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Agustina Bazterrica, escritora: "Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue"

  • Foto del escritor: Quiltra
    Quiltra
  • hace 3 horas
  • 6 Min. de lectura

La autora argentina de Cadáver exquisito —traducida a más de treinta idiomas— estuvo en Chile promoviendo la reedición de su antología de cuentos 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro'.  En un hotel de Providencia, entre mantras, arcángeles y el ingenio de una escritora que ha encontrado formas bellas para narrar el horror, habló de espíritus atrapados, de depredadores en el poder y de por qué la literatura no cura nada, pero sí puede incomodar lo suficiente como para impedirnos mirar hacia otro lado.

La noche anterior a nuestra entrevista, Agustina Bazterrica no durmió en su cuarto. 


Había llegado al hotel de Providencia como llega a todos los hoteles donde la dejan sus giras. Entró a la habitación con sus maletas y dentro de una llevaba unos papeles doblados que carga siempre encima: hojas con la flor de la vida impresas, que pone en las habitaciones para limpiar la energía acumulada de quienes durmieron allí antes que ella. No es superstición, al menos no en el sentido frívolo de la palabra. Es un protocolo. Una forma de habitar esas habitación temporales con algo de propiedad.


Pero esa noche el protocolo salió mal.


Puso los mantras, acomodó sus cosas e intentó dormir. Pero había algo en el cuarto que no quería estar tranquilo. Ella la describe como una presencia violenta, una bruma, una densidad en el aire que no cedía y que la tenía incómoda. Y entonces ocurrió lo que no tiene explicación: mientras intentaba dormir, sintió agua fría cayendo sobre su cuerpo. Despertó de un sobresalto y se tocó la cara, pero estaba seca. El agua no existía, pero el frío sí. 


—Fue plasma de fantasma —me dice, con una convicción tan tranquila que resulta más inquietante que si lo dijera con miedo—. No sé cómo llamarlo, pero sí, ahí la pasé mal.


A la mañana siguiente, en la ventana de la habitación, unas marcas, como las de unas garras, se dibujaban en el vidrio. Yo las vi. Me mostró una foto.


Su hermana, que según Agustina es"un poco bruja", le dio una lectura intuitiva: era un espíritu que se había quitado la vida y estaba atrapado en un loop de rabia, sin poder pasar a otro plano. Agustina escucha, integra esa información del más allá y me lo cuenta. No necesita que nadie le crea. 


Lo primero que me dice cuando la veo, al día siguiente, ya repuesta después de dormir en un cuarto en el que no habitaba ningún alma en pena, Agustina me pregunta: ¿vos creés en los fantasmas? Y a los minutos de hablar sobre actividades paranormales, nos ponemos a hablar de otros seres espantosos: Donald Trump, Jeffrey Epstein, Javier Milei y varios otros hombres en política.  Hablamos también de arcángeles, de por qué la literatura no es terapéutica. Todo en el mismo tono, porque Agustina es una mujer que no hace jerarquías entre lo que le parece importante: lo paranormal y lo político y lo literario conviven en ella sin fricciones.


—A veces la realidad parece alcanzar tus ejercicios de distopía. ¿Eso te asusta?


"No. No me da miedo porque todavía confío en la humanidad. La historia es pendular: cambian los actores, cambia el escenario, pero hay cosas que sobreviven. La bondad. La dulzura. Incluso ahora, en medio de este momento tan dañino.


Se acomoda en la silla antes de seguir.


Estamos viendo reaparecer discursos que creíamos enterrados, como los de la extrema derecha, y vuelven a instalarse con muchísima facilidad. Porque hay tres elementos que siguen funcionando para manipular una sociedad: el miedo, la ignorancia y el odio. Trump trabaja con eso todo el tiempo. Milei le copia. Y sí, hoy está funcionando. Pero no creo que pueda sostenerse para siempre".


—¿Qué distingue a esta nueva extrema derecha de otras épocas?


"Que ya ni siquiera necesita disimular. Hay un libro italiano, La hora de los depredadores, que habla justamente de eso: del triunfo de figuras que hacen de la brutalidad una identidad política. Trump, por ejemplo, está orgulloso de no leer. Entonces ya no necesitás mostrar preparación, cultura o interés por el bienestar común para llegar al poder. Podés ser completamente ignorante y aun así convertirte en presidente si sabés manipular el espectáculo.


Hace una pausa.


Y esa violencia baja rápidamente a la sociedad. En Argentina están aumentando mucho los niveles de agresividad. Si tenés a un presidente insultando todo el día en redes sociales, el mensaje implícito es: 'yo también puedo hacerlo'".


—¿Mos estamos anestesiando frente al horror?


"Sí, completamente. Y además funcionan las cajas de resonancia: cada uno consume solamente aquello que confirma lo que ya piensa. Entonces desaparecen los matices y aparecen los radicalismos. Ves hombres incels consumiendo discursos de odio contra las mujeres todo el día y convencidos de que tienen razón porque nunca aparece otra mirada.


Me impresionó muchísimo lo de Lionel Messi saludando a Trump. Una semana antes habían bombardeado un colegio con más de cien niñas. Y después escuchar eso de 'nosotros no nos metemos en política'. Yo quiero ver si no te metés en política cuando el colegio bombardeado es el de tus hijos. Qué falta de empatía.


Hace otra pausa.


Y además, él se había negado antes a ir a la Casa Blanca con Biden. O sea, pudo decir que no. Ponele que tenía presiones. Pero entonces, ¿por qué estás sonriendo en las fotos?!.


—Y aun así, todo desaparece rápido de la conversación pública.


"Claro. Todo dura segundos. Una guerra, un abuso, un escándalo. Baja el algoritmo y desaparece. Y eso también produce una sociedad anestesiada".


—¿Cómo lo haces para no volverte indiferente?


"Leyendo. Escribiendo. Hablando con adolescentes. Porque aunque seas privilegiado, lo que pasa en el mundo te afecta igual. Mi marido trabajó 28 años en una empresa y la cerraron de un día para el otro. No cobró indemnización. Y ese es un caso leve comparado con otra gente que directamente termina en la calle. cuando alguien me dice que lo que pasa en el mundo no le afecta, para mí eso ya es un síntoma. Es falta de empatía. Vivir encerrado en una burbuja y ni siquiera entender que tus privilegios no son derechos".


—¿Hay algo tentador en no mirar?


"Para mí no. Cuando dicen “la ignorancia es una bendición”, yo pienso exactamente lo contrario. Vivís con la profundidad de un charco. No accedés al conocimiento y sí, el conocimiento duele, te indigna, te enfrenta con cosas horribles, pero también te conecta más profundamente con el mundo. Yo quiero que mis niveles de conexión sigan profundizándose. No me interesa la otra opción. Elegir no ver también es una decisión política. La ignorancia no es neutral. Nunca lo fue".


Una antología de relatos escritos a lo largo de varios años que fueron publicados en Argentina y

llegan por primera vez a España. Llenos de crueldad, con toques de humor negro y algún destello

de fantasía, estos diecinueve cuentos regresan a los temas que marcan la obra de la autora: la

naturaleza del miedo, la violencia oculta en lo banal, las fantasías más oscuras y los deseos

inconfesables. Entre instantáneas insólitas e inquietantes e historias sombrías y paródicas,

Bazterrica desvela la cara tétrica y perversa que esconde la realidad.
"Una antología de relatos llenos de crueldad, con toques de humor negro y algún destello de fantasía, Estos diecinueve cuentos regresan a los temas que marcan la obra de la autora: la naturaleza del miedo, la violencia oculta en lo banal, las fantasías más oscuras y los deseos inconfesables. Entre instantáneas insólitas e inquietantes e historias sombrías y paródicas, Bazterrica desvela la cara tétrica y perversa que esconde la realidad".

—Eres obsesiva con la verosimilitud en tu escritura. ¿Hasta qué punto?


"Muchísimo. En la nueva novela los personajes tienen que ir a la Torre Monumental, en Buenos Aires. Yo había escrito una escena entera basándome en fotos y videos. Pero cuando fui personalmente me di cuenta de que la escalera era muchísimo más empinada de lo que parecía. Y eso cambiaba cómo los personajes podían moverse, respirar, reaccionar.


Se ríe.


Parece una pavada, pero no lo es. La verosimilitud no tiene que ver con decir la verdad. Yo puedo inventar un protocolo para faenar humanos, pero el universo que construyo tiene que cerrar. Y solo cierra si conozco realmente esa escalera".


—Muchos escritores hablan de la literatura como algo terapéutico.


"La literatura no cura nada. Ojalá curara, pero no. A mí me preocupa más no encontrar la palabra justa o descubrir un error de verosimilitud que otra cosa. No es mi terapia. Incluso aparece la ansiedad, el vacío o la frustración en la escritura. Terminás una novela y decís: “¿y ahora qué?”. Pero yo no sufro escribiendo. Yo estoy viviendo el sueño.


Se ríe otra vez.


"De verdad. Tiene un costo, obvio. Pero esto, en general, es felicidad".


—¿Y tienes un antídoto para no ceder al horror del mundo?


" Los vínculos. Mis vínculos son lo más importante de mi vida. Mi marido, mis gatos, mi familia, mis amigos. Y también porque medito mucho. Trabajo con arcángeles, con geometrías sagradas. Necesito sentir que hay algo más grande que mi propio ego".


Entonces me muestra en el teléfono una imagen hecha con inteligencia artificial: un gato rodeado de colores y símbolos esotéricos. Azul para el arcángel Miguel. Verde para Rafael. Índigo para Zadquiel. Los enumera con una precisión litúrgica.


"Todos los días me protejo a mí, a mi marido y a mis gatos", dice. "Eso también te ordena. Te recuerda que sos importante y no importante al mismo tiempo. Apenas un punto en la historia".

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