El cazador que se volvió cuidador

De niño, Manuel Pinto Contreras cazaba guanacos con la Winchester de su abuelo en la cordillera de Coquimbo. Pero será recordado por otra cosa: hace más de veinte años fundó el primer centro de rescate de la especie en Chile, y hoy uno de sus machos ayuda a devolverla a la Región Metropolitana, donde quedan entre doscientos y cuatrocientos en estado silvestre. Esta es la historia de una deuda y de cómo se paga.
Por: Ignacio Flores
El relincho se detuvo en lo alto de la loma y se dio vuelta. Detrás de él, las hembras y los chulengos seguían subiendo. Él no: se plantó de frente a los hombres y lanzó un sonido que en la cordillera nadie confunde, una advertencia. Manuel Pinto Contreras era un adolescente. Andaba rodeando vacas junto a un trabajador de su abuelo, a unos cuatro mil metros de altura, y tenía el arma a mano. Disparó.
"Le di en la paleta. Cayó, pero cuando con mi perro Morro nos acercamos, se paró y salió corriendo rengueando", recuerda. "La escena del pobre animal herido por cuidar su manada, confieso que entonces no me afectó. Sin embargo, ahora, al recordarla, siento una gran amargura".
Morro salió ladrando detrás del guanaco. "Lo siguió, lo siguió y lo siguió hasta que ambos se perdieron de mi vista. Pero yo no pude correr más. Me di cuenta de que me estaba apunando". Esa noche el perro no volvió al alojo. "Yo no recuperé ese guanaco, y el perro se perdió. Me dije que quizás, por la sangre, un puma los siguió y los mató a ambos".
Manuel Pinto tiene hoy 77 años. Es agrónomo, doctor en bioquímica y académico jubilado de la Universidad de Chile. En la hacienda El Durazno, cerca de Combarbalá, fundó el primer Centro de Rescate y Rehabilitación de guanacos del país. Lleva más de dos décadas intentando pagar ese disparo. Y todos los demás.

El jardinero de los Andes
Cuesta imaginarlo, pero hace poco más de doscientos años el guanaco (Lama guanicoe), el camélido más grande de Sudamérica, recorría casi todo el territorio continental de Chile. Hoy ocupa cerca del 40% de su hábitat original. La mayoría vive en la Patagonia: solo en la parte argentina se calculan unos dos millones, y en la porción chilena de Tierra del Fuego, según la Wildlife Conservation Society (WCS), podrían llegar a 240 mil. Más al norte la historia es otra. En la Región Metropolitana quedan entre doscientos y cuatrocientos en estado silvestre, y para verlos en libertad hay que viajar a Torres del Paine o a la Región de Coquimbo.
El primer europeo que lo describió fue Antonio Pigafetta, el cronista italiano que en 1520 llegó a la Patagonia con la expedición de Hernando de Magallanes. Vio "una especie de gran cabeza y orejas como mula, cuello de camello y cuerpo y piernas de un ciervo". Para los pueblos andinos, en cambio, no había nada de extraño en ese animal.
Los camélidos llevaban milenios en el centro de su vida. Según el Museo de Historia Natural, la domesticación comenzó hace más de siete mil años en los Andes peruanos: de la vicuña salió la alpaca y del guanaco, la llama. Todos descienden de un linaje que bajó desde Norteamérica hace unos tres millones de años. Para el ecólogo estadounidense William L. Franklin, que estudió a los camélidos sudamericanos, los pueblos originarios pudieron desarrollarse gracias a ellos: cargaban peso, daban carne, lana, cuero y hasta combustible. En cuevas y piedras de la cordillera todavía se ven pinturas que muestran, con enorme detalle, cómo se los cazaba.
Los incas levantaron su imperio sobre el lomo de las llamas, que transportaban materiales para construir y mercancías para comerciar. Una de ellas, la napa, era un símbolo de poder: una llama blanca cubierta con un manto escarlata, aros de oro y un collar de conchas marinas rojas, que acompañaba al emperador en sus viajes. Otras terminaban sacrificadas para pedir lluvias y buenas cosechas. Aun así, el imperio regulaba su uso con rigor: la caza indiscriminada estaba prohibida, la lana fina de la vicuña era exclusiva de la realeza y el pelo y la piel del guanaco quedaban para el pueblo.
"A la llegada de los españoles, incluso, se enviaron algunos ejemplares de guanaco a España, como un regalo a la corona y muestra de la existencia de especies desconocidas para Europa", cuenta Benito González, ingeniero agrónomo y doctor en Ciencias de la Universidad de Chile. Durante el siglo 19, recuerda, en Santiago todavía se vendían guanacos en la Plaza de Armas, a pocas cuadras de La Moneda.
Su importancia va más allá de la cultura. El guanaco tiene un tipo de pata que, al pisar, remueve y oxigena la tierra, y va enterrando semillas de especies nativas como el peumo y el quillay. Por eso le dicen el "jardinero de los Andes".
Hoy ese jardinero está en retirada. Según la "Planificación Estratégica para la Conservación del Guanaco en Chile Central" (2024), de la WCS, el 60% de la biomasa de mamíferos del planeta corresponde a ganado doméstico, el 36% a humanos y apenas el 4% a especies silvestres. Chile, además, es uno de los países con mayor proporción de especies endémicas, y según el Ministerio del Medio Ambiente, el 65% de sus especies clasificadas está en peligro crítico, en peligro o en estado vulnerable.
"En el caso del guanaco en Chile central, su recuperación depende de mejorar las condiciones de hábitat y de reducir y controlar sus principales amenazas, tales como el desarrollo de proyectos mineros, caza ilegal, ataques de perros sin supervisión, competencia con el ganado, entre otros", explica Diego Flores, director de la WCS en Chile.
Para Matías Guerrero, presidente de la ONG Kintu e integrante del grupo Ecología, Naturaleza y Sociedad de la Universidad de Chile, el peor enemigo son los perros de vida libre. "El guanaco no está evolutivamente preparado para arrancar de jaurías, está preparado para arrancar del puma, por lo tanto se confunde y finalmente lo terminan mordiendo. Esa es la principal amenaza", dice. Hay otra que no esperaban: algunos grupos ven la reintroducción del guanaco como un riesgo para actividades que consideran parte de su cultura, la ganadería y el pastoreo.
La Winchester del abuelo
Manuel Pinto cazó su primer guanaco a los once años. Era mediados del siglo pasado y en el Norte Chico nadie lo veía como una falta. El arma era una carabina Winchester 44-40, modelo 1873, la misma que se hizo famosa en la conquista del oeste norteamericano. Le había enseñado a usarla su abuelo, Exequiel Contreras.
"Mi niñez estuvo marcada por la cultura del arriero y del guanaco, porque el abuelo era un hombre de campo que pasaba temporadas enteras en la cordillera de Chile y en las pampas argentinas", recuerda. "Al interior de Monte Patria tenía la hacienda Quebrada Seca, que es donde yo me crié y donde el abuelo tenía un guanaco que le cuidaba la viña. También tenía, cerca de Combarbalá, la hacienda El Durazno, que es la que yo tengo ahora".
"El abuelo", como Manuel lo llama con respeto y admiración, cruzaba la cordillera arreando vacunos y caballares entre Chile y Argentina. Del otro lado sabía cazar guanacos con boleadoras, algo imposible en el terreno escarpado chileno. "De niño, él me vestía de gaucho y me enseñaba a bailar chacareras y cuecas cuyanas", cuenta Manuel.
En esas travesías cazar no era un deporte. "En esas idas y vueltas uno cazaba guanacos, porque tenías que alimentarte al quedarte largas temporadas en la cordillera. El vacuno no se tocaba. Por entonces se decía que uno se alojaba en la montura, ya que al desensillar al anochecer se usaba el casco de almohada, los pellones de cuero de oveja de colchón, y te tapabas con el poncho de lana de guanaco. Así yo me dormía mirando las estrellas, abrazando a mi Winchester por si el puma nos hacía visita por la noche".
A la izquierda: Manuel de niño, junto a su abuelo el cazador. A la derecha: Manuel hoy, el cuidador, junto a su nieto.
"Por la mañana temprano, con el hielo y sobre todo en enero, los guanacos bajaban al agua y las guanacas parían en las vegas. Ahí uno los podía ver a la distancia, sin acercarse mucho, porque son animales muy celosos y sabios. Siempre hay un macho vigilando, el relincho, el que guía a la manada usando diferentes tipos de sonidos según la circunstancia".
El relincho era el obstáculo. Los guanacos tienen un olfato finísimo y corren muy rápido, así que nieto y abuelo debían acercarse con cautela, contra el viento cordillerano y a buena distancia, para que el macho no los detectara. Cuando lo lograban, Manuel disparaba. Prefería la Winchester porque era "ligera y fácil de cargar", buena para disparar al galope detrás de las manadas. Más tarde le pasaron una Mauser alemana, más pesada y con un alcance de casi dos mil metros, pero no le gustó: "La bala era muy grande y destrozaba al guanaco, y el cuero no se podía usar".
"Debo ser honesto. El sentimiento que entonces tenía en relación a la vida silvestre era muy distinto al que tengo ahora. Sin embargo, nosotros no cazábamos por deporte, lo hacíamos para alimentarnos, guardar charqui para el invierno y vestirnos con la lana", dice. "Cuando salíamos temprano, tipo siete de la mañana, y lográbamos cazar un guanaco, obteníamos el cuero, la lana y la carne. A eso de las diez la mejor carne ya la teníamos lista en el fogón, para desayunar mateando".
Del animal se aprovechaba todo: la carne, la piel, el pelo, los huesos, las patas. "Con el cuero del cuello, como es largo, uno se podía hacer una especie de bota que los arrieros usaban para llevar el buen pisco a la montaña. Con la piel de la frente, que es más fina, mi abuelo se había hecho una tabaquera".
Manuel todavía guarda un poncho tejido con la lana de uno de esos guanacos. Se lo hizo doña Sótera, una de las trabajadoras del abuelo, cuando él tenía cinco años. Lo conserva junto a un rifle belga Herstal que le regaló el abuelo y que también lo acompañó en sus andanzas.
La Winchester ya no la tiene. Para el golpe de Estado de 1973 se la entregó, con dolor, a un cura en el confesionario de la iglesia de la Sagrada Familia, en Santiago. La Mauser la enterró el abuelo en algún lugar de la cordillera, y se llevó la ubicación a la tumba.
Cerca de un mes después de aquel disparo en la loma, Manuel arreglaba un cerco con los trabajadores cuando uno de ellos dio la alerta: un puma bajaba por el cerro.
"Se empezó a acercar y me di cuenta de que era Morro. Lo confundimos porque tenía el pelo como el puma. Llegó con las patas sangrando, nos abrazamos, juntos nos tiramos al río y finalmente lo curamos. Venía muy flaco, porque anduvo perdido cerca de un mes. De manera impensada llegó a casa por otro valle. La alegría más grande que he tenido ha sido que él haya vuelto".
Del relincho nunca supo más. Pero esa no fue la última vez que un guanaco le cambió el rumbo.
En 1971, Manuel estudiaba Agronomía en la Universidad de Chile. Con un grupo de compañeros y compañeras de carrera viajó al asentamiento Paihuén, en el interior de Cabildo, a ayudar a los campesinos damnificados por el terremoto de La Ligua. Tras una jornada agotadora levantando casas y escuelas para la reforma agraria de la Unidad Popular, subieron a la cordillera a celebrar con un asado de cordero.
Ya entrada la noche, la carne empezó a escasear y alguien pensó en el desayuno del día siguiente. "Si tuviera una carabina a mano, haríamos un asado de guanaco", dijo Manuel. Don Juan, el presidente de los campesinos, le ofreció la suya, que había llevado "por si acaso se terciaba uno".
Temprano, cuando ya estaban listos para salir, un grupo de compañeras quiso sumarse. Las lideraba una estudiante que a Manuel le gustaba. "Yo no quise, porque era mucha gente y más encima con mujeres... la caza no iba a funcionar", cuenta. Desde ese momento, admite, ella lo "odió".
Las rechazadas decidieron subir por su cuenta. Llegaron a la nieve, se les hizo de noche y se perdieron. Carabineros acudió al rescate y coordinó la búsqueda con Manuel, que conocía el terreno: siguiendo las huellas, mandó a los uniformados por una quebrada y él subió a la nieve por otra. La orden era que quien encontrara primero a las tres estudiantes disparara al aire.
La búsqueda duró toda la noche. Al otro día, cerca de las nueve de la mañana, cuando ya flaqueaban las esperanzas, Manuel escuchó un disparo. Debía responder con otro, pero no lo hizo: en la nieve, un tiro podía provocar una avalancha. Disparó más tarde.
"Yo me sentía súper mal, porque la niña a quien amaba en secreto ni siquiera me miraba, y entre las compañeras yo pasé a ser un 'machista tal por cual'", recuerda. "Esa compañera ahora es mi esposa".
Así empezó a "pinchar" con Patricia Espinosa, que hasta hoy lo acompaña en el cuidado de los guanacos de El Durazno.
"Toda mi vida ha estado relacionada al guanaco", dice Manuel. Su abuelo murió en 1975 y la hacienda El Durazno quedó abandonada. Las familias que vivían ahí se sintieron desamparadas, y en 1980 fueron a hablar con la madre de Manuel, que vivía en La Serena: gente de otras comunidades se estaba tomando las tierras. Ella le escribió a su hijo a Francia.
"Por ese entonces yo estaba en París terminando mi doctorado en bioquímica y me habían ofrecido un puesto como investigador", cuenta. Después de esa carta decidió volver. En 1981 se reintegró a la Universidad de Chile, esta vez como académico, y en paralelo ayudó a su madre a sanear los títulos de la hacienda para venderla. No esperaba nada más de ella: su interés estaba en la academia, y la vida huasa y de cazador parecía cosa del pasado.
En esos años, además, cuidar guanacos en vez de cazarlos era sospechoso. Durante los ochenta no estaba bien visto preocuparse por el medio ambiente, y menos estudiarlo. Y la especie enfrentaba una amenaza que Manuel conoció de cerca:
"Todos los cordilleranos sabíamos que para el lado de Las Mollacas, en el Limarí, o de la cordillera San Agustín, en Choapa, Carabineros cazaba guanacos con metralleta. Los gendarmes argentinos hacían lo mismo al otro lado de la frontera. Escondidos tras las piedras, una vez vimos cómo echaban a correr las manadas y las ametrallaban. Incluso hace no tanto tiempo, el año 2005, por Llahuín me mataron una guanaquita que se nos había escapado de la hacienda, denuncié el hecho al SAG. No sé si pasó algo, ni tampoco averigüé más: era peligroso. Lo que sí constato ahora es que felizmente esas prácticas de matanzas masivas y sin sentido en gran medida han terminado. Probablemente esto mismo también pasó en la Región Metropolitana y en otras partes, lo que contribuyó a la disminución de la especie".
Seis guanacos en una media luna
En 2002, en Ovalle, Manuel se encontró con Raúl Munita, un exalumno de la Facultad de Agronomía que trabajaba en el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG). Munita quería reintroducir el loro tricahue en Monte Patria, pero tenía otro problema entre manos: un grupo de guanacos que el SAG había requisado a unos crianceros de cabras. No había fondos para alimentarlos, así que los había dejado al cuidado de una señora de la zona que tampoco tenía cómo mantenerlos.
Manuel y Patricia fueron a verlos. Los guanacos tenían tanta hambre que se arrancaban la lana unos a otros para comer.
"Esta es mi oportunidad para redimirme", se dijo Manuel. "Debo pagar todos mis pecados contra los guanacos aquí en la tierra". Y le preguntó a Patricia: "¿Te parece hacernos cargo de estos pobres animales?". Ella aceptó.
Munita visitó la hacienda y eligió un sector aislado para que los animales se asilvestraran. Ninguno de los dos sabía entonces que en esas tierras encontrarían vestigios del camino del inca y petroglifos de guanacos: antes de la llegada de los españoles, El Durazno había sido territorio de la especie. "Después de 500 años, nosotros, sin saber, los estábamos reintroduciendo a su sitio de origen", dice Manuel.
Los primeros fueron seis. "Hicimos un plan: los metimos en la media luna de la hacienda y después empecé a cercar hacia afuera de la media luna para darles más espacio. Ahí partí con el Centro, y Raúl siguió llevando guanacos".

En 2003, Munita consiguió que el SAG emitiera la resolución oficial: El Durazno se convertía en el primer Centro de Rescate y Rehabilitación de guanacos de Chile. Lo que empezó con seis animales hambrientos en una media luna es hoy un recinto con instalaciones certificadas por el SAG, cuidadores calificados y guanacos rescatados desde Arica hasta la Región de Valparaíso.
"Todo esto sin apoyo del Estado de Chile, a pesar de ser este el dueño de los guanacos", dice Manuel. Lo que sí ha tenido es una red de voluntarios coordinada por la Fundación Llampanguí, que desde 2016 colabora en la reintroducción del guanaco en la Región de Coquimbo. La creó su hijo, Andrés Pinto, que entre otras cosas enseña sobre el guanaco a los niños de las escuelas rurales del Choapa.
Manuel se jubiló de la Universidad de Chile, pero el Centro sigue recibiendo guanacos heridos por la acción humana. "Pero las fuerzas comienzan a flaquear", reconoce. Para que el trabajo continúe, donó hace poco a la Universidad de Chile la hacienda El Durazno, 5.700 hectáreas, junto con el Centro. La idea es que el rescate y el repoblamiento crezcan más allá de sus cercos y apoyen la reintroducción de la especie en otras regiones.
Eso ya empezó. Hace poco, uno de los machos del Centro fue trasladado en préstamo, como semental, al Santuario de la Naturaleza Cascada de las Ánimas, en San José de Maipo. Su tarea: ayudar a repoblar la Región Metropolitana, de donde el guanaco casi desapareció.
El semental llegó a sumarse a dieciséis guanacos del Programa de Repoblamiento de Guanacos en la Región Metropolitana, que ejecutan la Universidad de Chile, Rewilding Chile, la Red de Santuarios de la RM y el Gobierno de Santiago. Los animales vinieron del fundo El Trapiche de Longotoma, de la empresa Sopraval, y fueron separados en tres grupos: las hembras llegaron a los santuarios San Francisco de Lagunillas y Cascada de las Ánimas, y los machos al Santuario El Plomo, en Tiltil.
A comienzos de 2025, con 90 millones de pesos del Gobierno de Santiago, se construyeron en esos tres santuarios los "centros piloto de reproducción y manejo adaptativo", con cercos que cumplen la normativa del SAG. El programa, que alcanza en su totalidad 450 millones, apuesta, además, por el turismo de naturaleza, la capacitación, la investigación y la difusión. "El guanaco como 'especie bandera' va en directo beneficio de los ecosistemas de la RM, ya que cumple un rol clave como presa de especies igual de importantes como el puma y el cóndor", dice el gobernador Claudio Orrego.
Para Sara Larraín, presidenta de la Red de Santuarios de la RM, excandidata presidencial y ecologista histórica, el avance es enorme, pero la tarea es más compleja de lo que parece. "No es solo reproducir guanacos y luego liberarlos. La experiencia inicial fue construir una infraestructura adecuada, porque la especie tiene muchas amenazas en la cordillera: pumas, cazadores furtivos, perros asilvestrados. De hecho, a inicios de este año, las cámaras trampa detectaron a un hombre que andaba cazando junto a un grupo de perros dentro del Santuario Lagunillas".
Larraín cuenta que en la cordillera de Santiago pasó lo mismo que Manuel vio en Coquimbo: militares y carabineros también cazaban guanacos. "Hay casetas de vigilancia arriba, cerca del límite con Argentina. Era normal que se cazaran guanacos debido al prolongado tiempo que debían estar arriba".
El 15 de enero de este año, el programa tuvo su primera buena noticia: nació una chulenga en el Santuario Cascada de las Ánimas. Se llama Lenga. Su madre, Minga, había llegado preñada desde el Parque Safari de Rancagua, pero el nacimiento confirmó que en los santuarios los nuevos guanacos pueden nacer y crecer protegidos. "Este nacimiento marca un hito tremendo en la conservación del guanaco en Chile. Esperamos que sea la primera de muchas que recolonizarán Chile central", dijo Kendra Ivelic, directora del Refugio Animal Cascada.
Hoy son veinte los guanacos que viven en los centros reproductivos de los tres santuarios, sin contar a Lenga: a los dieciséis de Longotoma se sumaron ejemplares llegados desde Los Andes, San Felipe, Rancagua y El Durazno. La liberación se proyecta para dentro de un año y medio o dos. Cristian Saucedo, director de Vida Silvestre de Rewilding Chile, está convencido de que la especie puede volver a la cordillera de Santiago: "Proyectamos la recuperación del guanaco de manera natural en algunos puntos de la cordillera, como el área del Santuario de la Naturaleza Cruz de Piedra o el Parque Andino Juncal. Pero, por otro lado, pensamos que es relevante iniciar núcleos de reintroducción en diferentes puntos de la cordillera para acelerar el repoblamiento".
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En julio pasado, Manuel hizo su último rescate. Fue en la cordillera del valle del Elqui, junto a Patricia y al veterinario voluntario Gabriel Emparaza: una chulenga cuya madre había muerto de sarna. La salvaron.
"Cuando niño nunca consideré que cazar guanacos fuera una falta, porque era parte de la cultura de entonces. Quizás también por herencia de mis antepasados diaguitas, etnia a la cual pertenezco", dice. "Pero luego de recorrer el mundo me di cuenta de que hice daño a la naturaleza, por lo que ahora la estoy retribuyendo. Y veo que al final de mi vida esta retribución, al menos en parte, la he logrado. Solo espero que quienes continúen con la tarea ayuden a reparar este daño".




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