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Mauricio Soto, fotógrafo: "Mi cuerpo quiere descansar, mi mente pide crear”

Actualizado: hace 17 horas


A seis años de los primeros síntomas de Parkinson, Mauricio Soto, fotógrafo chileno, lanza su segundo libro llamado POLVO. Se trata de una recopilación de archivos familiares y fotografía autoral. Una historia que nace en el amor, pasa por el desierto, y acaba en problemas del ahora: un cuerpo que se vuelve impredecible.


El jueves 28 de mayo Mauricio Soto (43) estaba rodeado de familiares y amigos. Todos se reunían en el comedor de una casona en calle Triana, Santiago de Chile. Del techo colgaban plantas tropicales y helechos, mientras diversas siluetas desfilaban hacia el fotógrafo para abrazarlo, darle la mano y aplaudir su nuevo trabajo. Caían lágrimas. “Me sentía como un libro abierto”, confesará Mauricio cuando recuerde aquella noche: el lanzamiento de POLVO, su segundo fotolibro, el final de un viaje que partió en 2023, con una mano vibrante, desobediente, inexplicable.


—¿Te parece si hablamos en el hall? dice Soto hoy, mientras atraviesa las puerta de un ascensor. Han transcurrido siete días desde el lanzamiento. Caerán respuestas breves, afiladas, distintas a esa noche.


Mauricio trae consigo una caja plástica. Dentro, están todos los cuadernos en que esquematizó su libro: hojas arrugadas, de muchos colores, llenas de garabatos y recortes. Todas descansan sobre una mesa, en un salón pálido y frío. Mauricio se sienta frente a sus borradores. Mira a través de un ventanal que da al patio. Abre el primer cuaderno y apunta a una de las primeras hojas. “Lo divino, el punto medio, lo cotidiano”, se lee. Eran los temas a tratar en la primera versión del libro. Mucho en la búsqueda cambió. El Parkinson se volvió más agresivo.



—Mauricio, ¿recuerdas la primera vez que tomaste una cámara?


— Sí, eso fue hace unos 15 años. Caminaba con una polola en Bandera. Pasé a un local turco y la compré. Era una cámara como plástica. Era análoga.


—¿Cómo nace POLVO?, ¿siempre se pensó como un libro de fotografías?


—Las fotos las tenías de antes, algunas son muy antiguas. Y el Felipe, de editorial Letargo, me ofreció postular a un Fondart.


—¿Por qué el libro se llama así? 


Estaba escuchando una canción de Tiro de Gracia. Decía algo como: “Polvo, polvo, ceniza, ceniza”. Y bueno, la palabra amarraba muchas cosas que me estaban pasando. Por parte mía, el proyecto ya estaba andando, aunque no me había juntado con Letargo todavía. También me atraía lo de Génesis de la Biblia. “Del polvo venimos, polvo seremos”, o algo así.


Esos primeros dibujos


Describir la génesis de Mauricio Soto implica imaginar una ciudad cubierta de polvo: Iquique, en el norte de Chile. El fotógrafo creció en el sector de Playa Brava, al sur de la ciudad. La casa tenía una piscina y cuatro dormitorios. Uno era para sus padres; otro, para la única hija mujer. Mauricio compartía habitación con sus dos hermanos, las camas estaban pegadas una al lado de la otra y había que subirse desde los pies. La pieza restante quedaba reservada para las visitas. En algunos años la división cambiaría. Un dormitorio tendría sus muros llenos de grafitis.


Lo que más recuerda Soto de sus años en Iquique es el azul. Fue el color de su pieza cuando entrados los años noventa reasignaron los dormitorios. También estaba en el cielo y en el mar. El paisaje siempre fue inspirador, sobre todo en los primeros dibujos. La fascinación venía del contraste: una ciudad café llena de casas coloridas, vibrantes, vivas.


—¿Cómo te recuerdas a ti mismo en esos años?


—Siempre me costó comunicarme con las palabras. Soy una persona muy introvertida, eso me gatilló empezar en lo del dibujo. Iquique fue una influencia. Hay colores muy fuertes que vienen a mi memoria. Esas combinaciones siempre las llevé primero a mis dibujos. 


—¿Serías un artista distinto si no hubieras nacido en el norte?


—Sí, quizás qué estaría siendo, no sé. Es muy del norte mi todo, mi forma de ser, mi forma de hablar, mi forma de comunicarme, mis referentes. El norte es infinito.


—Entonces, ¿prefieres la fotografía de paisajes por sobre la urbana?


Hoy prefiero el paisaje. Pero, de hecho, partí con fotografía análoga callejera.


—¿A qué se debe el cambio?


—Varios factores, uno es la madurez fotográfica y el querer abarcar más temas. También está el Parkinson. Yo no puedo andar caminando rápido con una cámara. Necesito sentarme, instalar unos flashes, armar mis escenarios. Al final, el hambre de querer conocer más fotografía se juntó con la enfermedad. Todo coincidió para que yo empezara con una fotografía más tranquila.


Enfocar el temblor



Para Mauricio, el primer síntoma del Parkinson llegó hace seis años, en medio de un viaje familiar con su madre a Argentina. Habían ido a visitar a uno de los hermanos que se hizo jesuita. Escribía a mano una carta de cumpleaños cuando los trazos finos se volvieron toscos y las curvas se volvieron picos. El lápiz se hacía pesado. Soto sabía que algo no estaba bien.


En esa ocasión los temblores cesaron. Tardarían un par de semanas en volver. Así empezaron las visitas al doctor. El diagnóstico inicial fue la enfermedad de Wilson, un trastorno genético en que el cuerpo no puede eliminar correctamente el cobre. Los fragmentos se van acumulando en el cerebro. Soto tuvo que realizar una dieta especial, dejó el chocolate y los frutos secos, pero en dos años, los síntomas empeoraron, entonces llegó el segundo diagnóstico: una consulta, Mauricio y sus padres atentos a los resultados del examen. “Es Parkinson”, decía el doctor. No hubo mayor explicación.


— Cuando supiste, ¿creías que la enfermedad ponía en riesgo tu trabajo? 


—No, es que al principio no me costaba, no cojeaba, caminaba por el día. Funcionaba medianamente normal. Pero no, nunca estuvo en riesgo la fotografía, me tendría que estar muriendo para no sacar fotos. Las he ido mutando, pero no las suelto. Hoy es paisaje, con el tiempo pueden ser fotos de mi casa si ya no puedo salir.


—¿Qué ha cambiado desde el diagnóstico?


—Antes podía estar doce horas trabajando en fotografía. Ahora, con una estoy. Imagínate que de un día para otro, no puedes hacer lo que más quieres en el mundo. Eso es. Entonces cuando hay horas en que estas bien, vas con todo.


— Pero, ¿todos los días son iguales, o hay días en que se agrava?


En el Parkinson se conecta todo, si estás muy triste, estresado, o muy feliz.


—¿Cómo es un mal día? 


Es como ponerte un traje cargado con 100 kilos de arena. Y es brígido, porque, por más que lo piensas, por más que lo intentas, no te puedes mover. 


—¿Te afectó en algo que el primer diagnóstico fuera errado? 


Es que el Parkinson no es tan fácil de detectar. Las pruebas no son siempre exactas. Yo tengo como, no sé, la esperanza de que algún día quizás me digan: “No, tú tienes esta otra enfermedad de nombre raro, tomate este tratamiento y te mejoras”.


Polvo fuimos, polvo seremos



Mauricio Soto sigue sentado en el hall de su edificio. Hojea los cuadernos en que bosquejó POLVO. Se detiene en algunas fotos. Las últimas imágenes que entraron al libro muestran las manos de un trabajador y los pies de una estatua de Jesús. Mauricio dice que una idea inicial era mostrar la cabeza de Jesús, para resaltar la importancia de saber comunicarse; después vendría el torso, por la importancia de sentir; y finalmente, estarían los pies. La idea no prosperó totalmente.


En tres años, Mauricio dice que solo mostró sus bosquejos a dos personas: a su pareja y a Felipe, de la editorial. Los dedos del fotógrafo se deslizan por el papel. Se detiene en un retrato de su madre.


—¿Qué buscabas encontrar en esas imágenes de archivo?, ¿fue un desafío trabajar con la memoria familiar?


—Yo siempre he sido muy curioso, entonces, siempre reviso documentos y cosas antiguas. Igual es masoquista, porque uno se empieza a acordar de cosas. Hay muchas fotos que las tomó mi papá, entonces como que no está. Estaba ahí, pero no estaba. Yo no me daba cuenta cuando chico.


—¿Fue un padre ausente?


Estuvo presente, pero más que en lo físico, estuvo presente como una autoridad. Siempre sentí que me estaba como vigilando. Es incómodo buscar memorias, pero también es adictivo.


Mauricio abre otro de sus cuadernos, las hojas están menos rayadas, es una versión más cercana al libro final. Dice que una vez se lo mostró a un fotógrafo francés que había venido a exponer a Valparaíso. “Pega como una patada”, le dijo el hombre en inglés. Mauricio quedó conforme con la respuesta, quería impacto. Una irrupción sorpresiva. Como el Parkinson en su vida.


—¿Cuál fue tu mayor victoria al terminar POLVO?


—Pasó algo que fue gratificante. De alguna manera, mi familia, mis papás, por fin me entendieron. Mi familia me veía pintar cosas, sacar fotos, rayar, pero no entendían.


—¿El Parkinson estará siempre presente en tus trabajos?


—No. Yo puedo hacer obras y que no esté el Parkinson. Esto coincidió porque fue el momento en que ya me estaba afectando demasiado. Obviamente tenía que hacerlo. Pero estoy abierto. No sé, quizás en algún momento tenga un hijo. Ahí el tema sería la paternidad.


—¿Qué viene ahora?


— Descansar. Mi cuerpo quiere descansar, mi mente pide crear. Como que sigo pensando en hacer cosas, pero mi cuerpo me dice: “cálmate”.


—¿Qué le dirías al Mauricio que acaba de ser diagnosticado?


—Que tenga paciencia. Que sea más sensible, más frágil. Que cuando uno hace las cosas con tanto amor y entrega, algo bueno tiene que pasar.

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