El punto final de las bordadoras del smock
- Josefina Huerta
- hace 2 horas
- 8 min de lectura

Desde los años setenta, un grupo de mujeres de la población El Barrero, en Huechuraba, borda a mano piezas textiles con una delicadeza que ha resistido al paso del tiempo. Uno de esos bordados, incluso, llegó hasta las manos de Lady Di, para vestir al príncipe William. La agrupación alcanzó a las 200 integrantes; hoy solo quedan cinco. Esta es la historia de tres de ellas —Ana Parra, María Salazar y Gema, dos veteranas del oficio y una apasionada tardía—, contada por ellas mismas: el punto smock, la técnica que les cambió la vida.
Cuando caía la noche en la población El Barrero y sus calles se quedaban en silencio, un grupo de mujeres daba inicio a una jornada nocturna. Las luces de las casas se apagaban, los niños dormían al fondo de las piezas y sobre una mesa se acumulaban bastidores, carretes de hilo, agujas, telas cuidadosamente plisadas y tazas de té que se enfriaban mientras avanzaba la madrugada.
Entonces estas mujeres comenzaban a bordar.
El hilo atravesaba la tela una y otra vez. Puntada tras puntada. Afuera sólo se escuchaban los ruidos apagados de la noche. Adentro, cinco mujeres permanecían inclinadas sobre vestidos de niños que jamás conocerían. Bordaban hasta las tres de la mañana. Después cada una regresaba a su casa, dormía apenas un par de horas y volvía a levantarse para las rutinas diurnas: preparar desayuno, vestir a sus propios hijos, ordenar la casa y empezar un nuevo día.

"Iba la nana de unos mellizos, llegaba la Érica, la Paty de la esquina, yo y la Chela, que era la que prestaba la casa. Nos quedábamos hasta las tres de la mañana bordando. Después volvíamos a la casa a dormir un ratito porque luego había que levantarse e ir a dejar a los niños al colegio", cuenta Ana Parra, quien hoy tiene 74 años.
Las manos de esta artesana también se encargan de contar su historia: en cada dedo sobresale una pequeña "guatita" de artrosis que comprueba los 50 años que lleva sosteniendo agujas.
"Fue muy sacrificado", interrumpe María Salazar, sentada a su lado. Las dos sonríen.
Ana tenía apenas diecisiete años cuando llegó desde Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos a Sanrtiago. Su padre había muerto y la familia buscaba empezar de nuevo en la capital. Lo que encontraron fue una mediagua, levantada sobre un terreno donde el invierno parecía colarse por las rendijas. "Éramos muy pobres. Vivíamos bajo un techo de fonola, una especie de cartón prensado en alquitrán. Los dormitorios ni siquiera tenían cielo. Cuando la helada se derretía, el agua caía sobre las camas y había que cubrirlas con nailon". Hace una pausa.
María no tarda en completar la escena: "Cuando nevó un año, se hicieron tiras (...) La pasamos muy mal. El baño era un pozo negro en el patio". Para fines de la década de 1970, distintas estimaciones sitúan la pobreza en Chile en torno al 30% de la población. En la década siguiente, tras la crisis económica de 1982, alcanzaría cerca del 45%.
Había días en que Ana caminaba varias cuadras para hacer fila en la olla común de una iglesia.
"Yo iba a buscar los alimentos para mis hijos y me iba para la casa (...) "Lo que había, teníamos que economizarlo y compartirlo no más. Se le echaba un poquito más de agua y alcanzaba para todos", cuenta la artesana. Las puntadas todavía no habían llegado.
El cambio apareció una tarde cualquiera hacia 1975, cuando dos mujeres provenientes del barrio alto comenzaron a visitar la población. Venían acompañadas por religiosas y buscaban enseñar un oficio que permitiera generar ingresos desde las propias casas. Traían consigo varias técnica de costura y bordado, y una de ella era casi desconocida en Chile: el punto smock. Las instrucciones no eran sencillas. La tela debía fruncirse primero siguiendo una cuadrícula perfecta. Después, sobre esos pequeños pliegues, se bordaban figuras geométricas que transformaban una superficie lisa en un relieve delicado y casi escultórico. Bastaba equivocarse en un punto para arruinar todo el diseño. Las primeras alumnas apenas entendían lo que veían. Ana tampoco: "Nos costó mucho aprender. Había compañeras que lloraban de rabia porque no les resultaba", recuerda.
La artesana volvía a su casa y deshacía una y otra vez las mismas puntadas hasta entenderlas.
La paciencia terminó convirtiéndose en un idioma que empezaron a compartir entre ellas, hasta que, poco a poco, comenzaron a dominar la técnica. El incentivo para seguir vino más tarde, cuando empezaron a aparecer los compradores y los primeros encargos: el rumor empezó a correr de casa en casa y, casi sin darse cuenta, El Barrero comenzó a llenarse de mujeres con agujas en las manos. No existía internet, ni tutoriales. En esa época el conocimiento viajaba de boca en boca. Una aprendía, y esa después le enseñaba a otra. Y esa otra, le enseñaba a una vecina.
Pronto las mesas del comedor dejaron de servir únicamente para comer el almorzar. Al caer la tarde se transformaban en talleres improvisados. Los vestidos se apilaban sobre las sillas y los hijos hacían tareas mientras las madres contaban puntadas casi sin mirar la tela. Algunas mujeres escuchaban radionovelas. Otras conversaban. Y casi sin darse cuenta, llegaron a ser 200 bordadoras.
Este arte se transformó en una fuente de ingreso que permitía a las dueñas de casa comprar materiales para el colegio de los hijos, pagar las cuentas, o simplemente llenar la despensa en las décadas más pobres de nuestra historia reciente.
Nadie habría imaginado que, detrás de las puertas de esas casitas humildes, nacían prendas que cruzaban el océano rumbo a Europa. Y que una de ellas terminaría vistiendo al príncipe William. Pero entonces ninguna pensaba en la realeza. Pensaban, más bien, en cómo llegar a fin de mes.
"Nunca nos hicimos ricas", dirá después Ana, "pero el bordado nos ayudó a salir adelante". Con los años llegaron encargos cada vez más grandes. Los intermediarios retiraban cajas completas, repletas de prendas infantiles. Muchas bordadoras jamás supieron dónde terminaban.

Las bordadoras que resisten
Las puntadas comenzaron a viajar mucho más lejos. Los vestidos de niño salían desde Huechuraba rumbo a talleres y exportadoras. De ahí seguían camino hacia Europa y Estados Unidos. La mayoría de las mujeres nunca supo exactamente quién los compraba. Ellas sólo recibían nuevas telas, nuevos encargos y nuevas fechas de entrega. Bordaban sin imaginar el destino de aquellas prendas.
Hasta que un día alguien llevó una revista al taller. En una fotografía aparecía la princesa Diana junto al pequeño príncipe William. El niño llevaba puesto un mameluco bordado con punto smock. Era igual a los que ellas confeccionaban. "Nos dimos cuenta porque era exactamente el mismo modelo que nosotros hacíamos", recuerda Ana.
La noticia corrió de casa en casa. Durante años habían trabajado sin saber que aquellas prendas terminaban al otro lado del mundo. Pero en la población ubicada en lo que hoy es la comuna de Huechuraba, la vida seguía igual.
"Yo hacía todas las cosas de la casa. Dejaba listo el almuerzo porque mi marido llegaba a la una. Después seguía bordando. En la noche, cuando acostaba a los niños, volvía a sentarme.
Nunca hubo horarios. El tiempo libre simplemente desapareció", cuenta Ana. Mientras tanto, María asiente mientras la escucha. Ninguna de las dos recuerda cuántos vestidos bordaron en sus vidas, porque nadie llevó un registro.

Durante décadas, el punto smock convirtió a El Barrero en un lugar conocido entre quienes trabajaban en la confección infantil. Al barrio comenzaron a llamarlo el Pueblito de las Bordadoras, y por eso, llegaron periodistas, equipos de televisión, delegaciones extranjeras. Las mujeres participaban en exposiciones y mostraban una técnica que, fuera de ese lugar, casi nadie conocía. Pero el tiempo empezó a cambiar de dirección, la industria textil se transformó y las importaciones hicieron cada vez más difícil competir.
Muchas dejaron de bordar. Otras envejecieron. Algunas murieron. Los talleres fueron cerrando uno tras otro. Las noches dejaron de iluminarse. Quien llegó cuando ese mundo ya comenzaba a desaparecer fue Gema Muñoz. A diferencia de Ana y María, ella no aprendió siendo joven, sino que esperó a llegar a sus cuarenta años. Todo comenzó por una porfía, dice ella. Había visto el punto smock cuando tenía poco más de veinte años y quiso aprender de inmediato, pero no pudo. Entre el trabajo, la familia y las obligaciones cotidianas, el tiempo nunca le alcanzó.
La idea, sin embargo, nunca la abandonó. "Soy media porfiá' yo. Cuando se me pone algo en la cabeza, tengo que hacerlo", cuenta. Hoy tiene sesenta y nueve años y probablemente sea la persona más inquieta del grupo. Estudia contabilidad, marketing digital e inteligencia artificial en cursos de la Municipalidad de Huechuraba. Participa en talleres de arpillera, macramé, bisutería, tejido y pintura. Preside la agrupación Artesanas Huechuraba Poniente y también integra otro colectivo en Recoleta. Su agenda parece imposible. "Tengo todo el día ocupado, todos los días. Me duermo a las tres o cuatro de la mañana; cuando tengo que ir a dejar a mi nieta al colegio me despierto a las seis y, cuando no, tipo ocho u ocho y media. Duermo tres o cuatro horas máximo", avisa.

Mientras habla, sus manos no dejan de moverse. El punto smock ya no lo utiliza únicamente para vestidos infantiles, sino que ha comenzado a experimentar con cinturones, accesorios y prendas para adultos. No quiere conservar la técnica dentro de una vitrina y que el interés en este arte se pierda: cada año quedan menos mujeres dedicadas a esta labor, por eso insiste en enseñar. No le importa si la alumna avanza lento o si tiene que repetir la explicación cientos de veces. "Yo me dedico a las que les cuesta y a tratar de que aprendan. Algunas me dicen que ya no pueden más y yo les digo que le den, que sí se puede. Me gusta eso. Me gusta motivarlas para que esto pueda seguir", cuenta Gema.
Hace algún tiempo incluso le propuso al alcalde de la comuna impartir talleres gratuitos para niños en un programa después del colegio. Mientras otros aprendían robótica o chino mandarín, ella quería enseñarles a usar una aguja. "Estoy dispuesta a enseñarles sin cobrarles uno, por amor al arte, porque lo que yo quiero es que esto siga", dice.
Las tres coinciden en una preocupación y es que el Estado todavía no reconoce el punto smock como patrimonio. Gema recuerda una conversación con un funcionario del Ministerio de las Culturas durante la inauguración del centro cultural de Huechuraba en mayo de este año. Le explicaron que aún faltaban estudios. Que probablemente sería necesario incorporar antropólogos. Ella no pudo evitar responder: "¿Pero qué más estudio? Háganlo antes de que mueran todas las señoras que están aquí. Imagínese que yo, con sesenta y nueve años, soy la más joven. ¿Van a esperar a que se mueran las señoras y no quede ningún registro?", dice que l a pregunta quedó sin respuesta.
Hoy sigue sin tenerla.
El Barrero ya no se parece al de hace cincuenta años. Las mesas donde antes se reunían decenas ya no se comparten. El letrero que alguna vez anunció el Pueblito de las Bordadoras pertenece más a la memoria que al presente. Sin embargo, basta entrar a la casa de Ana para escuchar nuevamente el roce del hilo sobre la tela. María todavía se sienta a bordar. Y Gema sigue buscando alumnas.