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Romina Reyes: "Necesitamos volver a preguntarnos qué significa ser progresista"

Ilustración de @Monodeleon en Instagram
Ilustración de @Monodeleon en Instagram

Durante mucho tiempo, Romina Reyes creyó que la adultez sería el momento en que todo comenzaría a estar claro. A los 37 años, la escritora y periodista chilena sabe que esa certeza nunca llega. En Mujeres bondadosas, su nuevo libro de cuentos, escribe sobre personajes que aman, cuidan, desean y se equivocan sin disponer tampoco de un mapa. En esta conversación, Reyes habla de una generación que no cumplió el destino que había heredado, de la obligación de transformar la vida en contenido, y de una izquierda que, después del estallido social y del paso del Frente Amplio por el gobierno, necesita volver a explicar qué sociedad quiere construir.

Romina Reyes creció creyendo que los adultos sabían lo que hacían. En la familia tradicional donde pasó su infancia, el futuro parecía seguir un orden reconocible: encontrar una pareja, casarse, tener hijos y comprar una casa. La adultez era un lugar al que algún día se llegaba y desde el cual todas las decisiones comenzaban a parecer evidentes.


Ahora tiene 37 años y sabe que ese momento no existe. La experiencia le ha entregado más herramientas y algunas certezas, pero no el mapa que imaginó cuando era niña. En lugar de construir una familia bajo el modelo que conoció, puso en el centro sus carreras como periodista y escritora, dos oficios que ha debido sostener simultáneamente porque, dice con sentido del humor, trabajar en la cultura casi nunca alcanza para vivir.


La ausencia de ese mapa también atraviesa Mujeres bondadosas, su nuevo libro publicado por Ediciones Overol. En sus siete cuentos, los personajes aman, cuidan, desean, mienten, enferman y traicionan sin que exista una forma correcta de ordenar sus relaciones. La frontera entre la amistad y el romance cambia de lugar y la bondad deja de ser una virtud transparente.

Doce años después de publicar Reinos, el libro con el que obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias y que luego fue adaptado al cine, Reyes vuelve al ruedo para narrar personajes que tampoco tienen sus vidas completamente resueltas. En ese universo, la disidencia no conduce inevitablemente a la tragedia: las mujeres pueden ocuparse de sus pasiones, sus familias y sus errores sin tener que explicar a quién aman.


En conversación con Quiltra, Romina Reyes habla de una generación que llegó a la adultez sin cumplir el destino que había heredado, de las redes sociales convertidas en vitrinas y de un país que todavía necesita saber en qué colegio estudió cada persona para decidir qué lugar asignarle. También se pregunta qué significa hoy pertenecer a la izquierda y qué tipo de vida podría volver a ofrecer un proyecto colectivo.

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—Cuando eras niña, ¿cómo imaginabas que sería tu vida adulta?


“Vengo de una familia muy tradicional: papá, mamá, hermana, muchos tíos. La típica familia latina numerosa y heterosexual. Durante mucho tiempo, el modelo de adultez que conocí fue el de una persona que en algún momento se iba a casar, tendría hijos y una casa. Eso formaba parte del proyecto. Como mujer que pudo acceder a la educación, puse otras cosas en el centro. No me refiero a rechazar la idea de familia en general, sino a esos modelos tradicionales que recaen principalmente sobre las mujeres. Mi objetivo principal no ha sido formar una familia de esa manera. He puesto primero mi carrera como escritora y periodista.


Pero quizás el quiebre más grande fue descubrir que los adultos no son esas personas que lo tienen todo claro. Cuando era niña o adolescente pensaba que llegaría un momento en el que todo sería evidente: sabrías quién eres y hacia dónde vas.


Tengo 37 años y, sin duda, me siento mucho más sabia que a los 27 o a los 17. La vida tiene sus desafíos y una va adquiriendo más herramientas, pero esa claridad absoluta que yo asociaba con la adultez nunca llegó. Nunca llega el momento de la claridad. Es algo que también intento abordar desde lo emocional en los cuentos y textos que escribo”.


—Dices que pusiste tu carrera en el centro. ¿Es posible tener otras prioridades dentro de un sistema que nos exige producir constantemente?


“Es difícil. Además, elegir una carrera en la cultura implica algo particular: al menos desde mi experiencia y la de las personas que conozco, nunca puedes dedicarte completamente a ella. Es algo que haces mientras también haces otra cosa, porque la cultura no suele generar ingresos suficientes o equivalentes a lo que entendemos como un sueldo estable.


Son trabajos que se sostienen a pulso, mediante fondos o becas. En mi caso, escribo porque no puedo evitar hacerlo. Felizmente me ha ido bien: mi primer libro tuvo una buena recepción y he encontrado una comunidad lectora que puede seguir creciendo. Pero no creo que alguien elija desarrollar una carrera en la cultura con un Excel en la mano.


Cuando era adolescente simplemente pensé: ‘Me gusta escribir, quiero ser escritora’. No tenía mucha idea de cómo hacerlo. Elegí Periodismo porque sabía que era una carrera que tenía una parte en la que podía dedicarme profesionalmente a escribir. Desde ahí fui viendo cómo abrirme camino.


Estamos muy llamados a producir y a preguntarnos qué ganamos con cada cosa. Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿cuál es el valor de escribir un libro? Para mí, la cultura tiene un valor que no es necesariamente económico. Puede reflejar quiénes somos o devolvernos una imagen, ya sea por semejanza o por diferencia. Quienes trabajamos en cultura estamos construyendo una imagen y un relato del país dentro de nuestra contemporaneidad.


Encuentra Mujeres bondadosas, el último libro de Romina Reyes, haciendo click aquí.
Encuentra Mujeres bondadosas, el último libro de Romina Reyes, haciendo click aquí.

—Hoy también se espera que los escritores cuenten permanentemente en qué están y transformen su vida en contenido. ¿Cómo experimentas esa exposición?


"Soy millennial y lo digo en el sentido de ser una nativa digital. Internet no estuvo presente desde que nací, pero sí desde que tenía 12 o 13 años. Buena parte de mi vida social ocurrió allí. Tengo grandes amigos a quienes conocí por Twitter hace veinte años, cuando establecer relaciones virtuales todavía no era tan común.


Extraño esa época en la que las redes sociales servían principalmente para compartir con tus amigos. Tenías un carrete el sábado, sacabas fotos y las subías el lunes. Hoy las redes están copadas por el mercado. Entras a Instagram y probablemente la mitad del contenido que ves intenta venderte algo: una escritora promociona su libro, un músico presenta un sencillo, alguien vende un estilo de vida u otra persona ofrece una escalera para que el perro se suba a la cama.


Tengo claro que mi faceta de escritora es solo una parte de mi vida y que puedo decidir qué mostrar. Cuando publico algo relacionado con un libro, trato de que esté supeditado al relato de ese libro. Como periodista, también entiendo cómo se construyen esos relatos. En las redes sociales aparezco como un personaje. No es toda mi vida la que importa a la hora de promocionar un libro, sino aquella parte de mí que tiene algo que decir sobre la literatura y la literatura chilena.


No creo que una escritora esté obligada a promocionarse en redes sociales, pero es una herramienta disponible. Yo me veo como una autora cuya carrera todavía está en expansión. Si alguien lee esta entrevista y siente curiosidad por saber quién soy, probablemente irá a mi Instagram. Por eso entiendo las redes como una vitrina para quienes tenemos un proyecto, aunque lamento que hayan dejado de ser únicamente un espacio para divertirse y encontrarse con los amigos. Ahora son un poco un marketplace.


—Esa exposición parece exigir también una opinión inmediata sobre cada acontecimiento. ¿Una escritora tiene la obligación de pronunciarse sobre todo lo que ocurre?


“No lo veo como una obligación. No espero necesariamente una opinión sobre el mundo de parte de mis artistas o escritores favoritos. Soy muy buena para escuchar pódcast de política y, cuando quiero buscar una opinión política, recurro a políticos, periodistas o expertos en el tema.

Eso no significa que desprecie la opinión de los artistas. Para mí es valioso que las personas sean capaces de posicionarse. A nivel personal, siempre sospecharé un poco de alguien que se presenta como completamente amarillo, que no puede decir si está más cerca de la derecha, el centro o la izquierda, o qué piensa frente al cambio climático y otros temas que hoy nos definen.

Yo tengo opiniones y, cuando me las preguntan, puedo darlas. Sin embargo, me interesa más la obra de un artista. Prefiero que la pintura, el libro o la obra de teatro expresen esa mirada antes que la persona deba explicar permanentemente lo que piensa. La posición de un autor puede ser un antecedente relevante para interpretar su trabajo, pero no debería ser lo principal".


—La literatura queer ha estado marcada muchas veces por la violencia, el rechazo y el sufrimiento. ¿Sientes que todavía hacen falta relatos sobre el placer, la alegría y el deseo?


"Sí. Creo que hacen falta relatos sobre la comunidad LGBTQ+ que sean luminosos, ya sea porque fueron producidos por miembros de la comunidad o porque simplemente abordan esas experiencias. Desde una perspectiva más masiva, estamos acostumbradas a que esas historias aparezcan asociadas al dolor. Esa dificultad existe en la vida real. Salir del clóset, buscar aceptación o vivir en una sociedad tan normativa como la chilena puede ser complejo. Yo vivo en Santiago y reconozco algunos espacios seguros o ciertos barrios que podríamos considerar más amigables, pero esa no es la realidad de toda la ciudad.


Tengo una pareja mujer y sabemos que, si es de noche, hay lugares donde no caminamos tomadas de la mano porque no queremos que nos maten. Quizás suene exagerado, pero tampoco queremos que nos griten algo o que nos pase cualquier cosa. Solo queremos caminar y llegar a nuestra casa sin tener nada que contar, aparte de que caminamos hasta allí.

Por eso, las historias sobre la violencia hacia las comunidades sexogenéricas siguen teniendo peso. Esa violencia forma parte de la realidad. Yo vivo en el centro y paso constantemente junto al memorial de Daniel Zamudio. Existen casos recientes que no nos permiten olvidarla.


Pero una de las cosas que me movilizó al escribir Mujeres bondadosas fue imaginar un universo narrativo en el que ese problema estuviera resuelto. Es un universo ficcional donde no existe violencia hacia las lesbianas. Ninguno de los cuentos trata sobre eso y tampoco es necesario explicitarlo. Fue el lugar desde el que decidí escribir. Quería que lo relevante fueran los vínculos emocionales, la pasión y los sentimientos. En estas ficciones no existen conflictos asociados directamente con la identidad. Tengo claro que esa es precisamente una de las dimensiones más ficticias del libro.


Necesitamos diversificar los relatos porque no solo nos construimos desde el dolor. También nos construimos desde la pasión, la alegría, la traición y las relaciones que mantenemos no solo con nuestras parejas sexoafectivas, sino también con nuestras madres, padres, hermanas y abuelas. Todo eso es lo que quise situar en este libro.


—Aunque las personas heterosexuales tampoco cumplan necesariamente los modelos tradicionales, poseen ciertos mapas sobre cómo debería desarrollarse una vida. ¿Qué ocurre cuando esos referentes no existen?


"Las referencias existen para las personas heterosexuales, aunque después sus vidas no se parezcan en nada a esos modelos. En cambio, quienes pertenecemos a las disidencias muchas veces no tenemos esas imágenes del futuro. Por eso también es importante que nuestros relatos no estén construidos solo desde la tragedia. Conocemos las historias de personas que murieron por el VIH, que fueron rechazadas por sus familias o que tuvieron que vivir escondidas. Son historias necesarias, pero también necesitamos imaginar cómo nos veremos cuando seamos mayores, qué vínculos tendremos y de qué manera habitaremos el mundo.

Me interesa que los personajes queer puedan experimentar deseo, rabia, alegría y contradicciones. Que puedan equivocarse o comportarse mal. Que no estén obligados a representar únicamente el sufrimiento ni a convertirse en ejemplos morales. También necesitamos reconocernos en esos movimientos más luminosos y cotidianos.


—Vivimos un momento político profundamente polarizado. ¿Qué conversación está evitando tener nuestra generación?


"No sé si la estamos evitando completamente, pero quienes nos sentimos progresistas o de izquierda necesitamos preguntarnos urgentemente qué significa serlo hoy.

Desde el estallido social hasta ahora, con un gobierno del Frente Amplio de por medio que se definió como feminista, se desdibujó un poco aquello que entendíamos por ser una persona con ideales de izquierda. Lo pienso generacionalmente. Durante mucho tiempo nos planteamos como una generación contraria a la Concertación y a la derecha. Teníamos una lectura muy clara de la dictadura como un periodo oscuro en el que se violaron los derechos humanos y existía un compromiso con la idea del «nunca más» y con la construcción de una sociedad más justa. Hoy todo eso está más desdibujado, también porque las derechas han sabido evolucionar y apropiarse de ciertos discursos. En los años noventa parecía evidente que ser de izquierda era pertenecer a la clase media o baja y que ser de derecha significaba ser privilegiado. Actualmente esa lectura ya no funciona.


Esto no significa decir «pasado pisado». No pienso eso. La memoria de la dictadura sigue siendo fundamental, pero desde 1989 han ocurrido muchas otras cosas que también nos posicionan políticamente.


Necesitamos volver a preguntarnos qué significa ser progresista. También lo pienso desde mi lugar como disidencia sexogenérica, porque muchas veces los espacios de izquierda se han sentido profundamente machistas. Si una se define además como feminista, debe preguntarse qué significa eso y dónde la posiciona. Nunca he tenido problemas para definirme como una persona de izquierda o progresista, aunque hoy esas palabras no me resultan tan claras. Soy opositora al gobierno, pero es necesario explicar de qué se trata esa oposición porque existen muchas formas de oponerse. No podemos caer todos en la misma cazuela ni limitarnos a rechazar sin proponer nada.


Cuando un colectivo no logra construir un relato capaz de convocar a las personas ni explicar qué tipo de vida propone, pierde su sentido. Creo que esa es la conversación que nuestra generación necesita tener para poder construir un proyecto colectivo que vuelva a hacernos sentido".


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