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Arturo Navarro: "Ni el momento más oscuro me pensé solo"

hace 4 minutos
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Ilustración de @MonodeLeon
Ilustración de @MonodeLeon

Editó libros infantiles durante la Unidad Popular, hizo periodismo bajo la censura de Augusto Pinochet y todavía se define allendista. En Un editor en dictadura, nuevo libro de Planeta, Arturo Navarro (75) recuerda las imprentas, las salas de redacción y los quioscos de una época sombría, contada con un ánimo que hoy escasea: el entusiasmo. Aquí explica de dónde salía y por qué cuesta tanto encontrarlo ahora.

Arturo Navarro tiene la cabeza blanca y una voz animosa, de alguien a quien todavía le gusta conversar. Habla despacio y sin apuro, se detiene en los nombres, vuelve sobre una anécdota para contarla mejor. Recuerda mucho. Y lo que no recuerda, probablemente lo tiene guardado en alguno de sus cajones. O enmarcado en las paredes del estudio desde el que escribe, que está lleno de recortes de diarios y revistas, fotos en sepia y otros papeles que se ven importantes.


Durante décadas fue el guardián de una historia que otros prefirieron olvidar. Los papeles de Quimantú, los de APSI, los de la censura y los de la campaña del No fueron quedándose con él, carpeta tras carpeta. Pero en los últimos años empezó a desprenderse de ellos. En la Universidad Diego Portales existe hoy un archivo con su nombre. Al Archivo Nacional le entregó el material de Quimantú. Y al Museo de la Memoria llegaron los documentos de la quema de libros de García Márquez en dictadura y una entrevista que le hizo a Joan Manuel Serrat cuando vino a cantar para la campaña del No.


Vive hace más de cuatro décadas con la periodista Patricia Politzer, en una de las comunidades que el arquitecto Fernando Castillo Velasco levantó cuando volvió del exilio. Ahí, entre vecinos que se conocen desde 1981, los nietos juegan con los nietos del lado.


Navarro nació en Valparaíso en 1951 y tenía poco más de veinte años cuando le encargaron Cuncuna, la colección de libros infantiles de Quimantú. Era el más joven de la editorial del Estado que, durante la Unidad Popular, sacó los libros de las librerías y los puso en los quioscos, en los sindicatos y en las juntas de vecinos. Sus compañeros de los talleres lo llamaban Cuncunita.


Después vino el golpe, y con el golpe, el silencio. En 1976, en plena dictadura, Navarro fundó APSI, la primera revista de oposición autorizada por el régimen: partió hablando del mundo para poder, de a poco, hablar de Chile. La dirigió hasta 1981, cuando la presión de las autoridades lo obligó a dejarla. Siguió en Cooperativa y en La Época, donde editó La Época Semanal y el suplemento Literatura y Libros, y más tarde en la televisión, con El show de los libros. Con la democracia pasó a la gestión cultural: estuvo tres décadas al mando del Centro Cultural Estación Mapocho y en 2009 recibió el Premio Reina Sofía de Patrimonio Cultural.


Todo eso está en Un editor en dictadura. Desde Quimantú hasta la campaña del No (Planeta), un recorrido por redacciones, imprentas y quioscos entre 1971 y 1988. Lo que ocurre en esas páginas es sombrío: censura, allanamientos, amigos que desaparecen del mapa. El tono, en cambio, es rápido y luminoso, y el libro se despide anunciando que todavía queda materia para otro. Leído hoy, en una época en que los periodistas trabajan solos frente a un computador y un editor puede ser apenas un mensaje de WhatsApp, esa energía resulta casi exótica.


Su libro habla del periodo más oscuro de la historia reciente de Chile y, sin embargo, se siente optimista. ¿De dónde salía ese ánimo?


“No lo había mirado así, pero creo que es verdad. Había entusiasmo. Me acuerdo que conversábamos mucho con [Antonio] Skármeta, cuyo libro se llamaba precisamente El entusiasmo. Y había entusiasmo porque había la fuerza de una historia, ¿te fijas? Detrás de una empresa cultural había organización. Por eso, como digo por ahí, nunca me sentí solo. Ni en el momento más oscuro me pensé solo. Y por lo tanto nunca me sentí pesimista”.


¿Los libros unían?

“A muchísima gente. Uno se encontraba con amigos en la calle que te decían: ‘Oye, pucha, por primera vez en la vida estoy coleccionando libros, antes no tenía ni dónde ponerlos, pero a este precio…’. Los quioscos vendían muchísimo, pero la mayor cantidad de ventas se hacía en organizaciones sociales. Los sindicatos compraban para todos sus afiliados, las juntas de vecinos, las JAP compraban. ¿Cómo no iba a haber optimismo?”.


¿Por qué hoy no aparecen grupos que se junten a fundar medios?


“Porque hoy una persona puede crear un medio sola. En el tiempo del libro, si tenías cualquier idea no había ninguna posibilidad de hacerla solo. Ahora existen fondos concursables: te relacionas con un computador y presentas tu proyecto. Eso en aquella época era inverosímil.

La última iniciativa de grupo que recuerdo con entusiasmo es The Clinic. Llamé a Pablo Dittborn, que estaba ahí con Juan Guillermo Tejeda y otros, y le dije: ‘Oye, yo quiero comprar acciones, quiero meterme en este grupo’. Entre comillas, obvio. Era retomar la historia: al principio tenía el lema ‘Firme junto al pueblo’, que era el del diario Clarín. Todavía estaba ese espíritu de que si no trabajabas colectivamente, las cosas no se podían hacer”.



¿Cómo nació el libro?


“Empecé a recibir muchas solicitudes de conversación. No de periodistas, sino de estudiantes que trabajaban el tema APSI, que en las escuelas de periodismo se ha estudiado mucho, sobre todo por el plebiscito del 80. Y me di cuenta de que lo que más les interesaba era lo cotidiano. No que a las once de la mañana explotó tal cosa; eso se sabe, lo puedes buscar. Uno me preguntó cómo se vestía la gente. Hoy en el metro el 90% usa jeans y el 90% usa zapatillas. En esa época había distintas formas de vestirse.


En mis clases de gestión cultural yo usaba la metáfora del quiosco. Yo era uno de esos ciudadanos que se paraba todas las mañanas frente al quiosco. Veía el titular del Clarín y me moría de la risa. Veía el de El Mercurio y me ponía más serio. Después Las Últimas Noticias, después el Puro Chile, con el enano maldito en la portada riéndose de cosas policiales o políticas. Y con todo eso uno sacaba una especie de promedio de la situación del país. Era casi arte callejero. Imagínate todos los diarios electrónicos de hoy en una súper pantalla en el Paseo Ahumada, al mismo tiempo. Ahí no faltaría la esperanza, porque verías todas las posiciones. El optimismo también estaba en la calle. Lo absorbías caminando, y entonces se caminaba más”.


Avanza la extrema derecha en la región y Donald Trump está en guerra con la prensa. ¿Qué diagnóstico hace del periodismo hoy?


“Los comunicadores y los artistas requieren absolutamente de la libertad de expresión para trabajar. Si no hay libertad de expresión, corre riesgo la democracia. En ese sentido la situación actual es gravísima. La libertad de expresión se reduce, aunque no absolutamente. Hemos llegado al tiempo de apretar donde duele nomás y dejar todo lo demás, para que nadie diga que no hay libertad. Es lo que decía Pinochet: ‘¿Cómo no va a haber libertad de expresión en Chile si uno puede ir a la calle y comprar cualquier diario?’. Me parece que el deber de cada periodista es seguir buscando y denunciando cotidianamente, y combatir las fake news, porque no solo hay mucha información, hay información decididamente mentirosa. Eso también es un atentado a la libre expresión, que tiene que ser, como decíamos siempre en APSI, profesional. Si aparece una noticia que me desagrada, pero es noticia, tengo que publicarla. Es exactamente lo opuesto a la censura”.


Usted se define allendista. ¿Qué significa eso?


“Para mí Allende significa, primero que todo, una izquierda práctica. Su incorruptible vocación democrática: ser candidato, ser votado, llegar a ser mayoría. Todo el esfuerzo que hacíamos en Quimantú era llegar al 50%, al 51% a lo menos. Y así fue: en las parlamentarias de marzo del 73 hubo una gran votación de la Unidad Popular, y por eso vino el golpe.


Lo segundo es su preocupación médico-cultural, por llamarla así. El medio litro de leche para los niños y los libros baratos. Allende fue muy listo: no creó una gran editorial, compró Zig-Zag respetando el precio de mercado y respetando que siguieran imprimiendo su revista. Ese mismo espíritu democrático se tradujo en democratizar la cultura. Es imposible que la cultura se desarrolle democráticamente si el Estado no aporta. No tiene que aportarlo todo, pero hay que tener la sensibilidad de ver en qué áreas debe estar”.


En pocas semanas murió Camilo Escalona y Michelle Bachelet se bajó de la carrera por la Secretaría General de la ONU. ¿Qué le pide hoy a la izquierda?


“Camilo Escalona era un símbolo de la izquiera, hijo de un panadero. Un amigo me dijo, y es un dato que no he corroborado, que en los comités centrales del Partido Socialista y del Frente Amplio no había ningún obrero. La izquierda tiene que volver a ser un partido de los trabajadores. Esa fue su gran fuerza y se ha perdido porque los trabajadores están solos, cada uno en su casa, o trabajando en dos partes porque no les alcanza el salario, o viajando cuatro horas en bus para llegar y volver. La respuesta está en la organización social. Se mantienen ciertos logos y ciertas historias, pero la izquierda no está inserta en la realidad cotidiana del trabajador”.


Uno siente que vive solo problemas que son de todos: el trabajo, la salud.


“Ese es exactamente el tema del individualismo. Arréglesela usted solo. Y si puede trabajar online en su casa, a lo mejor le quedan unos tiempecitos para otra peguita. Además estamos capturados por las pantallas, todas las generaciones; lo veo en mis nietos. La prensa escrita está en decadencia porque imprimir es muy caro; hoy leo que El Mercurio hipotecó su planta de impresión e inmuebles de sus diarios regionales para conseguir un crédito. La publicidad se mete por la pantalla y queda registrado lo que ves, entonces sigámosle mostrando lo mismo a este caballero porque ya sabemos lo que compra. Tienen que venir nuevas generaciones que logren organizarse, mirar para el lado y decir: ‘Este es nuestro problema’”.


Uno a veces ni conoce a sus vecinos.


“Yo tengo la fortuna de vivir en una de las comunidades de Fernando Castillo. Fue un esfuerzo del mismo entusiasmo, bajo la dictadura: don Fernando volvió del exilio y tuvo la visión de organizar a las personas. En esa época saber quién era tu vecino era súper importante. Las primeras parejas llegamos el año 81 y la comunidad se ha mantenido. Estamos cumpliendo como 45 años. Aquí no solo puedes dejar al hijo con el vecino: ya tenemos nietos, y los nietos juegan con los nietos del lado.

Te doy una anécdota reciente. Tengo un perro nuevo, un cachorro, y los nietos del vecino vinieron a conocerlo y a traerle un regalo”.


Se ríe.

“Parece que el optimismo me está volviendo con esta conversación”.

Un editor en dictadura. Desde Quimantú hasta la campaña del No (Planeta) se lanza el miércoles 30 de septiembre a las 19:00 en la librería Nueva Altamira (Drugstore, Av. Providencia 2124, local 64). Presenta la periodista Rocío Montes. Entrada liberada.

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