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Montserrat Arre Marful: “Chile es un país que se fundamentó en la esclavitud”




Desde archivos coloniales borrados hasta el rechazo contemporáneo a la migración haitiana, la historiadora Montserrat Arre desmonta uno de los mitos más persistentes del país: la idea de un Chile blanco, homogéneo y sin pasado esclavista. En esta conversación, el racismo aparece no como un error del presente, sino como una herencia estructural, escrita en la historia, en el lenguaje y en los cuerpos.


Montserrat Arre no llegó a la historia afrodescendiente por herencia ni por militancia, sino más bien por sorpresa. En la universidad, durante la licenciatura, un ramo inédito abrió una grieta en el relato aprendido: la presencia de africanos en la América colonial, desde Perú y Bolivia hasta Argentina. Chile también estaba ahí. Esa inclusión inesperada fue el primer indicio de un vacío mayor. “Me llamó la atención que incluyese a Chile”, recuerda.


Historiadora, literata y coordinadora del proyecto Afroquimbo: la historia después del olvido, Arre entendió pronto que no se trataba de una omisión casual. La historia afrodescendiente no figuraba en los programas universitarios, ni en la enseñanza de la Colonia ni del siglo XIX. Ese silencio, persistente y estructural, convirtió el tema en una urgencia. “Me pareció fundamental trabajarlo”, dice, “porque simplemente no se enseñaba”.


Desde ahí comenzó a trazar un puente entre el pasado afrodescendiente y sus representaciones culturales: cómo la historia se escribe, cómo la literatura imagina la raza y cómo el lenguaje fija jerarquías. Esa investigación desemboca en su libro más reciente, No teníamos negros. Historia y prejuicios en Chile sobre su pasado y presente afrodescendiente, donde Arre examina el blanqueamiento sistemático de la historia nacional.


En sus páginas, explica cómo la llamada historia natural, antecedente de la ciencia moderna, estableció correlaciones entre color de piel, rasgos físicos y supuestas capacidades morales, políticas y psicológicas. “Nuestra sociedad se fundó en esas asociaciones”, señala. Ese naturalismo de los siglos XVII y XVIII fue la base de la educación colonial y del desarrollo de la política, la filosofía, la teología y las ciencias humanas. Una matriz que, con otros nombres, sigue operando hasta hoy.


De esa matriz surge una lectura automática de los cuerpos. El color de piel activa, casi sin mediación, un conjunto de atributos socialmente aprendidos. “A las personas de piel clara se les percibe como más inteligentes, más ricas, con mayores capacidades y con mayor acceso a la universidad”, explica Arre. La inteligencia, la civilización y el potencial intelectual quedan así asociados a la blancura.


En sentido inverso, los cuerpos de piel más oscura, indígenas o afrodescendientes, cargan con el prejuicio opuesto: la sospecha de la flojera, la incapacidad, la falta de inteligencia o de disciplina. Una jerarquía racial heredada que no necesita ser explícita para operar, porque está profundamente naturalizada en la forma en que miramos, juzgamos y ordenamos a los otros. “Las poblaciones afrodescendientes en Chile no ocuparon una sola posición social. Algunas fueron esclavizadas y otras vivieron en condición de libertad. Esa diferencia marcó profundamente los oficios y espacios que podían habitar. Las mujeres y hombres libres accedieron, en muchos casos, a mejores posiciones sociales: trabajaron como artesanos, músicos vinculados a la Iglesia, militares e incluso ocuparon altos cargos dentro del Ejército. En cambio, las personas esclavizadas se concentraron mayoritariamente en el trabajo doméstico para familias de ingresos medios y altos, desempeñando una enorme variedad de labores. Pero su presencia no se limitó a las casas: también trabajaron en zonas rurales, en viñas, en la cría y el pastoreo de animales, en la minería y en múltiples actividades productivas.


Según la especialista, los archivos coloniales revelan un escenario mucho más complejo del que suele instalarse en el imaginario histórico. La población africana y afrodescendiente participó en una gran diversidad de oficios, ocupó distintos lugares dentro de la estructura social y formó parte de múltiples castas. Lejos de una experiencia única y homogénea, sus trayectorias fueron variadas y, en algunos casos, extraordinarias. Montserrat Arre recuerda, por ejemplo, la historia de Juan Valiente, un africano que durante la Conquista llegó a convertirse en terrateniente y encomendero bajo el mando de Pedro de Valdivia, recibiendo tierras e indígenas a su cargo como reconocimiento a su desempeño militar.


La investigadora chilena Montserrat Arre desmonta el mito de que en Chile no existió esclavitud o población afro.
La investigadora chilena Montserrat Arre desmonta el mito de que en Chile no existió esclavitud o población afro.

El blanqueamiento de la historia chilena no ocurrió solo en los hechos, sino también y sobre todo en el lenguaje. Durante la época colonial, la población afrodescendiente llegó a representar cerca del 20% del total. Sin embargo, esa presencia fue progresivamente silenciada hasta volverse desconocida para amplios sectores de la sociedad. “Los historiadores son esenciales en este proceso”, advierte Arre. “Muchos hablaron peyorativamente de las personas de origen africano y luego las negaron por completo”.


En la Colonia, la parte más alta de la jerarquía se llamaba “español”. Debajo estaban indios, negros y las múltiples mezclas. El término “blanco” no existía todavía: apareció después. Cuando los historiadores modernos lo usan para hablar del período colonial, hacen imaginar un Chile homogéneo y europeo, y se deja fuera a las personas de origen africano e indígena. Una palabra, así, borra parte de la memoria.


Ese proceso de blanqueamiento tuvo múltiples capas. Comenzó en el siglo XIX, en paralelo a la construcción del Estado-nación, y se expresó en diversas instancias de cómo Chile empezó a pensarse a sí mismo. Fue impulsado por las élites, pero también por sectores de clases medias emergentes que buscaron activamente blanquearse, convirtiéndolo en un fenómeno extendido y socialmente legitimado.


Otro elemento que Arre subraya es el progresivo descenso de la población negra en Chile a lo largo de los siglos XIX y XX, un proceso que contribuyó a instalar la idea de que en el país “no hay negros”. Según explica, esa disminución se produce en al menos dos momentos clave.


El primero ocurre con la abolición de la esclavitud, cuando deja de ingresar población africana esclavizada. Sin embargo, Arre aclara que la mayoría de las personas afrodescendientes ya vivían en condición de libertad, por lo que es probable que continuara existiendo movilidad interna y un crecimiento demográfico natural de esta población.


El segundo momento se sitúa en torno a 1900, en plena campaña de chilenización y blanqueamiento impulsada por el Estado, que promovió activamente la migración europea. Hacia mediados del siglo XX, la imagen de un Chile mestizo-blanco termina por consolidarse, reforzando la percepción generalizada de que la población negra había desaparecido. Para entonces, señala Arre, las clases medias y altas ya se habían blanqueado de manera significativa, tanto simbólica como físicamente.


“No fue una política accidental”, enfatiza Arre. Se trató de un diseño planificado, orientado a ocupar territorios que habían sido —y seguían siendo— de los pueblos indígenas. “Yo lo veo como un proceso tremendamente exitoso”, concluye, no como elogio, sino como constatación de su profundidad y sus consecuencias.


Portada de "No teníamos negros", libro de la investigadora chilena Montserrat Arre Marfull.
Portada de "No teníamos negros", libro de la investigadora chilena Montserrat Arre Marfull.

“La migración haitiana genera un impacto fuerte en la sociedad chilena, sobre todo en la emergencia del racismo antinegro”, sostiene Arre. No porque la afrodescendencia sea ajena al país, sino porque la que habita en nuestro ADN ha sido históricamente chilenizada, mestizada, normalizada. Lo que incomoda —explica— es el cuerpo menos mezclado, el que irrumpe sin mediaciones en el paisaje social. A la sorpresa inicial se sumaron rápidamente el miedo y el rechazo: discursos y prácticas racistas que reinstalaron la idea de que la mezcla es peligrosa, no por la nacionalidad, sino por el color de piel.


Reconocer nuestra descendencia africana, plantea Arre, es un gesto que lejos de empobrecer, enriquece. “Es un acto de toma de conciencia, de verdad histórica”, dice.


Ese reconocimiento también es político. Sacar a la luz una historia callada sostiene el activismo afrodescendiente y permite nombrar el racismo estructural que sigue operando. “Las personas racializadas continúan viviendo menosprecio, discriminación y violencia de todo tipo”, advierte Arre. Desconocerlo es perpetuarlo.


“Por último, reconocer es asumir que Chile es un país que se fundamentó en la esclavitud, como todos los países de América”, concluye. Somos descendientes de personas esclavizadas y de esclavistas. Contar esa historia no es un ejercicio del pasado, sino la única vía posible para pensar una reparación del daño histórico que aún llevamos inscrito en el cuerpo social.


La especialista cuenta que los llamados morenos y pardos del Ejército —negros y mulatos— conformaron cuerpos militares fundamentales para el triunfo del Ejército Libertador. También existieron líderes, héroes y heroínas afrodescendientes que participaron activamente en los procesos independentistas de Chile, Argentina y otros países de la región. “Pero la idea de imaginar a nuestros próceres como europeos, y a los soldados con rasgos semejantes y caucásicos, parece más correcto y apegada a los ideales de la civilización y modernidad. Entonces, ese olvido es una omisión a propósito”.


***

En el contexto actual, Arre advierte sobre la gravedad de un discurso que comienza a instalarse como social y políticamente aceptable: aquel que legitima la violencia contra quienes no encajan en la figura del “ser superior”, encarnado en el hombre blanco de origen europeo. “Nuevamente este sujeto se posiciona en el discurso como el autorizado a dominar y hacer lo que quiera con los demás porque son inferiores”, señala. De ahí se desprende la naturalización del maltrato, la discriminación y, en su forma más extrema, la eliminación del otro. “Es exactamente el mismo discurso que circulaba en 1900 y es tremendamente peligroso”, advierte. El racismo, dice, opera por contagio: lo inaceptable comienza a parecer normal.


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