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Benjamín Escobedo: "Ojalá hubiera más raros por todos lados"

hace 3 horas
7 min de lectura
Ilustración de Benjamín Escobedo por @Monodeleon.
Ilustración de Benjamín Escobedo por @Monodeleon.

Creció en Conchalí, una comuna que él define como "el patio trasero del patio trasero". En su novela A ratos me reconoces, un adolescente aprende dos cosas que no son lo mismo: a desear a otros hombres y a dejar que lo quieran. Acá habla de barrio, de clase, de por qué a los cuicos les molesta que les digan cuicos y de lo que todavía le da esperanza en un país que hoy le produce lo contrario.

La conversación se cortó a la mitad. Hubo que pausar el audio y la cámara, cambiar de lugar, volver a preguntar si se escuchaba. Cuando la llamada se retomó, Benjamín Escobedo no quiso pasar a la pregunta siguiente. Pidió volver atrás. Antes de la pausa le habían preguntado qué cosas de Chile le daban esperanza y cuáles desesperanza, y él había partido por lo negativo: el gobierno, los recortes a la cultura, el cansancio de la gente. Se había quedado ahí. "Oye, espérate", dijo. "Lo que me da esperanza".


Esa corrección dice bastante de su novela A ratos me reconoces (La Pollera, 2026), ambientada en Conchalí, la comuna donde creció. Ahí Lalo descubre su deseo por otros hombres mientras aprende algo que le cuesta más: recibir cariño. Alrededor están Karina, su madre, una abuela que nunca hace las preguntas que no hay que hacer y un barrio que carga con todos los adjetivos —feo, chico, cochino— y que Escobedo quiso mostrar sin limpiarlo ni romantizarlo.


Has dicho que una de las primeras ganas detrás de la novela fue nombrar Conchalí. ¿Qué puede contar Conchalí que no cuente otra comuna?


“Conchalí es un territorio marginado dentro de territorios que ya son marginados. Hablo derechamente de la periferia de Santiago. Hay comunas que siempre han tenido más visibilidad y más desarrollo, pienso en Puente Alto o La Florida, y dentro de ese mapa hay otras más pequeñitas que se van quedando atrás: Conchalí, La Granja, El Monte. Comunas que terminan siendo el patio trasero del patio trasero. Me interesaba retratar la vida de ahí y, sobre todo, un sentimiento que creo que compartimos todos los que venimos de allá: una cuestión medio de derrota. Todo el mundo reconoce que Conchalí es fea, que es chica, que es cochina. Esas ideas cargan de una subjetividad negativa al espacio y a todas las personas que estamos ahí. Yo quería mostrar otras cosas que también hay, y que también están moldeadas por esos prejuicios. La manera que encontré fue a través de los afectos: cierto tipo de relaciones que se dan así, en parte, por las condiciones del barrio”.


En la novela, Lalo no sólo acepta su sexualidad: también aprende a recibir afecto. ¿Son cosas distintas?

“Pueden ir de la mano, pero son distintas. Descubrir la sexualidad, sentirse cómodo con un deseo homosexual, es un proceso mucho más complejo y más doloroso. En el caso de Lalo tiene que ver con reconocer la violencia que había en otras prácticas sexuales que ya tuvo, y que en algunas formas él también replicó. Es un proceso de negarse a uno mismo, a la existencia, al deseo. Cruza un montón de otras cosas, también las marcas de clase, que condicionan cómo se descubre esa sexualidad. Aprender a recibir afecto es otra apertura: construir otros vínculos, con Karina y con otros personajes. Tiene que ver con la libertad de que te reconozcan, de que no te estén evaluando todo el tiempo por qué tan varón eres, qué tan macho eres. Pueden dialogar, pero creo que es necesario separarlos”.


Hay una pregunta que atraviesa la novela: qué significa ser visto por otros. ¿Cuál es tu respuesta?

“Tiene que ver con la comodidad de habitar un espacio sin miedo a que te empiecen a preguntar cosas incómodas. Que te validen y te reconozcan sin necesidad de tanta pregunta. No tener que estar explicándote. Yo tengo ciertos gestos, ciertos gustos, ciertas formas de ver la vida, y no necesito explicarlas todas. Por eso es tan importante lo que pasa entre la abuela y el nieto: hay muchas preguntas que no se hacen nunca y, al mismo tiempo, hay una intimidad en no hacerlas. Esa intimidad no depende de cuánto tiempo nos conocemos. En general, las personas más clasistas, más fachas, más odiantes, son las que empiezan a hacer tanta pregunta sobre cosas que no tienen nada que ver con ellas. En la novela quise jugar con la importancia que puede tener el silencio: que llegara un momento en que ya no hubiera espacio para el "oye, ¿quién eres tú?, ¿cómo es que te gusta a ti?", y que a partir de ahí se empezara a construir”.

Has hablado de redes que los cuicos son incapaces de construir. ¿Cómo mostrar esa comunidad sin volver virtuosa la precariedad?


“Esa frase causó su polémica, y me gusta mucho que la haya causado, porque a los cuicos siempre les molesta que les recuerden lo cuicos que son. Hay que seguir haciéndolo. Pero no me interesaba romantizar el barrio. No hablo de ‘me voy a juntar con mi vecina y nos vamos a apoyar en todo’. Hablo de una comunidad que se arma desde un lenguaje común: las mismas carencias, los mismos dolores, las mismas inclemencias. Y quería rescatarla más allá de lo que siempre se retrata, que es la familia, la mamá, el papá. Me interesaba la amistad. Para mí tiene un valor fundamental a la hora de construir identidad y tu lugar en el mundo. En la novela la amistad se da en condiciones bien particulares, frente a problemas que un adolescente, un niño o una niña no deberían enfrentar tan chicos. Eso determina la manera en que uno empieza a querer al otro: preocuparte de que al otro le está pasando algo, entender que algo terrible puede estar pasando dos casas más allá. Eso también lo marca la clase. Hay redes que las personas de clase alta no construyen; sus amistades son mucho más seguras y, creo yo, sin sustancia. Pero mostrar el afecto de esa comunidad no puede ir separado de lo terrible del contexto. Las dos cosas existen en el mismo espacio. La novela intenta mostrar cierta belleza sin tapar ni disfrazar la precariedad ni la violencia”.


Hablas del barrio con cariño. ¿Qué cosas de Chile te producen desesperanza?


“El panorama actual. Lo político, principalmente. Creo que estamos frente a un gobierno desastroso, empobrecedor, que ejerce su violencia a través de lo ridículo o del error. Desconfío profundamente de ese sector, y en solo seis meses en el poder ha llevado al país por un camino medio de decadencia. Me produce desesperanza también porque hay un cansancio en la gente que nos tiene a todos quietos: la sensación de que está todo muy mal, de que se están haciendo cosas muy malas, pero que es lo que hay. Todavía no hemos sido capaces de dar el paso más allá, enfrentar la derrota y defendernos. Y lo ligo con lo cultural: cómo se están recortando los fondos, cómo se intenta controlar lo que artísticamente se puede y no se debe hacer”.


¿Qué te parece que "progre" se haya convertido en insulto?


“Aquí voy a meter la clase de nuevo, porque me gusta meterla en todo. Hay una caricatura de cierta izquierda; pienso sobre todo en el Frente Amplio. Para mí es el reflejo de esa caricatura: el toquecito cuico, tratar de explicarte cómo funciona la vida, se supone que arriesgan todo, pero si las cosas salen mal no es tan terrible, porque siempre se pueden ir afuera o volver donde el papá. Entiendo de dónde viene la caricatura; surgieron liderazgos y figuras que la representan. Pero también es súper peligroso, porque es una herramienta que usan los sectores conservadores para dar vuelta el discurso y ridiculizar las ideas progresistas. De ahí viene el avance de lo conservador, esa estética de todo muy beige, todo muy blanco, la necesidad de mostrarse siempre haciendo ejercicio, cuidándose. Son reflejos del momento conservador en el que estamos atrapados”.


Antes de la pausa te quedaste en la desesperanza. ¿Qué te da esperanza?


“Los jóvenes. Confío mucho en la juventud, aunque también haya un vuelco conservador en las nuevas generaciones. Confío en ese espíritu del que pueden surgir las ganas de cambiar algo. En estos seis meses de gobierno, los únicos que se han movilizado de verdad han sido los estudiantes. Y me da esperanza otra cosa: que se está disputando la idea del patriotismo. Ser patriota siempre estuvo muy coartado por el sector conservador. Todavía no hemos aprendido a querer la idea de ser chileno, pero no desde lo tradicional, sino reconociendo la manera en que hablamos, el humor que tenemos. Es superimportante disputarlo, y cada vez se disputa más ese ideal de Chile y se reconocen otras expresiones. Es una contrarrespuesta a los sectores que quieren instalar ciertas ideas”.


Al terminar el libro, ¿te quedó alguna conversación pendiente contigo mismo?


“Más que conversaciones pendientes, quedan motivaciones. Me gustaría seguir explorando voces que no aparecen tanto en la literatura: las adolescentes, las de los niños y las niñas. Me interesan mucho esas subjetividades. Y terminar el libro me dio una certeza. Siempre he sido una persona que duda mucho de todo lo que hace, de las decisiones que toma, y esto me dio una certeza: me interesa seguir escribiendo. Agradezco mucho tener la certeza de algo, sobre todo ahora, cuando todo es medio desechable y desesperanzador".


¿Qué te gustaría que encontrara en un libro alguien de 17 años que hoy se siente raro, solo o fuera de lugar?


“Voy a ser un poco autorreferente. Cuando yo era adolescente todavía no salía del clóset, y acercarme a la literatura fue súper importante para construir mi identidad y entender el deseo, lo que yo buscaba, lo que yo quería. Es muy importante darse cuenta de que hay otras personas iguales a uno, y la literatura sirve para mostrar esas posibilidades de vida. Lo principal es que sea un espacio donde el raro sienta que no es el único raro, que está lleno de raros. Y qué bueno que esté lleno de raros. Ojalá hubiera más raros por todos lados".

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