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Venezuela y un futuro entre paréntesis


Desde una estación de gasolina en la Isla de Margarita que funciona como una cancha de fútbol, hasta un barrio de Caracas bajo las explosiones, y un patio en Chile en el que una pequeña exiliada juega lejos de la tierra de sus ancestros, este texto enlaza escenas mínimas para contar lo que no entra en la geopolítica del 2026: cómo se vive, se cuida y se resiste cuando Venezuela vuelve a arder y millones miran desde dentro y fuera del país.


Bajo el sol radiante de la Isla de Margarita, niños y jóvenes juegan fútbol en una estación de gasolina vacía de PDVSA. La cancha es el asfalto; los arcos, un par de piedritas improvisadas. Puedo imaginar el calor que se levanta del pavimento bajo sus zapatillas, el golpeteo del balón, las risas y los gritos mezclados con la brisa y el oleaje lejano del imponente mar Caribe.

En una de las pocas estaciones que vende gasolina subsidiada  se da esta escena de los “juegos del futuro” capturada por el fotógrafo Edgar Martínez. Estaciones donde durante años se han formado filas kilométricas para cubrir una necesidad básica en un país que, como se repite hasta el cansancio, posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo.


En Chile, el sol también quema en pleno verano y mi hija de 10 años también juega fútbol en un pequeño patio, en el hogar que hemos construido a más de cuatro mil kilómetros del mar Caribe. Sus límites son una cerca cubierta por una parra y dos limoneros, además del tiempo suspendido que pesa sobre quienes han (hemos) migrado.


Dos juegos y un futuro para Venezuela. Ambos, apenas, ocurren unos días después de la extracción militar de Nicolás Maduro. Un país que se rompe y expande por el mundo, que desplaza a sus hijos e hijas y que los ve jugar en la esperanza. 

Fuera del encuadre de la foto y de mi historia, queda el mapa reciente de la violencia dispersa en la geografía y en la memoria de la gente en  Caracas y el litoral central; comunidades  afectadas, más de 463 viviendas, las muertes de 47 personas venezolanas y 32 efectivos cubanos que protegían a Maduro, y las familias que ya no duermen donde dormían o que duermen con temor.

Quienes permanecen en Venezuela intentan comprender lo ocurrido, enfrentan  incógnitas, el miedo y, a la vez, la posibilidad de que no haya cambio alguno, y que sus vidas continúen  ancladas al régimen chavista.


Los que estamos afuera del país solo podemos esperar el momento para volver, porque no todos pueden hacerlo. Primero no hay Estado de Derecho, es decir, cualquier vida corre peligro indistintamente de su posición política.


Es cierto que muchos salieron a celebrar en diferentes ciudades del mundo, como en el propio Santiago de Chile que habito, porque intentan creer la posibilidad de regresar a casa y, por qué no, por el alivio que puede traer la salida de un dictador, así haya sido por las malas.

 

No creo que hayan hecho cálculos geopolíticos; solo siguieron la esperanza humana  instintiva, de reencontrarse con sus seres amados, con todo lo que dejaron atrás y la posibilidad de recobrar (ojalá) lo perdido.


Algunos lo atribuyen a la ingenuidad y advierten sobre el precio que habrá que pagar: petróleo entregado al imperialismo. Sin embargo, la realidad venezolana desmiente esa alarma desde hace años, los beneficios del crudo no se traducen en bienestar ni en derechos, para  buena parte de la población el petróleo es una abstracción, llevan décadas sin acceso regular a gas licuado.



Todos opinan y tienen derecho a opinar sobre Venezuela, porque los bombardeos en “Nuestra América”, como decía José Martí, y sus consecuencias afectan no solo al derecho internacional, sino a millones de vidas y la dignidad de los pueblos. Y no está demás decir que ningún país debería recibir violencia alguna, ni extranjera, ni de sus gobernantes. 


Por eso,  las personas venezolanos también pueden (podemos) contar lo que hemos vivido y aspirar a que, pese al estruendo del bombardeo, la saturación de información, desinformación, las ideologías y creencias convulsas, los comentarios de los expertos en petróleo e Historia Contemporánea de Venezuela y la avalancha de videos y mensajes en las redes sociales, sus (nuestros) testimonios sean también escuchados.

En Partir es andar (2023), de Eleonora Requena aparece un poema que a través de sus versos, da cuenta de lo que sucede a quienes se encuentran (nos encontramos)  fuera del país y narran quiénes son (somos) y por qué debieron abandonar sus hogares:


Te sacan, te sales, te vas


 y lo que digas sobre eso será incómodo, torpe, inadecuado;


 tampoco tendrás lugar en ningún lado,


 eres como un jarrón chino del dolor.


Esa fue la razón por la que conversé con Fernanda, profesora universitaria, caraqueña, que se encontraba a pocos kilómetros de los bombardeos, para conocer su experiencia. 


“Te quiero contar lo que pasó”


Fernanda vive en el Barrio Observatorio de Caracas, de la popular parroquia 23 de Enero, con ella conversé hace un año para una crónica sobre el ascenso de Maduro al poder tras unas elecciones amañadas. En ese entonces me dijo que había dejado de usar las redes sociales por miedo. Hoy, ese miedo persiste y Caracas sigue rodeada por colectivos armados, “lo único que ha cambiado es que Maduro ya no está en el poder”.

Después de los ataques militares “la gente está detenida, callada, sumida en un estupor que se siente en las calles, en el centro, en cada esquina. Hay un shock colectivo que no se disipa. Uno quiere quiere expresar lo que piensa y siente, pero no puede. Yo quisiera decir en voz alta todo lo que estoy pensando, todo en lo que creo y por lo que apuesto, pero no puedo. Y eso, de verdad, es profundamente preocupante”.

“Vivo justo detrás del cerro donde está Miraflores, a poco más de un kilómetro del Museo Histórico Militar. Desde mi ventana lo veo todo: El Paraíso, Montalbán, la Cota 905; hacia el sur, Valle-Coche, el cementerio. Tengo la visual completa del sur de Caracas.”

Sus palabras me llegan en notas de voz, habla con cautela, pero sin miedo, no está demás repetir que su vida corre peligro, cualquier efectivo militar, policial o miembro de un colectivo podría tomar su teléfono si no borra los mensajes y si algún vecino escucha lo que dice, la podrían apresar o desaparecer. 

Esto ya ha ocurrido antes, desde la operación Tun Tun y otras redadas hasta el caso de la médica Marggie Xiomara Orozco Tapias, condenada en 2025 a 30 años de prisión por enviar un audio a un grupo vecinal donde criticaba al gobierno. Una pena desproporcionada que luego fue revertida con su excarcelación, pero que dejó una advertencia clara para la población: que nadie se atreva.


Fernanda quiere que su testimonio se cuente. Le duele leer en redes sociales que se acuse a quienes están en el exilio de avalar a Trump o de ser imperialistas, cuando, insiste, la realidad está muy lejos de eso. Se vive en una dictadura desde hace años y la gente está desesperada. “Con la salida de Maduro, Venezuela volvió al foco del mundo, pero otra vez se habla solo de petróleo. No somos solo petróleo, somos personas. Yo quiero que se hable de nuestras vidas, durante años todos miraron a un lado mientras acá se mataba, pasábamos hambre, nos  torturaban y apresaban a quienes salían a protestar”.

En el marco del decreto se han reportado detenciones por supuestamente celebrar la captura de Maduro, incluido el arresto de dos hombres mayores en el estado Mérida acusados de gritar consignas contra el chavismo. 

Diciembre llegó marcado por la búsqueda de dinero para mantener vivas las tradiciones familiares. Antes, con el aguinaldo se compraban regalos, los ingredientes para las hallacas, el pan de jamón y todo lo necesario para la mesa navideña. En los últimos años las múltiples crisis han reducido esas posibilidades, aun así la gente encuentra la manera de mantener viva las tradiciones. “No hubo hallacas. Mi mamá preparó pollo horneado. Compramos unas cervecitas y compartimos”.

“El primero de enero fue tranquilo. El dos de enero, que cayó viernes, trabajé en la computadora. La ciudad estaba despertando del fin de año, la gente medio cansada, con la resaca encima. Enero siempre cuesta. Ese viernes, no sé por qué, empecé a rezar. Recé el rosario sola en mi cuarto, para renovar la fe, por mi familia, mis amistades, por el país. Me acosté como a las once”.


Y entonces llegó la explosión. “La cama se movió y al asomarme por la ventana  había un fogonazo enorme hacia el Valle y veo otro, y otro, y yo me dije esto no son cohetones, esto es una vaina”. Bajó corriendo y despertó a sus padres: “Papá, están bombardeando, nos están atacando”.

Cuenta que el sonido de los aviones la hacían  sentir como en los videos que se conocen sobre Gaza, aunque había luna llena no se podían ver. Solo se escuchaban pasar rasantes, lo único claro en el horizonte caraqueño era el fuego y el humo. 

“Mis padres al principio pensaban que eran cohetes, hasta que miraron por la ventana. Todo se iluminó. Empezaron a llamar a la familia. Veíamos las explosiones clarísimas. Yo monté café para calmarnos. Los vecinos salieron al callejón, algunos decían que no era un bombardeo. Pero los aviones y el sonido ultrasónico, era evidente. Era una cosa de película”.

Narra que subió a la terraza de la casa: “los helicópteros sonaban cerca, el fuego de los bombardeos iluminaban la ciudad y luego, un silencio total, como un cementerio”.

Por la mañana comenzaron los rumores: “Maduro ya lo habían capturado, pero en mi barrio nadie sabía nada”. A las nueve de la mañana ya se decía que lo trasladaban a Puerto Rico y luego a Nueva York. Ella considera que el pueblo es sabio porque aprendió a resguardarse, a cuidarse, sobre todo luego de las elecciones presidenciales del 2024.

A pocas horas del incendio, con los escombros aún sin recoger y los daños en las comunidades sin ser evaluados, no había pronunciamiento oficial. Frente a esta ausencia de una declaración de Nicolás Maduro, el chavismo calificó su falta como “temporal”. Ese mismo día, el Tribunal Supremo de Justicia encuadró la situación en el artículo 234 de la Constitución, que regula las faltas temporales del presidente, evitando así aplicar el artículo 233, que obliga a convocar elecciones presidenciales en un plazo de 30 días.

De este modo, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada por un período de hasta 90 días, prorrogable por otros 90, quedando en manos de la Asamblea Nacional la eventual declaración de una falta absoluta, desde entonces, está a cargo del gobierno y actúa, según ha dicho el propio Donald Trump, conforme a sus órdenes. Todo parece seguir igual dentro del sistema Estado-gobierno-partido (PSUV).



Del antiimperialista a una gestión petrolera privada


Los hermanos Rodríguez, Delcy al frente del Poder Ejecutivo y Jorge desde el Legislativo, instancia en la que incluso juramentó a su propia hermana, encabezan esta nueva etapa del chavismo. Bajo su conducción, el tablero energético venezolano se ha reconfigurado de manera significativa, Estados Unidos emerge como comprador principal y “protector” casi exclusivo del crudo venezolano, lo que introduce tensiones con China y Rusia, históricos aliados comerciales del proyecto chavista.


Este giro altera el modelo de gestión petrolera vigente desde 1976, con la reciente reforma de la Ley de Hidrocarburos, por primera vez en medio siglo se habilita de forma explícita la participación de empresas privadas en la explotación, producción y comercialización de petróleo. 

En estos días persiste, con razón, el discurso contra el “imperialismo yanqui” en numerosas marchas alrededor del mundo, muchas de ellas sin voces venezolanas al frente. Los motivos históricos sobran, basta recordar Hiroshima y Nagasaki, la guerra contra Vietnam o la maquinaria represiva del Plan Cóndor para comprender por qué ese relato continúa operando como un marco legítimo de denuncia y solidaridad entre los pueblos.

Hasta el propio Hugo Chávez convirtió esa idea en consigna fundacional del proyecto bolivariano-psuvista y durante años la utilizó como eje para tejer alianzas políticas y simbólicas en la región. Pero hoy ese discurso no es más que un vestigio retórico, el chavismo ha convertido la conservación del poder en su objetivo central, incluso a costa de la coherencia ideológica y de su propio origen de izquierda. La negociación con Donald Trump, por medio de petróleo y otros recursos a cambio de permanencia y, por qué no decirlo, de una eventual amnistía para la cúpula gobernante, expone con nitidez ese giro dramático de dejarse mandar por los gringos en lugar de llamar a unas elecciones libres y permitir la alternancia del poder en Venezuela.


Continuar la vida después del fuego


Luego de las explosiones, entre los escombros, el dolor y el silencio, la vida continúa, los mercados abren, algunos con precios cada vez más altos, casi imposibles de pagar, pero abren. 


Los estudiantes han vuelto a clases y los vecinos se buscan y se cuidan e iniciaron colectas en plataformas como GoFundMe para ayudar a quienes perdieron sus viviendas o fueron gravemente afectadas porque, como reza  un dicho popular, “pa’ atrás ni para coger impulso”. ¿Qué más se puede hacer sin democracia y sin derechos fundamentales? Desde hace años las personas venezolanas están solas en su lucha diaria.


Se sigue adelante para mantenerse y cubrir lo necesario. Todo se guarda muy adentro, hasta las lágrimas, para seguir “cuerdos” se finge “normalidad” y se sostienen los vínculos que aún resisten, incluso a la distancia. Casi ocho millones de personas han (hemos) dejado Venezuela, y para no perder del todo a los seres amados (hijos, hijas, nietos) muchos se aferran a videollamadas y mensajes, con la esperanza de reencontrarse y recuperar, de algún modo, el tiempo suspendido.


O como explica con sabiduría el escritor venezolano Héctor Torres, quien mira al país desde otro lugar “casi no nota lo complicado que es todo. La gente procura minimizar la dificultad para creer que está viviendo la vida casi como en cualquier parte. Y, claro, para no angustiar a los familiares que están afuera”.


Entre tanto, Trump negocia con Delcy Rodríguez, a quien considera fantástica y desde Venezuela me llegan audios breves, las voces dicen solo lo indispensable, en los chats familiares nadie comenta sobre política porque hay un Estado de Conmoción que permite a autoridades a buscar y detener a personas que celebren o apoyen el ataque extranjero, que permite, además, limitar derechos como la libertad de reunión, manifestación y tránsito. 


Vigilia, muerte de madres y la promesa de Amnistía de Delcy


Hace casi un año, en medio de denuncias de detenciones arbitrarias y tortura, en El Helicoide, la mayor cárcel política del país, Juan Carlos Monedero hablaba de Derechos Humanos y filosofía para polícias. 


Luego de la extracción de Maduro, el presidente de la Asamblea Nacional Jorge Rodríguez y jefe del equipo negociador del régimen rompió con años de negación oficial al anunciar la liberación de “un número importante” de presos políticos, que años atrás dijeron que no existían.


Lo cierto es que el miedo a ser apresado persiste, sirve como ejemplo el caso de Edison José Torres Fernández, un oficial de policía de 52 años, arrestado en diciembre de 2025 por “compartir mensajes críticos” que murió bajo custodia del Estado el 10 de enero de este año.



La desesperación de las familias de las y los presos políticos ha alcanzado niveles críticos, numerosas madres han permanecido casi un mes a las afueras de distintos centros penitenciarios. Esta situación se ha visto agravada por la ausencia de registros oficiales completos, ya que muchas personas detenidas no figuraban (o aún no figuran) en las listas conocidas y solo han sido incorporadas a partir de nuevas denuncias realizadas ante organizaciones de derechos humanos.


Por esta terrible espera, tres madres fallecieron: Carmen Dávila, de casi 90 años, murió hospitalizada sin saber que su hijo, el médico Jorge Yéspica Dávila, había sido liberado dos días antes; Yarelis Salas, de 39 años, falleció tras sufrir un infarto luego de participar en una vigilia frente a la cárcel de Tocorón por la libertad de su hijo Kevin Orozco; y Omaira Navas, madre del periodista Ramón Centeno, que murió a causa de un accidente cerebrovascular, después de años de gestiones y denuncias públicas para conocer la situación de su hijo.


De acuerdo con el balance publicado por Foro Penal, permanecen detenidas 687 personas:182 militares, 87 mujeres, 1 Adolescente, lo que da cuenta de la persistencia y gravedad del fenómeno represivo, así como de su impacto diferenciado sobre distintos sectores de la población.


Las cifras oficiales sobre las liberaciones presentan inconsistencias significativas, según diversos voceros, entre ellos, el segundo del chavismo, Diosdado Cabello, quien incluso ha calificado a los detenidos arbitrariamente como “causantes de daños”, ha anunciado números dispares de personas excarceladas, más de 400. En contraste, los registros independientes del Foro Penal indican que, de más de 800 detenciones arbitrarias documentadas, sólo alrededor de 344 personas han sido excarceladas (hasta el 1ero de febrero de 2026).


Además, las excarcelaciones no significan libertad plena, la mayoría de las personas permanecen bajo medidas restrictivas, como limitaciones para declarar públicamente, obligaciones de comparecencia judicial y prohibiciones de salida del país. 


Solo en algunos casos, principalmente de personas extranjeras que ya se encuentran fuera del territorio nacional y a través de sus testimonios ha sido posible conocer, torturas, malos tratos y vejaciones como el caso del ciudadano francés Camilo Castro, de origen chileno, cuyo padre huyó de la dictadura de Pinochet, quien dijo haber vivido durante cinco meses en una celda compartida, rodeado de aguas residuales cuyo olor “resultaba insoportable” al punto de impedirles comer o dormir.


Decenas de carpas se alinean desde hace semanas a las afueras del centro de reclusión de la Zona 7, en ese espacio improvisado, familias de presos y presas políticas esperan noticias sobre sus seres queridos, se pasan botellas de agua, comentan rumores y revisan una y otra vez el teléfono.


Entre ellas está María Piña, madre de Gabriel Ángel Sánchez Piña, un joven de 19 años, diagnosticado dentro del espectro autista, que fue detenido de forma arbitraria el 30 de noviembre de 2025 junto a su hermano Levy. Durante meses, a la familia se le negó información sobre su paradero; incluso, sus nombres fueron cambiados en las listas oficiales, hace apenas unos días pudo confirmar que se encontraban allí y que Gabriel apenas pesa 40 kilos y su estado de salud es delicado.


Mientras esa vigilia se sostiene frente al centro de reclusión, a kilómetros de distancia, Delcy Rodríguez anunciaba que solicitará a la Asamblea Nacional la aprobación de una Ley de Amnistía General destinada a la liberación de centenares de personas detenidas por razones políticas.


La iniciativa abarcaría todo “el ciclo de conflictividad política iniciado en 1999” al hacerlo, Rodríguez exhorta a las personas excarceladas a que “no se imponga la revancha, la venganza y el odio”, un gesto que evoca una escena poco conocida de la historia venezolana, cuando el 7 de abril de 1933, tras cinco años de prisión, traslados y tortura, la madre del poeta Andrés Eloy Blanco, Dolores Meaño de Blanco, recibió en Valera un telegrama del dictador Juan Vicente Gómez: “Hoy he resuelto dar mi autorización para que su hijo Andrés Eloy pueda pasar a Caracas, porque creo que ya estará convencido, y que no la hará sufrir más”, así como aquel mensaje, las palabras de Delcy condensan el cinismo del poder que concede “libertad” a cambio de silencio.


“Han sido 26 años de persecución, terror, tortura. La gente sí celebró con ganas cuando ganamos las elecciones en octubre. Esa felicidad fue real. Pero el 3 de enero fue distinto. Amaneció soleado, bellísimo y el Ávila estaba cubierto de humo y pólvora. Sabíamos que se lo habían llevado, que el trabajo estaba hecho, pero ni eso nos alivia. La enfermedad sigue. Es un cáncer profundo. Sabemos que esto apenas comienza”.


El chavismo se mantiene atornillado mediante la represión, utiliza el miedo para someter al pueblo: “Hay tanta gente, hay tantas armas en la calle. Creo que al final va a ser un conflicto de muy largo aliento. Pero no pierdo la fe. Creo que está cerca la democracia, está cerca la libertad, pero aún seguimos en dictadura, aún seguimos en un totalitarismo caribeño que nos atormenta”.


Fernanda se despide, en los próximos días deberá retomar su trabajo como profesora. Respiro hondo y pienso que allá también está mi familia, toda nuestra gente, la que sufre, la que sueña, la que ama y a la que seguimos amando.


Llegan noticias sobre el posible final del Helicoide, o al menos esa es la promesa,  mientras el mundo discute la influencia de Donald Trump en América y en el tablero global, en Venezuela no hay señales claras de una transición democrática. Lo que persiste es la espera, el desgaste y la necesidad de seguir viviendo en medio de una incertidumbre que ya se ha vuelto cotidiana.

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