Shelenchie: la primera abogada haitiana egresada en Chile
- Emilia Cabrera
- hace 1 día
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En Chile, un estudiante extranjero tiene en promedio un 7% menos de probabilidades de llegar a la universidad que uno chileno. Shelenchie Jeanty no solo llegó: estudió Derecho, aprobó su examen de título y se convirtió en la primera abogada haitiana del país. Lo hizo sin cambiar su nombre, sin suavizar su acento y con sus ojos expresivos llenos de esperanza. Esta es su historia.
Producción de Camila Álvarez.
El día que Shelenchie Jeanty caminó hacia el estrado de la Corte Suprema llevaba dos cosas en las manos: la bandera de Haití y el Código Civil de Chile. Era su investidura como abogada. Tenía 24 años y trece de haber llegado a este país. Nadie en la sala lo sabía, o tal vez sí, pero ella entró igual: con el nombre que le dieron sus padres intacto y con el corazón lleno de sueños.
Cuando Shelenchie habla, hay algo en su mirada, una mezcla de calidez y filo, que hace difícil no escucharla. Ríe fácil. Pero detrás de esa risa hay una contabilidad larga: los años de estudiar hasta la madrugada, los profesores que la miraron con sorpresa cuando respondió bien, los formularios de matrícula que nadie le explicó o las crisis de pánico que nadie vio.

Creció en Haití en un hogar donde la educación no era una opción, sino más bien una convicción. Su familia entendía los estudios como la única palanca real de movilidad en un país donde las estructuras sociales pesan más que el talento. Ese principio la sostuvo incluso cuando, el 12 de enero de 2010, la tierra sacudió Puerto Príncipe durante 35 segundos y lo cambió todo. Shelenchie tenía ocho años.
Chile llegó a Haití en forma de cascos azules y ayuda humanitaria bajo la bandera de la MINUSTAH. Para muchas familias haitianas, ese país lejano del sur empezó a aparecer en las conversaciones nocturnas como un lugar posible donde empezar desde cero. Un lugar con universidades, con Estado de derecho, con algo parecido a una oportunidad. A los catorce años, Shelenchie tomó ese avión.
Lo que encontró no fue exactamente lo que le habían contado. El sistema escolar chileno la recibió con las herramientas mínimas y la mirada suspicaz reservada para quienes llegan de afuera. Aprendió español sobre la marcha, tradujo al vuelo, y siguió. Cuando terminó el colegio y decidió estudiar Derecho, el desafío se multiplicó. Según el Instituto de Estudios Avanzados en Educación de la Universidad de Chile, los estudiantes extranjeros tienen en promedio una probabilidad 7% menor de matricularse en educación superior que sus pares chilenos. Shelenchie entró de todas formas.
"Nunca escondo que no soy haitiana, o sea, ‘hello, yo soy la persona más clara y transparente posible. Soy cristiana, haitiana, y mujer’", dice. No es una declaración de principios ensayada: es una respuesta que ha dado muchas veces, en distintos tonos, frente a distintas formas de la misma pregunta. La pregunta que le pide, de maneras más o menos sutiles, que se explique.
En cuarto año de Derecho, en medio de una clase, le dijo a un profesor que no entendía algo. La respuesta fue: "ay, pero tú no entiendes el idioma o no entiendes lo que estoy diciendo". Lo dijo en tono despectivo. Shelenchie habla tres idiomas —español, francés y creole— y lo que ese profesor no entendía era que la pregunta era legítima, no un síntoma de incapacidad. Ella llama a esto racismo intelectual: la sorpresa ajena cuando alguien como ella demuestra lo que sabe.
"Sentía que llevaba una responsabilidad social como cultural, porque yo era la única haitiana en la carrera. Tenía que darle el buen ejemplo. Intentar acabar con algunos estereotipos", dice. Ser la única implica eso: cargar con la representación de un pueblo entero en cada examen, en cada intervención en clases, en cada momento en que alguien decide si confiar o no en lo que estás diciendo.

El día que aprobó el examen de título, su familia y amigos la esperaban afuera. Llevaban flores. Ella salió con un pantalón blanco de tela, una camisa negra con rayas celestes, cinturón, y la toga azul y roja de la Universidad Autónoma. Las sonrisas eran de oreja a oreja, como se dice. Ese día se cumplió un sueño. Era el cierre de trece años de una apuesta familiar hecha desde lejos, sostenida con disciplina y con la certeza de que valía la pena.
Su relato no busca conmover, explica ella. Shelenchie no quiere ser vista como un milagro ni como la excepción que confirma la regla. Quiere ser el resultado visible de algo reproducible: una inversión familiar en educación, una disciplina sostenida en el tiempo, y un sistema que, cuando funciona, debería abrirle paso a quien llegó a estudiar. "A mí me hubiese gustado tener una Shelenchie cuando estudiaba", dice. Por eso no baja el perfil. Por eso no se chileniza el nombre.



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