Valentina, eres bipolar: ¿no lo sabías?
- Valentina Bird
- hace 5 días
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Actualizado: hace 3 días

A los 28 años, la fotógrafa Valentina Bird recibió un diagnóstico que reordenó toda su historia: trastorno bipolar. Durante años, transitó tratamientos, crisis y momentos de aparente estabilidad sin entender del todo lo que le ocurría. En esta columna, reconstruye ese recorrido, desde la confusión hasta el duelo, y reflexiona sobre lo que implica aprender a vivir, y a leerse, a partir de un nuevo diagnóstico.
“Pero vale… Tú eres bipolar: ¿acaso no lo sabías?”. Yo estaba en mi casa, mirando la pantalla, y veía a mi doctora con una cara de asombro. Era una cita de telemedicina con mi psiquiatra, la misma especialista que visité durante dos años y que nunca antes había mencionado ese diagnóstico. Dejé de escuchar lo que decía; solo asentía y pensaba: “Mierda, ahora tengo una respuesta”. Repetía esas palabras como un mantra. No podía pensar en nada más.
Solo recuerdo algo que me comentó en ese momento de conmoción: “Cuando me contaste que te acostabas con muchas personas en poco tiempo, ahí lo supe. Eso es un episodio hipomaniaco. Tus ciclos oscilan entre cortos períodos de hipomanía y grandes periodos depresivos”, sentenció.
Sentí que acumulé todas esas palabras en una caja que intenté guardar en un lugar de mi mente al que no quise mirar. Comprimí esa visita al médico y la dejé en un lugar al que no llegaba la luz.
Empecé a ir a terapia a los 16 años con el propósito de dejar de ir algún día. Era una adolescente que sentía mucha ansiedad, ira y no tenía ganas de vivir. En ese tiempo se diagnosticaron varios trastornos: ansiedad generalizada, depresión mayor. Todo oscilaba entre eso. Estuve internada y tomé un millón de remedios que funcionaban un poco, pero nunca del todo. Sin embargo, no abandoné la idea de que iba a estar “sana”. Esa era mi motivación más grande.

En terapia, mientras avanzaba el tiempo, se removían más cosas. Se sentía como ser la dueña de un cajón lleno de emociones que nunca terminaba de limpiar; por el contrario, el fondo parecía crecer y llenarse de cosas nuevas: miedo, trauma, ansiedades, desprecio hacia mí misma. Pero, a pesar de eso, nueve años después de trabajar en mí, fui dada de alta.
Ya era adulta, me había ido de la casa de mis papás, vivía de lo que había estudiado y todo estaba bien. Aun así, me invadía una sensación permanente de angustia. No me sentía curada, sino más bien contenida: era como si alguien, a la vuelta de la esquina, me acechara para derrumbar la precaria estabilidad que había construido.
A los 26, después de pasar por siete psiquiatras, llegué a una consulta en la que me evaluaron cuatro médicos. Llegué ahí tras un periodo depresivo en el que las crisis de ira me golpeaban como una ola, de forma repentina, sin poder anticiparlo. Hicieron una breve serie de preguntas y salí con un nuevo esquema de medicación: antipsicóticos. Y yo, que durante años probé distintos antidepresivos y ansiolíticos sin lograr una mejoría real, le di una oportunidad a esa alternativa.
Y sí: esta vez fue distinto. Algo se ordenó. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, una persona funcional. Mis emociones no eran tan avasalladoras; fue como si las olas, de repente, se transformaran en un lago tranquilo.
Logré llevar una “vida normal” durante esos meses, pero al año estas corrientes me botaron al suelo: fui sumergida en un estanque de depresión. Era una sensación que me repetía que existir era pesado, difícil; todo era difícil, desde lo cotidiano , como tomar una ducha, hasta hablar con un amigo. Por eso, porque todo era difícil, dejé la medicación. Fue una renuncia. Un agotamiento.
Siete meses después, dos semanas antes de mi cumpleaños número 28, seguía en ese mismo lugar.
La crisis comenzó: el dolor era tan inmenso que imaginaba que la única solución, la única forma de ponerle fin a eso, era terminar con mi vida. Empecé a organizar mi despedida; pensé a quién le dejaría mis cosas. Quería dejar todo listo para no ser una carga para los que quedaban aquí. Pero, al mismo tiempo, me invadía una angustia muy grande: me daba miedo morir.
Al filo de ese abismo, y como último movimiento de ahogado, saqué una hora con mi psiquiatra. Le conté lo que estaba viviendo. Me llenó de recomendaciones y volvieron los antiguos remedios. Esta vez seguí al pie de la letra todas sus indicaciones y, afortunadamente, en cuestión de días, me estabilicé. Fue como si, de repente, silenciaran un ruido molesto que me perseguía a todas partes y no me dejaba escuchar mejores sonidos. De pronto estaba más descansada, ya no me sentía irritable y tenía esperanza de que todo se iba a acomodar.

Desperté una mañana de septiembre llena de energía. Hice en una semana lo que no había logrado en meses. Arreglé todo lo que estaba roto en la casa. Ordené, limpié, resolví pendientes. La vida, de pronto, volvió a tener sentido. O al menos eso parecía.
Cuando le conté a mi psicólogo que estaba mejor, esperaba que se alegrara. Pero su cara no cambió. Me miró serio: “Vale, yo creo que acá está pasando algo”. Me habló de cambios de ánimo que no eran del todo normales, de una intensidad que no terminaba de encajar. Sospechaba que tenía trastorno bipolar.
Me enojé. Eso fue lo primero que sentí. Pensé que, si eso fuera cierto, alguien ya me lo habría dicho antes. Había pasado por demasiados médicos como para que algo así se les escapara a todos. Pero la idea quedó instalada. Salí de la consulta y empecé a leer sobre el tema. A buscar. A mirar hacia atrás, en mi propia historia, pero con otros ojos. Y, mientras más leía, más sentido tenía. Era, al mismo tiempo, el diagnóstico que mejor encajaba y el que menos quería tener.
La noche antes de confirmarlo salimos a caminar con mi pololo y el Oreo, mi perro. Lloré sin poder parar. No era solo miedo: era una especie de duelo anticipado. Terror a que fuera algo permanente, algo que no se cura. A que esa certeza destruyera la única motivación que había sostenido todo este tiempo: la idea de que algún día no necesitaría medicamentos, ni ir a terapia.
Al día siguiente, la psiquiatra lo dijo como si fuera evidente.
Y después de eso, vino el duelo de verdad.
Todos me decían que lo bueno es que lo sabes: ¡que alivio!, pero el alivio fue lo último que sentí. Durante meses lloré sin consuelo, no podía creer que después de tanto trauma, de tantos años, de todo ese trabajo, tendría que lidiar con un diagnóstico nuevo. Y uno tan grande. Me asustó todo lo que imaginé que se cerraba. Entre otras cosas, la posibilidad de ser madre. Mi doctora había sido clara: el medicamento principal que tomo puede provocar malformaciones fetales. Bajo ninguna circunstancia podía quedar embarazada.

Sabía que muchos de esos miedos venían de la ignorancia. A veces eso ayudaba. Pero ninguna explicación alcanzaba del todo. Había algo más profundo que entender: no se trataba solo de saber, sino de aceptar.
Aceptar implicó aprender a leerme de nuevo
Mis ciclos
La hipomanía es un estado de ánimo elevado, expansivo o irritable y un aumento de energía inusual, menos grave que la manía. Dura al menos cuatro días seguidos, con síntomas como menor necesidad de sueño, gran locuacidad, autoestima elevada y alta productividad.
Cuando estoy en hipomanía, tengo una energía desbordante. La autoestima sube, siento que todo es posible. Mantengo la casa impecable, veo a mis amigos, hago planes, me río, gasto más de lo que debería. Hay momentos en que el dolor —un corazón roto, por ejemplo— activa ese estado y un deseo enorme de vincularme con otros aparece. Me expongo a situaciones de riesgo con tal de que me lleven a estas emociones extremas, entre ellas el sexo. Siempre creí que era algo que disfrutaba (que sí, disfruto), pero cuando estoy en este ciclo se vuelve algo más impulsivo que placentero.
Durante mucho tiempo creí que esa era mi mejor versión. La versión que, por fin, había logrado ser.
Pero no.
Después de subir, uno baja. Ese ánimo desbordante, es sólo el anuncio de un episodio depresivo. Lo sé cuando despierto y me invade una idea fija: me repito que todo está mal, que soy tremendamente infeliz y estoy cansadísima de mi misma.
He notado que esta tristeza se mezcla con irritabilidad, la cual hace que la percepción de mi misma empeore. Estar con mucha gente me da pánico, me siento como una herida expuesta que todos están mirando.Con mucho esfuerzo voy a trabajar pero los días que no tengo que salir, me hundo en mi cama, no me baño y solo duermo muchas horas porque se siente como morir. Usualmente este ciclo es el más largo y puede durar de 3 semanas a dos meses. Mientras pasa tengo que fingir que soy funcional porque la vida no perdona.

La idea del suicidio también aparece en esos ciclos. Este es el síntoma que más hemos logrado controlar controlar con la medicación, pero cuando no la tomo, empiezo a ordenar mi muerte otra vez: Hoy recuerdo que la primera vez que quise morir tenía ocho años. Esa idea me acompaña desde entonces. Ha vuelto muchas veces, pero esa, la última, fue distinta: sentir aquel terror, a pesar de que todo estaba bien, la hizo más aterradora que nunca.
Hoy entiendo que muchas de esas veces no era yo, o no del todo. Estaba descompensada.
Pero hay algo que pesa más que todo lo demás: la culpa.
Me da culpa las partes de mí que otros alcanzan a ver. Con los años, los momentos de oscuridad dejaron de ser privados. Los han visto mis amigos, mis parejas. Y no siempre hay espacio para explicar, ni para reparar. Hay cosas que quedan así, suspendidas, sin cierre.
Vivir este duelo ha sido mucho de mirar para atrás. Revisar cada escalón. Tratar de aceptar que algunas situaciones no tienen arreglo. Vengo de un pueblo muy católico: la culpa es mi segundo nombre. A veces siento que hay un velo entre lo que pasa y lo que siento, y que dependiendo de mi ánimo ese velo se vuelve más o menos espeso. En crisis, casi no veo nada con claridad. Todo se nubla incluso a veces mis afectos. Esa culpa ha sido muy difícil de llevar en los primeros meses, me mantuvo muy deprimida, con mucho terror porque aprender a lidiar con esta enfermedad también significa equivocarse y lamentablemente quien más ve los síntomas son las personas que más amas.
Han pasado 6 meses desde mi diagnóstico, no me siento en una vida normal como dicen los doctores, no me siento en la mierda de estar sin medicación. Los días malos son menos y ya se que hacer. No se si esa normalidad llegará, no sé si la culpa algún día dejará de pesarme, solo se que seguiré aprendiendo, seguiré tomando mi medicación, yendo al doctor, porque esta enfermedad aunque me la cargué yo, también afecta a los que me rodean, quizás no me cure pero quizás algún día me perdone lo que hice mal y llegue a la conclusión de que no soy solo alguien bipolar.
Cuento esto porque, en toda mi investigación, en todo lo que encontré sobre lo que significa ser bipolar, aparece una idea insistente de “normalidad”. Y yo no me siento normal todavía.
Por eso quise abrir este espacio: para exponer el relato de alguien que sigue en tránsito, que aún no llega a ese lugar prometido. Porque esto también es parte del proceso.
Nombrarlo, habitarlo, sostenerlo: aunque no tenga forma de final, también es una manera de avanzar.




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