Ana del Río, la mujer que hizo envejecer a Macondo
- Gabriel Rosales
- hace 2 horas
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Durante 191 días, Ana del Río encabezó el equipo de maquillaje y peinado encargado de hacer visible el paso de medio siglo sobre los cuerpos de los Buendía. La artista colombiana cuenta cómo, junto a una veintena de profesionales, caracterizó, transformó y envejeció a los habitantes de Macondo en una producción sin precedentes que reunió a más de 900 personas y aportó 225 mil millones de pesos colombianos a la economía del país.
Descansando en el remolque de la película en la que ahora trabaja, frente a un pelotón de brochas, pinturas y herramientas, Ana del Río (37) habría de recordar sus días en Macondo: la ciudad del diluvio y de la peste del insomnio, la ciudad imaginada por Gabriel García Márquez. Allí, las jornadas de maquillaje eran largas y el tiempo parecía distorsionarse. Todos en el set, dice Del Río, terminaron formando una familia tan numerosa como la estirpe de los Buendía. Los unía el desafío de convertir en imágenes una de las obras más importantes de la literatura universal: Cien años de soledad.
Para levantar aquel universo se desplegó una maquinaria pocas veces vista en América Latina. Más de 900 personas participaron en la producción y Macondo fue construido sobre un terreno de 540 mil metros cuadrados en Alvarado, Tolima. Cerca de 150 artesanos y 850 proveedores colombianos trabajaron en su construcción. Solo para la primera parte se confeccionaron alrededor de 40 mil prendas y se reservaron más de 100 mil noches de hotel durante el rodaje. Netflix calculó que la serie aportó más de 225 mil millones de pesos colombianos a la economía del país.
La segunda parte, estrenada el 5 de agosto, recorre los cincuenta años restantes de la historia y culminará el 26 del mismo mes con un episodio especial de duración cercana a la de una película. En sus créditos, Ana del Río aparece como responsable de maquillaje y peinado.
Su equipo, integrado por alrededor de veinte personas, trabajó durante 191 días para transformar a actores y extras en habitantes de distintas épocas de Macondo. Utilizó 200 prótesis y 36 placas dentales, además de ocultar cerca de dos mil tatuajes y cinco mil perforaciones corporales. Las jornadas podían comenzar a las tres de la mañana, varias horas antes de que las cámaras empezaran a grabar.
El desafío no consistía únicamente en caracterizar personas. También había que acompañar la transformación de Macondo. Para entonces, el pueblo ya no era la aldea levantada alrededor de una plaza: había llegado el ferrocarril, la electricidad, los automóviles, el cine y los extranjeros atraídos por la explotación bananera. El progreso comenzaba a dar paso a la decadencia, la violencia laboral y el desenlace de la estirpe.
—Ana, ¿a qué huele Macondo?
“Macondo huele a magia. Huele al Caribe, incluso lejos del mar. Eso fue impresionante. Grabamos tierra adentro y, aun así, el Caribe estaba en todas partes. Para conseguirlo se hizo una investigación botánica minuciosa: cada planta y cada árbol sembrado en Macondo aparece en el libro. Nada estaba puesto al azar”.
—¿Esa transformación también podía verse en los edificios y en el pueblo?
“Sí. Fue impactante ver cómo Macondo se transformaba al mismo tiempo que sus habitantes. En mi trabajo intento comprender la psicología de cada personaje y traducirla en una imagen, pero aquí el pueblo también parecía tener vida propia: crecía, envejecía y atravesaba los mismos cambios que los Buendía. No se sentía como una escenografía. Podías entrar a sus tiendas y recorrer sus calles. Macondo era real”.

El camino de Ana del Río hasta Macondo pareció terminar antes de comenzar. En abril de 2024 inició el proceso de selección y, cuatro meses después, le informaron que habían escogido a otra persona. Dio la oportunidad por perdida. Pero la suerte, que en Macondo parece caminar en círculos, volvió sobre sus pasos: semanas más tarde recibió una nueva llamada. La decisión había cambiado y querían que se incorporara a la producción. Así, el viernes 13 de septiembre, se embarcó en el proyecto más ambicioso de su carrera. “Era viernes 13: ni te cases ni te embarques. Yo me casé, me embarqué y me fue muy bien”, recuerda.
Aureliano José fue el primer personaje que tuvo que construir. El proceso comenzó con un encuentro con el actor: observarlo, conocerlo y conversar con él antes de pensar en su apariencia. Luego vinieron las pruebas de cámara, durante las cuales el maquillaje y el peinado terminaron de definir al personaje. Del Río estaba nerviosa. No solo debía diseñar un rostro, sino comprender rápidamente las reglas de un universo que ya había comenzado a existir antes de su llegada: “Fue subirme a un tren que ya estaba andando. No fue particularmente fácil”.
Para comprender las reglas de aquel universo, Del Río volvió a la novela. Había comenzado a leerla después de la primera entrevista, cuando todavía no sabía si obtendría el trabajo. Al enterarse de que habían escogido a otra persona, cerró el libro y lo guardó. Un mes y medio más tarde, cuando recibió la llamada definitiva, lo abrió de nuevo. “El libro fue mi enciclopedia de consulta”, cuenta.
Durante toda la producción, el ejemplar permaneció en el cajón de su oficina. Sus páginas, llenas de anotaciones, ayudaron a resolver algunos de los mayores desafíos visuales de la segunda parte: el crecimiento del cabello de Remedios la bella, la fiesta en la mansión de Jack Brown y las heridas de los trabajadores de la plantación bananera.
En la novela, Remedios la bella se corta el cabello al ras. Para hacerlo crecer ante las cámaras sin que se produjeran saltos entre una escena y otra, el equipo dedicó siete horas a realizar pruebas y preparó siete pelucas de distintos largos. Cada una debía aparecer en un momento preciso de la historia.
La mayor cantidad de pelucas, sin embargo, se utilizó durante la fiesta celebrada en la mansión de Jack Brown, a la que asiste Renata Remedios “Meme” Buendía. En los apuntes de Del Río quedaron dos indicaciones que resumían el aspecto que debían tener los invitados: “años veinte” y “fiesta gringa”.
En la plantación bananera, el desafío fue distinto. Además de recrear las heridas de los trabajadores, el equipo tuvo que enfrentarse a un exterior de una magnitud que Del Río no había experimentado antes. De aquellos días recuerda una mezcla de olores que parecía adherirse al cuerpo: tierra, insecticida y protector solar.
Las jornadas comenzaban a las tres de la mañana, cuando los vehículos recogían al equipo de maquillaje en el hotel. Después de un trayecto de 45 minutos llegaban a la finca Arizona, en Alvarado. Allí consultaban una planilla que asignaba un actor o personaje a cada profesional. Una vez en el set, debían retocar el maquillaje alterado por el sudor y cuidar que ningún detalle rompiera la continuidad entre las escenas.
Mientras las cámaras grababan, Del Río alternaba entre dos tiempos: vigilaba el Macondo que ya existía frente a ellas y diseñaba a los personajes que llegarían durante los días siguientes.

—¿Qué fue lo más difícil de trabajar en una producción de época?
“Gran parte del trabajo consiste en tapar la vida actual. Teníamos cien extras que llegaban con una barba espectacularmente definida o con diseños de sonrisa tan blancos que brillaban en la oscuridad. Nada de eso existía en la época en la que se narra la historia. Mucho de nuestro trabajo era ocultar cosas. Incluso tuvimos que disimular uñas acrílicas. La cantidad de uñas que camuflamos fue una cosa titánica”.
—¿Cómo vivieron ustedes el paso del tiempo?
“Caminar por Macondo era entrar en otro mundo, en otro tiempo. Allí, las horas parecían obedecer otras reglas: para nosotros, el proyecto duró siete vidas y cinco días a la vez. Pasó muy rápido, pero se sintió eterno.La serie heredó la magia del libro. Para quienes creen en las energías, yo sí creo que esa magia nos acompañó durante todo el rodaje”.
—¿Qué significó para ti, como colombiana, trabajar en esta adaptación?
“Me sentí profundamente retada. Sabía que era un proyecto de enorme exigencia, que requería compromiso, disciplina, rigor y muchísimo trabajo. Pero, sobre todo, sentía la responsabilidad de contar una historia que habla de nosotros. Muchos de los acontecimientos del libro nacen de la historia de Colombia y, cuando los investigas, descubres que también forman parte de procesos que atravesaron al mundo. Plasmar el Caribe era llevar a la pantalla algo profundamente nuestro y, al mismo tiempo, universal: una cultura en la que puede reconocerse toda América Latina”.
Del Río continúa sentada en el remolque. Entre una respuesta y otra ríe y se acomoda los lentes.
“Quisiera compartir lo que he aprendido con colegas que no han tenido experiencias como esta y con quienes aspiran a trabajar en maquillaje y peinado dentro de la industria audiovisual”, dice.
Algún día, cuando termine la película y pueda sentarse sin apuro frente al mar, Ana del Río comenzará a contarles a otros cómo se fabrica un rostro, cómo se envejece un cuerpo y cómo se hace crecer el cabello de una mujer que ascendió hacia el cielo, envuelta en sábanas. Entonces comprenderá que Macondo no quedó abandonado en aquel terreno de Alvarado. Se habrá dispersado en las manos de quienes lo construyeron y volverá a levantarse cada vez que uno de ellos enseñe su oficio. Y el tiempo, que allí nunca aprendió a avanzar en línea recta, comenzará de nuevo.



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