El pingüino de Humboldt no desaparecerá solo
- Josefina Huerta
- hace 4 horas
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Actualizado: hace 12 minutos

Cada año, miles de pingüinos de Humboldt mueren en las costas de Chile y Perú, en su mayoría atrapados en redes de pesca. Mientras su población disminuye, la protección legal de la especie se redefine, en un escenario donde las amenazas avanzan más rápido que su capacidad de recuperarse.
La cueva está vacía.
Donde antes había un nido, ahora solo queda tierra removida y pedacitos de cáscara. Alejandro Simeone, biólogo, doctor en ciencias naturales y experto en el pingüino de Humboldt, se agacha para mirar más de cerca. No hay rastros de depredadores. No hay plumas tampoco. Solo huellas humanas marcadas sobre el suelo húmedo. Alguien entró, caminó hasta el fondo y salió. Ese nido no se va a volver a usar.
Lo que encontró es una imagen que hoy es cotidiana. A lo largo de la costa del Pacífico, entre Perú y el sur de Chile, el pingüino de Humboldt enfrenta una caída sostenida. Cada año, entre 2.000 y 3.000 de ellos mueren, la mayoría atrapados en redes de pesca.
Pero lo que desaparece no es solo el pingüino.
El pingüino de Humboldt no es solo una especie aislada. Es parte de un equilibrio mayor. Al alimentarse de peces como la anchoveta y la sardina, regula poblaciones clave del ecosistema marino. Su desaparición no ocurre en solitario: altera cadenas completas, desplaza especies, modifica dinámicas que también sostienen actividades humanas como la pesca. Cuando el pingüino retrocede, el sistema que lo sostiene empieza a desordenarse.
“Si tuviera que decir el principal problema hoy, son las redes de pesca”, afirma Simeone, que lleva décadas estudiando la especie. “Hay casos en que una sola red puede matar decenas de individuos adultos en período reproductivo”. La escena se repite: aves que se sumergen a cazar y no vuelven. En la isla, mientras tanto, quedan los nidos. Polluelos esperando un alimento que no llega.

En tierra, la amenaza adopta otra forma. Sara Rodríguez, bióloga marina y académica de la UCSC, recorre mensualmente la península de Hualpén para registrar aves costeras y mamíferos marinos. En sus recorridos, las señales no siempre aparecen en cifras. A veces están bajo los pies: nidos pisoteados, huevos destruidos o colonias alteradas: “Ellos necesitan lugares muy específicos”, explica. Cuevas, grietas entre rocas, sectores poco intervenidos. “Si ese hábitat se altera, se van. No vuelven”.
En ese escenario, una decisión reciente encendió las alertas.
La noticia llegó un martes 17 de marzo, el Ministerio del Medio Ambiente anunció el retiro de 43 decretos impulsados durante el gobierno de Gabriel Boric, para ser reconsiderados. Entre ellos, uno especialmente sensible: la propuesta que buscaba declarar al pingüino de Humboldt como monumento natural, alarmando a la comunidad científica.
Según el Ejecutivo, el objetivo es revisar los fundamentos técnicos y jurídicos utilizados antes de continuar con su tramitación.
La población actual del pingüino de Humboldt, cuenta Sara Rodríguez, es de alrededor de 10.000 individuos, con el 80% de la población mundial en Chile, y con la mayor cantidad ubicada en la Isla Dominga, y de estar “bajo amenaza”, pasó a estar “en peligro de extinción”.
La presión sobre la especie no solo se mide en muertes inmediatas, sino en su capacidad de recuperarse, porque el pingüino de Humboldt tiene un desarrollo lento. Un polluelo puede tardar entre cuatro y cinco años en reproducirse por primera vez, y varios más en hacerlo con éxito.
“Un individuo que muere hoy puede tardar hasta ocho años en ser reemplazado”, explica Alejandro Simeone. “Si las amenazas siguen al ritmo actual, la recuperación simplemente no alcanza”.
Para quienes trabajan en conservación, las decisiones no siempre son evidentes: “A veces hay que elegir qué islas visitar y cuáles no, porque los recursos son limitados”, cuenta Simeone. Cada salida implica costos, logística, tiempo. Pero también una recompensa difícil de traducir: observar a los animales en su entorno, aún resistiendo.
Desde la sociedad civil, la preocupación se comparte. Para Nancy Duman, directora de la ONG Sphenisco, organización dedicada a la protección del pingüino de Humboldt, sigue de cerca el destino del decreto: “Esperamos que esto sea realmente una revisión para mejorar la propuesta y no un freno definitivo”, señala.
Duman explica que, si bien Chile ha suscrito convenios internacionales y ha creado áreas protegidas, existen vacíos importantes. “Las zonas de alimentación no están suficientemente resguardadas. Y sin alimento, no hay conservación posible”.
En paralelo, el avance de proyectos industriales en zonas costeras tensiona aún más el escenario.
“Muchas veces la información que circula minimiza los impactos reales”, advierte. Para ella, el problema de fondo es más profundo: una falta de voluntad para entender que la salud del ecosistema sostiene también la vida humana. Desde el ámbito jurídico, la diferencia entre proteger y no hacerlo puede ser determinante. Lina Gantz, abogada especializada en derecho ambiental, explica que la figura de monumento natural implica uno de los niveles más altos de protección en la legislación chilena. “Cualquier intervención en el hábitat tendría que cumplir estándares muy estrictos. Actividades como capturar, cazar o intervenir nidos quedan prohibidas”, detalla.
Sin esa categoría, el panorama se vuelve difuso. “Lo que suele ocurrir es que aparecen acciones contradictorias en el territorio”, dice Gantz. “No hay claridad sobre qué se puede hacer y qué no, y eso termina afectando tanto a quienes intentan proteger como a quienes desarrollan actividades”.
Reparar el daño, además, no es inmediato. La legislación exige determinar responsabilidades, iniciar investigaciones y enfrentar procesos en tribunales ambientales. Un camino largo, mientras el deterioro sigue avanzando. El pingüino de Humboldt ya está catalogado como vulnerable por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Un estado frágil, que puede inclinarse con facilidad a la extinción.
La discusión sobre decretos y categorías legales parece lejana, pero se juega en esos detalles. En si una zona queda resguardada o expuesta o en si una actividad se regula o se permite. En algunas islas del norte chico, donde antes el sonido dominante era el de colonias completas, hoy el paisaje es otro: pocas aves y espacios vacíos entre las rocas. La cueva que observó Simeone sigue ahí, abierta hacia el mar. Ninguno ha vuelto a ocuparla.
La discusión sobre decretos y figuras legales puede parecer lejana, pero en la práctica define si especies como el pingüino de Humboldt tendrán un lugar donde seguir existiendo. En un ecosistema cada vez más presionado, la diferencia entre proteger o postergar puede ser, simplemente, la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.


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