de una estructura principal de paneles de vidrio, una medida técnica para que el mono Carayá pudiera mantener el contacto visual con el exterior sin quedar expuesto a las corrientes de aire. 


—¿Cómo adaptar la jaula a su poca movilidad?—, se preguntaron antes de empezar a intervenir el espacio.


En el interior, la altura dejó de ser una opción: en su lugar aparecieron rampas suaves, ensambladas como un pequeño sistema de caminos que recorría toda la superficie. Por ellas, Esperanzo podía desplazarse arrastrando el cuerpo, sin la necesidad de saltar. 


Cuando la cuidadora se acerca a alimentarlo él se desliza por una de las rampas de su casa que  desembocaba en una bandeja de plástico. Ahí, cada día, encontraba su ración: trozos de fruta fresca y todo tipo de plantas. El recorrido hasta la comida ya no era un obstáculo, sino parte de una rutina que había sido meticulosamente pensada. 



En un costado de la jaula, separado del tránsito principal, se acondicionó una especie de  dormitorio. La luz infrarroja caía constante, generando un calor artificial que suplía las variaciones del ambiente. Sobre el suelo, mantas gruesas amortiguaban el frío de los meses de invierno, creando un refugio contenido, casi doméstico.


Un conducto conectaba la habitación principal con una segunda jaula externa. A través de él, Esperanzo podía avanzar por su cuenta hasta el sector descubierto. Allí, sin intervención humana, tenía la posibilidad de exponerse al sol, como si ese tramo final del recorrido fuese también una forma de autonomía cuidadosamente construida.


Así como el caso de Esperanzo hay otros más. Charlotte, una mona Cai Cariblanca, llegó al Santuario el 28 de noviembre de 2018 desde la Municipalidad de La Pintana, ella formaba parte de una exhibición junto con otros diez monos de su misma especie. Mientras estaba en una revisión médica rutinaria, al palparle el pecho le detectaron cáncer de mama. Por lo que fue sometida a cirugía. Muñoz, en conjunto a la veterinaria Farias, lograron salvarla. 


Coco es un mono Capuchino Común. Llegó el 11 de febrero de 2003 cuando tenía 9 meses desde el Bioterio de la Universidad Católica. A pesar de ser una cría de temprana edad, de igual manera realizaron experimentos con él.


Isaura, una mona araña, era obligada a pararse sobre una cuerda floja con dos baldes con arena para que se equilibrara como parte del show del circo de los Mazzini. Tras un decomiso a los circenses, el 29 de octubre de 2012, Isaura llega al Santuario con un daño en su columna que es irreversible. Hace un par de años le descubrieron un tumor en el útero, por lo que le extirparon el órgano. 


A pesar del gran amor que tiene Muñoz por los primates que llegan a sus manos, ella es crítica con la situación que viven los animales  “Esta sigue siendo una cárcel, la mejor de todas, pero una cárcel al fin y al cabo”, concluye.

***

Con el tiempo, Esperanzo cambió su pelaje. Dejó el café de su infancia para volverse negro azabache, revelando su naturaleza de macho adulto. Aunque nunca pudo saltar entre los árboles, encontró en sus pares y cuidadores la familia que el hombre le robó. Catorce años después de su llegada, el mono falleció.


En memoria de Esperanzo y todos aquellos animales que les ha tocado vivir las consecuencias de la ambición y crueldad del ser humano.

Revista Quiltra
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