Laura Chivite: "Hay que luchar contra el cinismo"
- Adán Samper
- hace 2 días
- 5 min de lectura

En una época en que crecer ya no garantiza estabilidad, las familias queer se convierten en una disputa política y el lenguaje de la salud mental comienza a vaciarse, Laura Chivite busca otras formas de nombrar el presente. La autora de El ataque de las cabras habla sobre visibilidad, humor, ultraderecha y la necesidad de conservar la esperanza sin caer en la ingenuidad.
Laura Chivite tiene treinta años y vive con tres amigas en Madrid. Durante mucho tiempo creyó que la adultez llegaría acompañada de ciertas certezas: una casa propia, estabilidad económica y una vida que avanzaría siguiendo un orden reconocible. Ahora piensa que buena parte de esas promesas eran mitos, ilusiones o directamente mentiras.
En una época marcada por la precariedad, las guerras transmitidas en directo y la crisis climática, Chivite ha comenzado a buscar otra definición de lo que significa crecer. Si la seguridad material parece cada vez más lejana, dice, quizá la adultez consista en adquirir una mayor conciencia personal y política, en mantener los ojos abiertos cuando todo invita a cerrarlos.
Esa mirada atraviesa también su escritura. En El ataque de las cabras aparecen familias queer y figuras maternas que desobedecen el modelo tradicional. La tristeza puede llamarse “telequinesis melancólica” y el humor convive con personajes que intentan sobrevivir sin transformarse en cínicos. Chivite evita palabras como ansiedad, depresión o trauma para observar el dolor desde otro lugar, antes de que el uso excesivo termine por vaciarlas de significado.
No resulta sencillo conservar la esperanza. La ultraderecha avanza, el capitalismo convierte las luchas políticas en productos y la ironía amenaza con volver cualquier tragedia un contenido pasajero. Aun así, Chivite se resiste a aceptar que el cinismo sea una prueba de inteligencia. Prefiere defender algo mucho menos sofisticado y, quizá por eso, más difícil: el amor, la paciencia, las palabras y la alegría.
***
—En tus libros, crecer significa descubrir que los adultos tampoco tenían respuestas. ¿Qué significa ser adulto hoy, cuando el trabajo ya no garantiza estabilidad y el futuro parece cada vez más incierto?
“Es un tema que me interesa mucho, y cada vez más, porque veo que todo lo que yo pensaba que era la adultez, o ciertas transformaciones y convenciones sociales que daba por hecho, eran mitos, ilusiones, mentiras. Tengo treinta años y vivo con tres amigas en Madrid, y he terminado por creer que la adultez no está tanto sostenida en cómo evoluciona tu vida en términos materiales, sino en ir adquiriendo cada vez más consciencia (política, personal, etc). Existen muchos tipos de ser adulto, y ya que me temo que no me voy a comprar una casa nunca, espero crecer teniendo la cabeza y los ojos cada vez más abiertos, a diferencia de lo que se suele creer que ocurre conforme te haces mayor”.
— El ataque de las cabras pone en el centro a familias queer y figuras maternas no tradicionales, justo cuando la ultraderecha vuelve a utilizar “la familia” como una trinchera política. ¿Qué crees que están defendiendo —o temiendo perder— quienes insisten en que existe una sola forma legítima de familia?
“Es difícil ser optimista cuando ves que el mundo se desmorona y que las ultraderechas están triunfando en gran parte del mundo; hay días en que todo lo veo gris y me desaliento, pero sigo pensando que los cambios se dan poco a poco, y que cada vez hay más modelos de familia, sobre todo en entornos queer pero también fuera de ellos, y la ultraderecha se pone muy nerviosa cuando nota que no puede controlar lo inevitable. Creo que aunque estemos atravesando un momento oscuro a nivel político, el cambio es imparable, siempre lo será”.

— En vez de decir que Tía Lidia tiene depresión, escribes que padece “telequinesis melancólica”. Hoy hablamos de ansiedad, trauma y autocuidado más que nunca, pero ese lenguaje también se ha convertido en contenido, identidad e incluso mercado. ¿Estamos comprendiendo mejor nuestro dolor?
“Me parece una pregunta muy interesante. Una de las grandes tragedias es que las palabras se vacíen de significado de tanto usarlas, o de usarlas en contextos erróneos. Por ejemplo, la derecha se ha apropiado de la palabra “libertad” en muchos países, y parece que “libertad” ya no significa nada.
Evité utilizar palabras como ansiedad, depresión, trauma, etc. para poder mirar todos esos conceptos desde otra óptica, con otra forma. Creo que entendemos nuestro dolor más que nunca, y al mismo tiempo creo que la extremahiperautoconsciencia puede ser cegadora”.
— Has hablado de esa “segunda adolescencia” que atraviesan muchas personas queer. La visibilidad nos ha entregado referentes y derechos, pero también nos ha vuelto más identificables para quienes desean vigilarnos o atacarnos. ¿Puede la visibilidad convertirse en una trampa? ¿Las nuevas generaciones LGBTQI+ son más libres o simplemente están más expuestas?
"No creo que la visibilidad pueda convertirse en una trampa. El capitalismo siempre va a intentar aprovecharse de las luchas para vender sus productos, y conviene estar atenta a eso, pero cada vez hay más márgenes y más espacios en los que esa libertad es genuina".
— Tu escritura encuentra humor incluso dentro de la tristeza. Pero vivimos en una época en la que cualquier tragedia se convierte en meme pocos minutos después de ocurrir. ¿Cuándo el humor funciona como resistencia y cuándo se vuelve una forma de no sentir, no pensar o no actuar?
"Es cierto, cada vez se hace más evidente el sinsentido y el artificio de las cosas, y esa tendencia a ironizarlo todo, a distanciarte de ello, es peligrosa. Es importante reírse de una misma, y reírse de la tragedia, pero sin banalizarla, sin frivolizar".
— En tus libros aparece una pregunta persistente: cómo sobrevivir al entusiasmo sin volverse cínica. Hoy el cinismo suele presentarse como una forma de inteligencia, mientras que conservar la esperanza parece ingenuo. ¿Qué crees que debemos seguir defendiendo, incluso a riesgo de parecer ingenuos?
"Completamente cierto. Hay que luchar contra el cinismo, yo lucho todos los días por no convertirme en una cínica total. Y la clave tal vez está en no dar por hecho las cosas, en escuchar a la gente, en bajar del atalaya en el que a veces nos subimos para mirar el circo que es el mundo. A riesgo de sonar cursi o ingenua, hay que defender que el cambio es posible, y hacer pequeños gestos que participen en ello, y defender el amor, la paciencia, las palabras y la alegría".



Comentarios