La carrera por la dignidad de los galgos
- Quiltra

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Leito se desplaza en un carro ortopédico; Theo todavía teme que lo toquen; Baltazar aprendió a dormir sin sobresaltos. Como ellos, otros galgos llegaron a sus nuevas familias con fracturas, enfermedades y miedos que persistieron mucho después del rescate. Mientras avanza en el Congreso el proyecto que busca prohibir las carreras de estos perros, sus historias revelan el lento aprendizaje de una vida que ya no se mide por el rendimiento: jugar, descansar y volver a confiar.
Por Christell y Gabriel Lara.
Quienes viven con un perro adoptado saben que hay preguntas que nunca tendrán respuesta. No pueden preguntarles dónde nacieron, qué lugares recorrieron, ni qué ocurrió antes de que llegaran a esa casa. El pasado, sin embargo, aparece de otras maneras: en el cuerpo que se encoge ante una caricia, en el miedo a ciertos ruidos, en una cicatriz o en la dificultad para dormir.
Así llegaron Leito, Theo, Mocca, Dalgi, Pierre y Baltazar a sus nuevas familias. Entre ellos había perros utilizados para correr, cazar o reproducirse, y otros que habían nacido en criaderos clandestinos. Algunos tenían fracturas mal soldadas, quemaduras y enfermedades; otros cargaban con temores que nadie podía explicar por completo. Recuperarlos exigió cirugías, fisiatría, tratamientos prolongados y una paciencia imposible de medir.
El 18 de agosto de 2026, la Cámara de Diputadas y Diputados aprobó en general, por 80 votos a favor, el proyecto que busca prohibir y sancionar las carreras de perros en Chile. La discusión ocurre cuando otros países ya han comenzado a abandonar esta práctica: Argentina y Uruguay la prohibieron en todo su territorio; durante 2026, Nueva Zelanda puso fin a las carreras comerciales de galgos y Gales aprobó una ley para erradicarlas. En Chile, la iniciativa todavía debe continuar su tramitación.
En el Congreso, el debate gira en torno a la prohibición de una práctica, pero las carreras son apenas una de las formas de explotación que enfrentan los galgos. No todos los perros que llegan a las organizaciones de rescate vienen de una pista. Algunos fueron utilizados para cazar. Otros, para reproducirse. Otros fueron abandonados cuando dejaron de cumplir la función para la que habían sido criados. La velocidad, la resistencia y el instinto de persecución que hicieron valiosa a esta raza también la han convertido en objeto de distintas formas de explotación y descarte.
Una oportunidad para confiar

Antes de llegar a la casa de Daniela Riveros, Theo fue utilizado para correr. Durante una competencia sufrió una lesión y, según los antecedentes que recibió la familia, el galguero que lo tenía decidió descartarlo. Como castigo por la pérdida económica, lo encerró en una habitación de apenas un metro cuadrado, donde vivía entre sus propios excrementos.
Cuando fue rescatado, tenía una antigua fractura de fémur que había soldado de manera incorrecta, una subluxación y varias raíces dentales quebradas, posiblemente a causa de las caídas sufridas durante las carreras. Daniela y quienes participaron en el rescate sospechan que también fue utilizado para reproducirse.
Theo llegó a su nueva casa con terror al contacto humano. Cada vez que alguien intentaba tocarlo, se alejaba o reaccionaba con miedo. Casi tres años después, su recuperación todavía avanza lentamente y la familia celebra cambios que para otros podrían parecer pequeños.
Para ayudarlo a relacionarse con otros perros, Daniela adoptó a Mocca, una cachorra rescatada de un criadero clandestino instalado en una toma de terreno. Mocca nunca participó en carreras, pero las condiciones en las que nació también dejaron consecuencias en su cuerpo.
Llegó con giardiasis y varios cachorros de la misma madre dieron positivo a Brucella canis. Según Daniela, uno de ellos murió después de sufrir un daño medular. Ante estos antecedentes, la familia debió esterilizarla antes de lo previsto. Tiempo después, Mocca sufrió una falla renal aguda y fue hospitalizada en estado grave. Durante los tres meses siguientes, Daniela y su familia le administraron suero subcutáneo todos los días en la casa.
La última en incorporarse fue Dalgi. Su historia con las carreras había comenzado antes de su nacimiento: sus padres eran utilizados en competencias de alta exigencia y, de acuerdo con Daniela, al padre le inyectaban sustancias para aumentar su rendimiento. Varios cachorros de la camada presentaron problemas conductuales. Dalgi tuvo episodios de reactividad asociados al estrés, aunque respondió favorablemente al proceso de adaptación.
Los rescates de Theo, Mocca y Dalgi fueron realizados por las fundaciones Huellitas de una Toma y Patitas sin Rumbo Chile. Sus historias terminaron reuniéndose en una casa de la Región de Valparaíso donde hay cada uno tiene su cama.
El trabajo de una fundación
Cuando Denisse Salinas comenzó a investigar sobre los galgos, descubrió que en redes sociales eran ofrecidos como objetos de intercambio. Un perro podía ser entregado a cambio de dinero, comida, una escopeta, un videojuego o un teléfono celular. Para sacarlos de esos lugares, ella comenzó a negociar con sus dueños y a ofrecerles sacos de alimento.
Ese trabajo dio origen, a finales de 2019, a la Fundación Salva un Galgo, que Denisse dirige junto con la médica veterinaria Claudia Rochefort. Desde entonces, la organización ha participado en más de 300 rescates y actualmente mantiene bajo su cuidado a 28 galgos que esperan ser acogidos o adoptados.
El aumento de los casos obligó a la fundación a establecer prioridades. Ya no podían recibir a todos. Comenzaron a concentrarse en perros con fracturas expuestas, cuadros de desnutrición severa y hembras en celo expuestas a continuar siendo utilizadas para reproducirse.
Una de ellas fue Estela. Cuando la rescataron pesaba doce kilos y tenía escaras y llagas en todas las extremidades. Su cuerpo estaba tan debilitado que el solo contacto con el suelo le provocaba heridas. Con el tiempo logró aumentar catorce kilos.
De acuerdo con los casos que ha recibido la fundación, algunos galgos utilizados en carreras son inyectados con estimulantes, cardiotónicos y sustancias conocidas como «pica-pica» o efedrina para aumentar su rendimiento. Una de las perras de Denisse desarrolló síndrome de Cushing y tumores en las glándulas suprarrenales, enfermedades que ella relaciona con los fármacos que le administraron antes del rescate.
También han acogido perros con síndrome de abstinencia, epilepsia y lesiones provocadas por agresiones. Benito llegó con la mandíbula quebrada por el golpe de un palo, la lengua perforada y varias heridas de arma blanca en los costados.
Esas secuelas también determinan el proceso de adopción. Antes de entregar un galgo, la fundación evalúa si la familia cuenta con el tiempo y los recursos necesarios para sostener tratamientos que pueden extenderse durante años. Denisse advierte que ni siquiera adoptar un cachorro garantiza recibir un animal saludable: algunos nacen con consecuencias de la desnutrición sufrida durante la gestación o de las sustancias administradas a sus madres. “Yo entrego perros enfermos”, dice.
Denisse lleva casi veinte años vinculada al activismo por los galgos. Para ella, una segunda oportunidad puede transformar la historia de un animal, pero la verdadera victoria no consiste en multiplicar los rescates: consiste en que algún día dejen de ser necesarios.
Pierre, el galgo que comió piedras
Cuando encontraron a Pierre en un predio rural de Melipilla, no tenía comida ni agua. Estaba reducido a los huesos, su cuerpo permanecía cubierto de cicatrices y tenía parásitos internos y pulgas. Durante la revisión veterinaria descubrieron algo más: había comido piedras para intentar calmar el hambre.
Pierre había sido comprado para participar en jornadas de cacería. Cuando cumplió dos años y medio y dejó de responder a las expectativas de rendimiento de su dueño, fue abandonado en el mismo fundo. Según el relato que más tarde recibió Francisco Silva, quienes participaron en el rescate fueron a enfrentar al hombre. “Llévenselo, no sirve para nada”, les respondió. Francisco conoció la historia de Pierre a través de una red de adopción y decidió ofrecerle un hogar definitivo. Durante los meses siguientes lo acompañó en una recuperación marcada no solo por las consecuencias físicas del abandono, sino también por el aprendizaje de una vida distinta.
Hoy Pierre disfruta de sus paseos, busca la cercanía de las personas y se ha convertido en un perro afectuoso. La mayor transformación, para Francisco, está en la tranquilidad con la que habita su nueva casa. “Ver cómo un perro que estaba destinado a morir de hambre hoy disfruta de la calma demuestra que solo necesitaba una oportunidad y el espacio adecuado”, dice.
Leito, el galgo que llegó al altar

El día en que Paulina Morales y José Martín Maturana se casaron, Leito e Igor entraron a la ceremonia con trajes de etiqueta y flores. Uno caminaba sobre sus cuatro patas; el otro necesitaba un carro ortopédico para desplazarse. Menos de un año antes, el futuro de Leito se reducía a dos posibilidades: una costosa operación o la eutanasia.
El 14 de febrero de 2025, Leito tenía ocho meses y acababa de escapar de una casa de galgueros en Lampa cuando un conductor lo atropelló y huyó. El cachorro quedó tendido en la calle, sin recibir asistencia, hasta que alguien lo trasladó a una clínica veterinaria.
La Fundación Brigada Galgos asumió el caso y consiguió que fuera sometido a dos complejas cirugías de columna, en las que le instalaron fijaciones metálicas. Las operaciones no lograron devolverle la movilidad de las patas traseras, pero permitieron que comenzara su recuperación.
El cuerpo de Leito conservaba otras señales. Tenía quemaduras de cigarrillo, heridas en las patas, las orejas dañadas y los dientes deteriorados por la mala alimentación. Como no podía sostenerse sobre sus extremidades traseras, se arrastraba: las lesiones de sus tobillos llegaron hasta el hueso y durante largo tiempo necesitó curaciones diarias.
Paulina, profesora de educación diferencial, y Martín, psicólogo, lo conocieron en la clínica veterinaria Pet Family mientras llevaban a vacunar a Igor, su otro perro. “Yo llegué, vi a Leito y nos enamoramos”, recuerda Paulina.
Al principio, Leito temía especialmente a los hombres. Con Martín fue distinto. La cercanía entre ambos sorprendió a Paulina y contribuyó a que la pareja decidiera recibirlo primero como hogar temporal y, más adelante, hacerse cargo de él por completo.
El médico veterinario ortopedista Freddy Herrera fabricó su primer carro, que le permitió desplazarse sin continuar lastimándose. Igor, mientras tanto, le enseñó otras cosas. “El Igor empezó a protegerlo para que nadie se le acercara. Lo cuidaba y tuvieron una relación muy íntima, de hermanos. Todo lo que Leito sabe es gracias a Igor”, dice Paulina.
Hoy, a los dos años, Leito utiliza botines técnicos, se desplaza con su carro y asiste dos veces por semana a sesiones de fisiatría. En los parques caninos se ha convertido en un perro conocido y su familia creó una marca con su nombre: Leito Galgo.
El 3 de enero de 2026, el día del matrimonio de Paulina y Martín, la pareja también formalizó su adopción. Leito no fue solamente uno de los invitados a la ceremonia: desde entonces, pasó a formar parte de la familia también sobre el papel.
Baltazar cambió la mirada

El primer día en la casa de Constanza Valenzuela, Baltazar entró, encontró una cama y durmió durante horas. No quiso comer ni salir. El dolor y el miedo seguían tan presentes que bastaba que alguien pasara cerca y rozara levemente sus patas para que gruñera e intentara morder por reflejo.
Baltazar había llegado a la Fundación Salva un Galgo, en Requínoa, después de sufrir reiterados ataques de jaurías en el campo. Tenía la cola fracturada, heridas graves en las extremidades y cicatrices que permanecerían en su cuerpo. También sentía terror ante los fuegos artificiales y cualquier ruido parecido a un disparo.
Constanza acababa de perder a su mascota anterior cuando decidió recibirlo temporalmente. Pese al temor con el que Baltazar llegó, la conexión con la familia fue inmediata. Lo que comenzó como un hogar de acogida terminó, tiempo después, en una adopción definitiva.
La transformación fue lenta. Con el tiempo, Baltazar comenzó a reaccionar con menos miedo ante los movimientos cercanos y a sentirse seguro dentro de la casa. Quienes lo habían conocido al comienzo notaron que algo también había cambiado en su manera de mirar. “La gente que lo vio al principio me dice cuánto le cambió la mirada. Dicen que uno los rescata a ellos, pero yo siento que él llegó a rescatarme a mí”, dice Constanza.
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"Cuando vi el debate en las noticias me dio mucha rabia escuchar que los galgos que duermen todo el día no son felices. Baltazar estaba con las patas arriba en el sillón, en absoluta calma. Aprendieron que la vida no era solo correr, sino tener un lugar seguro donde descansar, agrega Valenzuela.
Una convicción de Daniela, que comparte desde la devoción a sus perros: “Nos hemos gastado la vida en veterinarios y dejamos muchas cosas de lado por cuidarlos, pero verlos dormir en paz nos llena el alma”. La gente cree que ellos necesitan una pista, nosotros aprendimos que lo único que necesitaban era una familia que no los fuera a desechar”.
Hoy estos ocho galgos descansan con la tranquilidad de ya no tener que huir de nada. Duermen en un hogar que los valora. Por fin ganaron lo más importante de sus vidas: la libertad y el amor de sus familias.



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