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Esta noche nos juntamos en el Bar de Willy


Durante medio siglo, el Bar de Willy ha cambiado de nombre, dirección, administradores y público. Desde los sótanos clandestinos de la dictadura hasta las noches de Paseo Las Palmas, su historia ha acompañado las transformaciones de la vida queer en Santiago. Entre sus mesas y pistas de baile, generaciones de homosexuales, parroquianos y artistas drag encontraron uno de los pocos lugares donde podían encontrarse, mostrarse tal como eran y sentirse parte de algo.

Hace mucho que el bar gay más longevo de Santiago perdió a su dueño. Willy ya no está. Tampoco Luis, su mano derecha. Ni Carlos Franco, que salía al escenario con plumas rojas y maquillaje pálido: hacía drag antes de que en Chile alguien le pusiera nombre al drag. Tampoco Andrés Pérez, el director de La Negra Ester. Él, como muchos otros parroquianos de Willy, murió con miedo y vergüenza: para algunos era preferible no ir al hospital, negar el VIH hasta que los hiciera desaparecer. El bar, sin embargo, sigue ahí.


Hoy funciona en Avenida Nueva Providencia 2210, en Paseo Las Palmas. De día abre como Bar Foxy: cortinas abiertas, luz natural, señores mayores tomando coctelería clásica. A partir de las siete u ocho de la noche, un cartel giratorio anuncia el cambio. Entonces vuelve a ser el Bar de Willy. Han pasado cincuenta años y tres direcciones distintas. Aun así, sigue llegando gente en busca de algo que no siempre sabe cómo nombrar.


“Fue el primer lugar que hubo, el primer espacio de la comunidad en que podías ir a conversar, hacer una previa y pinchar”, dice el mítico Ricardo Oyarzún (70), famoso diseñador que en 1981 fundó el Movimiento de Integración: una de las principales organizaciones homosexuales previas al MOVILH. 


Oyarzún dice que la importancia del Bar de Willy radica en el contraste del pasado y el presente para la vida queer: “Hoy tú aprietas un botón, y tienes para conocer un colita, pero antes no habían redes, no estaba la tecnología de ahora”.


No existen muchos registros visuales sobre el Bar de Willy. Para conocerlo hay que ir: sentarse en la barra, mirar el reflejo del salón en el espejo tras el barman y dejarse envolver por las cortinas color vino y las luces amarillas de Navidad que están prendidas todo el año. También queda otro camino: acudir a uno de los pocos registros escritos que sobreviven. Uno de ellos es Las viudas odiosas de Lemebel, un libro que reúne relatos de distintos autores entorno a la figura de Pedro.


En uno de los relatos, que se llama Lemebel en el After de Richi, se celebra un cumpleaños. En medio de la fiesta, irrumpe Pedro, “acompañado de su ligue de turno y de una corte de seguidores”. Después de una noche de fiesta, de muchas conversaciones de política y de bailes de vedettos, la celebración se traslada a casa de Ricardo Valenzuela (82), el autor, que hoy vive en España.


“Todos se mezclaban alrededor de la barra: gente común, intelectuales, artistas, escritores. Era un constante subir y bajar las escaleras”, menciona Valenzuela caracterizando al público que acudía al bar a lo largo de los años 2000. El escritor dice que muchas de las diversiones, en aquel entonces, nacían en el segundo piso: “Vivió diferentes etapas en su historia: pista de baile, lugar de shows de vedettos, cuarto oscuro. A veces todo a la vez”.


Las experiencias vividas en Paseo las Palmas no son las únicas que recuerda Valenzuela. Él había vuelto a Chile en 1990, había terminado su exilio y recién estaba asumiendo su homosexualidad. Entonces, las invitaciones después del jolgorio en la disco Fausto lo llevaron al primer Bar de Willy. Era otra vida.


Willy en dictadura


La primera locación estaba en el sótano de un edificio de Fidel Oteiza, en Providencia. La barra circular ocupaba el centro del salón. Alrededor, muros negros iluminados por luces de colores y cubos rojos de un metro de altura con zapatos encima. Esa era la decoración. Afuera, Chile era una dictadura. Adentro, homosexuales, artistas y drag queens de vanguardia encontraron uno de los primeros refugios nocturnos de Santiago. Más que un bar, era un lugar donde algunas personas podían ser, por unas horas, exactamente quienes eran.


Sergio Cantillano (56) llegó por primera vez en la segunda mitad de los años ochenta. Tenía 17 años. Faltaban décadas para que adoptara el nombre artístico de Petra Pérez y comenzara a hacer performance drag. Todavía no existían los maquillajes ni las pelucas. La dictadura lo empujaba a usar camisa y jeans.


Por entonces le decían “la Miss 17”, porque era la más joven del grupo. Había llegado al lugar de la mano de un pololo mayor. El impacto fue inmediato. “Era un lugar muy, muy exclusivo”, recuerda. Y no porque hubiera filtros en la puerta. Según Petra, no llegaba gente común. Llegaban los personajes más destacados de la bohemia santiaguina.


Adela Calderón (67), actriz de teleseries a fines de los años ochenta, todavía recuerda ese ambiente. Hoy dirige un restaurante cerca de Metro Matta. “Podemos hablar, pero necesito que me acompañes a buscar unas tortas”, dice mientras abre las puertas de su camioneta. El tapiz es beige. Lleva un chaleco rosado, boina y delantal negro. Muchas de sus frases terminan en una risa; otras, en una advertencia: “No sé, fue hace tanto”.


Petra Pérez en el escenario. Foto de su archivo personal.
Petra Pérez en el escenario. Foto de su archivo personal.

“Llegaban artistas, cantantes, actores, gente con mucho glamour”, recuerda. Entre sus imágenes más nítidas está una fiesta Black and White. Ella vistió una túnica y un turbante blanco. Entre el humo de los cigarrillos y las luces de colores aparecían siluetas cubiertas por gasas pálidas y atuendos extravagantes.


Pero el glamour tenía un reverso. Al salir del bar, la ciudad seguía siendo la misma. “Estábamos en dictadura. Era todo muy clandestino, muy underground. Tratábamos de pasar lo más desapercibidos posible”, recuerda Petra sobre uno de los temores de la época: la persecución de las disidencias sexuales.


En las memorias de Petra también sobrevive Willy, el dueño original del local. “Una loca, más loca que todas las locas juntas”, dice. Lo recuerda bajito, extremadamente delgado, casi siempre con un cigarro en la boca y una melena que a veces era negra y otras rubia. Willy murió hace años y nadie parece saber con certeza cómo ocurrió. No fue el único que desapareció de aquellas noches.



Las locas lesas


En Chile, el primer caso de un fallecimiento ocasionado por VIH se registró en agosto de 1984. Se trataba de un hombre llamado Edmundo Rodríguez, docente de castellano, extrovertido y seguro. Así lo describe Víctor Hugo Robles, periodista, ex parroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas. Para los homosexuales de la época había muy poca información: todo llegaba en inglés, y los primeros casos eran norteamericanos. El virus avanzó en silencio, y el bar fue testigo de muchas pérdidas. 


Robles contrajo el virus en 1993. Llegó a pesar cerca de 40 kilos en 1994, mientras batallaba contra el SIDA. Los tratamientos eran escasos y su distribución brutal: "Había solo dos opciones en los hospitales. Tú aparecías en una especie de sorteo que hacían en algunas organizaciones, o heredabas las pastillas de alguien que moría (...) Imagínate lo dramático que era esperar que alguien muriera para poder quedarte tú con sus medicamentos; así era en ese tiempo", recuerda Robles del otro lado de una pantalla, luciendo una boina y el cabello rizado. Su voz es melódica. Logró reponerse.


Entre los que no sobrevivieron estaba Carlos Franco. Hacía performances artísticas inspiradas en Candy Dubois: maquillajes pálidos y plumas rojas sobre piel morena y pelo negro ondulado. Era un asistente fiel en el primer Willy, un exponente drag antes de que el drag tuviera ese nombre en nuestro país. "Un súper buen artista, un amigo espectacular", dice Calderón. Solo se caracterizaba para actuar; en la vida cotidiana usaba poleras negras y jeans.


Según Calderón, Carlos Franco era parte de un grupo de artistas muy sofisticados, “todos eran amigos, todos llegaban donde Willy, pero mucha gente se murió de SIDA”. 


Franco falleció iniciada la década de los 2000.


Víctor Hugo Robles, más conocido como El Che de los gays,  es periodista, ex parroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas.
Víctor Hugo Robles, más conocido como El Che de los gays, es periodista, ex parroquiano del Bar de Willy y coautor del libro SIDA en Chile: Historias Fragmentadas.

Víctor Hugo también recuerda a Carlos Franco como un referente. El periodista piensa, sobre todo, en una vivencia particular. Durante los primeros años de la década de los noventa, el periodista iba al Hospital San José. Buscaba los medicamentos para su terapia. Entonces ocurrió el encuentro: “Yo iba subiendo una rampa y Carlos venía bajando con su pareja, desesperados porque no podían conseguir la terapia. Siempre me quedó a mí en la memoria ese mensaje, esa cara de angustia”.


Encuentros como ese pasaron a ser parte de los temores recurrentes de las locas lesas. Así lo describe Petra Pérez: “Después, ya cuando había tratamiento, había muchas que les daba vergüenza. No querían encontrarse en el hospital con alguien que las reconociera o las viera haciéndose un examen. Las preocupaciones eran distintas a las de ahora”.


Andrés Pérez, el director teatral creador de La Negra Ester y fundador del Gran Circo Teatro, también frecuentaba el bar. Considerado una de las figuras más influyentes del teatro chileno contemporáneo, recibió reconocimientos como el Premio APES a la mejor dirección teatral por La Negra Ester (1989), el Premio de los Críticos de Santiago (1995) y el Premio Altazor a la mejor dirección por La huida (2002). Petra recuerda las fiestas compartidas: "Nos encontrábamos en ese lugar, que era el local de las locas top de la época".


Andrés falleció en 2002, tras pasar dos meses hospitalizado a causa de una neumonitis oportunista asociada al SIDA. Robles lo había encontrado en una fiesta tiempo antes e intentó hablar con él: “Lo vi y le pregunté que si tenía VIH, podíamos conversar, que lo podíamos ayudar. Había tiempo todavía. Pero me dijo que no, que no pasaba nada, que no tenía ningún problema".


Robles plantea que el temor a las habladurías sigue estando presente en Chile. “Mucha gente que tiene recursos prefiere no atenderse en el sistema para que sus nombres no aparezcan en recetas ni nada, y compran las terapias en mercados alternativos”, dice el periodista. Víctor Hugo también señala que muchos pacientes se atienden en zonas geográficas distintas por el mismo temor: “Hay muchos que vienen de regiones a atenderse a Santiago. No se atienden en sus en sus propios hospitales regionales porque no quieren que los vea un vecino o un amigo”.


Andrés Pérez Araya y Tomás Rivera González, La Doctora de San Camilo, en 2001  / Archivo de Víctor Hugo.
Andrés Pérez Araya y Tomás Rivera González, La Doctora de San Camilo, en 2001 / Archivo de Víctor Hugo.

Mudanza al caracol


Cuando el dueño original del bar murió, Luis, su mano derecha, heredó el lugar. Entonces el bar reencarnó en el sótano de un caracol, en la intersección de los Leones con Providencia. Los prismas rojos con los zapatos en la cima se mantuvieron. Se sumó alguna plataforma con fierro vertical para shows de striptease. La barra ya no estaba en el centro del local, sino pegada a un muro. También había una mesa de pool. Las cortinas eran color tierra y los muros negros. Las luces en las paredes seguían siendo de todos los colores.


Petra Pérez vivió sus mejores años en esa locación. Ya no era un niño de 17 años vestido de camisa y jeans, para ese entonces Petra echaba a toda la banda arriba de su escarabajo rojo. Recorrían la Alameda en la noche en un paseo ruidoso. Pasaban a discos como el Fausto o el Búnker, y después se iban al Bar de Willy. Todos a bordo: las locas y los rotos, explica la artista. También algún heterocurioso, agrega. Llevaban pelucas en el maletero. Mucho Popper en las narices. Así, con una cuota de nostalgia, lo describe la transformista. 


La artista vio más de una vez a prostitutas entrar al bar para tomarse un trago y bailar un rato. Cuando el dinero escaseaba en la calle, aparecían por media hora y luego volvían a salir. Cruzaban el salón con vestidos llamativos y tacos altos. En las plataformas, los vedettos bailaban alrededor de los caños. “Yo muchas veces me subía a huevear a los cubos. Era una loca borracha”, recuerda Pérez. También se acuerda de otro detalle de aquellos espectáculos: “Los vedettos salían truqueados ahí abajo”. Antes de subir al escenario se provocaban erecciones artificiales para acentuar el efecto de las zungas. La penumbra borraba algunos contornos, pero no alcanzaba a esconder lo que ocurría en el salón.


Todos tienen una noche


El bar, finalmente, acabó trasladándose a Paseo las Palmas. Luis falleció por un atropello. La administración quedó legada a su hermana y esposa. Después a su hija. Ella eligió no hablar, dice  que todos quienes tienen historias para contar, simplemente ya no están.


Quien sí conversó fue Gastón Pinto (61), que todavía es cliente del bar. Actualmente, el hombre conserva una tradición con un grupo de amigos. Son ocho personas, él lo define como un “Club de Toby”. Una vez al mes se reúnen a comer y después van al bar. La última vez fue el martes 2 de junio, se reunieron en el restaurante Baco, uno de los más exclusivos del continente. Después el grupo se desgranó: solo tres integrantes remataron la junta en el Willy. Gastón tomó vodka. La charla se extendió durante horas. Las palabras se fundieron con la noche.


Gastón también recuerda la época en que el segundo piso del local albergaba espectáculos de striptease y servía como cuarto oscuro. Hoy solo se arrienda para cumpleaños. "Ha cambiado el tipo de público, ha cambiado totalmente”, dice Pinto. Añade que antes raramente iban mujeres, y que ahora muchos de los visitantes van a servirse tragos por la historia del lugar, para conocer el mito. Porque según él, las historias son muchas.


Si le preguntas al autor Ricardo Valenzuela por la noche más especial que pasó en el Bar de Willy, hablará de la experiencia que le hizo escribir su cuento. Ese after con Pedro Lemebel. El grupo de amigos salió del bar y se fueron a la casa de Valenzuela. Entre la música y el trago. Pedro firmó una colección completa de libros en el dormitorio del dueño de casa. Tengo miedo torero fue uno de los principales.


Si le preguntas a Petra Pérez, hablará de la primera vez que llegó al bar vestida como Petra. Acababa de ganar el premio Grace, otorgado por la disco Fausto, y el triunfo todavía estaba fresco. “Había micrófonos, gente afuera, Luchito tiró la casa por la ventana”, recuerda. Esa noche llegó para cantar un cumpleaños y tuvo que abrirse paso entre felicitaciones y abrazos. “Me creía la muerte, porque yo era la mejor drag queen”, dice entre risas.


Si consultas a Víctor Hugo Robles, el Che de los gays, qué es lo que hace tan especial al bar, dirá lo siguiente: “Era un bar muy exclusivo, no exclusivo porque fuera gente de elite, sino porque era una familia. Yo iba un día y siempre me encontraba con la misma loca, en el mismo sillón”.


Y si acudes al bar, hablarán las paredes del baño. En uno de los muros, escrito con lápiz mina, hay un mensaje tembloroso: “No llores, mariquita linda, por nacer. Llora cuando no queden días por venir”.

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