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El segundo tiempo de un cine porno


A pocas cuadras de la Plaza de Armas, bajo una galería comercial, existe una sala de cine que la mayoría de Santiago no sabe que existe. Para llegar hay que bajar una escalera de mármol que alguna vez fue lujosa. Adentro conviven dos mundos improbables: de lunes a viernes, el Cine Plaza proyecta películas pornográficas para una audiencia silenciosa y fiel. Los fines de semana, el mismo espacio se transforma en el Nexo Cinema, donde un grupo de amigos proyecta películas de culto y organiza ciclos para los fanáticos del séptimo arte. Esta es la historia de una sala que sobrevive siendo dos cosas a la vez.

El Cine Plaza es uno de los dos últimos lugares donde se exhiben películas porno en la capital; el otro es el Capri, a tan solo unas pocas cuadras de distancia. La sala está ubicada en el subterráneo del Pasaje Agustín Edwards por la calle Merced, identificada claramente con un letrero de neón que anuncia el tipo de largometrajes que ahí se proyectan.


Cruzando la cortina de gamuza roja que separa al vestíbulo de la sala, el olor a humedad mezclado con cigarro te recibe. Humedad no necesariamente provocada por la naturaleza subterránea del lugar, sino por el líquido desinfectante con el que diariamente impregnan las butacas de cuero rojo una vez terminada la jornada. El suelo, también rojo, es una alfombra salpicada de manchas negras indefinidas, las que pudieron ser provocadas por quemaduras de cigarros, alcohol, uno que otro chicle, pero sobre todo fluidos corporales. Con el tiempo, las pisadas de los asistentes han terminado por apelmazarlas y unificarlas.



Iluminado solo por la luz de la proyección, al centro de la sala, a un hombre le realizan sexo oral. Con los pantalones abajo y las piernas apoyadas en el respaldo de la butaca de enfrente, estira su cabeza hacia atrás y suelta un sonido de placer. Los otros asistentes, todos hombres, recorren el lugar, se sientan, se paran, se cambian de asiento. Uno mira el celular, otros esperan de pie en la parte de atrás de la sala, atentos a los movimientos de los otros. Las brasas de los cigarros se iluminan y se apagan con cada bocanada de humo y el distintivo abrir de las latas de cerveza se escucha cada tanto.


Como es de suponer, el patrón de comportamiento difiere radicalmente de las salas de cine convencionales. Aquí existe otro código conductual: las miradas. Lo normal es ver a hombres pasearse entre las más de 400 butacas, observando a los que están sentados, esperando una seña de aprobación. Cuando esto ocurre, los espectadores se sientan juntos, y comparten: puede ser una masturbación,, sexo oral e incluso penetración. 


Pagando una entrada de cuatro mil pesos, se puede estar desde que el cine abre a las diez de la mañana, hasta que cierra a las ocho de la noche. “Antes era distinto, ponían tres películas y cuando se terminaban se sacaba a la gente para afuera y volvía a comenzar”, dice Alex, un asistente habitual por más de 20 años. Ahora tiene 60, realiza confecciones de ropa y viene al Plaza cada vez que el tiempo se lo permite. Comenta que al principio asistía rara vez y de forma tímida, pero que luego se hizo amigo de los trabajadores, tanto así que ahora se considera de la casa:


—De repente hago aseo, cambio la película o atiendo a la gente cuando los chiquillos tienen algo que hacer —dice mientras revisa su celular sentado en la confitería del cine donde se venden galletas, bebidas y pañuelos desechables. 


Alex se ve cómodo, incluso bromea con los verdaderos trabajadores del lugar.


—Esta es una nana que tenemos, que nos hace aseo —le dice al proyeccionista mientras un tercero se ríe—. Me gusta el ambiente que se genera acá, me gusta atender, tirar la talla, ayuda a pasar lo malo del día, acá te relajái, lo pasái bien —comenta mientras, ahora dentro de la sala, prende un cigarro con naturalidad


En la proyección, notoriamente más pequeña que la pantalla del cine, se ve a un hombre y a una mujer de cuerpos hegemónicos teniendo sexo. Él la penetra y los gemidos de ella se incrementan al mismo tiempo que pareciera aumentar la actividad en la sala.


—Cada jueves cambian las películas, son todas hetero eso sí. Nadie las ve, es más interesante lo que pasa en las butacas. Todos los que vienen pa’ acá son gays, son todos enclosetados, son personas que les ha ido mal en el amor y no tienen pareja, acá encuentran un espacio de liberación… hasta que se transforma en vicio —dice el modista mientras mira un punto indeterminado de la pantalla que ahora muestra a otra mujer, esta vez con varios hombres a su alrededor.




Bienvenidos a El Nexo


La función comienza a las 9:30, o al menos eso dice el post de Instagram, pero la verdad es que comenzará 20 minutos más tarde. Son las 9:10 y la gente ya se empieza a amontonar afuera de las mamparas de vidrio que delimitan el acceso a la sala. El director de cine chileno del momento, Tomás Alzamora, junto al “Guatón” Rodrigo Salinas, presentarán La mentirita blanca, ópera prima del director protagonizada por el comediante. En unos minutos más, ambos estarán parados en el mismo lugar en que, horas antes, dos hombres se masturbaban entre sí mientras veían a una mujer siendo penetrada salvajemente en la pantalla.


El evento de esta noche está organizado por Nexo Cinema, un colectivo de amigos que desde 2016 proyecta películas alternativas. Aunque comenzaron como proyecto itinerante, fue cuestión de tiempo para que se instalaran de forma permanente en el Cine Plaza.


Una hora y media antes, a las ocho de la noche, hay cambio de turno. El letrero rojo con letras de neón que dice “CINE PARA ADULTOS” se apaga y se prende el de “NEXO CINEMA”, también en rojo brillante. Abajo, en la boletería, hay un grupo de jóvenes que conversan mientras comen pan con mortadela que sacan de una bolsa de supermercado; son quienes le dan vida al Nexo.


—¿Quieres? —me pregunta uno.

—No, gracias —respondo y aprovecho de presentarme—. Les hablé por Instagram, vengo a hacer aseo.


El Nexo regala entradas a quienes ayudan con la limpieza y también a quienes lleguen disfrazados de algún personaje de la película a proyectar.


La mampara de vidrio y marco dorado por fin se abre, un gesto silencioso que indica que los organizadores del colectivo ya pueden hacer uso de la sala. Eso sí, ningún trabajador del Plaza sale por ahí; aprovechan la salida de emergencia que conecta con la galería para retirarse sin ser vistos. Una vez adentro, el equipo del Nexo inmediatamente se reparte: Gabriel se va a la sala de proyección, Javiera a la boletería, Lupo se encarga del aseo y José, el más antiguo del grupo, recibe a las personas que empiezan a llegar.


Voy con Lupo a los baños. Me pasa un pulverizador, como los que se utilizan para fumigar, que contiene una tapita de amonio cuaternario diluida en varios litros de agua. La tarea es simple: esparcir la mezcla por todo el piso de la sala y avisarle si encuentro algo extraño. Recorro el estrecho espacio entre las filas de las butacas de cuero rojo y no tardo en encontrar un condón, seguido de una cajetilla de cigarros y finalmente una mancha acuosa. Nada más. Me explica que los trabajadores del cine porno también realizan aseo, por lo que son ellos quienes retiran la mayoría de los rastros dejados por los asistentes anteriores.

Una vez que termino de desinfectar el piso, aprovecho de subir a la sala de proyecciones. Es todo lo contrario a lo que había imaginado. Está pintada de un blanco prístino y no hay ceniceros llenos de colillas de cigarros, ni posters con mujeres mostrando las tetas. En el centro, hay un estante de melamina que tiene varios reproductores de DVD y VHS, y que en su parte superior tiene varios discos de películas que se mezclan. Ahí, Perdidos en Tokio, protagonizada por Bill Murray, convive con Dad Crush volúmenes 17 y 18 en un montón de películas y discos sin nombre.


Tomás Alzamora, que hoy presenta su ópera prima, entra y queda fascinado: “¿Esta es de 35?”, le pregunta a Gabriel, proyeccionista del Nexo, que le explica que efectivamente el armatoste que tiene enfrente es un proyector de 35 milímetros en buen estado para reproducir películas en celuloide. Recorre la sala atento, mirando cada rincón, como si se le permitiera el acceso a un lugar pocas veces visto. Aprovecho este momento para abordarlo y preguntarle qué le parece el espacio:


—Creo que es la raja, creo que el cine tiene que estar en la mayor cantidad de lugares posibles y si se puede acá y no les hace ruido, pa’ mi está todo bien. Yo feliz y sobre todo en un lugar patrimonial como este, que resiste gracias al cine porno, porque si fuera de otra forma, esto sería un taller mecánico, una iglesia o una bodega.

De hippies a menos hippies


La historia del Nexo no es nueva. El 2006, en Valparaíso, Leonardo Torres daba sus primeros pasos al mando de un proyecto de cine independiente:


—Nosotros empezamos en una sala triple equis arrendando los viernes en la noche, ahí aprendimos cómo era el trasnoche nocturno en Valpo, aprendimos que había un público que quería ver películas independientemente de dónde se exhibieran.


De esta forma, el Cine Insomnia veía la luz. La sala para adultos con la que compartían espacio era el Cine Grill Central, un recinto que tenía la particularidad de ser el único en Chile con un bar en sus instalaciones.


—Cuando nosotros realizábamos nuestras funciones, la gente pagaba una cagá de plata y además te podías comprar una chela de litro y veías la película con la chela de litro en la mano, era el carrete perfecto para el viernes viendo una película. Por eso sale el nombre Insomnia, como el símil con el carrete, la vida nocturna.


—Ahora en cambio están más institucionalizados —le comento.

—No. Profesionalizados, que es distinto —corrige Torres.


Y es que cinco años después, en 2011, se cambiaron de forma permanente al Teatro Condell, espacio patrimonial de Valparaíso que en ese entonces también funcionaba como cine pornográfico. Ahora trabajan con todas las de la ley, estableciendo vínculos con distribuidoras, pagando derechos de películas y con más de diez personas contratadas. 


—De ser un hobby, se convirtió en un trabajo. Pasamos de ser súper hippies a ser menos hippies y tener una sala de cine como tal —reflexiona Torres.


Tanto se profesionalizaron que durante el 2016 formaron parte de las primeras conversaciones con otros proyectos similares para formar una agrupación.


—No existía comunicación con otras salas de cine, como el Centro Arte Alameda o el Cine Arte de Viña, no existía confianza. Nos dimos cuenta de que teníamos los mismos problemas, las mismas dudas de cómo llevar el negocio cinematográfico en Chile —dice el porteño.


De esta forma, en 2019, se conformó la Red de Salas de Cine Chile, una agrupación “de salas independientes unidas de manera descentralizada y colaborativa, enfocadas en entregar espacios de calidad para la exhibición cinematográfica y la formación de audiencias para la misma”, según consigna su página web y que actualmente está integrada por 15 salas asociadas y siete colaboradoras. Su presidente, el mismísimo Leonardo Torres, tiene clara la misión de la agrupación:


—Queremos activar los espacios de forma tal que cada comuna tenga una sala de cine o espacio de exhibición. El tema es que no se pierda la idea de reunirse en torno a una película, que no se pierda la comunidad.


Para hacerse una idea de la cantidad de gente que asiste a estos espacios, basta con revisar su último informe de audiencias: durante el año 2023, los proyectos asociados programaron un total de 6.710 funciones, con una asistencia de 215.986 espectadores a lo largo de todo Chile.

Un proyector y un par de parlantes


La película termina, pero Alzamora y Salinas se quedan conversando con el público. Afuera de la sala, el equipo organizador aprovecha los últimos minutos para conversar entre ellos antes de que la gente salga y tengan que volver a sus funciones de cierre.


Me acerco a ellos. No se entusiasman con que les haga preguntas, no quieren que se generen personalismos, sino que se aborde al Nexo como un ente propio que esté por encima de cualquier nombre. De todas formas, acceden a ser entrevistados. José, que es uno de los fundadores del proyecto y que en breve subirá a despedir a los asistentes, es el primero en hablar:


—(El Nexo) es un regalo a la ciudad, la que carece de espacios y de lugares donde puedas conectar con otras personas, de ahí viene el nombre.


A sus palabras se le suman las de Gabriel, el proyeccionista de 30 años, que me explica que esto lo realizan con “esfuerzo, voluntad y cariño”. Para él lo más importante tiene que ver con respetar y entender el ecosistema con el cine porno:


—Si bien puede que muchas de las cosas que ocurran ahí no sean de nuestra onda, sí es un punto de encuentro para disidencias que quizás no sean de nuestra generación. Es un lugar donde pueden sentirse libres y vivir la vida como ellos quieren.


Y si algo tiene el Nexo en común con el Plaza es que en ambos espacios las personas que asisten parecieran sentirse a salvo. Javiera, que es diseñadora y encargada de la boletería, lo confirma:


—Para muchos de nosotros es un escape de la vida cotidiana, de la vida laboral. Acá vivo mi pasión, siento que retribuyo a la sociedad y, por muy cliché que suene, siento que hago un cambio.


Les pregunto en qué etapa se sienten como proyecto. Javiera explica: “Lo veo como a un adulto joven que no quiere dejar de se adolescente, que está en su fase emo todavía”. Se ríen, se ven contentos con el proyecto, quieren abrir más días, ponerse más serios, profesionalizarse como diría Leonardo. Pero la realidad es incierta: espacios como el Cine Plaza cada vez son más inusuales y los que quedan corren el riesgo de venderse y ser usados con otras finalidades. Esto no les quita el sueño.


—Lo bueno de nuestro proyecto es que no dependemos solo de la sala. Como Nexo podemos empezar en otro espacio —dice Javiera.


—Al final, con un proyector y unos parlantes puedes hacer magia en cualquier lugar —concluye Gabriel.


La gente sale hacia el vestíbulo y en la confitería en la que antes Alex estaba sentado, ahora se dispone café en polvo y té en bolsitas para quienes quieran, una medida para hacer más llevadera la falta de calefacción en las frías noches que se vienen. Con vasos de plumavit en las manos, la gente se las arregla para tomarse las últimas fotografías con los invitados estelares, quienes ya organizan un after: quieren ir a tomarse algo al centro. Algunos responden entusiasmados a la invitación y otros se excusan con compromisos ya pactados. Lo único cierto es que mañana es sábado y tanto el Plaza como el Nexo vuelven a abrir sus puertas para todos los que quieran disfrutar de una película.



Esta crónica fue finalista de la segunda versión del concurso Nuevas Plumas.

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