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Felipe Reyes: “Defiendo la errata: que quede una muestra de humanidad”

hace 2 horas
6 min de lectura
Felipe Reyes, retrato de @MonoDeLeon en Instagram.
Felipe Reyes, retrato de @MonoDeLeon en Instagram.

Fue arquitecto, pintor, grabador, director de museos, animador de televisión y hasta actor de cine. Durante tres años, el escritor y editor Felipe Reyes le siguió la pista por archivos, cartas y voces cercanas, y el resultado es Nacer tantas veces, un retrato de Nemesio Antúnez que es también un mapa de la cultura chilena del siglo XX. Aquí habla del hombre que no se tomaba vacaciones, del placer de hacer y del miedo a que una máquina nos quite hasta eso.


El programa se grababa en la casa del pintor, en el mismo taller donde trabajaba. Era 1990 y Televisión Nacional acababa de estrenar Ojo con el arte. Al final de cada capítulo, Nemesio Antúnez pedía a los niños que le mandaran sus dibujos y elegía sus favoritos frente a la cámara. Uno de los niños que lo miraban era Felipe Reyes.


Treinta y seis años después, Reyes acaba de publicar Nacer tantas veces. Retrato del pintor Nemesio Antúnez (Lumen). El título sale de una frase que el artista le dijo a la periodista Patricia Verdugo cuando ya estaba enfermo de cáncer: pintar es nacer tantas veces. Murió en mayo de 1993, todavía a cargo del Museo Nacional de Bellas Artes.


Reyes no llegó a Antúnez por la pintura. Llegó por los libros. Lleva más de una década trabajando como editor y escribiendo crónicas de la cultura chilena a partir de archivos: la biografía de Carlos George Nascimento, el editor que publicó a Neruda y a Mistral; la compilación de las crónicas chilenas de Roberto Arlt en La química de los acontecimientos (La Pollera); Chacarillas, los elegidos de Pinochet, junto a Guido Arroyo. Antúnez se le cruzaba en cada investigación: como portadista de Nascimento, como ilustrador de Chile o una loca geografía, de Benjamín Subercaseaux, como amigo de Neruda, como el chileno que conoció a Einstein en Nueva York.


Siguiéndole la pista apareció una vida difícil de abarcar. Antúnez fue vecino de infancia de Roberto Matta y vecino de Salvador Allende. Fundó el Taller 99, dirigió dos veces el Bellas Artes, con la Unidad Popular y con el retorno de la democracia, actuó en películas, se exilió diez años y volvió en 1984 a marchar contra la dictadura. Reyes tardó tres años en ordenar ese material y dice que no encontró a nadie que hablara mal de él.


¿Te acuerdas de la primera vez que te cruzaste con Nemesio Antúnez?


Siendo niño, a principios de los 90, cuando tenía Ojo con el arte en TVN. Ahí supe que era un pintor y que tenía un programa de arte, pero no mucho más. Después me lo encontré en otros libros que hice, todos relacionados con el libro en Chile. Con el tiempo descubrí que iba mucho más allá: había hecho cine, había sido un gran difusor del arte nacional.


¿Podría existir hoy alguien como él, que se dedicara a tantas cosas tan distintas?


Creo que no. No hay una figura que pueda participar en tantas áreas con esa energía. Y hay otra parte bien interesante, que es su faceta de difusor. Pocas veces uno ve, en la literatura, en la música o en la pintura, a un artista tan dispuesto a mostrar la obra de los demás. El artista, obviamente, impulsa su obra y trata de mostrar su trabajo. Nemesio abría espacio para los otros.


Es un libro bien cototo. ¿No te volviste loco con tanta información?


Es un trabajo que vengo haciendo hace harto tiempo. Gran parte de lo que publico tiene que ver con archivo, con contar crónicas de la literatura y de sus autores. Cuando tomo a un personaje, me interesa conocerlo a él, pero también el mundo en el que se desenvolvió: su entorno, el medio en que le tocó crear y cómo su obra funcionaba en ese ambiente. Soy un cachurero. Voy juntando materiales, fuentes, cosas. A veces guardo algo que no me sirve para lo que estoy haciendo, pero me sirve para otra cosa. Después me acuerdo de que este autor también se cruzó con este otro. Así voy armando un mapa del sujeto y de su tiempo.


¿Hubo alguna voz, alguna fuente, que te abriera al personaje de una manera más íntima?


No quería poner el acento en la minucia, en si le gustaba almorzar arroz con tomate. El libro tiene aspectos personales, hitos como una separación o el nacimiento de un hijo, pero me interesaba mostrar al personaje público, al artista, al creador, al tipo lleno de energía haciendo cosas. Las personas que lo conocieron aportan esas pequeñas cosas: que era gracioso, que tenía buen humor, que era distraído. Hay que darles espacio a esas minucias más humanas. Pero no me quedo con una voz en particular. El retrato se arma con todas.


¿Y algún hallazgo que te sorprendiera?


Más que un hallazgo, fue confirmar con sus cercanos lo que uno intuye en las fuentes: que era un hombre que nunca estaba quieto. Si no estaba pintando, estaba pensando o inventando algo. Su esposa cuenta que él pasó tres o cuatro años sin tomarse vacaciones. Esa máquina de hacer todo el tiempo fue lo que más me llamó la atención.


¿Y sombras?


Me costó harto encontrarlas, porque me interesa mostrar los matices de un personaje, y en el caso de Nemesio no encontré ni un testimonio negativo. Nadie que me dijera que era un estafador o que era un tipo insoportable. Nada.


¿Cómo es tu relación con el Nemesio que armaste?


Creo que es bueno pensar a un personaje real, a estos escritores o artistas, también como personajes de ficción. Todos los personajes célebres se inventan en algún momento una ficción biográfica, un relato iniciático. La memoria es una construcción ficcional que vamos armando a partir del recuerdo, repitiéndolo. Todos trazamos un relato de nuestra vida y ponemos ahí lo que se parece más a lo que somos en ese momento. Y el recuerdo que otro tiene de ti también es una ficción. Así que sí, me fascino con los personajes, y creo que eso es fundamental para poder escribirlos, pero tomando en cuenta esa ficción de la biografía.


¿Con qué te quedaste tú de Nemesio?


Con el convencimiento de lo que uno hace. Confiar en eso y hacerlo por el placer que produce. Que cada persona encuentre lo que la mueve y que eso la llene profundamente, a veces sin saber dónde va a llegar o qué resultado va a tener. El hecho de hacerlo provoca una satisfacción, una alegría. Con eso trato de llevar mi trabajo: confiar y echarle para adelante.


Hoy la IA puede hacer una exposición o un posteo de Instagram en segundos. Nuestra sociedad se identifica con lo que hace: soy periodista, soy ingeniero. Antúnez, en cambio, era y hacía al mismo tiempo. ¿Qué pasa con eso ahora?


Me da un poco de miedo. Pienso que nos va a quitar hasta el placer de trabajar. Porque el placer está en hacerlo, no en terminarlo y decir esto lo hice yo en cinco minutos. El placer es el viaje, aprender y sorprenderme. Soy de otra época, no soy nativo digital. Ahora está todo el tema de las novelas escritas con IA y yo digo: qué gracia tiene. La gracia es el desafío, el proceso. Enfrentarme a una trama que no me gusta y llevarla por otro lado, construir un personaje. Solo alguien que no ha disfrutado de eso puede querer hacerlo, alguien que quiere solo el resultado y decir soy novelista porque hice una novela. Cuando uno entrega un libro a la editorial ya se olvidó de él, ya está escribiendo otra cosa. El placer se acabó cuando terminé el texto.


¿Y ese placer está siempre? Escribir también es tu trabajo.


Me gano la vida como editor freelance en un par de editoriales. Vengo del periodismo, mi último trabajo en una redacción fue como editor en la Radio Universidad de Chile, pero hace unos doce años que me dedico a la edición de textos y a la investigación. Lo tedioso, a veces, es tener que leer algo que no necesariamente quieres leer y llevarlo a su mejor punto. Pero siempre encuentro refugio al enfrentarme a algo mío. Es el lugar donde uno realmente es. ¿Qué es? No lo sé. Algo indescriptible, en esa ficción que uno se construye frente al computador tratando de inventar algo. Me enfrento con harta alegría a la escritura.


¿Qué te asusta de un mundo donde todo está a un botón?


Que ya no haya diálogo, ni proceso de aprendizaje. Hago un taller de no ficción en la Biblioteca de Providencia y es muy bonito ver lo que genera en la gente aprender cosas a veces muy simples, la fascinación que produce. Me da terror pensar que va a estar todo dado, que aprieto un botón y me llega la respuesta. Por eso ahora defiendo que en algún libro haya alguna errata. Que quede, por último, una muestra de humanidad.

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