Alfredo Andonie, autor: "La izquierda también fue incómoda con la homosexualidad”
- Isidora Mardones
- 17 dic 2025
- 6 Min. de lectura

En Serpiente, su debut literario, el autor chileno Alfredo Andonie revisita la Unidad Popular desde una perspectiva poco explorada: la experiencia gay en los años 70 y las contradicciones de una revolución donde se tensionó la militancia, la identidad sexual y el poder.
Algo se movía por las calles de Santiago en los años 70. No solo la agitación política ni el clima previo al Golpe, sino también una vida paralela que transcurría en silencio, lejos de la norma y de la mirada pública. Desde esa fisura emerge Serpiente, la primera novela del chileno Alfredo Andonie.
Economista y filósofo formado en la Universidad de Columbia, y con una maestría en escritura creativa, Andonie decidió adentrarse en la ficción luego de varios años de trabajo e investigación. La novela se abre con una imagen que marca su tono: “Una serpiente deambulaba por las calles de Santiago”. A partir de ahí, el relato se sumerge sin pudor en lo más íntimo de la sociedad chilena, explorando deseos, prohibiciones y experiencias que se vivían al margen de la libertad oficial.
Ambientada en el Chile de la Unidad Popular, Serpiente construye un triángulo amoroso donde el sexo, la militancia política y el poder se tensan de forma permanente. El protagonista es Baltazar, un joven prostituto que recorre pasajes, cines y cafés del centro de la ciudad y que guía al lector por una escritura que avanza con libertad y carga emocional. A su alrededor aparecen Carlos, estudiante de clase alta que descubre el ambiente gay mientras se desliza hacia Patria y Libertad, y Pedro, un guerrillero castigado por la revolución socialista debido a su homosexualidad. Tres hombres y tres formas de habitar el deseo en una época marcada por la represión y la polarización.
Con un lenguaje que cruza imágenes poéticas y habla callejera, y apoyada en documentación y entrevistas, la novela ofrece una reconstrucción sensible del período y pone en el centro un territorio poco explorado de la narrativa chilena: el mundo gay durante los años 70 y la incomodidad que las disidencias sexuales generaban incluso en los sectores que proclamaban la emancipación.
La novela muestra que la represión sexual no provenía únicamente de la derecha, como suele pensarse. ¿Ves hoy nuevas formas de “progresismo moralista” que también regulan el deseo?
—Como analista del deseo, durante la investigación me encontré con muchas sorpresas respecto a la sexualidad y a la idea misma de libertad sexual. Creo que han cambiado las formas de nombrar el deseo, las prácticas sexuales y los marcos culturales desde los que las pensamos.Los términos que utilizamos hoy para hablar de sexualidad, muchas veces, resultan anacrónicos cuando se aplican a otras épocas. Por eso es muy difícil emitir juicios comparativos: cada momento histórico construye su propia gramática del deseo y también sus propias formas de control.
¿Cómo fue el proceso de investigación para construir el mundo de Serpiente?
—Fue un camino largo y muy material. Recuerdo que compré una revista enorme de la época, Factura, y me dediqué a observarlo todo: la ropa, los objetos, la publicidad, los productos que se consumían. Al mismo tiempo, pasaba horas revisando fotografías antiguas en Facebook, intentando entender los gestos, los cuerpos, las formas de habitar la ciudad.Pero una parte fundamental del proceso fue conocer a un grupo de mujeres trans que ejercían el trabajo sexual a fines de los años 60 y comienzos de los 70. Me recibieron con mucha generosidad y cariño. Gran parte de la investigación de la novela existe gracias a ellas. Al final, lo que más me ayudó fueron las personas que vivieron esa época. Ellas me guiaron por los lugares, las experiencias y los códigos necesarios para insertar a los personajes en un contexto que no fuera solo histórico, sino también afectivo y corporal.
Si los años 70 estaban marcados por una homofobia explícita y violenta, ¿qué tipo de tensiones o controles crees que persisten hoy en torno a la sexualidad?
—Hoy las formas de control son más sutiles. Ya no siempre operan desde la prohibición directa, sino desde ciertos consensos morales que se presentan como progresistas. El deseo sigue siendo regulado, solo que bajo otros lenguajes: el de la corrección, el del juicio inmediato, el de la identidad cerrada.Eso también puede volverse una forma de represión, aunque se vista de emancipación.

¿Qué ocurre cuando la identidad política se vuelve una camisa de fuerza también para el deseo?
—Creo que es un baile. Para mí, el erotismo no se reduce al acto sexual en la cama, así como la política no se limita a lo que ocurre en la urna. Ambas cosas se juegan en lo cotidiano: en las decisiones que tomamos, en el lenguaje corporal, en la forma de movernos, en la mirada.Ese cruce es central en la novela. Tiene que ver con intentar separar —o tensionar— erotismo y política, deseo y militancia, entendiendo que muchas veces se contaminan, se confunden o se vigilan mutuamente.
¿Tenías desde el inicio una idea clara de cómo debía construirse la novela?
—En absoluto. Al comienzo quería escribir algo muy breve, unas cincuenta páginas. Pero en la medida en que avanzó la investigación, aparecieron lugares, escenas y personajes que me obligaron a expandirla.Fue muy importante para mí perder el control sobre lo que creía que quería hacer y permitir que fueran los propios personajes los que llevaran la novela. Ahí empezó a adquirir vida propia.
En Serpiente aparece con fuerza la incomodidad de la izquierda de los años 70 frente a la homosexualidad. ¿Cómo dialoga esa incomodidad histórica con las tensiones que aún persisten hoy en torno a la diversidad sexual?
—Me interesaba abarcar distintos mundos y posiciones políticas, justamente para humanizar a los personajes y construir vínculos íntimos y emocionales. Por eso los trabajé desde distintos lugares geográficos y sociales de la época. La investigación me llevó a observar realidades muy específicas: formas de interacción, códigos, silencios, modos de relación entre política y sexualidad que hoy nos pueden parecer impensables. Muchos de mis personajes son homosexuales o transexuales, y las maneras en que se vinculaban con los espacios políticos en ese entonces son radicalmente distintas a las actuales. No solo para las disidencias sexuales, sino también entre distintos grupos sociales o políticos. La izquierda también fue incómoda con la homosexualidad.
Has dicho que te sentías “en deuda con la literatura”. ¿Cuándo aparece la escritura como una forma de pago afectivo o espiritual?
—Tiene que ver con algo profundamente afectivo. Yo escribí desde una urgencia, desde ciertos fantasmas vinculados a la comunicación: no solo conmigo mismo, sino también con un lector. Siempre tuve al lector muy presente. Me importaba escribir algo que valiera la pena, algo que no le hiciera perder el tiempo a quien se acercara al libro.
Venías de la Economía y la Filosofía antes de la escritura creativa. ¿Qué tomaste de esas disciplinas y qué tuviste que desaprender para convertirte en narrador?
—La pérdida de control fue clave. Eso es lo principal que tuve que soltar. Me di cuenta de que la única forma de que la novela realmente danzara era abandonando sistemas demasiado rígidos y dejándome llevar.Creo que la novela también invita al lector a esa misma experiencia: a perder certezas, a entrar sin prejuicios. No quise escribir una novela moralizante ni con respuestas cerradas, sino una que acompañara a los personajes en sus contradicciones. Y esa, de alguna forma, es también la invitación para quien lee.
¿Sentiste algún tipo de liberación al escribir la novela?
—Sí, sobre todo a nivel de lenguaje. Me sentí muy libre explorando cómo escribir Serpiente. Me entretuve mucho investigando el habla chilena, sus ritmos, sus giros. Me encanta la forma en que hablamos.También hubo una libertad en la trama: siempre he buscado sorprenderme a mí mismo mientras escribo, no saber del todo hacia dónde voy.
¿Cómo enfrentaste el desafío ético de ficcionalizar un tiempo donde muchas historias queer fueron borradas, criminalizadas o nunca contadas?
—La ficcionalización fue clave. Me otorgué libertades en temas que me importaban y que sentía urgentes, y también incorporé inquietudes muy personales.Pero siempre apelando al lector desde la experiencia emocional e íntima de los personajes. Eso es lo que vuelve una historia universal, más allá de la época o del territorio en que se sitúe.
En un contexto donde proliferan los discursos identitarios, ¿cómo evitar que una novela queer caiga en el panfleto y no pierda complejidad humana?
—Trabajando desde las contradicciones. Tanto las de los personajes como las propias. Yo mismo tuve que desprenderme de muchas certezas.Creo que la clave está en asumir que los seres humanos somos contradictorios y en recrear esas tensiones sin buscar una neutralidad falsa. Hay que escribir desde el desprejuicio de lo humano y, sobre todo, confiar en el lector: en su inteligencia, en su capacidad de decidir por sí mismo, sin intentar enseñarle o moralizarlo.
¿Te sientes un escritor queer? ¿Te acomoda, te incomoda o te limita esa etiqueta?
—Me da lo mismo. No tengo ningún problema con las etiquetas que quieran ponerme. Yo no me voy a clasificar; creo que eso le corresponde a la crítica. No me incomoda ni me limita que me encasillen donde quieran.
¿Crees que escribir sobre deseo e identidad desde el Chile de 2025 implica asumir riesgos distintos a los de la generación de Lemebel?
—No podría decirlo con certeza, porque no viví la generación de Lemebel. Lo que sí sé es que abrió un camino enorme para todos. En mi caso, la novela recién se acaba de publicar, así que todavía no soy del todo consciente de los riesgos que implica escribir hoy sobre narrativas queer. Aún no he estado expuesto a eso.


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