Los barberos de Yungay: tradición que no se corta
- Gabriel Rosales
- hace 5 días
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Actualizado: hace 2 días

En la Peluquería Francesa hay navajas, frascos y máquinas tan antiguas que algunos visitantes creen haber entrado a un museo. También hay barberos a los que confunden con actores de época. Pero Juan Ángel, Ángelo Piaggio y Alex Venegas no están allí para representar el pasado: mantienen vivo un oficio que se ejerce en Yungay desde 1868 y que, tras la muerte de varios de sus antiguos maestros durante la pandemia, todavía pasa de unas manos a otras.
Juan Ángel barre la vereda frente a la Peluquería Francesa. Lleva una bata blanca y un pañuelo negro anudado sobre la cabeza. Cuando se presenta, dice Juan Ángel. Nada más. Es su nombre artístico o, mejor dicho, su nombre de barbero. El apellido se lo guarda. La edad también.
—¿Años? Tengo los suficientes, tú te imaginarás.
Hay otra cifra que entrega sin rodeos: lleva casi cuarenta años cortando el pelo. Durante buena parte de ese tiempo, sin embargo, las tijeras no fueron su principal herramienta de trabajo. Juan Ángel era profesor y ejercía la docencia con adultos. Cortaba el pelo sólo en actividades comunitarias, eventos sociales o cada vez que alguien se sentaba frente a él y le pedía que hiciera algo con su cabeza.
La destreza, piensa, viene de familia. Es hijo de una modista y de un sastre.
—Toda mi familia es de oficios. Yo creo que tengo esa habilidad en las manos.
Cuando su carrera docente llegaba a su fin, se inscribió en Instituto Faúndez para estudiar estilismo internacional. Aprendió a trabajar el cabello de hombres y mujeres, pero eligió el corte masculino. Allí se sentía más cómodo. Cambió los plumones y la pizarra por las tijeras y la navaja, aunque no abandonó del todo la enseñanza. Todavía habla de la peluquería como un saber que debe pasar de unas manos a otras antes de desaparecer.

Llegó a la Peluquería Francesa en 2014, cuando Cristián Lavaud buscaba renovar el negocio familiar sin borrar aquello que lo había mantenido en pie desde el siglo XIX. Por entonces, las nuevas barberías empezaban a multiplicarse por Santiago y el local necesitaba personas capaces de tender un puente entre dos generaciones: la de los antiguos peluqueros, formados en cortes clásicos, y la de los barberos jóvenes que llegaban con máquinas eléctricas, degradados y nuevos estilos.
Los dueños acudieron al instituto donde estudiaba Juan Ángel y organizaron un equipo de practicantes. Él no fue el primero en llegar. Envió a otro compañero, pero fue ese mismo compañero quien, después de conocer el lugar, pidió que lo incorporaran.
—Necesitamos traer a Juan Ángel a la peluquería. Él sabe hacer esos cortes más clásicos.
El hombre terminó allí sus últimos tres meses de práctica. Los demás integrantes de aquel equipo siguieron otros caminos: algunos se fueron a trabajar a Alemania, otros a España y otros a Miami. Él también tuvo la posibilidad de instalarse en el barrio alto, donde habría encontrado otra clientela y probablemente mejores oportunidades, pero decidió quedarse en el Barrio Yungay. No dice que trabaja en una peluquería clásica. Prefiere llamarla una peluquería patrimonial, y para él la diferencia es importante.
—Yo soy un defensor del patrimonio de Chile. Esta peluquería es un orgullo para nosotros. Y no me refiero a las máquinas antiguas que están exhibidas, me refiero al lugar. ¿Te digo algo? Yo me quedo acá por mi patrimonio, por Chile, rodeado de historia.

La Peluquería Francesa ocupa un edificio alto, de ladrillos a la vista y columnas amarillas. En el interior hay cuatro sillones para atender, un candelabro y paredes cubiertas con papel tapiz beige. Entre las herramientas de trabajo aparecen máquinas, frascos y objetos antiguos que ahora también funcionan como piezas de museo. Algunos visitantes se sientan a esperar un corte; otros entran solamente para observar y sacar fotografías.
El lugar fue fundado en 1868 por Victorino Tauzan, un francés que más tarde se casó con la viuda de Jules Émile Lavaud, otro migrante francés que había muerto poco después de llegar a Chile. Tauzan crió como propio a Emilio Lavaud Lamothe, el hijo de su esposa. Luego le heredó el negocio. Así comenzó la relación de la familia Lavaud con un establecimiento que ha sobrevivido durante más de un siglo y medio a las transformaciones de Santiago, al deterioro del barrio y a la migración de buena parte de su antigua clientela hacia el sector oriente. Según sus propietarios, es la segunda peluquería más longeva del mundo. En el Barrio Yungay, al menos, nadie parece discutir que forma parte de su historia.
Juan Ángel no es el único que habla del lugar como si fuera algo que necesita ser protegido. Ángelo Piaggio lleva diez años ejerciendo la barbería y, además de atender frente a uno de los espejos del salón, fundó Bellas Épocas Tours, una agencia que organiza recorridos por distintas zonas patrimoniales de Santiago. Viste una bata, un sombrero de mimbre beige y mocasines blancos. Comenzó cortando el pelo en Puerto Varas y ahora, durante una pausa entre clientes, resume con una frase la razón por la que trabaja aquí:
—Este lugar es importante porque es patrimonial —repite Piaggio.
La apariencia de los barberos, el edificio antiguo y los objetos exhibidos han provocado algunas confusiones. Juan Ángel recuerda a un grupo de turistas que entró con pasos dubitativos, sin saber si podía acercarse. Después de observarlo durante unos minutos, uno de ellos le preguntó si estaba contratado para representar a un peluquero de otra época, como si la bata blanca, el pañuelo y las tijeras fueran parte de una puesta en escena. Juan Ángel tuvo que explicarles que no era un actor.
La confusión dice algo sobre el lugar que ocupa la Peluquería Francesa en la ciudad. Para algunos es una atracción turística; para otros, un museo; para Juan Ángel, Ángelo Piaggio y los demás hombres que trabajan allí, sigue siendo, antes que todo eso, una peluquería. El patrimonio no está únicamente en las máquinas antiguas ni en el mobiliario, sino en un conjunto de movimientos que alguien todavía sabe ejecutar: la forma de sostener una navaja, de inclinar la cabeza de un cliente, de reconocer un corte regular largo o uno militar y de abrir y cerrar las tijeras sin que tiemble la mano.

Cuando Juan Ángel habla de sus compañeros, se mece sobre la banca y apoya los dedos en la barbilla. No piensa solamente en quienes llegaron con él desde el instituto y después se repartieron por el mundo. Recuerda, sobre todo, a los hombres que ya trabajaban allí cuando él entró: peluqueros de ochenta años que llevaban décadas cortando el pelo en los mismos sillones. Las canas combinaban con las batas blancas. Sus dedos, pecosos y arrugados, sostenían las tijeras de metal sin que les fallara el pulso. Es difícil que tiemble una mano que ha repetido el mismo rito durante toda una vida.
—Casi todos murieron en la pandemia —dice Juan Ángel—. Algunos habrán trabajado veinticinco o treinta años en esta peluquería. Puros tatitas, imagínate.
Juan Ángel recuerda a Manuel Cerda. También a René, un barbero que había trabajado en Nueva York y pasaba los veranos en Chile. De René no consigue recordar el apellido. Van muchos años. Los nombres, incluso los importantes, comienzan a desprenderse de las historias.
Manuel Cerda fue uno de los hombres fundamentales en la supervivencia de la Peluquería Francesa. Ingresó a trabajar en 1963 y, después de la muerte de Emilio Lavaud, en 1988, asumió la administración cuando la familia decidió no continuar con el negocio. Durante más de dos décadas, Cerda mantuvo abierta la barbería en los años más difíciles del Barrio Yungay, cuando parte de la población y de la clientela tradicional comenzó a desplazarse hacia otros sectores de Santiago.
Tiempo después, Cerda entregó el relevo a Cristián Lavaud y permitió que el establecimiento iniciara el proceso de restauración que lo convertiría en uno de los lugares más reconocibles de la ciudad.
Cerda también fue mentor de otros barberos. Alex Venegas trabajó a su lado, aunque no de manera continua: estuvo en la peluquería, se fue y después regresó. Dice que junto a Cerda aprendió parte del oficio, pero que llegó un momento en el que necesitó salir, conocer otras barberías y buscar nuevos conocimientos. Ahora el viejo peluquero aparece en sus recuerdos junto con una larga lista de colegas y clientes que han pasado por el salón.
Entre esos clientes estuvo John Travolta. En 2025, el actor llegó a la Peluquería Francesa y pidió que le afeitaran la cabeza. Para atenderlo tuvieron que cerrar el local. Venegas recuerda que se comportó como “un verdadero caballero”: al terminar el servicio, agradeció, conversó con los trabajadores y se tomó fotografías con los barberos.

Por las sillas del local también han pasado Sebastián Sichel, el Huevo Fuenzalida, Luis Jara y un antiguo embajador de Francia en Chile. Juan Ángel menciona los nombres con naturalidad, como si el desfile de personajes conocidos fuera una consecuencia inevitable de trabajar en un lugar donde se cruzan la barbería, el turismo y la historia de Santiago. Pero las celebridades no alteran demasiado la rutina: todas terminan sentadas frente al mismo espejo, cubiertas por una capa, mientras alguien acerca una tijera a su cabeza.
Cuando le preguntan por los desafíos de trabajar en una barbería patrimonial, Juan Ángel responde primero con una broma:
—Que los jóvenes se están quedando sin pelo.
Después se ríe y hace una pausa. El verdadero desafío, explica, es comenzar a formar parte de la historia que uno mismo ha ayudado a conservar. Él llegó para conectar la antigua peluquería con las nuevas generaciones, pero, con el paso de los años y la muerte de sus compañeros, se convirtió en uno de los hombres que los visitantes observan como si perteneciera a otro tiempo, uno de esos hombres que, todos los días, buscan mantener viva la tradición.
Alex Venegas, por ejemplo, distingue que la forma de mantener vivo el oficio de la peluquería, es a través de una propuesta distinta. Para Venegas, la labor que realizan las barberías modernas es admirable, pero el vive el oficio desde otra idea:
—Hacer 50 cortes de pelo en un día es una tarea muy respetable, valiosísima, pero yo acá intento hacer algo distinto, intento poner en práctica lo que es el visagismo.
El visagismo —del francés visage, que significa rostro—, es una técnica de análisis estético utilizada en la peluquería, el maquillaje, la barbería y el diseño de imagen para estudiar las proporciones, formas y rasgos particulares de la cara de una persona. Venegas cuenta que así orienta su labor todos los días, busca captar una personalidad y traducirla en un peinado, en un corte.
—Que una persona te pida un mohicano, o un regular corto, son señales. Es una personalidad la que te habla. Hay belleza en intentar captar eso.
Juan Ángel piensa de forma similar, él no se define como un “cortapelo”. El cabello, dice, puede revelar momentos que una persona no siempre consigue explicar con palabras. A veces se cae durante una depresión. A veces alguien decide raparse después de atravesar un episodio doloroso, como si al desprenderse del pelo pudiera dejar atrás una parte de lo vivido. Otras veces, simplemente, una persona quiere verse distinta, recuperar cierta seguridad o convertir su cabeza en un espacio para experimentar.
Cada mañana, Juan Ángel llega una hora antes que su primer cliente. Las herramientas quedan limpias desde la noche anterior, pero él vuelve a revisarlas. Saluda a las personas del restaurante contiguo y se toma un café para despertar. Dice que necesita ese tiempo para encontrar la concentración con la que recibirá a quienes se sienten frente a su espejo.
—Uno se prepara mentalmente como un futbolista antes de un partido. Imagínatelo así.
Después del café, Juan Ángel entra a la peluquería. Los cuatro sillones esperan bajo el candelabro; las antiguas máquinas permanecen inmóviles en las vitrinas y las herramientas de trabajo están alineadas para comenzar el día. Afuera, alguien puede detenerse a fotografiar el edificio o confundirlo con un actor contratado para representar el pasado. Pero Juan Ángel no interpreta a un barbero antiguo. Es un barbero.
Después de casi cuarenta años cortando el pelo, sabe que un oficio no sobrevive únicamente porque sus herramientas sean guardadas en un museo. Sobrevive cuando alguien todavía sabe tomarlas con las manos, acomodar a un cliente frente al espejo y hacer que las tijeras vuelvan a abrir y cerrar, tal como se ha hecho desde 1868.




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