Gabriel León: "La ciencia no tiene partido, ni creencia política"
- Adán Samper
- hace 8 minutos
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Ministros que niegan el cambio climático, políticos que cuestionan las vacunas, organismos oficiales que retiran estudios científicos porque los resultados no les gustan. El divulgador y autor Gabriel León, conocido como Gabo Tuitero, analiza por qué las teorías conspirativas responden a una necesidad emocional antes que a un déficit intelectual y por qué la politización de la ciencia ya no es un fenómeno lejano. "La ciencia no tiene partido ni creencia política. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo".
Autor de una de las obras de divulgación científica más leídas de Chile, León ha publicado títulos como La ciencia pop, La ciencia pop 2 y La ciencia pop 3. Ahora, en un momento marcado por la desinformación, la polarización y la crisis de confianza en las instituciones, presenta Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia, un libro que explora los mecanismos psicológicos y sociales que sostienen estas narrativas.
En esta entrega, el autor se aleja de la burla fácil hacia quienes creen que la Tierra es plana o que el ser humano nunca llegó a la Luna. En lugar de preguntar qué tan equivocadas son estas ideas, intenta responder una cuestión más compleja: ¿por qué resultan tan atractivas? La evidencia acumulada por la psicología y las ciencias sociales sugiere que el problema tiene más relación con la necesidad humana de encontrar certezas en un mundo cada vez más incierto., que con la inteligencia de los individuos.
"El abordaje habitual ha sido ridiculizar a quienes creen, y eso puede ser entretenido, pero no sirve si el objetivo es entender y evitar las consecuencias negativas que este tipo de creencias tienen en la sociedad. La psicología lleva veinte años estudiando esto y uno de los hallazgos más sorprendentes es que creer en conspiraciones no se asocia con un déficit intelectual ni de información. Se asocia con una forma de entender el mundo", explica el autor.
¿Y cuál es esa forma?
"Vivimos fragmentados y polarizados. Y como nos gusta creer que el mundo es como nosotros lo imaginamos, tendemos a encerrarnos en esa verdad y a leer solo lo que refuerza nuestras creencias. Los relatos conspirativos son narrativamente muy ricos y emocionalmente satisfactorios: dan cierre, dan culpables y entregan sentido. Entonces uno empieza a consumir cosas que confirman lo que ya cree y se genera una esfera perfecta, pero completamente desconectada del resto".
Las conspiraciones no son nuevas, pero la inteligencia artificial cambia algo, ¿qué te parece esa afirmación?
"Sí. Las teorías conspirativas son probablemente tan antiguas como la humanidad. Lo que ha cambiado son los vehículos: del lenguaje oral al escrito, del escrito a internet, de internet a las redes sociales. Y ahora un nuevo peldaño. Con inteligencia artificial ya no solo circula el rumor —el "me contaron", el "alguien lo vio"— sino que se puede construir el documento, la fotografía, la evidencia que acompaña la teoría. Eso es un salto cualitativo importante".
¿Qué tan preparados estamos para eso?
"Poco. Somos usuarios de tecnología, pero no entendemos cómo funciona ni cuáles son sus límites. Y eso nos deja a merced de ella. El desafío para los estados, las empresas y quienes se dedican a la educación tecnológica es transmitir no solo las maravillas de la tecnología, sino también sus riesgos. Porque si no entendemos cómo funciona, dejamos de distinguir con claridad entre lo que es verdad y lo que simplemente nos gusta.
Hay un estudio del MIT que analizó el impacto en la creatividad de usar estas herramientas durante algunas semanas. La evidencia muestra que cuando cedes una habilidad humana y la externalizas a un sistema de inteligencia artificial, esa habilidad se deteriora. Los estudiantes que usan ChatGPT para escribir ven disminuidas sus capacidades creativas. Lo mismo ocurre con la navegación: el uso de Google Maps o Waze está atrofiando nuestra capacidad innata para orientarnos, que tiene una base neurobiológica concreta en el hipocampo".

¿Puede la divulgación científica competir emocionalmente con una conspiración?
"Es una pregunta clave. La ciencia habitualmente se presenta como un relato donde el conocimiento simplemente aparece: en tal año, tal señor descubrió tal cosa. Da la impresión de que se sentó en una roca y se le ocurrió la idea. Eso desconecta la ciencia de su contexto humano e histórico, y la hace árida. Si en cambio la presentamos como lo que realmente es —una actividad profundamente humana, anclada en su época, llena de dudas y correcciones— la narrativa se enriquece y se vuelve más cercana. Y eso sí puede competir".
¿En qué conspiraciones crees que creen más los chilenos?
"En Chile hay una desconfianza profunda en las instituciones, y en parte está justificada. Los casos de colusión en la industria del pollo, las farmacias, el papel higiénico. Las salidas alternativas que tienen personas poderosas frente a la justicia. Cuando ves eso de manera sistemática, empiezas a percibir una desigualdad estructural y esa percepción alimenta cualquier teoría conspirativa. Lo que me llama la atención es que en Chile las conspiraciones tienden a ser más individuales y fragmentadas que las grandes orquestaciones que uno ve en otros países.
Tal vez porque no tenemos tanto material a esa escala. Pinochet es probablemente lo más grande narrativamente para anclar una conspiración que le llegue a todo el mundo. Pero somos un país de veinte millones. Es una sociedad pequeña. En Estados Unidos hay más actores, más escala, más posibilidad de que ideas de esa naturaleza circulen y se instalen".
El secretario de Salud de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., está intentando investigar el supuesto vínculo entre las vacunas y el autismo, una conexión que la comunidad médica ha estudiado durante décadas y que rechaza rotundamente.
"Justamente. Desde las instituciones se ha intentado instalar un tono de incredulidad entorno a las cosas que la ciencia ha comprobado y eso es alarmante. La FDA encargó estudios internos sobre la seguridad de vacunas contra el COVID y contra el herpes zóster. Los estudios resultaron bien: las vacunas eran seguras y efectivas. Se enviaron a publicar en revistas científicas independientes, fueron aprobados. Y justo antes de publicarlos, el propio Ministerio de Salud decidió bajarlos porque los resultados no les gustaron. Lo mismo ocurrió esta semana con un estudio sobre niveles seguros de consumo de alcohol: demostró que cualquier dosis es perjudicial, y fue retirado del sitio oficial. Cuando la ideología empieza a manipular la realidad de esa manera, estamos en un punto extremadamente peligroso".
¿Ves señales de eso en Chile?
"Ya se están viendo destellos. Figuras políticas que cuestionan las vacunas, una ministra de Medio Ambiente que cuestiona el rol de las actividades humanas en la crisis climática. Eso es típico de ciertos movimientos de extrema derecha: cuando la evidencia no te gusta, la escondes bajo la alfombra. Y eso tarde o temprano produce problemas graves. La ciencia no tiene partido ni creencia política. Sencillamente trata de entender el mundo. Si no te gusta lo que dice, el problema es tuyo".



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