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La maestra

hace 10 minutos
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Su vida tiene todo lo que pide una película: una niña que reconoce un camarín donde nunca estuvo, una madre que le dice que no va a poder, palomas en Moscú, plumas en España y una hija que arranca del país en 10 días. A los 91 años, Ximena Pino Burgos, Parmatma, sigue enseñando ballet frente al mar de Los Vilos y guarda su último baile para la próxima vida.

Por: Christell Fuentes


Ximena Pino Burgos supo que había estado ahí antes la tarde en que una tía la llevó de la mano hasta el tercer piso del Teatro Municipal de Santiago. Era una niña. Nunca había oído hablar de reencarnaciones ni de nada de lo que décadas más tarde aprendería en la kundalini yoga, y, sin embargo, al cruzar la puerta de la sala de ballet, con sus barras a lo largo de las paredes y su piso de tablas, sintió que volvía a un lugar que ya conocía. Después entró al camarín y sintió la misma familiaridad. Hoy, a sus 91 años, afirma que esa sala era algo que definitivamente conocía.


En La Maestra Parmatma, el corto documental que le dedicó el Bodegón Cultural, aparece primero de espaldas, mirando el mar de Los Vilos, con el pelo cano recogido en un moño bajo, un chal de lana blanca sobre los hombros y un collar de cuentas rojas. Tiene la cara surcada de arrugas finas y el cuello todavía erguido. Las alumnas no la llaman Ximena, sino Parmatma, y cuando habla de su vida no la cuenta en orden, sino buscando las señales, porque está convencida de que nada de lo que le pasó fue casual. “Todo pasa y uno tiene que entenderlo y buscar el porqué”, dice. Contada así, su vida parece menos una biografía que un guion. La primera señal fue ese olor de un camarín donde nunca había entrado. La segunda fue una frase de su madre.


Lo que no reconoció de inmediato fue el gusto por las clases. Su madre la había inscrito sin preguntarle, y la profesora, una bailarina del elenco fundador llamada Diana Torres, “morena, de dientes grandes, fuerte”, ponía a los niños a correr de una pared a otra y a caminar en círculos. Ximena se aburrió y se fue. La historia pudo terminar ahí, pero una noche su madre la llevó al mismo teatro a ver Carmina Burana, y desde la platea la niña vio al coro cantarle a la Fortuna mientras los bailarines se apoderaban del escenario. Al llegar a la casa, la madre le preguntó si le había gustado. “Me encantó”, le contestó ella. La respuesta que recibió la ha repetido toda la vida: que sí, que era muy bonito, pero que ella nunca iba a poder hacer eso, porque estaba muy gordita. “Eso a mí me cayó pésimo, y le dije: ‘Le voy a demostrar que puedo’”, cuenta.


Volvió a las clases y les puso un empeño que no tenía antes, hasta que un día encontró en el diario un aviso que le cambió la vida: Madame Poliakova daba clases de ballet. Elena Poliakova era una rusa nacida en Rybinsk en 1884, que había llegado a Santiago en 1949 y que durante dos décadas formó en el Ballet Nacional y en el Municipal a las bailarinas clásicas del país. Ximena llegó a su sala y no se movió más. “Ahí me formé, porque realmente me formó mi maestra. Mi maestra fue Madame. Ella marcó mi camino”, dice. Después entró al conservatorio de la Universidad de Chile, donde mandaba la danza moderna que habían dejado en el país los bailarines del alemán Kurt Jooss, y estudió todo lo que había que estudiar sin soltar nunca la barra clásica. Por eso, cuando alguna alumna le dice maestra, la corrige. “Maestro está asignado a muy poca gente. Maestro para mí fue el maestro Jooss, el maestro Bunster, la maestra Elena Poliakova. Es como echar a la chuña la palabra”, dice.



Toma dos: cruzar el mundo en punta de pies


De la escuela eligieron a tres alumnos para viajar a Rusia, en una época en que ir allá, dice, era más o menos lo mismo que ir a Marte. Era el Festival de la Juventud y había treinta mil estudiantes de todo el mundo. En el estadio desfilaron todos los países, y cuando las delegaciones ya estaban reunidas en el centro de la cancha, soltaron palomas con las banderas de cada nación mientras sonaba La Internacional. Ximena no lo resistió. “Yo ahí capoté. Me dio un ataque y me tuvieron que sacar en ambulancia. Era la emoción, demasiada emoción”, recuerda.


Después vinieron los escenarios. En una foto de 1964 aparece con el Ballet Nacional Chileno antes de partir de gira a Norteamérica, y en otra de 1968 baila Noche transfigurada, de Blanchette Hermansen, con el cuerpo de baile del Municipal. Hubo temporadas y giras, y en una de ellas, en Arica, la noche en que bailaban La Sílfide, le tocó su minuto sola en el vals. Dio unos pasos, el pie se le fue y cayó de guata sobre el escenario. “No supe cómo me paré, no supe. Y después bailé llorando toda la función”, cuenta. Lloraba de vergüenza, y así, con la cara mojada, llegó al final del ballet. En el saludo, el público aplaudió a cada bailarina, y cuando le tocó a ella la aplaudieron el doble. Una compañera le dijo después la frase que ella repite muerta de la risa: “Parece que va a haber que caerse para que la aplaudan más a una”.


La palabra de su madre, en cambio, nunca le dio risa, y volvió a encontrársela adentro del Municipal. En esos años una bailarina debía pesar entre 45 y 48 kilos; cincuenta era el límite, y Ximena calcula que nunca llegó a esa cifra. Para la calle era delgada. Para el ballet, no. Una tarde llegaron visitantes al ensayo y la coreógrafa decidió mostrarles una obra en la que ella bailaba en pareja. Ximena no sabía que su compañero había ido a la oficina a pedir que lo cambiaran, ni que la directora le había respondido que bailaba con ella o no bailaba. “En el momento en que me tenía que levantar, no me levantó. Y dijo a voz en cuello, delante de todo el mundo: ‘Yo dije que no podía bailar con ella porque está muy gorda’. Yo me fui llorando al camarín. Llorando a mares”, dice. La niña que quiso demostrarle a su madre que podía nunca dejó del todo de pelear con esa frase. Cuando se le pregunta si a los veinte años llegó a aceptar su cuerpo, responde que eso es imposible. “Lo más increíble es que tú me dices los veinte, y a los 91 yo todavía tengo el problema. Quiero ser flaca. Te engañas, comes a escondidas. La vida es tremenda en ese sentido. Tremenda”. En la sala de ensayo el cuerpo era, además, un campo de batalla entre compañeras, porque el coreógrafo elegía y la que no quedaba elegida se enojaba. “Las competencias, mijita, tremendas. Hubo una época en que mirábamos las zapatillas por si había una aguja dentro”. Nunca encontró una. Pero revisaba igual.



Fundido a negro: El Golpe y otros dolores


Hubo un tiempo en que la discípula de Madame Poliakova anduvo con plumas y taco alto. En Santiago brillaba el Bim Bam Bum, el teatro de revistas de las vedettes y las lentejuelas, y Ximena entró a hacer revista con la bendición de su maestra, que le dijo que su propia hija también había hecho revista y que no tenía nada de malo. Después vino España. Bailó un año y medio en el Ballet de Cámara de Madrid y recorrió el país arriba de un bus, de pueblo en pueblo, durante dos años. “Yo conozco España mucho mejor que Chile, con pluma y taco alto”, dice, y se ríe la mujer que a los 91 años anda envuelta en un chal de lana blanca. Fue entonces cuando una amiga le preguntó si nunca había pensado en enseñar, y la primera alumna que tuvo vino del mundo de las plumas: una bailarina del Bim Bam Bum. “Fue bien especial, porque yo nunca había dado una clase. Me gustó. Fue un desafío”, recuerda.


Volvió a Chile con una sola idea, regresar al Municipal, y llegó justo cuando el país estaba por partirse en dos. De los años que siguieron al golpe dice que fueron “un espacio en el que no pasó nada”, y habla de la danza, porque afuera pasaba todo. “Yo por familia he sido siempre de izquierda. No he sido política de partido, pero mi tendencia es de izquierda. Empecé a darme cuenta de que estábamos viviendo una situación muy terrible, y quise ayudar. La justicia, eso es lo que yo quería”, dice. Una prima suya fue detenida. “No me tocaron desaparecidos ni nada, pero fue duro, fue muy duro”. Cuando volvió a bailar ya no fue en las compañías oficiales, sino en los grupos independientes, hasta terminar en el Ballet Gastón Baltra.


Para entonces era madre y estaba sola. Su matrimonio no había resistido la vida de una bailarina, y ella lo resume así: “Me tuve que separar, y de ahí seguí casada con la danza”. Su única hija, Rocío, quiso bailar de niña, pero una profesora apurada le lesionó una rodilla y nunca volvió a una barra. Creció con las ideas de la familia, entró a estudiar Sociología y en plena dictadura empezaron a perseguirla por andar con un grupo de estudiantes. “No eran terroristas ni mucho menos. Y la echaron. La única salida que le quedaba era salir del país”, cuenta. Tuvo diez días para despedirla. Diez días para juntar papeles, hacer una maleta y aceptar que su única hija se iba sola al otro lado del mar. Lo que Rocío llevaba para abrirse camino era una carta: el padre de Ximena, académico de la lengua, tenía contactos en España y la escribió para que unos profesores la recibieran en una universidad de Madrid. La hija terminó haciendo el camino que la madre había recorrido en bus. Estudió, se enamoró de un compañero de curso, se casó con él, tuvo dos hijos y nunca volvió a vivir en Chile. “Yo digo que me quitaron una hija, la única que tenía”, dice Ximena, y después de un silencio agrega, con serenidad, que a lo mejor, si hubiera vuelto, no habría tenido un matrimonio así. Ahora es ella la que hace la maleta. En unos días viaja a España a verla.


Detrás de cámara: la maestra


Su última función la bailó con más de cuarenta años y es la que más quiere, porque salió del escenario feliz con lo que había hecho. Salió también con una lesión en el tendón de Aquiles que ningún tratamiento logró curar, y lo que pasó después lo cuenta como quien muestra la prueba de que la vida tiene un orden secreto: decidió que no bailaba más y el tendón sanó. “Hasta en eso he sido afortunada, porque me dijeron de arriba que basta, no más. Si no, yo soy capaz de seguir bailando hasta cuándo, y uno va bailando peor después. Es ver la decadencia. Uno cuando le pasa dice: ‘¿Por qué me tiene que pasar?’. Pero después mira desde arriba y dice: ‘Claro, esto me pasó porque yo tenía que cambiar’. Y empiezas a ver tu vida tan congruente, tan lógica”, dice.


Lo que vino fue la enseñanza, y se lo debe a otra mujer. Una amiga del conservatorio viajó a Rusia a estudiar pedagogía de la danza, el golpe la pilló allá y se quedó hasta llegar a ser profesora del Bolshói. Cuando por fin vino a Chile a dictar cursos de metodología, Ximena los siguió todos. “Ahí me enamoré de la metodología rusa y empecé a estudiar, a estudiar, porque yo soy así, obsesiva. Y me fascinó dar clase”, cuenta. Enseñó con Malucha Solari en la Universidad Arcis, en el Centro de Danza Espiral, en el Bafona y durante veinte años en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, siempre del lado de la danza moderna pero con la barra clásica de cimiento, convencida de que “a los modernos les hace falta el ballet”. En esas dos décadas nunca tuvo un contrato. “¿Me vas a creer que los veinte años que trabajé ahí boleteé? Boleta todos los meses. Yo no tengo jubilación”. Es hija única, y la casa grande que heredó de su madre, la misma que le dijo que nunca iba a poder bailar, es la que la ha sostenido. “Si yo no hubiera tenido ese respaldo, yo creo que estaría pidiendo limosna. Tengo compañeros que no pudieron”, dice. La mujer a la que el Estado le entregó en 2024 el Premio Presidente de la República en danza no tiene jubilación.


Escena postcréditos


En Los Vilos nadie la llama Ximena. Hace más de veinte años que sigue el kundalini yoga, y en esa tradición cada discípulo recibe un nombre espiritual. El suyo es Parmatma Kaur, y lo ha llevado tanto tiempo que cuando alguien la llama por el otro se pregunta a quién estarán buscando. Llegó a ese puerto de la Región de Coquimbo después de la Humanismo Cristiano, a formar una escuela, y hoy dirige la Escuela de Danza del Bodegón Cultural. Sus días tienen el orden de una clase de barra. Se levanta temprano, desayuna, vuelve un rato a la cama y sale a caminar con su perro por el pueblo costero. En las tardes, todas las tardes, enseña ballet. Los sábados enseña yoga con la puerta abierta para quien llegue. Ahí sí entran hombres. Al ballet, casi ninguno, salvo Diego, un niño de once años que empezó a los nueve con las mismas compañeras con las que sigue, y que el Día de la Danza, cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba, contestó que sus papás lo dejaran venir. Un niño que a los once años ya sabe que a otros no los dejan.


Sus alumnas más queridas, sin embargo, son mujeres que ya no tienen veinte años ni cincuenta. Las llama los cisnes, y con ellas está comprobando algo que lleva toda la vida intuyendo y que ahora lee en libros de neurociencia: que el ballet mejora la memoria, el estado físico, la concentración, que bailar es una forma de meditar. Cuando lo explica, habla menos de técnica que de energía. “Moverse hace que tu prana, tu energía vital, se redistribuya por el cuerpo. Tú no puedes quedarte quieto, tienes que respirar. Y tienes que sentir dónde está tu piel. Eso es fundamental para bailar y fundamental para la vida”, dice. El año pasado montó con los Cisnes Plateados una función que, asegura, es la mejor que ha hecho, aunque eso lo dice siempre de la última. A mitad de la conversación se queda callada, uniendo dos puntas de su vida que nunca había puesto juntas. “Mira, tú me hiciste pensar en algo. Empecé con esas vedettes. Estoy terminando con los cisnes”.


En enero de 2025, en una gala en el Centro CALA, sus alumnas bailaron y Parmatma contó que una de ellas ya estudia en la Escuela del Teatro Municipal, el mismo edificio donde ella, una vida antes, reconoció el olor de un camarín. “Me sentí una reina”, dijo esa noche. Si pudiera volver al tercer piso y hablarle a la niña que se aburría corriendo de una pared a otra, le diría que aprovechara, que empezara a bailar sin miedo, que no perdiera tiempo. Le queda un solo pendiente, el pas de deux de Don Quijote, el que soñó bailar toda su carrera y nunca bailó. No le preocupa. Parmatma sabe que estuvo en esa sala antes de llegar a ella, y tiene claro dónde lo va a bailar.


—Eso me queda para la próxima vida.



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