Trenzar la identidad: una crónica sobre abrazar la propia historia
- Javiera Paz Fernández
- 23 feb
- 7 Min. de lectura

Hay cabellos que pasan años sin mostrarse tal cual son. El de la estilista Sonia Murillo permaneció oculto bajo alisados y extensiones desde la adolescencia, cuando la belleza capilar parecía tener una sola forma posible: lisa, dócil, ordenada. No fue hasta migrar a Chile que inició un lento retorno hacia su afro natural, un proceso que con el tiempo terminaría convirtiéndose en su oficio, desde el cual hoy acompaña a otras mujeres que han vivido experiencias similares.
“La posición liminal que ocupa el pelo es fundamental para su significado. Crece en la frontera entre la persona y el mundo”. — Siri Hustvedt
La primera vez que se mostró con su pelo al natural tras más de quince años de ocultamiento, Sonia Murillo sintió que caminaba desnuda. Como si la mirada de cada transeúnte se posara en el volumen de su textura espiral, abundante y desperdigada. Era un día de verano de 2019 en la Plaza de Armas. Desde hacía tiempo, Sonia arrastraba el cansancio de sostener una imagen que ya no sentía propia. Las extensiones capilares que había usado de manera ininterrumpida desde los 18 años le habían servido para ocultar el afro heredado de sus padres, nacidos en el Chocó, región del Pacífico colombiano donde la mayoría de la población es afrodescendiente.
Ese día, su novio de entonces, Jose, con quien compartía un departamento en Estación Central y conocía su historia capilar, la animó a salir a comer sin extensiones. Sonia se miró al espejo y detuvo la mirada en su pelo natural, sin intervenirlo. Junto a su pareja salieron del departamento, tomaron el auto y se dirigieron al centro de Santiago. Estacionaron cerca de la Plaza de Armas para ir por unos completos al Portal Fernández Concha. Al bajarse del auto, Sonia no pensó que llevar su cabello suelto terminaría por cristalizar una decisión que hoy la llena de libertad: dejar de cargar con el esfuerzo cotidiano de esconder su pelo y asumirlo como una parte central de su vida.
Pero una cosa era dejarlo natural y otra, dejarlo crecer. Su textura, saturada por años de químicos alisantes, necesitaba recuperarse para volver a su forma real. Por eso comenzó a peinarse con las trenzas africanas que había aprendido desde niña, pegadas a la raíz. Cuando su pelo empezó a tomar largo, en sus grandes ojos castaños apareció una sonrisa. Eso se ve en una de las muchas selfies con las que registra su proceso capilar: imágenes que muestra a otras mujeres en su salón, donde realiza trenzados africanos, para recordarles que la autoaceptación del pelo afro es un camino posible.
Si se quisiera, los tres mechones que componen una trenza podrían simbolizar tres etapas entrelazadas de la vida de Sonia: su infancia hasta los quince años, cuando llevaba su cabello natural y trenzado; el largo periodo de alisados y extensiones que ocultaron su textura afro; y, finalmente, el regreso a su pelo natural, ya instalada en Chile. De sus 37 años, al menos veinticinco los ha pasado trenzando.
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Es mayo de 2025. Han pasado seis años desde su transición capilar. Sonia luce unos faux locs , rastas falsas, que le llegan hasta la cintura, peinados por ella misma sobre su afro, y que realzan aún más su estatura, de un metro setenta y cinco. Pasa la tarde en su pequeño salón de Ñuñoa: un taburete frente a un espejo de cuerpo completo, repisas con mechones colgantes, peines, cremas y herramientas de trenzado. Viste jeans y una camisa negra de ecocuero oversize. Sus manos se mueven con la fluidez que los rayos del sol al desvanecerse sobre la ciudad.
Frente a ella está Isabel, su amiga venezolana de 54 años, con la cabeza inclinada mientras Sonia le desenreda el cabello para comenzar el peinado crochet, un tipo de trenza africana que consiste en entrelazar mechones sintéticos sobre trenzas base pegadas a la raíz. En unas tres horas, Isabel saldrá con unas ondas voluminosas que ocultan el trenzado subyacente.
Entre risas, propias de dos amigas que se conocieron hace años en una peluquería en Recoleta y que siguen compartiendo confidencias, Sonia avanza con las trenzas base. Cada mechón que incorpora exige precisión, ritmo, paciencia. Los dedos vuelan, mientras su rostro permanece en calma.

—A Isabel no le gusta su cabello afro —dice Sonia sin dejar de trenzar. —No, mi amor. No me gusta. Siempre llevo el pelo liso —responde Isabel—. Y las trenzas crochet son comodidad: no tengo que secar el pelo ni arreglarlo. —Es algo psicológico —insiste Sonia—. Nos enseñaron que era feo. Así crecimos.
Isabel observa a su amiga con una pequeña mueca después de sonreír, como si le fuera sin cuidado lo que acaba de decir. Lleva años recurriendo al alisado brasil cacau para mantener su cabello liso; si no, opta por las trenzas que Sonia le hace con minuciosidad. Cada vez que se juntan, Sonia intenta convencerla de que su pelo, tal como es, no tiene ningún problema.
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Cuando era niña, Sonia solía jugar en el suelo del living en su casa de barrio Manuela Beltrán, en Cali. De pronto sentía los dedos suaves de su abuela María posarse sobre su raíz y comenzar a trenzar. Una trenza. Otra y otra más, siempre pegadas al cuero cabelludo, siguiendo líneas perfectas. Observándola, Sonia aprendió el gesto y lo heredó: más adelante trenzaría a su abuela y también a sus muñecas.
A los doce años ya trenzaba con habilidad. Peinaba a su hermana, a sus primas y a sí misma. Pero a los dieciocho, la hegemonía del cabello liso, alimentada por la industria cosmética y por el peso de la blanquitud como norma, terminó imponiéndose. Aún recuerda las frases que sus compañeros de colegio usaban para burlarse de ella y otras chicas de origen afro: “peli dura”, “pelo de estropajo”.
En su barrio, en los noventa, era común ver a mujeres negras de distintas edades con el cabello alisado, incluida su mamá. Muchas usaban un ungüento casero de soda cáustica con aguacate que borraba la textura espiral. Entre los quince y dieciséis años, Sonia decidió probarlo. Encerrada en el baño de su casa, lo aplicó con cuidado para evitar quemarse el cuero. La forma redonda de su afro desapareció: amaneció con una melena lisa y recta, y con varias llagas en su casco, debido al contacto inevitable con el producto.
Vinieron más alisados, luego la crema alisadora americana, que prometía mejores resultados. Después, el boom de las extensiones: mechones de cabello liso para cubrir el pelo natural y cumplir la expectativa social del pelo largo y “manejado”, que se extendió por todo Colombia. Con su prima viajaba a Puerto Tejada, una localidad cerca de su barrio caleño, para comprarlas, ahorrando peso a peso. Sonia se graduó del colegio con extensiones. Las mismas que usó cuando nació su hijo, cuando estudió técnico auxiliar contable, carrera que abandonó por falta de dinero, y mientras trabajaba en una fábrica de vitrinas, antes de decidir dejar su país.
A los 29 años, Sonia emigró a Chile con sus extensiones onduladas, en busca de nuevas oportunidades. Trabajó en una panadería, luego en ventas y más tarde en salones de belleza en Recoleta. El verano de 2019, pocos días después de animarse a salir a la calle sin peinar su cabello y dejar atrás las extensiones, comenzó a ver tutoriales de influencers afrodescendientes de España y Estados Unidos que hablaban de la transición capilar. Algunas se hacían el gran corte; otras se trenzaban para dejar crecer el cabello natural más rápido. Sonia probó ambas cosas y aprendió sobre productos aptos para su textura.
La pandemia la llevó a reinventarse. Volvió a trenzarse después de más de diez años y descubrió que ese conocimiento heredado podía convertirse en sustento. Comenzó en las playas de Pichidangui, ofreciendo trenzas africanas a veraneantes. En Santiago atendía a domicilio, tanto a chilenas como a migrantes. Trenzar se transformó en el oficio con el que hoy sostiene su vida y la de su hijo, quien ya cumplió 18 años.
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Trenza viene de trenzar, del latín trinitiare (de trinitas, “trinidad”), aludiendo al entrelazado de tres partes, que puede ser de cabello, fibras o cuero, entre otras.
Históricamente, las trenzas han sido mucho más que un peinado: un gesto cargado de significados sociales, espirituales y estéticos. En el caso de las trenzas afro, su origen se remonta a miles de años atrás en diversas regiones del continente africano.
La académica irlandesa Emma Dabiri, quien ha contado que dejó de alisarse el pelo al no poder seguir conciliándolo con su militancia política como mujer negra, explica en sus investigaciones que, durante siglos, las trenzas pegadas han sido un acto cotidiano dentro de la cultura africana. Diversos estilos de trenzado han aludido al estatus social, la profesión, el estado civil y otras formas de identidad de quien los lleva.
Incluso durante la esclavitud en América, muchas mujeres africanas se hacían trenzas que, según relatos y tradiciones orales, funcionaban como puntos de encuentro o mapas para trazar rutas de escape en las plantaciones. En el acto de trenzar, expresa Emma Dabiri en su libro No me toques el pelo: origen e historia del cabello afro, se acumulan siglos de significado que se transmiten de generación en generación.
Hoy, en su sexto año de transición, Sonia alterna entre llevar su afro suelto o distintos peinados trenzados. En su salón recibe sobre todo a mujeres: jóvenes afrodescendientes que buscan reconciliarse con su textura natural, mujeres que aceptan su cabello tal como es y quieren probar diferentes trenzas, y otras que desean experimentar con su pelo, aunque no pertenezcan necesariamente a la cultura negra. Para Sonia, cada trenza es igual de importante; y sea o no parte de la tradición afro quien la porta, dice que mientras se lleve con respeto y consciencia, está bien.
Cuando parte la semana y avanzan los días, las manos le duelen. Debe hacer movimientos especiales antes de dormir para aliviar la tensión acumulada. Un viernes de mayo, ya casi de noche, Sonia cierra su jornada trenzando a su clienta más pequeña: una niña de seis años que llegó con su padre antes de salir de vacaciones. Quiere llevar trencitas pegadas en su melena lisa color avellana. Sonia termina el peinado y coloca pequeños clips dorados en las puntas, como un cierre decorativo. La niña, ensimismada en el celular de su papá, no se mueve. Cuando Sonia acaba, la pequeña se mira al espejo, fija la vista en los ojos de Sonia y le sonríe.
Con la jornada finalizada, Sonia se despide de su pequeña clienta, que sale del local, y se sienta en el taburete frente al espejo. Mueve sus muñecas y sus dedos de un lado a otro.
“Siempre me pasa lo mismo”, afirma. “Termino de trabajar y no quiero saber nada más de pelo. Pero al día siguiente, me emociona saber que voy a volver a trenzar”.



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