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Para 2050 habrá más plásticos que peces en el mar

Actualizado: 12 may


En 2050, según la estimación de la Fundación Ellen Macarthur, los océanos podrían contener más plásticos que peces. Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas de plástico acaban cada año en los océanos. El impacto a la fauna marina es devastador y no sólo afectaría a los animales del mar, sino que también podría impactar en la salud humana.

Diego Pérez sabe lo que va a encontrar antes de llegar. En los muelles del puerto ya están las botellas flotando, y durante el trayecto hacia la isla, la imagen se repite: más botellas, siempre más. Pero lo que lo detuvo fue otra cosa: las heces de los lobos marinos. Las analizó con detalle y ahí estaban los microplásticos, quietos y evidentes, en una isla sin fábricas, sin personas, sin nada que explicara la presencia de estos elementos en sus deposiciones.


El plástico lleva décadas entrando al océano. Entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas arriban cada año al mar, según estimaciones científicas, y para 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos del mundo. Pero las cifras no alcanzan para mostrar lo que Pérez vio ese día: que la contaminación ya no tiene bordes. Que llegó a los lugares donde nadie fue a dejarla.


Lo que empieza en una botella mal desechada o en una red abandonada no se detiene. Se fragmenta, se dispersa, se cuela en la cadena alimentaria — de organismo en organismo, de especie en especie — hasta aparecer donde menos se espera: en peces que confunden microplásticos con crustáceos azules, en aves que construyen sus nidos con redes de pesca, en la leche materna de los humanos, y en sus arterias. En nosotros.


El origen de todo ese plástico, explica Victoria Gómez, química ambiental e integrante de la Asociación de Científicos por el Plástico en Chile, tiene dos fuentes principales: las personas y la industria pesquera. Por un lado, la basura que se arroja directamente al mar desde embarcaciones, junto con las llamadas "artes de pesca" — redes, cuerdas, trampas — que el sector desecha en alta mar. Por otro, la falta de conciencia en tierra: residuos mal dispuestos que la escorrentía arrastra desde vertederos cercanos a ríos hasta desembocar, inevitablemente, en el océano. Las corrientes marinas hacen el resto: conectan todo el planeta, y un plástico desechado en cualquier punto puede terminar en las costas chilenas.



Para Pérez, biólogo marino, la especie más afectada son las aves. Sin la capacidad de masticar, el plástico que ingieren queda atrapado en su estómago y no pueden regurgitarlo. "La forma del plástico puede generar laceraciones, heridas en su intestino, que se ahoguen o se mueran por desnutrición", dice. Gómez lo confirma desde otro ángulo: "Las gaviotas pueden llegar a satisfacerse con puro plástico, pero al no tener nutrientes estas mueren por inanición." Algunas incluso construyen sus nidos con redes de pesca.


Lo más inquietante, sin embargo, no es lo que el plástico hace al entrar — sino lo que hace al quedarse. "Los microplásticos no se deshacen ni se degradan, sólo se van fragmentando y fragmentando", advierte Pérez. Cuando un animal muere, el plástico que llevaba dentro vuelve al ecosistema. Las redes flotantes atrapan fauna, la fauna muere, los cuerpos se descomponen, pero el plástico permanece y sigue disponible. "Probablemente muchos plásticos que tenemos desde los años cincuenta siguen afectando hasta el día de hoy."


Iván Hinojosa, vicedecano de la Facultad de Ciencias de la UCSC y biólogo marino, ha documentado ese mismo ciclo en distintas especies. En la Isla de Pascua, un colega suyo observó que los peces consumían principalmente plásticos azules — del mismo color que el pequeño crustáceo del que se alimentan. La confusión no era accidental: era sistemática. "También se han visto especies muertas en las playas que han fallecido enredadas en mallas de plástico que el sector pesquero bota al mar", agrega.


Pero el problema que más le preocupa a Hinojosa no es el enredo ni la obstrucción. Es la cadena. Los microplásticos ingresan a través de organismos que los retienen en su interior, son ingeridos por un pez más grande, y así sucesivamente. Lo que los hace especialmente peligrosos es su capacidad de concentrar contaminantes que no se disuelven en el agua. "Imagínate comerte un pescado con esa alta concentración de contaminantes porque se comió un pedazo de plástico", dice. El resultado es que lo que llega a nuestras mesas ya no es solo pescado. "Al final estamos consumiendo plástico también nosotros, se ha encontrado plástico en la leche materna, también microplásticos que se han ido alojando en las arterias. El plástico, aunque no lo crean, está siendo parte de nuestro sistema."


Ante eso, la limpieza no es la solución. Hinojosa lo explica con una imagen precisa: el océano contaminado es una sopa, y si se arroja una red para sacar el plástico, se saca también la fauna. "Yo creo que no es la forma a través de la limpieza para generar un efecto significativo y positivo. Más que limpieza, generemos conciencia para utilizarlo de manera responsable."



Claudia Andrade, presidenta de la Sociedad Chilena de las Ciencias del Mar, ha llegado a la misma conclusión desde otro ángulo. Lo que más la perturbó no fue encontrar microplásticos en el océano abierto, sino en los lugares donde menos debería haberlos: la subantártica, la Patagonia, Magallanes, los sistemas de fiordos, las zonas cercanas a la Antártica. Ecosistemas remotos, sin industria cercana, que albergan algunas de las mayores concentraciones de vida silvestre del mundo. "El trabajo que hemos realizado durante los últimos años ha permitido encontrar partículas en especies claves, lo que evidencia que esta contaminación ha alcanzado prácticamente todos los rincones del océano."


Lo que más le pesa, confiesa, es la velocidad del cambio. Hace veinte años, cuando los investigadores analizaban contenidos estomacales para conocer la dieta de los organismos marinos, el plástico ni siquiera aparecía como categoría. Hoy es un ítem más en la lista. "Ese cambio en tan poco tiempo es profundamente revelador porque dentro de los ítems alimenticios, que son las presas, hoy también se incluye el ítem plástico, es parte de lo que uno observa en el laboratorio."


Sobre el impacto en la salud humana, Andrade es cautelosa: no hay respuestas oficiales todavía. Pero sí hay una pregunta que no puede ignorarse. Chile es un país donde el consumo de productos marinos es relevante para la población, y el océano sostiene una parte significativa de la seguridad alimentaria global. "La presencia de plástico en la cadena trófica plantea preguntas importantes sobre el impacto de este contaminante en la salud humana. Es ahí donde deberían concentrarse los esfuerzos de investigación."


Al final, el plástico no desaparece: cambia de forma, se fragmenta y sigue circulando. Pasa del océano a los organismos marinos, y de ahí, silenciosamente, a nuestras mesas. Lo que alguna vez fue una botella o una red abandonada hoy puede estar dentro de un pez, y también dentro de nosotros. Más que un problema de limpieza, es una señal de cómo estamos produciendo, consumiendo y desechando. Porque mientras el plástico siga entrando al mar, su recorrido no se detiene. Sólo cambia de lugar.



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