Mamá, ¿qué habría sido de ti?
- Valentina Bird
- 10 may
- 7 min de lectura

Hay un momento en la vida de toda persona en el que comprende lo exigentes que somos con nuestra madre, e ignoramos el hecho de que es alguien que ha fracasado, que siente frustración, que a veces —incluso— renunciaría al destino que le tocó, si pudiera. Tras una conversación con las mujeres de mi familia, mi mamá empezó a hablar sobre su vida. Su vida antes de mi hermana y de mí. Su vida antes de los hombres. Su vida antes de convertirse en la figura que yo idealizaba desde pequeña.
Soy la primera mujer en recibir educación superior. Soy la primera mujer en irme de casa sin hijos. También la primera en acceder a programas de salud mental: con terapeutas que se dedicaron a trabajar, sesión a sesión, mis miedos y traumas. Yo soy la primera en hacer con su vida lo que "quiso".
Dos meses antes de irme de mi primer hogar, una calurosa tarde de marzo como esta, mi hermana, mi mamá y yo nos sentamos a la mesa a hablar. Acompañadas de una botella de vodka, los muros que tenían años de antigüedad comenzaron a derrumbarse lentamente conforme avanzaba la noche. La dinámica se me hizo extraña porque en mis 24 años, por primera vez, sentí que ellas también me miraban como a una mujer. Como a una igual. No como a una niña.
En mi familia, diría yo, tenemos un talento para no hablar de lo que sentimos. Y si lo hacemos, no llegamos a hablar profundamente de nuestras emociones, sino que intentamos dar vuelta la página rápidamente. Por eso, esa tarde, me sentí nerviosa. Mi hermana comenzó: disparó primero diciendo que estaba cansada de ser mediadora de conflictos. Le dimos vueltas durante una hora hasta que los comentarios de mi mamá matizaron la situación y llegó su turno. Ella habló sobre sus amores adolescentes, contó cosas que yo no había escuchado antes. Le encantaba salir de fiesta, tener citas con hombres; le gustaba estudiar y los fines de semana hacía voluntariado en el sur de Chile.
Lentamente, mi mamá se estaba transformando en una mujer. Más parecida a mí de lo que jamás habría imaginado. No me costó nada imaginarla a los 24. ¿Qué sintió cuando se dio cuenta de que estaba embarazada a los 17? ¿Le contó a alguien sus miedos? ¿Cuáles eran sus sueños de adolescente? Siempre soy yo la que más habla cuando nos reunimos, pero esa noche me dediqué solo a escuchar. Y hoy, a un año de esa conversación, me reúno con ella para preguntarle sobre todas las interrogantes que he cargado desde aquella noche. Porque quiero conocerla, quiero que mis dudas no solo tengan mi voz, sino que las respuestas sean su verdad.

Mi mamá, antes de ser mi mamá
Ella vivió en el campo toda su infancia. Le intrigaba cómo funcionaba el cuerpo humano y soñó con ser médico. Describe su casa de adolescencia como una "rancha", una casita formada por planchas de OSB, donde compartía con su papá, quien sufría de alcoholismo.
En tercero medio, un año antes de tener a su primera hija, sintió que jamás podría ingresar a la universidad: a pesar de estar en el mejor liceo de su localidad, sabía que tenía compañeras hijas de abogados, que hablaban otros idiomas, que tenían oportunidades, y se rindió. "No me permití soñar, yo estaba ocupada pensando en cómo sobrevivir", me contó.
Con el embarazo de mi hermana, mi mamá no terminó el colegio. Empezó a trabajar sin el apoyo de nadie. Atrás quedaron las fiestas, los voluntariados que disfrutaba, y cualquier otro sueño que no incluyera a la niña recién llegada. "Para mí casarme era someterme. Porque así era antes, tú obedecías, entonces eso nunca fue una opción —para él sí". Durante cinco meses no le contó a nadie que estaba embarazada. Ni el padre biológico supo. "Nunca lo amé, lo quise mucho pero éramos muy distintos".
Me imaginé todos los escenarios de su yo de veinticuatro años: criando, cansada y sola, con la única prioridad de sobrevivir junto a su hija, haciéndole frente a una vida que le daba la espalda, pero siempre estoica. En esa conversación me di cuenta de que mi vida era todo lo que mi mamá había deseado para ella, quizás con algunas modificaciones, pero era lo que ansiaba vivir. Entonces me hizo sentido lo que siempre me decía de pequeña: "No tengas hijos —ojalá nunca— hasta que hayas vivido tu vida, te hayas descubierto y tengas una estabilidad para jamás aguantar nada". Ese consejo no venía por mí, sino por ella: porque jamás pudo soñar, jamás pudo descubrir quién era ni qué quería en el paso del tiempo.

El año pasado asistí como fotógrafa a una entrevista a Elisa Loncon, expresidenta de la Convención Constitucional. Mientras el periodista hablaba con ella, yo escuchaba. Por primera vez vi en ella a mi mamá: las historias del campo, lo que significa vivir desconectada, y el amor profundo por el conocimiento que, pese a la precariedad, ambas habían logrado cultivar con lo poco que tenían. Durante toda esa entrevista sentí que Loncon reflejaba el camino que quizás mi mamá pudo haber tenido.
La soñé estudiando medicina, evitando el amor formal pero no privándose de amores intensos y fugaces. La imaginé trabajando de doctora, viviendo sola, aprendiendo cada vez más quién era, rodeada de gente que la cobijara.
La imaginé aprendiendo a confiar en los otros y sanando sus heridas. Nunca la imaginé casada ni con hijos, sino viviendo muchas aventuras. En ese ejercicio me di cuenta de que mi mamá siempre defendió su verdad y su voz, y jamás tuvo miedo de responderles honesta y brutalmente a los hombres que creían que la misión de las mujeres era complacerlos.
Luego de meses pensando en cómo habría sido ella, le pregunté si podíamos hablar sobre esto un día en mi casa. Tras dos meses sin vernos —pasó el verano en el sur con mi hermana mayor—, llegó, nos sentamos y ambas lloramos reflexionando sobre todo esto.
¿Si hubieses tenido la oportunidad y los recursos para abortar, lo habrías hecho?
"Sí —hace una pausa—. Porque tener un hijo en esas condiciones, en que apenas lograba sobrevivir, no se lo deseo a nadie. Al final estuve toda la vida buscando sobrevivir, y eso es algo muy duro. Si yo hubiera sido hombre, mi vida habría sido muy distinta. El hombre siempre ha tenido la oportunidad de elegir, y en esa época había un dicho: 'El hombre se casa cuando quiere, la mujer cuando puede'. En mis tiempos casarse era la gran meta porque no tenías otro futuro ni otro prospecto de vida más que criar y estar con alguien que se hiciera cargo de ti. Yo tuve que trabajar de noche y de día, de forma muy sacrificada, por negarme a casarme, y tampoco pude criar ni dormir".
¿Cómo te ves en una vida en que pudieras no solo sobrevivir sino cumplir tus sueños? ¿Habrías estudiado, habrías tenido hijos?
"Tú y tu hermana han sido, hasta el día de hoy, mi mayor felicidad desde que nacieron. Ese amor me hizo superar todos los momentos duros. No me habría casado, eso sí, y no habría aguantado ningún maltrato de nadie, pero sí habría tenido hijos. Habría vivido sola, yo creo. Por eso jamás me habría casado. Estaría quizás trabajando en un hospital público, siendo doctora —siempre quise estudiar medicina y aprender todo sobre el cuerpo humano".
¿Te gusta ser mujer? ¿Si hubieses podido elegir, qué elegirías?
"Hubiera sido hombre, siempre lo pensé, siempre lo sentí. Habría sido muy mujeriego —como Felipe Camiroaga—, con esa libertad de no casarse, de ser autosuficiente, de estar solo sin que nadie te juzgue y poder elegir lo que quieras. Solo cuando pienso en la vejez de los hombres me siento aliviada de ser mujer. A mi alrededor veo cómo los hombres pagan en la vejez: hombres que toda la vida fueron violentos e imponentes, cuando son viejos les toca vivir solos porque nadie quiere hacerse cargo de ellos. En cambio, una mujer vieja se adapta mucho mejor. La abuela siempre es más entretenida".
Nuestra relación ha sido dulce y agraz, como imagino que es la mayoría de las relaciones entre madres e hijas. ¿Ves algo de ti en mí?
"Ser trabajadora, perseverante, responsable —la constancia en el trabajo, sobre todo la responsabilidad—, pero con muchas más cosas que yo, por supuesto. Siempre me ha gustado que hayas luchado por tus sueños, por tener lo que quieres: esa fuerza y esa capacidad de reflexionar, de hacer las cosas bien, pese a todo lo que te ha pasado. Cuando me dijiste que querías ser fotógrafa me dio mucho miedo. Sentía que el camino iba a ser muy difícil porque yo no podía ayudarte: no sabía nada sobre arte ni conocía a nadie que viviera de eso. Ahora me siento muy feliz por ti, de que te hayas ido de la casa y de que hayas cumplido tus metas, porque sé que el mundo es difícil, pero es hermoso verte haciendo lo que querías. Me siento feliz de finalmente apoyarte y por eso siempre te dejé ser lo que buscabas ser. No me arrepiento de nada".

¿Qué cosas de tu mamá —mi abuela— sientes que tienes?
"Ser honesta, honrada, trabajadora, responsable y sumisa. Bueno, esto último solo pasó al principio, porque ahora ya no lo soy. Ella era muy sumisa, pero también le agradezco que siempre nos inculcó tener ojo con los hombres y que había que luchar por una misma sola. Siempre tuve esa mentalidad, por eso nunca le exigí nada a nadie. Antiguamente la maternidad era responsabilidad de la mujer y de nadie más: nadie juzgaba a los hombres, pero a la mujer sí. Eso me enseñó mi madre: ser buena persona y no engañar a nadie. Era honesta".
¿Sientes que mi relación contigo te ha ayudado a cambiar la visión de las cosas, por ejemplo cuando comenzamos a hablar sobre feminismo?
"Mucho. Me has enseñado muchas cosas: a ver la vida, a reflexionar, a pensar distinto, porque tú tienes otra mentalidad. Veo en ti todo lo que yo hubiera querido ser o pensar, al menos para defenderme".
Al final de todo esto, y pese a mis arrebatos, hay mucho más de mi mamá en mí de lo que yo imaginaba. Cuando era adolescente ese era mi mayor temor: no quería parecerme a ella. Pero hoy, que soy adulta, siento que es hermoso que haya una parte suya en mí. Mi curiosidad, el investigar, el ir por lo que quiero pese a las protestas —muchas de ellas de ella misma— y el cuestionarme las cosas han sido cruciales para vivir la vida que llevo hoy.
No sé si algún día voy a dejar de pensar en qué hubiera sido de mi mamá si hubiera tenido las oportunidades que ella me dio, porque siento que se merece estar en mis pensamientos y en mis llantos. Me alivia llorar por lo que vivió. Me alivia pensar que el llanto por sus heridas no es solo de ella. Hacer llorable lo que mi mamá pasó es la justicia que siento que puedo darle: hacerle ver que no está sola en su dolor, que estoy con ella incluso cuando ella no está conmigo.



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