La venganza se pinta la boca de rojo

Las Farotas de Talaigua Nuevo es un baile que nació de la violación. Cuenta la tradición oral de la isla de Mompox, en el Caribe colombiano, que durante la Colonia los soldados españoles violaban a las mujeres indígenas mientras sus maridos salían a cazar, hasta que doce guerreros se vistieron con faldas para atraerlos y matarlos. Más de cuatro siglos después, jóvenes y adultos se pintan los labios, se amarran la pollera y bailan esa venganza en el Carnaval de Barranquilla.
Texto y fotografías: Linda Esperanza Aragón
En una casa de paredes verde agua, una docena de hombres se ríe, se empuja, se presta cosas. Uno se amarra encima de la ropa una pollera blanca sembrada de rosas rojas; otro hace el nudo de una verde. Todos llevan buzo blanco de cuello alto y manga larga, aunque en esta parte de Colombia el termómetro rara vez baja de los treinta grados. Más tarde, en la calle, uno se pinta la boca de rojo frente a un espejito de mano. A un niño un paisano le dibuja un círculo rojo en la mejilla. El pequeño no se mueve.
Así se arman los guerreros.

La isla que se inunda
Talaigua Nuevo es un pueblo de unos 15 mil habitantes en el departamento de Bolívar, en el norte de Colombia. Queda en la isla de Mompox, que no es una isla en el mar: es un pedazo de tierra plana encerrado entre dos brazos del río Magdalena, el de Mompox y el de Loba. El Magdalena es el gran río colombiano. Cruza el país de sur a norte por más de 1.500 kilómetros, ancho y café, y desemboca en el mar Caribe junto a Barranquilla.
La isla forma parte de la depresión Momposina, una hondonada inmensa donde se juntan las aguas del Magdalena, el Cauca y el San Jorge. Ahí no hay cordillera a la vista ni piedra: hay ciénagas, que son lagunas bajas y tibias, más de 8 mil según los estudios de la Universidad Nacional de Colombia, unidas por caños, playones y bosques de ribera. Hace calor húmedo todo el año, y el año no se divide en cuatro estaciones sino en dos: la seca y la de lluvias. Cuando llueve, el río se sale y la isla se inunda. En los años ochenta, el antropólogo Ramiro Delgado registró que en temporada de crecida en Talaigua se navegaba por las calles a canalete, el remo corto de las canoas. El sociólogo Orlando Fals Borda llamó a la gente de esta región "cultura anfibia": viven de la pesca, la agricultura y la ganadería, con un pie en la tierra y otro en el agua.
Antes de los españoles, la depresión estuvo densamente poblada. Los zenúes y sus antecesores construyeron una red de canales artificiales sobre más de 500 mil hectáreas de pantano para controlar las crecidas. En la zona de Talaigua vivían, entre otros pueblos, los chimillas y los farotos. Después llegaron los conquistadores, y la cercana Santa Cruz de Mompox se convirtió en uno de los puertos fluviales más importantes de la Colonia: por el Magdalena bajaba hacia Cartagena, y de ahí hacia Europa, el oro del interior.
"Lo que hemos conocido gracias a nuestros ancestros, a través de la transmisión de saberes, es que de las tribus indígenas de esta zona cercana a la depresión Momposina, en Bolívar, los farotos eran los más laboriosos y bravos. En esa época la depresión Momposina era muy próspera en la ganadería, agricultura y pesca; también poseía mucho oro, el cual enviaban los españoles a Europa", cuenta Mónica Ospino Dávila, directora de la danza de las Farotas.
La historia que baila la danza se ha conservado de boca en boca, de abuelos a nietos, y es esta: en las noches, mientras los hombres chimillas y farotos salían a cazar, los soldados españoles entraban a los asentamientos y violaban a las mujeres. A algunas niñas se las llevaban para prostituirlas o hacerlas sus concubinas.
Cuando los maridos se enteraron, el cacique Talygua, de quien el pueblo heredó el nombre, armó un plan. Había que fabricar vestidos parecidos a los que usaban las señoras españolas. Los hombres fueron cambiando sus amuletos por retazos de tela, de a poco, y cuando la tela no alcanzó, completaron los trajes con hojas de majagua, un árbol de hojas anchas que crece en la ribera. Cuando los vestidos estuvieron listos, el cacique eligió a los doce hombres más fuertes. Los demás salieron a cazar, igual que todas las noches.
Los doce se quedaron. Se pusieron las faldas, escondieron las lanzas debajo y esperaron a los soldados. Los atrajeron bailando, con movimientos sensuales, y cuando los tuvieron cerca los mataron.
Desde entonces los llamaron farotas, en femenino, porque se habían vestido de mujer. Y esa noche, dice la tradición, bailaron.

Hoy son trece hombres, el grupo base de la danza, y cada pieza de lo que llevan puesto significa algo. Se pintan los labios de rojo y las mejillas de forma exagerada, burlesca, para imitar a las doñas españolas de entonces. Usan polleras largas y floreadas, porque debajo de ellas los guerreros escondieron las lanzas. Las pecheras de colores, bordadas a mano, representan la depresión Momposina y su oro, elementos de la naturaleza y la visión del mundo de los indígenas. Los pañuelos que cuelgan de la cintura son los amuletos con que espantaban a las brujas en las noches de cacería. Las sombreretas van cargadas de flores de tela de todos los colores, y entre ellas siempre hay una blanca, que representa la infancia ultrajada. Llevan aretes grandes, sombrillas de colores vivos y, en los pies, abarcas: sandalias de cuero típicas del Caribe colombiano.
Debajo de la pechera va el buzo blanco de cuello alto, el mismo con el que se vestía el primero en la casa verde agua. En tiempos de la Colonia lo llamaban amansaloco, y era la prenda de trabajo de las personas esclavizadas traídas de África. Según relata Mónica Ospino, fueron ellas las que se lo facilitaron a los guerreros para completar los vestidos.
"No es un disfraz", repite Mónica cada vez que cuenta la historia. "Es una vestimenta cargada de significados históricos que los mismos integrantes hacen a mano para evocar aquel período de violencia que se convirtió en júbilo".
Entre los danzantes siempre hay un niño. Él representa a las pequeñas que los españoles sacaban de las comunidades.
Al acecho
La venganza se baila en varios momentos, al ritmo de los tambores, las maracas o el guache, un tubo relleno de semillas que se sacude, y la flauta de millo, una flauta de caña de sonido agudo que es la voz de la música costeña.
"El primer momento se llama son farotas, que es cuando saludamos y nos presentamos al público. El segundo se llama son lavada, el cual evoca a las mujeres que salían a lavar al río sin miedo al tiempo que los hombres se quedaban en los asentamientos bailando y celebrando esa victoria y la tranquilidad de ellas. Y con el son perillero ilustramos el movimiento sensual con el que sedujeron a los españoles para defender a las féminas y derrotarlos. Allí ululamos, y ese es el momento de júbilo", explica Mónica Ospino.
Y agrega un detalle: "Los hombres nunca bailan erguidos, siempre mantienen la postura de quien está al acecho".
En las fotos del desfile se ve. Las polleras se abren en abanico sobre el asfalto, las sombrillas giran, pero los cuerpos van doblados por la cintura, las rodillas flectadas, la cabeza baja. Nadie baila derecho. En una de las imágenes, cuatro farotas se inclinan unas hacia otras hasta casi juntar los sombreros, encorvadas sobre una sombrilla cerrada, rodeadas de público en las graderías.
A comienzos de los años ochenta, la danza era una tradición de pueblo, de calles de tierra. Etelvina Dávila, la madre de Mónica, decidió que tenía que llegar al Carnaval de Barranquilla.
Barranquilla es la ciudad grande del Caribe colombiano, a cientos de kilómetros río abajo, justo donde el Magdalena se encuentra con el mar. Cada febrero, en los cuatro días antes del Miércoles de Ceniza, la ciudad se detiene para su carnaval, la fiesta popular más grande del país. Su desfile de apertura, la Batalla de Flores, se hace desde 1903, cuando los barranquilleros celebraron el fin de la Guerra de los Mil Días cambiando las balas por flores. Hoy los desfiles recorren la Vía 40, una avenida que los locales llaman el Cumbiódromo, frente a palcos repletos y bajo un sol que puede pasar los 38 grados.
"Yo escuchaba decir a mi madre que, cuando era joven y veía a las Farotas bailar por las calles polvorientas del pueblo Talaigua Nuevo, ella se emocionaba", recuerda Mónica. "Desde entonces se enamoró de esa tradición y se empeñó en hacerla aún más visible. Fue ella quien la llevó al Carnaval de Barranquilla y a todos los espacios que fueron posibles. 'La Farota Mayor'; así llamaban a mi madre. Después de su muerte, en 2011, yo me dediqué a dirigir la danza. Sé que nunca voy a superarla. Ella era única".
En una de las fotos, Mónica posa frente al agua. Tiene el pelo negro y largo, aretes redondos de colores, una sombrereta verde con flores naranjas, azules y una blanca. Se lleva una mano al ala del sombrero y mira lejos, hacia la otra orilla.

Los primeros años en Barranquilla no fueron fáciles. El público de la ciudad solo veía a unos hombres de facciones toscas vestidos de mujer. "Fue un choque cultural y no la recibieron de manera positiva. Pensaban que eran unos maricas malucos bailando en la ciudad", cuenta Mónica. "No entendían el mensaje y no sabían que se trataba de una danza indígena fuerte. Había que coger el micrófono, contar la historia y aclarar que no eran maricas, sino campesinos, agricultores y pescadores de Talaigua Nuevo apasionados por esta danza. Al principio no fue fácil. En la actualidad, ya la gente sabe quiénes somos".
Jairo Mancera baila hace más de tres décadas y se acuerda de esos años: "Cuando comenzamos a ir al Carnaval de Barranquilla uno que otro borracho nos llamaba maricas, pero nosotros no prestábamos atención, veníamos a lo nuestro. Aunque sí fue duro y a veces tuvimos que enfrentarnos a borrachos que querían faltarnos al respeto creyendo que éramos gais. Hoy no nos pasa eso; la gente ya conoce la historia del vestuario y la danza".
En 2003, la Unesco declaró al Carnaval de Barranquilla Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Las Farotas de Talaigua fueron parte del expediente que se presentó para conseguirlo.
Jhon Carlos Mancera es el líder de la danza. También baila hace más de treinta años, y en la Escuela de Farotas Infantil y Juvenil de Talaigua Nuevo les enseña a los más chicos. "Nosotros aprendimos esta danza mirando a nuestros abuelos", dice. "Esto lo llevamos en la sangre; conocemos la historia. Somos una familia. Por eso nos sentimos orgullosos y seguimos el consejo de nuestros abuelos: ellos nos decían que primero era el amor por la danza".
Los de ahora aprenden también de otra forma. Antes de salir a bailar, los muchachos se meten a YouTube a ver los videos de los danzantes de antes. Se acuerdan, sobre todo, de Ramón Carrera, ya fallecido, un bailarín que nadie ha igualado y que llevó la tradición a los más jóvenes del pueblo.
Muchos de esos jóvenes se van a estudiar a la ciudad. Para Mónica, la danza es lo que los mantiene amarrados a la isla. "Somos un cordón umbilical porque mantenemos conectados la tradición de nuestra tierra natal con los jóvenes que se van a la ciudad a realizar sus estudios universitarios, para que no dejen de recordar que las puertas de esta danza están abiertas para todos", dice.
Luis Carlos Ávila es uno de los más jóvenes del grupo. Lo resume así: "Aunque nos salgan ampollas en los pies no dejamos de bailar".
Mónica, en cambio, habla de las mujeres. Dice que lo repite en cada colegio y cada universidad a los que la invitan: que esta es una tradición que fomenta el respeto hacia ellas. "Seguiremos trabajando duro para mantener vivo este legado por mucho tiempo y para que el mundo entero lo conozca".
En el Cumbiódromo, mientras avanzan, es Jhon Carlos el que mantiene arriba al grupo. Va adelante, con la sombrereta negra cargada de flores y la pollera roja tomada con las dos manos, y grita:
—¡Vamos, Farotas, ¡aentro!
Y trece hombres se agachan, al acecho.




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