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El capítulo final de los libreros de Lastarria

hace 1 día
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Actualizado: hace 11 minutos


Llegaron a Lastarria antes que los bares, el GAM y los turistas, y vieron cerrar una a una las librerías del barrio. Miguel González y su hijo Daniel venden libros usados en sus veredas hace veinticuatro años. Ahora una ordenanza que reserva la calle a los más vulnerables puede sacarlos en diciembre.

En Lastarria, casi todo apareció después que ellos: llegaron las cafeterías y los bares que abren temprano. Llegó el Ópera, llegó el hotel de al lado. Abrió el GAM y, con él, proliferó el comercio ambulante. Llegaron los turistas, los arriendos imposibles, el estallido social y la pandemia. Y se fueron, una a una, las librerías: Prólogo, Flor de Papel, Contrapunto, el Neo Tokyo.


Ellos se quedaron.


Miguel González (70) y su hijo Daniel (45) pertenecen a esa fauna de la ciudad que nadie anota en los mapas y que todos extrañarían si un día no estuviera: el organillero, el lustrabotas, el librero de vereda. Al padre se le reconoce por las canas, el jockey negro y el chaleco plomo. Al hijo, por la coleta, la barba y una chaqueta de cuero forrada en chiporro. Viven en el mismo edificio frente al cual instalan sus mesas. Detrás del portón negro guardan los ejemplares que no salen a la calle: uno firmado por Salvador Allende, otro autografiado por Pablo de Rokha. Hay más.


Afuera, en cajones plásticos sobre mesas a ambos lados de la calle, está todo lo demás. Ellos lo llaman "el libro vivo": el que pasa de mano en mano y carga historias que el autor nunca escribió. Una nota a lápiz en el margen. Un amarillo distinto en cada hoja. Sobre una de las mesas, un cartel calipso dice: "Lleva un libro de regalo".


El viernes 9 de octubre, a eso de las cinco y media de la tarde, una mujer se detiene frente a los cajones.


—En verdad lamento mucho lo que les está pasando.


—No te preocupes, amiga. Si las cosas no salen bien, nosotros no vamos a parar de vender. Vamos a seguir yendo a las universidades —responde Daniel.


—Sí, pero es que yo estudio Letras Hispánicas y me gusta mucho venir a ver libros al barrio. Realmente me da pena.


—A nosotros lo que más nos interesa es mantener la cultura en el barrio. Pero muchas gracias por tus palabras, amiga.


—Mucho apoyo para ustedes.


Daniel levanta el pulgar mientras ella se aleja. Miguel no dice nada.


Después de veinticuatro años, al libro vivo le pusieron fecha de vencimiento.


El 19 de diciembre de 2025, la Municipalidad de Santiago les notificó la nueva Ordenanza N° 127, que regula el comercio en bienes nacionales de uso público. Para combatir el comercio ilegal, la norma impuso un requisito excluyente: para tener permiso en la vía pública hay que estar dentro del 40% más vulnerable del Registro Social de Hogares. Miguel y Daniel no califican. Con la ayuda del diputado Gonzalo Winter (FA), consiguieron extender su permiso durante buena parte de 2026. Vence en diciembre. En noviembre deberían estar tramitando la renovación, pero sin respuesta de la alcaldía el trámite es imposible. 


Miguel guarda una copia de la ordenanza en una carpeta azul. Son 27 páginas. Cuando la revisa, parado junto a su puesto, sigue las líneas con el dedo índice. "Los permisos de ocupación en Bienes Nacionales de Uso Público están sujetos a la facultad discrecional del Alcalde, quien puede otorgarlos, revocarlos o modificarlos, fundado en el interés general", dice uno de los párrafos. Otro: "El comercio ilegal trasciende la mera informalidad, constituyendo en muchos casos una actividad ilícita organizada que genera graves daños al entorno urbano, a la salud pública y a la economía local".



En la misma carpeta hay fotos de todas las ferias donde ha vendido libros a lo largo de Chile. Las hojas desfilan: Calama, Valdivia, Puerto Montt, Iquique, Osorno. Miguel se detiene en una llenada a mano con lápiz pasta. Tiene fecha de 2002.


—Este es de los primeros permisos que tuvimos para vender acá. Sería lamentable que Lastarria pierda el libro, porque acá representamos un trabajo de veinticuatro años. Creemos que el barrio merece que nosotros sigamos, que esta feria del libro siga.


Llegan clientes y Miguel cierra la carpeta. Saluda, responde, aprovecha el viaje para ordenar los cajones. Levanta un ejemplar: Las mujeres de Macondo. Levanta otro: La muerte tiene los días contados.


—La nueva ordenanza no entiende cuál es el rubro del comercio en la vía pública. Cada barrio tiene su propia identidad. No es el mismo comercio el que hay acá que el que hay en Bandera o en Meiggs. No puedes meterlos a todos en el mismo saco.


Lastarria no siempre fue Lastarria


En los ratos muertos, padre e hijo vuelven al portón negro. En una de esas pausas recuerdan cómo llegaron. Fue en 2002. Una iniciativa cultural impulsada por el escritor Enrique Lafourcade, el Museo de Artes Visuales y el Instituto Francés de Cultura, que convocó a anticuarios y libreros de todo el país para instalar una feria en el barrio. Se elegirían seis de cada rubro. Miguel fue uno de los libreros. Dos años después llegó Daniel, con su propio puesto y sus propios libros.


—Antes, a todo esto le decíamos barrio Forestal. Cuando uno decía "ir al Fore", era pasar por estas calles también —recuerda Daniel.


Entonces el barrio lucía así: un almacén en la esquina, otro a mitad de cuadra, tiendas de cuadros, de antigüedades, peluquerías, zapaterías. A las cinco o seis de la tarde ya cerraba todo.


—Las personas que iban al museo se descolgaban para acá. Eso hizo que algunos locales en arriendo se arrendaran para cafeterías. Los bares empezaron a abrir más temprano. Y por ahí por el 2008 esto ya empezó a publicitarse como zona de interés turístico. Llegó el Ópera Catedral, llegó este hotel que está aquí al lado —dice Miguel. 


Lo que ambos libreros describen tiene nombre. El antropólogo social de la Universidad de Chile Christian Matus, doctor en Arquitectura por la Universidad Católica, estudió el caso en la revista EURE y lo define así: "Antiguos barrios patrimoniales constituyen polos atractores de nuevos residentes y usuarios de clases medias y altas, muchos de ellos vinculados al mundo artístico y a las denominadas nuevas clases creativas, que se ven atraídos hacia el antiguo centro urbano por su 'aura patrimonial', desplazando a sus habitantes originarios e imponiendo nuevas prácticas".


Uno de los grandes hitos en aquel fenómeno fue la inauguración del Centro Cultural Gabriela Mistral.


—El comercio itinerante que tú ves empezó a sumarse por la llegada del GAM, en el 2010. Antes no había tanto de eso. Y empezaron a subir los arriendos. Había una librería que vendía solamente libros en idioma, inglés, ponte tú. Al lado había otra que tenía muchos libros antiguos. Ambas desaparecieron —dice Daniel.


Después vino la pandemia. Daniel enumera con los dedos las librerías que ya no están. No alcanza a recordar todos los nombres.


—Había una tienda de manga, de cómics, en la entrada de la galería: Neo Tokyo, que cerró. Había otra librería en esa misma galería, que también cerró. Acá cerró la librería Prólogo, cuando murió el dueño, Walter. La Flor de Papel cerró por el arriendo. La Contrapunto también cerró. Así han ido cerrando las librerías. Sería injusto que por una ordenanza que está mal hecha nos fuéramos nosotros también.


Cuando dicen que está mal hecha, apuntan a dos párrafos. El primero permite a los fiscalizadores presumir que un permisionario está "amparando" el comercio ilegal si ven a otros vendedores informales instalados en parte de su ubicación. Para Miguel y Daniel, eso significa que un día de enfermedad o una urgencia puede costarles el permiso.


El segundo párrafo dice: "Exclusivamente para venta de Libros se autorizará a Módulos de Pezoa Véliz". El lugar está al lado de la estación Parque Almagro de la Línea 3. Son unas casetas color cobrizo cercadas por rejas. 


Para padre e hijo ese punto de venta está muerto. Irse para allá es desaparecer.


Mientras ambos conversan, pasa por la vereda Gonzalo Winter, diputado por el Distrito 10. El hombre agita la mano, un saludo al paso. Miguel dice que no todos los políticos les han hablado igual.

—Un concejal nos dijo una vez: "Sobre el 70% en el Registro Social de Hogares, tienen que irse a arrendar un local". Oye, hemos visto cómo están muriendo las librerías. Para nosotros es importante seguir trabajando el libro vivo, ese que la gente puede ver y agarrar en la calle. Porque a veces, entre cuatro paredes, los libros se mueren.


Mientras Daniel va a buscar vuelto en monedas a un local vecino, muchos lo miran, algunos solo asienten con la cabeza. Otros le regalan un apretón de manos en plena caminata. Entonces Miguel, el padre, vuelve a la venta. Llegó una nueva ola de curiosos. Antes de dejar el portón el librero dice lo siguiente:


—Nosotros no estamos acá por una cosa de necesidad. Estamos porque queremos. Lastarria se merece el libro. Tú ves acá a los jóvenes pararse a ver ejemplares. Muchos de ellos son universitarios, no tienen ni tiempo ni dinero para ir a la Antártica, por ejemplo. Nosotros creemos que la gente cada vez está leyendo menos, entonces, si las personas no van al libro, el libro debe ir a ellas.


Padre librero, hijo librero


Miguel junta libros desde los cinco años. Creció cerca de Estación Central, entre lecturas y el negocio de abarrotes de su padre.


—A los 14 años llevaba toda la contabilidad de mi papá. Era una época en que no estaban los grandes supermercados, se vendía mucho. Con los años entré a la Universidad Católica, pero no me agradó, no me gustó nada. Duré como seis meses —dice ahora, mientras abre la billetera para darle vuelto a un cliente.


La crisis económica de comienzos de los ochenta lo empujó del todo hacia los libros. Entre 1982 y 1990 tuvo una librería en San Diego. Entonces, dice, tenía mentalidad de comerciante: vendía sobre todo textos escolares y llegó a ser la segunda librería con más ventas de Santillana. En marzo el local se llenaba de padres con la lista en la mano, preguntando todos por el mismo título.


Desde 1984 empezó a llevar sus libros a ferias. Una de las primeras invitaciones llegó de la Universidad Mayor. Entre feria y feria descubrió que no quería atarse a un local. Lo suyo era sacar los libros, mostrarlos, conversar con los curiosos. Más o menos lo que está haciendo ahora.

—Crecer como hijo de librero es crecer rodeado de pilas de papel. Lees mucho. Discutes harto en el colegio también —dice Daniel, mirando a su padre a la distancia.


Al salir del colegio, Daniel abrió su propio local en Rancagua. Después vino otro en San Diego y otro cerca de Lastarria. En 2004 se sumó a la feria del barrio, junto a su padre.


Ya cae la tarde. Un joven se acerca a conversar con los dos y se queda una hora. Antes de irse, les hace una última pregunta:


—¿Si tuvieran que recomendar un libro al gobierno de Santiago, cuál sería?

—Me iría por algo sencillo: 1984 o Fahrenheit 451 —dice Daniel.

—Siddhartha, para que entiendan que no todo es material en esta vida. También podría ser De la brevedad de la vida, de Séneca. Porque yo estoy convencido de que la vida no termina en la muerte, pero sí creo que llega un punto en que hay que pagar, tanto por las cosas malas que se hicieron como por las cosas buenas que uno no hizo pudiendo hacerlas.

Después los dos se quedan callados. Otro muchacho acaba de detenerse frente a uno de los puestos. Miguel lo apunta con el mentón.

—¿Ves? Eso es lo hermoso. El flaco paró en la calle a conversar con Edgar Allan Poe.



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