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Volver a los 17: mujeres que regresan al liceo


En Chile, más de cuatro millones de personas no terminaron la escuela. Las mujeres —atadas por décadas al cuidado de otros— son apenas el 44,8% de quienes regresan. Aurora, Claudia y Erika son tres de ellas: madres que cruzaron la puerta del Liceo Lastarria después de treinta, cuarenta años de espera, y descubrieron que volver no era solo terminar algo pendiente.

Son las 19:00 cuando Aurora Uribe (54) comienza a arreglar su cartera. Saca y vuelve a guardar útiles: un cuaderno, lápices, apuntes, una colación. Lo hace con la misma concentración con que años atrás le preparaba la mochila a sus tres hijos, ahora ya todos adultos. La espera la jornada nocturna en el Liceo José Victorino Lastarria, a dos estaciones de metro desde su departamento.


Aurora nació y creció en Valparaíso, en el cerro Placilla, donde apenas había alcantarillado. Desde pequeña tuvo que trabajar para sostener la casa y cuidar a su mamá. Lo que aprendió a leer y escribir se lo enseñó una amiga del barrio, en su propia casa. Nunca pisó un establecimiento educacional hasta los 15 años, cuando decidió matricularse para rendir exámenes libres y aprobar de primero a octavo básico en poco tiempo. 


Sabía que en su situación no podría optar a otro tipo de estudios y que su paso por el colegio tenía que ser breve, ya que a pesar de ver esta etapa como una obligación, no podía darse el “lujo” de una escolaridad tradicional. 


A los 16, mientras cursaba primero y segundo medio en el colegio nocturno, quedó embarazada. "Tenía que trabajar, cuidar una bebé, estudiar, y no podía hacerlo todo", recuerda. "Trabajar era lo más importante, porque tenía que generar el dinero para mí y mi hija". Sin red de apoyo, a las doce semanas de embarazo ingresó a una residencia del Estado para madres solteras adolescentes, donde permaneció hasta que su hija cumplió tres meses, el plazo máximo de asilo al que podía optar en esa institución.


Los estudios volvieron a quedar relegados. Durante años desempeñó trabajos que no exigían enseñanza media rendida: asesora del hogar, comerciante en la feria, guardia de seguridad, vendedora en Falabella, repartidora de correo.


Diecisiete años después, en pandemia, encontró una nueva oportunidad. Cursó primero y segundo medio de forma online, pero cuando llegó el momento de volver a la presencialidad, el miedo pudo más. "El formato online me acomodaba y pensé que presencial iba a ser más difícil, que no me la iba a poder", dice. "Me quedé con las ganas". Renunció al sueño otra vez.


Lo que finalmente la hizo volver fue una promesa. Fue a la licenciatura de su mejor amiga, que a los 55 años terminó cuarto medio, y algo en ella se movió. "Mi amiga me dijo que tenía que hacerlo y yo se lo prometí", cuenta. "Y bueno, pensé: me vaya como me vaya". También pesó otra cosa más difícil de ignorar: la presión de afuera. "La gente te recrimina, te califican de ignorante, de porra, pero no sabe lo que hay detrás de cada historia".


A principios de este año se matriculó en el Liceo Lastarria, jornada nocturna, para terminar tercero y cuarto medio. Tiene 54 años y, por primera vez en mucho tiempo, siente que avanza. "Cuando me entregan notas o me felicitan por algo, siento que lo estoy haciendo bien", dice. "Y sí, fue una buena decisión".


En 2014, Erika Quispe tenía 16 años cuando quedó embarazada y tuvo que dejar el colegio. No hubo demasiadas alternativas ni dramatizaciones. El embarazo alteró el ritmo de una vida que todavía estaba empezando y el colegio quedó atrás, suspendido en una etapa que recuerda con dureza más que con nostalgia. 


La enseñanza media no aparece en su memoria como un tiempo feliz. Más bien como un período complejo, marcado por la presión y el cambio abrupto hacia una vida adulta para la que nadie parecía prepararla. Erika integra el 69,5% de los adolescentes de entre 15 y 17 años que abandonan el sistema escolar por razones de embarazo, maternidad o paternidad. Al mirar la brecha de género, la cifra se vuelve más precisa: esa realidad afecta al 24,8% de las mujeres frente a apenas el 1,5% de los hombres.


Nunca sintió vergüenza por no haber terminado el colegio, pero el deseo de volver estuvo siempre presente. Estudiar no desapareció de sus planes: quedó aplazado. Mientras otras personas terminaban cuarto medio, ella aprendía a criar, a organizar la casa, a trabajar y a sobrevivir económicamente. El tiempo empezó a medirse de otra manera: en cuentas, horarios y cuidados. Volver a una sala de clases parecía un lujo incompatible con todo lo demás.

Hasta ahora.


Hoy tiene hijos pequeños, trabaja y sigue siendo la principal responsable de sostener su rutina familiar. Por eso volver al colegio no tiene nada de romántico. Requiere tiempo que no sobra y energía que muchas veces ya está consumida antes de entrar a clases: "Es súper difícil", resume. Sin embargo, volvió igual.


No es un dato menor: según la última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INE, las mujeres en Chile destinan en promedio dos horas y cinco minutos más al día que los hombres al trabajo no remunerado y de cuidados domésticos.. Erika llega a clases después de haber resuelto comidas, cuidados y obligaciones laborales. La sala no es un paréntesis de su vida adulta: es una extensión más de ella.


Hay algo definitivo en la forma en que habla de este último año. Terminar el colegio aparece menos como un sueño y más como una necesidad urgente. "Necesito terminar", dice. No habla de revancha ni de segundas oportunidades, sino más bien de cerrar algo que la vida obligó a interrumpir.


Claudia sale del trabajo cuando todavía queda algo de luz. Antes, a esa hora, ya estaba de vuelta en casa. Ahora toma otro camino: va directo al liceo. Tiene 56 años y vuelve a sentarse en una sala de clases después de casi cuatro décadas. La última vez fue en 1986.


Estaba por terminar tercero medio cuando decidió dejar el colegio. Ella misma lo llama un acto de rebeldía. Participaba en movimientos políticos contra la dictadura, y eso lo llenaba todo. "Era una época de mucho carrete, de amigos, y había ganas de querer cambiar el país", recuerda. No hubo una tragedia personal, ni maternidad, ni trabajo, ni pobreza. Había opciones para continuar, reconoce. Simplemente no siguió. 


Durante décadas, el colegio quedó suspendido en algún rincón incómodo de su vida. La vergüenza apareció de a poco, la sentía cuando alguien le preguntaba por los estudios o cuando ella miraba hacia atrás y contaba los proyectos que habían quedado pendientes. "Uno siempre tiene objetivos en la vida", dice. "Y cuando no los terminas, eso te hace sentir un poco de vergüenza".


La decisión de volver no llegó como una meta académica ni como una estrategia laboral. Llegó desde el desgaste. Claudia atravesaba un período oscuro, marcado por penas y miedos personales, y pensó que estudiar podía ser una salida. Algo que la sacara de donde no se sentía bien. Volver a clases fue, primero, una forma de salvarse.


Antes de entrar, el miedo no era a las personas sino a los contenidos. A encontrarse con conocimientos demasiado lejanos para alguien que llevaba casi cuarenta años fuera de una sala. "Por cierto, no los entiendo del todo", admite. "Pero trato de que así sea". Sus hijas celebraron la decisión apenas la tomó, durante años le habían insistido en que terminara, pero esta vez era ella quien estaba lista. "Mamá, vamos, tú puedes", le dijeron. Y tomó impulso.


En la sala convive con estudiantes mucho más jóvenes. Observa con incomodidad ciertas conductas: la falta de respeto a los profesores, el desinterés, la sensación de estar ahí obligados. Ella llegó por decisión propia. Escucha, toma apuntes, intenta recuperar hábitos perdidos. Sabe que a los 56 el tiempo no funciona igual. La memoria se fatiga, el cuerpo también. "Ya no es tan fácil guardar tanta información que hace tanto tiempo habías dejado botada", dice. Los fines de semana divide las horas entre el descanso y el estudio. A veces siente que no alcanza. Aun así, no contempla abandonar. "Ahora es con todo hasta el final".


En el liceo encontró algo que no esperaba: una versión distinta de ella misma. Más alegre, dice, más contenta, también más reflexiva. Volver la obligó a preguntarse qué habría pasado si nunca hubiera desertado. Piensa en los sueños que dejó suspendidos. Habla especialmente del lenguaje y la literatura, de que siempre quiso aprender más, de que tal vez habría querido ser escritora. Después de terminar cuarto medio quiere estudiar una carrera técnica. Y quizás, después, algo relacionado con las letras.


Cuando piensa en la Claudia joven que abandonó los estudios en los años 80, no la juzga con dureza, pero sí le hablaría claro: fue un error. Le diría que había que seguir contra todas las circunstancias. Que los sueños no debían abandonarse. Es el mismo consejo que años después les dio a sus hijas.


Ahora, cada noche, vuelve a casa cargando cuadernos, cansancio y sueño. Pero también algo que no tenía hace tiempo: la sensación de estar avanzando hacia una deuda con ella misma.

A las 20:45, el timbre interrumpe la conversación y marca el final del recreo. Tras cerrar esta primera parte de la entrevista, Aurora, Claudia y Erika caminan juntas de regreso a la sala entre risas. Se apresuran por los pasillos, el tiempo corre y la clase está por comenzar. 


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