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El valor de Marcos Simpson: el artista que Chile lleva en sus bolsillos


Durante décadas, Marcos Simpson tuvo en sus manos una tarea monumental: grabar sobre placas de metal las caras y símbolos que circularían por las manos de millones de chilenos. Fue el primer artista del país en llegar a Inglaterra para aprender aquel oficio casi desconocido y, a su regreso, dibujó parte de la historia de Chile sobre sus billetes. Hoy, a los 88 años, quiere postular al Premio Nacional de Artes Plásticas y todavía trabaja en su taller, rodeado de recuerdos, fotografías y pequeñas piezas que conservan la porfía de toda una vida.


Lo difícil de grabar a Gabriela Mistral era la dureza de su gesto. Su rostro reunía una feminidad y una rigidez distintas de las que aparecían en los retratos femeninos de la época. En Arturo Prat, el desafío era la barba: los pelos crecían en todas direcciones. Pedro de Valdivia planteaba un problema todavía mayor: ¿cómo reconstruir el rostro de un hombre del que no existía una sola fotografía?


Durante décadas, Marcos Simpson resolvió esas preguntas sobre placas de acero. En la Casa de Moneda grabó, a pulso, algunos de los rostros y escenas que más tarde circularon en los billetes chilenos. También viajó a Inglaterra para aprender una técnica prácticamente desconocida en el país y se convirtió en el primer chileno especializado en el grabado de retratos sobre metal.


Hoy, a los 88 años, Simpson vive solo en San Bernardo. Es viudo y su familia lo visita durante el día. Tiene el pelo blanco, usa lentes y habla pausadamente, entre suspiros. Cuando trabaja en el taller de su casa, se abriga con prendas de polar y enciende una pequeña estufa a sus pies para protegerse de ese frío que, según dice, llega con la edad.


Han pasado casi siete décadas desde sus primeros acercamientos al grabado. En el taller, aquellos años permanecen repartidos entre fotografías, muebles y paredes cubiertas con papel tapiz celeste. Allí también conserva la mesa en la que trabajaba su padre, el mismo lugar al que comenzó a entrar a escondidas cuando tenía trece años.


—Yo empecé en esto de los grabados a los trece años. Me metía en el taller de mi papá porque, digamos, era la única chance que tenía de hacer algo —cuenta.


El oficio también permanece. Marcos todavía dibuja sobre metal con cinceles, pequeños martillos y lupas. A veces trabaja en joyas. Otras, talla pequeñas piezas en relieve, las cubre con tinta y las estampa sobre el papel. Bajo sus manos, el metal vuelve a convertirse en paisajes, rostros y letras.


—Mira, esta mesa la ocupaba mi papá para trabajar. A él no le gustaba mucho que me metiera en su taller, pero, bueno, yo soy más porfiado que la cresta. Primero me especialicé en grabar anillos con iniciales. Hacía monogramas. Después, en cincelar las argollas: las grababa con flores y hojas. Quedan bonitas. Y de ahí, a hacer todo lo otro.


Fotos de Gabriel Rosales
Fotos de Gabriel Rosales


El taller de su padre


La casa de los Simpson era de adobe y el terreno estaba dividido en dos: una mitad pertenecía a la familia; la otra, al taller. Allí había dos mesas, ubicadas en extremos opuestos de la habitación, y una ventana amplia que daba hacia la calle.


El dueño era Eduardo Simpson, padre de seis hijos: Eduardo, que llevaba su mismo nombre; Marcos, Richard, Amalia, Reinela y Zenaida. Solo los tres varones aprendieron el oficio del grabado. De todos ellos, Marcos era el más curioso.


Su padre le enseñaba a grabar letras inglesas y él podía pasar tardes enteras inclinado sobre la mesa, repitiendo cada trazo. No siempre era bienvenido. A veces recibía una reprimenda; otras, debía insistir para que lo dejaran observar.


—¿Vas a estar todo el día en eso? ¿No tienes nada mejor que hacer?

—Papá, yo solo quiero ver cómo usted lo hace. Quiero ver cómo se empieza.


Tres años después, Marcos ya dominaba algunas técnicas y comenzaba a recibir pequeños encargos. Entonces llegó uno que anticipaba el trabajo que realizaría durante buena parte de su vida: un hombre pidió grabar sobre metal el escudo nacional.


En el taller discutieron quién asumiría la tarea.


—¿Te sientes capaz de hacerlo?

—Sí, papá, yo lo hago.

—Hágalo, pues.


Marcos tenía dieciséis años. Pasó los dos meses siguientes trabajando en el escudo y, cada día, comprobaba el resultado presionando un trozo de plastilina contra el molde de metal. Estaba tan orgulloso de sus avances que una tarde decidió mostrárselos a su padre.


La respuesta fue inmediata.


—Está malo, totalmente malo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Eso parece un caballo. Yo ya te dije cómo hacer el huemul. Eso parece un caballo.

Marcos borró a mano el trabajo de dos meses y comenzó otra vez. Cuando volvió a mostrarle el grabado, su padre fue menos severo, aunque se negó a hacerse cargo de la entrega.

—Está mejor, Marcos, pero no pienso entregarlo yo.


Cuando llegó el cliente, Marcos salió de la casa con el pedido entre las manos. Antes de escuchar cualquier comentario, renunció a la autoría. Tenía miedo: su padre le había dicho que el trabajo no estaba a la altura y él prefirió ocultar que era el grabador responsable.


El hombre abrió los ojos de par en par, recorrió el metal con los dedos y preguntó quién había realizado aquella pieza. Marcos mintió: dijo que había sido su padre. El cliente guardó silencio durante unos segundos y luego suspiró.


—Dígale a su papá que lo felicito. Es un trabajo realmente hermoso.


Así, el primer gran elogio de la carrera de Marcos quedó a nombre del hombre que le había enseñado el oficio y lo había obligado a comenzar de nuevo.


El costo de la adultez



Una de las últimas grandes peleas entre Marcos y su padre comenzó por dinero. Ya en sus veinte y con un hijo en camino, Marcos le pidió que le pagara un sueldo por trabajar en el taller. Eduardo se negó. Le dijo que, si quería buscar otros horizontes, la puerta era bien ancha.


Marcos le hizo caso. Al día siguiente se presentó en la Casa de Moneda, el lugar donde años más tarde grabaría los rostros y escenas que terminarían impresos en los billetes chilenos.

La primera vez que intentó entrar al edificio, los dos guardias de la puerta lo miraron de pies a cabeza y lo mandaron a lustrarse los zapatos. No estaba vestido de manera apropiada, le dijeron. Marcos insistió y regresó al día siguiente. Mostró su anillo de bodas para probar que sabía grabar metal, pero nadie le creyó. Entonces le pidieron que hiciera un grabado frente a ellos.


Pasó la prueba. Comenzaría ganando el sueldo mínimo.


Cuando le contó a su padre que había encontrado trabajo, los dos estaban tomando cerveza en una chopería del barrio. Eduardo se enfureció. Al regresar a la casa, se encerró en su habitación y permaneció allí durante una semana. Marcos todavía recuerda el silencio que se instaló entre ellos.


El día en que su padre murió, Marcos ya estaba llorando otra pérdida. Apenas unos días antes había fallecido su abuela. Eduardo salió en motoneta para comprar un ramo de flores que llevaría al cementerio y, en el camino, sufrió un accidente. Un niño llegó hasta la casa de los Simpson para avisarles que debían ir a la posta.


Marcos partió enseguida. Encontró a su padre con un chichón en la cabeza.


—¿Estás bien?

—Sí, estoy un poco mareado.


Fue la última vez que hablaron.


Marcos esperó hasta que un médico se acercó para explicarle la gravedad del accidente.


—Su papá tiene una hemorragia intracraneal. Incluso si sobrevive, va a haber secuelas.

Eduardo murió al día siguiente.


Marcos sintió que el mundo se le venía encima. Eso alcanza a decir antes de que el recuerdo le quiebre la voz. Sentado en su taller de San Bernardo, apoya una mano sobre la mesa que heredó de su padre. Sus ojos se vuelven cristalinos y guarda silencio.


La muerte de Eduardo dejó a la familia dependiendo del sueldo de Marcos. Vinieron las mudanzas y, durante un tiempo, debieron arrendar piezas para tener dónde dormir. Él comenzó a vigilar cada gasto. Por eso, cuando años después el Estado le ordenó viajar a Inglaterra, su primera preocupación no fue el oficio que aprendería, sino la familia que debía dejar en Chile.



En 1974, ya en dictadura, los militares llegaron a la Casa de Moneda. Recorrieron los talleres, reunieron a los trabajadores y anunciaron que la institución estaba muy atrasada tecnológicamente. También apartaron a varias personas que ocupaban cargos directivos.


Para modernizar el trabajo, necesitaban enviar a un artista grabador fuera de Chile. El elegido fue Marcos Simpson: viajaría a Inglaterra para aprender nuevas técnicas de grabado de retratos sobre metal. No era exactamente una invitación.


Según cuenta, hasta esta entrevista nunca había precisado públicamente la fecha de aquel viaje.


—Marcos, el Estado te envió a Inglaterra en 1974, ya en plena dictadura. Necesito preguntarte por tu postura frente a lo que vivía Chile en ese momento.


"En realidad, no quiero hablarte de política. Yo nunca, ni siquiera de joven, asistí a reuniones políticas. Ni de izquierda ni de derecha. No quería perder el tiempo escuchando a un compadre que iba a hablar durante una hora y que después ni me reconocería en la calle. Para mí no es un asunto de afinidad. Yo grabé metal para el Partido Comunista, también hice una plancha cuando vino Fidel Castro. Incluso conocí a Allende".


—¿Cómo era Allende?


"Lo conocí porque en la Casa de Moneda formamos un comité para ir arreglando y modernizando el lugar. Era, realmente, un hombre muy culto. Muy amable".


—Pero cuando la dictadura te dijo que irías a Inglaterra, ¿no sentiste temor? ¿No te dieron ganas de ser porfiado también en ese momento?


"Esa es la cosa: no me estaban preguntando. Me acuerdo de haberle dicho al milico: 'Usted se para aquí y me habla de puras obligaciones, pero ¿y mi familia?'. Y él no supo responderme".


La decisión, sin embargo, ya estaba tomada. Los gastos de su familia en Chile quedarían cubiertos mientras él permaneciera en el extranjero. Marcos dice que meditó mucho antes de aceptar, pero que, con varias personas dependiendo de su sueldo y en medio de las dificultades económicas que atravesaban, se le hacía muy difícil negarse.


Todavía sentado en su taller, pide no continuar hablando de política.


Marcos pasó un año en Inglaterra perfeccionando el grabado de retratos. Cuando regresó a Chile, uno de sus primeros grandes desafíos fue el nuevo billete de 500 pesos, que llevaría el rostro de Pedro de Valdivia y circularía en el país entre 1977 y 2000.


La sala de impresión era un galpón enorme y frío. Cientos de pliegos de papel avanzaban por las máquinas con la velocidad de autos de carrera. Durante las primeras pruebas, los encargados advirtieron que el retrato de Pedro de Valdivia no se veía bien.


Simpson fue enseguida a revisar el trabajo. Pronto descubrió que el problema no estaba en su grabado: la tinta aparecía corrida porque las placas no habían sido ajustadas correctamente.


Fue uno de los primeros sobresaltos de una carrera que todavía le impondría otros desafíos: la dureza del rostro de Gabriela Mistral, la barba indomable de Arturo Prat y la tarea de convertir imágenes y símbolos en líneas diminutas capaces de resistir el paso por millones de manos.


También vendrían recuerdos más felices. En 2003, cuando se retiró de la Casa de Moneda, sus compañeros arrendaron un local, prepararon comida e invitaron a sus hijos. Después de varias décadas trabajando en la institución, Marcos se despidió entre saludos, voces conocidas y algunas lágrimas.


—Arrendaron un local, había mucha comida. También invitaron a mis hijos. Fue bien lindo. Emocionante.


Quedar grabado en la historia


Hay muchas fotografías de aquella despedida y de las décadas de Marcos en la Casa de Moneda. En algunas aparece junto a políticos; en otras, con su familia. Las conserva en una habitación especial de su casa y se detiene a explicar quién es quién.


—Mira, este era ministro.


Últimamente ha tenido que buscar muchas de esas imágenes y también algunos moldes antiguos. Está postulando al Premio Nacional de Artes Plásticas y, por eso, le han pedido numerosas entrevistas.


—¿Sabes? Incluso si no gano, yo ya soy parte de la historia.


Sus nietos dicen que Marcos nunca ha estado solo desde que enviudó. Intentan acompañarlo, aunque todavía se asombran de encontrarlo siempre levantado, trabajando. Sigue grabando piezas de metal: aros, medallitas y objetos pequeños. Muchos reposan sobre un tapete rojo y se parecen entre sí, como variaciones de una misma insistencia.


A 65 años de haberse metido a escondidas en el taller de su padre, Marcos vuelve cada día a inclinarse sobre el metal. Cambiaron los encargos, las herramientas y el tamaño de las piezas. No cambió la porfía. Quizás esa haya sido la verdadera herencia de Eduardo Simpson: la fuerza que sacó a su hijo de una casa de adobe y terminó poniendo sus dibujos en los bolsillos de todo un país.


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